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RENÉE FERRER


  DE CÓMO UN NIÑO SALVO UN CEDRO- Teatro de RENÉE FERRER


DE CÓMO UN NIÑO SALVO UN CEDRO- Teatro de RENÉE FERRER

DE CÓMO UN NIÑO SALVO UN CEDRO

Teatro de RENÉE FERRER

Editorial SERVILIBRO

ISBN: 978-9953-0-363-1

Páginas: 90

 

 

 

 

 

Para compra del libro debe contactar:

Editorial Servilibro.

25 de Mayo Esq. México Telefax: (595-21) 444 770

E-mail: servilibro@gmail.com

www.servilibro.com.py  

Plaza Uruguaya - Asunción - Paraguay

 

 

Enlace al espacio de la EDITORIAL SERVILIBRO

en PORTALGUARANI.COM

 

(Hacer click sobre la imagen)

 

 

 

 

 

 


ESTAMPA

Poesía de RENÉE FERRER

 

El sol entrevera sus reflejos

en la baba plateada de una araña,

un torbellino de perros se debate

triturando el aire con los colmillos

y, a lo lejos,

los teros levantan con sus reclamos

los párpados de una mujer cautiva del silencio.

Desde la espesura arriba un humo agreste;

las hojas de los árboles se suma con sus susurros

al sinfónico desandar de la tarde.


La tarde es un pedazo de universo.


Una mancha amarilla atestigua a contraluz

el revoloteo encendido de un casal de mariposas.

La urgencia de la naturaleza se desgrana

en la garganta de los pájaros,

y ella, casi inmaterial,

se piensa frente al horizonte de sus ojos;

ingrávida se suelta hacia el centro

de una bandada de estrellas,

hacia los ilimitados confines del infinito.


El infinito palpita en el fondo de sus ojos.


El tiempo deviene sin sobresaltos,

se detiene en el hoy,

en la contemplación de la noche,

en la dilatada plenitud del momento.

A lo lejos ruedan las quejas

de los carros que retoman

y, de pronto,

un balido prematuro turba el instante.


El instante es una pizca de eternidad.


(del libro “Las moradas del universo ”,

Premio Nacional de Literatura 2011)

Fuente: 25 AÑOS DE LA SOCIEDAD DE ESCRITORES DEL PARAGUAY

Editorial SERVILIBRO. Asunción – Paraguay, Agosto, 2013 (180 páginas)

 

 

 

 

 

OTRA OBRA DE LA AUTORA

 

 

"DESDE EL ENCENDIDO CORAZÓN DEL MONTE"

Autora: RENÉE FERRER DE ARRÉLLAGA;

ilustrado por el indígena

Chamacoco OGWA FLORES BALBUENA

Edición digital: Alicante :

Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2000

N. sobre edición original:

Edición digital basada en la de Asunción (Paraguay),

Arandurã, 1994.
 
 
 
YO CUENTO ARBOLITOS,
 
UNA NUEVA PROPUESTA FRENTE A LA DESTRUCCIÓN
 
 
La idea de este libro surgió del deseo de aunar dos culturas diferentes para lograr un mismo fin: la defensa de la naturaleza ante la locura de exterminación de la vida natural y cultural, y la esperanza de generar nuevos modos de pensamiento y de acción ante el mundo, las cosas y los seres vivientes.
 
Pocos años de vida les quedan a los bosques del Paraguay, pocas esperanzas a las especies en vías de extinción, escasas alternativas para el verdor del planeta. ¿Seremos capaces de vislumbrar el peligro a tiempo y de detener la destrucción total?
 
Ante semejante pregunta surgió la posibilidad de buscar otros caminos para llegar hasta ustedes, lectores, que son los depositarios de este llamado a un compromiso compartido de salvamento ante el peligro de un daño irremediable, de una irrecuperable devastación.
 
Por ello, Axial Naturaleza y Cultura les invita a abrir un capítulo nuevo con respecto a la protección y a la recuperación de los bosques nativos del Paraguay, bajo el Programa denominado Yo cuento arbolitos, para lo cual se apeló a dos creadores muy distintos en cuanto a cultura y modos de expresión -Renée Ferrer, escritora, y el indígena chamacoco OGWA, artista plástico, quienes sumaron esfuerzos en la defensa de la ecología, a través del arte. Cada vez que este libro sea adquirido se da á la posibilidad de que un retoño de árbol originario de nuestro suelo conserve su savia y se yerga firme en las praderas de nuestro país.
 
Estos cuentos, narrados en voz alta o en la intimidad de cada uno de nosotros, servirán también para abonar nuestra sensibilidad ante la impotencia de la naturaleza frente a la pérdida de ese latido indefenso que, sin embargo, constituye nuestra única esperanza ante el futuro. ¿Será acaso factible, frente a estos relatos e imágenes, sentir la presencia de nuevos mundos posibles, donde exista un equilibrio entre las fuerzas naturales y las voluntades culturales? Nosotros creemos que sí. 

Director de Axial Naturaleza y Cultura

 
 
EL DÍA QUE SE DESPLOMARON LAS ESTRELLAS
 
Para Víctor Casartelli
 

     Nada le gustaba tanto. Ni otear el horizonte a la espera de los malones para dar la voz de alerta, escuchando como el pecho se le llenaba de coraje, ni pintarse la cara con los colores de las ceremonias rituales, ni mirar a los hombres, embriagados de chicha y baile, desatándose del mundo para entrar en la vorágine de una libertad inconsciente. Nada. Salvo quedarse dentro de su propio pensamiento bajo la cúpula de los árboles, con el olor humedecido de la tierra, arropada por un amasijo de hojas y de ramas tiernas; recorriendo después, meditativo, los santuarios de savia y de sombra otorgados por los dioses.

 

 Internarse en el monte, perderse por el laberinto de lianas y maleza, o seguir secretamente las huellas hasta encontrar los lugares donde los venados se echaban a dormir, era la pasión de Avaipe.

Si acaso otra cosa le interesaba más era el cielo, con su danza circular de estrellas, la aparición del tigre hambriento de luna, la marcha habitual de las constelaciones.

     Entre la intimidad de los bosques y la vastedad del firmamento, Avaipe desgranaba los días rutinarios de la tribu. Se evadía tras las abejas hasta los colmenares escondidos, persiguiendo de paso el sueño calcinado de los lagartos; alternaba la búsqueda de presas, junto a los guerreros investidos, con la recolección de peces burbujeantes; o acechaba, en la bóveda celeste, ese desvestirse de la noche, sacándose una a una las estrellas, como si fueran pendientes, hasta quedarse en pura aurora.

     No le gustaba hablar, ni le hacía falta. Escurridizos y certeros, sus movimientos lo llevaban adonde su voluntad decidiera. Desaparecía semanas enteras de las tolderías o se quedaba a moler maíz con las mujeres, sin más ley que su propio deseo; pero guardaba en su corazón el apego a la vida y el secreto de dialogar con los luceros.

Nunca supo en qué estación sucedió. Tirado sobre la gramilla, de cara al universo, empezó a ver como se desplomaban las estrellas. De alguna manera, por el deslumbramiento o por la entrega, sus miembros se quedaron tiesos bajo esa lluvia alucinante, que de pronto se desató sobre la tierra. No atinó a levantarse o a guarecerse, ni acertó a buscar, retrocediendo hacia el territorio de la infancia, los brazos de una madre que ya no existía. Sólo dejó que los ojos se le quedaran mirando aquel maravilloso cataclismo. Estrellas en añicos, cometas desprendidos de sus órbitas, desarenadas lunas despeñándose, le dejaron los labios atónitos y la voz estancada.

Ante el silbido de los astros, permaneció contemplando la avalancha que quebraba los árboles, la geometría irregular de los ramajes, la perentoria estabilidad de los nidos. Sometido a la belleza de la luz, canceló los sollozos, sabiendo que todo a su alrededor se desmoronaba, salvo él que, testigo impotente y obligado, presenció el derrumbe gradual de su morada.

     Una vez terminado el aluvión, vuelto ya del temor y del embeleso, Avaipe trató de incorporarse. No se pudo mover. Su espalda, sus extremidades, su destino estaban clavados al suelo. Sólo el rostro podía ladearse de un lado a otro, permitiéndole ver la cabellera de fuego que le había crecido a la tierra.

     No pudo gritar, orar tampoco; los gemidos le fueron vedados, pero sus ojos dejaron correr, desde la esquina de los párpados un agüita empañada. Escuchó la soledad; aprendió con paciencia las argucias de la intemperie; reconoció, dentro de las llamas aturdidas por el viento, el esqueleto de las cosas. Nadie se acercó a socorrerlo ni comprendió su aislamiento. Ante tamaña orfandad, paladeó el lento sabor de la tristeza. Como ofrenda a un sol implacable y a una luna sombría, permaneció en idéntica postura durante el ciclo de las estaciones innumerables, escuchando la vida moribunda a su alrededor.

Desde el ojo de un manantial, un amor compadecido del páramo comenzó a brotar en su interior. Se supo parte y motor del universo y deseó inmolarse. Percibió los pasos de la sangre transitando sus venas cada vez con menos fuerza; se le apagaron los ojos y le florecieron las manos. Entonces sintió emerger desde el centro del pecho, nutrido de su carne y de su desolación, un árbol nuevamente primigenio.

Cuentan los sabios, que pocos se atreven a contradecir, que hasta ahora puede verse en el solitario corazón del monte, petrificada y yacente, la figura de un hombre abrazado a las raíces plurales de la selva.

 

 

LA GOTA DE MIEL

 

Las colinas aterciopeladas ascienden ante sus ojos, cada vez más oscuras. En lo alto, los verdes tiernos, sombríos, ingenuos otra vez, se entremezclan formando una maraña deliciosa, de la cual ella no aparta los ojos mientras intenta, trabajosamente, alcanzar la cumbre con su carga a cuestas.

     En el trayecto hasta el sitio donde solía aprovisionarse, sorteó escollos y venció desalientos. Ni la distancia ni el aire caldeado por el resol, ni el menudo goteo de las hojas, poco después, lograron disuadirla. Se la notaba cansada, pero era indispensable que volviese a la toldería antes que la devastara el hambre.

   ¿Cuánto tiempo llevaba trajinando en la hondonada ambarina, inundada de aromas penetrantes; cuánto, escalando aquellas ondulaciones liláceas, mientras recogía el precioso botín?

     No era el frío la causa de su desazón -el viento no castigaba aquellos rincones resguardados. Tampoco la falta de alimentos: a su alcance brillaban el zumo azucarado, los minúsculos granos pardo amarillentos. Era la soledad, la soledad. Alejada de sus tareas habituales, sin el apoyo de sus compañeras o la protección de las centinelas se sentía totalmente desolada y vulnerable. Lo importante, sin embargo, era cumplir con su propósito antes que se apagara el día o se le escaparan las fuerzas.

 En sus ojos, las imágenes se repetían sobre espejos de innumerables caras: los rostros consumidos alrededor de los fogones; el acoso del sol sobre los árboles; los peces boqueando en el lecho de un río cada vez más exiguo, mientras los venados huían despavoridos de las quemazones imprevistas. La hambruna proliferaba entre la gente y desfallecían los pájaros. Se evaporaron las aguas. Los insectos decidieron trasladar su compañía zumbadora a parajes más benignos. Debo volver, pensaba trepando con ahínco, sin demorarse.

 Hizo un esfuerzo más, y luego otro, y uno último, hasta salir de las profundidades sonrosadas, donde la intensidad del perfume le golpeaba la cabeza, atontándola por momentos. No podía desistir, no ahora que los hombres, las mujeres y los niños esperaban seguramente algún milagro, antes de emprender el éxodo perentorio a medida que aumentaba la escasez.

     Aferrada al borde, mantuvo su cuerpo en equilibrio hacia un lado y otro, apeligrando desplomarse por la fatiga que le impedía proseguir. Se quedó inmóvil absorbiendo la húmeda frescura, hasta recuperar el aliento. Miró el ramaje tupido, las agujas de sol colándose entre la fronda, el cielo avaro, e impulsándose con las alas maltrechas partió hacia el asentamiento de la tribu.

 De pronto un archipiélago montuoso, destelló en el amarillo desteñido de los campos. Aunque tuviera que perder la vida en el intento, depositaría en el lugar conveniente aquello que recogió.

     Cuando divisó el rancherío, enfiló hacia el montecito buscando desesperadamente el resto del panal; al verlo se apresuró a dejar en una celda el néctar que había libado en aquella orquídea.

     Nadie sabe realmente cómo sobrevivió el gentío, pero en los cantos de un anciano chamán existe un himno dedicado a la abeja solitaria que elaboró la primera gota de miel de una colmena soberana.


 

 
EN LA BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES.


 

 

TRADUCCIÓN DEL LIBRO:

 

 

Título original: DESDE EL ENCENDIDO CORAZÓN DEL MONTE

DU COEUR EMBRASÉ DE LA FORÊT.

Autora: RENÉE FERRER.

Tapa: Amelí Schneider - Manuel Morínigo.

Ilustraciones: Amelí Schneider.

Diseño Gráfico: Manuel Morínigo.

Revisión del Francés: Alianza Francesa de Asunción.

Fausto Ediciones - José Berges 1498 esq. Gral. Melgarejo

Tel: (021) 221 996/7

Asunción - Paraguay

 




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