EN LLAMAS SOBRE EL GANGES
CUENTO DE MILIA GAYOSO MANZUR
DE "FUEGO QUE NO SE APAGA – RELATOS DE AMOR Y DESAMOR"
A Julio
Agua, flores, sollozos… y luego el fuego. Una balsa de varas largas, muy largas, ¿Cuántas pilas de ellas estarían encimadas?. Abajo, el Ganges corría más despacio, menos impetuoso que nunca. Abajo,el Ganges se llevabarestos de siglos .. y me llevaba despacio, suavemente, mecida por el viento y el aroma embriagante de millones de pétalos que me envolvían por entera.
Ví los pétalos esparcidos sobre el agua, y los a vi a ellos arrojarlos sobre la corriente sinuosa. Arrojaron las flores, sus lágrimas y un trozo de sus corazones. Una sensación, entre dulce y triste me invadía. ¿Pero, a qué parte de mí? ¿A la que navegaba en esa balsa envuelta en un sari bordado en oro y púrpura? ¿O a la mujer sin cuerpo que flotaba en un espacio indefinido sobre el oscuro río, entre toda esa gente y bajo nubes semigrises? ¿Era dos personas o sólo una desprendida y dividida?
Los ví enjugarse las lágrimas y apretarse las manos temblorosas, unas a otras. Algo dolía en mí, hacia mi vientre; algo peleaba por salir desde mis pechos: la leche endurecida entre mis senos se truncó en sus vías cuando empezaba a manar por los pezones. ¿Qué era ese vacío inmenso en mis entrañas? ¿Qué ese dolor allí… y en el medio del alma?
Pude adivinar su mirada entristecida, su rostro taciturno, sus hombros encorvados por el peso de los días velando esa angustia larga e interminable. Vi a mis pequeños ángeles tomados de las manos, con los ojitos enrojecidos y la desazón inmensa de no entender por qué el río me llevaba en su corriente imparable. Allí faltaba alguien: pequeño, dulce, nuevo… A él le dí mi último suspiro, mi agonía final, mis latidos. Le regalé mi vida a cambio de la suya, le deje el legado de mi amor, en ese abril con brisas demasiado extrañas.
Las flores que éltiró para que flotaran sobre el agua del Ganges, navegaron conmigo y me llevaron su amor envuelto en pétalos amarillos. Quise saltar, desatar mis ataduras, nadar hasta la orilla; pero mi cuerpo estaba sellado entre esas varas convertidas en balsa que se iban perdiendo ya lejos de la orilla.
Yo quería otro beso de sus labios delgados, sentir su abrazo dulce, la presión de sus brazos, su olor, su esencia. Quería sentir mi rostro sobre su pecho; rozar mi cara, una y otra vez, casi hasta lastimarme, por su barba tupida, por su mentón perfecto. Pero estaba allí, sujeta en mi lecho de ramas y flores, para siempre. Aquella que flotaba ya no tenía forma, cuerpo ni mirada.
Los ví lejanos, casi convertidos en un punto. Los ví entrar al agua. ¿Correría, nadaría hacia mí? ¡Si sólo me tocara una vez más, si sólo me mirara otra vez con elnegro profundo de sus ojos!, quizás terminaría el hechizo de la muerte, como ocurre en los cuentos de hadas…
La antorcha cayó hacia mis pies, donde las flores amarillas formaban una manta esplendorosa como un sol de verano. No sentí nada. La enorme fogata iluminó la tarde y el Ganges silencioso acalló su correntada para acunar mi cuerpo, envuelto en llamas.
………………………..
Cenizas, sólo cenizas. Carne quemada, pétalos, varillas, agua. La que flotaba allí se ha ido. Se fueron las dos, con el recuerdo de sus ojos negros en el corazón y sus manos acariciando suavemente…
……………………………
Siglos después, puedo sentir su cuerpo fuerte y tibio junto al mío. En la quietud nocturna nuestros hijos dormidos sonríen en sus sueños, reviviendo tal vez los juegos de la siesta. Lo siento respirar pausado, en paz. Lo siento respirar cerca, cerca…
Varios siglos después, volvimos a encontrarnos y retomamos juntos nuestra historia inconclusa.
Fuente: EN LLAMAS SOBRE EL GANGES
Espacio web: www.miliagayosomanzur.blogspot.com
Registro: Setiembre 2010
TOMATES EN SUS MEJILLAS
CUENTO DE MILIA GAYOSO MANZUR
DE "FUEGO QUE NO SE APAGA – RELATOS DE AMOR Y DESAMOR"
A Javier Yubi
Volví a caminar por San Telmo luego de veinticinco años. No pude reconocer las casas sobre la calle Defensa, Piedras se mostraba extrañamente moderna y de Carlos Calvo habían desaparecido la mayoría de los conventillos con gloriosa fachada de casa colonial. Me paré extasiada ante mi casa de antaño , hecha casi una ruina. Allí estaba el peldaño, de blanco mármol que en mi memoria se había pintado de gris.
Entré sin golpear, la puerta semirota estaba abierta, el Inolvidable patio lleno de malvones no conservaba nada de su antigua belleza. Sólo paredes semidestruidas y el hermoso piso con arabescos lleno de cemento a causa de las nuevas construcciones… No me animé a continuar hasta el fondo, pero sí me atreví a mirar la puerta que llevaba al departamento donde vivía aquella niña melancólica.
Entonces la ví, estaba sentada frente a una pequeña mesita, con un foco alumbrando un libro y su pelo oscuro tapándole la cara. La niña inclinaba los ojos hacia las palabras, mientras sus manos sostenían la barbilla. Ella no podía verme. De pronto, como en una película, la ví levantarse, correr hacia la calle y volver con verduras y panes en dos bolsos, luego iba hacia el fondo, buscaba algo corriendo, entraba y salía una y otra vez hacia su habitación, para vestirse apresuradamente.
La seguí por la calle, hasta el colegio y allí la sentí feliz. La niña volvió al atardecer para reencontrarse con las tareas de la casa y la melancolía.
Quizás estuve parada en ese rincón toda la noche, porque apenas amaneció la acompañé de cerca hasta donde trabajaba unos días a la semana… Dos, tres horas: mandados en la despensa de la otra calle, trabajos de limpieza, lectura a escondidas de “Mujercitas” y “Corazón”, en el altillo del departamento, mimos de una dulce anciana a la que ayudaba y el regreso a la casa. La ví sonrojarse cuando pasó a su lado alguien que le hacía latir el corazón. El tenía las mejillas muy colorados y la mirada hermosa.. Se miraron, sólo se miraron y la ví feliz con tan poquito.
¿Cuánto tiempo estuve allí? Alguien me sacudió del brazo, entonces me dí cuenta que el hueco de la puerta había sido sellado con cemento, encerrando en su interior casi la mitad la mitad de sus pocos años.
Salí a la calle, turbada, sin saber exactamente lo que sucedía. Un viento fresco me sacudió el pelo al salir a la puerta de entrada. Entonces lo ví.
Caminaba hacia mí como un recuerdo, pero con varios años más. Seguía teniendo los pómulos muy rojos, como un par de tomates maduros. Sonrió como si nos conociéramos. Tuve ganas de seguirlo y decirle que aún lo recuerdo. Pero lo dejé marchar.
Ya no éramos aquellos jovencitos jugando a las escondidas con el amor incipiente. La niña se quedó atrapada en la casa y el niño al que ella quería, se perdió en alguna calle de Buenos Aires.
Fuente: TOMATES EN SUS MEJILLAS
Espacio web: www.miliagayosomanzur.blogspot.com
Registro: Setiembre 2010