MILIA GAYOSO MANZUR

Foto de MILIA GAYOSO MANZUR
Nacimiento:
30 de Mayo de 1962

CANCIONES SIN SENTIDO y LOS PEQUEÑOS GORROS DE MUÑECOS - Cuento de MILIA GAYOSO MANZUR

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CANCIONES SIN SENTIDO y LOS PEQUEÑOS GORROS DE MUÑECOS - Cuento de MILIA GAYOSO MANZUR

CANCIONES SIN SENTIDO y LOS PEQUEÑOS GORROS DE MUÑECOS

Cuento de MILIA GAYOSO MANZUR



 

CANCIONES SIN SENTIDO

 

Muchos me contaron que yo vagaba con ella por todos los lugares. Se nos vio por todas partes, juntas; el mercado, las avenidas, la terminal, a la salida de los cines... Dicen que ella siempre iba andrajosa, descalza, la mirada perdida, la sonrisa sin causa.

Cuando yo era un bebé ella me cargaba a su cintura o sobre su cuello y dicen que muchas veces yo lloraba de hambre porque como ella no se alimentaba, no tenía leche para amamantarme. Cuando ya fui un poco más grande chupaba durante horas algún trozo de cáscara de naranja o cualquier otra cosa que me daban por ahí.

Algunas veces vivíamos en el hospital. Me cuentan que por lo menos allí las dos comíamos un poco mejor que cuando vagábamos por las calles, a ella no le gustaba estar en el hospital, quería estar libre, caminar, que no la encerraran.

Cuentan que fue una chica feliz, que vino de la campaña para trabajar en una casa de familia, pero allí la maltrataban, le daban poca comida, trabajaba en exceso, dormía poco y tenía nostalgias. Trabajó tres años en diferentes lugares, uno peor que otro, la trataban como si fuera una esclava.

Los domingos tenía ganas de salir a pasear pero no la dejaban, se quedaba a limpiar todo lo que ensuciaban las visitas.

Un día se fue al mercado a comprar verduras y no volvió, se extravió por los recovecos del camino, colgó el bolso del brazo y vagó sin rumbo. Se fue ensuciando lentamente su vestido, se gastaron sus zapatos, se le ensució el cabello y su cara morena se manchó del jugo de las naranjas que comía y del piso sucio que utilizaba como cama por las noches. Se sumó a los habitantes sin rumbo de la ciudad, compartió trozos de tortillas o el calor de una manta agujereada de algún mendigo o de otra mujer enajenada.

En una de esas noches, en la oscuridad de las esquinas, alguien la poseyó salvajemente. Su vientre se volvió mi hogar y fui parte de ella misma. Me dijeron que entonces algunas personas la internaron en el hospital y cuando nací ella me miraba sin entender muy bien lo que había ocurrido. Como el portón estaba abierto, nos fuimos a explorar la vida. A veces nos volvían a traer y otra vez ella me cargaba y salíamos de nuevo.

Me dicen que ella me quería, que me daba mil besos y me acunaba entre sus brazos sucios, me cantaba canciones que ni ella conocía. Eran canciones dulces aunque no tuvieran sentido.

Después, nos separaron. Personas preocupadas por mí me sacaron de sus brazos, me llevaron a un hogar infantil y a ella la dejaron vagando por las calles. Yo guardaba recuerdos de su cara sonriente, pero crecí con prisa y dejé de pensar en ella. Pero en estos días, de compras por la calle, vi a una anciana harapienta, que reía sin causa, entonces descubrí en sus facciones ajadas la forma de mi cara, mis ojos, mi sonrisa. Ella miró hacía mí y salió corriendo, se perdió entre la gente. La seguí cuatro cuadras y no pude alcanzarla, pero la buscaré. Quiero sentarme a su lado para que me cante canciones sin sentido.

 

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LOS PEQUEÑOS GORROS DE MUÑECOS

 

Los de la pieza seis sólo estaban al atardecer y los fines de ella. Ella trabajaba en una fábrica de muñecos: pequeños y simpáticos; se encargaba de colocar los bracitos y las piernas en los diminutos agujeros creados para ello. Solía comentar que colocaba cientos de miembros por día.

Volvía al atardecer, generalmente cargada con dos enormes bolsones de papel madera de los cuales sobresalían dos largos panes para la cena y los sandwiches que llevarían al trabajo al amanecer, ella y su esposo. Estaban casados desde hacía varios años pero no tenían hijos. Ella era fea de rostro pero tenía hermosas piernas: largas, blancas y rectas, caminaba con gracia y elegancia, pero cuando abría la boca lo arruinaba todo.

Una tarde trajo trabajo extra: gorritas para muñecos hechos a crochet. Anahí se ofreció a ayudarla, sabiendo que su vecina tenía poco tiempo, pero finalmente la ayuda de los primeros días se convirtió en trabajo constante y muy bien remunerado: juntas produjeron grandes cantidades de anaranjados gorritos para muñequitos montañeses y otros marrones y verdes para estibadores y soldaditos.

En la primavera siguiente ella encargó un bebé que a su tiempo llegó sana y hermosa y logró que su semihundido matrimonio resurgiera con fortaleza. Ella dejó a cargo de Anahí los gorritos y se encargó de lleno a cuidar a su hija cuando volvía a casa. Mientras tanto, como su esposo llegaba mucho antes, él se convertía en padre y madre: la retiraba de la casa de enfrente donde la cuidaban durante el día, la bañaba, le daba la merienda, y jugaba largas horas en el piso con su pequeña.

Ocurrió una tarde cualquiera. Ya había anochecido cuando padre e hija volvían del almacén, él empujando el carrito con la mano derecha y cargando un paquete en la otra. Cruzaban la calle cuando las luces del semáforo cambiaron de color, de pronto se trabaron las ruedas del cochecito y se les vino encima un automóvil sin freno.

El carrito lila con patitos quedó aplastado, hecho añicos en el asfalto.

Y él no supo nunca quién pudo haberle puesto aquellas alas que le hicieron elevar a su hijita del asiento y tirarse los dos hacia la vereda.

(De: Antología de abril, 2003)




Fuente: Antología de la Literatura Paraguaya - por TERESA MENDEZ-FAITH,

3ra. edición fue publicada en 2004 por Editorial y Librería EL LECTOR, 25 de Mayo y Antequera,

Asunción, PARAGUAY - Edición digital en la página de la autora.



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