NO QUEREMOS SER IGUALES
Por ALCIBÍADES GONZÁLEZ DELVALLE
alcibiades@abc.com.py
Somos incumplidores de la ley porque descreemos que hubiera sido dictada para la conveniencia del país. Ante las muchas pruebas de arbitrariedad y corrupción que están detrás del nacimiento de una ley, nos negamos sencillamente a obedecerla. En esta actitud de rechazo hasta es posible que dejemos de lado leyes provechosas porque desconfiamos de ellas. Cuando un senador o diputado presenta un proyecto de ley, hemos aprendido a preguntarnos qué intenciones particulares o sectoriales le habrían alentado.
El artículo 127 de la Constitución Nacional manda: “Toda persona está obligada al cumplimiento de la ley. La crítica a las leyes es libre, pero no está permitido predicar su desobediencia”. En nuestro país se da el caso frecuente de esa crítica, con sobrados fundamentos, pero los legisladores se aferran en mantenerla vigente. Entonces no hay más remedio que predicar su desobediencia por la salud moral del país. O no obedecerla, que es el hecho más frecuente.
En su conocido libro “La civilización del espectáculo” Mario Vargas Llosa escribe: “Una explicación que se da para el desapego a la ley es que a menudo las leyes están mal hechas, dictadas no para favorecer el bien común sino a intereses particulares, o concebidas con tanta torpeza que los ciudadanos se ven incitados a esquivarlas (...) Las malas leyes no solo van en contra de los intereses de los ciudadanos comunes y corrientes; además, desprestigian el sistema legal y fomentan ese desapego a la ley que, como un veneno, corroe el Estado de derecho. Siempre ha habido malos gobiernos y siempre ha habido leyes disparatadas o injustas. Pero, en una sociedad democrática, a diferencia de una dictadura, hay maneras de denunciar, combatir y corregir esos extravíos a través de los mecanismos de participación, las elecciones, la movilización de la opinión pública, los tribunales. Pero para que ello ocurra es imprescindible que el sistema democrático cuente con la confianza y el sostén de los ciudadanos que, no importa cuantas sean sus fallas, les parezca siempre perfectible. El desapego a la ley resulta de un desplome de esa confianza, de la sensación de que es el sistema mismo el que está podrido y que las malas leyes que produce no son excepciones sino consecuencias inevitables de la corrupción y los tráficos que constituyen su razón de ser...”.
La desgracia de nuestra democracia –o una de las desgracias– es que la juzgamos con el pensamiento puesto en unos cuantos legisladores que dictan leyes de acuerdo a su conveniencia. Entonces tenemos la sensación –al decir de Vargas Llosa– de que es el sistema mismo el que está podrido. Está claro que una ley se sanciona por mayoría, lo que expresa una responsabilidad colectiva. Pero esa responsabilidad se diluye. Nadie se hace cargo de una ley perversamente hecha.
Pienso que los periodistas que cubren el Poder Legislativo tendrían que darnos más información cuando se estudia un proyecto. ¿Qué deseamos saber? No solo el nombre del proyectista, fundamentalmente sus antecedentes. Esto es importante para prepararnos a soportar, criticar, rechazar, una nueva ley que con toda seguridad será nociva para el bien público.
El último “regalo” que el país ha recibido de sus diputados ha sido el proyecto de ley de protección a los corruptos. Como se consideran a sí mismos ciudadanos de primera, nadie los puede tocar; pueden cometer el delito que se les antoja –y se les antoja con demasiada frecuencia– que van a ampararse en una ley que ellos mismos redactaron y defendieron. Comúnmente se afirma que dicha ley es para favorecer a uno de los suyos, Carlos Portillo. No es así, es para el amparo de todos ellos ante la justicia. Los que están en la delincuencia, se salvan; los que todavía no lo están, y quieren estarlo, para que se salven. Este caso, y muchos otros, hacen que la ciudadanía desconfíe de sus parlamentarios. Se hacen de leyes y reglamentos que los sitúan por encima de los demás mortales.
Uno se pregunta cuándo terminarán los abusos. Al parecer nunca. Luego de cada elección se instala un Congreso peor que el anterior. Es un descenso vertiginoso hacia el infierno.
Según la Constitución Nacional todos somos iguales ante la ley. ¿Ante la ley que estos diputados sancionan? No, las personas decentes no queremos ser iguales a ellos.
Fuente: ABC Color (Online)
www.abc.com.py
Sección: OPINIÓN
Domingo, 25 de Noviembre de 2018
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