EL IDIOMA Y EL LIBRO SON INSEPARABLES
Por ALCIBÍADES GONZÁLEZ DELVALLE
alcibiades@abc.com.py
El 23 de abril de cada año se memora el día mundial del idioma español, y en muchos países también el Día del Libro. Es en honor de Miguel de Cervantes (1547-1616), autor de la célebre novela Don Quijote de la Mancha, editada en 1605, la primera parte, y en 1615, la segunda. Desde esos años, el libro ascendió al gusto popular como ningún otro libro y como ningún otro libro influyó en muchos autores.
El inicio de la novela “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo vivía un hidalgo...” es el excelente portal de las aventuras que en su aparente alienación contienen una honda humanidad. Además, darán lugar a las más lúcidas reflexiones que perduran para siempre.
Con el Quijote, el idioma español se expandió con fuerza por el mundo. Pronto fue el libro leído con avidez, tanto que un tal Alonso Fernández de Avellaneda –seudónimo de un escritor nunca identificado– publicó en 1614 Don Quijote de la Mancha, como una segunda parte de la obra cervantina. En el prólogo, escribe contra Cervantes conceptos tremendos. Le echa en cara su vejez (en 1614, Cervantes tenía 67 años) y le trata de “envidioso, murmurador, colérico”. Cervantes le respondió después en el prólogo de la segunda parte: “Quisiera tú (el lector) que lo diera de asno (le llamara asno); del mentecato y del atrevido; pero no me pasa por el pensamiento: castíguele su pecado, con su pan se lo coma y allá se lo haya. Lo que no he podido dejar de sentir es que me note de viejo y de manco, como se hubiera sido en mi mano haber detenido el tiempo, que no pasase por mí, o si mi manquedad hubiera nacido en alguna taberna, sino en la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros”. (Se refiere a la batalla de Lepanto del 7 de octubre de 1571 entre las flotas cristiana y otomana).
La primera palabra es español
El vigía de “La Pinta”, Rodrigo de Triana, fue el primero que pronunció una palabra en español en el nuevo mundo: “¡Tierra!” gritó alborozado al divisar el vuelo de unos pájaros en la apacible mañana del 12 de octubre de 1492. Después, con los viajes de Colón, que traía gente encandilada por la leyenda de las montañas de oro, se extendió con fuerza el español. Con fuerza y a la fuerza. Se obligó a los nativos a expresarse en un idioma que no era el suyo. Era como vaciarles el alma. El gramático y periodista hispano Alex Grijelmo, en su libro Defensa apasionada del idioma español, escribe: “El idioma constituye la expresión más fiel de cada pueblo, y por eso ningún otro idioma podrá definirnos. Nunca ya otra lengua ocupará ese lugar para explicarnos, porque entonces no seremos explicados, sólo suplantados. Qué tremenda sensación de muerte habrán sentido los indígenas obligados a pensar con palabras extrañas”.
El nuestro es uno de los pocos países que no perdió su idioma a cambio de adoptar el español.
Bartomeu Melià escribe en Elogio de la lengua guaraní: “En Roa Bastos el castellano manifiesta aquella potencialidad profundamente cervantina, que consiste en dialectizarse con un acento de voz tan propio que se hace universal, pues todos nos sentimos capaces de hablarnos en él. Hay textos que nos los dicen todo; hay textos que nos llevan a decirnos desde lo más hondo e íntimo. Por ello el texto ausente está ahora representado en esa metáfora siempre abierta. Roa Bastos supo perder su vida de escritor en un acto de mero compilador y rescatador del decir, para decirse en innumerables, dispersos, presentes y futuros lectores que gracias a él redimen su propio decir. Únicamente así, lo que fue escrito una vez, puede renacer muchas veces”.
Premio Cervantes
En 1989, Augusto Roa Bastos fue ditinguido con el Premio Cervantes, el Nobel de las letras castellanas. Yo el Supremo es una de las obras más cervantinas de las letras españolas.
Conocedor de nuestra historia y de nuestros personajes históricos, también lector reiterativo del Quijote, se me ocurre pensar que Roa Bastos, en una de esas lecturas, asoció al Dictador Francia y a su secretario, Policarpo Patiño, con Don Quijote y Sancho. A partir de esta asociación, o revelación, intuyo que comenzó a tejer su obra con un lenguaje que no podía ser otro que el de Francia, Don Quijote y el compilador de las historias, o sea, el mismo Roa. Recordemos que Cervantes atribuye a un tal Cide Hamete Benegeli, supuesto “autor arábigo y manchego”, como el autor del Quijote. Tenemos, entonces, en este juego novelesco, que Yo, el Supremo no fue escrito por Roa sino por un “compilador”.
Las grandes obras no se copian. Se emparejan. En muchos fragmentos de El Supremo pareciera escucharse a Don Quijote reñir a su escudero.
Día del Libro
El tema del libro se presta para reflexionar, o volverlo a hacer, sobre la sociedad digital en la que nos hemos instalado sin haber aprovechado con suficiencia la antigua y rica cultura que se inicia, según últimos descubrimientos arqueológicos, en la civilización sumeria, cuatro mil años antes de Cristo.
De las tabletas de arcilla, de la madera, del papiro, del papel, hasta la aparición de la imprenta, la humanidad fue dando espectaculares saltos mediante las informaciones y los conocimientos contenidos en los libros y transmitidos por ellos.
Con estos y otros hechos esenciales hemos cimentado nuestra civilización, la del libro con soporte de papel. Nos enfrentamos ahora con el enorme desafío que supone alojarnos en internet, en las redes sociales, con una tecnología al alcance de los niños.
Los estudiosos de la nueva tecnología de la comunicación aseguran que el periódico de papel será irremediablemente sustituido por el electrónico, tal como se comprueba en la tendencia cada vez más creciente de lectores que dejan el periódico tradicional para engancharse al periódico digital. De hecho, con respecto a los libros, las bibliotecas virtuales cuentan con miles de ejemplares de los más famosos autores de todos los tiempos. Pero no entiendo cómo es posible leer, por ejemplo Los miserables, con los ojos pegados al ordenador. Claro que estoy opinando desde un hábito antiguo. Es posible que la pregunta sea al revés: Que alguien no entienda ya cómo es posible leer un libro fuera de la pantalla.
Hay opiniones que nos devuelven la esperanza: el libro y el periódico no serán sustituidos por las nuevas tecnologías, a lo sumo, será una convivencia pacífica, inevitable y venturosa. Esta convivencia, en teoría, multiplicará los canales de la información y el conocimiento. En apariencia, habrá más ciudadanos instruidos, educados.
Nuestro desempeño como sociedad depende en gran medida de la formación de nuestros jóvenes. Pero, al mismo tiempo, no hay procedimiento más seguro y duradero de promover la permeabilidad y la integración social que una buena educación.
La intervención armenia
Nos cuenta el celebrado periodista polaco Ryszard Kapuscinski en El Imperio, que los armenios sufrían, ha partir de los primeros siglos de nuestra era, frecuentes invasiones por parte de los ejércitos persas, mongoles, árabes o turcos. La conciencia armenia –nos dice– siempre ha estado acompañada por la amenaza de la aniquilación. Y de ahí la necesidad imperiosa de sobrevivir. La necesidad de salvar el mundo propio. Como no pueden salvarlo con la espada, que al menos sobreviva en la memoria. Así nace este fenómeno único en la cultura universal que es el libro armenio.
Ya en el siglo VI –sigue diciéndonos Kapuscinski– tienen traducido todo Aristóteles. En el siglo X, a la mayoría de los filosófos griegos y romanos, y cientos de títulos de la literatura antigua. Traducían todo lo que tenían al alcance de la mano. Muchas obras de la literatura antigua se han salvado para la cultura universal solo gracias a que se habían conservado en las traducciones armenias.
Para concretar esta hazaña, los armenios se encerraban en el scriptorium que puede ser una celda, una choza de barro, una cueva en la roca. En medio de tal scriptorium hay un atril, y tras él, de pie, un copista escribiendo.
El ejemplo armenio es el de todos los pueblos, de todos los tiempos, que quieren sobrevivir. Si no existiesen los libros la memoria no tendría dónde fijarse.
La anécdota armenia nos enseña, una vez más, para qué sirven los libros. No solo divulgan conocimientos, moldean la identidad de las personas y de los pueblos. Los hace inmortales. Pero también hay grandes esfuerzos por arruinarlos.
En Historia universal de la destrucción de los libros, el venezolano Fernando Báez nos guía por el largo peregrinar que se inicia en la civilización sumeria y culmina en Bagdad de nuestros días. Asombra el enciclopédico conocimiento del autor basado en muchos años de investigación. El relato minucioso de la destrucción de los libros nos pone frente a la ilimitada capacidad del ser humano para dañarse a sí mismo, en la misma medida en que lo está haciendo con su hábitat.
Finalmente, antes de que se extingan los libros de papel es bueno mirarlos de vez en vez por lo menos para que nos quede el recuerdo nostálgico de cómo han sido alguna vez.
Diccionario panhispánico de dudas
Hay como 400 millones de hispanohablantes distribuidos en diversos países latinoamericanos, principalmente. Las dificultades que ocasiona esta situación es el significado de los vocablos que varía de un país a otro. Frente a esta realidad, las 22 academias de la Lengua acordaron impulsar el proyecto de un Diccionario panhispánico de dudas.
El proyecto, que demandó como cinco años de trabajo, culminó en noviembre de 2005 con la presentación de la obra en la Real Academia Española a cargo del director García de la Concha, quien señaló: “No ha sido difícil de hacer, gracias al gran consenso, pero sí muy laborioso”. Y agregó: “Es un libro pedagógico en el que lo que hemos pretendido, sobre todo, es razonar por qué surje la duda y cómo se puede resolver”. Los ejemplos fueron sacados de 1.600 obras literarias y 300 medios de comunicación. Tiene 7.250 entradas, en 880 páginas. Gracias a él, podemos entendernos los hispanohablantes.
[el dato]
Hay 400 millones de hispanohablantes distribuidos en diversos países latinoamericanos.
Fuente: Revista Dominical de ABC Color
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Domingo, 19 de Abril de 2020
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