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OSVALDO GONZÁLEZ REAL

  MANUSCRITO ENCONTRADO JUNTO A UN SEMÁFORO DESPUÉS DE UN GRAVE ACCIDENTE - Cuento de OSVALDO GONZÁLEZ REAL


MANUSCRITO ENCONTRADO JUNTO A UN SEMÁFORO DESPUÉS DE UN GRAVE ACCIDENTE - Cuento de OSVALDO GONZÁLEZ REAL
MANUSCRITO ENCONTRADO JUNTO A UN SEMÁFORO DESPUÉS DE UN GRAVE ACCIDENTE

Cuento de OSVALDO GONZÁLEZ REAL
 
 
 
 
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MANUSCRITO ENCONTRADO JUNTO A UN SEMÁFORO DESPUÉS DE UN GRAVE ACCIDENTE
 
 
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(Para ser leído por pasajeros nerviosos)
 

Nadie se extrañará que, habiendo decidido acabar con mi vida -por razones que sería impertinente relatar-, me haya convertido en asiduo pasajero suburbano. En adicto a los micros más veloces y destartalados.
He estudiado los itinerarios de los más audaces (por los caminos más accidentados); la personalidad de cada uno de sus guardas y conductores; el estado de los frenos y los carburadores de sus vehículos; sus problemas sentimentales y prontuarios policiales, sin olvidar sus clubes de fútbol y preferencias políticas. En fin, me he convertido, de la noche a la mañana, en un especialista en accidentes (he trabajado, un tiempo, en una compañía de seguros). Soy un asiduo visitante de los incontables talleres de chapería que invaden los barrios de la ciudad (con ese martilleo enervante), convirtiéndola -desde hace algún tiempo- en un inmenso cementerio de automóviles y chatarra.

En los primeros tiempos, sucedía como en la «ruleta rusa». Elegía los ómnibus, al azar, por medio de una especie de «Micro-Bingo» de mi invención. Subía al vehículo -cuyo número había resultado favorecido- y esperaba la llegada del fin con resignación nativa. ¡Cuántas veces estuve a punto de lograr mis oscuros propósitos! Las más de las veces, sin embargo, terminaba con heridas y contusiones diversas que me obligaban a permanecer internado en sanatorios y hospitales y me forzaban a postergar -por un tiempo- los apremios del instinto tanático.
 
Impulsado por esos repetidos fracasos (me encontraba literalmente cubierto de cicatrices y moretones), decidí -tan pronto me repuse del último accidente- recurrir a la ciencia y la tecnología modernas, utilizando los servicios de una computadora. Confiaba en que la electrónica japonesa se mostraría superior a mis horóscopos y a mis experimentos con el «I-Ching» (viajaba, preferentemente, los días aciagos)

Pacientemente, recogí todos los datos posibles sobre los choques fatales de los últimos cinco años. Investigué -con la ayuda de un astrónomo- las variaciones periódicas de las manchas solares, los eclipses, y las proporciones de estroncio en las precipitaciones pluviales. Consulté con expertos en ecología y numismática. Finalmente, en base a las curvas estadísticas -resultado de mis eruditas y tediosas investigaciones-, me concentré en los micros Nº 260 y Nº 300. A partir de ese momento me sentí más seguro de lograr mi cometido: las matemáticas estaban a mi favor.

Relataré pues, brevemente, la historia de mi último viaje, único móvil de esta narración perversa.

El Micro elegido para el viaje sin retorno resultó ser de los que llevan en la parte posterior una especie de lema o máxima escrita con increíbles letras góticas (desde luego, la «N» había sido pintada al revés) donde se podía leer: SIN PRISA PERO SIN PAUSA. No supe, al momento, si reírme de la ironía que comportaba semejante afirmación, o asombrarme ante la notoria ingenuidad de su autor. De cualquier manera, el aforismo parecía apropiado al absurdo de la situación y al ineluctable destino que me aguardaba.

Una vez enterado de la cínica y pintoresca filosofía que guiaba la máquina que me había sido asignada, subí al vehículo dando un salto -como es de rigor- con el fin de no perder el equilibrio y caer sobre el asfalto (mi deseo apuntaba hacia una catástrofe definitiva, no parcial).

El camión arrancó bruscamente. La sacudida me hizo trastabillar hasta el regazo de una chipera acomodada en el asiento de atrás. Sonreí, tímidamente, pidiendo disculpas (soy condenadamente introvertido). La mujer me lanzó una mirada fulminante y se alisó las faldas. Con este singular lanzamiento, el vehículo comenzó su desenfrenada carrera contra el tiempo, hacia lo desconocido.

Los cronómetros comenzaron -en algún oculto lugar a marcar los segundos de la muerte. Me sentí, por tanto, reconfortado al comprobar que no me había equivocado en mi elección.

No acababa de acostumbrarme al «shock» del lanzamiento y la crueldad anónima de los baches, cuando -en vez del consabido guarda de pelo en pecho (ese personaje de torva faz y groseros modales), se me acercó -como en un sueño- una esbelta joven de ojos claros, reclamando el importe del viaje.

Sin salir de mi asombro (a pesar de estar al tanto de la moda de azafatas), me dispuse a satisfacer su pedido, mientras luchaba -con mayor o menor éxito- contra la marea humana que amenazaba aplastarme (mi finalidad no era de ningún modo morir por asfixia, como en los terribles ómnibus alemanes de exterminio). Hurgué en mis escuálidos bolsillos (soy un artista humilde, pero honrado) y entregué graciosamente el importe del pasaje a la belleza de ojos celestes.
Ella hizo sonar un timbre (ya que el silbido en las orejas del infortunado pasajero -al subir y bajar las estriberas- es administrado por labios masculinos) y una señora gorda se levantó, trabajosamente, disponiéndose a bajar en la próxima parada. Sin escatimar pisotones (afortunadamente calzo el 43) me adelanté rápidamente, para ocupar el espacio vacante (anhelaba, como podrá adivinarse, una muerte cómoda). Para llegar hasta el asiento vacío, tuve que esquivar hábilmente una enorme damajuana de ácido nítrico y una pieza de motor -chorreando grasa- sostenida, con gran impunidad, por un mecánico impasible. Una dama de mejillas sonrosadas, entretanto, murmuró algo vagamente relacionado con mi falta de caballerosidad. Me encogí de hombros (suelo practicar ante el espejo) y sin amilanarme ante la mirada perpleja de los circunstantes, me instalé dando un sutil golpe de cadera al grueso pasajero que compartía mi asiento.

Una vez obtenido el ínfimo confort necesario a un cuerpo desgarbado como el mío, no pude contener por más tiempo la curiosidad que me invadía sobre la identidad de la hermosa dama de los boletos.

Contrariamente a la casi bíblica admonición: PROHIBIDO HABLAR AL CONDUCTOR (ya que nadie respetaba aquello de «no escupir en el suelo»), pensé aprovechar mi proximidad para interrogar al chófer.
 
Estaba a punto de llevar a cabo mi propósito, cuando atrajo mi atención la mirada ausente que campeaba entre mis compañeros de aventura. A excepción de la mujer que acababa de bajar, ninguno parecía especialmente preocupado por llegar a destino. Una resignación callada flotaba en los semblantes.

¡De pronto, me di cuenta que no era el único dispuesto a acabar con su miserable existencia!

Los que me acompañaban en ese instante también habían hecho sus cálculos. Eran auténticos profesionales del suicidio: drogadictos, amas de casa abandonadas, enfermos desahuciados. Todos nos habíamos embarcado con el mismo fin.

El número de los viajeros se mantenía constante, a pesar de la considerable distancia que ya habíamos recorrido. El silencio que parecía envolver a los condenados se acentuaba cada vez más. Nos acercábamos velozmente hacia un semáforo. Miré fijamente al conductor, pues acababa de notar algo siniestro en sus ojos relampagueantes. Él también sabía. Su rostro de músculos contraídos por la tensión del oficio semejaba el de un auténtico cancerbero (manos velludas, uñas como garfios). Un escalofrío repentino me erizó los cabellos. Tenía miedo. No había contado con la complicidad de esta triste y doliente humanidad.

Decidí, finalmente, abandonar -como una rata desesperada que huye del naufragio- el ómnibus maldito. Rápidamente, me acerqué a la puerta alzando el brazo -en señal de parada- en dirección a la doncella de sonrisa resplandeciente (ella se destacaba nítidamente por sobre la grisácea expresión de los viajeros). Su sonrisa, al ver mi gesto, se congeló en un rictus de asombro. Su expresión se había vuelto marmórea, como la de las estatuas. Su cuerpo adolescente parecía haber madurado durante el viaje. Su porte, sus ojos -su mirada fría- atestiguaban el carácter de su misión inexorable.

Sólo entonces comprendí, ya casi totalmente resignado (el conductor había acelerado, en vez de detenerse), que había estado a punto de enamorarme del Ángel de la Muerte. Su última mirada fue un mudo reproche a mi tardío arrepentimiento.

Las rojas luces de los semáforos centelleaban como ojos premonitorios.

Salté cubriéndome la cabeza con las manos.

Unos segundos más tarde, desde la encrucijada fatal, vino la conmoción del choque, el estallido de los cristales y, finalmente, el silencio...
 
 
 
(Asunción: Ediciones NAPA, 1980)

 


Fuente:



Ilustraciones: CATITA ZELAYA EL-MASRI

Intercontinental Editora,

Asunción-Paraguay 1999. 433 páginas.
 

 
 
 
 
 

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