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ESTER DE IZAGUIRRE

  DESPUÉS DE UN SIMPOSIO DE LITERATURA y EL HERMANO - Obras de ESTER DE IZAGUIRRE


DESPUÉS DE UN SIMPOSIO DE LITERATURA y EL HERMANO - Obras de ESTER DE IZAGUIRRE

DESPUÉS DE UN SIMPOSIO DE LITERATURA y EL HERMANO 

Obras de ESTER DE IZAGUIRRE

 

 

 

DESPUÉS DE UN SIMPOSIO DE LITERATURA

 

Todos conocían sus aureolas

y se las quitaban como un sombrero adverso

a la hora de comer.

A veces la poesía y la amistad

retardaban los relojes

y amanecía sobre los claustros

de la verdad que somos.

Después la codificación

y algún decodificador en decadencia

buscaba aquel aplauso

que se ocultó en la nieve

de vergüenza.

Afuera las montañas,

esa cátedra pura

ese altar sin verdades reveladas.

Y después, el adiós.

Todo, como antes.

Como si no hubiera sucedido.

Las bancas solitarias aguardando

algún congreso de ortopedia

o algún simposio de bromatología.

Busco una cara amiga. Ya se han ido.

El silencio es de un lago en la era terciaria.

 

Quito, Ecuador, julio 1990

(De: Si preguntan por alguien con mi nombre, 1990)

 

 

 

EL HERMANO

 

Mientras regresaban del obraje, los dos hermanos ensayaban otra vez el mismo diálogo, que los montes escuchaban.

–Y adónde te irás –dijo Claudio como si lo viera por primera vez.

–A la Ciudad, adonde llega el tren. Cuentan tantas cosas los que vuelven –respondió Jacinto.

–Si vuelven. Todo eso cuesta mucha plata y vos, ¿qué tenés para llevar?

–Trabajaré; ahora trabajo sin esperanza en una jaula de quebrachos y espinillos...

Hasta que llegaron al rancho, sus silencios hablaron idiomas diferentes. El escenario continuó con los mismos actores representando el mismo papel, pero los hermanos sabían que algo había cambiado desde que Jacinto expresó su deseo de zafarse de aquel cautiverio y acceder al convite del horizonte.

Llegó, con un otoño luminoso, la decisión irrevocable de partir. Estaban sentados a la mesa donde el silencio de la familia campesina sólo era quebrado por monosílabos. Sobre ese mutismo, se derramó como lava hirviendo la voz de Jacinto y resbaló sobre el consejo materno la autoridad indiscutida del padre.

Nada; se iría y no había por qué afligirse. La Ciudad no era una fiera.

Tomó los más sencillos recaudos y con un pequeño bolso, partió una mañana cuando todo el monte parecía corear la despedida con rumores y cantos. En la fisonomía agrietada del padre se hundieron aún más los surcos y en los ojos de la madre se acaudillaron los presentimientos.

Al comienzo de la ausencia algunas cartas traían las noticias de la vida de Jacinto en la Ciudad, la búsqueda de un trabajo, la brega en un medio extraño, después una pausa ancha como el abra pulmonar del monte.

Los días derrocharon sus granos de arena sobre aquella comarca lejana. Claudio, en el camastro de su infancia miraba la otra cama vacía mientras escuchaba la serenata de los grillos. Pensaba. Si la Ciudad le devolviera al hermano, ¿sería el de antes? Su regreso ¿sería definitivo, o al volver le pesaría más la eterna inmovilidad de la selva? Quizás le parecieran más taimadas las sombras, más sellado el mutismo de los padres. Si estaba transformado en otro, ¿en qué atajo del recuerdo reencontraría su infancia...?

Ansioso se acercaba diariamente al correo hasta que un día llegaron unas líneas. Desencanto. Lanzazos del héroe a los molinos de viento. Qué difícil la lucha por ese maldito afán de superar las piedras y los árboles. Qué amargo le sabía el pan de la impotencia. Quizás volvería allá, al obraje, a doblegar la cabeza ante su sino de leñador, quizás...

–¿Y tu hermano cuándo vuelve?

–Pronto nomás –contestaba acariciando la seguridad del retorno. Releía las cartas optimistas, y como lo había temido, parecía otra persona la que le hablaba a través de la distancia.

Apenas lo reconoció por la sonrisa y por el color de los ojos cuando descendió por la escalerilla del tren. Ese no era su hermano. ¿Qué muertes se lo habían arrebatado a jirones para dejarle allí esa réplica bastarda? Hasta la voz le llegaba como por tubos desde un rincón de asfalto. Y se quedó clavado en el tiempo, aguardando el milagro.

–Ni he venido a quedarme ni soy tu hermano. Eramos compañeros de pensión antes de que lo trasladaran al Hospital de Jesús María. El clima de la ciudad no le sentaba y me pidió: "escribiles durante un tiempo hasta que me consuma del todo". Me lo dijo una mañana, con una sonrisa triste, durante mi breve visita:

–Mientras vos les escribas yo seguiré viviendo. No me liquidés demasiado pronto, hermano..., después andá a verlos para decirles la verdad.

–Venga, venga hasta casa –agregó Claudio, inseguro.

–No me atrevo a hablar con tus padres. Me volveré en el próximo tren...

Claudio, de vuelta al rancho, no lloraba, porque el otro dolor habría sido menos tolerable. No hubiera aguantado que la Ciudad se lo arrebatara vivo. Ahora podría –se lo dice la tierra, que maldice a quien lo niega– volver a salir con su hermano a juntar miel por el sendero del Potro y meterse en cuanta madriguera los tentara con sus bocas de niebla. Su hermano ya no estaba, era evidente, pero buscando un poco, lo hallaría en cualquier atajo del recuerdo.

 

(De: Ultimo domicilio conocido, 1990)

 

Fuente ANTOLOGÍA DE LA LITERATURA PARAGUAYA, 3ra. Edición. Autora TERESA MÉNDEZ-FAITH. Editorial y Librería EL LECTOR, Asunción-Paraguay, 2004.

 

 

 

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