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MAYBELL LEBRÓN
  EL ÑE’ENGÁ y LOCURA (Cuentos de MAYBELL LEBRON DE NETTO)


EL ÑE’ENGÁ y LOCURA (Cuentos de MAYBELL LEBRON DE NETTO)

EL ÑE’ENGÁ y LOCURA

Cuentos de MAYBELL LEBRON DE NETTO

 

 

MAYBELL LEBRON DE NETTO : Nacida en Córdoba, Argentina, radicada en el Paraguay desde muy niña. Lectora infatigable desde siempre y activa participante del Taller Cuento Breve.

Obtuvo el Primer Premio en el concurso "Veuve Clicquot", en 1989, con el cuento, "Orden Superior".

 

 

EL ÑE' ENGÁ

 

Ojeguakavé Cavaña angelitogui.

Más adornado que el angelito Cavañas.

 

Cerró con tristeza la alta puerta cancel de trébol ornada de largos vidrios finamente trabajados con guirnaldas de flores y las iníciales de la familia talladas en el centro; cruzó el zaguán revestido de azulejos multicolores y, ya en la calle, se volvió para echar llave a la pesada puerta de entrada.

La caravana de carretas esperaba: en la señera, acondicionada con sillones amarrados a los maderos con piolas de caranday y cojines tratando de paliar la incomodidad de tan rústico transporte, iba Doña Juana, instalada bajo la rígida cobertura de cuero crudo que hacía de techo. La seguían cinco carretas más, atestadas de enseres y servidores encargados de protegerlas pertenencias del amo, en el largo camino hasta Piribebuy.

Sin volver la cabeza, montó ágilmente el brioso alazán y ordenó la partida. El boyero hundió el clavo de la picana en las ancas de las bestias que, con un estremecimiento de dolor, iniciaron el lento trajinar por las calles del centro de Asunción.

El poder del Dr. Francia iba en aumento, y quien se opusiera a sus deseos debía claudicar o sucumbir. La altivez del Tte. Coronel Cavañas, el oficial de más alto rango en la milicia paraguaya, no aceptaba los manejos del futuro tirano. Imposible seguir respirando el aire enrarecido de la capital: decidió auto-desterrarse en el lejano solar de la familia.

Ya fuera de la ciudad, las carretas se bamboleaban sobre el suelo endurecido, surcado de profundas huellas. En cada una de ellas, los bueyes uncidos a la larga pértiga seguían indiferentes su camino dejando caer finos hilos de baba de los belfos lustrosos.

El perfil de ave de presa realzaba la dignidad de su porte mientras cabalgaba escoltando a su esposa y su mente bullía rememorando los hechos recientes.

Estuve allí, cerca de mis soldados, escupiendo pólvora, dando órdenes entre gritos y sangre hasta doblegar la resistencia de Belgrano. Fui uno de los gestores del plan Revolucionario; a pesar, y por todo ello, me licenciaron. Llegué tarde al convite del destino y mis sueños se estancaron en la cordillera. ¡Suerte perra! ¡Si no se hubiera adelantado el golpe!.

Los gritos de los boyeros sofrenaron a los animales. Buscando sombra, acamparon casi dentro de un arroyo; el sol caía a plomo, hombres y bestias necesitaban de un descanso reparador. Lentamente desuncieron los bueyes para darles de beber, mientras las muchachas extendían manteles y vituallas sobre el césped salpicado de flores de trébol. Las canastas, cubiertas con paños almidonados, fueron abiertas para ofrecer su contenido de pollo asado, chipa, chicharó con juití, pasteles y mandioca. Las damajuanas con agua y aloja se reponían al pasar por los pueblos del camino.

Al retomar su penoso andar, ahora por plena serranía, las llantas de hierro sacaban chispas candentes a las piedras del sendero. Las manos suaves y fuertes de Cavañas sabían sostener tanto las bridas como la pluma; perdido en los recuerdos, maldecía su destino súbitamente alterado por una voluntad que torcía rumbos y destrozaba futuros. Odiaba a esa mente astuta y ambiciosa que lo relegaba al olvido.

El ocaso se divertía apagando el incendio detrás de los cerros para sembrar el cielo de luces nuevas. El baqueano buscó un sitio sin malezas; las carretas se ordenaron rodeando al fuego donde pronto el asado chirriaba, inundando el ambiente de un olorcillo prometedor.

A la luz de los faroles mbopí, Cavañas y su esposa cenaron en la improvisada mesa, puesta por sus servidores en un claro, mientras les era preparada una rústica alcoba, extendiendo colchones sobre el piso de la carreta.

Un guitarrero chusco aumentó el alboroto del personal, y las risas ahogadas de las muchachas no cesaron en toda la noche. Temprano, por la mañana, reanudaron la marcha. Era la última jornada. A la tarde, el Alazán tomó la delantera: los ojos verdes y penetrantes del jinete se entornaron buscando la silueta de la casa en la distancia: no pudo reprimir una exclamación de contento al divisarla sobre el naranja pálido que se Iba.

Allí esperaba la austera casona de paredes de adobe y anchos corredores con gruesos pilares abrazados de jazmineros y rosales. Emplazada en una suave elevación, se descubrían desde el frente, en lontananza, los cerros de Paraguarí y Caacupé.

Acostumbraba recorrer sus estancias y yerbales montado en el alazán. Con las riendas flojas, sudoroso por el esfuerzo, el noble animal volvía dócilmente a la querencia, en tanto la mente del jinete se perdía oreando recuerdos de los que no quería hablar. Asunción era su pasado, sin embargo, esperaba ansioso el correo con noticias que siempre le dejaban un regusto amargo.

El niño levantó la cabeza y suspendió la batalla de sus soldaditos de plomo para saludar con un alegre "¡Papá!" que transformó el rostro serio de Cavañas; riendo, con el pequeño en sus brazos, entró en la casa.

Las gruesas velas del candelabro iluminaban una mesa escritorio llena de papeles: yerba, carne, madera. Para ti, hijo mío, no podrá ser eterno mi ostracismo; volveremos a Asunción, a nuestra casa, y serás el hijo de Cavañas.

En el pueblo, fe de piedra en el centro del enorme cuadro verde, rodeada de las casas principales, la iglesia recibía a sus fieles aquel domingo.

Los lugareños se apretaban para darle paso, saludando respetuosos, esta vez con un gesto de extrañeza ante la ausencia de Doña Juana y el niño.

Se arrodilló mirando con fijeza al crucificado que inclinaba la cabeza rehuyendo sus ojos: "Por favor, no me lo quites".

Al día siguiente llegaron médicos de la capital, con ellos la esperanza de cura y la noticia nefasta: estaba a la firma del Supremo la orden de expropiación de todos los bienes de Cavañas. La angustia ante el dolor de su niño relegó la oleada de odio a una tensa espera.

Se habían instalado en el pueblo. La vieja habitación de los abuelos, ya fallecidos, se destacaba frente a la iglesia por su tamaño y esmerada construcción. En el dormitorio en penumbras, el pequeño de apenas cuatro años, era una mancha amarillenta sobre la almohada, un rostro difuso al que las sombras regalaban muecas imposibles.

Por boca de las comadres, la noticia corrió el valle: "Se muere nicó, el patrón-í".

La noche recogía humildemente sus últimos fanales en el claroscuro del amanecer, cuando ya la criada trajo el mate a la absorta figura recostada en la hamaca: nuevo Job de la historia, la alegría de antes, un recuerdo desechado por un hoy de pesadumbre y desesperación.

Los peones rondaban la casa día y noche en busca de noticias; mudos y taciturnos, envueltos en el cadencioso rumor de los padrenuestros y avemarías de las mujeres que se turnaban en los corredores. Sentían a la muerte acechando, nadie se atrevía a internarse en la obscuridad ante el pavor de encontrarla frente a frente.

De pronto, lo supo. Se levantó de un salto y tropezando, llegó hasta su hijo. Tomándole la mano quedó quieto, aspirando los restos de ese aliento tenue que acabó en la nada. En aquel amanecer de pena y luto, el dolor se hizo fiereza. Y lloró como lloran los hombres: su cuerpo en un espasmo sin lágrimas y, allá adentro, la congoja que lo ahogaba, poco a poco, se volvió grito de venganza.

La gente iba llegando: los hombres, con el pañuelo negro al cuello; las mujeres: de rebozo, con ramitos de flores para el muerto.

Allí estaba, en el amplio espacio techado, entre las dos alas del culata yobai; un cajoncito blanco desbordado de encajes donde sólo se veía la carita pálida y, ante el asombro de la concurrencia, como cofre de cuento de hadas, las joyas de la familia centelleaban a la luz de las velas y, al cubrir totalmente la blancura del sudario, formaban una coraza alucinante de oro y pedrería; una increíble amalgama de esmeraldas y brillantes, donde se mezclaban brazaletes y pendientes, collares y broches, que irradiaban un reflejo fantasmal: el leve destello desprendido de las gemas y que, a la luz oscilante de las velas hacía del ataúd un bajel de luciérnagas.

Con ojos muy abiertos, los niños tironeaban las faldas de sus madres; los mayores, rezaban y bebían para escapar de esas cuencas vacías que sabían los miraban del otro lado de las sombras.

Los compueblanos seguían llegando: desbordada la casa, llenaron el patio y, al final, la plaza de la Iglesia.

Sirvientes y comadres ofrecían aloja y caña; en largas trincheras de fuego se asaban reses enteras, ensartadas en estacas. Los conjuntos de tupas y guitarras se turnaban y, a veces, el sonido de una flauta ponía el tono triste a la reunión.

Todos los faroles del pueblo daban luz al festejo; en la calle, los pies descalzos tamborileaban en la arena haciendo círculos ante la campesina sudorosa, con los pechos alborotados bajo el leve typoi, y un remilgo provocativo que encendía la sangre de los jóvenes, dispuestos a vencer en el desafío, como gallos de riña, jugándose el prestigio en una justa de baile. Y cuando ya el cansancio aflojaba los músculos, una nueva pareja ocupaba el sitio vacío, mientras los músicos exhaustos daban paso a otro conjunto que emergía de la oscuridad estremeciendo la noche.

Desde el corredor en sombras, sentados en sillas de alto respaldo, Cavañas y su esposa presidían el velorio, mudos, ausentes.

Un día entero ha pasado; muchos duermen la borrachera, algunos siguen bailando. Las flores se amontonan en una aromada montaña multicolor: el fuerte olor a resedá impide a la muerte desnudar su hedor. En la noche, la polvareda crea una atmósfera dorada, nebulosa, donde la muerte ríe y baila entre lágrimas y rezos.

Al amanecer, el pequeño féretro había desaparecido. Nadie supo en qué momento o lugar enterraron al angelito sus padres y el cura. Aún ahora, después de tanto tiempo, algunos se preguntan dónde estará el cajón con su tesoro hundido en las cenizas del niño difunto.

Los lugareños cuentan que, en las noches sin luna, una leve figura resplandeciente se escurre entre las ruinas de la vieja casona, y se encuentran, olvidados, soldaditos de plomo.

Maybell Lebron de Netto

 

 

LOCURA

 

Con un gesto impaciente hizo ondular su cabellera bravía de bronce batido y lo observó entrar a paso lento en el aula de la Facultad de Química, evaluando el ambiente con una ojeada. Sabiéndose una espléndida muchacha, intuyó el impacto que había producido en aquel joven serio y reservado. Le permitió sentarse a su lado; pronto compartieron problemas de estudio: con cariño y respeto, de a poco, él fue instalándose en su vida.

El imán de su afecto la hacía sentirse protegida. Amó su sonrisa franca y viril; la ternura de cada gesto suyo. Envuelta en el ropaje de sus caricias, se sentía feliz. Fue un noviazgo sin rupturas ni estridencias que terminó en matrimonio, apenas egresados.

Había ido sola a la sesión del Congreso de Química. Era tarde cuando finalizó el debate y decidió ir a cenar a un restaurante.

Al levantar la copa de vino, sus ojos se encontraron por sobre manteles y cristalería. Un temblor desconocido la obligó a bajar la copa. ¿Cuánto tiempo desde entonces? ¿O sólo a ella le parecía que, a ratos, los días eran horas y, a veces, las horas eran días?.

Inventó un cursillo para disimular sus ausencias. En el ascensor se arreglaba el pelo, reponía el carmín arrebatado de sus labios, y entornaba los párpados para aprisionar el brillo delator de sus ojos por aquel amor recién estrenado.

No he dejado de quererlo; llenó mi mente y mi cuerpo con el mismo dulce vaivén: éramos amigos y amantes. ¿Es que, acaso, supe yo lo que eso significaba?. No fue el fuego de ahora. He descubierto calles nunca holladas por nosotros, y allí voy a encontrarme con él. Abro la puerta, y el cuarto todo es un aleluya al amor. Las ropas en el suelo, los cuerpos en la cama, en cualquier parte, en todas partes. Cada vez un encuentro más profundo; un amor total, desesperado, exigente. Temo enfrentar a mi marido, no quiero destruirlo con el golpe brutal de mi abandono: imposible ser dichosa, sabiéndolo desgraciado.

Deseo que sea feliz como nunca lo fue en su vida. Ven, hoy te prepararé ese plato que te gusta, puse velas en la mesa y apagué todas las luces. Dormiré acurrucada entre tus brazos. El olor del café y mis besos te despertarán por la mañana; a la noche, en nuestro balcón lleno de flores, serviré la cena para los dos; luego de los postres, apoyados en la baranda, veremos desde arriba deslizarse las luces en la calle, y te contaré un chiste, y reiremos juntos, y de pronto trastabillo, y tú te caes -aún sin darte cuenta - y las luces se detienen, y yo, mirando desde el noveno piso cómo nadie te toca, porque ya no tiene caso.

Abrí la puerta y me hundí en sus brazos; mi alegría iluminaba las paredes opacas: había cumplido con los dos.

Maybell Lebron de Netto.

 

Fuente:


© EDITORIAL DON BOSCO

Tirada: 750 ejemplares

IMPRENTA SALESIANA.

Asunción, Paraguay. 1992 (152 páginas)
 
 
 
 
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