JOSEFINA PLÁ (+)

Foto de JOSEFINA PLÁ (+)
Nacimiento:
9 de Noviembre de 1903

Fallecimiento:
11 de Enero de 1999

SOY, EL RANCHITO y LAS HERMANAS MUERTAS - Poesías de JOSEFINA PLÁ

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SOY, EL RANCHITO y LAS HERMANAS MUERTAS - Poesías de JOSEFINA PLÁ

SOY, EL RANCHITO y LAS HERMANAS MUERTAS

Poesías de JOSEFINA PLÁ


 

SOY

Carne transida, opaco ventanal de tristeza,
agua que huye del cielo en perpetuo temblor;
vaso que no ha sabido colmarse de pureza
ni abrirse ancho a los negros raudales del horror.
¡Ojos que no sirvieron para mirar la muerte,
boca que no ha rendido su gran beso de amor!
Manos como dos alas heridas: ¡diestra inerte
que no consigue alzarse a zona de fulgor!
Planta errátil e incierta, cobarde ante el abrojo,
reacia al duro viaje, esquiva al culto fiel;
¡rodillas que el placer no hincó ante su altar rojo,
más que el remordimiento no ha logrado vencer!
Garganta temerosa del entrañable grito
que desnuda la carne del último dolor:
¡lengua que es como piedra al dulzor infinito
de la verdad postrera dormida en la pasión!
Haz de inútiles rosas, agostándose en sombra,
pozo oculto que nunca abrevó una gran, sed;
prado que no ha podido amansarse en alfombra,
¡pedazo de la muerte, que no se sabe ver!
 
 

EL RANCHITO

Un rancho le ha crecido
al paisaje.
¡Qué verde se le arrima
el ramaje!
Rancho gacho y terrero,
con sencillez de paja,
lujo de jazminero.
Rancho atado a un camino
blando de pies descalzos
y corto de destino.
Un rancho le ha crecido
al paisaje.
Le hace el amor, frívolo,
el ramaje.
Ya, en el llano vencido,
tiene el viento un secreto.
Suelo sin baile tiene
el inquieto,
y, en la llanura lisa,
la noche, adivinanza.
La luna ha de ensayarle
una danza.
Cáscara para un fruto
humilde de descanso.
Barro, bajo la paja,
manso.
Un rancho le ha crecido
al paisaje.
Qué verde se le ennovia
el ramaje!
 
 

LAS HERMANAS MUERTAS

¿Comprendes?
          Todas tienen un nombre en mis entrañas
y cada una ha llamado, por una vez al menos,
en este corazón.
          Todas han sido,
pero ninguna fue: todas cantaron
con esta voz de lágrimas que es mía;
y yo a todas las lloro cuando canto,
porque fueron hermanas; mis hermanas;
y yo a todas he muerto
para poder vivir...
          ¡Oh, si las vieras!
Todas tienen mis ojos, y mi boca;
y cualquiera de ellas se parece
más a mí que yo misma ...
          Ellas han muerto,
y yo a todas las llevo, irremediables,
en el sollozo enorme de mi sangre.
...Sólo yo las conozco:
sólo yo las he oído
llamarme, en su hora irrepetible,
al corazón con toque de campana;
me decían su nombre, que era el mío:
pero todas murieron a la entrada.
Y eran todas más bellas que yo he sido,
y más afortunadas:
más bella que ésta que se llama mía,
y más dichosa que ésta que logró ser...
                                                         ¿Comprendes? ...
Pero tenía que ser así. Y acaso
porque ésta era la menos hermosa, era la, menos
feliz, le abrí mi puerta para morir con ella.
¡Ah! Si las vieses. Una era tan blanca
como lo fue Beatrice;
otra, rosa encendida como Manón; y alguna
con los labios de fiebre que tuvo Margarita.
Y ésta fue Reina estéril como Isabel; y a otra
mataba el no morir, como a Teresa.
Y una, hermana espúrea, pero terrible hermana,
tuvo las manos rojas
de Lady Macbeth... ¿Ríes?
Ah, cualquiera de ellas se parece
más a mí que yo misma.
Pero tenía que ser
así: tenía que ser ésta,
la menos bella y la más triste:
aquélla cuya flor no es la camelia,
pero tampoco el lirio
la cárdena violeta sí, y el cardo;
y, en el rojo rosal, sólo la espina.
La de los labios áridos del beso que no dieron
y los brazos cansados de no cansarse nunca;
la de las manos hechas para adornar la muerte,
los ojos para lámparas votivas de la ausencia.
Tenía que ser ésta, y ésta sólo
                                                    ¿Comprendes? ...
Las otras están muertas...
Y ellas también lo saben:
tenía que ser ésta,
la del hijo tardío y solitario
floreciendo la rama descendente del tiempo:
la del amor marcado con signo irremisible:
signo de precoz siega,
signo de inútil siembra.
La que se queda sola,
y, en toda despedida, la que queda:
altar de espera y vaso de recuerdos.
Aquélla cuyos dedos han de cerrar los ojos
brotados en el cauce celeste de la sangre,
mientras sus ojos, viejos, queden tal vez abiertos,
sin tener quien los cierre,
preguntando:
                                                       ¿Comprendes? ...
 
 
Fuente: Sinforiano Buzó Gómez. ÍNDICE DE LA POESÍA PARAGUAYA,
 
Editorial Indoamericana. Argentina, Asunción, 1952.
 
 
 
 
 
 
 

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