JOSEFINA PLÁ (+)

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Nacimiento:
Lobos, Fuerteventura, España
9 de Noviembre de 1903

Fallecimiento:
Asunción, Paraguay
11 de Enero de 1999

LA JORNADA DE PACHI ACHI - Cuento de JOSEFINA PLÁ

situación
LA JORNADA DE PACHI ACHI - Cuento de JOSEFINA PLÁ

LA JORNADA DE PACHI ACHI

Cuento de JOSEFINA PLÁ


A Hedy González Frutos

     -Pachi Achi, rey.

     -Pachi Achi, cielito lindo.

     -Pachi Achi... ah... ¡atchíss!

     El estornudo sale, diminuto, cómico, tierno. Ambas mujeres ríen. Pachi arruga la nariz. Chia Maia se la limpia como si estuviese limpiando de rocío un capullito. Melina coloca a Pachi Achi en la silla: complicado armatoste de varillas que limita todos los conatos de evasión, excepto por arriba, y enfrenta implacable al niño a su bol de café con leche. Le pone en la mano la cucharita. Ambas, ahora miran a Pachi Achi, como quien observa un prodigio. No importa que este prodigio se repita cada día. Pachi Achi muy serio, se aplica a sumergir la cucharita en el bol, la lleva a la boca. Una gota se le escurre barbilla abajo. Pachi Achi saca una lengua rosada. Afuera llaman. Maia sale rápida. Melina sigue junto a Pachi Achi, observándole, cariñosa y feliz. Dentro se oye la voz de Maia:

     -¡Melina!

     -A ser buenito, Pachi Achi... Mamá vuelve.

     Sale. Pachi Achi, la cucharita en la diestra, queda solo, mirando hacia la puerta; luego vuelve su vista a lo que le rodea. Algo remueve en el rincón, se acerca. Grisón salta sobre la mesa. Se desliza cauteloso entre el azucarero y la cafetera; roza con su cola el florero, llega junto al bol, arremanga los bigotes y acerca el hocico melindroso al café. Demasiado caliente para su gusto; aparta el hocico blanco con un ligero estornudo, muy parecido al de Pachi Achi. Este lo mira fijamente; el estornudo le ha intrigado. Grisón no se aleja sin embargo. Se sienta frente a Pachi Achi: éste le sigue mirando, una arruguita vertical sobre la minúscula nariz. Lo mira tanto, que se olvida de todo, y deja caer la mano con la cuchara; esta golpea la superficie del bol. El líquido salta fuera, cae sobre el mantel. Pachi Achi queda sorprendido; pero concluye seguramente diciéndose que es algo gracioso. Bate el líquido con la cucharilla, esa vez adrede; el café con leche salta como un pequeño trasgo brillante y viscoso, fuera del pocillo. Pachi Achi, de más en más divertido, bate otra vez; el líquido salta más lejos y salpica a Grisón, que muy dignamente vuelve la espalda, y sentándose al extremo de la mesa se dedica a lamerse las salpicaduras. A Pachi Achi no le importa. Se está divirtiendo a más no poder. Ahora bate el pocillo lo más rápido que puede; el líquido restante salta en todas direcciones; el borde del bol de porcelana salta también, en pedazos. Grisón huye al patio a través de la reja. Pachi Achi ríe a carcajadas.

     -Pachi Achi, ¡malo!

     Melina ha entrado. Saca a Pachi Achi de su prisión de varillas, lo tiende sobre el brazo izquierdo, y con la derecha le sacude unas palmadas sobre las nalguitas que el calzón de gruesa y esponjosa lana redondea cómicamente. Pachi Achi, más asustado que lastimado, llora. Chia Maia, en la puerta de la cocina, bate las pestañas con silenciosa ansiedad. Melina explica:

     -Derramó el café con leche. Rompió el bol.

     -¡Pachi Achi pícaro!

     Pero en la voz de Chia Maia palpita la angustia. No es que le parezca del todo mal que se le den a Pachi Achi unas palmadas. Ella misma quizás se las habría dado. Pero no le gusta que se las den otros. Ni siquiera Melina. Y sin embargo, Maia no puede protestar. Melina tiene todo el derecho. Pachi Achi es su hijo. Y ella no puede hacer nada. Sólo eso: acercarse a Pachi Achi, ponerle en la mano un caramelo. Melina lo ve; no le gusta pero no dice nada.

     Melina ha dejado a Pachi Achi en el suelo, mientras ella se va al baño, para que estire las piernecitas. El niño se tambalea sobre sus piernas cómicamente gruesas dentro del pantaloncito largo. Un pasito, otro: se prende a una silla; la suelta, da un paso más. ¡Qué grande es el mundo!.... Se prende a otra silla. Desde el ángulo más retirado del comedor, algo oscuro acude a su encuentro. Es Poodle, un remolino de hollín; a los lados de la cabeza penden sendos trapos que deben ser las orejas, y los ojos son dos carbochones negros. Pachi Achi siente en su pequeño estómago algo así como cuando traga sin quererlo un poco de agua muy fría. Si supiera hablar diría: es un monstruo. Queda paralizado sobre sus piernecitas gorditas y cortas, abierta la boca. Poodle, sentado sobre las patas traseras, mira a Pachi Achi, ese ente minúsculo, que huele ya a ser humano, pero no es hombre todavía, porque no tiene aún el poder de dañar. Sin embargo, él es el culpable de que Poodle haya perdido el lugar que tuvo en el afecto de «ellos» un tiempo; pero Poodle no le guarda rencor. Menester sería que alguien los presentase, pero ¿qué se hace cuando no hay nadie que lo presente a uno? Poodle se decide: avanza más, moviendo la cola; lame la mano colgante de Pachi Achi. Este, sorprendido por las cosquillas, ríe. Las presentaciones están hechas. De pronto, Pachi Achi se deja caer sentado al suelo; quizá las piernecitas no le sostienen, quizá ha decidido que es bueno hacer un alto. Poodle así lo halla más a mano y le lengüetea las mejillas. Son dulces las mejillas de Pachi Achi. Huelen a pan fresco y tierno; pero además el caramelo de Chia Maia les ha contagiado generosamente su azúcar; Poodle nunca conoció un ser humano tan dulce. Quizá cuando pequeños sean todos así.

     -¡Pachi Achi, Pachi Achi!... ¡Upa, Pachi Achi!

     Es Melisa que regresa, lo alza en vilo y lo lleva hacia el portón.

     -Vamos a recibir a papá.

     Poodle los sigue, arrastrando sus orejas, fuera hasta la calle. Pacífico dentro de su Ford negro, la mano sobre el volante.

     -¿No bajás?

     -No; traéme la cartera. Tengo que trabajar desde las dos. Comeré en el centro.

     Melina deja a Pachi Achi en brazos de Pacífico, y se va a buscar la cartera. Pacífico sienta sobre sus rodillas a Pachi Achi; este se prende al volante, mientras Poodle sentado en el pasto al lado del coche, saca la lengua, brillantes los ojos, bolas mágicas en miniatura.

     -Venga con su mamá, Pachi Achi.

     Es Melina que vuelve con la cartera, y la deja sobre el asiento. Pachi Achi se agarra al volante. No quiere soltarlo. Se enoja: va a llorar. Pacífico ríe. Melina es inflexible. Lo alza, le asea las manecitas, se las mueve en el aire:

     -Dígale adiós a su papá.

     Pacífico con una sonrisa de despedida pisa el acelerador y el auto se desliza pasando como un sueño por las esferas pulidas de los ojos de Poodle. Pachi Achi chilla, una pequeña arruga vertical entre las cejas, finas plumitas de gorrión. Melina lo distrae y entra en la casa. Tras ella Poodle, montón de cariños frustrados, arrastra cola y orejas. Melina se sienta en el living. Dentro trafaguea Maia. Melina toma una revista y trata de leer, mientras Pachi Achi pugna por agarrar las hojas. Al cabo de un rato, Melina entra en la cocina con Pachi Achi en brazos; abre la heladera, da de beber al chico, que bebe y ríe. Melina ríe también. Mira a Maia cuyo rostro, patéticamente, parece más pequeño. La boca de quince años apretada, y a media asta las pestañas oscuras y espesas.

     -Pero, ¿qué tenés?

     -No alcé a Pachi Achi ni una sola vez, hoy.

     -¿Eh?... Ah, bueno... Alzalo, alzalo un ratito mientras yo voy a mi pieza.

     Una concesión. Un permiso siempre como una merced, un favor que se hace a uno.

     -¿Qué? ¿No estás contenta?

     ¿Qué responder?Melina no entendería. No quiere entender. Para ella todo está bien tal como está, y Maia debería estar satisfecha de que las cosas se hayan arreglado así. Es cosa tácitamente convenida que ella no debe ocuparse mucho del chico.

     -No está bien que lleves al chico en brazos todo el tiempo. La gente podría hablar.

     Sí. La gente puede hablar. Eso es lo único que preocupa a Melina y a Pacífico. Lo que la gente piensa. Lo que ella, Maia, pueda pensar o sentir, no les interesa. Maia es la hermana menor y Melina abusó siempre de aquel privilegio que la hizo venir al  mundo quince años antes, que le permitió estar casada cuando sus padres murieron, y ella, Maia, era solo una niña. Una niña que desde entonces estuvo de más en todas partes. Siempre un no. La vida partida en temporadas con la tía abuela, más vieja aún. Temporadas con Melina, asistiendo al desarrollo lento de aquella interminable luna de miel. Cuando Melina cerraba, quizás un poco ostentosamente, la puerta del dormitorio, a deshora, y salía ya tarde, el pelo deshecho, desperezándose, con una palidez feliz en sus mejillas de trigueña y las ojeras misteriosamente ahondadas. Maia siempre sobrando. Con los otros, siempre pero siempre lejos de ellos. Y siempre en casa. En casa con la abuela descontenta y rezongona:

     -¿Salir? ¿Para qué? ¿Qué te falta en casa?

     En casa con la tía abuela, desabrida:

     -¿Amigas?... Las amigas no traen nada bueno.

     En casa, con Melina y Pacífico:

     -¿Quién se queda con la muchacha? Yo no puedo dejar a mi marido.

     Maia vistiéndose de sobrasy de obsequios tardíos. Maia sin un rincón donde colgar sus trapos: el vestido siempre doblado sobre una silla, listo para ser tirado en cualquier parte cuando esa silla hace falta. Maia sin un cajón donde guardar sus estampas, su ocasional regalo, sus medias, su libro de misa, sus guantes relavados, sus zapatos eternizados. Maia sentada junto al sillón de la abuela que huele a bayetas viejas, a flores mustias, a polvo. Maia hojeando por milésima vez la misma revista de modas, de años atrás. Maia trotado junto a las tías y cayéndose de sueño en visitar interminables y monótonas. Maia esperado en casa el regreso de Melina para verse regañada por descuidos innumerables e imprevisibles.

     -Falta un cubierto de plata. Seguramente se echó a la basura. No cuidaste.

     -Alguien arrancó los gajos de la enredadera delante de la casa. No atendiste.

     -No se sacudió el polvo de los muebles. No se barrió el patio. ¿Qué estuviste haciendo?

     El cielo llueve su rocío de azogue en los ojos de sombrío musgo. Por la sangre navegan barquitos dulces; los pulsos parecen ir a brotar mariposas. El aire de octubre es sabroso como un fruto en el sueño. Un fruto cuyo nombre está siempre a punto de recordarse. Es como si alguien estuviese tras una puerta, presto a llamar en cualquier momento. Maia con los senos punzando ya el vestido corto. Senos de huérfana, cabellos de niña que una madre no peinó. Maia, mirando soñadora cosas y gentes. Maia al balcón, ese verano de fuego. Palabras que se parecen al sabor del fruto del sueño... ¿Qué estuviste haciendo, Maia, qué estuviste haciendo?

     Maia sigue fregando la vajilla; Melina en el comedor, sentada, por turno, sobre la alfombra, jugando con Poodle. Afuera la luz cuadriculada por las rejas baja despacio; crecen telarañas grises y tibias bajo los mangos del patio. Melina se levanta a prender la lámpara.

     -Es hora de preparar la cena de Pachi Achi.

     Arroz con leche como sólo en la infancia se come: untuoso, aromático, lleno de dulzuras. Ella lo siente como si fuera una prolongación de sus labios, como si Pachi Achi al comerlo, devorase sus besos. Ella, que no lo puede besar a su gusto sino cuando no la ven (¿cuándo es que no la ven?). Melina y Pacífico quieren todos los besos de Pachi Achi para ellos. ¿No podrían permitir que Maia lo besara alguna vez a su gusto y sin medirle los besos? Para que no le doliesen tanto. Pero Melina no quiere. O tal vez Pacífico es el que no quiere. Ella les oyó hablar una vez:

     -No es conveniente que se encariñe con él. Más tarde puede dolerle.

     -Maia sufre, Pacífico.

     -¿Y qué remedio?... Las cosas vienen así.

     ¿Pero no es esto quitar con una mano lo que se da con la otra?... Ellos la recogieron, sí. Le dieron techo cuando más lo precisaba. A ella, huérfana, sola dos veces abandonada. Pero se quedan con Pachi Achi.

     -¿Podría ser de otra manera, Maia?

     -No.

     -¿Entonces?

     Sí, ellos tienen razón. Sin embargo, Maia siente en lo hondo del ánimo que éste es un trato usurario. Unos pocos cariños, ¿podrían hacer tanto mal a Pachi Achi? Hay infinitas criaturas mimadas por sus tías jóvenes o maduras. Maia hasta llegó a esperar que tal vez, pasando el tiempo le dejarían cuidarlo. Para no cansarse tanto Melina. Cuidar una criatura no es grano de anís. Velar envejece y Melina siempre mezquinó la propia belleza. Es verdad que Pachi Achi es un ángel y no da malas noches. Pero ahora que empieza a caminar y se da contra los cantos, se cae y llora. Ella libraría a Melina de todas las preocupaciones. Melina seguiría siendo la madre. Nadie podría quitárselo nunca a ella ni a Pacífico; la madre siempre es la madre, dice la gente. ¿Entonces?...

     Pero Melina no quiere, Pacífico no quiere. Tienen celos; así, tienen celos. Ellos quieren a Pachi Achi, es verdad. ¿Cómo no quererlo? Pero es gracioso que tengan celos: es Maia quien debería estar celosa. Además -Maia no quisiera decírselo a sí misma, no quisiera ser mala- es una manera de continuar el castigo, de no perdonar. De hacer que siga sola su camino, como siempre. Le dieron una pequeña cómoda para su ropa; pero sigue sin un rinconcito donde colgar los trapos de su corazón. Como siempre. No se trata ya de querer a Pachi Achi: se trata de que Pachi Achi no la quiera a ella, no distraiga un átomo del cariño que ellos sorben como tierra seca el agua. Melina esperó demasiado tiempo un hijo. Ocho años. Una eternidad. Ahora quiere resarcirse de la espera. Ella que tanto pedía un bebé, que no se conformaba con la voluntad de Dios. ¿Cómo no reconocer ahora que todo es voluntad de Dios, menos la injusticia?... ¿Por qué no le da a Maia su partecita en la voluntad de Dios?... Bien sabe Dios que se la ha ganado... O por lo menos que la ha pagado bien.

     Pachi Achi no come su arroz. No tiene apetito. Melina prueba a hacerle comer.

     -Una cucharadita por papá, ¿sí?... Otra por mamá... Otra por papá, otra vez...

     Pachi Achi asiente gravemente; come. (Maia traga saliva. Una cucharadita por ella no podría, siquiera?...). Fuera se siente rechinar la cortina del garaje: Pacífico regresa. Pachi Achi ha terminado de comer, Melina lo lleva a dormir; de paso por el comedor, le hace despedir de papá con un beso. Pacífico en el sillón lee el diario. Luego se recuesta, cerrando los ojos. Oye a Maia que va y viene de la cocina al comedor trayendo platos y servilletas. Tintinean los cubiertos: Pacífico abre los ojos y la mira. El cuello delgado, casi infantil; los cabellos ondeados, un poco descuidados ahora y rebeldes, pero con ese voluntarioso salvajismo de yuyo nuevo; la mirada resbala por la espalda lisa, la grupa pequeña y apretada, las piernas torneadas y blancas; lo más torneado de su delgada personilla. Ahora Maia pone la mesa y está de frente. El seno pequeño que no ha lactado, el vientre, sorprendentemente liso. Y sin embargo... Pacífico resbala por una pendiente viscosa. Sabe que están mal esas visiones, pero quizás no lo puede remediar. Cierra los ojos, resistiéndose a los feos pensamientos.

     -¿Qué hay para cenar, Maia?

     -Bife con ensalada y dulce de frutilla.

     El diálogo es apacible, pero Maia no se deja engañar. En su corazón infantil humea, silenciosa, una vaga inquietud, siempre que Pacífico la mira. Uno poco de calor le sube a la mejilla. Ella trata de apagarse, de difuminarse, de borrarse en presencia de Pacífico; por nada del mundo quisiera enojarlo: sería exponerse a perder del todo a Pachi Achi. El marido de su hermana es al fin y al cabo el dueño de casa, el árbitro; es además su tutor. Pero quisiera que no se fijase en ella, que no la mirara. Sabe que hay cosas que Pacífico sabe, que ella nunca podrá ocultarle pero, ¿por qué él le ha de hacer sentir que las sabe? ¿No es eso tenerla un poco desnuda siempre, sin nada que pueda llamar de veras suyo? Cuando él la mira, no tarda también Melina en dirigirle una mirada rápida al marido primero, a ella después. Y se da cuenta de que Melina se siente vagamente molesta. ¿Ha de ser suya siempre la culpa? Se siente desnuda ante los dos y no pudiendo defenderse. Ella sabe que es la voluntad de Pacífico quien lo gobierna todo, a través de Melina; él ordena cosas que quizás a Melina no se le ocurrieran.

     -Tenés que alargar un poco tu vestido.

     -Oh, Melina; está bien así, no se lleva más largo.

     -Sí, pero a Pacífico no le gusta así.

     O bien:

     -Maia no debe pintarse.

     -Todas lo hacen, Pacífico.

     -Sí, pero ello no debe hacerlo. Tiene que hacer lo que nosotros digamos.

     Depender de los demás toda la vida. Toda la vida. Ligada así de la cabeza a los pies, a la voluntad de otros seres. Allá arriba las estrellas ensemillan un cielo profundo: si hubiese bastante silencio, Maia las oiría crepitar. Su rocío en los ojos despiertos; en los pulsos no sé qué inquietas mariposas. ¿Nunca más libre para mirar el cielo a todo cuerpo y soñar? ¿Nunca más?

     Melina entra. Pacífico alza la vista.

     -¿Pachi Achi?

     -Ya está dormido.

     -¿Qué le pasa a Maia?

     Melina hace un gesto vago. Sabe adónde lleva siempre estas preguntas de Pacífico. Y no le agrada.

     -Parece haber llorado.

     Con desgano Melina se encoge de hombros.

     -¿Por qué?

     -Lo de siempre.

     -Esto se hace fastidioso.

     -Comprendé, Pacífico...

     -¿Qué tengo que comprender?... ¿La tenemos en casa o no?... ¿Le hemos dado amparo cuando más precisaba o no?... ¿Dónde estaría ahora tu hermana si no fuese por lo que hemos hecho nosotros por ella?...

     -Pacífico, es mi sangre...

     -Tu sangre, es cierto. Pero tené la seguridad de que quizá por una hermana mía no hubiese hecho lo misma. Debería haberse conformado y comprender lo que estamos haciendo, caray.

     (¿Pero Pachi Achi no significa nada?... ¿Nada quiere decir Pachi Achi, el amor que tenés a Pachi Achi?)

     Melina calla. Se siente apenada por Maia, pero más se siente humillada. El menosprecio a Maia la alcanza sutilmente a ella. Si no fuese por Maia, ella podría hacer y decir muchas cosas de que ahora tiene que abstenerse; se siente obligada a andar con pies de plomo. Pacífico puede en cualquier momento echarle en cara. Los hombres están siempre listos para eso.

     -Pacífico, los dos queremos a Pachi Achi...

     -Desde luego, lo queremos. Pero eso no tiene nada que ver.

     -¿Nada que ver? Sí, es verdad, legalmente nada. Melina querría hablar querría hablar a veces claramente con Pacífico, pero intuye que lo que pudiera decirle no tendría valor para él. Y la humillación que siente ante el marido se le vuelve en parte rabia contra la hermana. ¿Por qué han tenido que ser así las cosas? Sí sumadre hubiese vivido o si Maia hubiese sido mayor... o si Maia hubiese sido otro carácter... Piensa de nuevo en Pachi Achi; se distiende y enternece. ¿Acaso Pachi Achi no lo explica todo, no lo justifica todo?... Pacífico es hombre y los hombres no comprenden...

     -¡Maia!

     De allá de la cocina llega la voz suave, cantarina, que parece siempre velada por lágrimas recientes.

     -¿Sí?

     -¿No está aún la comida? Van a dar las ocho.

     Maia va y viene. Es ella quien sirve, como es también la que barre, cocina, lava los plato. Fue la condición que si ella venía esta vez a casa tendría que irse la muchacha. Una manera también de aherrojara dentro de las cuatro paredes. Sólo que a la sirvienta se le da sueldo. A ella no le dan nada. Melina le da de vez en cuando unos pesos que ella guarda hasta juntar lo suficiente para comprarse un batón, unas sandalias, una enagua de nylon barato. Nada de lujo. Y Maia no sale a la calle sino con Melina. No va a ninguna otra parte. Melina quería que estudiase.

     -Algo que le ayude en la vida, Pacífico. Hay que prepararla. Siquiera un poco de inglés, dactilografía. Por lo que pueda pasar.

     -Veremos.

     Pero la cosa no llega. Y los días se anudan como eslabones, iguales unos a otros, duros: la cadena parece pesar cada día más. Maia va y viene sirviendo. Pacífico se encuentra de pronto mirándola de nuevo. La cadera enjuta, el seno pequeño. El pensamiento viscoso se arrastra de nuevo como lombriz bajoel occipucio de Pacífico. La imagen de ese cuerpo casi infantil soportando al hombre de pesados cuadriles y tórax profundo vuelve una y otra vez, turbándole; en vano se dice que es sólo indignación. Se encuentra odiando casi, despreciando a Maia, por los mismos pensamientos que le inspira. Tan jovencita, tan menuda. Quince años. Baja los ojos a su sopa. Qué habría sido de Maia si no la hubiesen recogido consigo. Muertas la abuela y la vieja tía, el destino de la pequeña no habría sido dudoso. El asilo, seguramente. O el Buen Pastor. Maia tiene mucho que agradecerles. Respira aire libre, puede hojear revistas de modas, aunque sean anticuadas; mirar por el balcón algunos momentos, cuando Melina lo hace; salir de compras al almacén, y ver los árboles de la calle y pasar las gentes y los vehículos. Maia tiene mucho que agradecerle. Es cierto que es hermana de Melina, pero un hombre no se casa con sus cuñadas. También Melina tiene que agradecerle. Le permite tener a su hermana junto a ella, le ha evitado a Maia quién sabe qué horrores y a Melina vergüenza. La figura de Pachi Achi salta ahora de pronto a la pantalla. Todo desaparece por un momento para acoger la figurita pequeña, cómicamente gordita, cuyas manos aletean sobre un plato o se agarran al volante con increíble fuerza. Pachi Achi. Su mismo nombre. Pacífico Aguiar, abreviado en la lengua de trapo de un niño de quince meses. Pachi Achi. Es triste no tener quien perpetúe nuestro nombre y nuestra sangre. Melina y élesperaron un bebe durante ocho años. Ahora llega Pachi Achi. Distinto y extraño, y sin embargo caro a su corazón. Un estremecimiento súbito le distiende; el tic tac del reloj vuelve a entrar en su oído.

     -¿Dónde está el diario, Melina?... ¡Ah! Aquí está. Vamos al cine.

     -¿Al cine?

     -¿Te sorprendés?

     -Hace tanto tiempo que no vamos...

     -Por eso mismo. Mirá esa película tan buena: «El Evangelio según San Mateo».

     Maia va a la cocina llevando los platos sucios. Pacífico ve sus labios apretados, la carita oscura y empequeñecida.

     -¿Qué le pasa?

     -Tal vez le gustaría ir al cine. Nunca va a ningún lado...

     -¿Estás loca?

     Comprende que ha estado brusco. Echa por un desvío:

     -Quién se queda en casa cuidando a Pachi Achi?...

     Melina inclina la cabeza. Es cierto, Maia tiene que quedarse. Va a su habitación, y vuelve metiendo su pañuelo limpio en la cartera. Maia lava los platos(23) en la cocina. Melina se asoma, le dice hasta luego mientras Pacífico cierra con llave la puerta del patio. Salen. Maia oye girar la llave en la cerradura de calle. La encierran, como siempre... En el auto, Melina se aventura:

     -Habría que darle alguna diversión, Pacífico. Una chica de su edad...

     -Ella sabe su situación, ¿no?... Hay que saber aceptar lo que nos toca.

     Maia termina de limpiar los platos como un autómata.

     El dolorcito que parece prenderse a sus quince años como una gran araña de patas duras debajo de los senos núbiles se encarniza. Poco a poco sin embargo recupera los ánimos. ¿Qué será lo que quince años no puedan soportar?... Aquel dolorcito del momento va bajando como barco en naufragio a unirse con tantos otros -grandes y chicos- en el sótano del alma. Sólo queda, implacable, aquel otro dolor grande de su desgarradura adolescente, aquel dolor que abrió su cuerpo y su alma en una grieta sola, que no se puede cerrar, no la dejan cerrar. Suspira. Estira los brazos. Va a sentarse en un sillón del comedor. Cierra los ojos. Poco a poco una idea va adquiriendo forma en ella: una idea díscola, audaz, inverosímil, maravillosa. Mira el reloj. Son apenas las nueve. Esperará... Sí, hasta las nueve y media. Hasta tener la seguridad de que Melina y Pacífico no han desistido de entrar en el cine -alguna vez ha pasado que salieron para allá y luego se arrepintieron. Esperará hasta las nueve y media... Y luego...

     Despacito va hacia el cuarto de baño. Se lava las manos con el rico jabón de Pacífico. (Esta es una de sus pequeñas venganzas.) Se echa en el cuello y las manos perfume de Melina. (Que se fastidie Melina.) Ya en su cuarto, se pone su camisón de lienzo - camisón de enclaustrada- y se echa en la cama. El reloj de la cómoda deja llegar hasta el dormitorio - pegado al de Melina y Pacífico, separado por éste del de Pachi Achi- su solemne tic tac. Y luego con un previo desgarro, las campanadas. Las nueve y cuarto. El tráfico de la calle decrece, despacio. Ay, cómo tarda en pasar el tiempo. La inmovilidad parece envolverla con su telaraña. Está a punto de dormirse. Las nueve y media. Maia echa una pierna fuera de la cama luego la recoge otra vez. Se levanta de nuevo. Se vuelve a echar. Las diez menos cuarto. Por fin. En la calle ha cesado casi todo rumor. Maia se levanta. Va hacia la puerta de calle, y corre el cerrojo. Así estará más segura. Cruza la alcoba conyugal. Abre con cuidado, palpitándole el corazón, la puerta del cuartito de Pachi Achi. Prende la luz. Allí, en su camita de hombrecito -a Pacífico no le gustó una cuna- está durmiendo Pachi Achi, el [76] puño cerrado sobre la cabeza, dentro de la esponjosa chaquetita del pijama. Maia lo mira y siente lo que debe sentir una botella que se coloca bajo la canilla abierta a toda rosca; en él entra, tumultuosa y fresca, la alegría de querer.

     -¡Pachi Achi mi vida, mi cariño, mi amor!

     Se arrodilla al lado de la camita. Tiende las manos; no sabe cómo tomarlo para no despertarlo. Pachi Achi abre los ojos. Parpadea. Se le queda mirando fijamente, luego cierra los ojos, de nuevo bosteza.

     -Pachi Achi, mi vida.

     Lo alza, lo acaricia. Pachi Achi sonríe, bosteza. Luego abre los ojos, totalmente despierto. Está sorprendido ante esta ruptura de las reglas de su vida; pero no le parece mal. Maia pasea a Pachi Achi canturreando, lo deposita en el suelo; va hacia la pequeña cómoda, saca un montón de ropitas, las pone en la silla junto a la camita. Y comienza a vestir y desvestir al nene, probándoselas. Le pone primero su mameluco de seda celeste; luego su trajecito de lana amarillo; luego su dolmancito de azul zafiro; su gorrito de piel blanca y sus botitas haciendo juego. A cada prenda que le pone, corre al espejo de Melina a hacérsela ver. Pachi Achi no entiende nada, pero está divertidísimo. Maia baila con él; lo besa hasta dolerle el corazón. Ahora le prueba su trajecito blanco de las grandes ocasiones, que aún no estrenó. Ah, la felicidad. ¿Quién dijo que la felicidad completa no es de este mundo? Señal de felicidad es cuando se olvida el lugar y la hora. Maia lo ha olvidado todo. Y cuando suena la puerta de calle con seco y redoblado aldabonazo, es como si una serie de bolas de hierro se descolgasen de pronto en su estómago. Pone a Pachi Achi en la cama, lo tapa sin detenerse a sacarle su vestido de gala: agarra los trajecitos y hechos un burujón los tira en la cómoda; echando encima un zapatito suelto, cierra como puede y corre a abrir, tratando en vano de componer el rostro. Corre el cerrojo, cruje la llave. Pacífico y Melina entran. Melina viene asustada, Pacífico, oscuro como trueno, se le echa encima:

     -¿Por qué cerraste la puerta por dentro?...

     -Yo tuve miedo... yo...

     Pacífico la lleva, clavándole los dedos en el brazo, en vilo, hasta el comedor. Melina los sigue, palidísima. Allí Pacífico echa a la muchacha de un empujón en un sofá.

     -Apesta a perfume. Algo anduvo haciendo. Vigílala, Melina.

     Va hacia adentro sacando del bolsillo el revólver. Maia no imagina qué puede hacer con él, pero tiembla de la cabeza a los pies. Melina la sacude, y no sabe qué es mayor: si su miedo o su cólera.

     -¿Qué estuviste haciendo, Maia?...

     Maia no puede hablar. Donde el cuñado le apretó el brazo, le duele. Todas las luces de la casa están prendidas; se oye a Pacífico abrir y cerrar puertas. Al fin vuelve, oscuro el ceño siempre; pero ha guardado el revólver. Se dirige a Maia:

     -Me vas a decir qué estabas haciendo.

     -¿Qué estabas haciendo, Maia, qué estabas haciendo?...

     Maia abre la boca; pero sólo puede sacudir la cabeza histéricamente. Pacífico alza la mano para pegarle. Melina se interpone.

     -No, Pacífico, eso no. Vamos a dormir. Mañana aclararemos todo.

     -Pero...

     -Vamos a dormir, Pacífico. Por favor. Los vecinos...

     Le cuesta mucho ceder a Pacífico, pero cede. Va hacia la puerta de calle; tiene que encerrar el coche. Maia, sonámbula, se encamina a su cuarto. Melina entra a ver a Pachi Achi. La luz prendida muestra al nene despierto, incorporado en la camita. Allí está, con su dolmán, sus botitas, su gorrito blanco. Melina se los saca, le acuesta. Pachi Achi queda quieto. Con el dolmán en la mano, Melina va al cuarto de Maia.

     -¿Qué quiere decir esto?...

     Maia, ahogada por la congoja no contesta.

     -¿Tal vez querías escapar con Pachi Achi?

     Maia deniega con la cabeza.

     -Quería probarle la ropa... ver cómo le quedaba...jugar con él un rato. Nunca juego con él...

     Solloza hasta ahogarse. Melina querría decir algo, pero no encuentra qué. Le pasa la mano por la cabeza. Hace tanto tiempo que no acaricia a Maia. Baja la mano, siente extraña, forastera, la forma de la pequeña cabeza. Su corazón se oprime.

     -Duerme tranquila. Ya hablaré con Pacífico.

     Cuando éste llega del garaje, Melina está ya en la cama.

     -¿Averiguaste algo?

     -Sí.

     -¿Y?

     -Quería jugar con el nene, Pacífico. Lo estaba vistiendo con sus ropitas de fiesta...

     Pacífico se queda rumiando el asunto un rato.

     -Está loca.

     Melina calla. Sí. Hay cosas que los hombres no comprenderán.

     -Hizo perder el sueño a la criatura. ¿Se da cuenta esa irresponsable?... Y nos dio un susto mayúsculo.

     -Bueno, Pacífico. Vos también, enseguida pensaste lo peor.

     -¿Te parece que no tengo razón para pensar mal?

     Melina traga saliva.

     -Ella no da motivo hasta ahora, Pacífico.

     - Creés que podemos fiarnos de ella entonces?...

     Melina calla.

     -Y esa manía con la criatura. Como si fuésemos ogros que la privamos de verle.

     -No se pueden atajar los sentimientos, Pacífico.

     -Pero se puede comprender que hay que aceptar una situación. Al fin y al cabo, ¿qué hubiese hecho ella sin nosotros?...

     -¿Y nosotros sin ella, Pacífico?

     -No me hagas reír. Todos los días hay en la Maternidad media docena de criaturas disponibles. Cualquiera de ellas hubiese servido sin necesidad de que tu hermana se acostara con un atorrante cuyo nombre ni siquiera sabemos.

     Ya salió fuera, como la pus de un grano, la brutalidad. Melina habría preferido que Pacífico le hubiese pegado una bofetada. Calla y aplica la mejilla contra la almohada para ahogar el llanto. Así pues Pachi Achi es como otro niño cualquier abandonado; no es alguien que lleva la sangre de ella misma. Para Pacífico es lo mismo... Y el insulto a la hermana parece salpicarla a ella, la hace sentirse sucia.

     La mano de Pacífico busca su hombro; se desliza por su sien:

     -Bueno, Melina... Uno está enojado y dice cualquier cosa.

     Melina llora inconteniblemente. Llora de humillación, de desesperación, porque no puede volverse contra Pacífico -éste tiene razón- y volverse contra Maia, tan desvalida, sería cobarde. Llora, como antes Maia, con nerviosos espasmos que la ahogan. Es la primera vez que ella llora así; ni cuando se enteró de la desgracia de Maia. Pacífico enciende la luz; se sienta al borde de la cama, trata de consolar a Melina. La levanta, la recuesta contra la almohada. Melina está patética. El pelo deshecho le cae sobre los hombros: el fino camisón resbala de su hombro desnudando el seno lleno, redondo. Pacífico siente ante la muñeca maltratada renacer extrañamente la ternura hace tiempo arrinconada. Pide perdón a Melina. La besa cálidamente. Encuentra palabras escondidas muy adentro de los sentidos. Y del fondo turbio de ese instante penoso, un poco sórdido, asciende, inesperado, como un pez encendido, la maravilla inédita de la suprema sintonía. Pacífico un tanto avergonzado y al propio tiempo contento allá dentro no sabe por qué. Melina humillada pero satisfecha del imperio que recobra, parece, en los sentidos de él. En el abrazo que los une se liberan Dios sabe qué secretas y últimas timideces. Quizá es la llamada que alguien, en alguna parte demorado, esperaba para ponerse en marcha por un camino de luces en capullo hacia el mundo de Pacífico y Melina.

     El reloj bronquítico suelta, como una píldora de metal, una campanada. Pacífico y Melina duermen. En la almohada de Maia se secan ya las lágrimas. Sobre la alfombra del comedor, Poodle gime. Grisón, en el patio, ha buscado el fresco del pasto. Una mariposa blanca entra a través de la abierta reja de la habitación de Pachi Achi; revolotea sobre su camita, entra luego en la alcoba conyugal, se funde en su sombra.

     1957


JOSEFINA PLÁ (1909-1999) : Fecunda escritora, ha ocupado y ocupa un lugar preferente en la cultura paraguaya. Dejando de lado sus prolíficas actividades culturales en todas las artes, hemos de destacar que ha cultivado todos los géneros literarios. Integró el grupo "Vy'a Raity", con Augusto Roa Bastos, Elvio Romero, Hugo Rodríguez Alcalá y Hérib Campos Cervera, donde se integró como uno de sus miembros destacados. Su condición de española le permitió ganarse el respeto del mundo cultural paraguayo, aunque su obra presenta cierta discontinuidad en la producción y cierta indefinición genérica, fenómeno del que no escapa cualquier escritor paraguayo antes de 1980 por la inexistencia práctica de editoriales. No obstante, destaca por haber sido una mujer que rompió con bastantes moldes establecidos de la anquilosada y conservadora intelectualidad paraguaya, transmitiendo el espíritu rupturista de las vanguardias que conoció en la España de los años veinte (no tan visible en sus obras poéticas, aunque en su narrativa adopta algunas técnicas formales rupturistas), habiéndose convertido en un modelo espiritual de algunas escritoras de generaciones cronológicas posteriores.

 Su producción narrativa no es tan pródiga si la comparamos con la de otros géneros. Aunque publica con regularidad en la prensa asunceña, su primer libro de cuentos, La mano en la tierra, no aparece hasta 1963. Los cuentos que lo forman muestran una problemática social semejante a la que cultivan autores como Augusto Roa Bastos. Pero a diferencia de Roa, la mirada de Josefina Pla, aun dirigiéndose a los débiles, se decanta por las consecuencias de los sufrimientos en los personajes vistos desde su intimidad. De hecho, sus relatos no han perdido valor y actualidad con el discurrir del tiempo. Esto se confirma en El espejo y el canasto (1981),que contiene cuentos escritos bastantes años antes a la fecha de edición, cuyo contenido, sin embargo, tienen plena vigencia. Otros libros de relatos suyos son La pierna de Severina (1983), la novela escrita en colaboración con Ángel Pérez Pardiella, Alguien muere en San Onofre de Cuarumí (1984), y La muralla robada (1989).

El relato de Josefina Pla que presentamos pertenece a El espejo y el canasto, y esuno de los mejores que ha escrito, sobre todo por su riqueza estilística. Su título, «La jornada de Pachi Achi», es una inmersión en la vida cotidiana de una pareja, Pacífico y Melina, que ha adoptado a la joven hermana adolescente y madre joven, huérfana y soltera de un niño, de un año de edad aproximadamente. La esposa es estéril y el matrimonio, en realidad, se ha encariñado con el niño más que con la muchacha, pero además ve cómo sus decisiones quedan sometidas siempre a las del hombre con el que comparte su vida. La narración comienza con un encadenamiento de frases orales que repiten al principio el nombre del protagonista con una valoración afectiva.

Escrito en 1957, se adentra en el tema de la maternidad de la muchacha soltera. Ésta, de nombre Maia, ve cómo las relaciones cotidianas van enrareciéndose porque es culpabilizada de sus actos anticonvencionales, según el varón, clima contra el que arremete con ironía y rebeldía ácida el narrador, transformando el cuento en una crítica de las convenciones sociales patriarcales establecidas, y el desprecio social a la maternidad natural. La narradora defiende la supremacía de la vida sobre la costumbre adquirida, y sobre todo la necesidad de que la mujer sea considerada como un ser humano con sentimientos y con capacidad de decisión y libre albedrío.

Josefina Pla reproduce muy bien y con agilidad narrativa las relaciones sentimentales entre los personajes, sobre todo en el  trato que la joven Maia recibe de su cuñado: siente que le alejan a su hijo, haciéndole perder toda relación con él; sospecha de las intenciones lascivas de Pacífico; y contempla su marginación del ambiente familiar de su hermana y su cuñado (se viste con ropa que sobra a otros y él proclama constantemente el acto de caridad que supone haberla recogido). Pero desde el principio es esta incipiente adolescente quien va adquiriendo protagonismo en el relato. El discurso gira desde Pachi Achi hacia ella, porque el niño se constituye en símbolo de lo propio inalcanzable por la estulticia del hombre y de las apariencias.

El desprecio que parece mostrar Pacífico por Maia no es sino una máscara externa que oculta la verdadera situación real. Él siente una gran atracción sexual por la muchacha, y no puede sino imaginar una relación sexual con ella. Se ha de reprimir sin considerar que está ante otro ser humano. Josefina Pla sabe penetrar en la psicología de sus personajes, para desnudarla con perspicacia, valiéndose incluso de la narración del sueño o de la imaginación que produce el deseo. La crítica a la hipocresía social se combina con la exteriorización sincera en la intimidad de los sentimientos ocultos de los personajes. Y ante esta situación disimulada por el desprecio aparente, Melina solamente puede pensar y no actuar, porque, como reproduce la narradora, «lo que pudiera decirle no tendría valor para él». Como reproduce como un monólogo, «Pacífico es hombre y los hombres no comprenden...». Así, Maia es el ama de casa; quien realiza las labores del hogar, sin que se le tenga en estima especial como ser humano. Es la sirvienta sin sueldo que progresivamente va adquiriendo conciencia de su incómoda situación.

En este sentido, la autora también introduce pensamientos que se acercan a la formulación filosófica. Arremete contra la injusticia terrenal que los hombres provocan, pero también contra la idealizada de la religión católica que presenta un dios que permite un mundo como el que vivimos. Además, la narradora por medio de sus personajes va revelando las carencias sentimentales de los hombres, que carecen de la peculiar sensibilidad que aporta el sentido de la maternidad, como seobserva en los actos de Maia cuando queda a solas con su hijo natural que posteriormente Pacífico considera como una locura.

Hay que destacar a nivel estilístico, el empleo del paréntesis para reflejar el pensamiento profundo del personaje, diferente a las palabras realmente pronunciadas; el aprovechamiento de los recursos teatrales, como la acotación y la oposición entre fragmentos dialogados y narrativos; los párrafos anafóricos enumerativos en la evocación de la situación de Maia, y un perfecto uso del monólogo interior, hacen que el relato sea estilísticamente uno de los más perfectos de Josefina Pla.

Este cuento es un ejemplo entre los que la autora crea como protagonista a una mujer joven que sufre problemas provocados por un ambiente externo mezquino, de incomprensión y de marginación. El concepto exterior ante la gente es más importante que la autenticidad de la vida interior y que la satisfacción, como se demuestra en el diálogo entre Melina y Pacífico (nombres utilizados intencionadamente por la autora como representación nominal de sus máscaras sociales), no es asible mientras impere un pensamiento donde el hombre trate de mostrarse siempre como un ser superior a la mujer. La maternidad (natural o no) debería de ser, como se desprende del mensaje del relato, un hecho alegre en la vida de una persona, pero las convenciones sociales y la mentalidad retrógrada pueden convertir al hecho en un acontecimiento que provoca desgracia y opresión.


Fuente Narradoras paraguayas (antología)- José Vicente Peiró, Guido Rodríguez Alcalá-

[recopiladores]. Edición digital: Alicante : Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2000.

N. sobre edición original: Edición digital basada en la de Asunción (Paraguay), Expolibro, 1999.



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