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MARGARITA MARÍA PRIETO YEGROS


  NUNCA DIGAS NUNCA (Cuento de MARGARITA PRIETO YEGROS)


NUNCA DIGAS NUNCA (Cuento de MARGARITA PRIETO YEGROS)
NUNCA DIGAS NUNCA

 

 

NUNCA DIGAS NUNCA
 
 
"Nunca digas nunca
 
Nunca digas siempre
 
Porque las palabras
 
Son sólo palabras,
 
Ya los juramentos
 
Se los lleva el viento"
 
(Refranero popular)

 
 
 
La pitada del PINGO resonó en el puerto asunceno, indicando la partida de la pequeña embarcación que semanalmente viajaba a las poblaciones ribereñas del norte.
 
La pareja de recién casados llevó sus valijas al camarote y, después se ubicó en la cubierta, para responder a los saludos de los familiares y amigos que habían venido a despedirlos.
 
Dos marineros retiraron la planchada y la embarcación comenzó a alejarse del muelle.
 
Cuando el PINGO salió de la bahía, Ester, la flamante esposa, se ubicó en una reposera, mientras su marido bajaba al comedor a buscar elementos de tereré.
 
Arrullada por la vibración de la nave, ya estaba ella por dormitar cuando la sacó de su ensueño una voz cadenciosa: -Con su permiso, señorita-. Al darse vuelta para ver quién le hablaba se encontró con una mujer vestida de negro.
 
Ambas se examinaron en silencio y se aceptaron tácitamente. Ester notó que la mujer era más bien pequeñita y que bajo el pañuelo negro le asomaban mechones de pelo canoso, sirviendo de marco a los ojos grandes y oscuros.
 
Luego de saludar se sentó en la reposera contigua.
 
-¿Viaja usted al norte, señorita?
 
-Viajo a Mariscal Estigarribia con mi esposo que es oficial.
 
-Entonces, tenemos para rato juntas, porque yo también viajo a la capital del Comanchaco.
 
-¿Y qué hace usted allá, señora?- preguntó Ester.
 
-Soy bibliotecaria del Casino de Oficiales. Me llamo Sara Martínez.
 
Al rato sonaron las campanadas llamando al comedor para la cena y las mujeres se separaron. Ester no la volvió a ver hasta la tarde del día siguiente cuando llegaron a Puerto Casado.
 
Esa noche durmieron en el destacamento militar del lugar, bajo gruesos mosquiteros que les resguardaron de los voraces mosquitos y del nefasto chicha guazú, portador del mal de Chagas.
 
A la mañana, muy temprano, después de un frugal desayuno a base de cocido con leche y galletas cuarteleras, subieron al autovía que debía transportarlos hasta un lugar denominado Kilómetro 160.
 
A medida que se alejaban del río, el paisaje se iba tornando monótono y casi triste; los altos árboles de quebracho y palo santo daban lugar a plantas de palmas y arbustos espinosos. Indios harapientos trabajaban en los campos ubicados a ambos lados de la vía férrea y, con gestos cansinos se apoyaban en sus azadas para verlos pasar.
 
Ester, acostumbrada a la alegre y colorida vegetación y a los ríos y arroyos de la Región Oriental sintió que una vaga melancolía se iba apoderando de su ánimo. Pensó en silencio: -¿Qué será lo que le retiene a la gente en esta zona tan hostil y poco amable?
 
Soplaba viento, pero el calor se iba tornando sofocante. Nadie hablaba. Cada ráfaga de aire que entraba al autovía le hacía recordar a Ester la apertura del tatacuá en Semana Santa, cuando en su casa paterna horneaban chipas.
 
El vehículo entró en una curva muy pronunciada; disminuyó la velocidad y se detuvo. La mujer de luto descendió, profiriendo un agudo alarido. Anduvo unos pasos y, llorando y hablando se arrodilló ante una solitaria cruz ubicada cerca de la vía:
 
-Mi hijita adorada, ¿por qué me dejaste?. Eras todo lo que yo tenía en este mundo.
 
- ¡Que Dios le perdone a tu padre que nos abandonó, porque yo nunca le perdonaré! ¡Nunca! ¡Nunca!
 
Transcurrió un cuarto de hora; el conductor se acercó a la mujer y con ademanes compasivos la condujo de vuelta al autovía que reinició su rítmico andar.
 
A la siesta arribaron a destino y bajo los calcinantes rayos del sol de enero, los viajeros se dirigieron hacia el rancherío del lugar para almorzar y descansar.
 
Cuando el sol se iba poniendo, llegó un destartalado camioncito FORD, de la época de la Guerra del Chaco para conducirlos a Mariscal Estigarribia.
 
Las dos mujeres fueron ubicadas en la cabina, junto al conductor y los varones en la parte de atrás.
 
Después de dos o tres resoplidos, el vetusto vehículo arrancó y pronto adquirió velocidad.
 
Hacía rato que viajaban en silencio, cuando Ester se atrevió a preguntar:
 
-Señora Sara, ¿hace mucho tiempo que murió su hija?
 
-Hace cinco años, en un accidente de autovía.
 
-¿Cuántos años tenía?
 
-Veinte.
 
-¿Es usted chaqueña?
 
-No, soy misionera, pero sigo viviendo en Mariscal por una promesa que hice a la memoria de mi hija: ¡Nunca! me voy a sacar el luto y como ella voy a morir en el Chaco. Ester enmudeció ante tan fúnebres sentimientos.
 
A la una de la madrugada llegaron a destino, y dos días después, la pareja de recién casados partió hacia el Fortín Eugenio Garay, otrora legendario Yrendagué, en la frontera con Bolivia.
 
Con el correr de los días, Ester se olvidó de la bibliotecaria.
 
***.
 
Transcurrieron veinte años hasta que cierto día, en una ciudad de Misiones, Ester se volvió a encontrar con Sara Martínez y fue ésta quien se hizo reconocer. Lucía una vestimenta de alegres colores, llevaba el pelo teñido de rubio y una alianza en el dedo anular izquierdo.
 
-¿Qué pasó doña Sara? -preguntó Ester.
 
-Después de cuarenta años, el padre de mi hija fue a buscarme y nos casamos.

MARGARITA PRIETO YEGROS

 
 
 
Fuente:


TALLER CUENTO BREVE


Talleres Gráficos

EDICIONES Y ARTE S.R.L.,

Asunción-Paraguay

1988 (136 páginas).

 
 
 
 
 

 

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