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GILBERTO RAMÍREZ SANTACRUZ
  LA VIDA EN LA CIUDAD - Cuento de GILBERTO RAMÍREZ SANTACRUZ


LA VIDA EN LA CIUDAD - Cuento de GILBERTO RAMÍREZ SANTACRUZ
LA VIDA EN LA CIUDAD
 
CUENTO de GILBERTO RAMÍREZ SANTACRUZ
 
 
 
 
LA VIDA EN LA CIUDAD
 
 
"De eso que somos y que queremos
muy poco queda realmente...".
Antonin Artaud.

 
Añorado amigo Remberto:
. Hace casi un año que estoy en la ciudad y recién me pongo a escribirte. Porque siento que por fin he llegado del todo y es como si hubiera nacido de nuevo o resucitado, después de haber conocido una vida anterior. Ahora sé también que algo murió en mí y algo volvió a nacer. Lo que murió debe ser la esperanza que tenía de poder vivir en Tatakuá y lo que nació, quizás la resignación de no tener otra alternativa que procurar-me la sobrevivencia y proyectar una nueva vida en lo posible. Como verás ya estoy sobreponiéndome a la tragedia que significó para mí dejar todo aquello, gracias a eso te escribo estas líneas y espero que al recibirlas te encuentres bien en compañía de los tuyos. Te ruego que al contestarme ésta no te olvides de ninguna novedad importante que haya ocurrido en el pueblo, durante mi ausencia.

Por mi parte, Remberto, no sé dónde empezar a contarte lo que es la vida en la ciudad. Lo único que debes saber es que todo cuanto aprendemos en el pueblo no sirve para nada en la ciudad. Estoy comenzando de uno nuevamente. Mis conocimientos sobre las plantas y los animales a nadie le interesa por acá. La agricultura apenas se menciona en los libros escolares. Aquí no tienen importancia las fases de la luna, los vientos no presagian nada, los pájaros cantan y lloran sin anunciar nada para los que habitan la ciudad. La lluvia no trae bonanza, sino tristeza y miseria porque inunda las villas y barrios pobres. ¡Cuántas veces nosotros, Remberto, mudábamos de lugar las cruces y haciendo rogativas con la gente hemos hecho llover a cántaros! Así el campo recuperaba su verdor y el maizal volvía a blandir al viento sus hoces de chalas y espigas. Pero aquí lamentablemente nada de eso importa. Nuestro arte para domar redomones desbocados no se cotiza en la ciudad como los otros oficios, relacionados con los fierros y motores en general, hasta los diarios piden por ellos. Pero de los problemas te seguiré hablando en cartas próximas, porque vos estarás más interesado en saber cómo es la ciudad y cómo se vive en ella.

Cuando llegué, lo primero que vi en la ciudad fueron sus luces infinitas, porque el tren que me trajo llegó de noche. De lejos parecía una interminable siembra de estrellas caídas. Lo más parecido que vi a una ciudad de noche fue la función patronal de nuestro pueblo, que traía consigo su ruidoso motor que hacía un milagro -según nosotros-haciendo encender por algunas horas cientos de tubos fluorescentes. Pero en vez de abarcar un solo predio, las luces se diseminaban como un mar de velas ardiendo. Y cuando uno está dentro de esa montaña de lámparas dispersas, la noche se vuelve remota y distribuida en pequeñas porciones de oscuridad. La ciudad está poblada de automóviles que parecen escarabajos gigantes y ojos encandilantes que suben y desaparecen por las calles desniveladas. Los letreros luminosos de mil colores se apagan y se prenden eternamente. Los maniquíes de ambos sexos sonriendo en los escaparates, vestidos de trajes o bikinis. Creo que, Remberto, nunca vimos en nuestro pueblo algo parecido. Hay tanta gente caminando apurada que por poco no me lleva por delante. No se puede realmente contar lo que es la ciudad, amigo mío, algún día podrás venir y verla con tus propios ojos. Porque tengo la impresión de que con dos ojos solos no alcanzan para ver tantas cosas nunca vistas, como tampoco alcanzan las palabras para describir mi añoranza por Tatakuá.
¿Y las mujeres, Remberto? Son todas como esas que veíamos en los viejos periódicos de artistas. Rubias, morochas, trigueñas, altas, bajas, flacas o gorditas, pero todas lindas como esas virgencitas que cada uno en nuestro pueblo tiene. Con esto no quiero decir que nuestras (¡nuestras?) mujeres sean menos hermosas, pero son de la clase con quienes imaginábamos siempre tener historias de amor, en las calurosas y largas siestas en el arenal del arroyo; mientras jugábamos con los amigos quién era el mejor dotado y sería elegido por una sirena si saliera de repente del agua junto a nosotros. ¿Te acordás, Remberto, de las fórmulas insólitas que aplicábamos para acrecentar nuestros dones viriles? ¿O lo siguen haciendo todavía ustedes, partida de sinvergüenzas? Si es así, ya es hora de que se dejen de perder tiempo y se aboquen a corresponder a nuestra comunidad de admiradoras. No vaya ser que después se arrepientan y como yo ahora que estoy lejos, mirando pasar a diosas con minifaldas y sin posibilidad de convertirme en devoto de ellas. O no te acordás, Remberto, que yo me hacía el arisco como ustedes y ahora estoy pagando caro tanta estupidez. Entonces, mi extrañado amigo, tienen que hacerme caso y no dejar ninguna virgen sin su espíritu santo. Y luego háganme saber todos los detalles. A propósito, quiero saber cuál de mis pretendidas se acordó con más insistencia de mi humilde persona; para escribirle luego y preparar el ambiente para cuando vuelva.

Quiero que vayas contando a las chicas que estoy trabajando bien (aunque a vos te confieso que apenas me alcanza para comer), que ya me compré para mi reloj, una radio portátil y que estoy juntando plata para cuando vuelva, y pueda comprar una moto. Porque no voy a ir de vuelta a montar mi viejo alazán, que ya debe estar a punto para picadillo. Pero vos, Remberto, como un buen amigo, tenés que dejarme bien cuando contás noticias sobre mí. Podés decir, por ejemplo, como es cierto, que vivo en una pensión (aunque acá signifique casi lo peor), porque en nuestro pueblo esas cosas suenan bien. Otra cosa que también podés decir, que ya estoy hablando bien el castellano y que de a poco voy pareciéndome en elegancia a los muñecos que hacen de modelos en las vidrieras. Bueno, ya sabés, tenés que mentir pero en forma creíble. Pero de verdad ahora te digo, cuando pueda nomás me compraré algunas ropas nuevas, reloj, zapatos, cadenilla, pulsera y anillo. Me sacaré una foto en alguna plaza y te enviaré para que le muestres a las chicas y amigos. Te cuento, además, desde que vine no me corté el pelo y estoy hecho un melenudo como esos cantantes de «nueva ola». En cambio, ustedes ya se estarán pelando para la reclutación y para terminar sirviendo en la casa de los capos militares. Como yo me voy a salvar por estar en el extranjero, procuraré llevar mucho dinero para comprar la moto que te dije y mi baja. Aunque por ahora estos no pasan de ser proyectos, yo me tengo mucha fe en cuanto a la plata que voy a ganar cuando aprenda algún oficio de buena remuneración.

Remberto, ya debés estar cansado de leer tantas cosas y ocurrencias que me vienen a la mente al escribirle. Pero yo te cuento todo para cuando salgas del Servicio Militar y puedas venir junto a mí a rebuscarte también. Así vas a venir con la cabeza fría y no con los pajaritos como vine yo. Aquí todo es raro. Yo anduve por montes y selvas solo, pero nunca sentí la soledad como ahora en la ciudad, aun entre la gente. El domingo pasado me sentí tan triste que decidí ir al circo, a ver si conseguía apartar de mí un instante siquiera tanta nostalgia. No vas a creer, cada gesto, cada chiste del payaso me hacía entristecer más y tuve que salir antes de que terminara la función. ¿Te acordás, Remberto, cuando íbamos al circo que visitaba de vez en cuando nuestro pueblo, y volvíamos roncos y con los ojos llorosos de tanto reír? Pero parece que cuando uno está mal no hay mono que le resulte simpático. Y hablando de monos y otros animales, en estos días visité el tan mentado zoológico. Me vi reflejado también en cada bestia enjaulada y me sentí más oprimido por la ciudad y la gente, que miraban con diversión a los animales entre rejas y se fotografiaban con ellos. Había miles de pájaros de todos los pelajes y tamaños, pero yo me sentía otro pájaro raro más entre ellos, aunque sin la admiración de la gente y con mi celda invisible. Algunos leones parecían no tener apetito y preferían aprovechar el sol que se filtraba entre los rascacielos. Unos osos regordetes se hacían los muertos y permanecían revolcados, indiferentes. Los monos, en cambio, como en nuestro pueblo y creo en todas partes, a pesar de estar enclaustrados, saltaban sin parar y repartían al público gestos obscenos.

A veces pienso, Remberto, que lo que otros ven con alegría yo lo estoy viendo con tristeza y desánimo total. ¿Será porque las cosas se muestran como uno se siente? Pero un amigo nuevo que hice en la ciudad, me dijo que él también cuando vino recién veía todo negro y que con el tiempo le fue cambiando a mejor color. Más de una vez pensé que no aguantaré por mucho tiempo más este sufrimiento, pero también pienso qué podré hacer en nuestro pueblo y con qué excusa volveré con las manos vacías. Como sabrás, yo soy la esperanza de mi familia y sin embargo ellos no saben que la pobreza también existe en la ciudad. Aunque a los pobres por aquí se les llama carenciados y el nuevo gobierno militar los está echando fuera de la ciudad. Dicen que la miseria no existe cuando no se ve. ¿Qué te parece, Remberto? Cuando vine la gente vivía en libertad y democracia. Pero las bombas explotaban minuto a minuto, como si fuera en fiestas de fin de año, en escuelas, hospitales, plazas, ministerios, calles y por todos lados. Un día yo iba viajando en colectivo y, mientras esperábamos que pasara un tren, alguien lanzó de un edificio alto una bomba y explotó a pocos metros de nuestro ómnibus. En los días previos al golpe militar, faltaba hasta para comer. No se conseguía alimentos ni medicamentos. Así se vivía hasta que una mañana amaneció aparentemente todo calmo. Las radios transmitiendo música sacra y marchas militares, la televisión comunicando los decretos de la nueva Junta Militar y la gente corriendo a los almacenes a comprar las mercancías que un día antes escaseaban. Llegaron hasta a regalar los artículos de primera necesidad y ese día se supo quiénes ponían las bombas y escondían las mercaderías. Para que tengas una idea, Remberto, pasó igual que en Paraguay pero mucho más desordenado. Es decir, salían los tanques y disparaban a la gente en plena calle. He visto sangre por todos lados y puertas derribadas a cañonazos. Ómnibus quemados y vehículos de secuestradores atormentando por los barrios. Aviones y helicópteros transportando presos y desaparecidos. Patrulleros y ambulancias de aquí para allá alocadamente. Sabemos, Remberto, que en nuestro país ocurre lo mismo, pero algo más sistematizado y sin despertar muchas sospechas. Y yo entre todo esto, buscando trabajo sin documentación alguna. Porque andaba ya a punto de conseguir la radicación y justo vino el golpe. Nos dijeron que teníamos que hacer de nuevo todos los trámites, que se perdieron los expedientes y no sé qué otros cuentos. Desde entonces, estoy sin ningún papel, ni para ir al baño como se dice.

Bueno, Remberto, espero no amargarte la vida con todo lo que te conté. Pero necesitaba contarle a alguien de confianza mi dolor y mi esperanza. Y no tengo otro amigo mejor que vos, a pesar de la distancia y el tiempo que nos separa. Pese a todo, sigo con optimismo y creo que pronto saldré de este pantano de problemas. Quiero que a vuelta de correo me hagas saber tu opinión sobre mi vida en la ciudad y las novedades de nuestro querido pueblo.

Un fuerte abrazo de tu amigo de siempre,
 
 
Baldovino ("Churí") 1982
De: Relatorios (Asunción, 1995)
 
 
 

Fuente:




Intercontinental Editora, Asunción-Paraguay 1999.

De la página 441 a la 847.

Ilustraciones: CATITA ZELAYA EL-MASRI

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