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JOSÉ MARÍA RIVAROLA MATTO


  FOLLAJE EN LOS OJOS - LOS CONFINADOS DEL ALTO PARANA, 1974 - Novela de JOSÉ MARÍA RIVAROLA MATTO


FOLLAJE EN LOS OJOS - LOS CONFINADOS DEL ALTO PARANA, 1974 - Novela de JOSÉ MARÍA RIVAROLA MATTO

FOLLAJE EN LOS OJOS - LOS CONFINADOS DEL ALTO PARANA

Novela de JOSÉ MARÍA RIVAROLA MATTO


Segunda Edición

Tapa: ANDRÉS GUEVARA

EDICIONES COMUNEROS

Impreso en los Talleres Gráficos

de la Escuela Técnica Salesiana,

Asunción-Paraguay, julio de 1974

 

Versión digital:

BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES



 

 

Ningún personaje de esta obra es totalmente verídico, pero tampoco hay alguno que sea absolutamente irreal. Que ningún hombre o mujer se vea retratado especialmente, porque todos, rasgo aquí, actitud allá, en más o menos, me han dado el material para forjar mi pequeña historia imaginaria.

Algunos lugares geográficos son reales, pero los ambientes humanos han sido modificados. Y si hay alguien que cree vivir en estas páginas, que observe a aquel que pasa a su lado …

 

**/**

 

 

Enlace a la edición digital de

FOLLAJE EN LOS OJOS : (LOS CONFINADOS DEL ALTO PARANÁ)

CAPÍTULO I - LOS CONFINADOS

CAPÍTULO II - MÚSICA AL ATARDECER

CAPÍTULO III - LOS MACHOS DEL ALTO PARANÁ

CAPÍTULO IV - EL CHOPÍ

CAPÍTULO V - LA HUIDA

CAPÍTULO VI - A LA SELVA

CAPÍTULO VII - EL ANGELITO

CAPÍTULO VIII - LA ISLA

CAPÍTULO IX - «LA FUERZA DEL DESTINO»

CAPÍTULO X - EL CONTRABANDO

GLOSARIO

 ************************

 JOSÉ MARÍA RIVAROLA MATTO: En 1934 fue movilizado para la Guerra del Chaco, hasta su fin. De regreso prosiguió sus estudios; egresó como abogado en 1944. Ya en esa época había publicado cuentos y el relato de una excursión a remo realizada desde Asunción, por Buenos Aires, Hasta Montevideo, que fue apareciendo por entregas en un diario local.-

En 1945 fue a trabajas al Alto Paraná, que entonces era región bravía. Emigrando a la Argentina con motivo de la Guerra Civil de 1947, escribe en Posadas FOLLAJE EN LOS OJOS en 1950, que se publica en Buenos Aires en 1952. La crítica ha considerado esta novela como uno de los hitos importantes en la narrativa paraguaya, a pesar de los innumerables defectos de su primera edición. Sin embargo quedó agotada hace tiempo creando verdaderas dificultades para conseguirla.-

En 1952 se inicia en el teatro con EL SECTARIO, que trata de la aberración de la fe en el espíritu humano.-

En 1954 se estrena EL FIN DE CHIPÍ GONZÁLEZ, que obtiene el Primer Premio en el Festival del Teatro Paraguayo realizado ese año. La obra fue radioteatralizada por el S.O.D.R.E. de Montevideo y difundida por toda América. Traducida al inglés fue publicada en dos ediciones en los EE.UU. así como también traducida parcialmente al francés.-

En 1965 obtiene el 1er. Premio en el Segundo Concurso Nacional de obras de Teatro organizado por Radio Charitas, con LA CABRA Y LA FLOR.-

En 1972 obtiene de nuevo el 1er Premio en el Tercer Concurso Nacional de obras de Teatro organizado por Radio Charitas, con ENCRUCIJADA DEL ESPÍRITU SANTO, pieza que trata de las Misiones Jesuíticas del Paraguay.-

También en 1972 presenta al Concurso de Cuentos organizado por “La Tribuna” uno largo, o novela corta, titulado DEGRADACIÓN que tiene escrito de años atrás y no se publica por sus dificultades de adecuación editorial; ni puede ser libro tan corto, ni cabe en diario y revistas por largo. Recibe mención.-

Ha incursionado en la poesía, aún cuando no tenga publicada obra en este género. Se ha señalado, como una característica de su obra, el constante aliento poético con que trata sus temas.-

A pesar de que nunca ha ejercido la cátedra, unas notas de aula ordenadas y resumidas por Rivarola Matto en 1956, sobre filosofía actual, fueron durante años texto universitario.-

No ha escrito orgánicamente sobre derecho, pero tiene tratado dramáticamente el aspecto sociológico en que se desenvuelve la actividad judicial, en una obra de teatro titulada: SU SEÑORIA TIENE MIEDO, hasta hoy inédita.-

Rivarola Matto es de los pocos escritores paraguayos que realiza su obra sin emigrar del país.

 

 

CAPÍTULO I

LOS CONFINADOS

     Éste es un pueblo viejo, dos o más veces centenario, pero sin un rasgo de perennidad, una sola piedra en que fundar la tradición, el recuerdo. Viejo porque viejo; mas sin haber salido nunca de la interinidad que inicia toda obra humana. Sus habitantes han venido de todas las regiones del país, y aun de lejanas comarcas extranjeras: poquísimas personas mayores son oriundas de aquí. Todos vinieron arrastrados, perseguidos por la vida, a buscar el olvido en este oculto trozo de campiña que se han permitido las bravías selvas del Alto Paraná.

     Panambí era su primitivo nombre aborigen. Hay treinta o cuarenta casitas de paja, tablas o adobes ubicadas con aparente desorden, pero que en realidad encajan en la concepción de un desconocido urbanista utópico que se distrajo haciendo trazados, mientras soñaba hacer ver vivir su voluntad por siglos. Algunas parecen coquetas con sus paredes claras y tonos más obscuros en los frisos, más aun, hay dos que tienen una segunda planta, y hasta balcones. Alrededor, en patios, calles y una extensión equilibrada, césped bajo, limpio; aquí y allá, algunas matas de yerba o majestuosos árboles que columpian su follaje lejos de la agobiante protección del bosque.

     Después, todo el horizonte cerrado por la irregular avanzada verdinegra de un encrespado mar vivo, de vigorosos movimientos retardados hasta lo imperceptible, pero no por eso menos potentes. Otro tempo un largo inimaginado, solemne, poderoso, ya inaudible, cuyos símbolos no han podido ser concebidos. ¡Es la selva eterna, donde impera el frenesí de la vida y de la muerte!

     Los que moran a su vera no escapan a su ley; todas las formas de la agonía florecen en estas soledades, y allá van quienes han visto sin imagen la ilusión, la esperanza yerta.

     Los habitantes de este villorrio no tienen nexo anterior entre sí; forman un conglomerado solidario únicamente por el hecho de la convivencia, y el asombro de lo extraordinario premiará de inmediato el examen que hagamos de algunos de ellos. Un ex mayor del ejército es jefe de correos; un ex periodista tiene un pequeño almacén; hay un médico leproso que vive en las afueras, ya en el mato, pero que viene semanalmente a hacer su provisión; una hermosa mujer que llevó su deshonra a la soledad quizá para agigantar la fuerza de sus motivos íntimos, es activa comerciante para solventar la instrucción y acaso la vanidad de sus hijos en la ciudad, hijos de diversos padres; un empingorotado señorito de antaño que se arrastró en una tragedia matrimonial, luce con la mañana sus maneras pulidas y a la tarde babea su desengaño o remordimiento, sucio, fofo, vahando alcohol; aventureros en busca de la fortuna, que han visto morir sus ensueños y los quieren llorar solamente a solas, lejos de testigos y tal vez víctimas de un optimismo eufórico que les hizo ver como seguro el éxito tras cuya búsqueda comprometieron honor y hacienda; otros perseguidos políticos que se sustentan paladeando anticipado el desquite; prófugos de la justicia o de la sinrazón, en fin, cien almas, o mejor, cien vidas que han renunciado a luchar en la luz y que piden únicamente olvido.

     ¿De qué viven? Una raquítica agricultura, algunas plantas de yerba natural, que están en tierras del estado, pocas cabezas de hacienda vacuna y, fundamentalmente, el negocio de bolicheo con los peones que salen de los obrajes y yerbales.

     Allí vive Eusebio Rivas. Un buen día apareció en la aldea, solicitó un lote municipal, se construyó un rancho y fundó un boliche más. Nadie le preguntó de donde venía, pero él mismo entre copa y copa fue descubriendo fracciones de su historia. Había estudiado en la universidad, con sacrificios: era pobre. Fue empleado de una importante casa de comercio; nunca dijo por qué salió, ni por qué vino; ni que hubo una mujer en su vida. Y después, ¡la selva!

     Su cuerpo, alto, delgado, musculoso y ágil inclinaba a la simpatía, su rostro de facciones finas, aunque no bellas. Pero había en él, en su mirada y en su gesto, una indefinible actitud de reserva que frustraba toda posible intimidad. La frente abovedada y amplia exhibía una poderosa capacidad de pensamiento pero sus ojos no miraban con firmeza, siempre como un oculto temor, un imponderable deseo de no definirse le daban vaguedad, así como un matiz de lejanía, como si al mirar una cosa registrara también un horizonte.

     No tendría más de treinta años, pero su rostro se marchitaba con la celeridad del gajo cercano al fuego, y el alcohol, ese antifaz de la miseria, disolvía sus horas como un ácido.

     -¿Qué tal anda usted de grasa? -se presentó gritando el mayor. Sus cabellos completamente blancos, los ojos azules y rasgos firmemente acusados daban dignidad a su continente, a pesar de la barba de varios días.

     También a éste era difícil hacerle hablar de su pasado, pero había habido épocas mejores; la juventud en la escuela militar de Saint Cyr, en Francia, los viajes por Europa, de donde había vuelto casado.

     -Hasta que llegue la «Marfisa» no tendremos novedad. Pero siéntese Mayor, siempre algo habrá para usted mientras quede alguna cosa en mi cocina. ¿Ha escuchado usted la radio? ¿No hablaron de la salida de la lancha?

     -Nada, nada. Sabemos que salieron el «Don Emilio» y el «Don Augusto», pero de esto ya hace catorce días; es muy probable que no lleguen. Habrán terminado la venta por el camino y se volvieron.

     -Venga, vamos a apretar el mate. En realidad, tienen razón, no hay combustible y con el río bajo, las correderas están muy fuertes. En el viaje anterior, el «Cruz de Malta» estuvo tres horas tratando de alcanzar el puerto. Barco viejo. Lo único que falta es que también éste se haga una avería.

     -Sírvase. Tengo un limón, ¿quiere?... Ahí va. ¿Siempre recibe cartas con el «Cruz de Malta»?

     -Sí, mi hija no falla. Cada quince días. ¡Caramba!, hace como cuatro años que no la veo. Dentro de poco terminará sus estudios. Quería venir en vacaciones, pero ¿dónde la meto? y ¿qué hago con la Juana entre tanto? Me envió su retrato. Es una real moza, se me parece a mí, tiene muy poco de su madre... aunque a veces hay un aire, es cuando la miro de reojo, rápidamente. A veces hago la prueba... pongo la fotografía entre papeles en mi mesa, yo mismo trato de distraerme y al levantar lo que tiene encima, ¡hombre!, la veo salir de misa, recogido el velo, y prendida en el pecho la rosa encarnada que yo le había regalado la noche anterior... Tenía los ojos azules color nacimiento del alba... ¡Ay, en ese momento, media vida por un arte! Amigo, qué regalo del destino, ¡tan espléndido que echa a perder todo lo que sigue!... Vuelvo a taparla rápido, y empiezo otra vez. En fin, un jueguito de viejo..., pero tome usted también. Gracias.

     -¿No tiene alguna fotografía de ella misma, de su esposa?

     -No, nada. Todo se lo llevó el fuego. Una que quedó olvidada, se la comieron las ratas. Usted sabe, cuando más jóvenes tenemos impulsos. Creí que podría olvidar no dejando ningún retrato, y me arrojé yo mismo a este desierto... para olvidar... ¡Ja, ja, ja!, y usted ve, en esta soledad, vivimos rumiando nuestros recuerdos. ¡Imbécil! Para olvidar, hay que meter otra cosa en el meollo, substituir, aplastar un recuerdo con otros, con una montaña de otros, o vivir tenso en una ansiedad. Buscar otro centro y girar en torno, pero hemos venido aquí donde no hay nada, nada más que días vacíos y noches sin fin, y queramos o no, estos días se llenan con los únicos pensamientos que tenemos, aquellos que quisimos olvidar. Éste es un lazo, una trampa del destino, un desquite de la vida que no quiere muertos en pie. O se está sepultado con unos metros de tierra encima, o se está vivo con un fin, con un porqué, para algo... Ahí tiene usted a don Julio, ¡ja, ja, ja!, ese loco también quiere olvidar, ¿y qué ha hecho? Se ha comprado una serie de discos arqueológicos que siguen paso a paso los años de su vida. «Esta música estaba muy de moda en 1920, ¿se acuerda, mayor?, y este vals en 1926, y esta polca y este tango, etc., etc.», y se pone a beber recostando la silla al horcón de su rancho, cierra los ojos y sonríe. ¡A quién engaña este imbécil! Si hiciera eso en una juerga desatada se explicaría su sonrisa, ¡pero nunca en este destierro!, pero, don Eusebio, usted no bebe, ¿me quiere emborrachar para hacerme decir tonterías?

     -Mi mayor, usted sabe que a mí me gusta el fuego lento, y cuando usted vino, tenía ya presión. Espérese un momento que voy a encender la lámpara. ¡Aníbal, tráeme la lámpara! Vamos a hacer un poco de humo, ¿no le parece? Es la hora de los mosquitos. Enseguida deben llegar Eugenio y Pulé. Podríamos hacer un truco, ¿qué le parece?

     -Está bien Eusebio, pero mande un poco de grasa a mi vieja. Se me había olvidado. La bruja es capaz de dejarme sin cena. Sabe que su caña está exquisita, ¿qué le puso?

     -Guaviramí. Le pedí a Cáceres la última vez que vino.

     -Gran muchacho ese Cáceres. ¡El Comisario le tiene un hambre! Trató a dos de sus agentes para que le ayudaran a hacer pasar su tropilla al Brasil, les dio unos pesos y les comprometió a que se presentaran en el Pasito para el jueves a la noche. Los dos inocentones se le fueron con el chisme al Comisario, y ya creían los «milicos» que se iban a repartir las cincuenta cabezas; pero Cacerillo que es una luz, con un par de buenos señuelos, en media hora pasó la hacienda por la Península. Al otro lado los brasileños, que no entienden mucho de este negocio, quedaron admirados. Ellos habían venido con muchos hombres y una lancha.

     -Sí, me contaron la hazaña, pero ya se consoló el Comisario, Cacerillo le mandó de regalo tres cortes de tusor, creo que ya se los dio a un lanchero para que los vendiera... pero... aquellos de la linterna deben ser Eugenio y Pulé. Puede que Pulé haya escuchado la radio, traerá algunas noticias.

     Llegaron los concurrentes. El llamado Pulé era un joven de hasta veinticinco años, tez morena, carirredondo, de boca y ojos hundidos, nariz chata y pelo negro encrespado. Una sonrisa tímida vagaba permanentemente por sus labios. Vestía bombachas, blusa y alpargatas. El otro, de más edad, tenía ralo el cabello, las facciones fofas y manos temblonas, consecuencias de la crápula. Sus maneras, sin embargo, recordaban un anterior buen vivir.

     -Buenas, buenas, buenas, ¿qué tal Eusebio y la compañía? -se presentó alegremente-, ¡Ah, está mi mayor! Teniente primero Eugenio Álvarez del glorioso regimiento Corrales se presenta, parte sin novedad, y dispuesto a derrotar a cualquier pareja de truqueros, por el gasto, la firma o la palabra.

     -Tome asiento, teniente, pero ¿no es más antiguo el Teniente Pulé? Ah cierto, él es solamente militar en comisión y usted es del glorioso Corrales, ascendido por méritos de guerra. Cruz del Chaco, Cruz del Defensor, Cruz Roja... no, ¡perdone! Nada de sanidad, de guerra, de guerra, la línea, infantería, ¿verdad?, ¡la reina de las armas!

     -Así es, amigo Eusebio, así es y propongo que la partida se realice entre el equipo militar, mi mayor y yo, y el equipo civil comerciante, Pulé y usted.

     -¡Aceptado sobre tablas! -gritó Pulé con su voz fina- ¡venga la baraja!

     -¡Vengan los naipes!, y un litro de caña para empezar, esa con guaviramí, y entre tanto que se eche guaviramí en el barril para que tome gusto el resto. La partida dura hasta, que quede seco. El equipo militar está dispuesto a destruir definitivamente a este enemigo. ¿No es así mi mayor? Así es, y así ha de ser.

     Mientras se tendía la manta sobre la mesa, se traían los tantos y se acomodaban los jugadores, Eusebio, siguiendo el mismo estilo artificial de la charla, trajo a cuenta el tema que todos tenían presente.

     -¿Ha escuchado la radio el compañero Pulé? ¿Hay novedades que nos interesen? Me refiero a las lanchas, naturalmente, no a los terremotos ni a las guerras, ni a las revoluciones. ¿Salió la «Marfisa» de Encarnación?

     -Ni una palabra. Yo creo que ya habrá salido y nosotros no escuchamos. No puede ser que esté más de quince días sin venir, a no ser que haya sufrido averías. Llegó a Encarnación el cuatro, y hoy estamos a veinte. La verdad es que si esto sigue nos quedamos sin provisión.

     -No preocuparse señores. Tenemos oro verde: yerba y madera. Tenemos mulas en las carrerías. ¿Quién les dice que alguna vaca de fuerte instinto maternal no quiera sacrificarse por nosotros? Tenemos mujeres y caña. ¿No es esto el paraíso? ¿Doy, señores, a tres, diez y ocho? ¿...cuánto vale la falta?

     Así empezó la partida. Poco a poco fueron llegando más concurrentes de toda calidad y condición. El ruedo se empinaba sobre la mesa festejando con grandes carcajadas y gritos las ocurrencias de los jugadores. Otros de pie, a horcajadas sobre los cajones, el sombrero puesto, hacían sus comentarios y apuestas.

     -¡Pago cinco por la mano de mi mayor!

     -¡Pago la contra!

     -¡Don Álvarez es mi gallo, voy un cuarto!

     -¡Yo agarro!

     Vasijas de lata y abollados jarros se cruzaban en todas direcciones con generosa dosis de aguardiente. Algunos antes de beber, mudando de carrillo el naco, escupían contra la pared, y después, con un estrepitoso resollar, hacían significativo comentario de la fuerza quemante del alcohol.

     Parpadeaba la lámpara, abrumada de sombras y su tímida luz abríase paso por entre grupos de cuerpos Aníbal, el chico, agregaba estiércol de vaca al fuego, para producir humo que alejase a los mosquitos y con una rama verde lo batía de tarde en cuando para impedir que levantase llama.

     A lo lejos la selva rugía con el yaguareté y los alarmados perros hacían sus ruidosos comentarios. Del hombre, sólo el vicio...


     Eusebio cerró las puertas de su «boliche», y con un suspiro se dispuso a pasar una noche más. Odiaba estas noches tan largas. El alcohol lo estimulaba mientras estuviese en pie con otros, pero después, al posar la cabeza en la almohada y cerrar los ojos, una fuerza expelente le marcaba una rara, desagradable sensación en el cerebro. Para evitarla, trataba de no ir a la cama hasta que le pasase un tanto el mareo, y permanecía sentado, o cuando menos con luz, con los ojos abiertos. Esa lucha por no abandonarse al sueño, siempre le resultaba penosa, porque debía pensar, rememorar, y una vez en poder de estas remembranzas, ya podía desaparecer el efecto del alcohol. Pero quedaban ellas poseyéndolo firmemente, torturadoras.

     Se defendía tratando de revivir episodios de su infancia. Los veía tales cuales habían ocurrido, aunque ahora tenían los hechos un significado distinto: era la tristeza de la rama enferma que siente retozar el aura entre sus brazos duros.

     Había sido pobre, tuvo que trabajar desde temprano, pero había tenido compensaciones. Su madre, girando en torno. La veía inclinada sobre la máquina de coser horas y horas, pero como esto había sido siempre, desde que tuviera memoria, no amargaba en aquella época sus días. Además, ellos solos, podían con la vida. Hasta había tenido tiempo de estudiar y de jugar, claro está. Su madre nunca exigió mucho de sus tiernos años.

     Pasaban presurosos ante sus ojos emocionantes jugadas de fútbol, triunfos, infortunadas derrotas; pero, entonces, las sensaciones eran simples, sin perceptibles principios de contradicción, dichoso o más o menos desdichado, pero siempre por sencillas causas que le permitían pasar de uno a otro estado en una sucesión fácil, sorpresiva y rápida, como las geométricas figuras de un calidoscopio. Después, en el colegio contaban con él para los grandes encuentros, y hasta ahora el orgullo le cosquilleaba en el pecho.

     Su madre seguía cosiendo; cada vez sus ojos se hundían más y el dolor de la espalda era más agudo. Pero gozaba también con sus triunfos y casi lo alentaba, sin atreverse quizá a hacerlo directamente por temor a que el entusiasmo del juego fuera a costa de su trabajo o sus estudios. En la casa de inquilinato tenían una pieza, diríase privilegiada, sobre la calle. Detrás, un gran patio con árboles donde venía Óscar a jugar con él. ¡Qué gran muchacho este Óscar! El sí tenía familia, padres, una casa grande, y ¡qué bien había conservado la amistad a través de los años! Su última carta, ¿para qué recordarla? Quería permanecer siempre en su primera infancia sin avanzar más allá.

     Una noche se llevaron a su madre a un hospital. Él iba a visitarla, acompañado de una vecina y le llevaba ataditos con frutas.

     Cierta vez fue solo, y la religiosa que lo recibió quedó un momento aturdida, sin saber qué decirle.

     -Espera un momento, hijo mío, ya vuelvo enseguida.

     Fue, presurosa, al encuentro de otra hermana de más edad, con sus pasitos menudos y el acompasado aletear de la toca. Después, vinieron las dos hablando animadamente.

     -Yo no me atrevo, ma soeur, ¡es tan niño! -decía una en voz baja, mientras le miraba apesadumbrada.

     -Sí, sor Cecilia, ¡pero algo hay que hacer!... ¡ah, si estuviese el padre Olmedo! -Se frotaba nerviosamente las manos bajo las bocamangas del hábito.

     -Dime, hijo mío, ¿quién es la señora que venía contigo?

     -Doña Emilia, hermana.

     -¿Es tu pariente?

     -No, es nuestra vecina.

     -¿No tienes... algún pariente?

     -No.

      Las dos se miraron interrogándose, desconcertadas. Por fin, ma soeur pareció encontrar un atajo.

     -Mi hijo, vete a llamar a doña Emilia; le dices que yo quiero hablarle con urgencia.

     -¿Ahora mismo?

     -¿No voy a ver ahora a mamá?

     -Oh, hijo mío, haz primero lo que te digo... a ver -sacó del bolsillo de la falda un libro de oraciones y buscó entre las hojas-. Esta estampita es para ti... ¿ves? es el Niño Jesús. Toma... ahora vete, ligerito, ligerito -agregó- empujándolo suavemente por la espalda.

     Se encaminó hacia la puerta, pero de pronto recordó que traía en la mano algunas naranjas para la enferma. Volvió deprisa:

     -Hermana... había traído esto para mamá.

     -Oh, mi hijito -vaciló un momento-, tráelas aquí, yo te las guardaré, agregó al fin, volviéndose con presteza.

     Cuando salió le pareció que una de ellas decía: «¡Pobre chico!», pero en aquel entonces, la compasión no tenía significado para él.

     Doña Emilia le quedó mirando largo rato. Luego, sin decir palabra, se echó un manto a la cabeza y cogiéndole de la mano, se lo llevó de vuelta al hospital.

     Lo dejaron aparte y la vecina cuchicheaba con las religiosas. De cuando en cuando volvíanse a mirarlo. Después, todas juntas, como en una comisión solemne, se dirigieron a donde estaba él, apretado en su camisita de lienzo, con los brazos colgando, el cuello estirado y un gesto asustado por verlas venir.

     -Mirá, Eusebio -dijo doña Emilia-, acariciándole la cabeza, vos sabés que las personas que siempre han sido buenas, después se van al cielo, donde está Dios y la Virgencita y el niño Jesús... allí siempre son felices, están contentas porque están con Nuestro Señor, ¿verdad?

     Asintió, encogido, tragándose el asombro. Bueno, Eusebio... tu mamita ahora está contenta en el cielo..., se le quedó mirando un rato, y de pronto lo dejó estudiar, fue más.

     Le fue difícil comprender al principio la importancia de su soledad. Quedó bajo la custodia de un padrino que fue bueno con él, que se hacía servir por él, y que siempre estuvo persuadido de que su caridad llegaba a límites extremos. Lo dejó trabajar para sí, fue mucho; lo dejó estudiar, fue más.

     Se metió bajo el mosquitero, sin apagar la luz. Un secreto deseo de no estar solo hacía esperase al bebedor contumaz que, tambaleando, volviese por una última copa. Pero no quería visitas de pegajosos ebrios que ensuciaban sus confidencias con vergonzosa crápula; prefería el peón embravecido que consume con coraje suicida el anticipo último; ese que al beber el trago final, aún se dobla hacia atrás para gritar: «¡Yo soy un macho!», aunque después caiga tendido. La bravura estimula cuando menos el desprecio de una sonrisa y, aún así, siempre es solemne ver a estos hombres marchar a la selva a comerse la vida, sin una queja, mirando impávidos con sus ojos negros, el negro destino.

     -¡Don Eusebio, don Eusebio! -llamaron golpeando la puerta.

     ¿Quién podría ser? No reconocía la voz.

     -¿Quién es? -preguntó cauto, empuñando el revolver. Es peligroso abrir a cualquiera en la noche. Al franquear una puerta puede entrar la traición.

     -Le hace decir don Flaminio que acaba de llegar con la «Marfisa», que va a dormir esta noche en el puerto, y que a las ocho sigue viaje.

     -¡Cómo! ¿llegó la «Marfisa»?

     -Sí, hace una hora. Yo vine a avisar porque están apurados... dice que vayan si pueden esta noche, o mañana a primera hora.

     -¿Y le avisaste a doña Rosenda, Pulé y los otros? -dijo, abriendo la puerta.

     -Sí.

     -¿No sabés si Pulé irá enseguida?

     -Dijo que le preguntara a usted si iría, porque también él quiere ir.

     -Bueno, espérame un rato que ya me visto. ¿No querés un traguito? -Se puso los zapatones, se ajustó el arma, tomó la linterna y un sombrero viejo.

     -Vamos.

     -Ambos emprendieron el camino hacia la casa de Pulé pasando por la calle principal del poblado, completamente a obscuras. En las casas, el gajo grueso que conserva el fuego arropado en cenizas, y solamente el activo ladrar de los perros. Interrumpiendo el paso, acostados vacunos que en la proximidad inmediata resoplaban con fuerza al preparar y retardar el salto. La noche sosegada y quieta con su luciente multitud de mundos que cortejan la soledad. El ambiente, saturado de nocturnos perfumes vegetales escapados con el relente; en las afueras sospechosas alarmas de teros, y en el bosque sin fondo, inubicables coros de carayás.

     Un silbido advirtió a Pulé que ya llegaban, y se les unió inmediatamente. Al pasar frente a una de las últimas casitas, se abrió una ventana y una voz gritó:

     -Don Eusebio, ¿va usted a la lancha?

     -Sí.

     -Le ruego por favor que diga a don Flaminio que me reserve doce frascos de esencia «Perfume de Oriente». ¡Pistolas! ¿para qué quiere tantas don Julio?

     -Es un encargo, don Eusebio, es un encargo, me lo pidió un brasilero.

     -Está bien, don Julio -dijo Eusebio sonriendo.

     Don Julio cuando cruzaba al Brasil iba bien provisto de este perfume barato y era el obsequio preferido a sus amistades femeninas en aquella banda. Viejo reblandecido y romanticón, pero ¡tan inofensivo! Todos lo conocían y las muchachas se dejaban agasajar con una compasiva sonrisa en los labios. Para él era suficiente escuchar alguna música que le recordara épocas lejanas.

     Caminaban por la «picada» alumbrándose con las linternas. La niebla que todas las noches prueba a levantarse a favor de la humedad, protegida del viento por el tupido follaje, mantenía suspendidas a poca altura sus sábanas blancas, y sólo llenaba los bajos. La senda, ascendente, descendente, barrosa o seca según el curso del terreno, hacía fatigosa la marcha. Muchas veces, los haces de luz quedaban suspendidos en el vapor, formando iris espectrales. Sombras sin la explicación de cuerpos, gajos sin el sostén de troncos, lianas verticales que parecen no colgar y simulan ser boas gigantescas; la sorpresa del verde vivo, acaso el rojo, perviviendo tras el sello de la noche. Arriba, todo cubierto, un negro indistinto, que no permite la fantasía de una sola estrella. Sólo el yo, y el fantasma de las cosas; la visión de un reino de brujas trasplantado al trópico.

     Caminaban callados. La agitación de la marcha y la humedad les despejaban el cerebro alcoholizado. Y ellos y la selva, sintiéndose atentos. El imperio del acecho, la sorpresa, haciendo regir su ley.

     Cuando llegaron a la ribera, en una hora de camino, el cauce del río estaba completamente cubierto de niebla espesa. Se acercaron a la barranca y el marinero empezó a bajar. Detrás, con gran tiento, fueron los dos, alumbrando cuidadosamente las piedras y carriles del empinado ribazo, que, mojado por la bruma hacía sumamente fácil un resbalón, en cuyo caso la mejor probabilidad era una zambullida después de rodar sesenta o setenta metros.

     Al ir llegando, apareció entre las cenefas uno de la lancha con un farol.

     -¿Quiénes son ustedes?

     -Aquí vienen don Eusebio y don Pulé -informó el marinero-. ¿Ya durmió el patrón?

     -Sí, se acostó hace un rato, pero le voy a avisar.

     -¿Qué hay Ramón?

     -Aquí vienen del pueblo, patrón. Don Eusebio y don Pulé.

     -Sujetales la planchada que el remanso nos está haciendo virar.

     Subieron a la pequeña embarcación. Estaba atestada de bolsas, cajones, envases de bebidas y toneles. Pasando encima de bultos, y orillando otros, llegaron hasta donde Flaminio les invitó a sentarse sobre unas cajas.

     -¿Cómo les va, don Prudencio y don Eusebio? ¿Cómo andan por aquí?, ¿no hay alguna novedad? Les traigo a los dos casi todo lo que han pedido. Lo único que falta es la grasa y la harina, pero algo hay y la vamos a repartir como buenos amigos.

     -Justamente lo que más necesitamos. Suerte es que hayamos venido los primeros. Cuando menos cinco bolsas de harina para cada uno, ¿verdad?

     -¡Qué bárbaro! Si apenas tengo doce, ¿qué van a decir los demás?

     Comerciante avezado, Flaminio tenía a ración a sus clientes para que le sobrase una mayor parte que luego pasaría al Brasil, donde el precio triplicaba. Eso lo sabían todos y no podía menos que molestarles, pero nadie podía impedir el espléndido negocio del astuto lanchero.

     Pulé no dejaba de mirar inquisitivamente la carga, y a pesar de la poca luz, llamó su atención una gruesa pila de bolsas cubiertas con un encerado. Con la confianza de los conocidos viejos, sin pedir licencia, levantó la lona.

     -¡Pero si aquí hay un cargamento de harina! -exclamó apagando la voz.

     -No, hombre, eso viene a flete para Puerto Palma.

     -¿También hace flete?

     -De cuando en cuando.

     -¿A los puertos de la noche?

     -No sea malicioso, hombre, este es un favor especial.

     -¿Para don Flaminio?

     Se sirvió una vuelta de caña y empezó el regateo de las mercaderías de la lancha traficante. Un chico cebaba mate para alternar con la bebida y mantener despierta la cabeza. Se caminaba de un lado a otro entre bultos y gente dormida. A otros se hacía levantar de sobre fardos para exhibir algún artículo. Todo esto, entre comentarios, risas, discusiones, palabrotas y los chismes de todo el litoral, que se transportan e intercambian por medio de las lanchas mercachifles.

     Al fin se hicieron las listas definitivas, sumas y pagos. Cada uno de los comerciantes sacaba papeles y papeles de los bolsillos. Algunos giros de firmas acreditadas eran aceptados sin discusión. Otras libranzas eran escrupulosamente examinadas por Flaminio y algunas se objetaban, rechazaban o descontaban. Después, apareció la moneda brasileña, argentina y paraguaya. En el Alto Paraná circulan corrientemente las monedas de los países ribereños, y todo el mundo es hábil en cambios y cálculos de lo que se da o recibe, aceptando cualquier clase de valor.

     Así que hubo acabado la negociación, el lanchero regaló una botella de caña a cada uno, y les invitó a quedar a dormir el resto de la noche.

     -Imposible, don Flaminio, vamos a traer el carro; usted, se va enseguida y desde la madrugada empezarán a caer los otros.

     -Bueno, amigo, entonces dentro de un rato empezaremos a descargar.

     -Para las cinco y media estamos de vuelta.

     Subieron penosamente el barranco y a largos pasos llegaron al pueblo. Luego de enganchar el carro volvieron en busca de las cosas. Adelante marchaba la jardinera de doña Rosenda y poco después les alcanzó el camión de don Segundo, el comerciante más fuerte del lugar.

     -¡Adiós! ¿no quieren que les encargue algo?

     -No, gracias, nosotros ya encargamos para usted.

     -Se agradece -respondió- socarrón.

     -Después de recibir el cargamento y de hacerlo subir en una zorra tirada por un malacate, volvió a bajar Eusebio a mezclarse en el bullicio del almacén flotante para entregar una carta y formular su lista de pedidos que quería le trajesen en el próximo viaje.

     -Flaminio tomó nota del encargo, y luego, apartándose un tanto con él, le entregó un paquetito.

     -Le ruego, don Eusebio, que entregue de mi parte esto a Clarita. Que no se enteren otros, naturalmente -agregó, guiñando un ojo.

* * *

     Ya de vuelta, iba pensando en que este sujeto era un pícaro. Obsequiando baratijas se ganaba la voluntad de las mozas de la ribera y era famoso por sus aventuras, amén, de dos o tres raptos que había consumado con la ayuda de su lancha. Era un conocido juerguista. De haber llegado más temprano seguro que organizaba un baile, con una guitarra, un organillo o una radio. El fonógrafo de don Julio también solía servirle.

     «Clara -pensó-, linda chica, tan ingenua, fresca, tan voluntariosa para hacer cualquier servicio». Recordó su carita ovalada de rasgos infantiles; pero fijándose bien, se le ocurrió que eran casi perfectos. Sus grandes ojos negros, cándidos, sin ninguna coquetería, y en las tersas mejillas, un solo hoyuelo. Los cabellos obscuros y lacios que nunca habían sido retorcidos en un rizo artificial. El cuerpo, una vaga promesa. Los pies descalzos, pequeños, sin deformación alguna. Siempre le habían admirado los pies. Solo catorce años, quizá. Hasta ahora la había considerado una niña, imposible de ver en ella a una mujer& pero hete aquí que el sátiro más avisado, ya le había echado el ojo. Sonrió, pero una secreta voz le estaba diciendo que haría mal en cumplir su comisión. Inmediatamente acudieron a su mente argumentos morales: la chica sola, huérfana. A su madre, no le duraban los concubinos, en la agonía de su juventud roída por la miseria.

     Le irritaba ser el ejecutante de uno de los artificios que se estaban disponiendo a su alrededor para engatusarla. En este caso, las artimañas le parecieron extraordinariamente cobardes, y sin embargo, él mismo se sentía estupefacto ante esta inacostumbrada pudicia que nunca fuera, una arista conocida de su carácter. Sin detenerse en ello, se justificó mirando lo porvenir: unos meses de maridaje, luego el hijo, el abandono, a otro hombre que acepte restos, y de esta suerte, cada vez más hondo en el infortunio, hasta la selva, donde cada mensú, con ferocidad de desesperado, busca en la mujer solamente al sexo que le confirme que aún es hombre.

     Pulé boleaba de cuando en cuando el látigo o agitaba las riendas para azuzar las mulas que caminaban deprisa con sus pasos prietos y tiesos, bamboleando sus orejas largas y resoplando de tarde en tarde, para expulsar los insectos que les cubrían los hocicos. Sus gritos monótonos se animaban al subir las cuestas o al pasar barriales, pero la noche en blanco oscurecía su fantasía; no se le ocurría hablar, dejaba a su compañero correr libre tras sus íntimos temas.

     No era así aquella otra... ¡pero no!. «¡No volver a eso!», se ordenó a sí mismo Eusebio, con todo el imperio de que era capaz. ¡Esa idea fija! Por temporadas lo acosaba hasta enfermarlo, entonces recurría al alcohol, pero a grandes dosis; corría de casa en casa en busca de sociedad, hasta que sentía un completo aniquilamiento físico y moral. Al tocar fondo, llegaba la onda de paz y casi era un hombre como los otros.

     Bajó su carga. Quiso dormir, pero había promediado la mañana y le era imposible; a cada instante venía gente que quería enterarse de la lista, calidad y precios de las mercaderías recién llegadas.

     -Mi querido don Eusebio -se presentó diciendo con suavidad y mesura, la delgada y correcta silueta de don Julio. Vestía impecablemente planchado un pantalón recto de brin azul, zapatos oscuros ensebados, un saquito pijama de seda cruda y sombrero de paja.

     -Mi querido don Eusebio, discúlpeme usted, que lo moleste a estas horas, sabiendo, como sé que usted, ha pasado la noche en vela, pero es el caso amigo, que quisiera aclarar con usted, una cosa. No tiene importancia, pero usted sabe, siempre es bueno saber las cosas con claridad. No precisamente para asumir actitudes de ninguna clase. Total, aquí estamos para todo, y es absurdo sublevarse, pero en fin, amigo, yo quisiera saber...

     -Por favor, don Julio, no se gaste usted tanto. Yo creo que nos conocemos bastante como para hablar entre nosotros sin rodeos. Diga usted, amigo, ¿qué quiere saber?

     -Sí, sí, se lo diré enseguida, pero permítame usted que le explique algunos antecedentes. El caso es que nuestro común amigo Suares, del resguardo brasileño; usted sabe, estuvo a almorzar conmigo días pasados. Pues, sí señor, el señor Suares, que es un perfecto caballero, me informó que tenía ciertos compromisos y...

     -Quería regalar unos frascos de esencia «Perfume de Oriente», ¿no es así mi estimado don Julio?

     -Exactamente, es exacto. Veo que usted me comprende. Pues bien, este señor, fiándose de mi amistad y aprecio, ha tenido a bien pedirme que le comprara en la primera oportunidad doce frascos del referido perfume. Por tal motivo, y no otro...

     -Usted me pidió a mí que le hiciera reservar doce.

     -Me asombra su comprensión, don Eusebio. Decididamente no está usted en su lugar.

     -¿Cuál es mi lugar?

     -Señor mío, donde se brilla...

     -¿Dónde se brilla?

     -Qué pregunta, don Eusebio, donde se compara.

     -¿Aquí no se compara?

     -Aquí no, porque no hay quien elija.

     -Es cierto, éste que viene, aunque no lo crea, ya verá usted, que no elige. ¿Me permite que lo atienda?

     -Sírvase, sírvase, hágame el favor don Eusebio.

     El hombre hizo su aprovistada de la semana. Grasa, harina, galletas, arroz, carne conservada, azúcar, leche condensada, sal y, ya que estaba en el boliche, se sirvió de «un trago».

     Entre tanto, don Julio esperaba pacientemente. Se sentó y, mirando a lo lejos, su característica sonrisa se posó en sus labios. Decididamente este extraño hombre parecía gozar en la soledad de su interior, o había logrado domar sus nervios y hacerse de un diáfano antifaz. Con unas copas era un agradabilísimo compañero, sano, se volvía pesado. Había enseñado en otros tiempos. Era todo lo que se sabía de su pasado. Él y su fonógrafo tenían intimidades misteriosas, un lenguaje secreto de notas empapadas en poesía.

     -Y bien, don Julio, me parece adivinar que Flaminio no le reservó a usted los consabidos frascos.

     -Caramba, amigo, esta vez no acertó usted, totalmente. Pero ése es el camino; el caso es que Flaminio sólo me entregó siete frascos, y calcule usted si yo pedí doce, fue porque tenía razones para ello, ¿no es así? Yo le pregunté si había recibido mi encargo transmitido por su intermedio de usted, pero él, con tantas ocupaciones como tenía, no me dio mayores explicaciones.

     -Lamentable, don Julio, lamentable, pero hasta ahora no sé que es lo que usted quiere aclarar conmigo.

     -Pues bien, para ser breve y concreto, yo quisiera preguntarle si usted escuchó y transmitió con fidelidad mi encargo.

     -Pues sí, señor, con toda fidelidad, y nuestro común amigo, don Prudencio, como usted le llama y es su verdadero nombre, o Pulé, como le dicen todos, puede aseverar lo que digo -replicó Eusebio haciendo uso del mismo estilo de frases ampulosas que su interlocutor.

     Siguió interminable el untuoso discurso de don Julio para concluir, al fin, que quería que Eusebio le vendiese los seis frascos faltantes.

     -Pero para eso no hacía falta tanto preámbulo amigo. Aquí están los seis frascos.

     -Sí, sí, sí, le agradezco, amigo don Eusebio, pero el caso es que como yo he recibido el dinero del amigo Suares, sobre la base del precio fijado por las lanchas y por cantidad...

     -Para que usted no tenga inconvenientes, le daré al precio que usted desea -dijo Eusebio medio amoscado-, pero si Flaminio le dio siete frascos, no le faltan seis, sino cinco para que usted quede bien con Suares. Le daré, pues, cinco. -Sonrojose don Julio viéndose pillado en su incapacidad de mentir, pues nada le hubiese costado afirmar que solamente había recibido seis. Titubeante, empezó de nuevo:

     -El caso es que necesito seis, estimado amigo, en realidad: cinco para completar el pedido que usted sabe, y uno más, que yo personalmente necesito. Cuando hice el pedido, creí que me sobraba uno; pero desgraciadamente estaba equivocado.

     -Señor don Julio, yo le puedo dar únicamente cinco en las condiciones que usted quiere, y sería mejor que terminemos este asunto.

     -Me fuerza usted a comprometerlo, pero como hombre verdadero que usted es, y como amigo, no me puede negar tampoco el sexto.

     -Se lo voy a dar, pero con una condición indeclinable -consintió Eusebio, esperando en su fuero íntimo que la condición fuera inaceptable, y burlándose de su tacaño cliente y amigo-. Usted debe decirme para qué precisamente quiere el sexto frasco.

     Don Julio miró la faz seria y resuelta de su contendor y creyó adivinarle la intención. Entrecerró los ojos ocultando su desasosiego tras un descompuesto gesto de inocencia ofendida, y en voz baja dijo:

     -Se lo he prometido a la Clarita.


  

CAPÍTULO II

MÚSICA AL ATARDECER

     ¿Sería posible que fuese tan completamente ciego para ignorar lo que sucedía a su alrededor? ¿A toda costa necesitaría de una incitación directa para percatarse de los hechos en este vacío de acontecimientos en que las cosas más torpes y nimias adquirían por fuerza relieves? Sintiose asombrado. Sin que él se diese cuenta, quienes con más ahínco buscaban los frutos ciertos de la vida, ya habían visto en la gallarda Clara, aún niña, la promesa de la mujer, y en su camino sembraban la tentación. Recordaba ahora..., pero no, no pensar, no pensar, no preocuparse innecesariamente de la vida de los otros.

     Dio un impulso a su hamaca y decidió olvidar este pequeño incidente al que estaba, dando una importancia desproporcionada, y buscar en su interior imágenes más felices: aquellas de su niñez. Era su recurso habitual cuando la obsesión del momento no era poderosamente fuerte.

     «Sí -se dijo-, cuando el herrero nos propuso comprar la barra vieja del campanario». ¿Quién había sido el de la idea? -ya no se acordaba-, pero todo sucedió una de las veces que la pandilla planeaba una aventura por el río y hacían falta pesos para el alquiler del bote, la compra de liña y anzuelos.

     Alguien fue a ofrecer a un pequeño taller, una viga de hierro que había servido de eje de suspensión a las campanas de la iglesia, y que por un motivo u otro, actualmente estaba en desuso en lo alto de la torre.

     El herrero aceptó, y los muchachos, que tenían libre acceso a todas las dependencias parroquiales como que eran quienes repicaban, ayudaban a misa, monopolizaban todas las plazas de monaguillos y, para más, sabían cómo se zafaba sin llave la puerta del campanario, así hubo terminado el ajuste, pusieron manos a la obra.

     Subieron las desvencijadas escaleras unos ocho; él estaba allí, y también Óscar. Uno quedó fuera, al pie del edificio, para dirigir la maniobra, avisar en cuál momento no pasaba gente y ordenar que se arrojara el tremendo hierro.

     Con las cuerdas de las campanas y algunos tablones como palancas, tras duro bregar, la carga estuvo en posición de ser lanzada desde lo alto.

     En esa época todos estaban conquistados por el ideal de la recia vida del mar, y el que estaba abajo daba órdenes con cierto ademán rudo de aprendiz a bucanero, como había visto y oído en el cine o leído en las novelas de Salgari. No estaba muy seguro de que alguno, secretamente, no aspirara a tener una pata de palo, o un parche en un ojo.

     -¡Sujetá ese cabo! ¡atención... fuerza ahora!... ¡tirá!

     Pero en ese momento, los de la torre vieron que el contramaestre levantaba los brazos con horror y batía los pies en polvorosa, mientras gritaba despavorido: «¡Matamos una vieja! ¡matamos una vieja!».

     Los del campanario bajaron las escaleras sobre las ondas del espanto y sin verificar más lo sucedido, corrieron como locos hacia un parque, a siete u ocho cuadras del lugar. Se metieron en el limpio bosque y ocultos en una hondonada, quedaron a cobrar aliento. Todos estaban lívidos, trasudados y temblorosos.

     Óscar fue el primero que volvió a hablar. Jadeante y entrecortadamente, se dirigió a uno cualquiera buscando por instinto, sin proponérselo, un testigo y un atenuante para sí:

     -¡Yo le dije a Martín que mirara antes de tirar!

     -¿Estás loco, y para qué entonces estaba Capí abajo? ¿no era él quién tenía que avisar? -Miró a todos, pidiendo la confirmación de sus palabras-. ¿Dónde se habrá metido Capí?

     -Corrió hacia su casa.

     De pronto uno se puso a llorar. La mamá extrañaría su ausencia.

     -No te apures Pepín, yo te voy a llevar. Esperá un poco.

     -¿Qué vamos a esperar? -Todos quedaron desconcertados: habían huido por impulso y acabado éste, no sabían qué hacer.

     Hablaban todos. Algunos querían volver, otros no se atrevían. Discutieron qué dirían, qué harían. Cuando ya la noche había caído completamente, resolvieron salir del bosque e ir a mirar desde lejos la aglomeración de gente que ellos consideraban inevitable en el lugar del suceso. Haciendo un itinerario extravagante, regresaron.

     -Tenemos que hablar como si no sucediera nada.

     -Mañana es el partido con el Sport Azara ¿verdad?, no te olvides de llevar plata para comprar naranjas a la vieja...

     ¡Paf!, una violenta palmada en la cabeza.

     -¡Cállate, imbécil!

     -Y qué, yo dije la vieja...

     Uno le saltó a la boca y tres lo apretaron contra la pared.

     -Mira, Lepé, si hablas de la vieja, pueden fijarse en nosotros. Callate porque te vamos a romper la boca.

     -¡Pero si yo no dije nada!

     Se acercó un hombre al ver el principio de la discordia:

     -¿Qué pasa aquí? ¿no tienen vergüenza de querer pegar entre tres a uno solo? A ver, uno a uno, ¿quién le toca la oreja?

     -¡No, pero si estamos jugando! -replicaron en coro-. Estamos jugando, no es nada... vamos, Lepé. -La voz era cariñosa; se alejaron unos pasos, y echaron a correr. El hombre los miraba extrañado.

     -¿Te das cuenta ahora por qué no hay que hablar de la vieja?

     El aludido no respondió, pero parecía poco convencido. Entonces se acercó Óscar y aclaró:

     -No hay que hablar de la vieja porque nos asustamos todos.

     Al llegar a la esquina desde donde tenían que mirar, se hizo toda una comedia para aparentar tranquilidad; pero no había gente donde se creía que habría policías y todo un gran grupo.

     -No hay nadie, che. Vamos a ver -propuso uno.

     Después de rebatir una serie de objeciones, resolvieron que fueran dos. Caminaron cautelosamente, mirando a todas partes, listos para escapar. Se pararon a observar desde lejos. Ahí estaba la barra, sin novedad alguna.

     Al fin se acercaron todos; no podían explicarse y hasta averiguaron con relativa discreción. Algunos no podían contener la risa, otros saltaban y se abrazaban.

     -¿Dónde estará Capí? -insinuó Óscar, y todos decidieron ir a buscarlo.

     Cuando llegaron a casa, nuevamente dos fueron comisionados para preguntar por él, y el resto en la esquina festejando la aventura, fumando en ruedo, un horrible cigarrillo de ínfimo precio.

     -No sé qué le pasa -informó la señora-, creo que estará enfermo. Ahora está acostado, vengan a verlo. El chico, en efecto, estaba metido en la cama, y al ver a los amigos se incorporó preguntando:

     -¿Qué pasó? ¿vieron ustedes? -Lleno de ansiedad tenía listo el espanto para espantarse de nuevo.

     -No pasó nada.

     -¿No le pasó nada a la vieja? ¿Ustedes vieron?

     -No, no le pasó nada; nadie sabe nada, ni el mozo del café. Pero decime, ¿viste cuándo la barra se le cayó encima?

     -Yo no vi eso, yo vi que la vieja salía de detrás de la torre en el mismo momento en que ustedes tiraban la barra. Me pareció que no podía escapar.

     -Bueno, entonces se salvó por un pelo; se habrá tragado el pucho la vieja, pero no le pasó nada. Ahora vamos a llevar el hierro al taller; ¿no querés venir?

     Capí no podía contraer su sonrisa, ni apagar la luz de sus ojos, ni evitar que breves y sucesivos gorgoritos, como mecánicas carcajadas de la carne, le fluyeran por la boca. Por fin se miraron los tres y, como a una señal, empezaron a reírse como locos, se retorcían, se arrojaban a la cama. Tenían accesos de tos, se apretaban el vientre, y, cuando parecían sosegarse, se miraban y empezaban de nuevo.

     Decidieron ir de inmediato a negociar el hierro, pero Capí había anunciado su enfermedad y no le dejarían salir.

     -Espérenme en la esquina, que yo me escapo enseguida.

     Salieron, y al rato, descalzo y vistiendo una liviana camisita, Capí dirigía nuevamente la partida.

     Se buscaron trozos de palos y se desató parte de las cuerdas de los badajos que permitían repicar sin subir a la atalaya. Amarraron el hierro sobre una especie de angarilla y a las diez de la noche poco más o menos, después de mucha fatiga llegaron al taller.

     El asombrado artesano hizo colocar el lingote en un rincón y anunció:

     -Bueno, muchachos; son cincuenta pesos.

     -Pero usted nos dijo que nos daría cien.

     -Sí, pero yo creí que había más hierro.

     -¿Qué? ¿quería usted la barra y las campanas?

     -Bueno, muchachos, no vamos a discutir. Toman los cincuenta, o se llevan otra vez la barra. -Acompañó sus palabras con una risotada.

     Se miraron todos; honradamente, se sentían robados.

     Sentose el patrón ante una mesa desvencijada y balanceando la silla, extrajo del cajón apelotonados billetes que sacudió en el aire y los alisó antes de encimarlos para ajustar la suma.

     Frente a él, Capí contaba sacando jugo a la lengua con el índice y el pulgar, mientras veinte ojos asombrados palpaban el tesoro.

     El taimado herrero seguía haciendo gemir su silla con su pesado balanceo; y fue entonces cuando Capí confirmó su calidad de Jefe. Vengó a todos. Con violento impulso arrojó la mesa sobre el hombrón del equilibrio incierto y éste fuese para atrás manoteando el cielo.

     Al estrépito siguió el estallido de la cólera:

     -¡Hijo de una gran...!

     Pero no quedaba nadie.

     Eusebio había cerrado los ojos; pero una amplia y feliz sonrisa daba vida a su curtido rostro. Aníbal, de vez en cuando, venía a hamacarle.

     ¡Qué lindos eran estos recuerdos! Pero hacía tanto tiempo que había dejado la ciudad, la cuna de su infancia. Ahora la selva, ir y venir en el ámbito de la selva, desde casi tres años atrás. Selva que corta, que ahoga el horizonte, viviendo entre gente tosca, de apetitos gruesos o completamente sofisticada, como don Julio, por ejemplo.

     ¡Ah!, ése don Julio pretendiendo atraerse a la Clarita; pero ¡habrase visto semejante audacia! Mas, era inofensivo; ¡eran tan intrascendentes todas sus maquinaciones! Sin embargo, este argumento común, generalmente aceptado como evidente, en este caso particular, por una razón desconocida, no llegó a convencerlo. Siguió revolviendo el tema, pero después advirtió que sus ideaciones más pertinaces defendían un solo punto de vista.

     ¿Por qué este hecho? ¿Qué tenía que ver él con la Clara? ¿De dónde este moralismo insólito, este activo tomar partido, cuando el desenlace feliz o trágico le importaba un pelo? Si ya estaba resuelto cuando vino a la selva, quedó decidido que haría la vida del árbol: vivir del suelo y esperar del cielo. ¿Por qué arrimarse a nada, si estaba probado que era cobarde, vacilante siempre, incapaz de defender la dicha o arremeter con el infortunio? Solo, no importa nada. Un par de brazos, sin ambiciones y del futuro, lo que dijese el caprichoso hado.

     Impulsó la hamaca al decidir mudar de pensamiento, y se puso a observar las ondas de polvo que cruzaba un filtrado rayo de sol.


     Dos días después se le presentó la ocasión de cumplir el encargo de Flaminio. Clarita pasaba frente al tienducho y Eusebio la invitó a pasar.

     -Tengo que entregarte algo, Clarita, de parte de una persona. ¿No querés venir un rato?

     -Sí, don Eusebio, ¿cómo amaneció usted?

     -¡Bien, mi hija! ¿no querés que Aníbal te haga un refresco? Tengo algunas naranjas y agua fresca. Sentate. ¡Aníbal!, prepará una naranjada para Clarita.

     ¡Cuánta gracia, ingenuidad y lozana belleza encontró en la niña! Si le pareció una hija de los arreboles del alba, fresca y recién bañada de rocío. Sorda irritación, agitada a impulsos de sus latidos, le fue invadiendo el pecho, los miembros, la cabeza. ¿Por qué se había obligado a una comisión tan baja y ruin? Resolvió indagar y por su cuenta antes de dar un paso más.

     -Decime, Clarita, ¿Flaminio alguna vez te dijo algo?

     -Sí; me invitó a ir a Encarnación en su lancha de aquí a quince días o un mes.

     -¿Y vos qué le dijiste? -preguntó indignado. Conocía de memoria este cebo del viaje a la Villa o a Posadas, presentado como irresistible atractivo a estas pobres muchachas, cuyos destinos, sin razón, estaban también atrapados.

     -Le dije que le preguntaría a mamá.

     -¿Y qué te dijo tu mamá?

     -No, no le pregunté nada porque Flaminio me pidió que esperase, que él mismo le diría.

    -¿Y vos sabés que si vas con Flaminio es para ser su mujer?

    -¿Su mujer?, no -se sonrojó-, él no me dijo eso; me dijo solamente que iríamos a pasear, que me llevaría a casa de su tía en la Villa, y que después de un mes me traería de vuelta.

    -¿Vos le creés eso?

    -¿Por qué no? Es amigo de mamá; suele mandarle cigarros de esos que se hacen en Caazapá. A ella le gustan mucho. Aprecia a don Flaminio. Días pasados le mandó un generito para un vestido.

    -La ingenuidad de la chica era conmovedora. Experimenté viva repugnancia hacia la vieja bruja que era capaz de entregar semejante criatura por unos cigarros y unos metros de trapo. Aún así, no podía olvidar que ése era el trato, el uso común en esas regiones bárbaras. Quedé alarmado. Quiso creer que sobre él recaía la obligación de proteger a esta niña inocente y desbaratar los planes del lascivo lanchero y la madre alcahueta. Mas, no veía cómo proceder. Se sirvió una copa, encendió un cigarro, y se dispuso a hacer un discurso sobre moral.

    -Mirá, hija mía -empezó. Hizo una larga pausa. Iba a decir que debía tener cuidado con Flaminio; pero le pareció ridículo, y aún más, comercialmente peligroso, por si llegaba a sus oídos-. Mirá, mi hija... -repitió, y al advertir la atención de la muchacha, enderezó su cuerpo en una inadvertida actitud de vanidad. Intentó buscar en sus pensamientos para hallar un hilo, ¡pero de dónde!, ¿cómo hilvanar razones para convencer a la ingenuidad? Hubiera sido preciso invocar al cuco, al pora, al diablo o al infierno y esta dialéctica no sabía emplear-. Mirá, Clarita... ¿qué hacés vos por la mañana? -preguntó por decir algo y ganar tiempo.

     -Nada, don Eusebio, ayudo a mi mamá.

    -¡Aja, le ayudas en la casa...! -se detuvo un rato, caminó unos pasos-, ¡le ayudas en la casa! -y se le ocurrió la idea luminosa. Cualquier discurso sería inocuo; la advertencia inapreciada. Los consejos recibidos en la juventud sirven para lamentar errores. La solución sería mantener a la chica bajo su propia influencia.

     -Mirá, Clarita, vos sabés que yo trabajo aquí solo. ¿Ha de querer tu mamá que vengas a ayudarme por las mañanas para atender el almacén? Te pagaría un sueldo, claro está, y vos sabés que el trabajo no puede ser pesado.

     -Me parece bien, si mamá quiere.

     -Muy bien; decile a tu mamá que yo iré esta misma tarde a hablar con ella. ¿Estamos?

     -Sí, don Eusebio, está bien -dijo, levantándose para seguir su camino.

     -¿No querés tomar otro vaso de naranjada?

     -Muchas gracias, ya es tarde, don Eusebio. ¿A qué hora va a ir usted?

     -Esta tarde, cuando empiece a aflojar el sol. Ah, mirá, llevale estos cigarros a tu madre.

     Al entregarle el paquete de cigarros, se avergonzó de usar las mismas mañas que los otros.

* * *

     A la tarde, mucho antes de llegar los jugadores de truco, se encaminó hacia la casa de Clara. Quedaba a unos quinientos metros de la suya. Era un ranchito construido con lo efímero y perpetuado por la mis y fláccida, apergaminada la tez, los ojos opacos, enrojecidos al humo del fogón sumiso que calienta la ollita de hierro confidente.

    -¿Cómo le va, don Eusebio? ¡Qué milagro!... Usted es la persona a quien menos se ve en el pueblo; siempre en su casa...

     Y empezó la charla insubstancial sobre las sosas novedades pueblerinas; sobre quién había ido y quién había venido, si como le salió la cosecha de yerba a don Fulano; la salud de la vaca de doña Rosenda, las perspectivas del gallo ayura-peró, y otras del mismo jaez.

     Al fin Eusebio se decidió a abordar el tema:

    -Mire, doña Leonor -así se llamaba-, creo que Clarita le habrá dicho a usted que yo estoy interesado en que ella vaya a atender el almacén por las mañanas. La verdad es que yo, algunas veces, tengo cosas que hacer; no lo puedo dejar cerrado y necesito una persona de confianza que lo atienda. Ella podría ir a casa temprano y volver al medio día. Le puedo pagar diez guaraníes mensuales. Además, usted sabe señora, que su hija será tratada con todo respeto por mí y yo me encargo de que reciba igual trato de todas las personas que lleguen a casa.

     Tomó aliento después del discurso. Ya estaba hecho. La vieja empezó a dar vueltas al asunto. Era evidente que le gustaba el acomodo, pero no quería aceptar de primera intención; esperaba, quizá, que para decidirla definitivamente, Eusebio levantara la paga o propusiese alguna otra ventaja.

     Mas él no se dio por enterado. No quería aparentar ansiedad porque doña Leonor vería una segunda intención y, entonces, sí, no podría poner fin a sus demandas. Dejó que su interlocutora hablara cuanto quisiese, y al fin, cuando ya se hacía tarde, la interrumpió:

     -¿Y bien, señora, espero mañana a la Clarita?

    -Está bien, don Eusebio, temprano estará allí. -La pobreza habló con su tono humilde para dar principio a la servidumbre.

     Cuando emprendió el regreso, iba cerrando la noche. El ganado tendíase en las calles rumiando, pacífico, la cosecha de cocos, que caían mondos, bajo el afelpado hocico, deslizándose por la cinta del belfo. Los recentales amarrados lanzaban lastimeros berridos y las últimas bandadas de loros volvían de sus comederos a su refugio nocturno. Tímidas luces aparecían en las viviendas, y, al paso, una mujer agitó un rojo tizón entre las ramazones para buscar la causa del súbito alboroto de la pollada.

     En el cielo, aún pálido, ya brillaban con fuerza las estrellas guías de las constelaciones tropicales y la pausa misteriosa de la noche caía soñolienta a sosegar la brisa del atardecer.

     En aquel punto se pobló el ambiente de una banda de notas voladoras, que retozaban aquí, suspendían brevemente el vuelo y quedaban flotando, pensativas, para absorber la melancolía de la hora; luego se enlazaban, saltarinas, en un delicado juego de amor, derramando en el seno de la noche, cálidos pétalos de sentimiento.

     Y la fría inmensidad del cielo con sus remotos mundos, el vecino bosque, el aura taciturna, y las cosas todas, al conjuro de la melodía, elevan al hombre para ser todos uno en la idea de la Creación.

     ¡Oh, hechizo de la música que separas dulcemente el espíritu para llevarlo a un éxtasis místico donde el placer y el dolor se funden, donde la vida y la muerte pierden su substancia para flotar en un sueño, donde sólo existe emoción trasmutada en belleza!

     Se siente la tristeza de estar solo, y la dulzura de estar triste; las lágrimas disuelven la amargura; el corazón busca la congoja, y son felices quienes pueden llorar una pena. Incomprendido siempre, a toda hora sofrenado, el sentimiento quiere fluir como los ríos, y ama el suave cauce de la armonía.

     Un piano maravilloso completamente exótico en este escenario perdido y rudo, consumaba el mágico momento. Eran don Julio y su fonógrafo.

     Así que hubo cesado la música, poco a poco se coordinaron sus pensamientos: «Seguro que está pintón», se dijo.

     Raro personaje; podría jurar que si lo visitase en este momento, lo encontraría sonriendo, lejano, con un vaso de aguardiente a su lado. Cuando estaba así, hablaba en voz baja, como si no quisiera despertar de un sueño. Ni la untuosa cortesía, ni el recargo de circunloquios del estado normal, asomaban en tales ocasiones.

     Cierta vez le dijo: «Vea, don Eusebio, yo no quiero herir, ni quiero chocar, quiero que el resto de mi vida se deslice sin peso, sin impulso, como un plumón que se desprende en la mitad del vuelo, de manera que ningún obstáculo perciba que lo he tocado. Es mi única ambición, por eso muchas veces temo el contacto con los otros. He descubierto la manera de suavizar todo lo que pasa por mí: pensamientos, placeres, deseos, emociones. ¿Sabe? Creo que hasta la tristeza es para mí un placer. ¿Cómo he logrado eso? No sé, no me gusta afirmarlo; pero creo que sólo quienes son capaces de dar, encuentran un fin medianamente razonable y permanente a la vida».

     -¿Dar qué?

     -Dar lo que sea preciso.

     -¿Qué da usted, amigo mío, si puede decírmelo?

     -Cada una de las horas de mi vida -dijo, subrayando el último vocablo, y saboreando su sonido.

     No hubo palabra más, después, sólo la enigmática sonrisa y los ojos bruñidos por la contenida lágrima.

* * *

     A la mañana siguiente se levantó temprano. Le pareció larga su barba de tres días y decidió afeitarse. Cuando había emprendido la tarea le sorprendió su inusitada pulcritud.

     Se peinó y vistió un saco pijama limpio. Cuando estuvo listo, tras la vacilación de una pausa, recogió el paquetito que le había dado Flaminio, y luego de palparlo y olerlo, sin muchos escrúpulos deslió el papel para descubrir el contenido: un frasco de esencia ¡«Perfume de Oriente»! Sonrió, no podía ser otra cosa.

     Esperaba encontrar alguna esquelita, pero nada; el galán no había tenido tiempo. Lo volvió a atar cuidadosamente y lo dejó en su lugar.

     Al abrir el almacén, se presentó la chica. Evidentemente, había estado esperando esto para entrar. Vestía un sencillo vestidito floreado y calzaba alpargatas.

     Inmediatamente, como si tuviera para ello demasiada prisa, Eusebio se puso a explicarle sus tareas. Debía despachar en el mostrador. Le enseñó la lista de los precios; le dijo que al fiado no se entregaba nada a nadie sin su especial autorización.

    -Esta porquería de perfume -dijo cogiendo un frasco del que sabemos- vale tres guaraníes. Yo no sé cómo la gente lo compra: es esencia de petit grain pura. Su única ventaja es que como es tan fuerte, oculta los otros olores. Es como un poncho, que arriba tiene al viento sur, y abajo vapores de ombligo. Es una de las razones por las cuales hay que desconfiar de los emponchados, y de la gente que usa perfumes fuertes -concluyó con más ponzoña que una yarará.

    -Servís caña, hasta que se pongan cargosos; después me llamás. Nada de vales ni papeles sin mi consentimiento: se recibe plata brasilera, y también argentina; pero, ¡vamos!, ya sabés esas cosas... las ventas se anotan así... en este papel; aquí lo que se vende al contado y aquí lo que te vaya diciendo yo.

     Siguieron así un buen rato. Eusebio asumía el papel de un escrupuloso patrón que velaba celosamente por sus intereses, cosa que estaba muy lejos de alcanzar. Clarita lo seguía temerosa, maravillándose de la importancia de sus tareas.

     Después de algunos ensayos con los primeros clientes, Eusebio anunció que él estaría escribiendo cartas en la otra pieza y que el negocio le quedaba confiado. Pidió tereré al chico, su secretario, como lo llamaba, y se dispuso a darse una tarea que no tenía. Poco después, volvió al despacho aparentando asombro:

      -¡Clarita!, me había olvidado de darte esto que te mandó Flaminio -dijo, y se volvió presto para ocultar la mirada asesina.

* * *

     Siguieron días. Eusebio adoptó una conducta al extremo formal. No se permitía ninguna clase de bromas ni de familiaridad con su dependiente y hasta ponía mala cara cuando otros insinuaban requiebros más o menos encubiertos. El efecto fue inmediato: se difundió por el pueblo la versión de que estaba celoso y los amigos se permitieron insinuar algunas chanzas.

     Como en el fondo, él quería algo sin admitir que lo quisiese, proporcionábase argumentos equívocos y los apoyaba con el calor del deseo disfrazado de razón.

     Mantendría cerca a la muchacha y así podría substraerla a otras influencias. Con ceño adusto se prometió respeto, aun cuando un variado complejo de fuerzas estuviese minando la solidez de su promesa. Ésta no era como las demás mujeres. Y entonces, ¿como quién era? Su porvenir no debía ser la selva. ¿Quién le ofrecía otro? No debía ir rodando de mano en mano sin tan siquiera la promesa de un mañana engañoso que adobase con falsa ilusión la miseria presente. No correr tras el desastre necesario, fatal. Tentar aún la rama perdida, el risco abrupto en que aferrar los puños crispados mientras se implora socorro, o se acusa al destino.

     Nunca olvidaba a la madre aquella que mostrándole con orgullo a sus dos hijitos le dijo: «¡serán buenos peones!» ¿Por qué su ternura no le engañaría un instante? ¿Por qué sus deseos se daban tan bajos a sus anhelos de madre? ¿Por qué sus manos vacías se prometían vacías, si para los niños se baja la luna con un trozo de espejo? ¿Por qué no prometer la dicha, si la sola promesa halaga, envanece, y hasta inicia en el placer de vivir?

     Pero aquí la vida es así. ¿Qué más natural que un día se la llevase un peón de paso, ni qué cosa más común que la experimentada madre pretendiese sacar una vez el provecho de la Celestina? Total: algo por nada; algo por la fruta que madura en el predio de nadie, que cualquiera se la puede apropiar.

     Se dijo que no la había de tomar para sí; pero que no permitiría que el salivazo sucio de la lujuria precipitase un destino aciago.

     Supino sobre el catre de tramas de cuero, pudo ver con los ojos cerrados, la línea suave de su perfil; el mentón redondo, apenas saliente; los labios equilibrados entre la promesa y el recato; la nariz respingada apenas, como el matiz de la picardía en el asombro de la inocencia. En los ojos obscuros campeaba la serenidad del atardecer en la llanura, y sus crenchas lacias y negras acentuaban el blanco sonrosado de la tez.

     El cuerpo demasiado joven, no fermentaba todavía con la levadura de la tentación, y sus pechos dormían como el botón de rosa que no puede ofrecer aún el polen a la abeja voladora. Los brazos redondos, fuertes, no terminaban en manos suaves y bellas, sino en dos instrumentos fortificados en el trabajo; la tersa piel de las pantorrillas apenas podía esconder las contracciones de los músculos al caminar. ¡Cuántas veces desde muy niña, debió llevar cargas sobre la cabeza! ¡Pero sus pies! siempre había admirado sus pies descalzos: eran leves y de un arco perfecto.

     Una tarde la vio pasar con otras muchachas de más edad. Estaba parado en la puerta de su rancho, y ella al notarlo, trató de desviar la cara y lo saludó muy rápidamente. La actitud esquiva le llamó la atención, y sin pensar dos veces, cogió el sombrero, tiró tras sí la puerta, y a grandes pasos se fue por ellas. Cuando ya las alcanzaba se preguntó por qué había salido, si que quería y hasta se sintió un tanto confundido no viendo cómo justificar esta insólita persecución. Clara, al verlo, manifestó un pequeño sobresalto y bajó los ojos.

    -¿Para dónde van? -preguntó.

    -Vamos a lo de doña Rosenda -contestó una de ellas. Miró a Clara y vio que tenía la cara arrebolada hasta la frente. Se fijó mejor y por un instante sintió lo que debía ser la ternura paternal... ¡se había pintado los labios!

     Al día siguiente, apenas entró en la tienda, inició de inmediato un despliegue de actividad y ordenamiento que parecía sin fin, como si repentinamente todo hubiese acumulado polvo, o las latas y botellas hubiesen vivido en la noche anterior una mágica bacanal. Él la observaba sonriente, parado en el umbral de su puerta esperando que la agitación acabase; pero se le ocurrió por último, que eran necesarias algunas palabras para evitar que el tormento se prolongase con exceso.

    -Clara, un momento.

    -Voy, don Eusebio -y se acercó con la cabeza baja.

    -¿Qué te pasó ayer?

     -No se enoje usted, señor -exclamó suplicante.

     Se sintió invadido por una sensación de goce inefable. Dulcemente le posó las manos en los hombros, y se escuchó con el tono de sus momentos más bellos:

     -¡Pero niña querida, creo que nada que vos hagas podría enojarme!

     Levantó los ojos negros, un tanto empañados y hubo tal agradecimiento en la mirada, que la emoción de entonces quedó impresa en su recuerdo como uno de los más puros galardones de su vida.



CAPÍTULO III

LOS MACHOS DEL ALTO PARANÁ

     De nuevo llegó la «Marfisa». Esta vez, otros se le habían anticipado. Cuando miró desde lo alto del barranco, vio que abajo era efervescente la actividad. Bultos que bajaban y subían, órdenes dadas en voz alta, carcajadas, varias canoas de pequeños contrabandistas brasileños que también traficaban a la luz del día. Otros habían venido exclusivamente a beber, ya que el precio del aguardiente en las lanchas era mucho menor que el que se pagaba en los almacenes. Algunas mujeres con sus dedos brillantes de piel ensebada, acariciaban el vivo estampado de las telas, y se las envolvían al cuerpo para apreciar en ellas la animación de las formas, el suave contacto. Por sus ojos obscuros pasaban las sombras de la tentación reprimida igual que pájaros nocturnos frente a una ventana. Los marineros removían bultos enviando al pasaje y a los visitantes de la proa a la popa, de babor a estribor.

     Cuando subió la planchada, Flaminio le saludó a gritos, dándole la bienvenida, y ordenó de inmediato que se sirviera otro jarro para él.

     -Rapai, ¿cuántas bolsas de sal quiere?

    -Tres bolsas y seis garrafas de caña. ¿A cuánto la caña?

    -Quince cruceiros, rapai, es muito gustosa.

     Así pasó la mayor parte de la mañana, y Eusebio después de preguntar si su pedido había venido, fue a la popa a tomar tereré con los motoristas, mientras se aclaraba un poco la aglomeración de gente. Allí las carcajadas variaban sobre la aventura ocurrida la noche anterior a un «engrasador» llamado Lopeí, quien hasta se había bañado con jabón de olor para compartir la manta con una pasajera.

     -¿Para qué tanto arreglo? -le había preguntado un malicioso.

     -¡Je!, el paraguayo está de farra -anunció él, mientras se fregaba la roña tenaz con un puñado de estopa.

     Al día siguiente su sombrero espoleta no le pudo ocultar una sajadura cárdena sobre la mejilla izquierda.

    -¿Cómo salió el paraguayo?

     -¡Je!, el paraguayo cayó de guampa.

    -¿Sobre la dama? -Sí..., pero antes estaba el Patrón.

* * *

     Después vino Flaminio a buscarlo:

    -Don Eusebio, quiero conversar dos palabras con usted. -Sintió sobresalto. Afuera había una luz opaca, cansada y caliente que daba un bochorno amarillo a la vegetación y al río.

     -¿Quiere venir por acá?

     Lo llevó a una pequeña cabina caldeada y con olor a pintura.

    -¿Ha traído completo mi pedido?

     -Sí, amigo, sí, algo hay; pero no es sobre eso que quiero hablar con usted

     -Usted dirá entonces.

    -Entre hombres las cosas se arreglan hablando -sentenció como preámbulo-, quería preguntarle que interés tiene usted en Clarita.

     -No sé qué quiere decir...

     -El asunto es claro: ¿le gusta esa mujer?, ¿la quiere para usted?

     -Hombre, nunca había pensado en eso.

    -Pero es necesario que piense, don Eusebio, mientras usted no piensa, es un obstáculo para mí. ¿La quiere para usted?, entonces se la dejo y no me meto. A mí no me faltan mujeres.

     -Ya lo sé.

     -¿Me la deja entonces?

     -¡No, eso no! -Se le encogió la sangre en el pecho, ahogando el corazón.

    -¿Para qué la quiere usted don Flaminio? ¿Para tenerla por un mes tumbada en un camastro de su lancha?... ¿Para cederla después en un puerto cualquiera a un mensú que le caiga simpático o que le facilite un buen contrabando?

     -¡Y a usted qué le importa!

     Se engalló su soberbia ante la actitud y el tono.

     -Me importa, pero usted no entenderá jamás la razón por la cual me importa. Para mí hay algunas cosas que para usted no existen. Es inútil que tratemos de hablar sobre eso, no podremos entendernos. Podemos comerciar, pero no pretendamos ir más allá. Para usted las palabras tienen un significado, y para mí otro...

    -Seguramente, usted parece muy sabio, pero no se olvide que aquí vive la gente que habla como yo.

     -Entiendo, lo malo es que no me puedo hacer entender.

     -¡Qué lástima! Acuérdese de todos modos, que yo le ofrecí la mano.

    -Yo no la rehúso, don Flaminio, sino que no podemos entendernos. Vamos ahora a otra cosa; quisiera retirar mi pedido.

     Flaminio bebió un largo trago chupando del jarro. Tosió por lo bajo, bronco, secose la boca con la manga, se incorporó despacio, metió los pulgares bajo el cinturón para colgar las manos, una sobre el arma pronta, cimbreose para atrás, y consciente de su poder, hizo daño con solemnidad:

     -Estimado don Eusebio, no hay nada para usted

     Las consecuencias eran fatales en su caso. Un coágulo de rubor se alojó en sus mejillas y encerró la explosión de la cólera entre sus mandíbulas prietas. En ese instante pendía la vida de cualquier falso ademán. Por último, Eusebio tomó la puerta y salió sin decir palabra.

* * *

     Arriba lo esperaba Pulé con su carro para llevar juntos las mercaderías:

    -¿Y después, por qué no descargan tus cosas?

     -No hay nada para mí.

     Pulé lo miró un rato sin decir nada. Subieron al vehículo y emprendieron el regreso, los dos callados por largo rato.

     -Ya me parecía que algún disgusto ibas a tener con Flaminio.

     -¿Pero por qué, hombre, por qué? ¡Yo no sé por qué soy el único que no ve la razón!

    -Porque nadie entiende lo que querés con Clarita. Ponés mala cara cuando la gente va al boliche a hablar con ella, no la dejás ir a los bailes, no querés que nadie la visite ni se le acerque; pero vos permanecés impasible a su lado. La gente dice que hacés las cosas por puro egoísmo y sos un tonto.

    -¿Pero quién dice que no quiero que vaya a bailes, ni tenga visitas y que pongo mala cara? ¡Es mentira! ¡Nunca me he metido con ella más que en su trabajo!

    -Hombre, no niegues, ella misma lo ha dicho a quien se lo ha preguntado y doña Leonor lo dice aunque no se lo pregunten. Dice que ya tiene ganas de sacar a su hija de tu casa.

     -¡Pero, Pulé, vos también creés! Hoy mismo hablaré con Clara y también con la madre.

    -Sea como sea -continuó Pulé, no muy convencido-, vos sabés que aquí no se permite el oficio de perro, como se dice. Si te llevas a la chica, por las buenas o por las malas, si apaleas a la madre o le prendés fuego a su rancho, siempre que puedas convencer al Comisario o ganar la costa del Brasil, nadie dirá nada; pero a nadie le gusta que alguien se meta en lo que no le importa. Vos sabés: ésta es una región brava, medio salvaje, donde nadie es capaz de interpretar las cosas a medias. Aquí las cosas son, o no son.

     -¡Sí, ya sé, lo que no sabía es que mi conducta había preocupado tanto!

     -¿Cómo harás ahora para surtir tu almacén?

     -Hombre, no lo sé; pero me figuro que tendré que comprar a las otras lanchitas cuando vengan, y trataré de escribir a Encarnación para que me manden mercaderías a flete. No creo que pueda hacer mucho; por lo pronto, estoy casi pelado.

     -Lo que pueda darte, te voy a dar; pero claro está que eso no va a ser suficiente.

     Ya en el pueblo, cada cual fue para su casa.

     Llegado que hubo a la tienda, cruzó el despacho sin decir palabra, y se metió de rondón en su pieza, venciendo con nervioso impulso el atascamiento de la puerta enclenque.

     Clara y Aníbal se miraron.

     Tiene luna -afirmó el «secretario»-, de experiencia antigua, y se encaminó a eclipsarse.

     Cuando se hubieron retirado unos parroquianos, Eusebio llamó a Clara.

     -La gente dice que te he prohibido ir a los bailes; que he impuesto que no se te visite, y otras cosas, ¿es eso cierto?

     -No, no es cierto, don Eusebio -dijo, bajando la cabeza.

     -Pero me dicen que vos le has dicho eso a tu mamá y a otros.

     -Sí dije.

     -¿Por qué?

     -Porque me pareció que usted no quería.

     -Pues eso es absolutamente falso, irás a cuantos bailes haya, y ¡que te visiten los machos de todos los obrajes y yerbales si lo quieren!

     Giró sobre sus talones y dando un portazo, se metió en su pieza. Se tiró en la cama y restregó la cabeza contra la almohada para ahogar un sollozo. Lo que había hecho no podía ser más brutal, y sobre todo, era una contradicción evidente con su actitud anterior. Se dijo que era primero un hipócrita, y después un cobarde: proteger a la chica, influir sobre ella, evitar que caiga en manos de cualquiera, poner mala cara a la gente que fuese a hablarle, pretender rectitud de conducta, vida moral..., haber conseguido inducirla a seguir una norma según su voluntad, y a la primera presión, dar un viraje brusco, y dejarla abandonada.

     Tuvo impulsos de ir a ponerse de rodillas, pedirle perdón y confesarle que era cierto; que lo había interpretado correctamente, que aprobaba su conducta y que, en fin, quería hacer de ella una «niña bien».

     Pero, ¿por qué, para qué? ¿Cómo justificar todo esto, no ante ella, sino ante sí mismo? Le pareció que Flaminio, Pulé, y todos tenían razón; que su actitud era la del perro del hortelano, que ni come, ni deja comer. Pensó por un momento que debía atropellarlo todo y apoderarse de la chica. Así nadie tendría nada que objetar. Mas eso también era imposible. ¡Él vivía en una espera! Allí no más, en el cajón estaba la reciente carta de Óscar. «Vi a Margot, como siempre linda y alegre. Le hablé de ti, como cada vez que la veo. 'Usted con su tema de siempre -me dijo-, lo único que puede resolver eso, es el tiempo, ¿no se ha dicho que el tiempo es una esponja que lo borra todo?' Y siguió hablando de otras cosas sin esperar mi respuesta».

* * *

     Siempre había sido así, independiente hasta con agresividad. Cuando, después del escándalo, se había ofrecido a «reparar la falta», con cuanta ironía y dignidad ella había replicado: «Si creés que he sido seducida, engañada, estás profundamente equivocado. No se trata de falta... se trata de amor... ya que así vos no lo entendés, no tenemos nada más de que hablar». Se retiró de la sala. Después fue imposible verla: no hubo manera. La familia se empeñó con ahínco. Él mismo pasó horas y días rondando la casa, haciendo llamados telefónicos, escribiendo cartas interminables.

     ¿Por qué había huido? Hasta ahora no podía comprender sus sentimientos, sus impulsos de aquel día fatal. Había una mezcla de terror, de compasión, de remordimiento, pero también un secreto deseo de burlar. De lavarse la injuria de un sojuzgamiento antiguo, apareciendo ante sí y sus amigos como héroe de una aventura escandalosa.

     Aún veía los surcos del sudor, las crenchas pegajosas, húmedas sobre la cara de la mujer aquella; recordaba su mirada extraviada, en busca de la salvación providencial que quitase de sus gruesas manos empurpuradas, el peso insoportable de la agonía de una flor.

     -¡Hay que llamar un médico, urgente!, tenemos una hemorragia.

     -Me voy, don Eusebio -dijo la voz de Clarita- en la otra pieza.

     -¡Llame usted, a quien quiera, rápido!

     Después la ambulancia, las explicaciones, los gritos de la mujer. «¡Ellos han venido a obligarme doctor! ¡el mozo ése, él vino a obligarme, ahí está en la puerta, ése es!» Margot, en la camilla estaba lívida, con los ojos cerrados. Las pestañas negras caían sobre azules profundos como sombras sobre un lago. El ceroso tinte de la tez tornaba violento el carmíneo afeite de la boca entreabierta.

     ¿Iba a morir? «Oh, Dios mío, ¿por qué a mí, solamente a mí me castigas así?». Se retorcía las manos, y un sudor frío le empapaba el cuerpo. Vagamente cayó en la sospecha de que todo aquello implicaría alguna responsabilidad penal. Fue hacia la pensión, casi maquinalmente y tomó el código: allí estaba muy claro que «la pena sería de cuatro a seis años... si resultare la muerte de la mujer».

     Por huir se padecía su instinto con su experiencia milenaria y simple. No era quien, ni estaba el momento para valorar u ordenar pensamientos, y sin vacilar mucho tiempo, empacó cuatro cosas, tomó una lancha y pasó a la Argentina. De allí, siempre fugitivo, más hacia el sud, sin dar dirección ni noticias a nadie

     Consiguió trabajo en una pequeña población del Chaco argentino, lejos de todo contacto con gente que venía o podía saber de Asunción. Después de algunos meses escribió a Óscar, ya que tampoco podía vivir completamente ajeno a toda noticia. La respuesta no se hizo esperar: «El escándalo fue mayúsculo. Margot estuvo varios días gravemente enferma; hubo corridas, un principio de denuncia porque nadie quiso asumir la responsabilidad. Después tu búsqueda. Su madre vino a preguntarme dónde estabas. No pude decirle nada, naturalmente; pero te busqué, quería hablar contigo, saber por qué habías huido y, sobre todo, sin haberme dejado noticias tuyas ni dirección alguna. En verdad, los primeros momentos fueron bastante duros, y quizá tu determinación fue la mejor, por lo que pudiera suceder; pero no creo que Margot se merezca el tratamiento que le has dado. No concurre más a las clases, y tengo entendido que abandonará los estudios. Yo creo que podrías regresar, ya pasó la tormenta, y todos están interesados en olvidar el asunto».

     Siguieron las cartas, cada vez alejándose más del tema. Ahora Óscar trataba de inducirlo a que regresara para seguir sus cursos en la universidad; debía aprovechar los exámenes de diciembre cuanto menos, para presentarse a una o dos asignaturas fáciles y retomar la rutina de la vida. Lo de Margot no tenía remedio, y en el tiempo que había pasado, el primer encono se había vuelto tristeza... ¡Se piensa tan bien cuando se está triste! «Debes venir, nadie te hará un reproche mayor que el que vos te hagas».

     Poco a poco fue ganando la persuasión, hasta que un día decidió volver.

     Los amigos le recibieron con un guiño picaresco de entendimiento y algunas manidas frases de valor entendido. Nunca las traiciones de Tenorio afectaron su honra entre descendientes de linaje español. Pero su amor por Margot vivía latente. No se arrancan años de juventud para sepultarlos con un simple acto de voluntad. ¡Con cuántas horas de su vida estaba enlazada! ¡Cómo había concurrido a formar su carácter, a decidir su vida! ¡Cuántas cosas penosas había hecho por ella y cuántos sacrificios en sus brazos disiparon su amargura! Su carácter vacilante; ese pavoroso temor a las decisiones definitivas, ese blando dejarse moldear por influencias y arrastrar hacia el pecado, durante años, había sido resistido por ella y únicamente por ella, con su buen sentido, con su aptitud para encontrar el camino más seguro, sin perder nunca de vista el fin; con su ternura que diluía sus horas solitarias de huérfano, con su ecuanimidad, su instinto de justicia y su admirable entereza moral. Le parecía que toda esa confusión de su conducta, ese tumulto de sus sentimientos no habrían llegado a tal punto, si ella, al salir entre enfermeras y médicos aquella mañana, le hubiese dirigido solamente la palabra. Pero había perdido su contacto y fue juguete de impresiones trastornadoras.

     Después, la entrevista con la madre que fue a verlo. «Dígale a Margot que estoy dispuesto a reparar mi falta». ¡Imbécil, más que imbécil!, como si no la conociese, como si la hubiera tratado solamente quince días. Salir con una pedantesca respuesta formal, latinazgo de sacristán, aforismo de comisario, fría y vulgar, cuando estaba destinada a desagraviar al espíritu de más rotunda personalidad individual que hubiese conocido. Podría saber que, aun tensa de anhelo, no sería de aquellas personas que esperan «una palabra» que sirva de puente, sino «la palabra», el gesto, el ademán preciso que afirme la garantía del estado de ánimo propicio para el efecto buscado. En ella el amor era profundo, orgulloso y tiránico, como la obra de arte es al artista. Todo intento de reparación debía ir afirmado en una auténtica integridad de corazón: alguna palabra con aliento de sollozo; una mirada bruñida en lágrima. Le contestó que fuera a su casa. Él creyó que la encontraría postrada, que llorando se echaría en sus brazos y sintió una maligna satisfacción. Siempre había sucedido lo contrario, siempre el implorante había sido él, y esta vez ya paladeaba su desquite. De aquí en adelante recuperaría su cetro de varón para regalarse con el orgullo del mando. Se hizo esperar unos días y fue.

     Ella entró en la sala, leve y serena, atrayendo hacia sí la emoción del instante crucial. Le pareció un poco pálida. El armonioso corte de la cara quizá estuviese algo hundido en las mejillas y en los ojos castaños, una vaga melancolía daba contenido humano a la expresión de su serenidad. Sus labios firmes, un poco estrechos, dibujaban apenas una sonrisa. La frente despejada, altiva, revelaba el señorío innato de los que saben «que es lo que hay que temer», y el capricho de un rizo castaño ponía sexo a ese poder.

     Avanzó hacia él como en tantos días, ni con mayor pausa, ni con mayor prisa. Era evidente que si quería representar un papel, su actitud sería la norma, la prototípica expresión de la dignidad ofendida, en un espíritu infinitamente capaz de absorber el sufrimiento por sí solo. La miró con embeleso; el matiz de su dolor era tan sutil que había que suponerlo, así como se presiente sufrimiento en la cercenada rosa inmadura, que sabiéndose muerta, aún es capaz de abrirse para realizar la belleza. No lo invitó a sentarse; ella tampoco lo hizo.

     -Por fin has vuelto.

     -Sí, aquí estoy, ¿no estás contenta?

     -Según... ¿para qué has venido?

     -Vos me hiciste llamar. -Ella debía pedir y él otorgar; así lo había resuelto. Así había preparado su ánimo durante días.

     -Sí, pero lo hice para saber por vos mismo a qué habías venido. ¿Para qué hiciste llamar a mamá?

     -Yo no la he hecho llamar: ella fue a verme. Se mostró sorprendida.

     -¿Vos no la has hecho llamar?

     -No.

     -¿Y qué te ha dicho?

     -Me ha pedido que me case contigo.

     Apretó los dientes y sus ojos se achicaron airados.

     -¿Vos qué le contestaste?

     -Que sí; que estaba dispuesto a reparar mi falta.

     Sonrió con desprecio: ambos quedaron un instante furiosamente al acecho del próximo lance de este acerado duelo de dignidades.

     Después, vinieron sus palabras finales, irrevocadas hasta hoy y que constituían la secreta tortura determinante del curso de los últimos años de su vida:

     -Si creés que he sido seducida, engañada, estás profundamente equivocado. No se trata de falta, se trata de amor... ya que así vos no lo entendés, no tenemos nada más de que hablar.

     Recordó aquellos días terribles en que fue completamente imposible hacerse oír. Sus cartas venían cerradas, invariablemente devueltas; para sus llamados telefónicos había una sola respuesta: «no está». Sus emisarios no podían abordar el tema en forma alguna. Se sentía humillado, despreciado, casi loco y por su corazón pasaba sangre empalidecida y helada. Los amigos no cesaban de llamarlo «Don Juan».

     Cierto día encontró nuevamente la oportunidad de huir. Un maderero con dientes de oro y anillos lucientes en las manos enormes, le habló entre destellos de las durezas del monte, para terminar ofreciéndole un empleo.

     No vaciló un instante y al llegar a la selva, la pena se puso desnuda. Lentamente, a pasos, imagen a imagen, volvió al presente. Flaminio, con la mano sobre el revólver: «No hay nada para usted»... «No hay nada para usted» ¿Qué cosa no había?, ¡ah!, las mercaderías... «Aquí no se permite el oficio de perro»... «¿Cómo harás surtir tu almacén?»... «¿Cómo harás surtir tu almacén?»... «Pues eso es absolutamente falso; ¡que todos los machos te visiten!»... Se incorporó de un salto y buscó a Clara, ¡Clara! ¿dónde estaba?

     -¡Clarita, Clarita!... -llamó-, ¡Clara...! ¡Clarita!

     Se precipitó hacia la puerta del despacho como un poseído. Todo estaba cerrado, y la obscuridad, adormecida.

      -¡Clara! -gritó con toda su angustia. Al no obtener respuesta, dio un puntapié formidable a un cajón vacío y trastrabillando fue a tirarse, sollozante, sobre el desvencijado mostrador.

     -¡Oh, destino cruel! ¿por qué la desgracia ha de ser vehículo únicamente de la desgracia? ¡...Señor!, esta vez quise ser bueno, ¿por qué has permitido que cause daño? ¡Señor!... ¿Por qué hemos de luchar por lo bueno, si sus consecuencias pueden ser tan terriblemente malas?

     Aníbal, atraído por los gritos, se acercó cautamente a la puerta:

     -Clarita se fue, don Eusebio.

     Se incorporó con tal violencia, que asustó al chico, quien vivamente se puso pronto para salir a escape.

     -¿Adónde va, imbécil?

     -Clarita se fue, señor. Se quedó mirándolo durante diez segundos inmensamente largos.

     -Ya le trajeron la comida, señor.

     -¿A qué hora se fue?

     A la hora de siempre.

     ¿Y por qué no me avisó?

     -Le dijo, en la puerta, que se iba, señor.

     No dijo nada. Sus pensamientos se revolvían como una masa informe e incierta. Ahora recordaba vagamente que había oído despedirse a Clarita, sí, «me voy» y de pronto sintió sobresalto. Sus nervios sobreexcitados devolvían, resonantes, el menor estímulo de las ideas. «Me voy»... «me voy». ¿Qué tenía de particular esta expresión? Sonaba raro, un tono no esperado, no acorde... ¡Ah!, no era habitual. Comúnmente decía: «hasta mañana». ¿Por qué ahora dijo solamente: «me voy?» ¿Qué quería insinuar? ¡Claro!; la niña, no podía soportar las palabras gruesas, se había ofendido. Se paseó por la habitación hablando fuerte ante su asombrado pequeño «secretario».

    -Es claro, es claro, sus lindas orejitas no podían escuchar; la niña tan bien educada como está, se ha criado en un colegio de monjas. La ofendió la palabreja, no debí decir «machos», debí decir los «galanes de los yerbales», o todavía más fino: «los niños de los yerbales y los obrajes». ¡Ja... ja... ja! -prorrumpió en una amarga carcajada. Y de pronto, volviéndose presto hacia donde estaba Aníbal, preguntó:

     -¿Decime Aníbal, quiénes son los «niños de los yerbales?

     -Y... los niños son los chicos, señor.

     -¡Maravilloso, Aníbal, maravilloso, ja... ja... ja! -continuó riendo.

     -¿Y quiénes son los «señoritos» de los obrajes?

    -Este... -Aníbal parecía perplejo, y se veía que su cabeza trabajaba activamente. De pronto se iluminó su rostro-. ¡Son las «mascaritas» que se visten de mujer!

     -¡Magnífico, magnífico! -y no cesaba de reír. Volvió a cargar la copa-. ¿Y vos sabés quiénes son los «machos» del Alto Paraná?

     -Son los hombres, señor -respondió sin vacilar.

     -Ni más ni menos, ni más ni menos. ¡Exacto! Los machos son los hombres verdaderamente hombres, como Flaminio, por ejemplo. ¿No es así? Los hombres de pelo en pecho, los que toman caña, juegan y pelean como fieras; los que matan con cuchillo, con machete o con revólver, los que tienen mujeres, una, dos, tres o cuatro. ¿No es así? -Tomó varios tragos de aguardiente.

     -Sí, señor -y un chispazo de luz brilló en los ojos del chico. Se había descrito su ideal.

     -¿Y vos sabés si fue porque dije: «machos de los yerbales» delante de Clarita, que ella se enojó?

     -Sí, señor.

     Detuvo en seco el vaso que llevaba a la boca, avanzó hacia el muchacho, tomole del brazo y sacudiéndolo con violencia, le espetó en la cara:

     -Cómo «sí, señor»; ¿cómo lo sabés vos? ¿te dijo algo?

     -No, señor.

     -¿Cómo lo sabés entonces?

     -Porque se fue llorando.

     Soltó al chico. Se incorporó, lívido y quedó un momento sin juicio, mientras absorbía el golpe.

     -¡Andate!... ¡andate!, ¡no quiero ver a nadie; si alguien pregunta por mí, le decís que fui al infierno!

     Aníbal salió de estampía.

     -Al infierno, justamente al infierno. El infierno de mi conciencia, de mi propio corazón -bebió de nuevo un largo sorbo de aguardiente. Quedó mirando el vaso sin verlo ya, bebió más y más rápido-. Éste es el refugio de los cobardes -estaba vacilante-, ¿cuántas veces prometí no beber más?... veinte veces, cien veces... Éste es el refugio de los cobardes... de los cobardes que tienen miedo de admitir su cobardía y renunciar... De los cobardes que no caminan ni hacia adelante ni hacia atrás; que tientan los pasos, vacilantes, de los que llegan tarde con sus actos y sus sentimientos. ¡Ja!, ¡ja!, ¡ja!, no se me había ocurrido: un ebrio expresa en su exterior lo que tiene adentro. In vino veritas; ¿quién dijo eso? Edgar Poe... que bárbaro; si esto es latín. Latín, es verdad. Yo estudié latín. Insula, insulae, insulam... ¡qué fastidioso!, pero Margot sabía; en los exámenes se sentaba a mi lado. Otros tiempos, eran otros tiempos, en esos tiempos en que se pensaba, y se obraba impulsado por fórmulas. Las palabras eran entonces sólo fórmulas: miedo, y uno recuerda la obscuridad; hambre, y se piensa en el apetito que precede diez minutos al almuerzo; amor, un personaje de novela; desengaño, no existe; tristeza, no se conoce; angustia, la que se siente antes del examen. Y sin embargo, se habla, se especula y hasta se destruye fundando la hipótesis en estos conceptos cuyo contenido no se conoce.

     Después, con sorpresa advierte uno que hay efectivamente algo que se llama hambre. ¡Caracoles si lo hay! Las tripas hacen dramáticos gorgoritos y se revuelven y muerden como serpientes enloquecidas; algo que se llama angustia, que oprime el corazón, que oprime hasta dejar sin sangre, helado todo el cuerpo y la cabeza con un solo pensamiento; algo que se llama desengaño, tan grave y tan profundo que todas las cosas sabidas o queridas deben cambiar de valor; un cosa que se llama miedo que puede torturar días o meses, o sólo unos minutos, con una intensidad que quiebra; algo que se llama tristeza y que aprisiona como un cepo hecho de brumas indisipables.

     Bebió más, interrumpió su paseo y su discurso para sentarse un rato con la cabeza entre las manos. Al cerrar los ojos percibió que las cosas daban vueltas, pesadamente, como si todas se hallasen formadas por una substancia plástica que proyectara su masa hacia la periferia del círculo que formaban. Siguió en su fantástico viaje al mostrador, a la estantería que paradójicamente mantenía todas sus botellas en pie por más que estuviese invertida. Se vio después a sí mismo girar, desmadejado, con los ojos semiabiertos, ridículamente serio. No le gustó y para disipar los fantasmas, haciendo un esfuerzo, concentró su atención en los objetos que tenía cerca, hasta obligarlos a readquirir su sentido normal.

     Se incorporó para ir a la cama y de nuevo las cosas se movieron, esta vez en vaivén, como un barco que recibe el oleaje por banda. Le pareció raro no oír los embates del agua, hasta que entre tropezones, llegó a la cama y se hundió en el sueño pesado de los borrachos.

* * *

     Violentos golpes a la puerta lo despertaron; escuchó un diálogo entre Aníbal y otra fuerte voz, que reconoció después de escucharla un rato: era la del Mayor.

     -Andá a avisarle que estoy aquí.

     -No quiere, señor; me dijo que no le molestara.

     -¡Haga lo que le digo, chiquilín!

     -Pero, señor, se va a enojar; está durmiendo.

     -¡Don Eusebio, don Eusebio! -se oyó el vozarrón del Mayor, que daba vuelta a la casa-. Don Eusebio: quiero hablar dos palabras con usted. ¡No es hora de dormir, hombre, arriba, arriba, arriba!

     Estaba terminando la tarde. Se sorprendió de haber dormido hasta esas horas, pero un agudo dolor de cabeza le señaló la causa.

     -Adelante, Mayor -dijo, franqueando la puerta.

     El otro quedó mirando sus ojos enrojecidos, turbios, y la cabellera revuelta.

     -¿Qué es lo que pasa, don Eusebio? -le apoyó la mano sobre el hombro-. Mi amigo: cuando menos usted que es joven y fuerte, que tiene muchos años por delante, no me desengañe.

     -No sé a que se refiere, Mayor. Adelante, tome asiento... ¡Aníbal!, mate.

     -¡Cómo que no sabe! ¡todo el pueblo comenta su incidente con Flaminio y usted no sabe a qué me refiero! Todos dicen que usted ha echado a Clarita de su casa porque le tiene miedo. ¿No lo sabe usted?

     -¿Qué? ¿Que eché a Clara porque le tengo miedo a Flaminio?

     -Sí, señor, eso se dice.

     -¡Pero usted está loco! -una onda de calor le subió a la cara desde las profundas raíces de su hombría.

     -Yo, como amigo, vengo a avisarle, usted sabrá lo que debe hacer.

     -Sí, gracias -su ira hervía buscando camino para el daño ahora mismo lo voy a arreglar. Se levantó para vestirse.

     -¿Qué va a hacer usted? ¿va a ir a provocar a Flaminio por lo que digan diez borrachos?... No, hombre, la verdad es que no lo sabía tan susceptible a la opinión pública. Mañana se le brindará a usted una oportunidad mejor; vamos a tener paciencia por un día, ¿no le parece?

     Se le quedó mirando, sin comprender.

     -Mañana va toda la gente de paseo al barbacuá de don Segundo; irán también Flaminio, la Clarita, doña Rosenda, hijas, y todas las lenguas del pueblo: allí tendrá usted oportunidad del demostrar que no tiene miedo.

     -¿Provocando un escándalo entre mujeres?

     -No, amigo, siguiendo la tradición popular... Si usted espera esta noche a Flaminio bajo un árbol, lo desafía y lo mata, todos dirán que es usted un asesino alevoso. Si mañana, en el paseo, lo provoca y también lo mata, todos le agradecerán secretamente el espectáculo que les ha brindado. Se formarán de inmediato dos partidos; uno por usted y otro por el muerto. Estos serán los menos, no le quepa la menor duda. Ni un mísero testigo se encontrará para deponer en contra suya. Y los que no estuvieron y no vieron, sentirán no haber estado. ¡Hombre! ¡soy viejo y conozco a esta gente!

     -Pero a mí no me importa lo que diga la gente, sino el hecho de que ese tipo se esté jactando a expensas mías.

     -No me haga reír, don Eusebio: lo que le hace hervir la sangre en las venas es el cuento que le traje de lo que la gente decía. Le están haciendo hacer un «mal papel», como dice el pueblo con su formidable instinto. ¡No se exalte!; déjeme terminar. Hay otra cosa muy importante: mañana puede no llegar la sangre al río. Basta que usted se porte como un hombrecito hecho y derecho que es, para que todo quede arreglado. Nada de gracias. Yo lo apadrino en este asunto. Lo hago porque usted me gusta..., y porque tengo el presentimiento de que me va a resultar un gallo tapado con más espuelas que domador de mulas.

     -No se fíe tanto..., pero de todas maneras, le quedo agradecido.

     -Todavía no quiero su agradecimiento... por ahora necesito su promesa de obediencia. Necesito que usted me prometa hacer lo que yo le diga, entendiéndose que no lo voy a dejar como un trapo sucio. Déjeme meter la mano en algo que conozco tal como mi bolsillo derecho. Déjeme poner mis cincuenta años, mis quince de Alto Paraná en el fuego de sus treinta y, sobre todo, en su problema. ¡Pudiera otra vez tenerlos! Usted tiene ahora un «caso» con Flaminio, pues yo he tenido, y he visto tenerlos, con veinte, treinta Flaminios, con lanchas o sin lanchas y conozco sus variantes como los agujeros de una flauta.

     -¿Qué quiere que haga, Mayor?

     -Estarse quieto hasta mañana.

     -Convenido.

     -Lo vendré a buscar temprano.

     Sus manos se encontraron con firmeza.



CAPÍTULO IV

EL CHOPÍ

     Por la mañana se levantó temprano. Limpió y aceitó cuidadosamente el revólver hasta sacarle la capa de polvo rojizo que lo cubría. Se vistió y se afeitó con lentitud, mientras le cebaban el mate. Varias veces, con reprimida impaciencia, miró hacia la casa del Mayor.

     Por fin lo vio salir. Vestía botas, pantalones de montar; bajo el saco pijama le abultaba el arma y en la mano traía un látigo flexible de cuero trenzado, con la temible varilla de acero por alma.

     -¿Estás listo, mi hijo? -preguntó al llegar.

     -Sí, Mayor, completamente listo.

     -Bueno, cuando terminen las mujeres, supongo que vendrán a buscarnos... Entretanto, escucháme: vos, como si nada pasara. Si te hablan, contestá con la Mayor naturalidad. Con Flaminio, como si nada. Si te mira, le mirás; si te habla, le hablás; si saca a bailar a Clara, le dejás bailar dos o tres piezas; luego la sacás vos. Si anda cerca, tratá de no darle la espalda, en fin: yo también andaré cerca, no te preocupes. Lo más probable es que no suceda nada; pero si le ves hacer un ademán peligroso, que hable el colt, sin contemplaciones, que el bicho ese no es de los que vacilan. ¿De acuerdo?

     ¡Cómo le reconfortó el tuteo!

     -De acuerdo, mi Mayor.

     -Ni una palabra más; ¿qué tal pasaste la noche?

     Y siguieron hablando de otras cosas, mientras pensaban en una sola.

     Ya había salido el sol cuando empezaron a oír ruidos de un motor. Se veía el trajín en todas las casas; de cada una de las cuales una o dos personas irían en cualquier forma: en jardineras o carretones tirados por mulas y los más en los dos camiones que había en el pueblo.

     Primero, un rústico carricoche, ocupado por tres personas mayores y dos chicos, amén de una montaña de bultos, iba al trotecito de un zaino. Saludaron al pasar invitando al viaje.

     -Ya vamos -contestaron ambos.

     Luego pasó un camión en el que se habían acomodado unos bancos donde iban sentadas las mujeres tocadas con pañuelos multicolores algunas; otras con grandes sombreros de paja. Algunas llevaban sombrillas; otras, simplemente viejos paraguas, recuerdos de sus expediciones por la ciudad. Los hombres sentados con ellas, todavía en los primeros tramos del viaje, hacían traslados y acomodos de bultos y en medio de comentarios y risotadas, aprovechaban las oportunidades para apoyarse con afectada inocencia en sus compañeras, o deslizar algún intencionado pellizco. ¡Cómo gritaban ellas y cómo les gustaba el juego!

     Adelante, manejando, comandaba don Segundo, con grandes botas, bombachas y un ancho sombrero de fieltro. El pañuelo blanco de cuello quedaba sujeto mediante un anillo de oro que apretaba las puntas. A su lado resoplaba su señora, gorda, mofletuda, morena y chata, con un lunar de vigorosos pelos recortados. Les pareció que también iba Flaminio, y así debió ser, porque luego lo vieron entrando en casa de doña Leonor para llamar a Clarita.

     Así que subió la moza, rugió el camión y la gritería se fue perdiendo en el polvo de la carretera.

     A poco a ellos les llegó el turno. El segundo camión tenía como figura principal a doña Rosenda, simpática mujer de más de cuarenta años, ojos verdes, negra, cabellera ondulada, frente despejada y una boca madurada a besos. Sus tres hijas hacían arrumacos con otros tantos o más galanes que vacilaban entre solicitarles a ellas sonrisas o a la tentadora madre. Doña Rosenda vestía bombachas para evitarse la molestia de las sabandijas y de sus ojos picarescos, insinuantes, nacían todas las sendas para el pecado de amor. Les hicieron lugar y antes de acomodarse, el vehículo siguió viaje.

     -Don Eusebio, siéntese al lado de María -indicó doña Rosenda, muy seria, pero con las manos y el cuerpo retorcidos de malicia.

     -¡Aquí, aquí! -chilló una, haciendo espacio en el tablón que servía de asiento. Se llamaba Blanquita; ¡cuán obscuros debieron ser quienes la llamaron! Ni con una arroba de polvo de arroz.

     Eusebio braceaba como nadador primerizo apoyándose en todas las prominencias posibles para conservar el equilibrio entre los tumbos.

     -¡Atropelle, compadre, como cuando viene el toro! -apuntó un gracioso.

     -¡Cuidado con mi atado! ¡ay! ¡la pata que carga!

     Y entre risas, chillidos y rebotes, se ubicó en el lugar indicado.

     -¡Yo me siento a su lado, doña Rosenda, si no aquí mismo armo camorra! -amenazó el Mayor, afectando seriedad y enojo.

     -Pero como no, Mayor, nosotros los papás debemos hacer pareja.

     -¡Epa!, no me interesa el papel de papá, yo soy un pretendiente, sobre esa base reclamo el lugar, en caso contrario -agregó mirando con picardía a su alrededor, y haciendo esfuerzos por equilibrarse-, veré donde puedo tener mejor suerte.

     -¡Aquí, aquí Mayor! -gritaron varias.

     -Ah, no señor, no permito que usted pierda a alguna de mis hijas, siéntese acá.

     -La seriedad de doña Rosenda era de una gracia sin igual.

     Eusebio miró a María. Era una chica de 16 ó 17 años. Fuera linda si una atroz quemadura no le hubiese echado a perder media mejilla. Cuando daba los primeros pasos en el nativo rancho campesino, se cayó en el fogón. ¡Qué dolor más largo! Con cada amiga garbosa le dolían todos los hombres apuestos, en la mejilla, como el antiguo tizón. Sabía lucir el lado intacto de su perfil mestizo, definido por una boca que oscilaba entre la sedienta oferta y la resignación. La herencia indígena le haría manifestar la fuerza del sexo en caricias fugaces, en percepciones sutiles; ternuras guardadas en lo profundo y que afloran a favor de la noche obscura con el estremecimiento de un silencio habitado.

     Decían que estaba enamorada de él, y quizá así fuese, porque sus ojos le miraban rendidos, ofreciendo un amor subyugado.

     Entró el camión en la picada, haciendo resonar su esfuerzo, quejándose con los elásticos al hamacarse entre los baches. Las grandes especies vegetales cruzaban en lo alto sus membrudos brazos multiformes y por trechos, moteaba el sol la tierra humedecida. Gigantes de treinta a cuarenta metros, como el ybyrá-pytá y el timbó; formidables lapachos de lujosa copa florecida y madera incorruptible; la perova, cuya pulpa temporalmente rosa, hace soñar a los excéntricos buscadores de efectos peregrinos; las columnas de rectitud increíble de los avatitimbasy; los grandes y olorosos cedros y tanta multitud de especies más, manifestaban su presencia a los ojos expertos, porque otros niveles más bajos de vegetación impedían observar el lento cimbrear de sus copas. Algunos bambúes enormes buscaban perforar hacia arriba la espesura y las palmeras y cocos deslucían su elegancia, aplastados, humillados. El apepú, los helechos arborescentes, bambúes, y bananos silvestres, tapizaban los verdes muros laterales y por fin, para hacer todo más impenetrable, surgían grandes tacuapizales de tallos ahilados y fuertes. Los ysypó y otras lianas colgando y prendiéndose a cada soporte, lo unían todo formando una masa, si no compacta, asfixiantemente lujuriosa y en la profusión de las tonalidades verdes, el sexo palpitante de las flores busca el cosquilleo estremecedor del insecto portador del polen, con vivo toque de color, la fragancia penetrante.

     La humedad saturada de savia penetraba en el cuerpo, llena de vida y efecto bienhechor.

     Llegaron. Un claro del bosque, limpio y despejado, era el lugar del barbacuá. Hacia un costado, a la derecha, había varios ranchitos de pindó y paredes de estaqueo, bajos, estrechos, liliputienses, apenas para contener un lecho o dos, pegados el uno al otro, y sólo con tres paredes: allí vivían los peones, algunas mujeres y unos cuantos chicos. Las casuchas eran empleadas exclusivamente para dormir y poner a reparo de la lluvia las pocas pilchas de cada cual. La vida se hacía fuera, bajo los árboles.

     A la izquierda, dos galpones de tablas y techo pajizo guardaban, el uno, los raídos; el otro, pilas de bolsas pospuestas a un espacio con el ruedo de moler.

     Los dos barbacuás, un tanto alejados para prevenir el incendio, eran como enormes canastos volcados sobre unos postes que los sostenían a poca distancia del suelo. Arriba, la hoja de yerba por tostar, y debajo, fuego lento. El urú dirige la cocción desde adentro de este horno, soportando en su cuerpo exorbitantes temperaturas, mientras sus ojos, el olfato, el oído, el temple del ardor que siente en la piel, lo guían a la determinación del punto. Cuando llegaron, uno sólo de estos barbacuás trabajaba aún. Las tareas de elaboración habían terminado. Cáceres, el tropero, dirigía el rito del asado. Un peón atendía la fogata e iba disponiendo las brasas de acuerdo a las instrucciones y conocimientos del maestro, que daba órdenes modulando la voz tras la sutileza de la intención o prorrumpía en escandalosos improperios cuando no se le captaba el matiz. Alrededor, hombres y mujeres, hacían sus comentarios.

     -Este trocito está lindo.

     -Sí, pero está mal cortado. ¿No ves que tiene toda la gordura y el otro pedazo no tiene nada?

     -¡Qué gordura, ni qué gordura! ¿cuándo hemos comido carne gorda en el Alto Paraná? Con muñeca les voy a hacer asado de esa vaca vieja. ¿O qué?... ¿Hubieran preferido una ternera con añosa? ¿Por qué no lastimaron un novillito ajeno si querían carne buena para hoy?

     -No arrime tanto esa carne, Cáceres; es temprano y se va a resecar.

     -¡Dios me libre! ¡Apenas se corta un asador y hasta los gringos ya meten la cuchara!

     -¿Gringo, eh?

     -No lo dije por usted, sino por el brasilero.

     -Jum... paraguayo, como el tereré.

     Otro grupo miraba el barbacuá, hablando con el urú que contestaba las preguntas tendido sobre un cuero bajo la media esfera, a pocos pasos del fuego. Su negro rostro, inmoble, reseco y anguloso, de ásperos pelos espaciados, parecía sugerido por el ascua apagada de un tronco.

     -¿Falta mucho urú?

     -No.

     -¿Sacaron mucha yerba este año?

     -Como siempre.

     -Pero terminaron pronto.

     -No llovió.

     -Esta clase de trabajo es el que yo preciso -comentó un jovencito- engordar, acostado bajo el barbacuá.

     Rieron todos. El urú torció dolorosamente la cabeza como un leño verde echado al fuego y al descubrir al mocito desconocido, quiso vengar la burla.

     -¿No quiere entrar?

     -¿Es muy caliente?

     -¿No ves cómo él está allí? -animaron varios.

     Pedrito, el estudiantillo pobre, deslenguado y orgulloso, que llegó de vacaciones por invitación de un pariente obrajero, que trajo la cabeza aventada de deseos de aventuras y se encontró con el tedio de una interminable siesta, viéndose acorralado, agachose y se metió resueltamente. De inmediato, un ardor terrible le llegó a los huesos y le encendió la mejilla.

     -Venga acá -insistió el urú sonriéndose con los labios para encubrir sus ojos serios que guardaban para sí el goce de una errada vindicta.

     -¡Tirate al suelo! ¡al suelo! -le gritaron varias voces desde fuera, mientras festejaban con carcajadas su azoramiento.

     Arrojose y el trastazo levantó polvo. Mas no le cupo sosegar, pues la tierra también ardía, tanto, que quejándose con descompuestos saltos, escapó sin gallardía.

     Le compadecían, mientras él aliñaba su ropita arruinada.

     Don Julio, con la actitud de un galán antiguo, hacía reír con sus lisonjas a unas muchachas sentadas en una hamaca de liña. ¡Qué falta le hacía en la mano una rosa de Francia, el pañuelo de encajes o cuando menos, un inútil bastón! ¡Y qué desastroso efecto para su fantasía, el pucho macizo y violento que tenía entre dientes una de ellas!

     Álvarez, dicharachero y jovial, buscaba acomodo para la pareja de guitarristas, llevando, oficioso, un cajón vacío que les sirviera de banqueta. Sudaba don Segundo por hacer funcionar su radio a batería ante un cordón de silenciosos peones que esperaban el milagro de la voz y de la música. Doña Rosenda seguía batiéndose con donaire en la intencionada esgrima del Mayor; grupos de hombres de riguroso sombrero y mujeres en cabeza, formaban corrillos apartados, espiando la ocasión de la música para iniciar el inexcusable coloquio amoroso. Ña Cayé dispuso en el suelo su canasta de chipá en roscas; con dos enérgicos golpes en la base abrió la primera botella de caña y con la punta de la falda, limpió el jarro de lata. Despacho abierto.

     El viento se hamacaba perezosamente en las ramazones y corría por la selva el grito del minero.

* * *

     Eusebio iba de grupo en grupo, escuchando los comentarios de los demás, sin intervenir en ellos. Flaminio, Clarita y otros, habían desaparecido. Rabiosos celos que él llamaba amor propio, disparaban su imaginación tras imágenes más y más dolorosas.

     Le parecía que todo este tiempo que él empleaba en deambular ocioso, su eficaz contendor lo estaba usando en tejer la fina urdiembre de la seducción. Hablaría a Clara del viaje al pueblo, de los puertos lejanos que visitarían de paso; pondría al alcance de su mano las fiestas soñadas en la ciudad inaccesible, el regalo espléndido de la tela de seda de vivos colores, oro en los pendientes, o acaso, un collar de coral. «¡Mentira!», quiso gritar.

     Reconoció, con rabia que era Flaminio un ser afirmativo. Eficaz con las mujeres por la fuerza expansiva de su deseo, por la incontrolable lascivia que manaba de sus ojos, la boca, las abiertas aletas de la nariz, sus manos nervudas, vigorosas, que como seres independientes tenían su lenguaje mímico audazmente expresivo, parecían adelantarse y ya palpar aquello que estaban deseando. La cintura y caderas finas, nerviosas y ágiles, confirmaban su tipo semental. Cuando hablaba a una mujer, su voz era una caricia grave, profunda e incitante, infinitamente capaz de expresar la emoción sin elevar ni variar el tono. Le pareció que ninguna mujer podría estar a su lado sin pecar. Sintió terror: por un momento, creyó que se la llevaba, que se iban irremediablemente. Como transportadas por un puñal aleve, vinieron a clavársele en la frente, dos o tres imágenes de una supuesta intimidad... ¡y le faltó tiempo para sacudirse horrorizado! Volvió los ojos con pavor, buscando huir de su soledad demasiado sugestiva. A grandes pasos, fue a servirse de un vaso de aguardiente. Lo estaba bebiendo cuando una fuerte mano le oprimió un hombro.

     -¿Qué tal Eusebio, cómo está ese espíritu? -Era el Mayor, que no fiaba prenda a su pupilo-. Vamos a entendernos con los demás. No te quedes así, hombre. Un traguito está bien, para templar el espíritu; pero no más -y le miró severo recordándole el compromiso.

     «Clarita estará caminando sobre las piedras del arroyo. El agua clara bruñirá, nacarando, el lindo pie. Pies arqueados, blancos, perfectos; el tobillo fino y armonioso. ¿Los mirará Flaminio?, puede que sí, ah, no, él le mirará los labios, los senos, las nalgas y se prometerá un festín de voluptuosidad. No más que eso. ¿Por qué le miraría los pies si solamente son bellos?». ¡Cómo hubiera querido besarle los pies y subir los ojos de abajo arriba, recorriendo su cuerpo levemente inclinado como el tallo de una flor!

     -No se preocupe, Mayor, estaba tomando sólo un trago.

     «¿Por qué no me dejarán solo con mis pensamientos? Resulta agradable y a veces justo torturarse. Sí, es de estricta justicia, ya que el ánimo, la voluntad no son capaces de empujarnos a coger lo apetecido, es propio mantener y alentar la duda. Algo debe ocupar nuestro pensamiento, con algo hay que llenar el alma, y con algo se llena, aun a pesar nuestro».

     -Vamos a mezclarnos con el trajín de doña Rosenda, eso le conviene a usted. -Había abandonado el anterior tuteo.

      «Oh, claro, a nuestro pesar». Como, por ejemplo, con una idea fija. ¿Cuánto tiempo he tenido una idea fija? Uno, dos años y seguía teniéndola: Margot. «Si creés que he sido seducida, estás profundamente equivocado»... «Los ojos castaños, la serenidad del espíritu» ¿qué da la serenidad del espíritu?

     -Don Eusebio, las damas quieren bailar -dijo doña Rosenda, interrumpiendo una vez más sus divagaciones y sorprendiéndole con su no esperada presencia.

     -Pues, que se haga música, señora -contesté atropelladamente.

     «Vieja ligadora, te haces la mamá porque no está quien te interesa». Sintió repulsión hacia toda esa gente que no lo dejaba en paz; que estaba al corriente de lo que le ocurría; que posiblemente hablaría, se harían señas, observando sus reacciones como un animal raro. «Quiere que baile para ver que cara pongo, si hablo con mi pareja, si puedo decir con desenvoltura una relación. ¡Cuidado! Pueden decirte alguna cosa hiriente.»

     Empezaron las guitarras y un alborotado batir de palmas acogió sus tañidos. Los guitarristas, frente a frente, muy cercanos, el sombrero puesto, un basto pie descalzo sobre el cajón vacío, frontero al jarro de la caña, más en actitud de confidencia que de cantadores, filtrando por la nariz la bronca voz, alegraron la concurrencia con sus aires tristes. Los hombres fueron invitando a las mozas y sobre una parte más dura de la tierra colorada, empezaron a danzar en perezoso círculo.

     -No baila, don Eusebio -insistió doña Rosenda-. ¿No ve? allí está esperando María.

     Le tomó del brazo y presionó hacia el lugar en que estaba la moza haciéndose la distraída mientras observaba quien de los galanes hacía ademán de dirigirse a ella. Eusebio se vio pillado y no pudo, negarse.

     Fue, pues, a hacer la reverencia de práctica y empezó a bailar. «Serías linda sin tu mejilla abrasada, pero quien te oprima en la caricia debe vigilar de qué lado besarte, cediendo al dulce desfallecimiento, no sea que se inhiba con áspera repulsa. ¡Qué fácil sería lograr de ti cualquier cosa!...».

     Más por seguir el rito del monguetá nativo, que no excusa que varón alguno dance sin requerir de amores a su compañera, empezó a decir:

     -María, hace tiempo que quería hablarte.

     -¿Sí?... ¿y qué quería decirme?

     -Que me gustás mucho.

     -Que mentira más grande... si usted sólo tiene ojos para Clarita.

     -¿Quién te dijo eso?

     -El pueblo y yo, que sabemos lo que a usted le pasa. «Y dale con Clarita, todos están convencidos de que estoy loco por ella; nadie sabe nada de Margot». Oh, el sueño de los ojos castaños, tan infinitamente maternal, tan firme, acaso inexorable. La niña de los recuerdos de la dulce juventud, aquí, allá, en todas partes, siempre con ella... «Oh, Dios mío, cuántos recuerdos» se dijo una vez más.

     -¿En qué piensa?

     -En que a mí también me gustaría saber lo que me pasa.

     -¿No lo sabe usted?

     La miró sonriendo. «Pobre niña, tú no tienes mis complicaciones; pero tampoco eres feliz porque tus zapatos están viejos o ya se agota el frasco de perfume. Todos sufrimos y lo malo es que no hay proporción entre el sufrimiento y los afectos empeñados. Yo, por remordimiento y soledad. Quien, porque pierde un hijo. ¿Cómo será eso? Las mujeres lloraban escuchando el Sermón de la Soledad. ¡Qué ridículas me parecían! Yo solía ver al padre Rodríguez orgulloso en la Sacristía, cuando había podido hacerlas llorar.»

     «¿Existe también una dicha? En la niñez, en la juventud, cuando todo sabe a novedad y no hacemos sino elegir caminos. ¿Y esta niña que no tiene qué elegir? Esta niña no sabe qué haya que elegir.»

     «Pero esta polca es interminable», se dijo luego, «¿cuántas más tendré que bailar?»

     -No me contesta usted.

     -Sí te contesto: la gente habla demasiado.

     -¿No es cierto lo que dice?

     -No, no puede ser cierto.

     Los dos querían creer esto por motivos diferentes. Se miraron, ella incrédula y a la vez agradecida, él ausente, tras ideas fugitivas que con destellos claros rasgaban un minuto su frente enardecida. ¡Eterna lucha de la vida con la muerte!

     Terminó esa pieza y siguieron otras. Le resultaba cómoda su casual compañera porque su deseo de agradar hacía que se sometiera con docilidad a las rarezas de su momento. Le hubiese gustado que no preguntase tanto, mas, precisamente por esto, su desazón quedaba más disimulada.

     Poco antes de comer, llegaron los que habían ido al arroyo. Clara caminaba al lado de Flaminio, que la había cogido de la mano. Ella lo buscó con los ojos y al encontrarle, sangre tímida le tiñó la frente, e instintivamente, libertó su mano.

* * *

     Después del asado, cuando los perros roían los huesos y ásperos cuervos chasqueaban sus alas sobre el cuero estaqueado, los de menor ánimo buscaban escabullirse a sosegar la siesta. Entre las bolsas, sobre los raídos, o en las sombras, ocultos, se tendían peones con el sombrero sobre los ojos, entre los labios el tenaz palillo, timbre de orgullo de haber comido.

     Otros, adelantados en el dulce pedido de la ocasión, arrastraban los pies en las guaranías interminables, sudando copiosamente. Las mujeres, libres de polvos y coloretes, comidos con el asado, caído el porte, se abandonaban languidecidas, ya ineficaces para incitar negando.

     Eusebio se metió en un rancho con la esperanza de darse paz por un instante, mas, apenas acomodado, oyó las guitarras punteadas para un chopí. Escuchó su nombre, era el Mayor, que lo llamaba.

     -¿Dónde te has metido?

     -Aquí, Mayor, me puse a descansar un rato.

     -Bueno, hombre, ha pasado la hora del descanso. Van a bailar el chopí, y vas a sacarle la pareja a Flaminio.

     -¿Un taguató? ¿Con quién baila ella?

     -¡Bah! ¿con quién?

     -Está bien, Mayor, déjelo por mi cuenta.

     Todas las ideas se le aclararon; se sintió nuevamente fuerte y ágil como en los buenos tiempos. Aquí había un propósito claro, inmediato y emocionante. «Que agradable es dar escape a la energía -se dijo-, no pensar diez minutos e improvisar la acción». El corazón latió aceleradamente y sonriendo, le agradeció esta prueba de vitalidad.

* * *

     Las guitarras ya habían hecho el preludio y estaban las tres parejas, unas frente a las otras. Después del saludo ceremonioso, formaron el alternado ruedo de la cadena y otra vez puestos en línea, un hombre y una mujer de cada parte, danzaron solos muy vivamente, mientras todos batían palmas marcando el compás. En un momento ambos se desprendieron y empezó el toreo. Ella encogiendo la falda por un costado, en actitud muy española, a su medida tentando el garbo de lueñes tatarabuelas, vuelve el frente a uno u otro costado, y el ágil varón triscando el suelo con furioso zapateado, avanzando y hurtando el cuerpo, haciendo quiebros inverosímiles, anticipa a todos la guapeza que tendría con su cuchillo.

     En este paso es lícito el taguató. El hombre, ligero y vivo, brinda oportunidades a los que no bailan, para que éstos, si pueden, le priven de su compañera, y ellos, atentos, recogen el desafío.

     Pero ni el sol sale igual todos los días, ni es igual la relación entre los mortales. Lo que para amigos es un donaire, para quienes alientan rivalidades o se vigilan es menosprecio, escarnio insoportable. Por eso la ávida parca, cuando oye puntear el chopí nativo, «abandona la puerta del anciano enfermo» para correr veloz por las cañadas en busca de un fruto más inmediato y cierto. Y mil veces, ancianas madres que poco antes vieron partir de fiesta sus alegres mozos, mil veces, muy luego, cubrieron con negro manto sus cuerpos yertos. ¡Ley de raza bravía que no escatima su propia sangre!

     Ambos rivales y el ruedo todo, estaban atentos a la tragedia en ciernes cuando Flaminio comenzó el toreo. Se hicieron sensibles los cuchillos y cada cual percibió el contacto de sus armas. El acompasado palmoteo sonó más frío y miradas recelosas vigilaban: toda cuestión pendiente, y antigua o nueva, de una vez se resuelve en una riña; el pueblo nativo es práctico para culminar querellas.

     Saltó Eusebio oportunamente y ayudado por la muchacha, aseguró su éxito. Quedó en el acto un compás helado; cesó la música, todos en actitud de apresto. Duró un instante.

     Flaminio, veloz, requirió su arma y cuando iba a usarla con fatal designio sobre el rival que aún tenía en sus brazos a su pareja, un terrible latigazo del Mayor lo tiró al suelo. Al apuntar Eusebio el revólver, lo detuvo el escrúpulo de su hombría, pues usarlo en ese momento era ya cobarde. Diez brazos lo sujetaron.

     Gritos de mujeres, aire dispersado a tiros, corridas, total barahúnda, varios sobre los contendores y los presuntos, con desiguales ánimos de calmarlos o arremeterlos. Flaminio, enfurecido, hacía contorsiones inverosímiles por desasirse.

     Uno, con un machete carpía hierba, gritando como un energúmeno, llamando al diablo para un combate.

     -¡Que venga aquí el que se anime!

     -¡Juancho! -alguien le gritó de atrás.

     Fue tal la sorpresa que tras de saltar como un canguro, al intentar cambiar de frente en el aire, humilló las posas untándolas con la tierra húmeda.

     Un peón misérrimo, enardecido por tantas detonaciones, huérfano de armas y deseoso de tomar parte en la pelea, cogió un grueso tizón y sin más motivo aplicó la brasa al cuello de un compañero.

     -¡Mamita! -gritó el desdichado y creyéndose muerto, cayó redondo.

     Aunque parezca mentira, quien realmente, con eficacia, contribuyó a terminar la desordenada liza, fue un bárbaro que por sólo desfogarse, puesto en el centro de la refriega disparaba su pistola hacia todos lados. Como nadie sabía para quién eran los tiros, los más optaron por salir de en medio y guarecerse tras de los árboles.

     Cuando recargaba el arma, irrumpió el Mayor, que mañosamente se la sacó.

     -¡Quieto, animal, que todavía te pegarás un tiro!... ¡Usted, váyase de aquí y déjese de gritar! Alto, alto, todo el mundo.

     Finalmente, varios se pusieron del lado del orden y de la paz. Entre tres apartaron a Flaminio hacia una choza y le dieron agua para lavarse. Entre tanto, otros habían subido a Eusebio en el camión de don Segundo, quien con una buena parte de las mujeres, partió a escape, sin cargar ni cuidarse de los enseres. Allí también iba Clara, con los ojos bajos, sin hablar, pálida y estremecida.

     Mas, la jornada no quedó incruenta. Un sirviente del barbacuá, deseoso de liquidar viejas cuentas con el Urú, le ensartó una horca por un costado y se dio a la huida.

     E Ignacio Madruga, que es un carrero en su ser pacífico que usaba un cuarenta y cuatro, más para respeto que para el uso. Un esmirriado reservista recién salido le llevó una carga con un puñalito, humillando su jerarquía. Él decía que por no matarlo, huyó monte adentro; el otro, pegado a sus talones, sin darle tiempo para volverse. Enredado en un raigón, se vino al suelo y como el otro se le iba encima, se revolvió, levantó las piernas para contenerlo e hizo un disparo. Hado fatal: su pie izquierdo quedó perforado. El contrario, viéndole herido y determinado, aligeró las plantas.

     -¡Qué golpe brutal! -se quejó don Segundo sobre el volante.

     -¿Dónde, quién?

     -Yo, hombre, en la canilla... al subir al camión.

     Un golpe brutal. ¡Qué habrá sido de la radio! Con tal de que algún desgraciado no le haya metido unos balazos...

     -¿Por qué nadie haría eso?

     -¡Para destruir, hombre! -gritó-. ¿No vio usted, a Sapó tirar bajo el galpón, solamente para agujerear el techo? ¡Desgraciado!... Y el Urú; han herido al Urú; habrá que buscar otro.

     -Menos mal que aquí a nuestro amigo no le sucedió nada.

     -Sí, por milagro.

     Atrás las mujeres herían sus carnes insensibles al dolor y araban la angustia con desordenados gritos.

     -Yo cuando vi venir el taguató, salí corriendo. Me fui hacia el galpón de yerba y caí en el camino y seguí corriendo, arrastrada. Mirá mi vestido, mis manos, mis rodillas...

     -¡Ay, qué cosa! Yo también corrí hacia el camión y mis piernas temblaban, las rodillas blandas. ¡Qué susto Dios mío! ¡La Virgen del Carmen, protegeme, señora mía! Virgencita del Carmen, protegeme, quería rezar, pero no recordaba de ninguna oración. Se me cayó un zapato, y ese Pedrito que andaba por allí. ¡No quiero acordarme!

     -¡Qué susto, Dios mío, ese Flaminio, qué terrible!

     -Y don Eusebio, ¡qué sereno!

     -No vino mi hermano. ¡Dónde habrá quedado, Dios mío!

     -Ni Manuel, ¡para qué habrá venido!

     -No se preocupen, no había pasado nada.

     -Vamos a prender una vela.

     -A la Virgen de Itá Cuá.

     Del camión bajó Clara y al despedirse de todos, fijó una mirada larga en Eusebio, pidiéndole con ella perdón por la culpa vaga que remordía su corazón ingenuo. Mas, el varón aún ardía con el ímpetu arrogante de la fuerza. Atrás, melifluos sentimientos. ¡Atrás aleteos del amor de cándidas plumas! ¡El ardor del coraje es gélido: contacto del acero!

     No comprendió la mirada y la dejó ir impasible, fosco en su orgullo. Había probado a todos que aceptaba la ley de la selva y que la sangre ennegrecida no le causaba femenino horror.

* * *

     Con don Julio entraron en la casa vacía y a la vista del flaco almacén, sonrió entristecido al saber cierto que en días más, hasta las ratas enjutas percibirían el cambio sañudo de suerte. Sus pocas cosas reposaban en el abandono limpio en que las había dejado Aníbal.

     Un grueso leño arropado de cenizas guardaba en el seno el ascua adormecida. Se alargaba la sombra clara del alero; unas gallinas semblanteaban al amo con un ojo, de medio lado, en talante de requerir la omitida ración del día, y plácidos bovinos, se apacentaban en el rico herbaje del patio doméstico, cuyo cierre ineficaz habían burlado.

     Fatigado de su carrera, empezaba a empurpurarse la faz del sol; el don del silencio diluía la grávida consistencia de las emociones, e iba fecundando el ágil pensamiento.

     Nadie puede decir de antemano como reaccionará su cuerpo ante el peligro; el paso de la prueba con serena parquedad, llenaba de orgullo su yo confidencial, y con callada continencia, esperaba que el sorbo largo de su amigo terminase por desatarle el juicio apetecido.

     Al fin resbaló la pausa:

     -Ha estado usted, bien amigo, ha estado usted, bien.

     -Gracias, don Julio; pero hubiera preferido no tener que estar bien... no haber tenido que hacer lo que hice.

    -Amigo mío: es tan vano decir «hubiera preferido», «hubiera querido»... En nuestras manos está únicamente querer el futuro con sentido moral; tomar las cosas como son, pero influir para que en adelante sean como deben ser. ¿Qué más quiere usted?... ¿Póngame un poquito, quiere?

     -Aquí tiene... ¿un poco más?... «Hubiera querido.» ¿Se ha fijado usted, que todo o casi todo lo que «hubiéramos querido», es bueno, o es justo, cuando menos desde nuestro punto de vista? Es una especie de acto de contrición permanente, una sentencia indirecta sobre el pasado, un propósito de enmienda y, con perdón, una lágrima sobre una esperanza fugitiva.

     -Una lágrima sobre una esperanza fugitiva... y también, una alternativa perdida, un motivo de duda, un interrogante que no será develado jamás. Eso es lo que, a usted, le tortura. ¿Y por qué? ¿Para qué? ¿Conoce usted el cuento del viejo chino a quien se le perdió un caballo? ¿...No? Pues se le perdió un hermoso caballo y los vecinos vinieron a decirle: «ésta es una desgracia». Respondió impasible el chino: «Vosotros, ¿cómo lo sabéis?» Al cabo de un tiempo volvió el caballo, mas le seguía una tropilla de potros alzados. «Sois muy afortunado», vinieron a congratularle los amigos. «¿Y vosotros, cómo lo sabéis?», contestó el viejo.

     Pues, justamente, queriendo domar uno de los potros cerriles, su único hijo cayó y se quebró una pierna. «Ésta es una desgracia», le dijeron. «Vosotros, ¿cómo lo sabéis?», replicó de nuevo.

     Poco después una comisión militar venida de Pekín alistaba soldados para sofocar una guerra civil. El mozo lisiado no pudo ir. «Sois muy afortunado», una vez más le dijeron los vecinos. «¿Y vosotros cómo lo sabéis?», imperturbable contestó el chino...

     Cuando calló don Julio, Eusebio sonreía vivificado por el flujo intelectual.

     -¿Fumaba opio el chino? -preguntó.

     -¿Y usted, no bebe alcohol? ¿No vino usted a la selva...? ¿Por qué se tortura tanto? ¿Por qué cada acto es para usted, una encrucijada? Amar la vida: sus glorias y sus penas. Dejarla manar natural, querer lo que puede darnos. Saber renunciar a aquello por lo que no se lucha; olvidar lo que no estamos buscando. Buscar en la vida algo que sirva de fin, de objetivo. Para que sea permanente, debe ser natural, claramente perceptible, moralmente aceptable y, sobre todo, justo. Los que viven para algo, dudan por filosofar...

     Entonces oyeron llamar a la puerta.

* * *

     Cuando el señor Alcalde se enteró de lo ocurrido, requirió un cigarro, mandó ensillar su trotona, calzó las botas, ciñose el talabarte, enfundó la pistola y ordenó el apresto de dos números de guardia para su escolta. Algo había que hacer deprisa para sosegar «la lengua de la gente» y mantener el sagrado principio de «autoridá».

     Bien sabía que estaba allí para proteger el comercio, la industria, la ganadería y para regodearse con la prosperidad de las fuerzas vivas, que derramaban sobre él sus dones.

     ¿Apresar al Mayor? ¿Pero qué, quién piensa en ello? ¡El Mayor, un ex combatiente glorioso de la guerra del Chaco, con tantos compañeros de remesa en pleno mando! ¡Hombre, dónde estamos!

     Y Flaminio, el generoso Flaminio, el lanchero dadivoso, el armador opulento, el comerciante emprendedor, el amigo servicial, ¡ca...! ¿dónde estamos?

     Don Eusebio, un joven talentoso, ilustrado, discreto, óptimo para redactar notas difíciles, para indicar cómo se escribe un sumario sin andar diciéndolo por ahí... comerciante generoso, muy amigo del Mayor, y el Mayor y sus amigos con excelentes relaciones en el Ministerio... «¡Salute, que affaire!».

     Al llegar a casa de Eusebio, el cigarro, usurariamente urgido por sus meditaciones, le quemaba el híspido bigote y sus ojos negros, enérgicos por adaptación al cargo, se perdían en los mogotes lejanos, con la quieta opacidad de los reversos.

     -Adelante, señor Alcalde.

     -¿Parece que tuvimos farra, no?

     -¡Mal haya! ¿Qué le sirvo?

     -Nada, estoy de servicio -excepcionó solemne, bajando la vista para no ver algún imprudente gesto de duda-. Así es cuando falta la «autoridá».

     -Es verdad.

     -Es «verdá».

     Los ojillos del señor Alcalde discurrían por la habitación y el contiguo despacho pidiendo a las botellas, a los garrafones pletóricos, a las damajuanas henchidas, al pipón resudante, una onda de calor que le encendiera una idea que le señale el atajo para salvar el principio, sin el naufragio de nadie tan principal, ni de su propia persona, principalísima.

     -Yo no quiero perjudicar a nadie.

     -Hace bien -corroboró don Julio.

     -¿Y los heridos?

     -Se sabe quienes tienen responsabilidad.

     -¿Y el escándalo? ¿Y la provocación? ¿Y la agresión a mano armada? ¿Y las vías de hecho, con garrote?

     -Con chicote, don...

     -Peor, hay más «calidá».

     Se enderezó en la silla, picado por la contradicción, mirando desde lo alto, como si repentinamente se hubiese tragado la espada de la Justicia.

     -¡Caramba! ¡Si hay causa para podrirse en la cárcel! O cuando menos para aserrarme madera, terminar la alcaldía y la casa para el Alcalde, carpirme la chacra, limpiar el patio y etcéteras y etcéteras.

     -Amén -por lo bajo se acoquinó don Julio.

     Mas, el señor alcalde ya se apeaba de Clavileño para retomar su flaca trotona.

     -Claro, si no estuviera en la Alcaldía un amigo de ustedes, como yo... ¿Todavía no vino mi Mayor?

     -No lo vimos.

     -En fin, ya veremos -suspiró de consuno con la silla al levantarse y sin mirar ni objetos ni a sujetos, continuó-: y ahora que veo, mándeme una damajuana con guaviramí, don Eusebio ¿y ese poncho que está sobre la cama, está en venta?... bueno, también ese poncho... también unas latas de sardinas, picadillo y cornebé, y apunte.

* * *

     -Madre, hay mucho rocío.

     -Sí, hijo, lloran las estrellas.

     -¿Por qué lloran las estrellas?

     -Porque ha muerto el Urú, ¡y no hay en el mundo quien lo llore!

     La mujer y el niño se perdieron en la noche empapados en la vaga pesadumbre de un mismo dolor presentido.

     ¡Noche: tu misterio callado y apacible cuaja el sentimiento de la pena universal!



CAPÍTULO V

LA HUIDA

     Había descansado un rato cuando unos ligeros golpes en la ventana lo despertaron. Sobreexcitado como estaba, lo primero que se le ocurrió fue que Flaminio venía a buscarlo para un encuentro definitivo. Sin contestar, cogió el revólver y se deslizó hasta una hendija para ver de quién se trataba. Cuando pudo distinguir en las tinieblas... ¡reconoció a Clara!

     -¿Qué querés, Clarita?

     -Don Eusebio, quiero hablar con usted

     -¿Con quién viniste?

     -Sola.

     -Ya abro.

     Cuando abrió, miró el firmamento y constató que Sirio había cruzado su cenit; era pues, muy tarde.

     -Entrá Clarita. ¿Qué te pasa, hija mía?

     La vio titubear en la puerta y sus contornos ceñidos se dibujaron contra la velada claridad de la noche.

     -Un momento, voy a encender la luz.

     -No, don Eusebio, sólo vengo un ratito... me voy.

     -¿Te vas? ¿Dónde? -le tomó de las manos, las sintió ásperas; huyó de esta sensación subiendo, leve, por los brazos prietos.

     -Sentate aquí.

     -Me voy, don Eusebio.

     -¿Pero adónde vas, decime a qué?... -iba a decir: «a qué viniste», pero un golpe de instinto atajó sus palabras; le pareció estúpido e inhábil pedir hasta esa declaración. Era patente para qué había venido y el impulso de su actitud de días pasados, por un momento le hizo bajar las manos.

     -Vine a decirle que mamá me manda mañana con Flaminio.

     -¿Qué? ¿Te manda tu mamá?

     -Sí, mañana de madrugada viene a buscarme.

     -¿Mañana de madrugada?... ¿Dentro de un rato? ¿Estás loca? ¿Y vos... vos querés ir? -la cogió de los hombros.

     -No.

     -¿Y entonces, por qué te vas?

     -Porque mamá quiere.

     -¿Y te vas a ir?

     Se alejó de ella, dio unos pasos, se sintió solo, herido, falto de apoyo. Decidir algo requería tiempo. Su querer confuso chocaba en torbellinos con sus meditaciones revueltas.

     Después de un rato, cuando para él hablaba torvo el silencio, desde las sombras, tímidamente, nació la voz:

     -Déjeme con usted, yo le voy a cuidar el almacén, voy a tener limpia la casa, me voy a ocupar de que haya leña, en el cántaro agua nueva y fresca que iré a traer del manantial. Por las mañanas, el mate va a estar siempre espumoso y caliente; su ropa lavada y planchada y la voy a guardar con jazmines que voy traer de casa de doña Candé...

     -¿Me querés?

     -¡Déjeme con usted para siempre! ¡Haré lo que quiera, no me quiero ir!... Ya soy grande y sé hacer de todo: he trabajado desde muy chiquitita; la comida no se me quema y sé ponerle sal; déjeme usted para siempre. Mamá se va a enojar, pero después, cuando vea que ya estoy para siempre, va a perdonarme.

     -¿Me querés?

     -Aníbal le saca cigarrillos y fuma detrás de la casa; los otros días, cuando usted no estaba, él se puso a jugar con el revólver y también revisa los libros para ver figuras.

     -Decime, ¿me querés?

     -Si yo vengo para siempre, él podría irse, yo sola puedo cuidar la casa. La ropa va estar bien limpia, bien cosida y con olor a jazmín -reiteró.

     -Contestá, decime, ¿querés ser mi mujer?

     -¿Su mujer, su compañera?

     -Sí, mi compañera.

     -Si usted quiere, sí, don Eusebio; yo me quiero quedar con usted para siempre.

     -No llores, niña mía querida; sí, conmigo te quedarás para siempre... ¿por qué llorás?, decime ¿por qué llorás?... a ver, levantá la cabeza, ¿me oís?, ¿por qué llorás?...

     -No sé..., pero me da mucho gusto... ¡su compañera!

     «¡Virgen impoluta, guardaría tus lágrimas en un labrado relicario para conservar en mi vida una substancia purísima de amor! ¡cuajado sentimiento, liquida alma, verdad del corazón! La estrella pensativa donde se citan los amantes que están lejos, bebe de estas lágrimas la dulce melancolía; de esta fuente lleva el aura la emoción al paisaje inanimado y por tal virtud, las tardes otoñales maduran la añoranza del hogar lejano.»

     ¿Dónde fue a dormir el tiempo? Cuando emociones fuertes se suceden en un plazo breve parece que no es una continuidad que pasa: es un acontecer a saltos. De una cúspide a otra, entre ambas, nada más que olvido.

     Así, Eusebio recordó de pronto que, dentro de pocas horas, tal vez dos o tres, Flaminio iría a buscar a Clara, que ésta no sería encontrada en su casa, que vendrían con toda seguridad allí; que se produciría otro alboroto; en el pueblo el despecho del pretendiente burlado, las reclamaciones de la vieja bruja, las bromas de los amigos y otras cosas más. Dio importancia considerable a todos estos supuestos, aunque bien sabía que en esos lugares nadie hacía alharaca porque un hombre llevase o tomara en cualquier forma una mujer.

     Puso nervios a su cuerpo laxo de deleites e impetuosamente, saltó del lecho. Debía huir a cualquier parte, ir, perderse, «hasta que el pensamiento recobre su equilibrio», se dijo y su resolución le produjo nuevamente el gozo de la inminencia de la acción.

     -Clarita, levantate, vamos.

     -¿Adónde? -No sé, vamos a Embalse, vamos al Brasil.

     -¿Ahora mismo?

     -Sí, ahora mismo. Escribiré una carta al Mayor... le dejo el almacén a tu madre.

     Encendió la lámpara, cogió un lápiz y nerviosamente escribió unas líneas. Entre tanto, Clara, con la naturalidad de una mujer dispuesta a seguir a cualquier parte a su hombre, sacó unas ropas, las envolvió en dos ponchos, y se movió por la casa empacando los objetos indispensables, como si otra cosa no hubiese hecho en su vida.

     Después se le unió él; tomó sus armas, buscó todo el dinero que tenía y una serie de vales y giros y los guardó. Luego, al abrir más a fondo un cajón, detuvo su mano irresoluta sobre el paquete de cartas.

     Lo acercó a la lámpara como si no lo percibiera mejor con los ojos cerrados y su pulso tembló: ¡era tanto su peso!

     -¿Te estoy traicionando..., o me estoy traicionando? -dijo entre dientes para sí.

     -¿Qué dice? -preguntó Clara.

     -Que como no hay tiempo de quemar esto, la arrojaremos al río.

     -¡Vamos!

     Buscó después rápidamente la carta de Óscar, la miró un rato y la arrimó a la llama. «En realidad huyo de ustedes, ¿no es así?». Vio retorcerse el papel al arder y aún pudo leer: «lo único que puede resolver esto es el tiempo». Recordó las palabras de Margot y sintió nueva prisa por huir.

     Arrojó el papel, aligerado por la llama y volviéndose, ordenó, lacónico:

     -¡Vamos!

     Salieron los dos, dejando abierta la casa cuya puerta mecida por el viento gimió dolorosamente su soledad.

     Bordeando el pueblo, se dirigieron hacia el camino que debía llevarlos a Embalse, a unos kilómetros del lugar. Pensó que allí encontraría con facilidad quien los hiciera pasar al Brasil. No fueron directamente al puerto del pueblo porque allí estaba la «Marfisa».

     Ya entraban en el bosque cuando Eusebio se detuvo asaltado por una repentina idea.

     -¿Y tu ropa?

     -No traigo nada.

     -Oh, mujercita admirable, ¡ni la has mencionado por seguirme!

     Dejó un momento en el suelo el equipaje, la tomó en sus brazos y la besó largamente y aún en la oscuridad, notó la alegría femenina por el sacrificio reconocido.

* * *

     Prosiguieron su camino sin hablar y serían las tres cuando salieron al poblado. Sin detenerse, dirigiéronse hacia la barranca para buscar el bote que los llevara a la otra orilla. Ya había algunas luces en los ranchitos de los obreros levantados antes del alba.

     A pesar del cuidado por no llamar la atención, algunos perros denunciaron su paso. Pudieron encontrar, al fin, la senda que bajaba el repecho y con trabajo, descendieron la pendiente en la oscuridad.

     Allá, en el fondo, estaba el remolcador; «en todo caso, esos nos harán pasar», se dijo. En el barco ya había actividad; la chimenea chisporroteaba alegre y los tripulantes a la luz de varios faroles tomaban mate. Cuando llegaron, preguntó si podía subir.

     -Ahí está la planchada -le respondió alguien.

     Subió: Clara se sentó a esperarlo en la playa. Estaba cansada y dolorida, pero un goce interior intenso, desconocido, puro y sin ninguna idea que le hiciera sombra, acariciaba todo su ser. Esa inquietud, ese querer sin saber qué quería, aun intuyendo lo que sería; esa angustia, las heridas de la indiferencia y de la incomprensión -de golpe-, en una forma inesperada se habían desvanecido para siempre. No podía comprender qué era, pero su cuerpo cansado tenía, despedía dicha, y sus manos enlevecidas acariciaban sus pechos palpitantes, los muslos laxos, el fino cuello doblado, pareciéndole que podía palpar esa sensación extraña, desconocida, pero tan infinitamente dulce.

     -¿Está el patrón? -preguntó Eusebio tentando la cubierta resbaladiza.

     Con alegría lo reconoció: había estado en el pueblo. Mas, apenas le formuló el pedido de que lo pasara al otro lado con la canoa del barco, cuando ya se sintió descubierto.

     -¿Está robando a esa mujercita, don Eusebio, eh?

     -No, patrón, si ella ya era mi mujer.

     -Cuando fui a Panambí durante el viaje pasado, hace veinte días, todavía no lo era... -lo miró fijamente a la luz del farol. Después, prorrumpió en una carcajada-. Mire, don Eusebio, es para ayudarle, ¡qué embromar!

     Quedó perplejo, sin saber a punto fijo qué actitud asumir.

     -Bueno, si quiere que lo mande al otro lado, lo mando, pero si lo que usted quiere es desaparecer... yo le propondría otra cosa.

     -¿Qué cosa, patrón?

     -Vamos conmigo; yo lo dejo en algún puerto río abajo.

     -¿Cuándo salen ustedes?

     -Ahora mismo, con la jangada -volvió a reír, palmeándole la espalda-. ¿Y ahora qué me dice, que era su mujer? Alce sus pilchas y vamos.

     Se sucedieron las órdenes y aún en las tinieblas, los marineros, ya portando o izando un farol, ya aclarando cables, ya en trajines incomprensibles, corrían por las barrancas o sobre la negra almadía que en esa hora no era más que una mancha obscura sobre la tersa superficie del agua. Después, un largo y doloroso chirrido, dura fricción de mil troncos mutilados, indicó que la balsa se movía. Lentamente fue tomando el canal. Algunas figuras se destacaban contra la masa negra y rotunda de las barrancas, donde fulgían y se apagaban pequeñas luces al ser interceptadas por densas masas de vegetación. Las estrellas brillaban aún con todo su esplendor y ya habría salido el lucero, que no era visible, porque este río encajonado es avaro en sus horizontes.

     -Vamos a tener un lindo día... Hubo mucho rocío y las estrellas no titilan -comentó el patrón-, con tal de que no nos sorprenda algún banco de niebla.

     Tirando de la enorme balsa, el remolcador parecía un barco de juguete y los hombres que corrían saltando sobre los rollos de madera, eran imprecisos fantasmas móviles en la obscuridad del momento.

* * *

     Amaneció un día radiante cuando ya habían pasado Foz do Yguazú y Presidente Franco. Poco después, el patrón llamó a Eusebio para convenir el lugar donde los dejaría.

     -¿Qué le parece si lo bajo frente a Bemberg? Después ustedes cruzan y ya está.

     Rechazó de inmediato la idea. Se dijo, aunque sabía que se engañaba, que para él ocultarse era esencial.

     -No, patrón, me gustaría ir a un obraje a buscar trabajo.

     -¿Pero usted sabe lo que es eso, don Eusebio?

     -Ya he estado antes.

     -¿Trabajando en el monte?

     -No.

     Se le quedó mirando un rato sin decir nada, como si presintiera la existencia de un drama interior.

     -Si quiere, lo bajamos en Paranambú.

     -¿Habrá algo que hacer allí?

     -Sí, creo que sí.

     -¿Cuándo llegamos?

     -A la tarde.

     Después, se le ocurrió ir a la jangada y acompañado de Clara, subieron a la canoa. Ya al apartarse del remolcador, sintieron como la vibración y el estrépito de las máquinas se apagaban con rapidez. Cuando llegaron a la balsa se percibía únicamente el murmullo del agua revuelta por la hélice. Bajaron temerosos pisando con cuidado los movedizos rollos, ayudados por los marineros y caminando sobre las vigas transversales llegaron a la pequeña carpa, a cuya vera se sentaron sobre unos tablones colocados allí como piso. La jangada de un mil doscientas vigas y rollos, amarrados uno al lado de otros con alambres y cables de acero, con un peso bruto que llegaba a las tres mil toneladas, se anexaba zonas de hierbas acuáticas que crecían sobre la acumulación de barro depositado por las aguas. Navegando, parecía una baja isla flotante de geométricos contornos, que en esas alturas ocupaba gran parte del cauce del río.

     Los hombres tornaron a sus obligaciones. Clara y Eusebio quedaron solos, como flotando en una nube de silencio. No había señal alguna que revelara esfuerzo. Se tendieron, dando espaldas al barco, haciendo desaparecer la única percepción de marcha, ya que el correr de las aguas no se denunciaba en otra forma.

     El paisaje de las barrancas casi perpendiculares, simulaba telones movedizos y oscilantes. Ora iban hacia atrás, de pronto parecían detenerse y vacilar, para después seguir de nuevo.

     El verde en todos sus matices... De cuando en cuando, copudos árboles con flores amarillas, anaranjadas, rojas o lilas; altos bambúes que cimbreaban, agitando su penacho de hojas como panderetas al compás del viento. Escuchando muy atentamente, una levísima música de follaje, y arriba, unas pocas nubes blancas, para hacer contraste con el iluminado azul del cielo.

     «Pero esto es un sueño, o es la paz -se dijo-. Nunca hubiera creído que el silencio y la suavidad participaran tan profundamente de la idea de la paz. Aquí no se debe agitar el pensamiento; dejar que todo ocurra, que todo llegue solo en la fantástica armonía de esta laxitud. Cualquier cosa que se piense o que se observe, está de más. Llenar todas las sensaciones de estos contornos oscilantes, no buscar la emoción, el sentido de lo patético. Ver este paisaje como una acuarela plana. Abajo no hay nada, nadie vive, nadie sufre, nadie lucha. Esto no es indiferencia, es algo completamente raro; la sensación del acatamiento completo a la naturaleza. Esto es vivir porque sí y ser dichoso porque sí; no puede durar... no puede durar, lo sé. Un momento, sólo un momento más, ¡oh, imágenes queridas, oh recuerdos queridos, no perturbéis mi paz!».

     Recordó y comprendió de pronto a Fausto que quería decir al instante fugaz: «Detente, ¡cuán bello eres!».

     Clara, apoyada sobre el codo, lo miraba con cariño. Mientras él trataba de absorber para sí lo universal de un punto, ella se miraba simplemente en sus ojos.

     Después, como siempre, del paisaje volvió a la mujer.

     Le palpó la mejilla con ternura y la compadeció por haber gozado, sin ella, a su lado.

* * *

     Hacía rato que habían avistado un pequeño objeto que cruzaba de un lado a otro el río. Era claro que se trataba de una canoa, pero no seguía en forma permanente el canal como hubiera sido más fácil hacerlo bajando las aguas; por el contrario, entraba y salía en los remansos de una y otra costa.

     -Debe ser algún pescador.

     -O un mensú borracho.

     Cuando el convoy iba a alcanzarlo, se dirigió directamente al remolcador. Era un viejo enjuto, calvo, desnudo de tronco, y corta barba emblanquecida.

     Atracó con un golpe de proa, tiró con estrépito una cadena a cubierta y alguien, de prisa, la amarró a un «candelero».

     Sus manos sarmentosas estiraron la baranda, dándose un violento impulso y con insospechada agilidad, se plantó en el barco, los claros ojos desencajados, la elevada frente remangada sobre las cejas duras y el pelo de su pecho domeñado por ríos de sudor. Antes de hablar a nadie, escudriñó, acucioso, las riberas hablando para sí un entrecortado soliloquio. Las mejillas chupadas, la desdentada boca se movían porque sí; la nariz afilada y trasparente se ahilaba en su montaje, esbozando el infalible signo de muerte.

     -¡Mi hija! -prorrumpió de pronto-, ¿no vieron el cuerpo de mi hija?

     -Un momento, don Juan, ¿qué le pasa? -preguntó el patrón.

     El anciano era un poblador de la isla Paranambú que vendía frutas y aves a los barcos. Tenía una nieta huérfana de doce o trece años que vivía con él, los dos completamente solos.

     -Mi hija, patrón, ¿no vieron a mi hija que se ahogó?

     -¿Dónde?

     -Ayer, en Bemberg. La dejé en la canoa, y cuando volví no estaba... se habrá caído... nadie sabe nada. En la canoa, ahí está, quedaron sus zapatos viejos, ¿ven? Los zapatos viejos, el pirí con barbijo y esas ropitas. Cuando volví, esperé un rato, después pregunté por ella. ¡Nadie sabía nada! «¡Rosita!», grité, «mi hija Rosita» ¡Nadie... nada! No me contestó y pensar que ella también habrá gritado llamando a su tata viejo... ¡y que yo no estaba allí! Yo no estaba allí cuando se moría mi hijita, mi Rosita. Me habrá llamado arriba y abajo del agua y se habrá muerto buscando mi mano... ¿Qué me queda ahora? Ahora busco su cuerpecito que estará jugando prendido a un raigón, frío y sin ánima; su cuerpecito que calentaba mis huesos viejos. Ahora busco su cuerpecito para enterrarlo con mis manos viejas, para hacerle una cruz, un nichito y morir a su lado. -Se detuvo hipando un sollozo. Volvió los ojos humedecidos con pudor anciano y al mirar una cercana cala, se exaltó de nuevo-: Allá, allá hay un bulto, ¡miren por favor!, yo no veo bien.

     -Es un raigón... cálmese, don Juan, aquí tiene un trago.

     -¿Un raigón?, pero enredada en el raigón puede estar ella... gracias -devolvió la botella-. Si la ve, la recoge, patrón, no se ha de arrepentir de haberme hecho esa caridad.

     Antes que nadie pudiera decir otra cosa, ya había subido al bote y lo libraba de su amarra.

     -Este viejo se va a volver loco... va a morir también por ahí.

     -Ya está cerca de su casa, en la Isla.

     -Quién sabe si la hija no se fue con algún señor mensú.

     -¿Iba a dejar sus zapatos?

     «La paz es un instante y un lugar -se dijo Eusebio-. ¿Quién pudiera imaginar que allí muy cerca, a pocas horas del lento andar de la jangada, habría un dolor capaz de enloquecer?».

     Ni podría prever que este hecho completamente ajeno a su vida, después trascendería en ella.

* * *

     Ya al atardecer, la canoa del remolcador los dejó en una empinada playa de arena, donde no se veía a nadie. Subieron con dificultad; mas, pronto divisaron un par de casitas de madera, habitadas.

     Allí se dirigieron. Una mujer que usaba pantalones largos bajo las faldas, y varios chicos, eran sus únicos ocupantes en el momento.

     -Buenas... ¿ésta es la casa del puertero?

     -Sí, pero él está en la planchada.

     -¿Cuándo ha de venir?

     -Dentro de un rato, ya es hora. ¿Por qué no se sientan? -les dijo, señalándoles un banco.

     Siguió la mujer con sus quehaceres. El ataque de los mbarigüís era en ese momento inaguantable. Clara defendía, ineficaz, sus piernas desnudas y al advertirlo él, sacó de entre sus ropas un pantalón para que se lo pusiese.

     Ya el sol alumbraba solamente la barranca opuesta, cuando llegó el puertero.

     -¿Qué lo trae por aquí, amigo?

     -Me dijeron que aquí había trabajo.

     -Sí, ¿pero con qué barco vinieron?

     -Con el remolcador.

     -Ah... ya enseguida vamos a ver al administrador. Es un poco tarde; pero debe estar todavía.

     Habló un rato con la mujer y después invitó a Eusebio a acompañarlo.

     Fueron subiendo muy lentamente la rampa de arena, hasta un camino que registraba huellas de camiones. Siempre ascendiendo, caminaron cosa de un kilometro y medio por una picada. El hombre quería saber noticias, cuales eran las novedades, por cuales puertos había estado antes; si se acordaba del precio de la harina en el puerto tal, el de la grasa y el cornebé en tal otro; si cuanto se ganaba por metro cúbico, por corte, por transporte o por embalse de madera; si cómo eran los pagos, si el fierro llegaba oportunamente, o todo eran vales, como allí.

     -Ah, una cosa -le advirtió antes de llegar-, ¿trae caña?

     -No, no tengo.

     Lo miró implorándole complicidad.

     -Bueno -agregó por fin-, si no trae no hay nada; pero si tiene algunas botellas por allí, debe esconderlas porque se las van a quitar. Aquí no se permite bajar caña.

     Llegaron a un grupo de casitas de madera, a cuyo alrededor se había raleado el bosque. Había dos más grandes, una de ellas tenía un letrero. «Proveeduría», pintado con letras irregulares. La otra casa era la Administración y Contaduría.

* * *

     Un grupo de peones formaba círculo ruidoso alrededor de la proveeduría, en tanto que otro se ocupaba de sacar al exterior bolsas y el contenido de los estantes para efectuar una limpieza.

     Causaban la algazara cuatro indios guayaquíes, retacones, de pelo rojizo y tez cenicienta, cubiertos con desmañados taparrabos, que puestos al acecho ante las puertas de la casa, se daban el gran festín, chupándose por el ano, hasta dejar seca la piel, cuanto ratón se viera forzado a salir.

     -Dos cuartas naco por Flamarión.

     -Dos por una le acepto; ése ya es muy «acristianao».

     -¿Cuál es su gallo?

     -¡Mariscal es mi gallo!

     Los de adentro azuzaban las ratas para que escapasen hacia afuera y apenas trasponían la puerta o la ventana, los indios se arrojaban sobre ellas, incitados por la codicia del bocado exquisito y la grita del peonaje.

     El cazador victorioso levantaba en alto su víctima para que los otros se apartaran, y así, vivo el animal, aplicaba sus gruesos labios al orificio posterior y chupando con energía, con diestras presiones de los dedos, dejábalo todo reducido a piel insubstancial.

* * *

     Sobre la mesa del Administrador, una pistola restaba calor a toda bienvenida. Era hombre membrudo, de cabellos ralos, mandíbula cuadrada y boca fina.

     -¿De dónde viene?

     -De Pirá pytá -mintió.

     -¿Cómo se llama?

     -Eusebio Benítez -mintió de nuevo ocultando parcialmente su nombre.

     -¿Qué hacía allá?

     -Tenía chacra.

     -¿Qué sabe de obrajes?

     -Nada.

     -¡Salute!... en fin, si sabe hacer rosados, sabrá tumbar árboles. Bueno, va a ir a los cortes. ¡Don Juan!... -llamó-. Mande este hombre a Cristaldo.

     -Dé la vuelta a la casa por allá -dijo el contador, indicando el camino con la mano.

     El escritorio del contador era amplio y aireado; las ventanas protegidas con tela metálica. Allí trabajaban también dos auxiliares. Eusebio entró hasta una baranda que limitaba la sección de los escritorios.

     -¿Su nombre? -volvió a preguntar el contador con voz monótona y sin mirarlo. Escribió, suspirando, en una ficha. Continuó después un largo interrogatorio sobre antecedentes personales-. Esto es para esa porquería de Previsión Social -comentó al fin-; un sacador de plata completamente inútil y un trabajo bárbaro; es para que engorden cuatro mediquillos sin clientela, de Asunción... y bueno, que vamos a hacer, ni en el monte puede uno estar tranquilo.

     Cortó un pedazo de papel y escribió unas líneas.

     -Bueno, a la una y media salen los primeros camiones; tiene que ir con esos. A las ocho y media más o menos, salen para el segundo viaje; también puede ir con esos; así se mete en la picadilla con luz, usted que no conoce. Ah, otra cosa, el puertero, ¿no firmó recibo por usted?

     -¿Recibo a quién?

     -Al barco.

     -No, señor.

     -Mejor, quiere decir que usted pagó su pasaje. Muy bien, entonces no va a empezar debiendo mucho.

     -Yo quisiera alguna ropa para mi mujer.

     Lo miró desconfiado.

     -Un vestido... por lo menos dos pantalones rectos, con blusas, alpargatas -los ojos del contador casi se abrían completamente mientras seguía la enumeración.

     -¡Pero qué esperanza! Eso es mucha plata... Aquí se le puede abrir cuenta hasta cien guaraníes, para la aprovistada de una semana, y algunas cositas. Cualquier cosa, pasando esa suma, solamente con la orden de Cristaldo, el habilitado y por cuenta de él.

     -Pero, señor...

     -No, mi hijo; no hay caso, usted sabe cómo es la gente por acá... se llevan una cantidad de cosas, deben una punta de pesos, se van como para trabajar y después desaparecen. Ahora no es como antes, ¡puf!, hay gente que vive cambiándose de puerto en puerto... van a la Argentina, clavan allí a unos cuantos... después vuelven, ya con otro nombre, y así. Como siempre falta personal, se les toma de nuevo. Para los altoparanaceros no hay anticipo, ustedes son muy baqueanos.

     -Pero yo tengo un poco de dinero, señor.

     -Ah, eso es diferente. Vamos a abrirte una cuenta por cien guaraníes y lo que falta, lo pagás.

* * *

     Al día siguiente, los bajaron a la entrada de una picadilla y el convoy siguió viaje.

     -Bueno, dicen que debemos caminar unos cuatro kilómetros; ya me hacía falta caminar; todavía tengo todo el cuerpo dolorido de nuestra cama de anoche. ¿Y vos? -Habían dormido en el suelo.

     -Yo estoy bien -respondió Clara. Vestía blusa y pantalones; parecía un joven paje de comedia antigua, con la melena lacia hasta el medio cuello.

     Las picadillas que empalman con la picada maestra, son angostas por lo general y no permiten el tránsito de autovehículos, salvo los tractores que todavía no son usados comúnmente. Allí, las profundas huellas de los carros montados con alzaprimas, dejan la cicatriz primitiva de sus herradas llantas. Las ramazones se entrecruzan en lo alto, atrevidas, lujuriosas, tirando de la savia subterránea para subir y apropiarse de más luz, dejando a sus abatidas congéneres los restos servidos de sus sombras. Uno que otro apagado rayo de sol motea la tierra como mariposa amarilla que va perdiendo el color después del celo.

     Era la hora de los pájaros que en bandadas invisibles, ya próximas, ya lejanas, cantaban la alegría de vivir allí donde el hombre no ha podido aplicar la geometría devastadora de su pensamiento. Todo en matices y contrastes, todo en formas diversas, en adaptación permanente, dentro de la libertad que otorga la naturaleza; ni una línea recta; jamás un círculo perfecto; todo desigual y variante; nada como fruto de la abstracción: la vida y la necesidad de vivir, retorcida, atormentada... ¡con su color, con su flor y con su muerte!

     Eusebio, educado solamente para el ejercicio intelectual, aun cuando ya hubiese bordeado la selva, percibió en el acto un ambiente hostil a sus hábitos: murmullos no conocidos; una grávida sensación de soledad, de temor y en el desamparo cierto, se reconfortó por instinto, contemplando el sosiego de su débil compañera.

     Caminaba con fatiga, demasiado vigilante para estar atento. El barrizal seco, tajado y retajado de las huellas, no permitía el paso acompasado. Los brazos retraídos por la carga no eran eficaces para el equilibrio. Las ramas bajas del follaje le golpeaban la cara y un vórtice de insectos infatigables, zumbadores y voraces, buscaban el área descubierta, la parte de la ropa adherida al cuerpo por efecto del sudor, para saciar su hambre en esta piel fina, aún no curtida.

     ¿Pensar? ¿Comparar? ¿Prever? Imposible. ¡Adaptarse, avasallado, era la ley!

     Había pasado la media mañana cuando llegaron a un lugar donde, talada la espesura baja, el bosque clareaba. Bifurcábanse las huellas, y muy pronto dos perros flacos, sucios, saliéronles al encuentro, ladrando poco y gruñendo con selvática ferocidad.

     Tras un palenque tosco, dormitaban una mulas agrupadas para protegerse mejor contra la nube de insectos. Un carro levantaba su pértigo roto, patente excusa de la holganza y acreditaba el anterior esfuerzo con las ruedas cubiertas de barro hasta los cubos. Un amontonamiento de tacuapí aseguraba forraje para las bestias y encima, las viejas coyundas que habían servido para el transporte. De la horqueta baja de un árbol pendían gruesas cadenas y al pie, tirados, dos o tres bujes de hierro. En varias ramas, los ásperos arreos para enganchar las mulas; de un alambre, unas pocas cecinas tiesas; más allá, una olla humeante sobre un fogón, en el suelo. Y después de mucho mirar, un par de bajos e improvisados ranchitos de pindó, montados sobre retorcidas varas.

     -Buenos días... buenos días... -repitió Eusebio, dando a la voz la entonación quejumbrosa y larga del saludo campesino.

     Únicamente los perros erizados y las mulas con una oreja hacia la voz, acusaron su presencia.

* * *

     Al cabo, de entre las matas, por una senda casi borrada, apareció una mujer de mediano porte, busto consumido, anchas caderas desdibujadas, que traía una lata de agua sobre la cabeza. Calzaba alpargatas y medias de hombre subidas sobre los pantalones; encima, un vestido sucio de mangas largas. Parecía anciana: el cutis moreno, arrugado, tenía el fondo amarillo verdoso de las naranjas pintonas. El labio leporino daba una perspectiva lateral más ancha a la nariz roma. Sólo le quedaban las ennegrecidas raíces de los incisivos y por el obscuro orificio así formado, la lengua le acompasaba el huelgo, entrando y saliendo porosa, seca, del color de la frutilla pasa. Negros los ojos y negro el pelo lacio que se retorcía en una larga trenza terminada en una bola maciza. Las manos ajadas, encallecidas, con granos y rasguños semiinfectados. Imposible calcular los años.

     -¿Ésta es la carrería de Cristaldo?

     -Sí; ¿ustedes vienen a trabajar? -preguntó a su vez mirando las pilchas.

     -Vengo para los cortes.

     -¿No tiene compañero?

     -No.

     -Entonces le harán trabajar con Felipe, él tampoco tiene, llegó hace ocho días.

     -¿A qué hora debe venir don Isidoro?

     -Él no tiene hora. Esta madrugada salió y no vino más. Los carros se fueron hoy al fondo, y se habrá ido con ellos... a lo mejor viene enseguida.

     Ella era la machú, explicó; es decir: la cocinera, lavandera y mujer para todo servicio. Ahora vivía acompañada con Atilio, el carrero. Su compañero anterior estaba en los cortes. ¡Puf!, los hombres sobraban allí, lo dijo con afectada indiferencia, sin mirar a Clara. Había tenido dos hijos; los dos murieron; a uno se le habían descompuesto unos granos, seguramente picaduras de mbarigüí, que antes se habían posado en alguna carroña; algunos años eran así: muy ponzoñosos. El otro murió de paludismo. El angelito se fue consumiendo, hasta que un día se acabó..., eso era en otra parte, cuando estaba en el lote cinco. Ella ya conocía todos los rincones de este obraje; hacía cuatro años que andaba por allí. Estaba contenta, el patrón la quería mucho y no la dejaba ir; había venido a la región con un hambre a los quince años y durante tres, anduvieron recorriendo puertos: Apeaimé, Delicia, Ordóñez, Ñacunday..., pero el hombre no quería quedarse en ninguna parte: empezaba a trabajar, no le gustaba más y se mandaba mudar. A ella no le agradaba esa vida. Entonces, una vez que vinieron aquí y quiso partir nuevamente, dijo que ella se quedaba. De él había tenido un hijo, el primero, el que murió de los granos malignos.

     Siguió hablando como si la soledad le espoleara la lengua. Después ofreció tereré de agua fresca, recién traída del arroyo. Sin esperar respuesta, arrimé la lata, trajo la guampa y la bombilla. Siguiendo la fórmula de la cortesía indígena, ella se sirvió primero. Al chupar la bombilla todo su rostro se adaptó a la difícil función de hacer vacío cerrando el espacio triangular del labio superior partido. Toda la parte movible de la cara se le fue a un costado; el labio inferior avanzó al encuentro de la nariz, que también se deslizó hacia abajo por Dios sabe qué milagrosos ejercicios de voluntad. Los párpados inferiores también concurrieron al préstamo de piel dejando los ojos inmóviles, raramente abiertos, mirando a ras de cejas.

     «¡Quisiera verte con la bombilla atascada!», se dijo Eusebio y cometió el error de mirar a Clara, que hacía sobrehumanos esfuerzos por permanecer seria.

     Pero al fin estallaron en descosidas carcajadas ante el asombro de la machú.

     -¿For qué se fíen?... ¿for qué se fíen? -tartajeó la mujer.



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CAPÍTULO VI

A LA SELVA

     Llegó Cristaldo ya con la noche cayéndole a sus espaldas. Su caballito hosco se revolvía sin cesar para librarse del bichaje. Era hombre fino, de agradable rostro, cuya barba crecida tomaba un color castaño sanguinolento por la untura de barro y polvo. Vestía altas botas, blusa; en el cinto llevaba las infaltables armas y en las manos un largo arreador. Saludó con voz ronca, mirando a los recién llegados y se apeó, suspirando.

     -¿Cómo estás, linda? ¿Sin novedad? -preguntó a la machú, mientras ataba por las bridas el caballo.

     -Éstos que han llegado.

     -¿Lo mandó el patrón, compañero? -Avanzó hacia Eusebio.

     -Para usted me dieron este papel.

     -Muy bien... Usted viene para hachero. ¿Conoce el trabajo?

     -No.

     -Lo de menos. Vamos a mandarle con Felipe que es viejo obrajero. ¿Ésta es su mujer? ¿Va con usted? ¡Qué linda! -sonrió-. ¡Cuidado con los arrieros!

     -Ya le dije yo eso mismo -terció la machú-, aquí hay demasiado hombres, sobran, algunas veces es como para volverse loca; no la dejan a una en paz, ni de día, ni de noche.

     -¡Pero machú! -rió el habilitado, pasándole un brazo por los hombros-, ¡eso te pasa a vos porque sos graciosa y linda! Donde vayas, siempre te ocurrirá igual. Ésta es nuestra mamá, amigo -agregó dirigiéndose a Eusebio-. Hay que estar bien con ella.

     Poco después llegaron descargados los carros, entre agudos gritos de los cuarteadores. Montando sobre una de las mulas correspondientes a cada tiro, venía uno de ellos para dirigirlas. ¡Recio trabajo para infelices niños! De la madrugada a la noche cabalgando, rigiendo el carro, gritando y azuzando bestias por sendas salvajes, entre tumbos y latigazos, comiendo apenas la ración de cebo y carne enlatada, tragando polvo, chupados por mil insectos, devorados por las bacterias. Cuántos han muerto pisoteados por las mulas, acaso una coz, una dentellada, el golpe del rollo en un tirón falso. ¡Dios nos guarde!, la caída fatal bajo la rueda implacable. Quienes salvan de este común destino, a los veinte años son viejos, con más dolor que experiencia.

     Cuando se arrimaron al fogón, sus caras revocadas de polvo rojo, se marcaban con hilos de sudor que al gotear por la barbilla, parecían gotas de sangre. Gotas de sangre aguada como podría manar de sus cuerpecitos amarillentos, débiles, atrapados por la codicia, condenados a un destino atroz. Son hijos sin padres, concebidos por el infortunio y que no tienen en el mundo un regazo sobre el cual llorar un dolor acerbo. En el fondo de sus ojos serios pareciera existir eternamente un matiz de asombro, como si algo en lo profundo les preguntase, por qué no llegaban nunca la caricia, el mimo, el beso, el alegre retozar y el aturdido juego.

* * *

     Se acostaron con el último resquicio de luz bajo el amparo agobiante del mosquitero de lienzo, y poco después de media noche, ya se fatigaba el sueño. Muy luego los carreros se arrimaron al fogón para despertar mejor con el mate, y los cuarteadores fueron sacando las mulas enfrenadas en el palenque, para disponer los carros.

     Eusebio también aprontó su breve equipo, al cual se añadía ahora un hacha, un machete y una lima. Se lo habían entregado la tarde anterior, advirtiéndole que su precio le sería cargado en cuenta. Debía partir con el convoy, bajar a la entrada de una trocha, y esperar allí al tal Felipe. Le informaron de que la provisión para la semana se encargaba los domingos, en cuya oportunidad debía venir al puesto o dar su pedido a alguno de los carreros de paso.

     Treparon sobre el eje de una alzaprima y emprendieron viaje hacia el destino final. Flotaba en el ambiente una niebla baja, en la que proliferaban hongos y miasmas, madre de una somnolencia vaga y de la imagen interior.

     Carreros, cuarteadores y bestias, marchaban silenciosos por el camino conocido, sin una luz: sólo de tarde en tarde, una vocecilla infantil enronquecida alternaba con los ejes dolientes.

     -Aquí deben bajar... allí está el pique.

     -¿Dónde?

     -Después de esa mata de guayaybi.

     No vio, ni podía ver el árbol, más bajó obediente, aturdido por este mundo que no comprendía.

     Con la linterna buscaron un sitio más limpio, allí tendieron un poncho y se dispusieron a esperar. Perdido el traqueteo de los carros, el silencio se fue poblando de murmullos y gritos desconocidos. Tuvieron más y más necesidad de luz, hasta que se les ocurrió, recurso antiguo, encender una pequeña hoguera.

     Porque el fuego en la soledad es siempre un amparo; hay algo en la luz que acompaña de inmediato y pasa a reducir el círculo de la soledad. Ya no se es algo más en las sombras fantasmales, sino que la llama concentra la vida y los ojos quedan fijos en ella.

* * *

     Tumbado sobre una raíz saliente, observaba Eusebio la destreza de su compañera para avivar la llama, hacer hervir el agua y aderezar lo necesario para el mate. Este juego de sombras estremecidas, golpeadas, reducidas por el saltarino brillo, el súbito despertar y eclipsarse de colores, las gruesas ramas negras humedecidas y la niebla baja, le producían la sensación de encontrarse en medio de un sueño fantástico. «Me falta la relación», se dijo, «no he tenido tiempo de ver ni de pensar».

     «Pero no es un sueño... ¿qué diría Margot si me viera aquí? ¿Qué diría...? ¡vamos! Diría... ¡sacúdete el polvo, hombre, y abajo con la selva!» No podría decir otra cosa; era una mujer estimulante que miraba perforando lejanías y hablaba horadando el tiempo, como una sibila de su voluntad. Así había sido con él.

     En aquella época se había acostumbrado a que ella resolviese todas las cosas importantes de su vida; todo quedaba confiado a su buen sentido, no porque él lo hubiese consentido deliberadamente, sino que paso a paso, se había despojado de la facultad de decidir y se abandonaba blandamente a esta influencia, gustoso, inconsciente de haber derivado la responsabilidad.

     Realmente, al principio fue un caso de sometimiento a la mayor rapidez de concepción; mientras él divagaba, encendiendo sus bríos tras quimeras, ella con su sentido práctico y un firme querer, ya había determinado algo, tanto que se encontraba al cabo sorprendido de arribar por tortuosas sendas a lo mismo que ella, ¡mas con cuanto atraso!

     Margot eligió la carrera que debía seguir. Había terminado el bachillerato y no sentía inclinación hacia clase alguna de estudios especiales. Primero, había postergado una y otra vez la resolución, discriminando razones, tentando de mala gana el bolsillo y mirando, torvo, el régimen de sacrificios que cualquier posibilidad le abría.

     Sus relaciones eran de un íntimo compañerismo que llamaba la atención de otros, pero que a él le parecía completamente natural. Nada se habían dicho, ni sospechaba que hubiese necesidad de una definición. Juntos andaban, paseaban juntos; cuando había ocasión, bailaban y se había acostumbrado a no prescindir de ella para afrontar cualquiera de los pequeños problemas que le presentaba una juventud ni aturdida ni sentimental. «Vení vos y tu pareja», le decían, o «ustedes», con lo que quedaba entendido que se trataba de ella y él.

     Hasta que un día una señorita ya bien dura de huesos, indiscretamente le había preguntado:

     -¿Festeja usted a esa chica, verdad?

     -No -rió, mas quedó confuso.

     -Esa misma tarde, caminando hacia la Facultad, contó a Margot lo que le habían dicho. Ella se paró en la calle y lo miró, divertida.

     -Y vos, ¿qué le dijiste?

     -Le dije que no.

     -¿Es eso cierto?

     La miró, desconcertado. ¿Dónde quería ir a parar?

     -Pues nunca hemos hablado.

     -Está bien. Cuando alguno me diga: «¿viste tal cinta?», yo le digo: «No.» «¿No querés verla?» «Sí.» y muy pavote será si no me invita... «¿No vas a bailar el sábado al Club?» «No, porque no tengo pareja.» «¿Y Eusebio?» «Bah, con él no tengo nada»... en fin: lo que quiero decir, es que vos por tu parte y yo por la mía.

     Comprendió en el acto que era muy capaz de realizar lo que estaba diciendo y aún mucho más, ya que no le faltarían oportunidades, y que si le faltasen, con cuanta facilidad se las crearía. De la médula hacia la epidermis sintió un soplo helado. Nunca hubiese pensado que existiese evento tal y aún sin penetrar el alcance, los efectos que ello importaba, un impulso meramente instintivo lo llenó de pavor. Ella digna, fría.

     -¿Harías eso, Margot?

     -Claro, si nosotros no hemos hablado nada.

     -Pero no, no quise decir eso... ni sé qué quise decir, ni sé qué haya entre nosotros; pero al pensar en lo que decís, me figuro que algo hay.

     -¿Qué hay?

     -¿Qué hay entre nosotros?... no sé, pero hay algo, ¡vaya si hay algo!... ¿qué hay algo entre nosotros?, caramba si hay cosas, ¡si hace años que andamos juntos!

     -¡Pero qué importa eso si, total, no hemos hablado?

     -Es verdad, no hemos hablado, pero lo otro también importa. No harás eso que dijiste, ¿verdad que no? -Había una rara ansiedad imperiosa en su voz y se inclinó hacia ella, como si quisiese traspasar físicamente su voluntad para obligarla a acceder.

     Ella, solemne e irónica.

     -Mi querido Eusebio, en realidad sos muy tonto, ¡Jesús!, qué tonto... con toda la inteligencia que tenés. ¡No!, callate y escuchame: si para mañana a esta misma hora no sabés decirme qué hay entre nosotros, cumplo lo que dije. Y ahora vamos, que se hace tarde.

     Fueron caminando callados hasta llegar al aula. Salieron de nuevo juntos, como todos los días; mas esta vez no se separaron en la esquina en que divergían sus caminos, porque Eusebio sintió la necesidad de estar próximo a ella en estos momentos de angustiosa duda, aun cuando fuese ella misma quien lo hubiese precipitado en la sima en que se debatía. ¡Triste hábito de acatamiento! Ella seguía caminando, segura, tarareando alguna tonadilla de moda, sonriendo elocuente al mirar con el rabillo del ojo la tonta seriedad de su compañero.

     Pues éste chapoteaba en una ridícula discriminación de sus sentimientos. Como buen estudiante, conocía muchas definiciones y entre éstas, las del amor, con su pálido anhelo, su desazón, su deseo vehemente de estar con la amada, el pensar continuo en ella, el atribuirle todas las virtudes y la gran suma de las bellezas. Podría existir el amor sin las serenatas, sin los poemas, acaso los duelos, ¿o el pacto firmado con sangre? ¿Dónde estaba la primera cita, el disimulado contacto, la flor disecada, el beso robado, la mirada eterna que se siente una vez? ¿Cuándo para él fue triste la luna, confidencial una estrella, llena de remembranzas una canción? «Pero -concluyó al fin-, ¿no será porque siempre la tuve conmigo? ¿No me causó instintivo pavor la sola idea de un alejamiento? ¡Claro, claro, hombre! ¡Verdaderamente sos un asno descomunal! ¡Ah, encantadora Margot!»; cuando él llegaba, hacía rato que ella descansaba, de vuelta. ¿Qué sería de él sin Margot?

     Paráronse un rato en la puerta, al llegar. Él, con las manos puestas en los bolsillos, una desacostumbrada arrogancia en el porte y una dichosa sonrisa en los labios.

     Ella subió la primera grada del portal antes de hablar:

     -Bueno, señor mío, espero que para mañana su poderosa cabeza habrá descubierto el enigma. Con que, ¡hasta mañana! Y se dispuso a entrar.

     -Un momento... no hace falta mañana... ahora mismo.

     -¿Ah sí, ahora mismo? -se volvió seria.

     -Margot, ahora mismo puedo decirte que te quiero, que entre nosotros hay un grande y puro amor. -Le tomó del brazo, sonriente, triunfante. Ella no dijo nada, mirábale atenta, sin demostrar en modo alguno que estuviese sorprendida-. Sí, que te quiero mucho, que soy un tonto de remate... y que mañana voy a decirle a ella que estaba loco, loco por vos.

     -En fin, completamente tonto no sos... pero para que veas las cosas que tenés alrededor, no basta que estén saltando delante de tus ojos; es necesario además que las atropelles y que te des un porrazo. ¡Ah!, entonces, sí, tu cabeza empieza a funcionar aceleradamente y sos capaz de hacer un disparate porque te sentís sorprendido.

     -Tenés razón.

     -Claro que tengo razón. ¡Como si no te conociera! Siempre vivís y has vivido en la luna, ocupándote horas y horas en lo que no te importa directamente, y si yo no te tirara de un brazo, no sé a dónde irías a parar.

     -Tenés razón, no sé que hubiera sido de mí sin vos.

     -¡Pero eso no debe ser, hombre de Dios! Vos, vos mismo debés atender a las cosas que te importan. Dedicar parte de tu tiempo a enterarte de que la gente vive. Quisiera saber qué sería de vos sin tu famoso empleo. ¿Serías capaz solamente de buscarte otro?

     -Tenés razón.

     -¡No vuelvas a repetir que tengo razón! Lo que quiero es que toda esa hermosa inteligencia...

     -Muchas gracias.

     -Que esa hermosa, inteligencia también te sirva para algo, ¿entendés? ¿De qué vale que conozcas todo el Derecho Romano, español y universal, si no sos capaz de defender tu derecho, tu humilde derecho, tu humildísimo derecho a ocupar un lugarcito entre los demás?

     ¿Qué había contestado? De momento, sólo tonterías, balbucientes intentos de explicación. Mas, una vez en casa, se puso a meditar y escribió una carta...

     «Tenes razón, no quiero justificarme, pero por ahora siento una cosa rara, un deseo muy grande de ver pasar las cosas y dejar correr la imaginación, libre de toda traba, libre de cualquier lógica, de toda razón. Por ejemplo... pienso que he salido de viaje... Que voy, que navego, que miro el mar grande y verde donde no hay otra cosa que inmensidad llena de caminos; que en la cubierta del barco hay mucha gente que habla, que pasea y yo quiero decir, en un momento dado una poesía al mar... No sé cual poesía pondría ser, pero me viene a la boca el calor emocionado del verbo y hablo fuerte para escucharme, sin que nadie me escuche, salvo vos, que no habías venido conmigo al principio. Me digo entonces: 'Pero tonto, si esto es fantasía; que esté aquí sin que me importe como ha venido' y allí estás: te veo a mi lado, clara, nítidamente y participamos juntos del momento emocionado.

     »Como todo ha sido muy bello, de pronto siento la necesidad de apuntalarlo con algunos antecedentes. Vuelvo rápido al punto de partida. Entonces por una razón cualquiera salimos juntos de viaje, bajamos el río; ya llegamos; allí está el buque de altura que aguarda. Juntos miramos el mar, digo los versos, revivo el momento y siento en mis brazos alborozados, en la cara, la embestida del viento que ahoga la palabra, pero que la siento fluir poderosa desde el pecho, vibrar en la garganta, llenarme la boca y retumbar en los oídos.

     »Otras veces me hundo en el agua, bajo todo cuanto quiero, sin esfuerzo la siento comprimirme y resbalar sobre el cuerpo, pasarme por los ojos abiertos, la blanda, clara y fría resistencia del agua. Me vuelvo sobre mí mismo, me impulso hacia un costado u otro, subo, asciendo, tengo la dimensión de lo alto, suavemente, con la velocidad perezosa de las garzas, y el batir pausado de sus remos blancos.

     »En esos momentos no quiero nada, solamente sentir como el cuerpo es liviano y blando, como flota y se mueve, como vive y no piensa, como siente y no quiere. La plácida felicidad de un alga.

     »Pero la felicidad se corrompe por tedio, no por el mal y al cabo, mi vida de alga busca otra forma. Siento entonces la necesidad de ti, y estás conmigo, así como lo quiero. No me acuerdo haber terminado una aventura imaginativa, sin tenerte a mi lado. Por mucho que corra, termino siempre donde estás vos.»

     -Eusebio... Eusebio, aquí está el mate.

     La voz de Clara lo trajo nuevamente a la selva. Sin embargo, no quería dejar su lejano abandono. Se sirvió del mate absorbiendo poco a poco para darse tiempo de retomar el hilo de los recuerdos.

     Al día siguiente se encontraron. ¿Qué había contestado Margot? Nada. No podía replicar porque ella también amaba los sueños, aun cuando su fantasía tuviese un propósito. Sus ojos tenían las sombras de la meditación profunda y se manifestaban en su actitud los rastros de la lucha entre una incógnita y el vehemente deseo de olvidarla.

     Extendió los brazos descubiertos, se apoderó de su cabeza y la amparó sobre sus senos. ¿Fue entonces cuando sintió que el fuego blanco de una elevada estrella se encendió en su corazón?

     -¡Eusebio! ¡se enfría el mate! -notificó Clarita. ¡Rediós! Y dale con el mate, ¿por qué no lo dejaría tranquilo?

     Se avergonzó de este impulso que había durado apenas un instante. Empezó a conversar; no era posible estar tan lejos, siendo así que la vida del bosque le exigía una atención y lucha permanentes, en la cual sus instrumentos serían un hacha, un machete y una lima. «Eso pensaría Margot», se dijo. Le remordió la infidelidad de pensar con tanta intensidad en otra mujer, allí frente a Clara; le resultó inmoral, odioso. Y aunque sintiera el escozor del hecho reprobable, reconoció que muy pocas veces la emoción de un instante había podido hacer fiel su pensamiento a un impulso.

* * *

     Más tarde, pero mucho antes de la aurora, apareció el habilitado, montado en su caballito hosco.

     -¿Está bueno el mate? -preguntó a modo de saludo.

     -¿No quiere servirse uno?

     -Sí... venga. Voy a buscar a Felipe, y enseguida estoy de vuelta. Es hombre guapo; pronto se podrán entender.

     -Mejor así.

     -Claro, usted ya sabe: aquí, todo el mundo gana según su trabajo. Madera hay, es cuestión de tumbarla. Bueno, me voy, que hoy será un día bravo, según parece.

     Se fue y entraba la punta del alba cuando vino de vuelta. Detrás suyo, un hombre moreno obscuro, grande, fuerte, de cara cuadrada y labios finos, de movimientos pausados y seguros, venía caminando con las pilchas a la espalda. Parecía una sombra más en la noche, que avanzaba grave, inexpresiva. Los ojitos casi cerrados no daban brillo y al hablar, con voz profunda, los labios apenas se movían.

     -Eusebio: aquí está su compañero. Él ya conoce el lote, así es que les será fácil empezar. Bueno... los dejo -y se fue.

     Arriba había claridad, pero las bóvedas de espesura aún guardaban celosamente la noche. Siguieron tomando mate, esperando más luz, los tres sin hablar. Después, Eusebio creyó necesario dar algunas explicaciones a su nuevo compañero.

     -Vea, amigo, yo no conozco este trabajo, usted me tiene que enseñar.

     -Sí, ya me avisó don Isidoro.

     -Eso le va a perjudicar al principio.

     -Sí, pero enseguida vamos a ver si va a servir, si aguanta.

     -¿Si aguanto qué?

     -¿Y... si aguanta? ¿Es la primera vez que usted trabaja en el monte?

     -Sí.

     -Bueno, hay que saber andar aquí para ver si se aguanta. Después el trabajo ya es más fácil.

     Quedaron nuevamente silenciosos. Persistía aún a niebla baja y el fuerte olor a humedad. Los pájaros saludaban al nuevo día y pasaban bandadas de loros que iban a sus comederos. Los tucanes se posaban en las ramas altas y los carpinteros hacían resonar el pico horadador; algunas urracas se espantaban por los movimientos del despertar y sus ásperos graznidos eran casi permanentes. Nuevas especies de mosquitos se sucedían: algunos eran pesados, grandes, zanquilargos y voraces; otros eran mansos, torpes y desmañados; pero todos eran hambrientos.

     -Ya podemos ir -dijo Felipe-. De aquí a unos trescientos metros hay un arroyito que no se suele secar. Por allí cerca podemos establecer nuestro puesto.

     Cargaron equipos y se internaron en la selva. Sólo gajos cortados aquí y allá y la maleza baja aplastada, indicaban el camino. ¡Pero que difícil resultaba caminar! Se tenía que agachar e introducir en verdaderos orificios del follaje ¡y cuidado con errar! Ramas y enredaderas entretejidas obligaban indeclinablemente a volver. A veces ni eso: se sentía atrapado en una trampa muelle y erizada que al rechazarlo aquí, tirábale con mil garfios dañinos por todas partes. Quería zafarse con prisa impaciente, mas no en vano las mañas se aprenden a golpes. El suelo con mil arbustos, raíces y troncos tumbados, pedía mucho tiento y gimnásticos pasos. Debía escurrirse, enhebrarse en agujeros hostiles, en marañas inhóspitas, donde mora el acecho ahíto de sangre de presas, donde a todas horas, por la noche y el día, hambrienta, aguarda la muerte o estalla el salvaje amor de las fieras. Ya el pie se ha hundido en el cuenco de la raíz putrefacta que gusta la sierpe para el sueño de ranas y ratas. Salta el terror del veneno y el cuerpo siente el desgarro de la rama espinosa que marca el surco purpúreo.

     La humedad del sudor y el ambiente se pegan, coloreados de sangre y de tierra; los insectos devoran y todo el bosque agobiante se vuelve enemigo.

     Felipe se había detenido a mirar, cuando llegó a su vera.

     -Allá -dijo mostrando un copa y se puso a picar la senda para ir hasta ella.

     Cuando llegó a la mata del árbol, se vio que debajo las densas sombras no dejaban vivir otras especies vegetales.

     -Aquí -de nuevo resolvió sin consulta; bajó su equipo y se puso a limpiar un claro en medio de la maraña.

     Buscó a Clara; la vio llegar sofocada y espió en su rostro alguna leve señal de protesta para resolver contra ella el despecho de su incapacidad. Mas en vano, porque ella hasta le regaló una sonrisa al tenderle la cantimplora de agua.

     Felipe cortó unos varales y asentó los horcones del rancho; Clara encendió una llama y él, desatinado, inexperto, corría a una y otra parte, con la voluntad avergonzada, sin saber qué hacer.



CAPÍTULO VII

EL ANGELITO

     En los primeros días, nada era más importante que luchar desesperadamente para responder a esta avalancha de esfuerzo que se le pedía. No quería ser una carga, ni tampoco resultar inferior a su compañero y ahogaba con rabia los sufrimientos para poder más, siempre más. Volvía por la tarde, después de sus tareas, con la mirada extraviada, dolorido, semiinconsciente por la violencia de la porfía. Entonces, cada golpe de hacha era una operación diferente cuyo éxito o fracaso juzgaba de inmediato... Después fue sopesando unidades más complejas, como el tiempo invertido en abrir un costado o su capacidad de provocar el tumbo en una u otra dirección.

     Así pasó la época del duro aprendizaje; al fin supo mover el cuerpo para bolear el hacha y la puntería se había afinado hasta variar por milímetros el lugar del impacto y producir cada vez un daño más efectivo en la nobleza del tronco que retumbaba doliente. Sus manos perdieron el don de la caricia; se hicieron gruesas, callosas y duras de tanto resecar ampollas con orín; el tronco desnudo, en la agitación del trabajo, ya no sentía las efímeras molestias causadas por insectos. Aprendió a orientarse en el bosque, a distinguir unas especies vegetales de otras tantas y a reconocer lugares por selváticas señales. Su vista y su oído eran ya sensibles a los ruidos que pudieran ser peligrosos, a los rastros reveladores y supo prevenirse ante el leve crujido que indicaba el sigiloso paso de animales grandes.

     Después de cada día de labor se arrojaba, molido, en su camastro. Muchas noches no tenía ganas de comer: sólo el sueño, el denso reposo obscuro, era el afán impuesto y requerido. Las manos, los miembros lastimados no tenían tiempo de dolerle por la violencia de la fricción durante el día y el abrumador cansancio de las horas posteriores. Olvidó a Margot; Clara se movía a su alrededor como el fantasma vago de una fiebre delirante.

* * *

     De la misma manera que cuando se sale de un sitio resguardado y se encuentra con que ha llovido, así, con sorpresa indiferente, un día que no salió a trabajar debido al mal tiempo, redescubrió a Clara. La miró con desapasionada atención, tal cual se ve un paisaje de tierras desconocidas. El rostro había empalidecido, los lustrosos cabellos negros estaban marchitos, duros y sucios, sajadas las manos, con multitud de pequeños cortes; los pies que antaño le habían enamorado, con rasguños tumefactos y purulentos; la ropa descolorida, rota.

     Le correspondía en la brega, el corte de leña, el acarreo del agua, el lavado, la comida, el llevarla por piques solitarios y ásperos hasta donde oyera batir el golpe del hacha, cuando se lo pedían. Un atavismo indígena le defendía del peso del silencio y la soledad y cuando oía retumbar en la selva estremecida el impacto del acero, cuando oía crujir fresca madera rota en una crepitante catarata de gritos espantados, hasta acabar con el tembloroso resonar del suelo, sabía que un árbol había caído, que su hombre había triunfado una vez más sobre la selva y por él y por sí misma, sentía regocijo en el corazón.

     Mas, Eusebio la miraba con las carnes dolidas, a través del sufrimiento. Demasiado se compadecía él de sí mismo para compadecer a otro alguno. «Al fin y al cabo, por ella estoy aquí -se dijo-, si no hubiese ido a buscarme aquella noche, me hubiese evitado todo esto». Sabía que era falso, sabía que nadie le obligaba a ocultarse, sino su propio tumulto sentimental, mas el despecho acedo del fracaso propio, de su esfuerzo inútil por evadirse, esta vez llevaba la voz más alta en la conciencia entenebrecida.

     Quería encontrar una causa que le exculpara, una fuerza que le hiciera posible considerarse víctima e hiciese a sus ojos compadecibles sus sufrimientos.

     Empezó por desconocerle abnegación alguna: «ésta es su vida», se dijo. «Así vivió su madre, así se crió ella. Ni sabe que exista otra cosa». Y su belleza fue siempre silvestre, fresca por la edad, ingenua por ausencia de tentación. Ella misma, ¿qué? Agua del manantial, insípida después de saciada la sed. Hasta cuando quería pedirle deleite, sus caricias, aunque voluntariosas, eran simples y su carne toda, yacía pasiva e inerte a lo largo de experiencias reiteradas.

     Todo el día se mostró hosco, desapacible. En vez de regocijarlo esta forzada holgura, tendido en la barbacoa, la miraba chapotear en la tierra embarrada, sin encontrar bueno nada de lo que hiciese. El mate muy caliente o frío, la yerba humedecida y amarga con exceso, la comida seca, no cosida la ropa.

     -¡Qué falta hace una caña! -sugirió de pronto.

     -Caña hay que pedirle a la machú -oficioso informó Felipe.

     -¿Tiene ella?

     -No, hay unos arrieros que traen de la Isla.

     -¿No está prohibido?

     -Por eso es más cara y viene por el monte.

     Recordó sus días de Panambí cuando se pasaba bebiendo desde la mañana y la desagradable sensación del mareo, cuando cerraba los ojos y esas cosas empezaban a girar. «Pero ahora es diferente -como siempre, justificó el deseo- una botella para dos, no es mucho.»

     Era justo darse una pequeña compensación; eso de rodar días y días por el bosque, el sentir la selva arriba, abajo, por todas partes, el tener la mirada detenida por la indeclinable maraña verde obscura, no podía vivirse sin la tregua del alcohol.

* * *

     Y después, la sensación del temor... Había advertido que ése era otro peso constante en aquellas soledades. El primer temor era producido por la selva misma; sus sorpresas, la posibilidad del encuentro con animales salvajes al atravesar cada matorral de vegetación; el enemigo podía estar arriba, en una rama o en algún lugar; no se podía dudar de su presencia. Los rastros eran visibles por doquier; sus gritos se hacían oír a cada momento, un susurro de hojas o el trisque de ramas rotas prevenían su recatado paso.

     Recordaba perfectamente la helada sensación que le había invadido cuando, con Felipe, encontraron al tigre. La fiera caminaba por la trocha en sentido contrario al que llevaban ellos. De pronto oyó que su compañero, en voz baja pero enérgica, le decía:

     -¡Alto!... ¡completamente quieto! -y procediendo despacio desenvainó su largo cuchillo.

     -¿Qué pasa?

     -Peteí yaguareté.

     Miró por sobre el hombro de Felipe. También los había visto el animal y a unos veinte metros se detuvo a mirarlos con sus ojos brillantes y fríos. Extrajo el revólver con precipitación; pero el compañero lo detuvo airado, hablándole por lo bajo:

     -¡Quieto! ¡quieto! No tire... solamente si se aproxima aún más.

     Tiesos quedaron un rato con los músculos endurecidos por el apresto y un miedo rígido como la escarcha les erguía los pelos. Despacio, sin huir, se volvió la fiera y se internó en el mato. Le dieron tiempo para alejarse y cuando, ya distante, escucharon los alborotos de los chajhás, sintió que le dolía la mano de apretar el arma.

     Por muchos días en cada lugar umbrío creía ver la mimetizada figura del felino en posición de traidor acecho.

     Más allá de ese terror a lo imprevisto, está el temor al hombre. Nadie pregunta allí quién sea uno ni de dónde vino. Se supone que lo trajeron los infortunios, que ha abandonado el rancho, la mujer, los hijos, porque la cosecha se perdió en la seca, o lluvias inoportunas pudrieron las simientes, o las langostas se devoraron las esperanzas. Y es entonces cuando un anticipo salva la penuria cierta. Otros huyen del comisario ensoberbecido o del vecino que atropella impunemente porque se respalda en su partido; algunos que lavaron afrentas con la propia mano; no pocos que culpan a la bebida la desgracia que ocasionaron con un cuchillo, también incautos que nunca vieron tantos billetes juntos, y locos vendieron sus mejores años.

     Pero todos están de paso; todo es interino y cualquiera sabe que en algún momento, o después, deberá seguir. Los que aún se quedan, están pagando lo que han recibido o no quieren volver con la derrota de más miseria. También los vicios allí hunden con la vergüenza, y nadie se fía del casual compañero de poco tiempo. Total, por delante están la selva y las dos fronteras.

     Cualquier encuentro determina la automática elección de una estrategia. Se mide el poder de cada cual y sobre esta base, se calcula la conducta.

     La ley de la selva es la caza, que exige permanente apronte, el acecho y la sorpresa. ¡Y la selva ha impuesto esta ley al hombre!

     Cierta vez vino un recibidor a metrear la madera, enviado por la administración. Era hombre rudo, grande, bien armado, que montaba una mula chica y con ella se internó en el bosque todo lo que pudo.

     Estaba midiendo un rollo cuando advirtió que debajo tenía un hueco. Se agachó a mirar tratando de apartar la hierba que le impedía ver. Felipe, con la mayor solicitud, limpiaba muy cerca con el machete.

     -Aquí hay un agujero -declaró al fin.

     -¿Es muy grande? -comentó Felipe-, ¿le entrará allí la cabeza?

     El otro estaba agachado, en mala posición y habría considerado también la presencia de Eusebio. Varió de inmediato.

     -No le haga caso -y siguió midiendo.

     Por último, reina en la selva el temor permanente a la enfermedad. El paludismo hacia sus víctimas y por épocas se presentaba con una virulencia tal, que en pocos días lograba aterrorizar a estos impávidos hombres, con la imagen de la muerte. Esos seres con la faz amarillo verdosa eran palúdicos que podían sostenerse mediante el uso perenne de preparados de quinina.

     Y la buba, que tiene monstruosas víctimas, horriblemente llagadas; con las mucosas de la cara devoradas hasta la mutilación. Les espera una larga agonía putrefacta, la muerte como liberación.

     Pero en los días de verano, cuando amenaza un aguacero, el agobio del bosque es insufrible. La atmósfera pesada y húmeda doblega hasta la exuberancia del follaje que vuelve sus hojas anhelantes en espera de una descarga de tensión. Se tienen ganas de revolcarse en la tierra para sentir algo de su fresco, pero la inagotable humedad del suelo y la aguachenta vegetación baja, exhalan en estas ocasiones un asfixiante vaho tibio de materias pútridas.

     En esos momentos es cuando con el pecho ansioso, la nariz jadeante, el hombre alza los ojos y busca la bendición de un pedazo de cielo que abra espacio cuando menos a la vista. Pero el cielo está reservado sólo a los gigantes del bosque que guardan celosos su patrimonio azul. ¡Entonces el desdichado se vuelve iracundo contra el destino!

     Esto se soporta una vez, diez, veinte, por largos períodos, todos los días. ¡Debe ser muy malo lo que reserva la vida para permanecer aún así en este reino verde de pesadas sombras!

     -Ahora van al lote del Angelito.

     -¿Por qué se llama así?

     -Porque allí tiene su cruz un Angelito que murió mordido por una cascabel.

     -¿Cómo?

     -La madre lo dejó solo para llevarle la comida a su compañero. Dicen que cuando volvió, ¡Dios nos guarde! a su lado estaba durmiendo una cascabel. Fue para alzarlo y al tocar la víbora, ¡pegó un grito! La criatura y la víbora despertaron juntos y al moverse, lo mordió furiosamente cuatro veces.

     -¿Qué hizo la madre?

     -¿Qué iba a hacer? Aquí se aprende a no querer tanto a los hijos... Abandonaron los cortes porque dicen los obrajeros que cuando hace mal tiempo, la mujer oía siempre un llanto de niño y el agitar de un crótalo.

* * *

     Al fin, Eusebio llegó a ser un hachero... Podía predecir el lugar exacto donde iría a caer un tronco regularmente batido por sus brazos. De vez en cuando se sentía afiebrado: había hecho traer comprimidos de quinina para tomarlos preventivamente. Sus éxitos en la tarea le hicieron creer que también se había adaptado al bosque; en realidad apenas comenzaba para él la vida, puesto que lo pasado, no era sino un rudo aprendizaje del trabajo. Se volvió agrio, silencioso, mordaz.

     Clara, cada vez más humilde, tímidamente voluntariosa, comprensiva por instinto.

     En varias oportunidades pudo conseguirse alcohol y un día hasta dejó de trabajar para ir a buscarlo expresamente. Nunca iba al puerto. Le había entrado la idea de que yendo, alguno terminaría por reconocerlo y se descubriría su paradero. No quería recibir noticias, cartas, y mucho menos escribirlas; como un enfermo de mal repugnante, huía del asco y la compasión. Un día, al volver al puesto, vio colgada de una rama baja, una pieza grande de carne fresca de venado. Le alegró la gástrica ilusión de cambiar por unos días el corned-beef por este manjar natural, tierno y sabroso. Pero no demostró entusiasmo, porque en esa época sólo el alcohol le podía aflojar la torcida tensión del rostro.

     -¿Quién trajo eso? -preguntó a Clara.

     -Palacios, el hachero del otro lote.

     -¿Y por qué lo trajo?

     -No sé, dijo que lo mató por aquí cerca.

     -¿Y de dónde lo conocés?

     -Cuando fuimos una vez a encargar la provisión, él estaba.

     No hizo otro comentario; pero no le gustó que nadie visitara su puesto no estando él. Una mordiente sombra de celos se insinuó en su espíritu, predispuesto a recibir y desarrollar cualquier idea sombría.

     Pocos días después, se repitió el presente; pero esta vez eran jugosos panales de miel silvestre, amontonados sobre una corteza que goteaba la generosa ambrosía. «Son muy espléndidos estos regalos, y ¿por qué este sujeto se viene siempre cuando yo no estoy?... ¿Pretenderá seducir a Clara?» Sintió en la boca un amargo sabor de disgusto. No podía imaginar ni por un momento la posibilidad de la correspondencia por parte de su joven mujer; pero se hizo aún más torvo y sombrío. «Sería lo último que me pudiera suceder -pensó-, que ahora pretendan llevarse a mi compañera... Ésta, con su irritante falta de personalidad, todavía es capaz de hacerme sufrir un último escarnio».

     Por un momento, quiso ser ecuánime y hablar con franqueza a Clara, porque ni aún sus más negros pensamientos osaban empañar la fe en su honestidad. Pero había algo que se había modificado: su ser ya no era el mismo, una irritabilidad desconocida, un desasosiego permanente, le privaban de la serenidad necesaria para librar sus sentimientos y juicios.

     Las antiguas imágenes que por un tiempo parecían haberse adormecido, volvían ahora con más frecuencia y se apoderaban de su ser con renovado imperio. No podía tenderse a descansar, sin que escenas y más escenas de su otra vida cobraran forma ante sus ojos; pero ahora ya no había recuerdos buenos y recuerdos malos. Todos, cualquiera de ellos, eran agradables su afiebrada imaginación, que sin propósito reconocido pugnaba por evadirse de su escenario actual.

     Nada preguntó, ni dijo nada, pero su irritación tanto trascendía que a todos se hizo patente.

     Así pasaron varios días; trabajaba con ardor para volver a agotarse como en los primeros tiempos; pero el cuerpo sabía ahora defenderse por sí solo y ya no admitía ese tipo de fuga. Buscó en varias ocasiones consuelo en el alcohol; pero las más de las veces era inútil; su organismo no estaba aún definitivamente debilitado como para que las mezquinas y carísimas porciones que conseguía, lo pudiesen enajenar por completo.

* * *

     Margot volvía a estar muy presente como traída por un deseo sazonado, y buena parte de la persistencia en esa lucha era un homenaje a esta memoria. «Ella no podría tolerar que un día cualquiera porque si me fuese». Siempre trató de hacer de él un hombre eficaz para la lucha. Se le había entregado en una forma tan singular, característica, que el episodio pintaba lo vivo de su carácter. Se había otorgado como un premio, cuando ella se creyó merecida.

     Sus relaciones continuaban placenteras, tranquilas, sin cosa que pudiera alterarlas. De cuando en cuando, le endilgaba un sermón alabando su actitud ante un caso determinado y afeando otras: luego algo más de presión con simulado enojo y tras haber conseguido lo propuesto, o cuando menos la transacción de la promesa firme, venía el dulce premio.

     Pero llegó una época en que Eusebio sintió en sí al hombre, y vio en su amiga a la mujer. Fue un período largo, de fatigosas luchas espirituales; si por una parte sentía los indeclinables apremios del sexo, no se decidía a requerir su correspondencia, porque, inhibidas por la educación, aún no se le habían borrado las ideas de repugnancia y horror con que se pinta el pecado, ni los recuerdos de las temerosas experiencias furtivas, y además, tenía un conocimiento muy vago de las equivalencias de los deseos.

     Tampoco se atrevía a cambiar las bases de una comunión tan firme y pura, que nunca había tenido altibajos. Desconfiaba, temeroso, de una reacción de Margot. ¿Se sentiría ofendida? Si ella se negaba terminantemente, ¿continuaría después esa absoluta confianza? ¿ese abandono tan cómodo y placentero que había hecho de cuna al amor?

     Sus vacilaciones le hicieron desconfiar de sí mismo y adoptar una actitud reservada. Ahora ya no era como otros tiempos en que no había un solo pensamiento oculto, reservado entre los dos. Ya no se atrevía a decirle ciertas cosas porque pensaba que pudiera delatarse, que ella pudiera entrever algo.

     Hasta trataba de no estar con ella con tanta frecuencia. A ratos, se sentía avergonzado o indeclinablemente resuelto a llevarse todo por delante y abrir su corazón. Algunas veces, asumió la actitud, y hasta lo dijo con los ojos, pero inmediatamente llegaba el horror y se echaba atrás, tímido, confuso, prometiéndose no volver sobre el asunto, o postergándolo para otra ocasión.

     Un día cayó en sus manos un tomo encuadernado con cierta pretensión de elegancia. Era Rojo y Negro. La personalidad de Julián Sorel lo impresionó y llenó de asombro como que era tan diferente a la suya. Sin embargo, el recurso del personaje de ponerse un plazo indeclinable para llevar adelante su intención, no le era, completamente desconocido. Alguna vez había logrado vencer su naturaleza tímida en forma parecida. Claro que él nunca se puso plazos perentorios, ni se amenazó con el suicidio como pena por el no cumplimiento. Y a más, a última hora siempre había encontrado pretextos honorables para otorgarse prórrogas; pero otras veces también le había dado resultados inesperadamente óptimos y fáciles.

     Entonces resolvió decírselo a Margot. No se dio horas, sino días; ni estableció la muerte como pena, sino resolvió y juró no tocar mujer alguna mientras no se hubiese sincerado con su amiga.

     Los primeros días después de haber formulado esta resolución, adoptó un aire desafiante. Se mostraba decidido, audaz y resuelto para afrontar todas aquellas cosas que no tuvieran relación directa con su propósito; pero no se atrevió a dar el paso final. Y los días corrían, ¡corrían con fatal precisión! Cuando faltaban sólo tres, un decaimiento inexplicable se apoderó de todo su ser. Leía una y otra vez la escena en que el personaje de Stendhal, sentado en el jardín, se dice: «Si al dar la última campanada de las diez no le tomo la mano, subo a saltarme la tapa de los sesos».

     Al fin sintió odio hacia tal actitud que originariamente tanto había admirado. Se dijo que había caído en un lazo a causa de aquella torpe invención. No tenía precisamente miedo a la pena que se había impuesto porque en secreto bien sabía que el juramento y los propósitos se dilatan siempre hasta la ocasión. Su humillante temor era verse nuevamente derrotado y no ver el fin de la actual encrucijada.

     Pero si él se encerraba en el tormentoso mundo de sus pensamientos, mostrándose ceñudo y retraído, su amiga hacía rato que venía observando estos cambios y se sentía intrigada.

     Una tarde, como tantas otras, se habían sentado los dos en el sofá eterno de los enamorados. Lo había recibido como siempre alegre y decidora, burlándose de los incidentes cotidianos, e inflando asuntos triviales para darles algún interés. Mas sólo faltaba un día para la caída fatal del plazo y Eusebio sentía que un tiempo espeso comprimido en el dique forzaba los latidos de su corazón. Contestaba con monosílabos, no podía mantener una conversación corriente porque un solo tema ardía en su cerebro, abrasando todo otro brote en agraz.

     -¿Pero qué te pasa, Eusebio, estás enfermo?

     -No, no tengo nada.

     -¡Hombre de Dios!, hace un tiempo que andás raro.

     -¿Raro por qué?

     -A veces estás alegre, cariñoso... después te ponés huraño, de repente, como si algo te hubiese picado aquí, aquí mismo, no hablás, hay que arrancarte las palabras a tirones. Aquí yo hablando y hablando y vos... «Sí...» «no», como si te hubieras trabado la lengua. Decíme qué te pasa; me ocultás algo; ¿qué es?

     -No, Margot, yo nunca te oculto nada.

     -No quieras engañarme porque no podés, ¿sabés? ¡Cómo si no te conociera!

     «¡Ahora o nunca!», pensó y algo muy frío y poderoso le rodeó el corazón, dejándole sin aliento.

     -Es que... es que te quiero mucho. Terminó apresuradamente como supremo fruto de su esfuerzo.

     Ella respondió con un mimo, pero no se dejó sobornar. Se le quedó mirando.

     -Que me querés mucho, ¿y qué más?

     -Que te quiero toda para mí -respondió fatigosamente bajando los ojos.

     Esta vez entrevió a dónde quería ir a parar y después de un gesto de sorpresa, una sonrisa maliciosa se ocultaba y volvía a aparecer, haciendo parpadear de gracia su bello rastro.

     -¿No soy toda tuya acaso?

     -Sí... pero te quiero aún más.

     -¿Cómo me querés?

     Se sintió descubierto en su juego; algo en ella le advirtió que había comprendido perfectamente, que ya no podría retroceder, y una onda de pavor crispó sus nervios. Notó que el rubor le iba subiendo por la cara y no sabía qué hacer para ocultarlo.

     -Y... te quiero... vos lo sabés.

     -No, no sé, decime, ¿cómo me querés?

     Se estaba burlando; el espectáculo de su embarazo hacía que la risa contenida le sacudiera el pecho y el semblante. De un momento a otro era inminente la carcajada y el ridículo. Un impulso de ira fue la réplica, cerró los puños y por un momento fue capaz de cualquier cosa.

     -No me has dicho como me querés...

     Se incorporó como botado por un resorte y encarándose con ella, con los ojos fuera y alzando la voz a medida que hablaba, dijo, silbándole las palabras:

     -¡Mujer del demonio, eres capaz de perder a un santo!...

     -Si... pero no me has dicho como me...

     -¡Te quiero desnuda en la cama! -gritó al fin, tomando su sombrero para dirigirse a la puerta.

     -¡Lo dijiste! ¡lo dijiste! -exclamó Margot, riendo a carcajadas-. ¡Eh!... ¿adónde vas ahora? -agregó luego sin dejar de reír y levantándose ágilmente para cogerlo por un brazo-. Un momento, ¡si has estado colosal!... ¡Vení aquí!... sentate... merecés un premio, pero dejame que me sosiegue -seguía riendo ruidosamente.

     Él la miraba extrañado; esta chica era hechura de Satanás, mientras él pasaba las de Caín en medio de una agonía indecible, ella que había comprendido hacía rato sus intenciones, se había divertido con su azoramiento. Y allí, donde otra cualquiera hubiera adoptado cuando menos una actitud de circunstancia, ella se desternillaba de risa.

     Por fin volvió la calma y ambos se miraron. Lo miraba tiernamente, como a un niño a quien hay que enseñar a ser razonable, sin dejar por eso de añadir su pizca de malicia. Pero el problema estaba enunciado y requería una respuesta. Él sabía que habría una y que esa respuesta había de ser clara, categórica, porque así era ella.

     -Y bien, ¿de qué hablábamos? -propuso con la mayor audacia.

     -De cómo te quería -continuó él, agresivo por corrido.

     -Es cierto... -rió una vez más-, pues bien, mi hijito, por el solo hecho de habérmelo dicho, casi te lo merecés, tratándose de vos; pero el hecho de pedir es lo mínimo en este asunto y yo quiero un poco más.

     -¿Qué querés?

     -Bueno, te explicaré: el día que sea tuya, así como vos me querés, para mí ese será el día solemne y definitivo. Definitivo, ¿entendés? Desde ese momento me consideraré tuya para siempre... para siempre, aunque no nos casemos después y para que esto ocurra, es necesario que tenga el convencimiento de que me entrego a un hombre completo, o como se dice: a todo un hombre.

     -¡Pero me ofendés, Margot! Con ello me decís que no soy un hombre.

     -No te ofendo porque te quiero. Podrías hasta darte por ofendido, pero yo no podría ofenderte.

     -Bueno, hasta hoy hemos caminado juntos y tanto nos hemos apegado el uno al otro, con tal intimidad, con tal ingenuo amor, que algo mío está en vos y mucho, muchísimo de lo tuyo, en mí.

     -Ésa es mi felicidad. Te siento en mí a través de cada esfuerzo, robusteciendo mi determinación con caricias y empujándome con besos. Una lucha que desde su comienzo participa del festín del triunfo; una lucha que es carrera triunfal y que hace la meta más apetecible, porque allí está tu dicha forjada con mis manos. Yo soy tu obra, yo soy tu creación.

     -¡No me digas eso! Sentís mi influencia porque en vos mismo se produce el conflicto entre lo que querés y lo que percibes que yo quisiera. ¡Ah!, yo querría para vos algo que te hiciera inmune a la desdicha, pero si eso no es posible, querría armarte de zarpas, infundir en tus miembros el vigor de los héroes antiguos, en tu corazón el frío desprecio de los hombres a la adversidad. Quiero que sepas luchar, y amarme sólo a mí.

     -Lo segundo ya lo has conseguido.

     -Quiera Dios que por tu boca hable hasta la última fibra de tu alma y de tu cuerpo, inclusive ésas que están dormidas y que al despertar y vibrar parecen cambiar el curso del destino. ¿Cuántos Eusebios hay en vos? En verdad, temo por vos y por mí. Los hombres que contemplan la vida desde un balcón, sin intervenir, de pronto se dejan arrastrar por algo que ven pasar y enciende en ellos la pasión.

     -¿Otra mujer?

     -Una mujer, un hombre, una idea, un capricho.

     Dan un salto de buzo y allá todos los planes en que nunca pusieron sino parte de su alma.

     -¿Me creés así?

     -Del género. Por eso quiero verte un día encrespado, dando el zarpazo, interviniendo en la vida, tomando y defendiendo posiciones... O si das el salto de buzo, quiero ver si en tal momento me llevás contigo a tu lado.

     -¿Debo esperar ese día?

     -Sí.

     -¿Qué debo hacer?

     -Mirar desde el balcón -respondió.

     «¡Pensar que esa mujer está perdida para mí!», se dijo tendido en la barbacoa, al lado de Clara que dormía sosegadamente. «Y la cambié por ésta». Miró en la oscuridad a su compañera. «Ésta es para el bosque; ¡con la otra Dios sabe a dónde hubiera llegado! Era capaz de inspirar y alentar una ambición de grandeza». Una cólera comprimida por el silencio distendió sus nervios; se le ocurrió de pronto que al fin había descubierto la causa de sus penurias presentes. Un impulso más de la irritación en aumento le hizo concluir que era indigno estar así al lado de quien originaba todos sus males. Se apartó en el zarzo cuanto pudo; todo contacto le pareció insufrible; pero aún estaba encerrado en el ambiente, su olor, su aliento, igualmente le envolvían. Apartó el mosquitero con movimientos bruscos y se levantó.

     -¿Adónde vas? -preguntó Clara sobresaltada, incorporándose.

     -Qué te importa.

     Reavivó el fuego y arrimó la pava. La excitación le había quitado el sueño y resolvió permanecer en vela para continuar sumergido en su soledad. Oyó un apagado sollozo y un tenue rebullir en el zarzo, y una alegría rencorosa le afligió la conciencia.

     En la noche caliginosa, mosquitos alevosos zumbaban en bandadas infinitas que se arrojaban como puñados de diminutos e inconsistentes pedruscos contra las partes descubiertas del cuerpo y la cara. Mil murciélagos de abolengo fantasmal hacían su caza chillando en el tono más agudo, en tanto repasaban la sombrosa maraña con vuelo zigzagueante y raudo. Lejos, cerca, inubicable siempre, el urutaú de fúnebre lamento, hacia un presagio tremebundo para las almas en soledad sombría. Las ranas gárrulas croaban en sediento coro y las enloquecidas bandadas de carayaes aullaban con metálica garganta por la insufrible depresión del tiempo. Dio algunos pasos en la sombra y sintió el vértigo de la oscuridad poblada de asechanzas. Volvió al fuego; echó algunas ramas verdes para producir humo y alejar los insectos. Se sentó en un tronco. Muy cerca, agazapábanse las sombras que sin cesar tentaban invadir el débil fuego. Aún le pareció oír un quejido...

* * *

     ¿Cuánto tiempo había pasado después? Era difícil satisfacer a Margot: pedía una conducta determinada, sólo en principio, ante eventos desconocidos.

     Un día se llegó con el cuento de que había exigido y obtenido un aumento de sueldo. ¿Era una cosa de esas lo que ella quería?

     -No -respondió riendo-, me hubiera llenado de orgullo si fueses un Juan Pérez, pero tratándose de vos, no.

     Como un escolar ingenuamente enamorado de la señorita maestra, buscaba la forma de hacerle saber todos sus hechos y dichos ponderables. Aún sentía vergüenza recordando esos episodios pueriles. ¡Cómo se había divertido Margot!

     Recordaba el día en que el Gerente le había llamado para preguntarle si podía desempeñar un cargo en la compañía para el cual era indispensable el título de procurador. Si pudiera, el cargo sería suyo. Sueldo, mucho mejor y una pequeña oportunidad de tratar asuntos profesionales.

     No tenía tal título y su primer impulso fue decir que no; mas, siguiendo los dictados de su propio temperamento indeciso, pidió y obtuvo un plazo para contestar.

     Había leído en los pizarrones de la Universidad que habría exámenes en esos días; averiguó y le confirmaron que éstos se realizarían una semana después. Sin pensar más, se inscribió el primero en la lista, se compró un programa y se sintió aturdido sólo al leerlo.

     Fue a aconsejarse con un profesional amigo, quien viendo que era inútil disuadirlo, le dijo que devorara códigos por si algo le quedaba.

     Al segundo día de un tenso esfuerzo, comprendió que por ese camino marchaba al desastre. Caviló un poco, escogió una sola lección al azar y se puso a leerla con ardor. El plan estaba trazado.

     El día del examen concurrió mucho antes de la hora fijada y se escondió en un aula. Vio al conserje preparar las mesas, traer las listas, y al fin el codiciado bolillero. Así que lo vio salir, temblando azoradamente, exponiéndose a ser descubierto, sacó la tapa del bombo, lo volcó y varias bolillas le cayeron en la mano.

     ¡Cielos!... ¡no ver con el oído! Las examinó deprisa; no estaba entre esas. «Despacio, ¡que hay apuro! ¡Rayos!... entre éstas sí, pero también menudos pasos.» Se metió tras una puerta, temblando. Pasó alguien. Metió en la esfera lo que tenía en la mano, la escogida en el hueco de la espiga, de tal suerte que no pudiera caerle otra y ajustó el tapón de un manotazo.

     Cuando salió, chorreaba sudor y le dolía terriblemente la cabeza. Fue a un bar, bebió café y un calmante.

     Lo aprobaron de mala gana, pero lo aprobaron. Nunca había usado de un recurso ilegítimo en un examen y no se sintió satisfecho. Tomó el cargo.

     Por algún tiempo ocultó a su amiga este cambio operado en su vida. No se atrevió a hacer la confesión de los medios de que se valiera para lograrlo; pero un día fue inevitable la explicación, ya que ella conocía parcialmente la verdad.

     Cuando le hubo contado todo, con mucha retórica...

     -¿Ese quejido, de dónde sale? -Se encaró con las sombras. Un gato montés aulló muy cerca y estremeció la selva. Sintió entumecerse. Miró el lecho donde estaba Clara. Silencio de ranas y mosquitos. ¡Bah!, ¡que llore la infeliz!

     Cuando le hubo contado todo con mucha retórica para presentar las cosas en la forma más favorable para su justificación, ella se le quedó mirando pensativa.

     -¿Por qué hiciste eso, Eusebio?

     -Porque puedo desempeñar el cargo; el requisito del título es sólo formal, para que le den a uno acceso a los expedientes en el tribunal y yo puedo desempeñarlo mejor que nadie porque sé qué es lo que se quiere.

     -¿Creés que has obrado mal?

     -No he hecho mal a nadie.

     -Bueno; se equivocó quien dijo que la conciencia es juez incorruptible. Algunas necesitan el perdón y la expiación; otras, algo que las justifique y aún otras se justifican solas... Pero hay otra cosa... -lo miraba seria e intensamente-, por primera vez veo en vos la audacia que siempre te ha faltado; siempre he creído que un hombre debe ser capaz de hacer algo de esto.

     -¿De hacer trampas?

     -No, no digo que haga trampas, sino que no se detenga ante minucias cuando están en juego otras cosas que afectan esencialmente su vida. Ser capaz y sofrenarse; no hallarse sofrenado por una simple timidez. Una especie de reserva con la que no se cuenta, pero que allí está, para los casos graves. Ponerse a tono con los tiempos; ya no se estima el hombre por la virtud como en otras épocas, sino por el éxito. Apoderarse, si es preciso, de armas iguales. Esa actitud nunca había visto en vos y por eso te dije que aún no eras el hombre que yo quería.

     -¿Qué?... ¿y ahora soy?

     Sonrió con cierto aire de misterio para gozarse con el azoramiento de su amigo y permaneció callada...

     -¿No me decís nada?

     -No me fuerces tanto, que me estoy decidiendo.

     -¿No has visto en mí lo que querías?

     -Un indicio.

     -¿No es suficiente?

     -Mala enamorada sería si un indicio no bastase. El amor vive de indicios y matices; en cambio, la prueba mata el amor.

     -¡Loado sea Dios!, pero nunca hubiera creído... -se detuvo. «Estúpido, ¿ahora vas a argüir en tu contra?»

     -¿Nunca hubieras creído qué?

     «¡Ya me pescó, debía de haberme tragado la lengua! ¡Cuidado, idiota, cuidado con lo que digas ahora!» Tragó saliva e intentó hablar de otra cosa; pero sabía que todo era inútil; que lo acorralaría hasta haber penetrado el último resquicio de su pensamiento.

     -Hombre, contestá, no tengas miedo.

     -Bueno, este... mirá, nunca hubiera creído que una bellaquería de estas, me convertiría en tu hombre ideal -dijo, subrayando con cierta violencia las últimas palabras.

     -Justamente el hecho de que lo consideres una bellaquería me asegura de que ha brotado de vos y que no me lo has dedicado especialmente a mí. Además, no contemplo su aspecto bueno o malo.

     -¿Qué mirás?

     -El hecho con relación a vos: te han salido las garras de que hablábamos; la capacidad de tomar algo para vos.

     -Eso quiere decir -continuó Eusebio exaltado, tomándola en sus brazos-, ¿eso quiere decir que puedo tomarte a vos?

     -Siempre fui tuya, alma mía, antes de todo principio; en el hondo seno de Dios, ya tenía para vos mis brazos abiertos. Nacimos, crecimos el uno para el otro. Yo sé que soy tuya y que ocurra lo que fuese, aunque sangre y raudales de lágrimas algún día nos separen, yo sé que me llevarás en el alma hasta el último momento de tu muerte. Yo soy tu esposa.

* * *

     «Yo soy tu esposa». Le parecía estar aún escuchando el timbre apasionado de su voz y mirando en sus ojos llenos de amor la interrogación profunda. «Mi esposa... ¿por qué no estás conmigo? ¿Por qué no puedo correr a tu lado para estrecharte, para sentir tu contacto, tu aliento, tu blanca piel sonrosada como los pétalos de un lirio lleno de múrice luz crepuscular; que no pueda hundirme en tu seno y acariciar mi frente con tu cabellera ensortijada...? Mi esposa abandonada... ¡Qué terriblemente caro me has hecho pagar! ¿Cuánto tiempo será necesario para el olvido! Porque ahora es preciso olvidar. Allí está durmiendo el pesado cuerpo que alteró el curso del destino: máscara ingenua de la fatalidad. ¡Ella tiene la culpa de haberse muerto la esperanza! No, no, esto no puede ser para siempre. Algo habrá que me salve, que me reúna contigo, esposa mía... Margot».

     Sin darse cuenta, estaba hablando en voz alta. ¿Lo habrían escuchado? Volvió intranquilo la cabeza... nada, alrededor una oscuridad absoluta; por todas partes el zumbar de los insectos, el desconcertante vuelo de murciélagos; el bronco gritó del carayá irritado y el lenguaje présago de los pájaros nocturnos.

     Entre el desapacible chirriar de grillos, un sonido más suave y fuerte le llamó la atención. Le pareció reconocer el agitar de un crótalo. Quedó vigilando un minuto, temeroso de esa muerte que se arrastra con cascabeles de hueso. Se pasó las manos por la cara, y las notó húmedas de sangre y de mosquitos. «¡Qué falta hace un poco de caña!» Se levantó a pasearse, pero las sombras eran demasiado densas para caminar. Oyó el solemne retumbar del trueno y volvió a sentarse, un tanto alarmado por la proximidad de la serpiente.

     «Esposa, esposa, ¿dónde estás?», interrogó varias veces a la noche que lo envuelve todo. «¡Qué falta hace un poco de caña! ¿No tenían que haberla traído ayer?».

     «No puede ser siempre, esposa mía. ¿Puede un hombre fundar una conducta en las palabras siempre, eterno, nunca? ¡Bah! Todas palabras; meros símbolos útiles para comparar. Están lejos de la tierra y también de las estrellas... quizá esta oscuridad profunda...»

     -¿Pero quién llora?... Un momento... esto es llanto. ¿Quién otro está llorando en este bosque fantasmal? ¡Clara!... ¡Clara!, ¿estás llorando?

     -¿Quién llora?

     -Vení, levantáte, ¿no oís llorar?

     -No oigo nada.

     -Felipe, ¿llorará Felipe? Si llorase mugiría como un buey viejo... parece que llorara un niño...

     -Sí, parece...

     -La linterna..., ¿dónde está la condenada linterna?... Aquí...vamos..., ¿y por qué no se enciende?

     La negrura impenetrable rebullía cuando pasaba el trueno y las sedientas ranas croaban a pesar del horrible cascabel batido por allí muy cerca.

     -¡Quién llora! -gritó-, ¡que diga si necesita ayuda!

     Un triscar de ramas atrás le hizo volver de un salto. Felipe se arrimó al fogón con su fiel machete.

     -Felipe, creí que vos llorabas... ¡ja, ja, ja! ¿Acaso puede llorar un tronco viejo de quebracho como vos?

     -No te rías.

     -¿Por qué, cuál es el bicho que así gime? ¿Y qué me importa si le están comiendo las entrañas?

     -No es un bicho

     -¿Qué es entonces?

     -Está llorando el Angelito.

     -¡Ánimas benditas! -invocó Clara encogiéndose al amparo del fogón.

     Eusebio sintió que le llegaba del bosque un soplo helado que le pasmó los miembros. Mas, le exaltó el terror y se encaró a las sombras.

     -No llores, Angelito, si ya estás muerto; ¿hay mayor consuelo?... ¿Qué querés? ¿Tu sucia hamaquita de arpillera?... ¿el tití correoso de mamita?... Pronto serás un árbol y vivirás mil años, o a los veinte, vendrá uno como yo a cortarte y harán de ti una cuna para un nenito rico. ¿Acaso no has muerto para eso?...

     -No te burles, ¿no oís la cascabel?

     -Hace frío... un trago... dame ese tizón y de una vez, descubramos el misterio. -Agitando el leño, se dirigió hacia el presunto lugar de los gemidos.

     -Angelito, no llores, aquí estoy. Decime qué te pasa. ¿Querés una vela? ¡Niño!, las velas las comemos en el reviro.

     Escuchó un momento. Ni grillos, ni ranas, ni una brisa que agitara la lóbrega arboleda. Silencio pavoroso. Nada. Soledad.

     -¡Eusebio, por favor, vení, no se juega con los muertos!

     -Vos te callás. ¿No te ha enseñado la alcahueta de tu madre a rezar entre los dientes?

     -¡Dios mío, vos estás loco!

     -¿Loco?, ¡si estoy temblando!... ¿Pero ha habido ocasión mejor de conocer el misterio de la muerte? Un niño que llora, una selva inmensa y perdida y un hombre sin esperanza alguna. Vení Angelito, ¡quiero verte! ¡Hagamos un pacto Lucifer!, y ayudadme, vosotros, entes infernales que sugerís la calumnia; vosotros, númenes que torcéis el alma de un hombre de bien, para hacer de él un fanático; vosotros, genios que fundáis la tragedia en el error y hacéis gemir a Edipo; vosotros, ídolos conscientemente falsos que hacéis de la palabra espejismos fatales y encamináis las muchedumbres al desastre; codicia del oro que te alimentas con el hambre; oraciones de asesinos que imploráis el auspicio divino para degollar inocentes; vosotros, ladrones de sepulcros, profesionales invocadores de difuntos, a vosotros os conjuro, a vosotros que habéis probado no temer a la muerte. Os pregunto: ¿qué hay más allá?... ¿No contestáis?... Entonces cuando menos decidme: ¿hay justicia en el arcano?... ¿Por qué llora un inocente y no el alma del negrero miserable que sin amparo lo sumió en la selva? ¡Necesito saberlo! ¡Acaso me sea mejor arrojarme en brazos de la traición abyecta!

     Entonces un grito horroroso resonó en el bosque y surgió un relámpago de acero.

* * *

     El Angelito había callado, y colgada de la horqueta de un arbusto, estaba la cascabel con la cabeza cortada a cercén. Felipe la había matado a medio paso de su compañero cuando este preguntaba qué era la muerte. Hubiese tenido su respuesta fatal, eficacia la invocación, si Clara no hubiese advertido el peligro inminente. Entonces, en loca carrera y formidable salto, descargó su machete sobre la horrible serpiente.

     Al verla, Eusebio sintió frío en los tuétanos y su febril incontinencia ante el misterio se doblegó, rendido. Quien llama a la muerte, la espera de frente.

     -Tiene catorce anillos, uno por cada difunto -declaró Felipe.

     -¿Será la misma que mordió al Angelito?

     -¡Quién sabe! A lo mejor lloraba porque no la habían matado. ¿No ves cómo calló?

     Clara avivó la hoguera y los tres, sentados en silenciosa rueda, sopesaban sus emociones.

     Sólo cuando empezó a despuntar el alba tardía, volvió a hablar Felipe:

     -¿Estás enfermo?

     -No.

     -¿Vamos a trabajar?

     -Seguro.

     Tenía los ojos enrojecidos y sentía el cuerpo dolorosamente maltratado. Le hacía falta descanso, sueño; pero para aplacar la excitación y relajar los músculos, debía rendirlos previamente en el trabajo.

     -Bueno; vamos aquí cerca, llevanos el desayuno.

     Cuando llegaron al lugar debieron esperar un rato, pues no había suficiente claridad. Limpiaron alrededor del árbol elegido y se desnudaron medio cuerpo.

     Eusebio no podía apartar de la mente el estremecedor episodio de la noche y cuando éste dejaba de conturbarle, el recuerdo de Margot se apoderaba de él con una avalancha de escenas semiolvidadas, a todas las cuales descubría nueva significación y sabor.

     Varias veces equivocó su tarea y el compañero debió llamarle la atención sobre lo que parecía descuido.

     Ya era relativamente tarde cuando emprendieron realmente el trabajo. Cada uno por un costado del árbol empezaron a destrozar los anillos de su tronco formado en décadas. Él trabajaba con ahínco, cada golpe del hacha poderosa, entraba, cortaba y hacía volar mil astillas, como si en el impacto la potencia psíquica pulverizada escapase con la materia.

     De pronto, Felipe abatió el hacha, pidiendo silencio con enérgica mímica. En el bosque se obedece sin réplica un ademán de esta clase. Ambos quedaron atentos y después de un rato de inarticulados murmullos lejanos, cuando la monotonía selvática ya disolvía la atención e iban a hablar, se oyó claramente un grito de mujer.

     -¡Clara! -exclamó Eusebio-. Algún animal.

     Tiró el hacha, recogió el revólver que había dejado a un lado, y empuñando el machete, vertiginosamente se metió en la trocha y corrió hacia el puesto. Con igual ímpetu lo siguió Felipe.

     -¡Un tiro, dispará un tiro!

     -¿Para qué?

     -Para que sepa que la oímos -y por su parte emitió un estridente y prolongado grito.

     Dos estampidos se agregaron al mensaje de socorro y entre saltos y braceos, seguían la frenética carrera, desalados por hurtar emoción al tiempo. «Si muriera, volvería la esperanza», le dijo su voz infame a Eusebio y sintió repugnancia de sí mismo. «Quizá pudiera volver a Margot» -pensó-, y un supersticioso terror a la venganza del destino trastornó su cabeza; mas sus propios pensamientos, con terca independencia seguían paralelo impulso que su aflicción y natural honrado.

     No hubo más gritos y un silencio vorticoso de lúgubres presagios les enfrentaba con la pavorosa imagen de un lamentable fin.

     -¡Qué pasa Clara, dónde estás! -irrumpió gritando en el claro aledaño al rancho.

     Más silencio.

     -¡Clara, Clara! ¡dónde estás!

     Sin respuesta; el torbellino de una agonía siniestra les hizo correr enloquecidos alrededor de los cercanos matorrales.

     Al fin, un débil quejido detrás de unas matas orientó el afán. Allí se precipitaron los dos. Clara tendida en la seroja, con las ropas desgarradas, sangrante un muslo, lloraba sobre un brazo, y con la otra mano amparaba la rosada timidez de sus senos descubiertos.

     -¡Qué te pasa, decime, por favor, qué te pasa!

     Sobre su cuerpo había arañazos y magulladuras por todas partes; mas Eusebio no llegó a comprender la causa. Felipe, más perspicaz y experimentado, después de mirar un rato, retirose a alguna distancia a esperar.

     Levantó a su compañera y la llevó hasta el lecho. Cuando iba a incorporarse, los brazos de Clara lo guardaron hacia sí y él la dejó hacer, devolviendo las caricias con retributiva caridad, para purificarse de la reconocida infamia de sus impulsos anteriores. Mas todavía no veía con claridad y preguntó:

     -Decime, ¿qué te ha pasado?

     -¡Palacios, vino Palacios, el del otro lote!

     -¡¿Qué?! -gritó incorporándose de golpe y retrocediendo espantado-. ¡Un rayo alumbró en su conciencia el espectro de su propio castigo!

     Mas, como hombre que era, se creyó inocente por el solo presunto pecado de la mujer y se encaró, acusador:

     -¡Qué te ha hecho, decime la verdad!

     -¡Nada... no me pudo hacer nada!

     -¡Mentís!

     -¡No, Eusebio, no, por Dios, no pudo hacerme nada! -gimió incorporándose alarmada y descubrió el pecho jadeante para hacer rogar las manos por la fe de su verdad. Sangre le manaba de la boca y tenía un profundo arañazo en la mejilla.

     -¡Cómo fue, hablá!

     -Él quiso... cuando me opuse, me quiso echar... corrí, me alcanzó tras esas matas... -se sentía estremecida recordando el aterrador momento. Yo le mordí la mano, y grité, varias veces... me pegó y me rompió la ropa... después oyó los tiros, me volvió a pegar y se fue.

     -¿No mentís, decime, no mentís? -La sacudía violentamente por los hombros.

     -¡No, Eusebio, te juro!... ¡te juro por...! ¡por mi hijo! -concluyó, rendida.

     -¿Por tu hijo? -gritó exhalando todo el aliento.

     «Un hijo de esta mujer... ¿y Margot?».

     -Sí, tu hijo. Sollozó una vez más.

     Se cubrió la cara con las manos y tambaleó como un borracho.

     -Perdón, esposa mía... perdón... esposa mía -balbuceó en su aturdimiento.

     Clara sintió correr por sus venas una alegría dulcísima. Aunque no comprendiera sino escasamente el alcance sagrado de la palabra, la majestad del vocablo que por siglos ha sido para la mujer el triunfo supremo del amor; la fuerza de un reiterado ruego ancestral, de un anhelo traído con el sexo, trocaba el concepto en melodía, haciéndola inteligible mediante una recóndita clave de belleza, tal como la estrofa oscura cuya resonancia misteriosa embriaga el alma de incomprensible luz.

     Sus heridas, el cuerpo magullado, parecían curar milagrosamente al toque de esta improbada caricia espiritual, nunca concebida. No la había llamado así, ni esperó un instante que así pudiera llamarla y este galardón lo recibió su pecho humilde en el nombre del hijito que ya amaba

     Se puso de pie, se llegó hasta él y quiso manifestar el agradecimiento que fluía a torrentes del corazón. Le tomó las manos y se las apartó del rostro presionando suavemente. Vio sus ojos enrojecidos, extraviados, la cara macilenta y comprendió que estaba lejos. Se ciñó a él sin pensar en nada, sin pedirle nada y una inefable dicha se recostó a dormir en lo profundo de su seno.

     Él fue cobrando poco a poco la conciencia del momento en que vivía, se sintió abrazado, vio a Clara y comprendió lo injusto que había sido.

     Cerró los ojos y retribuyó con infinita dulzura las caricias: «Margot, esposa mía, si fueras tú...».



CAPÍTULO VIII

LA ISLA

     Haciendo un esfuerzo agotador, logró serenar la furia que, fragorosamente, le hervía en el pecho. Sintió un odio profundo hacia el hombre desconocido que había intentado por la brutalidad, crear un drama más en su vida. No había tal sentimiento del honor que requiere venganza, sino que por primera vez, en mucho tiempo, tenía ante sí un sujeto en quien descargar su ira con entera justicia. Esta vez, la pasión era neta, de contornos precisos, sin región alguna de claroscuro, sin matiz alguno que atenuase su eruptiva fuerza. Hasta se sintió gozoso; esta vez nada ni nadie podría regatearle el desquite e impetuosamente resolvió llevarlo hasta sus últimos extremos.

     Ayudó a su compañera a lavarse y la curó con los medicamentos disponibles: salmuera y miel. Con dulzura, acostó a Clara y se despidió como si quisiera volver a trabajar. Luego recargó el arma y se encaminó a buscar el rastro de Palacios, seguro de poder seguir sus huellas en el bosque.

     Se habría internado veinte o treinta metros, cuando vio que Felipe tranquilamente sentado sobre una raíz saliente, se distraía aguzando unas varas como para armar una trampa. Sorprendido, preguntó:

     -¿Qué hacés aquí?

     -Te esperaba -contestó sin mirarlo.

     -Y bien: ¿entonces sabés adónde voy, verdad?

     -Sí.

     -¡Bien, adiós!

     -Y siguió su camino vigilando los rastros.

     -¡Un momento... no vayas!

     -¿Qué?

     -El otro oyó los tiros, sabe que vinimos y espera que se le siga... Ahora, es él quien te está esperando. No vayas, ¡te matará sin que siquiera lo veas! -Se había incorporado y hablaba convencido.

     -¡Pero esto no puede quedar así! -gritó furioso ante la amenaza de la frustración.

     -Hay que esperar otro momento... además... Quedó dudando si debía decir o no lo que quería.

     -¿Además qué?

     -Es la primera vez que estás en estas selvas...

     -Sí. ¿Y qué?

     Dudaba aún y lo miraba fijo con sus ojitos negros apenas abiertos, sin mover un solo músculo, como si una fría savia vegetal corriese por sus venas. Por fin se decidió:

     -Aquí una mujer no es de uno, sino también de uno. Eso lo saben todos...

     -¿Lo saben todos?... -Quedó aturdido, desconcertado ante una justificación tan imprevisible. No supo qué decir: sus pensamientos no seguían un camino racional. Luego, impulsivamente continuó-: ¿Y por qué no has tomado entonces vos a mi mujer?

     -Porque sé que no sos como todos; que es la primera vez que estás aquí y porque necesito trabajar -terminó riendo-. Nada más sencillo.

     -¿Y eso qué?... ¿o es que me tenés miedo? -replicó agresivo, desviando su cólera sobre el rústico que se le oponía con tan formidable lógica.

     -¿Miedo? ¡Eá! Los pobres no tienen miedo -lo miraba impasible, sin pestañear, ni revelar la menor emoción, impersonal como un médium en trance.

     -¿Y por qué no me matás y te quedás con mi mujer?

     -Estás loco... ¿creés ser el único que tiene mujer? En mi pueblo yo también tengo a mi esposa y a mi hijo que me esperan.

     Nunca había mencionado que tuviese hogar. ¿Pudor de la felicidad? ¡Mas, este rudo habitante de la selva, ahora parecía un hombre!

     Otra modificación violenta. Sus nervios subían al ápice de la tensión en un sentido y caían bruscamente arrastrados por un nuevo hecho, que los distendía de nuevo al máximo. Olvidó todo: que Clara había sido ultrajada; que él recibió la injuria a través de ella; que hervía de rencor y odio, que fue a buscar a un hombre para matarlo, que Felipe se había interpuesto. Todo lo olvidó.

     Este hombre tenía una esposa que lo esperaba allá lejos, en su pueblecito de horizonte azul. ¿Podía ser real? ¿podía ser esto efectivo? Entonces, ¿podía ser cierto que la desgracia lo acosara solamente a él? Necesitó saber:

     -Decime, ¿cómo es tu esposa... es linda?... ¿es blanca, tiene los ojos y los cabellos castaños?

     Felipe juntó las varas que había labrado y se encaminó hacia el rancho.

     -Vamos... aún podemos tumbar el incienso de esta mañana. -Marchó, se adelantó unos pasos, dando la espalda a quien por sus ojos quería escrutar sus afectos-. Mi esposa es una mujer de trabajo... no usa polvos; apenas flores en las trenzas.

* * *

     A la tarde llegaron los contrabandistas de caña. Traían sólo unas pocas botellas, pues una mayor parte la habrían ocultado en algún lugar del bosque. Empezaba a caer una lluvia fina que prometía persistir y levantada la barbacoa se trasladó el fogón al amparo del techo de tacuapí.

     Con el mate empezó la charla sobre las últimas novedades que llevaban los trajinantes. Quien viaja por soledades está obligado a transportar la fama.

     Había tiempo para vender y beber. No se hacía referencia a la rubia mercancía, ya que su compraventa estaba asegurada. Los vendedores sabían a quién llevar, y su comercio era flexible, para acomodar el inocente vicio a las posibilidades. Cuando un peón esmirriado y harapiento se acercaba, rascándose el bolsillo para encontrar las últimas monedas, comprensivos ellos, le vendían «un trago», todo lo que sin tragar abarca el buche, y amistosamente le deseaban un pronto cambio de fortuna. Mas, si la opulencia alcanzaba a algún apelotonado billete, entonces quizá pudiese probar un camambú: todos los tragos posibles de una vez, sin pausa alguna. ¡Y Dios sabe que estos honestos mercaderes más de una vez perdieron!

     De pronto, los arrieros mencionaron a un personaje conocido por Eusebio: don Juan, el colono de la isla Paranambú, a quien habían visto buscando el cadáver de su nieta cuando venían en el remolcador.

     -El viejo don Juan se va -comentó uno de ellos-, quiere vender su rancho y plantaciones. No vive contento desde que perdió a su Rosita.

     -¿Encontró el cadáver aquella vez?

     -Nunca lo encontró. Se fue remando hasta más allá de Encarnación, pero por allí el río ya se hace muy ancho y es difícil buscar.

     -¿Qué hizo el pobre viejo?

     -Dicen que anduvo mucho tiempo por la «Villa» como un loco. No cesaba de mirar el río y preguntar a los barcos si no habían visto nada. Dejó la chacra abandonada. Entraron animales... los vecinos, los que pasaban por el río. Usted ya sabe cómo es por aquí: cualquiera se apodera de las cosas que se dejan.

     -¿Qué piensa hacer ahora?

     -Quiere ir a morir a su pueblo. Dicen que todos queremos ver nuestro «valle» antes de morir...

     -¿Cuánto pide por la chacra?

     -No sé, ¡pero qué va a pedir tanto! -se encogió de hombros-, es ocupante, no tiene títulos y si se va, cualquiera se va a meter allí... Tiene lindas plantaciones y siempre vende a los barcos.

     ¿Por qué no podría arreglarse con don Juan? Esta idea le atrajo lentamente el pensamiento. ¿Qué le quedaba de los arrugados papeles que había obtenido cuando ejercía el rico oficio de bolichero? Ya muy poca cosa; uno a uno se habían ido tras las carísimas botellas de caña. Un tanto asustado, hizo un rápido recuento.

     Advirtió con cierta vergüenza un cambio en sus propósitos. Dos pequeñas luces en su entendimiento polarizaban ideas divergentes: una, perdiendo magnitud; la otra, ganando potencia, como los faros de banda de un barco que vira en la oscuridad. Su anterior afán de perderse en la selva para huir de los recuerdos tormentosos y esconder su romántica aventura, le había resultado fatal; era la luminosidad que amenguaba; su inconfesable anhelo de ser rescatado por una persona o un acontecimiento que cargara con la responsabilidad de la perfidia y diese a su conciencia una magra oportunidad de justificación, era el destello acreciente.

     Todo lo inculpó a la selva. El espíritu necesita de un espacio para dejar correr la fantasía; cuando menos, un pedazo de cielo con su panorama de astros errantes, con una glacial constelación que escriba en la noche inmensa los dictados del destino, o acaso la claridad de las albas que hace olvidar el ceño del hado. Luz, más luz, sombreada de blanco por transparentes jirones de nubes; hojas que goteen sol, aire, más aire, que murmure lejos y que acometa el rostro. El espíritu sueña viajar con las garzas y cantar con las aves, aún cuando sea sobre los brazos abiertos de su propia cruz. Aquí no se encontraba más que opresión, límite, y una lujuria vegetal de formas multiplicadas para recortar y refluir el ámbito.

     Lo hallarían de nuevo y eso era ya urgente; él mismo percibía la necesidad de reencontrarse. Esas fugas sucesivas de su yo, lo habían perdido a sus propios ojos.

* * *

     Resolvió de nuevo ir otra vez, y un sentimiento de sana vitalidad animó su disposición.

     Compró caña e hizo un alegre y general convite. Hablaba simplemente por hablar, lleno de gozo, deseando comunicar alegría. Se puso a contar cuentos obscenos para divertir al corro; hasta concedió cariñosas bromas a Clara y se burló de su maltratado aspecto.

     -Nos peleamos esta linda moza y yo, pero ya nos arreglamos, porque ella sabe que la quiero. ¿No es así Clarita?

     Felipe le miraba extrañado; no podía explicarse estos cambios de humor tan repentinos y sucesivos. Lo atribuyó con simplicidad al alcohol, y creyó necesario espaciar con prudencia las vueltas siguientes.

     Los contrabandistas quedaron a dormir. Con una manta, improvisaron un toldo para reparo, y al día siguiente, aún cuando la lluvia no había cesado, prosiguieron viaje.

     -Felipe, nos vamos.

     -¿Adónde?

     -Voy a ver si puedo arreglarme con don Juan, quiero comprarle la chacra.

     Se le quedó mirando un rato sin responder. No le extrañó la decisión; así era siempre; en cualquier momento, alguno quería proseguir su camino.

     -Hay que pedir la liquidación -terminó por todo comentario.

     -¿No querés venir con nosotros?

     -Yo tengo que ir allá -dijo mostrando el oeste perdido.

     Esa misma mañana fue a ver al habilitado para pedirle que recibiesen la madera.

     -Usted tiene poco o no tiene haber, ¿por qué quiere ir todavía?

     -¿Para qué preguntar a un paraguayo por qué quiere ir?

     Cuando el sol hubo secado el barro de la picada maestra y empezaron a circular nuevamente los camiones, ellos dispusieron el rotoso equipaje para marchar al puerto.

     -Venimos a pedir la liquidación; nos vamos -dijo, acercándose a la baranda de la contaduría.

     -No hay fierro.

     -¿Cómo que no hay fierro?

     -No hay, está atrasado; el remolcador que venga por el catre lo va a traer.

     -¿Cuánto va a tardar?

     -Ocho, diez días; depende de que se le avise que estamos listos... pero si ustedes trabajan, podemos apurar más.

     -Yo soy solo.

     -¿Solo?, igual. Traiga su papel; pero de todas maneras no hay fierro, ¡eh!, Velázquez, revíseme esta cuenta.

     El mandado se puso a ojear libros y planillas. Luego, sin decir palabra, puso el resultado delante del contador.

     -No se puede ir; no tiene haber.

     -¿Cómo es eso, cuánto debo?

     -¿Y qué? ¿Se ha creído que cualquier chambón puede venir aquí con mujer? Para venir por aquí hay que buscarse alguna india vieja que viva de tacuapí... ¡Je, je, je! Vaya a trabajar en el embalse.

     -¿No puedo saber cuánto debo?

     -Vaya al embalse; cuando termine, venga, vamos a hablar.

     Estaba seguro que toda esa comedia de la falta de fierro y también muy posiblemente el débito que no le dejaban ver, era un simple pretexto para retenerlo mientras acabase el urgente trabajo de embalse. ¡Quién sabe cuántos más estarían en su misma condición!

     Fueron nuevamente bajando hacia el río. De pronto, vieron las conocidas casitas del puerto y allá, a lo lejos, un pedazo del horizonte de las aguas. Arriba, el cielo, el sol fulgiendo para todos, magnánimo y universal. Recorrió con la mirada las cimas irregularmente imbricadas de los árboles que en las altísimas barrancas del frente parecían las estratificadas olas de una rebullente catarata saltando el despeñadero. «Es la vigorosa y terrible pugna por salir», se dijo. «Al mirar el bosque, hay que ver el volumen, lo que está debajo y empuja hacia afuera», solamente así se puede vislumbrar la dramática lucha interna. Por eso el triunfal penacho de colores de los que han vencido la resistencia y pueden mirar el sol».

* * *

     Cuando llegó, los palanqueros y embalsadores habían dejado su trabajo, y comían bajo los árboles el grasiento reviro.

     -¿A usted también lo mandan, compañero?

     -Sí, hasta que llegue el remolcador.

     -¡Ju na gran!, así estamos muchos, dicen que no hay fierro.

     -Dicen.

     -¡Pero debe haber! Nuestra plata es sagrada. No venimos aquí a podrirnos para que nos digan después que no hay fierro. ¡Que lo saquen de cualquier parte!

     -¿Qué le vamos a hacer?

     -Esta tarde vamos todos a la administración y ya va a ver usted que con unos cuantos tiros aparece el fierro. ¿Nos acompaña?

     Lo habían rodeado varios e invitaban imponiendo.

     -Vamos.

     A la tarde, un pelotón como de treinta hombres encabezados por un tal Ayala, hombre de aspecto temible y famoso por varios aguaises, se encaminaron hacia las casas.

     Cuando llegaron, la alarma se extinguió con la sorpresa. Cinco o seis entraron en el despacho del contador y el resto quedó afuera para apoyar la demanda.

     -Ya les dije que no hay fierro -dijo como saludo don Juan, con una seguridad y valor inesperables.

     -¡Debe haber! ¡Nuestra plata es sagrada!

     -Díganselo al administrador.

     -Usted sabe que no está; por eso se lo decimos a usted.

     -¿Y yo que soy? Un triste trabajador como ustedes. ¿De dónde quieren que yo saque la plata? Ya he dicho que el administrador se fue a traer.

     -Nunca está el administrador cuando falta plata.

     -¿Y qué quiere que haga si no le mandan? Los patrones se atrasan, no giran. Él se fue a apurar y viene con el remolcador.

     -¡Déjese de macanas! Después saldrá con que no vino y nosotros, colgados... Para mañana tiene que estar el fierro, de cualquier parte.

     Al fin, convinieron enviar un mensajero a la población de enfrente para transmitir un despacho comunicando que la madera estaba lista.

     A la noche, la peonada no fue a sus ranchos. Rodeando la administración y la vivienda de don Juan, apostados bajo los árboles tomaban mate y hacían disparos.

     El contador había reunido a cinco o seis de los suyos; y con buenas armas esperaban el amanecer bebiendo.

     Noche negra de nervios acosados.

* * *

     Al amanecer, regresó el mensajero. El remolcador partía esa mañana de Encarnación con el administrador y el fierro.

     -No se van a morir por esperar un día. Vayan a apurar el embalse.

     -Nada de embalse. Hasta que llegue la plata no nos movemos de aquí.

     Fueron a la proveeduría y se apoderaron de comestibles que cada cual llevaba a placer. Hicieron traer caña de la Isla, y al cabo de unas pocas horas, casi todos estaban borrachos. Don Juan no se movió de la casa, pues sabía que ahora eran aún más peligrosos.

     Eusebio que no tenía haberes o que quizás los tuviese muy pocos, optó por escurrir el bulto a esta disputa que no sabía en qué iría a parar.

     Mas, antes de ir, quiso ver si no hubiese alguna carta perdida, algún errático mensaje que hubiese llegado cumpliendo el mandato del azar, a quizá por resultado de una afortunada búsqueda de su paradero, que por su parte él había querido ocultar.

     Entró a la administración desamparada y hurgando, pudo encontrar la pila manoseada de las cartas que esperaban ser retiradas por los destinatarios, o por quienes trabajaban cerca y podían hacerlas llegar. Él, con su nombre parcialmente mimetizado, mal podía haberlas recibido. Encontró, sin embargo, tres y su alegría hizo que para sí fingiera sorpresa.

* * *

     Ninguno de sus borrachos compañeros les pidió razón, cuando de nuevo se dirigieron hacia el puerto con sus pilchas, caminando con lentitud.

     Había una sombra trasparente y lucían los colores con la pureza de las piedras preciosas bajo el agua clara. Era una mañana para dejar que la mirada quedara flotando sobre la brisa; para aspirar los perfumes agrestes, de selva; una mañana para escuchar el suave arpegio del corochiré nativo y dejar colgado el sentimiento como un pendón cansado, que de cuando en cuando se abre en anchos senos para decir al aire que no lo fatigue en vano. La pereza y el germen del arte nacieron en una tal mañana, fecundados por una tibia naturaleza equilibrada de luz.

     Recordó Eusebio que en un día como éste, navegando con jangada, les habían dejado en la arenosa playa de este puerto. En aquel entonces, quería esconderse en la selva con su nuevo juguete de amor; mas, ahora, a la vuelta de pocos meses, sentía una extraña bienaventuranza por encontrarse tan sólo sentada a la vera de un ancho camino, con muchas huellas humanas. Su deseo de llegar se diluía en el ambiente, y las cartas tentadoras y accesibles ponían ante sus ojos la inestimable retribución de la añoranza. Se sentó sobre un tronco cercenado, puso sus pies junto a un haz de sol, anotó la distracción de su compañera que reclinada sobre un codo mordía una hoja verde y se dispuso a leer.

     «Mi querido don Eusebio: -decía el Mayor-. ¿Quién le ha mandado a usted hacer testamento y sepultarse vivo? Recibí su carta en la cual me daba usted instrucciones para disponer de sus bienes y tuve el honor de poner en posesión de su casi vacío almacén a doña Leonor, quien al recibirlo, creyó que tenía asegurado lo porvenir. Mas, cuando descubrió que para vender, previamente había que comprar, empezó a desteñir las alabanzas que le había prodigado, para terminar después con lastimeras quejas.

     »Yo creí que usted iría al Brasil, a buscar trabajo en alguna ciudad, como usted puede hacerlo y por allí todos orientamos nuestras pesquisas; pero como nadie supo dar noticias, nos imaginamos que se había ido en el remolcador. En otro viaje, el patrón me confirmó estas sospechas, y al fin creo haber dado con su paradero.

     »Por aquí todo igual, como que todo es inalterable, con la variante de que ahora jugamos el truco en lo de Pulé. Doña Rosenda, para mi gusto, siempre es la más guapa mujer del pueblo, a pesar de sus hijas. Mi pena es que no esté en edad de gustar de los hombres serios como yo.

     »Al principio quedó Flaminio desconcertado y corrido; pero después se encogió de hombros. Estoy seguro de que no le guarda rencor; trate de encontrarse con él y mándeme noticias; pero eso tampoco quiere decir que usted se descuide mucho; ya sabe que si se deja llevar por un mal humor, no le remorderá la conciencia.

     »Hay otra cosa, que para mí es muy importante: mi hija ha terminado sus estudios, va a trabajar y me invita formalmente a trasladarme a Posadas. ¿Qué le parece? Ya estoy hecho un montaraz y me costará trabajo atarme al cuello una corbata como gustaba hacerlo cuando creía que la dicha venía con las modas de París. En fin, todo está por verse; pero lo que efectivamente quiero es que usted me dé sus noticias. Cuénteme, cuénteme, amigo; su historia de aquí no puede terminar con que 'se fueron'; sus amigos y yo, querríamos agregarle el 'vivieron muchos años felices y colorín, colorado... Le envío también dos cartas de Asunción que han llegado para usted; ya ve que hay mucha gente que le recuerda. Muy afectuosamente.»

     Largo rato después de haber leído, aún mantenía su sonrisa. Siempre había simpatizado con el Mayor y éste le había dado pruebas efectivas de que también le tenía afecto. ¡Cuán grato le resultaba este manar puro de sentimiento, generoso, incondicionado e inagotable! Querer a una persona, simplemente, sin esperar nada de ella y sentirse siempre dispuesto a dar por ella algo. Una cosa parecida o igual era su relación con Óscar; pero en este caso estaban las sombras de su doloroso drama, en el cual su amigo actuaba como personaje secundario. Cuando pensaba en él, no podía olvidar que había sido un próximo testigo, demasiado allegado a los recuerdos dulces, que al rememorarlos le envolvían de tristeza, y también demasiado próximo a los otros, a aquellos que daban remordimiento. Allí estaban dos cartas suyas. Vaciló un momento antes de abrirlas, alejó el cuerpo del haz de sol que, de los pies se le había subido a las rodillas, y miró el camino que llevaba al río.

     Clara, a su lado, dejaba correr la vista tras las pequeñas intimidades del bosque y en su rostro, un trazo indefinible revelaba una apacible alegría interior; una cosa exteriormente inmotivada, no nacida de un recuerdo, no nacida de una imagen, de ninguna esperanza, alegría de vivir, porque sí; algo de la primera sonrisa del niño recién nacido.

     Él la miró: decididamente los ásperos meses de penurias habían ajado el pomo sedoso de su tez y la pureza inmaculada de la frente. «Pero volverá a su primitivo ser», se prometió a sí mismo. «Cuando la nueva vida requiera de ella sus mejores savias, libre de mancilla se brindará su cuerpo y el amor cuajado en sangre, le volverá su lozanía.»

     La primera era larga. Una relación del tipo de vida que bien había conocido; pero con algunos nuevos personajes que eran citados y entraban en escena sorpresivamente, pues él nada esperaba de ellos. Su concepto exterior de todo aquello se había cristalizado en un punto y apenas podía concebir que todo siguiese su curso prescindiendo sencillamente de él. La carta no traía noticia especial que él esperase; ninguna referencia a Margot. La leía deprisa, sintiéndose estafado en su ansiedad. Aún más, profundamente incomprendido. Referirse a los lugares donde había transcurrido su juventud sin poner en la cúspide más visible la imagen eminente de sus sueños, se le hacía incomprensible.

     Un nervioso desasosiego agitó su ánimo. Él, que venía corriendo tras una secreta esperanza, encontraba de pronto la nada «¿Qué habrá sucedido? ¿No estará en la ciudad? ¿Por qué me hablará de tantas cosas sin decirme nada de ella? ¿Habrá algo que quiera ocultarme?» Dejó la carta a un lado y rompió nerviosamente el otro sobre.

     «Ni me acuerdo de cuánto tiempo hace que no recibo una letra tuya; ¿te has internado en la selva tras los amores de alguna princesa india?.

     »Por aquí todo igual; cuando cae agua se dice que llueve y cuando achicharra el sol, algunos bárbaros opinan que hace buen tiempo. Escribe, hombre, cualquier cosa, así sabemos cuando menos hasta qué día has vivido. Tu asunto sigue igual. Algunos se extrañan de que guarde tan rigurosamente la ausencia; pero para mí no hay tal misterio. Se ve en ti y entonces ¿cómo olvidar? Pero no se aviene a pronunciar la media palabra que tienda el puente de plata. ¡Espero tus condenadas lineas!»

     Esta vez miró el camino que llevaba a la selva. ¿Para qué había venido? ¿Para encontrarse con el mismo ceño testarudo y humillante? ¿Para que el amigo lejano hiciera ejercicios de ingenio para darle la limosna de una frase consoladora?

     Solamente le quedaba allí su Clara, con su amor sencillo e incondicionado, muy ceñida a las formas que pudiese percibir de la propia vida de él, e inmensamente alejada otras veces. Una hidra amorosa que sin explicación aparente, abandona el tallo para ir directamente a una rama. «¿Tendrá también su inquietud? La inquietud de percibir el matiz de cómo la quiero este día, qué podría hacer ella para hacerse querer más». Porque en ese momento de desengaño, no le costó reconocer que era un noble pedazo de cielo, un cielo tan puro que no se alhajaba con estrellas que hiciesen de hito a los sueños. Para él jamás enunció una negación y se había dado aun cuando alguna vez fuera contra la íntima castidad de su ser. Sí, lo había advertido: siempre cerró los ojos cuando el pudor no tenía otro velo.

* * *

     Desde el puerto se veía la punta de la isla Paranambú, alta y rocosa, mostrando en algunos lugares, desnudas paredes de asperón y agitando airosa su lujurioso penacho de selva subtropical. Un estrecho brazo, navegable en las crecientes, la separa de la costa occidental. Su pequeña extensión de unos pocos kilómetros cuadrados da cabida a unos cuantos pobladores que se jactan de ser independientes de cualquier administración u obraje, que gozan del perdido privilegio de vivir sin autoridades, y que se sustentan de buena o mala ley, según las posibilidades del momento.

     Allí los recibió don Juan con la desgracia perdida en sus ojos zarcos.

     -Le voy a dar la chacra por lo que pueda darme ahora o después; pero con una condición...

     -¿Cuál?

     -Que no le falte velas a la cruz de mi hija. Allí está en la barranca y es milagrosa. Ténganle fe. Los jangaderos al pasar mandan el bote a prenderle una vela para pedir que no les pase nada. ¡Ella los protege! Eso me han dicho varios; que cuando le prenden una vela, la niebla no les cierra el paso y que los vientos no levantan marejada. A usted, mi hija, a usted le recomiendo; era buena, era una inocente, no están allí sus huesos, pero todo el río es su sepultura... Hija mía, ¿me promete usted que no se va a olvidar?

     -No, don Juan, no me voy a olvidar.

     -Entonces, ella la va a bendecir desde el cielo.

     El resto fue fácil: el viejo no decía cuánto quería, sino cuánto podían darle. Y, generosidad por estrechez, Eusebio desarrugó para él hasta el último de sus menguados papeles.

     Quedó unos días más.

     A sus herramientas se agregó únicamente una azada. Le enseñó cómo se planta el maíz con la estaca aborigen y cuándo se clava la «rama», madre de la generosa mandioca. ¡El naranjo y la mandarina, la piña y el banano, formaban liños en la chacra y cómo esperaban, en su acucia exuberante por alguna artesanía!

     De la casa de tablas aventaron el acre olor a pucho olvidado, los nidos de avispas que en el trópico guardan del abandono, y con regocijo infantil, ahumaron los cuartos para deshabitarlos de insectos. Por primera vez creyeron posar en un nido.

     Hasta concedieron hospedaje. Un peón del puerto vecino venía huyendo de las fuerzas que había hecho llamar el administrador para dominar el levantamiento.

     -Vino el administrador -contaba- haciéndose el muy manso. Ordenó que se liquidase de inmediato el haber de todos los que querían, que se les iba a pagar. Entre tanto, despachó el remolcador a pedir auxilio a Encarnación.

     Contaba que hasta entonces solo habían sacado comestibles de la proveeduría; pero que después, con los tragos, algunos se atrevieron a más y se hizo el verdadero saqueo. Cuando todo terminó allí, continuaron en la casa del contador y en las de los empleados.

     La noche que iban a atropellar la casa del administrador, llegó la gendarmería. Rodeó a la peonada, cogió a los más y sólo unos pocos pudieron escapar por el monte.

     -Todo lo que saquen a estos bandidos es para ustedes -incitó el administrador.

     Entonces empezó un nuevo saqueo a la inversa. Los peones maniatados que aún gemían a causa de los sangrantes machucones de un apaleamiento brutal, fueron despojados de sus más miserables pilchas, de sus últimos centavos. Todo el bosque aledaño era un fantástico mar de lamentaciones de pobres mujeres arrastradas a violaciones sucesivas, de niños errantes que iban llorando en busca de los suyos. Los soldados, para hacerlos callar, les apretaban las narices y les hacían tragar aguardiente.

     El Ayala amaneció muerto. Nadie supo cómo había ocurrido. Dijeron que había querido escapar, pero olvidaron cortarle las amarras de los pies y de las manos.

     El resto fue apilado como leña en la bodega del barco, que volvió a la villa después de haber restablecido el imperio de la ley.



CAPÍTULO IX

«LA FUERZA DEL DESTINO»

     Echó la simiente con la mano llena de oscuras incógnitas, apretado por la necesidad de subsistir. Y cuando enternecido contempló la revelación de los tiernos brotes, descubrió porqué se pinta de verde la esperanza. Fue sabiendo qué clases de nubes traen las lluvias y cuáles vientos tienen el húmedo seno propicio. Aprendió a mirar el vuelo, a escuchar el canto de las aves, a distinguir el matiz en el color de las hojas, para averiguar el recóndito misterio del cambio de tiempo. Y la luna perdió un poco de su sentido poético para hacerse arúspice de las entrañas siderales.

     Poco a poco fue conociendo los barcos que pasaban, a descubrir el acertijo de sus nombres por el tipo de explosión de sus motores, mucho antes de estar a la vista. Y si el viento ocultaba el gárrulo sonido, la forma diluida en los reflejos, la altura de un palo, el lugar del escape, el color del humo, la posición de un toldo, debían ser indicios suficientes. Muchos quedaban por frutas que se llevaban en bolsas por un precio irrisorio, pagando en especie comestible. Los tripulantes, al pasar, saludaban con la mano, y con mucho más entusiasmo si Clara se mostraba en la barranca.

     Un buen día se arrimó la «Marfisa». Flaminio subió a la casa y conversó con ellos como si nada hubiera ocurrido. Les hizo compras y hasta ofreció fiarles sus géneros. Viendo recelos en Eusebio, sin más se encaró con él para decirle:

     -Mire, don Eusebio, lo que pasó entre nosotros, se acabó. Ella lo quería a usted y usted se la llevó; ¿qué tengo que protestar yo por eso? Pleito terminado.

     Él preguntó por la gente de Panambí y Flaminio le dio noticias a placer. Don Julio, igual; el Mayor, dudando si iba o no a Posadas. Pulé tenía un nuevo chico; doña Rosenda, sin novedad... Clara preguntó por su madre.

     -Está mejor -sonrió con picardía-, al principio no nos podíamos entender. Parece que ella daba mucho al fiado y no podía pagar.

     Eusebio entendió la embozada intención de las palabras: quizá la vieja mañosa habría tardado en enterarse de que la voluntad y liberalidades del lanchero tenían un fin más estético.

     -Está sana, más gorda, está bien; vende mucha caña. Ese muchacho, Aníbal que estaba con ustedes ahora continúa con ella.

     Estuvo a pique de invitarla a hacerle una visita, siguiendo la rutina de su táctica de captación de mujeres; mas se detuvo a tiempo.

     Siguió viaje y volvió otras veces con frecuencia. De esta suerte, pudo comunicarse con los viejos amigos en forma verbal o escrita, e iba acumulando nuevas noticias de que nada nuevo había. Mas, quien en realidad nunca revelaba ni el ápice de una alternativa, era don Julio. Cada vez que preguntaba por él, la respuesta giraba a este tenor: «Siempre igual... con sus músicas y algunos frascos de perfume».

     Poco a poco su espíritu pareció ir aquietándose con la mansa variedad de esta vida. De vez en cuando, los vecinos venían a visitarlo con una guitarra, un organillo, que cantaban dulces amores campesinos. De Asunción venía una carta con un breve sobresalto y una laxitud posterior con los menudos trozos de papel que se llevaba el viento. Su puerto fue adquiriendo nuevamente fama de estar provisto de especies comestibles para los barcos y estos paraban con más frecuencia para hacerse de verduras, aves y frutas. Fue así como una tarde recaló en el remanso el hermoso carguero «La Fuerza del Destino». El patrón explicó que debía subir mucho para hacer un cargamento de madera y que por culpa del cocinero borracho, se había perdido toda la carne.

     -No tengo vacunos, pero puedo ir a buscar a alguien que quizá le venda.

     Cuando estuvo de regreso, ya caía la noche y los interesados entre copas hicieron el ajuste.

     Después de una cena con mucho condimento, se pusieron a departir. Un marino se anticipa a la vejez por las cosas que tiene siempre que contar... y al cabo también Eusebio sacó su pobre alforja de aventuras: había trabajado en el monte y antes, había estado en un pueblo llamado Panambí.

     Y entonces apareció el tema inevitable:

     -Dígame, amigo: usted que debe saberlo bien, ¿qué hay de esas historias de los mensús; que los hacen trabajar a palos, que los conchaban mediante anticipos y después los arrean a los obrajes?

     -Esto ha cambiado mucho. Ya no es la tierra de los capangas, de la cacería del hombre y el «chasquido familiar del látigo». Ahora el «España», el terrible barco prisión en que viajaban los mensús bajo recibo y con guardia armada, ha cambiado de nombre y transporta románticas parejas que van en luna de miel a las cataratas. Los últimos capangas se perdieron en el monte cuando empezó el regreso de los soldados de la guerra del Chaco.

     -¿Qué pasó? ¿Liquidaron algunos capangas?

     -En algunos casos, sí; pero la mayoría de las veces no fue preciso. El paraguayo ha llegado a adquirir el hábito secular de la guerra. Ha debido estar guerreando siempre: con los indios, los mamelucos, más de cien años cuando las revoluciones comuneras, contra media América del Sud en el setenta; con Bolivia en el Chaco y en revoluciones, ¡cuántas veces!... Y como es hijo, nieto y biznieto de soldados, admira íntimamente la gloria militar. Sí, la admira y la respeta y la cultiva.

     -¿Qué pasó cuando llegaron de vuelta los soldados?

     -Nada particularmente notorio... se habrían mirado, reconocido quizá, se sentaron al lado del fogón y el soldado contaba sus historias... Algunos viejos matones, demasiado fieles, lucharon obstinadamente contra el hechizo; pero esos fueron los últimos que pasearon la carroña por el río. La vida se removió profundamente. Los que no sabían trabajar sino con esclavos, liquidaron sus obrajes. Se arruinaron los turcos de Encarnación y de Posadas que mantenían los prostíbulos y cobraban un tanto por mensú desembarcado en el puerto de destino. Dicen que ninguno de ellos ha logrado conservar nada de lo que así habían ganado...

     -¿Y ahora se acabaron los anticipos?

     -No es que se hayan acabado precisamente, sino que ahora el interesado en reducir los adelantos es el patrón. El anticipo servía cuando el crédito podía cobrarse a la fuerza sobre la persona; pero desde que se acabaron las guardias de capangas, eso ya no sirve. El peón que debe mucho se escapa, va a otro obraje y como siempre faltan brazos, se lo toma. Se anticipa en los pueblos del interior, en el momento del ajuste; pero el que está aquí ya recibe muy poco.

     -¿Qué tal la vida?

     -Muy dura.

     -¿Por qué viene entonces toda esa gente?

     -Amigo: en este país las pasiones mandan y las necesidades gimen. El paraguayo hurta su fruto a la tierra ajena. Furtivo y rápido, planta cuatro horcones y siembra lo que ha de darse en poco tiempo. Si le sale bien, reitera; si mal, busca conchavo. Abandona lo que no es suyo, ¿ha perdido? Los pocos que tienen tierras obran abrumados por la misma idea colectiva.

     -¿Qué tal ese pueblo donde usted vivía?

     -Aburrido; bueno para la caña y para el truco... Allí vive también: un paisano suyo, muy amigo mío.

     -¿Cómo se llama?

     -Don Julio Escobar.

     -¡Qué!... ¿don Julio Escobar? ¿Está seguro?... Dígame cómo es él.

     Mientras Eusebio describía el talante de su amigo, el patrón agitaba los brazos, hacía gestos y ademanes; el asombro le agobiaba el pecho.

     ¡Es el mismo!... ¡quién diría que por aquí sabría algo de él! ¡Era mi vecino y amigo en Rosario! Hace como diez años que desapareció y nunca se supo más de él. ¡Vea lo que son las cosas!

     Eusebio permaneció callado, esperando que pasara el impulso de esta viva emoción. Presentía que esta vez se acercaba al recóndito misterio de una vida y le pareció que su silencio más que cualquier pregunta, era una incitación a hablar. Mudos, el uno frente al otro, quedaron largo rato. Ya todos habían dormido y sólo el equipo de luz del buque trasmitía una apagada vibración. Afuera, la calma de la húmeda niebla; en el uno un presentimiento y en el otro el estupor que produce el descubrimiento de un destino humano.

     -Usted no sabe quién era don Julio, ¿verdad?

     -No, ni nadie sabe nada aquí.

     Quedó pensativo otro rato; mas la hora cargada con una sola emoción hacía inevitable la confidencia. Sorbió después un lento trago de la copa de coñac.

     -Quizá haga mal en decir algo a usted... ya que él nada ha dicho a nadie... pero cualquiera al tratarlo se ha de dar cuenta de que no es un hombre vulgar -se animó-. En Rosario tenía buena posición; enseñaba en varios colegios y era un hombre respetado y querido. Vivía solo, solterón, ordenado y metódico, sin que se supiese cosa alguna que pudiera serle reprochada.

     Le visitaban sus alumnos para pedirle libros y otras cosas; creo que a más de uno ayudó a costear sus estudios. Todo el barrio lo conocía; siempre bien vestido, bien peinado y afeitado; muy cuidadoso de su persona. Tenía una sola manía que usted la conoce. Le gustaba la música y el baile, el baile decente; pero le gustaba, hay que convenir que le gustaba y tenía muchas amigas jovencitas a quienes hacía pequeños obsequios, revistas, libros o cosas parecidas. Algo bastante sospechoso en un solteronazo como él, pero a la larga todos se convencían de que era sumamente decente y respetuoso. No le digo que no tendría sus aventurillas; pero la verdad es que si las tenía, las sabía tener.

     Aunque nadie lo esperase, sucedió lo que tenía que suceder; un buen día salió casándose con una alumna suya.

     Cayó la noticia como un bombazo. En ese tiempo yo estaba embarcado en un «cachirulo» que trabajaba en la fruta y semanalmente pasaba dos días en casa. Se casó no más, sin más trámites. La novia tenía quince años, y él entonces ya andaba arriba de los cuarenta. El pobre parecía chocho con el juguete que se había llevado a casa y no hacía sino hablar de las habilidades, de la inteligencia, del buen gusto de su María Cristina. Así pasaron dos años, quizá tres, hasta que un mal día supo que la señora se entendía con otro.

     Y bueno, amigo, saber eso y mandarse mudar, todo fue uno. No dijo nada a nadie, ni una palabra de reproche a su esposa, ni renunció a sus cargos, nada, nada. Desapareció del mapa. Unos decían que había ido al sur, al Uruguay; otros, al Brasil, ¡qué sé yo! Lo cierto es que no se supo nada de él hasta hoy...

     Se dio una pausa.

     -¿Qué se hizo de su esposa?

     -¡Hombre!, anduvo un tiempo haciéndose la desesperada, hasta que al fin se fue con el otro, que era justamente lo que quería. Arreglaron un divorcio alegando que fue abandonada; lo cierto es que ahora vive casada con el otro y ya tiene varios hijos... Ésa es la historia, ¡pero lo que no entiendo es por qué ese buen señor se mandó mudar! Si la mujer le ponía cuernos, ¿por qué no la echó de la casa y se acabó?... ¿No le parece?... Pobre don Julio, y para más, mucha gente habla mal de él, creyendo la historia que contó la otra, de que la había dejado. Pero, ¿por qué la dejó? Ahí está el asunto. ¡Fíjese amigo, lo que son las mujeres! Sólo muy pocos sospechan la verdad de este asunto y yo la sé por una verdadera casualidad.

     «Ser capaz de dar -recordó Eusebio las palabras de don Julio aquella tarde-, ser capaz de dar cada una de las horas de la vida.» Ahora estaba claro lo que entonces era un enigma. Significaba el ininterrumpido sacrificio de vivir una existencia ofrendándosela a otro. El heroísmo de una renuncia cotidiana. Cada mañana, al ver la luz del sol, don Julio estaría diciendo: «este día también es para ti» y al ponerse: «tuyo también ha sido». Anularse para proporcionar a otro la justificación de un acto reprobable y aún más: introducir en su conciencia un elemento de duda que favoreciese la justificación. ¡Cuanta profundidad debe tener un espíritu para ser capaz de perdonar de este modo! Perdonar infamándose a sí mismo y reconciliarse cada tarde con la idea del perdón. Afianzar una felicidad ajena y sonreír a la desdicha propia. Besar la cruz, no con lágrimas y palabras de desesperación, sino con un gesto melancólico lleno de soledad. Encararse con la noche eterna, ir caminando lentamente hacia ella y alumbrar el camino con recuerdos infaustos, dulcificados por una generosidad sublime. No olvidar, no sobreponerse al amor, sino seguir amando para sacar fuerzas de ese amor desdichado, para que los ocasos luzcan suaves celajes de aurora, para que las noches negras envuelvan sentimientos de serenatas, ¡para que en las tardes solitarias tengan su místico lenguaje las estrellas!

     Se sintió pequeño al lado de tanta grandeza. Toda esa aparente pusilanimidad era sólo un disfraz; debajo se ocultaba todo un ideal de perfección, porque le pareció imposible que una conducta tal, no tuviese su fe de compensación. Era un desequilibrio anímico demasiado grande: en alguna parte debía existir el contrapeso. ¿Dónde?

     -Dígame, amigo, ¿cómo podría hacer para ver a don Julio? -preguntó el patrón interrumpiendo el curso de sus pensamientos.

     -¿A ese hombre; a ese hombre colosal? ¿Para qué quiere verlo? A ese hombre hay que sentirlo.

     -¿Y qué? ¿Acaso hace falta mucha escuela para sentir?... quiero llevarlo conmigo hacia arriba y dejarlo a la vuelta, así tendríamos varios días para hablar.

     -¿Aceptará?

     -Cualquiera aceptaría; ¡pero vaya uno a entender a éste!

     -Déjelo en paz, nosotros no lo podemos entender; debemos limitarnos a respetar su sacrificio.

     -Su sacrificio; no hable macanas, ¡su imbecilidad! -quiso beber la copa de un trago, pero la mano insegura la vertió en el pecho.

* * *

     Al día siguiente prosiguió viaje «La Fuerza del Destino»; y al verlo alejarse, Eusebio sintió algo del descuaje de un sentimiento ignoto; algo del dolor de una despedida sin el cariño que la explicara; una cosa semejante al final de una melodía transportadora, sin los acordes finales que previenen que el sueño termina. Sin saberlo, quedaba grávido de una nueva idea.

     En los días sucesivos, no pudo comprender qué le estaba ocurriendo; mas, la imagen de don Julio aparecía con rara persistencia en sus pensamientos. Al comienzo sonreía con tímida burla a la aprobación que daba su amigo ausente a su aplicación al trabajo; nunca en él viera un ejemplo tal; por él, en su obsequio, se vio otorgando una avergonzada cortesía a su humilde compañera. Pensaba y obraba en atención a esta conciencia ajena, hasta que al fin descubrió que el pálido y extraño personaje, con la admiración que había encendido en él, personificaba la confusa expresión del deber, de la sensibilidad moral que nunca había brillado con luz propia en su entendimiento.

     Se avino a mirar con mayor sentido de lo justo, el trajín silencioso de su Clara, la ternura que fluía de su mansedumbre y sin sentirse atraído por ella misma, como una ofrenda a la grandeza de alma que casualmente había descubierto, se impuso la obligación de hacerla feliz. Ella, que ya avanzaba en los meses de gravidez, de pronto, se vio mimada, protegida y se miraba las manos, los brazos, el cuerpo desformado, ineficaces para expresar la colmada dicha de su amor. En los momentos de ocio, se entretenía contándole cosas viejas, episodios de su niñez; aquello que le era siempre grato y contribuía a entonarla con ingenuidad, con la virtud del trazo simple que de una vez manifiesta la substancia. Ella escuchaba, atenta y graciosa. En pocas ocasiones formulaba preguntas y si algunas veces le era imposible entender la intención del relato, lucía su puro regocijo sólo por oírlo hablar.

     Fue entonces cuando por primera vez, ante los ojos atónitos, se levantó la punta del velo del milagro que hace el ser generoso; el desconocido placer del desprendimiento moral y de la íntima retribución que se alcanza con la dádiva. Primero, acechaba el gozo que excita el don; después le fue más y más estimable la gratitud, hasta que un día descubrió en sí un inefable sentimiento de blanda complacencia, sólo por dar.

     ¡Por otro atajo llegaba al amor!

* * *

     Esa apacible tarde de otoño, habían escuchada varias veces al través de las ráfagas fugitivas, la regular explosión del motor de una lancha que remontaba el río.

     Cuando el sonido fue más perceptible, se asomaron a la barranca para otear el horizonte y allá, a lo lejos, pudieron columbrar la borrosa mancha de una pequeña embarcación que doblaba un cabo, muy ceñida a la costa.

     -¿No te parece que aquella es la «Marfisa»?

     -Parece que es; pero no debía venir tan pronto.

     -Ha de ser... tiene el escape a la izquierda. Quedaron un momento callados, pensando en las cosas que podrían comprar u ofrecer al lanchero.

     El inmenso Paraná humilla su onda por una falla geológica que las fuerzas cósmicas han abierto sobre una meseta; las aguas atormentadas en el desfiladero, corren enfurecidas entre recios paredones de basalto y asperón que agobian sus flancos y revuelven sus entrañas.

     Los vórtices frenéticos revientan con el chasquido de una monstruosa boca hambrienta y aspiran con el fragor de una garganta habitada por el tumulto de las agonías; y si aquí se produce la succión de la vorágine, un poco más allá, un impulso inverso hace borbotar el agua, llevando a la superficie la última convulsión de los choques tremendos de las masas desenfrenadas en los abismos.

     Arriba no se oía el rumor de los raudales y el río parecía cubierto de lamparones fluctuantes que se movían una vez en un sentido, luego en otro, un rato a favor del curso, ya cruzándose con él, para disiparse al fin o ser cubiertos por otros más potentes. El sol moría sobre los sotos; pero en el alto ribazo de la banda oriental, aún lucía la luz bermeja que soflama el pudor de los pétalos albos.

     Sentáronse a esperar sobre el césped limpio y, con infantil diligencia, se entretuvieron poniendo obstáculos a una azorada hormiga, que, al fin, abandonó la carga. Rieron y él la reclinó sobre su pecho.

     -Contame algo -pidió ella.

     -¿Que te cuente algo?... no sé qué podría contarte...

     Y registró la memoria buscando alguna anécdota fácil que pudiese brevemente contar, mientras la lancha vencía los reciales con la proa testaruda.

     -Pues -comenzó riendo-, esto me sucedió en una planta de mango...

     Dijo que el árbol era del vecino, claro está, pues que tenía frutos en racimos amarillos, dulces y jugosos.

     Todo el santo día eran su tentación y la penitencia. Los veía dorarse, adquirir sazón y los oía caer con pesado sonido al otro lado del muro.

     Algunas veces le habían permitido ir a cogerlos del suelo, ¡pero quién pedía permiso al viejo cascarrabias! y la hija no lo quería bien porque era un chico de calle. Hasta las fámulas eran soberbias en esa casa y alzaban orondas la mandíbula, nacida para roer los huesos, cuando lucían la cofia y el delantal.

     Unas gruesas ramas sobrepujaban el muro; por allí pasó una noche con el estómago que se le llenaba de saliva urgente y un terror convulso que caminaba a contrapelo. Se hartó, llenó los bolsillos, el ablusamiento de la camisa y por inmoderada angurria, fue hasta las últimas ramas que crujían, abrumadas.

     Cuando andaba por ellas, la puerta silenciosa dejó pasar la fantasmal silueta de la señorita de la casa, en bata, quien, al parecer, venía cautelosamente hacia el árbol para atraparlo con las manos en la masa, apenas hiciese el menor movimiento que lo ubicara.

     Tan tieso como sus cabellos, quedó allí meciéndose en mala ora con el viento, atajando el huelgo escandaloso, y pidiendo silencio al azorado corazón. Pasó así un rato interminable y cuando creía que podía esperar el deseado regreso de la doncella -un poquitín madura-, por un portón de servicio confabulado y de discreto gozne, se deslizó el varón con desconfiados pasos.

     -¡La policía -me dije-, ésta es la cárcel, la vergüenza, el fin de mis cabellos! ¡Ni Cristo me salva de la infamante rapadura!

     Parecía que se habían sentado sobre el poyo de piedra loza que allí había, a esperar que él se moviese. No podía ver que hacían, aun torciendo mucho el cuello, pues la oscuridad y las ramazones se lo impedían. Continuaban ellos con un siseo muy bajo, sin adelantar las investigaciones y él, con una inquietud enloquecedora.

     No se atrevía a moverse; no se atrevía siquiera a cambiar la incómoda posición en que lo pilló el fantasma, porque traía embarazo con la carga y el temor.

     Pasaba el tiempo, los pies descalzos se le entumecieron sobre cada rama, los brazos se le envararon, la cintura denunciaba creciente queja por el torcimiento absurdo que le imponía la desusada carga, mientras perdía los ojos por una horqueta hospitalaria que a pocos pasos lo tentaba con sus nervudos miembros acogedores.

     El cálculo estaba hecho: un pie aquí, el otro bien apoyado allá, aferrarse firme con la derecha, hurtar el cuerpo a esa hojarasca, torcerse y avanzar con cauteloso tiento. Empezó despacio, a coro con sobresaltos; él iba bien, hasta que una traidora sombra engañó a la mano que iba por ella.

     Mas, no fue él quien, al caerse, gritó. Fue, tal vez, el eco de cierta muerte perdida allá en las entrañas de un inmenso vacío. Pero, al ir dando botes de rama en rama, si ya se oyó a sí mismo, gritando horrorosamente, hasta dar en tierra, mojado en algo pegajoso que le pareció fuera sangre.

     -La señorita -reía Eusebio a carcajadas-, aullando histeria se zambulló en su pieza, y el otro... ¡ja, ja, ja!, con zancadas de cíclope y se perdió en la calle... -la risa le excitó el catarro y se puso a toser y reír pasando sin pausa, de una convulsión a otra.

     Clara también reía; pero más por comunicación que por la picardía del cuento que no alcanzaba su inocencia.

     -Para pasar a casa, subí otra vez al árbol; qué sé yo cómo lo hice; el caso es que, desnudo, en mi cuarto, ¡descubrí con gran alivio que la sangre era jugo de mango! -volvió a reír.

     -¡Ay! -respiró entrecortadamente un rato-, esto me atreví a contar sólo después de mucho tiempo. Creí que me buscarían para llevarme preso.

     Hacía tiempo que no reía así. Se sintió dolorido y a la vez restaurado. Se levantó y ayudó a entrar a Clara; la «Marfisa» tomaba el remanso.

     «¿A qué, es a este lugar o a don Julio a quien debo este momento dichoso? -se preguntó-. Aquí hay horizonte; con horas de anticipación se dispone el ánimo para una buena o mala noticia que sube lentamente el río. Aquí, en medio del camino, me ha sido revelado el solemne misterio de una vida cuya enorme fuerza moral ha penetrado en mí, lo siento. Ya los viejos recuerdos van perdiendo su eficacia corrosiva. Estoy a punto de reconciliarme con mi idea de lo porvenir. Margot... siempre la guardaré conmigo como el relicario de mis antiguos sueños, cuando piense en ellos, miraré sus ojos..., pero aquí puede que llegue a ser feliz con mi buena compañera y los gritos de salud, de alegría de mi hijo varón. Sí, debe ser un varón recio, que crezca con el vigor de un lapacho y hienda la onda con la agilidad del dorado... Alguna vez he de reír de todas mis cosas pasadas, como he reído hoy... y esto que ahora me ha causado tanta gracia, también me estremeció de pavor en su hora.

     »Pero Flaminio parece que no atraca... va a mandar la canoa».

* * *

     Efectivamente, de la lancha se desprendió un bote y Eusebio bajó a recibirlo.

     -¡Eh!... don Eusebio -gritó Flaminio desde la timonera-, estoy apurado, a la vuelta vengo... Hay carta para usted.

     -¡Gracias!... recuerdos a los de allá.

     Embarrancó el bote en el barro, saltó uno a darle el papel; con firme empuje lo hicieron zafar de nuevo y se alejaron bogando, parados, con cuatro remos.

     Se metió el sobre en el bolsillo, ocupado en hacer señas a los de la lancha y así como ésta se hubo alejado más, lentamente subió la barranca por el tortuoso caminito que pasaba ante la cruz de la Rosita.

     Pidió la lámpara y se acomodó para leer.

     Al fijar la vista en el sobre, sus ojos quedaron clavados, desorbitándose en pos del embeleso: ¡la carta era de Margot!

     Había esperado tanto tiempo justamente esto, tantas veces había imaginado lo que haría, tantas veces había soñado verse redimido por esta carta, tantas veces había llorado sobre este envejecido anhelo, que antes de abrirla, como ejecutando un rito antiguo de fervor amenguado, la llevó a sus labios fríos. ¡Esto se había prometido siempre!

     «Mi querido Eusebio: Me piden en tu nombre una media palabra que te haga venir. ¡Cómo partirla en dos, si es tan breve: ¡ven!.

     »Cuántas veces en las noches acongojadas de soledad, he gritado: ¡ven!, para mí misma; cuántas veces la aurora me encontró gritando ¡ven!, a su celaje rosa. Solamente tú no debías oírme porque era preciso que si venías, lo hicieras por mí y no 'por reparar la falta'. Tal falta no existe. Si alguna vez la hubo, la he purgado.

     »Si aún me quieres, ven, pues yo te espero, si aún me quieres.

     »Margot»

     Leyó una vez y otra y otra y siguió leyendo. Parecía de piedra, mirando, absorto, línea a línea la hoja de papel. No quería pensar en su significado, temía a sus pensamientos, sólo quería penetrar cada trazo de la letra enérgica para que le revelase el instante del sentimiento.

     Había orgullo en esta carta de amor. Era un llamado que flameaba con la insolencia de las banderas de rebelión. Y una vez más se sintió sojuzgado por este arresto de energía imperiosa que arremetía con su ánimo feble. Así era ella; daba amor y pedía la vida, como esos insectos caníbales que devoran a sus amantes, mientras éstos vibran en el deleite de la fecundación. Mas, reconoció que no de otro modo debían poseerlo. Su impulso vital era un núcleo de fuerza; un saco de pólvora que se extinguía sin un estruendo, sin dirección alguna, con llamarada efímera, si una mano no disponía para él la máquina rígida que lo hiciera útil a una intención.

     Al lado de ella la vida tendría sentido; la vida tendría su para qué. ¡No había de morir de tedio a su lado! Allí estaban las empresas; allí los vértigos arrebatadores de los picachos enhiestos; allí las luchas titánicas de redención; ¡allí el estandarte de la legión de los elegidos que mueren faltando y viven irritando al hado al privarle de la incógnita lo por venir!

     Relumbrón de la gloria, sueño de oro, pícaros duendes del placer que me guiñáis tentadores, ¡soy un sol dado! He de correr también tras las delicias que se llaman vanas, pero que inflaman un instante con el remedo torpe de la omnipotencia creadora. ¡Pues qué!; ¿el placer está en lo que produce goce o en el hecho de gozar, sin que importe qué sea? ¡Qué tiene de absurdo que el gañán grosero exprima en un bajo burdel su divino hálito! ¡Qué de incomprensible que el tosco soldado se crea un monarca haciendo cumplir la orden que humilla, que veja! ¿Por qué mirar desde el cielo, si se vive en la tierra de horizontes mezquinos, de dichas fiadas a plazo?

     Y tú, argonauta de la desesperación que me mira con fingida tristeza de suplicante, tú, don Julio, ¿qué quieres conmigo, quién eres tú?

    -«El deber.

     -»¿Qué es el deber?.

     -»Clara.

     -»¿Quién es Clara?

     -»¡La humilde, abnegada y sufrida mujer paraguaya!»

* * *

     ¡Oh destino de las almas débiles que no sabéis realizar vuestro destino! ¡Igual que esas perdidas flores, sin aroma y sin belleza, fiáis al acaso la fecundación! La abeja voladora no os percibe; esperáis el paso de algún mísero insecto que no os ha visto el color. ¿Hacia dónde el polen llevará la brisa? ¡Y una tarde agobiáis la cabeza sobre el néctar perdido cuyo dulzor habéis preparado en vano! No sobreviviréis en el fruto, no sabréis de la gestación de la semilla; vuestro sino es aborrecer la vida y agasajar a la muerte. ¿Renunciar? ¿Resignarse? ¡Qué hacer! ¡Qué hacer con esta niña invencible porque jamás arrostraría el combate! ¡Qué hacer con esta niña que le miraba con la mansedumbre de una limpia aurora de estío, sin un arrebol; que no sabría cubrirse ante el ceño de la tempestad!

     ¡Esta carta había que responder y pronto! Decir alguna cosa, atinar con algún atajo; quería ir, pero no se atrevía, ¡oh encrucijada sentimental!

     Al instante reconoció que no se determinaba a tomar la pluma para decir que iba, ni mucho menos para decir que no iba; ¡oh, turco dichoso, que no tienes tales problemas de decisión!

     Don Julio le seguía mirando con su sonrisa. No podía apartarlo de la mente. Sabía que él abogaba por una y que mientras permaneciese ante sus ojos como una sombra, la conciencia no sería vencida.

     -«¡Viejo, qué decís!

     -»No debes ir, ésta tiene tu hijo.

     -»¡Bah! Palabrerías; los hombres no tienen hijos antes que hayan nacido. Deja su vientre a la mujer.»

     Allá estaba el amor, los recuerdos imperecederos, la linfa pura de la juventud, la primera caricia, el beso primero, las ilusiones arrobadoras. ¡Allá oía el reclamo de la vida de acción, allá lo dorado del porvenir! ¡Aquella mujer había sido una madre, una novia, una amante; lo había guiado, lo había amparado, lo había amado siempre y aún lo esperaba!

     Aquí estaba el bosque, la modorra de la siesta, la laxitud del viento norte. Podía dejar a su compañera cuando quisiese; de parte de ella no habría un reproche, se tragaría las lágrimas para no darle un pesar. Aceptaría el destino sin sublevarse, criaría a su hijo como pudiese y aún le enseñaría a honrar la memoria del padre que los había abandonado. La sabía abnegada y sufrida; la conocía valiente; había probado ser fiel, pero era un estanque de aguas claras, demasiado quietas: se le veía el fondo, y ¡ciego!, ¡adentro no descubría un solo pez de color!

     Mas, justamente esta mansedumbre lo anonadaba; ¡cómo herir a quien no se defiende, cómo arremeter contra quien nos abre los brazos y de antemano ofrece el perdón! Se sabía cobarde, pero no era un canalla. Presentía que después de una acción tal, su corazón quedaría inservible, inhábil para alcanzar ninguna belleza, ningún éxtasis embriagador sobre el pináculo del sentimiento. ¡Sus días no tendrían olvido, y cualquier goce se vería injuriado por dimanar de un pacto con Satanás!

     Comprendió entonces que en el otro lado de la disyuntiva había también una poderosa fuerza: la fuerza de lo impotente.

* * *

     Cuando los gallos ya habían bajado y cumplían con distributiva justicia el deber marital, Eusebio aún permanecía en su sitio en confidencias con la ahumada lámpara.

     Después se acabó el trabajo, el orden se descalabró con la ilusión y el sueño le venció muchas veces, tirado en la tierra, bajo cualquier árbol. De sus labios no salía una palabra y se manifestaba absolutamente incapaz del menor esfuerzo, como si las potencias de alma requirieran sus últimas energías. Y la arrugada carta consigo, como el núcleo de disolución.

     Clara buscaba el payé misterioso que había obrado maleficio tal. ¿Quién sería la desdeñada vecina, autora del bebedizo, del ramo fatal de virtud hechicera, del pincho clavado en la figura de cera, del conjuro infernal? ¡Oh!, si su madre Leonor estuviera, con dos oraciones y un té de diez yuyos, ¡las brujas precisarían espuelas para afligir los corceles en huida veloz! Y cuando el hombre dormía, se aproximaba ella con pasos muy cautos a engastar en sus cabellos alguna silenciosa lágrima, a hurtarle, muy queda, la caricia olvidada, a posar un tímido beso sobre la frente ardorosa, a espiar el signo físico de la dolencia traidora... mas nunca tocó la carta... ¡Quién piensa que haya tanto daño en cuatro trazos de papel!

     Pasaban los días...

     La conciencia, los sentimientos eran los campos de choques de dos fuerzas poderosas que pugnaban por imponerse con saña demoníaca, haciendo flamear los pendones dispares de la ambición y la justicia; el amor y el sacrificio; la belleza y la abnegación; la energía y la impotencia; el reclamo y la renuncia.

     Para decidirlo, no bastaba el conocimiento de lo pasado y lo presente: era necesaria la visión imposible del futuro. Sólo el sentimiento podía recubrir, no de justicia, quizá de humanidad, una decisión. Pero el sentimiento también se alimenta de un imponderable anhelo de perfección; por eso hay amores que remuerden y odios que ennoblecen.

     Hombre: ser misterioso creado a semejanza de Dios; pero que eres Dios; he ahí tu increíble tragedia. El hálito divino te inspira; pero tus medios no te permiten alcanzar tus fines; aspiras a lo justo y no lo puedes realizar; deseando hacer el bien, causas terribles daños; ¡amas, y el amor es tu tormento!

* * *

     Llegó de vuelta Flaminio; subió la barranca y se encontraron en mitad del camino. Le notó tan radicalmente cambiado, flaco, desaliñado y con la mirada perdida, que le preguntó de inmediato:

     -¿Qué le pasa, don Eusebio? ¿está usted enfermo?

     -No, no me pasa riada.

     -Cómo que no le pasa nada, si está pálido, tembloroso -le tomó el brazo amistosamente-, ¿dígame, sin recelo, amigo, qué le pasa?

     -No me pasa nada... es decir, lo que me pasa, ni usted ni yo lo podemos remediar.

     Quedó mirándolo un largo rato, observándolo atentamente. Eusebio se vio necesitado de bajar los ojos; había demasiada fuerza en el inquisitivo examen.

     -Usted me tiene recelo, don Eusebio, pero yo le quiero bien y soy verdaderamente un hombre; si tiene alguna preocupación, alguna necesidad, no me la oculte... ¿Necesita dinero?

     -No, gracias, Flaminio.

     -Entonces debe tratarse de algo de mujeres, ¡ah, amigo! -¡no podía concebir otro género de pesares!-, ¿ya se aburrió de Clarita?

     Se sintió molesto. ¡Qué manera de preguntar era ésta!, sin embargo sabía, estaba convencido de que este criollo puro, si preguntaba, era porque estaba dispuesto a dar una mano. Vaciló un momento sin saber qué contestar; pero esto fue suficiente para que Flaminio se percatara de que estaba sobre la pista de la cuestión.

     -Si es cosa, de mujeres, no lo tome muy en serio; mire que en ese asunto soy canchero.

     Uno, dos, tres, cuatro, cinco... el corazón le pulsó por el oído.

     -Y bien, quiero ir a Asunción.

     -¿Eso no más?..., suba en la lancha y vamos -se encogió de hombros.

     -¿Y qué hago con Clarita?

     -¡Aja!, ¿quiere ir por un rato, no? -guiñó significativamente-. Eso es un poco distinto; pero no imposible... Póngale unos cuantos guaraníes en el bolsillo y la manda donde está su madre. Le dice que volverá a buscarla después de quince días o un mes y... ¡hasta mañana! -Se sacudió las manos dando a entender que el negocio en esta forma estaba concluido.

     ¡Vade retro! ¡Éste sí que es agente de Satán! Quedó perplejo ante la perfecta amoralidad de este hombre y no se le ocultó su admiración ante tal don ejecutivo, tan lejano de su temperamento. No supo qué decir; debido a la sorpresa se le atascó la réplica y Flaminio, creyendo adivinar que la causa de este silencio podía ser la falta de medios para llevarlo a cabo, que otra cosa no se le iba a ocurrir, propuso de inmediato el atajo.

     -¿Le falta plata? Es muy fácil de arreglar eso. Aquí traigo de vuelta tres toneles de caña que no pude vender; son un poco menos de seiscientos litros. Le dejo a 1.30 el litro; usted los pasa al otro lado, y puede vender a tres pesos argentinos, o más, cada litro. Con ese importe me trae harina, toda la que pueda; yo le pago treinta guaraníes por cada bolsa que a usted le puede costar diez y seis a diez y ocho, y con una noche de suerte usted tiene para pasaje... y otros gastos -agregó con un guiño.

     -Pero mi canoa es chica, y no sé cómo se hace todo eso.

     Se sintió asombrado al escuchar sus propias palabras, pues inconscientemente, sin quererlo, había decidido algo.

     -Vamos, don Eusebio, no me haga creer usted que vive en la luna... ¡Aquí, en esta Isla, va a encontrar usted hasta abogados para el caso que le tomen preso! ¿De qué cree usted que viven todos estos aquí? ¿De la agricultura? No me haga reír... Exclusivamente del contrabando de caña al interior, a los obrajes o al otro lado, a la Argentina. Éste es uno de los puntos que más caña compra en el Alto Paraná. Si ellos se tomaran todo lo que baja aquí, no se podría encender un fósforo a diez leguas a la redonda... Véalo no más a su vecino, Celedonio Brítez; él le va a decir cuándo, cómo y dónde hay que pasar, a quién hay que vender y todo lo necesario.

     No supo qué decir, todas las dificultades le eran allanadas, se creaba en su cerebro un hueco en una parte de la estructura de los razonamientos y el equilibrio de las fuerzas desaparecía con rapidez. Sucumbía a la ocasión, artimaña suprema, vorágine del pecado.

     -¿Y..., qué hacemos, bajamos la caña?

     -Bueno, baje.

     -Vamos, pues.

     Volvieron hacia el río, y Flaminio ordenó la descarga. Cuando estaban por partir, el lanchero le llamó aparte y le dijo:

     -Mire, don Eusebio, yo le vendo esto a usted pero usted no tiene la plata para pagarme; así es que yo también estoy interesado en el negocio suyo. Es necesario que usted personalmente intervenga en él. Hace tiempo que a estos tiburones -dijo, señalando con un ademán a los de la Isla-, no les vendo más que al contado rabioso; ni un céntimo al fiado..., porque son, unos sinvergüenzas. Unos les da algo al fin y al cabo para que ganen y después se vienen con el cuento de que cayó una parte o que debieron arrojarlo al agua. Yo no soy ningún imbécil que se va a poner a llorar por lo que se ha perdido, si efectivamente se ha perdido -recalcó-, pero no quiero que me hagan pasar por tonto. ¿Entiende? ¡Cuidado con esos tipos!

* * *

     Al día siguiente fue a ver al tal Brítez. Era un hombrecito blanco, de cabellos y bigotes renegridos. Sus ojillos eran de un relampaguear constante y la cara redonda y sonriente, parecía que tuviera el fin único de agradar y ser amable. Si el mirar hubiese sido más sereno, cualquiera se engañaba. Vestía una blusa rayada, pantalones rectos y, hundido en una amplia faja de lana negra, hacia adelante y bien al alcance de la mano, la empuñadura de nácar de un reluciente Colt.

     En el aseado ranchito rodeado de viejos naranjos y cerca del río, una mujer joven y bien parecida, trajinaba con la olla y la limpieza. Ella también tenía en todo momento dispuesta su sonrisa; ¡eran dos palomas!

     -Cómo le va vecino, qué sucederá para que lo tengamos por aquí; tome asiento; ¿cómo está doña Clarita?... bien, magnífico, amigo, tome asiento.

     -Gracias, don Celedonio, ¿cómo andan por aquí?

     -Perfectamente, amigo, ya me da vergüenza de tan bien que andamos; ¿verdad que se vive bien aquí en la Isla? Hasta los mbarigüis son mansos. ¿Qué se sirve, vecino, mate, tereré, una caña?

     -Muchas gracias, don Celedonio, venía para hablar con usted de algunos asuntos.

     -A sus órdenes amigo -un levísimo fruncimiento de cejas expresó su extrañeza y la posición de guardia que asumía.

     Eusebio miró hacia la casa preguntándose si sería discreto hablar delante de la mujer; pero los ojitos vivaces del contrabandista advirtieron en el acto el pensamiento.

     -No se preocupe: hable con confianza, siempre que no se trate de mujeres -dijo, festejando su ocurrencia con una breve carcajada.

     -Tengo tres toneles de caña para hacer pasar -espetó Eusebio con la brutalidad del tímido.

     El hombrecillo quedó mirándole fijamente en actitud de acecho, sin dejar por eso de sonreír.

     -¿Quién le dijo a usted que me viera para eso?

     -Flaminio.

     -Ah, don Flaminio... ¿entonces querrá también que de allá se le traiga algo, no?

     -Sí, harina.

     -¡Hum!, el momento no es muy propicio; ahora hay un jefe nuevo en la gendarmería, a quien todavía no se lo ha amansado, en fin... -la seriedad de los ojos indicaba que la cabeza estaba trabajando, pero sin abandonar la imperturbable sonrisa-. Siempre habrá una hueca. ¿Cuántas bolsas de harina hay que traer?

     -Setenta u ochenta.

     -Hum... son dos viajes... o tres, su canoa es muy chica, ¿verdad?

     -Sí, es chica.

     -Bueno... necesitamos cuatro hombres conmigo; yo pongo la canoa y los elementos; le dejamos la harina frente a su puerto, en algún matorral.

     -¿Cuánto me cuesta el trabajo?

     -Cien guaraníes cada tonel y cinco cada bolsa de harina.

     -Yo voy con ustedes.

     -Mejor... entonces necesitamos sólo dos más. La mitad de lo que salga es para mí; el resto se divide entre tres.

     -¿Cuándo podríamos pasar?

     -¿A quién vio al otro lado?

     -A nadie aún.

     Le hizo gracia la simpleza del principiante, pero como ya estaba sonriendo, expresó su regocijo con un movimiento de hombros.

     -Hay que empezar por ahí, don Eusebio.

     -¿A quién podría ver?

     -¿No le conocen a usted, verdad?

     -No.

     -Entonces es más difícil..., no conviene que yo vaya para una cosa de éstas antes de conocer al nuevo jefe -meditó un rato-. Puede ir María -dijo al fin señalando a su mujer.

     -¿Cuándo podríamos ir?

     -Esta siesta, después del almuerzo, ¿le parece?

     -Sí... ¿a quién hay que hablar?

     -No se preocupe, ella conoce el negocio.



CAPÍTULO X

EL CONTRABANDO

     María se presentó muy dispuesta a la hora convenida. Esta vez se había despojado de los pantalones; pero vestía una gruesa media de algodón que deslucía sus lindas piernas. El alegre vestido de vivos colores realzaba la simpática atracción de sus graciosos rasgos trigueños.

     Dispusieron partir enseguida; él de boga, ella al timón con una pala, remontaron el río remando vigorosamente para hacer después el cruce.

     Frente, hacia la banda argentina, una rica colonia de plantadores de yerba, citrus, tung y pequeños madereros desarrollaban florecientemente la tierra. Unos pocos almacenes distribuidos en una vasta superficie y una cooperativa, la proveían de sus necesidades comestibles y de otros artículos manufacturados.

     Las casas, con buhardillas en empinados techos de teja francesa o tablazón, que emergían de en medio de alineadas extensiones de cultivos, evocaban esas exóticas estampas que vienen de muy lejos, cruzando la mar. Alrededor, los hombres de la tierra roja, en casitas de madera, para obreros, contemplaban admirados esta transformación del paisaje, expresando su asombro: «Después de Dios, el gringo»; pero sin rendir por ello sus recias personalidades, que manifestaban su atributo, con un deseo insofrenable de burlar al advenedizo, usando toda clase de artimañas. El peón que se ha hecho pagar un informe falso, un jornal indebido, se siente feliz: «i byro nicó la gringo» -qué tonto es el gringo-, por más que haya reconocido que está después de Dios. Mas, en ese momento, él siente que interrumpe con su presencia esta sucesión.

     Después de arribar al puerto, subieron la barranca en cuya parte más alta estaba el pequeño puesto de gendarmería.

     El hombre de guardia saludó afablemente a la moza; eran viejos conocidos. Le preguntó a qué venía y ella le informó que quería hacer algunas compras.

     -¿No va a venir pasado mañana para el baile?

     -No sé -contestó coquetamente, poniendo en el gesto un vago matiz de secreta promesa.

     -¿Y Brítez?

     -Está enfermo con su paludismo.

     -¡Puf! ¡el famoso paludismo!, pero trate de venir: va a estar muy lindo, en la «bailanta» de Kurt... ¿Y usted? -dijo, dirigiéndose a Eusebio- ¿tiene documentos?

     Se los exhibió.

     -¿De dónde es usted?

     -De la Isla.

     -Éste es el que está ahora en la casa de don Juan -informó María.

* * *

     Desde la casa del Resguardo los miraba el nuevo comandante del grupo. Era hombre alto, cuidadosamente peinado y con descomunales bigotes, según la última moda porteña. No hacía una semana que se había hecho cargo de esta pequeña comandancia y todo le parecía raro y extraño, porque él era del sur, donde se fatiga el sol para encontrar un ombú. Le habían dicho que vendría a encontrarse con una terrible organización de contrabandistas, y él predispuesto, creía ver en cada una de las personas que vivían a su alrededor, a un peligroso integrante de la fantástica banda.

     En realidad, no había organizaciones que actuaran como tales, pero sí, algo infinitamente más sutil y difícil de vencer: la conciencia popular, que no veía en ese delito un hecho reprobable, y de buena o mala fe, estaba de parte de los transgresores.

     Cuando pedía informes o trataba de hallar algún asidero formal, todo se le escurría de las manos y se hacía la idea de que estaba rodeado de felones.

     Por otra parte, el comandante tenía dispepsia a causa de sus hermosos estudios teóricos. ¿Dónde aquí los ficheros de identificación? ¿Dónde los minuciosos legajos? ¿Dónde el microscopio de Sherlock Holmes en estos andurriales, en estos bosques, en estas trochas?

     Los otros vivían en sus aguas. Tenían un formidable conocimiento de la selva, un haber de aventuras y un atavismo aventurero; y mucho antes que los gobiernos asumieran una posesión real de estos confines, ellos ya trajinaban sus vericuetos. ¿La frontera política?, accidente nuevo. Antes, sólo se trataba de un obstáculo geográfico: el río, ¿pero cómo ver inmoralidad en el simple transporte de cosas de un lado a otro? Así habían obrado quienes llegaron antes; ellos mismos hasta poco tiempo atrás. ¿Por qué, pues, esta nueva traba?

     La experiencia les enseñó que debían afrontar un nuevo peligro. ¿Pero, qué es un peligro más si da tan buenas ganancias? Lo aceptaron como una cosa inexplicable; como tantas que debían soportar de los de arriba, como la fantástica circunstancia de acreditar con un papel el propio nacimiento, cuando se estaba allí presente, o probar la salud con rúbricas y sellos, ¡cuando se está esgrimiendo herramientas de trabajo!

* * *

     Apenas se alejaron los dos viajeros, cuando el Comandante llamó al gendarme de guardia:

     -¿Quiénes son esos?

     -Al hombre no lo conozco, no ha venido antes; dice que está en la Isla.

     -¿Y la mujer?

     -Ella es la mujer de Celedonio Brítez. Ése es un hombre peligroso, con algunos antecedentes.

     El Comandante, al fin escuchaba un dato concreto sobre la peligrosidad de un individuo. ¡Por fin los huidizos fantasmas mostraban una faz material visible y específica!

     -¿Hay algún prontuario aquí?

     -No, aquí no hay prontuario. Usted sabe que aquí tenemos pocos papeles; pero es un sujeto conocido.

     Tuvo ganas de recomendarlo de inmediato para un ascenso. El solo empleo de la palabra «sujeto» demostraba que este gendarme era consubstancial con el cuerpo de policía; pero sintió a la vez un escozor de frustración al comprender el significado de la frase: «no hay prontuario». ¿Cómo entonces un buen policía conoce los antecedentes de un «sujeto»? ¡Horrible organización!

     -¿Usted se acuerda de los antecedentes de ese sujeto?

     -Sí, más o menos, mi Comandante. Tuvo una entrada con motivo de una riña; otra vez por el robo de mercaderías que se habían desembarcado en el puerto. Después se sospechó que el tal robo era un cuento y que en realidad, se trataba de un contrabando. No se pudo hacer nada. Se sospechó también que había estado en un tiroteo que tuvimos el año pasado con una banda, pero se dijo eso, sólo porque se sabe que él tiene una pistola ametralladora; pero no es el único. Aquí y allá mucha gente tiene armas prohibidas. De que es hombre peligroso, no hay duda; por algún tiempo se le prohibió la entrada aquí, pero lo mismo iba y venía cuando quería, por ahí, por el monte.

     Los contenidos impulsos del nuevo Comandante estuvieron a pique de dispararse, mas, la cancha era tan reducida, que debió contentarse con un mísero trotecito: hizo vigilar a la pareja.

* * *

     Entre tanto, ésta había convenido su negocio. El resultado fue que en un paraje deshabitado, como a cuatro kilómetros aguas abajo del puerto, al día siguiente y siempre que hubiese buen tiempo, debían desembarcar los tres toneles de caña y en cambio, se llevarían ochenta y seis bolsas de harina. Las partes aceptaron que la operación resultaría un tanto peligrosa e incómoda por que no estaba aún trazado el camino al soborno; pero este mismo hecho haría más jugosas las posibles ganancias y alejaría el sucio temor a la traición.

     Compraron algunas provisiones y baratijas para justificar el viaje y al promediar la tarde, estaban de regreso.

     La información que recibió el comandante era de lo más desalentadora: ningún indicio sospechoso. Mas eso mismo hizo que esa noche destacara excepcionales patrullas y movilizara al máximo su personal. La ley no fue violada y su guardián se sintió defraudado.

* * *

     Al día siguiente, en la otra margen del río, con las últimas horas de la tarde, algunos hombres entraron en cautelosa actividad. La luna menguante debía aparecer a la media noche, pero la calma del ambiente hacía presumible que se levantara la niebla al cese de la leve brisa vespertina; era, pues urgente aprovechar las primeras horas propicias.

     En casa de Celedonio se habían reunido, además de Eusebio, otras dos sombras. A uno le llamaban «Calí», por contracción de Calimero. Era robusto y de ademán sosegado. Una lustrosa cicatriz le deformaba la mano izquierda e iba a perderse arriba bajo la ajustada manga de la camiseta de frisa. A la cintura, una faja que calienta, endereza y resguarda; le enfundaba la greña, una boina oscura, sin gracia ni alarde. El compañero parecía más joven; se insinuaba por su silencio tenaz y una obediencia exacta y sin réplica.

     Celedonio fue sacando sus «elementos»: una pistola ametralladora con varios cargadores, un wínchester y un fusil al que habían cortado el caño para llevarlo disimulado bajo el poncho. Después de verificar el buen estado de las armas, las fue distribuyendo. Se reservó la automática y se hizo llevar los cargadores por Calí. A éste le entregó el fusil cortado y después de dudar un rato, pasó el wínchester a Eusebio.

     -¿Julián, vos no tenés armas?

     -No.

     -¡Y cómo todavía no tenés armas! ¿Cómo querés trabajar sin «elementos»? -por primera vez lo veía sin sonreír y la seriedad parecía una máscara de furor-. Cuando te llegue la ocasión y sientas subir la sangre caliente a raudales por el cuello, por aquí... -las manos crispadas indicaban el trayecto por debajo de la quijada, ascendiendo sobre las sienes y los pómulos-, y llegar a los ojos hasta nublar la vista; cuando la oigas correr y zumbar en la cabeza y sientas que los brazos y las manos frías quieren desprenderse de tu cuerpo para clavarse en tu enemigo, ¡entonces!... entonces vas a preferir un arma al recuerdo de tu madre; pero ya será tarde... Las armas pesan, ¡pero ya debías saber qué horrorosamente pesada es la impotencia!

     La sonrisa volvió a sus labios, helada como el soplo de la muerte, y la dignidad del porte y la mirada, confirmaron la trágica grandeza de esta vida pendiente de un efímero equilibrio entre la miseria y lo fatal.

     -¿Listos? -preguntó y se preguntó, mirando alrededor- bueno ¡vamos!

     Bajaron el escabroso barranco a oscuras y ya a bordo, largaron la canoa. En la popa, Calí bogaba con el pirá-ruguai -espadilla-, y así impulsados, y más empujados por la corriente, llegaron presto al desembarcadero de Eusebio, donde debían cargar los tres toneles de caña.

     Estaban en la tarea, cuando Eusebio oyó que lo llamaban. Era Clara que venía bajando hasta la ribera.

     -¿Qué querés?

     -¿Adónde vas, Eusebio?

     -Vamos a pasar esta caña al otro lado.

     Ella contuvo el aliento. Ya venía sospechando que algo por el estilo se tramaba, pero no quería preguntar. Mas, ante la inminencia del acto, le oprimió una congoja indecible, un temor desconocido, un presentimiento que anunciaba un daño para su hombre o para ella. Se mordió los labios, se retorció las manos, sin atreverse a hablar.

     -Volvé a casa.

     -Eusebio...

     -¿Qué querés?, decí.

     -¡No vayas!

     -¿Por qué? ¡qué sabés vos! -respondió con manifiesto desagrado. ¡No estaba para animarle ésta, sino para servirle de eterna carga!

     -No sé nada; pero es peligroso. ¡No quiero, Eusebio!

     Nunca se había atrevido a tanto; pero no era ella quien hablaba, sino las entrañas negras de la noche, el hálito helado que exhala el cuenco tenebroso cuando en su seno cierne la tragedia.

     -¡Volvé a casa! -repitió mordiendo la ira con los dientes-. ¡Quien decide lo que se debe hacer soy yo!

     Las últimas palabras se las destinó a sí mismo y las oyó con el desatado orgullo de quien recibe el bajo acatamiento del enemigo odiado.

     Sus actos todos eran un homenaje continuo a la deidad ausente, y ésta le inspiraba con las renovadas fuerzas que da el camino perdido y reencontrado, con la atracción prometedora de la meta.

     Pensado, se le ocurrió que en situación igual, acaso también aquella tuviese miedo; pero jamás le diría «no vayas», cuando la suerte estaba echada.

     Clara volvió a subir lentamente la barranca. Ya se sentía pesada, se fatigó y se detuvo a sosegarse ante la cruz de la Rosita. Al verla tan cerca cayó de rodillas:

     -Angelito, esta noche te encenderé una vela... Angelito, ¡protégelo Angelito! ¡Que no le suceda nada, tenme compasión, Angelito, que no le suceda nada! Que la desgracia caiga sobre mí, Angelito, pero que no le suceda nada. ¡Ay! ¡Angelito, que no le suceda nada!

     El colgante paño endurecido, no se agitó con sus suspiros y la crucecita era la cruz, más eficaz para el consuelo.

* * *

     En la noche oscura Orión alumbra su mitológica leyenda de caza; su fúlgido Can Mayor se apresta a embestir al Tauro y las Pléyades desesperadas lloran... y lloran las Pléyades desesperadas. El río arropado en las sombras de las barrancas, sólo recoge en su parte media una claridad estriada en reiterados rombos. El sutil vapor de la niebla empieza a elevarse en delgados filamentos que acompañan el caudal de donde nacieron, arrastrados por la inercia. Los reciales murmuran su rudo choque contra las formaciones de cuarzo y asperón. Todo parecía en calma; hasta el presagio buscaba el nido de un solo corazón.

     -¡Vamos!

     Subieron todos y remaron un trecho para alejarse del puerto argentino donde aún se veían algunas luces. En momento oportuno emprendieron el cruce guardando absoluto silencio. Cuando la proximidad hubiera hecho posible que se oyese el chasquido de los remos o la fricción de los toletes, sólo siguió bogando el que empuñaba la espadilla.

     -Por aquí no más -ordenó Celedonio en voz baja. El bote atracó suavemente.

     Eusebio buscó el lugar de la descarga; sólo pudo ver la enorme masa negra de la barranca boscosa, elevada como una serranía. Desde el borde mismo de las aguas, los altos tacuarales formaban una tupida valla. Le pareció imposible aun desembarcar los toneles en lugar tan hostil, mas tampoco ese era el plan de Celedonio.

     Él sí bajó; se hizo acompañar por un hombre e indicó a los restantes que aguardaran. Eusebio comprendió que no era el lugar convenido, sino que el jefe de la expedición tomaba sus precauciones, dejando a buen recaudo el cargamento, mientras él se cercioraba del estado de las cosas.

     Los bambúes cabeceaban soñolientos...

     Después de largo rato, Calí se inclinó a escuchar y luego oyeron ligeros crujidos que anunciaban la cautelosa vuelta de los exploradores.

     -Vamos, allí; antes de la planchada vieja.

     Empujaron nuevamente el bote y se dejaron llevar por la corriente guiando con la espadilla. Cuando se aproximaban al lugar indicado, una figura silenciosa les ayudó a arrimar.

     También el sitio era completamente selvático; pero muy poco más abajo había un playón como de cincuenta metros y la barranca estaba completamente desembarazada de vegetación hasta la misma cumbre. Era el puesto de la antigua planchada por donde el obraje despeñaba los rollos hasta el río.

     -Descarguen aquí -dijo el que los había recibido.

     Se pusieron a trabajar y sin ruido, desembarcaron los tres toneles. Al rato vinieron a sumarse a la fatiga dos hombres más, quienes después de saludar brevemente, empezaron a hacer rodar las barricas hasta el borde de la rampa e inmediatamente comenzó la lidia con una de ellas para hacerla subir el reventón.

     -¿Dónde está la harina?

     -Por aquí -contestó, y se abrió camino entre las breñas.

     Le siguieron los cuatro. Efectivamente, a pocos pasos estaban unas cuantas pilas irregulares. Se pusieron a contar a la luz de una linterna, y después de algunas vacilaciones se encontró la última bolsa perdida. De inmediato empezó la carga.

     Eusebio se sentía excitado y nervioso, pero la tranquilidad, la seguridad con que obraban estos hombres eficaces, fuertes, serenos, que no pronunciaban más que las palabras indispensables, tornaban una y otra vez a su espíritu la calma. «Y le contaré a Margot lo que hice para volver», se prometía.

     Cuando se hubo cargado poco más de la tercera parte, Celedonio dispuso que se emprendiera el primer viaje hasta un paraje deshabitado de la costa paraguaya. Desde allí podría completarse después el transporte con más seguridad, aun cuando hubiera niebla. A costa de trabajo, abreviaban el riesgo.

* * *

     Las patrullas volvieron empapadas de rocío e impregnadas de rencorosa burla. El Comandante olía el escarnio en cada talonazo y en cada ojo soñoliento. ¡Mal rayo! Se levantó tarde, más tarde que el despecho y, contumaz, no rendido, pidió el parte del movimiento de vehículos del día.

     -A ver, a ver... a ver... mercaderías sospechosas... primero la harina que vale un platal en el Brasil... éste, el camión 2721, ¿adónde fue?... Gendarme Ramírez, mande uno al puesto dos, a ver si ha pasado con la carga.

     A la tarde regresó el enviado.

     -¿Noticias?

     -No ha pasado.

     -Si fue hacia el norte debía haber pasado por allí, ¡ah!, si estuviera en mis manos hacer la ley, se obligaría a los vehículos a que fueran derechos al lugar adonde han declarado que irían.

     -¿Para qué?

     -¡Para vigilarlos mejor!

     No le entendió Ramírez porque aún tenía algo del alma del gaucho vagabundo.

     -Hay que mandar otro a preguntar al puesto uno.

     Ya había oscurecido cuando se oyó el galope del enviado.

     -¿Qué hay?

     -Tampoco ha pasado..., pero de regreso me interné unos metros en el camino que va al obraje viejo «Dos de Setiembre» y vi huellas.

     -¿Qué hay allí?

     -Nada: taperas.

     -¿Qué le parece, gendarme Ramírez? -preguntó con todo el encono del despecho.

     -Puede ser interesante ir a ver, mi Comandante.

     Inmediatamente se dispuso lo necesario para la expedición y marcharon con toda la prisa posible. Al entrar en la picada que conducía al antiguo puesto, ya pudieron seguir las huellas únicas del camión.

     -Aún no ha regresado...

     -Pero eso no quiere decir que esté en el mismo lugar.

     -¿Hay otra salida?

     -Claro, nadie se mete en una ratonera para hacer contrabando.

     Al fin llegaron hasta la ribera despejada. Las huellas se detenían, y después de algunos rastros de maniobras, seguían viaje hacia el sur.

     -Ya se fueron.

     -¡Pero hay rastros!

     Se veía en el suelo el polvo blanco de la harina.

     -También cargaron caña -dijo otro, mostrando los vestigios del rodar de los toneles.

     El jefe se asomó a la barranca y alumbró hacia la playa con su poderosa linterna.

     -Guarda, mi Comandante, lo pueden bajar de un tiro, si están aún por allí.

     -¿Estarán todavía?

     -¿Para qué quiere probar con la piel?

     -¡Bajemos! -ordenó el Comandante lleno de imprudente ira.

* * *

     Los otros estaban terminando de cargar las bolsas restantes, cuando el reflejo del frío haz de luz los alarmó.

     -¡La gendarmería!

     Celedonio se adelantó unos pasos hasta colocarse detrás de una maraña que le permitiese observar que hacían y que se proponían hacer estos nuevos personajes.

     ¡Los vio bajar!

     Se dio cuenta en el acto de que desde el lugar donde estaba el bote les resultaría imposible huir aguas arriba. Para eso había que bogar y bogar firme, tanto más estando cargados y el ruido de los remos los descubriría enseguida. ¡Dejarse ir aguas abajo! ¿Una mancha obscura pasando sobre los reflejos del río frente a una playa abierta? Imposible. Estos tenían mortíferas armas, podrían acribillar la mísera canoa, acaso hundirla. No.

     Primero salvar el bote mediante un ardid, después dejarse llevar silenciosamente por las aguas entre las sombras de los cabos y las calas. Todo lo pensó en un vértigo y lo decidió al instante. Dispuso su estrategia.

     -Vengan acá... Julián, vos que no tenés armas, subís en la canoa y esperas allí, listo para largar..., cuando éstos estén más cerca, nosotros desde aquí, de golpe les hacemos fuego. Aprovechando el susto y la sorpresa, vos largás la canoa y te dejás llevar por la corriente hasta el otro lado de la planchada. Bien oculto allí, nos esperás. No remés, acostate en el plan detrás de las bolsas no sea que te vean y te tiren. Después de estar al otro lado, arrimás, ¿entendés?

     -Sí.

     Los que debían quedar buscaron el tronco amigo, la piedra protectora, el hoyo acogedor, en tanto que Julián acomodaba apresuradamente las bolsas en el bote para hacerse de una buena defensa mientras estuviese solo y desarmado en el campo de tiro.

     La patrulla venía bajando con cautela decreciente. Temían más un encontronazo que una emboscada; sabían que el delito no es agresivo con el fuerte. Usaban de la linterna con cierto recato hipócrita, con un vago deseo de manifestarse y hacer huir. Les resultaba difícil avanzar guardándose de rodar abajo por la empinada breña. Varios de ellos creían llegar tarde.

     Celedonio, tirado tras un rollo partido, veía perfectamente el movimiento de la partida, y esperaba tenerla en lugar descubierto para abrirles fuego. No tenía intenciones de matar; todo individuo que vive al margen de la ley, siendo algo inteligente, sabe que matar a un policía es mal negocio, peor que cualquier otro delito; con ello se concita la indignación del cuerpo y esto ya es temible. Buscaba sí, tenerlos más desprevenidos y sin reparo para aprovechar el momento de pavor.

     Cuando estaban a mitad del camino, se detuvieron a deliberar, en vista del silencio absoluto.

     -Ya se fueron; en caso contrario, ya hubiéramos oído algo.

     -Sí, encendimos la linterna varias veces; a lo mejor se están riendo de nosotros en la otra costa.

     -¡Miserables! -rugió el comandante y dirigió el foco de luz hacia la playa, para desengañarse de una vez.

     Brítez no podía esperar una ocasión en que estuviesen más claramente manifiestos el descuido y la imprudencia. Enfiló su arma un poco arriba, y la descargó con un insolente grito. Los compañeros le secundaron con actividad.

     Los gendarmes sólo atinaron a arrojarse al suelo y a buscar reparo en la maleza dentro del mayor desorden. Los proyectiles encogían los músculos con el silbido agudo. Algunos, con el aturdimiento, se habían separado de sus armas y buscaban solamente la protección del acurrucamiento contra este fuego sorpresivo, cuya dirección desconocían.

     Celedonio volvió a cargar, pero esta vez sus ráfagas no batieron arriba, sino directamente el lugar donde estaba la patrulla. Matar a quien se guarda, ya es más digno, y Celedonio era un bandido con algo de señor. Sí, la proporción es ésta: un señor bandido.

     Mas, ahora importaba que no pudieran recobrarse, que se estuvieran quietos, con la cabeza bien pegada al barro; si alguno se llevaba una bala, tanto peor.

     Miró hacia atrás al cabo de un momento. El bote pasaba con su carga blanca como un camalote tripulado por las garzas. Había que conservar el fuego. Poco a poco empezó la reacción; primero, tiros de pistola, después la rotunda carabina, hasta que al cabo una automática desencadenó su furia. La canoa había llegado. Celedonio, detrás de su rollo, consideraba sonriente el perfecto resultado del primer paso de su plan.

     Los gendarmes, protegidos ahora por el fuego de la automática, pudieron desplegarse y disparar, sin tregua. Las explosiones retumbaban, graves y sucesivas, entre las barrancas del río, como cataratas de peñascos tragados por las aguas. El resonar iba encendiendo tenues lucecitas en las cabañas de las costas. «¿Quién será?», se preguntaban unos con angustia, otros con entusiasmo y también otros con el cobarde deseo de la venganza regalada. Como el fuego continuaba y parecía distinguirse la respuesta, todos pensaban: «esperan la niebla para escapar». Y miraban el río. Grandes zonas de las barrancas ya estaban cubiertas y todo parecía indicar que de un momento a otro el cauce fuera envuelto por el sutil vapor; pero el equilibrio inestable se prolongaba para dejar espacio a lo que había escrito el destino.

     Celedonio no esperaba precisamente la niebla. Sabía que en un momento dado debían cruzar corriendo hasta el otro lado de la planchada, desaparecer en el mato, embarcarse y huir favorecidos por la corriente y la oscuridad. No había riesgo excesivo en la noche cerrada, quizá la automática..., pero era probable que no tuviesen tiempo de enfilar sus tiros.

     Mas, también era cierto que podía caer la bruma, ¡y entonces, bendita sea! Podía esperarse un rato, total, estaba seguro de que los gendarmes no lo irían a acorralar mientras no variaran las cosas. Respondía al fuego de vez en cuando para notificarles que estaban vivos y que sería sumamente peligroso dar un paso más.

     Del otro lado, el gendarme Rodríguez manejaba la automática cómodamente apostado detrás de un árbol, disparaba también a ratos para evitar que los otros se moviesen. Sabía que estarían esperando los contrabandistas; pero no llegó a imaginar dónde estaba la canoa. Creía que estuviese allí, cerca de los fugitivos, mas nunca del otro lado de la planchada. Se le ocurrió que dejando de hacer fuego con su arma, quizá los de abajo se atrevieran a aprovechar esas nubes de vapor que empezaban a pasar, para retirarse. Entonces quizá pudiera ser que los tuviese bien a tiro. Cesaron sus ráfagas.

     -¿Qué pasa con la automática? -preguntó el nervioso Comandante.

     -Se atrancó, mi Comandante, no puedo arreglarla.

     Celedonio rió con los hombros como cuando llegaba al colmo del buen rumor; mas de la hilaridad se desentendieron sus ojos al ver la fría claridad de la luna, filtrándose perezosamente entre los árboles de la cumbre, en haces helados.

     Ya no había tiempo que perder. En cualquier momento un soplo travieso podía meterse en el callejón del cauce y aventar los soñolientos cendales blancos. Instruyó a sus compañeros para que, a una señal, corriesen todos hasta el lugar donde estaba el bote. Convenido todo, empezó la veloz carrera.

     No había salido aún Eusebio de entre las matas, cuando Rodríguez al escuchar el repentino movimiento, empezó a disparar con todo ímpetu. Los otros dos pasaron, mas él cayó de bruces sobre su wínchester, con un brazo en el agua, que la corriente muy despacio empujó sobre una piedra.

     Advertido Celedonio, trató de hacer lo posible para atraer hacia sí al enemigo y evitar que encontraran al herido. ¡Cuán peligroso es dejar un hombre! ¡y cuán amargo abandonar a un compañero! Estos bandidos también tienen su ley de lealtad, ¡quién lo ignora! ¡quién podrá saber cuán complejo es el corazón humano!

     -¡Vamos! -dijo en voz alta- y suban todos, yo los voy a atajar a éstos. Y se puso a tirar frenéticamente con saña homicida.

     Ellos quedaron perplejos. Quizá nunca tuviesen la certeza de cogerlos, mas el hecho de la fuga en sí los irritaba por la herida infligida al orgullo de su profesión. Era inútil bajar hasta la playa por el lado donde estaban, pues desde allí no podrían cruzar el campo de tiro hasta que los otros quisiesen retirarse; quizá fuese inútil también acosarlos por el otro lado de la planchada; pero este camino tenía la ventaja de que no exigía un cruce del ribazo abierto.

     Y entre las dos posibilidades no muy lisonjeras, felizmente, el jefe furioso atinó con la de riesgos menores. Dispuso que su liviana continuase batiendo desde el puesto actual y que el resto, dando un largo rodeo por la cumbre atacara por el otro lado.

     Celedonio había logrado su objeto y ahora se torturaba los sesos pensando cómo culminar su obra y cómo salvar a Eusebio.

* * *

     -¡Qué es esto; tiros!... ¡Eusebio, Dios mío, socorro! -creyó volverse loca.

     Sola en la casa, sin poder comunicarse con nadie, sin que nadie le hiciera entender en qué podía cifrarse una esperanza, recorría la habitación, corriendo y caminando según oyera el ímpetu del combate. Después fue hacia el río a mirar, a desencajar sus ojos hacia una señal cualquiera que le diera un efímero indicio del lugar donde acaso rondaba la muerte en pos de su hombre.

     -¡Por qué te fuiste, Eusebio, por qué te fuiste sin decirme a dónde, sin llevarme contigo!

     No sabía qué partido tomar; pero las graves vibraciones que traía el retumbar de esos tiros le pesaban sobre el corazón como bloques helados y duros.

     Llegó un momento en que creyó que podría protegerse no oyendo; se lió una manta a la cabeza y se arrojó al suelo. ¡Pero qué horrible silencio! ¡Qué desesperante anticipo de un final! Nuevamente corrió hasta la barranca y esta vez, creyó ubicar el lugar del tiroteo. Dudó un momento, pero la ansiedad de su pecho no le permitía la quietud, quiso hacer algo, no quedar allí sufriendo porque ésta era una muerte y una muerte lejos del hombre a quien quería con una energía insospechada, que en esos momentos borbotaba volcánica, increíblemente violenta.

     Bajó hasta el agua, desató la pequeña canoa y sin pensar más, remó con fuerza para cruzar el río y aproximarse al lugar de la refriega. Cuando se fue acercando y el rítmico desgaste trajo algún equilibrio a su cabeza, se dijo que quizá su presencia iría a comprometer aún más al compañero. Mas, no estaba para seguir al juicio con esta congoja del corazón. Allá peleaban, ¿por qué? ¿Acaso porque no podían huir? ¿Algo había pasado al bote, estarían acorralados? ¿Si ella fuera a distraer a los perseguidores brindando una ocasión para la fuga? Tumulto de pensamientos en pos de una ansiedad que le hacía azotar las aguas con los remos. ¡Ir!..., ¡ir!..., ¡ir!, ¡allá está la lucha, allá se derrama la sangre, tal vez de mi hombre! ¡allá está mi puesto, tú me empujas, corazón!

     Dejaba de remar para orientarse, para escuchar, para vacilar con un vértigo, mas el retumbar del eco zigzagueante le punzaba en los centros de un fatídico pesimismo excitando su afán, ¡de ir!..., ¡de ir!..., ¡de ir!

     Los disparos ya detonaban muy cerca. Creyó oportuno ampararse en las sombras de las barrancas y aproximarse así, despacio, oculta, hasta el lugar del suceso.

     Se le ocurrió como un hecho indudable que Eusebio y sus compañeros podían estar únicamente por el borde del agua y que sus atacantes en las partes altas de las barrancas. Podía o no ser así: allí no lo pensó, mas esa ocurrencia aceptada con alguna lógica y sin ninguna duda, la determinaba a seguir muy cerca de la costa.

     Llegó al teatro mismo del choque, pero al ver que delante había una playa limpia de vegetación, el instinto le dijo que no debía pasar más.

     No dudó que al otro lado de la planchada estaban los amigos y que los de las alturas, eran los policías. Atracó suavemente y echó pie a tierra.

* * *

     Celedonio había visto acercarse el pequeño bote. Intrigado, se preguntó quién podía ser ese bogador solitario que venía a arriesgarse en lo más comprometido del encuentro. En ningún momento se le ocurrió que podría ser alguno de la gendarmería, porque estos no usaban canoas por lo general, ni se acercarían tan confiadamente. Cuando vio pararse en tierra al osado aventurero, rechazó de su mente esa ridícula apariencia femenina y primero debió reconocer a Clara antes que rendirse a la evidencia. Sus ojos se desencajaban y enfriábase el arma ociosa entre sus manos terribles, ignorantes del valor supremo.

     Miró hacia el río. Ahora sí, la neblina se cerraba efectivamente. Dentro de pocos minutos no se podría distinguir en el agua más allá de veinte metros.

     -¡Allí está el que buscas, hermana! -gritó en guaraní rogando que el ametralladorista fuera oriundo de la Patagonia, para que no le entendiese.

     Clara lo comprendió en el acto; sus facultades eran una antena al servicio de un solo afán. Se puso a buscar y lo vio enseguida. Allí estaba su hombre como un muerto, y al verlo exánime, aspiró su grito. Con los dedos le palpó la garganta la cara y la cabeza con veloz urgencia y, pegada a tierra, le arrimó a la boca sus sensibles labios para gustar de la vida el último hálito sutil.

     No, no se le negó el calor a la angustia helada de la desesperación. Ella estaba tan fría como la muerte y la manifestación de vida que percibió en el beso, lo gustó como el primero de un regreso bien querido.

     -¡Había que luchar!

     Mas, también el gendarme Rodríguez, viejo «milico» correntino reenganchado, había oído y quiso averiguar. Llevando consigo su pesada arma, abriéndose con trabajo camino en la espesura, harto de resbalones y traspiés en la pendiente, se fue aproximando al margen.

     En esos momentos Clara empleaba todas sus fuerzas en subir a la canoa el cuerpo inerte. Había conseguido a medias su propósito cuando oyó un estrepitoso romperse de ramas que delataba la aproximación de algo, hombre o animal, pero en todo caso anunciaba un peligro. Redoblando fuerzas, pudo conseguir su objeto. Pugnó por desvarar con la embarcación pero no lo consiguió. Luego, de un salto, se apoderó del wínchester que había dejado a un lado y resueltamente, hizo varios disparos hacia el lugar de donde provenía el ruido. Nada más oyó, se metió en el agua, hizo zafar el bote, subió y empujó con una pala para sumergirse en las perezosas volutas de vapor.

     A unos quince o veinte pasos, oculto en el tacuaral, Rodríguez que había llegado hasta la misma costa, contemplaba emocionado esta escena tan llena de abnegación y heroísmo. Cuando el bote se perdía en la niebla, apoyó su arma en una horqueta y disparó una larga serie. Quería decir: «buena suerte», a la que iba y «aquí estoy», a su inflexible jefe.

     Celedonio, después de haber entrevisto la partida de Clara, se embarcó y emprendió el regreso. Cuando se sintió bien protegido por la falta de visibilidad, aún terminó un cargador y lanzó un agudo grito de triunfo y desafío.

* * *

     Orientarse en medio de la niebla, sin instrumentos náuticos, ha sido siempre imposible para la gente del agua. Mas el Paraná, en su cauce más alto, tiene una corriente tan fuerte, que cualquier bogador medianamente experto, aun cuando algunas veces sea engañado por los remolinos más potentes, al cabo, puede saber si navega aguas arriba o aguas abajo. Así siempre que no quiera llegar a un punto fijo, es posible conservar cuando menos el sentido de la orientación.

     Clara, al principio, trató de unirse a Celedonio y durante algún tiempo, ambos hicieron ruido para ayudarse en el encuentro; mas, al cabo, terminaron ambos por desistir y trataron de ganar la costa paraguaya, con el propósito de buscarse después, recorriendo la orilla.

     Eusebio seguía tirado en el fondo de la canoa, inconsciente. Tenía un pequeño orificio en la espalda que sangraba poco a poco. Ella rompió su propia falda, la empapó en el río y se la puso de compresa. Cariñosamente, con delicada ternura, le acomodó la cabeza que se hundía entre dos cuadernas, sobre un pedazo de tabla y con el trozo de lona que solía usarse para terminar de agotar el bote, se la mulló un poco, con más deseos que resultados. Quedaba encogido en el plan a medio costado, para dejar libre la herida, las manos una sobre otra, bañadas por la sucia agua que se había embarcado, ambas piernas algo recogidas y apoyadas sobre cada borda.

     Clara había dado vuelta la tabla del asiento y mientras remaba, sentada sobre la traviesa que protegía el cuerpo herido, apenas separada de él, las faldas arrolladas, afirmando los pies a sus costados, le miraba los ojos semiabiertos, que a la tenue claridad de la niebla impregnada de luz de la luna, miraban a un costado como los Cristos de la agonía.

     Mas ella tenía una vehemencia que la sostenía contra las lágrimas que rodaban por sus mejillas. Llegar a casa para pedir auxilio; ¡socorro para su hombre herido! No sabía a quién pedirlo, ni de dónde obtenerlo, pero esa idea precisa, ese afán realizable y cercano, la defendía de la insistente imagen de muerte que navegaba en su bote pequeñito y solitario.

     Remó con fuerzas hacia arriba conservando posición oblicua con respecto a la corriente. Sabía que persistiendo así, hacia el lado derecho, en algún momento debía encontrar la costa paraguaya y que siguiendo esa costa, podría llegar a su puerto.

     Después de haber marcado infinitos compases al tiempo, completamente aislada con su esfuerzo y su congoja, en el seno de un silencio cortado por el regular chapoteo de los remas y el quejumbroso fregar de los estrobos; envuelta en la tenue inconsistencia de este vapor que la separaba del mundo, dejándola sola en la amarga tarea de aquilatar su pena, sin el consuelo de una sola estrella que le dijera que la vida es así, cruel, engañosa y fugaz: un sueño; que lo eterno es el deseo de perdurar eterno aun que sea en el cielo, al fin empezó a distinguir hacia estribor unas sombras negras. Eran las barrancas.

     Ya estando allí, fue más seguro conducirse No en balde desde que tenía memoria había vivido en la región: sabía remar aguas arriba. Bordeando la costa hasta que una de las palas tocara tierra, empezó la ruda tarea de hacer el camino de regreso.

     Al llegar, comprendió que le sería imposible llevar arriba al herido inerte, aun cuando lo arrastrase y decidió ir por auxilio, buscar algún vecino que quisiera ayudarla. Iba deprisa, olvidada de todo cansancio, de su grávido estado. Mas, en mitad del camino, advirtió que venía hacia ella otra mujer. Era María.

     Había querido buscar una compañera para compartir las horas de martirio y bajaba al oír el ruido de los remos.

     -¿Sos vos, Clara?

    -Sí.

     -¿De dónde venís?

    -Aquí traigo a Eusebio herido.

     -¿Y los otros? -gimió.

     -Están bien, ya vendrán -contestó sin pensar en ellos.

     -¿Celedonio..., está bien?

     -Sí, están bien... ya vendrán, ¿querés ayudarme?

     María entendió que no obtendría explicaciones, pero la firmeza con que la amiga aseguraba que «estaban bien», la hizo comprensiva, le dio fuerzas y generosidad.

     -¿Sí, qué vamos a hacer?

     -Ayudame a subir a Eusebio.

     Las dos mujeres, después de una brega agotadora, increíble, consiguieron primero, llevar hasta la casa a Eusebio y después, acostarlo en la cama.

* * *

     Celedonio, durante mucho tiempo, buscó a Clara. Él esperaba que hiciese la maniobra inversa: remar aguas abajo también en forma oblicua al cauce, para buscar hacia la izquierda, la costa de la Isla. Así podía terminar mas rápidamente su incertidumbre entre la bruma. Por eso, él hizo seguir ese curso a su bote y después recorrió a pie largos trechos para ver si la encontraba. A fin, como que tenía aún a bordo el cargamento y no quería que en esa forma lo cogiera la luz, resolvió buscar el lugar donde había depositado las primeras partidas e ir de regreso. Formaba parte de sus obligaciones de contrabandista aparentar alguna ocupación normal en las horas de labor y demostrar mucha tranquilidad después de una noche como esa.

* * *

     Brumas, brumas de pesadilla... tirones muy fuertes y dolorosos como si fuerzas desconocidas se disputaran su cuerpo y cada uno de los miembros se estuviesen arrancando... En la boca, la garganta, un ahogo pesado, salobre, y en sí, una rebeldía incapaz, una potencia que se impulsa y que no puede chocar.

     De pronto, un dolor más agudo, una violencia inexplicable le descuajaba un brazo. Nada.

     Formas vagas que giran. Van, vuelven o permanecen extrañamente bamboleantes como esos rollos sorbidos por una punta en un remolino del río...

     Hay una que no queda. Va, viene, va, se acerca mucho, lo cubre todo.

     Colores y brumas, colores entre brumas, colores reconocibles. Un conocimiento pesado, que al querer relacionar, se adelgaza, se ahíla. Algo igual al andar de un caracol que alarga su gelatina de una prominencia a otra y una vez alcanzada ésta recoge el resto viscoso de su cuerpo hasta despegarlo del sitio inicial. El techo... las paredes, el vano obscuro de una puerta y un rostro, ése, sólo uno.

     -¿Soy yo, Eusebio, me conocés?

     -Sorpresa torpe, formas que van fijándose. Clara.

     -Soy yo, Eusebio, ¿me conocés?

     -Sí.

     -«¿Qué es esto? ¿Dónde estoy? ¿Por qué esa gente?».

     -¿Te sentís bien?

     -Sí, ¿qué hay?

     -Te hirieron.

     -¿Me hirieron? -Ahora lo recordaba todo. Se chupó la boca y percibió esta vez con clara conciencia el gusto salobre y en la espalda la palpitación caliente de la herida.

     Sí. Recordaba ahora que cuando oyó la señal de correr hacia el otro lado de la playa, se había incorporado precipitadamente, había dado los primeros pasos en el matorral e iba a salir a la parte despejada, cuando sintió en la espalda un fortísimo latigazo ardiente que lo tiró de bruces. Se supo herido, y al ver la niebla que le iba cubriendo la vista, aún tuvo tiempo de decirse a sí mismo, pensando en Margot: «¡así debía terminar tu obra maestra!».

     -¿No querés algo?

     -Agua.

     Bebió con fruición, mas el esfuerzo le causó dolor.

     Luego fue Celedonio quien apareció con su eterna sonrisa.

     -¿Qué tal compañero, cómo se siente?

     -Bien.

     -Todo está bien entonces. Ahí está toda la harina; ¡ni se agujereó una sola bolsa!

     -Gracias... ¿cómo me sacaron de allí?

     -¡Su mujer, amigo, ésta es una verdadera mujer! -agregó pasándole un brazo por los hombros-. ¡Ella sola fue con la canoa y lo trajo, cuando nosotros ya no sabíamos qué hacer! -Había verdadera admiración en su gesto. Él también le estaba profundamente agradecido.

     No comprendió enseguida, mas Celedonio se lo explicó despacio, recalcando con la voz y con la mímica las palabras, los pasajes más significativos.

     -¿Clara... vos? -dijo al fin. ¡Cuánto remordimiento! ¡cuánto terror a lo irreparable! Por primera vez temió morir por generosidad; por primera vez supo que la vida es un don que también se ama por el amor de otros.

     Recordó que él había hecho todo esto para dejarla, para arrojarla de sí, porque menospreció su carácter dulce y sumiso, porque creyó que nunca sería un apoyo suficiente para regalar su vida con algún triunfo y ahora tenía ante sus ojos la réplica magistral del destino, el mentís rotundo a la torpe inquietud que le había hecho cifrar en una sola impronta la génesis del ideal, cuando toda dicha está allí, al alcance de la mano, a condición de saber alentarla en el propio corazón.

     Le seguía con la vista en su permanente trajín silencioso, e iba descubriendo en ella nuevos rasgos de serena belleza formados sobre un carácter. Ya no le pareció una niña bella a quien había que proteger siempre, si no que era toda una mujer, capaz de dar y recibir una vida. Sintió desgarrador remordimiento por todas las veces que la había hecho sufrir de la manera más torpe, mientras la imaginación corría, delirante, deseosa de revivir episodios de su vida pasada, que en su oportunidad también fueron traicionados porque no supo estimarlos en su valor real. Se despreció a sí mismo

     Pero la cabeza no podía resistir ahora el huracán de los pensamientos y muy pronto volvieron las tinieblas.

     Cuando volvió el conocimiento, todo el cuerpo latía a impulsos de la fiebre, y sintiéndose morir, se inclinó sobre su sino a besar su cruz. Ahora que todo se acababa, descubría todas las veces que había dejado pasar ociosa la dicha, fatigada la oferta, despechado el amor. Ahora que iba a morir, la vida le brindaba su luz, su más útil galardón, ¡oh vida!

     ¡Ahora sabía que quería vivir y para qué vivir! Para deshacer sus yerros. ¿Cuáles fueren? Uno, el origen de todos: no saber qué querer.

     Llamó a Clara y cuando estuvo a su lado, la acarició con la mirada como nunca lo había hecho, despacio, rasgo a rasgo, para trasmitirle su ternura más delicada.

     -Después -le dijo, y ella comprendió perfectamente qué significaba la palabra-, quemá los papeles... sin leer, tomá lo que quede y andate donde está tu madre. No harás nada sin consultar a don Julio. ¿Me lo prometés?

     -Sí -contestó con los labios apenas entreabiertos e hinchados de ansiedad, mientras el rostro se contraía dolorosamente para aparentar serenidad.

     -A nuestro hijo le dirás que yo le hago decir... que esté donde esté, siempre hay algo que amar y algo por qué luchar. Es cuestión de descubrirlo... ¿Recordarás?

     -Sí.

     -Repetilo.

     -Que le hacés decir... que esté donde esté, siempre habrá algo que amar y algo por que luchar... Que es cuestión de descubrirlo.

     Él sonrió satisfecho y mirándola tristemente, le acarició la mejilla.

     -Si le repites siempre, alguna vez descubrirá todo su sentido.

     Ya no dijo otra cosa; la siguió mirando y mirando; mas, cuando un hormigueo sutil le subía por los miembros y las cosas se perdían, «sus ojos errantes aún buscaron algo...».

     Al nacer la nueva aurora, en la orilla del río, una joven mujer lloraba desconsoladamente su inmensa soledad. Pero sus entrañas fecundas prolongaban la vida del hombre que había amado. ¡Así perdura esta raza!



FIN



GLOSARIO

     Palabras guaraníticas y provincialismos más frecuentes usados en la obra.

     Aguaises. -Semilla de un fruto silvestre. En sentido figurado se dice: tiene un aguaí, por: tiene una muerte.

     Altoparanaceros. -Provenientes del Alto Paraná.

     Angelito. -Llámase así al niño o niña muertos.

     Apepú. -Naranjo agrio.

     Aprovistada. -Abastecimientos.

     Avatitimbasy. -Árbol silvestre ya poco conocido al presente. (Etimológicamente significaría: el que hace doler el pezón del indio.)

     Ayura-peró. -De cuello pelado.

     Baqueanos. -Veteranos, conocedores.

     Barbacuá. -Artefacto usado para tostar la hoya de yerba mate.

     Byro. -Tonto / tonta.

     Camambú. -Cóctel de todas las bebidas disponibles.

     Capangas. -Matones empleados como guardaespaldas a policías de las empresas.

     Carayá. -Mono.

     Catre. -Jangada.

     Chajhá. -Chuña.

     Chopí. -Baile popular.

     Compañera. -Concubina.

     Conchavo -Empleo.

     Cornebé. -Forma de pronunciar la locución inglesa corned-beef.

     Corochiré. -Ave cantarina del bosque.

     Cuarteadores. -Niños empleados en regir los tiros de mulas, cabalgando una de ellas. | Quienes dirigen las carretas de bueyes.

     Embalsadores. -Oficio en las jangadas.

     Espoleta. -(Sombrero) Llámase así al sombrero de fieltro viejo usado para el trabajo y que no tiene cinta ni forma en la copa.

     Fierro. -Dinero para pagar al personal. | Dinero.

     Guaviramí. -Fruta silvestre.

     Guayaybi. -Especie arbórea maderable.

     Machú. -Mujer destinada a cocinar a los peones.

     Mbarigüí. -Mosca de selva, cuya picadura produce fuerte urticación.

     Mensú. -Peón que recibe la paga mensualmente. Llámase así en particular al individuo que ha recibido un anticipo de sueldo y va a trabajar a los yerbales o explotaciones forestales.

     Minero. -Llámase así al peón que cosecha la yerba natural en el bosque.

     Monguetá. -Requerimiento amoroso.

     Nicó. -Equivale a «si que», «luego».

     Ña Cayé. -Forma guaranítica de doña Cayetana.

     Obraje. -Empresa de explotación forestal.

     Ocasión. -Cita que se pide con sentido malicioso.

     Palanqueros. -Oficio en las jangadas.

     Payé. -Elementos para practicar brujerías; equivalente a lo que en el Río de la Plata se conoce como «gualicho».

     Perova. -Árbol también llamado jacarandá, de cuya madera se fabrica la guitarra.

     Peteí yaguareté. -Un tigre.

     Picadilla. -Pequeña picada o sendero en la selva.

     Pilchas. -Ropas y enseres de una persona.

     Pindó. -Palma autóctona parecida al cocotero.

     Pirá pytá. -Pez rojo. | Nombre de una aldea.

     Pirá-ruguai. -Cola de pescado.

     Pirí. -Sombrero de paja; sombrero hecho de hojas de la palma Karanda'y.

     Planchada. -Lugar despejado en la costa del río para embarcar madera o armar las balsas.

     Pora. -Duende de las leyendas guaraníes.

     Puertero. -Encargado del puerto o atracadero.

     Raídos. -Fardos de ramas de yerba mate.

     Rapai. -Forma popular de referirse al brasileño.

     Remesa. -Barbarismo empleado en lugar de promoción.

     Reviro. -Comida generalizada entre los peones del Alto Paraná, hecha de grasa, harina y sal.

     Tacuapí. -Pasto alto apto para forraje.

     Taguató. -Ave de rapiña, y para el caso, el hecho de quitar sorpresivamente la pareja a otro en el baile.

     Tereré. -Mate frío que se toma en el Paraguay como refrescante.

     Tití. -Pezón.

     Tung. -Arbusto del cual se obtiene un aceite para usos industriales.

     Urú. -Jefe, capataz para el caso.

     Urutaú. -Ave de fúnebre canto.

     Yaguareté. -Tigre americano.

     Ybyrá-pytá. -Árbol de madera roja.

     Ysypó. -Liana.

 

 

 



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