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JOSÉ MARÍA RIVAROLA MATTO


  MI PARIENTE EL COCOTERO, 1974 - Cuentos de JOSÉ MARÍA RIVAROLA MATTO


MI PARIENTE EL COCOTERO, 1974 - Cuentos de JOSÉ MARÍA RIVAROLA MATTO

MI PARIENTE EL COCOTERO

Cuentos de JOSÉ MARÍA RIVAROLA MATTO

Ediciones Comuneros

Asunción. Noviembre de 1974

34 páginas

 

 

NOTICIA

Ediciones Comuneros ha querido presentar estos cuentos cortos de José María Rivarola Matto, reunidos en un volúmen. "DEGRADACIÓN" es una novela corta o cuento largo escrito por el autor en 1957/8, que nunca había sido publicado por dificultades de edición. Como novela es corta; como cuento para revista o diario, largo. Presentada al V Concurso de Cuentos de "La Tribuna", recibe mención a pesar de no ajustarse a las condiciones del certamen; y nuevamente queda sin ser publicada.

"Comuneros" ha querido remediar esta situación, y reunir al mismo tiempo otros cuentos cortos del autor.

 

ÍNDICE

*.- DEGRADACIÓN

*.- LLORA LIBRE MARINERO

*.- EL CAPANGA CAPITACE

*.- ALONSITO ALONSO GARCÍA

*.- ESCONDITE SEGURO

*.- MI PARIENTE EL COCOTERO

 

 

DEGRADACIÓN

 

I

 

         Soy un viejo soldado de la libertad, pero estoy al otro lado de sus fronteras. Para conservar unos pocos atributos de vida, sin rendir el apego a mi bandera, he tenido que retorcerme en dolorosas formas con callada y vegetal constancia. Mezclé pobreza con dignidad, silencio con entereza, cortesía con tenaz orgullo, y al cansancio que pone en mis carnes la prolongada lucha, suelo tratarlo con ruidosas carcajadas tristes.

         No sé de fijo en qué momento me prendió el incurable virus. Atribuyo significado a cierta época de mi adolescencia en que me enamoré de las cosas griegas y de veras sentí no llamarme Epaminondas o Aquileo, cuando ya me habían bautizado y confirmado con el numeral y pedestre Secundino. Pero es imposible aislar una causa, pues siempre caben preguntas nuevas que nos empujan a misterios donde ni la osada palabra ya se atreve. Así: ¿cómo saber si me casé con Berta porque ella es rubia y sus ojos tienen el tinte violeta del nacimiento del alba, o si mi sed se abrevó en su fuente porque allí encontró sentimiento ancho y profundo que acunase mi temor a la soledad?. Ella me escogió a mí o yo a ella, o fuimos precipitados a la misma senda por neutras o piadosas fuerzas?. Nadie lo sabrá jamás; por eso, aunque la felicidad nos toca de paso, sin reproches, los dos estamos conformes con el riesgo de buscarla que asumimos juntos.

         No recuerdo haber elegido el culto de la libertad. Tal vez ella se precipitó en mi ser por una puerta anterior a la conciencia, y su caudal me arrastra incontenible. Encontré puentes de plata y confieso que he tentado pasos por ellos hacia la confortable entrega. Pero todo inútil. A poco andar me he visto regresando siempre para la dolorosa torsión que exige desarrollar la vida en territorio adverso, donde a trueque de escuálida pitanza, está rudamente prohibido decir: no.

         Mas delato cambios: ya no soy el mismo. Debo admitir que me han sucedido cosas que han ido agotando la clara fluencia de aquella bondad que me allegaba sin esfuerzos al suave modo de las cosas. Lo que nos pasa, nos altera; modifica nuestra alquimia física y moral, positiva o negativamente; hacia la vida o la muerte, halaga el orgullo o quiebra la paz de la soledad con un estigma de vergüenza.

 

II

 

         Era muy joven cuando fui a dar por primera vez a esa horrenda cárcel. El motivo, desde el comienzo el mismo: negar mi asentimiento. Ahora, han derribado sus muros, y cambiaron la promiscuidad de aquellos días, en un más adecuado y humano edificio carcelario. Entonces, era un corral; estaba clavado en el centro de la ciudad como una primitiva y purulenta Bastilla, a pasos de la Iglesia Catedral, cuyas campanadas férreas marcaban rudas en los rincones y las conciencias del encierro las horas pilladas a la humana condición.

         Al cerrarse a mis espaldas el portón que daba al gran patio, me encontré en un mundo extraño, cuyas normas y características desconocía en absoluto y que me llenaban de pavor. Obscurecía; en los grandes corredores de tres de sus costados, en las grandes y abiertas piezas que daban a ellos, y en el mismo patio, bajo el cielo estrellado y cálido, los presos tendían sobre el piso sus míseras esteras, mantas o catres de loneta para dormir. Era evidente la angustia de espacio. Todo debía ser portátil y breve, acomodado a las posibilidades de cada noche, al mandato del clima, a las variables fluencias de contingentes de reclusas cuyo número imprevisible crecía o decrecía vertical, según los temores fundados o ilusorios de los capataces de corral y su olfato montaraz para el rastreo. A pocos pasos de mí, caminaban, con pausa, hombres de aspecto indiferente, algunos apenas vestidos, los más, andrajosos, descalzos, o calzados con toscos zuecos. Me miraban por la grieta, de un abismo incomprensible y negro.

         Un olor fétido de sudor y cuerpo, me ofendía, y desde el fondo llegaban ráfagas picantes de excusados y orín. La guardia, atrás, gritaba órdenes, traqueteando armas; en el arruinado techo, sobre niveles invisibles, en obscuras garitas y troneras, los centinelas hacían su guardia, mas no se veía a uno dentro del patio carcelario.

         Éramos dos: el miedo y yo. El hosco lenguaje de la prisión me amenazaba como el rodar de una cresta que se alzase para clavar inminente en mí su garra. Me arrastraría incontenible a las profundidades tenebrosas de una ignota mar poblada de monstruos y misterios. Tenté unos pasos para buscar instintivo el amparo de un árbol de raíces salientes. Tal vez, en aquel momento cambiante y amenazador, una atávica experiencia me señalase como amparo un ser neutro y quieto. Allí quedé acogido, sin cuidarme del trajecito de calle claro, que sólo pocas horas antes confortaba mi vanidad de modesto y limpio empleado de comercio.

         Imagino que por todo eso me pareció tan amistosa y humana la sonrisa de aquel hombre alto y descarnado que se acercó a ofrecerme unos mates, el supremo bien de una palabra cordial, una mano, una compañía: ¡alguien a quien dirigir una pregunta! Después, supe que le llamaban La Muerte.

         - Arrímese aquí - invitó en guaraní, y él mismo me alcanzó una silueta.

         - "Político", ayé? - preguntó después que me dejó tomar un amargo en un jarrito de lata.

         - Sí.

         - No te apure, entonce. Pronto va a salir - declaró con convicción, sin mirarme. ¿Pronto, qué quería decir "pronto" para aquel hombre?

         - Hace, mucho que estás aquí? -pregunté a mi vez aclarándome la garganta.

         - Diez años.

         Diez años!. A esa edad me pareció una cuenta enorme, y aún referida a ese hombre que aparentemente estaba en plena juventud. Era fino, elástico, tenía una forma furtiva, gatuna de extender la mano, con los dedos ligeramente abiertos. No se podía saber donde miraba. Observé que cuando se dirigía a muchos compañeros de presidio, no se volvía hacia ellos, dejaba caer palabras que los otros debían recoger y valorar al encontrarles su sentido. Había un claro ascendiente, un respetuoso y presto acatamiento que emanaba de alguna circunstancia ignorada por mí.

         Otros presos políticos se agregaron al ruedo. Algunos me eran conocidos. Me hicieron preguntas, pero mi información era rudimentaria: los especialistas, viéndome en bruto, perdieron interés y se alejaron.

         La noche fue pasando alrededor del pequeño fogón. Había uno que cebaba infatigablemente el mate. La Muerte aíro en sus prolongados silencios, y a pesar de su juventud, gravitaba con notoria intensidad. Los "comunes" buscaban su asentimiento, tenían la especial deferencia de volverse hacia él en las partes más importantes de lo que dijeran. Aun los detenidos "políticos" le guardaban respeto, y en el mismo ruedo, uno de ellos no tuvo inconveniente en decirme:

         - Aquí tenés que andar bien con La Muerte; siempre se ha portado bien con los "políticos", y aquí es uno de los "taitas".

         - Yo nunca tuve cuestión con los "políticos" -corroboró pausadamente el apelado-. Podés preguntar a todos.

         - Cierto! - asistieron varios con gravedad.

         La Muerte había conquistado el reconocimiento de su destreza y valor matando en un duelo silencioso y sangriento a uno de los asesinos más conocidos. Los habían encerrado en un calabozo, el otro quiso intimidarlo y abusar de él, ambos tenían trinchetes: lo mató. Después había confirmado su ruda guapeza demostrando extraordinaria agilidad con el cuchillo, una intrépida decisión y falta completa de escrúpulos. Cierta vez, oyó decir que un tal Osorio tenía intención de hacerle frente. Lo esperó a la noche al ir al excusado, y lo mató. Ley de la selva; paso al más fuerte, al más astuto o al más solapado y traidor. Un solo propósito primero y fundamental: conservar la existencia. Los demás atributos, si se puede.

         Entre relatos y comentarios se oyeron sonar las solitarias horas de la madrugada. El círculo se había hecho menor, y hubiera aceptado una manta para tenderme en el suelo, si no hubiese visto antes el confiado andar de una inmensa rata alrededor de uno que dormía debajo de un foco de luz. No, no hubiera podido dormir. Para vencer ese miedo, necesitaba aniquilamiento mayor, todavía más alta dosis de rendimientos y derrotas.

         Mi "huésped" parecía un noctámbulo habituado, y al verme con un poco de frio me ofreció como un galante comensal un trago de caña.

         - Aquí se consigue todo -sonrió-. Hay que tener

         - Se puede conseguir?

maña... y para pagar.

         Explicó que desde el portón de la cárcel para adentro, todo estaba permitido, a condición de no provocar alborotos. No se obligaba a trabajar -salvo en ocasionales changas gratuitas en pro del patrimonio de algunos Jefes- pero quien no hiciera algo para ganarse unos pesos, no podía comprar ropas, ni complementar la rudimentaria e irregular alimentación que daban. Dentro del mismo "corralón" carcelario, en corredores y celdas, había penados que mantenían negocios de almacén, bar, restaurantes…, quien tuviera dinero podía vivir haciéndose servir por media docena de indigentes que se avenían a cebar infatigables el tereré, el mate, a procurarse el agua, a lavar la ropa y a tender la cama cada noche, a condición de que se les permitiera quedar con la yerba usada.

         Todo se podía conseguir; rajas o carbón para hacer el fuego; hielo a las horas del reparto; había presos que se desayunaban estupendos churrascos. Los que los servían estaban arreglados con los guardias. Con las bebidas había que tener más cuidado, porque ciertos individuos enloquecían al primer trago, armaban riñas y si resultaba algún herido, luego se hacían molestas parodias de sumarios e investigaciones. Lo más difícil de obtener era dinero; los presos eran muy cuidadosos de su dinero. Los recién llegados derrochaban porque tenían las ideas de afuera, y creían que era cuestión de darse una vuelta para volverlo a ganar. Pero pasaban los meses; los años, los parientes y los amigos se iban olvidando... con las pequeñas labores manuales se lograba muy poco. Hay que pagar al abogado, conseguir algún trato excepcional con los guardias, comprar comida, ropas, mantas para el invierno y tantas cosas!. Con plata y con maña uno se hace de "socios" con el tiempo, y según... "se puede también salir de contrabando", agregó sonriendo enigmáticamente.

         - Salir fuera de la cárcel?

         - Claro... je, je! -y agregó la declaración estupenda... -Hace poco yo me jui a España.

         - A España, dónde?... ahí al Alto Paraná? -pregunté a tropezones, aludiendo a un puerto que así se llama.

         - No -me dijo gravemente, mirándome a la cara con toda tranquilidad- a la España, donde está el señor Rey.

         Quedé pasmado. De estar en otra circunstancia, me hubiera levantado, dejándolo con una risotada. Lo miré un rato, de hito en hito, tratando de cazar el matiz de la burla, pero los rasgos toscos de mi interlocutor, sus ojos hundidos entre los pómulos salientes, su boca desdentada, poca nariz y entrada frente, que justificaban muy bien el sobrenombre de La Muerte por su semejanza con una clavera, no mostraban más que ideas rústicas y simples, muy alejadas por cierto de la agudeza o el ingenio. Era imposible suponer que quisiera urdir a mi costa una broma complicada, lanzándose a un terreno donde le sería fácil advertir mi superioridad. El par de penados que aún seguían con nosotros, hombres rudos -según después lo supe- de la servidumbre de mi huésped, no mostraron el menor asombro, como si dieran por sentado y corriente que el amo se pasara vacaciones en Europa. Como no viera resquicios de burla, resolví ser cauteloso. Era claro que estaba entrando en otra región obscura de este ser, y a pesar de mi juventud, tuve el tino de no precipitarme, ni denunciar descreimiento y acaso ofenderle peligrosamente. Pregunté, pues, con moderado asombro, sólo para contentar su vanidad.

         - ¿Hace mucho de eso?

         - No, el año pasado -respondió con seguridad.

         - ¿Cómo fuiste?

         - Eh, a caballo! -exclamó encogiéndose de hombros. Era obvio-. Primero, me jui a mi pueblo. Ensillé mi caballo blanco... ¡hé!, mi caballo que se llama Paloma... no tiene ni un punto de otro color, la añá memby. De la cría de Escalada, montado!... Una no dice que es animal, sino cristiano. Parejero!... y camina como tren!. Cuando estoy encima, me río de todos los comisarios y la comisión. ¡Na, ombré!, cuando mi caballo agarra por su pecho el viento -abrió los brazos, súbitamente transfigurado, como envuelto en un poncho de horizontes -parece que tomó un cuarto juerte de caña... te apintona la velocidá. -Se había excitado: tomó un mate y una o dos veces apartó de sus labios la bombilla como para agregar algo, para dar salida a su exaltación, mas guardó silencio... le faltaban las palabras... Le brillaban en el fondo de las cavidades sus ojitos negros, como animales excitados, tentados por un cebo, ansiosos de codicia. - Me jui a mi pueblo. Ensillé mi caballo con mi apero de plata, y me largué al galope... Al llegar a la picada, había sido que se me cayó mi regló de oro.., pero después a la vuelta encontré otra ve; había sido que encontró una negra, mi vecina, y me entregó otra ve.

         - ¿A dónde fuiste, en España?

         - Al pueblo.

         - ¿Cómo se llama ese pueblo?

         - El pueblo de España! -afirmó con toda naturalidad.

         - ¿Qué hiciste por ahí?

         - Farreé una barbaridá:

         Seguí haciéndole preguntas, pero las contestaciones eran torpes y vagas. Traté de descubrir si mentía conscientemente, pero nada en su mímica o su voz podía hacerme suponer tal cosa. Todo en él reposaba serio, natural. Pensé que era solo una pobre, inculta y no poética imaginación que discurría con algunos escasos elementos, como un pájaro bobo de atrofiadas alas que quisiera sobrevolar el picacho de un monte. La fantasía era un patético fracaso para La Muerte; sólo conseguía engañarse a sí mismo y apenas pudo mantener por un momento el tema. Sin embargo, antes de sufrir la condena que lo mantenía encerrado, siendo aún muy joven, parece que había salido a recorrer el mundo. Me dijo que había estado también en una prisión argentina, hacia el sur:

         - ¿Mucho tiempo?

         - Dos año.

         - ¿Y qué tal la vida allí?

         - Según...

         - ¿Según qué?

         - Según qué te gusta... Allí te dan cama, manta, ropa, sale zapato, la comida es güena y grande... desayuno, almuerzo, cena gratis... Pero tené que andar al trote con la campana y la campanilla y el pito, todo a la hora... No, andá mucho má bien... he!, no medio desnudo y a gata, como andan mucho por aquí -dijo, mostrándolo con la mano, sin volverse.

         El fuego se apagaba; dispuso mejor las brasas acomodándolas con las propias manos. Se distinguían apenas las siluetas de algunos centinelas contra el cielo todavía obscuro. Los penados empezaban a levantarse y trajinar para asegurarse suficiente provisión de agua para beber, lavar ropa y acaso bañarse; los dueños de "restaurantes", y "pensiones" encendían los fuegos en sus cocinas para servir los primeros mates a sus parroquianos; la noche estaba terminando, apenas la había sentido pasar entre los asombros de mi primer contacto con este retorcido mundo cuyas leyes me eran extravagantes, exóticas, como dictadas en una patria lejana donde empieza y termina el tiempo en un ciclo peregrino de primitivismo y corrupción. La Muerte se desperezó y dio muestras de querer ir a reposar después de esta larga velada conmigo, que por cierto había disipado muchas de mis angustias. Ya se levantaba cuando le formulé la última pregunta:

         - Decime La Muerte, ¿dónde se vive más contento, en esa cárcel de la Argentina, donde no falta nada, o aquí?

         - No!, se anda mucho ma contento aquí.

         - ¿Por qué?, ¿porque estás en tu país?... ¿porque podés hablar en guaraní?

         - No..., se está ma contento, porque aquí no hay campana ni pito, aquí hay ma libertá.

 

 

III

 

         Dos días después, me soltaron como si nada hubiera sucedido. Para La Muerte, mis cuarenta y ocho horas de presidio eran una cuenta insignificante, y tal vez parecido criterio tuvieran mis captores para satisfacción de su moralidad política. Sin embargo, en algún lugar de mi cerebro ocurrió alguna rara conexión de líneas de rencor, impulsos de venganza, piedad, gratitud, asombro, terror, más otros sentimientos y conceptos que necesitan de varias palabras para ser denominados, como mezclas de repugnancia, temor y perversión.

         De mi ocasional amigo me despedí con el fervoroso deseo de retribuir su oportuna protección de alguna manera efectiva. Aceptaba mis ofrecimientos con ademanes tolerantes, conocedor -había sido- de que quienes van, encuentran poco tiempo para acordarse de quienes quedan en ese remanso turbio de humillación y asco. ¡Olvidarse quieren las derrotas! Por ello, me felicité después, de no haber rescatado una almohada, una sábana y unos zapatos viejos, que dejé en mi prisa por salir, a pesar de los quejosos pedidos de mi madre porque fuera a reclamarlos.

         Mas no olvidé a La Muerte, referí sus anécdotas por todas partes, pero nunca fui a visitarlo, ni cumplí mis promesas de asistencia. No me extrañó, pues, que me hubiese olvidado: fui para él un fugaz transeúnte indiferente de "Nuestra común casa grande", como había terminado por llamarla el pueblo.

         Es imposible imaginar, desde arriba, los abismos de la perversión. Hay que bajar, y bajar aún más para ver. ¡Así como la vida tiene horizontes infinitos, también se le dan caídas insondables! Como quien está arriba ama la virtud, y su condición humana se ensancha y robustece, así, quien vive en la privación de sus atributos esenciales, uno a uno los va perdiendo; cae, y cuando parece llegar a un límite, se renuevan los tumbos sin fin. Si quedan luces, son visibles por contraste, se requiere como fondo fealdad.

         Esa vez era una mañana cálida cuando de nuevo me "internaron". Algo había madurado mi conocimiento del mundo social en que vivía. Aprendí a acorazarme con planchas de orgullo, desprecio y burla, bajo armiños de disimulo y cortesía. También me había dignificado entregándome a un amor natural y simple: el de mi esposa Berta.

         Había gran alboroto en el patio de la cárcel. Se cruzaban gritos, desafíos, convites a la apuesta, risotadas, apasionadas frases. Más no era el apresto agresivo del motín o la riña. Por el contrario, la excitación era regocijada y hasta los centinelas, desde el techo, miraban e intervenían en la escena con visible y acalorado afán. Un compacto cerco de cuerpos sudorosos, brillantes, andrajosos o apenas vestidos, me impedían ver lo que pasaba.

         - ¡Voy por el cojudo malacara!

         - ¡Agarro por la yegua, añá memby!

         - Paro un mosquitero, tre latas surtida y 30 galleta por la yegua, si hay el que se anima! -se desgañitaba un individuo obscuro vestido sólo con un pantaloncito de fútbol, exhibiendo sus bienes en juego.

         - Te pongo delante un tablón de puerta para dormir o comer o para banco... ¡na ombré! -explicó un viejo, subrayando con el ademán todas las aplicaciones obvias que podría tener un tablón.

         De pronto, se hizo delirante el griterío: rostros congestionados chillaban, desarticuladamente estremecidos por las tensiones causadas por el espectáculo, pugnando perdidos por desahogar toda la emoción en grito; otros saltaban, otros trepados en pilares, mesas, cajas, banquetas o sillas refucilaban calor como llamaradas de la fiebre; el único árbol del patio parecía haber criado una monstruosa lepra de cuerpos: gemía agobiado, los soldados salían de sus garitas y corrían sobre el viejo tejado sin importarles un pito el estropicio que hacían con tal de obtener mejor vista; los de la guardia se treparon al portón: la masa empujó y retrocedió frenética. Algo sobre lo que estaba subido un grupo se deshizo, viniéndose abajo diez o veinte, que no se perdieron en lamentaciones, sino que corrieron por retomar algún lugar profiriendo gruesas maldiciones. Otros que definitivamente no podían ver, corrían por los espacios libres simulando galopes de caballos y el castigo de los guainos.

         - ¡Do a uno por la yegua, carajo!

         Un alarido final se prolongó, retorciéndose en su ascensión veloz como el empuje de una ola que en las garras del huracán trepa y desborda una ribera.

         - ¡Robó... roboooó la yegua!... Robó!

         La masa se disgregó, tomó otra y otras formas, hasta agruparse alrededor de un punto en un extremo del patio. Otras reuniones menores se apartaban para saldar complicadas apuestas emparejadas a trueque, entrando en la equivalencia dinero, cigarros, naco, yerba, mantas, ropas, galletas, guampas, una variedad de los productos de la manufactura carcelaria, y aun la infantil palmada en el reverso de la mano, puesta en juego para calmar la pasión de los indigentes. Un soldado, desde el techo, dejó caer una pelota de billetes que recogió un penado; otro pagaba con vajillas de la intendencia, aun trozos de carne que deslizaban subrepticiamente al patio al favor de la confusión.

         Por fin, encontré a uno ya sosegado que se aviniera a informarme. Se había realizado una gran carrera para la cual se había depositado hacía dos semanas un importante caudal de bienes carcelarios. La carrera se había corrido entre la "yegua", una concubina de La Muerte, y un penado al que llamaban "Malacara" por una tremenda cicatriz que le dividía horriblemente el rostro.

         - Pero ¿qué "yegua"? -pregunté sin atreverme a reconocer la repugnante realidad que ya intuía.

         - Subite aquí -me dijo en guaraní- allí está la "yegua." -agregó señalando el centro del grupo donde -reconocí a La Muerte. Se le abrazaba estrechamente hundiendo la cabeza en su pecho un hombre de torso obscuro y musculoso. ¡Sollozaba... sollozaba! - Esa es la "yegua." -me informó- una concubina, una hembra de La Muerte; paró por ella, se empeñó, y ahora está contento porque ganó su animal.

         - ¿Por qué llora la "yegua"? -pregunté sin comprender la escena absurda que se desarrollaba ante mis ojos.

         - Porque está contenta demasiado -me dijo en guaraní.

 

IV

 

         Pocos días después, a la hora de la siesta, en que los reclusos reciben sus visitas, cerca del doble tejido de alambre -con espacio intermedio para evitar el contacto directo entre presos y gente de afuera-, esperaba que Berta me trajese alguna ropa de muda, noticias sobre las gestiones para recuperar mi libertad, y su presencia, la amada presencia de su pequeño rostro compungido, substancialmente bello y bueno, en este caos de depravación y asco. La esperaba, estaba seguro de que había de venir, porque siempre es puntual en la cita con la abnegación y el sacrificio. Casi me asombraba que fuera tan buena y que me quisiese tanto. Cuando estaba lejos de ella, me costaba encontrar las palabras que pudieran reemplazar esa intima adoración que yo sé que manifiesto cuando le miro en silencio sus grandes ojos llenos de brillos y calores. Acumulaba diminutivos, retorcía las frases e incluso las repetía tontamente: "te quiero, te quiero, te quiero... mucho, mucho, mucho!".

         Cuando, con travieso humor, me ha mostrado de nuevo algunas de esas cartas, apenas pude resistir las ganas de prenderles fuego; me inquieta y acobarda que ella las guarde y devotamente las conserve. ¡Pensar que puedan caer en manos de alguno de mis nietos, y que éste se ponga a reír de las cosas infantiles que decía su abuelo calvo y bigotudo, cuyo retrato cuelga en la casa por ahí! ¡Pero ella es tan ingenua, sentimental y transparente! Si a una flor ha concedido una sonrisa o un recuerdo, no se le marchita nunca; y tiene el arte peregrino de conservar y revivir el trino de la calandria cuando enternece de alegría el espacio azul. Mas, si ella es sutil y sentimental y alada, yo soy quien la tierra piso. Ave tú, vuela; yo haré de rama y de raíz. "Berta, escucha mi mandato: desde ahora declaro y es mi voluntad que, sin remisión alguna, después de mi muerte, se haga una pira con mis cartas de amor, y así se quemen y aniquilen. Amén".

         El amor, según lo canta el poeta, es uno, pero visto por otro es tonto, tiene sus partes groseras, feas y aún peor... peor... y peor!

         La esperaba ese día mirando el procedimiento de la visita. El penal, con una población quintuplicada, funcionaba abrumado en sus rudimentarias instalaciones. Unos y otros gritaban para hacerse oír sobrepasando las vecinas voces. Dos o tres presos, trepados en el espacio divisorio de los alambres que impedía el contacto directo de los de adentro y afuera, pasaban los envíos de ropa, comidas, cigarros, etc., que traían, y sacaban lo que hacía el camino inverso.

         Así, en uno de estos ir y venir de objetos, alguien desde afuera, pasó una pequeña criatura, una nena gordita, descalza, que fue introducida al patio, donde la recibió en sus brazos La Muerte. La nenita no parecía reconocerlo porque empezó a llorar. Mas el penado le habló con mimo, intentó distraerla con tanto empreño, que la criatura se calmó. Entonces, La Muerte, se apartó unos pasos del lugar de aglomeración y tomó asiento en una silleta, a la sombra de un corredor.

         Ya no era el hombre joven de mi anterior encuentro. Sus formas estaban llenas y hasta en las mejillas hundidas, descarnadas, había una marca de flacidez. En la frente se le había impreso un ceño duro, sin piedad! y la boca, aún más desdentada, en arrugada hendidura, con los ojos pequeños y alertas, le daban un extraño aspecto de malicia en guardia, de trampa armada, una especie de avejentado y radical escepticismo, que lo ponían más allá de toda esperanza y desengañó.

         El suceso era de alarma. De una parte, un principio procaz y radicalmente depravado, y por el otro un puñito de vida indefenso e inocente; los mimos de una araña

o de una cascabel no me hubieran atemorizado tanto. Olvidé a mi Berta.

         El hombre besaba suavemente a la nena, restregaba su cara horrible contra las carnecitas blancas y suaves, la ponía a horcajadas sobre la nuca y la deslizaba hacia adelante; la volvía de nuevo para atrás, la hamacaba sobre la maraña de su pelo, le hacía cosquillas con la nariz debajo de los bracitos, le daba explosivos besos en el ombligo... la olía, la aspiraba, se la fregaba leve y demoradamente contra la cara y la cabeza… La nenita reía, sentía placer, le golpeaba y tiraba de los cabellos con sus manecitas regordetas... el hombre traslucía gozo en su risueña fealdad.

         La nena tenía tres años a lo más, luego, era imposible que fuese su hija, me dije. Tal vez alguna sobrina a quien quisiese mucho, a quien transfiriese su paternal instinto... o quien lo sabe, tantas cosas absurdas e inexplicables ocurrían en la cárcel... puede que La Muerte efectivamente hubiese salido algunas veces, que tuviera por allí alguna mujer, y que esta hermosa criatura fuese el fruto de esas furtivas aventuras. Sí, podía ser su hija, hasta creía encontrarle algún aire familiar… y sobre todo era tanta la insistencia de los mimos, que no podía encontrar otra explicación; el hombre manifestaba placer, que... si, no había otra salida...

         Mis temores se fueron aquietando, poco a poco me abrí de nuevo a la ternura. Por lo visto, estaba descubriendo otro perdido hondón del alma de La Muerte, el preso del caballo blanco llamado "Paloma", que despreciaba comodidades por "libertad". Me acerqué a él, y con mi más amistosa sonrisa, en guaraní le pregunté:

         - Es tu hijita, La Muerte?

         - No -contestó.

         - Eh!, yo creía que sería tu hijita, o tu sobrina... como la tratás con tanto cariño...

         - Ish!... No ves que es mujer? -me contestó con una risotada brutal que me dobló como la coz de una mula en la mitad del vientre.

 

 

V

 

         Cuando llegó Berta, la vi parpadear un rato y hacer heroicos esfuerzos por sonreír.

         - ¿Estás bien? -me preguntó.

         - Si -le dije, y le miré adentro en los ojos para ampararme en esa tierna y Amada paz, huyendo del infierno.

         - Le hablé al Dr. Balbuena... dice que mañana mismo va a presentar un pedido de habeas corpus; que te van a llevar al Tribunal.

         - ¿Dijo eso?

         - Si, dice que mañana mismo.

         - Está bien entonces -repuse sintiéndome irracionalmente reconfortado. Era la primera noticia concreta de que se reclamaba mi libertad, y algo en mí, una sensación de vértigo y hundimiento, se aferró a ello como a una tabla de salvación. Mi arresto no tenía asidero legal alguno, era una pura arbitrariedad, un acto de mandonismo y fuerza. Pero la justicia tendría que ponerse de mi lado, sacarme afuera y aun castigar a quienes habían consumado en mí su estupidez y prepotencia. ¡Ajá!, ese sería otro freír! -Y ¿cuánto tiempo dice que tardará? -insistí impaciente.

         - Dice que poco... tres o cuatro días -gritó. -si no te atribuyen algún delito, te tienen que poner en libertad.

         - ¿Delito?, ¡puf!

         De pronto, la vi tan chiquita para luchar sola en un mundo hostil, que volví a sentirme sobrecogido. ¿Cómo podría hacer ella, esta niña blanca, para que el enorme y

herrumbrado aparato de la justicia marchase a mi favor?. Sería, acaso, debidamente clara y elocuente, sabría hacer los planteos adecuados y precisos?. Sabría convenir con el abogado honorarios no muy altos, pero suficientemente alentadores?

         - Mañana voy a verlo de nuevo...

         - Que te acompañe mamá -grité en la baraúnda. Me inspiraban más confianza sus canas que esta cosita preciosa y frágil.

         - Bueno -asintió con docilidad, y a mi vista se le llenaban los ojos de lágrimas, aunque pugnaba por sonreír. ¡Dios mío!, qué torpes somos los hombres para estropearnos así la felicidad!

         - No te aflijas -le dije, con las dos manos prendidas al alambre, y el rostro apretado contra el tejido -el Dr. Balbuena es un buen abogado, yo le tengo completa confianza: si él dice que me saca en tres o cuatro días, puedes estar segura de que 1o va a conseguir. No te apures, nena linda, si llorás, la nariz se te va a poner colorada, colorada... como la punta del tití.

         - ¡Pisch! ¡cállate! -atajó alarmada, mirando a los costados, como si alguien se ocupara de nosotros.

         Insistí en nuestro lenguaje mudo, y logré ruborizarla y aun hacerla sonreír.

         Cuando se fue, volvía a creer en la justicia, la belleza y la bondad. La Muerte, por un rato, se desvaneció de mi conciencia.

 

VI

 

         Cuando esa noche conté en la celda de los presos políticos las gestiones judiciales que se estaban realizando a mi favor, y mis preocupaciones sobre si mi mujer sabría asistirlas debidamente, una homérica carcajada sacudió las viejas paredes, conmovió los revoques, hizo crujir los catres, aventó los ponchos y excitó crónicos catarros que se conmovieron con ataques de tos.

         - ¿Qué dijo?, ¿qué le pasó?

         - Dice que va a salir con habeas corpus!

         - ¡Ja, ja, ja, pero qué bárbaro!

         Y más allá otro:

         - ¿Por qué se ríen tanto?

         - Este dice que un abogado lo va a sacar.

         - ¡Ja, ja, ja, está loco!

         - ¡Puf, rematado!

         - ¿Es cierto eso? -me preguntó alguien desde un rincón.

         - Si. -repuse completamente corrido y achicado- Yo no hice nada. No se me puede acusar de nada.

         Soltó una risotada.

         - Mire, joven -agregó después, poniendo en eso de "joven" una zumba que quería decir tal vez "jovencito", "infante", o "lactante", tal vez.- Aquí, no se está porque se hizo algo, sino porque no se hizo lo que quiere alguien. Entonces, ese alguien, sea el comisario o el caudillo, lo mete a uno preso. No hay que olvidarlo.

         - ¿Y la justicia?

         - La ley, querés decir?

         - Sí, la ley.

         - No hay ley. Esa es la diferencia; no hay ley que valga ni forma de hacerla valer. Uno que puede, lo mete a uno preso, y ahí se queda hasta que se considere bien vengado. De algunos se olvidan, y allí se pudren los pobres infelices, por años, sin proceso, abandonados de la mano de Dios.

         Esa noche no pude dormir. No podía creer lo que decían. Había oído hablar otras veces en esa forma, pero me sonaban las palabras como fábulas remotas referidas a otros hombres; no le atribuía posible realidad. Las oía contar como las exageradas gracias sobre el palo que empuña la mujer cuando el marido llega tarde, o las beligerantes intervenciones de las suegras.

         Contra ellas tenía la firme y constante enseñanza del hogar, la escuela y mis queridos libros. Este era un derrumbe; no lo entendía, como no podía concebir una gráfica en cuatro dimensiones. Mas era un hecho que desde el mismo momento de la entrada, el mundo carcelario me había mostrado una cara depravaría, brutal, inconcebida. Nada bueno estaba aquí, los ciclos de corrupción se sucedían para abajo; había progresos hacia la perversión y el mal. Las manifestaciones vitales frustradas en su desarrollo natural, se revolvían para formar principios destructivos. Al cabo, la potencia creadora cambiaba de signo, no era la vida, sino la descomposición y la muerte.

         ¡Debía escapar a esta trampa!. Pero justo al advertir la desesperada urgencia me decían que mis esperanzas no tenían fundamento, que nada podía esperar de mi derecho, que estaba a merced del capricho de mis captores... y de la incomprensible voluntad de Dios.

         Súbitamente, como en un refucilazo del infierno, cambió mi escala de valores, y sentí terror... porque empecé a entender a La Muerte; me pareció menos culpable el trágico jinete del tordillo la "Paloma", que en la cárcel encontraba "libertad". Mordí la manta, y en silencio lloré esa noche. Por todos: por la patria, por mi esposa y por mí.

 

 

VII

 

         Al día siguiente, no pude ver a Berta. Me hizo llegar ropa limpia y frutas a través de la guardia; pero por alguna razón desconocida, tal vez de alta importancia policial, interceptaron su esquela. Descarto que no me hubiese escrito cuando menos dos palabras, cuando menos esas dos palabras que me hacen vivir.

 

VIII

 

         Al día siguiente, un muchachón de nuestra celda, vino riéndose de una broma feroz que entre todos le hacían a un pobre infeliz que estaba preso desde hacía seis meses, sin cargo penal alguno, ni que gestiones y medicaciones oficiales y privadas hubiesen logrado progreso para conseguir su libertad. Haciendo como que hablaran entre ellos, con prescindencia del desgraciado, contaba que a un tal Espinoza, y que también a un Gómez, los habían tenido presos por plazos indefinidos mientras los polizontes y las secuaces del tirano hacían suyas a sus mujeres.

         - Es inútil -decía uno al otro- el tipo que tiene una linda mujer, aquí se pudre. ¡No hay nada que hacer!

         - No sale más.

         - Se la pasan los unos a los otros. Después que la han repasado bien, cuando están aburridos de ella, entonces dejan salir al marido.

         - Espinoza estuvo arriba de dos años... su esposa era una morena estupenda, de ojos negros y rasgados, de cuerpo apretado!...

         - Y agraciada.

         - De dónde iba a salir!... abogado, compadre, milico, hasta los curas pidieron por él. Nada.

         El desdichado, tendido inmóvil en su catre se hacía el dormido.

         - Yo por eso digo que aquí, nuestro socio, está liquidado...

         - Es demasiado linda su mujer. No va a salir.

         Un dardo ardiente se me clavó en el pecho. Reí como todos, mas, aunque aparentemente nos burlábamos de la piltrafa rota que yacía en el catre, todos sabían que era una posibilidad amenazante y cierta; que éramos seres sin derecho alguno, que todo lo nuestro estaba librado al pillaje y a la devastación de la fuerza, incluso hogar y honor.

         Después, contaron que las torturas del cuitado también le invadían el sueño y que de noche se le escapaban suspiros y quejas desgarradoras.

         - ¡Cómo hacen eso! -increpé a los allegados.

         Me respondieron con grandes y ambiguas carcajadas.

 

IX

 

         "Mi esposo querido: Fuimos con tu mamá a ver al Dr. Balbuena. Dice que judicialmente no se puede hacer nada, así se lo hicieron saber. Nos prometió que hablaría con un amigo que tiene en la policía para pedirle que averigüe por qué estás detenido. No te preocupes por nosotras, estamos bien. El domingo, que es día de visita, te voy a llevar ropa limpia, muchos besos y... y... de tu mujercita que se muere por estar contigo. B.".

 

X

 

         Anoche, en la camioneta, se llevaron a once presos políticos: esta madrugada, trajeron a tres de ellos inconscientes, rotos a golpes. Abrieron el portón y los arrojaron al patio. Compañeros de celda levantaron en peso los cuerpos empapados de agua sanguinolenta y sudor. Los acostaron en sus catres y despertaron a los médicos, también presos, para que los asistieran.

         Amanece el jueves, llega la tarde, he hablado todo el día de los torturados y las torturas, no tengo otra cosa de qué hablar. Los "comunes" dicen que están presos porque no tienen dinero. Los asesinos cuentan sus crímenes sin pasión y sus relatos pierden interés. Todos se creen perseguidos o traicionadas por jueces, testigos o abogados.

         No puedo leer. Lo hago de a ratos, me preocupan las horas, desespero porque pase el día y mantengo también la secreta esperanza de que en algún momento, por alguna razón desconocida, me habrán de llamar para comunicarme que estoy libre. No existe lógica en mi encierro, luego, no habría porque reclamarla para el hecho inverso. Acepto unas partidas de damas y ajedrez, pero me derrotan fácil. Hay unos canosos individuos semidesnudos que juegan a las bolitas: tienen una habilidad sorprendente.

         No me siento comunicativo; no quiero hablar y la noche se me hace interminable. Los toques horarios y sus repeticiones parecen indolentes, abrumados del pereza. Viéndome tan abatido, uno sonríe y me dice: "Ya se te va a pasar....", y se explica: "así es al principio".

         Trajeron a dos torturados más. Tengo deseos de embestir contra esas paredes; siento el extraño anhelo de inferir a mis carnes equivalente destrucción y daño que el que existe en mi espíritu. El tiempo se pone vertical, en columna, pesa, se aproxima a la conciencia como un sentimiento cargado de aprensión; desde el mismo principio, veo gatear el sábado, con una impresionante cantidad de minutos todos los cuales me serán contrarios. Tengo la sensación de irlos tironeando con un cordel, pero algo me dice también que en cualquier brazada puede salir a la superficie un monstruo.

         Repaso las cosas que debía haber hecho en estos días perdidos, fondeado en un remanso de aguas espesas y turbias, de vorágines desesperadas y ansiosas, siempre en tensiones llenas de dolor, despiadadamente violentas. Justo hacía dos semanas que invadieron mi casa a media noche, aparatosamente armados, con una fuerza abrumadora. Lo revolvieron todo, buscaron, se llevaron papeles, una pistolita con la cual confiaba amedrentar a algún ratero atolondrado que equivocase una oportunidad en mi domicilio. ¿Qué buscaban?, no lo sé. ¿Qué encontraron?, tampoco lo sé. Me levantaron del lecho en que yacía en sueño manso y honesto, ofendieron con sus ojos sucios el pudor de mi esposa y explicaron su conducta diciendo que tenían "orden". Aquella noche de humillación, impotencia y odio, a merced del grupo canallesco de esbirros, mi único deseo era de que terminasen para librar mi hogar de semejante ocupación infame. A más de mi persona, nunca supe en definitiva cuantas cosas se llevaron.

 

XI

 

         Allí está Berta. Desde la madrugada la estoy esperando. Súbitamente abandono el descuido de mi persona. Me hago cortar el cabello y afeitar prolijamente: Compro agua y me baño. Deseché los carcelarios zuecos, bregué por sacarle el lodo a mis zapatos y creo que la ropa está presentable aún. Sé que mi pobre niña se sentirá abatida por este espeso olor a putrefacción antigua, a miseria y pérdida de esperanza: Por mi parte, ya no lo huelo, estoy penetrado por él.

         Ella sufre, si está visible! Sus ojos están congestionados, las mejillas se le hunden y el cabello se le aplasta, decaído el brillo, tiene uñas rotas y el esmalte no repuesto. ¡Ella tan deliciosamente coqueta para mí!      ¿Qué habrá pasado?, qué le estará pasando?, ¡Dios mío!

         El Dr. Balbuena habló con su amigo... le dijeron que tu caso está en poder de un tal Rosendi, que hay que hablarle a él para conseguir tu libertad.

         - ¿Rosendi?... Rosendi? -grité- y ¿quién es ese Rosendi?

         - No sé -dijo levantando la voz para hacerse oir- dice que él ordenó el allanamiento de aquella noche y tu arresto... y que todo depende de él.

         - ¿Fue él quien ordenó que atropellaran nuestra casa?

         - Dicen que sí.

         - ¡Miserable!... -Sentí como una arcada. Pero no conocía a nadie con ese nombre. Quedé silencioso tratando de escudriñar en la memoria quien fuese el pájaro Rosendi... pero el nombre no me decía nada.

         - Decís que todo depende de él?

         - Así dice el Dr. Balbuena. Dice que tu caso está en sus manos.

         ¿Y por qué, y para qué?. No entendía nada, salvo el resultado físico y moral de verme arrojado a este antro sórdido y brutal. No sabía que decir, no encontraba el camino, mi experiencia no alcanzaba a sugerirme la fórmula, el atajo. Miré a mi joven esposa, ella también tenía los ojos llenos de asombro y de dolor. Aún hice un esfuerzo, pero esta vez no lo pude evitar!... Un pensamiento asqueroso, que había estado envenenando la dignidad de mi sufrimiento, me asaltó la conciencia, retorciéndome de dolor. ¿Se atreverla este reptil inmundo?. ¿Cómo podría cortar el paso a semejante agravio?... ¡Juré matar! Allí cerca vi una malla saltada en el tejido de alambre, y por ella empujé dolorosamente el brazo, rasguñándomelo sin piedad hasta alcanzar el otro lado. Nos tocamos la mano, le apreté los dedos y ella me los besó cálidamente. "¡Juro por Dios vivo que lo mato, lo mato!!!", gritaba lívido modulando las palabras sin voz, con el cuerpo tieso de implacable determinación.

         De pronto, ¡todo me pareció de nuevo tonto y absurdo! ¡Que Rosendi pudiera separarnos!. Dios, la sociedad, la ley y nosotros mismos por cósmico e irrevocable imperio nos uníamos, pero un tal Rosendi detentador de la fuerza bruta podía arrasar con todo eso y separarnos!. Después de esto, ¿cuál derecho podría mantener su prestigio y respetabilidad?

         - ¿Qué dice al Dr. Balbuena que hay que hacer?

         - Dice que hay que buscar algún amigo que sea conocido de Rosendi para que pida por vos.

         - ¿El no conoce a alguno?

         - Dice que no conoce a ninguno suficientemente influyente..., pero tu madre dice que es muy amiga de una señora que es pariente.

         - ¿Si?

         - Sí, va a visitarla esta misma tarde.

         - ¿Y ella cree?

         - Tiene muchas esperanzas.

         Se fue y me quedé con mis negros pensamientos, girando sobre un coágulo de impotencia y soledad. "¡Cuatro tiros!... o tal vez mejor un puñal", me pareció más intimo, saciador y personal. Pondría en contacto más directo mi odio y sus entrañas... su caliente y codiciada sangre.

 

XII

 

         Los comunistas vinieron a invitarme para una de las charlas que realizan regularmente. Antes, dos de ellos habían estado atribuyendo todas mis desdichas a los yanquis y a las injusticias de la organización social. Filosofía política simplificada: todo lo que venga de aquí, malo; si viene de allá, excelente. Me limité a preguntarles si no hablan padecido en sus vidas suficiente dictadura para concebir como ideal un mejoramiento de la dictadura. Me volvieron la espalda, y supongo que fichado en la "reacción".

         Pero ya dije que soy un soldado de la libertad, un soldado sentimental, por razones expuestas en versos. La libertad es mi cebo: si no me la dan, no me tientan otros galardones. Amo a Berta, sin ella no me gusta la vida, y tal vez ni aun las demás mujeres.

         Parte de la noche la pasé con Vargas -un joven atrapado en el momento de pintar paredes- y le expuse mi situación. Le pareció la cosa bien encaminada. Si mi madre podía inclinar a mi favor a la pariente, la mitad del camino estaba andado. Opinó que Rosendi no era hombre decisivo, pero de todos modos, por él podría apreciarse la importancia de la imputación que se me hacía. Dormí pensando en el eminente funcionario, y esa noche no soñé con Berta, sino con un polizonte inmenso, de aspecto aterrador y rostro cruel e inexorable.

 

XIII

 

         "Mi hijo querido: Ayer estuve a ver a la señora de Rolón, que es una antigua amiga mía, compañera de colegio. Me recibió muy amablemente y cuando le conté lo que te pasaba, me prometió ocuparse de inmediato de ti. Es la suegra del Sr. Rosendi. Me dijo que la llamara por teléfono mañana: que entretanto le diría a su hija que le avise en qué momento podría ir para hablar al yerno. Dice que está sumamente ocupado, pero que ya buscaría la forma de encontrarlo. Salí muy alentada. Apenas tenga noticias veremos la forma de hacértelas llegar. No te descuides de las corrientes de aire. Tapate el vientre para dormir y no te olvides de encomendarte a nuestra patrona la Virgen del Carmen. Abrazos y la bendición de tu mamá".

 

XIV

 

         Amanecieron de nuevo otros cuatro hombres torturados la noche anterior; también los compañeros los cuidaron.

         Vargas juzgó la noticia enviada por mi madre, en verdad importante. Una influencia familiar así liquida cualquier enredo.

         - Claro -agregó- que para mí Rosendi no es definitivo...

         - ¡Cómo! -alterné bastante molesto-. ¿No es acaso Rosendi el Jefe?

         - Sí, pero en estos asuntos el que manda es un tal González...

         - ¿González... ¿quién González? -¿Y ese González va a mandar más que el Jefe?, ¿Para qué entonces Rosendi es el Jefe si un González va a mandar?

         - Bueno, no te enojes. Yo te digo sólo para tu gobierno...

         - ¡No, hombre!, pero si yo no me enojo. ¡Sería bueno, qué ocurrencia, Vargas! Yo decía solamente que si Rosendi es el Jefe ha de ser para mandar. 

         Caminé hacia el patio. "Pobre, Vargas", pensé, "lo han dejado medio tonto con las garroteaduras que le dieron". ¿De dónde se le ocurría a este buen muchacho que todo un Jefe como Rosendi estuviera por debajo de ese tal González?. ¡"Vamos... los golpes en la cabeza que le dieron"!

         Mas, a pesar de toda la adhesión que en mi alma crecía para el Jefe, tampoco pude sofrenar el otro desgarrador impulso:

         "Rosendi... ¡Dios te guarde, miserable! ¡Un puñal de doble filo de manera que te lo pueda revolver! ¡Re-vol-ver y re-vol-ver!. Me imaginaba bañándonos ambos   con la sangre tibia. Estaba lívido, y me estaba rompiendo los bolsillos con el puño apretado hasta la insensibilidad. "¡Dios te guarde, miserable"!.  

 

XV

 

         Dos días después, vinieron ambas a visitarme. Desde lejos, la cara de mi amada brillaba de promesas y anticipación. Levantó la mano derecha que tenía libre de envoltorios y paquetes, y hasta la vi saltar brevemente de alegría. Mi madre sonreía con tolerancia, dejando a su joven hija darse el placer de la primicia. Las palabras que me iban a decir a través de los tejidos de alambre solo tenían que dar forma precisa a la buena nueva.

         - La señora de Rolón habló con Rosendi, Prometió que estudiaría tu caso, y que haría todo lo posible...

         - ¿No fuiste a verlo a Rosendi, personalmente?

         - No... pero, ¿querés que vaya?

         - Nooo! grité aterrado. -Era solo una pregunta.

         Entonces, sonreímos los tres. Miraba a la una y a la otra, y no sabía dónde detener la mirada... Me volví hacia el patio de la prisión, instintivamente urgido por encontrar algo bello que les pudiera pasar, un pequeño símbolo que transportase mis sentimientos. ¡Ni rastro de nada que fingiese un pétalo!

         - Mañana la tengo que llamar de nuevo. Qué dice el abogado, le contaron?

         - Está muy optimista; me encargó que te saludara en su nombre: dice que estos son los recursos eficaces. Me felicitó.

         Sólo al momento de irse parpadearon las sombras sobre los ojos de mi esposa. Mi madre conservaba firme su sonrisa; mas antes de irse lo olvidó todo para cumplir con su deber formulándome su habitual catálogo de recomendaciones para el cuidado de mi salud.

 

XVI

 

         Vargas me llamó apresuradamente para llevarme a un corredor desde donde pudiera ver parte de las oficinas de la guardia de la cárcel.

         - Vino Rosendi -me informó-. Allí entró.

         - ¿Dónde?- urgí.

         - Allí -señaló... -¡Ese que sale!

         Vestía de civil. Era un hombre de mediana estatura, aindiado, de boca pulposa y ordenada. No se le podían ver los ojos encajados en una fisura congestionada de párpados y mejillas tumefactas. El cabello duro, lacio, y al hablar se tocaba el abultado carrillo con una mano regordeta, morena y corta, con un enorme anillo de oro con piedra carmesí.

         "Ja, Ja", solté una risotada para mi propia vanidad. "¡Yo... tenerle celos a este bruto!" Mas, todas juntas, me asaltaron de través las conocidas ideas sobre la abnegación, el sacrificio, etc. "No quiero nada de eso, no!, que me pudra en la cárcel" Mas, en realidad, sabía que lidiaba con imaginaciones enfermizas, que eran fantasmas creados por el tormento. De un manotazo, me los saqué de encima y con un esfuerzo retomé equilibrio.

         Miró varias veces hacia el patio del penal, sin buscar precisamente nada, al parecer. Me sorprendí esperando su mirada, sonriente, como si pudiera transmitirme un

mensaje: "¡Eh!, yo soy Secundino Sosa... ese de quien le habló su señora suegra. Sí, su honorable señora suegra le habló de mí! Yo soy ese, je, je! ...". Pues, mirándolo de otro modo no me resultaba mal su aspecto. En verdad, encontré cierta forma de nobleza en su aplomado porte, visto desde ese fondo de inenarrable miedo. Para decir verdad, en aquel momento ya ni me acordaba que había sido él quien había ordenado el oprobioso asalto nocturno de mi casa; desde entonces había pasado ¡tanta angustia! ¡tanto tiempo!, ¡tantas cosas!...

 

XVII

 

         Al día siguiente, me dijeron que me preparase "para salir en libertad". Dispuse apresuradamente de mis cosas. Regalé libros, ¡todos los cuales había empezado a leer!, comidas y otros objetos, con urgente, excitada y nerviosa esplendidez.

         Me llevaron a otro edificio. Al salir, me encontré en la sala de espera con mi madre y mi esposa. Me sentía sucio, sudoroso y embarazado con mis restantes bultos.

Después de besarme brevemente en la mejilla, mi madre me dijo:

         - ¿No te parece correcto, Secundino, despedirte del Sr. Rosendi, que se ha portado tan bien?

         - Sí mamá, claro... - y volviéndome hacia un hombre de la guardia que me seguía, le pregunté-: ¿No podría saludar un momento al Sr. Rosendi para despedirme de él?

         Salió del despacho al cabo de un minuto franqueándome la puerta:

         - Dice que pase.

         Entramos todos, y él se adelantó para saludar a mi madre y a mi esposa.

         Aún creí ver cierta familiaridad y efusión en el saludo... pero yo estaba embargado de emoción por la libertad que recuperaba, después de esos días de derrumbe total.

         - Quiero expresarle mi agradecimiento, Sr. Rosendi -le dije estrechándole la mano con calor- decirle toda la gratitud que siento por Ud...

 

- F I N -

 

 

 

 

LLORA LIBRE MARINERO

 

         Iba subiendo el rumboso Paraná la balandra argentina "Aurora", aquella mañana apacible de horizontes netos bajos cielos lucientes.

         Las tareas del día seguían la rutina de limpiar y pintar para el marinero paraguayo Aparicio Brítez, enrolado en un puerto del Sur.

         Había llegado de su pueblo perseguido por males manifiestos y disfrazados males; había vagado por ciudades extrañas en busca de conchabo con tornadiza suerte. La transitoria changa fue el socorro constante; los dormitorios hacinados de pensiones misérrimas, el consuelo habitual del mate para distraer la puntualidad del hambre; y la soledad, la frontera precisa de su cuerpo ante el matorral de un idioma y hábitos que expresaban situaciones opuestas al paisaje campesino donde había modulado su dulce infancia y una confundida juventud.

         Después de trajinar sin rumbo, alguien le indujo al oficio marinero hablándole de horizontes que suben a los cielos, constelaciones movedizas, embriaguez de brisas, incansable murmullo de las aguas, la falaz urgencia enamorada de los puertos, y las citas seguras con el rancho.

         Con mañas entró en el sindicato, y de allí pasó a fregar cubiertas, a estibar y remover cargas como precio por su boleto hacia la aventura.

         En aquel momento, esa mañana, de pronto Aparicio vio venir bajando al buque paraguayo, que debía cruzarse a pocos metros con el "Aurora". Un súbito frenesí le agitó el corazón: de un salto trepó al puente del timón.

         -¡Patrón!, ese barco es paraguayo, no le podemos saludar?

         - No lo conocemos... el pito no se toca por cualquier cosa… -contestó el Patrón, encogiéndose de hombros.

         Ya se volvía Aparicio, aturdido, sin saber cómo explicarse, cuando le oyó decir:

         - Tome, salúdelo al pasar, con esta bandera - Y tomando una bandera paraguaya doblada en un armarillo, se la entregó.

         Aparicio la apretó entre sus manos y se empinó sobre la baranda. Tomó las puntas correspondientes, y en el momento que se cruzaban los navíos, soltó la insignia patria, que flameó briosa con la fuerte brisa del andar, desde sus propios brazos extendidos.

         Un apasionado gritó de conmovida euforia se levantó en el otro buque; marineros y oficiales abandonaron sus tareas y se precipitaron a la borda exaltados ante esta evocación amada de flamígero arrebato, que pasaba navegando llevada por un hombre.

         Aparicio vio, a su lado al Patrón; quiso ocultar las gruesas lágrimas que corrían libres desde hondones del pecho conturbado.

         Pero le oyó decir con voz enronquecida:

         - No se avergüence de llorar, marinero; todo ese barco está llorando, y muchos, también en éste.

         Me fastidia la fanfarria patriotera; me irrita que se le saque lucro, pues se vuelve tímido el sentimiento honrado, ese que se cría entre vividas experiencias, con dolores y esperanzas comunes, y un largo orgullo compartido.

 

 

EL CAPANGA CATIPACE

 

         Cuando remonté por primera vez el Alto Paraná, poco después de terminada la Guerra del Chaco, eso era un tumulto de selvas y salvajes obrajes y yerbales.

         La lancha "Mariscal", tenía una cámara de primera donde se amontonaba la clase social que portaba armas de fuego; el peonaje de arma blanca quedaba desparramado entre la cubierta y las cargas.

         En la primera se debía largo; con los demás se tenía más cuidado porque "esa gente" que comía menos "reviro" y cornevé", perdía fácilmente la cabeza y armaba trifulcas.

         En ese viaje conocí a don Atilano Delgadillo, contador del obraje Toro-cuá, ex-seminarista, alcohólico recibido; cuando daba con algún dinero, tomaba pasaje de ida y vuelta hasta donde llegase el barco de subida. Al regreso bajaba en su mismo puerto, luego de consumir sin pausa la caña que fuese, para reconciliarse con la vida. En su trabajo, por despótica prohibición patronal, sólo podía darle al trago en dificultoso contrabando: y esto lo mataba.

         Por la noche, entré en conversación con el contable, y claro, lo primero que se trajo a cuento fue el tema obligado de los mensús, capangas y demás métodos industriales aconsejados en la región.

         En una de esas, se acordó del capanga Catipace, un contrahecho de alma, que cultivaba el ensañamiento y la crueldad. Su látigo era una implacable mordedura, sus armas decretos del destino.

         - Catipace parece nombre extranjero.

         - Catipace era paraguayo como la mandioca, pero era como él decía, o como los otros oían su frase habitual cuando liquidaba a un prójimo: "Na py, pe mbo "requiescat in pace" cheve, pe añá memby", para ordenar que lo enterrasen. De allí el marcante.

         Subrayó una pausa con un recio trago.

         - Un día, cerca de las casas, oyó el angustioso piar de un pájaro, y como siempre estaba alerta, fue a ver qué pasaba: un pajarito en una rama baja no podía volar hipnotizado por una víbora que, mirándolo fijamente se le aproximaba para atraparlo.

         Catipace sacó el revólver, y cuando todos esperaban que mataría al pájaro; le dio a la serpiente que cayó revolviéndose hasta morir. El ave escapó al terror, recuperó las alas, el canto, y se elevó a los cielos con un largo grito de alegría y liberación.

         - ¿Y?

         - Catipace quedó perplejo; cuando pudo expresarse no hizo sino contar y comentar el caso. Lo hizo en todos los tonos, agregando e inventando cosas. A unos dijo que era una alondra, a otros un corochiré, un ave blanca, dorada, que sé yo!

         - ¿Y?

         - Un día desapareció del obraje, y no se supo más de él en toda la zona.

         - ¿Que le habría pasado?

         - He pensado mucho sobre eso; para mí, al salvar a ese pajarito, algo le hizo entender que había sentimientos que se inspiran en el bien, la belleza, la libertad. Esto le arruinó para su oficio de capanga.

         Afuera, una tímida luz anunciaba el alba en el Alto Paraná

 

 

 

ALONSITO ALONSO GARCIA

 

         - Taní... Taní!... Adónde se jué ese mitaí!

         La siesta vibraba como una frenética pandereta chispeante de luz y color. Las cigarras e insectos y aves se llamaban todas juntas a gritos y en coros, sin poderse entender. Toda la arboleda de alrededor de la casa y pajonales fronteros se erizaba de vidas que absorbían ávidas la fuerza caliente del sol.

         - ¡Taní!, si no vení le digo que te enlace al Jasy-jateré. Pero de donde! Taní había escapado una vez más para vivir libre la siesta, sin la fastidiosa vigilancia de los mayores, sin los miedos a las sombras nocturnas, con toda la naturaleza a disposición.

         Claro que siempre estaba el peligro de dar con Jasy jateré; que el enano de impredecible humor lo tocase con su bastón y lo dejase totalmente lánguido e incapaz de huir, o que sorpresivamente lo enlazase con su larguísimo pichulin. Por eso, era mejor no irse muy lejos, y estar muy atento.

         Se decía que a Leoní lo había llevado Jasy-jateré, pero las mitaí creían que era puro cuento, que Leoní se había ido hacia el Norte donde vivía su mamá guasú.

         Después de la lluvia del sábado, los mitaí se habían dedicado a hacer bodoques al lado de un charco que se conservaba al pie de la lomita. La gomosa tierra colorada se tomaba a manotazos; era cuestión de amasarla dos o tres veces y pellizcar un pedazo. Las bolitas se secaban en un santiamén y quedaban listas las balas para la hondita. Podían pulsarse con latas, tacurús, matas, el ganado que se metía en el patio, los perros vagabundos, los pajaritos. Por suerte, la mala puntería era general, raro un tiro certero.

         Taní tenía la bolsita vieja de llevar útiles escolares llena de bodoques, además, sobre un tablón detrás de la casa había hileras y montones. Con tantas balas no sabía qué hacer, tiraba su honda hacia arriba, veía subir el proyectil, contra el cielo luminoso y caer a lo lejos. De puro tekoreí un día le jugó a unos cuervos, pero su taitá le dio un coscorrón.

         - No se tira a los cuervos, trae mala suerte- ellos limpian el campo.

         - Tírales a los caranchos, che memby, que se roban los pollitos.

         - No le tire na a la piririta que canta tan bien...

         - Metele al tejú guasú que come los güevos.

         Na onré, hacé, no hagas, sí, no, chaqué, aníque, néique, náque!...

         Lo mejor era tirar sin que nadie lo viera, de siesta, para que le dejaran en paz. Tenía la hondita lista cuando un pajarito pardo se posó en la rama y caminó por ella muy chusco, sin darle ni cinco de corte. Allí no más, no pensó dos veces, zas, y le dio!... Cayó redondo, parecía muerto.

         Lo recogió con un sentimiento de triunfo muy contradictorio, y llamó a Cachí para mostrarle su presa.

         - ¡Nde bárbaro, mataste un alonsito!... Esperá, a lo mejor todavía no se muere- y Cachí se puso a soplarle el culito con toda la fuerza para devolverle el ánima otra vez. Nada, el pajarito estaba inerte.

         - ¿Qué tiene ese pajarito?

         - Pajarito, ayé : este no e pajarito, sino Alonso García, un cristiano convertido en pájaro.

         - ¿Un cristiano?, ja! nde japú.

         - ¿No creé?, vamo a preguntarle a Karaí Chido

         - ¿Verdá, Karai Chido que el alonsito e un cristiano convertido en pájaro?

         - Jumm... y así se dice.

         - ¿Pero e verdad?

         - Jumm... se dice que hace mucho, en la antigüedad, un sordado español que se llamaba don Alonso García, desertó del señor Rey, y se jue al monte a vivir con una india. Allí hizo un ranchito de paja y barro, pero tanto le perseguía la comisión que para esconderse se convirtió en pájaro.

         - ¡Nde! ¿Y no se puede hacer ma cristiano?

         - Él no quiere, por eso hay que aconsejarle y decirle cada ve que está cerca: "volvé a tu verdadero ser don Alonso García..." Pero no hay que matarlo, porque se dice que e un cristiano. No ve como hace su casita? No hay otro pájaro que haga una casita para vivir.

         - Te dije, che raá.

         Taní estaba anonadado. Enterraron al alonsito, le pusieron una cruz, e hincados le rezaron una punta de benditos. Unos días después, Taní no aguantó más y le preguntó a su maestra.

         - Eso se dice, pero no es cierto, mi hijo. Esos son cuentos que no hay que creer.

         Taní respiró con alivio, pero para estar más seguro, se fue con Cachí a preguntar a don Polí, el médico ñaná, hombre respetado por su sabiduría e infalibilidad. Acertaba katueté.

         - Mirá, che ray, en este mundo la verdá y la mentira viene todo jehea, y de todo eso sale una cría mitá y mitá. De Alonso García, de la india y del alonsito salimo nosotro lo paraguayo, con la mentira y la verdá. No sirve matar al alonsito, porque lleva una parte misteriosa de lo dos... Pero no vaya a llorar, Taní, che ray, no pue, viva el Paraguay!, mirá: ese que desgraciaste sin saber, era un pájaro, nada má. Don Alonso se va cuando está la luna llena, después al menguante vuelve otra ve.

         Se fueron calmados con la explicación del Karaí arandú por la seguridad que les había dado de que el alonsito muerto era, en ese momento, una ave nada más.

         Pero al pasar frente a su sepultura, los dos se quitaron el sombrero, y se persignaron respetuosamente con la cristiana señal de la cruz.

 

 

 

ESCONDITE SEGURO

 

         Agapito era un tenaz y sobrio hombre de trabajo. Se levantaba en el seno de la madrugada, mucho antes que los gallos y el lucero. Hacia uncir los bueyes a sus grandes alzaprimas, y montado en una mula, acompañaba el convoy hasta las entrañas de la selva de dónde sacaba madera en recia brega.

         Ese había sido su oficio por años. Había probado otros, tenía alguna educación, pero por una u otra causa, volvía a caer en los carros y el bosque, esperando paciente un golpe de fortuna.

         No consiguió nada por estos caminos, pero un día, ya avejentado, la suerte le hizo un guiño: una viuda le dejó saber que se casaría con él, y él, se allanó al destino. Así realizó su sueño de la hacienda propia.

         Agapito había sido en cierto modo mi mentor, pues como era formal, mi padre no vacilaba en dejarme a su cuidado en cualquier ocasión, que fuese. "Rayto", me llamaba, llegué a quererle mucho.

         La vida nos fue separando, hasta que un día      vino a verme en mi despacho profesional. Los años le pesaban, pero era duro todavía. Estaba más cuidado, conservaba su firme estilo: la piel quemada hasta los huesos y ajadas las enormes manos de obrajero.

         - Rayto- me dijo, y continuó en un fluido guaraní que me cuesta traducir en la substancia - Vos sabés que ahora tengo plata, pero me preocupa mucho la forma de guardarla.

         - Acaso no tenes propiedades?

         - Si, pero la gente te entra una noche, y después va a pedir la expropiación.

         - No tenes hacienda?

         - Sí, pero viene una revolución y te arrean todos los animales.

         - Bueno, una parte podes tener en un banco.

         - Pero qué esperanza!, si la plata que se guarda se convierte en papel, y todavía, si el banco se funde...

         - Porque te preocupas tanto?

         - Me preocupo porque ya estoy viejo. Vos sabes Rayto, que lo único que yo sé hacer es trabajo de monte, y ahora, ya le tengo miedo.

         - Entonces lo que podes hacer, es comprar oro: unos ladrillos así, y los enterrás en algún lugar.

         - Sí, ya pensé en eso, pero la gente todo el día te anda espiando, y después, si descubren el entierro!... Mirá, lo único que yo veo, es comprar libras de oro, ponerlas en un cinto y tenerlo día y noche alrededor de la cintura.

         - Buena idea, pero muy molesto -le dije riendo-. El inconveniente es que si te caes por allí desmayado, la gente en lugar de auxiliarte te liquida, para llevarse el cinto.

         - Cierto- comentó, tomándolo muy en serio; y agregó tristemente: -A esta edad le tengo miedo a la pobreza. Pensá, Rayto, para qué entonces estudiaste tanto!.

         Se fue preocupado, y quedé pensando que este duro hombre de trabajo con tal porfía había luchado por alcanzar algún dinero, tanto había padecido por esta idea fija, que al lograrla, no sabía cómo sacarle fruto, ni siquiera, para comprar tranquilidad.

         No volvió. Al cabo de unos años, lo vi en la galería diaria de difuntos.

         Fui al velorio: allí estaba mi mentor rodeado de herederos que lloraban de impaciencia. En el momento del entierro comprendí que al fin había hallado un lugar inexpugnable para su tesoro; que ya nada ni nadie podría privarle de él, ni tendría que temer la vejez o la pobreza.

         Cuando el duelo se hubo retirado, sobre la pintura del pequeño panteón, le escribí estas sentidas líneas:

         Aquí descansa. Agapito

         en paz, porque está muerto.

         Ya nadie le hará un entuerto

         que llegue a importarle un pito.

         Y lloroso firme: Rayto.

 

 

 

MI PARIENTE EL COCOTERO

 

         Visité la furiosa catarata del Guairá. Nunca sentí vértigo más tangible, la succión de la muerte irrevocable. Sólo un paso.

         Allí no hay ondas, ni hermosas cabelleras que saltan al vacío; el Guairá es solamente fuerza, que pasa atormentada por una garganta inexpugnable. Se hace trizas la majestad del inmenso Paraná.

         Las aguas se precipitan saltando entre islotes, escolleras, tortuosos brazos y reciales hasta llegar al desfiladero infernal; por abajo, siguen desbocadas por decenas de kilómetros: nadie las estorbe, ni navegue, so pena de la vida.

         En esos vericuetos, muy cerca del paso final, encontré a mi pariente el cocotero. Se erguía insolente sobre una baja roca solitaria, increíblemente aislada, absurdamente recto, vertical a la corriente, con su penacho verde, vainas para flores, y los frutos. Había ido a hundir allí su fundamento por la inenarrable sucesión de un azar infinitesimal indefinidamente repetido.

         Era preciso que esa roca que partía las aguas fragorosas tuviese, además, una entraña capaz de sustentar que permitiese el paso de raíces, acero vivo, para ese mástil, o que ellas mismas se acuñasen para morder basalto.

         Era forzoso que hubiese crecido aguantando las riadas, las ramas y troncos que pasaran sobre él, pues en ciertas épocas el rio cubría el peñasco; o que alguna contracorriente, ahora no visible, en tales ocasiones lo salvase.

         Si el choque del agua hacia temblar la tierra, allí sobre esa peña se levantaba la serenidad del cocotero, envuelto a ratos en iris y celajes, tal vez meciendo nidos que nadie iría a turbar.

         Mas ese lugar no deja allegarse a las ternuras, ahoga la belleza; se impone la geológica contienda. Al cocotero no le vi la gracia, sino su arrogante reto, pues si la masa precipitada era imponente, tanto como ella era esa vida capaz de aferrarse a una roca, perdurar y florecer, a favor de una misérrima oportunidad que atrapó de paso.

         Toda la temida muerte resultaba apenas un elemento trasformador del poder orgánico de linaje cósmico que crece y medra en cualquier parte del espacio, donde hay una breve condición. Comprendí al cocotero alimentado por el sol, sacándole jugos a esas enloquecidas aguas para llevar adelanta su lento, silencioso e indoblegable designio.

         Me vi como criatura, fatal y fértil, formando parte de su corriente intemporal. Ahí habla una voluntad de ser sobreponiéndose a la violencia inerte, la victoria de la lucha, la osadía de lidiar con fuerzas enormes, pero ciegas, la dignidad de alzarse contra un medio hostil, y sobre todo había excelencia, que se da como extremo feliz en ciertos pocos seres.

         Ese penacho era bandera; esa esbeltez era el orgullo!. El cocotero tenía todo el empuje de la existencia vital. Cocotero salvaje, en ti veo cualidades de mi combativa estirpe; triunfal pariente lejano, salud!.

 

 

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