LA QUIMERA
Por GUIDO RODRÍGUEZ ALCALÁ
SOBRE ESTO Y AQUELLO
El historiador es como un juez que interroga a un testigo. Al hacerlo, sabe que un testigo veraz puede equivocarse, y que un testigo falso puede ser llevado a decir la verdad. Esta idea del historiador francés Marc Ferro se aplica a los documentos históricos, que deben interpretarse debidamente.
Hacia 1600, una joven de veinte años fue juzgada por la Inquisición en Italia. Se conserva todo el expediente, que ha servido de base a La quimera, de Sebastián Vassalli. La novela relata el proceso y la condena a muerte de Antonia Spagnolini por haber mantenido relaciones con el diablo. En cuanto a los documentos de 1600, no podemos creer en el pacto diabólico, pero sí que en aquel tiempo se torturaba y quemaba. Sin probar lo que se proponían, los inquisidores del caso nos dijeron mucho sobre la Inquisición y la época.
Saltando del siglo XVII al XXI, ¿qué nos prueban los papeles sobre la Guerra Grande recientemente exhumados? En principio, nada, porque no se ha determinado su autenticidad. No se ha analizado el papel en que están escritos, ni la escritura, ni las firmas. Ciertas firmas que aparecen en esos papeles son completamente distintas de las firmas auténticas que conocemos; por ejemplo, las de Bartolomé Mitre, José María da Silva Paranhos, José Antonio de Pimenta Bueno, Domingo F. Sarmiento y Pedro II.
En los presuntos documentos hay información poco verosímil, e incluso falsa. Cuesta creer que, en documentos oficiales, el entonces alférez Patricio Escobar, de veintitrés a veinticuatro años, apareciera con el rango de general; que firmara acuerdos de paz con las potencias de la Triple Alianza; que el presidente Sarmiento le escribiera llamándolo "mi querido Escobar". ¡Todo esto en plena Guerra Grande! Sarmiento estaba en la Argentina cuando -supuestamente- vino al Paraguay para firmar un protocolo con Escobar.
Cuesta creer que, después de la guerra, Escobar mantuviese una activa correspondencia con Miguel de Unamuno, con quien se escribía semanalmente; entonces no existía el correo aéreo, ni los paraguayos tenían esa familiaridad con los escritores extranjeros. Cuesta creer que conociera las obras de José Ortega y Gasset, porque Ortega publicó su primer libro, Meditaciones del Quijote, en 1914, y Escobar murió en 1912. ¿Dónde está la Historia de la Guerra de la Triple Alianza, en diez tomos, escrita al alimón por Manuel Gondra, Rui Barbosa y Miguel de Unamuno en 1910? Entonces no existía el correo electrónico, que permite una escritura conjunta. Tampoco es verosímil que, de existir, una obra de esa envergadura hubiese desaparecido. Sería interesante examinar la escritura de Marcelino Menéndez y Pelayo, otro presunto corresponsal de Escobar, como varias otras personalidades literarias.
Los papeles de Escobar, como los de la Inquisición, no prueban lo que se proponían, sino lo que no se proponían probar: nuestro precario conocimiento de la historia y la precariedad de las instituciones culturales. Prueban también la secularización de ciertas supersticiones medievales. Pero se puede hacer algo, y es someter los papeles a un estudio serio. La Comisión del Bicentenario tiene los fondos necesarios, los ha ofrecido, y los empleará para el efecto, si la Academia de la Historia se lo permite.
Publicado en el diario ULTIMA HORA
Jueves, 17 de Noviembre de 2011
Fuente digital: http://www.ultimahora.com