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HUGO RODRÍGUEZ ALCALÁ


  EL DRAGÓN Y LA HEROÍNA, 1997 - Cuentos de HUGO RODRÍGUEZ ALCALÁ


EL DRAGÓN Y LA HEROÍNA, 1997 - Cuentos de HUGO RODRÍGUEZ ALCALÁ

EL DRAGÓN Y LA HEROÍNA

 

Cuentos de HUGO RODRÍGUEZ ALCALÁ

Edición digital: Alicante :
 
Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2001
 
N. sobre edición original:
 
Edición digital basada en la de Asunción (Paraguay),
 
Editorial Don Bosco, 1997.
 
 
 
Este es un libro misceláneo. Con todos los riesgos y todas las ventajas de serlo. Riesgo, en cuanto hay en él de heterogeneidad; ventaja, por su propia condición de variado. Saber eludir el riesgo y lograr unos resultados felices es lo que hay que anotar en el haber del escritor Hugo Rodríguez-Alcalá. Rodríguez-Alcalá tiene un puesto bien afirmado en las letras paraguayas, no tanto por ser de un país heroico, sino porque, proyectado al mundo de nuestra lengua, ha sabido dar prez al pegujal de donde ha salido. Trataré de explicar, desde la perspectiva de hoy, cuanto ya sabemos de mucho antes.
 
Hace algún tiempo reseñé El ojo del bosque. Libro impresionante por la grandeza épica de algunos relatos y por la intimidad lírica de otros. Dije entonces: «A veces pienso en Poe y otras en Valle-Inclán, lo que no son malas evocaciones». Mis palabras no atendían a fijar fuentes -¿Quién podría inferirlo de esa sencilla cita?-, sino al clima que se desprendía de alguno de sus relatos y del mundo entre obsesivo y fantasmal que, en ocasiones, creía encontrar. Pero nada de antecedentes literarios. Ahora me valdrán también estas palabras, pero quisiera antes señalar las partes de La doma del jaguar, para ver cómo se mantiene una línea de coherencia y hasta qué punto son individuales los mundos que constituyen ese todo. Así hemos entrado en el meollo de nuestra cuestión de hoy: ¿Coherencia o no?
 
El prólogo del autor nos puede dar las claves para entender la taxonomía, aunque podamos pensar en la unidad del hombre que acertó a crear la obra de arte. Porque relatos, memorias o historia tienen mucho de lirismo interior, que es tanto como la cuenda que va enhilando las piedrecillas que van a componer la sarta del collar. Efectivamente, Rodríguez-Alcalá nos dice que unos cuentos (El patriarca y su anatema, Cuadros póstumos) son pura invención, otros son fragmentos de una vida heroica; alguno, relato de la Guerra del Chaco. Estamos, sin embargo, en un concepto unitario: el relato de un suceso real o ficticio puede ser lo que se llama cuento. Así, pues, ese heterogéneo origen no pugna con lo que concebimos desde la teoría literaria; ante bien, estructura una concepción que el autor tiene muy clara. Porque lo que él nos da como producto de su inventiva es criatura de arte, no tanto por lo que tenga de fingido, sino por la capacidad estilística. Es decir, la transformación de un mundo fantástico en producto literario digno de ser tomado en cuenta. Entonces resulta que su validez es lo que da constancia a la presencia de ese personaje Scott, afortunado no por su vida azarosa, sino por haber encontrado el narrador que ha trocado la pura aventura en una criatura capaz de emocionarnos. En cuanto a Las botas del prisionero, nos transporta a alguno de los más bellos momentos de El ojo del bosque, y no quiero reincidir.
 
La doma del jaguar es un intenso relato. La vida violenta de la selva está enmarcada en un léxico regional que le da vida y colorido. Las palabras son importantes porque dan forma a unos contenidos universales, pero no quisiera soslayar el patetismo de un relato al que Valle-Inclán podría haber llamado de «tierra caliente», donde los hombres se acuñan como los metales y las pasiones se desnudan de la carne que las sustenta.
 
El patriarca y su anatema es un relato escrito con sagacidad. La vida tensa de otro tipo de tierra caliente lleva a Hugo Rodríguez-Alcalá a un hermoso relato con el que la vida-ficción se entrevera con la historia de los protagonistas del Viejo Testamento, logrando felices (o humanamente infelices) resultados. El «mirá, hay algo que no aprobás en los patriarcas de la Biblia», se convertirá en una especie de antífrasis dramática que aboca en un adulterio burlado.
 
La voz de la tierra, las voces de los hombres, el espíritu tenso y despiadado, serían otros tantos elementos caracterizadores de estos relatos (y más acaso de los que dedica a Scott). Son los elementos que dan certeza a unas historias que cuentan por cuanto tienen de verdad. Con independencia de lo que el autor inventa, traslada o copia, y es que, por encima de todo y cubriéndolo como un recio manto, está la capacidad para conseguir que las criaturas se muevan vivas en un mundo real.
 
En busca del tiempo perdido es la segunda parte del libro. El título proustiano ampara a una serie de relatos autobiográficos. Como tantas veces que de autobiografía se trata, lo que el autor nos da son una serie de fotografías que el tiempo detuvo en el recuerdo del narrador. La prosa poética e impresionista de Rodríguez-Alcalá da a sus relatos esta pátina suavemente virada que tienen las viejas fotografías con el anacronismo emocionante que para nosotros poseen los hechos del pasado, con la mirada detenida ahora en lo que fue un instante fugitivo (ya eternizado lo que duró el tic de la máquina fotográfica, pero que reiteramos mil veces hasta salvar la estampa transitoria). Estas páginas son el viejo álbum familiar que hemos encontrado en el cajón de los olvidos y que ahora nos sobresalta con su presencia y con las emociones renovadas. Años veinte y treinta, cuando el ancho cuello azul iba ribeteado de trencilla blanca y los ojos infantiles soñaban, sí, con dársenas quietas (¿sabrían qué eran dársenas?, en las que oscuras goletas (¿y goletas?) se disponían a desamarrar hacia lejanos países. (Sí, lejanos países, a los que nunca llegamos).
 
Estas dos partes, unidas a Varia (heterogénea desde la historia general a un pedacito de la propia vida), hacen este libro que ahora vemos como si estuviera ahormado en un recipiente que lo conforma y lo hace ser criatura singular y no retazos a los que un duro golpe hubiera despedazado.


 
 
 

CUENTOS DE HUGO RODRÍGUEZ ALCALÁ


 

Enlace al ÍNDICE  del libro  EL DRAGÓN Y LA HEROÍNA 

en la BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES

 

*. Viaje a Lapango - Recuerdos de un proscripto de 1947, ya fallecido // El camafeo: un tema y dos versiones (N.º 1) // El camafeo (N.º 2) // La mujer del Coliseo // Las bodas del Yacaré // El desquite // Juliana Insfrán de Martínez // El anillo del muerto // A Nihja: ida y vuelta: un viaje en la cuarta dimensión // El curador perpetuo // El dragón cautivo (1821) // Tragochenko // En el despacho del Ministro // Cajón sangrando bajo el Arco Iris // La mano que se negó a firmar // Amor mendigo // Notas de un Diario de guerra.

 


VIAJE A LAPANGO

Recuerdos de un proscripto de 1947, ya fallecido(1)

 

     ¿Saben ustedes lo que es Lapango? Alguien creerá que voy a hablar de Cipango. De Cipango, antiguo nombre del Japón según Marco Polo. No señores, Lapango no queda tan lejos. Lapango es un trozo de tierra argentina al lado opuesto de nuestro río. Tierra de pescadores y cazadores. Y de perseguidos políticos.

     El Rojo Scott alzó la mano derecha y señaló hacia donde se suponía fluir el gran río, y continuó:

     -Les contaré mi última aventura política y la última desventura de más de un amigo. Algo que tiene que ver con Lapango. Desde muy chico Lapango me sonaba a algo exótico, enigmático. ¿Qué podía sospechar yo entonces lo que Lapango significaría en una noche de agosto, helada y ventosa?

     La revolución de 1947 comenzó en Concepción, bien al norte de la capital, en marzo de ese año. Sí, de marzo de 1947 es la proclama del Comandante Alfredo Galeano. En Concepción unos militares jóvenes constituyeron un gobierno provisional y se aprestaron para derribar la dictadura de Morínigo.

     Conste que lo que les voy a contar no es un cuento, no es una narración de sucesos ficticios bien arreglados para convertirlos(2) en literatura. No señores; yo les contaré un episodio de mi propia vida sin tratar de acomodar los hechos a un plan artístico. Si algún mérito tendrá lo que les diga, será este: una verdadera narración, con un solo propósito: atenerse a lo que pasó, no a lo que podría inventar. Lamento no tener las uñas de guitarrero de ese Borges que ustedes tanto admiran.

     ¿Quién era Morínigo, el General Higinio Morínigo? Muchos de ustedes jóvenes acaso ni siquiera sepan quién ni cómo era este dictador. Como militar, muy mediocre. Durante la Guerra del Chaco nunca demostró ni talento, ni energía, ni valor. Era todo menos un héroe en un país entonces lleno de héroes.

     ¿Cómo llegó a ser Presidente de la República y cómo pudo establecer en poco tiempo y durante tanto tiempo una dictadura de hierro?

     ¡Dejar en paz a los muertos! -se dice. Pero yo no puedo dejar en paz al fantasma de Morínigo. Este militar de estatura más alta que mediana, bien formado físicamente, jovial, de ademanes sueltos, parecía un hombre benévolo e inofensivo. Su boca grande, llena de dientes muy blancos, la tenía a menudo abierta en sonrisas y risas regocijadas. Le gustaba contar chistes y mientras sus oyentes se reían él los observaba y los iba conociendo...

     Bien: en 1940 murió trágicamente el General José Félix Estigarribia. Este sí un gran militar, valiente como el que más. En medio del estupor de todo el país se reunió el Gabinete del difunto presidente y decidió nombrar un sucesor de transición. Y el General Morínigo, Ministro de Guerra y Marina en ese Gabinete, hombre juzgado innocuo por sus colegas, fue por estos elegido Presidente del Paraguay.

     Pero apenas Morínigo se hizo cargo del poder dejó estupefactos a quienes lo rodeaban. El candidato inofensivo demostró tener habilidades insospechables. Resultó ser un manipulador, un consumado maestro en estratagemas, astucias, insidias. Pronto se deshizo de todos aquellos a quienes debía el poder y llevó a cabo una verdadera purga en las Fuerzas Armadas eliminando a todos los jefes y oficiales que consideraba indeseables o sospechosos.

     Morínigo desterró o confinó a centenares de figuras representativas del país en todas las clases sociales. En los siete años de su dictadura la Policía represora, implacable, elaboró 3400 fichas de personas estrictamente vigiladas.

     Siete años hacía que gobernaba Morínigo, cuando gran parte del Ejército y del pueblo se unió contra él y su régimen. Este régimen tenía ahora el apoyo del Partido Colorado. Morínigo había comenzado en 1940 con los Azules, luego armó una suerte de coalición de Verdes y Colorados; pero ahora, desalojados los Verdes, prevalecían los Colorados. Estos habían perdido el poder a principios del siglo, en 1904; ahora lo habían recuperado y estaban resueltos a no perderlo.

     Uno de los oyentes, mozo extranjero recién llegado al país preguntó quiénes eran los Verdes.

     -Los Verdes -contestó el Rojo Scott- eran los partidarios de Rafael Franco. Estos, los franquistas, fundaron el Partido Febrerista y adoptaron el color verde... Yo -añadió el Rojo Scott- rojo de pelo, cejas, barba y bigote, soy sin embargo azul, es decir, del Partido Liberal.

     Morínigo, que odiaba a los liberales, los persiguió con cuantos medios pudo y consiguió que en 1942 fuera disuelto el partido. Disuelto por decreto, se entiende.

     Yo, perseguido con saña, estaba confinado en Caapucú, cuando estalló la revolución. Mi hermano Wilfrido me hizo llegar un mensaje: yo, me urgía, debía desaparecer de Caapucú y esconderme en un lugar seguro.

     Se me ocurrió subir a uno de los cerros de la cuenca del lago Ypoá. No fui allí solo; me acompañaron otros cinco liberales, parientes o medio parientes. En el cerro teníamos que dormir al pie de grandes árboles. Aquel cerro estaba cubierto por un bosque espeso. Hacía mucho frío. No encendíamos fogatas durante el día porque el humo podía delatarnos. De noche sí nos calentábamos junto a fuegos no visibles desde abajo.

     Así pasaron muchos días y muchas noches de frío y de hambre y sin noticias de la guerra civil, cuando un tío mío vinculado a los Colorados me hizo llegar un mensaje secreto. Los rebeldes de Concepción -decía- rodeados por las fuerzas gubernistas, habían hecho un desprendimiento con increíble destreza militar. Abandonaron la ciudad en plena noche sin que lo notara el enemigo: abordaron unos barcos y ya bajaban por el río hacia Asunción, la desguarnecida capital. ¿No podía yo también hacer un desprendimiento de mi cerro y correr al encuentro de mis partidarios?

     -Señores -les dije a mis compañeros de escondite en el cerro:- Vamos a desprendernos de esta altura y a esperar cerca de la capital a los revolucionarios.

     Todos de acuerdo. Me nombraron su jefe. Bajamos sigilosamente del cerro y nuestros caballos nos llevaron muy cerca de donde estarían las tropas venidas de Concepción. Tomamos, sí, algunas precauciones. Por ejemplo, todos nos pusimos fajas coloradas, pañuelos colorados y todos aprendimos a vitorear al partido que apoyaba al dictador.


     Hagamos aquí un alto: debo aclarar lo que hacía yo durante mi confinamiento en Caapucú, mucho antes que trepáramos al cerro de nuestro escondite. En Caapucú yo no perdía el tiempo. Tenía en la estancia de mis padres todos mis libros de Derecho y otros muchos más. Y yo estudiaba todo el día y parte de la noche. No había estallado, claro está, la revolución. En épocas de exámenes en la Facultad, bien preparado para aquellos difíciles exámenes orales durante los cuales cinco profesores bombardeaban con preguntas a los examinandos, yo me escabullía de Caapucú y, de incógnito, si puedo decir de incógnito, llegaba a Asunción.

     En Asunción podría «rendir libre», o sea hacerme examinar sin haber asistido a ninguna clase. Yo leía cada texto unas cinco o seis veces, tomaba notas, consultaba diccionarios y enciclopedias. ¡Cómo sabía yo entonces casi todas las ramas del Derecho Civil, y el Derecho Administrativo, el Derecho Penal y las demás asignaturas!

     Cuando comenzaban los exámenes a las ocho de la mañana o a las dos de la tarde, yo entraba en la Facultad antes que nadie. Y lo que les voy a contar sucedió varias veces. Antes que llegara mi turno se me acercaba un hombre vestido de gris, con anteojos negros. Un tipo siniestro. Y me decía -«Acompáñeme a Investigaciones». Detrás de este hombre y como una sombra de él, otro espía policiaco se colocaba detrás de mí.

     Me llevaban a Investigaciones, oficina tristemente célebre de nuestras dictaduras, y allí me retenían hasta que finalizado el examen de aquel día, me decían: -Váyase no más. En Caapucú nadie lo va a molestar.

     ¡Nunca, nunca pude terminar mi carrera de abogado, y eso que insistí, una y otra vez en volver a la capital para ser, si era posible, examinado!

     Me convencí al fin de que no podría avanzar en mi carrera mientras dominara el país la Policía de Morínigo; me convertí entonces, poco a poco, en un experto en ganadería; conocí todas las zonas ganaderas de la República alejadas de la capital. Y, jinete incansable que a menudo se tiroteaba con cuatreros, llegué a ser un baqueano en tierras del Norte, del Sur, del Este y del Oeste.

     -¡Sí, señores, el frustrado hombre de leyes se vio obligado a ser un campesino curtido, hábil en el manejo del lazo, del cuchillo y de todas las armas de fuego cortas y largas, capaz de meter una bala entre los ojos de un tigre o de detener de un disparo el galope de un venado en pleno monte!

     Vuelvo a mi historia. Les he dicho que bajamos del cerro mis amigos y yo cuando supimos que los revolucionarios viajaban hacia Asunción. Todos queríamos pelear y yo más que nadie. Había llegado el momento del desquite.

     Debíamos cruzar campos y pueblos dominados por feroces guerrilleros colorados. Aterraban entonces gran parte del país los temibles py-nandí o guerrilleros descalzos. Una variedad de sans-culottes en tierras subtropicales.

     No les contaré cómo cruzamos campos y selvas ni cómo atravesamos ríos y esteros. En Ypacaraí topamos de golpe con una montonera colorada, descalza, claro está, pero a caballo.

     -¡Viva el Partido Colorado! -grité yo al enfrentarnos con el enemigo que venía en dirección opuesta.

     -¡Viva! -corearon mis compañeros. El jefe del bando opuesto se llegó a mí con la diestra tendida:

     -¡Usted sí que es Colorado de verdad! -me felicitó.

     -¡Todo en mí es Colorado! -respondí con una gran risa:- Pelo, cejas, barba, bigote y sobre todo mi sangre. ¡Pero no tengo ojos colorados como los conejos!

     Una carcajada sacudió a la montonera. Nos alejamos tranquilamente ya no muy lejos de Asunción.



     Yo sabía que el Mayor Hermes Saguier, amigo mío, estaba en Zavala-cué, al mando de una fuerza de caballería. Como el Ejército Nacional estaba siendo desquiciado por Morínigo, no había altos jefes con mando de tropa. Generales, los más famosos, y coroneles los de mayor renombre, habían pasado a retiro.

     El Mayor Hermes Saguier, simpático, enérgico y hombre de agallas de caudillo, ejercía el mando militar con la naturalidad y la facilidad de un don innato.

     Saguier había convocado a un grupo de civiles y militares en su despacho el día mismo de mi llegada a Zavala-cué.

     -Necesitamos urgentemente alguien que mande la infantería -dijo a gritos-. Necesitamos un jefe como el Teniente Coronel Juan Martincich. Alguien con su preparación, su espíritu militar y su gran prestigio. Dicen que está en Lapango. ¿Quién puede ir a traerlo?

     Hubo un profundo silencio en el auditorio. Yo entonces, que era el más joven de los que allí presentes, dije:

     -Yo lo voy a buscar. Debo ir primero a San Antonio. Ponga usted a mi disposición un camión.

     -¡Ah, si viniera él, -exclamó Hermes Saguier- él haría de estas tropas desmoralizadas por la inacción y la estupidez una unidad de combate como su famoso Regimiento 14, el del Parapití!

     Y dirigiéndose a mí, añadió: -Allí afuera hay un camión. Lléveselo; el chofer es de mi entera confianza.

     Yo tenía mi plan bien trazado. Iría a San Antonio, pueblo ribereño, en camión. En la playa de San Antonio debía de haber un bote. Me llevaría al bote con su botero al otro lado del río y lo traería de Lapango al Comandante Martincich. Tal vez no fuera demasiado tarde. El jefe revolucionario de más alta graduación había perdido el tiempo miserablemente celebrando por anticipado la victoria; mientras tanto el enemigo se estaba haciendo cada vez más fuerte. ¡Mítines políticos y brindis antes de tomar la capital y asegurar así el triunfo! ¡Qué estupidez!

     Estábamos en pleno invierno. Los días eran cortos y las noches largas y heladas. Estábamos en la segunda quincena de agosto de 1947.

     No les diré cuánto nos costó al chófer y a mí llegar a San Antonio; en ese tiempo apenas había caminos. Cuando salimos de Zavala-cué estaba cayendo la noche.

     El chófer detenía el camión a cada rato para preguntar dónde quedaba San Antonio, por dónde había que ir a San Antonio.

     -Por allá -decía algún viejo o alguna mujer que andaba por la oscuridad. Las indicaciones eran siempre vagas. Los tiempos eran para no confiar en nadie.

     Había rumores de que las tropas gubernistas ya habían llegado a Asunción. Por radio sabíamos que en el extranjero la revolución había perdido su prestigio inicial. Los comunistas -cuatro gatos- acogidos como aliados por los militares rebeldes, con mucha astucia, desde Concepción habían hecho su propaganda. Sus discursos fueron oídos en el extranjero. En su contra propaganda, los gubernistas de Asunción explotaron el contubernio de las derechas con la izquierda. La revolución -clamaba la radio del Gobierno-, era una tentativa marxista para derrocar a un Gobierno legítimo, democrático, defensor de las libertades cívicas... Nuestra revolución estaba desacreditada.

     Pero volvamos a aquel anochecer de agosto de 1947, a mi marcha hacia San Antonio en el camión de Hermes Saguier. Una marcha angustiosa, casi a ciegas. Recuerdo que cerca del pueblo un gran portón nos cerraba el camino. Yo salté a tierra para abrirlo. Felizmente al candado grande del portón no le habían echado llave. Abrí el portón de par en par y nuestro camión cruzó un vasto potrero. Ya era noche cerrada. En la oscuridad, los faros del camión alumbraban vacas y novillos despertados del sueño.

     Al llegar a San Antonio corrí a la playa oteando en las tinieblas hacia la margen opuesta del río. Pude ver unas lucecitas lejanas y nada más. Como había supuesto yo, conseguí un bote con su botero. Una embarcación pequeña. Un par de remos, nada más, y en la popa una pala, que así se llama al timón de los botes de ese tamaño. Hablé con el botero y le di unos billetes. El hombre no me preguntó nada y empezó a remar hacia Lapango. Se me ocurrió pensar que el botero era otro Caronte y que el río era el Aqueronte.

     Deseché esta fantasía escudriñando las luces pequeñitas de una casa de más de un piso. Eso es todo lo que podía ver yo de Lapango.

     ¡Y por fin llegamos a Lapango!

     En Lapango había entonces plantíos de bananos. Acaso los haya todavía. -¿Dónde está el Comandante Martincich?- preguntaba a gentes que estaban cerca de un bananal muy oscuro.

     Me dijeron que Martincich estaba en el bananal más cercano. Entonces empecé a llamarlo a gritos. Y dio la casualidad de que llegara yo hasta el banano junto al cual el héroe del Parapití se había recostado.

     -¡Soy yo! Y vi ponerse de pie, en la semi oscuridad, a un hombre alto y delgado. Martincich vestía de civil. Se protegía del frío con un impermeable o un perramus. Tenía una gorra militar calada hasta los ojos. Unos ojos azules, fulgurantes. Este hombre era a todas luces un militar por la voz y la prestancia. Digo a todas luces pero es un decir. Yo lo examiné a la pobre luz de una linterna de pilas moribundas.

     -Vengo a buscarlo, Comandante. Esperan que usted mande la infantería en el asalto decisivo a la capital. El Mayor Hermes Saguier...

     -Vamos ahora mismo.

     Se inclinó hacia la derecha para recoger una maleta. -Esto es mi equipaje -dijo.

     Cuando llegamos a la orilla del río, unos diez oficiales, ansiosos de cruzarlo, rodeaban mi bote. Venían de Clorinda, de Formosa y de otras poblaciones argentinas del litoral. Me pareció reconocer a más de un oficial perseguido por la Policía de Morínigo. Todos querían llegar a tiempo a la otra costa para el asalto a la capital.

     -Yo soy el Mayor Fulano de Tal.

     -Yo soy el Capitán Mengano...

     -Y Yo...

     Martincich los silenció terminantemente: -Este bote sólo puede llevar un pasajero. Este bote vino a buscarme a mí. ¡Buenas noches!

     No sabíamos mientras cruzábamos el río rumbo a San Antonio, que el Gobierno argentino acababa de enviar todo un arsenal para armar a nuestra capital poco tiempo antes desguarnecida; no sabíamos que los py-nandí estaban armados hasta los dientes para atacar a los de Zavala-cué.

     Cruzamos el río con mucho riesgo. Soplaba un viento muy frío y el oleaje fluvial, cuando se encrespa es peligroso. Cuando llegábamos a poca distancia de San Antonio, Martincich me preguntó:

     -¿Conoce usted el santo y seña?

     -No -le dije-. Desembarcaremos en el sitio en que dejé el camión y veremos cómo nos arreglamos.

     Había un retén con una ametralladora bajo un árbol cerca de la playa en San Antonio.

     -¡Yo no quiero morir en el agua! -me dijo Martincich en castellano y en guaraní: -¡En el agua, no! -repetía.

     Desembarcamos juntamente en el lugar donde había dejado yo el camión.

     -¡Estoy de vuelta! -grité. Esto fue una especie de santo y seña.

     El chófer dormía plácidamente en el camión. Yo no di explicaciones. Sólo ordené en la oscuridad: -¡A Zavala-cué!

     Cuando llegamos al portón del potrero vi que el candado estaba cerrado con llave.

     -¡Péguele tiros de fusil! -dijo Martincich.

     Coloqué la trompetilla de mi fusil contra el candado. Al segundo disparo el candado se hizo pedazos y tuvimos vía franca hacia Zavala-cué.


     Conduje al famoso jefe hasta el P. C. del Mayor Hermes Saguier. Aunque políticamente no pertenecían al mismo bando rebelde, ambos eran militares de verdad, camaradas veteranos de un Ejército glorioso que Morínigo estaba empeñado en disolver. Ambos creían en un Ejército institucional, mandado por los jefes que habían ganado las batallas de la Guerra del Chaco. Se dieron un largo abrazo.

     Mientras tanto los gubernistas ultimaban los preparativos para asaltar a los revolucionarios. Armados hasta los dientes por el Gobierno de Perón, se anticiparon en más de una hora al asalto planeado por Saguier y Martincich. La sorpresa fue el factor decisivo para el éxito gubernista. Se produjo un sálvese el que pueda.

     Apenas yo me di cuenta de que habíamos perdido la partida, me metí en el monte por un caminito poco transitado. Al poco rato vi venir hacia mí un jinete que resultó un muchachito de unos quince años.

     -Bájate del caballo mi hijo -le dije-. Yo lo necesito más que vos. El muchacho quiso escapar; yo le agarré la rienda y le puse mi pistola a la altura del vientre.

     -Tomá esto por el caballo -le dije después, dándole un fajo de billetes.

     El caballo resultó bastante bueno. Yo decidí volver a San Antonio y desde allí cruzar el río hasta Lapango. El grueso de los revolucionarios huyó hacia Villeta. Me enteré después de que aquello fue una retirada desastrosa. La guerra civil es la peor de las guerras. No hubo piedad de parte de los gubernistas. Los revolucionarios fueron masacrados. Los fugitivos no atinaron a defender el acceso al puerto de Villeta y así facilitar el cruce del río por los que ya habían llegado hasta él.

     Los gubernistas asesinaron a mansalva a tropas ya desarmadas ansiosas de escapar. Desde la orilla se fusilaba a liberales y febreristas. A muchos que colgaban de las maderas de los muelles esperando largarse al agua sin chocar con botes o lanchas, un oficial gubernista se entretenía cortándoles los dedos de las manos con un machete. Y cada vez que una de sus víctimas se precipitaba hacia abajo con manos sin dedos, el criminal del machete lanzaba un grito de júbilo.

     Yo mientras tanto me dirigía a San Antonio sobre mi caballo requisado. De haber ido yo a Villeta, no contaba el cuento.

     Al llegar a San Antonio no me fue difícil encontrar a mi botero. Le dije: -Aquí tenés esta plata por el servicio de llevarme a Lapango. Y si no me querés llevar a las buenas, será a las malas. Agregué esto último empuñando una pistola calibre 45.

     Anochecía cuando subimos al bote. Y el botero no había remado veinte metros de la orilla, cuando un conscripto desconocido, que nadaba hacia Lapango, se prendió a la borda del bote. El bote pareció que se iba a volcar.

     -¡Suelte el bote, carajo! -le grité-. Fue inútil. El conscripto, un adolescente aterrorizado, con un solo gran esfuerzo subió y se tiró dentro de la embarcación. Entonces comprendí la razón de su terror. Desde nuestra costa lo habían visto tirarse al río y estaban tratando de cazarlo. Había una ametralladora emplazada en la playa, bajo un árbol y, a la luz de un relámpago lo habían visto a él y ahora nos veían a nosotros. Y es que nosotros habíamos doblado una curva de la orilla y ahora el relámpago nos delataba. Una ráfaga de ametralladora pasó sobre nosotros e hizo impacto en la proa del bote.

     El conscripto, en vez de quedarse quieto en el fondo de la embarcación se puso de pie como víctima de un ataque. Y eso fue cuando otra ráfaga llegó desde bajo el árbol de la orilla. Yo hice girar violentamente el bote con «la pala» que hacía las veces de timón. El botero comprendió mi maniobra y con sus remos casi hizo volcar la embarcación.

     El conscripto sin duda fue alcanzado por la ráfaga y cayó al agua lleno de sangre.

     -¡Siga adelante! -ordené al botero. ¡Él ya es hombre muerto!

     Temíamos que brillara otro relámpago. La ametralladora, escarbando la oscuridad, parecía habernos perdido de vista. Felizmente algo pasó en el cielo porque cesaron los relámpagos. La ametralladora batía nuestro contorno, a ciegas, y nos envolvía en un enjambre de disparos. Pero no logró herirnos.

     Si no cambiábamos la dirección nuestro bote pasaría cerca del Aviso de Guerra argentino, el Murature. Los argentinos no nos querían a los revolucionarios; ordené por eso al botero que pasara lo más lejos posible del barco; el Muratore ya tenía muchas luces encendidas.

     Entonces yo no sabía que el Murature y otro barco de guerra argentino fueron los que trajeron las armas mandadas por Perón para salvar el gobierno de Morínigo...

     Dos horas después desembarqué en Lapango. Durante la travesía la ametralladora nos buscó en la oscuridad sin encontrarnos.

     En Lapango me informaron de todos los detalles del desastre. Un capitán de apellido Martínez, que logró llegar a Villeta y de allí escapar cruzando el río en una lanchita, me habló de la sorpresa del asalto enemigo; del fuego enemigo tan espeso y, sobre todo, tan repentino y violento que hizo de la noche día y del valor más heroico un terror incontrolable.

     -¿Y el Comandante Martincich, Capitán, qué sabe de él? ¡Él no quería morir en el agua! Yo lo llevé de Lapango a Zavala-cué...

     -Hay dos versiones de su fin -me dijo-: una que murió ahogado durante el cruce del río; otra, que una bala cobarde lo liquidó mientras nadaba hacia aquí.

     Años después leí en un libro de Alfredo Ramos esta segunda versión. Según Ramos, el héroe, «alcanzado por un tiro aleve, se hundió para siempre en las aguas del río Paraguay».

     -Sí, señores, desde aquella noche de nuestro cruce del río entre Lapango y San Antonio, yo supe que él tenía la premonición de su casi inmediato destino.

     «La revolución la perdimos nosotros» -repite Alfredo Ramos en su libro- «no la ganó Morínigo».

     -¡Esto será cierto, señores; cierto desde un punto de vista estrictamente militar; pero en cuanto a las consecuencias, más que la victoria de un bando o la derrota de otro, fue una derrota de la Patria misma!

     1994



EL CAMAFEO: UN TEMA Y DOS VERSIONES

(N.º 1)

     Entró alto, bronceado, enérgico y en línea recta hacia la hermosa Flavia. Flavia estaba detrás del mostrador. Parecía que en la joyería de lujo, hubiera él reconocido a alguien y que iba a asegurarse de no estar equivocado. Flavia, un tanto intimidada por los grandes ojos grises fijos en ella, creyó advertir de pronto que el desconocido no le era tan desconocido; que ella y él ya se habían tratado antes. No la ofendía el aire escudriñador del hombre alto, y cuando éste puso una mano sobre el mostrador, ella fue quien habló primero.

     -¿En qué puedo servirle, señor?

     Él no respondió enseguida. Siguió mirándola, intensamente, ahora insinuando una sonrisa y por fin le dijo con voz cálida y como revelando un secreto:

     -Señorita: al pasar la vi y creí que usted era una parienta mía; me extrañó mucho que ella estuviese aquí, donde está usted.

     -¿Nos parecemos tanto, ella y yo?

     -Como dos gotas de agua. Pero mi sobrina no vive en esta ciudad ni es dueña ni trabaja en una joyería. Ella vive en Montevideo. Precisamente pensaba yo comprarle unas joyas. Se casa a fin de mes.

     Flavia se apartó un paso de detrás del mostrador: -¿Qué desea ver usted?

     -He visto en el escaparate allí un camafeo, de ágata sardónice, antiguo... ¿Está en venta?

     -Sí; es antiguo y está en venta.

     -¿Podría verlo, por favor? ¿Podría ver después un anillo de brillantes?

     Flavia fue en busca del camafeo. Abrió la portezuela interior del escaparate con una llavecita dorada, y poco después colocaba la joya sobre el mostrador.

     El camafeo, de oro, colgaba de una cadenita también de oro. -Sí -dijo el hombre tras examinar la joya con una lupa que Flavia le ofreció-. Es auténtico... Es ágata sardónice -exclamó evidentemente conmovido. Tiene como dos mil años. ¡Qué perfil perfecto el de esta mujer romana! Romana, ¿verdad que es romana?

     -No lo sé bien -contestó Flavia también conmovida y asombrada, como si reconociera la joya.

     -Hágame el favor señorita de probarse el camafeo. La cadena tiene un broche fácil de abrir y de cerrar.

     Flavia levantó los ojos azules de tupidas pestañas y miró, como desafiante, los ojos grises del hombre. Él repitió, respetuoso: -Hágame el favor.

     Flavia se desabrochó el collar de fantasía que llevaba esa mañana, lo depositó sobre el vidrio del mostrador y se colgó del cuello el camafeo. El óvalo de la joya cuya imagen labrada en ágata tenía un marco de oro, ocupó en el escote el lugar apenas visible del nacimiento de los senos. El hombre retrocedió unos pasos para contemplar el camafeo colgado de la cerrada curva oblonga de la cadena.

     -¡Magnífico, magnífico y sobre todo, sorprendente, increíble! -murmuró-. ¿Quiere ponerse usted de perfil, señorita?

     Flavia comenzaba a sentirse turbada. El extraño le estaba pareciendo cada vez menos extraño y cada vez más exigente. Ahora ejercía sobre ella, de ordinario tan impasible, tan profesional en su empleo, una indefinible sujeción. Cuando se puso de perfil, el hombre se aproximó bruscamente a ella como no pudiendo contenerse, tomó el camafeo con los dedos temblorosos de ambas manos y dijo con vehemencia:

     -Es, es, es.

     -Señor -respondió Flavia-. Yo no soy una modelo, ¿entiende usted?

     -No tengo ni la más remota intención de ofenderla, señorita. Me siento sí, feliz, de haber encontrado ese camafeo. Perdone usted mi entusiasmo. Y ahora ¿puedo pedirle que me muestre ese anillo de brillantes que veo allí, en la vitrina de la izquierda?

     Luego agregó: -Le rogaría a usted que se probase el anillo. -E indicó un soberbio anillo que ocupaba lugar central en una de las hileras de simétricos hoyos de terciopelo rojo de la caja de exhibición-. No, no, no interprete usted mi pedido como un atrevimiento.

     Flavia sacó el anillo de su hoyo rojo y se lo colocó en el anular de la mano derecha.

     El hombre contempló con obvio deleite la gema montada en oro blanco; luego volvió a examinar el camafeo y por fin hundió la mirada gris en los ojos azules, ahora azorados, de Flavia:

     -¡Qué extraño es todo esto! Dígame, ¿no le parece a usted haber vivido ya este momento, en otra mañana igual, cerca del mediodía?

     Flavia no dijo ni sí ni no; pero hubiera podido decir que, efectivamente, ella había ya vivido ese momento.

     Como Flavia permanecía callada y le temblaban las manos, él no insistió sobre la posible, y bien posible -estaba seguro- repetición de aquel momento, después acaso de siglos, de una remotísima mañana.

     -¿Cuánto valen estas dos cosas...?

     Flavia hizo funcionar la calculadora con cuidado.

     -¿Puedo pagar en dólares?

     -Da lo mismo, señor. Aquí tiene las cotizaciones de hoy.

     El hombre ya tenía listo un fajo de billetes verdes al parecer nunca usados.

     -Le voy a preparar la boleta, señor; la cajera recibirá el pago.

     Del interior de la joyería salió un viejo señor corpulento, con un aparato óptico de relojero sobre la frente.

     -Flavia -dijo el viejo-. La llaman por teléfono.

     Cuando Flavia regresó a su puesto detrás del mostrador, el cliente ya se había marchado.

     La cajera la miraba maliciosa, sonriendo. -Aquí hay algo para ti, Flavia.

     -¿Para mí?

     -¿No lo sabías? El camafeo y el anillo son tuyos.

     La primera reacción de Flavia fue de vergüenza y enojo. -¿Qué se ha creído ese señor para esta farsa?

     Impetuosamente corrió hacia la cajera y se apoderó de los dos estuches, ahora empaquetados con primor.

     -Yo personalmente le devolveré estas joyas, y no le va a gustar lo que le diga. Flavia parecía furiosa, pero ya no sentía ni vergüenza ni enojo.

     No bien entrada la noche y ya en su casa, no pudo resistir el deseo de verse con las joyas, y dentro de un largo vestido de fiesta. Felizmente, su marido se había ido al campo pero no recordaba por cuál asunto y no volvería hasta la tarde del día siguiente.

     Ante el espejo grande del dormitorio se vio de cuerpo entero, el camafeo resplandeciente sobre el seno henchido. Llevó entonces la mano derecha para asir con dos dedos el camafeo y vio el chispazo del diamante.

     -Esa no soy yo -se dijo- acaso haya sido yo esa mujer. Y siguió mirándose en la luna maravillada del espejo. Su propia imagen la fascinaba.

     Y en eso sonó el teléfono sobre la mesa de noche.

     -Hola, sí, con ella misma.

     Una voz ya conocida, como hecha de ecos que resonaban claramente, explicó. -No tengo ninguna sobrina en Montevideo ni en ninguna parte.

     Cuando desde la calle la vi a usted en la joyería, entré y hablé con usted porque era inevitable... Si usted supiera, si usted recordara algo de mí me comprendería. Sí, sí, sé que es usted casada; también sé que la he estado buscando hasta que la encontré; la encontré tal cual la había imaginado durante mucho, mucho, muchísimo tiempo.

     -Esa historia es una historia que no estoy dispuesta a oír -interrumpió ella-. Le ruego que venga personalmente o que me envíe alguien a quien devolver las joyas.

     Flavia se sacó el camafeo y el anillo y los guardó cuidadosamente en sus respectivos estuches y luego los envolvió en el papel brillante de la joyería.

     -¿Cómo dijo él que se llamaba? ¿Ricardo Montes? -Volvió en ese instante a oír la voz del hombre como si estuviera frente a él. Jamás -se dijo- he visto un hombre tan encantador. -Y ahora ya estaba vestida con el mismo vestido que llevaba en la joyería aquella extraña mañana.

     Media hora después sonó el timbre de la puerta de calle. Flavia abrió la puerta. Allí, en el umbral, estaba Ricardo Montes.

     -¿Puedo hablar con usted unos minutos? ¿Me deja entrar por favor? Usted está sola ahora. Me va a doler mucho que usted me crea solamente un atrevido. Yo soy médico y soy pintor; pero sobre todo soy un hombre de otro tiempo y también de este tiempo. Hay algo que yo he pintado fervorosamente y que debe pertenecer a usted, acepte o rechace las joyas que son también suyas. Lo que traigo ahora es una miniatura que pinté yo mucho antes de encontrarla. Imaginé, mejor dicho, recordé su hermosa cara, sus ojos, su sonrisa. No, yo no imaginé nada, yo la llevaba a usted muy hondo en el espíritu y pinté esta miniatura. Es su retrato; es la supuesta parienta de que le hablé; es la mujer amada ideal que se confunde con usted.

     Y antes que Flavia pudiera responder, le mostró, en marco dorado, una miniatura al óleo. Era, en verdad, su retrato fidelísimo, sonriente. Sobre el escote reconoció el camafeo.

     -¿Puedo entrar un momento? Le ruego que me deje entrar, que no me cierre la puerta -rogó el hombre, pero su voz era imperiosa, perentoria.

     Flavia se despertó en una cama que no era la suya, en una alcoba que le pareció ver por primera vez. Sería cerca de la madrugada. Una lámpara de luz tenue alumbraba la pieza lujosamente alhajada. Los ojos del hombre, el rostro inclinado sobre ella, la miraban ansiosamente.

     -Debo irme ahora mismo a mi casa; será muy tarde, dijo ella.

     Cuando Flavia llegó a su casa y encendió la lámpara de la sala de recibo, el hombre la abrazó y la besó. Ella lo retuvo largamente en sus brazos contestando el beso.

     -Pronto nos veremos -dijo él. Y se fue.

     ¿Cómo ha pasado esto, cómo pudo haber pasado todo esto, con tanta facilidad y naturalidad? -se preguntó ella en voz alta cuando estuvo a solas en su cuarto. Pero no tuvo otra respuesta que unas oscuras imágenes que se arremolinaban en su consciencia. Nítidamente sí, vio que una imagen se imponía a las otras, y era la de un templo de mármol resplandeciente.

     Se desvistió y se tendió en su lugar habitual de la cama sin deshacer hasta ese momento.

     -¡Qué hombre más extraño! Extraño y maravilloso, se dijo ella en un suspiro al despertar.

     Miró hacia el reloj que sobre la mesa de noche recibía un rayo de sol ya alto; quería saber la hora, quería saber si había soñado, quería saber si solamente había soñado.

     Junto al reloj, en marco dorado el óvalo de su propio rostro le sonreía. Vio en la miniatura, el camafeo de ágata sardónice.

     En ese instante sonó el teléfono:

     -Hola, hola. Sí, sí, la misma.

     -¿Has dormido bien?

     -Sí, he dormido siglos.



EL CAMAFEO

(N.º 2)

     Un hombre de aspecto extranjero entró en la joyería de lujo dirigiéndose directamente a Flavia. -Usted -le dijo- es la del camafeo. ¿Lo sabía usted?

     Flavia, detrás del mostrador, con la belleza profesional de una modelo, apenas se inmuta. Los brazos tiene cruzados sobre el pecho, el aire displicente y hasta desdeñoso.

     -¿De qué camafeo habla usted, señor?

     -¿De cuál ha de ser? ¡Del que está en el escaparate!

     -Ese camafeo es una de nuestras joyas antiguas. ¿Lo quiere usted comprar?

     -Antes de comprarlo, deseo que usted sepa que el camafeo encierra su perfil. ¿Podría observarlo aquí sobre el mostrador?

     Flavia lentamente va hacia el escaparate, abre la puerta trasera y regresa con la joya hasta su sitio detrás del mostrador.

     -Aquí está el camafeo -dice-; y aquí tiene una lupa -agrega-. Flavia fríamente observa al extranjero alto, atlético, canoso, pero evidentemente joven todavía.

     Bajo la lupa, el perfil cincelado en ágata sardónice aumenta de tamaño, y, sobre todo, en parecido con el de Flavia.

     -Este camafeo es romano, de ágata sardónice. Existen camafeos desde el primer período sumerio, tres mil años antes de Cristo, hasta la decadencia de la civilización romana. Y luego desde el Renacimiento hacia adelante -dice el forastero como hablando consigo mismo-. Este camafeo es romano, del tiempo posterior a Augusto, -añade-. Fíjese bien usted, este perfil es el de usted.

     Flavia obedece todavía displicente, aunque el hombre no es del tipo de los que vienen a curiosear y se marchan sin comprar nada.

     -¿Ve usted? No le miento. ¡Es su perfil perfectamente tallado!

     Angélica, la cajera de la joyería, que ha oído al extranjero admirando la planta aristocrática de éste, se acerca al mostrador y, después de Flavia, lupa en mano, examina la talla milenaria. Milenaria sí, porque el presunto cliente afirma que la joya tiene unos dos mil años o un poco más. Y debe de tener razón.

     Angélica, tras subir y bajar la lupa sobre el camafeo, queda estupefacta: -¡Sí!, -exclama-. ¡Es el perfil de Flavia!

     -El cincelador romano -explica el desconocido- ha tomado por modelo a Flavia o una mujer idéntica a Flavia...

     -Sí, idéntica- corrobora Angélica.

     -Yo no me encuentro parecida, ni tampoco diferente -arguye Flavia-. Todos los perfiles romanos son más o menos iguales...

     -Usted, ¿cómo se llama, señorita o señora?

     -Señora. Me llamo Flavia.

     -Lo esperaba -contesta el desconocido-. ¿Está en venta el camafeo?

     -Sí, está en venta -interviene la cajera para aliviar un aparente malestar en Flavia.

     -¿Puedo pagar con dólares?

     -Sí señor. Aquí tiene las cotizaciones del día -reacciona Flavia.

     En ese instante, un señor viejo que lleva un aparato óptico sobre la frente, llama a Flavia desde la puerta de cristales que se abre al interior de la joyería.

     El pago es hecho a la cajera en billetes verdes al parecer nunca usados. El comprador ha exhibido un pasaporte austriaco con muchos sellos de distintos aeropuertos de Europa y de América. Angélica lo ha examinado prolijamente; ella se encarga de estas comprobaciones.

     Cuando al cabo de unos minutos Flavia, trigueña, erguida, orgullosa, regresa a su sitio detrás del mostrador, experimenta un desencanto apenas disimulado: el desconocido que a ella no le parece ahora tan desconocido, se ha marchado ya.

     Angélica la recibe con una sonrisa maliciosa: -El señor buen mozo no se ha llevado el camafeo -informa- el camafeo es un regalo para la señora Flavia.

     Flavia manifiesta entonces un súbito enojo o finge un súbito enojo; su hermoso semblante romano palidece. Con un movimiento rápido se apodera de la caja envuelta en papel dorado en que ha sido colocada la joya, y anuncia que le va a dar una lección al atrevido.


     A la hora acostumbrada Flavia regresa a su casa. Su marido ha volado la víspera a Río de Janeiro; por eso, pocos minutos después de entrar en su dormitorio, cuando suena el teléfono cree que es él, su marido, el que la llama desde el hotel de Copacabana en que suele hospedarse.

     -¿Señora Flavia?

     Flavia que ya se estaba mirando en el gran espejo de su ropero con el rutilante camafeo colgado de su largo cuello, aprieta la joya contra el pecho y en tono irritado urge al que la llama que venga a buscar el camafeo ahora mismo. Ella no está para bromas ni puede tolerar el atrevimiento...

     La voz del hombre, cálida y seria contesta que él personalmente irá a la casa de la señora y hará lo que ella le ordene. -Pero si usted rechaza el camafeo con su retrato, camafeo que a usted le pertenece desde hace mucho, mucho tiempo, yo, -dice el extranjero-, yo le voy a ofrecer una miniatura que pinté en Roma, mucho antes de encontrarla a usted en esta ciudad, después de buscarla tanto tiempo. Soy pintor aficionado y he pintado una miniatura con su retrato. La miniatura se parece más a usted que el ágata del camafeo. Los ojos son en la miniatura azules como los de usted. Azules no lo son en el camafeo...

     Flavia se ha quedado muda sin atinar a cortar la comunicación, sin despedirse del hombre atlético de cabello cano.


     Media hora después el hombre llega a casa de Flavia, y sin ningún esfuerzo consigue que ésta lo haga entrar en la sala y tomar asiento en un sillón. Consigue que ella le escuche una larga historia, una extraña historia que despierta, que le parece despertar en ella, nítidas visiones de un país en que ella no ha estado nunca.

     El extranjero la mira de una manera turbadora con sus grandes ojos grises. -Usted es Flavia y vivía en el palacio guardado por pretorianos. Míreme bien: usted debe recordarme. ¿Recuerda aquel palacio?

     Él se pone de pie y ella también; pero ella apenas puede tenerse en pie. Y si no se derrumba sobre la alfombra blanca de la sala es porque él la sostiene entre sus fuertes brazos.

     Flavia no fue a la joyería al día siguiente. Desapareció de la ciudad. Nadie ha podido averiguar su paradero. Angélica, la cajera de la joyería, repite siempre que le preguntan acerca de Flavia: -Cuando la vi por última vez, el día en que vendimos el camafeo, tuve el presentimiento, al despedirme de ella, de que nunca más la volvería a ver.



LA MUJER DEL COLISEO

A Susy Delgado

     Emilio Ordoner juzgó, tras repetidos esfuerzos de redacción, a lo largo de los cuales iba simplificando la historia, aligerándola de un pesado lastre erudito que, «como cuento fantástico», éste no iba a convencer a nadie. Ya antes de la primera redacción de «El camafeo» se había convertido en todo un scholar en camafeos; tras muchas lecturas había consultado catálogos y enciclopedias y visitado museos durante un largo viaje por Europa. Tocante a reencarnación o transmigración había leído esotéricos libros y conversado con devotos creyentes de esta doctrina. Abandonó el propósito de seguir rescribiendo el cuento hasta recibir una nueva inspiración.

     Entonces optó por otros estudios como la demonología. Le advirtieron amigos suyos que de la demonología a la demonomanía y a la demonolatría no hay más que un paso. Emilio Ordoner sonreía y se guardaba de confesar que el cuento «El camafeo» no resultaba lo que él había anticipado. Pensó entonces en escribir un relato autobiográfico y dramatizar un episodio de su visita a Roma en el verano de 1960. Y más o menos así comenzó su trabajo:

     «Yo no conocía Roma, aunque podría haberla conocido años atrás. Roma y los romanos me interesaron siempre. Durante los primeros días de aquella memorable visita me dediqué a recorrer todo lo antiguo, lo más antiguo. Cuando le llegó el turno al Coliseo elegí una mañana radiante para conocerlo por dentro. Entré y me senté en una de las gradas y allí me quedé pensando, mirando el azulísimo cielo bajo el cual la espléndida ruina parecía que iba a recobrar su antiguo esplendor arquitectónico y llenarse de vivos colores y estridentes gritos. Recordé los versos de Rodrigo Caro inspirados por un espectáculo semejante:

                         

¿Cómo en el cerco vago


de su despierta arena


el gran pueblo no suena?


¿Dónde, pues fieras hay, está el desnudo


luchador? ¿Dónde está el atleta fuerte?


Todo desapareció; cambió la suerte


voces alegres en silencio mudo...

     De pronto noté que yo no estaba solo, completamente solo, como momentos antes, solo con mis propias imaginaciones. Vi que una mujer trigueña, joven y muy hermosa, apareciendo silenciosamente, se sentaba a unos cuatro metros de mí en la misma grada. Curioso -pensé- que entre las ochenta gradas haya elegido la grada que elegí yo, en este anfiteatro para 50.000 espectadores. La miré de soslayo pero con detenimiento. Era de una elegancia impresionante, de muy finos modales. De vez en cuando se ponía de pie y concentraba la mirada azul sobre un punto de la arena. A veces miraba hacia donde yo estaba y yo sentía en mí aquella mirada aunque no mirase yo que me miraba. Me calé las gafas de sol para observarla a mi gusto sin delatar mi curiosidad, mi admiración. Ella y yo éramos los únicos seres vivientes en la gigantesca ruina. Claro que sobrevolaban palomas y que habría algunas sabandijas en las grietas de las piedras milenarias. Ella no se movió de su asiento hasta que decidí yo volver al Albergo Minerva, y bajé hasta la entrada. Entonces me atreví a volver la cabeza aunque temía ser tenido por impertinente. Nuestras miradas se cruzaron; yo apuré el paso como intimidado por el resplandor azul. Ella bajó también y desapareció.

     A la tarde fui a visitar el Panteón. Sentí viva emoción al abrir una alta hoja de la puerta de bronce (¿de bronce?) empujándola hacia adentro. La puerta giró sobre sus fortísimos goznes. Los bárbaros, siglos atrás, habían abierto esa misma puerta con un empellón del pecho de sus caballos de guerra.

     Ya dentro del penumbroso Panteón, la mujer trigueña vino hacia mí como una hermosa estatua de mármol que se moviera con andares de vestal y pasó a mi lado sin mirarme. Vestía de blanco como en la mañana del Coliseo; casi me rozaron los pliegues de su túnica. Al andar no sonaban sus pasos. Al día siguiente topé con ella más de una vez entre las nueve y las diez de la mañana. En el foro, entre arcos y columnas rotos la veía aparecer y desaparecer con su cadencioso y silencioso andar, una mano sobre el pecho y la otra ordenando los pliegues de su veste blanca.

     Estos encuentros, para ser más preciso, se repitieron después en el Templo de Cástor y Pólux, en la Curia -o sede del Senado- en el templo de Saturno, en el Templo de Vesta, bajo el Arco de Tito, al pie del Arco de Septimio Severo, en el Templo de Rómulo. Siempre sola y con su aire patricio y soñador.

     Pasaron unos días sin más novedad que la de conocer otros monumentos y ruinas antiguas. La mujer se había olvidado de mí, reflexioné entre aliviado y desencantado. Pero un sábado de noche fui a cenar a un restaurante que tenía varias mesas distribuidas sobre la ancha acera. Elegí una de estas mesas y llamé al camarero. Le dije que tenía yo mucho apetito y que me sirviera las mejores pastas -él sabría cuáles eran las mejores- y que me trajera el mejor vino tinto.

     El plato de ravioles cubiertos de abundante queso rallado me pareció la mejor elección. Y ya comenzaba a servirme cuando el camarero colocó sobre el piso de la acera una altísima botella cuyo gollete se alzaba bien por encima del nivel de mi mesa.

     -Yo no podré beberme todo ese vino -dije de buen humor.

     -Tome usted lo que pueda y le cobraremos nada más que el consumo. -Estaba yo en lo mejor de aquel banquete callejero, con más de tres copas de excelente vino que se unían, dentro de mí, al flujo acelerado de mi sangre, cuando vi sentarse frente a una mesa contigua a la mujer del Coliseo. Sentí un súbito desasosiego, lo cual debería parecerme estúpido porque aquella mujer romana -sin duda sería romana- era uno de los más hermosos espectáculos, que me ofrecía la Ciudad Eterna. Pero hay que entender mi situación aquella noche del sábado: durante todas las noches precedentes, yo había soñado con su figura de veste blanca, su perfil de estatua, su belleza «clásica» según mi opinión con nadie compartida en mi soledad de forastero. Cuando ella me miró fijamente con una mirada de esas que petrifican o derriten el objeto de la visión, sentí un intenso malestar por el cual me reproché más tarde. No pude prolongar mi estada mucho tiempo. Pedí la cuenta, pagué y corrí hacia mi hotel como si alguien me persiguiera.

     Y es que a esa mujer yo ya la conocía desde mucho antes. Se me ocurrió pensar que ella era la Flavia de mi frustrado cuento fantástico; que ella a mí me perseguía por alguna misteriosa razón que, por ignorada, me resultaba perturbadora. Por eso huí de ella hasta que ya dormido, la mujer reapareció ante mí en una azorante pesadilla de que no guardé ninguna imagen al despertar, pero cuya angustia me tenía tembloroso.

     El día siguiente -un domingo como cualquier otro- era el de mi viaje a París, donde asistiría a un congreso literario. La vida en París en aquel tiempo era mucho menos cara. Decidí pasar el resto de mis vacaciones en el barrio latino. Y allí reanudé mis estudios de demonología. Seguí estudiando «a mis demonios», como los llamaba yo. Me interesaban los demonios según los griegos, los cristianos, los secuaces de Zoroastro, y según el judaísmo, el hinduismo y el budismo. La jerarquía cristiana de los demonios ocupó mis noches y madrugadas.

     Los demonios de la Biblia son los que más me interesaron, especialmente los de mayor «vigencia», si así puedo decir, durante la Edad Media y la Reforma, épocas en que fueron jerarquizados y vinculados con los Siete Pecados Capitales. En el Antiguo y el Nuevo Testamentos encontré el mejor material informativo. Me interesaron los Concilios de la iglesia como el de Braga, el de Latrán y otros [55] tantos que a lo largo de los siglos hasta nuestro tiempo incorporaron en sus cánones indagaciones sobre el Demonio.

     Los teólogos y sus disquisiciones sobre Satán, palabra hebrea y Diablo, palabra de origen griego, me hicieron meditar en largas noches de estudio. Y no desdeñé la opinión indocta según la cual el demonio íncubo tiene comercio carnal con mujeres, bajo la apariencia de varón; así como el demonio súcubo tiene comercio carnal con varones, bajo la apariencia de mujer. Esta opinión vulgar conocida desde mi primera adolescencia me parecía ingenua si no cómica. Pero lo cierto es que ahora soñaba yo con súcubos, fascinantes demonios femeninos. Y a menudo asociaba yo estos demonios con personajes de mis propios cuentos, sin excluir «El camafeo». Y lo cierto es que la Flavia de «El camafeo» se confundía en mis sueños con la mujer de blanco, sin duda antigua, que se hizo la encontradiza en Roma.

     Pasaron varios meses. Ya en mi país había yo recuperado mi rutina de trabajo. A las dos de la tarde, sin falta, me sentaba frente a mi máquina de escribir. Yo había suspendido mis estudios esotéricos. Otras eran mis lecturas y otros mis escritos. Un día de otoño sonó el teléfono precisamente a las dos de la tarde. Una cálida voz de mujer, una cálida, halagüeña voz, me dice que tiene muchos deseos de hablar conmigo y de consultarme acerca de trabajos en prosa y en verso. «Quiero ser escritora», me dice la voz. Y la dueña de esta voz necesita ahora una opinión autorizada. Por esta razón recurre ella al crítico, al narrador, al inspirado poeta, etc.

     Acordamos que a las tres de esa tarde yo la esperaría en mi casa.

     Una joven trigueña, alta y erguida llega a mi casa a las tres en punto y, como otras estudiantas que me visitan de vez en cuando, emplea unos minutos en explicaciones que justifiquen tan inesperada entrevista. Yo que esperaba una muchacha de unos 18 años me sorprendo al ver a esta mujer tan elegante y madura, si madurez puede llamarse ya a unos veinticinco años en los que la juventud y la belleza física, la fina desenvoltura y el talante han llegado a un desarrollo armonioso.

     La empleada doméstica trae un servicio de té a la sala en que estamos sentados próximos a una mesa redonda, ella en una butaca y yo en uno de los sofás. Sobre la alfombra roja cae al poco rato la cucharilla de plata que la visitante no ha podido mantener segura junto a la taza de té humeante. Ella pide mil perdones, se agacha ágilmente y recoge la cucharita. Yo puedo verla ahora de perfil en el momento de recoger el brillante objeto. Y entonces siento una punzada en el pecho. ¡Esta mujer no me es desconocida! La he visto muchas veces. Pero yo me conozco bastante bien: cuando escribo sobre cosas que he vivido, mezclo lo verdadero con lo que invento. Y después me resulta imposible distinguir la realidad de la ficción. Y no sólo cuando escribo relatos y los publico; basta que piense en algún personaje, que lo dibuje mentalmente, que lo sueñe, como decía Unamuno, para que ese personaje habite en mi memoria como un ser real.

     Le observo yo las manos a la visitante. -Sí, -me digo- yo ya he visto esas manos, las he soñado así como ese hermoso cuerpo, ese talle, esos pechos que yo ya he visto desnudos...

     Desde mi niñez he tenido alucinaciones no siempre inequívocas. Rara vez lo que me había parecido ser una alucinación lo era realmente. Ya en mi mocedad, no le di importancia a mi propensión alucinatoria, salvo desde los últimos meses, esto es, desde mi aventura en Roma, si así puedo llamar a mis encuentros con la romana, y a mi entusiasmo por la demonología, entusiasmo a veces perturbador.

     Al entrar ella ha dejado sobre la mesa redonda un grueso libro que parece un álbum, y junto a él un manuscrito de varias cuartillas sujetas por un clipe. -¿Puedo leerle algo?, pregunta.

     Y yo le contesto: -Muy bien, pero muéstreme primero ese libro que parece un álbum.

     -Pertenezco a una asociación o a una cofradía, diré. Esta asociación se preocupa por el prójimo. Es humanitaria, es altruista.

     Ella, con el libro en las manos viene a sentarse a mi lado en el sofá. Me mira ahora con una intensa mirada de sus ojos azules, y luego hojea el álbum, me muestra unas vistas de parques, de jardines o huertos. Estas vistas tienen un colorido brillante; todas parecen visiones primaverales.

     -Nuestra cofradía -informa- se llama «Jardines de beatitud».

     -¿Jardines de gente beata? -pregunto con una risa amable.

     La broma resulta fuera de lugar cuando ella aclara: -«No; es, sí, en muchos sentidos una asociación filantrópica en beneficio de los que pasan a mejor vida. Aquí tendría usted, dentro de un mes justo un sitio apacible para el descanso perpetuo. Está usted próximo a su fin -me anuncia abrazándome- y yo he venido a...»

     Su inesperado aunque ya muy deseado beso me tapa la boca. Ambos rodamos sobre la alfombra roja.

     -¡Lo que te espera, Emilio Ordoner!



LAS BODAS DEL YACARÉ

 

El Diccionario Manual Ilustrado de la Real Academia Española

define el vocablo yacaré en estos términos:

Yacaré, m. Argent. Bol., Par. y Urug. caimán, reptil de los grandes ríos sudamericanos.

(Yacaré, en el Paraguay, es también el hombre que amparado por la oscuridad de la noche

llega inadvertido al lecho de una mujer).

 

     Algunos sitúan el pueblo de esta verídica historia (no es ficción, no es leyenda) en las Misiones; otros en lo que vagamente se designa con el nombre de «las Cordilleras». Ahora bien, en cuanto al sucedido mismo, no hay discrepancia. Nadie cuestiona que Marcelo se llamara Marcelo Fernández, ni que Griselda se llamase Griselda García. Nadie cuestiona lo que contaré acerca de su niñez y mocedad.

     Los padres de Marcelo Fernández eran ladrilleros, esto es, fabricaban ladrillos de arcilla cocida y también ladrillos de arcilla secada al sol, es decir adobes. Los padres de Griselda eran agricultores; su chacra, de varios matices de verdor paralelo, destacaba sobre el verde uniforme de la pradera.

     La olería o ladrillar de los padres de Marcelo revelaba ya a primera vista la esmerada laboriosidad de sus dueños: todo allí era orden, limpieza, pulcritud.

     Marcelo y Griselda, nacidos el mismo día del mismo mes del mismo año, tenían notable parecido físico: trigueños los dos, de grandes ojos negros, de igual estatura, se los hubiera creído mellizos. Desde que se conocían, desde que pudieron andar, anduvieron juntos y jugaron juntos en la olería o en la capuera de sus respectivos padres. Jugaban a ladrilleros o jugaban a agricultores según lo requiriera su instinto imitativo.

     En el ladrillar pasaban las mejores mañanas y tardes, cerca del arroyo que cruzaba el pueblo de arriba abajo. Preferían hacer adobes por lo divertido de la tarea: convertir la arcilla del vecino terreno anegadizo en pegajosas formas cuadrangulares que el sol pronto iba a endurecer.

     Y con los adobes en nada inferiores a los hechos por los adultos, construían casitas con puertas y ventanas más o menos como las de verdad.

     Y en estos juegos transcurrió su niñez sin que turbaran sus trabajos de ladrillería o de agricultura, las precoces riñas con que los niños se preparan para las luchas que a menudo amargan la mocedad, la madurez y hasta la misma ancianidad de los seres humanos.

     Llegó la adolescencia y Marcelo y Griselda siguieron tan amigos como siempre y como sin advertir que él era varón y ella una hermosa niña en que se insinuaban claramente las formas de la mujer.

     Al cumplir Marcelo los años reglamentarios para el servicio militar, él y ella se despidieron con una vaga tristeza mezclada a otros sentimientos indefinibles.

     Marcelo escribió desde el cuartel la primera de las cartas cruzadas entre ambos durante el tiempo de la separación. Y estas cartas, tímidas al principio, fueron adquiriendo mayor espontaneidad y sinceridad. Ella describía el pueblo en forma tal que al leerla él creía regresar al nativo paisaje rural, con la Iglesia en que ambos hicieron la primera comunión el mismo día del mismo mes y del mismo año en que él y ella cumplieron ocho. ¡Y qué bien le hablaba ella del arroyo en que durante toda su niñez se bañaron en los días calurosos que no eran solamente los del verano!

     La vida de cuartel con camaradas que ya «conocían» la vida a secas fue para Marcelo revelación de cosas apenas entrevistas en su prolongada inocencia de muchacho campesino sin otra amistad que la hija de los García.

     Cuando terminado el servicio militar, Marcelo en uniforme de sargento de infantería regresó al pueblo y tuvo su primer encuentro con Griselda en la plaza frente a la Iglesia, debió contenerse para no abrazar a la garrida muchacha que lo recibía emocionada y trémula.


     Algo importante había sucedido en el valle durante la ausencia del hoy fornido sargento de infantería. Don Tomás Cáceres, cacique del pueblo, hombre de gran fortuna heredada en parte y acrecida luego merced a manejos no muy lícitos -la política era su cómplice- advirtió en el pueblo, al terminar la misa del Domingo de Ramos, la existencia de una muchacha extraordinaria por su belleza y gallardía y otras cualidades que se hacían patentes con sólo mirarla, casta y recatada bajo el tul que le cubría la cabeza.

     -Esta va a ser para mí. Voy a hacer de ella una gran señora. -Y don Tomás habló con los padres de Griselda. Eran parientes lejanos, pero no tan lejanos como por Adán y Eva. Los García acogieron favorablemente las pretensiones del ricacho. Se mencionó en el transcurso de lo que ya podría llamarse negociaciones, el hecho de que la próspera estancia La Perla, y otras dos estancias no inferiores en cuanto a la cantidad y calidad del ganado, además de un aserradero, no tuvieran una dueña...

     Don Tomás no era un viejo, viejo, precisamente; bien plantado y de aire autoritario y enérgico había llegado ya sin embargo, a esa edad en que la llamada curva de la felicidad comienza a hacerse visible sin que el grueso cinturón con revolvera y bolsillos de cuero pudiera disimularla.


     Marcelo, el sargento Marcelo Fernández, no pudo comprender, al reintegrarse a la vida del pueblo, la sequedad de los padres de Griselda antes tan acogedores y cordiales. Recordaba la gratitud que le demostraron cuando él se ofreció a hacer de albañil poco antes de partir para el servicio militar, y la satisfacción que manifestaron cuando el nuevo cuarto para Griselda estuvo terminado, y bien pintado a la cal, con un friso celeste de otro tipo de pintura. ¡Un trabajo de profesional! Porque el matrimonio habló un día en presencia de Marcelo acerca de una alcoba de mayor tamaño para su única hija. Deseaban construir una amplia habitación en que pudiera ella tener su máquina de coser y los lindos muebles que le habían regalado unos parientes al cumplir diecisiete años.

     Marcelo había dicho: -No sería difícil construir una pieza más grande al extremo de este corredor, aprovechando el techo que ya hay. Griselda y yo podríamos hacer el trabajo... ¡Hemos construido tantas casitas ya! Tenemos muchos adobes acumulados en la olería, tan buenos como los que papá fabrica para vender.

     Los padres de Griselda aceptaron el ofrecimiento de Marcelo. Griselda, por su parte, golpeando tres veces sus manos hacendosas exclamó: -Este va a ser un juego ahora en serio. ¡Qué divertido va a ser!

     Esto sucedió antes del servicio militar de Marcelo, como ya se dijo.

     Poco después de su regreso al pueblo (de las Misiones o de las Cordilleras) Marcelo fue informado acerca del acuerdo entre don Tomás Cáceres y los García, es decir los padres de Griselda, porque esta nada tuvo que ver en el asunto:

     -Don Tomás tiene permiso para visitar a Griselda tres veces por semana, de ocho a diez de la noche...

     Pulcramente acicalado don Tomás Cáceres llegaba a las ocho en punto de la noche a casa de los García. Bien afeitado Y perfumado con abundante agua de colonia inglesa. Para cada visita el pretendiente estrenaba ropas nuevas.

     Griselda, obediente a la voluntad de sus padres, lo recibía con respeto. Sentada a conveniente distancia, permanecía con los ojos bajos durante las dos horas de visita. Cuando llegaban las diez, don Tomás, fiel a lo pactado, se ponía de pie, previa consulta repetida más de una vez al reloj de oro de tres tapas que en él era algo así como el símbolo de su opulenta respetabilidad.

     -Son las diez Griselda -decía entonces con gravedad y lentitud-. Ha sido un gran placer conversar... Deseo que pases una noche tranquila y con sueños alegres... Buenas noches.

     -Buenas noches -contestaba ella, inquieta, azorada y teniendo ya en sus manos el sombrero de fieltro de don Tomás.

     Dos horas con don Tomás le parecían una eternidad. Ella contestaba con monosílabos a las preguntas no siempre de buen gusto del no siempre circunspecto galán. Y él, deslumbrado por aquella muchacha tan hermosa, tan modesta, tan virginal, se sentía feliz. Interpretaba el mutismo de Griselda como una forma de inocencia, de castidad, de inexperiencia en cosas del amor.

     La madre de Griselda, que cosía ropa blanca en la pieza adjunta a la sala de recibo, al escuchar la despedida de don Tomás, entraba en la sala para desearle, sonriente, las buenas noches.

     Ido ya el galán, preguntaba a su hija:

     -¿Qué te dijo esta noche? ¿Te habló de las estancias y del aserradero?


     Los padres de Griselda habían prohibido a su hija todo trato con Marcelo. Ella oyó esta prohibición al parecer sumisamente. Vigilada durante el día, por la noche Griselda veía a don Tomás Cáceres, como sabemos; pero los jóvenes no dejaron de verse, como se verá enseguida. De común acuerdo decidieron cortar por lo sano. Griselda, hábil ladrillera y no inexperta en albañilería, hizo un agujero en uno de los muros de adobe de su habitación. Un agujero a medio metro de altura del piso, redondo o casi perfectamente redondo y amplio como para dar paso a un hombre, al ahora fornido sargento Marcelo Fernández...


     Las visitas de los dos galanes nocturnos se verificaron unas tras otras. El joven, a escondidas, gozaba de todos los favores de Griselda; don Tomás, conforme a lo pactado, era puntual en sus entrevistas de ocho a diez de la noche. Discreto, parecía no tener prisa. Confiaba en que dándose a conocer y conociendo él bien a la callada Griselda, la proposición decisiva tendría éxito seguro.

     Y una noche en que Griselda no se opuso a cebar el mate al pretendiente de las ocho en punto, cayó de pronto una lluvia torrencial. Don Tomás se despidió a eso de las nueve, porque amainó la fuerza de la lluvia, prometiendo un regalito para Griselda «que tan bien ceba el mate». Minutos después de marchado el hombre maduro recomenzó la lluvia, aún más torrencial. Pasaron una, dos, tres horas más, y la lluvia parecía que no iba a parar nunca.

     Esa noche Marcelo no pudo dormir un minuto al lado de Griselda.

     Cuando ya a comienzos de la madrugada intentó salir por el agujero en la pared de adobe -agujero durante el día bien disimulado por un mueble desde dentro y por fuera por un gran helecho en maceta movible- el cuerpo de Marcelo entró por el agujero hasta la mitad, es decir, hasta la cintura. Al llegar allí, la pared, convertida de nuevo en arcilla en el sector del agujero, se desprendió sobre Marcelo, el cual quedó atrapado por una masa pegajosa pesadísima.

     En vano el hijo de ladrilleros y ladrillero él mismo, luchaba heroicamente con sus cuatro miembros, como un reptil de los esteros para librarse de la arcilla semi líquida y de la arcilla casi seca que amenazaban asfixiarle; en vano Griselda, semi desnuda y friolenta pugnaba por liberar a su amigo.

     Al día siguiente escampó un poco antes de las doce. Y no hubo más remedio que acudir a un par de vecinos forzudos para dejar libre a Marcelo. Simultáneamente fueron convocados el Juez de Paz y el Sr. Cura.

     Apenas Marcelo recobró su libertad cuando la perdió otra vez: el Juez de Paz en nombre de la Ley, y el Sr. Cura en nombre de la Iglesia lo desposaron con la hermosa Griselda. Los novios, abochornados, avergonzados, quedaron, sin embargo muy felices.

     El pueblo, con música y regocijo llamó a estas bodas «las bodas del Yacaré».



 

EL DESQUITE

 

     Dos agentes de Policía secreta entraron en el escritorio del periodista Horacio Lawson. -Usted debe acompañarnos a Investigaciones -le dijeron-. Es orden del Jefe.

     Horacio Lawson no preguntó nada; sólo pidió que le dejaran llamar por teléfono a su casa que no quedaba muy lejos. Era preciso que llevase una maleta con mudas de ropa, navaja de afeitar y cosas así. En la puerta de su casa, a siete cuadras del periódico, podrían recoger la maleta de paso para la Policía.

     Los agentes no se opusieron. Horacio Lawson, hombre corpulento de casi dos metros de altura y de más de ciento veinte kilos de peso, de carácter tranquilo y movimientos pausados, telefoneó a su esposa en presencia de los polizontes y le informó, sosegadamente, que necesitaba una maleta bien provista porque debía hacer un viaje imprevisto al campo.

     -Sí, adivinaste -le dijo a su mujer-. Debo ir a San Ignacio, Misiones. Pasaré allí unos días, y tengo apuro porque me espera un autobús especial.

     Esposa de periodista, a la señora Lawson no le extrañó el anuncio del imprevisto viaje.

     -En media hora pasaré por casa -le informó él-. Voy con señores de una agencia de publicidad...

     -¡Qué extraña coincidencia -pensaba Lawson en el coche rumbo al Departamento Central de Policía-. Precisamente ahora me llevan allí, ahora que estoy escribiendo la historia de esa misma repartición tal como era hace más de medio siglo!

     Cuando llegó a la Policía solicitó hablar enseguida con el jefe. Le contestaron que el Jefe no podría recibirlo hasta pasado un tiempo. Y sin más trámite lo metieron en un cuarto en que había una cama, una mesa y dos sillas. Nada más.

     Aunque la cama no era incómoda le fue imposible pegar los ojos en toda la noche. Ignoraba el motivo de su detención; todo lo que le habían informado los agentes secretos se reducía a la fórmula consabida: «Por orden superior». ¿Qué podría haber aparecido como subversivo o que resultara ofensivo al régimen cada vez más autoritario que con inspiración fascista gobernaba el país? Lawson, que como periodista era jefe de redacción del periódico, cumplía estrictamente las instrucciones del Director, hombre bonachón éste que se llevaba bien con todo el mundo: se preciaba de ser un acomodaticio consumado...

     Al día siguiente, a eso de las siete de la mañana le abrieron la puerta y lo dejaron salir al patio. Pensó que el patio de hoy sería más o menos como el de hacía medio siglo. Reconoció los altos, largos corredores que había visto en fotograbados de 1906 ó 1907. Advirtió que no había flores en los canteros como medio siglo atrás. Y sintió enseguida la tensión de la atmósfera. Presos, muchos, muchísimos. Cada rostro era un estudio de ansiedad o de cólera. El desaliño, el desaseo, no podían reprocharse en gente encerrada quién sabe cuánto tiempo.

     Lawson encendió un cigarrillo con un encendedor de plata que le regalaron en su último cumpleaños. En ese instante se le acercó un hombre moreno, de ojos grises, de barba canosa y bigote canoso:

     -¿Me presta su fuego? -preguntó. Y, después de encender un cigarrillo de tabaco negro, el desconocido le dijo aparentando naturalidad, sabiéndose observado desde una de las garitas:

     -Usted merece nuestro respeto. Nosotros lo vamos a proteger mientras usted guarde reclusión.

     -¿Ustedes? ¿Con quién tengo el gusto de hablar? -inquirió Lawson.

     -Soy dirigente del Partido Comunista. El Partido no lo mira a usted con malos ojos. Al contrario. Sabemos que usted no es de los nuestros; sabemos también que en épocas mejores se portó bien con algunos camaradas ya entonces perseguidos, aunque no tan perseguidos como hoy.

     Lawson no recordaba nada de lo que ahora y minutos después oyó decir a su interlocutor, excepto algunos nombres de personas a quienes nunca había tratado.

     Y ya conversaban amistosamente cuando comenzaron los gritos, los gemidos, los alaridos de torturados en piezas cercanas al patio. Muchos de aquellos gritos no parecían humanos sino de animales a quienes se laceraba.

     -Ya ha comenzado la función -dijo el hombre de la barba canosa. Y lo miró indagatoriamente como si quisiera saber si a Lawson le esperaba ya la picana eléctrica que ahora aplicaban a aquellos infelices.

     -Nosotros podremos defenderlo señor... Ya hablé con varios camaradas. Son gente corajuda y bien armada con quien se tiene aquí especial consideración.

     Y al despedirse, con una inclinación de cabeza, le informó cortésmente: -Mi nombre es Pascual Osorio. Cuente usted con nuestra amistad y con nuestra protección.

     Era la primera vez que Horacio Lawson caía preso. Ahora confirmaba algo de que había oído hablar: -Aquí también, como en la Cárcel Pública se permite que haya presos armados. ¿Cómo se explica esto?

     Él mismo había redactado, años atrás, una crónica policial acerca de una riña a cuchillo en el patio grande de la Cárcel Pública, establecimiento horrible no lejano del Cuartel de Policía en que ahora lo tenían preso.

     Pasaron varios días para Lawson atroces. Temía él que en cualquier momento vinieran a buscarlo para llevarlo a la tortura. Si durante la noche lograba conciliar el sueño, atroces pesadillas lo asaltaban. Ya un verdugo le aplicaba la picana eléctrica, o un par de siniestros esbirros le arrancaba una uña de cada mano. Lawson aullaba en el sueño y, al volver a la realidad, oía los aullidos de presos a quienes ya les había llegado la hora de confesar...

     Lawson tardaba varios minutos en convencerse de que sus manos no sangraban todavía. Otras veces en el sueño estaba a punto de ahogarse en una sucia tina en que flotaban excrementos: otras el Jefe mismo de Investigaciones en persona le cortaba, con un filoso cuchillo, una de sus orejas. Mil veces se vio torturado hasta perder el conocimiento y luego despertaba sorprendido de seguir vivo y, sobre todo, ileso.

     Durante las mañanas solía Pascual Osorio hacerse el encontradizo entre la multitud de presos.

     -Lo veo sin novedad, señor Lawson -le susurraba con una sonrisa entre la barba espesa.

     El periodista comprendía que era su destino conocer el establecimiento en sus dos aspectos tal como se presentaron a la distancia de medio siglo. Y no sabía, no podía saber, aunque totalmente inocente, si saldría vivo de su prisión. Muchos morían en la tortura: él podría morir cualquiera de estos días si sus verdugos decidían que no iba confesar supuestos crímenes o sencillamente porque la tortura no tenía cesación bien determinada. Él, sí, moría cada noche en pesadillas que fingían toda la gama de los sufrimientos. A veces El Tuerto Núñez es decir, el Jefe de Investigaciones en persona le infligía nuevos tormentos con hierros calientes.

     El «Hombre del solo ojo», con quien nunca había cruzado ni un par de palabras se le convirtió en el ser más odioso. Mientras lo torturaba lo insultaba con un furor diabólico. Una sola vez lo vio pasar al Tuerto, camino de su despacho. Robusto, de complexión atlética, renqueaba ligeramente, lo cual le daba un aspecto aún más siniestro.

     Su habitación no era una celda como las de algunas prisiones que había visitado. Era un cuarto cualquiera; había sido ocupado por alguna oficina en tiempos mejores. Del techo colgaba una gran araña de bronce en la cual ahora se encendía un solo foco desnudo. Lawson no quería dormir en la cama de hierro. No tenía sueño. Sólo había traído en la maleta un grueso libro con las infinitas historias de Scherezada.

     Pero cómo poder leer y cómo reposar si desde antes del anochecer arreciaban las torturas y los torturadores se turnaban para descansar un rato y luego seguir con mayor furia los interrogatorios punteados de gritos desgarradores.

     El séptimo día de su detención sucedió algo inesperado. Llamó a su puerta un oficial a quien nunca había visto y le anunció que lo llevaría ante el Jefe: había buenas noticias. Alguien había intercedido en su favor y el Sr. Jefe se lo informaría personalmente.

     Al entrar en el despacho del Jefe de Investigaciones, el hombre de cara patibularia, sentado a su mesa de trabajo, se puso de pie y vino hacia Lawson renqueando, con una sonrisa que pretendía ser amable en su rostro de ordinario ceñudo. Era el Tuerto Núñez a quien no conocía pero de quien había oído hablar mucho y nunca bien.

     -¡Distinguido señor escritor, qué gusto comunicarle que usted está libre, que ahora mismo puede irse a su casa y reanudar sus actividades en el periódico!

     Y le dio un fuerte apretón de manos deseándole la mayor suerte en su brillante carrera.

     Lawson se limitó a murmurar algo ininteligible con los labios tensos bajo su ancho bigote negro. Entretanto el Jefe de Investigaciones lo conducía hacia la puerta del despacho, puerta que el mismo Jefe abrió algo ceremoniosamente. El oficial que había conducido a Lawson ante el Tuerto Núñez, ya se había marchado.

     El Tuerto Núñez miró hacia todos lados y, seguro ya de que nadie le oiría las últimas palabras de despedida, le espetó con súbita violencia y una llamarada de odio en el único ojo inyectado en sangre, fijo ahora en el forzado visitante:

     -¡Usted miserable se ha librado esta vez; pero la próxima que lo agarremos le vamos a quebrar todos los huesos!

     ¡Ahora váyase al carajo!

     Sonó un portazo a espaldas de Lawson. Y él volvió a su celda a recoger su maleta.

     En el patio vio a Pascual Osorio. Este le hizo una seña significativa: Pascual Osorio estaba enterado de su libertad y lo felicitaba...

     Lawson abandonó el Cuartel de Policía más estupefacto y rabioso que feliz. ¿Qué tendría contra él el Jefe de Investigaciones, de súbito soez e iracundo? Pero ante todo, ¿por qué lo habían detenido durante siete días interminables? Horacio Lawson, intelectual consagrado al estudio de la historia patria, periodista renombrado por su estilo terso y lúcido, no adolecía de ninguna pasión partidaria de ningún color. Redactor de un periódico -el único que había sobrevivido durante la dictadura- escribía él sobre temas ajenos a la política, sobre temas que le estaba permitido discurrir. El periodismo era uno de sus desahogos literarios; la historiografía y la poesía -esta última cultivada secretamente- eran los otros dos. Precisamente, como historiador aficionado, redactaba ahora un libro sobre la historia política y cultural del país, de las tres primeras décadas del siglo. Lo hacía con intención de publicarlo cuando cambiaran los tiempos y no fuera peligroso emitir opiniones libres. En el altillo de su casa había instalado su escritorio privado. Allí tenía una de sus máquinas de escribir, la utilizada en escritos no periodísticos. La otra máquina de mayor tamaño, la tenía en la planta baja, en su escritorio -sala en que recibía a sus amigos, a los pocos que le quedaban desde el comienzo de la represión política.

     En ese altillo redactaba ahora el capítulo titulado «La Policía de la Capital». Estaba bien documentado. El capítulo versaba sobre la organización y disciplina del Departamento de Policía en tiempos de Elías García, famoso jefe del establecimiento medio siglo atrás. Describía el edificio en que fue alojado compulsivamente la semana anterior. La fachada actual no había cambiado casi nada desde los albores del siglo. Doce arcos de medio punto la ornamentaban simétricamente. De esquina a esquina el Departamento de Policía, frontero a la Plaza de la Constitución, hacia 1906, leyó en un libro, «estaba amueblado con verdadero lujo dentro del estilo sobrio que corresponde a la índole de la repartición. Un gran salón de espera amueblado con varios juegos marroquines cómodos y elegantes, precede al despacho del Jefe de Policía, que es un modelo de confort y elegancia...» Lawson la víspera de ser detenido había transcripto varios párrafos de la descripción del edificio que él iba a conocer unas diez horas después. Y cuando lo llevaron preso hubo de entrar bajo uno de los arcos de la larga fachada. Y habiendo examinado las ilustraciones del libro de 1907, tenía una idea bastante clara de la distribución de las salas del Departamento. Encerrado ya en el cuarto con la lujosa araña de bronce que ahora sólo tenía un  foco sin tulipa de los muchos con que se iluminaba lo que ahora sería su «celda», reconoció la habitación que cincuenta años antes había sido la oficina de un técnico extranjero.

     El contraste entre el edificio en 1907 y el que ahora le servía de prisión le inspiró reflexiones amargas sobre una sociedad libre y una sociedad sometida a un poder arbitrario y brutal.

     Cuando Horacio Lawson descendió del taxi que lo condujo a su casa, Mirta su esposa, que podaba plantas en el jardincito frontal, corrió a abrazar a su marido.

     -¿Qué tal el viaje al campo misionero?- le preguntó alborozada.

     -Muy interesante -contestó él y no dijo nada más hasta que estuvieron bajo el techo del living.

     En el altillo de su casa, lugar a que él solamente tenía acceso, él mismo hacía la limpieza del altillo cuando el polvo era demasiado evidente sobre los pocos muebles y sobre el piso, Horacio Lawson abrió la carpeta con las últimas cuartillas que había mecanografiado. Se preguntaba si alguien habría leído esas cuartillas. Se contestó que no, que eso era imposible. El altillo tenía una llave que él mismo guardaba en lugar sólo de él sabido. La llave no había sido descubierta por nadie.

     ¿Por qué lo llevaron preso entonces? Lo único que podían incriminarle -el verbo no resultaba excesivo- era su elogio de las instituciones libres en los primeros años del siglo, sobre todo el de la Policía de la capital. Pero nadie puede haber leído este elogio.

     Su inexplicable aventura en la Policía lo obsesionaba. Nunca había ensayado la ficción narrativa. ¿Y si escribiera un cuento en que él, el protagonista se llamase Manuel Ayala y el terrible policía Sebastián Escorpio? La prosa de su ficción trazada sobre recuerdos de recientes experiencias fluyó de su máquina con más velocidad que la de sus diarios artículos anodinos, inofensivos.

     El desenlace resultó dramático. Una noche Manuel Ayala y Sebastián Escorpio se encontraron en una casa de citas. Era oscuro en el pasillo del encuentro. Ayala atropelló a trompadas al policía. Este logró esgrimir el revólver cuando advirtió que Ayala era el más fuerte y necesitaba el uso del arma más de una vez homicida. Ayala torciendo el brazo de Escorpio hizo que el tiro se disparara sobre el pecho de su enemigo.


     En la vida real el desenlace de la querella de ambos hombres fue diferente aunque no del todo. Lawson, enviado a Buenos Aires por su periódico para asistir a la ceremonia de la transmisión del mando presidencial, notó que en el avión que lo conducía a la gran ciudad, en uno de los primeros asientos, se instalaba el Tuerto Núñez.

     -Irá a espiar personalmente a los exiliados -conjeturó.

     Ya en el Hotel Castelar, hotel porteño en que se alojaba, recibió una llamada telefónica.

     -Soy tu antiguo condiscípulo Aníbal Miranda -dijo una voz que nunca podría identificar sin la información de su dueño-. Sabemos que estás aquí para asistir a la transmisión del mando. Tu amigo el Tuerto está también aquí; pero él vino por otras razones... Sabemos lo que te ha pasado... ¿Qué te parece si nos encontramos mañana?

     -¿Dónde?

     -En esta tu casa. En el hotel podrás recoger una carta con lo que necesitas saber... para saber otras cosas. ¿Qué número tiene tu habitación?

     En la recepción del hotel le dieron a Lawson el mensaje anunciado.

     Los dos amigos tuvieron una larga conversación. -Aquí, en esta ciudad, tendrías oportunidad de un encuentro con el Tuerto. Pero antes quiero informarte de lo siguiente. La dictadura -la de nuestro país, se entiende- caerá en pocos días. Hay una gran conspiración que prepara el golpe inminente. Vos deberías quedarte aquí hasta después que estalle el golpe allá.

     Mientras tanto te podemos arreglar una entrevista con el Tuerto -Me gustaría saludarlo- dijo Lawson con una sonrisa significativa bajo el ancho bigote negro.

     -Cuando el Tuerto viene a Buenos Aires -continuó Aníbal Miranda- nuestro servicio de espionaje sabe lo que va a hacer y adónde va a ir. Aquí tengo la dirección del prostíbulo que ese bandido frecuenta siempre que viene a esta ciudad. Margot, su amiga, no va a cerrar con llave el cuarto donde los dos se acuestan. Ya está apalabrada. Es el cuarto N.º 17. Mañana a eso de las ocho de la noche no habrá ninguna dificultad en verlo...



     Lawson llegó al prostíbulo a la hora convenida e irrumpió en la pieza N.º 17. Musculoso, el Tuerto se sacaba la camisa al entrar Lawson. La primera trompada arrojó al Tuerto contra la pared, junto a la mesita de noche; aunque aturdido por el golpe, el torturador atinó a llevar la mano hasta el revólver que había puesto, momentos antes, sobre el mármol de la mesita; pero ya Lawson descargaba la segunda trompada; el Tuerto cayó de bruces sobre el piso, ya incapaz de reaccionar.

     Lawson se apoderó del revólver, le sacó los seis cartuchos calibre 38:

     -Aquí le devuelvo el revólver sin balas. Ahora estamos en paz, señor Jefe de Torturadores.



 

JULIANA INSFRÁN DE MARTÍNEZ

 


...el coronel Martínez no fue vencido

     


por las bocas de fuego...



sino por el hambre. Él y sus



soldados no depusieron las



armas: éstas se les cayeron



de las manos.



Cecilio Báez




     He aquí el relato de un episodio trágico de la historia de la guerra del Paraguay contra la Triple Alianza. Yo no podré expresar como debiera [86] la pugna de tanta ferocidad por un lado y de tanta heroicidad por otro. Como un restaurador de viejas fotografías que respeta las líneas, los perfiles, las luces y las sombras y que sólo retoca y aclara o borra algunas manchas debidas al tiempo o al descuido de quienes fueron sus dueños durante una o más generaciones, respetaré la verdad histórica en todo lo esencial.

     Intervienen tres personajes mayores: el Mariscal Solano López, su concubina la irlandesa Elisa Lynch y la víctima del primero, Juliana Insfrán de Martínez. EL drama se desarrolla a fines de 1868. El Paraguay está en guerra hace tres años. Los ejércitos de la Triple Alianza avanzan desde el Sur. Sólo se ha podido detener su marcha invasora en Curupayty. El invasor se ha estrellado contra una trinchera erizada de cañones; y en Curupayty se desangra en larga jornada de estéril heroísmo. Paralizada por el fracaso, la Alianza tarda mucho tiempo en reorganizar sus cuadros, en recuperar la moral, en recobrar el aliento. Pero al fin vuelve al ataque.

     Y ahora un gran ejército y una poderosa armada asedian la fortaleza de Humaitá, la llamada Sebastopol de América. Los encorozados enfilan desde el patrio río sus cañones que día y noche relampaguean entre nubarrones de humo. Defiende la fortaleza el Coronel Francisco Martínez.

     A medida que se prolonga el sitio, que se eterniza, escasean las municiones de guerra y de boca. El hambre espectraliza a los sitiados. El bombardeo arrecia cada vez más atroz, más eficaz. Hundidas las techumbres, derrumbados los muros, Humaitá se va desplomando en ruinas, semi asfixiada por el humo negro que se adensa, cubriéndola toda y elevándose hasta el cielo. El humo, el humo ponzoñoso que ya no pueden disipar los vientos.

     De la Iglesia, cercana al río, blanco favorito de la escuadra, sólo restan, como esqueleto de su estructura, un muñón de torre, unos trozos de acribillados muros. El Coronel Martínez, alentando a infantes y a artilleros actúa en todos los reductos, como ejerciendo una prodigiosa ubicuidad. Su voz atruena ya enronquecida entre estampidos y entre llamas. Él es el alma de una resistencia imposible.

     Mientras tanto, al Cuartel General llegan desesperadas noticias de Humaitá. Si no le envían a Humaitá refuerzos y auxilios de municiones de fuego y de boca, no se mantendrá erguida la plaza. A los pedidos de urgente auxilio el Cuartel General responde con la orden de pelear hasta morir.


     Juliana, lejos de su esposo, habita en uno de los ranchos próximos al Cuartel General. Pasa las noches de rodillas ante la imagen de la Virgen. Durante el día rehuye la proximidad del Mariscal, evita su mirar sombrío.

     El siglo XIX y no sólo el siglo XIX, prodiga en América caudillos de naturaleza fronteriza de héroes y de monstruos, o simplemente de monstruos, de feroces verdugos de sus pueblos. Solano López, mirado desde más de un ángulo es un monstruo, un implacable verdugo. La historia lo ve en persona, a caballo, dirigiendo la ejecución de militares y civiles acusados de traición. Él ha ajusticiado miembros muy próximos de su familia y permitió -o dispuso fríamente- que su propia madre fuese torturada.

     Ahora bien, como en 1870 murió el tirano con sus últimos soldados en el grandioso anfiteatro de Cerro Corá, su muerte atroz ilumina con negra luz épica al gran culpable de infinitas atrocidades.

     Juliana es amiga de la querida del Mariscal, mujer esta inseparable del tirano a lo largo de toda la tragedia que ensangrienta la patria de un confín a otro confín. Juliana no se atreve a sincerarse con la extranjera, la hermosa Elisa Lynch, ayer en venta en París y hoy Primera Dama del Paraguay, sociedad donde aún sobrevive una rancia aristocracia colonial, que la Lynch adula o humilla según los casos. Juliana sabe que jefes, oficiales y soldados tienen orden de vencer o morir o, mejor, de combatir hasta la muerte. Sabe que hace ya mucho tiempo que la victoria militar es quimera irrealizable ante un enemigo abrumadoramente superior en efectivos y en armas. Sabe que quien se rinde es declarado traidor, sabe que no hay clemencia para los traidores aunque la traición alegada no haya existido nunca; sabe que nadie escapará a la terrible severidad del tirano. Todos tiemblan ante su ceño tormentoso. Todos, los deudos más próximos, los colaboradores más abyectos, los Ministros, el obispo al frente del clero, los generales condecorados por valientes a toda prueba. Nadie está a salvo o exento de su saña cuando llega el momento de ejercerla.

     Juliana tiembla por su heroico esposo, teme el oprobio, teme la feroz vindicta, teme el Tribunal de Sangre, las torturas.

     ¿Qué pasará si hoy Humaitá sucumbe, si el enemigo poderoso irrumpe entre los escombros y abruma a los últimos defensores?

     Entre tanto se estrecha el cerco de la plaza; la escuadra Imperial que ya no ha de temer una artillería en su mayor parte silenciada, concentra sus fuegos sobre las ruinas de mayor altura, sobre lo que no se ha venido abajo del todo.

     El Coronel Martínez sigue no obstante combatiendo. Los que aún pueden empuñar un fusil, heridos mal curados, ancianos, mujeres, niños, hacen fuego cada vez más esporádico.

     Y un día llega la noticia al Cuartel General: Humaitá ha capitulado: el Coronel Martínez ha entregado su espada; el vencedor, reverente ante el prolongado heroísmo de la plaza y su jefe, rinde solemnes honores a los vencidos.

     El Mariscal inmediatamente declara traidores al héroe de Humaitá y su esposa: la joven Juliana -tiene apenas veinticuatro años- la bellísima Juliana Insfrán de Martínez, es arrestada y puesta en prisión. El terror es indispensable -juzga el caudillo- para prolongar indefinidamente la lucha contra el invasor.

     Juliana, cargada de cadenas, comparece ante el Tribunal; debe ella confesar que su esposo es un traidor y que ella misma es una traidora. Tenazmente la acusada niega la inculpación; ella no va jamás a renegar del heroísmo de su esposo con una deslealtad, con una falsía. El Tribunal recibe orden superior de violentar la terquedad de Juliana con golpes y azotes.

     Juliana persevera irreductible en su firmeza. Su esposo es un patriota, es un héroe, es un gran héroe. El Tribunal vuelve a informar al poder supremo sobre esta impávida negativa. Llega nueva orden superior que exige más azotes hasta que confiese la enjuiciada su culpa y la de su esposo. El jefe de los esbirros manda darle «de sesenta a ochenta nuevos azotes». A Juliana, mujer joven -hemos dicho que no ha cumplido aún veinticinco años- y de belleza nada común, atormenta el temor de que una herida que le han hecho sobre un ojo la desfigure para siempre; pero persiste inconmovible en su actitud; su esposo es un héroe, un gran héroe, repite con vehemencia. Y entre los golpes que menudean cada vez más crueles, ya todo su blanco cuerpo ensangrentado, grita que el Coronel Martínez honra a su patria. El Tribunal entonces la hace poner en el cepo Uruguayana: sus huesos ahora crujen entre el hierro y la madera que la van torciendo y encorvando más y más. La sangre le brota de numerosas heridas del cuerpo exprimido por el cepo. Juliana grita contumaz que la acusación es falsa, criminal, que su marido lejos de ser un traidor es un valiente. Y no flaquea un solo instante en el suplicio cada vez más cruel. Y cobra nueva energía, cuanto mayor es el sufrimiento, para repetir una vez más, y más, el grito insofocable: «¡Es un héroe!»

     Dispuesto el careo con pérfidos acusadores, Juliana halla nuevas fuerzas para defender y exaltar al guerrero de Humaitá.

     Elisa Lynch vive aquellos días angustiada y hermética. Odiada por una sociedad a que ha sido impuesta como Primera Dama siendo como es la mujer libre que el dictador se trajo de París, sabe ser buena amiga. Sufre por Juliana cuya inocencia le es evidente; pero sabe forzar una sonrisa ante la corte de Ministros y jefes militares del Cuartel General; y esconde detrás de la sonrisa de su bello rostro el gran dolor que le causa su joven amiga, a quien no puede socorrer, por quien no puede interceder en un «caso de traición», como llaman el de Juliana Insfrán.

     Y acontece que llega el día del cumpleaños de la irlandesa -de «la inglesa»- como erróneamente la llamaban a espaldas suyas. En el Cuartel General se organiza un banquete con que el dictador va a honrar a su concubina. El Mariscal, los altos dignatarios militares y civiles rodean la mesa de fiesta con vajilla de plata y copas de cristal.

     -Señora -pregunta el caudillo levantando una copa de champaña: ¿qué regalo le haremos a usted el día de su cumpleaños? Sus entorchados brillan a la luz de las lámparas; el líquido dorado burbujea en el luciente hueco de cristal. Los ojos negros del tirano inyectados en sangre, ojos que no parpadean bajo el ceño adusto y que más que interrogar galantemente parecen ordenar en forma perentoria.

     -Señor -responde la Lynch-. Yo le pido que salve la vida de Juliana, mi amiga, mi mejor amiga...

     Una voz inflexible la interrumpe: -¡Imposible, señora! ¡Hoy ha sido pasada por las armas!


     Arrastrada desde su yacija hasta donde la espera el piquete de fusilamiento, la descarga la tumba sobre unas raíces que sobresalen al pie de un árbol. Antes que un vómito de sangre la acalle para siempre, Juliana puede articular audiblemente: -¡Es un héroe, es un héroe, es un hé...!



 

EL ANILLO DEL MUERTO

 

     -Ustedes han de saber que Villa Montes era el último sostén que en marzo de 1935 tenía Bolivia en el Chaco. Villa Montes fue fundada por la compañía alemana Staud, con sede principal en Buenos Aires. La plaza tenía que defenderse a todo trance. Si caía Villa Montes quedaría expedito el camino a Tarija, ciudad importante. Algunos jefes bolivianos rehusaron la responsabilidad de asumir su defensa. Por fin la asumió Bernardino Bilbao Rioja. Estaba con él Óscar Moscoso. Bilbao Rioja demostró ser un verdadero jefe. De él dijeron después de la guerra los ex combatientes de la Asociación de Veteranos de su país que «era el único jefe que vino de la campana del Chaco con el respeto y admiración de la tropa y de los oficiales jóvenes».

     Unos aseguran que la guarnición de Villa Montes constaba de veinticinco mil hombres. Yo [96] creía en marzo de 1935 que eran menos; unos dieciocho mil. Bilbao Rioja organizó la defensa de la plaza con suma eficiencia. Bajo su mando estas fortificaciones resultarían inexpugnables. Nunca Bolivia concentró tantos cañones para una batalla inminente. Las alambradas de púas, de un metro o más de alto, formaban una espesa barrera de acero trenzado de un anchor que las hacía más temibles. Detrás de las alambradas se cavaron hondos pozos con abrojos de hierro disimulados con ramas. Si alguien lograba salvar aquellas infranqueables masas de acero infinitamente punzantes, caería en estos bien encubiertos pozos.

     El campo de tiro raso, sin un herbaje, cubría una distancia de unos cien metros entre las alambradas y los baluartes erizados de nidos de ametralladora. Las automáticas podían barrer ese campo como invisibles, múltiples rastrillos de plomo ardiente encamizado en acero; y no dejaban un resquicio libre de su acción mortífera.

     Yo, mis queridos amigos, aunque ya era un oficial fogueado, acababa de cumplir veintiún años. Egresado de la Escuela Militar como Teniente 2.º de Reserva, me habían ascendido en nuestra última victoria -la del Carmen- a Teniente l.º Perdonen la inmodestia; pero debo añadir que el ascenso fue por méritos de guerra y que fui nombrado varias veces en el orden del día. Ahora comandaba una compañía del Regimiento Ytororó.

     Cuando llegué al frente y observé el futuro campo de batalla con mi catalejo, me sentí pesimista. ¿Cómo pasar a través de aquellas alambradas?

     No teníamos esas herramientas cuyo uso enseñan los libros militares: unas tijeras o tenazas con que cortar los alambres en la oscuridad de la noche. No las teníamos y no las podíamos conseguir. Desde los innumerables nidos de la trinchera enemiga, una rasante granizada de acero y plomo no cesaba de venir hacia nuestros cuerpos cuando conseguíamos ocultarnos, nunca del todo, en alguna depresión del terreno. ¡Aquel fuego horizontal, vertiginoso, nunca lo había visto yo tan compacto, tan sin tregua! Esto, digo, sucedía a ras de tierra. Desde arriba llovían granadas de cañón y granadas de mortero. Infinitos cañones, más cañones que morteros, ensordecían el campo de horizonte a horizonte. Nosotros teníamos cañones, pero cañones mudos: el ocho de aquel funesto marzo nuestros cañones dispararon las nueve últimas granadas sobre Villa Montes.

     Mi Regimiento, el 2 de Infantería Ytororó, como ya dije, al mando del valiente Julio César Zarza, se arrojó contra aquellas fortificaciones con veterana audacia. El fuego rasante multiplicó su furia desde las trincheras enemigas. Y arreció el espesor del fuego aún más tonante desde arriba. El estampido de las granadas se convirtió en un solo trueno largo, ininterrumpido que no permitía oír otra explosión: todo el estruendo que sacudía cielo y tierra lo absorbía el cañoneo en enorme crescendo. Y se abrían de súbito, hondos cráteres, y se alzaban trombas en todo nuestro frente, trombas de arena y arcilla enrojecidas por la sangre de los nuestros.

     Yo había conjeturado que las alambradas eran infranqueables, pero obedecía sin vacilaciones la orden de atacar al frente de mi compañía. No avancé mucho tiempo por el campo sacudido como por un terremoto. Caí. Y no recuerdo nada más de aquel día terrible. Los camilleros al llegar la noche debieron de sacarme del campo y llevarme al Puesto Sanitario de Agua Blanca, a tres kilómetros del lugar de mi caída. Así debió de ser.

     El Puesto Sanitario de Agua Blanca no daba abasto para tantos heridos, muchos de los cuales llegaban al puesto ya moribundos, en camillas sanguinolentas, hasta cerca de la gran tienda de campaña en que operaban el Dr. César Gagliardone y sus ayudantes. El Dr. César Gagliardone, hombre alto, moreno y enérgico, no descansó en tres días con sus noches. La sangre de los operados chorreaba de sus guantes de goma y formaba oscura mancha roja en su delantal. No era posible cumplir con las exigencias asépticas de la cirugía. El médico militar no podía suspender su tarea acosado por los gritos y lamentos de tanta carne destrozada. Pero al tercer día del malhadado asalto a las alambradas, tuvo que hacerlo para disponer personalmente que los heridos ya atendidos fueran llevados a retaguardia y los muertos llevados al cementerio. Debía él redactar un informe sobre las bajas y había que identificar a los vivos y a los muertos que, a la intemperie, rodeaban el Puesto Sanitario.

     El cirujano recorrió primero la larga y muda hilera de cadáveres separada a dos pasos de distancia de la hilera quejumbrosa de los heridos; lo acompañaba un enfermero que anotaba el nombre, la jerarquía y la unidad en que habían militado los difuntos y los vivientes.

     Hacía ya una hora que trabajaba en esta labor, cuando entre los rígidos cuerpos yacentes se inclinó sobre un rostro muy blanco con unas manchas de sangre endurecida. Ese rostro le pareció familiar. Luchando contra el sueño que lo atormentaba, lo observó con mayor detenimiento. Sí, ese rostro era de su amigo y un tiempo vecino, el Teniente Ariel Cantero, conocido combatiente del Regimiento Ytororó. Un camión esperaba a que terminara la inspección final del médico. Este camión era el camión de los muertos. Como algunos heridos muy graves fallecían, allí, había que cambiarlos de hilera, esto es, llevarlos a la de los muertos.

     Al concluir su tarea el médico volvió al lugar en que yacía el cuerpo de su amigo el Teniente Ariel Cantero. Soñoliento, febricitante, Gagliardone recordaba sus partidas de ajedrez, años atrás, con Ariel, su adolescente vecino. Recordaba la mano derecha del mocito de entonces, en que brillaba un grueso anillo de oro; esa mano se movía nerviosamente sobre las fichas negras o blancas según el color con que a él le tocaba jugar. El Dr. Gagliardone asió la mano derecha del difunto, toda ensangrentada. Y advirtió que en el anular tenía su grueso anillo de oro. -Lo llevaré a sus padres -pensó el doctor extrayendo la joya-. -Adiós, Ariel -murmuró en voz muy baja-.

     En ese instante se detuvieron a su lado dos camilleros:

     -¿Se puede ya, doctor?

     -Sí, llévenselo. Ya le saqué el anillo que llevaré a sus padres...

     Uno de los camilleros abrazó las largas piernas del teniente; el otro lo tomó por debajo de los hombros.

     Y fue en ese momento cuando Ariel Cantero volvió en sí, con un gemido.

     -Agua -dijo dos veces-. Y volvió al desmayo.

     Allí mismo le acercaron a la boca exangüe el gollete de una cantimplora. Conducido a la otra hilera, a la de los vivos más cercana a la tienda de campaña, la de los que iban a ser operados, Cantero recuperó el conocimiento.

     El médico Gagliardone -entonces Teniente 1.º de Sanidad y treinta años más tarde, General, curó las dos heridas que tenía su amigo. La primera, minuciosamente lavada y luego vendada, no era grave. La otra sí lo era: un proyectil se le había alojado muy cerca de la columna cervical dejando a su paso a través de la carne desgarrada pequeños trozos de huesos astillados.

     -Aquí en el frente, imposible extraer este proyectil -sentenció el médico sacándose la máscara por breve instante. Unas hábiles pinzas extrajeron sí, de la herida todos los fragmentos óseos.

     Terminada la larga operación, el cirujano volvió a poner en el anular de la diestra de Cantero el anillo de oro que él había creído salvar de la tumba en el desierto. El anillo tenía las iniciales A.C.

     El camión de los muertos partió entonces sin Ariel Cantero para el cementerio de improvisadas cruces.

     (Esta es la breve historia que cincuenta años después del asalto a Villa Montes nos refirió el veterano, hoy abuelo de muchos nietos. Mientras hablaba hacía girar con dedos de la izquierda el anillo de oro en la mano derecha salvado como su dueño, de la sepultura en el desierto).

     1996



 

A NIHJA: IDA Y VUELTA: UN VIAJE EN LA CUARTA DIMENSIÓN

 

¡Yo no sé si este mundo de visiones


vive fuera o va dentro de nosotros;

     

pero sé que conozco a muchas gentes


a quienes no conozco!


G. A. Bécquer




     ¿Dónde estoy? ¿Cómo he llegado aquí? Esta ciudad no parece una ciudad. Las casas bajas, chatas, escalonadas en la ladera de la montaña no tienen techos sino terrados o azoteas. No se ven tejas por ningún lado. Se llega a esas casas por caminitos de tierra blanca. Y las calles son tierra blanca.

     Pasó allá lejos una caravana de camellos. Los jinetes como envueltos en sábanas, llevaban turbantes.

     Stella está acostada en un diván de almohadones forrados con telas lujosas de un verde bordado en oro. Saturan el aire perfumes nunca olidos. Pebeteros, junto a las paredes, vierten un humo tenue, suave. El salón es muy grande, de unos veinte o más metros de largo y de unos ocho o nueve de anchura. Si Stella mira hacia el extremo norte del salón, una amplia puerta abierta de par en par deja entrever un paisaje exótico. Es el de la ciudad que no parece ciudad como las otras ciudades.

     Dentro del salón a uno y otro lado y todo a lo largo de él hay encendidas lámparas de bronce. Y los tapices que adornan las paredes hasta el techo y las alfombras carmesíes que cubren todo el piso, absorben, cree Stella, mucho de las luces, y el recinto resulta penumbroso.

     Advierte, ahora que está más despierta, la existencia de varias puertas laterales cubiertas de rico cortinaje. Las puertas han de conducir a habitaciones interiores a derecha e izquierda. De una de estas puertas, la más próxima al diván de Stella, viene hacia ella alto, elegante, atildado en el vestir, como siempre, el misterioso don Elías. No lo ha visto abrir la puerta y ya está frente a ella tendiéndole una diestra vigorosa y caliente. Después del saludo don Elías tuerce hacia la izquierda y desaparece por una de las acortinadas puertas, silenciosamente. Stella lo ha mirado a los grandes ojos negros y en la amplia sonrisa le ha visto el brillo de sus cuidados dientes muy blancos.

     ¿No ha fallecido entonces, hace dos años, don Elías? Ella sí lo ha visto en su gran ataúd rodeado de flores, pálido, con la inconfundible palidez de la muerte. Allá, en el velatorio, vio muy de cerca a ese elegante señor, mientras sus dos hijas sollozaban enlutadas, y muchos parientes y amigos se aproximaban al catafalco para despedirse del difunto.

     Stella, que todavía siente en la mano derecha la presión fuerte de la de don Elías no ha dicho nada porque está demasiado atónita. Apenas recobrado el aliento, se levanta del diván y va hacia la puerta por la que ha desaparecido don Elías. Y ya va a cruzar el umbral cuando siente a sus espaldas una voz que la llama. Una voz sonora y amable. Stella se da vuelta y ve a dos pasos una mujer muy bien plantada, toda vestida de lustrosa seda color turquesa. El color de la seda cambia según la alumbre más o menos la luz de las lámparas de bronce. De unos cuarenta años, delgada y aristocrática, la mujer le sonríe mostrando una dentadura resplandeciente, y la mira con sus anchos ojos oscuros.

     -Me llamo Samira -le dice-. Tú debes ser Stella; mi hermana y yo te esperábamos hace ya tiempo. Sabíamos que llegarías sin previo aviso. ¡Bienvenida! Te vimos dormida profundamente sobre ese diván y mi hermana y yo decidimos no despertarte.

     Stella estupefacta, sólo atina a balbucir -Muchas gracias.

     -Pero ya tenemos preparada la colación de la tarde -agrega Samira señalando el sitio donde está el diván; y entonces, sólo entonces Stella advierte que junto al diván hay mesitas artísticamente ornamentadas con dibujos de bronce y encima de ellas unas golosinas que desde ese lugar no puede distinguir.

     La desconocida se acerca más a Stella y la abraza. Stella se siente envuelta en perfumes deliciosos y devuelve en las mejillas de Samira los besos que ésta le ha dado segundos antes.

     -Siéntate en tu diván, Stella. Has de tener apetito. Vienes de tan lejos, de más allá de dos mares...

     Stella camina hacia el diván y cuando toma asiento ve a Samira ya instalada en una silla no advertida antes. Samira le ofrece una taza humeante. El café, fuerte, le quema ligeramente la lengua.

     -¡Café maravilloso! ¡Nunca he probado uno igual! -exclama Stella sirviéndose un bollo o algo como un bollo-. ¿Cómo se llama este bollo, este bollo, o factura o qué sé yo? -pregunta Stella ya dueña de sí y muy a gusto con su nueva amiga. En ese instante entra en la sala otra mujer, un poco más joven que Samira. Su andar sobre escarpines es tan silencioso que no se la oye venir. Es Nadua, hermana de Samira.

     Stella la mira pasmada, deslumbrada por su belleza. Nadua también viste de seda, de seda dorada. Luce muchas joyas: un collar de auténticas perlas y, a ambos lados del rostro ovalado, pulido, pendientes de diamantes. Sus largas, finas manos de nacaradas uñas lucen anillos de piedras fulgurantes.

     Nadua, de cabellera castaña, es casi rubia; sus ojos de color turquesa miran con suave dulzura. Stella se dice que jamás ha visto mujer tan deslumbrante. Nadua, sonriente se inclina sobre Stella y, como su hermana, la besa en las mejillas.

     -Yo ya temía que no vinieras nunca -murmura Nadua con voz acariciadora-. Tu amiga Lisa nos ha hablado tanto de ti, nos ha dicho muchas veces que nadie como tú descubre el secreto de las almas cuando solicitan tu ayuda, cuando te piden consejo.

     Samira observa en Stella la mirada de muda admiración a las joyas de Nadua y a las de sí misma.

     -Lisa nos ha contado que te gustan mucho las joyas. Te mostraremos algunas que fueron de nuestra bisabuela y que están fuera del comercio -agrega con una sonrisa picarona.

     Y al terminar la colación llevan a la huésped a una salita cuya puerta se abre no lejos del diván. -Te mostraremos anillos, collares, ajorcas y zarcillos que nos vienen de muy lejos -ha dicho Nadua, mientras ella y Samira sacan de un cofre de perfumado sándalo varios estuches de hilos de oro entretejidos.

     Stella no puede resistir la tentación de probarse unas sortijas de diferentes piedras preciosas. Las examina con arrebatos de placer; se las prueba, y en seguida se las saca no sólo para probarse otras sino para que no crean las dos hermosas mujeres que ella quisiera quedarse con alguna de las sortijas.

     En esto estaban las tres cuando una fuerte voz varonil suena en la sala contigua:

     ¡Samira! ¡Nadua!

     Es don Elías vestido de punta en blanco que les dice: -No me esperen para la cena porque me invitan a un banquete en la vecina ciudad de Habla...



     Apenas se marcha don Elías cuando Stella se encuentra sola, en su propia cama, en la oscuridad de su dormitorio. Medio dormida aún, enciende una luz, ase el tubo del teléfono y marca el número de su amiga Lisa.

     -¡Lisa! ¡Lisa! ¡Un sueño extrañísimo! Soñé con una ciudad de casas sin tejados y de calles blancas, calles de tierra blanca... Yo estaba en una casa de muchos tapices y alfombras. Allí conocí a dos mujeres hermosas, Samira y Nadua...

     -¡Son tías mías! -dijo Lisa con asombro.

     Stella vaciló un rato antes de agregar: -Lisa: tu papá no ha muerto. He estado con él. Muy alto y fuerte... Me ha tendido la mano...

     -Stella -sonó una voz medio adormilada que de pronto se hizo un grito-. Son las seis de la mañana. Te voy a visitar ahora mismo. Llevaré fotografías. Has estado en Nihja, a dos horas de Beirut. En El Líbano.

     Lisa llega a casa de Stella(3) en quince minutos. Excitada, feliz, lo primero que hace es mostrar a su amiga fotografías de Nihja y de la casa de los tapices carmesíes, la casa de Samira y Nadua.

     -Sí, sí -grita Stella-. ¡Así es la ciudad en que estuve, así la casa del diván! Y cuando Lisa pasa a Stella retratos de Samira y Nadua, -¡Samira y Nadua! -grita Stella y se lleva ambas manos a la cara.

     -¿Y ese anillo, Stella, -pregunta Lisa intrigada.

     -¿Qué anillo, Lisa?

     -El que tienes en la mano izquierda. Es un anillo del Líbano.

     Stella se mira la mano izquierda:

     -Yo no lo robé -balbucea con estupor-. ¡Yo no lo robé...!

     1996



EL CURADOR PERPETUO


     Gabriel tenía un impreciso recuerdo de Da. Rosa Guridi, fallecida antes que él cumpliera los cuatro años. Recordaba, sí, vívidamente, la mañana de marzo en que la quinta de las afueras fue invadida por una multitud de hombres y mujeres de negro que llenaban salones y galerías; recordaba los carruajes cuyas ruedas se entarquinaban en los patios anegados por lluvias recientes; recordaba a su padre, de pie junto al catafalco, rodeado de dignatarios. Fue en aquel lejano marzo cuando don Gaspar Guridi pareció advertir, por primera vez, la existencia de su hijo. Perplejo de encontrarse viudo y con la directa responsabilidad del huérfano, vio en este más que el heredero de su nombre y su fortuna, el futuro Curador del Museo. Del Museo y Biblioteca Gaspar Guridi.

     El prócer cedería al Estado, apenas su hijo llegara a la mayoría de edad, en virtud de una venta que más que venta sería donación, el gran edificio que ocupaba toda una manzana en el centro de la ciudad. El edificio, con todo lo atesorado en su ámbito, se entiende.

     Alto y fornido como un granadero, siempre arropado en levitas negras tanto en verano como en invierno, siempre tocado de chisteras de copa reluciente y, en la diestra un bastón que por dentro escondía una hoja de acero aguzada por la punta, don Gaspar intimidaba con su figura arrogante, su fama de duelista, su aire altanero de reto y desdén. Las asonadas que acaudilló, las polémicas parlamentarias y periodísticas en que ventiló desfalcos y chanchullos, los libelos en que prodigó incriminaciones y vejámenes, le valieron odios, persecuciones y destierros.

     A despecho de su talante provocativo y querelloso, era un erudito y un polígrafo de cultura clásica y moderna, miembro de respetadas academias extranjeras y autor de obras que circulaban en varios idiomas.

     Su hijo Gabriel, tras la muerte de Da. Rosa, no tuvo otro hogar que el Museo, ni otra escuela que el Museo ni otro ámbito de juegos que el patio del Museo. El patio, coronado de cóncava techumbre de cristales multicolores, imponía con su despliegue marcial de artillería antigua. Allí, tornasoladas en la luz cernida por los cristales, baterías de cañones de bronce, emplazadas como para entrar en acción, abrían sus bocas que, medio siglo antes, habían llameado fragorosamente durante una dilatada guerra perdida.

     En el piso más alto del Museo, Gabriel tenía un dormitorio alfombrado de rojo. Cubría la cama, más que centenaria, un dosel de damasco. Muebles, tan antiguos como la cama, se adosaban a los testeros de que colgaban retratos de generales y eclesiásticos. En el palazzo renacentista, no lo suficientemente espacioso para tantos trofeos, tantos lienzos, tantas esculturas, tantas vitrinas, tantos muebles, tantos tapices, Gabriel oscuramente sintió que el Mundo era un Museo, una muda cárcel lujosa cuyo lujo, a menudo tétrico, proliferaba, piso sobre piso, en un ordenado esplendor salvado de la muerte. No había allí un cuadro, una estatua, una joya, una espada que no fuese obra, imagen o reliquia de difuntos ilustres y que no evocase el abolido ardor de una sucesión de pasados que se eternizaban allí en series de siglos, salones tras salones.

     Cuando Gabriel llegó a la mayoría de edad, don Gaspar lo hizo venir a su despacho. Sentado a su mesa escritorio cubierta de cristal sobre el que, a ambos lados, en sujeta-libros de bronce se erguían diccionarios políglotas, y en cuyo centro había un tintero ornado con las Tres Gracias fundidas en oro, don Gaspar encajaba el mentón voluntarioso en el cuello abierto en aletas triangulares duramente almidonadas. Los bigotazos descendían hasta el almidón; los ojos grises se fijaban en los tímidos ojos azules del mozo.

     -He donado el lunes el Museo y la biblioteca. Los periódicos informan sobre una venta. Falso. Usted sabe que este país de ignorantes en perpetuo desgobierno y cuartelazos, desquiciado por políticos angurrientos y venales, no puede pagar el precio de lo que yo en cuarenta años he acumulado invirtiendo varias fortunas. Sólo he exigido que, en el curso de cinco años a partir de mi muerte, el Estado entregue a mi heredero la bicoca de diez millones de pesos llamados fuertes. Por cláusula especial del documento de cesión, hoy convertido en ley del Congreso, usted será, cuando yo muera, Curador Perpetuo del Museo y Biblioteca Gaspar Guridi. Usted está bien cualificado para serlo. Yo y los preceptores contratados en Europa le hemos enseñado lo suficiente.

     Gabriel, la vista baja, escuchaba en molesto silencio. Un último sol amarilleaba en los vidrios del ventanal flanqueado de cortinones carmesíes.

     -Yo quisiera ir, si es posible a Europa, para visitar museos -atinó a decir Gabriel con voz insegura.

     -Eso lo hará usted si lo juzgo necesario, dentro de un año o dos. Desde hoy en adelante usted asumirá, bajo mi vigilancia, la responsabilidad directa de todo el personal; elaborará, con ayuda del Sr. Lenau, un nuevo catálogo con las aportaciones recientes. Yo le pagaré de mi bolsillo una suma igual a la del sueldo que por ley recibirá usted a mi muerte como Curador Perpetuo. En un banco de Londres habrá una cuenta en libras esterlinas a su nombre. Será todo el dinero efectivo que nos quede. Espero que ellas sirvan en alguna eventualidad...

     El prócer encendió un habano.

     Gabriel, alto, larguirucho, cargado de hombros, la frente sudorosa, pidió permiso para retirarse. Quería volver cuanto antes a su pupitre de la Biblioteca; sentía que eran órdenes y no favores lo que recibía; optó por acatarlas sumisamente sin dar las gracias.

     -Mañana usted ocupará este despacho -anunció don Gaspar agitando el habano sobre un cenicero hasta hacer brillar la brasa. Luego agregó: -Sólo cuando vengan visitantes de rango yo estaré aquí, como si este siguiera siendo mi escritorio. Desde mañana tendré el mío en la Biblioteca.

     -¿Puedo irme ya?

     -No. Espere un momento. Usted, también desde mañana, no vivirá más en su cuarto allá arriba. Usted irá a vivir en nuestra quinta. El que ha sido su ayo y el ama de llaves lo acompañarán. Los muebles que usted ha usado todos estos años son, como usted sabe, reliquias históricas. Ya he dispuesto que sean llevados a la Sala II, donde los esperan los retratos, uniformes, medallas y espadas del General Espejo. Ocúpese usted de hacer limpiar todo eso y vea si el tapizado del sofá y los sillones necesita restauración.

     Formado por preceptores extranjeros y por su padre que los dirigía e importunaba con sus exigencias -exigencias para con ellos y, sobre todo, para con él, el hijo que tenía un destino prefijado, Gabriel nunca asistió, como queda dicho, a ninguna escuela pública o privada. Su educación para ser perfecta según criterio de don Gaspar, debía desarrollarse exenta de toda contaminación de mediocridad y estupidez; debía nutrirse, desde un comienzo, de la sabiduría de los antiguos. Ya saturado de cultura clásica, sería el futuro Curador iniciado en disciplinas modernas merced a un anticipado aprendizaje de lenguas vivas. Para sorpresa de los graves amigos de don Gaspar -aunque no de este para quien un Guridi tenía por fuerza que ser excepcional- Gabriel reveló pasmosa facilidad en sus estudios bajo aquellos maestros importados de Europa, como también de Europa se habían importado las más costosas arañas del Museo. A los diez años leía arduos textos griegos y latinos; a los doce los comentaba en cuadernos que el muchacho, por orden del padre, llenaba con prolija y nítida caligrafía.

     Cada anochecer don Gaspar ordenaba que su hijo bajase de la Biblioteca con uno o dos de sus preceptores, según las materias sobre que había versado principalmente la jornada. En el coche tirado por un tronco de caballos blancos, el paseo por la ciudad y sus afueras solía durar más de una hora. Nunca otro niño ni después otro adolescente fue invitado a acompañar a Gabriel. Sólo uno o dos preceptores, a veces tres, eran invitados. Don Gaspar, calada la chistera hasta las cejas, las manos sobre la empuñadura del bastón-estoque, dirigía el ambulante diálogo. De vez en cuando tomaba la palabra y no la soltaba hasta el fin del paseo. Entonces Gabriel quedaba absorto y maravillado por el ingenio mordaz y el chispeante, aunque insólito, humor festivo de su padre. Entonces, si el coche pasaba entre muchachos vocingleros y felices que jugaban a la pelota de acera a acera, Gabriel ni siquiera reparaba en ellos.

     Con este apartado debería haber comenzado la historia de Gabriel Guridi; por torpeza narrativa de quien la escribe, la introducción ha de parecer, si no innecesaria, muy larga. Lo grave es que ignora lo más importante. Hasta ahora ni siquiera he mencionado a la Mujer con la mano al pecho, el cuadro más celebrado del Museo. De autor anónimo, ningún perito atinó a identificar ni a conjeturar con algún fundamento la identidad del pintor; tampoco se pudo identificar a su modelo. En el ángulo inferior derecho se descifraba una fecha apenas discernible: 1849. Pero más que orientar a los expertos, la fecha los despistaba. Ningún pintor en ningún país pintaba así hacia 1849. La Mujer con la mano al pecho se retraía en su enigma con inquietantes ojos verde azules; su mirada fulgía en irónico desafío para aquellos a quienes intrigaba su misterio. Una apenas perceptible sonrisa corregía la gravedad algo triste del semblante y acentuaba la esquivez burlona de aquel como desafío en la mirada enigmática. Una mano, la mano izquierda, perfectamente pintada, perfectamente viva en su hermosura, posábase sobre el seno henchido como para serenar una agitación interior. Pero no sólo las excepcionales cualidades pictóricas, no sólo la extremada belleza de la modelo, no sólo la identidad irrecuperable del pintor y su modelo constituían su más poderosa atracción. Había en la Mujer con la mano al pecho una vitalidad como incompatible aunque esencial a su ser; toda ella parecía pugnar por salirse del cuadro, toda ella vibrar, oscilar, rebelde a las dos dimensiones y desmentir, con imperiosas fuerzas latentes en su cuerpo, la languidez entre desafiante y melancólica de la mirada, la gravedad del semblante en que la leve sonrisa se diluía con equívoca laxitud.

     Gabriel la vio por primera vez la mañana en que, recién llegada de París, la Mujer con la mano al pecho ocupó un sitio de honor en la Sala VII. Tenía él dieciséis años; su adolescencia demasiado precoz, de sensibilidad excesiva desarrollada bajo una disciplina también excesiva, sufrió un sobresalto. El cuadro le produjo una emoción jamás suscitada por ningún otro cuadro; intuyó que esa persona no le era desconocida; sintiose próximo al umbral de un mundo ajeno a los demás pero no inaccesible para él. ¿Podría dar un paso y cruzar ese umbral, sobre todo si él oyese una voz de anticipado timbre de esos labios, noche tras noche, obstinadamente mudos?

     Desde aquella mañana, con temor, con zozobra, comprendió que él ya no era el de antes o que, en rigor otro que pensaba, imaginaba, recordaba, cosas que él nunca había pensado, imaginado, recordado; otro, en fin, que a él había transmigrado. Más de una vez, en la noche, mirándose al espejo le pareció ver una cara que no era la suya.

     Nadie advirtió en Gabriel cambio alguno; él extremó la reserva de su carácter tímido y apocado; él siguió siendo para los demás el mismo de siempre.

     Muchos años después, descubiertos los reticentes apuntes que trazó durante noches insomnes, sus lucubraciones extravagantes fueron tomadas por pasatiempos de hombre raro, de erudito solitario. Entreverados con recibos y cuentas no pagadas, los apuntes esbozan la biografía de un personaje histórico o ficticio, y abundan en sucesos que más parecen sueños que relación de experiencias vividas en la vigilia. Jamás en ellos se habla del Museo; el personaje asume identidad borrosa y varia; se mueve, además, en épocas distintas. Una mujer siempre de algún modo presente en cada hoja amarillenta insinúa tener algo que ver con la de la mano al pecho. Tal ha sido, por lo menos, mi sospecha al leer y releer los apuntes. No obstante, en muchos episodios la mujer es una con rasgos apenas reconocibles como para relacionarla con la del retrato; en otros, es otra.

     Hay una historia de amor; pero esta historia se pierde o envaguece; hay fechas minuciosamente completas: hora, día, mes, año, hay ambientes de ciudades que no son de esta región del mundo; hay interiores prolijamente evocados que tampoco son nuestros; hay encuentros, hay despedidas, hay sueños; sobre todo, sueños. Hay, cabe insistir, una vacilante conexión entre hechos que se suponen acaecer en un siglo y luego continuar o repetirse en otro; hay largos diálogos incoherentes sobre promesas no cumplidas y cuyo incumplimiento se reprocha; hay diálogos breves y precisos de apasionadas palabras.

     Un cuadernillo de varios folios de papel timbado -la pieza mejor escrita- evoca un paseo por un bosque. La letra, firme y clara, no es igual a la de los otros pliegos; una pareja avanza lentamente entre los árboles de ese bosque; ella lleva un vestido a la usanza del tiempo en que fue pintado el retrato; él, frac azul, chaleco blanco, cadenillas de oro sobre el pecho. Al fin del paseo, en un claro del bosque, espera un carruaje. La descripción del carruaje ocupa una página y abunda morosamente en pormenores. Ella sube al carruaje; una enlutada la recibe con un abrazo convulsivo, llorando; él se queda en el claro del bosque; tiene en la diestra un pañuelo húmedo; en el ojal del frac, una gardenia. Mutis.

     La secreta agonía de Gabriel Guridi comenzó a los seis años de la muerte de su padre. Las libras esterlinas de la cuentas en el banco londinense se habían agotado; el Curador las había invertido en mantenimiento y mejoras del Museo y de la Biblioteca. Su sueldo, desvalorizado el papel moneda tras dos revoluciones campales y tres cuartelazos ruinosos, apenas alcanzaba para cubrir sus gastos. Sus trajes fueron pasando de moda y envejeciendo como él mismo envejecía atormentado por los gajes de la Curadería Perpetua. Imposible un decoro indumentario requerido en quien ejercía un cargo que en la ciudad equivalía a una suerte de magistratura al margen de la vida política.

     El Estado, por su parte, ignorando la deuda de millones al heredero del Fundador, dejaba que Gabriel Guridi se las arreglase como pudiera.

     De otro lado, la fama de riqueza de los Guridi, justificaba en el sentir de los sucesivos Ministros de Hacienda, la dilatada morosidad. ¿No era el Curador multimillonario? ¿No tenía en Londres y acaso en Zurich y Ginebra, cuantiosos depósitos que le darían una renta principesca? En este país -se repetía- los ricos ponen a buen recaudo, en Europa, sus dineros bien o mal habidos. ¡Guridi el Joven nada tenía en común con Guridi el Viejo; este era un gran señor duelista, turbulento y mujeriego, sí; pero rumboso y generoso; el hijo, un avaro que no comía huevos por no tirar la cáscara! Jamás -se murmuraba- jamás había dado una fiesta, ni siquiera una cena en la quinta; no se le conocía una mujer en su vida; vivía encerrado en su Museo deleitándose con los tesoros que se agenció su padre y quemándose las cejas en la Biblioteca no para aprender sino para no vivir, para distraer su avaricia y llenar sus días sórdidos con lecturas que a lo mejor lo hastiaban.

     Día tras día Gabriel contemplaba absorto aquellos tesoros puestos a su perpetuo cuidado. Los debía mantener intactos y, si era posible, acrecerlos. Era una misión tantálica. Nunca, ni en los días de mayor penuria, ni cuando se retrasaba el pago de su sueldo, nunca tuvo la tentación de vender una joya, un cuadro, un tapiz, aunque nadie pudiera advertirlo. Su frugalidad cada vez más severa y vergonzante iba acartonándole el rostro extenuado y hundiéndole los ojos azules.

     La quinta de las afueras no era más suya hacía tiempo; el nuevo dueño, un negociante alemán, le permitía vivir en ella por un plazo establecido en contrato escrupulosamente reservado. Nadie sabía esto en la ciudad. El precio de la quinta se había invertido ya en el mantenimiento de los tesoros ajenos.


     La Sala VII, tras el fallecimiento de don Gaspar, había sido transformada; muchos de sus cuadros pasaron a otras salas. Sólo unos diez cuadros se distribuyeron sobre las paredes tapizadas de seda, en forma tal que el observador no tuviera que detenerse casi sin transición frente a uno y otro lienzo. Gabriel quiso realzar la presencia de la Mujer con la mano al pecho, colocarla donde mejor se la pudiera contemplar. De día una claraboya vertía sobre ella colada luz solar; de noche, fanales ocultos la iluminaban exaltando su poder fascinador. Las más suntuosas cortinas, las mejores alfombras, los más delicados muebles de época decoraban la Sala VII. Si la Mujer alguna vez quisiera descender desde donde estaba, podría reclinarse muellemente sobre un largo diván al pie de ella, junto a una lámpara a gas que a veces él mismo encendía.


     Sus periódicas visitas al Ministerio de Hacienda lo humillaban sin que él quisiera confesárselo. Por ley le debían millones más que a él, a su Curadería; millones de pesos fuertes cada vez más débiles.

     -Señor Ministro, por Ley del Congreso -decía-. Usted sabe que, en rigor, la venta no ha sido venta sino donación de un filántropo, de un gran patriota acaso mal comprendido. El dinero, señor Ministro, en lo que me concierne, tiene poca importancia. Lo necesitan el Museo y la Biblioteca, que pertenecen al Estado y sólo están bajo mi cuidado...

     -Señor Guridi: usted es un hombre rico y generoso como su ilustre padre. ¿No podría esperar un poco más, hasta que mejore la situación?

     -Yo, señor Ministro -insistía el postulante incapaz de confesar su desesperada pobreza e inhibido por la comparación con el Fundador-. Yo por mí renunciaría a ese dinero si fuera mío y si yo pudiera hacer frente, solo, a tantos gastos urgentes...

     Las sonrisas de los sucesivos Ministros, aunque apenas insinuadas, lo desconcertaban. Adivinaba lo que cada uno de ellos prefería silenciar en su presencia. Sabía Gabriel, que cuando había fondos, gentes poderosas, civiles y militares, se los arrancaban al Ministerio; sabía que no creían en sus palabras, sabía que lo tomaban por rico y por avaro.

     Se enteró de todas las hablillas más crueles aunque vivía consagrado a su perpetuo empleo, evitando aun a sus pocos amigos y encerrándose después de cada jornada en su miserable tugurio.¡Era un avaro! ¡Era un neurótico! ¡Era un chiflado roñoso! De la quinta ya hacía tiempo ocupada por su secreto comprador, conservaba unos trastos viejos en su actual refugio del barrio más apartado, un tugurio al que llegaba día tras día furtivamente y del que salía, furtivamente, mirando a todos lados con sus tímidos ojos azules.

     Cuando muy temprano cada mañana entraba en su despacho del Museo y se sentaba desconsolado a su lujosa mesa de Curador, solía contemplar largo rato el retrato de don Gaspar que, en la pared frontera, entre cortinas carmesíes presidía el silencio suntuoso del salón. En los ojos grises del retrato nunca hallaba consuelo. Sólo encontraba solaz en la Sala VII, frente a la Mujer.

     Crudo el invierno de aquel año de luchas civiles. Lluvias incesantes convertían las calles de la capital en peligrosos raudales. Vehículos y peatones fueron arrastrados hasta las barrancas del río y de allí precipitados sobre su arrolladora corriente. Hubo varias muertes, hubo derrumbes, hubo manzanas enteras destruidas en los suburbios más pobres. La casa de Gabriel, que no era sino una cabaña de adobe de muros que sangraban a través del revoque claudicante, amenazaba venirse abajo desde sobre la colina fangosa en que con otros tugurios se encaramaba entre sucios taludes.

     Por el techo de la pieza que le servía de alcoba caían chorros de agua helada, rotas las tejas sobre vigas a medio pudrir. Había que mover el catre, cambiar de sitio el ropero destartalado, poner a salvo, sobre la única mesa, lo que se iba enlodando sobre el piso: la única maleta, los ficheros, las cajas llenas de papeles.

     Una noche de ululante ventarrón que golpeaba furiosamente las maderas de la puerta y las ventanas, Gabriel, convulsionado por una tos sin alivio hacía una semana, decidió ir al Museo para dormir las horas restantes en lugar seco y tibio. Esperó a que amainara el viento. A las once cesaron los aullidos en el techo y el golpeteo en las maderas. En las calles, los raudales que poco antes rodaban altos y espumosos sobre calzadas y aceras, corrían ahora con menos masa y violencia en arroyos casi transparentes paralelos a los encintados. Se puso el gabán antiguo de don Gaspar; buscó el paraguas a la luz del farol a kerosene y lo encontró mojado y telarañoso en un rincón. Los zapatos, de muy gastadas suelas, tenían quebraduras y agujeros. Introdujo en ellos plantillas que él mismo cortara del cuero de una maleta ya inservible; apagó el farol y salió.

     Tiritando, semi ahogado por la tos, llegó al Museo pasada ya la medianoche. Estaba empapado. La lluvia había vuelto a azotar la ciudad con furibundos ramalazos; nuevos raudales bermejos por la erosión reciente de colinas fangosas burbujeaban sobre todo lo ancho de las calzadas e invadían las aceras. Más de una vez resbaló al cruzar una calle y fue tumbado por las aguas.

     Chorreando sobre las alfombras mullidas del Museo llegó hasta la salita contigua a su despacho y allí colgó gabán, sombrero y paraguas. Tenía que penetrar en la Sala VII. Se sentía desvalido y enfermo; se veía sucio y zarrapastroso. -Un mendigo -pensó. -Soy un mendigo. Pero había determinado refugiarse en la Sala VII; allí iba a descansar entre cobijas; allí iba a dormir, iba a dormir.

     Se detuvo ante la puerta, puso una temblorosa mano sobre el picaporte. Entonces razonó que podía presentarse de otra manera y no ser visto como estaba ahora sino como estaría después; iría primero a la Sala de los Próceres o, tal vez, a la Sala XII. Recordó ponchos militares bordados de oro, recordó engalonadas capas militares, recordó las almohadillas de fina tela sobre que reposaran cabezas de héroes difuntos. Vio brillar en su mente las cajas de cristal que guardaban estas reliquias y anticipó su tufo de alcanfor. Dio unos pasos hacia atrás y tuvo un vahído. Había que cruzar varias salas hasta llegar a la última, la Sala XII. Vaciló un momento; vio en un pasillo un sillón de respaldar y brazos dorados. No le importó ya manchar aquel terciopelo rojo tan bien preservado: se echó en el sillón y se inmovilizó en un desmayo. Debió de haber descabezado un largo sueño porque eran casi las dos de la mañana cuando, volviendo en sí, se encontró aterido, tiritando, sucio, en el Museo.

     En la Sala XII se vistió, por la cabeza un poncho de vicuña; luego otro poncho, también de vicuña y galoneado de oro. De una de las cajas de cristal más bajas sacó una manta gris; de otra, una almohadilla de campaña. Con paso lento, encendiendo y apagando luces a medida que entraba y salía de una y otra sala, llegó otra vez ante la puerta -la única puerta interior que estaba cerrada- de la Sala VII. Abrió nerviosamente la puerta; tendida ya la mano derecha hacia la llave eléctrica escondida detrás de la cortina, iba a encender las luces del techo cuando advirtió la luz que, a los pies del cuadro, formaba un círculo amarillo sobre la alfombra.

     -No enciendas las luces -dijo una voz cercana-. No hacen falta. Dormirás en el diván; yo velaré tu sueño.

     Hallaron el cadáver, ya endurecido en el diván. Una manta oscura, casi sin pliegues, lo cubría desde los pies hasta debajo de la barba canosa. En el rostro muy blanco, los cerrados párpados velaban una última mirada de gratitud.

 



EL DRAGÓN CAUTIVO

(1821)

 

     Anchas son las paredes de la cárcel; gruesa la única puerta de la celda; fuego la luz solar que calcina el patio de tierra colorada. En la puerta hay un ventanuco con barrotes de hierro. Por ese ventanuco entra un poco de mezquina claridad; por entre los barrotes se ven los naranjos del patio abrillantados por el mediodía. Los naranjos de los fusilamientos.

     El prisionero mide infatigablemente, con seguros pasos, el área enladrillada del piso. Está y no está solo. Un rumor militar llena la caldeada atmósfera. Un rumor militar de jinetes al galope, de sables entrechocantes y de humosos, lejanos, estampidos de cañón. Pero son alucinaciones. Son batallas que reviven en la fiebre de una mente cautiva; vuelos de cóndor soñados desde una cueva oscura.

     Allí lo tiene encerrado el Dictador desde la madrugada en que los esbirros llamaron a siete puertas de la ciudad dormida.

     El prisionero es rubio, corpulento; ni la delación, ni el desengaño, ni la impotencia, nada ha apagado la dura altivez de su mirar azul. La barba dorada, crecida desmesuradamente en el cautiverio, parece negra en la semi oscuridad. En el corredor suenan los pasos del centinela. Cada tres minutos el ventanuco se oscurece fugazmente al paso del soldado que lleva el alto fusil con la bayoneta calada.

     ¡Jornadas victoriosas del año Once, en aquel enero abrasador y en aquel benigno marzo! El cautivo se ve a sí mismo sobre poderoso caballo negro que vuela hacia el enemigo bajo el resplandor del largo y corvo sable que va cortando círculos en el aire. Ve los oros de su uniforme de gala brillar al sol estremecido del combate; ve filas de infantes enemigos, caladas las bayonetas, bajar los tubos de sus fusiles para hacer puntería sobre él y sus dragones; ve el choque de la caballería arrollar las masas de infantería que ya piden cuartel; ve un vasto desbarajuste de innumerables cuadros poco antes atronadores en súbitas humaredas y ráfagas de fuego; ve la estampida de escuadrones en fuga; ve el disiparse del polvo y del humo; ve las banderas tomadas, ve y oye el clarín que brilla de victoria.

     El prisionero se detiene; va hacia el camastro y se tira en él. Cuenta vagamente las vigas del techo y ve otras cosas.

     Pálido, frío, inexpresivo, un hombre de muy cuidada peluca, frac azul y hebillas de plata en los zapatos negros, sentado a su bufete, escribe con una pluma alta. La puerta del gabinete está abierta; dos centinelas inmóviles, a uno y otro lado de la puerta, bajo el techo del corredor, se miran sin mirarse, frente a frente.

     El hombre del frac azul firma el pliego que acaba de llenar con letra arrogantemente perfilada. Con la pluma en alto, lee dos veces lo que ha escrito. Corrige el último renglón; convierte su punto final en una coma, y agrega tres palabras; y miserables traidores. Y entonces cierra el párrafo entero con un punto final. La salvadera vierte fina arenilla sobre el pliego. Se oye en el gabinete un nombre apenas inteligible porque la voz que lo pronuncia es ronca y destemplada. En el acto aparece una figura entre feroz y sumisa que se agacha abyectamente y murmura:

     -Excelencia...

     -La ejecución se anticipará en una hora.

     El prisionero ve su regreso triunfal a la ciudad; los cabildantes y el pueblo lo esperan en la polvorienta Calle Mayor; Matías Montes Claros comienza un discurso; cesan entonces las aclamaciones de la muchedumbre aunque aún sigan cayendo algunas flores en torno a su caballo.

     ¡Salvador de la Patria en jornadas inmortales...! Su monumento que ha de fundirse en bronce en todas las ciudades y villas...

     Lo enardecen los aplausos y los vítores y le distrae en seguida el revoloteo de aquellas palomas en torno de la torre de la Catedral cuyas campanas están echadas a vuelo.

     Desmonta del caballo negro; nota que aún hay huellas de sangre sobre el terciopelo brillante que es la piel negra. De entre los patricios se adelanta una figura adorable de mujer, tocada de mantilla; Delfina de Guzmán trae escarapelas con cintas de los nuevos colores patrios. Con largas, finas manos, le abrocha en la guerrera roja la escarapela. Los cabildantes forman ahora un círculo en torno de él y de ella. Sus oficiales han desmontado siguiendo el ejemplo del jefe y se unen al grupo.

     Delfina de Guzmán habla con voz argentina y suave; él no entiende lo que dice; son -sabe- palabras hermosas y emocionadas pero prefiere mirarla en silencio absorto en su cándida belleza. Un fervor casi religioso galvaniza a la multitud. Él no puede contestar a los discursos. Desenvaina la espada y jura consagrar su vida al ideal de la libertad. Su juramento es sólo una frase lacónica, pero la voz le sale fuerte, potente, retumbante. Vuelve la espada a la vaina y da orden de proseguir la marcha hacia los cuarteles.

     Hasta el camastro llega de pronto el alarido prolongado, escalofriante, de alguien que no grita como un hombre sino de un modo feral; el alarido parece venir de una caverna; el alarido se repite una y otra vez hasta que baja el sol y la celda se ha quedado completamente oscura.

     Un acompasado rumor de pasos se aproxima por el corredor, en que se distingue ya el tintineo de las espuelas y el sonido característico de las espadas colgantes de los tahalíes. Frente a la puerta brilla ahora una luz; se produce un breve silencio.

     -Abra la puerta, carcelero.

     Rodeado de guardias y alumbrado por dos teas, un hombre todo de negro entra y se detiene en medio del calabozo; en las manos tiene un pliego que va desarrollando fríamente.

     El prisionero, de pie junto al camastro, lo comprende todo antes de oír la lectura. Las teas le iluminan los ojos claros, la barba dorada, la camisa en jirones, las sucias botas granaderas.

     Es entonces cuando adivina el verdadero sentido de su vida, de su destino. Comprende que su vida debe fundirse a la causa que fue su gloria; que para esa causa no muera, tiene él que iluminar su propia muerte con un gran clamor de sangre silenciosa. Tiene él que llenar el silencio helado y el terror mudo con una hoguera de sangre desafiante; tiene él que ser la causa misma que, esperando la plenitud del tiempo, quede ardiendo años, lustros, en un río soterrado que vaya fecundado el pecho congelado de la Patria.

     Calló la voz del hombre de negro; se fueron las teas, las armas, el ruido; volvió la tiniebla, volvió el silencio.

     Al amanecer el camastro estaba en medio de la celda, sobre un mapa de sangre endurecida; sobre el encalado de la pared frontera a la única puerta había grandes palabras rojas: estas palabras llameaban.

     «Mi sangre, que no derramará el tirano, gritará en esta celda para siempre».

     Blanco, blanquísimo, el prisionero yacía en el camastro. Sus ojos miraban fijamente el techo. Los guardias salieron silenciosos de la celda. No hubo fusilamientos aquel día. Un río de airada sangre, sí, comenzó a correr, invisible, bajo la tierra.



 

TRAGOCHENKO

 

     ¡Qué embestida pegó nuestra División durante la Primera Ofensiva hacia Carandayty! Creíamos que sería el último empujonazo y que la cosa ya iba a terminar. Pero faltaba mucho todavía. Meses y meses de marcha, contramarchas y maniobras. De tanto andar agachados por los montes esquivando las ramas bajas que buscaban los ojos, nos habíamos olvidado de erguir la cabeza. Los montes y el cansancio nos tenían doblados hacia adelante. Y hacia adelante había que ir para dar, ya en los mismos contrafuertes de la cordillera, el jaque mate. Eso creíamos. Al menos yo, y Peralta, y también Ortiz, Martínez y el ruso. (¡Caramba! ¡Quién diría que hayan pasado ya treinta años!)

     Teníamos tanto polvo metido en los pulmones, en los tuétanos, en el cerebro, que costaba mucho pensar claro.

     Y había que seguir adelante, persiguiendo, día tras día. Sin embargo, cuando ordenaban detenernos, en algún anochecer menos caliente, el bosque se alegraba. Se podía encender fuego bajo los aromitas. El fresco de la anochecida hacía arder las llamas. Las galletas redondas estallaban quebradas por el revés de las cucharas. Eran las únicas detonaciones. Rancheaba la tropa. El enemigo estaba lejos, escapando. Había que alcanzarlo, sí, dentro de uno o dos días para alguna vez atraparlo encerrándolo en un cerco duro -el último- cuando las otras divisiones convergieran hacia el punto propicio cuya ubicación era todavía desconocida. Eso se vería después. No lo íbamos a decidir nosotros.

     El fuego siempre lo encendía el ruso. No quería ayuda de nadie. Él lo había encendido mil veces sobre la nieve y hasta sobre el agua, decía. Muy fácil era encenderlo ahora sobre la arena. Los ordenanzas sabían todo esto. Las llamas se le salían de entre los dedos como por magia. Y se formaba el círculo: Peralta, Ortiz, Martínez, el ruso y yo.

     Aquel hombrazo de Peralta, que era un bruto corajudo como él solo, tenía la manía de la limpieza. Entonces hacía semanas que no nos bañábamos. Nuestra ración de agua consistía en dos jarros por día. Y Peralta se quejaba del polvo, del sudor, de la ropa que no podía mudarse. Lo demás no le importaba.

     -¡Vida más perra! -bufaba-. ¡Si no tuviéramos esta porquería de polvo y hubiera aunque fuera una aguada negra por ahí!

     Ortiz, que era petiso, tranquilo y blanco, lo admiraba, y trataba de calmarlo. Para él, con tal de andar con el gran tipo que era Peralta, copiándole su manera de caminar y dándole la razón en todo, las cosas estaban bien. Al moreno Martínez lo respetaba por lo de la guitarra. Tocaba mejor que nadie y tenía una voz impresionante. Con Tragochenko era reticente. No le gustaba la caña y Tragochenko lo obligaba a tomar con bromas algo pesadas.

     Yo tenía veintiún, no veintidós años recién cumplidos. Un chiquilín. Teniente 1.º de Infantería. ¿Infantería? Todos éramos de Infantería. Hasta los de Caballería eran jinetes de nombre, no más. Y nada estaba motorizado. Ni los camiones. De vez en cuando veíamos uno o dos. Apenas podían alcanzarnos por aquellas picadas improvisadas o los arenales caldeados donde las ruedas se hundían por encima de los ejes.

     Todos los de nuestro grupo teníamos la misma graduación y la misma edad. Todos menos el ruso. El ruso andaría por los cuarenta y pico. Y era capitán. Y de carrera, es claro. Nosotros de reserva. Él, allá lejos, en su país, había llevado charreteras, espadas, casco. ¡Qué sé yo! Años atrás, se entiende, cuando el Zar.

     El monte se alegraba. Con el fuego lamiendo la lata del cocido y el jarro de aluminio en la mano, el ruso era otro. Pero él no tomaba cocido. Tenía algo mejor, siempre. Misterio cómo se las arreglaba.

     -¡Bueno, muchachos, ahora a sentarse un rato y a charlar y a chupar antes, durante y después de la cena! -solía decir. Invariablemente.

     Yo no sé si todos ustedes oyeron que había varios rusos peleando en el Chaco, a nuestro lado. En los diarios extranjeros se los llamó mercenarios. Mentira. ¡Qué mercenarios ni qué niño muerto! Eran militares de raza. El país que los recogió cuando el éxodo estaba ahora en guerra. Y se ofrecieron. Se los aceptó, hasta a los ya viejos. Se creyó que aquellos gringos podrían ser útiles en servicios auxiliares o para hacer mapas. No sé bien. ¿Pelear sin hablar guaraní y con esa pinta, algunos de ellos...? Pero resultaron para pelear. ¡Pucha si no resultaron! Pronto tuvieron comandos. Y se entendían bien con todos. Y sobre todo con la tropa, con los soldados rasos.

     Nuestro ruso era nervioso, rubio, delgadísimo, de estatura más que mediana. Ojos azules, muy azules y hundidos, separados por una nariz colorada, aguileña. Y el bigote amarillo tirando a blanco, moviéndose con la risa. Porque siempre se estaba riendo y cuando empezaba a tomar se reía más todavía, se reía todo el tiempo. Los tragos le sacaban los ojos un poco más afuera y le alumbraban la nariz con luz roja como si se le encendiera dentro un foquito. Entonces comenzaba a contar cuentos.

     -Lo que pasó hoy al salir del pique me recuerda... -decía dándose un golpe en la rodilla con la mano no ocupada por el jarro-. Lo de hoy me recuerda...

     Y poco a poco ya no estábamos en aquel monte ralo, ni cerca de aquella formación de cactos ni sobre la arena cubierta de ramitas rotas. Veíamos el regimiento, el de él, contra un horizonte de nieve o de cúpulas panzudas. Las caras brillosas de sudor de los que escuchábamos se quedaban serias y absortas. Sabía contar el ruso, Tragochenko. El prefijo -o lo que fuere- era nuestro. Lo de chenko era de él, o sea, la otra mitad de su apellido verdadero. Los tragos de la caña que chupábamos entonces, los únicos y muy seguidos que conseguimos durante meses, eran también de él.

     -¡Hay que darle a lo bueno, Ortiz hay que darle! -gritaba cuando Ortiz quería pasar el jarro sin probarlo.

     Tragochenko nos traía sin falta la risa, las barajas, la caña y los cuentos. Empujaba lejos nuestro cansancio porque no se cansaba nunca.

     -De los flacos como yo -decía- no tiene dónde agarrarse.

     Y los bigotes amarillentos le flotaban sobre la risa convulsiva.

     Una vez comenzado el poker, su edecán -porque así llamaba a su ordenanza- nos presentaba un jarro lleno de caña que de la mano de Peralta pasando rápidamente por la de Ortiz, y con más demora por la de Martínez, llegaba hasta la mía. En aquel tiempo la caña no me hacía daño.

     Tragochenko nunca tomaba en nuestro jarro. Y no por asco, no, ¡qué diablos!: tenía uno propio, especial para él, que no se agotaba nunca, decía, y que no prestaba a nadie para no sacarle la virtud.

     -Si otro cualquier toma en mi jarro, ¡adiós! Y esta es una garantía no sólo para mí sino también para ustedes, señores. Y soltaba aquella risa rusa que sólo se interrumpía con los tragos.

     Apagado el fuego y consumida la ración de caña nos dormíamos duros como troncos de quebracho hasta la nueva marcha. No era fácil despertarse. Cuando lo hacíamos ya andaban por ahí la voz y la risa nerviosa de Tragochenko levantando a su gente y cuidando que todo estuviera listo, hasta el último cargador de sus livianas. Después, cada uno de nosotros seguía adelante en su batallón respectivo, por cañadones y por piques que abríamos a machete, hacia Carandayty

     Nos alejamos tanto de nuestras bases que ni la radio del Comando nos alcanzaba. Eso se decía y era una manera de decir. O algo peor y malintencionado. Pero lo de la distancia era cierto.

     -Bueno, muchachos, ahora a sentarse un rato y a charlar...

     Tragochenko siempre llegaba el primero para formar el grupo a cada alto largo en la marcha. Llegaba con su risa. Y el edecán con los jarros y las barajas. Pero una noche sólo vinieron las barajas. Se habían vaciado las damajuanas que el ruso se agenciaba de algún modo. Tragochenko estaba desesperado. Tenía los ojos más hundidos que de costumbre y el bigote se le caía sin la risa ya sobre que apoyarse.

     Durante varias noches el edecán se sentó en cuclillas a unos metros de su jefe, con los jarros listos como en espera de un milagro que iría a alegrar la tertulia, ahora abstemia.

     Fueron Peralta y Tragochenko quienes, yendo en punta, coparon un destacamento que al darse cuenta de lo que pasaba, se defendía resuelto a escapar por alguna brecha abierta a fierro y plomo derretido. Tragochenko debió haber olido algo porque se multiplicó de modo increíble. Lo cierto es que el enemigo se creyó copado por fuerzas abrumadoramente superiores y al segundo día de tanteos desesperados capituló. Fue una pequeña batalla en grande en que Peralta y el ruso se lucieron. Especialmente, el ruso, porque -después se lo dijimos- tenía sus razones...

     No los voy a aburrir a ustedes con detalles. Me limito a mencionar el botín: el parque sanitario de una División y, entre muchos desinfectantes y algodones y vendas y cosas por el estilo, una gran cantidad de latas de alcohol rectificado. Unas latas grandes, pintadas de rojo, como la nariz del ruso. Y lo estoy viendo, bailando alrededor de ellas, flaco, grotesco, frenético, feliz, a Tragochenko.


     Había, claro, que rectificar lo rectificado. Así aseguraba el ruso. Es decir, convertir en vodka aquellos espíritus demasiados ásperos. Tragochenko desapareció por dos días. ¿De dónde sacó el azúcar para hacer azúcar quemada y naranjas para emplear la cáscara en una receta que milagrosamente convirtió cada lata de rectificado en lo que según él resultó una vodka mejor que la tomada en todos los ejércitos de la Santa Madre Rusia? Nadie lo supo. Sabían a veneno, sin embargo, los primeros tragos de su vodka. Los primeros; después la cosa era diferente. Pero Ortiz esta vez se negó de plano a aceptar el jarro que le pasaba Peralta. Para todos, menos para el ruso, resultaba muy penoso levantarse al día siguiente y seguir la marcha.

     Sus recuerdos, por otra parte, se hacían más vívidos que nunca con la abundancia del chuping.

     -Estos tragos de hoy -dijo una noche en que estaba bien tomado- me hacen recordar unos que hace ya veinte años probé en la aldea de Mestechki. ¡Qué brindis, señores! Fue en una especie de castillo del general Ryabovich, un noble viejo ya retirado del ejército. Mi regimiento llegó a la aldea y el general, enterado, quiso invitar a todos los oficiales de nuestra unidad. Era el nuestro -pura casualidad- el mismo regimiento en que había servido cuando joven. La hija menor del general...

     -¡La hija! -lo interrumpió Peralta- ¡A vos nunca te interesó nada más que el trago!

     El ruso, entonces, de improviso, inexplicablemente, comenzó a sollozar. El edecán tuvo que sostenerle el jarro.

     Yo no pude escuchar más y no llegué a saber el final del cuento, aunque se lo pregunté después a Peralta varias veces. Peralta me cambiaba el tema. No supe nunca el final, digo, porque aquella noche me quedé dormido bajo el aromita raquítico desde donde le oí a Tragochenko lo del general, su hija y los brindis de Mestechki. Su vodka me golpeó demasiado fuerte. Y ni el lloro del ruso, tan inesperado, me pudo mantener despierto.

     En Algodonal se dio vuelta la tortilla. Nunca Unidad, dividida como estaba en columnas ralas extendidas a lo largo de inmensas distancias como gomas que, de puro tensas, se van quedando sin cuerpo, se vio de pronto copada por fuerzas superiores.

     - ¡En Algodonal! -gritaba el ruso-. ¡En Algodonal! ¡Esto es sanitario! ¿Es que vuelve el alcohol al algodón? ¡No, jamás! ¡Tenemos que abrirnos paso cueste lo que cueste!

     Peleábamos como bárbaros, y sin mayor resultado. Ya en Ysyporendá la cosa había sido dura. Tenían tropas de refuerzo, pero logramos salir del apuro. Ahora en Algodonal era peor. Pero fue en Yrendagüe donde la situación se hizo desesperada. Entonces el Comandante del Cuerpo ordenó la destrucción de la artillería y de la impedimenta. Vi a los artilleros destruir a hachazos las cureñas de los cañones. Mi batallón y el de Peralta, en la confusión, se entremezclaron con la batería mejor equipada del Grupo X. Peralta, que era un gigante y no podía estar inactivo, le sacó el hacha a un sargento e hizo pedazos de todo lo que era destruible en varios Vickers y Schneiders. Él y yo enterramos después los cerrojos de las piezas. Mientras tanto, llovían morterazos sobre nosotros y una escuadrilla de aviones nos derramaba chorros de bombas.

     -¡No van a poder usar nunca nuestros Vickers esos hijos...! -decía Peralta apisonando arena sobre los cerrojos enterrados y cubriéndola después con ramas secas. Estaba medio golpeado por una bomba de avión caída no muy lejos.

     Era una mañana caliente. Entre nosotros pasaban los camilleros llevando heridos. Pasaban continuamente. Corrimos a reforzar un camino atacado con furia. En una camilla vimos pasar a Ortiz con un balazo en la cara blanca, ahora sucia de sangre y barro, y rota la mitad de la boca. Le fingimos una confianza y un buen humor que no teníamos. Se nos estaban acabando las municiones. Se dio orden de no usar las automáticas más que cuando fuera indispensable. A eso de las tres de la tarde nos mandaron tomar un pique y desembocar en un cañadón donde estaba parte de la impedimenta, todavía no destruida. Teníamos que proteger los trabajos de destrucción.

     Llegamos a toda marcha. Y allí encontramos a Tragochenko, completamente borracho, defendiendo sus latas coloradas llenas de vodka. Martínez lo tomaba del brazo y trataba de llevárselo. El ruso se deshizo varias veces de los insistentes agarrones. Martínez no podía con él porque la borrachera le daba al ruso una fuerza increíble. Los dos estaban furiosos. El uno por el espectáculo que se daba a la tropa y la urgencia de cumplir la orden. El otro porque no quería perder su licor. Entonces intervino Peralta. Tomó en vilo al ruso y lo llevó hacia el pique.

     Tragochenko protestaba pataleando y echando espuma por la boca. Decía que la orden era un error, una estupidez, y que las latas serían nuestra única salvación.

     A una orden de Martínez los de la Plana Mayor hundieron las bayonetas en las latas y la vodka salió a borbotones por los agujeros formando un charco reverberante. Tragochenko, preso en los brazos enormes de Peralta, lloraba y maldecía en ruso, en castellano y hasta en su guaraní chapurreado.



     Nos salvamos también aquella vez, pero no sin grandes pérdidas. Después de un tiempo volvimos a la ofensiva. Carandayty cayó en nuestro poder. Cambiamos de clima. De la llanura desierta a la montaña todavía más desierta, a no ser por los cóndores.

     Y terminó la guerra. Regresamos del frente. Y pasaron varios años. De los cinco inseparables habían muerto dos en la última campaña. Ortiz y Martínez. Veinticinco años después de la paz -que tuvo mucho de guerra- fui por negocios a Encarnación. Quería también conocer la ciudad y ver el río Paraná que no había visto nunca.

     En el muelle, el día de mi llegada, me encontré con Peralta. Me reconoció en el acto pero yo no pude identificarlo enseguida. Había engordado mucho, mucho más que yo. Tenía el pelo gris y la cara colorada y como hinchada. Hablamos de la guerra y sobre todo de la primera marcha hacia Carandayty, en 1934.

     -¿Y qué será de Tragochenko? -le pregunté cuando ya en casa de Peralta, su mujer, una correntina gorda y tranquila, nos cebaba el mate.

     -Está aquí en Encarnación, más viejo y más borracho...

     -¡Aquí en Encarnación!

     -Sí, hombre, aquí mismo, con su uniforme raído, sin presillas, es claro, y creo que con las mismas botas de Yrendagüe.

     -¿Se lo puede llamar por teléfono?

     -¡Qué teléfono ni qué teléfono! ¡El pobre no tiene más domicilio conocido que un boliche de las afueras! Vive del pechazo.

     Clavado al mostrador, con un jarro grande todo abollado en la mano -jarro que de pronto reconocí, de aluminio-. Tragochenko peroraba en un grupo de borrachos. Tenía ahora una barba larga y sucia. Vestía un irreconocible uniforme verde-olivo, que era un harapo. El cuero de las botas se veía descosido y lleno de parches.

     -¡Tragochenko siempre en punta y siempre brindando!

     Peralta lo abrazaba por la espalda y le decía a gritos que adivinase quién era el que venía a visitarlo con él, al boliche, «a su Puesto de Comando».

     Cuando se libró de los brazotes de Peralta, el ruso me echó una mirada insegura con sus ojos azules cruzados de rayitas rojas.

     -¡Vos también aquí... entierra- cañones y rompe-latas! -me dijo al cabo de un rato con una risa que ya no era la de antes.

     -Vamos a mi hotel a charlar y a chupar antes, durante y después de la cena -le contesté con una sonrisa difícil.

     ¡Hoy no! Mañana. Hoy es el aniversario; hoy hace veinticinco años...

     -¿Veinticinco años de qué?

     -De la pérdida ignominiosa de nuestra vodka. Hoy terminaré aquí de recuperar... de recuperar... lo derramado en Yrendagüe...

     Babeaba. Le entró ataque de tos.

     -...cuando bayonetearon las latas.

     Diciendo esto apuró el jarro que estaba medio lleno.

     Y queriendo venirse hacia mí haciendo a un lado a Peralta con un codo para abrazarme con un solo brazo, el izquierdo, él sin jarro, dio un paso en falso y cayó entre los pies de los borrachos.

     Era efectivamente el aniversario de Yrendagüe. Lo comprobamos después. Tragochenko no volvió más en sí. Murió ese mismo día sobre su último recuerdo, con los harapos de su uniforme. Y con las botas puestas. Con lo que le quedaba de las botas.



 

EN EL DESPACHO DEL MINISTRO

 

     Una luz entre amarilla y rosada, llena de átomos inquietos, penetra por una de las ventanas del despacho. La luz se cuela por entre el cortinaje carmesí ornado de flecos, cordones y borlas de oro viejo. Después, esparciéndose con lentitud sobre la alfombra, llega hasta el sofá estilo Luis XV en el que está dormido el Ministro, y se detiene sobre el ángel de bronce que corona los dos cubos de cristal del tintero. El ángel, que tiene una espada en la mano, resplandece como recién fundido y lanza reflejos irisados sobre los papeles que cubren la mesa escritorio. El Ministro se despierta con sobresalto. (¿Quién le ha hablado en voz baja en el oído?) Y, lo primero que ve es el ángel, el ángel que lo deslumbra como un ascua.

     El Ministro, aún sugestionado por el ansiado mensaje mentido por el sueño reciente, se levanta y va hasta la ventana que ha quedado entreabierta [154] toda la noche. Todavía brillan luces en los barcos surtos en la celeste bahía del río.

     -No, no han llegado -se dice con desencanto-. Era solamente un sueño.

     Hace meses que espera a los cañoneros que han de defender de norte a sur ese río que allá fluye hacia el mar lejano.

     Con pasos rápidos llega hasta la mesa de trabajo, enciende la lámpara. Minutos después ya ha trazado, con caracteres enérgicos, el texto de un telegrama. Hay un profundo silencio en Palacio. El Secretario y los ujieres tardarán una hora en llegar.

     -País de inconscientes -masculla- tribu violenta devorada por luchas civiles, ha malbaratado sus parques y diezmado su ejército. El enemigo ha aprovechado nuestras discordias para infiltrarse en la mitad de su territorio todavía salvaje, y está construyendo fortines a pocas jornadas de ese río tan codiciado. ¡Ese territorio debería ser hoy un inmenso emporio de riqueza!

     El Ministro es un hombrecillo de cabeza grande, pálido rostro triangular, negros ojos dominadores. Durante las últimas semanas ha trabajado hasta altas horas de la noche. Exhausto, el sueño lo ha rendido, cerca ya del amanecer, en ese sofá donde acaban de despertarlo la luz intrusa y el engañoso mensaje de un sueño.

     Desde la terminación de la última guerra civil, el Ministro ha pugnado por restaurar las finanzas, pacificar los espíritus, armar a la nación en peligro. Han sido cinco años de paz difícil, de enormes sacrificios, de tenaz porfía contra su propio partido y la oposición clamorosa. Pero ha logrado sanear la moneda, pagar deudas ingentes, restablecer el crédito público y comprar armas. Ahora espera, ansioso, los modernos cañoneros que ya deberían haber llegado a través del mar y subido por ese río indefenso.

     Emisarios suyos (en Inglaterra, en Francia, en Bélgica, en Estados Unidos) han negociado pertrechos militares y maquinarias agrícolas. Técnicos nacionales y extranjeros han reorganizado bajo su severa supervisión, los cuadros del ejército. Hombre de pocas palabras, el Ministro prefiere escribir a hablar; su pluma acerada corre infatigable sobre hojas con el escudo de Hacienda; van dirigidas al Presidente, a los demás Ministros, a los jefes de Administración. En cada frase suya hay una insofrenable mordacidad, una incitación que suena como perentorio mandato. Ya nadie se ofende. Finalizado su período presidencial, ha ocupado el Ministerio de Hacienda, el suyo. Pero sigue siendo él el Primer Magistrado. Su autoridad dominadora no se discute; la acata más que nadie el que hoy es su jefe nominal. «El Ministro es así» -se repite en Palacio y en todos los círculos del Poder-. Lo que él decide debe cumplirse sin chistar. El Ministro deshace las objeciones más respetuosas con una mueca de desdén e impaciencia. Se acepta cuanto manda porque él ha asumido una voluntad nacional que antes de él no existía en el país desquiciado.

     Se oye un rumor de pasos y de voces sofocadas en la antesala del despacho. El Ministro hace sonar el timbre. La alta puerta, a mano izquierda del salón hexagonal, se abre con cautela. Un ordenanza adolescente asoma la cara morena con los ojos aún turbios de sueño.

     -¿Ha llegado el Secretario?

     -Sí, Excelencia.

     -Que venga ahora mismo.

     El secretario Dr. Luis Macías entra a toda prisa en el despacho con dos carpetas rebosantes de papeles.

     -Dr. Macías, usted ha llegado diez minutos tarde. Haga sacar copias de ese telegrama; envíe el mismo texto a todos nuestros emisarios en Europa y en Estados Unidos.

     -Muy bien, señor Ministro.

     -Lea primero el telegrama aquí mismo y dígame si la advertencia es o no clara.

     -Con mucho gusto...

     El Ministro se ha cruzado de brazos, y espera.

     -Sí, Sr. Ministro... Lo que usted insinúa es muy claro. Pero, ¿cree usted que es indispensable...? ¿No sería algo ofensivo?

     -Hay que defender los fondos públicos a toda costa. En algunos de esos patriotas no hay sólo un ladrón en cierne sino cuarenta, como los de Alí Babá. ¿Entiende? Bien. Averigüe en el Ministerio de Guerra y Marina por qué no han llegado los cañoneros; qué hacen allá lejos, río abajo.

     -Muy bien, señor Ministro.

     El Secretario se dispone a marcharse. Se inclina levemente, y da media vuelta hacia la puerta.

     -Dr. Macías, un momento...

     -Sí, Señor Ministro.

     El Ministro le clava los ojos escrutadores: -Dígame, ¿baja o no baja el río?

     Perplejo, el Secretario no sabe qué contestar. Es un hombre serio, reservado y tímido, que nunca puede anticipar las salidas de su jefe.

     -El río... sigue igual, Sr. Ministro. Siempre bajando hacia el Sur, sí; pero no de nivel.

     -Pues que no baje de nivel. Sería lamentable.

     -¡Ah! Olvidaba, Sr. Ministro: El Dr. Arnulfo  Padrón ha pedido audiencia varias veces esta semana. Se la he fijado a las nueve, hoy mismo.

     -¿Y por qué usted no me ha consultado? ¿Quién le ha dicho a usted, Dr. Macías, que yo quiero ver a ese delincuente?

     La ira desfigura el rostro triangular; las cejas las tiene juntas, la boca en rictus casi felino. La mano derecha del Ministro, endurecida por la esgrima en lustros de práctica diaria, da un puñetazo sobre las carpetas del Secretario.

     Cuando este desaparece del despacho, el Ministro va hacia la ventana que domina el paisaje del río. Allí apoya ambas manos sobre el barandal del balcón de pulidos balaustres de mármol y escruta el panorama ya casi intolerablemente luminoso de la bahía. A los pies del balcón, un arriate bien cuidado de rosales en flor, despide hacia él un perfume delicioso. En ese momento, el ordenanza entra con el desayuno ministerial.

     El Dr. Arnulfo Padrón se ha vestido para la entrevista como para un Te Deum. Saco negro, pantalón rayado, polainas grises. Bajo el nudo de la corbata, una perla reluciente. El Dr. Padrón es ceremonioso y algo ridículo; dos pasiones le han envejecido prematuramente; la envidia y la codicia. Su semblante verdoso no siempre puede disimular el juego interior de las dos pasiones. Su boca es un tajo de color marrón oscuro; este tajo se mueve de un lado a otro mientras pronuncia palabras melosas que le salen afuera como masticadas; sus ojos saltones relucen o se nublan como los de un activo batracio que entra en un área abundante en insectos; sus manos huesudas, si no juegan constantemente con el bastón de empuñadura de plata, dan la impresión de que, libres, se apoderarían de cualquier objeto valioso que estuviera a su alcance. El Dr. Padrón ha ganado reputación de intelectual ilustrado en varias disciplinas. Su pluma asedia a los periódicos nacionales o extranjeros que no objetan la pesadez de su estilo. El Dr. Padrón ha publicado docenas de folletos sobre economía y finanzas; ha dado a luz a plúmbeos ensayos de crítica literaria. El Dr. Padrón es también poeta, un poetastro crasa y cursimente erótico. Esta abundante producción le ha dado renombre, sin duda por ilegible.

     Condiscípulo del Ministro en la Universidad, el Dr. Padrón le ha tenido siempre una envidia corrosiva; pero desde la elevación del ex condiscípulo, el Dr. Padrón le muestra una deferencia ceremoniosa, obsecuente y zalamera.

     Esta mañana de septiembre, mientras el Dr. Arnulfo Padrón se dirige a Palacio y avanza por los jardines, no las tiene todas consigo. Tanto en Inglaterra como en Bélgica ha extremado su habilidad para borrar todas las huellas de sus fraudes y cohechos. El negocio turbio de los cañones, de las ametralladoras, de los fusiles, lo inquieta. Él pudo detectar la no difícil complicidad de sujetos equívocos en esos países; los precios fueron convenientemente alterados; el Dr. Padrón embolsó considerables sumas en libras esterlinas; la otra gran operación, la de los camiones para el Ejército, motivó sospechas en Washington, en la misma Legación de Washington. ¿Habrá llegado a oídos del Ministro el rumor que circuló no sólo entre los diplomáticos nacionales sino entre los extranjeros, especialmente entre los diplomáticos del país que ahora maquina una agresión cada vez más desembozada? Él trató de ahogar este rumor gastando generosas sumas de preciosos dólares para agasajar debidamente a los suspicaces. ¿Habrá logrado su propósito?

     El temor de que los ojos de lince del Ministro hayan captado en las líneas y entre las líneas de los contratos la evidencia del fraude, lo hizo estremecer. Ya era tarde para volver sobre sus pasos y huir; los marineros en uniforme de gala de la Guardia de Palacio presentaban sus armas con estrépito marcial; esto ocurría a menudo; lo confundían con algún Embajador, con un Ministro de Estado. Las gradas de la escalinata de mármol se le ofrecían a sus botines empolainados; el Dr. Padrón recordó que no debía subir esas gradas; el despacho del Ministro estaba en la planta baja; torció hacia la izquierda y en pocos minutos estuvo en la antesala. Frente al espejo de una dorada consola se vio demasiado elegante como para presentarse ante el hombre austero y temido; hubiera deseado deshacerse de las polainas, de los guantes, del bastón, del lujoso sombrero hongo y esconder, bajo la solapa, la perla reluciente. Pero ya lo anunciaban al Ministro:

     -El Dr. Arnulfo Padrón...

     En el centro del despacho, colgante del techo artesonado, brillaban las bujías y los infinitos caireles de una antigua araña de cristal. Esto fue lo primero que vio; al fondo, una altísima ventana entreabierta y, por último, casi demasiado cerca para su expectación, la mesa del Ministro, el ángel de bronce del tintero; detrás, la gran cabeza calva bañada en luz eléctrica, el rostro triangular sobre un expediente. En torno a la mesa había unas sillas de estilo Luis XV. Mentalmente eligió una de ellas, mientras decía con voz que quiso ser alborozada y amable:

     -Sr. Ministro... buenos días...

     El Ministro permaneció inmutable, absorto en el estudio de un expediente. Tal vez no lo hubiera oído. Lentamente tomó una pluma, la sumergió en el tintero del ángel, y trazó unas líneas al pie del escrito. Después estampó su firma, y el rasgueo [162] de la pluma fue ominosamente audible para el visitante. De fuera venía un rumor de automóviles que llegaban a la entrada frontal del Palacio. Pero en el despacho el silencio se prolongaba como si la alfombra mullida y las cortinas carmesíes absorbieran el más leve ruido. En las paredes, los oleos de los próceres parecían querer eternizar aquel silencio.

     -Señor Ministro: muy buenos días... Vengo a presentar informe oral de mi exitosa, de mi exitosa misión -repitió el barbarismo con fatuidad- en Europa y en los Estados Unidos.

     Sólo entonces los ojos dominadores se levantaron hacia donde sonaba la voz.

     -Ya he leído el informe escrito, ya he leído los contratos. Ninguna de sus artimañas ha podido ocultar sus desfalcos.

     -¡Señor Ministro, me han calumniado! ¡Yo tengo envidiosos! ¡Hemos sido condiscípulos! ¡Usted me conoce! ¡Mejor dicho, tú, desde antes, Catón, -así te llamábamos- me conoces...!

     -¡No le permito tutearme! ¡Bien le conozco a usted! Y el inglés y el francés no me son lenguas desconocidas. Jamás la gramática parda que usted ejerce en tres idiomas podría ocultarme el fraude y el cohecho.

     -Yo soy un hombre probo y un patriota, Sr. Ministro; ¡usted me ofende! ¡Sea objetivo y ecuánime!

     -¡Usted es un miserable, Dr. Padrón! ¡Retírese!

     El aludido alzó ambos brazos con dramático estupor. En la mano derecha tenía el sombrero; en la izquierda el bastón y los guantes.

     -¡Retírese!

     Al bajar los brazos, la contera del bastón dio en el respaldo de una silla y cayó. El Dr. Padrón, tembloroso y amarillo, se inclinó sobre la alfombra roja, asió la empuñadura de plata, se irguió súbitamente furioso, ofendido y cobarde y dio unos pasos hacia la puerta.

     -¡Alto ahí! -gritó el Ministro. Abrió una gaveta y empuñó un pesado revólver. Se oyó nítidamente el cric metálico del arma al ser amartillada.

     -¡Los ladrones no salen por la puerta: huyen por la ventana! Aterrorizado, retrocedió Padrón hasta la ventana entreabierta; al tropezar con el barandal del balcón, diose vuelta y arrojó al jardín el sombrero, el bastón, los guantes.

     -¡Salte, ladrón!

     No hubo más remedio. Cayó de bruces, de puro miedo, abiertos los brazos y las piernas, como un batracio, sobre rosales llenos de rosas y de espinas.

 



CAJÓN SANGRANDO BAJO EL ARCO IRIS

 

A Rodrigo Díaz-Pérez     

 

     El cuatro de agosto quemé las circulares y los panfletos clandestinos y también las cartas de los amigos no escritores que pudieran ser comprometedoras. Le dije a mi mujer que me pusiera dos mudas en la valijita y que no se olvidara de la brocha de afeitar. Todo lo demás estaba ya arreglado excepto lo del manuscrito de poemas. Temía llevármelo conmigo y no quería dejarlo ni en manos de la Christie ni en las de ningún pariente. Ya estaba escarmentado con lo que me pasó durante el primer destierro.

     Felizmente me había crecido ya una barba tremenda en los dos meses del bochinche; yo mismo no me reconocía y me consideraba ya otro tipo. El espejo me mostraba un Van Gogh un poco más gordo pero mucho más peludo que el del autorretrato ese que te gusta. Pero en aquellos días, ¿quien era el mismo de antes con o sin barba nueva? Todo el mundo andaba salvajizado a fuerza de la salvajada interminable que asolaba todo el país; hasta la voz de Christie, tan dulce siempre, sonaba agria y quebrada.

     Había que ver cómo se movía la gente, cómo corría de esquina a esquina y se tiraba de bruces sobre las piedras y hacía con sus armas aquel infierno. Marineros, policías, milicianos, lo mismo. Chiflados y feroces.

     Desde mi pieza me parecía que golpeaban cajones enormes de palosanto tal como golpean los cajoneros peruanos; pero cajones enormes que de pronto estallaban. Y la ciudad toda era un cajón, el más grande de todos; un cajón que se perforaba por los cuatro costados. O un ataúd abierto ahora al cielo de invierno cruzado de aviones nocturnos, pero que se iba a cerrar pronto, a martillazos venidos de arriba, vertiendo furiosos chorros colorados sobre el río, sobre el campo, sobre los caminos.

     De noche era mucho peor que de día, Justino. Sin luces pero con fogonazos que se me estrellaban en la cara mientras dormía en mi cuarto cerrado.

     Tuve que suspender las transmisiones de radio porque se hacían muy peligrosas; mi suegra y la Christie se horrorizaban viéndome en el garaje con los auriculares. A mí por mí no me importaba la cosa; si me agarraban, me agarraban. Me gustaba, sí, encerrarme con la radio por solidaridad con los muchachos. Aunque no era mi culpa que la batalla me hubiese atrapado en mi propio barrio, deploraba no estar con ellos peleando.

     El estruendo se hizo intolerable a mediados de agosto en las calles más populosas, especialmente en la nuestra. En las esquinas del sur emplazaron morteros y ametralladoras; detrás de las verjas del cementerio, seis cañones de 75.

     A mí, en la inacción, me empezaron a dar esos mareos que ustedes me conocen. El tercer lunes de agosto, el Rafles, que andaba brincando y aullando por la casa, consiguió escaparse por el portoncito de hierro que dejé yo abierto de puro estúpido. Salí volando detrás de él. Sabía que el Rafles se iba por la perra de los Espinoza, media cuadra arriba. Ya en la calle, aunque entonces había calma por casualidad, vino aquella ráfaga, Justino; mejor dicho, vinieron aquellas ráfagas cruzadas. Una rociada de mil diablos con rebotes en el empedrado y en las veredas.

     Fue irreal la cosa: vi que el Rafles, a toda velocidad cruzando la calle, se quedó de pronto pataleando en la mitad de la calzada; insistieron desde las esquinas y creo que desde los altos de una casa; lo dejaron quieto y aún después de quieto siguieron baleándolo por gusto. Yo me pegué un porrazo al tropezar con las tablas de un andamio venido abajo; caí y me ensangrenté las manos sobre el empedrado. Me ardía también el hombro izquierdo, más que las manos. No me explico cómo pude volver a casa.

     Entonces vino lo peor. Noches después, entre la Christie y la suegra, me dio por ver ese abanico de viento y de metal. Un arco iris che, pero sólo con variantes de gris y aire cortante y caliente en el espectro. Todo el día el abanico se abría y se cerraba, unas veces horizontal, otras verticalmente. No sé si me explico. Cuando se abría hacia arriba, como te digo, yo podía subir por él como por una escalera vertiginosa. La Christie también podía subir; lo hacía gritando histérica y aterrada. El viento, para ella más fuerte que para mí, la llevaba sin falta hacia el lado de la barranca del río; la pollera le cubría la cabeza y ahogaba sus gritos. Yo vociferaba tan fuerte que la suegra salía corriendo y volvía con agua para aliviarme. Lo extraño era que a la Christie la veía después a mi lado, como si no se hubiera movido de su sitio, sana y salva.

     Después veíamos caer fragorosamente el abanico sobre la calzada; esta vez se abría y se cerraba de vereda a vereda; venía ahora la peluqueada de los árboles, el destrozo de los postes y maderas del andamio derrumbado, y arreciaba el ruido del cajón, de los cajones. Cesaba el diluvio un rato; Rafles entonces se levantaba, entre un torbellino de moscas y venía hacia mí rápido, con los ojos duros y fijos.

     Christie, según te digo, lo más bien a pesar de sus repetidos vuelos, lloraba junto a mi cama; yo la consolaba diciéndole que al fin y al cabo ella estaba de regreso, sana y salva, y no como su madre y yo temíamos que estuviese, flotando ahogada y mutilada, al pie de la barranca, en el río.

     La herida del hombro no fue gran cosa. La suegra me acribilló de inyecciones y no hubo infección.

     Te cuento esto con detalles porque sé que me entenderás bien; leíste mi «Réquiem para Rafles» y, sobre todo, en casa de Pablo, mi «Cajón sangrando bajo el arco iris»...

     Pero déjame retomar el hilo. Me preguntaste cómo conseguí salir de allá. Eso pasó semanas después, cuando me repuse del todo. La víspera de aquel sábado, Manolo Montiel saltó sobre la tapia del fondo y cruzó corriendo nuestro patio hasta la cocina. No lo reconocí; venía ensotanado y hasta con teja de cura en una mano. Me avisó que la cosa estaba liquidada ya; agregó que el domingo, a más tardar, la Policía iba a hacer una razzia sin cuartel por nuestro barrio y que no lo hacía ya porque estaba ocupada en sectores de mayor trabajo; habló de atroces torturas policiales; yo debería escapar a tiempo, si era posible el sábado por la madrugada. Él ya había prevenido a la Embajada amiga. Me dijo esto y se fue dándome la bendición y saludando a las mujeres con su teja.

     -Adiós Padre -empecé a decirle riendo y con ganas de abrazarlo. Pero ya saltaba otra vez sobre la tapia y desaparecía por un laberinto de ranchos silenciosos.

     El dato de Manolo Montiel era exacto, pero sólo en parte, como todo lo suyo; al día siguiente y no el domingo como dijo, llamaron con fuertes golpes al portoncito de hierro. Yo me les acerqué a los policías diciéndoles que les abría en seguida.

     -Queremos ver a Matías Carballo.

     -Aquí vive él -contesté con mi barba y mi poncho raído. Se jué esta tarde y todavía no güelve.

     Eran un tipo vestido de civil, blanco y bizco y cinco agentes aindiados con máuser. El de civil me miró como miran los bizcos; me pareció conocido el tipo pero me pareció no más. Yo, frente a ellos muy tranquilo, atiné a decir con naturalidad si querían pasar los señores y conversar con la patrona, que estaba en la cocina. Mi guaraní sonaba como recién llegado del fondo de las Misiones. Con fijeza atroz, sin embargo, pensaba en la Jefatura de Investigaciones; anticipaba interrogatorios brutales; asistía a mi propia tortura; me dolían ya las uñas como si empezaran a arrancármelas una por una como a Martín.

     Entraron todos, menos un agente que se quedó atrás del portón con el máuser desasegurado.

     A la Christie le preguntaron por mí. Muy bien les contestó ella que me había ido saltando por esa tapia y entre los ranchos porque «aunque no se mete más en líos» -aclaró-, «un hombre que alguna vez fue político no está nunca seguro cuando hay revolución».

     -Nosotros queremos hacerle unas preguntas no más -dijo el de civil con una mirada de hambre para la Christie.

     -Si es así -tercié yo que me había reunido al grupo encogido bajo mi pocho y con el aspecto más desgalichado- ¿por qué no se quedan aquí para esperarle?

     Me miraron como a un imbécil y comenzaron a revisar la casa. El de civil volvió pronto a la cocina con un cigarrillo en la boca y le pidió fósforos a la Christie.

     Yo, que tenía un pucho apagado sobre mi barba, con respeto le pedí los fósforos después que él encendió su mal tabaco.

     Cuando se fueron lloviznaba. Yo besé a la Christie, abracé a la suegra, tomé mi valijita, la escondí bajo el poncho y protegiéndome de la llovizna con un sombrero pirí calado hasta las cejas, pude llegar en una hora a la Embajada prevenida. Dos días después logré salir del país sin recalar en Investigaciones.

     Me alegro de que les hayan gustado los poemas; los escribí en el destierro ya, no durante aquellos días. Ahora comienzo a salir del pozo aunque tengo mis recaídas, Justino.

     Anoche mismo oí ladrar otra vez al Rafles; lo siento venir a menudo. Cuando su asedio es demasiado audible y urgente, me levanto de la cama, llego hasta la puerta que él araña con las patas en alto y le digo que en este hotelucho infeliz no quieren perros. Le digo que se vuelva a casa o que se vaya a la de Espinoza, con su amiga.

     Así es, che.



LA MANO QUE SE NEGÓ A FIRMAR

 

     Estamos en los últimos tiempos de la dictadura del Dr. José Gaspar de Francia. El Paraguay es un cementerio de vivos. Juan Andrés Gelly (1790-1856) resume los efectos de la tiranía con estas palabras: «Parecía que un cataclismo había hecho desaparecer aquel país de la superficie del globo. Cuando por casualidad se hablaba del Paraguay, era como de cosa que había existido: tan completa, vigorosa y prolongada fue la incomunicación en que el dictador Francia mantuvo aquel país durante su reinado».

     En la localidad de Limpio, aledaña de Asunción, residen Ángel Joaquín de la Mora Coene y María Concepción Ferreira. Ángel Joaquín y María [174] Concepción, dueños de heredades colindantes, se han comprometido para casarse. El novio y la novia pertenecen al patriciado colonial. Él es hijo de nada menos que del prócer Dr. Fernando de la Mora, discípulo de Montesquieu, preconizador de la división de los poderes del Estado, y víctima de la tiranía; gran patriota, que languideció catorce años en mazmorra del tirano. Durante esos catorce años de injusta prisión, «sólo un huso para hilar era su entretenimiento» -anota un historiador- «y una mesa daba reposo a sus pies cargados de grillos».

     El ilustre apellido de la Mora ha de ser odioso para el tirano. Cuando Ángel Joaquín y su prometida piden permiso para casarse, Francia desestima la solicitud.

     ¿Cómo eran estos novios de la cuarta década del siglo XIX? No tenemos hoy retratos de ellos. Valiéndonos de litografías y óleos de contemporáneos de aquí, de América y de Europa, podemos imaginar su figura y su indumento sin ninguna certidumbre en lo que mira al talante y perfil auténtico de alguno de los dos. La época de sus amores es la del Romanticismo. El Romanticismo, poderosa embriaguez espiritual se filtra a través de las fronteras del país enclaustrado y conmueve la sensibilidad todavía colonial de aquella generación.

     Ni el tirano todopoderoso podría cerrar las fronteras visibles e invisibles a la entrada de efluvios de pasión y de emoción propios de la época.

     Hasta los jóvenes de Limpio llegan esos efluvios del Romanticismo, esa manera de vivir la vida y sobre todo de vivir el amor que han logrado una vigencia universal en esos años en que Larra se dispara un pistolazo, en que Espronceda canta a Teresa y en que en el antiguo virreinato del Río de la Plata la generación de 1837 sufre la persecución de los esbirros de Juan Manuel.



     ¿Desafiará la pareja de Limpio la prohibición del tirano Francia? Nadie ignora en los dominios del déspota lo sucedido en 1816 cuando Juan Bautista Carísimo y Josefa Leona Fanego contrajeron enlace matrimonial, en Villa Rica sin la licencia obligatoria. En ceremonia secreta el presbítero Francisco del Valle bendijo la unión de aquellos novios. El secreto crimen fue denunciado por un monaguillo de doce años de edad. La ira del tirano se desencadenó no sólo sobre Juan Bautista y Josefa sino sobre el sacerdote y los testigos de la boda. Confiscación de bienes, barras de grillos, confinamientos, tales eran los castigos. Quien quiera conocer la historia documental de esta boda secreta de 1816, acuda al Archivo Nacional de Asunción, carpeta N.º 750; más de una docena de pliegos de bien legible caligrafía...

     Teresa Lamas Carísimo, en una de sus Tradiciones, cuenta otra historia de otro de sus antepasados los Carísimo, víctimas de la tiranía. Su tatarabuelo don José Carísimo, ex cabildante de Asunción, de familia opulenta, fue reducido a la miseria, confiscados todos sus bienes, encarcelado y engrillado. Era don José hombre grueso y los grillos se le hincaron en las carnes. Su linajuda esposa, de muchos resonantes apellidos, Da. María Josefa Haedo Iglesias y Valenzuela de Guzmán, acude al tirano mismo y de rodillas suplica a S. E. que ordene cambiarle los grillos; y la respuesta se recuerda así: «Os concedo la gracia de autorizar el cambio de los grillos que aseguran a vuestro esposo, si vos misma mandáis hacer otros para reemplazarlos».

     La única joya que tras la confiscación y la ruina económica le había quedado a Da. María Josefa Haedo era un medallón de oro orlado de brillantes que ella había enterrado al pie de un árbol de su huerta. El medallón, con un retrato en miniatura de su esposo, fue el regalo que este le hiciera el día de sus bodas.

     En la herrería de el Vizcaíno, a trueque del medallón de oro se forja la barra de hierro menos dolorosa(4).

     Con estos y otros muchos antecedentes iguales en crueldad y aún peores, Ángel Joaquín y su prometida renuncian a santificar su unión ante el altar; optan por otra bendición. En un acto secreto -que no es fácil imaginar -tal vez, a la luz de cirios erguidos en candelabros de maciza plata, se lleva a cabo una ceremonia laica, seglar, aunque las circunstancias le confieren una dignidad dramática y patriarcal.

     El historiador Manuel Pesoa nos refiere sucintamente la ceremonia: «La matriarcal» -dice- «la matriarcal señora Josefa Antonia Coene de Aguayo y Espínola y Peña (consorte del prócer Fernando de la Mora, ante la imagen (de la Virgen) de su veneración, casó a la pareja burlando así la arbitrariedad del tirano»(5).

     Adviértase que quien actúa como sacerdotisa laica, digamos, no sólo es la madre del novio sino la esposa del gran prócer que ha languidecido en mazmorra del tirano desde 1820 hasta su muerte en 1835...



     El después famoso hijo de esta unión consentida con el beneplácito de dos linajes esclarecidos, el general doctor Benigno Ferreira, nació el 13 de febrero de 1846. Hacía seis años que había fallecido el Dictador Perpetuo, el 20 de septiembre de 1840.


     Murió el tirano pero su muerte no significó el fin de la tiranía. Los dos López que le sucedieron uno tras otro, Carlos Antonio y Francisco Solano, ejercieron un poder absoluto conforme a un sistema «que casi en nada varió», según Cecilio Báez, el máximo fustigador de tiranos en el Paraguay. El primer López gobernó el país hasta 1862. El segundo, que ya era general a los 18 años y que muy poco o nada entendía de milicia pero que demostró ser un experto en el ejercicio de la heredada tiranía, asumió el mando supremo a la muerte de su padre y lo ejerció hasta 1870.

     Las atrocidades del segundo López durante la guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay, parecen inverosímiles, increíbles. Empleemos estas palabras en su sentido estricto, a saber, lo que no tiene apariencia de verdad, lo que no puede creerse, lo muy difícil de creer.

     Ahora bien, antes de la guerra, mucho antes de las atrocidades de San Fernando, Solano López cometió crímenes difíciles de creer, que no tienen apariencia de verdad pero que prefiguran en su procedimiento, en su crueldad vesánica, los horrores infligidos a innumerables compatriotas y extranjeros y aun a miembros de su propia familia, incluyendo a su propia madre Da. Juana Paula Carrillo.

     En cuanto al procedimiento criminal he aquí en síntesis el empleado con respecto a Da. María Concepción Ferreira. El hijo de esta señora estudia en la Argentina y ha tenido como condiscípulos, en el Colegio Concepción del Uruguay, nada menos que al futuro general Julio A. Roca, el conquistador de la Patagonia, dos veces presidente de su nación, y al futuro escritor Eduardo Wilde y otros también futuros prohombres.

     Los argentinos han padecido su temible tirano Juan Manuel de Rosas (1793-1877) a cuyo régimen de opresión dio fin la batalla de Caseros en 1852; no es de extrañar que las nuevas generaciones rioplatenses fueran fervientes adictas a un ideal de libertad.

     Actuaban en el escenario político miembros de la generación argentina de 1837, y las ideas de uno de ellos, de Alberdi, inspiraron al Congreso Constituyente de 1853. Era una época de entusiasmo en lo que mira a la consagración y afirmación de las libertades cívicas. Residían en la Argentina muchos jóvenes paraguayos de familias enemigas de regímenes dictatoriales.

     A oídos del amo del Paraguay de aquel entonces llegan informes sobre las críticas de estudiantes paraguayos al Gobierno autoritario de Asunción. Solano López sabe que el hijo de Da. María Concepción Ferreira es uno de los críticos de su régimen. Y entonces inicia el procedimiento que años después adquiriría la plenitud de su eficiencia. Hay que comprometer a la madre del delincuente sepa ella o no sepa que el hijo es o no es culpable. Primeramente la futura víctima es llamada «por la justicia». Un piquete de Policías marcha a Limpio y allí notifica a Da. María Concepción que será interrogada en el Cuartel de Policía de Asunción por razones que ella sabrá cuando al día siguiente comparezca ante la autoridad en dicho cuartel.

     Y al día siguiente, en el Cuartel de Policía, se le comunica que está arrestada; su hijo Benigno Ferreira es un traidor que atenta contra el Superior Gobierno. (No estar a favor del Gobierno es ser traidor). Su hijo, oye la dama de Limpio, es un descastado y ella debe firmar una declaración que así condene al estudiante en Buenos Aires. Si ella quiere recobrar su libertad debe firmar una bien explícita declaración de culpabilidad.

     Si la detenida no firma esta declaración, será conducida a la cárcel donde alternará con ladrones y prostitutas. (Anote esto el futuro estudioso de las atrocidades del tirano exaltado en el Paraguay, país de tantos héroes auténticos, «como el héroe máximo»). Como se ve, además del castigo, López quiere infamar a sus víctimas. Cuando una de ellas, se niegue a confesar que su esposo es un traidor, después de hacerla sufrir infinitos azotes y tormentos, la hace encerrar una noche con un negro para que éste viole el cuerpo casi enteramente llagado de quien defendió heroicamente, ante los verdugos, el honor de su esposo y el suyo propio. Nos referimos a Juliana Insfrán de Martínez.

     Conducida, María Concepción, días después ante Solano López, este le advierte: «Le conviene, señora, renegar de su hijo Benigno, que es un traidor a la Patria». La madre del mozo inculpado contesta altivamente: «Traidor a su Patria, jamás, señor presidente; pero sí enemigo de su Gobierno, que es otra cosa».

     López entonces ordena que sea flagelada día y noche hasta que tome una decisión libre y declare a Benigno hijo descastado.

     La flagelación se verificó al pie de la letra; luego la víctima es estaqueada y sometida al tormento del cepo de uruguayana, como más tarde lo serán la nombrada Juliana Insfrán y otras preclaras víctimas. (Anote este aspecto del procedimiento el que reaccionando contra la historia distorsionada de la tiranía se prepare para estudiar los testimonios de contemporáneos nacionales y extranjeros del déspota oficialmente glorificado).

     Como la citada Juliana Insfrán y otras heroínas, la madre de Benigno Ferreira se muestra irreductible. Y habiendo comparecido una vez más ante el tirano, este le ordena: -«Firme ese papel; declare que su hijo es un descastado y un enemigo de la Patria. Y cesarán todas sus aflicciones».

     La respuesta es terminante: -«Antes de firmar ese indigno papel, prefiero que me destrocen la mano derecha». El tirano reacciona incontinenti disponiendo que se labre un acta con el relato del juicio. Y de su puño y letra pone al pie del acta esta providencia: «Aplástesele la mano como se pide. F. S. López».

     López no hace fusilar ni alancear a María Concepción Ferreira como después sus Tribunales de Sangre mandaron fusilar o alancear a innumerables víctimas; pero sus esbirros aplastan a martillazos la mano derecha de la impertérrita y hacen de esa mano «una informe masa sanguinolenta».

     El resto de lo que fue su mano derecha se le infecta y agusana. Considerada ya como caso perdido, la entregan a una fiel esclava. Y esta la cura y le salva la vida.

     Y es más: al hijo que ella se negó a repudiar le toca volver a ver a su madre en escenario de tragedia atroz. Y al producirse el encuentro de madre e hijo, años después del castigo, el abrazo de esta fue dulce y patético: el hijo ve alzarse la mano aplastada de su madre, un guiñapo negruzco, siguiendo el apasionado impulso del abrazo.



AMOR MENDIGO

 

Love is more thicker than forget


more thinner than recall...


EE Cummings




     -Nuestra oficina es grande, de treinta y cuatro empleados competentes, que ganan bien. Tratamos de que se sientan solidarios con nuestra firma -me dijo el Dr. Justo Cienfuegos. Tenía un traje gris oscuro, de muy buena calidad, la corbata de seda natural prolijamente anudada al cuello almidonado de la camisa blanca. Una cadena de [186] oro le colgaba de uno a otro bolsillo del chaleco. Un diamante ostentoso le brillaba en el anular derecho, engarzado en grueso anillo.

     El engarce desplegaba numerosas varillas relucientes aferradas a la gema, como patas doradas de insecto. Todo en su atuendo y en su actitud indicaba un refinamiento acaso un poco afectado. Hombre chapado a la antigua, el Dr. Cienfuegos pese a cierta fatuidad mal disimulada, era hombre respetado por su honestidad, sus vinculaciones y su considerable fortuna.

     -Nada más cruel que explotar a los débiles, a los miserables -añadió el Dr. Cienfuegos tras una pausa en que me escudriñó la mirada-. Yo tengo mi mesa escritorio al fondo del salón de la oficina. Las treinta y cuatro mesas de mis empleados forman dos filas paralelas a lo largo del salón, hasta poco antes de la puerta de entrada que da a la calle. Un pasillo nada angosto entre las filas de mesas facilita el tránsito de empleados y clientes. Yo, desde mi sillón del fondo, puedo observar todas las treinta y cuatro mesas. Lo puedo ver todo: quién entra, quién sale, quién prolonga demasiado una conversación telefónica. Nuestros clientes suelen acudir desde temprano, entre las siete y media, ocho de la mañana. Me basta un vistazo a derecha e izquierda para barruntar qué quiere el conocido abogado, el ejecutivo próspero, el ingeniero con problemas, el político de manejos no muy escrupulosos. Un muchacho uniformado -un botones- (me explicó con fatuidad) abre y cierra la puerta de calle y a veces se me acerca con el mensaje de alguien a quien yo he fingido no haber visto entrar en la oficina.

     El Dr. Cienfuegos guardó silencio un instante, consultó el anticuado reloj de oro que le abultaba el bolsillo izquierdo del chaleco. Yo no decía nada mientras él se daba tono con modales lentos y distinguidos. Al fin siguió hablando:

     -Hace unos meses vi que alguien era detenido frente a la puerta de la calle. El botones le cerraba el paso. Ordené al empleado más próximo que me averiguara lo que pasaba.

     El empleado fue hasta la puerta y volvió enseguida: -Es una mendiga, doctor -me informó-. Pero una mendiga, este... una mujer, una muchacha joven... deforme.

     Por el caminero rojo que cubre el piso del pasillo entre las dos filas de escritorios, ya avanzaba hacia mí la muchacha. Tendría unos veinte años; al caminar, los pies se le entrechocaban y el cuerpo todo se le zarandeaba hacia atrás, hacia adelante, hacia los costados. Todos los oficinistas suspendieron el trabajo; las dactilógrafas dejaron de teclear.

     Aunque su manera de andar era muy dificultosa, se daba la mayor prisa posible para llegar hasta mi escritorio. El botones la seguía con cara de susto; quiso más de una vez atajarla; pero ya ella estaba a pocos pasos de mí. Estrábica, la cabeza insegura sobre el pescuezo largo y venoso, hacía esfuerzos para mirarme sin mover demasiado el busto espasmódico, y ya me hablaba con una especie de gorgoteo salivoso en la boca torcida. El brazo derecho era como un muñón que terminara a la altura del codo en una mano que apenas podía llamarse mano, de donde le salían unos dedos, tres o cuatro, cortos, sin uñas, sucios y temblorosos. El brazo izquierdo era por contraste grande y fuerte, y más largo que un brazo normal para su cuerpo.

     Le dije al botones: -Déjela, y vuelva a su lugar. -Saqué la billetera y le tendí un billete nuevo. Ella dejó caer un palo que en su mano izquierda le hacía de bastón y se apoderó de los flamantes quinientos guaraníes diciendo algo incoherente pero que sin duda significaba agradecimiento. Llegó hasta mí entonces un fuerte tufo de suciedad y aliento fétido.

     Varios empleados, casi todos, los que tenían dinero menudo, me imitaron. Mientras ella se alejaba hacia la puerta de calle, le tendían billetes o monedas.

     Desde ese día, a las ocho y media en punto, la tullida llegaba a la oficina de nuestra firma. El botones la dejaba entrar abriéndole la puerta con amplitud suficiente para que no tropezase. Ella, a lo largo del caminero, iba pidiendo a uno y otro empleado, una ayuda -decía- en forma apenas inteligible.

     Había algo en la pobre que hacía imposible negarle una limosna, aun en el caso de que sólo hubiera billetes de no bajo valor disponibles: mis empleados se los daban sin vacilar. Nadie se excusaba día tras día hasta que una vez anunció ella que vendría solamente los lunes, los miércoles y los viernes. En esos días, menos que nunca faltaba, de parte de los empleados, una limosna ya de antemano preparada. La mendiga llegó a convertirse en una especie de mascota. Un viernes al mediodía, González, mi secretario, notó que la muchacha parecía menos sucia; que ahora se peinaba el cabello, torpemente, sí, pero se lo peinaba. También González y otros -y yo entre ellos- notamos que había aprendido a sonreír con una mueca aleteante en la boca torcida.

     Nuestro mandadero nos informó de que, después de recibir las limosnas en la oficina, se iba a una placita donde, sentada en un banco, comía con la mano izquierda ayudándose con el muñón del brazo deforme, las butifarras y chipas grasientas que le vendían en puestos cercanos.

     Su aspecto iba cambiando gradualmente; al principio no sabíamos qué pasaba; pero un día viernes, sí, un viernes, advertimos que le había crecido el vientre y se le abultaban los pechos, cosa que, como últimamente había subido de peso, pasó un tiempo inadvertida. Ahora ya no había ninguna duda: la tullida estaba encinta.

     El Dr. Cienfuegos me observó un momento con una expresión en que se mezclaban la compasión, la indignación y el asco.

     Ese día todos le dimos limosna como si nada hubiera pasado, sin que nadie se atreviera a formularle una pregunta, aunque ese viernes hubo en la oficina un estupor que fue avanzando de mesa en mesa hasta llegar a la mía.

     La Comisaría 8, la de nuestro barrio, queda cerca. El Comisario Pedro Núñez, excelente persona, es hermano de mi empleado más antiguo. El Comisario Núñez es el que me ha asignado el agente que vigila nuestra firma. Este agente, armado de un pesado revólver que le cuelga de un cinto decorado de lustrosos cartuchos, se pasa horas y horas casi sin moverse, frente a la oficina o dentro de ella, a la entrada, si hace frío o demasiado calor. Se llama Juan López.

     -Juan López -le dije el viernes aquel del descubrimiento apenas salió la mendiga de la oficina-. Hágame el favor, Juan López de seguir a esa pobre mujer y averiguar dónde vive, qué hace...

     Juan López, contento de abandonar su guardia aburrida, miró hacia donde se iba alejando la pordiosera y se fue tras ella sin apurar el paso. Yo le advertí que, a pedido mío, el Comisario autorizaba la pesquisa.

     El agente Juan López estuvo de vuelta antes del cierre de la oficina y vino hasta mi escritorio a darme parte: -Doctor, la mujer vive en un rancho de los bajos de la Chacarita. No vive sola. Tiene un compañero de unos treinta años que vive a su costa. El compañero toma mate o tereré todo el día. Cuando ella llega al rancho después de mendigar por los barrios, él cuenta el dinero. Entonces ella tiene que ir a la despensa de un coreano para comprar comida y whisky. Whisky marca Old Parr, nada más que Old Parr. Él no toma otra marca. Él la puso preñada. Una vecina dice que a veces le pega muy fuerte, si está borracho o si ella trae poca plata...

     -¿Y la madre de la mujer? -pregunté.

     -No tiene madre, doctor. Murió hace dos años; ella se quedó en el rancho. En ese rancho se metió el macho cuando supo que ella conseguía plata todos los días.

     -¡Juan López!

     -Sí, señor.

     -Desde el próximo lunes usted no deja entrar a esa mujer en la oficina. Párela antes de llegar a la puerta y dígale que tiene la entrada prohibida.

     -Muy bien, doctor.

     El lunes siguiente, el Comisario Pedro Núñez vino a la oficina para decirle algo a su hermano y después se me acercó para comentar lo sucedido el viernes de la pesquisa policial.

     -Mi querido Comisario -le expliqué-. Yo no puedo consentir en que esta oficina provea de whisky a ese miserable. Esa mujer tiene ahora prohibido mendigar bajo este techo. No hace una hora que el agente López no la dejó entrar y le ordenó que no volviera nunca más.

     -Ya sé, ya sé todo eso doctor, -me contestó el Comisario acariciándose un bigote muy negro recién crecido bajo su nariz aguileña-. Mi señora, doctor, me dijo anoche algo que me dejó pensando. Me dijo que si esa pobre mujer conseguía dinero por caridad, no había caridad en averiguar cómo lo gastaba... Además, doctor, me dijo mi señora que ese es el único hombre que puede tener la mendiga; su único hombre posible.

     -¡Comisario Núñez! ¡Pero nuestras limosnas compran el whisky de ese miserable explotador, ese borracho, ese bandido!

     -Sin duda -contestó el Comisario-. Sin duda, doctor. Pero ese miserable es también el único hombre que le hace olvidar a ella su horrible miseria y su deformidad. Esa mujer se estaba sintiendo feliz; se mostraba orgullosa de estar gruesa. Hoy voy a conversar con ella. He dado orden de que arresten a ese hombre y lo traigan a la Comisaría, si es que es el que estamos buscando. Yo sospecho que ese hombre tiene cuentas pendientes con la justicia. Me malicio que es un tal Portillo, prófugo de la cárcel de Tacumbú, acusado de doble homicidio y robo a mano armada. De paso, traerán a la mendiga. He despachado cinco agentes a la Chacarita.



     Al día siguiente, antes de las ocho vino a verme el Comisario Núñez. Estaba nervioso. Le ofrecí asiento. Se dejó caer en la silla.

     -¡Mi señora tenía razón, tenía razón! -comenzó diciendo. El sospechoso resultó ser el prófugo Raúl Portillo. Ahora está de vuelta en Tacumbú a disposición del juez.

     -¿Y la mujer esa? -pregunté.

     -No pudo aguantar la soledad en el rancho. Se abrió el vientre con el cuchillo de su hombre, hasta que la hoja se le trancó en las costillas. Anoche la encontraron sobre el catre, desangrada.



NOTAS DE UN DIARIO DE GUERRA

 

Ayer mataron a René,

     

y nuestro capitán, que era su amigo,


le halló un retrato de su propia esposa


en que decía «A mi René querido...»




El capitán estaba


ayer de tarde, pálido y sombrío.


Esta mañana fue en un patrullaje


y todavía no ha venido...


H. R. - A.


(Del libro Estampas de la guerra, 1939, pág. 16).




     Nuestras posiciones corren paralelas a las del enemigo. Nos separan unos cuatro o más kilómetros de bosquecillos ralos. El enemigo avanza ya hace meses desde el Sur hacia el río; nosotros, en el Norte, defendemos la cuenca del río. (El río Parapití, según lo llaman los pilas, fluye bien al Norte del desierto, y su caudal de aguas rodeado de altos bosques, señala el fin del páramo chaqueno.

     Hace cuatro días que el enemigo, en plena noche, ha salido sigilosamente a nuestra retaguardia y nos ha desalojado de nuestra larga trinchera. El enemigo dejó en sus posiciones sus ametralladoras pesadas y un pelotón de combatientes al mando de un oficial subalterno. Y, con el grueso de sus fuerzas, rebasó nuestras líneas por el ala izquierda irrumpiendo de sorpresa a nuestras espaldas. Nos causó muchas bajas; se apoderó de armas y pertrechos. Al día siguiente apenas cerró la noche ejecutó una maniobra idéntica: rebasó nuestra línea, nuestra flamante trinchera, y nos causó mucho daño, nos mató mucha gente. Y esto parece mentira; pero al tercer día, cuando era inconcebible una tercera maniobra igual o semejante, salió de nuevo a nuestra retaguardia y nos atacó con igual o mayor violencia. El Destacamento enemigo, mandado por un jefe audaz, consta de sólo dos regimientos fogueados tal como el nuestro. Pero debe de haber recibido refuerzos para hacer posible semejante hazaña. En tres días hemos cavado tres hondas trincheras, desalojados como fuimos de las anteriores a sangre y fuego. El enemigo, siempre hacia el Norte, ganando terreno, cavó también nuevas trincheras y no ha descansado todavía. Nosotros, que hemos llevado la peor parte en las tres batallas, tampoco hemos descansado y estamos exhaustos.

II

     El capitán Roberto Guzmán y el teniente René Murillo, que han combatido con verdadero heroísmo en los encuentros recientes, comentan doloridos las derrotas del Destacamento. Están en una hondonada circuida de cactos, pocos metros detrás de la trinchera recién cavada con lastimosa fatiga. El capitán y el teniente son oriundos de Santa Cruz de la Sierra, ciudad fundada por españoles del Paraguay en 1561, ambos de clase alta, de familia patricia. El capitán es hombre grave, serio, formal y melancólico; el teniente, jovial y festivo. Ambos buenos militares, el capitán, recientemente ascendido a su grado actual; el teniente Murillo, que convalecía en Santa Cruz de unas fiebres tenaces, no actuó como su amigo en los últimos seis meses de la campaña. Y el teniente 1.º René Murillo siguió siendo teniente 1.º.

     Se ha murmurado en el Regimiento y aun en la División que el simpático, que el jaranero, que el mujeriego René Murillo ha gozado de una convalecencia demasiado larga; que se las ha arreglado para prolongar su ausencia algo más de lo debido.

     El capitán no le ha hecho bromas sobre su prolongada ausencia de los combates; nadie conoce a René Murillo mejor que el capitán; nadie tampoco es tan discreto como Roberto Guzmán.

     Ahora los dos amigos recostados sobre el declive reseco de la hondonada saborean tragos de aguardiente.

     -Buena falta nos hace esto -comenta Murillo pasando la cantimplora a Roberto Guzmán. Este la alza con dos manos y bebe un par de tragos. Tiene el ceño fruncido, el aire tétrico. Hace tiempo que una sospecha lo atormenta. Una sospecha y repetidos sueños que lo han dejado caviloso. Guzmán y su amigo Murillo han conocido tres años atrás a dos primas hermanas, allá, en Santa Cruz de la Sierra. Guzmán le hizo la corte a una de ellas, a María Rosario, la hermosa María Rosario. René Murillo gustó mucho de las dos, y pareció enamorado de Blanca.

     De la graciosa Blanca, más joven y también hermosa, aunque no tanto como María Rosario. A René no se le ocurrió casarse. ¿Casarse antes de los treinta años?

     -¡Jamás!-

     Guzmán, grave y serio, propuso matrimonio tras un par de meses de formales amores con María Rosario. Y poco antes de la guerra Roberto y María Rosario se casaron. La pareja salió de la Catedral bajo un arco de espadas. Una de aquellas espadas fue la de René Murillo; las demás, de amigos militares del novio.

     A la hondonada llegó vocinglera una bandada de loros salvajes.

     -Vienen a comer higos de tuna -dijo René Murillo.

     -Es la única fruta que tienen en el desierto -comentó Guzmán-. Y dime René, ¿cómo encontraste a la linda Blanca?

     -Bien. Linda como siempre y de mal carácter. Reñíamos a menudo. María Rosario me aconsejaba tener paciencia. ¡Ah!

III

     Durante la ausencia de René Murillo el capitán ha recibido en el frente muchas cartas de su esposa. Y estas cartas de María Rosario, tan afectuosas respecto a René dieron mala espina al grave capitán. María Rosario contó que fue varias veces a visitar a René cuando este guardaba cama. Y que después se veían en reuniones sociales en casa de Blanca y otros amigos comunes de Santa Cruz. -¡Qué enfermo este más risueño!. Muy simpático nuestro amigo. A ti te admira por tu espíritu militar y tu valor de combatiente. Cuando llegó la noticia de tu ascenso a capitán, destapó él mismo varias botellas de champaña y brindamos con Blanca y los parientes...

     Más de una vez el capitán soñó que René cortejaba a María Rosario y que ella, lejos de ofenderse, aceptaba sonriente el galanteo. En sueños frecuentes, muy semejantes, los veía a él y a ella, en el automóvil descapotable de René, viajando hacia unas altísimas montañas...

     -René -anuncia a media tarde el capitán- el jefe del Destacamento me ordena despachar una patrulla para observar de cerca al enemigo. Mándelo al teniente Murillo; que él elija a sus patrulleros. Y despáchelo lo antes posible.

     -Está bien. Supongo que he de observar el ala izquierda del enemigo. Estoy listo. Saldré enseguida, mucho antes que anochezca.

     Dos horas después llegó al pagüiche del capitán el cabo Cantero, ordenanza de René Murillo:

     -Mi capitán: íbamos avanzando muy cerca de la trinchera. No sé cómo los pilas nos oyeron y nos vieron, porque nos arrastrábamos entre una maleza tupida, entre árboles que crecen en bosque espinoso. De repente una ráfaga de fusil ametrallador mató a mi teniente Murillo y al cabo Argüello...

     -¡El teniente Murillo-!

     -Lo trajimos muerto, mi capitán.

     El cadáver tenía una herida en la sien derecha que le causó una muerte instantánea.

     Ya a solas con el muerto en la hondonada, el capitán le sacó el reloj de pulsera y el grueso anillo que llevaba en el anular de la derecha. Vaciló un momento antes de apoderarse de la billetera y de los documentos que debía haber en ella. Se armó de valor y la sustrajo de sobre el pecho del muerto. De súbito la sonrisa de María Rosario en una fotografía clara y feliz lo dejó sin aliento: «Para ti René, con todo mi amor...».

     Minutos después el capitán al frente de una patrulla partió hacia las posiciones del enemigo para observar sus movimientos desde su retaguardia.

     Cuando cerró la noche, antes de su esperado regreso, regreso que nadie testimonió, el enemigo atacó por cuarta vez, furiosamente, y nos aniquiló. Cayeron prisioneros el Comandante de nuestro Destacamento y casi todos sus oficiales.

     Al capitán Roberto Guzmán lo vieron por última vez al emprender su último patrullaje. Murió combatiendo con su probado valor. Nadie nunca más lo vio.

1996

 

 

 

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NOTAS

1.       El Rojo Scott es el apodo amistoso de Roberto Stewart. (Véase del autor el libro La doma del jaguar, 1995). (N. del E.)

2.       [«conventirlos» en el original (N. del E.)]

3.       [«Samira» en el original. Por el contexto, el nombre correcto es el de «Stella» (N. del E.)]

4.       Teresa Lamas Carísimo de Rodríguez Alcalá. Tradiciones [183] del hogar, (Asunción; Talleres Nacionales de H. Kraus, 1921), páginas 55-63. (N. del E.)

5.       Manuel Pesoa, General Doctor Benigno Ferreira. Su biografía insertada en la Historia del Paraguay, (Asunción; Intercontinental Editora, 1955) página 141. (N. del E.)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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