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HUGO RODRÍGUEZ ALCALÁ (+)

  EL OJO DEL BOSQUE - HISTORIAS DE GENTE VARIA / HISTORIAS DE SOLDADOS - Cuentos de HUGO RODRÍGUEZ-ALCALÁ


EL OJO DEL BOSQUE - HISTORIAS DE GENTE VARIA / HISTORIAS DE SOLDADOS - Cuentos de HUGO RODRÍGUEZ-ALCALÁ

EL OJO DEL BOSQUE

HISTORIAS DE GENTE VARIA/ HISTORIAS DE SOLDADOS

Cuentos de HUGO RODRÍGUEZ-ALCALÁ

 

 

 

Arandurã Editorial

Asunción - Paraguay

 

Versión digital:

BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES

 

 

Enlace al EL OJO DEL BOSQUE  (Enlace externo) en la BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES

A MODO DE PRÓLOGO

PARTE I - HISTORIAS DE GENTE VARIA

EL CURADOR PERPETUO// EL REGRESO// EN EL DESPACHO DEL MINISTRO// LA ESPÍA// VIAJE EN LA OSCURIDAD// FIRMEZA, NO ARROGANCIA// EL DRAGÓN CAUTIVO (1821)// EL AS DE ESPADAS// CANAS AL AIRE - HISTORIA DE AGAR - HISTORIA DE LAURA// COSAS QUE PASAN// EL OJO DEL BOSQUE (EL YCUÁ PACOBÁ)// EL ESCOLAR DE LA ÚLTIMA FILA// CAJÓN SANGRANDO BAJO EL ARCO IRIS// BAJO EL SUPREMO// CICATRICES// EL TATUAJE// LA DECISIÓN DEL PASTOR FREEMANTLE// DON BALBINO Y EL FORAJIDO// EL HOMBRE DE GRIS// EL MANOMÓVIL BAJO EL PAMPANAJE// ADOLESCENCIA - (1940)

PARTE II - HISTORIAS DE SOLDADOS (Enlace interno)

TRAGOCHENKO// JULIÁN TALAVERA// FRENTE A LA PUNTA BRAVA DE BOQUERÓN: SEPTIEMBRE, 1932// DIÁLOGO EN EL MONTE// DIÁLOGO CON UN LECTOR// EL SUEÑO DEL GENERAL EN JEFE// LA CASA DE LAS CRUCES// LA MUERTE GANADA// EL HOMBRE DEL INFIERNO// VETERANO Y RECLUTA// LA CANTIMPLORA// EL CAMINO DE LA DESESPERACIÓN.

 

 

 

 A MODO DE PRÓLOGO

 

    El artista creador no es siempre consciente de lo que va surgiendo en esa entrega a la palabra escrita que le mueve a llevar al papel una intensa y no siempre homogénea necesidad vital. Parafraseando a Gertrude Stein, un poema no es siempre un poema; ni un cuento es necesariamente un cuento solamente. De aquí que podamos admitir como tan válida una creación lírica de tipo narrativo como un relato envuelto en genuino lirismo. Después de la novela, el género mixto por excelencia es la narración corta y existe una definida tendencia a lo poético entre sus cultivadores en nuestros tiempos, como he tratado de demostrar en otra parte. Refiriéndose a la dificultad de encuadrarlos dentro de una perceptiva estética cerrada, dijo alguna vez el prematuramente desaparecido cuentista alvés Ignacio de Aldecos: «los llamo relatos por llamarlos de algún modo.» No estamos seguros, pues de que Rodríguez-Alcalá se proponga conscientemente hacer un poema o redactar un cuentecillo de la misma manera que se entrega a la labor de crítico o de ensayista.

     Según él mismo nos ha confesado, de no habérselo impedido los deberes académicos, se hubiera entregado con más tesón a la ficción breve, sobre todo la que tiene sus raíces en episodios históricos. Sus dotes de narrador se van revelando ahora en excelentes relatos en torno a figuras próceres de su Paraguay nativo; algunos de ellos muy próximos a las estampas tan singulares de don Ricardo Palma en sus Tradiciones peruanas.

     No voy a tratar de examinarlos en su totalidad siguiendo un criterio cronológico ni a intentar una síntesis de sus rasgos más comunes, sino a comentar brevemente algunos de ellos. A pesar de cierta variedad temática peculiar al subgénero, se observa en casi todos -con escasas excepciones- el predominio de temas esenciales como son la violencia y la muerte. Por lo general se refieren a un individuo enfrentado a situaciones límites quizá por fatalidad o por su propia ceguera.

     El elemento de sorpresa, que en ocasiones resulta en lo que en inglés llamamos un «anticlimax», está siempre utilizado efectivamente. En «Viaje a la oscuridad» lo sorpresivo es que no parece haber pasado nada entre los esposos. En «El regreso» y en «El escolar de la última fila» no existe ninguno de estos elementos, y sin embargo una fuerte sugestión deja envuelta la narración de un episodio al parecer anodino. Vemos a los personajes más por dentro que por fuera; los diálogos cortos y expresivos se manejan con técnica borgeana; pero, a nuestro entender, el mayor acierto del autor consiste en el ritmo de la palabra y el fondo poético que a menudo enmarca la acción, revelando que aquél es un poeta que también escribe cuentos en primera persona para acentuar su subjetivismo. En «La cantimplora» el protagonista es un joven teniente a quien sorprende una escaramuza delirando en un catre en el hospital de campaña. Mientras sueña con su hogar asunceño bajo la fiebre que le devora surge el fragor del combate cercano. Atacados por el enemigo, deben huir oficiales y soldados bajo la intensa balacera. Solamente puede calmar la sed la vieja cantimplora que ha dejado abandonada en la fuga precipitada. A punto de desmayarse siente que el fiel ordenanza moribundo, le toca para entregarle el necesario artefacto, que ha rescatado al costo de su vida. Y en su mente queda grabada dicha imagen cuando finalmente alcanza las líneas amigas. Desplomado a los pies del viejo y experimentado coronel, escucha a éste ordenar sin emoción alguna que se reparen las correas de aquélla. Buen relato en que se mezclan lo real y lo alucinatorio en exitosa combinación dentro de una trama apropiada.

     Otro de los relatos de tema bélico bien logrados es el titulado «Tragochenko». El narrador es de nuevo un joven teniente envuelto en la misma contienda, el cual debe compartir con cuatro camaradas las miserias de la guerra. El protagonista en este relato de mayor aliento narrativo, de capacidad novelable, es un ruso blanco, antiguo oficial zarista a quien llaman así por su afición desmedida al alcohol. Este pintoresco personaje teme menos a la muerte en el frente que a la posibilidad de quedarse sin su diaria ración de aguardiente, que destila de una manera peculiar y bebe insaciablemente. Solamente una vez se deja entrever el drama interno del transterrado: estuvo, se adivina, enamorado de la hija menor de un general en la patria lejana y la perdió por los avatares del destino...

Ignacio R. M. Galbis Del libro Essays on Hugo Rodríguez-Alcalá,

University of California, 1985

 

 

 

PARTE I - HISTORIA DE GENTE VARIA

EL CURADOR PERPETUO

 

     Gabriel tenía un impreciso recuerdo de Dª. Rosa Guridi, fallecida antes que él cumpliera los cuatro años. Recordaba, sí, vívidamente, la mañana de marzo en que la quinta de las afueras fue invadida por una multitud de hombres y mujeres de negro que llenaban salones y galerías; recordaba los carruajes cuyas ruedas se entarquinaban en los patios anegados por lluvias recientes; recordaba a su padre, de pie junto al catafalco, rodeado de dignatarios. Fue en aquel lejano marzo cuando don Gaspar Guridi pareció advertir, por primera vez, la existencia de su hijo. Perplejo de encontrarse viudo y con la directa responsabilidad del huérfano, vio en éste más que el heredero de su nombre y su fortuna, el futuro Curador del Museo. Del Museo y Biblioteca Gaspar Guridi.

     El prócer cedería al Estado, apenas su hijo llegara a la mayoría de edad, en virtud de una venta que más que venta sería donación, el gran edificio que ocupaba toda una manzana en el centro de la ciudad. El edificio, con todo lo atesorado en su ámbito, se entiende.

     Alto y fornido como un granadero, siempre arropado en levitas negras tanto en verano como en invierno, siempre tocado de chisteras de copa reluciente y, en la diestra un bastón que por dentro escondía una hoja de acero aguzada por la punta, don Gaspar intimidaba con su figura arrogante, su fama de duelista, su aire altanero de reto y desdén. Las asonadas que acaudilló, las polémicas parlamentarias y periodísticas en que vendió desfalcos y chanchullos, los libelos en que prodigó incriminaciones y vejámenes, le valieron odios, persecuciones y destierros.

     A despecho de su talante provocativo y querelloso, era un erudito y un polígrafo de cultura clásica y moderna, miembro de respetadas academias extranjeras y autor de obras que circulaban en varios idiomas.

     Su hijo Gabriel, tras la muerte de Dª. Rosa, no tuvo otro hogar que el Museo, ni otra escuela que el Museo ni otro ámbito de juegos que el patio del Museo. El patio, coronado de cóncava techumbre de cristales multicolores, imponía con su despliegue marcial de artillería antigua. Allí, tornasoladas en la luz cernida por los cristales, baterías de cañones de bronce, emplazadas como para entrar en acción, abrían sus bocas que, medio siglo antes, habían llameado fragorosamente durante una dilatada guerra perdida.

     En el piso más alto del Museo, Gabriel tenía un dormitorio alfombrado de rojo. Cubría la cama, más que centenaria, un dosel de damasco. Muebles, tan antiguos como la cama, se adosaban a los testeros de que colgaban retratos de generales y eclesiásticos. En el palazzo renacentista, no lo suficientemente espacioso para tantos trofeos, tantos lienzos, tantas esculturas, tantas vitrinas, tantos muebles, tantos tapices, Gabriel oscuramente sintió que el Mundo era un Museo, una muda cárcel lujosa cuyo lujo, a menudo tétrico, proliferaba, piso sobre piso, en un ordenado esplendor salvado de la muerte. No había allí un cuadro, una estatua, una joya, una espada que no fuese obra, imagen o reliquia de difuntos ilustres y que no evocase el abolido ardor de una sucesión de pasados que se eternizaban allí en series de siglos, salones tras salones.

     Cuando Gabriel llegó a la mayoría de edad, don Gaspar lo hizo venir a su despacho. Sentado a su mesa escritorio cubierta de cristal sobre el que, a ambos lados, en sujeta libros de bronce se erguían diccionarios políglotas, y en cuyo centro había un tintero ornado con las Tres Gracias fundidas en oro, don Gaspar encajaba el mentón voluntarioso en el cuello abierto en aletas triangulares duramente almidonadas. Los bigotazos descendían hasta el almidón; los ojos grises se fijaban en los tímidos ojos azules del mozo.

     -He donado el lunes el Museo y la biblioteca. Los periódicos informan sobre una venta. Falso. Usted sabe que este país de ignorantes en perpetuo desgobierno y cuartelazos, desquiciado por políticos angurrientos y venales, no puede pagar el precio de lo que yo en cuarenta años he acumulado invirtiendo varias fortunas. Sólo he exigido que, en el curso de cinco años a partir de mi muerte, el Estado entregue a mi heredero la bicoca de diez millones de pesos llamados fuertes. Por cláusula especial del documento de cesión, hoy convertido en ley del Congreso, usted será, cuando yo muera, Curador Perpetuo del Museo y Biblioteca Gaspar Guridi. Usted está bien cualificado para serlo. Yo y los preceptores contratados en Europa le hemos enseñado lo suficiente.

     Gabriel, la vista baja, escuchaba en molesto silencio. Un último sol amarilleaba en los vidrios del ventanal flanqueado de cortinones carmesíes.

     -Yo quisiera ir, si es posible a Europa, para visitar museos -afinó a decir Gabriel con voz insegura.

     -Eso lo hará usted si lo juzgo necesario, dentro de un año o dos. Desde hoy en adelante usted asumirá, bajo mi vigilancia, la responsabilidad directa de todo el personal; elaborará, con ayuda del Sr. Lenau, un nuevo catálogo con las aportaciones recientes. Yo le pagaré de mi bolsillo una suma igual a la del sueldo que por ley recibirá usted a mi muerte como Curador Perpetuo. En un banco de Londres habrá una cuenta en libras esterlinas a su nombre. Será todo el dinero efectivo que nos quede. Espero que ellas sirvan en alguna eventualidad...

     El prócer encendió un habano.

     Gabriel, alto, larguirucho, cargado de hombros, la frente sudorosa, pidió permiso para retirarse. Quería volver cuanto antes a su pupitre de la Biblioteca; sentía que eran órdenes y no favores lo que recibía; optó por acatarlas sumisamente sin dar las gracias.

     -Mañana usted ocupará este despacho -anunció don Gaspar agitando el habano sobre un cenicero hasta hacer brillar la brasa. Luego agregó: -Sólo cuando vengan visitantes de rango yo estaré aquí, como si éste siguiera siendo mi escritorio. Desde mañana tendré el mío en la Biblioteca.

     -¿Puedo irme ya?

     -No. Espere un momento. Usted, también desde mañana, no vivirá más en su cuarto allá arriba. Usted irá a vivir en nuestra quinta. El que ha sido su ayo y el ama de llaves lo acompañarán. Los muebles que usted ha usado todos estos años son, como usted sabe, reliquias históricas. Ya he dispuesto que sean llevados a la Sala XII, donde los esperan los retratos, uniformes, medallas y espadas del General Espejo. Ocúpese usted de hacer limpiar todo eso y vea si el tapizado del sofá y los sillones necesita restauración.

***

     Formado por preceptores extranjeros y por su padre que los dirigía e importunaba con sus exigencias -exigencias para con ellos y, sobre todo, para con él, el hijo que tenía un destino prefijado, Gabriel nunca asistió, como queda dicho, a ninguna escuela pública o privada. Su educación para ser perfecta según criterio de don Gaspar, debía desarrollarse exenta de toda contaminación de mediocridad y estupidez; debía nutrirse, desde un comienzo, de la sabiduría de los antiguos. Ya saturado de cultura clásica, sería el futuro Curador iniciado en disciplinas modernas merced a un anticipado aprendizaje de lenguas vivas. Para sorpresa de los graves amigos de don Gaspar -aunque no de éste para quien un Guridi tenía por fuerza que ser excepcional- Gabriel reveló pasmosa facilidad en sus estudios bajo aquellos maestros importados de Europa, como también de Europa se habían importado las más costosas arañas del Museo. A los diez años leía arduos textos griegos y latinos; a los doce los comentaba en cuadernos que el muchacho, por orden del padre, llenaba con prolija y nítida caligrafía.

     Cada anochecer don Gaspar ordenaba que su hijo bajase de la Biblioteca con uno o dos de sus preceptores, según las materias sobre que había versado principalmente la jornada. En el coche tirado por un tronco de caballos blancos, el paseo por la ciudad y sus afueras solía durar más de una hora. Nunca otro niño ni después otro adolescente fue invitado a acompañar a Gabriel. Sólo uno o dos preceptores, a veces tres, eran invitados. Don Gaspar, calada la chistera hasta las cejas, las manos sobre la empuñadura del bastón estoque, dirigía el ambulante diálogo. De vez en cuando tomaba la palabra y no la soltaba hasta el fin del paseo. Entonces Gabriel quedaba absorto y maravillado por el ingenio mordaz y el chispeante, aunque insólito, humor festivo de su padre. Entonces, si el coche pasaba entre muchachos vocingleros y felices que jugaban a la pelota de acera a acera, Gabriel ni siquiera reparaba en ellos.

***

     Con este apartado debería haber comenzado la historia de Gabriel Guridi; por torpeza narrativa de quien la escribe, la introducción ha de parecer, si no innecesaria, muy larga. Lo grave es que ignora lo más importante. Hasta ahora ni siquiera he mencionado a la Mujer con la mano al pecho, el cuadro más celebrado del Museo. De autor anónimo, ningún perito afinó a identificar ni a conjeturar con algún fundamento la identidad del pintor; tampoco se pudo identificar a su modelo. En el ángulo inferior derecho se descifraba una fecha apenas discernible: 1849. Pero más que orientar a los expertos, la fecha los despistaba. Ningún pintor en ningún país pintaba así hacia 1849. La Mujer con la mano al pecho se retraía en su enigma con inquietantes ojos verdeazules; su mirada fulgía en irónico desafío para aquellos a quienes intrigaba su misterio. Una apenas perceptible sonrisa corregía la gravedad algo triste del semblante y acentuaba la esquivez burlona de aquel como desafío en la mirada enigmática. Una mano, la mano izquierda, perfectamente pintada, perfectamente viva en su hermosura, posábase sobre el seno henchido como para serenar una agitación interior. Pero no sólo las excepcionales cualidades pictóricas, no sólo la extremada belleza de la modelo, no sólo la identidad irrecuperable del pintor y su modelo constituían su más poderosa atracción. Había en la Mujer con la mano al pecho una vitalidad como incompatible aunque esencial a su ser; toda ella parecía pugnar por salirse del cuadro, toda ella vibrar, oscilar, rebelde a las dos dimensiones y desmentir, con imperiosas fuerzas latentes en su cuerpo, la languidez entre desafiante y melancólica de la mirada, la gravedad del semblante en que la leve sonrisa se diluía con equívoca laxitud.

     Gabriel la vio por primera vez la mañana en que, recién llegada de París, la Mujer con la mano al pecho ocupó un sitio de honor en la Sala VII. Tenía él dieciséis años; su adolescencia demasiado precoz, de sensibilidad excesiva desarrollada bajo una disciplina también excesiva, sufrió un sobresalto. El cuadro le produjo una emoción jamás suscitada por ningún otro cuadro; intuyó que esa persona no le era desconocida; sintiose próximo al umbral de un mundo ajeno a los demás pero no inaccesible para él. ¿Podría dar un paso y cruzar ese umbral, sobre todo si él oyese una voz de anticipado timbre de esos labios, noche tras noche, obstinadamente mudos?

     Desde aquella mañana, con temor, con zozobra, comprendió que él ya no era el de antes o que, en rigor, otro había en él que lo habitaba; otro que pensaba, imaginaba, recordaba cosas que él nunca había pensado, imaginado, recordado; otro, en fin, que a él había transmigrado. Más de una vez, en la alta noche, mirándose al espejo le pareció ver una cara que no era la suya.

     Nadie advirtió en Gabriel cambio alguno; él extremó la reserva de su carácter tímido y apocado; él siguió siendo para los demás el mismo de siempre.

     Muchos años después, descubiertos los reticentes apuntes que trazó durante noches insomnes, sus lucubraciones extravagantes fueron tomadas por pasatiempos de hombre raro, de erudito solitario. Entreverados con recibos y cuentas no pagadas, los apuntes esbozan la biografía de un personaje histórico o ficticio, y abundan en sucesos que más parecen sueños que relación de experiencias vividas en la vigilia. Jamás en ellos se habla del Museo; el personaje asume identidad borrosa y varia; se mueve, además, en épocas distintas. Una mujer siempre de algún modo presente en cada hoja amarillenta insinúa tener algo que ver con la de la mano al pecho. Tal ha sido, por lo menos, mi sospecha al leer y releer los apuntes. No obstante, en muchos episodios la mujer es una con rasgos apenas reconocibles como para relacionarla con la del retrato; en otros, es otra.

     Hay una historia de amor; pero esta historia se pierde o envaguece; hay fechas minuciosamente completas: hora, día, mes, año; hay ambientes de ciudades que no son de esta región del mundo; hay interiores prolijamente evocados que tampoco son nuestros; hay encuentros, hay despedidas, hay sueños; sobre todo, sueños. Hay, cabe insistir, una vacilante conexión entre hechos que se suponen acaecer en un siglo y luego continuar o repetirse en otro; hay largos diálogos incoherentes sobre promesas no cumplidas y cuyo incumplimiento se reprocha; hay diálogos breves y precisos de apasionadas palabras.

     Un cuadernillo de varios folios de papel timbrado -la pieza mejor escrita- evoca un paseo por un bosque. La letra, firme y clara, no es igual a la de los otros pliegos; una pareja avanza lentamente entre los árboles de ese bosque; ella lleva un vestido a la usanza del tiempo en que fue pintado el retrato; él, frac azul, chaleco blanco, cadenillas de oro sobre el pecho. Al fin del paseo, en un claro del bosque, espera un carruaje. La descripción del carruaje ocupa una página y abunda morosamente en pormenores. Ella sube al carruaje, una enlutada la recibe con un abrazo convulsivo, llorando; él se queda en el claro del bosque; tiene en la diestra un pañuelo húmedo; en el ojal del frac, una gardenia. Mutis.

***

     La secreta agonía de Gabriel Guridi comenzó a los seis años de la muerte de su padre. Las libras esterlinas de la cuenta en el banco londinense se habían agotado; el Curador las había invertido en mantenimiento y mejoras del Museo y de la Biblioteca. Su sueldo, desvalorizado el papel moneda tras dos revoluciones campales y tres cuartelazos ruinosos, apenas alcanzaba para cubrir sus gastos. Sus trajes fueron pasando de moda y envejeciendo como él mismo envejecía atormentado por los gajes de la Curadería Perpetua. Imposible un decoro indumentario requerido en quien ejercía un cargo que en la ciudad equivalía a una suerte de magistratura al margen de la vida política.

     El Estado, por su parte, ignorando la deuda de millones al heredero del Fundador, dejaba que Gabriel Guridi se las arreglase como pudiera.

     De otro lado, la fama de riqueza de los Guridi, justificaba en el sentir de los sucesivos Ministros de Hacienda, la dilatada morosidad. ¿No era el Curador multimillonario? ¿No tenía en Londres -y acaso en Zurich y Ginebra, cuantiosos depósitos que le darían una renta principesca? -En este país -se repetía- los ricos ponen a buen recaudo, en Europa, sus dineros bien o mal habidos. ¡Guridi el Joven nada tenía en común con Guridi el Viejo; este era un gran señor duelista, turbulento y mujeriego, sí; pero rumboso y generoso; el hijo, un avaro que no comía huevos por no tirar la cáscara! Jamás -se murmuraba- jamás había dado una fiesta, ni siquiera una cena en la quinta; no se le conocía una mujer en su vida; vivía encerrado en su Museo deleitándose con los tesoros que se agenció su padre y quemándose las cejas en la Biblioteca no para aprender sino para no vivir, para distraer su avaricia y llenar sus días sórdidos con lecturas que a lo mejor lo hastiaban.

     Día tras día Gabriel contemplaba absorto aquellos tesoros puestos a su perpetuo cuidado. Los debía mantener intactos y, si era posible, acrecerlos. Era una misión tantálica. Nunca, ni en los días de mayor penuria, ni cuando se retrasaba el pago de su sueldo, nunca tuvo la tentación de vender una joya, un cuadro, un tapiz, aunque nadie pudiera advertirlo. Su frugalidad cada vez más severa y vergonzante iba acartonándole el rostro extenuado y hundiéndole los ojos azules.

     La quinta de las afueras no era más suya hacía tiempo; el nuevo dueño, un negociante alemán, le permitía vivir en ella por un plazo establecido en contrato escrupulosamente reservado. Nadie sabía esto en la ciudad. El precio de la quinta se había invertido ya en el mantenimiento de los tesoros ajenos.

***

     La Sala VII, tras el fallecimiento de don Gaspar, había sido transformada; muchos de sus cuadros pasaron a otras salas. Sólo unos diez cuadros se distribuyeron sobre las paredes tapizadas de seda, en forma tal que el observador no tuviera que detenerse casi sin transición frente a uno y otro lienzo. Gabriel quiso realzar la presencia de la Mujer con la mano al pecho, colocarla donde mejor se la pudiera contemplar. De día una claraboya vertía sobre ella colada luz solar; de noche, fanales ocultos la iluminaban exaltando su poder fascinador. Las más suntuosas cortinas, las mejores alfombras, los más delicados muebles de época decoraban la Sala VII. Si la Mujer alguna vez quisiera descender desde donde estaba, podría reclinarse muellemente sobre un largo diván al pie de ella, junto a una lámpara a gas que a veces él mismo encendía.

***

     Sus periódicas visitas al Ministerio de Hacienda lo humillaban sin que él quisiera confesárselo. Por ley le debían millones más que a él, a su Curadería; millones de pesos fuertes cada vez más débiles.

     -Señor Ministro, por Ley del Congreso... -decía- Usted sabe que, en rigor, la venta no ha sido venta sino donación de un filántropo, de un gran patriota acaso mal comprendido. El dinero, señor Ministro, en lo que me concierne, tiene poca importancia. Lo necesitan el Museo y la Biblioteca, que pertenecen al Estado y sólo están bajo mi cuidado...

     -Señor Guridi: usted es un hombre rico y generoso como su ilustre padre. ¿No podría esperar un poco más, hasta que mejore la situación?

     -Yo, señor Ministro -insistía el postulante incapaz de confesar su desesperada pobreza e inhibido por la comparación con el Fundador- Yo por mí renunciaría a ese dinero si fuera mío y si yo pudiera hacer frente, solo, a tantos gastos urgentes...

     Las sonrisas de los sucesivos Ministros, aunque apenas insinuadas, lo desconcertaban. Adivinaba lo que cada uno de ellos prefería silenciar en su presencia. Sabía Gabriel, que cuando había fondos, gentes poderosas, civiles y militares, se los arrancaban al Ministerio; sabía que no creían en sus palabras, sabía que lo tomaban por rico y por avaro.

     Se enteró de todas las hablillas más crueles aunque vivía consagrado a su perpetuo empleo, evitando aun a sus pocos amigos y encerrándose después de cada jornada en su miserable tugurio. ¡Era un avaro! ¡Era un neurótico! ¡Era un chiflado roñoso! De la quinta ya hacía tiempo ocupada por su secreto comprador, conservaba unos trastos viejos en su actual refugio del barrio más apartado, un tugurio al que llegaba día tras día furtivamente y del que salía, furtivamente, mirando a todos lados con sus tímidos ojos azules.

     Cuando muy temprano cada mañana entraba en su despacho del Museo y se sentaba desconsolado a su lujosa mesa de Curador, solía contemplar largo rato el retrato de don Gaspar que, en la pared frontera, entre cortinas carmesíes presidía el silencio suntuoso del salón. En los ojos grises del retrato nunca hallaba consuelo. Sólo encontraba solaz en la Sala VII, frente a la Mujer.

     Crudo el invierno de aquel año de luchas civiles. Lluvias incesantes convertían las calles de la capital en peligrosos raudales. Vehículos y peatones fueron arrastrados hasta las barrancas del río y de allí precipitados sobre su arrolladora corriente. Hubo varias muertes, hubo derrumbes, hubo manzanas enteras destruidas en los suburbios más pobres. La casa de Gabriel, que no era sino una cabaña de adobe de muros que sangraban a través del revoque claudicante, amenazaba venirse abajo desde sobre la colina fangosa en que con otros tugurios se encaramaba entre sucios taludes.

     Por el techo de la pieza que le servía de alcoba caían chorros de agua helada, rotas las tejas sobre vigas a medio pudrir. Había que mover el catre, cambiar de sitio el ropero destartalado, poner a salvo, sobre la única mesa, lo que se iba enlodando sobre el piso: la única maleta, los ficheros, las cajas llenas de papeles.

     Una noche de ululante ventarrón que golpeaba furiosamente las maderas de la puerta y las ventanas, Gabriel, convulsionado por una tos sin alivio hacía una semana, decidió ir al Museo para dormir las horas restantes en lugar seco y tibio. Esperó a que amainara el viento. A las once cesaron los aullidos en el techo y el golpeteo en las maderas. En las calles, los raudales que poco antes rodaban altos y espumosos sobre calzadas y aceras, corrían ahora con menos masa y violencia en arroyos casi transparentes paralelos a los encintados. Se puso el gabán antiguo de don Gaspar; buscó el paraguas a la luz del farol a kerosene y lo encontró mojado y telarañoso en un rincón. Los zapatos, de muy gastadas suelas, tenían quebraduras y agujeros. Introdujo en ellos plantillas que él mismo cortara del cuero de una maleta ya inservible; apagó el farol y salió.

     Tiritando, semiahogado por la tos, llegó al Museo pasada ya la medianoche. Estaba empapado. La lluvia había vuelto a azotar la ciudad con furibundos ramalazos; nuevos raudales bermejos por la erosión reciente de colinas fangosas burbujeaban sobre todo lo ancho de las calzadas e invadían las aceras. Más de una vez resbaló al cruzar una calle y fue tumbado por las aguas.

     Chorreando sobre las alfombras mullidas del Museo llegó hasta la salita contigua a su despacho y allí colgó gabán, sombrero y paraguas. Tenía que penetrar en la Sala VII. Se sentía desvalido y enfermo; se veía sucio y zarrapastroso. -Un mendigo -pensó. -Soy un mendigo. Pero había determinado refugiarse en la Sala VII; allí iba a descansar entre cobijas; allí iba a dormir, iba a dormir.

     Se detuvo ante la puerta, puso una temblorosa mano sobre el picaporte. Entonces razonó que podía presentarse de otra manera y no ser visto como estaba ahora sino como estaría después; iría primero a la Sala de los Próceres o, tal vez, a la Sala XII. Recordó Ponchos militares bordados de oro, recordó engalonadas capas militares, recordó las almohadillas de fina tela sobre que reposaran cabezas de héroes difuntos. Vio brillar en su mente las cajas de cristal que guardaban estas reliquias y anticipó su tufo de alcanfor. Dio unos pasos hacia atrás y tuvo un vahído. Había que cruzar varias salas hasta llegar a la última, la Sala XII. Vaciló un momento; vio en un pasillo un sillón de respaldar y brazos dorados. No le importó ya manchar aquel terciopelo rojo tan bien preservado: se echó en el sillón y se inmovilizó en un desmayo. Debió de haber descabezado un largo sueño porque eran casi las dos de la mañana cuando, volviendo en sí, se encontró aterido, tiritando, sucio, en el Museo.

     En la Sala XII se vistió, por la cabeza un poncho de vicuña; luego otro poncho, también de vicuña y galoneado de oro. De una de las cajas de cristal más bajas sacó una manta gris; de otra, una almohadilla de campaña. Con paso lento, encendiendo y apagando luces a medida que entraba y salía de una y otra sala, llegó otra vez ante la puerta -la única puerta interior que estaba cerrada- de la Sala VII. Abrió nerviosamente la puerta; tendida ya la mano derecha hacia la llave eléctrica escondida detrás de la cortina, iba a encender las luces del techo cuando advirtió la luz que, a los pies del cuadro, formaba un círculo amarillo sobre la alfombra.

     -No enciendas las luces- dijo una voz cercana- No hacen falta. Dormirás en el diván; yo velaré tu sueño.

     Hallaron el cadáver, ya endurecido en el diván. Una manta oscura, casi sin pliegues, lo cubría desde los pies hasta debajo de la barba canosa. En el rostro muy blanco, los cerrados párpados velaban una última mirada de gratitud.


 

EL REGRESO

 

     Entró por la puerta que se abría a los fondos de la iglesia nueva. Vio en el zaguán la imagen de la Virgen y el Niño, amarillos de sol en su hornacina. Creyó reconocerlos. Debía de haberlos visto muchísimas veces. Pero en otro sido, hacía mucho tiempo. A la derecha, una puerta entornada daba acceso a la galería.

     Entonces tuvo la impresión de que por dentro el edificio no había cambiado; que sólo la capilla y el jardín de la capilla habían desaparecido. En su lugar se alzaba la iglesia nueva, casi grande como una catedral.

     Tuvo también la impresión entre dulce y dolorosa de que aquella siesta de febrero era idéntica a muchas de treinta años antes.

     No había nadie en el patio embaldosado, excepto los árboles que le solían parecer personas vivas. Tampoco había nadie en la avenida de palmeras reales que dividía el edificio en sus dos amplias alas.

     Todo estaba en silencio. Por las ventanas de las aulas a lo largo de la galería reconocía las altas lámparas ahora apagadas, los largos pizarrones y, encima de éstos, los crucifijos de metal oscuro.

     Oyó que sus pasos, que resonaban huecamente en el silencio, se detenían. Había luz en la sala de estudio.

     Estaba igual. Le extrañó que su tamaño no hubiese cambiado en tanto tiempo. Si avanzaba unos metros más pasaría frente a la ancha puerta abierta de par en par. Sintió inexplicable temor de llegar hasta esa puerta y de mirar hacia adentro. Avanzó, sin embargo, vacilando antes unos minutos, y miró. Lo reconoció en el acto; el pelo lo tenía todo blanco. Las gafas eran las mismas y también la cara rosada, casi sin arrugas. Y los mismos ojos escrutadores.

     -¿Tú aquí, de improviso, sin avisar a nadie? ¿Desde cuándo?

     -Desde hace unos días, Padre. Pasaba y entonces quise...

     El sacerdote le tomó las dos manos mirándolo fijamente a los ojos.

     -Has cambiado muy poco. ¿Sabes? Lo suficiente para convertirte en el retrato viviente de tu padre.

     -Siempre decían que me parecía a él.

     -Es cierto. Pero ahora aún más. En sus últimos tiempos, el pobre, venía los domingos a vernos y se paseaba por la galería mirando a los muchachos jugar en el patio. Me preguntaba casi siempre las mismas cosas; cómo eras cuando niño, cuáles fueron los primeros autores que leíste y si yo había adivinado entonces que ya soñabas con irte lejos, a aquellas tierras.

     Unos cincuenta pares de ojos adolescentes contemplaban curiosos a los hombres en el umbral de la puerta.

     -Vamos a dejarlos estudiar tranquilos. Son mis seminaristas. Tienen examen la semana próxima. Lo del pequeño seminario es idea mía. Cuando fui Director del Colegio, aproveché la ocasión y logré fundarlo. Hoy, como está en marcha, nadie se anima a suprimirlo...

     Hurgó en los bolsillos de la sotana y extrajo un llavero. Avanzaron hacia el final de la galería, en cuyo fondo, el visitante pudo pronto reconocer la entrada del viejo teatrito de sus comedias estudiantiles. El sacerdote se detuvo frente a una puerta muy alta.

     -Entremos en el aula número 2, que es esta. ¿Qué te parece? Hace veinticinco o más años que Rogelio, César, tú y los de aquella temible camada estudiasteis conmigo el primer curso...

     -Hace exactamente treinta años, Padre.

     La puerta se abrió con un crujido de maderas recién barnizadas. El visitante miró con intensidad los pupitres, el pizarrón, el crucifijo de metal.

     -Hay aquí el mismo olor de entonces, Padre. Olor a tiza, a tinta, a útiles escolares.

     -Y también olor a asno por desorejar. Siéntate donde quieras. Yo, por costumbre, me sentaré en esta silla que todavía parece joven.

     El visitante fue hasta el segundo pupitre de la primera fila y, al disponerse a ocupar el banco de madera dura que le había sido tan familiar, advirtió que era mucho menos grande de lo que recordaba. Con los codos sobre el pupitre podía ver, tras los hierros de la baranda de la galería, la mitad del patio de sus antiguos recreos. Un patio también del mismo tamaño: inmenso. Bajo aquel árbol (pensó) nos reuníamos los del grupo. Allí me contó Guillermo que durante todo el verano durmió con sus primas. Sobre aquellas gradas tuvo Luis María su primer ataque. ¡Qué blanco estaba en el cajón, semanas después, entre los cirios y las flores! El Padre Víctor no quería que el grupo se reuniera bajo el árbol. Creía que complotábamos cosas feas...

     -He leído varios escritos tuyos en revistas de América y Europa. Nunca me has enviado alguno de tus libros. ¿Estás contento allá, tan lejos? ¿No echas de menos la tierra, tu gente?

     -Esa pregunta debe ser primero para usted Padre. Usted hace mucho más que abandonó su país, su familia, su lengua.

     -Es diferente -dijo el sacerdote. Yo tengo la religión; tú apenas tienes la literatura.

     -¿Y cuántas veces ha vuelto a su país, Padre?

     -Sólo una vez, después de la guerra. Pero mi país es este donde vivo. Aquí las cosas siguen más o menos idénticas a lo que eran cuando llegué. El pueblo en el que nací, por el contrario, ya ni siquiera existe. Las bombas lo hicieron polvo; la iglesia y las casas que hoy tiene son más jóvenes, mucho más que yo. Lo único que le queda es el nombre que llevó durante siglos. Lo demás, hijo, no lo reconozco; no es mío.

     -Aquí también han cambiado muchas cosas, sin embargo. Y ha muerto mucha gente.

     -¿Viste ya la nueva iglesia que tenemos? Es magnífica.

     -Hubiera preferido que no demolieran la capilla con sus colorines y su altar lleno de ángeles de yeso. Pero, dígame, ¿el Padre Hilario...?

     -Murió hace quince años, en Francia.

     -¿Y el Padre Alberto? Él era más joven que el Padre Hilario.

     -Lo era hace treinta años. Estuvo mucho tiempo ciego y sordo. Murió también el pobre.

     Al visitante, mientras hacía estas preguntas, le pareció que si salía de aquella aula, cruzaba el inmenso patio, abría el portón de hierro de los fondos y llegaba al ala posterior del edificio, vería al Padre Alberto y al Padre Hilario sentados en uno de los bancos verdes del jardín examinando alguna flor nueva.

     -...Murió también el pobre...

     Quedó un momento silencioso, evitando los ojos del antiguo maestro. Luego, con esfuerzo y voz apenas audible, preguntó:

     -¿Y el Padre Alejo, Padre? Me escribieron que...

     -Sí, hijo. El cáncer. No le dijo nada a nadie durante años hasta que fue inevitable...

     -¿Murió?

     El sacerdote asintió con la cabeza. Hubo otro silencio, ahora más largo. Desde el patio llegaba un aturdidor bullicio de pájaros. Sonaron unas lentas campanadas, mucho más altas y vibrantes que las de otro tiempo.

     -El Padre Alejo -empezó el visitante- el Padre Alejo me conseguía los libros franceses que yo quería...

     -Era servicial y generoso con los que valían; con sus amigos. Pero nunca quiso asumir responsabilidades serias. Era brillante y sabía mucho, sí. Usaba su brillantez para evitarse disgustos.

     El visitante, con la cabeza baja, miraba vagamente el tablero del pupitre. En la madera oscura, grabado a cortaplumas en caracteres inseguros, leyó su propio nombre. Pasó la mano sobre el grabado y no dijo nada.

     -Padre Alejo -le decía yo- Lo necesitamos a usted. Asuma, Padre la Dirección. Y él me contestaba con una gran risa: «-Yo no sirvo para Director, Padre Miguel. Apenas para cura de campaña y maestro de escuela».

     El visitante, sin alzar los ojos, dijo: -El sabía lo que hacía...

     -Pero, Padre, ¿el prestigio -argüía yo- que usted tiene? Su influencia, sus amigos. Todo eso es necesario en esta crisis. Pero el Padre Alejo repetía: «-Yo no sirvo para Director, Padre Miguel. Apenas para maestrito de escuela...» Y entonces me daba una palmada en el hombro y se iba, con su breviario lleno de estampas, por la avenida de las palmeras, riéndose acaso de este tonto que creía en su prestigio y en su brillantez. No quería responsabilidades. Era así.

     -Sin embargo, Padre -lo interrumpió el visitante- era el primero en llegar a la cabecera de un enfermo, en escribir una cartita amable cuando alguien sacaba un premio o cosa así. Cuando enseñaba no parecía dar clase. Conversaba con nosotros y entre chiste y chiste decía cosas que no se olvidan.

     -No quería responsabilidades, hijo. La cruz no pesa cuando se está entre amigos sino cuando se la lleva a solas. El solamente quería a sus amigos y se desentendía de casi todo lo demás.

     -A veces, conversando en esta misma clase sobre Pericles, Augusto o Luis XIV, se quedaba muy pálido y llevándose la mano al costado permanecía rígido durante un minuto o más. La frente se le cubría de sudor y debía sacarse las gafas, después, para secárselas.

     -Sería ya su mal, hijo.

     -No sé. No se quejaba ni atribuía esos dolores a nada serio. «No es nada -explicaba- es este cambiar del tiempo, del calor al frío y viceversa...»

     -Extraño hombre el Padre Alejo, hijo. La verdad es que desde que se nos fue, aquí se ha acabado la alegría. Odiaba la tristeza como a todas las cosas serias. «-Padre Miguel -me predicaba- no tome demasiado a pecho esas cosas que lo molestan. Los pájaros tienen graves problemas, Y mire usted cómo no dejan de cantar nunca». Y era cierto, desde el amanecer hasta ponerse el sol cantaban -y cantan- en los grandes árboles. Debajo de uno de ellos, del más frondoso, ¿recuerdas? el Padre Alejo leía sus libros y escribía en sus cuadernos azules con cantos dorados.

     -Padre, debo ahora marcharme. Me esperan aquí cerca. Volveré a visitarlo antes de...

     -No, no te vayas todavía. Espera dos minutos más. El Padre Alejo me dejó algo para ti. Primero quiso que se lo diera a tu padre, pero en esos días tu padre cayó enfermo... «-Déselo entonces personalmente -me dijo.- Él va a volver pronto. Va a ver usted. Va a volver pronto, cualquiera de estos días». Y yo para tranquilizarlo...

     No lo dejó terminar la frase. Se puso en pie y salió hacia la galería; apoyó las manos en la baranda y allí quedó, solo, de espaldas al aula Número 2. El viejo maestro se le acercó y le dijo suavemente:

     -Espera. Vuelvo en seguida.

     Pero no lo abandonó junto a la baranda. Permaneció al lado del viajero con una mano puesta sobre el hombro inclinado hasta que al muchacho canoso le fue posible hablar de nuevo.


 

EN EL DESPACHO DEL MINISTRO

 

     Una luz entre amarilla y rosada, llena de átomos inquietos, penetra por una de las ventanas del despacho. La luz se cuela por entre el cortinaje carmesí ornado de flecos, cordones y borlas de oro viejo. Después, esparciéndose con lentitud sobre la alfombra, llega hasta el sofá estilo Luis XV en el que está dormido el Ministro, y se detiene sobre el ángel de bronce que corona los dos cubos de cristal del tintero. El ángel, que tiene una espada en la mano, resplandece como recién fundido y lanza reflejos irisados sobre los papeles que cubren la mesa escritorio. El Ministro se despierta con sobresalto. (¿Quién le ha hablado en voz baja en el oído?) Y, lo primero que ve es el ángel, el ángel que lo deslumbra como un ascua.

     El Ministro, aún sugestionado por el ansiado mensaje mentido por el sueño reciente, se levanta y va hasta la ventana que ha quedado entreabierta toda la noche. Todavía brillan luces en los barcos surtos en la celeste bahía del río.

     -No, no han llegado -se dice con desencanto.- Era solamente un sueño.

     Hace meses que espera a los cañoneros que han de defender de norte a sur ese río que allá fluye hacia el mar lejano.

     Con pasos rápidos llega hasta la mesa de trabajo, enciende la lámpara. Minutos después ya ha trazado, con caracteres enérgicos, el texto de un telegrama. Hay un profundo silencio en Palacio. El Secretario y los ujieres tardarán una hora en llegar.

     -País de inconscientes -masculla- tribu violenta devorada por luchas civiles, ha malbaratado sus parques y diezmado su ejército. El enemigo ha aprovechado nuestras discordias para infiltrarse en la mitad de su territorio todavía salvaje, y está construyendo fortines a pocas jornadas de ese río tan codiciado. ¡Ese territorio debería ser hoy un inmenso emporio de riqueza!

     El Ministro es un hombrecillo de cabeza grande, pálido rostro triangular, negros ojos dominadores. Durante las últimas semanas ha trabajado hasta altas horas de la noche. Exhausto, el sueño lo ha rendido, cerca ya del amanecer, en ese sofá donde acaban de despertarlo la luz intrusa y el engañoso mensaje de un sueño.

     Desde la terminación de la última guerra civil, el Ministro ha pugnado por restaurar las finanzas, pacificar los espíritus, armar a la nación en peligro. Han sido cinco años de paz difícil, de enormes sacrificios, de tenaz porfía contra su propio partido y la oposición clamorosa. Pero ha logrado sanear la moneda, pagar deudas ingentes, restablecer el crédito público y comprar armas. Ahora espera, ansioso, los modernos cañoneros que ya deberían haber llegado a través del mar y subido por ese río indefenso.

     Emisarios suyos (en Inglaterra, en Francia, en Bélgica, en Estados Unidos) han negociado pertrechos militares y maquinarias agrícolas. Técnicos nacionales y extranjeros han reorganizado, bajo su severa supervisión, los cuadros del ejército. Hombre de pocas palabras, el Ministro prefiere escribir a hablar; su pluma acerada corre infatigable sobre hojas con el escudo de Hacienda; van dirigidas al Presidente, a los demás Ministros, a los jefes de Administración. En cada frase suya hay una insofrenable mordacidad, una incitación que suena como perentorio mandato. Ya nadie se ofende. Finalizado su período presidencial, ha ocupado el Ministerio de Hacienda, el suyo. Pero sigue siendo él el Primer Magistrado. Su autoridad dominadora no se discute; la acata más que nadie el que hoy es su jefe nominal. «El Ministro es así»- se repite en Palacio y en todos los círculos de Poder. Lo que él decide debe cumplirse sin chistar. El Ministro deshace las objeciones más respetuosas con una mueca de desdén e impaciencia. Se acepta cuanto manda porque él ha asumido una voluntad nacional que antes de él no existía en el país desquiciado.

     Se oye un rumor de pasos y de voces sofocadas en la antesala del despacho. El Ministro hace sonar el timbre. La alta puerta, a mano izquierda del salón hexagonal, se abre con cautela. Un ordenanza adolescente asoma la cara morena con los ojos aún turbios de sueño.

     -¿Ha llegado el Secretario?

     -Sí, Excelencia.

     -Que venga ahora mismo.

     El secretario Dr. Luis Macías entra a toda prisa en el despacho con dos carpetas rebosantes de papeles.

     -Dr. Macías, usted ha llegado diez minutos tarde. Haga sacar copias de ese telegrama; envíe el mismo texto a todos nuestros emisarios en Europa y en Estados Unidos.

     -Muy bien, señor Ministro.

     -Lea primero el telegrama aquí mismo y dígame si la advertencia es o no clara.

     -Con mucho gusto...

     El Ministro se ha cruzado de brazos, y espera.

     -Sí, Sr. Ministro... Lo que usted insinúa es muy claro. Pero, ¿cree usted que es indispensable...? ¿No sería algo ofensivo?

     -Hay que defender los fondos públicos a toda costa. En algunos de esos patriotas no hay sólo un ladrón en cierne sino cuarenta, como los de Alí Babá, ¿Entiende? Bien. Averigüe en el Ministerio de Guerra y Marina por qué no han llegado los cañoneros; qué hacen allá lejos, río abajo.

     -Muy bien, señor Ministro.

     El Secretario se dispone a marcharse. Se inclina levemente, y da media vuelta hacia la puerta.

     -Dr. Macías, un momento...

     -Sí, Señor Ministro.

     El Ministro le clava los ojos escrutadores: - Dígame, ¿baja o no baja el río?

     Perplejo, el Secretario no sabe qué contestar. Es un hombre serio, reservado y tímido, que nunca puede anticipar las salidas de su jefe.

     -El río... sigue igual, Sr. Ministro. Siempre bajando hacia el Sur, sí; pero no de nivel.

     -Pues que no baje de nivel. Sería lamentable.

     -¡Ah! Olvidaba, Sr. Ministro: El Dr. Arnulfo Padrón ha pedido audiencia varias veces esta semana. Se la he fijado a las nueve, hoy mismo.

     -¿Y por qué usted no me ha consultado? ¿Quién le ha dicho a usted, Dr. Macías, que yo quiero ver a ese delincuente?

     La ira desfigura el rostro triangular; las cejas las tiene juntas, la boca en rictus casi felino. La mano derecha del Ministro, endurecida por la esgrima en lustros de práctica diaria, da un puñetazo sobre las carpetas del Secretario.

     Cuando éste desaparece del despacho, el Ministro va hacia la ventana que domina el paisaje del río. Allí apoya ambas manos sobre el barandal del balcón de pulidos balaustres de mármol y escruta el panorama ya casi intolerablemente luminoso de la bahía. A los pies del balcón, un arriate bien cuidado de rosales en flor, despide hacia él un perfume delicioso. En ese momento, el ordenanza entra con el desayuno ministerial.

     El Dr. Arnulfo Padrón se ha vestido para la entrevista como para un Te Deum. Saco negro, pantalón rayado, polainas grises. Bajo el nudo de la corbata, una perla reluciente. El Dr. Padrón es ceremonioso y algo ridículo; dos pasiones le han envejecido prematuramente; la envidia y la codicia. Su semblante verdoso no siempre puede disimular el juego interior de las dos pasiones. Su boca es un tajo de color marrón oscuro; este tajo se mueve de un lado a otro mientras pronuncia palabras melosas que le salen afuera como masticadas; sus ojos saltones relucen o se nublan como los de un activo batracio que entra en un área abundante en insectos; sus manos huesudas, si no juegan constantemente con el bastón de empuñadura de plata, dan la impresión de que, libres, se apoderarían de cualquier objeto valioso que estuviera a su alcance. El Dr. Padrón ha ganado reputación de intelectual ilustrado en varias disciplinas. Su pluma asedia a los periódicos nacionales o extranjeros que no objetan la pesadez de su estilo. El Dr. Padrón ha publicado docenas de folletos sobre economía y finanzas; ha dado a luz a plúmbeos ensayos de crítica literaria. El Dr. Padrón es también poeta, un poetastro crasa y cursimente erótico. Esta abundante producción le ha dado renombre, sin duda por ilegible.

     Condiscípulo del Ministro en la Universidad, el Dr. Padrón le ha tenido siempre una envidia corrosiva; pero desde la elevación del ex condiscípulo, el Dr. Padrón le muestra una deferencia ceremoniosa, obsecuente y zalamera.

     Esta mañana de septiembre, mientras el Dr. Arnulfo Padrón se dirige a Palacio y avanza por los jardines, no las tiene todas consigo. Tanto en Inglaterra como en Bélgica ha extremado su habilidad para borrar todas las huellas de sus fraudes y cohechos. El negocio turbio de los cañones, de las ametralladoras, de los fusiles, lo inquieta. El pudo detectar la no difícil complicidad de sujetos equívocos en esos países; los precios fueron convenientemente alterados; el Dr. Padrón embolsó considerables sumas en libras esterlinas; la otra gran operación, la de los camiones para el Ejército, motivó sospechas en Washington, en la misma Legación de Washington. ¿Habrá llegado a oídos del Ministro el rumor que circuló no sólo entre los diplomáticos nacionales sino entre los extranjeros, especialmente entre los diplomáticos del país que ahora maquina una agresión cada vez más desembozada? Él trató de ahogar este rumor gastando generosas sumas de preciosos dólares para agasajar debidamente a los suspicaces. ¿Habrá logrado su propósito?

     El temor de que los ojos de lince del Ministro hayan captado en las líneas y entre las líneas de los contratos la evidencia del fraude, lo hizo estremecer. Ya era tarde para volver sobre sus pasos y huir; los marineros en uniforme de gala de la Guardia de Palacio presentaban sus armas con estrépito marcial; esto ocurría a menudo; lo confundían con algún Embajador, con un Ministro de Estado. Las gradas de la escalinata de mármol se le ofrecían a sus botines empolainados; el Dr. Padrón recordó que no debía subir esas gradas; el despacho del Ministro estaba en la planta baja; torció hacia la izquierda y en pocos minutos estuvo en la antesala. Frente al espejo de una dorada consola se vio demasiado elegante como para presentarse ante el hombre austero y temido; hubiera deseado deshacerse de las polainas, de los guantes, del bastón, del lujoso sombrero hongo y esconder, bajo la solapa, la perla reluciente. Pero ya lo anunciaban al Ministro:

     -El Dr. Arnulfo Padrón...

     En el centro del despacho, colgante del techo artesonado, brillaban las bujías y los infinitos caireles de una antigua araña de cristal. Esto fue lo primero que vio; al fondo, una altísima ventana entreabierta y, por último, casi demasiado cerca para su expectación, la mesa del Ministro, el ángel de bronce del tintero; detrás, la gran cabeza calva bañada en luz eléctrica, el rostro triangular sobre un expediente. En tomo a la mesa había unas sillas de estilo Luis XV. Mentalmente eligió una de ellas, mientras decía con voz que quiso ser alborozada y amable:

     -Sr. Ministro... buenos días...

     El Ministro permaneció inmutable, absorto en el estudio de un expediente. Tal vez no lo hubiera oído. Lentamente tomó una pluma, la sumergió en el tintero del ángel, y trazó unas líneas al pie del escrito. Después estampó su firma, y el rasgueo de la pluma fue ominosamente audible para el visitante. De fuera venía un rumor de automóviles que llegaban a la entrada frontal del Palacio. Pero en el despacho el silencio se prolongaba como si la alfombra mullida y las cortinas carmesíes absorbieran el más leve ruido. En las paredes, los óleos de los próceres parecían querer eternizar aquel silencio.

     -Señor Ministro: muy buenos días... Vengo a presentar informe oral de mi exitosa, de mi exitosa misión -repitió el barbarismo con fatuidad- en Europa y en los Estados Unidos.

     Sólo entonces los ojos dominadores se levantaron hacia donde sonaba la voz.

     -Ya he leído el informe escrito; ya he leído los contratos. Ninguna de sus artimañas ha podido ocultar sus desfalcos.

     -¡Señor Ministro, me han calumniado! ¡Yo tengo envidiosos! ¡Hemos sido condiscípulos! ¡Usted me conoce! ¡Mejor dicho, tú, desde antes, Catón, -así te llamábamos- me conoces...!

     -¡No le permito tutearme! ¡Bien le conozco a usted! Y el inglés y el francés no me son lenguas desconocidas. Jamás la gramática parda que usted ejerce en tres idiomas podría ocultarme el fraude y el cohecho.

     -Yo soy un hombre probo y un patriota, Sr. Ministro; ¡usted me ofende! ¡Sea objetivo y ecuánime!

     -¡Usted es un miserable, Dr. Padrón! ¡Retírese!

     El aludido alzó ambos brazos con dramático estupor. En la mano derecha tenía el sombrero; en la izquierda el bastón y los guantes.

     -¡Retírese!

     Al bajar los brazos, la contera del bastón dio en el respaldo de una silla y cayó. El Dr. Padrón, tembloroso y amarillo, se inclinó sobre la alfombra roja, asió la empuñadura de plata, se irguió súbitamente furioso, ofendido y cobarde y dio unos pasos hacia la Puerta.

     -¡Alto ahí! -gritó el Ministro. Abrió una gaveta y empuñó un pesado revólver. Se oyó nítidamente el cric metálico del arma al ser amartillada.

     -¡Los ladrones no salen por la puerta: huyen por la ventana! Aterrorizado, retrocedió Padrón hasta la ventana entreabierta; al tropezar con el barandal del balcón, diose vuelta y arrojó al jardín el sombrero, el bastón, los guantes.

     -¡Salte, ladrón!

     No hubo más remedio. Cayó de bruces, de puro miedo, abiertos los brazos y las piernas, como un batracio, sobre rosales llenos de rosas y de espinas.

 


 

LA ESPÍA

 

     El pueblo tendrá unas cien manzanas de casas polvorientas; en el centro hay una plaza de árboles raquíticos. En torno a esta plaza están la Iglesia, la Municipalidad, la Comisaría, el Juzgado de Paz. Se ve esta plaza casi siempre desierta: de día, la achicharra el sol; de noche, los bancos destartalados, el mástil mondo y lirondo al que a veces izan la bandera, a nadie atraen excepto a algunos borrachos forasteros insensibles a los mosquitos.

     La tierra seca y salitrosa se ha opuesto tercamente a las tentativas esporádicas de jardinería con que la Municipalidad ha querido adecentar la plaza y las calles céntricas. El pueblo es laborioso, es triste, es feo. Es, sobre todo, taciturno. Nunca ha sido locuaz, ni siquiera en el barrio español. (Hay muchos barrios: hay el barrio judío, hay el barrio polaco, hay el barrio italiano, hay el barrio criollo, etc. No son precisamente barrios; pero así se llaman las manzanas en que hay más españoles que judíos, o más italianos o criollos que otra gente).

     Ahora el pueblo es menos locuaz que nunca; el silencio, la reserva, la suspicacia que parecieron presidir su fundación, han adquirido en estos tiempos difíciles un cariz más opresivo. Sólo en algunas casas las radios suenan con volumen alto; sólo en muy pocas las radios se dejan oír desde la calle. A través de las persianas de estas casas se oyen, a menudo, enérgicos discursos. Una voz tonante, muy conocida y que viene de muy lejos, hace vibrar esas pocas radios no silenciadas.

     Se sabe que en cada manzana hay un Jefe de Manzana; pero no se sabe quién es; se sabe que en el pueblo hay un Jefe que a todos vigila, un Jefe que no es ni el Comisario, ni el Juez ni el Intendente; se sabe que todo lo que se dice lo va a saber el Jefe de Manzana, y que el Jefe de todos los Jefes de Manzana informará a su vez a otro Jefe, no local, sino provincial.

     Nadie opina sobre nada; nadie opina ni sobre la calidad de la carne ni sobre los precios de las verduras ni sobre la dilatada sequía. Mejor callar y paciencia. Cuando los muros aparecen con grandes vivas y con grandes mueras pintados con brocha gorda rezumante de alquitrán, nadie se atreve a borrar lo emporcado. Allí se quedan sucios de letras negras y torpes, el paredón de un patio, la enjabelgadura de un domicilio, la fachada de una tienda, la puerta de un garaje.

***

     El médico y su esposa viven en una casa grande, tan grande que ocupa más de la mitad de una de las manzanas céntricas. El médico ha dividido su casa en dos: el ala derecha la convirtió en sanatorio; el ala izquierda, con un zaguán idéntico al del ala derecha, les sirve de vivienda a él y a su linda mujer.

     Él tiene cuarenta años; ella, treinta y ocho. Él es flemático, calmoso, circunspecto; ella es pizpireta, aguda, conversadora. Dos años en el pueblo, sin embargo, la han hecho tan circunspecta como su marido. Los dos se complementan tanto en lo que atañe al carácter como en lo que atañe a la profesión: él es excelente cirujano; ella, excelente anestesista. Durante algunos años se las arreglaron solos; ahora ella, encinta de seis meses, se dedica más a su casa. La enfermera, Nila Salinas, ha ocupado su lugar y ya no da abasto. El sanatorio ha prosperado mucho.

     -Isabel -dice el médico un atardecer sofocante- Tenemos que contratar otra enfermera. La Salinas comienza a quejarse de tanto trabajo.

     -Es cierto que necesitamos otra; ya no puedo ayudarte como antes, pero ¿quién se fía de una desconocida? A la Salinas la conocemos bien; sabemos lo que piensa; sabemos que es adicta al Capo Máximo. Y por esto sabemos a qué atenernos. Sabemos también que nos quiere y que ya es como de la familia.

     Los negros ojos de Isabel se clavaron en los aún más negros de su marido. Él, midiendo bien las palabras, contesta: - Si somos prudentes como con la Salinas, no hay peligro. Nunca hay que hablar de política, nunca quejarse de nada. De vez en cuando se puede alabar alguna cosa que no esté mal y así pasar como adictos, también, al régimen. Somos extranjeros, venimos de un país amigo; no tenemos vela en este entierro.

     -¡Este es el entierro de un hermoso país! -dijo ella- ¡Esta gentuza me enferma!

     Él dio un paso y se asomó a la ventana del patio. En el crepúsculo se tornasolaban las grandes hojas de los bananeros. -El Dr. Pérez, que es nuestro compatriota y buen amigo, me recomendó, precisamente ayer, una enfermera muy buena, dice. Se llama Carmen Morel. Esta Morel va a venir mañana para que la veamos.

     Isabel no dijo nada durante unos minutos. Su marido ahora se lavaba las manos con minuciosidad profesional; ahora se las estaba secando; ahora, con un gesto de alivio, se sacaba el gorro blanco; ahora se deshacía de la bata, hoy no muy blanca.

     -¡Qué vida! -pensó Isabel- El pobre está avejentado. Ayer no más tenía el pelo negrísimo, los ojos brillantes, las mejillas rosadas. ¡Era tan buen mozo! Y ahora tiene canas, tiene arrugas, tiene una palidez que nunca le he visto ni cuando volvió de la guerra y nos casamos.

     Por fin, en voz alta, dijo resignada: ¡Que venga la Morel! Trabajo hay para ella y para otra más.

***

     Al día siguiente se presentó en el sanatorio una mujer pelirroja, de ojos color de miel, cutis pecoso y pestañas y cejas tan rojas como el pelo. Tendría cerca de cuarenta años; era robusta y alta; hablaba con precisión y lentitud, como no queriendo ser malentendida.

     -Soy Carmen Morel, la recomendada del Dr. Pérez- contestó cuando el médico, estudiándola disimuladamente y sorprendido por la rojez del cabello, cejas y pestañas y el color de los ojos, le preguntó su nombre.

     -Le traigo fotocopia de mi diploma y cartas de tres médicos, que usted acaso conozca.

     -¿De donde vendrá esta mujer? - se interrogó el cirujano.- Extraña manera de hablar... fotocooopia, diplooooma, acaaaso, conoooozca...

     Carmen Morel resultó metódica, eficaz, reservada. Sus ojos color de miel evitaban los ojos del médico, los ojos de Isabel, los ojos de los pacientes. Su alta figura blanca, con la toca que parecía más blanca sobre la rojez del pelo, se llevaba tras sí todos los ojos; ojos que no podían observarla un solo instante quieta. La Morel se movía vertiginosa y urgente por salas y pasillos, entre muebles y gente, nítida, roja y muda sobre mercuriales zapatos de caucho, blancos como la toca.

     Junto a la mesa de operaciones, se anticipaba en pasar, adivinando los instrumentos que el cirujano, calmoso también cuando operaba, aún no pedía o tardaba en pedir. La Morel le leía el pensamiento; le aguijoneaba la cachaza. Todo marchó sobre rieles durante varias semanas. Una tarde, después de una larga y difícil intervención, la felicitó. La Morel, habiendo lavado y metido los guantes en el autoclave, preparaba los instrumentos para esterilizarlos en la estufa.

     -¿Quiere un café, doctor?

     -Lo merecemos. Usted más que nadie en el sanatorio. Se ha portado usted admirablemente.

     La Morel lo miró un segundo con sorpresa, desceñida la toca y el pelo rojo llameándole bajo la potente lámpara operatoria.

     Los dos sorbieron el cafecito comentando el éxito feliz de la reciente operación.

     -Está bien la Poletti, doctor. Me dice que se siente aliviada.

     Al cabo de un rato, agregó:- Yo no estoy cansada hoy, doctor. ¿Va usted a la reunión del farmacéutico esta noche? Yo podría quedarme hasta las doce. Nila me reemplazaría a esa hora.

     El cirujano se mordió el labio inferior. ¿Cómo sabía la Morel que esa noche habría reunión en casa del farmacéutico?

     -¿Cómo lo sabe usted? ¿Quién se lo dijo? -inquirió involuntaria y obviamente alarmado. Los ojos de miel de la enfermera observaban en ese instante el manómetro del autoclave. El vapor a presión del autoclave pareció entonces transmigrar al cuerpo de la pelirroja y dentro de él hallar escape por los ojos de miel dilatados como soles.

     -Yo -balbuceó la Morel- yo... lo oí hablar por teléfono antes de la operación.

     -Es cierto. Iré allá un rato -dijo el cirujano con deliberada naturalidad deshaciéndose del guardapolvo que, esa tarde, no tenía una sola mancha.

***

     -Isabel...

     -Creí que dormías ya.

     El dormitorio estaba a oscuras más que de ordinario; los focos de la calle no se encendieron aquella noche: alguien los había hecho trizas.

     -No, no puedo dormir... Esa Morel es extraña. No se le escapa nada; su misma eficacia me parece sospechosa. Es demasiado capaz...

     -A mí también me resulta extraña. Recibe cartas todos los días; vienen a visitarla gentes que no conozco; la llaman por teléfono mientras está de guardia...

     El cirujano encendió un cigarrillo en la oscuridad. Antes de apagar el fósforo se fijó en la situación exacta del cenicero puesto sobre la mesa de noche. Después de un rato conjeturó:

     -Acaso se esfuerce demasiado para hacerse indispensable. No sé. Ayer fui a ordenar mi escritorio. Había sobre la mesa algunas cuentas y cartas de mamá y de Nicolás. También había unas revistas con no sé qué papeles dentro. Seguramente anuncios de medicamentos... Las cartas estaban bajo el pisapapeles que me regalaste... Sospeché que las habría leído poco antes.- El que más viene a verla es un viejo calvo; -informó Isabel-. Con él conversa en voz baja en el zaguán. Viene también un tipo con anteojos de vidrios negros; da la impresión de un tipo desconfiado, siniestro te diré.

     -Isabel... deberíamos irnos de este pueblo a una ciudad grande. Es lo que me dice Pérez. Yo le contesto que hoy por hoy, en cualquier parte será lo mismo.

     -Hay otra cosa en la Morel que no me gusta, interrumpió Isabel. Da la impresión de que se la está espiando. Parece estar en ascuas cuando le pregunto algo. La Salinas no parece que se entienda bien con ella. ¿Será todo una farsa o acaso le tiene un poco de envidia?

     Él, boca arriba, la mano con el cigarrillo colgándole cerca del piso, quedó cavilando en silencio. Se oyeron ladridos de perros furiosos. Cuando cesaron los ladridos preguntó:

     -¿Viste que hoy el albañil por fin terminó de revocar el paredón del patio? Desde la calle causaba mala impresión. Mañana lo va a blanquear él mismo con esa pintura nueva, mejor que la cal.

     -¡Tengo una idea genial! -le contestó Isabel.

     -¿Qué idea? -El médico adivinó que su mujer sonreía, como de pronto libre de preocupación, y con los ojos brillantes. Así era ella.

     -¿Qué idea? -repitió.

     -Es ésta: apenas se pinte el paredón con esa pintura cara y hermosa, lo van a ensuciar con asquerosos vivas y mueras. ¿Qué te parece que nosotros mismos pintáramos, de noche, con buena letra y pintura decente, unos vivas formidables?

     -Buena idea -dijo él apagando el cigarrillo que ya le calentaba los dedos cirujanos.

     -Yo por mí pondría no sólo unos vivas sino una cantidad de mueras; pero unos mueras para otros destinatarios. ¡Qué gusto daría!

     -Usted es demasiado politiquera, señora. Y usted se hace mala sangre. A mí con tal de que me dejen en paz, que se las arreglen todos como se les dé la gana, los vivos y los muertos. Este no es mi país; acaso tenga el gobierno que se merece...

     -¡Por favor! ¡Qué manera de hablar!

     A la noche siguiente, en la calle desierta y apenas alumbrada desde lejos por focos municipales no vandalizados, el cirujano y su mujer pintaron con esmero, con maestría y con fervor unos hermosos vivas a la gentuza que odiaban.

     -La letra es perfecta -comentó él.

     -Nos protegerá -aseguró ella.

***

     Días después la Morel con la cabellera reluciente por un lavado de agua de lluvia y fino champú, y los ojos dorados bajo las cejas coloradas, insólitamente comunicativa, le dijo a Isabel:

     -Señora: su casa es la única que tiene inscripciones... muraaales bien pintadas. La casa de mi tío José está toda sucia con grandes letras de alquitrán chorreadas hasta la vereda.

     Isabel se limitó a decir con una sonrisa inocente: -A nosotros nadie nos molesta. No nos metemos en nada que no sea nuestro trabajo.

***

     La noche de un jueves caluroso Isabel se encerró en el dormitorio conyugal para escuchar la radio. Sintonizó con cuidado de que el volumen fuera bajo. Se anunciaba un gran discurso para aquella noche. El discurso iba a ser la respuesta del Jefe Máximo a las infames calumnias de la Radio de Londres. Días antes, el locutor británico había denunciado atroces crímenes y profetizaba una inminente rebelión contra el régimen de fuerza cuyos desmanes eran en tierra de América -afirmaba- una réplica de las atrocidades del totalitarismo nazi.

     El discurso ya había comenzado amenazador y violento. La conocida voz, más dura que otras veces, sobresaltó a Isabel. Segundos después el médico entró en el dormitorio; Isabel le hizo señas urgentes de que cerrara tras sí la puerta y se sentase en el sillón contiguo.

     El Jefe Máximo acusaba a los traidores, a los vendepatrias, de sembrar alarmas dentro y fuera del país para detener la marcha invencible de la Justicia y del Progreso. ¡Eran los malditos oligarcas de siempre, sedientos de venganza, ansiosos de restaurar sus privilegios seculares, quienes pugnaban por desprestigiar el gobierno de la verdadera democracia!

     -¡No faltarán fósforos para prender fuego a los palacetes de la odiosa oligarquía y sus infames secuaces! ¡No habrá suficiente alambre para colgar a los enemigos del pueblo! ¡El que mate a esos canallas no será llevado a los Tribunales! ¡Será, sí, honrado como servidor de la patria!

     La potente voz se ahogaba a ratos en las vociferaciones frenéticas de la multitud convocada en la plaza. Al médico y su mujer, estupefactos, les parecía ver al orador, arriba, en el balcón del Palacio, en mangas de camisa, tal como infinitos fotograbados y noticiarios lo mostraban perorando ante muchedumbres fanatizadas y delirantes.

     En eso sonaron en la puerta unos nudillos. Isabel apagó la radio y corrió hacia la puerta. Era la pelirroja:

     -¡Doctor, doctor! - dijo afligida echando una mirada hacia la radio que, súbitamente muda, creaba en la habitación algo como un silencio culpable -¡La señora Poletti se siente mal y quiere verlo con urgencia! Los ojos color de miel se posaron furtivamente en la cara de la señora y bajaron hacia el suelo su resplandor dorado.

     -¡Vamos! -reaccionó el médico, y salió seguido de la enfermera.

     Isabel no se atrevió a reencender la radio; su mente estaba llena de incendios y de imágenes horribles de hombres y mujeres colgados de gruesos alambres, la cabeza caída sobre el pecho, la lengua afuera, sobre el griterío multitudinario, sobre las injurias de los asesinos. El gran barrio lujoso de la capital ya estaría ardiendo en enormes llamaradas.

     -¿Qué tenía la Poletti?- inquirió media hora después, cuando el médico regresó al dormitorio.

     -Falsa alarma. No sé, son cosas... Le tenía prescrita una inyección calmante. Parece que la Pelirroja se olvidó. Le dolía la herida, me dijo la Poletti. Entonces yo mismo le puse la inyección. Ahora estará durmiéndose. Estaba muy excitada. Había escuchado el discurso; tiene una radio portátil.

     -¿Y cómo pudieron, cómo pudo la Morel, olvidarse del Pantopón?

     -La Poletti sospecha que las dos enfermeras se fueron a escuchar sus radios. Me contó que a la Salinas le impresionaron mucho las calumnias de los oligarcas. Me dijo que aquí en el pueblo muchos piensan que hay que prender fuego a dos o tres barrios, matar al carnicero y a los Zubieta. Cuando entró la pelirroja con el Pantopón que yo le había pedido, la Poletti se calló en seco.

     -¿Te parece que va a haber incendios aquí, matanzas, aquí? preguntó Isabel. Sin esperar respuesta, añadió:

     -¿Por qué la Morel misma no le puso el Pantopón y nos dejaba en paz? No necesitaba venir...

     -¿En paz?- dijo, pesimista, el cirujano.- Aquí no hay paz ni la habrá por mucho tiempo.

     -Deberíamos despedir a la pelirroja. ¿Te animarías?

     -No hay razón suficiente, Isabel. Ahora, volviendo a tu otra pregunta, te diré que es probable que haya disturbios... Temo por alguna gente. Zubieta, por ejemplo, cuando toma unas copas dice cualquier cosa...

     -Nuestra Nila Salinas es buena enfermera y buena persona. Aunque ya no sé ahora qué pensar de ninguna de las dos. ¿Es la Nila adicta ¿sólo parece adicta? En cuanto a la Morel, parece indiferente. Es demasiado enfermera, parece demasiado enfermera. Y de repente se olvida del Pantopón y se nos viene encima toda alarmada por una zoncera.

     -Y ¿qué te parecemos nosotros, Isabel? Ayer te oí ponderar esa nueva ley de Jubilaciones y Pensiones. Te aseguro que parecías muy adicta al régimen...

     Isabel, preocupada y cavilosa minutos antes, sonrió mostrando una dentadura perfecta, de una blancura admirable.

     -¿Y qué pensarían de nosotros dos, la otra noche, si nos hubieran visto pintar grandes vivas en el paredón recién blanqueado?

     -Pues ¡viva el Jefe Máximo y siga Pancho por la vía!- contestó el médico. Los dos habían recuperado la jovialidad. Eran felices como antes de instalarse en el pueblo polvoriento.

***

     Fue entonces cuando estallaron bombas de estruendo en la plaza y casi todo el pueblo retumbó con otros estampidos que serían de fusil y de pistola. Marido y mujer palidecieron y se miraron con espanto. El sanatorio se llenó de gritos. Se abrió de golpe la puerta y entró la Morel gritando:

     -¡Doctor, doctor, ha caído, ha caído! ¡Y se ha escapado como un cobarde!

     Tenía los ojos color de miel en llamas y, la melena roja, desmelenada sin toca, también llameaba.

     -¿Qué dice usted? ¿Quién ha caído? -preguntó Isabel.

     -¡Él, señora, él, el tirano!

     Y decía esto la Morel cuando, como un torbellino entró la Salinas llorando de felicidad:

     -¡Doctor, doctor! ¡Señora, señora!- ¡Ha caído, ha caído! ¡Es cierto, es cierto! La radio cuenta, hay una manifestación...

     Las mujeres se abrazaron. Las tres lloraban.

     Cuando las enfermeras se fueron juntas para unirse a la manifestación, el cirujano miró a su mujer, alegre, rejuvenecido y le dijo:

     -En el garaje tengo pintura blanca. ¡Ya podemos borrar los vivas!


 

VIAJE EN LA OSCURIDAD

 

     Josephine Heinrich puso en marcha el Buick y se alejó de la casa en que había vivido dieciocho largos años. Sentía una opresión en la garganta, una especie de náusea. La tarde de otoño era fría; la llovizna, tenaz en las últimas semanas, aunque apenas visible, le humedecía la cara. Oprimió el botón eléctrico; el cristal de la portezuela subió con débil zumbido.

     -Esto funciona bien -pensó.- Lo que no funciona es lo otro...-

     Decidió entonces, ahora que veía las cosas claras, tomar la carretera del Este, cruzar la montaña y ver si durante el camino se atrevía a pedir asilo a sus primas, en la pequeña ciudad famosa por sus manzanas.

     Trató de evocar con calma la escena de la víspera; pero no bien recordó las palabras de Kirk y revió su cara roja de ira en que los ojos parecían más azules, intolerablemente azules, advirtió que el llanto no le permitiría conducir, que debería detener el coche y llorar, una vez más, su humillación, su impotencia. Entre tanto había llegado a la carretera del Este. Notó que el velocímetro marcaba noventa millas por hora.

     -Debo serenarme -se dijo. A ambos lados de la carretera millares de oscuros coníferos se erguían como para hundir sus puntas en las nubes bajas que iban amortajando la montaña. El Buick descendía una ladera con velocidad prohibida. Josephine no se preocupó en aminorarla; pronto debería subir por otra ladera, en que la ancha banda del camino se hacía bien visible con sus rayas amarillas pintadas sobre el cemento; el coche iba en la ascensión a cumplir con los reglamentos por sí solo.

     -Yo tengo mis cosas, no las niego; a lo menos reflexiono sobre mis defectos y trato de mejorarme. Él no. Él siempre satisfecho con lo que es. Su egoísmo le parece una forma de originalidad. Todo se supedita a lo que él quiere, a lo que él prefiere. Nunca me gustaron las armas de fuego; y la sangre, aunque fuese de un pájaro, me hacía daño. Pero él decidió que yo debía acompañarlo en sus cacerías. No hubo manera de resistir; tuve que ir con él siempre y tuve que ser cazadora. En casi veinte años hice lo que él quiso; jamás me regaló una joya, un anillo, un collar, sabiendo lo que me gustan. Pero él, sí, se ha regalado armas de lujo, rifles y escopetas que valen más que todos los muebles de la casa. El sótano parece un arsenal; nuestra sala, en cambio, no tiene una alfombra decente y nuestra cocina es la única del barrio sin lavadora de platos.

     Un venado cruzó la carretera a unos cien metros de distancia. Pensó que era una pieza espléndida, que con el rifle 30-30 lo hubiera volteado del primer disparo: el sol le daba tan bien sobre el flanco derecho. Se dio cuenta entonces de que estaba pensando como Kirk; que de haber abatido aquel venado, ahora desaparecido entre los pinos, hubiese empleado las mismas palabras de Kirk para narrar el incidente:

     -Era un animal hermoso que salió de entre los pinos para ponérseme de blanco; yo llevaba el 30-30 con el seguro puesto; apunté con tranquilidad y...

     -Hablaré con Alice; creo que ella ha adivinado ya algo aunque siempre me menciona como a la mujer feliz de la familia.

     A las cinco y media cruzó el segundo paso de la montaña y calculó que en una hora más llegaría a casa de sus primas. Aminoró la marcha al aproximarse a una curva cerrada; leyó un gran letrero que decía Sharp curve y otro,a pocos metros, que anunciaba: Deer crossing.

     -Venados -se dijo- Es la estación. El sábado debíamos ir hacia Blair Park con los Connor y los King.

     A lo lejos, apenas el camino volvió a ser recto, divisó un automóvil detenido. Por la marca, el modelo y el color le pareció ser el coche de Kirk. El hombre, con una linterna de luz roja en la mano derecha hacía señas al borde de la carretera. El paraje era solitario; la ciudad más próxima estaba a cuarenta millas.

     La fugitiva se dijo que no debía detenerse sino pasar de largo como si nada viese; el hombre, como anticipando su pensamiento, se plantó en medio de la carretera y agitó los brazos con desesperación.

     -Algo grave pasa; acaso un accidente con heridos -pensó.

     El Buick se detuvo a pocos metros del desconocido. Este, sin moverse de su lugar, le hizo señas a Josephine de que avanzara hacia la derecha y estacionara el vehículo detrás del Ford Galaxie; se decidió a obedecer en un instante en que miedo y fatalismo la dominaron. Era tarde para retroceder (le pareció). Había una escapada: oprimir a fondo el acelerador, pasar sobre el extraño; ella no podía hacer eso; Kirk, sí; ella nunca. El Galaxie era idéntico al de Kirk, color, modelo, año. El Buick desvió hacia la derecha y Josephine lo detuvo a tres yardas del vehículo aquél tan familiar; pero no apagó el motor. El hombre, arropado en pesada chaqueta de caza y calzando botas de caña marrón se le acercó:

     -Señora -le decía- necesito su ayuda. Por favor, apague el motor y véngase a mi coche.

     Apenas ella abrió la portezuela notó que el extraño le apuntaba con una pistola 45.

     -Las llaves del auto, pronto.

     Josephine se las dio.

     El hombre le ordenó que saliera del coche, que bajara enseguida. Cuando estuvo fuera, el cañón de la pistola, frío, le atornilló la sien derecha, y el desconocido le anunció que iba a continuar un viaje en la valijera del Galaxie.

     ¿Querrá asfíxiarme aquí? -pensó, y un sudor helado le reverberó por todo el cuerpo. La oscuridad ya era absoluta. Agazapada, le dolían las piernas dobladas sobre la rueda de auxilio. No podía apoyarse sobre los codos porque la cabeza la tenía contra la puerta duramente cerrada. Movió las manos. Con la derecha tocó un bulto cuadrangular que resultó ser una caja de cartuchos de escopeta. La mano izquierda identificó una linterna. Trató de encenderla, pero no funcionaba. Había aire ahí dentro; bastante aire todavía. El automóvil debía de ir a gran velocidad. Subía y bajaba por las colinas y daba curvas bruscas. En una de ellas, Josephine fue lanzada contra la pared opuesta a la de la rueda de auxilio y su cabeza dio contra unos cables. Fue entonces cuando, para recuperar su postura anterior, tendió las manos hacia la pared y, al hacerlo, tocó un hierro frío. Era el revólver calibre 22, de Kirk. Lo asió con las dos manos. Le dolía el golpe en la cabeza pero no importaba.

     Quiso saber si estaba cargado y lo sacudió en el aire oscuro para oír, si era posible, el ruido de las balas dentro del tambor. Pero, no pudo oír nada entonces decidió abrirlo y con movimientos rápidos y seguros logró que el tambor saliera de frente al cañón. Estaba descargado. Recordó que su marido nunca llevaría en la valijera o en cualquier parte del auto un arma cargada. La ley lo prohibía y Kirk respetaba estas cosas. Él era así, metódico en todo. Jamás olvidaba un detalle.

     -¿Pero habrá balas aquí? -se preguntó. Comenzó a hurgar entre mantas, latas de cerveza, herramientas. Algo le dolía en la rodilla. Llevó hacía allí la mano derecha. Creyó que era la cabeza de un martillo. Era una cajita de dos pulgadas de largo. Eran cincuenta compactos proyectiles largos calibre 22.

     -¿Tendré tiempo de cargar esto? Dijo que íbamos a una cabaña. Con la mirada me anunció para qué. ¿Estaremos lejos de esa cabaña? ¿Será hacia el rumbo de Spokane? ¡Ya pude poner una bala! A ver otra. Ya...

     En eso el automóvil debió de haber salido de la carretera y tomado un camino de tierra porque empezaron los barquinazos y la marcha aminoró considerablemente.

     Sintió un extraño mareo y náuseas cercanas al vómito. Pero ya tenía el revólver cargado con seis proyectiles y ya había cerrado el tambor.

     -Kirk... Esta es la primera vez que voy sin ti por la montaña.- El automóvil se detuvo y enseguida se dejó de oír el motor. Con gran esfuerzo Josephine dirigió el busto hacia la cerradura de la puerta de la valijera. Y era tiempo porque la llave entraba en el ojo de la cerradura y la puerta ya iba a abrirse. Y se abrió con rapidez, empujada por el resorte. Vio entonces la figura del hombre y oyó su voz áspera:

     -Come out now, quick!

     Disparó tres veces y se inmovilizó unos segundos porque, habiéndose incorporado sobre el codo derecho, éste resbaló y el arma quedó desviada hacia el vientre del desconocido. Hizo entonces un supremo esfuerzo y disparó tres veces más hacia el pecho. Pero ya el hombre caía sin decir nada, de espaldas.

     Josephine saltó a tierra. Buscó las llaves. Todas colgaban de una, la que estaba todavía en la cerradura. Cerró la valijera. Fue hacia el volante, puso en marcha el coche.

     Dos horas después llegó a su casa. Kirk, en la cocina, sacaba cubos de hielo de la cubeta libre ya de escarcha.

     Sin mirarla le dijo:

     -Llegaste a tiempo para tu copa. Allí te espera tu martini... Lo sorbió como si fuera una copita de brandy. Y, abrazada al pecho duro del marido se echó a reír con un llanto disimulado.

     -¿Qué te pasa? -le dijo él. Me estás arrugando la camisa.

     Lamentó no tener allí el calibre 22, cargado.


 

FIRMEZA, NO ARROGANCIA

 

     No -dijo él. No olvide usted que hay una tendencia natural a exagerar un tanto el dramatismo de los sucesos de que somos protagonistas. La escena que usted tan vívidamente me refiere debió de ocurrir más o menos como se la contaron. Pero debe de haber habido un menos gracias al cual el protagonista se salió con la suya. En su caso, y ante gentes duras y habituadas al mando, a la prepotencia, si no a la insolencia respaldada por armas próximas... No, ese menos de que hablo es decisivo para que cedan las voluntades menos insumisas.

     Mi amigo miró hacia el balcón y agregó con intensidad-, -A mí me pasó algo muy diferente, pero, en cierto sentido, semejante. Me vi ante un hombre que me apuntaba con una pistola. El hombre quería una gruesa suma de dinero. Fingía estar borracho y camorrero como en otras ocasiones se lo había visto. Borracho, se justificaba parcialmente; camorrero, resultaba más temible. El hombre me conocía bien, pero no del todo. Yo leía en mi escritorio a la luz de la lámpara, sentado en ese mismo sillón. Era noche cerrada. Sonaban tiros intermitentes en la distancia, en los barrios de los cuarteles. Oí de pronto unos gritos en la calle, detrás de esas persianas. Reconocí la voz y abrí las persianas. Le vi los ojos ladinos y voluntariamente siniestros; le vi avanzar hacia mí el ojo negro de la pistola. Extrañamente, el hombre me odiaba y, no sé por qué, me quería. La política nos había arrastrado un tiempo a situaciones dentro de las cuales me había sentido incómodo; deploraba yo haber compartido con él y otros sujetos una cena de ambiguas maquinaciones. Eran tiempos de violencia y de iras feroces a que no se podía permanecer ajeno.

     -Ordene usted que ahora mismo le traigan cien mil pesos. Ese dinero no alcanza a la suma que usted nos debe, que usted me debe a mí.

     Un hipo fingido interrumpió su mascullar que era a medias alcohólico, porque el hombre, sí, se había tomado unas copas para darse valor y darme en la cara el tufo suficiente para intimidarme más en su amenaza. Pero la farsa me era evidente a despecho de sus argucias y, -detalle que no debo olvidar- del ruidito inconfundible de la pistola al ser amartillada.

     Y aquí llego a lo que le decía a usted hace un rato. No crea usted que yo iba a salir del paso con fanfarronadas o con palabras de teatro. Yo argüí con él, no sin cierta urbanidad, fingiendo yo por mi parte, también -era preciso fingir- una serenidad absoluta que debía de resultar desconcertante y aun temible, por razones que él sospecharía, y prestando una seria atención a sus argumentos. Porque argumentos emitía, muchos e iracundos, aquella boca de dientes ralos mientras el cañón de la pistola subía y bajaba y se ladeaba un tanto como si la embriaguez no pudiera tenerlo fijo para el disparo a quemarropa.

     -No, amigo mío. No acierto a creer que el alto personaje que usted y yo admiramos se haya comportado con la arrogancia que se le atribuye en el episodio que ya es parte de nuestra historia. Él tenía la autoridad de su magistratura y, sobre todo, la autoridad moral del hombre ilustre de trayectoria política intachable, amén de la del estadista internacionalmente famoso. No, amigo mío. Él sabía que él se jugaba el todo por el todo. Su decisión era que el militar más competente a su juicio comandara en jefe el ejército ya enfrentado con el enemigo. Bien; pero esa decisión tenía que ser impuesta a hombres díscolos y enérgicos y de no segura integridad en lo que se refiere a las demandas de la disciplina y del honor militar y a los sacrificios personales exigidos por el bien común.

     Muy problemático que él dijera con acento declamatorio y soberbio y sin dar lugar a réplica que él les daba cinco minutos para deliberar a solas, bajo aquella tienda de campaña, mientras que él, a veinte pasos de la tienda, esperaría el resultado de la deliberación, cruzados los brazos, el ceño adusto, ante unos soldados recién enterados de su histórica determinación. No, no. Era un paso demasiado grave; era una situación gravísima, amigo mío.

     Mi situación de ciudadano particular frente a aquel individuo peligroso no tendría trascendencia nacional, de ningún modo. Mi fracaso -mi muerte- era algo que sólo a mí me concernía. Yo lo intuí con lucidez perfecta en aquel instante. Sería firme pero no soberbio ni enfático. Sencillamente, mesuradamente, le manifesté que yo no le debía ningún favor; que nuestra causa nada tenía que ver con la suma de dinero que me pedía; que mi determinación de no dejarme intimidar era irrevocable. Él podía matarme allí mismo pero no conseguiría nada. Ni un centavo. Él sí, quizás aquella misma noche, sufriría las consecuencias de su homicidio.

     Mientras le hablaba yo, le sostenía la mirada que él trataba de hacer insegura, a propósito, como ignorando yo que bajo aquella mirada había otra, sin luz siniestra pero capaz de convertirse en fogonazo. No alcé la voz en ningún momento. Y hasta hubo algo conciliador en mi ecuánime actitud. ¿No éramos todos de un mismo partido? ¡Ah! esto sí, yo nunca me prestaría a ciertas cosas mencionadas por él segundos antes y yo no iba a ceder a su exigencia. Estaba en sus manos la decisión. Mejor dicho, en su mano derecha, en el índice derecho puesto sobre el gatillo.

     El hombre comprendió que yo, inerme, era el más fuerte. Hubo un ruido en la calle y una larga luz. Un coche o un camión se acercaba desde el centro. El hombre bajó la pistola y desapareció en la oscuridad Creo que se despidió, sin encono, casi amable. Yo cerré las persianas.


 

EL DRAGÓN CAUTIVO

(1821)

 

     Anchas son las paredes de la cárcel; gruesa la única puerta de la celda; fuego la luz solar que calcina el patio de tierra colorada. En la puerta hay un ventanuco con barrotes de hierro. Por ese ventanuco entra un poco de mezquina claridad; por entre los barrotes se ven los naranjos del patio abrillantados por el mediodía. Los naranjos de los fusilamientos.

     El prisionero mide infatigablemente, con seguros pasos, el área enladrillada del piso. Está y no está solo. Un rumor militar llena la caldeada atmósfera. Un rumor militar de jinetes al galope, de sables entrechocantes y de humosos, lejanos, estampidos de cañón. Pero son alucinaciones. Son batallas que reviven en la fiebre de una mente cautiva; vuelos de cóndor soñados desde una cueva oscura.

     Allí lo tiene encerrado el Dictador desde la madrugada en que los esbirros llamaron a siete puertas de la ciudad dormida.

     El prisionero es rubio, corpulento; ni la delación, ni el desengaño, ni la impotencia, nada ha apagado la dura altivez de su mirar azul. La barba dorada, crecida desmesuradamente en el cautiverio, parece negra en la semioscuridad. En el corredor suenan los pasos del centinela. Cada tres minutos el ventanuco se oscurece fugazmente al paso del soldado que lleva el alto fusil con bayoneta calada.

     ¡Jornadas victoriosas del año Once, en aquel enero abrasador y en aquel benigno marzo! El cautivo se ve a sí mismo sobre poderoso caballo negro que vuela hacia el enemigo bajo el resplandor del largo y corvo sable que va cortando círculos en el aire. Ve los oros de su uniforme de gala brillar al sol estremecido del combate; ve filas de infantes enemigos, caladas las bayonetas, bajar los tubos de sus fusiles para hacer puntería sobre él y sus dragones; ve el choque de la caballería arrollar las masas de infantería que ya piden cuartel; ve un vasto desbarajuste de innumerables cuadros poco antes atronadores en súbitas humaredas y ráfagas de fuego; ve la estampida de escuadrones en fuga; ve el disiparse del polvo y del humo; ve las banderas tomadas, ve y oye el clarín que brilla de victoria.

     El prisionero se detiene; va hacia el camastro y se tira en él. Cuenta vagamente las vigas del techo y ve otras cosas.

     Pálido, frío, inexpresivo, un hombre de muy cuidada peluca, frac azul y hebillas de plata en los zapatos negros, sentado a su bufete, escribe con una pluma alta. La puerta del gabinete está abierta; dos centinelas inmóviles, a uno y otro lado de la puerta, bajo el techo del corredor, se miran sin mirarse, frente a frente.

     El hombre del frac azul firma el pliego que acaba de llenar con letra arrogantemente perfilada. Con la pluma en alto, lee dos veces lo que ha escrito. Corrige el último renglón; convierte su punto final en una coma, y agrega tres palabras; y miserables traidores. Y entonces cierra el párrafo entero con un punto final. La salvadera vierte fina arenilla sobre el pliego. Se oye en el gabinete un nombre apenas inteligible porque la voz que lo pronuncia es ronca y destemplada. En el acto aparece una figura entre feroz y sumisa que se agacha abyectamente y murmura:

     -Excelencia...

     -La ejecución se anticipará en una hora.

     El prisionero ve su regreso triunfal a la ciudad; los cabildantes y el pueblo lo esperan en la polvorienta Calle Mayor; Matías Montes Claros comienza un discurso; cesan entonces las aclamaciones de la muchedumbre aunque aún sigan cayendo algunas flores en torno a su caballo.

     ¡Salvador de la Patria en jornadas inmortales...! Su monumento que ha de fundirse en bronce en todas las ciudades y villas...

     Lo enardecen los aplausos y los vítores y le distrae en seguida el revoloteo de aquellas palomas en tomo de la torre de la Catedral cuyas campanas están echadas a vuelo.

     Desmonta del caballo negro; nota que aún hay huellas de sangre sobre el terciopelo brillante que es la piel negra. De entre los patricios se adelanta una figura adorable de mujer, tocada de mantilla; Delfina de Guzmán trae escarapelas con cintas de los nuevos colores patrios. Con largas, finas manos, le abrocha en la guerrera roja la escarapela. Los cabildantes forman ahora un círculo en torno de él y de ella. Sus oficiales han desmontado siguiendo el ejemplo del jefe y se unen al grupo.

     Delfina de Guzmán habla con voz argentina y suave; él no entiende lo que dice; son -sabe- palabras hermosas y emocionadas pero prefiere mirarla en silencio absorto en su cándida belleza. Un fervor casi religioso galvaniza a la multitud. Él no puede contestar a los discursos. Desenvaina la espada y jura consagrar su vida al ideal de la libertad. Su juramento es sólo una frase lacónica, pero la voz le sale fuerte, potente, retumbante. Vuelve la espada a la vaina y da orden de proseguir la marcha hacia los cuarteles.

     Hasta el camastro llega de pronto el alarido prolongado, escalofriante, de alguien que no grita como un hombre sino de un modo feral; el alarido parece venir de una caverna; el alarido se repite una y otra vez hasta que baja el sol y la celda se ha quedado completamente oscura.

     Un acompasado rumor de pasos se aproxima por el corredor, en que se distingue ya el tintineo de las espuelas y el sonido característico de las espadas colgantes de los tahalíes. Frente a la puerta brilla ahora una luz; se produce un breve silencio.

     -Abra la puerta, carcelero.

     Rodeado de guardias y alumbrado por dos teas, un hombre todo de negro entra y se detiene en medio del calabozo; en las manos tiene un pliego que va desarrollando fríamente.

     El prisionero, de pie junto al camastro, lo comprende todo antes de oír la lectura. Las teas le iluminan los ojos claros, la barba dorada, la camisa en jirones, las sucias botas granaderas.

     Es entonces cuando adivina el verdadero sentido de su vida, de su destino. Comprende que su vida debe fundirse a la causa que fue su gloria; que para que esa causa no muera, tiene el que iluminar su propia muerte con un gran clamor de sangre silenciosa. Tiene él que llenar el silencio helado y el terror mudo con una hoguera de sangre desafiante; tiene él que ser la causa misma que, esperando la plenitud del tiempo, quede ardiendo años, lustros, en un río soterrado que vaya fecundando el pecho congelado de la Patria.

     Calló la voz del hombre de negro; se fueron las teas, las armas, el ruido; volvió la tiniebla, volvió el silencio.

     Al amanecer el camastro estaba en medio de la celda, sobre un mapa de sangre endurecida; sobre el encalado de la pared frontera a la única puerta había grandes palabras rojas: estas palabras llameaban.

     «Mi sangre, que no derramará el tirano, gritará en esta celda para siempre».

     Blanco, blanquísimo, el prisionero yacía en el camastro. Sus ojos miraban fijamente el techo. Los guardias salieron silenciosos de la celda. No hubo fusilamientos aquél día. Un río de airada sangre, sí, comenzó a correr, invisible, bajo la tierra.


 

EL AS DE ESPADAS

 

     Ahí viene -les dije a mis amigos reunidos aquella siesta en mi casa. Y con el índice les señalé, a través de la persiana entornada, la obesa figura de nuestro enemigo. Con pasos lentos y pesados el hombre avanzaba solo por la calle ardiente de sol. Contra las fachadas enjalbegadas de las chatas casonas coloniales, destacaban su levita negra y su chistera de felpa. Abochornado por el calor y el copioso almuerzo reciente, el hombre jadeaba entre los grandes bigotes y la barba cerrada. Su levita abierta sobre el vientre voluminoso, dejaba ver una gruesa cadena de oro, en curva movediza, de uno y otro bolsillo del chaleco.

     Cuando llegó al pie de uno de los balcones enrejados de la casa frontera a la mía, el hombre se detuvo un instante, sacó del bolsillo un pañuelo y se enjugó el ancho rostro enrojecido y sudoroso. Luego, conservando el pañuelo en la mano izquierda, reanudó su lenta marcha. La contera de su bastón de empuñadura de plata golpeaba secamente las calientes losas de la acera.

     Eran las dos de la tarde. A aquella misma hora, todos los días, «Su excelencia», como le llamábamos, pasaba por mi casa camino del palacio.

     Me volví hacia el grupo de amigos apiñados detrás de la persiana y los miré sucesivamente en los ojos. Eramos siete, y los siete, jóvenes. Ninguno había cumplido los treinta. Los miré en los ojos, digo, y en todas aquellas pupilas rencorosas leí el mismo propósito que hacía meses me robaba el sueño.

     -Echaremos suertes -dije en voz baja, y, mañana, a esta misma hora, uno de los siete le hará fuego desde aquí.

     Debíamos tomar precauciones porque la policía nos vigilaba. Esta vigilancia se había intensificado a raíz de la última campaña periodística que yo dirigía, hasta el punto de vemos rodeados de espías aun cuando no nos reuniéramos sino para divertirnos, muchachos como éramos todos, con algunas mujeres alegres de aquel tiempo, para tomar unas copas y armar un poco de ruido.

     -Aprobado -contestaron mis amigos.

     Echamos suertes de naipes con el acuerdo de que aquel a quien le tocara el as de espadas sería el que disparara el tiro. No me tocó a mí la suerte sino a Fermín Gutiérrez. Cuando Gutiérrez vio que su naipe era el as de espadas, palideció y, con voz ahogada,

     -Está bien -dijo-. Mañana a las dos.

     Y enseguida todos se fueron a sus quehaceres. Yo me quedé en casa limpiando el viejo fusil de mi padre y quemando cartas y papeles. Cuando oscureció salí en busca de un hombre de confianza a quien le encargué que me tuviera seis buenos caballos frente a la puerta del café Libertad. Después fui a la playa del río donde tenía su rancho un botero adicto y le ordené que me esperara con dos carabinas en su bote, en la desembocadura de un riacho cercano, a las dos y cuarto de la tarde del día siguiente, a fin de que pudiera llevarme, en la brevedad posible, a la orilla opuesta del río.

     De regreso ami casa vi arder la brasa de un cigarro en la oscura esquina de mi calle y creí reconocer en el fumador, por su manera cautelosa de moverse, a uno de los espías de «Su excelencia».

     -Lo que es de nuestro plan -murmuré- no podrás saber nada, polizonte-. Entré en mi casa, me acosté y traté de leer un libro de Zola a la luz de la lámpara de kerosén. Pero no podía concentrarme en la lectura. ¡Gutiérrez se acababa de casar y tan luego a él le tocaba la suerte! Por fin, ya bien tarde, apagué la luz y me dormí profundamente hasta bien entrada la mañana.

     A la una y media en punto llegaron mis amigos. Gutiérrez estaba lívido. Todos estaban nerviosos, menos yo. Yo sentía una alegría rabiosa e impaciente.

     Sin decir una palabra le entregué el fusil a Gutiérrez. Era un arma anticuada, aunque de excelente armería y de grosísimo calibre. El fusil se cargaba por la boca. Gutiérrez comenzó a cargarlo con manos inseguras.

     -Más pólvora -le dije al ver que no utilizaba la suficiente. Gutiérrez dejó a un lado la baqueta que ya empuñaba para empujar un taco, y derramó un nuevo chorro de granos negros y brillantes por la boca del arma. Después, esperamos. Hacía un calor atroz aquella siesta. Al cabo de un rato se oyeron unos pasos lentos en la acera de enfrente y el golpe acompasado de la contera de un bastón. Era él.

     Gutiérrez colocó el cañón del fusil entre dos de las maderas polvorientas de la persiana, y apuntó. En ese momento pudimos ver de lleno la faz del hombre obeso: vimos, de frente, sus grandes mostachos y su barba cerrada. El hombre, distraídamente, miraba hacia el balcón de mi casa. Gutiérrez retrocedió un paso, bañado en sudor, todo trémulo y demudado, diciendo en voz muy baja e intensa:

     -No, no puedo; no puedo hoy-. Y dejó el fusil amartillado sobre los brazos de un sillón próximo.

     Ahogando un juramento fui hacia el sillón, me apoderé del arma y volví a la persiana. Pero mis amigos me contuvieron porque en ese instante sonaron cascos de caballo en la calzada. En efecto, pronto vimos un pelotón de carabineros pasar por la calle y saludar militarmente a nuestro enemigo. «Su excelencia» contestó el saludo levantando el bastón con la diestra hinchada y peluda.

     Nos separamos los siete amigos con la promesa de encontrarnos todos, al día siguiente, a la misma hora, en mi casa, y con el acuerdo unánime de que sería yo y no Gutiérrez el que disparara el fusil.

     El hombre que nos alistara los caballos y el hombre del bote recibieron nuevo aviso.

     Al día siguiente -fue un martes 13, parece mentira-, al día siguiente, a la una y media en punto, volvieron mis amigos. Media hora después se oyeron los pasos lentos de «Su excelencia» sobre la acera de enfrente. Cuando la figura de mi enemigo se dibujó obesa, enorme, sobre la puerta roja de la casa frontera, disparé. El hombre se desplomó hacia adelante; cayó sobre su vientre sin más ruido que el de la empuñadura de plata del bastón al dar sobre las losas.

     Yo llegué al galope a la playa del río donde el bote me esperaba y me puse en salvo. A mis espaldas la ciudad estaba llena de estampidos. Mis amigos, que tomaron un rumbo opuesto al mío, fueron alcanzados por los carabineros y muertos a tiros o a sablazos. Sí, de los siete sólo yo me salvé.

     Han pasado veinticinco años, señores. Pero, como si el día aquel de mi venganza fuera ayer, ¡todavía hoy lamento que, cuando detrás de la persiana le descargué el fusil, aquel cerdo obeso no hubiera visto al caer de bruces que fui yo, y nadie más que yo, el que le hizo fuego!


 

 

CANAS AL AIRE

 HISTORIA DE AGAR

 

     Detrás de la rejilla de alambre oscuro, los ojos y la sonrisa brillaban excitantes. Al principio recogía yo mi correspondencia con un «Buenos días» y un «Muchas gracias». Adiviné que la empleada simpatizaba conmigo, y día tras día se fue iniciando un diálogo sólo interrumpido por la gente que llegaba al correo. Un viernes de mañana hablamos casi veinte minutos. Antes de despedirme le dije que estaba ansioso de conversar con ella largo y tendido, sin las molestias del público, y que qué le parecía almorzar juntos en un hermoso restaurante frente al Parque Colón. Primero se mostró un poco elusiva, pero después accedió con una sonrisa de aquellas que lo prometen todo. Quedamos en que vendría a buscarla al día siguiente, sábado, al mediodía, sí, sin falta, a las doce en punto.

     Yo soy un marido fiel. Es decir, no busco las ocasiones ni jadeo detrás de las faldas. Solamente cuando la fruta se cae por su cuenta del árbol, la recojo mirando a todos lados, y muy a escondidas me entrego a lo prohibido. Pero estas cosas pasan muy de vez en cuando. Tengo dos hijos crecidos ya, sabe usted, y mi posición me obliga a portarme bien. La muchacha del correo era algo especial, sin embargo. Se puede decir que yo tomé la iniciativa y el hecho de que la rejilla me la ocultara hasta el punto de no verle día tras día sino lo más brillante y misterioso, me había excitado como en los mejores tiempos de mi adolescencia. Y, en efecto, me sentía alegre y nervioso como un muchacho.

     El sábado me levanté a las ocho de la mañana. Mi mujer quería ir de compras y yo le di, con toda generosidad, una suma respetable para los zapatos que necesitaba y agregué unos billetes para un sombrero, una cartera y un chal a fin de que todo esto, con su vestido flamante, hiciese juego y se sintiera ella aún más hermosa de lo que es. Le di un beso largo en la boca y la acompañé hasta la puerta muy cariñosamente.- Almorzaré con el Dr. Álvarez Moya -le dije- por el asunto ese del pleito. De modo que no me esperes hasta bien de noche.

     Ella se fue encantada asegurándome que era un marido estupendo. Yo me metí en el baño y llené la bañera de agua más que tibia. Salí del agua espumosa de bath oil como un dios griego y me rasuré con un cuidado que hacía años no ponía en mi tocado. Me peiné con brillantina y me humedecí los brazos y el tórax con Yardley. Tenía un traje nuevo que iba a estrenar en un banquete el próximo martes, y una camisa con su corbata italiana que pensaba lucir en la misma ocasión.

     -¡Qué diablo! -me dije, ya que se hacen las cosas hay que hacerlas bien.

     Cuando estuve todo vestido, desodorizado y perfumado, fui a mirarme en el espejo de mi mujer y me encontré enteramente transformado. No parecía tener más de treinta y cinco años el hombre vestido de azul reflejado en la luna del espejo; en la cara rasurada de ojos relucientes no pude detectar una sola arruga.

     No subí al sedán sino al convertible, al que le dejé la capota alta para mayor discreción mientras llevara a mi dulce Agar por la ciudad. Sólo al llegar a las afueras la capota bajaría automáticamente mientras la radio tocase algo alusivo a la situación. Por las dudas hice llenar el tanque de gasolina hasta el tope.

     Ya en la autopista, el coche volaba y yo, impaciente iba cantando;

 

          

¡Ay Agar!

          

 

¡Ay Agar!

 
 

¡Cómo nos vamos a amar!

 

     Nervioso y feliz estacioné el Oldsmobile frente al correo. Al entrar vi que la portezuela junto a la rejilla se abría como si alguien estuviese esperando, como en rigor estaba, mi puntual arribo.

     Y salió mi programa...

     Los ojos y la sonrisa iguales; pero ahora a plena luz y sin nada que interfiriera mi campo visual. ¡Agar era baja, amigo, y gorda, gordísima. Sobre todo baja, como achatada. Acaso detrás de la ventanilla se sentase en un taburete alto y por eso su estatura me había parecido normal.

     Muy contrariado y triste le grité casi:

     -¡Agar, amiga mía! ¡Vengo a disculparme! Por el deseo de verte olvidé un compromiso ineludible que tenía con el Dr. Álvarez Moya, mi abogado.

     Y salí poco menos que corriendo. Cuando llegué a casa puse el gran ramo de rosas rojas que llevaba en el convertible sobre la mesa de noche de mi mujer. Y desde ese día nunca más fui a aquella oficina del Correo.

***


 

HISTORIA DE LAURA

 

     Eso me hace recordar una conquista mía, acaso más emocionante, le dije a mi amigo el embajador cuando terminó su historia.

     Yo me había hecho ya un cierto renombre de escritor en mi país natal. Hacía varios años que vivía en París y mis libros de cuentos y ensayos circulaban creo que por toda Hispanoamérica. Recibía muchas cartas de México, de Lima, de Buenos Aires, de Montevideo, etc. Y, claro, novelas y poemarios de escritores jóvenes que solicitan mi opinión de crítico más o menos famoso.

     Uno de esos libros, llegado de Montevideo, me deslumbró. No por el contenido -unos versos sin ritmo y sin gracia aunque reveladores de un gran fervor erótico- sino por la foto de la autora. Se trataba de una muchacha seguramente muy rubia, de largo pelo sedoso. El pelo le enmarcaba un rostro ovalado y delicioso en el que brillaban unos ojos dulcísimos, sin duda de un azul celeste.

     La foto no era enteramente clara porque entre la imagen maravillosa de la poetisa rubia y el objetivo de la cámara, se había interpuesto una especie de tul o rejilla o no se qué, merced a lo cual el retrato de la muchacha tenía cierta vagorosidad del fantasma de un sueño poético. Imagínese usted un cuadro prerrafaelista visto a través de una transparente malla irisada desde el que lo miraran unos grandes ojos inocentes y le sonriera una boca boticellesca...

     Inmediatamente acusé recibo del libro. Su poesía, era, le dije, una maravilla de sensibilidad y finura. No podía ser de otra manera porque su autora era la Belleza misma -escribí Belleza con mayúscula-; y luego cité algunos versos de la joven poetisa (¿veinte, veinticinco años?) los menos objetables, y afirmé que en ellos vibraba mágicamente la más exquisita, arrebatadora, y refinada poesía. No escribí poesía con mayúscula, porque ya Belleza -la misma cosa- iba en esa grafía. En fin, mi carta era de una cursilería exaltada aunque de impacto previsible para alguien más o menos avezado a estas empresas literarias. Al terminar, como quien no quiere la cosa, agregué que en dos meses partía para Buenos Aires donde pasaría una quincena y que, si por casualidad ella estaba en esa ciudad, yo encantado de conocerla para leer más de lo suyo y decirle lo que en mis apresuradas líneas, etc., etc., había dejado inexpresado.

     A los pocos días llegó una carta certificada de Montevideo. Sí, ella precisamente estaría en Buenos Aires durante los meses de abril y mayo, porque allí vivía su hermana mayor casada con un militar argentino. Mi carta la había dejado profundamente emocionada. Era su consagración como poeta. (No le gustaba -me confió- la palabra poetisa). Después de releer mi carta diez veces, fue a las librerías en busca de libros míos y, no habiendo encontrado mi poemario Rumor del Paraíso (que era divino, según decían) me rogaba le enviase un ejemplar, a vuelta de correo, dedicado.

     -¡Abril! ¡Mayo! -decía yo- ¡Qué quince días ni qué niño muerto! Yo me iba a pasar esos dos meses en Buenos Aires y al diablo los escritores y los editores y los recitales en la capital, Córdoba, Mendoza y Santa Fe. Yo me consagraría enteramente a mi poeta rubia de cara prerrafaelista. Me excusaría de todos mis compromisos alegando enfermedad.

     Las cartas entre París y Montevideo iban y venían por avión. Tracé la dedicatoria de mis versos con emoción. A fuer de expresarle tanta admiración y entusiasmo, me convencí a mí mismo de que Laura -¡sí, Laura, así se llamaba y se llama!- era la Décima Musa y la más estupenda belleza del mundo.

     Llegué a Buenos Aires y paré en el hotel céntrico adonde Laura había insistido en ir a verme el día mismo de mi llegada.

     -¿Hay recado para mí? -pregunté al llegar.

     -No, señor.

     Pasaron tres días y nada. Inútilmente me acicalaba como usted lo hizo el sábado de la cita con la muchacha del correo.

     Las mejores rosas se marchitaban día a día en mi cuarto, sin que nadie más que yo, frustrado, odiase su color pasional y su perfume sin destinataria. (¡Adoro las rosas rojas!, me había escrito).

     ¿A quién le iba a dar aquellos preciosos frascos franceses destinados a la rubia hermosura que así se estaba burlando de mí y de mis ilusiones aún más doradas que ella?

     Al quinto día de mi aterrizaje en Buenos Aires, cuando comenzaba a consolarme de mi chasco gracias a una joven profesora norteamericana muy interesada en poesía, y tras una copiosa cena en casa de un escritor amigo, llego al hotel y pido la llave de mi cuarto.

     -Señor -me dijeron- en el hall le espera una dama.

     -¿Dama? -pregunté- ¡Qué raro! Pero reaccioné en el acto. El empleado emplearía un lenguaje afectado, «profesional» ¡Tenía que ser mi poetisa y nadie más!

     -¿Dónde mismo está?

     -La espera sentada junto a la chimenea.

     Dominando la emoción y las piernas que querían correr, fui hacia el hall.

     Junto a la chimenea, al verme, se puso de pie una señora madura, gorda y rubia, de pelo bien teñido, color paja.

     -¡Usted! -exclamó la jamona- ¡Usted!

     No hubo más remedio que ser muy amable y caballero. Sí, ella ya había cenado. Pero podría ir a uno de los bares de por ahí a tomar una copita de cognac. Y puso en mis manos un nuevo libro de poemas con la tinta -dijo- todavía no del todo seca. El poemario estaba dedicado a mí, en letras de molde: «Al gran poeta, al eximio ensayista...»

     Como no sé beber, el cognac me subió pronto a la cabeza. A las dos horas volvimos al hotel, a mi cuarto, y, debo confesarle, de bracete. Apenas cerré la puerta con llave, sonó el teléfono.

     -Señor -me dijeron- Hay una dama en su cuarto. Eso no se permite en este hotel.

     Yo, que ya lo tenía bien trabajado a quien así me llamaba tan inoportunamente, le contesté en voz baja:

     -Mire, amigo: mañana le cuento todo. Esta señora es una escritora y, además, parienta mía, cercana.

     -Muy bien, señor -me contestó el empleado- Pero aquí están el marido y las dos hijas de su parienta, y quieren hablar con usted.

     -¡Pues dígale al señor que su esposa se ha marchado después de llevarse unos libros!

     Desde la escalera de escape, la poeta me disparó un beso con los dedos regordetes. Yo cerré la ventana y bajé a saludar al marido y las hijas de mi musa fugitiva.


 

******************

 

COSAS QUE PASAN

 

     El día de mi cumpleaños -los dieciocho- vi por primera vez a Bárbara en un partido de fútbol; ella estaba con otro que parecía vigilarla; yo me las arreglé para hablarle mientras el tipo desapareció en busca de no sé qué. Bárbara me dio su número de teléfono y tres días después todo estaba listo. ¡Qué ardor de muchacha y qué manera de sorberme el seso! Lo cierto es que el asunto fue tan incontrolable que a los pocos meses no hubo más remedio que el casorio.

     En casa de mis padres me dieron un cuarto grande que yo mismo tuve que revocar y pintar. Papá hace unos diez años que tiene su casa sin terminar. Nunca le alcanza la plata para techar las piezas del ala derecha. Imagínense la idea de construir una casa de setenta mil dólares con las entradas de un empleado de correos...

     Bueno: el cuarto ese para mí y para mi futura tenía dos ventanas que daban al lago. Ese lago había sido nuestra locura. Peter y Jack, mis mejores amigos vivían como nosotros casi sobre el agua misma. Los tres habíamos crecido remando y nadando juntos o cazando entre los carrizos y los sauces. A Peter y Jack y algunos cuantos parientes no más invitamos a la boda. Bárbara se hizo hacer un vestido con muchos velos y creo que hasta con una especie de miriñaque, porque el heredero ya se hacía visible y había que disimularlo. Nadie sospechaba entonces que el heredero era doble: un par de mellizos colorados que después resultaron preciosos.

     El día antes del casorio, Peter, Jack y yo salimos a cazar llevando las escopetas y los rifles calibre 22 de nuestra niñez. Era una manera de recordar los buenos tiempos y de despedir al primero del grupo que perdía su libertad. Los tres nos entendemos muy bien; durante todo el día nos olvidamos de que éramos ya hombres y nos divertimos como criaturas. Peter, como siempre, tiró los mejores tiros; Jack y yo pudimos bajar un par de faisanes cada uno. Nos pasamos dos horas después del almuerzo, recogiendo hongos buenos y hongos malos. Jack se llevó todos los hongos buenos porque su mamá es la mejor cocinera del condado. Y los hongos malos quedaron tirados entre los carrizos.

     Esa noche nos pegamos una buena borrachera. Mis padres se habían ido a Spokane; Bárbara estaba en Seattle; yo, en la casa del lago, en condiciones de agasajar a mis amigos. Comenzamos con algunas cervezas que se acabaron a las nueve; yo fui al garaje del viejo y allí encontré dos botellas de Old Crow. El whiskey nos puso sentimentales y nos juramos amistad eterna. Peter propuso que mezcláramos las sangres y sacó su cuchillo de caza. Mezclamos las sangres sobre la cruz de su cuchillo. Cada uno tuvo que herirse el brazo derecho y colocar su gota colorada donde la hoja comienza a ser empuñadura.

     A las dos de la mañana fuimos al lago para remar. En el bote había unas latas de cerveza. Las despachamos y de repente nos tiramos al agua. Casi me ahogué porque me dio un ataque de risa y no podía nadar. Estaba hermoso el lago bajo la luna. Una luna sin astronautas todavía, redonda y como de oro. Volvimos a casa dando traspiés y dormimos la mona en mi cuarto de soltero.

     Me despertó el viejo, al mediodía, con fuertes sacudones. Furioso: -Wake up, son of a bitch! Cuando abrí los ojos, lo vi fornido, enorme, encima, rojo de rabia. Creí que me iba a estrangular.

     Mamá, más furiosa todavía, me hizo tomar una jarra de jugo de naranja y diez tazas de café con aspirinas. La boda estuvo bien aunque mis amigos Peter y Jack parecían recién llegados de Vietnam y yo, con el jugo de naranja, el café y las aspirinas, sentía sólo la mitad de la cabeza; la otra mitad no sé dónde estaba.

***

     Bárbara resultó una buena esposa; barría el cuarto, tendía la cama, ayudaba en la cocina. Mamá, que no la aguantaba al principio la quería como a una hija a los dos meses. Y estuvo bien que así fuese porque a los seis meses del casorio nacieron los mellizos. Y entonces sí que los viejos se volvieron locos con los nietos y su wonderful mother. Así la llamaban: maravillosa madre. Yo les daba la razón.

     Entonces senté cabeza y hasta resulté buen padre. Me pasaba horas con los mellizos, les cambiaba los pañales, jugaba con ellos como si ya fueran gente. Peter y Jack venían a visitarme o llamaban por teléfono; yo rara vez salía con ellos para tomarme unas copas. A cazar, sí, nos íbamos apenas llegaba la estación. Yo ponía a disposición de mis amigos la vieja camioneta que me regalaron el día del casorio. ¡Hermoso el Este de Washington no lejos ya de Idaho! Peter se encargaba de la cuestión comida y Jack y yo de buscar alojamiento o de improvisarlo. Volvíamos a los ocho días descansados y contentos y Bárbara nos cocinaba los faisanes. ¡Qué banquetes en la casa del lago!

     -Aquí traemos los hongos para el arroz; no te olvides -le decíamos. Y ella preparaba sus faisanes con arroz y hongos con un arte que dejaba a los viejos boquiabiertos. Porque solíamos invitar a los viejos y darnos todos juntos un atracón.

     -¡No hay como las salsas que hace mi nuera! -decía la vieja.

     -Ni en Italia se come así -aseguraba papá, que nunca estuvo en Italia, pero como es nieto de italianos cree que Italia es el país de la comida.

     En octubre del '64 fuimos hasta bien cerca de Idaho detrás de los faisanes. Trajimos el número máximo, llegamos a casa un domingo de tardecita.

     -Darling -me dijo Bárbara al entrar- Te presento a Cliff Martin, viejo amigo del colegio, que acaba de ser licenciado del Marine Corps.

     Cliff Martin era alto, fuerte, simpático. Un tipo de esos que se llevan bien con todo el mundo y que saben hablar de cosas interesantes. Mis amigos y yo encantados con él. Yo le invité a terminar con nosotros una de las botellas de whiskey que sobraron de la cacería, y después insistí en que se quedara a cenar.

     Papá vino cayendo a eso de las diez de la noche y enseguida se hizo amigo de Cliff Martin; le preguntó qué pasaba hacer y cuando supo que Cliff no tenía planes, le propuso que viniera a trabajar en su granja. El viejo siempre habla de su «granja» aunque esa granja no existe en ninguna parte. Sólo tiene un terreno grande a orillas del lago donde plantamos albaricoques y manzanos. Esta vez el viejo anunció que iba a criar pavos y no sé qué más.

     A los dos días se vino llegando Cliff Martin y preguntó por papá.

     Lo llevé adonde el viejo y allí arreglaron el negocio. Cliff estacionaría su camión-casa a unos treinta metros de lago, en nuestro terreno, claro está, y viviría allí. Traía, dijo, herramientas para construir «el domicilio de los pavos» y le dio al viejo un librito sobre cría de estos bichos. El viejo, encantado, le dio la mano y trato hecho.

     Yo, mientras tanto, jugaba en el patio con los mellizos. Ya sabían caminar sin caerse.

     Muy trabajador el granjero Cliff Martin. Desnudo cintura arriba, con pantalón militar y botas también militares, los brazos como los de Charles Atlas y el pecho como de jabalí, nos decía a los tres amigos:

     -No hay que ir al ejército o a la aviación; hay que ir al Marine Corps. Allí uno se hace hombre. Fíjense en esto: miren cómo rompo este palo sin esfuerzo.

     Y agarrando un palo grueso con las garras peludas lo rompía de un solo golpe sobre el muslo derecho.

     -Yo -solía repetir-. Yo puedo matar a un hombre con uno o dos golpes sin ningún arma. El entrenamiento de los Marines es formidable.

     También solía hablar de mujeres terribles en el amor. El siempre era el centro de las cosas que contaba, por ejemplo, de riñas en puertos y tabernas, noches en las Filipinas o en Japón.

     Peter y Jack lo invitaron a ir a cazar con nosotros. Yo, de acuerdo. Fuimos haciendo gran ruido en la camioneta. En varias partes recogimos hongos; volvimos con unos faisanes bien alimentados y como con diez libras de hongos. Cliff resultó buen cazador; lo malo es que nos tomaba casi todo el whiskey y que, a veces, cuando uno de nosotros tenía asegurado un pájaro, él le tiraba primero y nos dejaba sin el gusto.

     Mi camioneta, después de una de nuestras cacerías, -porque habremos ido unas cinco veces de caza juntos- no anduvo bien. Peter, Jack y Cliff me ayudaron a alzarla sobre unos troncos duros de pino, de forma cúbica. Durante días trabajé debajo del vehículo manchándome de grasa y aceite los brazos, el pecho, la cara. Desarmé el motor pieza por pieza. Bárbara venía a verme trabajar con unos shorts muy cortos y unas blusas medio transparentes. De abajo del vehículo la veía yo y la deseaba. Venían también los mellizos pero había que llevarlos pronto porque se metían bajo la camioneta y se ensuciaban.

     Un sábado de tarde, ya a comienzos de noviembre, tenía yo casi terminado mi trabajo en la camioneta. Estaba debajo, boca arriba, atornillándole la tuerca del aceite, y Bárbara y Cliff allí cerca me felicitaban por el éxito. El motor funcionaba como un cronómetro; al día siguiente iríamos a Spokane.

     Y fue entonces cuando pasó la cosa. La camioneta se me cayó encima. Fractura de cráneo, rotura de varios huesos en los brazos, heridas profundas. Nadie se explica cómo no estiré la pata. Por suerte, pura casualidad, Peter y Jack venían llegando a esa hora a la casa; ellos y Cliff, con ayuda del viejo, me sacaron de debajo de la camioneta y me llevaron al hospital. Pasé allí meses.

     Recuerdo bien a Peter y Jack sentados junto a mi cama, durante mi convalecencia, en el dormitorio ese que yo revoqué y pinté. Los mellizos jugaban por allí con autitos de plástico. Yo, cubierto de yeso y vendas, boca arriba.

     -La camioneta -dijo pronto Peter- no pudo haberse caído sola.

     -Yo creo lo mismo -dijo Jack. Hace tiempo que Peter y yo no hablamos de otra cosa. Esos troncos de pino son grandes y duros; no pueden haber rodado.

     No les podía mirar la cara. Imaginaba la frente de Peter toda arrugada y sus pecas oscuras. Hablaba muy en serio. La voz de Jack no era la normal; la manzana de Adán debía de subirle y bajarle por el pescuezo.

     -Jack y yo, al día siguiente de aquello, vinimos para ver a tus viejos y para examinar después la camioneta volcada y los troncos esos. Bárbara había salido de compras con Cliff. Los viejos fueron a verte en el hospital. Reconstruimos todo el accidente, parte por parte. Como nosotros te ayudamos a alzar la camioneta sobre los troncos de pino, recordábamos bien todo. Alguien, con absoluta seguridad, provocó el accidente.

     Esto y algo más me dijeron.

     Yo, que durante el tiempo de la fiebre tuve muchos sueños que no sé si eran del todo sueños, comprendí lo que querían decirme. Uno de mis sueños fue más o menos así:

     -Está mucho mejor -decía ella tapando la mitad de la luz de la ventana con su cuerpo. y Cliff contestaba: Parece que sí. Es que tuvimos que sacarlo demasiado pronto de allá. Unos minutos más y...

     Peter y Jack se despidieron; al día siguiente volvieron a visitarme, más temprano que de costumbre. Uno de ellos, no recuerdo quién, me dijo:

     -Hay que cumplir el pacto de las sangres.

     Hablamos en voz baja hasta que llegaron Bárbara y Cliff del supermercado.

     Cliff entró en la pieza de muy buen humor, seguro que con algunas buenas copas encima:

     -Jack y Peter: mañana es mi cumpleaños. Voy a dar un banquete. Ya traje todo lo necesario: whisky, ginebra, vino tinto, vino blanco. Vamos ahora a recoger esos hongos para el plato fuerte. No hay hongo como los de aquí. Jack siempre encuentra los mejores. Me cambio de ropa y vuelvo dentro de media hora. ¿OK?

     Cliff se fue a su camión-casa; Bárbara a la cocina de mamá.

     Cuando quedamos solos los tres Peter se me acercó para mirarme en los ojos y decirme:

     -Ahora verás lo que pasa. Jack y yo tenemos un plan perfecto.

     -¿Qué plan, qué plan? -pregunté.

     Me contestaron que era un secreto; que ahora irían a recoger los hongos y que después hablaríamos de la cosa. Después...

     Peter y Jack no vinieron al banquete del día siguiente; de tarde tomaron demasiado y chocaron con un árbol. El auto se les quedó como un acordeón; ellos apenas se lastimaron superficialmente, aunque sangraron bastante. La madre de Jack llamó por teléfono para dar la noticia. Bárbara atendió el teléfono. Mis viejos estaban de viaje en Oregón.

     Cliff y Bárbara comieron solos en la cocina, sin hacerme caso, después de haberse tomado no sé cuántos martinis.

     Ella murió rápidamente; Cliff tardó más tiempo; vino arrastrándose hasta cerca de mi cama y quería hablarme. Allí estuvo pataleando y babeando un rato.

     -¿Decías que podías matar a un hombre sin ninguna arma, Cliff?

     Creo que no pudo oír mi pregunta aunque se la repetí más de una vez.

     Lo malo es que los mellizos también comieron el arroz; amanecieron fríos, de bruces sobre el piso del baño.


 

 

EL OJO DEL BOSQUE

(EL YCUÁ PACOBÁ) (1)

 

(1.- Manantial de los bananos)

 

     Durante muchos años me pareció no haber sido él otra cosa que una fantasía de la niñez. El hecho de que apareciera de súbito en mis sueños adultos para desvanecerse enseguida fue fortaleciendo en mí esta creencia. ¿Cómo pudo haber sido real un gran diamante circular, movedizo, acaso pura luz tornasolada que dentro de un marco de viva esmeralda formase un incesante remolino? Debajo de este remolino luciente, transparente, se veía un fondo de granitos de oro que eran alzados por el girar diamantino: unos granitos que no tenían sosiego y parecían felices de participar en una danza luminosa que, a veces, era menos rápida y otras aceleraba su rotación como obedeciendo a un gnomo coreógrafo oculto bajo los giros y luces del agua.

     No he mencionado todavía lo mejor de aquel ojo fulgurante abierto en lo verde. Y es que le tengo miedo a su descripción; no sé si podré dar una idea imperfecta, sí, pero más o menos fiel. No la daré todavía aunque con la dilación no gane nada. Esperaré unos minutos o acaso la dé otro día.

     ¿Dónde estaba el Ycuá? Debo retroceder varias décadas en el tiempo. Esta mano derecha que esgrime la estilográfica debe empequeñecerse hasta poder entrar, entera, en el bolsillo del chaleco. Debo bajar mucho de estatura y ceder lugar a un chico muy chico de unos cinco años. Yo he visto muchos, muchísimos bosques de pinos y bosques de abetos, bosques tropicales enguirnaldados de lianas; yo he andado por bosques raquíticos, espinosos, del Chaco. Ahora debo desver todos estos bosques, para rever un bosque abrillantado de sol y fresca humedad, un bosque de terciopelo verde claro tan empapado de luz que la luz pareciera salir de las hojas. Y estas hojas son hojas grandes, mucho más grandes que yo, que ahora estoy en este bosque. Es un bosque de bananos. Los más próximos bananos inclinan sus largas hojas hacia el Ycuá; pero le dejan un espacio franco para que el sol, a mediodía dispare sobre él sus rayos verticales. En torno a aquel círculo brillante, el verde del césped tenía la suavidad del verde de los bananos. El agua nunca escapaba de su círculo mágico: giraba, remolineaba como he dicho, dentro de él.

     ¿Quién me llevó al Ycuá? No lo sé. Debí yo de llegar a un paraje apartado de Areguá. No había nadie en mi contorno. El Ycuá fulguraba bajo la luz cenital de un día de verano.

     El murmurio del Ycuá, apenas audible. ¿Alguien, invisible, cuchicheaba cerca del agua? ¿O serían los pececillos? Porque pececillos, de muy fino dibujo, casi transparentes, giraban con el remolino. Subían, bajaban, suavemente en la masa líquida. Y yo hundí la mano derecha en el Ycuá para apresar uno o más de esos pececillos. El agua no era fría. Estaba seguro de que iba a atrapar a unos diez o doce. Pero mi mano derecha ni siquiera pudo tocar un pececillo. Los pececillos sin prisa alguna, la esquivaban, subiendo o bajando, virando.

     Entonces me acosté sobre el césped, boca abajo, y hundí las dos manos en el Ycuá, una para ayudar a la otra: las dos para garantizar el éxito. Todo en vano. Burlones, inasibles, como ígneos trazos en el remolino, se escurrían entre mis manos sin que éstas sintieran el más leve contacto.

     ¿Cuánto tiempo estuve yo de bruces sobre el Ycuá tendiendo hacia los pececillos mis manos burladas? ¿Se repitió mi visita al Ycuá varias veces? Esto último no podría negarlo ni afirmarlo; pero estoy seguro de no haber jamás atrapado un solo pececillo.

***

     Durante años llegué a sospechar que el Ycuá, como ya dije, fue una pura fantasía de la niñez. Yo vivía muy lejos del Paraguay. Después se me ocurrió pensar que el Ycuá era otra cosa, a saber: una alegoría de lo que parece posible y es, en rigor, imposible. Los pececillos me enseñaban que hay cosas en apariencia muy accesibles, muy próximas, como por ejemplo, el amor verdadero; pero que estas cosas giran, giran, resplandeciendo, al alcance de la mano sin dejarse atrapar nunca. Durante años quise, inútilmente, que la visión del Ycuá resplandeciente y sus pececillos fugitivos se convirtieran en uno de los poemas de El canto del aljibe o de El portón invisible. Pero el Ycuá, rebelde, se negó a materializar en verso, por así decirlo, uno de los mitos de mi niñez.

***

     En 1966 fui a Areguá un domingo de mañana con un viejo amigo, conocedor éste de las obsesiones de la infancia que pueblan los poemarios nombrados arriba.

     ¿Qué te parece -le dije cuando el coche subía por la calle principal de Areguá-, que te parece si buscamos el Ycuá por todo el pueblo, sin dejar de visitar ningún patio sospechoso?

     -Si no lo encontramos hoy, acaso lo encontremos el próximo domingo -dijo. Mi amigo quería ver el Ycuá, del que había oído hablar más de una vez. Las dos primeras horas fueron infructuosas.

     -¿Sabe usted dónde está el Ycuá Pacobá? -preguntábamos a la gente que veíamos aquí y allá. Sobre todo preguntábamos a los viejos. Nadie sabía nada acerca de la existencia del Ycuá Pacobá.

     Ya perdía yo la esperanza -no era la primera vez que desde mi repatriación buscaba yo el Ycuá; lo había buscado a solas más de tres veces; ya perdía la esperanza, digo, cuando en una ancha calle tapizada de verdísimo césped, a la mano derecha, vi tras un cerco de alambres de púas y sin púas, un bosque de altos bananos. El corazón me dio un vuelco, esto es, tuve una corazonada. A un campesino por allí cerca le pregunté si detrás del alambrado había un Ycuá.

     -No sé señor; nunca lo he visto.

     Yo le dije entonces, como para usarlo de testigo, que de todos modos quería entrar un minuto, a través del cerco, sólo un minuto, para ver si entre los bananos...

     Entramos mi amigo y yo apartando los alambres no muy tensos que nos cerraban el paso. A poca distancia del cerco, rodeado de lucientes bananos, estaba el Ycuá. Era ya mediodía y las imágenes de mi remoto recuerdo y las de mi percepción actual coincidían perfectamente.

     -Allí están los pececillos -, observó mi amigo. Pesquemos algunos.

     -Imposible -le contesté-; hay que dejarlos girar y girar. Acaso no sean de verdad; acaso sean ilusorios. Solamente ilusorios...


 

EL ESCOLAR DE LA ÚLTIMA FILA

 

     Yo te voy a hacer un cuaderno; no te preocupes -le dijo su mamá.- Jorge la miró silenciosamente. Notó, no pudo menos de notar a despecho de su desencanto, una extraña turbación en la cara normalmente plácida y risueña de su madre. Él quería unos cuantos pesos para comprar un cuaderno como el que tenían todos en la escuela, ese cuaderno con tapa celeste, con un general de charreteras hermosas en la tapa. También quería dos lápices amarillos con borrador en un extremo.

     ¿Por qué no le daba esos pocos pesos? Miró por la ventana hacia la plaza con la iglesia blanca y los árboles que daban largas sombras sobres los bancos. Era el comienzo de la siesta; tenía que ir pronto a la escuela; tenía que estar allá antes de una hora, caminando por esas calles calientes sin más árboles que unos naranjitos polvorientos.

     El tren pitó al salir de la estación cercana; oyó los resoplidos de la locomotora antigua.

     Entre tanto su madre había cortado unos grandes papeles blancos que las tijeras redujeron al tamaño reglamentario; ahora los cosía con velocidad y esmero; ahora faltaba la tapa. Su madre buscó en unos cajones del escritorio algún cartón, alguna cartulina. Encontró un viejo cuaderno forrado. Un cuaderno todo escrito con renglones cortos. Le sacó el forro; vio que la tapa estaba bien, sin manchas ni escritura de ninguna clase. Cosió esta tapa al cuaderno, luego la forró con un papel celeste. Usando una regla dibujó con tinta china un cuadrángulo, un cuadrángulo que haría de rótulo. En seguida, con una pluma fina y la misma tinta negra, escribió su nombre, su apellido: Jorge García. Después su grado, y el nombre de la escuela.

     Secada la tinta con un secante muy usado pero todavía poroso y eficaz, miró su obra con satisfacción y dijo:

     -¿Qué te parece? ¡Es tuyo!

     Jorge hubiera querido pedir unas figas nuevas para sus largas medias; el piolín con que por cuarta o quinta vez la sujetaba debajo de la rodilla le dolía un poco ahora. Cuando vuelto de la escuela se descalzara, vería una marca roja, hundida, en cada una de sus piernas.

     Pero no dijo nada. Recibió el cuaderno mirándolo sin mucho interés. Su madre lo abrazó con fuerza; lo besó varias veces. Ni entonces le dio las gracias. Metió el cuaderno en su cartera de cuero con cierre roto, se miró los zapatos muy gastados, el guardapolvo limpio pero raído, y pensó en Martín, en Víctor, en José María, muchachos ricos de quienes quería ser amigo porque los otros eran muy brutos, y éstos, aunque orgullosos, eran bien educados.

***

     A una cuadra de la escuela, en una esquina con sombra había unos veinte o más muchachos que rodeaban carritos de vendedores de helados. Por unas moneditas, los vendedores entregaban un barquillo con deliciosas formas blancas, amarillas, rosadas o color de chocolate que había que evitar se derritieran con rápidos, golosos lengüetazos. ¡Él no podía tomar esos helados! Eran antihigiénicos -se decía en su casa-; le estaban prohibidos. ¡Qué envidia a estos chicos felices que corrían de aquí para allí gritando, sorbiendo sus helados, diciendo palabrotas, divirtiéndose tanto!

     La librería estaba abierta y él miró hacia adentro. Allí, además de los útiles, había cosas hermosas: había revólveres de juguete; había globos de goma, había escopetas que disparaban dardos con una goma cóncava en la punta. Los otros chicos tenían revólveres así, guardados en sus carteras entre sus útiles. Eso, más que nada, él les envidiaba.

     Los helados que veía tomar a tantos con tanto gusto, le dieron sed. Había caminado por calles caldeadas por el sol de marzo. En la escuela había agua; pero le estaba prohibido tomar. No era potable -se decía en su casa. En su casa se sabían más cosas que en otras casas; sus padres eran cultos. Ser culto le parecía algo descorazonante. Le obligaba a él a no beber el agua del tanque de metal claro que había en la escuela en el patio alto, en un rincón. Allí los otros chicos se peleaban por llenar, impacientes, sus jarritos de aluminio. Él no tenía como los otros un jarrito. ¿Para qué? El agua le estaba prohibida. También le estaba prohibido ir al servicio en los recreos. Eso sí él no lo entendía. Nunca había estado en el servicio, lugar apartado en el patio bajo. Tenía que esperar hasta llegar a casa, a veces corriendo, porque se había aguantado mucho.

***

     La escuela era grande, calurosa y fea. Estaba hecha de muchas casas, viejas casas que, unidas en la misma manzana, compartían, unas el patio alto; otras, el patio bajo. En los patios no había un árbol, no había un toldo. Baldosas y baldosas, calientes hasta bien después de caer el sol. Uno iba de una casa a otra para llegar a su aula; aula donde antes hubo camas, mesas tocadores, aparadores, pero donde hoy sólo había bancos, bancos y bancos. Bancos hasta en los zaguanes convertidos en aulas. En algunas los pizarrones colgaban de los codos de las fallebas en zaguanes de puertas condenadas. En todas había un calor horrible.

     Jorge entró por la puerta principal, la entrada de la casa donde la escuela tenía la Dirección, y la Dirección un cuadro enorme de no sabía qué batalla con soldados de largos fusiles y unos cañones negros que lanzaban fogonazos inmóviles.

     Subió al patio alto por una ancha escalera de mampostería; cruzó el patio; vio, a la izquierda, el tanque de agua. Allí había agitación de chicos que tomaban ya o querían tomar lo antes posible el agua no potable.

     Entró en su aula después de cruzar otra aula que funcionaba en un zaguán de tres hileras de bancos viejos, sucios de tinta y otros más viejos y medio desvencijados.

     Se sentó en la última fila. El primer día de clase, la maestra lo había colocado en primera fila. Creía, seguramente que, porque su padre y su madre eran cultos, que él sería un gran alumno. Dos semanas después la maestra le había asignado un lugar en la última fila, cerca de la ventana que daba a la calle.- Mejor -había pensado él en su vergüenza. Así podía distraerse a su gusto sin tener que escuchar lo que no entendía ni le interesaba entender. Además, sin ser mirado, podía mirar hacia la calle, lugar más interesante, y reconocer los autos que pasaban -no había muchos autos y por eso los conocía a casi todos los que circulaban por la ciudad, sobre los rieles del tranvía, porque el tosco empedrado de entonces los hacía saltar a diestro y siniestro con mucho ruido de la carrocería.

     Se sentó en su banco en el momento en que llegaba la maestra. Estaba ella impecable, como siempre, vestida de blanco, brillante el pelo ensortijado, los grandes ojos de gato, entre castaños y dorados, en una cara blanca y empolvada, también gatuna pero nada fea. La boca, que era chica, era sabido que escondía dientes hermosos, y eso que no solía sonreír casi nunca. Pulcra, metódica, severa, urgente, eficaz, la señorita Duarte Leal era hermana de dos maestras, prima de seis maestras y, lo más notable, hija de padre y madre maestros.

     Jorge la miró desde su banco, a diez pasos de distancia, lista para entrar en acción. A un ademán de la maestra, el mejor alumno de la primera fila se levantó y borró el pizarrón con trazos de tiza del día anterior. La observó con aprensión. No entendía él nada de aritmética, y de aritmética sería la clase.

     Íntimamente se sentía culpable y le dolía su desaplicación sin remedio, le dolía la afrenta que la maestra le infligiera al declararlo públicamente inepto. Él no sabía por qué era desaplicado. Lo era, y había sido castigado. No podía prestar atención más que a su propio divagar. La maestra lo intimidaba; no podía quererla y eso que en su casa oía elogios de los Duarte Leal, familia heroica, sacrificada, de maestros. Lo que él oía en su casa le parecía la verdad misma; no lo cuestionaba nunca. Le disgustaba aquella personalidad fuerte y algo amarga, centrada en el mirar felino, en la nariz enérgica, en la boca a menudo tensa en un rictus desagradable. (Alguien -Alfonsito Sosa- le había hecho una caricatura, bastante buena, con bigotes y orejitas de gato).

     Jorge, mientras tanto sin oír lo que la maestra estaba diciendo, tiza en mano frente al pizarrón y el busto considerable a medias vuelto hacia la clase, divagaba como de costumbre. Se veía a si mismo en su casa pidiendo los pesos para el cuaderno y los lápices amarillos. Su madre lo miraba con azoramiento, bajaba los ojos y, nerviosa con forzada sonrisa le decía: -Yo te voy a hacer un cuaderno. No te preocupes.- Veía que le temblaban las manos ahora que, apuradamente, cortaba papeles blancos con las tijeras de sus costuras no ya sólo para la casa, sino mercenarias.

     Desde hacía meses su madre se había hecho costurera. Ahora los ojazos negros de su madre lo miraban, furtivamente, con dulzura. Ya los papeles blancos se iban convirtiendo en páginas, las páginas en un cuaderno; la tapa de otro cuaderno, viejo y forrado, sin forro ahora parecía nueva, y se convertía en la tapa del cuaderno casero flamante. Ahora veía cómo la pluma y la regla esgrimidas por su madre trazaban el cuadrilátero del rótulo. ¡Qué hábil, su madre, pobre! Era costurera; cosía para sus amigas ricas.

     Su imaginación voló hacia otras cosas. Se vio otra vez a si mismo, no en su casa sino en el patio alto de la escuela, el primer día de clase. Todos estaban formados en el patio. La Directora y las maestras, de pie sobre unos largos escalones tenían aire solemne. La profesora de música, bajita y flaca, sentada en su taburete frente al piano, tocaba las teclas blancas y negras sin hacerlas sonar todavía. Arriba, el cielo celeste reverberaba; en todas partes el calor parecía ya convertirse en llamas, incendiar los guardapolvos y la bandera tricolor. De pronto estalló el Himno Nacional en el piano y en centenares de gargantas. Él se sintió aniquilado por la terrible música gritada, solo entre extraños, lejos de su casa, náufrago en esa masa anónima de guardapolvos blancos, y tuvo atroces ganas de llorar pero no lloró porque ni llorar podía; odió, sí, la odiosa escuela con sus maestras rígidas como sargentos vestidos de mujer, con aquellos chicos vulgares y groseros -salvo unos cuantos que parecían mejores-; y odió ser chico y odió vivir en aquel día.

     Se olvidó de esto y volvió a pensar en su madre, en lo que pasaba en su casa. Su papá, pintor y grabador español, ya ni pintaba ni grababa; había trabajado un tiempo en un diario. Lo habían felicitado mucho; escribía tan bien como pintaba, se decía en la ciudad. Pero... el sueldo no servía para nada. Entonces se había empleado en el ferrocarril central. Ahora estaba cesante. Su madre, concertista de violín un tiempo, ganadora de premios, ahora hacía vestidos para sus antiguas amigas adineradas.

     Y otra vez Jorge vio nítidamente a su madre entregándole el cuaderno:

     -¿Qué te parece? ¡Es tuyo!

     Y la dulce mirada de su madre al hacerle el regalo le estrujó el corazón. Tuvo entonces una gran urgencia de ver ahora mismo el cuaderno que le había hecho; metió las manos en el cajón bajo el pupitre de su banco, sacó el cuaderno y comenzó a hojearlo.

     Oyó en eso un taconeo rápido y violento. Alzó los ojos. La maestra ya se inclinaba, furiosa, sobre él, gritándole:

     -¡Señor Jorge García! ¡Yo le voy a enseñar a atender en clase!

     Unos ojos iracundos entre castaños y dorados lo espantaron más que la voz en grito. La maestra le arrancó el cuaderno, lo alzó a la altura de sus pechos y tiró de él con ambas manos, en sentido contrario una de la otra. El cuaderno se rompió en dos. La maestra unió los pedazos y los arrojó al suelo con indignación jadeante.

     El bajó la cabeza cerrando los párpados para atajar las lágrimas, el corazón dándole brincos bajo el guardapolvo y, en la garganta, en el cuello, un subir y bajar que no entendía. Sin abrir los ojos, sabía él que treinta pares de ojos lo miraban con burla y alegría.

     Llegó a su casa muy abatida, muy cansada. Entró en el baño y, al fin, tras haberse reprimido mucho, vomitó. Había pasado horas muy crueles desde la una de la tarde. Ella, que tanto creía en la disciplina, en la autoridad, en el rigor; ella que había sido educada en la severidad, en la austeridad, en la orgullosa dureza de la pedagogía de su tiempo se sentía deshecha. No había vacilado nunca en sus convicciones; se sentía justificada hasta tal punto en el ejercicio de su profesión que nunca había cuestionado la eficacia de una dureza supuestamente indispensable. Pero nunca hasta aquella siesta de marzo, nunca había visto unos ojos infantiles tan desvalidos, tan llenos de terror y de pena; nunca había visto un reprimido llanto como el llanto silencioso del mal escolar de la última fila.

     Fue a su cuarto, cerró la puerta y se acostó en la limpia cama de soltera. Y cuando estallaron sus sollozos no sólo tuvo pena por el muchachito distraído humillado por ella: tuvo también pena por sí misma, por su vida frustrada, por la abrumadora revelación de que había sido, durante años y años, dura, cruel, acaso abominable.

     Jorge, que al llegar a su casa dijo estar enfermo, con dolor de cabeza y dolor de estómago fue llevado a su cuarto. La madre le dio un té de naranja, le puso la mano sobre la frente, pensó que acaso tendría fiebre.

     -No es nada -aseguró.- Estás cansado. A dormir, un rato.

     Serían ya las ocho de la noche cuando llamaron a la puerta de calle. Jorge dormitaba en su cama. Oyó voces confusas durante unos minutos; después un ruido de pasos familiares. Era su madre.

     -¿Estás vestido? -preguntó- Viéndolo en ropa interior, agregó:

     -Aquí está tu guardapolvo; yo te ayudo a ponerte los zapatos. Te conseguí unas ligas...

     En la desnuda salita de los García, Jorge tuvo un sobresalto: allí estaba la maestra de pie con un paquete en las manos.

     -Vine -le dijo- para traerte un cuaderno nuevo.

     Y de pronto se sintió abrazado con desesperación y envuelto en un llanto convulsivo.

1984


 

CAJÓN SANGRANDO BAJO EL ARCO IRIS

 

     El cuatro de agosto quemé las circulares y los panfletos clandestinos y también las cartas de los amigos no escritores que pudieran ser comprometedoras. Le dije a mi mujer que me pusiera dos mudas en la valijita y que no se olvidara de la brocha de afeitar. Todo lo demás estaba ya arreglado excepto lo del manuscrito de poemas. Temía llevármelo conmigo y no quería dejarlo ni en manos de la Christie ni en las de ningún pariente. Ya estaba escarmentado con lo que me pasó durante el primer destierro.

     Felizmente me había crecido ya una barba tremenda en los dos meses del bochinche; yo mismo no me reconocía y me consideraba ya otro tipo. El espejo me mostraba un Van Gogh un poco más gordo pero mucho más peludo que el del autorretrato ese que te gusta. Pero en aquellos días, ¿quién era el mismo de antes con o sin barba nueva? Todo el mundo andaba salvajizado a fuerza de la salvajada interminable que asolaba todo el país; hasta la voz de Christie, tan dulce siempre, sonaba agria y quebrada.

     Había que ver cómo se movía la gente, cómo corría de esquina a esquina y se tiraba de bruces sobre las piedras y hacía con sus armas aquel infierno. Marineros, policías, milicianos, lo mismo. Chiflados y feroces.

     Desde mi pieza me parecía que golpeaban cajones enormes de palosanto tal como golpean los cajoneros peruanos; pero cajones enormes que de pronto estallaban. Y la ciudad toda era un cajón, el más grande de todos; un cajón que se perforaba por los cuatro costados. O un ataúd abierto ahora al cielo de invierno cruzado de aviones nocturnos, pero que se iba a cerrar pronto, a martillazos venidos de arriba, vertiendo furiosos chorros colorados sobre el río, sobre el campo, sobre los caminos.

     De noche era mucho peor que de día, Justino. Sin luces pero con fogonazos que se me estrellaban en la cara mientras dormía en mi cuarto cerrado.

     Tuve que suspender las transmisiones de radio porque se hacían muy peligrosas; mi suegra y la Christie se horrorizaban viéndome en el garaje con los auriculares. A mí por mí no me importaba la cosa; si me agarraban, me agarraban. Me gustaba, sí, encerrarme con la radio por solidaridad con los muchachos. Aunque no era mi culpa que la batalla me hubiese atrapado en mi propio barrio, deploraba no estar con ellos peleando.

     El estruendo se hizo intolerable a mediados de agosto en las calles más populosas, especialmente en la nuestra. En las esquinas del sur emplazaron morteros y ametralladoras; detrás de las verjas del cementerio, seis cañones de 75.

     A mí, en la inacción, me empezaron a dar esos mareos que ustedes me conocen. El tercer lunes de agosto, el Rafles, que andaba brincando y aullando por la casa, consiguió escaparse por el portoncito de hierro que dejé yo abierto de puro estúpido. Salí volando detrás de él. Sabía que el Rafles se iba por la perra de los Espinoza, media cuadra arriba. Ya en la calle, aunque entonces había calma por casualidad, vino aquella ráfaga, Justino; mejor dicho, vinieron aquellas ráfagas cruzadas. Una rociada de mil diablos con rebotes en el empedrado y en las veredas.

     Fue irreal la cosa: vi que el Rafles, a toda velocidad cruzando la calle, se quedó de pronto pataleando en la mitad de la calzada; insistieron desde las esquinas y creo que desde los altos de una casa; lo dejaron quieto y aún después de quieto siguieron baleándolo por gusto. Yo me pegué un porrazo al tropezar con las tablas de un andamio venido abajo; caí y me ensangrenté las manos sobre el empedrado. Me ardía también el hombro izquierdo, más que las manos. No me explico cómo pude volver a casa.

     Entonces vino lo peor. Noches después, entre la Christie y la suegra, me dio por ver ese abanico de viento y de metal. Un arco iris che, pero sólo con variantes de gris y aire cortante y caliente en el espectro. Todo el día el abanico se abría y se cerraba, unas veces horizontal, otras verticalmente. No sé si me explico. Cuando se abría hacia arriba, como te digo, yo podía subir por él como por una escalera vertiginosa. La Christie también podía subir; lo hacía gritando histérica y aterrada. El viento, para ella más fuerte que para mí, la llevaba sin falta hacia el lado de la barranca del río; la pollera le cubría la cabeza y ahogaba sus gritos. Yo vociferaba tan fuerte que la suegra salía corriendo y volvía con agua para aliviarme. Lo extraño era que a la Christie la veía después a mi lado, como si no se hubiera movido de su sitio, sana y salva.

     Después veíamos caer fragorosamente el abanico sobre la calzada; esta vez se abría y se cerraba de vereda a vereda; venía ahora la peluqueada de los árboles, el destrozo de los postes y maderas del andamio derrumbado, y arreciaba el ruido del cajón, de los cajones. Cesaba el diluvio un rato; Rafles entonces se levantaba, entre un torbellino de moscas y venía hacia mí rápido, con los ojos duros y fijos.

     Christie, según te digo, lo más bien a pesar de sus repetidos vuelos, lloraba junto a mi cama; yo la consolaba diciéndole que al fin y al cabo ella estaba de regreso, sana y salva, y no como su madre y yo temíamos que estuviese, flotando ahogada y mutilada, al pie de la barranca, en el río.

     La herida del hombro no fue gran cosa. La suegra me acribilló de inyecciones y no hubo infección.

     Te cuento esto con detalles porque sé que me entenderás bien; leíste mi «Réquiem para Rafles» y, sobre todo, en casa de Pablo, mi «Cajón sangrando bajo el arco iris»...

     Pero dejame retomar el hilo. Me preguntaste cómo conseguí salir de allá. Eso pasó semanas después, cuando me repuse del todo. La víspera de aquel sábado, Manolo Montiel saltó sobre la tapia del fondo y cruzó corriendo nuestro patio hasta la cocina. No lo reconocí; venía ensotanado y hasta con teja de cura en una mano. Me avisó que la cosa estaba liquidada ya; agregó que el domingo, a más tardar, la policía iba a hacer una razzia sin cuartel por nuestro barrio y que no lo hacía ya porque estaba ocupada en sectores de mayor trabajo; habló de atroces torturas policiales; yo debería escapar a tiempo, si era posible el sábado por la madrugada. Él ya había prevenido a la Embajada amiga. Me dijo esto y se fue dándome la bendición y saludando a las mujeres con su teja.

     -Adiós, Padre -empecé a decirle riendo y con ganas de abrazarlo. Pero ya saltaba otra vez sobre la tapia y desaparecía por un laberinto de ranchos silenciosos.

     El dato de Manolo Montiel era exacto, pero sólo en parte, como todo lo suyo; al día siguiente y no al domingo como dijo, llamaron con fuertes golpes al portoncito de hierro. Yo me les acerqué a los policías diciéndoles que les abría en seguida.

     -Queremos ver a Matías Carballo.

     -Aquí vive él -contesté con mi barba y mi poncho raído. Se jué esta tarde y todavía no güelve.

     Eran un tipo vestido de civil, blanco y bizco y cinco agentes armados con máuser. El de civil me miró como miran los bizcos; me pareció conocido el tipo pero me pareció no más. Yo, frente a ellos muy tranquilo, afiné a decir con naturalidad si querían pasar los señores y conversar con la patrona, que estaba en la cocina. Mi guaraní sonaba como recién llegado del fondo de las Misiones. Con fijeza atroz, sin embargo, pensaba en la Jefatura de Investigaciones; anticipaba interrogatorios brutales; asistía a mi propia tortura; me dolían ya las uñas como si empezaran a arrancármelas una por una como a Martín.

     Entraron todos, menos un agente que se quedó atrás del portón con el máuser desasegurado.

     A la Christie le preguntaron por mí. Muy bien les contestó ella que me había ido saltando por esa tapia y entre los ranchos porque «aunque no se mete más en líos» -aclaró-, «un hombre que alguna vez fue político no está nunca seguro cuando hay revolución».

     -Nosotros queremos hacerle unas preguntas no más -dijo el de civil con una mirada de hambre para la Christie.

     -Si es así -tercié yo que me había reunido al grupo encogido bajo mi pocho y con el aspecto más desgalichado- ¿por qué no se quedan aquí para esperarle?

     Me miraron como a un imbécil y comenzaron a revisar la casa. El de civil volvió pronto a la cocina con un cigarrillo en la boca y le pidió fósforos a la Christie.

     Yo, que tenía un pucho apagado sobre mi barba, con respeto le pedí los fósforos después que el encendió su mal tabaco.

     Cuando se fueron lloviznaba. Yo besé a la Christie, abracé a la suegra, tomé mi valijita, la escondí bajo el poncho y protegiéndome de la llovizna con un sombrero pirí calado hasta las cejas, pude llegar en una hora a la Embajada prevenida. Dos días después logré salir del país sin recalar en Investigaciones.

     Me alegro de que les hayan gustado los poemas; los escribí en el destierro ya, no durante aquellos días. Ahora comienzo a salir del pozo aunque tengo mis recaídas, Justino.

     Anoche mismo oí ladrar otra vez al Rafles; lo siento venir a menudo. Cuando su asedio es demasiado audible y urgente, me levanto de la cama, llego hasta la puerta que él araña con las patas en alto y le digo que en este hotelucho infeliz no quieren perros. Le digo que se vuelva a casa o que se vaya a la de Espinoza, con su amiga.

     Así es, che.


 

BAJO EL SUPREMO

 

          

Ante la inminencia de la ejecución,

          

 

como una protesta,

 
 

como la culminación de su perenne rebeldía,

 
 

tomó la navaja de afeitar

 
 

y se cortó el cuello.

 
 

La leyenda dice que escribió con sangre,

 
 

en la pared de la prisión: Bien sé

 
 

que el suicidio es contrario a la ley de Dios

 
 

y de los hombres, pero la sed de sangre

 
 

del tirano no se saciará con la mía.

 
 

Justo Pastor Benítez.

 


 

     Pondré un capítulo rojo entre los primeros capítulos de tu biografía. Yo, español colonial, hijo y padre a la vez de mi patria, daré un ejemplo perdurable. Desde antes de los sucesos que me tienen aquí, anticipé mi prisión y juré evitar mi ludibrio. Yo fui quien vio el primero, detrás del asceta, al verdugo. No lo temí nunca, pero sí prefiguré el desenlace de aquel inútil desafío a su poder. Yo vi el temor bajar las cabezas de unos y erguir en fingida anuencia y servilismo la de los otros. Yo vi años de miedo como secuencia de aquél primer temor cobarde. Oí el callar de las guitarras, el enmudecer de los pueblos y vi un vasto silencio caer sobre la tierra caliente con hombres fríos de terror. Yo vi en la palidez impasible de aquél energúmeno silencioso el color futuro de miles de hombres de mi tierra.

     Yo vi un temblor de generaciones que no iba a cesar ni con la inmovilidad de un cadáver execrado. Yo vi todo eso y mucho más, en miles de días venideros, el día en que me arrancaron la espada.

     (En el patio aplastado por el sol fulguraba el follaje de unos naranjos. Un persistente canto de gallos lejanos hendía la siesta. Por el corredor la alta bayoneta del centinela cortaba la resolana, acompasadamente, cada tres minutos, frente a la celda).

1968


 

CICATRICES

 

     La mujer me impresionó por su figura, por su elegancia y la tristeza de unos ojos grandes estriados de rayitas de oro. Tomó asiento frente a mi escritorio antes que la invitara yo. Sin sacarse los guantes blancos, las dos manos sobre una ancha cartera y ésta sobre la falda, habló rápidamente, sin ser interrogada.

     -Mi marido y yo, doctor, nos llevamos bien; es un hombre honrado y cariñoso, como hay pocos. No tengo las quejas habituales. Es rico, es generoso, me permite una libertad que no me interesa aprovechar...

     Por el lujo con que vestía, la calidad de las joyas -el collar, los aros, el prendedor sobre el pecho henchido-, era obvio que a esta esposa deslumbrante no le escatimaban el dinero. Quedó un instante callada, mirándome en los ojos, como si ahora esperase mi ayuda para continuar.

     -Hábleme de usted, de lo que usted mejor recuerde -le dije, evitando aquella mirada un poco angustiosa e insegura.

     -Éramos tres hermanos, dos hermanos mayores y yo. Vivíamos en una casa, antigua, no lejos del centro. En el medio del patio había una fuente que no funcionaba ya. La fuente era el mejor adorno, además del aljibe y unas palmeras y un jazminero. Algo que nunca me explicaron pasó cuando yo tenía tres años. Un señor mató a tiros a mi padre, en una calle céntrica y, enseguida, con el último cartucho que la quedaba en el revólver se disparó en la sien derecha. ¿Por qué? Nunca se supo la razón. Se dijeron muchas cosas, ninguna muy clara y algunas absurdas.

     Nuestra casa estaba hipotecada; al enviudar, mamá quedó pobre porque los negocios de papá no habían andado bien. Mamá, para casarse, había abandonado la universidad, el segundo año de medicina. Ahora resolvió volver a estudiar. Siempre había querido ser médica. Ahora iba a ser médica por necesidad.

     Bajó la cabeza rubia y quedó en silencio. Algún recuerdo penoso la embargaba. Examinó mi consultorio. Clavó los ojos en la estufa eléctrica que parecía llena de brasas.

     -¿Y? -pregunté.

     -Teníamos dos tíos, hermanos de mamá. Tío Gervasio vivía en Concepción; tío Daniel en Piribebuy. Mamá arregló que nosotros tres fuéramos a vivir con el tío Gervasio. ¡Un hombre alto, duro, malo! En su casa había una mujer como él, dura, de pocas palabras, a no ser que se enojara. Sería la concubina, no sólo la cocinera del tío Gervasio. Ella trataba con desprecio. Mis hermanos y yo dormíamos en un cuarto de piso de ladrillo donde había tres catres y unas sillas de baqueta. Los otros cuartos y el corredor también tenían piso de ladrillo. En el patio de tierra colorada crecían guayabos, bananeros, y mangos. El cerco del patio tenía alambre de púas. Tío Gervasio tomaba mate todo el día si es que se quedaba en la casa. En el fogón de la cocina negra, la pava con agua caliente debía estar siempre lista. Él solía sentarse cerca del fogón, muy temprano, a veces antes de las cinco. Hacía que mi hermano mayor, que todavía era chico, le cebara el mate. Bajo las hornallas del fogón se amontonaba la ceniza con trocitos de leña o de carbón todavía encendidos. Mi tío quería el mate caliente y bien cebado; la yerba debía renovarse cuando faltaba la espuma alrededor de la bombilla. Si mi hermano, medio dormido todavía, dejaba caer el mate porque el agua hirviente le quemaba la mano, mi tío le daba un bofetón, lo sacaba de la cocina de una oreja y llamaba a la mujer para reemplazar al cebador.

     -¡Francisca, venga a cebarme el mate!

     Mi hermano se echaba sobre su catre, llorando. Yo ya estaba despierta. De vez en cuando llegaban de Asunción noticias de mamá.

     Acababa de aprobar un curso; dentro de dos, dentro de un año terminaría los estudios. Nos mandaba un canasto grande, lleno de golosinas, con una lona cosida a su abertura bajo el asa de mimbre. El tío Gervasio se apoderaba del canasto, le arrancaba la tapa de la lona con su cuchillo. Solía tocarme algún dulce, algún trozo de bizcochuelo.

     Nos íbamos enterando de que mamá tenía éxito, de que era estudianta sobresaliente por encima de todos los demás en sus cursos, Ella, la pobre, nos ocultaba sus estrecheces. Ella tampoco sabía nada de lo mal que lo pasábamos en Concepción en casa de un tío cada vez más atrabiliario.

     Nosotros jugábamos en el patio de tierra, trepábamos a los mangos y a los guayabos. Estaba prohibido trepar al guayabo cerca del pozo, porque sus frutas eran todas del tío Gervasio. Un día en que mis hermanos, con una tacuara larga, bajaban a tierra, cerca del pozo, las guayabas grandes, maduras, rojas por dentro, del árbol prohibido, el tío Gervasio, que había ido a la estancia, llegó de pronto a caballo y entró en el patio. ¡Qué paliza con el rebenque de cabo de plata! Yo, temblando, me escondí en el galpón porque había probado una guayaba deliciosa. El tío Gervasio fue allí a buscarme, me encontró en un rincón, detrás de unas monturas; me olió en la boca la guayaba comida, y me dio unas cachetadas. Olía a sudor, a caña, a tabaco.

     -Era duro el tío, ¿eh?

     -Eso no es nada. El tío trajo un día una radio portátil, la primera, creo, que llegó a Concepción. Cuando mateaba, la ponía a un extremo del fogón. Después la llevaba a su cuarto; cuando salía a caballo se la llevaba consigo. Yo adoraba aquella radio. Nunca había visto una cosa más linda. La miraba desde lejos, la escuchaba toda estremecida. De noche, en mi catre, me desvelaba una o dos horas para oír la música o la voz que venía del cuarto del tío Gervasio.

     Una tarde el tío fue a la cocina para matear y escuchar allí su radio. La sintonizó; pero no funcionaba.

     El tío empezó a dar alaridos. Francisca, que me odiaba, le dijo que yo, que nadie más que yo debía de haberla descompuesto. Y no era cierto, mentía. Mis hermanos no estaban. Tío Gervasio me vio en el patio sacando agua con una soga larga y mojada. Vino y me agarró y me llevó a la cocina y me metió las dos manos en la ceniza bajo la hornalla más grande. Había brasas sobre la ceniza; había tantas brasas como ceniza.

     -¡Señora, señora! -le dije porque la hermosa mujer lloraba agachada sobre el escritorio, ¡Tranquilícese; eso pasó hace mucho tiempo! Usted es hoy una mujer triunfadora; sus libros le dan fama; la gente la quiere.

     Se calmó poco a poco y cuando la respiración volvió a serle normal y después de enjugarse los ojos con un pañuelo que le ofrecí.

     -Mi madre, -continuó por fin, con voz opaca-, cambió de especialidad para hacer cirugía plástica. Pudo llevarme al extranjero; había ganado una beca importante... Pero ¡mire usted mis manos, hoy...!

     Me fijé en sus manos. Eran largas, finas, de dedos sonrosados y uñas muy cuidadas. Eran hermosas, como su dueña.

     -¿Ve usted doctor, ve usted las cicatrices rojas?

     No había ni rastros de cicatrices. Vi, sí, en el anular derecho, un solitario que lanzó un chispazo.


 

EL TATUAJE

 

     El hecho sucedió en Caacupé el 8 de diciembre de 1945 o 46. Me lo contó Javier Herrero en forma muy sucinta; yo fui a Tacumbú años después para entrevistar a Luis Cardoza; pero sólo pude hablar con otros presidiarios. No sabían nada o casi nada porque el rubio nunca soltaba prenda.- Allí está en su celda haciendo santos todo el día.- ¿Qué santos? -pregunté.

     -Santos de madera -contestaron.

     -¿Santos o santas? -volví a inquirir.

     -No los deja ver -dijeron.

     Los Cardoza eran oriundos de San Bernardino; Luis, hijo único de padres devotos de la famosa Virgen, tenía el pelo rubio y los ojos claros. Alguna sangre alemana le circulaba por las venas. A San Bernardino, como ustedes saben, lo fundaron alemanes el siglo pasado. Desde muy niño aprendió oraciones que no entendía pero que lo emocionaban. Se las enseñaron sus padres con seriedad y paciencia. Luis, arrodillado ante el altarito que ocupaba un lugar de honor en un rincón de la casita de ladrillos rojos y techo de zinc, había repetido, durante años, hasta aprenderlas de memoria, las frases hermosas que su padre y su madre, turnándose en un fervor oral y también arrodillados, le dirigían a la Virgen.

     Mientras oraba de rodillas, los ojos bajos y las manos juntas sobre el pecho, Luis no se atrevía a mirar una sola vez a la pequeña imagen que copiaba con sorprendente fidelidad la famosísima imagen de la Patrona de Caacupé. Pero, cuando se quedaba solo en la pieza que era sala de recibo, el chico la miraba y admiraba, llamándola santísima y misericordiosa. El manto azul, la coronita de oro, el globo sobre el que reposaban los pies invisibles de la virgen, la bisutería decente, todo lo fascinaba. Más de una vez creyó que la imagen le sonreía, que los labios duros pintados sobre madera, adquirían, por unos segundos, una blancura tierna, delicada, y que los ojos claros, siempre demasiado fijos e inexpresivos, lo envolvían en una mirada fugazmente, viva, celeste.

     Cada 8 de diciembre, sin falta, los Cardoza iban en Romería a Caacupé. Entre el inmenso y acalorado gentío que llenaba el pueblo y sus aledaños y que agotaba el oxígeno dentro de la iglesia, era muy difícil llegar ante el altar de la Patrona.

     La devoción de los penitentes maravillaba, suspendía y edificaba al rubito Cardoza. Hombres y mujeres subían el cerro de rodillas, muchos con los brazos en cruz, insensibles a las fragosidades sobre las que dejaban piadosas huellas de sangre; insensibles a la fatiga y a la sed, insensibles al calor canicular. Cuando al fin, padre, madre e hijo, sudorosos y sin aliento, lograban llegar ante el altar, Luis lloraba silenciosamente sin acordarse de ningún rezo. A él, que tenía la vista turbia de lágrimas, la Virgen no le parecía ser una imagen sino la Virgen Misma, de pie sobre el globo turquí, bajo el cual resplandecía la hoz de dos puntas de la Luna y un haz de estrellas de plata reluciente.

***

     Luis Cardoza y Carlos Frutos eran amigos desde la niñez. Vecinos y, según cree Javier Herrero, parientes, tenían la misma edad. Cuando ambos cumplieron los diecisiete años -el mismo mes aunque no el mismo día- Luis se fue a la capital para hacer su servicio militar; Carlos, siempre algo rebelde, se negó a ser sometido a la disciplina castrense, y huyó a la Argentina. Iba en busca de aventuras. De la Argentina fue al Uruguay y después a Chile. Luis, por su parte, tomó en serio la milicia y, soldado modelo, no tuvo problemas ni con sargentos ni con oficiales. Cuando lo dieron de baja, volvió en seguida a su pueblo y a su casa de ladrillos rojos y techo de zinc. Allí lo esperaban sus padres, orgullosos de verlo convertido en hombre, tras dos años de ausencia.

     -Hijo -rogó la madre tras las efusiones de la bienvenida vamos a dar gracias a la Virgen a quien tanto le he pedido que te trajera sano y fuerte a nuestro pueblo. Los tres Cardoza se arrodillaron ante el altarito y rezaron en voz alta con palabras que ahora Luis comprendía bien.

     Días después llegó una carta de Valparaíso.

     -«Hace dos años que soy marinero» -contaba Carlos Frutos a su amigo y pariente. «Ahora ya me aburre este oficio que un tiempo me pareció tan divertido, y quiero volver al pueblo. Ya conozco mucho mundo, desde Punta Arenas hasta San Francisco (California)». La carta recordaba algunas aventuras de vida marinera y pendencias con olor a vino en no imaginables tabernas del Pacífico. La acompañaban dos o tres instantáneas.

     Luis Cardoza contestó en seguida. -«Cuando vengas tendrás empleo seguro. A mí me contrataron en el aserradero de Caacupé, donde tengo al tío Jacinto. Ayer le hablé de tu regreso. Le mostré tu fotografía con gorra de marinero, ésa en que se te ve con el pecho y los brazos tatuados y en que mostrás los músculos levantando los puños bien arriba. Mi tío Jacinto, que es capataz, me promete darte un trabajo bien pagado. Me dijo que necesitan forzudos como tu amigo el marinero. Te esperamos todos, Carlos. A lo mejor estaremos juntos el 8 de diciembre que viene, en la fiesta patronal de Caacupé.

***

     La llegada de Carlos Frutos fue acogida en el aserradero con admiración disimulada, desconfiada, al principio, y luego con abierta cordialidad. Alto, atlético, fornido, campechano, jactancioso y simpático, el ex marinero se ganó el aprecio de todos. Desnudo de cintura para arriba, pecho y robustos brazos con tatuajes azules (anclas, corazones flechados, puñales, perfiles de mujer de henchidos bustos) el recién venido divertía a los hombres callados y lentos en el trabajo, con sus chistes, jactancias, risotadas y bromas. Todo lo tomaba a chacota jurando como lo que era -marinero-; pero nadie lo ganaba, a las pocas semanas, en destreza y rendimiento en la faena. Había aprendido en tormentosas navegaciones un lenguaje pintoresco para sus compañeros de tierra adentro.

     -En este puerco oficio -decía- hay dos cosas odiosas: el ruido de las sierras y el aserrín que entra hasta los tuétanos. ¡El mar, sí, es limpio; el mar es una música con sal en el aire puro!

     -¿Y el olor a pescado no es puerco? -argüía el rubio Cardoza.

     -¡No seas idiota! ¿Quién sabe aquí lo que es estar sobre una proa que corta el mar y el viento y, entre saltos y salpicaduras, llenarse los pulmones de salud y fuerza? ¡Aquí somos como topos respirando este polvo color de bosta!

     La verdad es que Carlos Frutos, siempre riéndose a carcajadas, estaba contento en el aire serrinoso y entre el estrépito de poleas y de sierras. Toda vez que pudiera divertirse a costillas de alguien, lo pasaba bien en cualquier parte.

     Los sábados Carlos arrastraba a Luis hasta el boliche y se burlaba de su amigo, porque -le decía- la caña te hace mal y no te pone nunca alegre. En los brazos del ex marinero, apoyado él de codos sobre la mesa del boliche, las figuras del tatuaje se movían de un lado a otro con la contracción de los músculos hercúleos, cuando, achispado ya, gesticulaba eufórico hablando de mujeres felinas gozadas en puertos remotos.

     Un sábado de noche Luis interrumpió una de las jactancias eróticas de su amigo y, con cara seria, la frente arrugada, le preguntó con grave timidez:

     -¿Podrías tatuarme vos?

     -¿Yo? ¡Claro, es la cosa más fácil del mundo! ¿Qué figuritas querés?

     Luis vaciló un momento.- Yo -balbuceó- Yo...

     -Hombre, ¡hablá! ¿Querés un tatuaje igual al mío? ¡Es de lo mejor! Me lo hizo un tipo de Polinesia, en San Francisco.

     -No quiero igual al tuyo -respondió Luis. No quiero nada ni en el pecho ni en los brazos.

     -¿Dónde entonces? Si te lo hago en cierta parte nadie te lo va a ver.

     -Yo quiero un tatuaje en la espalda, Carlos. Y bien hecho, como lo haría un pintor como uno que hay en Asunción.

     -Pero ¿qué querés que te pinte?

     -Bueno, yo quisiera que la Virgen...

     -¿Virgen? ¡Estás loco! ¿A quién le interesan? ¡Ni aunque bajaran a la tierra las Once Mil que dicen que están en el cielo!

     -No seas bruto, Carlos. Yo quiero que me tatúes en la espalda la Virgen de Caacupé, nuestra Patrona...

     -¡No tenés remedio! ¡Estás loco del todo! ¿Y en la espalda?

     -Sí, en la espalda -fue todo lo que dijo Luis Cardoza.

     -Si así lo querés, así lo haremos.

     Al día siguiente por la tarde -era un domingo caluroso de fines de noviembre- Luis Cardoza, tendido de boca sobre un catre, fue tatuado por el ex marinero. A cada punzada en la espalda de su amigo para colorear la epidermis devota, Carlos se reía muy divertido.

     -¡No te quejes, zonzo! ¡Verán la maravilla que estoy haciendo!

***

     Al llegar, ahora, a este punto de mi relato, les declaro que ya no sigo la versión de Javier Herrero, sino otra acaso más exacta, la de Villagra Marsal, hombre bien informado.

     Según este amigo que ustedes han de conocer acaso tan bien como yo, Luis Cardoza y Carlos Frutos, aquel 8 de diciembre, rodeados de una multitud de romeros, marchan hacia el santuario de Caacupé, subiendo lentamente el empinado cerro. Hace un calor atroz. Luis confía a uno de sus romeros, con quien ha trabado una casual, rápida y afectuosa amistad, el hasta entonces secreto de su tatuaje. Luis se siente orgulloso; adivina, en el nuevo amigo, más de una afinidad. Intuye que ambos comparten una devoción igual, de toda la vida. Ambos van en romería no por los jolgorios nada edificantes, que deslucen la gran fiesta anual. Ambos van a cumplir una promesa cuyo origen, discretamente, callan. Ambos han estado en el ejército. Ambos han decidido ser carpinteros y radicarse en la capital en un barrio nuevo que ambos prefieren a los demás. Un par de borrachos oye parte de la conversación. No entienden muy bien lo que es tatuaje; conjeturan que Cardoza ha tenido una aparición o cosa así; que ha sido favorecido por un milagro. Entre tanto, Luis, Carlos, el nuevo amigo y otros peregrinos se han detenido a descansar bajo un árbol, al borde del camino; un grupo de curiosos, informado por los borrachos acerca del supuesto milagro, se aproxima a los amigos. Uno de los recién llegados, hombre bajo y rechoncho, de cara aindiada, ofrece a los allí reunidos, una botella de caña. El hombre lleva un cuchillo al cinto. Habla con jovialidad y ruega a Luis Cardoza, apenas éste acepta un sorbo de caña, que se saque la camisa y que muestre el milagro. Aparecen otras botellas de caña y menudean los tragos. Luis Cardoza rehúsa un segundo trago. Aclara que no ha habido ningún milagro; que él no se va a sacar la camisa aunque haga más calor todavía. El ex marinero, entonces, que ya ha bebido más que todos, se desnuda hasta la cintura para exhibir sus tatuajes y le dice a su amigo que a él le da un ejemplo amistoso; que no desaire a quienes son gente buena y generosa. Está ya achispado y feliz y se une a todos en el ruedo de que se saque, él, Luis, la camisa. El hombre bajo y rechoncho, el del cuchillo, abraza a Luis y con buenos modos, aunque aguardentoso, le suplica, ahincadamente, que deje ver su espalda. -Aquí todos somos hombres -lisonjea- y usted de los más machos...

     Uno de los presentes, que entiende lo que es un tatuaje, señala los del ex marinero y dice:

     -Estos tatuajes están bien; nosotros queremos ver algo todavía mejor, porque es de milagro.

     Inútilmente Cardoza repite que no ha habido milagro de ninguna clase; que su amigo, ahí, le hizo el dibujo. Pero, al fin vencido por tantos ruegos y, ansioso ya de proseguir la marcha cuesta arriba, se saca la camisa.

     Y es entonces cuando suena una gran risotada en todo el grupo de romeros ya estimulado por el aguardiente. Todos, eufóricos, perentorios, quieren ver bien de cerca el gran dibujo obsceno trazado indeleblemente en la espalda del devoto. Luis, que no sabe beber y que no ha podido rechazar un segundo trago y luego otro más y otro más, está ahora ofuscado y furioso, sin comprender el por qué de la algarabía repentina. Aumenta en tanto el griterío y se multiplican las carcajadas porque muchos otros curiosos se incorporan al grupo y contemplan el dibujo hilarante. Al fin Luis Cardoza se entera lo que pasa; al fin cae en la cuenta de que su amigo le ha hecho una broma sacrílega.

     Y rápido, dueño un instante de feroz, oscura lucidez, se apodera del cuchillo del hombre de cara aindiada y con vertiginosa energía hunde la hoja en el vientre del sacrílego; la saca con violencia igual, y otra vez hunde el cuchillo en el vientre que ya ha comenzado a sangrar. Y cuando el sacrílego se inclina hacía adelante con las mano sobre las dos heridas, Luis Cardoza, que ya tiene la hoja chorreante en alto, se la hunde por tercera vez, ésta en la espalda.

     -¡Este es el tatuaje que se merece este maldito!

 

 

LA DECISIÓN DEL PASTOR FREEMANTLE

 

     El reverendo Howard Freemantle -no le gustaba que lo llamaran reverendo- entró en el living-room como todos los jueves a las cinco de la tarde. Era la hora de su té. Este jueves apenas saludó con la cabeza y un ademán de sus largas manos y se dejó caer en su sillón. Siempre que llegaba para el rito no religioso pero no menos rito que otros -es británico-, elegía el sillón tapizado en tela beige y brazos y respaldar acolchados; saludaba con urbanidad y se sentaba reposadamente en su lugar preferido. Pero este jueves, como ya he dicho, el pastor se dejó caer, se derrumbó en la butaca beige y allí quedó anonadado, en largo silencio, ante nuestro asombro. Estaba pálido, desencajado, trémulo.

     La empleada le ofreció una taza de té servida sobre la mesita bien provista de tostadas, emparedados y golosinas. Pero él rechazó la taza con débil ademán, preguntando:

     -¿Hay un poco de brandy?

     Yo, alarmada, corrí hacia el bar, busqué entre otras la botella de Terry. Estaba vacía; vi cerca de ella un brandy Napoleón y entonces, con un suspiro de alivio, llené una copa de las grandes con el líquido francés. El pastor Freemantle, nuestro gran amigo -cosa asombrosa en él, tan abstemio- se apoderó de la copa con manos temblorosas y bebió varios sorbos, demasiados, sin decir una palabra.

     -Mr. Freemantle-, preguntamos casi al mismo tiempo mi marido y yo- ¿qué le pasa? ¿Se siente mal? Anything wrong? -me aventuré a añadir en inglés inseguro.

     Su británico rostro, de ordinario sonrosado y apacible, tenía una expresión tétrica. Esperamos a que el licor, en dosis considerable, y la tacita de café negro que la empleada por propia iniciativa acababa de ofrecerle y que él bebió ávidamente, surtieran efecto. Al cabo de un rato pudo hablar con amargura.

     -Acabo -dijo-, acabo de matar a un niño...

     -¡Matar a un niño!

     -Sí -respondió-, ¡un pobre niño inocente de siete años...!

     A mí se me cayó sobre la alfombra la cucharita con que acababa de azucarar mi té.

     -Los padres de este pobre chico, único varoncito después de cuatro hermanas mayores, son amigos míos y de mi iglesia. Desde hace meses me han confiado día tras día sus pesares. Ignacio, el hermoso Ignacio, languidecía de una enfermedad terrible. Lo habían llevado a muchas clínicas; habían hecho largos viajes para que lo vieran médicos reputados. Yo nunca les hablé a ustedes de esto. Me resultaba muy penoso, especialmente a la hora del té. Ignacio se parecía mucho a mi John, fallecido en Cambridge, un año después de su madre. Ustedes no saben que yo he abandonado a Inglaterra después de estas desgracias, después de la segunda desgracia. Prefiero no hablar nunca de estas cosas...

     Ignacio estuvo en la carpa de oxígeno mucho tiempo. Sufrió operaciones, sufrió dolorosos tratamientos, sufrió infinitos pinchazos, y seguía viviendo como una vela que está a punto de apagarse pero que nunca se apaga. Yo iba a verlo al último sanatorio todos los días sin falta. Allí, en la carpa de oxígeno situada cerca del cristal de la sala de cuidado intensivo, a veces me miraba sin verme con sus hondos ojos azules, tan parecidos a los de... a los de... Yo creía oír los débiles latidos del corazón auxiliado por el monitor cardíaco, sucediéndose uno tras otro merced al aparato eléctrico y al flujo artificial del oxígeno.

     Hacía dos semanas que su encefalograma estaba en cero. ¡Ya sabía yo muy bien lo del aneurisma cerebral! ¡Cómo no lo iba a saber, yo tan luego! Sus padres me lo contaban todo con detalles, explicándome las palabras técnicas. ¡Como si yo no las comprendiera! Las había aprendido con terror en una enorme clínica inglesa toda cubierta de nieve durante un invierno atroz.

     Mi hijo John falleció un sábado de noche en que hubo un cambio de personal en la clínica, y un enfermero cometió un error de esos que pueden ocurrir. En un pasillo, oí decir a alguien que no me conocía que el error había sido un happy mistake, un error feliz...

     Ayer estuve en casa de los padres de Ignacio. Les formulé muchas preguntas de la manera más discreta posible. Los médicos, unánimemente, los de aquí y dos extranjeros consultados a larga distancia (médicos estos que ya conocían a Ignacio), afirmaban que el niño no se iba a curar nunca. El encefalograma no podía interpretarse más que de una sola manera. Era algo final. La familia, por otra parte, estaba ya al borde de la ruina. Los viajes a clínicas lejanas, los especialistas, las onerosas medicinas, todo esto iba acumulando cuentas y más cuentas que era forzoso pagar sin dilación. La gran finca de las afueras de la ciudad fue vendida a precio irrisorio dado su gran valor, la casa en esta ciudad, orgullo de la familia, está hipotecada hace meses. Hace meses que fueron retirados los depósitos a plazo fijo. Las cuatro niñas fueron sacadas de colegios privados y matriculadas en escuelas gratuitas...

     El juramento de Hipócrates prohíbe a los médicos dejar que se extinga una vida que éstos deben salvar. En el caso de Ignacio, el desenlace no era cosa difícil: sencillamente suspender el flujo del oxígeno o desconectar el monitor cardíaco.

     Ignacio, aseguraban los médicos, detenido hace tiempo ante el umbral mismo de la muerte, sufría todo lo que es posible sufrir cuando queda tan poco de vida. Sus ojos azules, sin brillo, en la carita demacrada, eran dos hoyos de opaca desesperación. Estos ojos, les cuento, me eran familiares: me habían mirado con igual color y dolor allá en mi país, ya casi allende la vida.

     Entonces, tras una noche casi toda en vela, tomé una decisión. Un sueño vívido, hacia el amanecer, me determinó: John, mi hijo John, envuelto en una niebla luminosa, me repitió más de una vez antes que pudiera despertarme: -Papá, debes hacerlo, debes hacerlo, ¡hoy!

     Ya no dudé más. Yo iba a salvar a una familia de la ruina total; yo iba a parar el sufrimiento de ese niño.

     Esta tarde, a las tres en punto he llegado al sanatorio donde todos me conocen. He dicho que quería entrar en su misma sala, para rezar a su lado. No hubo ningún inconveniente. Me he puesto esa especie de chaqueta blanca, aséptica, de los médicos. Me he puesto encima la estola ritual y he entrado en la sala del sufrimiento. Ignacio parecía despierto porque no tenía los ojos cerrados del todo. Podía yo ver una rayita azul y amarillenta entre sus párpados.

     - ¡Ignacio! ¡Ignacio! -le dije inclinándome sobre él. El no pareció oírme; el no podía oírme acaso. Lo bendije en silencio y en silencio recé, recé con una unción desgarradora, pidiendo gracia, pidiendo ayuda y valor; pidiendo perdón. Después, sin que nadie lo advirtiera -yo estaba solo con él en la sala casi sin luz- desconecté el oxígeno, apagué el monitor y seguí rezando, ahora de rodillas.

     -¡Dios mío, Dios mío! Cuando el pecho del niño quedó inmóvil, volví a conectar el oxígeno y a hacer funcionar el monitor. ¡Ahora me duele como un doble crimen haber aliviado al chico y no haber dejado la evidencia de un acto de piedad!


 

DON BALBINO Y EL FORAJIDO

 

     El mar no estaba lejos, el indio acechaba cerca. El desierto de tierra lindaba con el de agua. Allí, en la tierra salvaje, empezó el pueblo. Don Balbino, como casi todos los habitantes, era ganadero. Los otros, -los más- los que tenían casa en el pueblo, sin vivir día tras día en él, eran forajidos. Sangre extremeña, sangre vasca, sangre mestiza, sangre originalmente brava y embravecida aún más por el desierto sin ley, la vida primitiva, el peligro del indio, y el ansia de riqueza rápida, corría por las venas de los pobladores. Don Balbino era tal vez el único señor de limpia prosapia y de conducta recta en aquel bastión entre los dos desiertos.

     Amenazado por el malón que llegaba ululando como una tempestad, por el cuatrero que era también asaltante de los llamados caminos, y el contrabandista cómplice del cuatrero y no más humano que el indio, el pueblo fue creciendo poco a poco, con nombre indio y barbarie mestiza.

     Alto, de barba cerrada, de duros ojos celestes y ademán altivo, Don Balbino, sin miedo y sin tacha, vestido siempre de levita y chistera en el poblado de pioneros y bandidos, era respetado.

     Más de una vez se defendió victoriosamente a tiros, sin más ayuda que un mocetón vasco de valor probado, de ataques a su persona y a sus reses en la soledad de los campos fríos.

     Su casa, que ocupaba casi una manzana, no parecía edificada allí, con sus docenas de labrados balcones y sus amplios zaguanes de gradas de fino mármol y barandas de bronce, sino arrancada de una gran ciudad y colocada en el centro del pueblo. Tal era el talante de Don Balbino que según se decía tuvo esta respuesta para un poblador a quién consideraba amigo:

     -Don Balbino, su casa es magnífica.

     Don Balbino sonrió halagado; la casona era su orgullo.

     -¿Quiere usted vendérmela por unos miles más de lo que le ha costado?

     El propietario, por cortesía, respondió: -Mi casa es su casa.

     Días después el de la pregunta visitó al prohombre:

     -Vengo a comprarle lo que usted me dijo ser mío.

     -El trato debe ahora formalizarse, Sr. Rosas -respondió Don Balbino. Pocas horas después se firmó la escritura y así se cumplió lo que había prometido en una fórmula de pura urbanidad que no pudo menos de reconocer como palabra de caballero.

     Si esto no es tal cual me lo contaron, tiene validez sin embargo como revelación de un carácter. Prefiero atenerme a lo rigurosamente histórico: Don Balbino quería enviar a la capital una gruesa suma en libras esterlinas: dos pesados talegos de refulgentes monedas; enviarla con uno o más de sus hombres era un riesgo demasiado grande. Forajidos que infestaban los salvajes contornos estaban perfectamente bien enterados por espías de cuanto acontecía en el pueblo. ¿Qué hacer? Don Balbino meditó durante varios días. Un miércoles de noche condescendió en recalar en la pulpería. Allí se bebía ginebra tras ginebra Benjamín Alonso, el más temible de los criminales del desierto, hombre gigantesco, corajudo y violento. Debía varias muertes; la Policía lo dejaba discretamente en paz.

     -Señor Alonso, lo invito a tomar una copa en mi casa.

     -Yo lo invito a usted a otra, pero aquí mismo.

     -Gracias- respondió don Balbino secamente.- Lo que le voy a decir es para usted solo y nadie debe oír una palabra.

     En la sala de recibo del caserón brillaban muchas luces desde el techo artesonado y había otras junto a muchas doradas consolas. Sobre una labrada mesa se veía una botella de coñac; junto a la botella dos panzudas copas.

     Don Balbino, cerradas puertas y ventanas, escanció lentamente el licor.

     -Usted, por su valor a toda prueba es el único que puede hacerme un gran servicio. Sólo en usted confío. Usted pondrá el precio.

     En pocas palabras le manifestó cuál era el servicio.

     -Son muchas leguas, don Balbino -contestó Benjamín Alonso sirviéndose más coñac.- Son muchas leguas y hay peligros- recalcó paladeando el licor y secándose los labios con el dorso peludo de la mano izquierda.

     -Yo he hecho esas leguas a caballo, varias veces, señor Alonso; usted es más joven que yo y podría hacerlas hoy mejor que nadie, y nadie se atreverá a cerrarle el paso.

     Benjamín Alonso miró fijamente a don Balbino; vio que éste hablaba en serio, vio que hablaba de buena fe y vio que en él confiaba plenamente.

     -Cuente conmigo. Mañana mismo le llevo los talegos.

     El dinero llegó intacto a su destino; Benjamín Alonso regresó a los ocho días con una carta y un recibo de los Anchorena.

     -Hubo tiros a medio camino; pero todo salió bien.

     -¿Cuánto le debo señor Alonso?

     -Dos cosas que usted no ha de querer darme.

     Y Benjamín Alonso miró socarronamente a don Balbino con una sonrisa entre siniestra y burlona.

     Don Balbino se puso rígido bajo su levita negra, la diestra sobre el costado.

     -Una copa de su coñac, y los gastos del viaje.

     -¿Nada más?

     -Nada más, señor Rodríguez.

     Bebieron una copa; el pago fue hecho luego en monedas relucientes, y los dos hombres se despidieron inclinándose gravemente.


 

EL HOMBRE DE GRIS

 

     Ofelia Lazalle toma asiento en la sala de espera junto a la mesita en que ha visto, al entrar, un rimero de revistas. Más que leer los artículos o mirar las figuras, quiere protegerse de la curiosidad de la gente cubriéndose la cara con Life u otra revista de igual tamaño. Desde hace algún tiempo le molesta que la miren. Por eso no le gusta viajar en tranvía y exponerse por media hora o más, a los ojos escrutadores de hombres y mujeres, o esperar turno en la sala de espera del dentista, donde pueden mirarla y mirarla...

     Su timidez no es reciente; se ha agudizado, sí, casi morbosamente, en los últimos meses. La pregunta la ha estado royendo por dentro sin darle respiro. Tampoco la pregunta es reciente; la ha perseguido desde antes de sentirse mujer, desde una ya lejana mañana de septiembre.

***

     Tendría trece años. En el ancho corredor de la casa materna, aprovechando que todos habían salido menos Helena Montes de Lazalle, Ofelia se ha decidido a formular la pregunta en voz alta. En su mecedora favorita, su madre lee una novela. Las cinco palabras, individualmente pronunciadas, serían las más fáciles. Todas juntas, enfrentando el misterio, le parecían de hierro.

     -¿Quién es mi papá, mamá?

     La luz matinal de septiembre abrillantaba los rosales del patio; los canarios piaban muy amarillos en las jaulas llenas de sol. El jazminero que cubre la verja medianera del patio y del jardín invadía ahora los dominios de la parra. Y se desprendía de entre los pámpanos, una lluvia de florecillas blancas.

     -Hermoso -había pensado Ofelia unos momentos antes.- Hermoso... pero...

     Helena Montes de Lazalle, en su mecedora, envuelta en aquella luz y aquella fragancia de septiembre, suspendía de vez en cuando la lectura y miraba hacia el patio. Es alta y rubia, de ojos azules. El busto, siempre erguido, aun cuando leía como ahora, la novela de turno, es lleno y altivo como el de todas las mujeres rubias y serias de la familia Montes. A Ofelia la intrigaban los retratos de estas mujeres. No había manera, por otra parte, de evitarlos. Cuelgan de las paredes de toda la casa: de las de la sala, de las del comedor, de las de los dormitorios.

     Se acercó a su madre, le puso una mano morena sobre el libro y, con la cabeza baja, formuló la pregunta. Durante un minuto Helena Lazalle no dijo nada. Se aseguró de que nadie oiría la respuesta. Por fin, la cara seria, los ojos azules inescrutables, contestó:

     -Tu padre es Joaquín Lazalle.

     Ofelia hizo un ademán negativo con la mano ya alzada de sobre el libro.

     -Tu padre, repito, es el doctor Joaquín Lazalle. Nunca he oído pregunta más impertinente.

     Ofelia corrió hacia su cuarto y se echó sobre la cama. Lloró silenciosamente hasta que la llamaron para el almuerzo. Desde su cama oía el trino incesante de los canarios; la luz de septiembre, colándose entre los visillos, se multiplicaba en los espejos.

     Ofelia era toda inocencia aquel septiembre. Y a pesar de lo que le había repetido Helena Montes de Lazalle, estaba segura, debajo de sus lágrimas, de no ser una Lazalle; segura de que ese apellido, La-za-lle, le era ajeno.

***

     Ya algún tiempo antes (¿tres, cuatro años?) cuando aprendía a andar en velocípedo, había oído algo.

     (La tardecita, en el mismo corredor, los canarios en sus jaulas doradas pero mudos ahora. Están de tertulia el tío Cipriano Montes, con la tía Amanda, su esposa argentina, su madre y dos tías más, que viven en Buenos Aires).

     -Pero, ¿cómo será posible que no lo sepa nunca? -pregunta el tío Cipriano-. ¿No te parece, Helena, que el secreto no es sólo inútil, sino contraproducente? Hay que contárselo todo alguna vez, y que no sea tarde...

     -Este es un asunto de Helena -interviene la tía Amanda- Ella debe decidir.

     -No -ha interrumpido el tío Cipriano-. Este es un asunto que afecta a una inocente mucho más que a Helena o a nadie, y que puede crearle a la chica conflictos graves tarde o temprano. ¡Ya veremos!

     -Los psiquiatras, Cipriano, ven conflictos por todos lados.

     -Tal vez. Pero en esta casa se quiere tapar el cielo con las manos.

     El velocípedo pasó junto a las mecedoras. No lo habían visto venir. Los grandes se callaron y le sonrieron como diciéndole: -¡Qué bien! Ofelia recuerda su vestido rosa, los zapatos blancos con una hebilla chiquita en el empeine. Y no ha oído nada más. En ese mismo momento ha entrado el tío Fernando, la alza en sus brazos y la felicita por lo bien que maneja el triciclo. Ella siente miedo del perrazo de policía con que vino el tío Fernando y se pone a llorar. El tío Fernando tuvo que salir con el perro y encerrarlo en el auto.

***

     -Ofelia: la señora Helena te llama a la mesa. Ya están todos sentados.

     -Decile a mamá que estoy enferma: que no puedo ir; que voy a vomitar.

     Y la empleada -aquel día de septiembre- le llevó este mensaje a Helena Lazalle. Seguían cantando los canarios en el corredor lleno de sol. Oyó después los tacones altos sobre el mosaico. Helena Lazalle entró vestida, como siempre, como para ir de visitas. Se inclinó sobre su hija. Las perlas del collar le tocaron, frías, elhombro. Ofelia, con los ojos cerrados, se sintió invadida por el perfume exquisito.

     -Estoy enferma, mamá. No puedo comer. Tuve vómitos.

     Helena Lazalle le puso una mano sobre la frente y ordenó a la empleada que preparase un té de naranja.

***

     -Tu papá es un hombre rubio y tu mamá también es rubia, muy rubia, de ojos azules. ¿Cómo sos vos tan morena? En las Teresas, su compañera María Príncipe, la escrutaba maliciosa. María Príncipe no fue la única que le vino con una cosa así. Más de una vez notó Ofelia que un grupito de chicas, cuando ella se acercaba, se callaba de golpe, observándola.

     -¿Por qué no viene tu papá cuando hay comedias en el colegio?

     ¡Y cómo olvidar el día de la primera comunión! Salían todas de la capilla llena de luces y flores entre la multitud de padres y parientes que habían oído la misa. Su vestido era el más lindo de todos. Se lo había regalado la tía Silvia, desde Buenos Aires.

     -La morenita de la izquierda es la hija de Helena Lazalle...

     Ofelia prestó oído con atención ansiosa, el corazón golpeteándole el pecho. La Superiora daba una orden, ahora, y la Madre Rosario le arreglaba el velo.

     -...de Helena Montes y de...

     ¿De quién? ¿De quién? Cuanto más recuerda estas cosas de antes, tanto más evidente le parece que ella no es Lazalle; que a lo mejor es hija natural o adúl... No sabe bien la palabra. En las Teresas Fifí González y Niní Caballero saben bien estas cosas.

     -Les preguntaré eso. Veré cómo. Empezaré con lo de Moisés, que vino en un canasto, por el... Eúfrates.

     Le había dicho a la mucama que iba a vomitar y lo mismo le dijo a su madre. Y ahora resulta no ser mentira lo que les dijo. Se va a levantar ya de la cama para ir al baño, pero entra en el cuarto el tío Fernando Montes, que regresaba de un viaje por el Brasil, y le trae una carterita que tiene un escudo en el broche, y Ofelia olvida sus náuseas y ya sin náuseas y con felicidad abraza a su tío Fernando y le dice que la carterita es preciosa, que el escudo de oro es regio, que ella...

***

     La sala de espera, casi vacía cuando entró -dos señoras viejas cuchicheando- ha sido poco a poco invadida por gente que, al abrir la puerta, busca una silla desocupada y se sienta. Alguien fuma un tabaco muy fino.

     -¡Lindo olor! -se dice Ofelia pero no quiere averiguar todavía quién sea el fumador porque está leyendo que Jackie Kennedy se va a volver a casar con un lord inglés o cosa así. Debe, sin embargo, interrumpir la lectura que al fin le interesa; siente, no sabe cómo, que alguien la mira con una mirada que le atraviesa la revista; baja entonces la revista hasta el regazo como para doblar la página, y ve al hombre que fuma. Está sentado frente a ella, junto a la ventana, y cuando ella lo mira, haciendo un esfuerzo, a la cara, el hombre no aparta la mirada. Al contrario. Muy bien afeitado, traje gris, corbata gris. Todo de gris, menos los zapatos, negros, relucientes. Es serio y distinguido como no recuerda a nadie. No puede decirse qué edad tiene porque el sol le da en la cara afeitada y pone demasiada luz en la mejilla tersa y morena. Se abre en eso la puerta del consultorio y el guardapolvo blanco de la enfermera o ayudante, asoma:

     -Señorita Lazalle...

     Ofelia se levanta rápidamente y cruza la sala de espera. Durante el trayecto, que le parece largo, siente en todo su cuerpo la mirada del extraño. Piensa que esto suele pasar ahora a menudo, que los hombres hace un tiempo que la miran mucho; no con la intensidad del de gris, pero con un ansia que pronto disimulan sonriendo o murmurando algo. En la facultad es así, al cruzar el patio en el que hay grupos de cinco o seis estudiantes.

     Pero esos no son hombres todavía; éste, sí lo es. Y Ofelia no puede explicarse su desazón de este instante porque el hombre no parece insolente sino extraño, terriblemente extraño, aunque esa cara...

     -Este hombre no estaba antes en esta ciudad en que todos nos conocemos.

     No lo ha visto nunca hasta hoy. El traje gris y el sombrero gris que ha puesto sobre la silla vecina, no son de aquí. El hombre ha de ser extranjero. La perla en la corbata gris -y de mañana-; el modo de peinarse el pelo muy negro y brillante, y hasta la postura algo rígida pero distinguida; la boquilla de plata.

     Cuando sale del consultorio con media boca entumecida, ve que el hombre de gris se pone en pie, recoge el sombrero y hace ademán de acercarse a ella; pero Ofelia ya ha cruzado la sala de espera; ya baja rápida, los diez o doce escalones de mármol; ya llega a la acera.

     El sol le golpea los ojos; ella no ve ni la gente que pasa ni oye el ruido del tránsito: ella sigue viendo al hombre de gris sentado en la silla de la sala de espera, una pierna sobre la otra, la raya del pantalón como recién hecha y el brillo gris de las medias de seda.

     Han pasado varios días, Ofelia no se ha olvidado de la mirada con que el hombre de gris la envolvía toda en el consultorio; no se ha olvidado, acaso, porque no sale nunca a la calle sin verlo al doblar una esquina, al salir de la Facultad seguida por Martín Egusquiza, o entre la muchedumbre de Estrella o Palma. Cada vez que lo ha visto, ha apresurado el paso con una desazón, con una angustia que no puede o no quiere explicarse con calma. ¿Es que el hombre de gris cree que ella será como...?

***

     Va subiendo por la calle Alberdi. La acompaña Martín Egusquiza; Martín le dice que le gustaría conversar con ella más a menudo y en algún lugar tranquilo. No frente a otros, en el corrillo habitual de los de la Facultad. Insiste en que ella es muy, muy reservada y que a lo menos con él no hay motivo para ser así. Él es su amigo, un amigo que sólo necesita probar su... bueno, su seriedad y que aspira a ser escuchado y comprendido.

     En Alberdi y Estrella aturden camiones, autos, motocicletas y autobuses, todos ansiosos de abrirse camino al mismo tiempo y muy pocos pudiendo avanzar, exasperados, los conductores hacen sonar sus bocinas. Martín la invita a tomar un café en el Bolsi, que está allí, enfrente.

     -Ese es un lugar para hombres solos; para abogados y para haraganes. No, Martín; no insistas. Voy a casa de tío Fernando; me esperan para almorzar; no tengo tiempo.(Este cree que a mí se me convence con una charla de media hora en un café. Tengo una sed bárbara, pero al Bolsi, no, y menos con el irresistible Martín, según se cree él mismo).

     Llegan a la esquina misma del Bolsi y Ofelia quiere despedirse sin dilación por el calor, la sed y... Un largo coche convertible aminora la marcha al aproximarse a la esquina. Al volante, el hombre de gris, pero no de gris ahora, sino de blanco. Martín advierte que el del coche los mira fijamente y, con despecho, dice:

     -¿Una conquista, Ofelia? No sólo en la Facultad, ¿eh?

     Ofelia le toma el brazo a Martín. -Entremos- le urge. Acepto una gaseosa.

     En el Bolsi hay como unos diez o quince asientos ocupados por grupos animados de hombres que fuman y gesticulan. Martín pide una gaseosa y un café.

     -No fumo, Martín. Gracias.

     Los hombres de todas las mesas los miran; la miran a ella especialmente y hablan sin duda de ella. Hasta un viejo profesor de la facultad le ha clavado sus ojos cansados, ahora con un brillo que la sorprende.

     -Bueno, ¿Qué te parece si nos vamos, Martín? Yo tengo que estar en casa de tío Fernando antes de las doce; no, ya tenía que estar allá; llegaré tarde...

     Salen del café.

     -¡Ofelia!

     -¿Qué?

     La calle Alberdi está llena de gente al mediodía. Difícil caminar entre el gentío apresurado.

     -Ofelia...

     Pero Ofelia no lo oye. Ve al hombre del convertible largo que pasa a su lado y la mira, la mira.

***

     -Tío Fernando, ¿Cómo se llama ese hombre que anda todo de gris o todo de blanco y que tiene un convertible flamante, un Oldsmobile creo?

     -¿De gris o de blanco? Y ¿dónde voy a saber el nombre de un tipo de gris o de blanco? Hay muchos.

     -¿Será un diplomático, un actor de cine? No puede ser embajador todavía; es joven... aunque no tanto.

     -¿Conque al fin te gusta alguien, Ofelia? ¿eh? A tu tía y a mí ya nos preocupaba que...

     - ¡No! yo te preguntaba porque...

     -¿Por qué?

     -Porque parece que me sigue por todas partes.

     -¿Te ha hablado alguna vez? -pregunta la tía Cristina.

     -No, nunca, pero me mira de una manera que me molesta.

     -Si yo no fuera tu tío, si no estuviera casado y si anduviera por los veinte o veinticinco, también te seguiría por todas partes.

     Ofelia se queda pensativa mirando los mangos del patio. El aljibe, blanco, todavía se usa en la casa de los tíos.- ¡Lindos los pescaditos que hay adentro! -piensa- ¡Cómo se persiguen los unos a los otros!

     A esta hora, con el sol en el cenit, se los puede ver veloces sobre el fondo oscuro.

***

     -La encuentro preocupada a Ofelia, Cristina. Debe de ser por la eterna cuestión.

     Cristina Jiménez de Montes asiente, pero no dice nada. Fernando Montes agrega:

     -No me explico cómo Helena no le cuenta la verdad, ahora, que la chica ya es toda una señorita.

     -Y es por el odio que le tiene al ex marido.

     -Pero ¿por qué no decirle a la hija que se ha casado dos veces; que su primer marido y ella no se entendieron; que se divorciaron en Europa y que él vive en Londres? Ahora el divorcio no es lo de antes. ¡Hay tantos casos!

     -Hay otra cosa además del odio. ¡Quién sabe! Lo cierto es que mientras tanto, la chica no quiere saber nada de nadie que trata de festejarla. Ese Martín Egusquiza, por ejemplo, es un muchacho excelente, y ella lo tiene de desaire en desaire.

     -¿Y quién será el perseguidor de gris o de blanco?

     -¡Vaya uno a saber! Acaso algo que ella se imagina.

     -Voy a hablar seriamente con Helena y a convencerla de que ya ha sucedido lo que le anticipé hace tiempo. Esa muchacha tiene un problema serio; se me ocurre que se cree hija ilegítima o algo peor, una huérfana recogida del Asilo.

***

     Hacia la madrugada, Ofelia sueña con el hombre de gris que se vuelve todo blanco. Ella va caminando por una avenida del Parque Caballero. Va con Martín. Martín se apodera de una de sus manos y ella quiere evitar la caricia. Martín, entonces, con violencia, la toma en sus brazos. Pero no es Martín el que la abraza. Es el hombre de gris, fuerte, abrumador, el que ahora la besa en la boca y le muerde la lengua. Ofelia despierta. Oye sonar unas campanadas que dan las cinco. Y se levanta toda temblando porque hay una misa a las seis, en las Teresas, una misa de difuntos, por una compañera de banco de hace años.

     Ofelia, que iba a comulgar, no comulga. El beso del sueño le quema la boca, Al volver de la misa, calle Brasil arriba, -son las siete y media ya- ve venir el convertible. Ella camina con dos compañeras de sus tiempos de escolar. El hombre la mira fijamente y las compañeras le preguntan quién es.

     -Es el hombre de gris -contesta.

     -¿De gris? Si va en camisa sport, blanca.

***

     Durante muchos días se repiten los encuentros. Y, por la noche los sueños. Ofelia siempre rehuye al encontradizo. Pero en el sueño no puede escapar porque ella está sola, en la Facultad desierta, o en una plaza oscura, o a orillas del río o junto a una barranca.

     El jueves seis de marzo ella va sola al club conduciendo el coche de los Lazalle. Y lo primero que ve al entrar, bajo un árbol enorme, en torno a una mesa, es al hombre de gris con una mujer, tomando un refresco. Los dos visten de tenis. Ofelia ve que tienen las manos juntas.

     Cuando estaciona el automóvil a pocos metros de distancia del árbol, oye que el hombre llama al mozo. Por el espejo retrovisor mira a la mujer; es morena, delgada, hermosa y no le quita al hombre los ojos de encima.

     Al día siguiente, viernes, en clase de filosofía, no se siente bien y sale antes de la hora. Ya ha oscurecido y se han encendido las luces de la plaza de enfrente. Ofelia, con fuerte dolor de cabeza, avanza por el zaguán todavía sin luz. Y allí le cierra el paso, alto y enérgico, el hombre de gris.

     -Ofelia -le dice él.- Dame un abrazo-. Lo ve atlético y duro, los ojos fulgurantes. El hombre le tiende los brazos...

     -Ofelia, querida mía...

     La escena es idéntica a la del sueño del martes. Pero ahora, en la realidad, aunque se siente débil, febril, puede reaccionar libre, rápidamente y cruza la cara afeitada de un bofetón.

     En ese instante se enciende la luz del zaguán.

     -¿Cómo te atreves a pegar a tu padre, Ofelia!

     Y cuando se le acerca más, con un rictus doloroso, ve que la cara del hombre y la suya son muy parecidas; que en sueños confusos, ya lo había notado alguna vez, con miedo.


 

EL MANOMÓVIL BAJO EL PAMPANAJE

 

     Que yo sepa, los diccionarios no registran esta palabra: manomóvil. Lo de mano y lo de móvil uno entiende bien, pero ¿qué era el manomóvil que mi tío Manuel puso a mi disposición una blanca mañana de diciembre en el patio de su casa, cuando la fuerte luz del sol se empeñaba en penetrar sin residuo a través de los tupidos pámpanos y dibujaba garabatos inestables sobre la bien apisonada tierra roja?

     Era un vehículo de madera pintada de amarillo, con cuatro ruedas -las de atrás más grandes que las delanteras- y un manubrio para propulsarlo. A fin de dirigirlo había que colocar los pies sobre el eje de las ruedas delanteras; el manubrio, puesto en movimiento con las dos manos casi juntas, hacía girar el eje posterior. El manomóvil había pertenecido años atrás a mi primo Manolo, hijo mayor del tío Manuel: mi primo era ya un hombre hecho y derecho estudiando él la Facultad de Medicina de Asunción. Y, sin embargo, el manomóvil parecía nuevo. No tenía manchas ni herrumbre.

     ¡Cómo aprendí a manejar aquel coche de juguete a lo largo del inmenso patio, alrededor de los canteros rebosantes de flores, infundiendo al vehículo una marcha veloz o lenta, siempre fácil y ágil! Aquel ejercicio me infundía una suerte de éxtasis deportivo. Las llantas de metal dejaban huellas un poco más rojas que la dura tierra roja que iban surcando. El perro Pampa -uno, no sé cuál de la dinastía de los perros Pampas de la casa de Villarrica- solía seguirme con pasos rápidos y, de vez en cuando, me lamía la cara. Eramos tres en el vastísimo patio cubierto por la parra o, mejor dicho, las sucesivas parras grávidas de racimos en la quietud soleada de las mañanas verdiazules, de las siestas caldeadas, de los atardeceres perfumados de jazmines, de rosas, de diamelas, de claveles. Eramos tres: el manomóvil, casi un ser animado, el perro todo animación jadeante y yo que hacía girar aquellas cuatro ruedas aspirando un vaho de tierra fecunda y de plantas olorosas.

     Bajo la techumbre encendida del pampanaje tornasolado por las luces del cielo que parecían acercarse a veces y otras alejarse del mundo, me sentía como inmerso en la Naturaleza: aquello no era un bosque pero sí un ámbito poblado de vida exuberante, rodeado por el aliento vegetal de tanto ser mudo; mudo sí, pero viviente.

***

     Parras e higueras son para mí símbolo de felicidad paradisíaca. Siempre he sentido oscuramente que hay en ellas una magia antiquísima, algo ancestralmente pagano y cristiano a la vez. Había una higuera grande, más grande que las otras, en el centro del patio, o mejor, a un costado del centro del patio. Esta higuera fecunda en frutos de madurez no simultánea y de bien diseñadas hojas ásperas, crecía en un cantero circular. Ladrillos semihundidos con la punta de uno de sus ángulos al aire, le formaban un cerco casi tan colorado como la tierra.

     ¡Cuántas veces me he evocado a mí mismo, mucho más bajo que la higuera, muy próximo a ella, tentando los higos más oscuros, los más al alcance de la mano, para elegir el mejor, el menos duro y el más dulce: el higo ya reventón a fuer de sazonado!

     Como yo era chico, y tan chico como para confundir los sonidos: higo y mi nombre Hugo parecían sonar de modo indistinguible. Arrancado el fruto, el árbol moráceo vertía gotitas de leche. Esto me maravillaba. A veces, conduciendo el manomóvil, lo detenía de golpe dispuesto a darme un banquete cuanto más secreto mejor y lo estacionaba al pie de la higuera grande, bajo una parra de mis uvas favoritas. Había varias escaleras junto a los postes de ésta y las otras parras, y gracias a dichas escaleras se hacían accesibles los racimos más altos. Yo solía mirar los racimos de allá arriba y los higos de aquí abajo de la higuera. Y no sabía por cuáles frutas optar, las de arriba o las de abajo. Acontecía esto a la hora de la siesta. Todos dormían en la casona. Yo era libre, yo era dueño de aquella riqueza: la de los racimos de uvas no verdes para mí como para la zorra, y la que estaba al alcance de mis manos extendidas verticalmente.

     Casi medio siglo después, o más de medio siglo después de aquellas siestas estivales, viviendo a la sazón en California, sentí una mañana de verano una ciega voluntad de escribir un poema. Ciega, digo, porque no sabía qué clase de poema era el deseado; no tenía siquiera una vaga intuición de su contenido.

     Había visitas en mi casa. Un chico rubio nadaba en la piscina del patio del fondo. Me excusé ante las visitas. Fui a mi escritorio y como si al llegar y sentarme ante mi mesa me convirtiese de pronto en amanuense del chico aquel de Villarrica enamorado de su higuera y parras, empecé a escribir. Ahora tenía en la mente una higuera de muchos higos maduros y no maduros; la higuera del cantero del cerco de ladrillos que enseñaban sus puntas. Allí cerca, el manomóvil amarillo. Sobre la higuera se me hizo intuible una alta parra de relucientes racimos. Y vi a un lado y a otro el inmenso patio soleado. El aire estaba lleno de las fragancias de antaño.

     Alguien gritó entonces hacia el ámbito del patio, desde un corredor blanco. Alguien gritó «¡Hugo!» o acaso gritó «¡Higo! «No lo sé. El poema fue escrito en pocos minutos:

 

 

Higuera y parra (¿1922?)

 

                                

La higuera abrillantada, con hormigas

 
 

ciegas de sol y hambrientas, por sus ramas.

 
 

En la tierra bermeja, reventones,

 
 

yacen higos maduros casi negros.

 
 

Yo miro hacia la parra y mi codicia

 
 

vacila entre racimos que no alcanza

 
 

y los frutos yacentes en la tierra.

 
 

Un grito en la distancia con mi nombre

 
 

dentro, como en la luz del sol el disco

 
 

es centro de una voz de inmensas llamas.

 
 

Me llaman desde un corredor muy blanco

 
 

todo aureolado del resol de enero.

 
 

Yo abandono la higuera a las hormigas

 
 

y llevo un fruto verde hacia aquel grito...

 

 

(Del libro Palabras de los días -Universidad de Zulia,

Venezuela, 1972)


 

 

ADOLESCENCIA

(1940)

 

     Se apagaron las luces en el jardín de la Embajada, se hizo un silencio lleno de expectativa y, sobre la pantalla que alzaba su cuadrángulo blanco entre rosales y magnolias, se proyectaron, en brillantes imágenes, los esplendores naturales de la patria del Embajador.

     Esteban estaba muy junto a Cristina. Sentía en todo su ser la irradiación del hechizo de aquella muchacha por la que había sufrido tanto en los dos últimos años. Esta noche Cristina era otra; de la antigua esquivez de sus ojos maravillosos apenas quedaba en él un vago recuerdo de humillado orgullo. Durante el baile, diez minutos antes, ella le había mirado y sonreído como en los viejos tiempos anteriores a los de la ruptura, a los de los celos y a los de una larga, vana esperanza desengañada.

     Él se había acercado esta noche a la muchacha seguro ya de sí, convencido de que podría reírse con ella de recuerdos hasta hacía poco tan dolorosos. Y en verdad, este era su deseo: tomarse el pelo a sí mismo precisamente con la que diera a amigos y parientes motivo para que le criticaran con acritud la inútil persistencia en un amor no correspondido.

     Pero al aproximarse a ella y tomarla en sus brazos cuando la orquesta tocaba por segunda vez una pieza llena de nostalgias, advirtió con asombro que la muchacha parecía ofrecérsele en una sorprendente y turbadora sumisión.

     La oscuridad no era completa en el jardín. El resplandor de las bujías eléctricas de la calle se colaba tras el follaje de los frondosos mangos. Además el geométrico haz de luz que cuajaba en las imágenes de la pantalla, creaba una penumbra en que fulgían las joyas en los escotes, destacaban las pecheras blancas de las camisas de frac y se podía reconocer perfiles amigos a algunos metros de distancia. Se inclinó hacia Cristina, la tomó levemente del brazo e iba a decirle algo sobre la gran ciudad de cuyos monumentos la película mostraba ahora vistas en colores; y abría él la boca ya a punto de hablar, cuando sintió sobre sus labios la mejilla ardiente y pulida de Cristina.

     Durante algunos días vivió desconcertado y como ebrio con la inesperada felicidad. He aquí que cuando había renunciado por entero a la vieja ilusión, ésta venía a turbarle el espíritu y a encenderle la sangre como nunca antes, en una exaltación en que su dolorido cinismo juvenil se volatilizaba, en que toda su prudencia vacilaba y en que todo su ser ardía transfigurado.

     Aquella muchacha que le había lastimado y humillado y de la que nunca había recibido otro favor que alguna cita fugaz y equívoca a la que apenas podía llamarse cita, ahora lo aguardaba ansiosa todas las tardes junto al jazminero que florecía sobre la larga verja de hierro de la quinta de los Segur Estrada, lo estrechaba en sus tibios brazos sonrosados y lo besaba con ternura mimosa y exigente.

     El extraño cambio de actitud en ella no pasó inadvertido a una de las amigas de él.

     -Desconfiarás de ella -le dijo una tarde en el club. Cristina está jugando contigo. Esta es una de sus mañas, sólo para atraer de nuevo al que fue tu rival... antes. Así que, a buen entendedor...

     El muchacho sintió que se le reabrían las heridas del orgullo, pero no contestó más que con bromas a la advertencia, restándole toda importancia al asunto. No podía él, además, revelar la intensidad de aquel inesperado rendimiento ni repetir las palabras apasionadas con que Cristina había tratado de disipar sus sospechas.

     Días después, al anochecer, fue él a casa de los Martínez Flores, tíos de ella. La muchacha lo esperaba en una salida, sentada sobre una piel de tigre. Él contuvo su emoción al verla bajo la claridad ambarina de la lámpara próxima, jugando con las cuentas de collar de perlas que tintineaban débilmente entre sus dedos rosados.

     La saludó con estudiada naturalidad, se apoltronó en un sofá tapizado de terciopelo frente al que la piel de tigre hacía de alfombra, encendió un cigarrillo y alzó los ojos para mirar las volutas de humo azulino que empezaban a flotar en la atmósfera toda trémula de la presencia y del perfume de Cristina. E inmóvil por un rato en aquella postura, sin mirarla, se puso a hablar lentamente, con un dejo de burla en la voz, que, a duras penas, le vibraba segura y tranquila:

     -No creas que yo me tomo muy en serio todo esto que está pasando entre nosotros. Durante dos años esperé, sin ningún éxito, lo que ahora de pronto resulta tan fácil y sin esfuerzo de mi parte... a nadie se le puede escapar el que estés tramando una de las tuyas, Cristina. Hace unos meses, hace un año, te lo hubiera creído todo y no hubiera tenido ni sombras de sospechas. Pero ahora, después de todo lo pasado...

     Y bajó los ojos para mirarla y se encontró con los de ella, inmensos, luminosos, húmedos. El rostro de la muchacha despedía luz rosada y dorada, y en la boca de perfecto dibujo oyó temblarle unas palabras breves, cálidas, dichas con una unción para él hasta entonces desconocida en ninguna mujer:

     -¿Querés que te lo jure?

     Él quedó contemplándola largo tiempo y luego, como si se tratase de un juego o de una broma divertida, dijo con toda calma:

     -Muy bien. Me lo jurarás. Pero será sobre ese crucifijo de marfil que está sobre la cabecera de la cama de tu prima.

     Cristina se puso de pie ágilmente apoyando la diestra sobre la cabeza embalsamada del tigre cuyos dientes de encías rojas brillaban blanquísimos bajo el círculo luminoso que proyectaba la lámpara.

     Vuelvo en seguida -dijo, y desapareció de la salita. El aire quedó vibrando como si el perfume de la muchacha se hubiera puesto a temblar entre los átomos del aire tibio y penumbroso detrás del cual se había cerrado la puerta.

     Cuando Cristina entró de nuevo en la salita, sostenía en sus manos el crucifijo de marfil y contemplaba gravemente la faz cadavérica de la imagen. La muchacha se detuvo en el centro de la piel de tigre. Después, manteniendo el crucifijo a la altura del pecho, dobló lentamente las rodillas y quedó de hinojos, allí, sobre la piel rayada y brillante, los ojos fijos en la faz ebúrnea.

     -Vas a repetir lo que diga -dijo él apagando el cigarrillo. Cristina asintió con un movimiento de cabeza.

     -Juro que esto no es un ardid. Juro que digo la verdad con este Cristo en las manos...

     -Juro que esto no es un ardid. Juro que digo la verdad con este Cristo en las manos...

     Cristina fue repitiendo todas las palabras de él; tenía ahora los ojos cerrados y sólo al terminar una frase los reabría y miraba el rostro y los brazos tensos de la imagen.

     La escena duró un minuto más. Sin descubrir la verdadera razón de sus sospechas, el mozo le hizo jurar en forma tal que ninguna seguridad quedase sin garantía.

     Dócil, Cristina lo obedecía sin ofrecer la más mínima resistencia.

     Él guardó silencio. Ella seguía arrodillada, inmóvil.

     -¿Es todo? -preguntó.

     -Ahora puedes llevar el crucifijo a su lugar -fue la respuesta.

     Cuando la muchacha regresó a la salita, le indicó él con un ademán que se sentara a su lado, en el sofá de terciopelo. Luego, tomándole la cara con ambas manos, le dijo:

     -Es terrible esto, Cristina: pero ni aun después del juramento... te creo.

     Ella no manifestó ni asombro, ni pesar, ni ira, ni desaliento.

     -Estoy dispuesta a convencerte de otra manera. Vos dirás.

     Nunca la había visto tan hermosa y radiante. Sintió él entonces el disgusto de aquella escena equívoca y desairada; pensó con fastidio en todas las circunstancias absurdas que habían suscitado aquella escena aún más absurda, y dejándole libre el rostro bellísimo, dijo en tono que no quiso ser autoritario pero que lo fue, porque detrás de aquella hora absurda había dos años de amor también absurdo, de celos crueles y de orgullo humillado:

     -Lo que te diré ni exigirá pruebas ni nada. Sencillamente me llamarás por teléfono todas las noches, y si querés verme serás vos la que me lo pida. Me llamarás a las ocho de la noche.

     -¿Durante cuánto tiempo?

     -Un mes.

***

     Todas las noches, a las ocho en punto, sonaba el teléfono. Él no se daba prisa en contestar. A veces esperaba a que Cristina, vista la tardanza de él en descolgar el tubo, cortara la comunicación y llamara de nuevo.

     -No podrá nunca ser esto como antes -se decía él.- Yo no la quiero más como entonces; ya es demasiado tarde. Pero, sí, me queda la satisfacción...

     El teléfono sonaba en la sala oscura. Del patio embaldosado en hexágonos blancos, rojos y azules, llegaba una intensa fragancia de jazmines.

     -¿Vos?

     -No puede ser otro...

     -¿Por qué no atendiste en seguida?

     -Estaba leyendo un libro y me faltaba sólo media página para terminarlo.

     La voz de Cristina se parecía a ella misma como un extraño retrato musical. Era una voz llena de luz y dulzura como su mirada.

     Él se sentía ahora feliz sin querer confesárselo. Y ya no tenía dudas de ella; se sabía comprendido en lo que más quería ser comprendido. Aquella muchacha maravillosa era toda amor e intuición, toda fervor y fantasía.

     Al fin se cumplió el plazo. Hacía ya un mes desde la noche de la primera llamada telefónica. Por eso, en la trigésima noche, al despedirse, ella le dijo:

     -Hoy se cumplió el plazo. Como mujer, he hecho yo lo que creía deberte. Mañana, me llamarás vos.

     -¡Ah no! -contestó él. Debés seguir llamándome por un tiempo más.

     -Pero ya he cumplido mi promesa.

     -Sí, pero yo no quiero arriesgarme a que otro en tu casa conteste a mi llamada. Tengo mis razones. Seguí llamándome.

     -Esta será la última vez, te advierto. Hablo en serio.

     -Yo también.

     -Hasta mañana.

     -Hasta mañana.

     Cuando a la noche siguiente sonaron en la catedral las campanadas de las siete, cerró él bruscamente el libro que leía ya sin entender una frase, y apagó la lámpara del escritorio. En el patio, la claridad de una luna de septiembre daba a la parra y al jazminero una lechosa fosforescencia. En los rincones oscuros oíase un rumor de grillos. Encendió con manos temblorosas un cigarrillo y comenzó a pasearse nerviosamente entre las palmas del patio, mirando con fijeza las baldosas blanqueadas por la luna y contándolas mentalmente.

     Así dieron las siete y media en la torre de la catedral. El volvió al escritorio para hacer unos apuntes. Y no podía concentrarse; cometía errores, los volvía a cometer. Rompiósele la punta del lápiz, pero él apenas lo advirtió.

     Cuando sonó la primera campanada de las ocho, salió precipitadamente del escritorio y corrió hacia el teléfono.

     Terminaron de dar las ocho en el reloj de la catedral. En seguida el reloj de pared del comedor inició una lenta serie de campanadas.

     Hubo un silencio apenas estremecido por los grillos. Ansiosamente esperó cinco, diez, quince minutos. Nada.

     -Llámala -se dijo. Sé caballero. Y descolgó el tubo para discar pero temió que ella se decidiese a llamar en ese momento y volvió a colgarlo en el acto.

     Entonces encendió otro cigarrillo y salió al patio para seguir esperando.

     Pero el teléfono permaneció mudo esa noche y todas las noches que siguieron.

 

 

 

 

 

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