JESÚS RUIZ NESTOSA

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Nacimiento:
26 de Junio de 1941

EL SILENCIO Y LA TONTERÍA - Por JESÚS RUIZ NESTOSA - Lunes, 03 de Abril de 2017

EL SILENCIO Y LA TONTERÍA - Por JESÚS RUIZ NESTOSA - Lunes, 03 de Abril de 2017

EL SILENCIO Y LA TONTERÍA


Por JESÚS RUIZ NESTOSA

 

jesus.ruiznestosa@gmail.com


SALAMANCA. El intento de darles una explicación racional a los esfuerzos que vienen realizando algunos políticos para modificar la Constitución y darle así la oportunidad al presidente Horacio Cartes de quedarse en la silla presidencial por un periodo más (roguemos que sea solo uno) da una idea exacta del nivel intelectual de nuestros senadores. Cuando digo “intelectual” no me refiero a que puedan hablar de filosofía y otras disquisiciones parecidas, sino simplemente a la capacidad de poder hilar un discurso medianamente coherente.


Un ejemplo ilustrativo lo dio un legislador que sin empacho declaró: “De qué se asustan por la enmienda de la Constitución. La Constitución de los Estados Unidos tiene como cincuenta enmiendas”. Es difícil entender de que más vale callarse y parecer tonto que hablar y confirmar que en realidad se es tonto. Pero hasta para guardar silencio es necesaria una cuota de sabiduría.

La Constitución de los Estados Unidos tiene, en total, 27 enmiendas, pero de ellas, la enmienda 18 fue derogada por la número 21. Vale decir que, en realidad, son nada más que 25; las restantes 25 quedan a cargo de nuestro ilustrado legislador. Pero ya que viene al caso, la traducción al español de la palabra inglesa “amendment”, por “enmienda”, fue hecha, sin lugar a dudas, más por la similitud del sonido que por el sentido de la palabra. Hay centenares de ejemplos (Cape Horn por Cabo de Hornos, Key West por Cayo Hueso), pero no por eso hay que dejarse confundir. En inglés, la palabra significa “mejorar”, “corregir”, “revisión formal de un documento”, mientras que en español es “propuesta de variante, adición o reemplazo de un proyecto, dictamen, informe o documento análogo”. Para no liarnos y ser claros: las enmiendas que se hicieron a la Constitución de los Estados Unidos fueron para mejorar el texto y asegurar más derechos a los ciudadanos de ese país, mientras que en el nuestro solo se desea para favorecer a un pequeño grupo de políticos que piensan seguir disfrutando de aquellos privilegios que les otorga el uso indiscriminado del poder.

Lo que no se quiere decir tampoco es que la Constitución de los Estados Unidos fue promulgada en 1787, vale decir, hace 230 años y con solo siete artículos sigue vigente y nunca se sintió la necesidad de cambiarla porque el secreto no está en prever todas las circunstancias y posibles situaciones venideras, sino simplemente en cumplir fielmente lo que ella dispone. Así de sencillo es. Por ejemplo, la Constitución no determinaba que el presidente debía estar no más de dos periodos, hasta que en 1947, ¡160 años más tarde! se introdujo esa limitación a través de la enmienda número 22. Y en 160 años a ningún presidente se le ocurrió que podía eternizarse en el poder.

La diferencia fundamental, pues, radica en que la enmienda que se quiere introducir en nuestra Constitución no es para mejorar los derechos de los ciudadanos, sino única y exclusivamente para satisfacer intereses espurios, ambiciones personales, avidez de poder sin que se piense, en ningún momento, en las necesidades reales del país. Este desinterés hacia los demás también fue ejemplificado en estos días con las declaraciones hechas por el senador Ramón Gómez Verlangieri (PLRA), quien dijo que votó a favor del proyecto de reelección para “vengarse de Efraín Alegre” porque no le apoyó en su carrera al Senado. O sea que para él es más importante su venganza personal que la institucionalidad del país. Le importa más la revancha que el respeto a la Constitución, le importa más satisfacer su rencor que defender la legalidad.

Estos dos ejemplos describen de cuerpo entero a quienes tienen en sus manos decidir si en los próximos años viviremos de nuevo aquella época nefasta de la dictadura, destrozando una democracia frágil, endeble, es cierto, pero que nos daba la esperanza de poder ir construyendo, poco a poco, un país mejor, un sistema político hábil de ser perfeccionado. Solo necesitábamos tiempo, el necesario para que toda la escoria que nos dejó la dictadura vaya desapareciendo, y gente que no adquirió los vicios de entonces fuera ocupando los puestos clave para construir un país en serio, no el país de opereta que seguimos siendo, en manos de unos cuantos titiriteros con una gran fortuna personal dispuestos a llevarse todo por delante. Pero hay algo que tenemos que reconocer: Stroessner tenía el carácter necesario para ejercer su poder despótico llevándolo a sus límites más extremos, mientras que los de hoy, es suficiente con mirarlos: dan pena.



Fuente: ABC Color (Online)

Lunes, 03 de Abril de 2017

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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