JESÚS RUIZ NESTOSA

Foto de JESÚS RUIZ NESTOSA
Nacimiento:
Asunción, Paraguay
26 de Junio de 1941

NI ANTE DIOS SOMOS IGUALES - Por JESÚS RUIZ NESTOSA - Lunes, 20 de Febrero de 2017

NI ANTE DIOS SOMOS IGUALES - Por JESÚS RUIZ NESTOSA - Lunes, 20 de Febrero de 2017

NI ANTE DIOS SOMOS IGUALES


Por JESÚS RUIZ NESTOSA

 

jesus.ruiznestosa@gmail.com


SALAMANCA. Ya a edad avanzada me vengo a enterar de que ni siquiera ante Dios somos todos iguales. Aunque no soy creyente, no deja de ser decepcionante, pues siempre queda la esperanza de saber que por lo menos en algún lugar, en algún rincón, en algún grupo de personas, rige eso de la igualdad. Pero no es así. La reacción de la Iglesia Católica paraguaya, o sus autoridades, para ser más precisos, ha venido a demostrar que la gravedad del pecado tiene que ver con la calidad de la mano que lo ejecuta. Recuerdo que, en mis años de colegio, cuando regía aquello de la confesión poco menos que obligatoria de los sábados para poder comulgar en la misa (esta sí era obligatoria) de los domingos, si confesábamos que nos habíamos toqueteado con nuestra novia (o por lo menos con la vecina), se nos venía la bóveda celeste encima. Años más tarde, si nos confesábamos de haber tenido relaciones sexuales, absolutamente consentidas, con nuestra novia (o por lo menos con la vecina), ese pequeño habitáculo de madera que oficiaba de confesonario se estremecía de reproches y amenazas y por un ventanuco nos hacían ver las llamas implacables del infierno donde nuestras almas arderían por toda la eternidad.

Los tiempos cambian. Hoy día, un sacerdote, acusado de haber manoseado, contra su voluntad, a una jovencita de 20 años, no ha cometido ninguna ofensa grave, ni siquiera si se considera que tiene voto de castidad y que se aprovecha de su situación de cura que le da una suerte de autoridad moral sobre la víctima. Su falta es tan pequeña que ha sido comparada con “un granito de arena” nada más y nada menos que por el propio arzobispo de Asunción, la máxima autoridad eclesiástica del país. La cosa no para aquí, ya que el sacerdote Óscar González, encargado de la investigación del caso en el que el párroco de la ciudad de Limpio, Silvestre Olmedo –acusado por una joven de haberla manoseada y separado ya de su cargo–, ha declarado que no tiene ninguna obligación de denunciar nada a la justicia. Por lo visto, en casos como este no rige aquí aquello de lo que es propio de Roma y lo que es propio del César. Los trapos sucios, por más que sean hechos delictivos, se lavan en casa, en secreto, y que nadie meta las narices.

Según el arzobispo, evidentemente molesto porque el caso tomó estado público, y la víctima, descontenta con el trato que recibió por parte del obispo correspondiente de su diócesis, declaró: “Jesús dijo: si tienes algo contra tu compueblano, vete y dile; si no te escucha, lleva a dos personas contigo. Si vuelve a ignorar, ve a la comunidad, que es el obispo”. Me gustaría saber en qué parte aparece este consejo dado en una época en que no existía una iglesia organizada; y de serlo así, si en aquel entonces la comunidad era el obispo (del griego “inspector, supervisor”), pues hoy día ese “obispo” se ha transformado en el juez ordinario.

Cuando la denunciante acudió al obispo en primera instancia, este le pidió que guardara silencio para no dañar a la Iglesia y que rezara por quien le había agredido. En otras palabras, la víctima tenía que rezar por su verdugo. Me recuerda a aquellas comunidades primitivas en las que la persona castigada con varios azotes tenía que besar luego la mano de quien le había azotado. Tales formas de primitivismo por lo visto perduran, aunque hayan tomado otras formas.

Es una pena que una institución tan antigua como es la Iglesia Católica, con una historia de dos mil años y extendida por todo el planeta, se encuentre en nuestro país en manos de gente tan poco inteligente. La falta de tacto político en el tratamiento del problema ha hecho que este se convirtiera en verdadero escándalo, mucho más grande que la “montaña” que el señor arzobispo quería evitar. De haberse castigado como corresponde al agresor sexual de una jovencita, miembro de la Pastoral Juvenil de la ciudad de Limpio, la comunidad lo hubiera recibido de buen grado y su confianza en la institución no hubiera recibido ningún menoscabo.

Por el contrario, el empeño de querer tipificar el hecho hablando de personas menores y adultas; el empeño en querer explicar los pasos que se deben dar de acuerdo al protocolo de la Iglesia en casos similares, no ha hecho otra cosa que enardecer los ánimos, en agudizar la crítica, no a los obispos que no supieron estar a la altura de los acontecimientos, sino a la propia Iglesia por mostrarse tan tibia frente a hechos deplorables y en su empeño por defender a quienes no lo merecen.


Fuente: ABC Color (Online)

Lunes, 20 de Febrero de 2017

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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