JESÚS RUIZ NESTOSA

Foto de JESÚS RUIZ NESTOSA
Nacimiento:
26 de Junio de 1941

El engaño del grafitti - POLILLA AZUL - Por JESÚS RUIZ NESTOSA - Viernes, 12 de Mayo de 2017

El engaño del grafitti - POLILLA AZUL - Por JESÚS RUIZ NESTOSA - Viernes, 12 de Mayo de 2017

El engaño del grafitti


POLILLA AZUL

 

Por JESÚS RUIZ NESTOSA

 

jesus.ruiznestosa@gmail.com


En vivo y en directo acabo de ver un buen número de lo que en su momento se presentó como un toque de modernidad en la vida ciudadana y que la gente llamó “grafitti, así, sin pluralizarlo con la “ese” final porque la palabra ya está originalmente en plural. No sé quién alentó esta campaña con la idea de disimular viejos muros o grandes espacios vacíos que abundaban en la ciudad. En ellos se pintaron enormes imágenes con el propósito de ser como esas pinturas callejeras que aparecieron en todas las ciudades hace ya varios años. Una modalidad que fue saludada por la crítica como “arte callejero”.

Confieso que no pude contener el espanto que me causaron dichas imágenes tanto por su estética como por su contenido ideológico. Su fealdad, antes que producirnos un sentimiento de satisfacción, de complacencia, que suele acompañar toda experiencia artística, causan un rechazo inmediato. Y para más inri, sólo se ha logrado multiplicar la polución visual que nos azota desde tiempo atrás sin que nadie, aparentemente, haya decidido hacer algo en favor de la pacificación de nuestra mirada.

El grafitti, tal como se ha expresado –y se sigue expresando– en la mayoría de las ciudades, reúne cierta cantidad de elementos que no se dan en el caso nuestro. Entre esos elementos están la espontaneidad y el anonimato. Hoy día existen “grafiteros” cuyas obras se disputan museos y coleccionistas de arte sin que nadie conozca la identidad verdadera del autor que aprovecha la oscuridad de la noche para ejecutar su obra. Y es una imagen espontánea, rápida a causa de la urgencia con la que trabaja el pintor que no desea ser descubierto.

El grafitti surge también como una protesta, una denuncia de la comercialización vil en que se ha sumido la producción, distribución, exhibición, promoción y consumo de la obra de arte a través de redes muy exclusivas de galerías e incluso museos. Esto ha desembocado en una obra carente de pretensiones. El artista anónimo pinta las paredes de la ciudad no para convertirse en una estrella de las artes visuales, disputado por galerías y otros centros de comercialización de la obra de arte, sino empujado por una necesidad imperiosa de expresarse y llegar a un público también anónimo y masivo.

Nada de esto se da en estas pinturas callejeras. No sólo son pretenciosas, sino que además responden a un planteamiento cuidadosamente planeado previamente elaborado con lo que se pierde toda espontaneidad.

En cuanto a su contenido, todas estas pinturas murales muestran una figura glorificada del indígena concretando de este modo el gesto de hipocresía de una sociedad que enaltece al nativo en sus obras artísticas pero permite, al mismo tiempo, que los niños indígenas paseen su hambre en algunas plazas del centro (la plaza frente al cine Victoria, por ejemplo) o atenten contra su propia vida oliendo cola de zapatero en los alrededores de la terminal de ómnibus de Asunción, mientras en algunos pueblos del interior queman sus precarias chozas y los ahuyentan utilizando armas de fuego.

El grafitti auténtico, no el falsificado como este que estamos viendo, transculturado de otros centros urbanos muy diferentes al nuestro, también está condicionado por el espacio arquitectónico en el cual se inserta. No basta tener una pared lisa, en blanco, donde estampar una imagen. Si las cosas van a ser así, prefiero ver los muros vacíos envejeciendo con dignidad, dejando que la humedad y el musgo vayan manchando su blancura original, sin entrar a considerar que muchas veces esas sombras espontáneamente formadas por la naturaleza, tienen más fuerza expresiva que la que haya podido poner cualquier pintor callejero en esas composiciones colorinches, estridentes, ofensivas para la mirada de cualquier transeúnte que desee encontrar un momento de sosiego en una ciudad caótica, atiborrada de publicidad de todo tipo.

Tengo la impresión de que se ha perdido el respeto por la ciudad; desapareció el amor que cualquier ser humano siente por el lugar donde vive y aflora un peligroso sentimiento de agresividad no sólo contra los otros, sino también contra un entorno que llamamos paisaje urbano. Si vamos a copiar lo que se hace en otras latitudes, por favor, copiémoslo bien.



Fuente: ABC Color (Online)

Viernes, 12 de Mayo de 2017

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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