JESÚS RUIZ NESTOSA

Foto de JESÚS RUIZ NESTOSA
Nacimiento:
26 de Junio de 1941

Como un animal salvaje - POLILLA AZUL - Por JESÚS RUIZ NESTOSA - Viernes, 05 de Enero de 2018

 Como un animal salvaje - POLILLA AZUL - Por JESÚS RUIZ NESTOSA - Viernes, 05 de Enero de 2018

 Como un animal salvaje

POLILLA AZUL

 

Por JESÚS RUIZ NESTOSA



jesus.ruiznestosa@gmail.com

SALAMANCA. Comencé a leer la noticia atraído por la imagen, sin fijarme en el título ni en el pie de la fotografía que fue publicada en varios periódicos españoles. Estaba seguro de que era Paraguay: el tipo de plaza, la vegetación, las casas que se veían al fondo; era una plaza de barrio o de pueblo. En el centro, sobre uno de los caminos pavimentados, aparecía un niño, a cuatro patas, tomando agua de un charco; como si fuera un niño salvaje similar a esos casos rarísimos que recoge la historia o bien un animal sin control alguno.

Entonces me fijé en el pie de la fotografía. No era Paraguay. Ella había sido tomada en Posadas, Argentina, y el niño era un indiecito guaraní. Tenía sed. Allí había un charco y el instinto lo llevó a beber como podía, inclinándose sobre el agua, poniéndose a cuatro patas para que le fuera más fácil beberla. Esta es la historia de la fotografía, lo que primero se percibe cuando se pasa la mirada por la hoja del periódico.

Nada más ver esta escena, se me ocurrió escribir sobre ella y luego postergué la decisión unas tres semanas, aproximadamente. Me imaginaba el aluvión de comentarios acordándose de los conquistadores españoles, las matanzas de indígenas, la violencia de la conquista, la deshumanización de la gesta y todo el discurso de la izquierda festiva, embanderada con el “discurso indigenista“, el sentimiento telúrico, el “amor a la tierra”. Pero terminé decidiéndome a hacerlo porque es un documento irrefutable de la barbarie que seguimos ejerciendo sobre los nativos. Es cierto que no sucede solamente en Paraguay, sino también en Bolivia, Brasil, Perú, Argentina, Ecuador, América Central; en fin, en todos los países que tienen todavía una relevante población indígena. Abona, además, una idea que llevo sosteniendo desde hace varios años: la persecución y matanza significativa de los indígenas americanos la hicieron no solo los españoles, sino de manera sistemática y continuada los propios americanos; es decir, nosotros.

No importa que en este caso de la fotografía del niño bebiendo agua de un charco como si fuera un animal salvaje se haya tomado en Posadas. Da lo mismo. Muy bien podría haber sido aquí o en cualquier otra ciudad del continente. La violencia que ejercemos contra los nativos está a la vista de todos. No es necesario que nos vayamos muy lejos para comprobarlo. Es suficiente con pasar por las cuatro plazas del centro, entre el Banco de Fomento y el antiguo cine Victoria; entre el hotel Guaraní y el Lido Bar. Están allí, esperando a que alguien les tire algo de comer. Y si nos tomamos el trabajo de ir hasta la terminal de autobuses, los encontraremos oliendo cola de zapatero, una droga infernal que acaba con las neuronas de quien la huele. Pero mata el hambre.

Meses atrás había escrito ya sobre estos horrorosos murales que pintaron en paredes de la ciudad, como si fuera poca la polución visual dentro de la cual el ciudadano vive agobiado. En la mayoría de tales murales aparece el indígena, una glorificación del nativo del cual decimos con harta frecuencia que estamos orgullosos de descender. Paso por alto el pequeño detalle que en todas esas pinturas, solo hay indígenas varones. No hay ni una sola mujer. Es que el nacionalismo y el racismo son misóginos por esencia.

En el suplemento dominical de este mismo periódico, vengo publicando desde meses atrás documentos relacionados con la llamada “Guerra de los Guaraníes” (1754-1756) en la que demostraron un enorme valor en la defensa de sus pueblos, de sus tierras, de sus familias, frente a las ambiciones desmedidas de territorio por parte de la Corona de Portugal y su colonia Brasil. Viendo aquellos episodios resulta difícil entender cómo ha sido posible que hayamos terminado condenando a los nativos, seamos sus descendientes o no, a un grado tal de pobreza, de olvido, de dejadez, de envilecimiento, destruidos por el hambre, la enfermedad y la droga. Pero eso sí, de haber un muro lo suficientemente grande y blanco, avisar con rapidez a quien corresponda, para que vengan los pintores a pintar sus murales, con rostros de indígenas. Varones, claro está.

Fuente: ABC Color (Online)

Viernes, 05 de Enero de 2018



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