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LUCÍA SCOSCERIA DE CAÑELLAS

  LA CADENA DE ORO - De NARRATIVA PARAGUAYA de TERESA MÉNDEZ-FAITH - Año 1999


LA CADENA DE ORO - De NARRATIVA PARAGUAYA de TERESA MÉNDEZ-FAITH - Año 1999
LA CADENA DE ORO
 
 
 
 
 
 

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LA CADENA DE ORO
Antonio se dirigió a la pieza de su madre, de donde provenía un gemido apenas audible.
-Mamá, ¿qué te pasa?
-Nada, mi hijo, no te vayas a preocupar, enseguida va a venir Rosa y ella me va a ayudar a hacer la limpieza.
-No me vayas a mentir, mamá. Yo no quiero que hagas ninguna limpieza. Eso será cuando te pongas bien.
-Pero si ya estoy perfectamente. Andá a trabajar tranquilo, que estoy muy bien.
Se dirigió al baño para asearse, lo cual lo hizo rápidamente y luego fue a la cocina para prepararse un café con leche, pues Rosa no había llegado aún, por lo que no tomaría el delicioso cocido que ella sabía hacer.
Se peinó antes de salir sus rebeldes cabellos negros, pero éstos cayeron otra vez sobre su frente. Tenía el cutis moreno, la nariz ligeramente aguileña, pero lo que más llamaba la atención en su cara era el color verde de sus ojos, que resaltaba en su rostro siempre sonriente. Se volvió hacia la silla donde estaba su campera marrón y luego de revisar si llevaba todos los documentos que le había entregado el Sr. Müller, se dirigió al patio,
donde tenia su camión, en el cual tendría que trasladar la soda al Silo Agro - Chaco.
- ¡Hola Antonio! ¿Cómo amaneció tu mamá?
Era Rosa, la hija de Ña Carmona, que venía a ayudar a su madre desvíe que ella se operó de uno de sus pechos.
Antonio se volvió y no pudo menos que admirar esos ojos rasgados que le enviaban promesas, que él, por respeto a su mamá, pues ella era su ahijada, no se animaba a aceptar. Sus ojos resbalaron sobre su cuerpo en donde la naturaleza se había prodigado dándole encantos y en donde una explosión de vitalidades y armonía parecía desmentir que sólo contaba con diez y seis años.
-Hola, Rosa. Estoy bien. ¿Y vos?
-Y... ahora que te vas, no tan bien- respondió mirándolo insisten-temente a los ojos con un coqueteo innato que lo obligó a apresurar la marcha.
-Siempre haciendo chistes- contestó. -Nos veremos a la tardecita-. Y haciendo un saludo con la mano se dirigió al galpón. Subió al camión, arrancó y se dirigió a la casa de Don Müller. Antonio, quien a los veintitrés años era un muchacho responsable y trabajador, tenía mucho éxito con las mujeres. La idea que tenía de ellas era que servían para divertirse y luego cambiarlas, porque a la larga, aburrían. Por eso evitaba a Rosa, pues la consideraba muy chiquilina.
Además, su mamá pondría el grito en el cielo si le pasaba algo, hasta sería capaz de hacerle casar, y eso no iba con él.
Se sentía bien en su camión, bueno, suyo, lo que se dice suyo todavía no lo era, le faltaba pagar la cuota más gorda, la de cinco millones de guaraníes, la que debía haber pagado hace un mes, pero él sabía que la casa comercial donde él había hecho la compra, le esperaría, pues el dinero que tenía para pagar esa cuota, lo había usado en los remedios y gastos de hospitalización de su madre, quien gracias a Dios, estaba mejor.
El Dr. Benítez le había dicho que la biopsia había dado resultado satisfactorio, de manera que el tumor era benigno, y por lo tanto no había peligro de muerte para su mamá.
Doña Blanca tenía cuarenta y tres años y nunca le quiso decir quién fue su padre, y un silencio total había sobre el asunto en la localidad de Capitán Miranda, pueblo agrícola donde él vivió toda su vida, sobre el nombre de la persona que había sido su padre.
Recordó que en la primaria la maestra le había preguntado cuál era su segundo apellido y no supo qué contestar. Cuando indagó sobre los posibles datos de su padre nadie le pudo dar pistas ciertas. Su madre había venido ala localidad hacía veintitrés años, embarazada, compró una chacra cerca de la ruta y ahí se quedó, nunca dijo nada a nadie sobre sus familiares o antecedentes. Pronto se acostumbró y tuvo otras cosas en qué pensar.
A los diez y siete años se trasladó a la ciudad de Encarnación, donde hizo el servicio militar. Lo que recuerda de esos dos años fue la amistad entrañable que hizo con Evaristo, un morocho en ese tiempo delgado, cuya característica física más importante era un lunar blanco en la parte del frente de sus cabellos, como sise los hubiera teñido, ya que contrastaba con su pelo negro. Eso era motivo de chistes y bromas. Procedía de Trinidad, se conocieron y se hicieron amigos íntimos. ¡Cuántas veces él sufrió castigos gustoso por Antonio! El veía en él, al hermano que nunca tuvo. Era Evaristo un joven que adoraba vivir, su alegría era contagiosa, su generosidad, impropia de este tiempo. Todos le apreciaban, hasta sus superiores.
Una sonrisa se insinuó en sus labios finos al recordar el día que recibieron sus bajas en ese mes tórrido de diciembre. Mientras Evaristo escribía o tallaba en cualquier parte que encontraba RVA 80, Antonio le había dicho que no debían romper esa amistad ahora que terminaban con la conscripción.
-Mirá, Antonio. Yo voy a plantar soja con mis hermanos, si querés podés ir con nosotros.
-No puedo, sabés bien que a mi mamá no puedo dejarla, por eso pensé que tengo que buscar un trabajo donde no le deje sola.
-Y bueno, pero sabés que siempre podés contar conmigo. Llegaron a la terminal, que los recibió con su bullicio de siempre y luego de ubicarse en los asientos que le correspondían, Evaristo le dijo a Antonio.
-Ya que no querés o no podés ir conmigo a la Chacra, quiero dejarte un recuerdo, algo que mi abuela me regaló al morir, y me dijo que se la dé a la persona que más quiero, como ella lo hacía en ese momento. Y se alzó los brazos y comenzó a inanipular detrás de su cabeza hasta que separó los extremos de una gruesa cadena de oro con una medalla ovalada que tenía, aparentemente, oculta debajo de su camiseta verde.
En el reverso de la medalla se leía: "Guía mis pasos" y en el anverso una gentil virgencita de Caacupé regalaba belleza.
Antonio tomó la medalla que era sumamente pesada y le dijo: "Gracias Evaristo, pero es de mucho valor, no puedo aceptar". Pero sintió un nudo en la garganta por el gesto de su amigo y con voz visiblemente emocionada le dijo: "Siempre serás mi mejor amigo, compartimos nuestras alegrías y tristezas, viviremos cerca, sólo nos separarán 15 kms”.
Antonio llegó primero a su lugar de destino y Evaristo siguió el viaje, no sin antes prometerse que en caso de apuros o emergencias se ayudarán uno a otro.
Fue la última vez que lo vio. Se le quedó grabada en la retina su cara sonriente diciéndole adiós con la mano levantada en gesto de despedida en la ventanilla del ómnibus, mientras el sol hacía parecer resaltar más su lunar blanco en sus cortos cabellos negros y el fulgor que despedía la gruesa cadena de oro que él había rechazado parecía despedir rayos iridescentes.
Antes de un mes un muchacho de unos veinte años vino a la chacra de Antonio con una noticia funesta: Evaristo había muerto. Las palabras "Evaristo ha muerto" atontaron a Antonio, y sintió por primera vez en su alma joven lo que es sentir dolor espiritual para el cual no hay medicamentos, paliativos, nada. Fue un frío 24 de junio que el destino, decidió que debía irse.
¡Su amigo, Evaristo, muerto! No podía ser. Si la vida existía para que él la viviera, si la risa existía para que él la regalara a todos.
Pero contra el destino nadie puede hacer nada. Un árbol cortado que cae del lado contrario al que se piensa y termina con la vida de alguien que sólo sabía dar alegría, risas y compartir con los demás.
Cuando recordaba a Evaristo sentía que una pérdida irreparable le había cortado sus alegrías, pero trató de superarse.
Un bocinazo lo volvió a la realidad, y vio por el espejo retrovisor que un auto rojo pedía paso y luego a su derecha el Silo que se elevaba entre los altos árboles que llenaban el paisaje con una nota verde que contrastaba con el azul intenso del cielo que parecía hamacar entre las nubes algodonosas al sol caliente que prodigaba sus aún tibios rayos sobre la fértil tierra. Volvió a su casa al mediodía y vio un coche blanco estacionado frente a su vereda. En el frente de la casa, debajo de un lapacho que prodigaba colores, un hombre gordo y calvo hablaba con otro, sentados ambos en sendos sillones y a su mamá entre ellos.
Al bajarse, su madre se adelantó y le dijo:
-Hijo, estos señores traen una orden de secuestro de tu camión.

Un hombre calvo, mostrando una credencial dijo: -Bueno, Señor, yo soy Oficial de Justicia, cumplo con mi deber, aquí está la orden de secuestro debidamente providenciada por el juez competente y por la Delegación de Gobierno de Itapúa. La Agencia le demanda por falta de pago y debemos llevar el camión.
Antonio no salía de su sorpresa e indignación, hasta que al fin dijo:
No puede ser. Siempre pagué al día las cuotas. Sólo debo la última, de cinco millones de guaraníes.
-Yo no sé, Señor, sólo cumplo con mis obligaciones.
- Don Agapito no me puede hacer esto. Yo no resisto a la autoridad pero sé que si hablo con él me va a esperar un poco. Puedo ir con ustedes. Doña Blanca se adelantó y dijo: -No te metas en líos.
-No, mamá, hablaré con Don Agapito y verás que se arreglará todo.
Y fueron todos juntos hacia Encarnación, a la cual llegaron a los quince minutos. Don Agapito lo recibió con cara menos afable que otras veces.
-Verá, amigo -dijo con voz seria-, la casa matriz me ordenó iniciar juicio a todos nuestros clientes morosos, y como Ud. no se presentó a la citación que le hice anteriormente, tuve que proceder. Ud. debe una cuota de un millón y una de cuatro millones.
- Bueno, yo le había dicho que la operación de mi mamá me había hecho faltar un poco, pero si Ud. me quita el camión, no podré pagar lo que le debo. Deme un plazo de quince días y le pagaré todo lo que le debo.
-Mire, lo mucho que le puedo dar es un día para que consigna algo que sirva de garantía y volver a financiar el camión. Eso es todo lo que puedo hacer por Ud.
- ¡Ah! y los gastos del Oficial de Justicia correrán por su cuenta. Apresurado, Antonio volvió a su casa en su camión mientras hacía en su mente una lista de personas que creía podrían ayudarle. Vería a Vicente, Don Müller, al prestamista Don Tuní.
El sol teñía de sangre el horizonte mientras algunas estrellitas tempraneras buscaban su ubicación en el cielo esa noche, cuando Antonio volvió a su casa. Triste, cabizbajo.
Su madre salió a recibirlo y le dijo:
-¿No conseguiste nada, verdad?
-No, todavía, pero no quiero que te preocupes, mamá, ya vas a ver que todo se va a arreglar.
-No puedo creer que Don Müller no te haya prestado, él tiene tanto dinero, o Don Tuní. ¡No puedo creer!
-Sí, me dijo que compró mucha soja y que no tiene efectivo, recién va a tener la otra semana, Don Tuní dice que prestó todo, y que por ahora no puede, bueno, en realidad no quiere pestarme porque no tengo nada para darle en garantía, ya que el título sigue en la agencia comercial donde compré el camión y Don Ignacio me dijo que gastaron el dinero que tenían para hacer el panteón de Evaristo.
Y volvió a pensar en lo mucho que le hacía falta su amigo y suspirando dijo en voz alta: Evaristo, mi buen amigo, si tuviera un amigo por lo menos con la mitad de tu generosidad, mi problema estaría resuelto.
-¿Y qué vas a hacer, hijo?
- ¿Y qué querés que haga? Mañana voy a entregar el camión, no sé. La pena es que en estos quince días si me dejaban trabajar iba a salvar para pagar las cuotas, pero como Don Agapito dice que el problema se debe solucionar en Asunción, ¡qué voy a hacer! Puede ser que vaya a Asunción y se arregle, pero el perjuicio para mí ya está hecho.
El 24 de junio amaneció frío y lluvioso. Antonio, conmucha tristeza se dirigió a su camión para ir a entregarlo a la casa de ventas. Se despidió de su madre con un beso, y hasta Rosa, le apretó la mano con ternura, deseándole suerte con los ojos.
Pensó con nostalgia los sueños que se había hecho de ser dueño de su camión, y ahora le querían quitar lo que era suyo, ya que había pagado casi la totalidad. Sabía que lo recuperaría, pero sería a costa de mayores gastos.
Llegó a las siete cuando Don Agapito abría la casa de ventas, quien lo saludó extrañamente jubiloso.
-¿Qué tal, Antonio? Me dijo su amigo que cuando esté listo el título le entregue a Ud. la cadena.
-¿Qué cadena?
-La cadena de oro. Vino un tal Evaristo y me dijo que era enviado por Ud. y si me parecía suficiente garantía esta cadena para esperarlo por las cuotas que Ud. me debe. Llamé a Asunción por teléfono y me dijeron que la hiciera tasar y que si cubría la cuenta podría hacer la espera para Ud. Vale seis millones de guaraníes.
Sin darse cuenta que Antonio tomaba entre las manos la cadena, Don Agapito siguió diciendo:
- Ha de ser abogado, porque me dijo que tenía que hacer el finiquito del juicio iniciado, entregarle los pagarés vencidos, firmar los otros documentos con su enviado. Así que lo felicito, ya es Ud. dueño de su camión. Su amigo es muy simpático, pero lo más chistoso es ese lunar blanco que tiene en el cabello. ¿O se lo tiñe?
Antonio no escuchaba al Sr. Agapito. Miraba fijamente a la cadena de oro como si ésta le hubiera embrujado, miraba sus gruesos eslabones, su cierre descompuesto, la medalla ovalada y su inscripción "Guía mis pasos" y del otro lado la Virgencita de Caacupé que extrañamente parecía sonreírle con amor.
-Sabe - siguió hablando Don Agapito -, lo que me pareció raro es que cuando me pasó la mano la tenía muy helada, a pesar de que aquí hay calefacción. ¡Ah! y me djo que mañana, por hoy, sería su aniversario. Pero no me dijo aniversario de qué sería.
Antonio se despidió rápidamente y sentándose en su camión, sólo atinó a decir:

- ¡Gracias, Evaristo!
De: Cuentos de Lucía
(Asunción: Ediciones von Bargen, 1993)
 
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Fuente: NARRATIVA PARAGUAYA DE AYER Y DE HOY TOMO II (M-Z)
Autora:
TERESA MÉNDEZ-FAITH ,
Intercontinental Editora, Asunción-Paraguay 1999.
De la página 441 a la 847.
Ilustraciones: CATITA ZELAYA EL-MASRI
Enlace a:
NARRATIVA PARAGUAYA DE AYER Y DE HOY - TOMO I (A-L)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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