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LUCÍA SCOSCERIA DE CAÑELLAS

  LA CITA - De: Antología de la Literatura de TMF - Año 2001


LA CITA - De: Antología de la Literatura de TMF - Año 2001

LA CITA

 

 

** Miro de reojo hacia la puerta entreabierta que da al corredor.

** Con sigilo vuelvo a sentarme frente a la computadora. En menos de cinco minutos me estoy comunicando con Héctor. ¡Quién hubiera pensado que la austera jefa de personal tendría un amigo, que poco a poco estaba pasando al plano de pretendiente, por Internet! Este es mi secreto, que lo tengo bien guardado.

** El problema es que yo temo el encuentro, físico, se entiende. Me siento cómoda con el anonimato que me proporciona la pantalla, me hace desinhibida y natural. Lo comprendo. Sé todo lo que le gusta y lo que le disgusta. En qué trabaja, su vida pasada, que no se recuperó nunca de su viudez y sus sueños actuales. Mantenemos una relación totalmente platónica. Nos compenetramos totalmente. Acordamos no hablar de nuestras señas particulares ni mandarnos fotografías. Nos gustan los mismos poetas; nuestro preferido: Gustavo Adolfo Bécker, la música romántica, caminar por la orilla del mar, conversar sobre literatura, leernos los poemas que escribimos en nuestros ratos libres y pasear al anochecer. Nuestras edades son casi iguales. Y somos libres. El viudo, sin hijos, yo divorciada, sin hijos. Me enternecí con el relato de su matrimonio breve, truncado por la enfermedad y muerte de su querida esposa.

** Ahora Héctor viene de su Corrientes natal a Buenos Aires y exige encontrarse conmigo.

** Pero, ¿y si me considera gorda? ¿Y si le parezco vieja? ¿Y si le desilusiono? Todas estas preguntas me aterrorizan, porque me siento locamente enamorada de él, de la persona que hace más de tres meses me devolvió la alegría de vivir.

** Silenciosamente se me escapa un suspiro de la garganta. Las letras saltarinas de la pantalla me dan el saludo de Héctor en su sitio habitual. Me dispongo a contestar.

** Sí, el domingo. En la confitería "El Paraíso", a las cinco de la tarde. Yo también estoy impaciente por encontrarnos (Las letras no revelan que estoy mintiendo). Llevaré un vestido blanco. Tendrás puesta una camisa blanca, llevarás un ramo de rosas rojas en la mano.

** No puedo dormir. Me doy vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño. Estos tres días previos al domingo me dejan con profundas ojeras. Mi idea no me parece tan brillante. Lourdes me va a ayudar.

** Entro en la confitería con cierta aprensión. Busco la mesa más alejada de la puerta. Se encuentra poco iluminada. Me siento en la confortable silla como si fuera a desmayarme. Guardo en mi cartera el libro "Rimas". Pido una gaseosa. Trato de tranquilizarme. Total, es imposible que me reconozca. Estoy vestida con una blusa rosa y una falda negra. Faltan diez minutos. Mis ojos no se apartan de la puerta. Entra y sale gente.

** Se me corta la respiración. Un hombre de camisa blanca y un ramo de rosas rojas entra al lugar. ¡Es él! Es algo obeso, pero tiene una sonrisa a flor de labios. No es tan alto como me había dicho, pero todos podemos equivocarnos al describirnos. Lo veo mirar hacia todos lados, parece desconcertado. Su sonrisa se amplía mucho más al dirigirse al centro del local. La mujer de vestido blanco le sonríe. El le entrega las flores. Se dan un apretón de manos y dos besos castos. Encontrados sentimientos me dejan confusa. Mis manos están heladas y mi rostro ardiente. ¿Qué se estarán diciendo? ¿Se sentirán bien juntos? ¡Soy yo la que debería estar en ese lugar! ¿Nunca superaré mi desconfianza hacia los hombres? ¡Diez años pasaron! Pero mi mente me muestra como una película en cámara lenta la cara asombrada de mi ex marido en la cama con otra. Como si fuera ayer. Lo perdoné, pero la desconfianza me tomó como amante. Nunca pudo abandonarme.

** ¡Pero me siento tan sola! Tal vez Héctor no sea igual, tal vez...

** El local se llena poco a poco de gente. Paradójicamente me siento cada vez más sola.

** Una carcajada se eleva de la mesa donde están Héctor y la mujer de blanco. Siento vértigos. Cierro los ojos unos instantes, pues las náuseas no me abandonan. Poco a poco me siento mejor. Las lágrimas me corren por las mejillas arrastrando a su paso el maquillaje que con esmero me puse por la tarde... ¡Estoy arrepentida de haber enviado a Lourdes en mi lugar! Héctor no podrá perdonarme nunca. Se nota que la están pasando de maravilla juntos. Una nueva carcajada me hizo abrir los ojos, anegados en llanto.

** Un desconocido dice algo sobre que no hay sillas en el lugar. Si le puedo dejar compartir la mesa. Que espera a alguien y no sé qué cosas más. Mi primer impulso es salir corriendo del salón. Poco a poco me calmo. El hombre cortésmente me entrega un pañuelo. Lo tomo con cierta vergüenza. No sé qué le digo, que perdí algo muy valioso, que soy cobarde, que nunca rehúya una obligación, que hoy había aprendido una lección y no sé cuántas cosas más. Sus ojos miran detrás de dos cristales transparentes, los que no impiden que vea en ellos cierta simpatía, no sé cómo estamos tomando café y le estoy contando todo sobre mi vida, mientras veo que Héctor y Lourdes están hablando muy animadamente sin dejar de reír.

** El hombre dice que no me culpe por lo que hoy hice. Todos nos equivocamos, sin ir más lejos, él también había cometido muchos errores, que eran parte del aprendizaje del largo camino que se llama vida, donde nos caemos muchas veces, pero lo importante es levantarnos y volver a caminar. Creo que tomamos más de cuatro cafés, este hombre tiene la virtud de hacerme hablar hasta por los codos. Pienso si no será sicoanalista. De reojo veo que Héctor y Lourdes se levantan de la mesa. El, caballerosamente, le retira la silla. Tomados del brazo toman rumbo hacia la calle. Curiosamente no me siento herida. Se lo debo todo al desconocido. El mira el reloj. Me pregunta si quiero caminar por la plaza que se ve frente a la confitería y agrega: "Antes de que muera la tarde".

** Una leve inquietud se acrecienta en mi pecho al escuchar esa frase.

** –No estás tan sola como crees, sabes. Lourdes es una buena chica y creo que se llevará bien con mi amigo.

** ¿Qué quiere decir? ¿Cómo sabe de Lourdes? Lee el interrogante en mis ojos. Sin decir palabra ya me pone en la palma de la mano un pequeño libro. Las Rimas de Bécquer. Comprendo todo. Yo, no digo nada. Le doy la rosa roja que tengo casi mustia dentro de mi cartera y frente a las miradas azoradas de todos nos damos un gran beso.

(De: t-quiero.com, 2001)


**/**

 

(De: "ANTOLOGÍA DE LA LITERATURA PARAGUAYA"/ 3ra. Edición por TERESA MENDEZ-FAITH ** Editorial EL LECTOR, 2004)

 

 

 

 

 

 

 

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