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CARLOS VILLAGRA MARSAL

  VOCES QUE NO SE APAGAN - CARLOS VILLAGRA MARSAL


VOCES QUE NO SE APAGAN - CARLOS VILLAGRA MARSAL

CARLOS VILLAGRA MARSAL - VOCES QUE NO SE APAGAN

CD 2
 
 
Entrevista realizada por VICTORIO SUÁREZ
 
Palabra viva de grandes escritores paraguayos
 
 
 
 
 
 

Nació en Asunción en 1932. Se destaca como poeta, narrador y ensayista. Terminó la carrera de leyes y desde su juventud integró la llamada Generación del 50. Adquirió relevancia como miembro de la Academia Universitaria del Paraguay. Durante los difíciles años del sistema stronista condujo la bien recordada "Tertulia Literaria Hispanoamericana" que se realizaba una vez por semana en el Centro Cultural Juan de Salazar. Ejerció el cargo de embajador paraguayo en Chile y en la actualidad se dedica a la enseñanza en la Universidad Católica y en la Universidad. Nacional de Asunción, como profesor de Literatura Hispano-americana y de Literatura Guaraní. Fue uno de los fundadores -juntamente con el poeta José María Gómez Sanjurjo- de Editora Alcándara, que dio a luz uno de los más importantes aportes para la literatura paraguaya: más de sesenta títulos de poesías. Luego fundó "Editora Ara Vera", que también ofreció una significativa colección de obras nacionales. Ha escrito varios libros entre los que se destacan: "Antología mínima" (1975), "Guarania del desvelado" (1979), y "El júbilo difícil" (1995), que apareció simultáneamente en España y México. Dicho libro incorpora los poemas musicalizados de "Cantata del pueblo y sus banderas torrenciales" (1986). Igualmente, publicó una novela breve: "Mancuello y la perdiz", y "Papeles de última altura", selección de textos diversos. "Poesía congregada y otros poemas" (2007).

 

 

 

 

 

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CARLOS VILLAGRA MARSAL (Asunción, 1932). Entrevista de VICTORIO SUÁREZ

(13, 20, 27-VII-1993 - ABC)

“HAY CAPILLAS ÁULICAS DONDE SE APLAUDE EL SERVILISMO”

(GENERACIÓN DEL 50 - LITERATURA PARAGUAYA)

 

 

 Hablar con Carlos Villagra Marsal resulta sumamente gratificante por la potencia intelectual y las agudas reflexiones que el mismo posee sobre nuestra cultura. Como miembro de la Generación del 50 fue un activo participante de la Academia Universitaria. Desde joven se dedicó a la literatura y no sería erróneo decir que se trata de uno de los más sobrios poetas paraguayos; lastimosamente, a pesar de su vocación y talento, ha publicado escasamente, aunque este hecho no desmerece su proficua labor en el campo de la creación. 

 

—¿Qué podrías decir sobre el atraso cultural paraguayo que aparentemente remonta desde la colonia? ¿Se puede pensar que dicha experiencia sigue siendo tan amarga hasta hoy día?

—En cierta forma siguen pesando los oscuros años de la colonia. Para entender mejor el problema necesariamente debemos mirar el orden etnocultural que incidió notoriamente en nuestro atraso y retraso. Por otra parte, ahondando un poco más en la historia, conviene apuntar que todo comenzó como un gran sueño efervescente en la búsqueda de “El Dorado”. La llegada de los españoles y los primeros contactos interétnicos constituyeron —en el caso de Asunción— un asentamiento precario de base y apoyo para las operaciones transchaqueñas. Pero ese sueño se rompe como un globo, se esfuma como una pompa de jabón, cuando en la segunda mitad del siglo XVI, las expediciones se encontraron con la sorpresa de que el Perú ya había sido conquistado. Uno de los cronistas dice: “La tierra de promisión no fue tal”. Los antiguos conquistadores se convirtieron en granjeros y se aceleró el proceso de mestizaje. Francisco de Andrade cuenta que en 1545, a escasos años de la refundación de Asunción, había ya 500 mestizos y en 1575 au mentó a 10.000. Paradójicamente, eso significa también la desaparición y el genocidio de las étnicas indígenas.

 

—¿Ese proceso de mestizaje fue más fácil en Paraguay porque los guaraníes fueron más conservadores para asimilar la situación?

—En ese sentido, se puede decir que los guaraníes hicieron un mal cálculo geopolítico. Entraron en componenda para contrarrestar a los pámpidos —de la familia lingüística guaicurú—, que eran sus milenarios enemigos. Así, los mbayá del norte, los payaguá-guaicurú del centro (frente a Asunción) y los agaces en el sur, fueron todos exterminados. El pacto entre guaraníes y españoles significó también el exterminio de los primeros. El padre Bartomeu Melià se refiere de manera inteligente al respecto y habla de una alianza o elemento de unión: 1) Alianza económica, en la que los españoles se aprovechan de la economía agrícola de los guaraníes en una zona particularmente pródiga. 2) La alianza política, en la que los españoles se unen a los guaraníes, queriendo cada uno algo y pretendiendo que eso sea igual para ambos; pero no fue así, había un sentido social muy diferente. De todos modos, la Alianza trajo el mestizaje y, como en todas las sociedades del neolítico, los nativos en prenda de paz entregaron sus mujeres. Eso del connubio, del enamoramiento es un cuento, porque las hembras fueron entregadas como sirvientas. Una carta de Irala de 1541 dice: “Estos indios que nos sirven, así como con sus mujeres, en sus rosas y en nuestras casas”. Ahora, esas mujeres —madres de los mestizos— no fueron mal vistas por los europeos; es más, tenían algo del tipo árabe-andaluz: morena, rellena de carne, baja, muy limpia. Ante la abstinencia tan larga aquellas mujeres guaraníes eran muy apreciadas por los españoles, las pocas mujeres que llegaron de España no bastaron. Todo produce un acelerado mestizaje.

 

—¿Se entiende que todo ese proceso colonial fue prácticamente nulo? ¿En qué momento aparecen las señales del cambio? ¿Fue con la Generación del 900?

—El periodo colonial, repito, fue pobre y difícil. Pero algunos cambios favorables se vislumbran de manera elocuente al finalizar la Guerra contra la Triple Alianza, que se deben valorar en homenaje al sacrificio de nuestro pueblo por la autodeterminación. Por algunos datos que tengo, creo que Francisco Solano López estaba en un proceso de apertura cultural que no habían tenido sus predecesores. Algunas notas encontradas por Ildefonso Bermejo, algunas cartas del mariscal López pueden testimoniar esta suposición. Lastimosamente la hecatombe barrió con todo. Pero se tuvieron que deponer animadversiones y enemistades para vestir y alimen tar al hambriento en un país quebrado y en crisis absoluta. A pesar de todo, la libertad política y de prensa, con grandes falencias, sirvió de caldo de cultivo para que naciera la Generación del 900, grupo particularmente brillante. Es increíble y extraño cómo de esos jóvenes vientres maternos empobrecidos y famélicos nacieron gentes singularmente dotadas, de primera calidad. Muchos de ellos en su infancia pasaron hambre y ni quiera consumieron suficiente proteína. Se trata de una cuestión biológica: cuando llega el punto cero, parece que la naturaleza misma saca una fuerza de conservación vital para producir supertalentos. Creo que como generación no ha habido otra más completa. Aunque sus apetencias culturales fueron frenadas u orientadas en otro sentido. Es que el país estaba en peligro, la penetración boliviana en el Chaco era real en un periodo convaleciente que buscaba fortalecer la dignidad ultrajada por esa guerra de exterminio. La mayoría de los intelectuales del 900 dedicó su tiempo en la defensa de los derechos del Paraguay en el Chaco.

 

—¿Será por eso que no fueron más allá del modernismo tardío?

—Tienen que ver muchas cosas. Las causas no fueron estudiadas a profundidad. A pesar de todo tuvimos a Manuel Gondra, un erudito y humanista brillante que lastimosamente no entendió la gran renovación de Darío. Se trata de una paradoja. López Decoud, que tenía contactos con intelectuales de su época, prefirió mantenerse al margen. Raúl Amaral cree lo contrario y dice que nuestro modernismo marcha un poco a la par de las conquistas literarias del momento. Yo no pienso que haya sido así, pues en 1888, cuando aparece “Azul”, no se tenía la menor idea del modernismo, cuyas primeras manifestaciones aparecen por 1904/5. La máxima expresión de la citada corriente fue Canto Secular (1911), cinco años después morían Rubén Darío y el modernismo. Mientras, en nuestro país, las tertulias literarias estaban presididas por el retrato del poeta nicaragüense. En 1925, dos revistas: “Juventud” y “Alas”, eran rubendarianas. Entre tanto, por Europa ya se publicaba “Perfil del aire” de Luis Cernuda. Asimismo, también aparecieron: la primera parte de “Cántico”, de Nicolás Guillén; las obras de Lorca; en fin, la Generación del 27 de España estaba en plena producción, al igual que otros movimientos poéticos renovadores del mundo.

 

LAS MARCAS DE UNA TERRIBLE DICTADURA

 

—El autoritarismo fue lapidario para la cultura paraguaya. Muchos escritores salieron al exilio y publicaron fuera del país.

—La dictadura instaurada había debilitado todos los estímulos para la actividad cultural, Las pocas publicaciones fueron producto del esfuerzo personal. El primer poemario de José Luis Appleyard: “Entonces era siempre”, apareció con la ayuda siempre generosa de Ricardo Rolón, bajo un sello que estaba dirigido por Víctor Jacinto Flecha. Muchos escritores afectados por el exilio dieron a conocer sus obras en el exterior, algunos de ellos son: Hérib Campos Cervera, Elvio Romero, Roa Bastos, Rodrigo Díaz Pérez, Rubén Bareiro Saguier. La dictadura fue mortal para el trabajo literario. Paradójicamente me pueden decir: ¿Pero cómo es posible que durante la década de los años 80 se haya dado el boom de las publicaciones? En ese sentido, se puede acotar que en esos años entramos en la comercialización empresarial. El pionero fue una empresa que parecía insensata: NAPA. Después aparecieron otras editoriales que funcionaron por su propia cuenta como compañías. En términos sencillos, se puede decir que de repente se dio la posibilidad de no perder y ganar dinero mediante una editorial. Por otra parte, se puede anotar que la dictadura había llegado a un estado de marasmo, de putrefacción tan grande que la aparición de un libro era considerada por la sociedad civil paraguaya como un aliento o signo tímido de regeneración. Los libros fueron pequeños respiradores. Pero ocurre luego un hecho llamativo. Después del golpe de 1989 disminuyen bruscamente las publicaciones. Una proporción alarmante, entre los años 1989/1993, arroja relativamente un ínfimo número de títulos.

 

—¿Qué hay del protagonismo de los escritores? ¿O es que los mismos se replegaron hacia otros campos expresivos?

—Creo que el protagonismo del escritor no se da en este momento a través de su creación escrita. Viene mediante la participación política, gremial, periodística. Hoy día muchos escritores son más conocidos por su labor en el campo de los medios de comunicación. Yo mismo tengo una experiencia. Me conocen más por el programa radial que tengo y no precisamente por mi trabajo literario. Desde luego, este es un país ágrafo y de cultura oral; eso a veces nos produce cierto asombro porque aparece gente que le conoce a uno no precisamente por su actividad escrita.

Como ejemplo tenemos también que a Francisco Pérez Maricevich se lo conoce más por su labor periodística que por su rigurosa tarea de investigación en el campo de la lingüística. José Luis Appleyard también es bien conocido por sus artículos periodísticos. Lo mismo sucede con Alcibiades González Delvalle, José Ruiz Nestosa, etc. Hasta a Elvio Romero se lo conoce más por sus notas publicadas en los periódicos y por su adhesión a favor de una agrupación política. Esto nos dice que tenemos una pasantía interesante que no es el canal habitual de la creatividad.

 

—Eso habla claramente del pozo cultural. ¿Qué fórmulas debemos tentar para superar la funesta circunstancia?

—Queda demostrado que no bastan las grandes individualidades. Estamos fuera de los grandes circuitos editoriales. Esto resulta grave porque aún en Bolivia, con dificultades geopolíticas, la cultura no está en la orfandad pues dicho país pertenece a un circuito editorial muy importante que genera y engloba a los países andinos. Eso me consta. En Bolivia encontré libros de editoras pertenecientes a Colombia, Ecuador, Chile, Perú, etc. Otras naciones, como México, extienden sus influencias hacia los países de Centroamérica, además de aquellos libros editados en Cuba y que tienen la suerte de contar con subsidios estatales. No olvido la gran labor de la Casa de las Américas. Tampoco puedo dejar de mencionar que de Argentina fluye todo ese enorme bagaje de ediciones. Sin embargo, nosotros seguimos en la marginalidad. No sé hasta dónde se podrá corregir eso con el Mercosur. Lo cierto es que el escritor paraguayo debe luchar para que su obra se publique o llegue más allá de nuestras fronteras.

 

DE CARA AL ATRASO CULTURAL

 

—Ningún partido o movimiento político ha planteado con seriedad y rigor el tema cultural. Ante ese problema, ¿qué se puede esperar del gobierno?

—Es cierto. Los partidos políticos se desentienden de la cultura. Seguimos con el mismo problema porque el político profesional tiene recelos del intelectual. No sé, aparentemente los políticos creen que se les puede mover el piso. Tienen miedo de perder espacios. Por otra parte, muchos intelectuales ven de manera miope a la clase política que no creo que sea despreciable. No se puede meter en una misma bolsa a los “pokaru” (pillos), los oportunistas y maniobreros. Eso alguna vez debe quebrarse a través de instituciones más efectivas. Creo que muy poco puede lograr, por dar algún nombre, el señor Elvio Romero si él va a plantear ante los poderes públicos una determinada reforma de orden cultural. Eso debe hacerse por medio de los canales correspondientes: la Sociedad de Escritores del Paraguay, el PEN Club, un grupo de escritores, etc.

 

—Noto que sigue existiendo una gran dispersión, las instituciones que estabas mencionando prácticamente no aparecen para apuntalar cambios y tareas concretas.

—Es una situación compleja. En este momento, especialmente, la Sociedad de Escritores es una entelequia, no funciona. A ese problema acompañan las famosas reuniones en capilla donde hay que tener una adhesión total, servil y corrupta hacia un determinado grupo de personas para ser admitido en una especie de círculo áulico del cual son apartados como réprobos aquellos que discuten y cuestionan.

Hay que ser conscientes de que debemos arrimar todos juntos el hombro para rehabilitar la cultura. Al margen de esto me preocupa la improvisación. Se habla de lo que no se sabe. Los que practican estos métodos, no quiero dar nombres, están teniendo un poder de decisión y tribuna desde donde pueden agraviar, denostar y descalificar a otros. Ese es el intelectual del que habla Adolfo Ferreiro y que se constituye en una presencia maligna y dañina, un tumor en el cuerpo de nuestra comunidad cultural.

 
 
 
 
 
 

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