UN REGALO DE NAVIDAD
Cuento de JUANA INÉS SÖRENSEN
Detrás de cada Pan de Navidad, siempre hay una anécdota, ya sea por la receta y preparación, como por el sello de calidad de la confitería. En este caso particular, llegó un paquete inesperado desde París entre los obsequios de Papa Nöel, que fue depositado por la chimenea en la Nochebuena.-
Era un envase redondo, de lata esmaltada, color borra vino, con el borde dorado. En el centro de la tapa delineada con trazos modernos se veía la fachada de un convento y llevaba la inscripción de “Pan de la Abadía”. Más abajo, en círculo decía: repostería artesanal. Proviniendo de un convento, pensé sería efectivamente un pan de harina, levadura, sal y agua, con algún aditivo especial.-
Al destaparlo, grande fue mi sorpresa, al encontrar una masa, como de 2 kilos decorada en la superficie con siete piedras preciosas de diferentes tamaños y colores, como un espejismo óptico. Lo primero que llamó mi atención fue una estrella en oro amarillo refulgente, símbolo de renovación y vida, de la cual se desprendía una estela de cristal de roca, como si fuera un cometa, que despedía un brillo de purificación. Cubriendo la superficie que simulaba una alfombra estaban diseminadas cáscaras de madreperlas de un blanco nacarado, adornado con una ramita de muérdago, símbolo de la Navidad, en malaquita verde que simboliza cambios, creatividad y modestia. En el centro había incrustado un rubí, que significa amor, dinamismo, liderazgo y pasión. En un costado sobresalía una hoja de jade, solitaria en su generosidad, su modestia y caridad. Similar en el lado opuesto, simulando un trébol de cuatro hojas trascendía un cuarzo rosa, piedra que es el símbolo de la Cruz de los Templarios, que atrae la felicidad, el amor global, el consuelo y el perdón y por último, en círculo como estrellitas titilantes estaban incrustadas pequeñísimas aguamarinas, cuyo significado es la prudencia, confianza y pureza. ¡Qué hermoso! me dije bajito, ¡parece un cielo! Tomé una palita para torta apenada por descomponer esa obra de alta repostería, pero mi asombro fue mayor al rebanarla y observar la masa del pan por los ingredientes. Al degustarlo, el paladar más exigente se sentiría sorprendido por tan deliciosa receta. ¡Oh la la … le panneton est magnifique! como dirían los franceses.-
Los ingredientes eran higos, damascos, cerezas al marraschino, ciruelas, ananás, nueces, almendras, pasas de uva, castañas, avellanas y chocolate, preparado con esencia de vainilla, manteca, azúcar morena, huevos y cognac, elaborado por un selecto grupo de monjas pasteleras solícitas y humildes, escogidas cuidadosamente por un ángel viajero, magnífico y glorioso que se posó por un instante sutilmente en la cúpula de la Iglesia de la abadía, y solo visualizado por sus elegidas. El ángel llevaba como atuendo un caftán blanco brillante, acrisolado y resplandeciente, que desprendía fulgores dentro de su blancura purísima con alas que parecían plumas bañadas en platino luminosas, semejantes a un rayo. De cada hombro le salían dos alas muy juntas y de los pies otras dos, todo rodeado con un halo transparente y a la vez iridiscente de una belleza indescriptible, que al solo mirar producía ceguedad.-
Fueron también siete, tal vez por ser un número cabalístico, las monjas favorecidas: Sor Consuelo, Sor Modesta, Sor Renovación, Sor Prudencia, Sor Caridad, Sor Purificación y Sor Rubí, de acuerdo al significado de cada piedra, a su vez todas dirigidas por la Superiora, Madre Alegría, quien a instancias del ángel de la luz y de la abundancia cumplió sumisa con la misión encomendada.-
Al degustarlo, las piedras preciosas se esfumaban y se convertían en frutas glaseadas, lo que se llama “un bocado de cardenal” exquisito, digno de un banquete de reyes.-
Del grupo de las laboriosas monjas, sobresalía una gordita y golosa de rostro redondo como un repollo blanco por su ascendencia nórdica, con ojos de color aceituna, mejillas moradas como de remolacha, nariz de rabanito por lo chica y redondita y labios finos de zanahoria, como recién salida de una huerta, amable y soñadora, no por romántica sino por dormir plácidamente después de tomarse unas copitas extra de licor sobrantes del día, cuyas botellas se almacenan en la bodega del convento para preparar las recetas y en donde también el rhum y el vino de misa a consagrar tenían su casillero respectivo.-
Entre ellas también se destacaban dos monjitas por sus caracteres dispares. Eran las apodadas “Quebranto” y “Simpatía”, sobrenombres que le pusieron sus compañeras de tarea, a la primera porque desde que se levantaba, después de la misa de maitines, ya empezaba con su preocupación por si faltaran componentes, que los chocolates importados de Suiza no iban a rendir, que los precios estaban elevados, que si se enfermara alguien del equipo quién la supliría, que si la enorme batidora se descomponía, los pedidos se retrasarían, etc. y a la segunda, integrante también del coro de la capilla, por zalamera y por contar anécdotas con chispa, sobre los clientes que se peleaban para ser los primeros en comprar las dulzuras. Tenía como característica moverse cadenciosamente, pero que al entrar “en onda” después de hornear, le brillaban los ojos, gesticulaba, parloteaba y hasta tocaba el violín.-
Digna de mención, fuera del equipo gastronómico, pero que estaba involucrada, era Sor “Polvareda”, como la llamaban con bondad, por ser la encargada de la biblioteca, viejita y gruñona, de lentes gruesos, chiquita, medio sorda, apoyada en un bastón, protestando por su gordura por estar todo el día sentada, siempre quejándose por los ácaros de los libros antiguos que la hacían estornudar, temiendo una gripe viral a causa del polvillo que despiden los libros antiguos al hojearlos. Lo que no contaba, porque no le convenía, es que de paso por la cocina, arrasaba con los chocolates sobrantes de las grandes ollas aún humeantes, de ahí los kilos de más con sus consecuencias propias de la edad.-
Por último, en el plano de la lata había una nota que decía: “Para el que encuentre este pan de la abadía, con su historia, ya sea rico o pobre, con familia o desamparado que valore este mensaje de generosidad y saboree tanto un pan simple, como confitado, con ilusión y esperanza, con amor al semejante, para compartir una rebanada, o un banquete, no solamente un día, sino todo el año, porque NAVIDAD ES TRANSFORMACIÓN!
Registro : 2008
Cuento inédito facilitado por la autora