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JORGE RUBIANI
  NICOLÁS APARICIO - A 56 AÑOS DE UNA PÉRDIDA Y LA DESAPARICIÓN DE UNA ÉPOCA - Por JORGE RUBIANI - Domingo, 17 de Enero de 2016


NICOLÁS APARICIO - A 56 AÑOS DE UNA PÉRDIDA Y LA DESAPARICIÓN DE UNA ÉPOCA - Por JORGE RUBIANI - Domingo, 17 de Enero de 2016

NICOLÁS APARICIO

A 56 AÑOS DE UNA PÉRDIDA Y LA DESAPARICIÓN DE UNA ÉPOCA


Por  JORGE RUBIANI


Los días de complicaciones atmosféricas y sus efectos negativos en nuestras instalaciones eléctricas, nos impiden evocar a veces tiempos aún más difíciles, en los que los acontecimientos del clima, por cierto más previsibles y controlables, eran enfrentados con un gran sentido del sacrificio por quienes asumían la responsabilidad del servicio, a pesar de los reducidos recursos tecnológicos disponibles. Actitud que si tuviera hoy mayor vigencia, harían soportable las cada vez más frecuentes “alertas meteorológicas”, detalle diferenciador entre el “antes” y el “ahora”. Pues si imaginamos aquellas primeras décadas del siglo XX, con un servicio eléctrico incipiente e instrumentos tecnológicos inexistentes o poco difundidos, con la ciudad todavía apegada a los límites heredados de los tiempos coloniales y una población de hábitos sociales afirmados en antiguas tradiciones y costumbres, podríamos verificar que –también entonces– se producían estrepitosas lluvias y tormentas de cuyas consecuencias: calles, casas y transeúntes sufrían raudales y sus impactos en árboles, postes, cables... y luces. Aunque en la época, un ecosistema relativamente intacto permitía prever y esperar con relativa precisión las temporadas de lluvia o de sequía, de frío o calor. Lo mismo que la intensidad o persistencia de estos fenómenos, para todo lo cual, ayudaba también el fatalismo ancestral de nuestros compatriotas para que nadie se incomodara demasiado ante las circunstancias señaladas, pues ante lo que parecía de imposible solución, esgrimían el siguiente argumento: “así nomás luego tiene que ser”.

Valen estas consideraciones para recordar a una persona que durante más de 40 años sirvió a la comunidad, como funcionario de la Calt (Compañía Asuncena de Luz y Tracción), primero, y de la ANDE después: el señor Nicolás Aparicio. Apreciado por sus contemporáneos de la Capital, “Don Aparicio” –como era conocido por todos–, español de nacimiento y paraguayo por adopción y honesta militancia en el trabajo, se inició en 1915 como herrero en los talleres de la Calt, hasta ocupar el cargo de jefe de distribución de la empresa, constituyéndose en inevitable receptor de cualquier requerimiento relacionado con la provisión de la energía. En pocas palabras, era “el paño de lágrimas” de la ciudadanía y funcionario “24 horas al día”, como el mismo se calificaba, prodigando soluciones –o al menos interés por el prójimo– para enfrentar los cortes de luz, tanto en instalaciones domiciliarias como callejeras de toda la ciudad. Entre estas frecuentes obligaciones, Don Aparicio también dirigió los trabajos para la extensión de las líneas en la medida de la expansión asuncena, como sufrió igualmente los coletazos de épocas convulsionadas y muchas veces, violentas, pues a mediados de la década de 1920 y en ocasión de una huelga general fue herido de bala mientras acompañaba al gerente de la compañía. El proyectil, alojado cerca del corazón no pudo ser extraído debido a las dificultades quirúrgicas que implicaría el intento. Pero sin acogerse a ningún “beneficio laboral” (probablemente ni siquiera se los consideraba entonces), ni solicitar alguna “pensión graciable” por el “accidente”, el viejo herrero de la Calt siguió trabajando con la bala próxima a su corazón hasta que este dejó de latir casi 40 años después. Pero aún antes el proyectil “guardado” en su organismo, le acompañaría –sin mayores inconvenientes– en los servicios de la retaguardia durante la Guerra del Chaco, pues a cargo de Don Aparicio estuvo la iluminación del estadio de la Liga Paraguaya de Fútbol para la concentración de los soldados y mantuvo la provisión de energía eléctrica en todas las dependencias militares que requirieran en esos duros tiempos el fluido correspondiente.

El 15 de enero se cumplieron 56 años de la muerte de Don Aparicio. En esa fecha de 1960 le llegó la hora del último descanso, tras la rigurosa prestación laboral de “24 horas al día” que se había impuesto en vida. No sin antes recibir el reconocimiento de las autoridades cuando cumplió 40 años de servicio. Si ese gesto se materializó en una medalla de oro, el reconocimiento de la ciudadanía lo tuvo antes y durante las cuatro décadas de esfuerzos en las que Don Nicolás Aparicio hizo lo posible –y parte de lo imposible– para que nadie en Asunción permaneciera un minuto más de lo necesario en la oscuridad.





"Pues si imaginamos aquellas primeras décadas del Siglo XX, con un servicio eléctrico incipiente..."



Personal y funcionarios de la Calt con el carro/grúa de caballos utilizado para reparar las líneas altas y alumbrado público.

Esquina de las actuales Haedo y 15 de Agosto.



Fuente: ABC Color

Suplemento Cultural

www.abc.com.py

Domingo, 17 de Enero de 2016

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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