JORGE RUBIANI

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Nacimiento:
15 de Enero de 1945

CONDUCIR PRODUCE HISTERIA - Por JORGE RUBIANI - Sábado, 11 de Enero de 2014

CONDUCIR PRODUCE HISTERIA - Por JORGE RUBIANI - Sábado, 11 de Enero de 2014

CONDUCIR PRODUCE HISTERIA


Por  JORGE RUBIANI


¿Qué sucede si no practicamos lo que se llama urbanidad, si no somos amables con el prójimo ni manifestamos consideración alguna hacia los niños, las mujeres, los ancianos; hacia los diferentes? No sucedería nada, a menos que alguna expresión de hostilidad llegue a un acto penado por la ley. ¿Qué pasa cuando lidiamos con personas sin apego a la convivencia, que no respetan y hacen caso omiso de los derechos de los demás? Y... nada, salvo soportarlos.

¿Pero qué sucede cuando esa falta de educación, de modales, de urbanidad, de consideración y respeto, “la subimos” al mando de un vehículo? ¡Ah! ¡Ahí puede pasar de todo! Especialmente si en el asiento de al lado se acomoda nuestra proverbial capacidad trasgresora, nuestra ofuscación contra la Policía Municipal, las molestias por el mal estado de las calles, por los semáforos, porque faltan o por lo mal que funcionan los que están. Nuestras molestias podrían llegar a los límites de la exasperación si nos acompaña el calor y el “aire” del auto está descompuesto; o si a una hora determinada y en las inmediaciones de un colegio “importante”, nos quedamos varados porque “padres importantes” estacionan como se les da la gana, cuando llevan o buscan a sus hijos. En esos momentos tal vez, hasta lleguemos a incubar pensamientos asesinos.

El paisaje así pintado es parte del caos cotidiano que llamamos “tránsito”; problema que tiene muchas causas y hasta ahora, pocas soluciones. Pero, que se incrementa a diario con insumos como la falta de urbanidad (es la definición de la educación urbana) y el exceso de “motorización” ciudadana que induce a que las personas consideren al vehículo como el verdadero protagonista de las calles. Un botón de muestra: la demanda pública es siempre por los baches que “adornan” la calzada y pocas veces –casi nunca– por el 80% de veredas en malas condiciones, o directamente intransitables. Nada induce a pensar que la situación vaya a mejorar, porque, tal cual estamos, la educación vial –aún si se implementara desde mañana mismo– tardaría algunos años en dar sus frutos, y de la educación cívica ni hablar. Porque ella NO EXISTE ni está en los planes de nuestras autoridades. En contrapartida y en atención al afán “constructivo y patriota” que todavía parece primar en las esferas municipales, es probable que cada vez tengamos más calles pavimentadas, más semáforos y viaductos, más policías de tránsito que estarán en alguna parte, pero no donde se los necesita. Y finalmente, más vehículos en circulación, más transgresiones, más caos, más irritación de la gente y menos de todo lo que distingue a una sociedad civilizada y respetuosa.

En cuanto a la trasgresión generalizada y de la larga lista de excusas o razones que la motivan, podrían señalarse solo dos, a mero título de ejemplo: 1. El anonimato. Factor decisivo en el gran incremento de la agresividad y violencia impune en el tránsito de los últimos años. A pesar de las ordenanzas municipales y resoluciones del Ministerio del Interior, el Paraguay ampara a los vidrios negros o vehículos sin placas, con la irresponsable actitud de pretender la solución de un problema, ignorándolo.

2. Las normas son para todos. Pero en nuestro país, su incumplimiento se origina en que vehículos de determinadas características o con placas y logos oficiales, parecieran tener “licencia” para hacer lo que quieran. Así como existen zonas o barrios de la ciudad donde el rigor, extrañamente, se atenúa hasta la impunidad. Con semejantes ejemplos, los ciudadanos comunes se procuran su “parcela de ventajas”, generalizando las faltas y concretando la denostada anarquía.

En cuanto a la necesidad de la educación urbana, la psicología social contribuye a abonar su pertinencia con algunos datos alarmantes: que en un alto porcentaje, una persona al mando de un vehículo accede a un estado de omnipotencia agresiva. Que la visualización del paisaje urbano desde la ventanilla de un automóvil, torna a la gente prescindente de lo que ocurre afuera y reduce drásticamente su sentido de la responsabilidad colectiva. Ante esto, nada parece disuadir a nadie, de prestar atención a un problema que va llegando a altos picos de combustibilidad, con conductores alcoholizados, hablando por celular mientras conducen, anónimos e impunes por los vidrios negros y aún renuentes a circular por las calles con el vehículo debidamente identificado. Con estos ingredientes, serían imposibles los “buenos días” o el “¿cómo está?” de las ciudades de antes. Lo actual es continuar apostando al caos cotidiano, y cuando tenemos en cuenta al otro es para echarle la culpa de nuestros problemas.

Fuente: ABC Color

www.abc.com.py

Sección POLÍTICA

Sábado, 11 de Enero de 2014

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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