LA MISERIA AL ACECHO...
Por JORGE RUBIANI
“Un mal justificado como ‘necesario’ lleva a otro, y este a otro más; hasta que no se lo diferencie de un verdadero mal. Todos tenemos la oportunidad de cruzar una línea que no debe cruzarse nunca. Si lo hacemos una vez, probablemente lo haremos después y muchas veces más... hasta que esa línea desaparezca completamente. Es la que separa el Bien del Mal.” Del film “The rainmaker”.
¿Es culpable la clase político/partidaria de la sostenida vigencia de la pobreza extrema en el Paraguay? Y... sí. Porque si la misma se adjudica con exclusividad la misión de gobierno, es correspondientemente responsable de sus problemas inherentes. Y especialmente de aquellos que parecen no tener solución y que el país viene arrastrando por décadas. En el fútbol y en cualquier deporte, un técnico que fracasa, sale. Renuncia o lo echan. Pero en política, los que dirigen el juego, eligen las reglas, la cancha, las camisetas y hasta el peso y el tamaño del balón. Y sin importar que pierdan, siempre se quedan en el campo de juego. Si falta aún mayor precisión para asentar lo anterior, contamos con el “formato ilegal”, admitido por casi toda la sociedad pero que es alimentado, sostenido, protegido y mejor aprovechado por algún segmento del poder político/partidario. Y la persistencia del flagelo, tanto como el inmenso volumen de dinero que mueve y financia todo lo vendible por fuera de los márgenes legales, permite suponer que “las operaciones” se hallan en conocimiento de quienes debieran velar por la vigencia de la ley y la decencia.
La excusa que desde los planos de gobierno y partidos se esgrime ante la ausencia de una efectiva y real disposición de combatir el contrabando, es que se trata de un “mal necesario”. Que gracias a este –dicen– mucha gente tiene “trabajo” y puede “alimentar a su familia”. Casi con los mismos argumentos, el colombiano Pablo Escobar Gaviría cimentó su imperio del mal; porque sin importar cuáles fueran las mercancías sujetas al tráfico ilegal, todas terminan formando parte del engranaje. Se atraen y se complementan: drogas, armas, trata de mujeres, alcohol, tabaco, automóviles ...lo que sea. La energía que mueve el negocio la constituyen principalmente los miles de ignorantes/miserables que demandan trabajo, o algo con qué o por qué vivir. Hay otros, en menor número aunque de apetencia más calificada: doctos delincuentes de maloliente guante blanco que trafican influencias, distribuyen ganancias, consiguen favores, aseguran la inoperancia o el silencio de un Estado que claudica de sus obligaciones y responsabilidades. Es el fenómeno que distendió los alcances de la ley en Colombia. El que arrinconó la virtud para que todos bailaran la cumbia que tocaba don Pablo.
Hoy en Paraguay, nadie parece atisbar el enorme drama de nuestros compatriotas pobres. Caldo de cultivo para toda la perversión que acecha nuestras vidas. Porque hay paraguayos que no saben que existen hermanos que al despuntar el alba, deben enfrentarse a la dura misión de sobrevivir. Que se plantean la misma tarea que miles de años atrás empujaba a los seres humanos fuera de las cavernas para sus jornadas de caza, caminando kilómetros para encontrar animales o hierbas, frutos o raíces, con qué escapar del hambre. Como sucede hoy en los semáforos, entre cartones y basura; o en las villas donde reina el “paco” y se desenfrena la violencia. Esa es la vida que sufren cerca de DOS MILLONES de seres humanos, hermanos nuestros, sumidos en la desesperanza y a merced de quien le ofrezca algo más que nada. ¿Podríamos hablar con ellos de democracia? ¿de valores? ¿de responsabilidad social?... ¿de patriotismo? ¡Por favor! Nos consolamos al pensar que existe el Estado. Ellos saben que no. Creemos que están las instituciones, autoridades, funcionarios que tienen la responsabilidad de velar por ellos. Ellos saben que solo son número para las votaciones.
Pero para los militantes partidarios, soberbios e ignorantes, “siempre hubo y habrá pobres”. Para ellos “son un problema sin solución”. Algunos se parapetarán en libretos de cafés para asegurar que no se puede solucionar la pobreza “sin atacar las causas estructurales que la producen”. Mientras todos y ante cada elección, no dejarán de prometer “bienestar y trabajo” simplemente porque la ambigüedad es la constante cuando el pueblo no tiene la posibilidad de elegir o castigar a sus autoridades. Y la ambigüedad y la falta de castigo hacen que sin planes, métodos ni proyectos, el Gobierno regale puestos laborales, instrucción o asistencia sanitaria, en vez de trabajo productivo, educación en valores o salud pública de calidad. No existe en el léxico o propósito de los partidos, la voluntad ni la capacidad de adecuar a la Nación para los desafíos que se ciernen, sombríos, sobre el futuro de sus jóvenes. Es cuando empezamos a borrar la “delgada línea roja” que separa los males necesarios de lo que son, simplemente males. Sepámoslo....
Fuente: ABC Color
www.abc.com.py
Sección OPINIÓN
Martes, 24 de Setiembre de 2013
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