PELIGROSA DISTORSIÓN
Por JORGE RUBIANI
Para gobernar un país hay que hacer lo correcto, virtuoso y útil. En una palabra: lo que se debe; no solo lo que pueda negociarse, resulte popular o convenga a determinado sector. La prioridad para el que gobierna serán siempre los intereses de la Nación, su progreso y la felicidad de su gente. Para identificar estos valores, es imprescindible SABER. No solo el saber que se adquiere con la instrucción y capacidad de discernimiento, sino la sabiduría para intuir, analizar y juzgar adecuadamente (a personas y hechos); y sobre todo conocer “qué puentes quemar y qué puentes cruzar” en procura del éxito de la gestión. De esto deviene la demanda constitucional de la idoneidad. Pero aún idóneo, sabio o capaz, el mandatario debe contar con un carácter en el que, en adecuado equilibrio, reinen firmeza y sensibilidad, sentido de la responsabilidad e infinito coraje. Casi nada ... pero ¡cuántas personas de envidiable currículum defeccionaron miserablemente porque les faltaron agallas para enfrentar las responsabilidades del cargo! ¡Cuántos prefirieron “caer bien” haciendo mal, en vez de hacer lo correcto aún con el riesgo de “caer mal” a algunos! Larochefoucald definía este defecto con la siguiente frase: Nadie merece ser alabado por su bondad si no tiene la fuerza de ser malo. Sin esto, la bondad puede ser únicamente pereza o impotencia de la voluntad.
Es sano presumir que cada gobierno asume con la intención de ser bueno. El que inició su mandato el pasado 15 de agosto no tiene opción: TIENE que serlo, porque ya no hay tiempo para errores. No puede reiterarse en el fracaso. El gabinete que preside el Sr. Horacio Cartes debe plantearse la gestión determinado a hacer lo conveniente y útil –y aún algo más– para salvar al Paraguay. Debe estar profundamente convencido de que no puede volver a claudicar frente a los que a título de “gobernabilidad” plantean –en realidad– un “cogobierno” para medrar a la sombra del poder en procura de sus ventajas, pero sin asumir ni una sola de sus obligaciones. Tampoco debe resignar prestigio frente a los “leales ambiciosos” de siempre; o ante quienes desde los gremios o sindicatos extorsionan por beneficios de sus respectivas cofradías mientras el pueblo no tiene más opción que soportarlos, sin transporte y sin la imprescindible educación para los niños. Este Gobierno debe asumir con la convicción de la luz que llegó la hora del sacrificio y del patriotismo. Valores estos que impulsaron a los padres de la patria a imaginar estados libres con habitantes felices aún sabiendo que grandes masas de desposeídos e ignorantes no estaban plenamente conscientes de la magnitud del cometido. Y aún así se empecinarían –parafraseando a O’Higgins– en que si los pueblos: “...no querían ser libres por su propio esfuerzo, debían ser libres a la fuerza ... porque tenían que ser felices...”.
Y fuimos hasta cierto punto libres aunque la felicidad todavía se torna esquiva.... y su logro se ha vuelto hoy más difícil, porque hay gente que enarbola crespones negros demandando prebendas al Estado o niega la enseñanza a nuestros jóvenes porque les importa un rábano la infelicidad de los demás, siempre y cuando ellos puedan ser felice$.
Hoy se imponen decisiones heroicas y, ante la posibilidad de adoptarlas, en el Parlamento se alega que sería otorgar “poderes especiales” al Ejecutivo. Sin mencionar desde luego que el estamento Legislativo desde hace rato cuenta con poderes especiales. Y prerrogativas e “impunidades” que le permiten hacer prácticamente cualquier cosa, menos el percatarse de que casi el 40% de nuestros compatriotas viven en estado de extrema pobreza (una cifra cercana a los dos millones de paraguayos); que la corrupción carcome el ya raleado prestigio del país y pretendemos que solamente el “libre juego democrático“, el que cada cinco años lanza a unos contra otros, pueda remediar la situación!?!
La sociedad paraguaya debe entender –y comprometerse a hacer entender a los que no quieren o no entienden– que la felicidad que se les negara a nuestros compatriotas del pasado NO FUE producto de los avatares del destino o resultado de un designio divino, sino se debió a la expresa voluntad de personas, grupos o partidos; a la falta de voluntad de otros y a la explícita e irresponsable cobardía de la mayoría. Pareciera que el odio que el vencedor nos inoculara tras la finalización de la Guerra contra la Triple Alianza sigue teniendo vigencia: nos regodeamos en el fracaso y la frustración al punto que nos molesta profundamente que alguien, alguna vez, pueda ponerle fin. Es como si el éxito de uno de nosotros convierta al resto en fracasados.
Fuente: ABC Color
www.abc.com.py
Sección OPINIÓN
Domingo, 08 de Setiembre de 2013
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