¿QUIÉN SALVARÁ A LOS CABALLOS?
Por JORGE RUBIANI
"El Paraguay les debe un monumento a los caballos", afirmaba rotundo un inmigrante ucraniano hace unos años. "El caballo fue nuestro primer tractor, el medio para llevar nuestros productos hasta Encarnación, era transporte escolar y ambulancia .... sin el caballo no hubiéramos podido vivir" –concluía–, mientras su mirada vagaba sobre los campos de trigo en Fram, evocando seguramente las imágenes de sudor y sacrificio en las que los colonos cimentaron su prosperidad de hoy.
¡Cuánta razón! ... y ¡cuánto desdén ahora hacia estos animales de labranza, transporte y compañía que hicieron más que muchos para la sobrevivencia de tanta gente! ¡Criminal indiferencia hacia ellos! Después de siglos sosteniendo el ardor combatiente o las obligaciones cotidianas sobre sus lomos –literalmente– hoy son maltratados de manera cruel e inhumana. La irresponsabilidad de autoridades de todos los niveles y una sociedad displicente condena a los pobres caballos a la diaria tortura de tirar desvencijados carros manejados –en la mayoría de los casos– por menores que no conocen de disposiciones legales ni de consideraciones humanas, ya que son tan explotados e ignorados como el pobre equino. Ya durante la noche, cuando en teoría debiera llegar el momento del descanso, sobre el mismo carro y con el mismo caballo, saldrán los padres o padrinos de los que hacen el "horario diurno" para el siguiente turno de recolección. Al filo de la madrugada, soltarán al pobre animal en cualquier baldío, en los bañados de los arroyos o en algún lugar infecto para que hurgue entre la basura el escuálido alimento que sostendrá su esforzada tarea, apenas un par de horas más tarde.
Lo dicho: una sociedad que se rinde ante los "modernos espejitos" de la era tecnológica; que pretende canjear 200 años de historia por una noche de vy’aguasu, no podría desentrañar –desde luego– las obligaciones que impone la memoria histórica. Memoria sustituida por criterios de humanidad internauta que se conmueve por el sufrimiento de los pandas de la China o la matanza de lobos en Finlandia; manifestando la clásica compasión que agudiza la distancia. Mientras aquí, en nuestras narices, se admite cualquier barbarie "porque los pobres tienen que trabajar" o mientras el problema "no nos afecte, no perjudique el negocio o nuestra tranquilidad".
No en balde, Alexander Humboldt escribió hace casi dos siglos: "El grado de civilización de un pueblo se mide por el trato que da a sus animales". La observación del sabio alemán merece –y requiere– destacarse: Los archivos policiales de la FBI en USA revelan que el que maltrata animales de manera sistemática y reiterada, probablemente maltrata a su familia y es, potencialmente, un criminal. Pero lo más inquietante de estas revelaciones es que el 100% de los asesinos condenados en los Estados Unidos cuenta con antecedentes de maltrato a animales.
Aquí en el Paraguay de nuestros amores, la distensión democrática pareciera autorizar la venganza o el resentimiento cuando las soluciones a los problemas de la ciudadanía no llegan por el camino que debieran. Especialmente cuando la irresponsabilidad de los "responsables" genera más injusticias, descontrol y angustia hacia los estamentos más débiles. En este caso, hacia los pobres y los niños pobres que se ven obligados a conducir un carro cuando no tienen ni la fuerza ni los conocimientos adecuados para ello. De paso, sufre la gente de los barrios, que tiene que soportar los altoparlantes sin ninguna restricción hasta en domingos, feriados y siestas, con enfermos en las casas o con niños durmiendo. Para que finalmente, el desborde alcance al eslabón más débil de la cadena: los caballos. Que sufren sin ninguna consideración los excesos más rigurosos. Ellos, solo piel y cueros, echando espuma por la boca, sin agua, olvidados de todos bajo el tórrido sol de cualquier estación. "De nada vale la ciencia si no se convierte en conciencia", escribió a propósito C. Dossi.
Los animales sufren y tienen miedo. Los caballos talvez más que ninguna otra especie sobreviviente y no merecen tanta crueldad, desdén e indiferencia. Por lo que para salvarlos, debiéramos empezar por adherirnos al pensamiento de grandes hombres que a lo largo de la historia de la humanidad, se manifestaron en favor de ellos. Desde Jesús de Nazareth a Víctor Hugo. Desde Albert Schweitzer a Leonardo Da Vinci. Hace cinco siglos, este último expresó: "Llegará un día en que los hombres conocerán el alma de las bestias y entonces matar a un animal será considerado un delito como matar un hombre. Ese día la civilización habrá avanzado".
Fuente: ABC Color
www.abc.com.py
Sección OPINIÓN
Domingo, 05 de Febrero de 2012
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