ANECDOTARIO – TOMO I
“HISTORIAS SECRETAS DEL PARAGUAY”.
Por JORGE RUBIANI
Dos volúmenes, editado por diario ABC en formato fascículo.
SENTENCIADO POR ROBO, CONDENADO AL DESCUARTIZAMIENTO.
'..¿Cuál es la situación de la provincia del Paraguay?
La pobreza excita la compasión.
Mas de cincuenta mil almas viven en una indigencia total, dispersas en las selvas,
sufriendo con paciencia los efectos terribles de la desnudez, y de la miseria.
Ni las angustias que ocasionaran la competencia comercial de los jesuitas a la provincia, ahogó en el pueblo la devoción a la fe católica. La iglesia seguía siendo refugio de los perseguidos, amparo contra las injusticias y apelación última ante las calamidades ocasionadas por la naturaleza ... o los naturales. Cualquier atentado contra aquella, se consideraba hecho contra la comunidad. Fueron -tal vez- algunas de las razones por las que un robo perpetrado en la antigua iglesia de La Encarnación, hacia finales del siglo XVIII, movilizó a todo el pueblo para su esclarecimiento.
Había comenzado 1791 y gobernaba la provincia, Joaquín de Alós y Bru. Ya los efluvios de las fiestas de fin de año quedaron atrás y se había iniciado el carnaval. En los aprestos para la primera misa de un caluroso lunes, el párroco notó que "...el copón de plata con su ciborio de oro" habían desaparecido (*).
El oficio fue suspendido y aun con los feligreses reunidos en el templo, la voz de alarma que se extendió por todo el poblado, también cruzó rauda la plaza mayor para llegar al Cabildo. El regidor Fermín de Arredondo Lobatón y Argaña, pasmado como todos ante el sacrilegio (los datos proveídos parecían confirmar que se trataba de un robo) recogió la denuncia e inició las investigaciones. El hecho no dejaba de constituir una desgracia mas, de las peores que habían sobrevenido a la provincia.
Promediando el día, ya toda la población hablaba de aquella nueva tragedia y se tejía todo tipo de suposiciones, se planteaban hipótesis y las mas descabelladas teorías presidían reuniones, mesas familiares y rondas de mate; mientras los hombres de Arredondo indagaban "pacientemente en pulperías, comercios y casas de empeño". La excitación subió de punto cuando al día siguiente, "una vecina de Paso Ykua ñu, en los aledaños del centro", comunicó haber encontrado en el sitio "dos hostias".
El "cuerpo de cristo" desparramado por el suelo -especulaban los asuncenos- era la indicación mas clara que el autor del ilícito sería un hereje de la peor especie, digno de la hoguera ...
Pero sin otro dato a la vista y vigente el misterio, las cofradías religiosas comenzaron a realizar "actos de desagravio al Santísimo" hasta que nueve días después del robo, "...un tal José María Fello informó haber recibido en prenda, de manos de un mozalbete (...) una pequeña barrita de oro". Ubicado este sujeto, fue apresado inmediatamente.
Se trataba de un muchacho de 18 años, de nombre Pedro Regalado Jara, "platero de oficio y de vida disipada". Indagado sobre el origen de la barrita de oro, dijo que lo había sacado de su taller de platería apremiado por deudas de dinero. Cuando la policía registró sus ropas, encontró en uno de los bolsillos de Jara, "la abollada tapa de plata del copón". Sin inmutarse, el sospechoso explicó que lo había encontrado "en el camino a Ykua ñu el día anterior y la conservaba ignorando su origen". Por lo demás, siguió negando enfáticamente que fuera el autor del sacrilegio.
Con las evidencias halladas, aunque confrontadas éstas a la tenaz negativa del detenido, las autoridades iniciaron la reglamentaria gestión ante la Real Audiencia de Buenos Aires para obtener una sentencia de tortura, a los efectos de dar por concluida la investigación y conocer -de una vez por todas- la verdad. Esta sentencia fue firmada el 18 de Octubre de 1791 y protocolizada en Asunción exactamente un año después de cometido el robo a la iglesia, en enero del año siguiente. La decisión fue comunicada al reo y "....sólo entonces"
-dice la crónica- "confesó Jara su delito".
Sometido a interrogatorio, el ladrón hizo la señal de la cruz y anticipó que siempre había querido decir la verdad "como verdadero cristiano, y si antes la negó fue por la mucha vergüenza y rubor que sentía". La pormenorizada declaración posterior, incluyó motivos para el robo, explicaciones de cómo ingresó al templo, los medios que usó para abrir el sagrario e incluso mencionó que se había comido las hostias del copón para dirigirse mas tarde "al montecillo del paso que llaman Ykua ñu" donde enterró los objetos robados. Cuando sus interlocutores le increparon sobre la razón de haberse encontrado las hostias desparramadas en ese lugar, Jara contestó que tal vez se habían adherido al fondo del copón y él no lo había notado "por haber sido la noche oscura y lóbrega".
Finalmente declaró que luego de este operativo, "pasó a casa de Tomás Rojas a divertirse en el velorio de una criatura que allí se celebró", para retirarse posteriormente a dormir. Se extendió en los detalles de la fundición de lo robado pero negó que alguno de sus compañeros de parranda -en aquella noche fatídica estuvo bebiendo con dos de ellos- estuviesen involucrados en el robo.
El acta de declaración terminó con la siguiente observación del magistrado: "...que el reo ha dado la declaración precedente por sólo efecto de su voluntad, sin fríos de importunas presunciones ni la mas leve coacción". Pero a Jara no le serviría de nada esta voluntaria disposición a la verdad. Fue condenado a muerte por descuartizamiento. Su asesor letrado, defensor de reos pobres, pidió clemencia alegando "su confesión calificada, el atenuante de ebriedad, la minoridad del reo y la potestad judicial de conmutar la pena legal prevista".
Pero en espera de los resultados de esta apelación, Jara intentó fugarse de la prisión. Compartía un "sombrío calabozo" con dos indígenas, Crisanto e Inocencio, y se había hecho de una lima que "el tambor Lorenzo" le alcanzó fuera de la vista de los guardias. Durante el día, Jara y Crisanto limaban pacientemente sus hierros -tenían grillos remachados en sus tobillos y una pesada cadena en el cuello- y cavaban por las noches "un túnel de escape".
Pero ya liberados de sus grillos y cadenas, y a punto de que el túnel los dejara fuera de los límites de la prisión, los denunció Inocencio, el otro compañero de calabozo.
La crónica no dice mas. Aunque es fácil presumir que con este agravante y la sensibilidad del pueblo por lo sucedido, la pena de muerte por descuartizamiento del ladrón de iglesias, Pedro Regalado Jara, habría sido cumplida de inmediato.
* Ciborio, de acuerdo a la definición del diccionario era "una copa usada por griegos y romanos para beber". Una segunda acepción lo sindica como "baldaquino que corona un altar, o tabernáculo en los antiguos templos cristianos". Y éste útimo sería una especie de dosel o palio hecho de tela de seda para cubrir el altar
ANÉCDOTAS DE LA TRIPLE ALIANZA: 'LOS NIÑOS DE LA GUERRA...'
Los niños paraguayos fueron forzosos protagonistas de la Guerra de la Triple Alianza.
Obreros o agricultores de la retaguardia, combatientes en el frente,
huérfanos de padre y hermanos mayores, acompañantes de madres
y hermanas en los campamentos militares
Los que fueron absueltos de este calvario y engrosaron los contingentes de prisioneros o derivaron en ”protegidos” de las fuerzas de la Alianza, no lo pasaron mejor. Cientos de ellos -o miles según afirman otros- eran llevados entre otros objetos de ”mayor valor” en los buques que abandonaban Asunción. Soldados y oficiales de la alianza en uso de las ”atribuciones” auto concedidas como ejército vencedor, los tomaban de cualquier rincón en los que se hubieran retirado para sufrir o morir.
Algunos soldados del ejército brasileño ni se molestaron con tanta complicación; pues si los niños recogidos de aquellos campos de muerte tenían parientes, mejor. En este caso, extorsionaban a los ya empobrecidos deudos reclamando algún rescate. Muchas familias paraguayas fueron víctimas de estos abusos y el hecho es tan real que lo denunciaron incluso los paraguayos que ingresaron a Asunción con las huestes de la Alianza, como fue el caso de Héctor Francisco Decoud (Ver el libro de su autoría: “Sobre los escombros de la Guerra. Una década de vida nacional. 1869/1880).
Pocos de estos infantes tuvieron el sosiego que otorgara la protección de algún alma caritativa.
La experiencia de Rosa Cándida Acosta Vázquez fue distinta. Aunque inicialmente tuvo todos los ingredientes sufridos por otros padres que ya no pudieron volver a reunirse con sus hijos, la de ella tuvo un final feliz. No solo porque encontró al suyo luego de tres años de haberlo perdido, sino porque además se unió en matrimonio con un marino portugués, comandante de una de las naves en la que la atribulada madre se embarcara en su largo peregrinar.
Antes de la contienda, Rosa Cándida vivía “en el barrio de la Catedral” de Asunción. Entonces, nada parecía amenazar la tranquila y larga siesta del Paraguay. Pero no tardó en concretarse el proyecto de dar al traste con su independencia y sus sueños de grandeza. Con las acciones militares ya en curso, el nombre de Rosa, junto al de su madre Dolores Vázquez de Acosta y sus hermanas Basilisia, Cecilia, Balbina y Valeriana, aparecían en los libros que registraron los aportes de las damas paraguayas ”para el sostenimiento de la guerra”. Los donativos de la familia Acosta/Vázquez consistieron en “dos rosarios y una cadena de oro”.
Caída la defensa de Humaitá, en los primeros meses de 1868 algunos buques brasileños se acercaron a Asunción. Uno de los dos hijos de Rosa, Adolfo, de cinco años de edad, se encontraba casualmente en el puerto a bordo de un buque de la armada paraguaya.
Las pocas embarcaciones surtas allí, con “los fuegos permanentemente encendidos” debido al estrecho cerco que la escuadra enemiga había puesto a la capital, no tardaron en darse a una precipitada fuga hacia el norte. Sin tiempo para siquiera un aviso, Adolfo iniciaba su largo e intrincado itinerario mientras Rosa, ignorante de todo aunque por el mismo motivo y con la misma urgencia que embarcaron a su hijo, acompañaba el éxodo de la población asuncena hacia Luque.
Hijo y madre se buscarían por largo tiempo hasta que expatriado el pequeño, Rosa extendió sus afanes hacia la Argentina y el Brasil, luego de recorrer todo el territorio del Paraguay durante tres largos años.
Ya muchacho, Adolfo delataría sus peripecias. De su relato -rico en detalles y del que puede colegirse la común experiencia que habrían pasado tantos niños- resaltan sin embargo, algunas confusiones. Tanto en la cronología de los hechos que presenció, o de los que fue protagonista; como en las inexactas menciones que, talvez, fueran consecuencia del tiempo transcurrido y de las mismas dificultades del idioma (Adolfo ya no usaba el castellano cuando fue requerido sobre estas experiencias, pues vivía desde hacía mucho tiempo en el Brasil):
“Tenía cinco años de edad cuando me perdí en el puerto de Asunción” contaba Adolfo refiriéndose a los hechos que lo tuvieron de protagonista, y aclara: ”… me perdí de mi padre y de mi madre” aunque no sabía que ya entonces su progenitor había fallecido.
”Cuando llegaron las fuerzas brasileras a Piribebuy” -continúa- “yo me encontraba con la fuerza paraguaya en ese lugar, y cuando el asalto a la plaza estaba escondido en los montes con otro muchacho de 18 años. Sufrimos hambre, y sed y frío. Se hincharon mis pies de tanto caminar, así como también mis brazos.
Durante el combate, que fue tan horroroso, me sostenía del brazo de un soldado, y me sentía feliz cuando me escapé”. Adolfo no se refería a la felicidad de escapar del brazo protector que lo sostenía sino el de haber escapado de aquel lugar; de salir con vida de aquel infierno.
“Anduvimos durante tres días en el monte escondidos (…) y después las fuerzas brasileras se llevaron preso a mi compañero”. No aclara si se trataba del mismo compañero con el que presenció el ataque a Piribebuy, o del soldado que lo sostuvo durante el combate; u otro distinto, el que, según explica Adolfo ”… había sido camarada de mi padre, me dijo que cuando se escapase de su prisión, se encargaría de avisar a mi madre, caso que ella existiese todavía. Felizmente mi madre aun existía y cuando el prisionero se escapó como había sido su propósito, pudo llegar hasta ella y contarle en que paraje me abandonó, todos los trabajos que habíamos sufrido y que yo había quedado solito”.
Debe tenerse en cuenta que Adolfo no sólo tenía que lidiar con la falta de todo y la soledad, sino que además, sus eventuales interlocutores lo enfrentaban -con toda crudeza- a la cercana posibilidad de encontrarse sólo en el mundo, en el ”esplendor” de sus cinco años.
La experiencia del niño, demostraba también que los fugitivos podían pasar alternativamente del poder de unas fuerzas, a las enemigas. Fue así que en un tramo de aquel incierto trayecto se vio en manos de soldados brasileños: ”…Yo seguí detrás de ellos con otros muchachos también perdidos” -explicaba- “y tal era nuestra hambre que ya no podíamos sufrir, y cuando los soldados comían íbamos a pedirles que nos dieran un pedazo de maíz con fariña para comer y esos cariñosos soldados nos daban un bocado de fariña con azúcar”.
En esta parte del relato, sorpresivamente, Adolfo se refiere nuevamente bajo la protección de soldados paraguayos. Contaba que encontró a un soldado compatriota, inválido, y que -además- conocía a sus padres. Que este soldado le llevó “a la casa de su familia; pero ellos tampoco tenían que comer, pues no contaban sino con una triste plantación de maíz, y con ella nos alimentábamos hasta que entró la fuerza brasileña y nos vino a robar las plantas que tenía y nos acabó el alimento”.
Desprovista aquella familia de sus recursos de alimentación, el niño fue entregado a “un jefe paraguayo” que tenía a otros niños perdidos en su casa. De este lugar pasó a manos de “una señora”, la que informó a aquel oficial, que “conocía al padre y a la madre del niño”. Adolfo pasó a vivir entonces con aquella señora, la que también tenía otros hijos en la casa, todos heridos, además del problema común de carecer de medios para alimentarse.
Entonces “volvimos a tener hambre”, contaba el niño. ”Frente a la casa de la señora acamparon las fuerzas brasileras, a quienes nosotros íbamos a pedir que comer y nos daban un poco de fariña. Un oficial del batallón, que se llamaba teniente Vianna, se compadeció de mi y me dijo si yo no quería ir con él. Le contesté que si y entonces fue a pedir por mi a la señora, quien me entregó al oficial que me cuidó muy bien, habiendo marchado con ellos hasta un paraje llamado Panadero”.
Pero ante una misión encomendada a este oficial para “bajar hasta Asunción”, no quiso traer a Adolfo con él y se lo entregó a un camarada de apellido Mallagueta.
Entretanto, Rosa había recorrido todos los confines del Paraguay. Atravesó “los campos cubiertos aun de cadáveres (…) cruzó los montes de Caraguatay, espesos y desiertos” llegando hasta junto “a los indios salvajes” en procura de alguna noticia. Caminaba entre 10 y 12 leguas por día, agotando cada indicio, verificando cada información que le daban sobre el posible destino de Adolfo.
En una ocasión, y accidentalmente en Asunción entre un recorrido y otro, supo que el teniente Vianna, conocedor del paradero de su hijo, se encontraba en la capital. Contactó con él y combinaron se encontrarían al día siguiente en el puerto para regresar juntos hasta Panadero. Pero por “exigencias del servicio”, el oficial brasileño viajó antes en una embarcación distinta a la que había anunciado , sin esperar a Rosa. Sin amilanarse, ella abordó la siguiente nave hacia Rosario siguiendo los pasos de Vianna. Pero el oficial tampoco fue ubicado en aquel paraje. En cambio, Rosa encontró a Mallagueta, de quien también había oído hablar. Este oficial le informó que Adolfo venía con él desde Panadero pero que no había resistido la marcha y le abandonó a la vera del camino, junto a unos troncos de madera.
En Rosario, Rosa también encontró a Cándido Bareiro, su primo hermano y quien sería presidente de la República entre 1878 y 1880. Juntos plantearon la situación al Conde D’Eu, comandante entonces de las fuerzas de la Alianza y quien dispuso el envío de circulares a todas las unidades operando en el Paraguay, en procura del pequeño. Pero sólo consiguieron tener noticias de un niño también llamado Adolfo, pero era negro.
Rosa volvería a Asunción mas acongojada que nunca, pero sin renunciar a la búsqueda. Desde la capital solicitó informes a prácticamente todas las ciudades del litoral, desde la capital hacia el sur. Mientras, buscaba consuelo en el auxilio a otros niños y mendigos que congestionaban las calles de la ciudad. Pretendía que mientras ella diera de comer a otros necesitados, a su hijo no le faltaría un mendrugo de pan que llevar a la boca.
Rosa ”…se sentaba en la mesa rodeada de mendigos y se levantaba muchas veces sin comer, porque la comida apenas alcanzaba para los pobres”. También pedía a sus humildes comensales que “rogasen a Dios y a la María Santísima” para que ”alguna vez” pudiese encontrar a Adolfo.
En su desesperación y ya sin recursos, y consecuentemente sin nada que ofrecer a sus protegidos, se puso de rodillas para hacer ”una promesa a la virgen” a cambio de recibir algún indicio de la existencia de su hijo: ”un retrato, una carta que le diese a conocer su paradero”. Y también le pedía que si no le fuera concedida la gracia de encontrar a su hijo, que ”él cayese, por fin, en poder de una persona bien intencionada que hubiese de conducirle por la senda del bien”.
Adolfo vivía … pero se encontraba ya muy lejos. Postrado sobre los troncos donde había sido abandonado por Mallagueta, fue asistido y recogido por otro oficial brasileño, “que resultó ser el capitán ayudante del general Osorio”. Mientras se sucedían los desencuentros de Rosa, Vianna y Mallagueta, entre Asunción, Rosario y Panadero, aquel oficial se había llevado al niño a la ciudad de Pelotas, en el sur del Brasil.
Habían pasado cerca de tres años desde el extravío del niño cuando -por casualidad- el sirviente de un oficial brasileño “barriendo el cuarto de su patrón”, dio con una serie de papeles que se habían mantenido intactos de otros –“sin dueño conocido”- y provenientes de los cuarteles del Imperio. Entre aquellos documentos, se hallaba una carta que mencionaba el destino de Adolfo. El mismo sobre contenía un retrato del pequeño ya con 8 años de edad.
Sabiendo aquel sirviente el drama de muchas familias que buscaban a sus hijos perdidos, mostró el retrato a algunos conocidos que reconocieron a Adolfo. Pero el oficial brasileño no quería que la carta se divulgase porque “venía dirigida a un general brasileño”. El remitente era el ayudante que había recogido a Adolfo y para entonces ya residía en su Pelotas natal. Su nombre: José Simeón Torres.
Sin atender las indicaciones de su patrón, el sirviente llevó el sobre a Rosa. Ésta no reconoció de inmediato a su hijo pero la carta era un reclamo de un niño perdido, con una relación completa de los nombres familiares: el de sus padres y el de un hermano llamado Honorio. Rosa ya no tuvo dudas. Corrió a buscar la imagen de la Concepción y con ella en brazos, reiteró su promesa de pagarle el favor con la corona de plata y la construcción del oratorio. Alquiló la casa que poseía con un pago adelantado de cinco años de renta, y una vez cumplido el compromiso con la virgen, se puso en marcha hacia Pelotas.
Llegada al puerto mas cercano en Río Grande do Sul, envió un telegrama a la dirección que aparecía en la carta, anunciando su visita. La emoción de su arribo fue indescriptible. La familia de Torres en pleno, junto a Adolfo la esperaban en la puerta. Rosa recién reconoció a su hijo cuando le palpó cicatriz que el pequeño tenía en la cabeza.
”De la fuerte emoción” -retoma el relato Adolfo- “mi madre guardó cama durante cinco días, y yo no me apartaba de ella ni un instante, y lloraba si se me quería separar, porque me parecía que sólo a ella no iba a perderla otra vez”.
En el trayecto hacía Río Grande, desde Buenos Aires hacia el Brasil, Rosa viajó en un paquete cuyo comandante, Joaquim Da Rocha Pinto de Mattos, fue ”hondamente impactado por el relato y la actitud de aquella mujer joven, bien parecida” que con tanta tenacidad, valor y profundo amor de madre había comprometido la vida buscando a su hijo.
Dio la casualidad que el regreso de Rosa hacia Asunción, con su hijo fuertemente asido a sus manos, se produjo en la misma nave de Joaquim, en el tramo de Río Grande hasta Buenos Aires.
Ya en Asunción Rosa recibiría numerosas cartas del marino hasta que en una de las últimas, éste le propuso matrimonio. El casamiento se realizó en la Iglesia Matriz de San Pedro de la ciudad de Río Grande, el 21 de Diciembre de 1872. De esa ciudad, la mas que feliz pareja y los dos hijos de Rosa viajaron a Lisboa en viaje de bodas. Además de cumplimentar con la luna de miel, Joaquim llevaba a su esposa paraguaya a presentar a sus familiares en Portugal.
Permanecieron en ese país un año. Adolfo y Honorio, que al final resultaron los únicos hijos de la pareja, prolongaron su estadía por otros seis años para completar sus primeros estudios. Pero permanecieron fieles al apellido materno. A su vuelta de Lisboa y fallecido el padrastro en 1885, fundaron una casa comercial instalada en Río de Janeiro, calle Carioca Nº 28, ”…con la denominación Acosta Hermanos”.
Jorge Rubiani
Fuente:
http://www.jorgerubiani.com.py
(Enlace externo actualizado a Julio 2012)
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