JUNCU’CLAI Y JIVECLÁ , MISCHA’ACHEI
y EL TIGRE QUE QUISO VOLAR
Cuento de LENI PANE DE PÉREZ-MARICEVICH
LENI PANE DE PÉREZ-MARICEVICH (Asunción, 1946)
Docente, investigadora, periodista y escritora. Licenciada en Filosofía, doctorada en Ciencias de la educación y especializada en Antropología de la Educación, LENI PANE DE PÉREZ,-MARICEVICH es conocida por su liderazgo en áreas de índole socio-cultural-gremial y su promoción de proyectos para el desarrollo socio-económico de comunidades indígenas, tema de investigación de su tesis doctoral. Ex directora de la Biblioteca Nacional y presidenta del Consejo del Instituto Paraguayo del indígena, es autora de un libro ensayístico, EL CONTROL EN LA DEMOCRACIA (1999), y de varios en co-autoría, entre ellos: EL MENSAJE EN LAS CULTURAS INDÍGENAS(con su esposo, el escritor y crítico FRANCISCO PÉREZ-MARICEVICH) (1981) y CARTILLA DEL CIUDADANO(con ALAIDA GONZÁLEZ AMMATUNA) (1997). De carácter más literario son sus libros SIETE CUENTOS NIVACLÉ (1981) y TODOS LOS DÍAS LA VIDA(1993). Tiene además cuentos con otros autores en LOS FUEGOS DE LA NOCHE(1983). De más reciente aparición son ÁLBUM FAMILIAR (2004; poemas) y LOS PARAGUAYISMOS (EL ESPAÑOL EN EL HABLA DEL PARAGUAY) (2005).
JUNCU'CLAI Y JIVECLÁ
Hace mucho tiempo, el hombre y los demás seres de la naturaleza vivían tan en armonía que hablaban el mismo idioma y habitaban todos un mismo mundo.
Sucedió que un mozo, inteligente y gran cazador, se enamoró de la hija de Juncu'clai (el Sol). Era ella una linda muchacha de ojos brillantes, tez resplandeciente y lacia y negra cabellera.
-Eres bella- le decía el mozo-y quiero casarme contigo.
-Mi padre lo permitirá si le demuestras que eres el mejor de los cazadores.
Al día siguiente el mozo tomó el arco y sus flechas y fue a cazar venados.
Como en el monte había muchos animales no le costó trabajo cazar un par de ellos, que llevó atados a regalarlos a Juncu'clai.
Juncu'clai agradeció el regalo y ordenó asarlos inmediatamente, pues tenía hambre y quería comerlos.
-Muy bueno, muy bueno -comentaba Juncu'clai mientras engullía con avidez la carne asada, ante la mirada expectante de la pareja. Cuando terminó de comerse todo, el mozo le preguntó:
-¿Puedo casarme con su hija?
Juncu'clai pensó: "si tengo un yerno cazador, podré comer todos los días animales asados. Si le digo que no, se irá y no volverá".
Así, pues, teniendo en cuenta estas consideraciones, dio su consentimiento.
Realizada la unión, la pareja amaneció en su choza. La joven esposa despertó al marido y le dijo:
-Ve a cazar dos animales pata m¡ padre, pues él puede enojarse si no tiene qué comer, y puede matarte.
Salió el mozo a cazar y trajo dos jabalíes.
Juncu'clai, que estaba ya esperándolo, salió a recibirlo, recogió los animales, los asó y se los comió con ganas.
Pasaron los días, y estos eran todos iguales: el mozo cazando y Juncu'clai comiendo. De manera que la caza disminuyó en ese paraje, y el mozo cada vez tenía que ir más lejos para calmar la infinita hambre de su suegro Juncu'clai. Al año no quedaban más animales que cazar. Los venados, los jabalíes y demás animales, habían sido devorados por el Sol, quien cada día estaba más gordo. Solo quedaba la tortuga, y cuando ésta fue cazada y devorada, el mozo se desesperó:
-¡Qué haré! -se decía-. No hallo animal alguno y mi mujer me ha advertido que no llegue a casa sin nada, pues mi suegro me matará. Mejor me refugiaré bajo la sombra de los árboles, mientras pienso alguna solución.
Buscó, pues, refugio bajo la sombra de los árboles y se quedó dormido.
Entretanto, el Sol, que ya había realizado la mitad de su jornada, sentía hambre y miraba anhelante el horizonte, esperando ver llegar a su yerno con la ansiada caza. Pero el yerno no llegó, y Juncu'clai, enojado, encendió sus más fuertes rayos castigando a la naturaleza y a los hombres con su enojo.
Estuvo el mozo durmiendo todo el día bajo la arboleda, que le protegió del enojo del Sol. Cuando despertó era de noche.
-No puedo volver, mi suegro me matará. Debo buscar refugio en algún lado, pero ¿dónde? -pensó. En eso levantó la vista y vio a Jiveclá, la Luna, que plácidamente se paseaba por el firmamento.
-Iré a él -se dijo-. Tal vez me proteja.
Caminó toda la noche y al amanecer llegó a la casa de Jiveclá. Salió a recibirlo la hija de Luna, quien era tan bella como la hija del Sol.
-Busco asilo -dijo el mozo.
-Aquí lo encontrarás, pero antes debes decirle a mi padre porqué has ven ido.
Encontróse el mozo frente a un hombre de plateadas y brillantes sienes. Díjole el mozo:
-Soy el yerno de Juncu'clai a quien le servía todos los días animales de caza para saciar su apetito. Pero hoy se han terminado todos, y mi mujer me ha dicho que no vuelva a la casa si no hallo animal alguno, pues el Sol me matará.
Quédate aquí -dijo Jiveclá : mi hermano es así.
Jiveclá era el hermano menor de Juncu'clai. Quedóse el mozo y, a poco, casóse con la hija menor de Luna.
El mozo salía a cazar todos los días, y traía uno o dos venados, pero como Luna no era un señor hambriento como el Sol, pronto la despensa estuvo llena de carne seca, y alguien se lo contó al Sol.
Juncu'clai, que estaba hambriento desde la ida del mozo, decidió hacer una visita a su hermano.
Como los movimientos del Sol no pueden pasar desapercibidos, pronto se enteró Luna de que su hermano iba camino de su casa. Así que alertó a su hija para que escondiese a su marido, el mozo cazador.
Cuando llegó el Sol, Jiveclá lo invitó a comer. Saciada su hambre, Juncu'clai preguntó a su hermano:
-¿Está el mozo cazador aquí?
-No, no está aquí, no lo hemos visto-mintió Jiveclá.
Enojóse entonces el Sol y destellando fuerza y calor dijo a su hermano:
-Me voy y nunca más volveré aunque deba morir de hambre, pero así también si alguna vez te encuentro en mi camino te quemaré hasta consumirte.
Reaccionó Luna, que se sintió amenazado en su propia casa, y le contestó:
-Tampoco tú te pongas en mi camino, nunca, porque si así sucede lloveré sobre ti agua y heladas y te mataré de frío.
Salió Juncu'clai de la morada de su hermano Jiveclá, y desde ese día sus cursos han variado, por temor de la mutua amenaza: los hombres ya no hablan el mismo idioma que los elementos, y si alguna vez se acercan un poco uno al otro Juncu'clai y Jiveclá, en el curso de su infinito rodar, se oscurece el cielo, los habitantes del espacio se aprestan a la guerra, y los de la tierra miran temerosos hacia arriba esperando la victoria de uno de ellos o la llegada ele otro mozo cazador que, como aquél, sea inteligente, bello y valiente, y desenoje a los hermanos Juncu'clai y Jiveclá.
MISCHA'A CHEI
La lluvia se abatía sobre las casas en las que sólo brillaba la luz de los fogones
En una de ellas y acompañado por el monótono caer de las gotas, un hombre componía su arco, y soñaba con cacería brava y batallas victoriosas.
Era de tez morena y áspera, con las piernas demasiado cortas para unosbrazos desmesuradamente largos, unas manos poco hábiles para el arco, y unos pies también muy grandes que no le hacían agraciado a los ojos de las mujeres. No era alto, pero sí fuerte. Era también muy tímido.
Las mujeres le rehuían por ello, y como la naturaleza no le había dotado de gracias ni habilidades, él se encerraba cada vez más en su timidez.
La noche era su amiga y la sombra su refugio.
En la edad de Pash'e se hacía más lacerante en esa noche lluviosa. Por eso cuando la lluvia cesó, el hombre salió de la choza. Ante su vista se extendía el cielo límpido, claro y brillante. Millares de estrellas destellaban en lo alto. Admiróse el hombre y fijó la vista en su preferida y suspiró.
Se tendió en la hierba húmeda y mirando fijamente a dos estrellitas, las Géminis, se dijo para sí:
-Si Mischa'achei fuese mujer, me casaría con ella.
El día se anunciaba hermoso. A la alborada había sucedido una tenue brisa que presagiaba alegría en la gente. Era día de carreras. Todos los mozosde la aldea debían participar y todas las mozas estarían allí para admirar al vencedor. Pash'e también iba a participar.
Un hombre dio las explicaciones de rigor. Irían por el camino de los algarrobos, para volver por el que bordea la laguna.
Se dio la orden de largada. Pash'e, con sus pies demasiado grandes y sus piernas demasiado cortas, pronto quedó atrás, y tan rezagado quedo. que se perdió en el camino. Dándose cuenta de que estaba extraviado, empezóa caminar cavilando cómo llegaría hasta la aldea. Tan ensimismadosen sus pensamientos que no se percató de que se hallaba pisando un esquinar, hasta que una enorme espina se le entró en los pies produciéndole un dolor tan agudo que tuvo que sentarse. Trató de extraerla y no lo pudo. Procuró una y otra vez, pero siempre en vano.
Ya desesperaba Pash'e cuando escuchó unas pisadas. Pensó entonces que serían de algún otro compañero de carrera que había errado el camino, pero se sorprendió muchísimo al encontrarse con una bellísima y radiante joven que, sonriendo, se le acercaba:
-¿Qué te pasa que te ves tan afligido?-le dijo.
-Me he clavado una espina en el pie y no puedo arrancármela-dijo Pash'e.
--Yo te la sacaré --dijo la joven-, Muéstramela.
Pash'e muestra la planta del pie en la que, como una aguja, estaba hundida la espina hiriendo la carne.
La, joven, que era una aparición celestial y que a propósito había puesto esa espina en el camino de Pash'e, pasó su mano sobre el dolorido pie y la espina se desprendió fácilmente. Se admiró el joven y preguntó:
-¿Quién eres? ¿De dónde vienes?
-¿No me reconoces?-dijo la joven--. Tú me llamaste.
Yo no pude llamarte, porque no te conozco dijo Pash'e.
-Sí, tú me llamaste a la noche después de la lluvia. "Si fuera mujer la estrella me casaría con ella", dijiste.
-¡Mischa'achei! --exclamó Pash'e.
-Sí -dijo la.joven-, y he venido para llevarte conmigo, allá arriba.
-No puedo dijo Pash'e-, no tengo ni armas ni vestido, ni adornos.
-No importa, yo te daré todo. Vámonos. Tengo un caballo esperándonos.
Y como era tímido y la joven hermosa, no se resistió. Durante el trayecto le advirtió la joven:
-Cuando lleguemos a la aldea, vendrá a saludarte mucha gente, uno de ellos es el principal, él te dirá: "Bienvenido" y tú no debes contestarle, solamente bajar la cabeza, parque si no te matará. Por tres veces te dirá lo mismo, y tres veces harás el mismo ademán la cuarta vez sí debes saludarlo.
La aldea de Mischa'achei era grande, pero diferente de lo que Pash'e conocía. Casi todos sus habitantes eran aves de extrañas formas y bellas.
Casóse Pash'e con Mischa'achei y un día quiso ir a cazar alguna presa para su mujer. Tomó el arco y la flecha, que Mischa'achei le había dado, y llegó a una laguna. Vio en ella un pato; lo apuntó con la flecha y dio en el blanco, pero quedó muy asombrado al oír que el pato, al sentirse herido, empezó a gritar como un ser humano. Y es que allí en la aldea de Mischa'achei los hombres eran como pájaros, como pájaros los hombres y las mujeres jóvenes, estrellas.
Pasó el tiempo y tuvieron hijos. Mischa'achei cuidaba de su marido y Pash'e se sentía feliz. Hasta que un día llegó a la aldea Jutsaj (el carancho), quien pidió permiso a Pash'e para comer maíz. Concedióle el hombre. Mientras el pájaro se hallaba en este menester, le comentó:
-He visto a tu madre muchas veces llorar y suspirar por ti.
Acordóse entonces el hombre de su madre y se entristeció. Se entristeció tanto que deseó volver. Le pidió a Mischa'achei que le llevase a visitar a su madre, pero la mujer pensó que, si Pash'e iba, ya no volvería. Y se negó. Así que cuando volvió el Carancho, el hombre le pidió que le llevase junto a SU madre, pero al subirse sobre el lomo de Jutsaj sintió un terrible miedo y se bajó.
Su tristeza iba en aumento, y a medida que crecía, Pash'e iba perdiendo el miedo de viajar sobre el lomo de Jutsaj, pero el carancho no apareció.
Y fue así que, cuando llegó a la aldea celestial otro pájaro, el Yit'a, el hombre le pidió que lo llevase sobre sus hombros hasta la casa de su madre. Subióse sobre el Yit’a, pero éste, que sólo planea y se apoya, no en la tierra, sino sobre las ramas de los árboles, al llegar a una laguna cercana a la choza de la aldea de la madre de Pasch'e, le instó a que saltase, pero Pash' tuvo miedo. Volvió a subir Yit'a y volando sobre la laguna le volvió a instar al hombre que saltase, y de nuevo tuvo miedo. Después de varios intentos Pash'e saltó, pero con tan mala suerte que se ahogó.
Esa noche, los habitantes de la aldea vieron, admirados, cómo caía una lluvia de resplandores sobre la tierra. Era Mischa'achei que lloraba la muerte de Pasch'e.
EL TIGRE QUE QUISO VOLAR
Un tigre habitaba en lo más espeso del monte.
Hermoso y fiero, temido y admirado era el señor. Se sentía feliz dentro de su piel lustrosa, con sus ojos rasgados y sus afiladas uñas. El Creador le había dotado, además, de sagacidad, fino instinto y Ferocidad implacable. ¿Qué más podría desear?
Paseaba una mañana por sus vastos dominios cuando vio a lo lejos moverse la copa de un árbol. Era el único árbol que se movía, y ni siquiera soplaba la más leve brisa. Extrañado pensó para sí: ¿Quién será el individuo que mueve el árbol? E impelido por la curiosidad, se dirigió hacia él. Se sorprendió en extremo al encontrare con el Jump'uvaay, un pequeño pajarito que se divertía jugando. Este volaba hasta la copa del árbol, y desde allí descendía en veloz vuelo. Lo hacía una y otra vez, con alegría contagiante.
-¿Qué haces?-le preguntó el tigre, Yiyööj.
-¿No ves?.Juego con el árbol -replicó el Jump'uvaay batiendo las alas.
Intrigado volvió a preguntar el tigre. Y el pajarito, halagado por la atención que le dispensaba el amo, ensayó su mejor vuelo y su más peligrosa caída. Ya posado en una de las ramas del árbol, le dijo:
-¿Viste?
Yiyööj, que nuncajugaba, deseó ensayar el juego, y ya se disponía a subirse al árbol cuando. Jump'uvaay le advirtió:
Cuidado, Yiyööj, tú no tienes alas para sostenerte en el aire.
El tigre quedó desconcertado, él, que se tenía por el más perfecto de los animales, se veía impedido de ensayar el juego del humilde pajarito. Tendióse, pensativo y desalentado, al pie del árbol. Poco después, se irguió y dijo al pajarito:
-Jump'uvaay, préstame tus alas.
Y el pajarito, temeroso de desobedecer al tigre, sacóse las alitas y se las pegó al pecho del amo con cera de abeja.
-Ten cuidado-le advirtió-. Esta cera no sostendrá las alas por mucho tiempo.
Alborozado, el tigre subió al árbol y desde la copa ensayó la caída al vacío, y luego el movimiento de las alas. ¡Qué sensación de plenitud! ¡Qué distinto se veía el mundo desde ahí arriba! ¡Ahora sí era el amo absoluto! Subió y bajó una y otra vez. Dos, tres, cinco, quince y, tal vez, cien veces.
El pajarito, desde la rama de un árbol cercano, reclamaba con aflicción:
-¡Tigre! ¡Tigre! ¡Devuélveme mis alas, por favor! Pero el felino no le escuchaba, absorto en su felicidad.
-No te servirán por mucho tiempo-insistió Jump'uvaay-. El creador nos hizo diferentes. A cada uno nos asignó un oficio y un lugar en la tierra. Corres peligro si lo desobedeces.
Pero el tigre, que no deseaba devolver las alas al pájaro, seguía con mayor entusiasmo con el juego. Cuando, de pronto, en uno de los más arriesgados vuelos, se desprendieron las alas y el tigre se precipitó a tierra, golpeándose la cabeza.
Jump'uvaay, al verlo, acudió con presteza, y le llamó:
-¡Yiyööj! ¡Yiyööj!
Pero el tigre que quiso ser pájaro dormía para siempre, soñando que volaba por encima de los ríos y montañas, sin poder detenerse, alejándose más y más.
DE: FRANCISCO PÉREZ-MARICEVICH,
MITOS INDÍGENAS DEL PARAGUAY
(Asunción: Editorial El Lector, 1996)
Fuente: LITERATURA INFANTO-JUVENIL PARAGUAYA DE AYER Y HOY. TOMO II (K – Z). TERESA MÉNDEZ-FAITH, INTERCONTINENTAL EDITORA S.A. Pág. web: www.libreriaintercontinental.com.py. Asunción – Paraguay, 2011.
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