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REVISTA DEL PEN CLUB DEL PARAGUAY


  LOR NARRADORES, 1979 - N° 3 - REVISTA DEL PEN CLUB DEL PARAGUAY


LOR NARRADORES, 1979 - N° 3 - REVISTA DEL PEN CLUB DEL PARAGUAY

REVISTA DEL PEN CLUB DEL PARAGUAY

LOR NARRADORES

N° 3 – 1979 – ASUNCIÓN

Ediciones COMUNEROS

Asunción - Paraguay

 


Después de «Los Poetas» y «Los Ensayistas», con éste tercer volumen «Los Narradores», completamos las siglas de la entidad que nos núcleo: PEN CLUB DEL PARAGUAY.

Este grato acontecimiento se lo debemos a la muy favorable acogida que nos dispensara el público lector y a la invalorable colaboración de Ediciones Comuneros, sin cuyo apoyo nos hubiera sido más difícil seguir adelante.

Reunimos en este número una calificada selección de narradores miembros del Club, el lector avisado, sin embargo, sorprenderá no hallar los nombres de Roa Bastos o Hugo Rodríguez Alcalá, por ejemplo; pero razones de tiempo y distancia nos impidieron contar con esas valiosas presencias.

A partir del próximo volumen nos proponemos congregar, de manera continua, a Poetas, Ensayistas y Narradores, de modo que podamos ofrecer un panorama del pensamiento y del mundo poético de los miembros del Club.

Mientras tanto, muchas gracias.

Pen Club del Paraguay

 

 

 

LA BLASFEMIA Y TORQUEMADA

José-Luis Appleyard

El profesor estaba sentado en el corredor de la vieja casa. Vestía un piyama a rayas marrones y calzaba unas finas zapatillas que le habla traído un ex-alumno luego de un viaje al extranjero. El Profesor gozaba de ese descanso que decretaba para sí mismo y que lo llevaba al pueblo del cual sin ser nativo era hijo dilecto. Habla terminado la hora del mate y ahora le tocaba la de la lectura de «La Prensa» de Buenos Aires, diario que recibía con relativo atraso que nada significaba para él, pues no buscaba las últimas noticias sino los sesudos comentarios editoriales y alguna crónica social.

El Profesor se habla recibido de abogado hada muchos años y había ejercido durante algunos años la cátedra de Derechos Reales sin singular éxito, circunstancia que lo movió a retirarse prudentemente antes de que lo retiraran luego de cualquier asonada. Pero el hecho la había valido el título de profesor que había suplantado oportunamente al de doctor en la carrera de los honores jurídicos.

Padre de una familia no muy numerosa para la época -cinco hijos, cuatro mujeres y un varón- habla adquirido por su propia mediocridad, por guardar silencio muy oportunamente y por recordar algunos latínazgos y sentencias jurídicas en el momento oportuno, «M fama de patriarca del Derecho, sobre todo en su pueblo de adopción, donde se transformaba en una especie de figura mayestática muy diferente a la que tenía en la Capital.

El reloj dio la seis de la tarde. El había sido uno de los contribuyentes para la adquisición de ese reloj que desde la torre de la iglesia era el indisimulado orgullo de la parroquia. Los pesados pasos del cura resonaron en la acera. El cura era de origen vasco, fornido y sanguíneo, que gustaba del buen vino y de la buena mesa. Cuando el Profesor estaba en el pueblo no dejaba de visitarlo puntualmente al dar la seis de la tarde.

-¿Cómo le tiene el calor, Profesor?

Lo cacofónico de la pregunta no inmutó al Profesor, quien respondió al saludo.

-Si a mis años no me he acostumbrado, creo que ya nunca me acostumbraré a él, padre. Por favor siéntese.

El cura usaba un amplio guardapolvos de color amarillento que suplantaba la sotana cuando el calor arreciaba. Se sentó con agilidad a pesar de lo voluminoso de su cuerpo. Suspiró y sacando un cigarro de las profundidades de un bolsillo comenzó el rito de encenderlo trabajosamente.

-¿Qué novedades trae la prensa?

-Lo de siempre. Los diarios no hacen más que hablar de la gran crisis mundial. Siguen las quiebras espectaculares y los suicidios. La Liga de las Naciones es un» bolsa de gatos y en Alemania las cosas están que no me gustan nada.

-Dios ilumine a los hombres para que no vayamos a caer en la tentación de una contienda como lo fuera la del 14 -suspiró el cura.

-Por favor, padre. La paz mundial está asegurada por todo lo que resta del siglo. El tratado de Versalles es una garantía a largo plazo. En cuanto al armamentismo, usted que domina el latín sabe cuán cierto es aquello de si vis pacem, para bellum...

-Pero no hay que olvidar, mi querido amigo, que lo mismo se pensaba a principios de 1913 y vino el disparo de Sarajevo y ardió Troya.

-Sí, lo admito, pero las circunstancias eran otras.

Así conversaban el profesor y cura hasta las seis y media, hora en que llegaba el comisario, gran amigo y admirador del profesor, no así del cura, con quien tenían a veces unos enfrentamientos a consecuencia de que la vida privada del guardián del orden y la moralidad no era muy edificante. Con esta segunda visita, Cristiana, la criada de la casa traía puntualmente una mesa de mimbre con una bandeja que contenía cuatro vasitos y una botella de caña.

El Profesor sirvió los vasos y con un gesto invitó a sus visitas a tomarlos. El comisario dijo « ¡Salud! y lo vació de un trago, pasándose el revés de la mano por los labios.

A esa hora parecía que el atardecer estaba aún muy lejano. Pero era una sensación engañosa porque de pronto un rápido crespúsculo traía la noche que caía como inesperada sobre el pueblo y lo sumía en tinieblas.

El comisario luego de haberse enjugado los labios, dio la novedad del día.

-La hija de fia Casimira se escapó con el badulaque de Serafín.

-En eso tenían que terminar -masculló el cura.

-No prejuzgue, padre, usted que ejerce el ministerio divino. El amor es una fuerza muy grande sobre todo en los jóvenes y usted ¿acaso no predica la doctrina del amor?

-Pero ¡qué amor ni qué ocho cuartos -respondió el cura con indignación! Otra palabra tiene y no me ensuciaré los labios para pronunciarla. A la niñita esa la malcriaron o, mejor, no la criaron y éste es el resultado. Dentro de un tiempo aparecerá con la panza en la boca y comenzará así la serie de los hijos con diversos padres, por supuesto, porque Serafín se jacta de acostarse solamente una vez con una mujer y después la cambia.

-Es la naturaleza, padre, es la naturaleza...

El comisario sonrió sin intervenir. Le encantaban esas escenas en las cuales el Profesor ponía contra las cuerdas al cura.

-Profesor, lo que estos dos descocados han hecho constituye un pecado ante los ojos de Dios y de los hombres y no mezcle usted a la naturaleza con el pecado, ¡porque se acerca peligrosamente a la blasfemia!

La sirvienta trajo la lámpara con pantalla de porcelana y la puso discretamente sobre la mesa.

Esa breve interrupción hizo que el Profesor pudiese contener su indignación creciente, pero sólo a medidas:

-Más que un pastor de almas parece ser usted una reedición de Torquemada, corregida y aumentada!

-Calma, calma, profesor, -intervino, conciliador, el comisario.

La respuesta del cura quedó en el aire, al sonar las siete campanadas del reloj. Entonces, poniendo en pie su robusta humanidad la hizo arrodillar, mirando hada la iglesia y mientras las campanas tocaban a Angelus, luego de santiguarse musitó las palabras rituales de la oración, mientras el Profesor y el comisario se ponían respetuosamente de pie. Una persona más contempló la escena desde lejos: era el juez de paz que acudía a la cita vespertina y a quien esperaba el cuarto vaso.

Luego de los saludos de rigor y de tomar asiento, el cura comentó:

-Ha llegado usted oportunamente, señor juez, porque como dice el nombre del cargo que usted ejerce, ha traído, accidentalmente, la paz. Usted y la oración del Angelus han logrado el milagro de contener mi santa indignación.

-¿Qué ha pasado?

-Pues nada, que el profesor me ha comparado con Torquemada...

-¿Y quién es ese?

-Pues nada menos que un gran inquisidor español, cristiano nuevo, cuyo apellido original era Torre Quemada, de origen judío que se dio el lujo dé mandar a la hoguera a centonares de sus antiguos correligionarios -explicó con violencia, el Profesor.

En eso, vino la muchacha a encender la lámpara. Había comenzado a obscurecer. Una suave claridad iluminó el rostro de los contertulios, que callaron mientras duraba la operación.

Cuando se retiró la sirvienta, el cura se aclaró fuertemente la garganta:

-Creo, Profesor, que usted me debe una explicación...

El Profesor, antes de responder, llenó nuevamente los vasitos. Luego, con aire doctoral, dijo:

-Estimado padre, usted sabe perfectamente que yo respeto su investidura sacerdotal. Por eso siento una profunda sorpresa ante el pedido de explicaciones de su parte, siendo yo el agredido de palabra por usted.

-En qué momentos, ¡coño!

-Usted me trató de blasfemo ¿o no?

-Solamente y como sacerdote le dije que tuviera cuidado de relacionar a la naturaleza con el pecado, porque siendo la naturaleza obra de Dios, se infería que el pecado también lo era.

-¿Y acaso no lo es?

-¡Relapsus es! -bramó el cura golpeando fuertemente la mesa de mimbre, tanto que la lámpara perdió el equilibrio y cayó sobre la mesa derramando el kerosén sobre el diario. Este ardió, con pasmosa velocidad y las llamaradas iluminaron la escena con luz trágica, mientras que cuatro sombras trataban de apagar el incendio que había abarcado la mesa, las sillas ayudado por un nuevo combustible, el de la caña, que ardía con mayor fuerza aún hasta que hizo explotar la botella.

Y en medio de todo la voz del cura tronaba: « ¡Relapsus es!» Has blasfemado, inconsciente, y éste es el primer castigo de Nuestro Señor!».

Y la voz profunda e indignada del Profesor: «Cállese Torquemada de boquilla, que ahora estará gozando con su elemento favorito!»

Y desde ese atardecer, el cura jamás pisó la casa del profesor.




CRUCEMOS AHORA EL RIO

Charles R. Carlisle

 

Para Oscar y Ana Iris

 

¿Que nunca has visto pasar por entre los árboles esos rebaños grandes de ovejas grises y blancas que en esta parte de Virginia han pasado de colina en colina, de bosque en bosque desde hace tanto tiempo? Si estás a alguna distancia de ellos, los ves pasar sin ruido, cual neblina de madrugada; van pasando así hada adelante, cubriendo la tierra cual bruma ceniza iluminada de cuando en cuando por las rayas del sol que penetran entre los ramos de los árboles. Es de ver, pues a veces uno cree que es de veras una neblina espesa en pleno día de sol, una neblina que avanza entre las sombras desminuidas de los árboles y las luces que entre los árboles caen como saetas perdidas sin plano ni patrón. A veces son tantas las ovejas que pasan entre los árboles, la luz, y la sombra, que uno cree que el monte mismo—toda la curva de la colina—va moviéndose hada adelante aunque sin progresar, que se mueve continua y constantemente: un terremoto de silencio absoluto.

Así fue que entramos en el bosque al suroeste de Chancellorsville, desde las trincheras que habíamos preparado durante los últimos días de abril de 1863. Por fin llegó el primero de mayo, y con él nuestra entrada en plena campaña para la toma de Chancellorsville. El primero de mayo: día de alabanza a la primavera, día de flores y de canto, día para nosotros de las amargas amapolas que brotaban dondequiera a nuestro alrededor y entre nuestras filas grises—hasta en el pecho de Jim Bob el compañero de tantas campañas anteriores. Pobre de Jim Bob. De un momento para el otro estalló su espalda, y así murió-en su pecho, un pequeño agujero apenas del tamaño de un canta vito de cobre. Pobre de Jim Bob. Ni dieciséis años tenía cuando se cayó a mi lado, su grito de guerra apagado por la sangre en su boca... Murió Jim Bob como tantos otros aquel día, pero seguimos avanzando, avanzando entre los árboles, el gris de nuestros uniformes—el famoso «nogal ceniciento»-- un matiz más del humo ácrido que llenaba el bosque y las praderas, el humo de tantos cañones, tantos fusiles.

Y así entramos en pos del enemigo, Billy Yank, en pos de los uniformes azules del ejército del Norte que ya se iba en retirada hacia el rio, hacia las aguas turbias del Rappahannock. La victoria, tarde o temprano, tenía que ser nuestra. ¡Felices de nosotros aquella tarde del primero de mayo! Felices de nosotros, a pesar de todo, a pesar del ruido, el humo, el sabor a cobre que asediaba la boca y le quitaba el aliento a uno, a pesar de tantos y cuántos muertos sembrados por dondequiera entre nosotros y la retirada de Billy Yank. Si, fue una gran felicidad la nuestra aquella tarde del primero de mayo de 1863, aquel día de primavera, de flores y de cantos: vísperas de nuestra victoria, la victoria que tenía que ser nuestra el día dos. Felicidad y más—mucho más- vísperas del avance sobre Chancellorsville; tanta felicidad que hasta el tasajo frío que comimos con los trozos duros de pan de maíz, hasta el tasajo sabía a victoria.

Muchas veces la incertidumbre misma le quita el sueño a uno la noche antes de una batalla, pero aquella noche no fue así: que tanto nos penetraba el gusto de victoria que quedamos largo rato mirando por la oscuridad, por el bosque hada el rio, hada Chancellorsville, viendo cada cuando en cuando una llama suelta de los fogones del enemigo, los de Billy Yank que también nos observaba, nos vigilaba por entre los árboles, la neblina, la noche tan oscura.

El dos de mayo llegó entre tinieblas y el vaivén de los escuchas que hablan penetrado las líneas de los yanquis durante la noche y que ahora iban entregando sus informes a los oficiales. A veces sentíamos celos para con aquellos jóvenes escuchas de la caballería, pues siempre tenían un aire de orgullo, de bravado tal vez excesivo—sobre todo los téjanos entre ellos que eran los que más solían mostrar su sentido de superioridad para con nosotros de la infantería de Virginia-- pero por supuesto no era fácil su servicio, sobre todo si el enemigo los pescara. Iban entrando y saliendo, cantoneándose a pesar del cansando que tenían después de sus patrullas nocturnas, el cansando que ocultaban con la voz y el cantoneo, pero que los ojos denunciaban. Con los últimos informes de los escuchas, los oficiales nos darían el orden; la batalla del dos de mayo se pondría en marcha.

De repente tronaron los cañones; taparon la tierra y el cielo de negro y de gris, dejando todo en brumas. Billy Yank trataba de penetramos para anular las líneas de comunicación en el sector frente a Wildemess Tavern, mas sin éxito-rechazamos al enemigo, lo empujamos aún más cerca del rio, más cerca de las aguas del Rappahannock. La victoria iba a ser nuestra, eso sí, pero sería cuestión de un esfuerzo más, un golpe final, decisivo, contra las líneas de las fuerzas del Norte. Habíamos ganado mucho aquella mañana como también aquella tarde, habíamos luchado bien para realizar los planes de los oficiales, pero la victoria final vendría otro día.

Aquella tarde, entre tiros sueltos y clarines que señalaban la retirada del enemigo, vino el Cabo para decir que a Hugh Alien y a mí nos tocaba acompañarle a él para el piquete. Hada mucho que la furia de la batalla se disminuía, pero aún se oían escaramuzas aquí y allí entre los árboles. Parecía que a pesar de todo los yanquis no se rendían del todo, aunque los clarines norteños sí anunciaban la retirada. Sería cuestión de otro día, tal vez más, para vencerle plenamente a Billy Yank, y por eso nos habló gravemente el Cabo de la seriedad de la situación. Cualquier flaqueza, cualquier falta de cuidado allí en la línea de piquete, y la victoria que últimamente había de ser nuestra pasarla de nuestras manos.

No te puedes imaginar lo raro que se ponía todo mientras que el sol se bajaba aquella tarde-es decir, aquel poquito de sol que aún lograba penetrar la bruma a la hora del ocaso. Se apagó el sol casi de una vez, dejándonos con la bruma sobre bruma de neblina, humo de pólvora negra y uniformes de nogal ceniciento. No te puedes imaginar cómo era mientras que Hugh Alien y yo íbamos con el cabo y los demás soldados por la floresta, por el bosque de humo y neblina, hacia la línea de piquete, hacia adelante, hacia la oscuridad desde la cual nos esperaba Billy Yank--si iba a esperar hasta el día siguiente para iniciar el contraataque.

Pasamos entre los árboles en silencio, hasta que el Cabo le señaló a Hugh Alien que se parara. Ya habíamos llegado a la línea de piquete. Hugh Alien desvainó su bayoneta y la montó en su fusil con un ruido seco, casi imperceptible. Ni le vi la cara en la oscuridad, pero sentí los ojos de Hugh Alien—hasta ahora no sé por qué—sentí sus ojos penetrándome la espalda mientras que el Cabo y yo salimos con los demás soldados hada los otros pues-tos de piquete frente a la oscuridad enemiga.

¿Qué hora seria cuando oí el ruido? No hacia tanto tiempo que el Cabo y los otros me hablan dejado a solas frente a la oscuridad y los ruidos sordos de escaramuzas sueltas y aisladas por allí y allá en las remotas partes del bosque. ¡Otra vez! Seguramente alguien iba avanzando hacia la línea para penetrar nuestras defensas en este sector del bosque. ¿Cuántos serian? ¿Dos, tres-una patrulla de escuchas, un pelotón, o más aun? Traté de ver, de ver—qué?— cualquier cosa, algún movimiento... ¡Allí! Allí a la derecha, sí, a la derecha: otra vez el ruido...Un caballo, dos, podía que hubiera tres o más allí a la derecha entre mi puesto y el rio: caballería en pleno avance hada mi puesto.

Luego vi moverse algo allí en frente a unos veinte o treinta metros; algo-o alguien—iba moviéndose en las tinieblas del bosque, acercándose a mi puesto. Seguramente los yanquis habían mandado una patrulla de caballería de reconocimiento hacia nosotros, contando con la bruma, con los ruidos confusos por todas partes, y con la noche que tan temprano poseía el bosque para ocultar la presencia de los soldados que pretendían penetrar la línea para reconocer los flancos de nuestro ejército.

¿Qué hacer? Uno contra -¿quien sabe?—toda una patrulla de caballería: imposible la situación. Otra vez, el movimiento: ese algo o alguien allí en frente, allí en la oscuridad. Subí el fusil al hombro. Tal vez no me vieran por la bruma misma; tal vez la oscuridad me salvara, pero así siquiera los demás centinelas por la línea sabrían que trataba de pasar por aquí la caballería de Billy

Yank...tal vez mandaran una patrulla de caballería de refuerzos si de veras se pusiera grave la situación. Había que actuar, que avisarles a los demás, a Hugh Alien y al Cabo. ¡Allí estaba! Una sombra se movió y --¿qué fue?-una voz, tal vez un relincho. Ahora sí, ahora sí había que hacer algo. Sin ni apuntar, tiré hacia la oscuridad.

Seguramente no has visto nunca esos rebaños de ovejas que pasan por entre los árboles, los robles y luego los pinos— tantos pinos rectos y silenciosos—de estos bosques de Virginia, estos bosques poblados de tantos recuerdos que para algunos son la historia. Yo si: muchas veces. Yo sí los he visto y los veo pasar ahora, desde las raíces y las hojas de tantos otoños donde estoy desde hace tanto tiempo. Yo sí que los he visto, y los seguiré viendo hasta que no haya más rebaños ni más bosques ni más colinas suaves y redondas ni más Virginia.

Que los he observado desde mi puesto de piquete de mes en mes, de estación en estación; yo el centinela de piquete de los siglos de los siglos; yo el fiel centinela de mi General Jackson; fiel y obediente piquete, yo: el que hace ciento quince años disparé hacia la oscuridad hiriéndole al general, al mismo General Thomas Jonathan Jackson, al general-leyenda del Ejército de Virginia, al general-fantasma de la campaña del Valle, al general que nos ofreció la victoria aquel día de mayo del año 1863. Sí, yo le maté al gran Stonewall, muralla de piedra, al admirado y temido general nuestro, el de la mirada glacial, del perfil seguro, de la barba castaña rojiza... Yo lo disparé, y así murió después, diciendo «Crucemos ahora el río para descansar bajo la sombra de los árboles.»

No. No habrás visto el avance de las ovejas por estos árboles, pero yo sí; yo sí. Van hacia adelante como avanzamos nosotros en aquellos días de la batalla de Chancellorsville, nosotros de los uniformes tan grises como el silencio de los rebaños que pasan cual niebla entre la sombra y la luz de estos bosques, estas colinas bajas de Virginia. Avanzan las ovejas como avanzamos nosotros hacia la victoria y la derrota, hacia tantas páginas en tantos textos de la historia.

Y la historia, ¿qué es? Según la historia no se sabe quién le disparó al General Jackson, que en aquel momento se oían varios tiros de dispersas direcciones: imposible saber, imposible localizar de dónde vino la bala fatal... Pero yo si sé, como supe al día siguiente cuando nos vino la noticia de que a Jackson le habían herido en ese sector de la batalla, caído el sol y confuso todo por las brumas y la oscuridad. Yo sé, como sabía aquel día.

Lo que no comprendo es por qué a veces siento, no muy lejos de este árbol donde mantengo el piquete, la presencia de Hugh Alien y el Cabo, como si por algún motivo ellos que nunca supieron mi secreto, como si por algún motivo ellos también pasaran cerca de aquí. No. Seguramente Hugh Alien y el Cabo ya cruzaron el rio; ya están con Stonewall. A lo mejor son los años, la integración con esta tierra, las hojas muertas y las raíces de este roble debajo del cual me puse el fusil a la frente después de saber de la muerte de mi General Jackson, días después de lo ocurrido aquella noche.

Al saber de la muerte del general, de repente me vinieron todos los detalles de aquella noche en el bosque cerca de Chancellorsville, agarrándome el alma, tapándome la vista. Me vino así de golpe, detalle por detalle, aquella noche de desgracia: el humo, la neblina, los sordos rumores entre los árboles, el fusil al hombro, mi dedo en el gatillo... Así es que yo regresé aquí sin que supieran los demás, y debajo de este árbol, este inmenso roble, le juré al general que yo mantendría la guardia en este sector del bosque para siempre; que su piquete seguiría eterno.

Y así yo veo pasar los rebaños cada año como las tropas grises que entraron por aquí hace tantas primaveras, tantos otoños, cual humo cual neblina, para encontrarse con la historia en los alrededores de Chancellorsville. Yo sigo fiel a mi promesa, fiel a mi destino, y lo único que me inquieta es esa presencia que yo siento—a veces demasiado cerca—esa presencia que aún no me explico de Hugh Alien y el Cabo entre estas hojas muertas, estas raíces.

Charles Richard Carlisle

 

 

LA HIJA CHICA

Augusto Casóla

 

Cuando nadó nuestra hija chica, vivíamos desde varios años atrás en la casona que pertenecía a la familia de Estela, mi mujer. Teníamos ya cuando eso una hija de tres años y medio.

La casa era de una arquitectura bien arcaica, con un largo corredor yeré interno que limitaba el amplio patío central dando al conjunto la apariencia de esas construcciones auténticamente coloniales cuyas vigas exageradamente grandes y semipodridas descansaban sobre una hilera de cariátides de mirada sonámbula, como de fantasmas aburridos de tanto estarse ahí quietas, soportando la presión del techo decrépito, todo cubierto de moho y humedad.

Habían varias piezas desocupadas pues desde los tiempos del bisabuelo de Estela hasta la fecha, la situación económica de la familia fue como aquel célebre aforismo de «abuelo panadero, hijo caballero, nieto pordiosero», y no solo eso, pues en realidad cambiaron mucho los tiempos desde la época del bisabuelo, y su» descendientes, tíos y primos de mi esposa que en dos o tres generaciones no dieron muestras de talento comercial y uno a veces pensaría que hasta de lucidez. Lo cierto es que uno a uno, todos fueron refugiándose en el caserón, lo mismo que Estela y yo cuando nos casamos, y cada uno vivía o había vivido en esas piezas su propia vida, casi sin preocuparse de los demás habitantes del colmenar y hasta reaccionando con violencia a los muy escasos intentos de intromisión a las celdas de sus hábitos por parte de los otros cenobitas, sea quien fuere el intruso, excepto, tal vez, la tía Carolina, a quien conocí poco antes de su muerte y que me pareció la única persona normal de la casa.

Cuando yo llegué quedaban dos piezas abiertas donde nos ubicamos con Estela y después Elena, nuestra primera hija. La habitación ocupada por el tío Jerónimo no se abría nunca y se le dejaba la comida en una banqueta junto a la ventana enrejada de donde la retiraba - no sé si él o alguna de las ratas que cruzaban de vez en cuando el patio. Las cinco piezas contiguas estaban cerradas, selladas con sendos pasadores de hierro y aseguradas con cinco candados grandes y herrumbrados. Estela me explicó que habían sido las habitaciones de otros tantos miembros de la familia que murieron muchos años atrás y que a partir de entonces no las volvieron a abrir por orden de la tía Carolina y siguiendo la costumbre familiar. Ahora bien, la razón de esa tradición no se me explicó nunca ni yo insistí demasiado en conocerla, tal vez porque soy poco curioso por naturaleza, o acaso porque en realidad todas esas piezas cerradas, con sus pasadores cubiertos de telarañas me produjeron siempre un cierto desasosiego que procuraba esconder aunque no soy de esas personas imaginativas a quiénes de pronto se les ocurre tener miedo y entonces crean un miedo para terminar teniendo miedo de su propio miedo.

Pero uno se acostumbra a todo o a casi todo, en realidad, y de a poco fui identificándome con el ambiente de la casa, y lo que en un comienzo me pareció excéntrico e irreal, terminó resultándome rutinario, como los conciertos de mandolín del tío Jerónimo que a veces los iniciaba a las tres de la madrugada y terminaba bien entrado el amanecer.

Cuando nació Elena, nuestra hija mayor y fue creciendo, quedábamos en la casona nosotros y el tío Jerónimo a quien pude ver fugazmente cuando le velábamos a su hermana, tía Carolina. Y fue después de la medianoche, cuando no estaban sino los parientes más cercanos (a la mayoría de los cuales había visto una sola vez, el día que nos casamos Estela y yo). El tío Jerónimo apareció en la puerta de la pieza de la tía Carolina vestido con un camisón largo, llevando en una mano el gorro con ponpon y en la otra su mandolín. Estaba tan pálido como la hermana del cajón y eran muy parecidos, ojerosos ambos, la piel pegada a los huesos, los labios finos, la frente alta y noble característica coronada por una espesa mata de cabellos blancos que le llegaban hasta el cuello. Fue solo un momento pero los observé primero a él, después a la muerta y me entró un escalofrío, como si se hubiesen repetido las imágenes y volvieran a ser uno solo. Pero el tío Jerónimo se alejó y la impresión anterior de que por algún influjo mágico la muerta y su hermano se habían unido absorbiendo el que aún vivía el aliento postrer de la tía Carolina, desapareció y volví a estar en un velorio común y corriente, solo que no me abandonaba la impresión de que recién después de irse el tío Jerónimo, la tía Carolina se murió del todo. Un rato después llegaron hasta nosotros las pulsaciones del mandolín y quedé dormido.

Al día siguiente cuando desperté, ya habían retirado el cajón de la pieza de la difunta y estaba cerrado y en la sala. Observé también que la habitación de tía Carolina tenía echado el pasador de hierro y colocado un candado grande parecido a los de las otras piezas cerradas del corredor.

Cuando murió el tío Jerónimo, algo así como un mes antes del nacimiento de nuestra hija chica, yo no estaba porque habla viajado a la campaña por un asunto de negocios. Solo al volver me enteré del suceso y cuando pregunté me contestaron que el mandolín lo llevó un tal Lilo, un hijo que tenía el tío Jerónimo - me enteré ahí nomás aunque parece que todo el mundo lo conocía. Quién lo hubiera imaginado - y por supuesto, la puerta de su cuarto estaba cerrada, candadeada y ya empezaba a semejarse a las demás.

Como dije antes, uno se acostumbra a todo, aún a una casa como la nuestra de la que se ha de pensar que es medio rara con esas puertas siempre cerradas y esas estatuas columnas y esos ruidos que uno escucha de vez en cuando, cuando se acomodan los goznes resecos o chorrea el maderamen del techo carcomido por el cupi-i o cuando las ratas roen los muebles que habrán quedado encerrados en los cuartos cerrados o cuando la argamasa reseca de las paredes se desconcha agotada de años y agotada por la humedad. Bueno, lo cierto es que tanto Elena como nuestra hija chica alegraban mucho la vieja casona y se divertían de lo lindo haciendo más ruido del que se habrá escuchado en ella en por lo menos cincuenta años.

Ni a Estela ni a mí se nos ocurrió abrir nunca las piezas clausuradas, en parte por parecemos sacrílego romper la tradición familiar y en parte porque con las dos habitaciones que utilizábamos, la cocina y la sala, era suficiente espacio para nosotros y las niñas, pues si bien teníamos algunas comodidades como el juego de living y la tele que le regalé a Estela en nuestro aniversario pasado, los muebles apenas disimulaban los inmensos ambientes de casa vieja que en realidad, era demasiado grande para nuestras escasas pertenencias.

No le dije nada a Estela pero yo volví a sentir el casi olvidado desasosiego de otras épocas y una creciente opresión en el pecho a medida que iba creciendo nuestra hija chica, pero no le dije nada y sin embargo yo sabía que algo raro estaba ocurriendo y me daba la impresión de percibir como una respiración profunda dentro de las paredes, tras las puertas y ventanas cerradas, como si por entre las rendijas casi invisibles, por la suciedad escapara el aliento áspero y pastoso de las piezas tanto tiempo aisladas de la casa y de la vida cotidiana.

En realidad, al principio yo tampoco me daba cuenta porque después de todo ella era una criatura como otra cualquiera que deja sus zapatos en cualquier lado y se sabía que eran suyos por la forma que tenían y porque estaban uno aquí y el otro debajo de la mesita de la sala o uno aquí frente al sofá y el otro a su lado, medio montado y con las medias a medio metro una de la otra y de cada zapato, cosas así que se ven todos los días cuando se tiene una hija chica y que a nadie llama la atención porque después de todo, cosas raras hacen todas las niñas. Y yo creo que ni ella notaba nada porque seguía igual que siempre, un poco más llorona de lo que la paciencia podía soportar a veces o un poco más cariñosa cuando quería algo o de balde nomás, dejando su muñeca en la sala y el portafolios de la escuela en el zaguán y el guardapolvos en la mesa de la cocina y un cuaderno sobre la tele y la caja de lápices en la heladera, como hizo una vez y le dije a Estela cuando se enojó, bueno, ella es la hija chica...

Me parece que fue Elena, su hermana mayor quien se dio cuenta pero no dijo nada porque estaría aburrida de que nosotros no la entendiéramos y nos pusiéramos otra vez a recriminarle con eso de que porqué siempre tenía que estar en contra de su hermanita o era que no le quería luego y que era chica y no entendía todavía las cosas. A mí me parece que Elena se dio cuenta antes que nadie y no dijo nada por eso.

Pero después el asunto se volvió más peliagudo porque ya no eran el guardapolvos, los zapatos y el porta-folios los que aparecían y desaparecían por las piezas de la casa y Estela se empezó a llevar cada susto que al principio le daba risa pero después ya no tanto cuando empezaron a salir muñecas de tres ojos y piernas sin cuerpo recorrían nuestras habitaciones y el patio taconeando con energía, especialmente en medio de la noche o de siesta. Por supuesto, mi esposa y yo comenzamos a preocupamos y le preguntamos a Elena si qué le parecía a ella que estaba ocurriendo en nuestra casa y como siempre primero nos miró de arriba abajo y vuelta arriba mientras de la cocina venia flotando una mano que asía el sándwich que recién había preparado para cenar y exclamó como la cosa más natural del mundo tu hija más chica está soñando ya otra vez y salió al patio perseguida por dos piececitos de cartón pintado que por las apariencias pertenecieron alguna vez a una muñeca despedazada quien sabe dónde. Llegamos hasta nuestra hija y al despertarse nos dijo que sí, que estaba soñando precisamente eso. Todas las cosas insólitas desaparecieron y en la pieza quedó el desorden habitual de ropas y útiles que hay siempre en las casas cuando sobra espacio o cuando se tienen hijas chicas.

Después nos fuimos acostumbrando a ver cosas raras cuando nuestra hija menor dormía y la mayor se distraía sin darle importancia a las plantas que surgían de las patas de las camas o a las cabezas que iban flotando en el aire husmeándolo todo y hablando entre sí sin articular sonidos, y parecían de verdad y por eso fue que se asustó tanto la muchacha nueva cuando estaba repasando la sala y encontró un cuerpo sin cabeza sentado en el sofá y irnos brazos gesticulantes en el sillón de al lado. Pero se asustó tan grande que tuvimos que pagarle el día entero y encima un taxi porque temblaba que ni podía caminar, y eso que tratamos de explicarle que no había motivos para tener miedo, que era un sueño nomás. Lo cierto que se fue y después que nos ocurrió lo mismo con otras tres o cuatro fámulas, decidimos hacer nosotros los trabajos de la casa aunque Elena protestó diciendo que ella ya otra vez tenía que hacer cosas por culpa de su hermana y la otra porqué yo voy a tener la culpa y Elena vos sos la que tenés esos sueños que asustan a la gente y la otra yo no tengo la culpa.

Después decidimos no salir más y no recibir a nadie. Entonces la casa se transformó en un manicomio y era de locos vernos a nosotros mismos paseando por el patio, por entre las estatuas cuyos ojos parecían seguir el movimiento de nuestros cuerpos imaginados, figuras que de pronto desaparecían tras las puertas cerradas y volvían a aparecer a nuestro lado o detrás nuestro, cubiertas de un polvillo gris que olía a oscuridad y encerrona y que supusimos era el vaho de adentro de las piezas. A veces nos encontrábamos corriendo de un lado a otro buscando Estela mi yo real y yo buscando a la Estela real, mezclándonos tanto que al final no sabíamos si estábamos hablando entre nosotros o con un sueño de nosotros, chocábamos con las imágenes y no se sabía si uno hablaba con sueños o con personas pues todos contestaban algo a las preguntas y hasta me hablaba a mí mismo y de pronto debía escapar de las grietas que se abrían en el suelo o taparme los oídos para no escuchar el ensordecedor lamento plañidero del mandolín que sonaba todo el tiempo, y cada vez peor porque nuestra hija chica se fue desinteresando de cualquier otra cosa que no fuera soñado y vivía durmiendo. En un momento que estuvo despierta, cuando volvió el silencio y desaparecieron las figuras que nos venían acosando y la casa readquirió su aspecto agotado y triste y la vieja y pesada arquitectura de cariátides el mismo aire de stolidez en sus ojos vacíos, pude encontrar a Estela y le dije que llamar amos a un médico, pero ya la hija chica cabeceaba como un borracho a pesar de los sacudones que le dábamos y de sus oídos escaparon aleteando un enjambre de luciérnagas enloquecidas acosadas por una espesa nube de libélulas que chocaban entre sí y todas juntas, luciérnagas y libélulas tropezaban con nosotros queriendo metérsenos en la nariz, en los ojos, en la boca. La única tranquila seguía siendo Elena que no dejó de mirar la tele, dando de tanto en tanto uno que otro manotazo para alejar a los insectos. Pero qué pasa, exclamé asustado. Elena seguía viendo la tele cuando comenzamos a flotar con todo lo que había en la pieza y a nuestro alrededor las sillas, la mesa, el televisor al que se asió con fuerza Elena para no perder un minuto de su programa favorito y yo pataleando cabeza abajo y mi esposa aferrada al velador que también se pone a volar. Le grito hay que despertarle a la hija hay que despertarle a la hija pero que, demasiado tarde porque entramos a girar en un remolino que nos estira hacia su vórtice y me veo despedazado en miles de partes repetidas que se mezclan con los ladrillos de la casa, las tejas del techo, los pisos, las puertas cerradas que son arrancadas con violencia aumentando la furia de la tempestad e inundando el ambiente con el aliento pútrido de su encerrona, y a través de los marcos, desencajados y pálidos, tengo tiempo de ver los rostros de los tíos y las tías sentados en sus féretros desteñidos, cubiertos de telaraña y polvillo, observándome un segundo, ojerosos e impávidos, antes de ser también absorbidos por el torbellino y ya no sé donde están las realidades y donde las ilusiones al divisar en el fondo del abismo a mi hija chica que sonríe dulcemente a sus sueños de los cuales, ahora entiendo, entraremos a formar parte definitivamente.

P.S.: Ayer pasé por enfrente de la casa de nuestros vecinos y me pareció raro que la puerta cancel estuviera cerrada con el pasador de hierro echado por fuera y un candado viejo y mohoso. No sabía que hubieran salido de viaje a pesar que no les veía más desde hace dos o tres días.



LA HIPOCRITA INOCENCIA

Ana Iris Cháves de Ferreiro

 

Me llamo Estela, un nombre, pienso a veces, que no me corresponde llevar. Desde chica oía decir a la gente « ¡Qué hermoso nombre y le va tan bien!»; mientras yo les ofrecía mi carita de primera comunión para que siguieran creyendo idioteces si es que les gustaba.

Más tarde, decían al oír mi nombre « ¡Oh, Estela! Estela de un astro en el cielo, del barco en el mar!» y yo seguía poniendo la cara que esperaban pusiera y pensando y haciendo mis cosas.

Tantas cosas.

Cuando chica pensaba cuánto más debía crecer para desembarazarme de las tías pegajosas, de mi madre neurasténica; para saber al fin quién era y por dónde andaba el padre que me correspondía tener. Temprano supe que nadie podía estar permanentemente «de viaje» y el cuento del padre viajero se me hizo burdo demasiado pronto. Pero con la cara que yo usaba no me estaba permitido dejar traslucir esos pensamientos y aceptaba dócilmente jugar de vez en cuando el jueguito de «escribir a papá».

« ¡Estela! Vení, sentate, escribile a tu papá». «Sí, tía Rosa» o «Si, tía Ignacia», mientras me intrigaba por qué mamá, la más interesada, no se atrevía a proponerme esa comedia.

A veces, hasta obtenía respuesta.

« ¡Oh, mirá, Estela, te escribió tu papá!», y me daban una hoja prolijamente escrita por una de las tías, seguro, tal vez con la mano izquierda, aunque también la derecha la tenían igual de torpe para esos menesteres.

-¿Y el sobre?- preguntaba yo con la voz de estela- espuma del mar.

-Ay, mi hijita, ¿sabés? No me di cuenta que era para vos y lo rompí al abrirlo.

-¿Dónde están los pedazos? Quiero ver la estampilla - decía yo suavecita como corresponde a estela de un astro.

-¿No viste los pedazos del sobre para la nena, Ignacia?

-No, Rosa.

-¿Vos, Lidia?

-No, Rosa.

-Busquen, que la nena quiere ver la estampilla...

Y yo, impasible, con la hoja desdoblada entre mis manos pero sin leer todavía lo que decía, esperaba pacientemente la aparición del sobre para dignarme posar los ojos sobre esas líneas que, ya antes de leerlas me las sabía de memoria. Conseguía mantener un aire de seriedad interesada mientras las tres viejas abrían cajones, miraban bajo los muebles, levantaban las estúpidas carpetitas bordadas que como índice acusador de la inoperancia femenina que me rodeaba, proliferaban sobre todos los muebles: cómoda, mesa, mesitas, aparador, trinchante, repisa, esquineros, etc., etc., siempre blancas y planchadas, siempre almidonadas y bordadas, debajo de cada florero, de cualquier cenicero, o plantera o polvera o retrato o cajitas de no sé qué.

Por supuesto, la búsqueda no daba resultado: nunca podrá encontrarse lo que no se ha perdido. Y volvían a mi sus rostros anhelantes, sus voces sumisas, sus gestos desconcertados

-Leé la carta, mi hijita, el sobre no tiene importancia.

-Yo quiero ver el sobre.

-Habrá ido a la basura.

-¿De dónde venía?

-De Maracaibo.

-¿Qué decía el sobre?

-Señorita Estela Fernandez.

-¿Soy yo una señorita?

-Señora no sos. Pero leé la carta, leéla, es de tu papá.

Si fuera cierto que venía de donde decían tendría olor a mar, a cacao, a sol verde, pero había sido escrita en la pieza de al lado mientras yo estaba en la escuela y rezumaba olor a velas mal consumidas, a diarios doblados, a almanaques vencidos, a flores inexistentes.

«Espero seguirás bien en tus estudios...», ¿es que les dijo mi maestra que los números solamente me servían para sumar moneditas y que los odiaba cuando debía restarlos, multiplicarlos o dividirlos?

«No quebrantes a tu madre, pórtate bien...», ¡bah!, no se atrevían a decírmelo de viva voz y apelaban al subterfugio epistolar. ¿Por qué debía portarme bien con ella si ella hizo lo mismo con sus padres? ¿O solamente tuvo madre como yo? Ah, no, en la sala estaba una fotografía muy cursi donde un abuelo con bigotes miraba serio al fotógrafo junto a una abuela con corsé, toda estirada ella, pobrecita, metida en randas y floripondios, con su rodote estorbando sobre el cuello.

«Tus tías te quieren mucho, tienes que obedecerlas...», y era aquí donde la farsa se me hacia intolerable. ¿Qué me importaba el cariño de dos viejas solteronas sino en la medida en que podían llenarme de caramelos los bolsillos? Fuera de eso ¿para qué me servía ese cariño? Ni siquiera para librarme de los «pronto voy a morir» de mi madre porque la verdad es que ella nunca pasó a mayores; se conformó siempre con poner al cielo como testigo de sus padecimientos en vez de tomarme de los cabellos, como yo esperaba lo hiciera, pues lo merecía.

Claro.

Ellas escribieron la carta. Esa y las otras anteriores; esas y aquellas por venir. La rabia se colaba entre mis labios fuertemente cerrados y me los hacía abrir y yo decía, todavía con mi voz de estela blanca del mar:

-        Oigan, mi papá dice que me compren una bicicleta.

-¿Eso dice? ¿Dónde? ¿A ver? - y la sorpresa, auténtica por mi atrevimiento, quería aparecer auténtica solamente por la sorpresa misma.

-Ah, no - decía yo - Yo no muestro la carta de mi papito. El a mi nomás me escribe. Y si ustedes no me compran, yo le pido la plata y él me manda y yo tengo así mi bicicleta.

Los ojos verdes de tía Ignacia, los ojos verdosos de mamá Lidia, los ojos verdiazulados de tía Rosa, eran seis bolitas esmeraldinas pugnando por leer en mi cara de ojos negros, en los ojos negros de mi cara, que yo creía en las cartas de Maracaibo, que para mí existía ese padre viajero. Pero si leía cosas que > la carta no decía, ¿cómo explicar mi conducta?

Yo alzaba mis ojos negros sobre sus frentes pálidas y quedaba sumida en el éxtasis por esa correspondencia lejana, ese pobre lazo con que ellas trataban de olvidar las miserias que las rodeaban. ¡Era tan raro ese hogar poblado de polleras sin una voz fuerte que dijera tan siquiera ¡Hola!

Mi madre adivinó muy pronto, sin embargo, mi secreto. Quiero decir, adivinó que yo adiviné su secreto. Se encogía entera cuando me veía mirarla hondo; temblaba casi cuando me oía protestar por todo y por nada y enviaba a cualquiera de mis tías a apaciguar mi furia.

Desde el momento que las cosas no tenían un nombre, es decir, que no usaban su nombre verdadero, ¿por qué yo debía ser la excepción y ofrecerles mi verdad auténtica?

Así fui elaborando un mundo donde las palabras, las actitudes, las miradas decían algo distinto de lo que realmente significaban.

Y todo esto, mientras mi carita de estela de un astro se volvía impenetrable para ellas.




LA INEVITABLE PIERNA

Luis Maria Martínez

 

La hendidura semejaba una fauce insaciable. Desde hada varios años la dudad vomitaba allí sus despedidos. La gran hoya cuya capacidad de absorción era admirable hada desaparecer cuanto se le arrojaba dentro.

Entre las inmundicias de fácil corrupción iban a parar también trapos y latas, cartones y maderas, la botellería alcohólica o de lípidos de la dudad después de recorrer su historial de usos y abusos. La vida cotidiana excretaba allí lo inservible. El indetenido consumo exhibía así el polo opuesto de su resultado. El resto desaparecía por los meandros escondidos de la urbe. En la superficie el hombre y la naturaleza proseguían con su antipoética epopeya de siempre. Lo heroico y sublime adquiría así la permanencia del árbol.

A media mañana una caterva de miserables se descolgaban hasta el fondo. Provistos de bolsas, canastos y cajones empezaba la paciente selección de lo aprovechable. Así formábanse montículos de huesos, botellas y cartones, que constituían los más fuertes renglones de este curioso negocio. El desconocimiento del perímetro preestablecido aparentemente para cada quien suscitaba en ocasiones agrias reyertas. De tanto en tanto eran hallados objetos insólitos: dentaduras postizas, bastones, ortopédicos de varias clases, libretas de apuntes, cartas de amor, etc. Por fuerza la recolección debía sufrir cierta interrupción, pasando dichas piezas de mano en mano, para ser examinadas.

Los seleccionadores se distinguían también por sus horarios, Había quienes iban a media mañana tras las primeras descargas de los camiones municipales, otros a la siesta o a la tarde. Y no faltaba más de un rebuscador solitario de ningún horario, con lo que tenía toda la basurearía a su entera disposición.

El cielo había amanecido nublado. Poco después comenzó a descender sobre la tierra una leva llovizna. De tanto en tanto el viento se encargaba de desparramarla acre fetidez de la hoya, acrecentada por la humedad. El monstruo inmóvil se hacía sentir así con su exhalación pervertida. La ciudad readquiría en eruptos lo que había despreciado en materia.

A esa hora Traca-Traca descendía hacia el fondo. Su sobrenombre le devino justamente de un horrible molinete encontrado en el basural y que actualmente le servía a manera de portón. Al girar éste emitía justamente algo parecido al apelativo. Por lo demás era un conocido habitante del barrio proletario de San Felipe donde la miseria se exhibía en todas las casas por lo que no constituía ninguna novedad. Traca-Traca tenía además fama en el lugar por algo insólito: su debilidad por cultivar rosas.

A la difusa luz comenzó su viejo ritual. Tenía tan aguzada la vista por la práctica de la selección que sin vacilación alguna sabía distinguir lo aprovechable de lo que no lo era. Era un mago en ese sentido. Con el auxilio de un palo aceleraba su tarea, el que al rozar el suelo musitaba su zas-zas, que le servia algo así como de acompañamiento sonoro. De pronto algo que no conciliaba con lo habitual le desarticuló el ritmo. Qué era aquello.

Bien pronto constató que era una pierna humana. Al verlo aceleró el trabajo en busca del resto. Mas no habla resto. Era sólo una pierna. Qué hacer pues. Denunciarlo. Ni por joda. Sobrevendrían las averiguaciones. Una serie de incomodidades y al final podía pasar a la categoría de sospechoso. Y concordaba en ello al recordar un caso más o menos parecido. Miró por las dudas por los alrededores. Nadie. La pierna seguía delante. Miembro que tuvo que haber sido de alguien, recorrido lugares, habitaciones. Que se yo.

Procedió a echarle tierra encima.

Al día siguiente suspendió sus actividades. No era cuestión de hacerse ver. Recién al tercer día consideró conveniente regresar. Con su gran sentido de orientación ubicó bien pronto el lugar de la pierna. En sus inmediaciones la tierra parecía haber sido removida y la pierna se hallaba cubierta precariamente por algunos papeles. Lo imprevisto le sacó las ganas de trabajar. Esta vez procedió a enterrarla.

Por varios días abandonó por completo su trabajo, por lo que se dejó absorber en todo en la atención de su rosal. Las pequeñas ramas tronchadas, dispersas en el lugar, revelaban el intenso trabajo de poda de que habla sido objeto.

Unos días después se desencadené sobre la ciudad un poderoso temporal. Y en el basural, las aguas irrumpieron en forma sorprendente. Su paso semejaba a un jadeo telúrico pocas veces percibido. Cuando hubo pasado éste el sitio presentaba el aspecto de un territorio arrasado y la fetidez había aumentado en forma considerable.

Movido por la fuerte presunción de lo que debía de haber pasado, Traca-Traca consideró conveniente ir al basural. Justamente sobre una especie de montículo descansaba la pierna con feo aspecto violáceo. La corrupción ya evidenciaba su tarea, y sin duda alguna podía ser visto por cualquiera.

Esta vez consideró que era conveniente dar solución definitiva al asunto. Con tal propósito destinó que el insólito miembro fuera a reposar justo debajo de algunas rosas de su pertenencia.

Pasaron los meses y cuando ya el olvido había asumido su inevitable papel, llegó a oídos de nuestro personaje que el misterio de la aparición de miembros cercenados en ciertos basurales de la ciudad había tomado estado público: el desaprensivo o negligente chofer de un nosocomio, contrariando las indicaciones de sus superiores, se desembarazaba de los mismos arrojándolos sencillamente en esos lugares, como al tun-tun.

Interin llegó la primavera. El rosal del hurgador de basuras presentaba un aspecto realmente imponente. Las flores, sangrientas como nunca, sin solución de continuidad, permanecieron en tal estado durante mucho tiempo.

 

 

EL AGAPE DEL POETA LAUREADO

Ricardo Mazó

 

(De la coleccion «APOLOGOS PARA OTRO TIEMPO»)

Con motivo de celebrar la vigésimaquinta edición de su libro «Cantos a mi Rey», el Poeta Laureado decidió ofrecer una gran fiesta a la que invitarla a Su Majestad y a los cortesanos más encumbrados del Reino.

A pesar de que era recibido anualmente en el Besamanos Real, y de que a veces el Rey se dignaba saludarlo pasajeramente en las Reales Ceremonias, el Poete Laureado no pudo llegar hasta la Real Presencia para invitar personalmente a Su Soberano a asistir al laudatorio convite. Razones de Estado e Internacionales limitaban en esos días las audiencias de Palacio a los Visires del Reino, a algunos miembros del Real Séquito y a los Nobles Extranjeros que proyectaban castillos fabulosos para mayor gloria de la Soberana Gestión.

Consiguió sin embargo el Poeta Laureado que el Real Protocolo hiciera llegar a manos de Su Majestad una tarjeta que el anfitrión preparó especialmente para el efecto: una lira dorada con sus iníciales estampaba la primera hoja y abajo se leía el sumiso ruego de la Real Presencia. Al abrirse la tarjeta aparecía una oda impresa en púrpura dorada, oda que sería incluida como glorioso colofón de la Edición de Oro del celebrado y único libro del Poeta Laureado, «Cantos a mi Rey».

Su Majestad abrió la invitación, la hojeó brevemente, la consideró por un instante, y terminó marcándola con una cruz somera. La noche del ágape podría ir tranquilamente a pescar anguilas en el Lago Real, acompañado de unos pocos miembros Íntimos del Real Séquito.

Una vez que el Real Protocolo le informó que Su Majestad no podría asistir al convite por Razones de Estado y de Salud, el Poeta Laureado se desconsoló un tanto, pero reaccionó con un gesto de nobleza: hizo alistar su calesín y llegó hasta la morada de su viejo amigo el poeta pobre y lo invitó a su ágape.

El poeta pobre, quien ya solamente tenía un pretexto de toga y una lira antigua, aceptó la invitación emocionado y hasta derramó unas lágrimas, porque era todavía muy sensible y a veces incluso sentía hambre: su viejo amigo, el Poeta Laureado, lo había tenido en cuenta.

Y fue así que el poeta pobre esmeró su toga, desempolvó su lira y, atajando por pedregales y recorriendo luego suntuosas avenidas, se adentró en la mansión donde se celebraba la fiesta.

No se podía criticar la munificencia del ágape. Y la ausencia de Su Majestad resultó más bien conveniente, porque los comensales, todos ricos e inclusive algunos ya cultos, expresaron su fidelidad al Rey con frases tan altisonantes que talvez hubieran sido incomprendidas por el Soberano. Además, solo la espirituosidad del ambiente les permitió decir a algunos en público lo que sus lenguas apenas si pensarían musitarlo en privado.

Un noble de maneras distinguidas y con cuatro o cinco castillos en el Reino hizo un elogio breve del Poeta Laureado y pidió tener la honra de cantar, con un brindis previo, la última oda del anfitrión en honor al Rey. El brindis previo fue breve, ya que la expectativa lo urgía. Pero demás está decir que cantada la oda, no terminaron de vaciarse las copas tan repetidamente que algunos brazos llegaron a cansarse. Entretanto, el Poeta Laureado se encendía de gozo. Y si bien por segundos lamentaba la falta de la Real Presencia, se sosegaba íntimamente con la seguridad de que Su Majestad sabría luego y con todo detalle el desarrollo de ese acontecer que en realidad y el fondo, iba dedicado más al Real Honor que a su celebrado libro.

Llegó sin embargo un momento del ágape en que un cortesano notó la presencia del poeta pobre, quien relegado en un oscuro lugar del convite pulsaba a veces instintivamente las cuerdas de su lira. Y fue así que pronto se sumaron las voces pidiendo que él también cantase una oda al Rey. El poeta pobre, agobiado no tanto por los años como por la miseria, aceptó intentarlo. Comenzó a afinar su vieja lira y, cuando logró una melodía para iniciar su canto, las cuerdas empezaron a soltarse. El poeta pobre dejó caer su instrumento y abandonó el ágape humillado y dolido.

Ya casi amanecía. Sus invitados idos, los velones apagándose, el Poeta Laureado miró los restos del banquete y se dispuso a descansar. Pellizcó un bocado que sobraba en una fuente y tropezó con la lira del poeta pobre. La recogió, la miró y se la llevó consigo a sus aposentos. Al día siguiente la mandó reencordar y luego él mismo retocó el dorado de las molduras. Era antigua, pero quedó remozada.

Y fué así como el Poeta Laureado tuvo una nueva lira para cantarle a su Rey.

 

 

EL CONSEJO DE JOHN SMITH

Noemi Ferrarí de Nagy

 

-He tenido una maldita mala suerte.

Recogió los naipes, sin mirar a nadie. Su esposa, con rostro indiferente, se pasó una mano sobre el rojizo pelo teñido, mientras los compañeros de juego guardaban sus ganancias, las caras encendidas y alegres.

-Sabias que no era jornada buena para ti.

-Lo sabía y no lo sabía. Uno no puede tener una fe absoluta en estas cosas.

-Tener fe en qué? - Preguntó el más entrado en años de los jugadores.

-En un aviso espiritista.

-¿Habla en serio? Juan, aquí, está muy interesado en el espiritismo. Mira, Juan, parece que encontraste a un correligionario.

-        Bueno... He tenido ocasión de participar en sesiones... Creo que realmente hay algo, no puede negarse.

-        Roberto ¿por qué no les cuentas del consejo que recibiste antes de salir de vacaciones?

-        En realidad, en la última sesión que se realizó en casa, el espíritu que se hizo presente me recomendó que no jugara en los próximos ocho días, es decir hasta pasado mañana. Pero no di importancia a la cosa, y cuando fijé la fecha de hoy con Usted, Armindo, ni me acordaba ya del consejo. Además ¿cómo va uno a saber si no se trata de una recomendación hecha con malicia?

-        A ver: ¿Cuándo te engañó ese espíritu? Ya van tres veces que te ha anunciado cosas puntualmente sucedidas a los pocos días.

-Mi querida Emi no admite una fe vacilante - Dijo el marido sonriendo a los dos compañeros de juego- Si yo me quedé un poco desplumado -agregó dirigiéndose a su esposa,- considera que nuestros huéspedes se van contentos y que tú terminaste más o menos sin ganancias y sin pérdidas. Por mi parte, me declaro satisfecho.

La curiosidad de Armindo y de Juan se había despertado y brillaba igualmente en los ojos claros de éste y en los oscuros y un poco achinados de aquél. Armindo pidió a Roberto que contara algo más de sus acercamientos al más allá, y el gran silencio de la noche parecía alentar la plática sobre el tema que había surgido.

El calor del verano seguía, pero la temporada ya se había cerrado; las calles mal iluminadas estaban desiertas, sólo recorridas por un suave viento norte que agitaba las copas de los árboles y las frondas de los arbustos, perdiéndose luego sobre el lago negro, salpicado de reflejos de estrellas.

Roberto contó que a veces solía organizar reuniones, en la ciudad. La criada de unos amigos había revelado extraordinarias facultades mediánicas y las sesiones eran excepcionalmente interesantes. Emi y él habían invitado a la muchacha para el próximo fin de semana, pues el descanso en la villa veraniega les estaba haciendo muy bien, pero era un poco aburrido. Lo inesperado, agregó, había sido la prohibición de los dueños de la casa en que se hospedaban, al escuchar lo que se proyectaba. Eran personas excelentes, explicó Roberto; pero chapadas a la antigua y esclavas de viejos prejuicios, habían declarado que no querían nada de eso donde ellos vivían. Es cierto que se acostaban y se levantaban con las gallinas, pero no era el caso de engañarles reuniéndose clandestinamente. Por suerte se había llegado a un compromiso, con la autorización de usar un local de una vieja fábrica vacía y abandonada, heredad de la dueña. La chica llegaría en la tarde del viernes próximo. Con ella no eran necesarios los golpes de la mesita ni el vaso colocado boca abajo desplazándose de una a otra letra del alfabeto: recibía directamente los mensajes y los transmitía de viva voz.

Juan pidió con discreción, pero con mal disimulada ansia, que se le permitiera participar en la reunión, y Armindo, curioso, manifestó también su deseo de formar parte del grupo. Se fijó el día y la hora, y los huéspedes se despidieron.

Armindo y Juan habían llegado a la entrada del grande y silencioso edificio con unos minutos de anticipación, y para hacer tiempo dieron la vuelta a la manzana. La vieja construcción sobresalía entre las otras, un poco borrosa por la oscuridad, y sus buhardillas de techitos puntiagudos parecían esconder miradas inquietantes. Por encima del lago brillaba el fino borde de uña de la luna nueva, que viajaba lentamente hada las alturas de la orilla opuesta. No fue necesaria una segunda vuelta: Roberto ya estaba abriendo una pequeña puerta al lado de la cochera, y todo el grupo, completado por la joven pálida y espigada que funcionaría como médium, entró en la fábrica. La linterna eléctrica llevada por Emi iluminó una empinada escalera que exhalaba olor a ratón, y los cinco subieron al piso de arriba, todo de madera, donde se encontraba la indispensable mesita rodeada de sillas, en un rincón del vasto local polvoriento. Además de esos muebles, recién puestos allí, sólo había una enorme y antigua caja de caudales, de hierro; sobre Emi acomodó la linterna encendida y la cubrió con una bufanda de color morado, explicando que los dueños habían recomendado no usar velas ni faroles.

La muchacha se sentó de cara a la luz, que ahora sólo era una claridad espectral; frente a ella Roberto, luego los demás. Las manos se abrieron apoyándose sobre la mesita, se formó la cadena y a los huéspedes fue recomendada la máxima concentración. La muchacha miraba fijamente el foco velado, hasta que su rostro pareció una rígida máscara. Roberto invocó la presencia de un espíritu, en forma indeterminada.

-¿Estás aquí? - Preguntó finalmente.

-Estoy aquí - Dijo la joven, con lentitud.

-¿Quién eres?

-John Smith.

-¿Inglés?

-Si.

-¿Quieres explicamos cómo es que puedes comunicarte en castellano?

-No comunico palabras, sino mi pensamiento se sirve del cerebro del médium y éste le da forma espontáneamente en el idioma que le es familiar.

-John Smith: ¿qué fuiste durante tu vida?

-Fui un señor de la campaña, tenía tierras y campesinos. No era una propiedad muy grande, pero me permitía llevar una vida sosegada. Yo, sin embargo, había nacido para inventor.

-¿Quieres hablamos de algún invento tuyo?

-Diré del último, que en cierto modo me costó la vida.

-Te escuchamos, John.

-Había meditado sobre la energía y la resistencia de los ratones, pensando en una forma práctica de explotar esas cualidades.

-Un pensamiento muy inglés. ¿Lo realizaste?

-Logré obtener que dos de esos animalitos pasaran el día haciendo girar sobre su eje un pequeño tambor, así como lo hacen las ardillas prisioneras. Pero las ardillas, en cautividad, se mueren de todos modos.

-¿Y de qué servía ese tambor en movimiento?

-Era un pequeño motor que accionaba carretes sobre los cuales se envolvía hilo.

-¿Y resultó?

-Resultó; pero era sólo un experimento.

-¿Y después?

-Después busqué una construcción suficientemente grande como para colocar a diez mil ratones, y me pareció haber tenido mucha suerte cuando se me ofreció la ocasión de comprar tina catedral en ruinas a un precio muy razonable.

-¿Y qué pasó?

-Pasó que fui a tomar medidas y dibujar bocetos en un día otoñal, cuando había una leve neblina que parecía nada, y que pronto empezó a espesarse y a depositar humedad por todos lados. Quería salir de allí, pero no podía casi ver donde pisaba. Resbalé, precipité en una hondura agarrándome de unas piedras que se vinieron abajo conmigo, aplastándome la cabeza; mi cerebro se esparció sobre las tallas de un capitel caído.

-¿Cuándo sucedió todo eso?

-Este siglo recién había nacido.

-¿Cómo es que a nuestro llamado viniste tan pronto, siendo un espíritu de lugares tan lejanos?

-Me maravilla tu pregunta. Para nosotros no existen lejanías. Por otra parte, la muerte repentina interrumpió tan bruscamente mi deseo de usar algún edificio espacioso y abandonado, que no logré desprenderme totalmente de él. Sigo visitando antiguas ruinas, viejos castillos, fábricas abandonadas. Si dentro de un poco me llamasen, pongamos en un tramo no transitado de las catacumbas romanas, allí me presentaría yo instantáneamente.

-Qué fantástico. Ahora te agradeceríamos si quisieses dejar un mensaje para uno cualquiera de nosotros.

-A Juan, mi homónimo, le recomiendo recibir favorablemente a la persona que le visitará mañana. Si cierra el trato para el negocio que se le va a proponer, la plata que recibirá le traerá pronto frutos inesperados y abundantes. Y ahora deseo irme. Estos encuentros me agotan.

-Gracias, John Smith. Adiós.

-A... a... dios.

El bolígrafo corría veloz sobre el papel; Emi daba a su hermana, que vivía en el exterior, un resumen de los acontecimientos: «... Estamos proyectando la construcción de un hotel con vista al lago. La compra del terreno (un lugar de ensueño) fue una victoria de la habilidad e imaginación de Roberto. Empezó él con su vieja táctica de informarse lo mejor y lo más discretamente posible con respecto al dueño, y así supimos que el hombre no quería, de ninguna manera, desprenderse de la parte mejor ubicada de su propiedad: o todo, o nada. ¿Y a quien iba a interesarle esa tierra lavada y pedregosa? Sólo tiene un viñedo con plantas que van muriéndose de viejas que son. Pero el tipo cree fervorosamente en las comunicaciones de los espíritus del más allá, y Roberto le organizó una sesión fantástica, con la ayuda de una joven actriz aficionada, hija de una amiga nuestra. (Entre paréntesis, todo el tiempo estuve sobre ascuas temiendo un escándalo, porque Roberto exageró con su creación de diálogo espiritista}. Bueno; que tú lo creas o no, el dueño del terreno hizo puntualmente lo que el espíritu le había recomendado que hiciera. Cuando nuestro testaferro fue a verle, todo marchó como sobre rieles...»

El hotel, sin embargo, no fue construido.

A poco más de un año de la memorable sesión en la vieja fábrica, Roberto y Emi entraron casualmente, para almorzar, en un restaurante unido a un distribuidor de gasolina, en la bifurcación de una ruta de mucho tránsito. Se les acercó un hombre de cara conocida, que se alegró muchísimo al verlos. Era Juan, que insistió para que fueran sus huéspedes.

-¡No saben ustedes cuánto les debo! - Dijo. Y contó que su amigo Armindo, viendo que el espíritu de aquella inolvidable noche había anunciado cosas ciertas, y animado por la promesa de un feliz desarrollo de buenos negocios, había insistido para que compraran en sociedad el distribuidor. La inversión había resultado realmente muy buena. La mujer de él, Juan, habla empezado a ofrecer comida, y ahora he allí el restaurante, que también marchaba satisfactoriamente. Y todo en gracia del consejo de John Smith. Además: ¡la suerte de haber vendido justo esa parte de la propiedad! Poco después -quizá Roberto no lo sabía- fue expropiada para la ampliación del camino. Ya se estaban haciendo los trabajos de la ruta, muy linda, panorámica.

Cuando Juan se alejó para buscar personalmente una botella de buen vino, Roberto y Emi se quedaron callados, un poco pálidos. Luego murmuró él: - Así que John Smith fue profeta cabal... A lo mejor, hasta existió de veras. ¿Qué dices tú a todo eso?

-Estaba pensando -contestó ella- en las palabras de Hamlet: «En el cielo y en la tierra hay muchas cosas- que tu filosofía ni sueña, Horacio».


 

EL CANASTO

Josefina Plá

 

El micro aquél recogía siempre los últimos pasajeros del mediodía; tal cual demorada compradora del mercado; empleados y empleadas que se rezagaban aprovechando los minutos últimos antes del cierre de las tiendas para comprar algo, porque no disponían de otra hora. Y este pasaje llenaba el micro siempre de paquetes y de bultos. Atados en los regazos, entre las piernas; canastos y bolsones desbocados en los pasillos. (Domo consecuencia, rezongos, protestas, un va y viene de indirectas malignas que el chofer capeaba inclinándose más aplicadamente sobre el volante, y el guarda mirando a lo lejos a través del parabrisas. Nadie iba a remediar nada. El vehículo no tenia depósito trasero ni portabultos. Y aquellas mujeres no iban a volver a sus casas a pie, tan lejos, no?...

Pero ese lunes mediodía alguien se había pasado de la raya. Aquel canasto excedía las máximas dimensiones de la paciencia. Un canasto enorme, sin asas, hondo, con las orillas deshechas, desnudas las puntas de mimbre verticales y agresivas, sueltas las cañuelas heridoras, ocupaba la entrada. Dentro, un paquete de yerba, unas sábanas no muy limpias, un poncho viejo, dos o tres bolsas de arpillera. Y una incongruente, huérfana lechuga.


Colocado allí estratégicamente, al borde del escalón, todo el mundo tropezaba con él al entrar o al salir. Los que subían se despellejaban las espinillas; a los que bajaban, quedábasele enganchado siempre algo: el manto, un paraguas, el borde del pantalón o la orilla de la pollera, en aquellos mimbres puestos allí como adrede. Alguien se dejó enganchada la lechuga aquella. Y una señorita muy paqueta había bajado unas cuadras atrás con las medias a la miseria. Culpa de ella, solamente, desde luego. Ponerse media fina para andar en micro. Mejor ponerse para pasear por un caraguatal.

Todo el mundo rezongaba y maldecía del canasto. Pero saltaba a la vista; aquel era el único sitio en donde podía ir. La dueña, repantigada en un asiento cerca del fondo, cerraba los párpados, arrugados como los de un lagarto viejo, y callaba, como si tuviese tanto que ver con aquel canasto como con las tripas del chofer.

...Una cuadra, diez, veinte. El casco urbano quedaba ya atrás. Unos pasajeros bajaban y otros subían: pero eran ya más los que bajaban. El pasaje se había renovado varias veces; la dueña del canasto, negruzca, sebosa e inmóvil continuaba sin embargo su trayecto, y el canasto seguía en su lugar.

El micro llevaba ya varias cuadras sin alzar pasajero alguno. El sol golpeaba el asfalto con un estallido de luz casi sólida. Los plátanos nuevos junto a los cercos saludaban al vehículo al pasar con sus paletas de metal bruñido. El chofer se limpiaba con la manga la frente rezumante, mientras el guarda, flacucho y de rostro picudo, sentado en el asiento más cercano a la estribera, se recostaba en el respaldo y se rascaba la planta del pie en el borde del canasto. El micro aumentaba su velocidad: volaba. Los pasajeros callaban; tanto, que la dueña del canasto se arriesgó a abrir los arrugados ojos de lagarto. Más cuadras sin pasaje. Por fin allá lejos alguien agitó una mano. Paró el micro. Subió primero un chico con un canastito, y tras él una mujer con una criatura de pecho en brazos. El guarda se comidió a tender una mano para ayudarla a subir. Aunque no vieja, la mujer parecía muy cansada. Temerosa de avanzar, ya en marcha de nuevo el micro, la mujer se dejó caer en el asiento delantero. El chico se habla sentado ya al otro lado del pasillo, el canastito sobre las rodillas.

El micro recuperaba su velocidad, ahora rebotando un poco, porque se habla terminado el asfalto. La mujer se desprendió un poco el manto negro, se abrió la blusa del vestido floreado y desteñido, y sin curarse de la lúbrica mirada del guarda, entregó al hambre de la criatura -una criatura morenucha pero singularmente rolliza y sana- un pezón oscuro y como inflamado, rematando un seno parecido a una orcita de barro. Para acomodarse mejor, la mujer alargó una pierna desnuda; tropezó en el canasto y se arañó la piel. Se inclinó; el borde del manto colgante se enganchó en la deshecha orilla del canasto. En vano la mujer procuró desprenderlo, pugnando penosamente con la mano libre; el fleco no quería soltarse. Un bamboleo del vehículo enganchó otro fleco; el manto se descolgó del todo de los hombros de la mujer y cayó al suelo. El guarda lo recogió, desgarrando un poco los flecos al soltarlo; lo entregó a la mujer.

-Gracias, che memby- dijo ella.

Y luego, rezongando:

-Cómo se animan, che Dió, traer esta porquería para perjudicar su prójimo.

La dueña del canasto habla cerrado de nuevo, prudente, sus párpados de lagarto beatifico. Habla además de ella dos muchachas rubias, descoloridas, de luto; un muchachón. Alguien dio el nombre de una calle, a la vez que un brazo hacía señas naúfragas al extremo de la cuadra. El micro paró. Bajaron las dos chicas de luto y el muchachón, y subió un señor rubiaco, calvo, la camisa pegada a una espalda montañosa, la frente un campo de angustiados roclos. Con un suspiro de desahogo se dejó caer en un asiento delante de la dueña del canasto. Sacó un enorme pañuelo blanco y se enjugó la cara.

Más y más cuadras sin parar. El mitai en su asiento, inmóvil, el conastito sobre las rodillas, entrecerraba los ojos. La mujer cambió a la criatura de seno. Al hacerlo; el manto resbaló de nuevo, como estirado subrepticia e hipócritamente por los mimbres en acecho. La mujer se inclinó una vez más; pero no quería molestar a la criatura, que chupaba ávida; y así, no pudo recogerlo. Volvió la cabeza, miró a la mujer de ojos de lagarto. Sólo ella podía ser la dueña del canasto.

-De quién, mi Dios, este canasto, quiero saber.

El guarda volvió una vez más la mirada al paisaje lejano. En la esquina próxima un resplandor blanco e inquieto; un grupo de escueleros. Seguramente examinandos, «febreristas». Todos tenían las mejillas arrebatadas por el sol. La mujer seguía comentando, por su cuenta.

-Cómo que se puede dejar estas criaturas tan tarde así en la calle con este calor.

El micro se tragó a los chicos como un sorbo de espuma. Al subir, dos o tres de ellos pisaron el manto caldo. El último, un esmirriado pecoso, tropezó con el canasto y se arañó las rodillas. Al levantarse, pisó su propio guardapolvo, que se le desgarró.

-La pucha. Lo que va decir mi mamá ahora.

Lloraba casi. Los otros rieron. Sentábanse ya con gran algazara en el fondo, porque querían ir juntos. Todos se reían del feo y pecoso. Titito no tenía suerte. Le habían aplazado de nuevo. Y de yapa se había arañado las rodillas y desgarrado el guardapolvo, y su mamé le iba a dar una paliza.

El micro iba ahora disparado. El chofer, recostado en el respaldo entrecerraba los ojos -o la mujer veía mal?..- y parecía dejar al vehículo correr por su cuenta. Seguramente estaba deseando llegar, entregar su tumo y descansar. Quizá había ido de juerga la noche anterior, domingo, y tenía sueño. Tal vez se había casado hacia poco y le esperaba una mujer joven y cariñosa. Quizá simplemente deseaba llegar porque tenía apetito y pensaba en un buen plato de locro.

La calle se extendía ante el micro con su ligera concavidad de hamaca o de intervalo entre dos olas. Allá lejos a las pocas cuadras, se precipitaba limpiamente en el terrible azul de la siesta.

El nene seguía chupando. Al fondo, los escueleros se divertían de lo lindo tomando el pelo a Titito.

-Sos un chambón. Ni copiar sabés.

-Cómo voy a copiar si me está mirando la señorita todo el tiempo.

-Mirá como hice yo para llevar copiado mi tema y que no me vea.

-Por el pellejo de tu muslo?... Ayjuepete!!!...

La mujer movió sin darse cuenta la pierna; el mimbre volvió a rozarle la piel. Furiosa, dió un puntapié al canasto; sin moverlo, por supuesto; estaba bien encajado. Miró otra vez por encima del respaldo a la vieja de los ojos de teyú. Cómo se puede traer esas cosas en micro. En tranvía si acaso. Miró luego a su hijo, en el asiento de al lado. Dormitaba. El también estaba cansado, angá; despierto desde la madrugada. El cabello crecido le comía las sienes y la nuca, donde los tendones se destacaban tirantes como dos piolines. Los brazos flacos rodeaban el canastito donde se juntaban las sonseras que la patrona le había dado como siempre que iba a hacer la limpieza de la casa. Un poco de azúcar. Un resto de café, casi sin aroma ya. Una lata de leche para la criatura, que nunca se hartaba. Y, milagro, un buen pedazo de torta de la fiesta de quince de la hija de la patrona. El chico le había pedido un pedacito:

—Quiero probar, mamá. Tengo hambre.

—Cuando lleguemos a casa, che memby. Rosalina angá también ha de querer probar.

El no había protestado. Era obediente. Ahora al verlo tan cansado y flaco, la madre sintió no haberle dado aquel pedazo. Lo miró otra vez. Tenía que enviarle a la peluquería y comprarle una camisa. La ternura silenciosa de los pobres no da para más: para cantos o canciones. Queda en eso. En lo necesario. Un corte de pelo; una camisa menos vieja que la puesta.

El micro paraba. Titito corría hacia la salida. Trastabilló al tropezar con el canasto. El guardapolvo se le enganchó de nuevo y el desgarrón se hizo imponente. Aterrizó en la vereda con un salto descoyuntado. Los compañeros se morían de risa:

-Titito yetudo!!!

-Titito fúlmine!!!

Titito dobló la esquina lloriqueando, y desapareció con el trozo de guardapolvo descolgándosele sobre la pierna. El micro se alejaba ya hecho una llama bajo el sol.

La mujer pensó que pronto le tocaba bajar, y quiso recoger el manto enganchado y pisoteado. Fracasó. El bebé prendido al pecho -nunca se hartaba, che Dió- le impedía maniobrar. Se enderezó decidida a decir cuatro cosas a la vieja aquella tan desconsiderada. Y en ese punto algo gris, rugiente, le oscureció la vista, ocupó todo el espacio del mundo. Una fuerza prodigiosa la echó atrás primero, luego hacia adelante, descuajándola; los brazos vacíos, la boca abierta en un grito que no alcanzó a sonar; un grito por algo que no supo ya qué era, antes de atravesar aquella parrilla de crueles filos quemándola por dentro. Un trueno opaco y remoto le atropelló la frente. Un montón floreado quedó encajado en la estribera.

En el asiento de atrás los mitais habían callado, y no se veía ninguna cabeza. La mujer de los ojos de lagarto estaba caída en alguna parte, quizá debajo del hombre gordo del cual sólo se veía la espalda como un enorme atado de ropa sucia. El mitaí, colgado sobre un respaldo, como puesto a secar, manaba despacio sangre de la cabeza. £1 volante no se vela; el chofer, doblado hacia delante, boqueaba sin ruido.

...El canasto se habla volcado sobre las piernas del guarda, quien con la cabeza desgarrada fuera del parabrisas, parecía haber satisfecho de una vez su curiosidad de paisaje. Pero de debajo de la canasta se levantaba ya un lloro; lloro frenético, indignado, de una criatura a la cual han arrancado, sin justificación suficiente, el pecho antes de hora.

1963.



LA VENGANZA DE ALMEIDA

José Maria Rivarola Matto

 

Mirando las cosas con perspectiva y razonable ecuanimidad, admito que Almeida tenía razón para vengarse. Pasé años burlándome de él; no podía esperar que indefinidamente me siguiera poniendo la otra mejilla.

Era -ya murió- un abogado de más categoría, más años, saber jurídico, relaciones, patrimonio y don de gentes que yo. Sus clientes estaban siempre en el cielo azul de la burguesía, constelado por las hipotecas, garantías y cajas fuertes, en el selecto grupo de los que ya no luchan por adquirir, sino por conservar sus bienes de la rapaz voracidad del dilatado pobrerío y los astutos proponentes de negocios, donde éstos ponen la entusiástica verba, y el otro el sagrado capital.

Cuando debimos litigar, él estaba, del lado bueno que respalda sus razones con metálico y con cheques, y yo del que lo hace con promesas y velas a los santos. Yo era un jovencito que pasaba por las horcas caudinas del famélico idealismo; él estaba de vuelta de cualquier exceso, conocía a fondo el cambio de cualquier ley y sus incisos a la cotización del día.

Mi cliente me dijo que debía viajar con él a Buenos Aires para hacer un esfuerzo final de conciliación en un enriedo, en tratativas con las partes. No me sentí tranquilo, pero tenía entonces el optimismo irracional de la juventud y una fe inocente en los derechos. Le llamé por teléfono para ajustar el día del viaje y del encuentro en el extranjero, pues daba por seguro que él irla en avión, y yo por alguna polvorienta combinación de ómnibus que partiese de Clorinda, para reducir los costos.

-No permitiré eso, doctor -me replicó exaltado- Diré a mi cliente que anticipe al suyo una suma de la que desde luego reconoce que le debe, para cubrir sus gastos y viáticos con suficiencia. Doctor -agregó con fervor gremial- nosotros los colegas tenemos que ayudarnos!

Me sentí halagado, ensoberbecido, y se lo dije. Caramba, que éste conspicuo miembro del alto foro me tratase de colega y aún hiciese fuerza por darme mi lugar, me resultaba envanecedor. Cumplió cabal; ese mismo día me hizo llegar mis pasajes, un cheque y un recibo que debía conformar mi mandante, quien al ver la suma por poco no se pone a llorar, para que le dejase la mitad, o una tercera, cuarta y hasta quinta fracción que le calmase el apetito extremo hasta mi vuelta.

Nos encontramos en el aeropuerto a la noche. Su equipaje de marroquinería importada estaba saturado de elegancia; en mi valijita de cuero de chancho adquirida en almacén de campaña, iban mis papeles, y unas pobres mudas. El vestía un combinado deportivo, llevando al brazo un pesado sobretodo; yo viajaba con mi traje azul de los domingos y apuñaba un pilotín de seda con el que esperaba torear, no el frío, sino tal vez, la lengua de la gente. Era junio, pero en Asunción hacia calor.

Viajamos en Pan-Am, en primera clase.

-Doctor -me dijo- le cedo el asiento de la ventanilla. Así tendrá oportunidad de ver las luces de una gran ciudad desde arriba, de noche. Es un espectáculo hermoso, parece la cueva del tesoro de Ali Babá. Yo que viajo cada rato, ya lo he visto muchas veces.

Vino la azafata, una hermosa joven, y se reconocieron! Cada minuto crecía mi admiración.

-Aquí todos me conocen. Voy con mucha frecuencia a Buenos Aires donde tengo una cantidad de clientes. Ahora no les hice saber que iba porque me ^vuelven loco con invitaciones para comer y salir; quieren consultarme. No, no, no!, esta vez me dedico a nuestro asunto.

-Yo calculo que estaremos cinco días, pero por las dudas le dije a mi señora que ejecutara la lista H-6-8. Ja, ja!, te extraña? (empezaba a tutearme). Como yo viajo muy de seguido, estoy organizado. Por ejemplo, si tengo que ir a Encamación por tres días, llamo a casa y digo: C-6-3. Eso significa: Encamación, junio, tres días. Mi señora toma el cuaderno y hace la valija adecuada con la ropa exacta para tres días de invierno. No hay nada más desagradable que llegar al hotel y encontrarse con que uno ha olvidado el pijama, la zapatilla, el dentífrico o la máquina de afeitar. Además, en la tapa de la valija va prendida la lista de las cosas que llevo para traerlas todas de vuelta. Ya sabés las cosas que uno va dejando en los hoteles! Y así con Villarrica, o Nueva York, lo mismo.

-Este avión es un DC 7C con cuatro motores a pistón, los de mayor alcance en el mundo, con 10 a 12 mil cabedlos cada uno. Ahora viene de Miami, viaja a unos 600 kilómetros por hora; llegaremos a Buenos Aires en dos horas y cuarenta minutos más o menos, según el viento.

Y así sucesivamente. Aunque entonces aún no se habían difundido las computadoras, éste paradigma de la planificación y el método, era una anticipación asombrosa de la más depurada cibernética electrónica. Al promediar el viaje predijo el menú y me sugirió algunas bebidas exquisitas. Entonces, no solo me tuteaba, sino que habla pasado a llamarme afectuosamente «mi hijo», otorgándome su protección, y yo hacía desesperados esfuerzos por salvar mi independencia de juicio de los destellos de éste genio del orden que conocería en detalle las últimas rendijas de la ley y sus incisos, con quien para mayor preocupación, debía competir. Me sentía una laucha acorralada.

Me dejó admirar las luces de Buenos Aires. Todavía me indicó los barrios, no sé con qué veracidad, tal vez con el deseo de aplastarme más en lo moral.

-Mirá -agregó después- ahora van a decir qué temperatura tenemos en Ezeiza. En ésta época aquí hace mucho frío.

En efecto, a los pocos minutos por los altavoces decían que la marca mercurial era de dos grados bajo cero.

-Ahhh!, ya decía yo! Pero a mi no me joden (juro que empleó la palabraja); ya venía preparado-. No sé de qué bolsillo sacó una gorra que se la puso, y un pulverizador de garganta con esencia de eucaliptos con el que se hizo cinco o seis profundas fumigaciones en la boca y la nariz. Como el cambio de tiempo es tan brusco, uno se quiere resfriar, y no es el caso de llegar aquí y estarse en cama en el hotel.

Aterrizamos; él se fue hasta el perchero, descolgó su regio sobretodo y desfilamos hacia la escalerilla de babada. Afuera hacia realmente un frió acuchillador, porque además, un viento infame me liaba el cebolluno pilotín al cuerpo como cáscara de hielo. El Dr. Almeida se levantó las solapas del abrigo y con reposado andar caminaba hacia los reparadores edificios, ignorando que yo me mantenía a su vera invocando el numen de mis heroicos antepasados y entonando por lo bajo las estrofas más vibrantes del himno nacional.

Cuando nos habíamos alejado unos veinte metros del aparato y aún faltaba un largo trecho para encontrar refugio, bajó apresuradamente el Comisario de abordo, quien nos alcanzó gritando

-Doctor Almeida!.. Dr. Almeida!

-Qué pasa, Comisario

-Ud. se trajo equivocadamente el sobretodo del Sr. Ferreira.

-Qué?, qué?, y el mío?

-Parece que Ud. lo dejó en el aeropuerto de Asunción porque vi que entregaban uno como éste en el mostrador de le Compañía.

-Y porqué no me avisaron!

-No se sabía de quien era, y había mucho tráfico.

Almeida se balanceó como si hubiera recibido un mazaso en la pelada coronilla. Por mi parte me adelanté de prisa para disimular la maligna carcajada que liberó mis nuevos complejos como las burbujas de una botella de champaña. Corrí riendo al portón de entrada; me seguía el jurisconsulto al trote vivo, embutido en su gorra, calentándose las heladas manos con el aterido aliento, desde luego sin abrigo.

Al día siguiente discutimos; pero ya lo trataba de che a che, y aún soltaba largas parrafadas en irreverente e igualitario guaraní. Le gané el pleito, y llevé a mi diente una bonita suma, oportunísima, porque ya subsistía con estricta dieta de tereré y sostenía su status sico-social ostentando un mordido escarbadientes con la ilusión de hacer creer que había comido.

De Almeida me burlé sangrientamente. Conté mi cuento, y lo representaba, ante quiénes me querían oír. Los que lo conocían lo festejaban con interminables carcajadas. Pero el afectado llegó a saberlo; y de mi propia boca! Unos años después, con unas copas, le hice a él mismo el relato rebajando en su homenaje las pullas más picantes. Pero el hombre tenía calidad! Lo aceptó con buen humor sin acusar impacto, aunque a mí me pareció ver una sombra de rencor en sus ojos achicados por la risa. Sentí preocupación por haber herido, acaso, a este letrado poderoso con formidables conexiones, sin necesidad alguna. Mucho tiempo anduve con cuidado, hasta que un día lo encontré en el obituario encabezando una imponente lista de avisos mortuorios. Suspiré aliviado, pero fui a su entierro con pesar contradictorio.

Y aún cuando coincidía con la parte substantiva de las pompas y el ampuloso elogio de los oradores, no dejé de sonreír so capa al recordar nuestro famoso encuentro primerizo.

Algún tiempo después tuve ocasión de visitar Europa. Como el viaje había de ser por varios países, por un par de meses, planeé cuidadosamente el itinerario, la variedad de ropa que debía llevar, las cartas de presentación, los sitios que quería ver, y desde luego, calculado con reservas, el dinero que tenía que llevar, en billetes, cheques viajeros y órdenes de pago.

Todo lo estudié y prescribí a lo Almeida, minuciosamente, meticulosamente. No quería tener tropiezos, ni improvisar en tierras tan lejanas, y si esto debiera de ocurrir por causa de la imposibilidad de proveerlo todo, que ello fuese contra el firme parapeto de los pesos que en ordenadas filas iban conmigo, como soldados de un disciplinado regimiento.

Una semana antes de la fecha de partida empezaron las despedidas, almuerzos, aperitivos, cenas, así como antes se hacía cuando los señores debían «bajar» a Buenos Aires. Un día antes estaban mis valijas hechas al detalle, mis citas en Europa confirmadas, el dinero contado y recontado, a mano, en la inmediata caja fuerte.

Como partía en verano, en medio de la tarde, y tenía que arribar de noche, en crudo invierno, llevaba al brazo un pesado abrigo. Aunque no extremé la similitud con el pulverizador de garganta, llevaba si una gorra.

Abrazos, besos interminables, recomendaciones, despedidas. Ya en el aire me sentí liberado de las preocupaciones previas flotando en alas de la aventura. Buen ambiente, suavemente perfumado, temperatura clima- tizada, relajamiento. A los pocos minutos vino una camarera a ofrecer champaña que acepté gustoso. Las nubes pasaban por debajo con sus ángeles, santos y conjuntos folklóricos celestes, poniéndome en las puertas del infinito y de los sueños. Pero cuando sentía en las venas el grato cosquilleo de las burbujas del vino de los fastos, me acordé de pronto! No había traído mi dinero! Lo había dejado integro entre los fierros de la caja fuerte!

Un sentimiento de furor y pánico me estalló en las vísceras. Cruzar el mar con moneditas! Levantándome a medias, grité hacia el cielo con ahogada voz: «Almeida, hijo de puta, te estás vengando!»

Dejé caer la copa, y como un marinero vencido por los imprevisibles tumbos del naufragio, avancé a brazadas por el pasillo hacia un tripulante a quien me impuse terminantemente: «Haga parar el avión!»

Habrá visto en mi cara derrumbada que no era un pirata aéreo, sino una presa enloquecida del terror y del destino. Sin alterarse, me siguió la corriente: «Ya paramos, aquí en Foz». Lo hicieron, urgí que bajaran mi equipaje, lo arrojé en un taxi, me hice repasar el Paraná y tomé el primer ómnibus para Asunción con mis últimos recursos. Ni con dos fuertes pastillas calmantes pude apaciguarme, ni admitir que cuando menos también tenía alguna culpa. «Almeida, sos un cerdo»!, repetía y masticaba, pesaroso de que éste cobarde se guardase detrás de su sepulcro. Bajé en lugar indebido, no pude conseguir transporte y debí cargar bolsones y valijas hasta mi casa donde llegué arrastrado, bañado de sudor y humillación, casi a la media noche del mismo día de mi aparatosa despedida.

Se hizo un alboroto; todo el mundo tenía que ver con mi regreso: perros, servicio, vecinos, hijos, parientes.

-Qué pasó?, de dónde venís? -me preguntó mi esposa.

-De Europa -respondí, dejándome caer en un sillón que gimió hasta en sus últimas astillas, y suspiré profundo a partir de la verija, antes que empezaran las inminentes, odiosas e inevitables carcajadas.


 

P.E.N. CLUB DEL PARAGUAY

Junta Directiva (Marzo 1977/1979)

Presidente: Alejandro Marín Iglesias

Vice-Pte. 1° Ricardo Mazó

Vice-Pte. 2° Bacón Duarte Prado

Srio. Gral. José-Luis Appleyard

Srio. de Actas Luis María Martínez

Srio. de Finanzas Víctor Ramón Casartelli

Srio. Reí. Públicas Noemí Ferrari de Nagy

Vocal 1° Juan Boggino 2° Josefina Plá

3° César Alonso de las Heras 4° Hugo Dávalos 5° Augusto Casóla

Síndico Titular: José Antonio Bilbao Suplente: Emilio Pérez Chaves

Director de la Revista: Willian Baecker




P.E.N. CLUB DEL PARAGUAY

Alonso de las Heras, César

Alsina, Arturo

Amaral, Raúl

Appleyard, José-Luis

Avalos, César (h.)

Argüello, Manuel E.B.

Baecker, William

Báez, Jorge

Bedoya, Nilsa Casariego de

Bilbao, José Antonio

Boggino, Juan

Casaccia, Gabriel

Casartelli, Víctor

Casola, Augusto

Chaves, Julio César

Dávalos, Hugo A.

Domínguez, Ramiro

Duarte Prado, Bacón

Ferreiro, Ana Iris Chaves de

Ferreiro, Oscar

Frutos Pane, Juan Manuel

Gaona, Roque

Garay, César

García, Laureano Pelayo

Gómez Sanjurjo, José María

González Alsina, Ezequiel

Halley Mora, Mario

Lamas, Vicente

Lezcano, Luiz

Livieres, Lorenzo

Marín Iglesias, Alejandro

Marcos Alvarez, Juan Manuel

Martínez, Luis María

Mateo Pignataro, Tomás

Mazó, Ricardo

Montalto, Francisco

Nagy, Noemí Ferrari de

Nogues, Alberto

Peña VilIamil, Manuel

Pérez Chaves, Emilio

Pérez-Maricevich, Francisco

Plá, Josefina

Rauskin, J. A.

Ramírez, Juan

Vicente Riquelme

García, Benigno

Ritter, Jorge

Rivarola Matto, José María

Roa Bastos, Augusto

Rodríguez-Alcalá, Hugo

Rojas Silva, Hermógenes

Sánchez Quell, Hipólito

Thompson, María Luisa Artecona de

Troche, Julio César

Verón de Astrada, Manuel


SUMARIO

APPLEYARD, José-Luís

La blasfemia y Torquemada

CARLISLE, Charles R.

Crucemos ahora el río...

CASOLA, Augusto

La hija chica

FERREIRO, Ana Iris Chaves de

La hipócrita inocencia

MARTINEZ, Luis María

La inevitable Pierna

MAZO, Ricardo, 

El ágape del Poeta Laureado

NAGY, Noemí Ferrari de

El consejo de John Smith

PLA, Josefina

El Canasto

RIVAROLA MATTO, José María

La venganza de Almeida

 

 

 

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