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JULIA VELILLA LACONICH

  PARAGUAY UN DESTINO GEOPOLÍTICO, 1982 - Por JULIA VELILLA LACONICH DE ARRÉLLAGA


PARAGUAY UN DESTINO GEOPOLÍTICO, 1982 - Por JULIA VELILLA LACONICH DE ARRÉLLAGA

PARAGUAY UN DESTINO GEOPOLÍTICO

(EL INFORME DEL GOBERNADOR FERNANDO DE PINEDO)

Por JULIA VELILLA LACONICH DE ARRÉLLAGA

Publicación del Instituto Paraguayo de Estudios Geopolíticos

y Relaciones Internacionales.

Asunción – Paraguay

1982 (315 páginas)

Libro Paraguayo



PRESENTACIÓN

Cuando terminé de leer el libro de Julia Velilla de Arréllaga se me confirmaron las dudas que me habían aparecido al promediarlo. Lo había comenzado como un trabajo histórico y sin embargo todas las reflexiones que me había sugerido lo ubicaban como una tesis de Relaciones Internacionales.

Con audacia podríamos afirmar que a la autora —Julia en adelante— le habrá ocurrido lo mismo. Inadvertidamente, al decir de Borges, presentó una tesis histórica, que se convirtió en un excelente ensayo de política internacional, más importante por lo que sugiere o por las posibilidades que abre su investigación que por las conclusiones a que arriba.

Cuando comenzamos a escribir estas líneas, no pudimos sustraernos a la tentación de comparar su técnica metodológica con la que usa Jean Baptiste Duroselle en su reciente obra: “Tout Empire perira. Une visión theorique des relations internationales”. Publicaciones de la Sorbonne. Paris, 1981.

Los autorizados críticos de esta obra han señalado que Duroselle “fue pasando muy sensiblemente del campo de la historiografía al espectro bastante más vago de las Relaciones Internacionales”. Roberto Mesa. Pág. 629. Estudios Internacionales.

Julia escribió este libro sin leer la obra citada, fue editada posteriormente a la conclusión del texto que comen-tamos, pero bien podemos ubicarla como aventajada discípula del gran maestro francés. Y seguramente nuestra autora suscribiría con placer y énfasis la afirmación de Duroselle: “el estudio de las Relaciones Internacionales solo puede basarse en el material proporcionado por la historia”.

Comparto, con muchos, las dudas que provocan este tipo de afirmaciones, pero en este caso ha sido aplicada en todo.

La bibliografía del mismo, es básicamente la de un historiador, pero el campo de las Ciencias Sociales ha enriquecido el tema. Y las citas de San Agustín, Eduardo Galeano, Mario Travasos, Carlos Pastore o Rudolf Kjellen buscan superar un estadio historicista.

Ingeniosamente ha proyectado el informe de Agustín Fernando de Pinedo, ese gobernador español con rasgos de Francia y Eligió Ayala, al siglo XX, tratando de encontrar el hilo de la historia.

El Paraguay, nuestro Paraguay, a quien ama racionalmente por momentos y con pasión de sangre en otros, surge del pasado y se adentra en un futuro organizado e integrado armónicamente en una tesis de realidades y de sueños. Al final de cuentas “el deber de todo científico es luchar por la utopía... ”.

Pinedo no pudo soñar con Urupabol, pero unido con aquel proyecto de Artigas puede concluir en Urupabol. Nuestra autora casi nos convence.

Afortunadamente ella misma nos vuelve a la realidad, describiendo el castigo a la Patria Comunera. La sanción del orden internacional de entonces al que aspira ser libre. Nos hubiera gustado encontrar algún comentario sobre la Guerra del 70, traída contra el Paraguay, también fue un castigo a otro proyecto de ser libre, frente al nuevo orden internacional sucedáneo del español. Toda la concepción revisionista no ha agotado el tema; ahora, desprendido de ribetes ideológicos de hoy aplicados al pasado, va dar paso a una nueva interpretación de los acontecimientos que han signado nuestro presente.

La descripción histórica del Paraguay, bastión frente al avance portugués, se engarza con la tesis integracionista “el Paraguay y el Alto Perú, eran importantes porque constituían, y constituyen, la encrucijada de Latinoamérica”.

A Estas afirmaciones, Julia incorpora un elemento trascendente, aceptado como pieza fundamental en el proceso de integración europeo. La democracia es un presupuesto de la integración entendida esta como ruptura de la dependencia, agregaríamos nosotros. La base histórica se fundamenta en la descripción minuciosa de los alcances sociales que tuvo la Real Provisión del 12 de Setiembre de 1537, que modificó el destino social y político de la Provincia Gigante de las Indias, según Marco Antonio Laconich.

La actualidad del trabajo vuelve a reforzarse con el relato del éxodo de los habitantes de la Provincia, tema que preocupa a Pinedo en su informe y alcanza un realismo descriptivo de nuestro mundo de hoy cuando transcribe "No tienen número los males que han causado a esta provincia, a su comercio y a su reputación los Encomenderos, y sus intereses siempre manejados a su arbitrio como los más poderosos de esta Provincia”.

El Gobernador Español parece visualizar toda una faceta de la liberación americana, al negarse a pagar indemnización al Encomendero. “Que la indemnización debía determinarse por el precio de origen de las Encomiendas", es el ayer de la lucha de la América de este siglo por sus riquezas naturales, cobre en Chile, estaño en Bolivia, petróleo o sus concesiones en México, Perú o Paraguay.

La Cédula Real del 8 de Agosto de 1776 creaba el Virreinato del Río de la Plata. Por tanto y atendiendo a la ficha de la Independencia de los países que surgieron de él, no alcanzó a durar cincuenta años. El análisis de su realidad social, de sus factores estáticos y dinámicos, una palabra la aplicación del método sociológico de investigación que es el usado por las Relaciones Internacionales, deben dar una explicación mucho más científica a su inviabilidad que frases como “fue solo responsabilidad de los porteños la desintegración del Virreinato”.

En el mismo sentido nos resistimos a aceptar el esfuerzo de muchos historiadores, de encontrar en el pensamiento de algunos de nuestros próceres, la base de una concepción de política internacional actual. Peligrosamente nos aproximamos al error de los que interpretan acontecimientos del pasado con criterios ideológicos de muchos años después.

Es el mejor relato de las relaciones paraguayo—bolivianas después de la Guerra del Chaco que conocemos, visto desde un prisma nacional, se introducen sin embargo afirmaciones sobre algunas posiciones de los gobiernos nacionalistas de Bolivia o de políticos sudamericanos, que requieren mayores explicaciones o una profundización que no pierda de vista la complicada situación creada por la Segunda Guerra Mundial y el enfrentamiento de la civilización al nazi—fascismo.

Se equivoca Julia cuando dice: “Los españoles —defecto que también hemos heredado y aún perfeccionado— tenían el arte de hacer lo debido en el momento indebido”. Ella ha escrito un buen libro en el momento debido. Ha descripto, utilizando un informe, un pasaje de la historia sudamericana, española y europea también, cuando el imperio español agonizaba. El título de Duroselle: “Tout Empire périra” es una realidad en cada una de sus páginas. Cuando termina una era, y todavía vivimos con los males descriptos en el Siglo XVIII, son útiles estas obras que provocan reflexión.

El libro es un compromiso con toda una generación de jóvenes obligados a pensar a diario en su futuro. Estoy seguro de que habrán otros textos. Esos jóvenes, y todos los que piensan con criterio moderno harán el Paraguay y la América. Que algunos, desesperada e infructuosamente, solo alcanzan a postergar.

José Félix Fernández Estigarribia

Coordinador del Dpto. de Relaciones Internacionales del

“Inst Paraguayo de Est. Geopolíticos y Relaciones Internacionales”



PRÓLOGO

Julia Velilla Laconich de Arréllaga publica su primera obra de envergadura: “Paraguay. Un Destino Geopolítico", Y lo hace en un momento muy oportuno: el cincuentenario de la guerra del Chaco, el replanteamiento de la integración latinoamericana, la extinción de Urupabol y la consolidación en el Paraguay de un Instituto de Relaciones Internacionales y Estudios Geopolíticos bajo su inteligente dirección.

Nuestra historia —tanto en su pasado colonial como en su etapa independiente— ofrece hechos y hombres que abren interesantes perspectivas a la vocación integracionista del Paraguay. En la primera época, Domingo Martínez de Irala, Juan de Garay, Hernandarias y Agustín Fernando de Pinedo fueron los grandes ejecutores. Proyectaron y realizaron, aunque sólo en parte, una empresa civilizadora que tuvo como centro Asunción y desde aquí se irradió a todo el Río de la Plata y al Alto Perú.

La obra que tenemos el honroso cometido de prologar, toma como leit motiv, el informe de Agustín Fernando de Pinedo al Rey Carlos III de España. Este Gobernador, que encontró la provincia paraguaya aplastada y castigada después de la derrota comunera, analizó las causas de su estancamiento y postración. Y propuso tres objetivos que debían ser alcanzados: la supresión de las encomiendas que subsistían, sin retribución alguna para los encomenderos, cuya codicia y afán de explotación contradecían tanto a la colonización hispana como a la evangelización cristiana; la organización de un ejército regular de 600 hombres costeado por la Real Hacienda, que liberaría a los paraguayos del permanente servicio militar y les permitiría atender mejor sus fuentes de producción, especialmente la yerba mate, y el establecimiento de una permanente comunicación entre Paraguay y Perú, a través de nuevas fundaciones, en beneficio de ambas provincias y para la común defensa contra la penetración portuguesa.

Es este tercer objetivo el que la Dra. Velilla de Arréllaga estudia en profundidad. Lo hace con claridad y lucidez, a la luz de numerosos documentos, de hipótesis sugerentes y de conclusiones audaces. Páginas enjundiosas son las que dedica a la fundación de ciudades y sobre todo al nacimiento de la Villa Real de la Concepción, que de haber sido emplazada más al norte de su actual ubicación, como lo quería Pinedo, hubiera llevado la marca hispánica y la frontera paraguaya a lugares de donde habría sido más difícil su desplazamiento posterior. Concepción cumplió con bizarría su misión de antemural de la conquista, pero no pudo llegar a constituirse en la cabecera de un puente de unión y comunicación con el Alto Perú.

El anhelo de vinculación del Paraguay con el Alto Perú es estudiado en este libro desde sus más remotos orígenes hasta los tiempos que corren. Pueblos guaraníes en sus legendarias migraciones, Adelantados, Gobernadores, conquistadores y misioneros desfilan en estas páginas intentando una y otra vez, la comunicación que parecía necesaria por mandato de la propia geografía y de la que Pinedo esperaba resultados tan fecundos para toda la región.

Julia Velilla de Arréllaga analiza luego la desintegración del Virreinato del Río de la Plata y la formación de las nacionalidades, el poder centralizador y hegemónico de Buenos Aires, el gravísimo error que significaron la venida al Paraguay de la expedición militar de Belgrano y los “ejércitos auxiliares” enviados al Alto Perú, la nota paraguaya del 20 de Julio, los impuestos porteños al comercio paraguayo antes y después de la emancipación,

la conducta de Buenos Aires frente a Artigas, la incomprensión del Dictador Francia ante los requerimientos del prócer oriental, el reconocimiento de nuestra independencia por Bolivia, las posibilidades que tal reconocimiento abrió para la política de Carlos Antonio López, la visión del Mariscal Francisco Solano López que en plena guerra, pensaba en un ferrocarril que nos abriera una comunicación segura con Bolivia, el aniquilamiento del Paraguay por la Triple Alianza y la solidaridad moral de Bolivia con la tragedia paraguaya.

Nuestra historiadora y geopolítica analiza luego el proceso que vino a desembocar en la guerra del Chaco: la guerra del Pacífico, con la pérdida para Bolivia de su litoral marítimo; la desmembración del Acre, territorio perdido por ese mismo país e incorporado al Brasil; el Tratado de Petrópolis, una obra maestra de Río Branco que en su momento mereció la enérgica resalva del Canciller Antolín Irala en nombre del Paraguay y el desplazamiento de la zona en conflicto a la región del Chaco, donde tiempo después debían enfrentarse dos pueblos que hacía cuatro siglos estaban intentando vanamente, conocerse y relacionarse.

Es en medio de este doloroso conflicto que costó a ambos países millares de víctimas heroicas, donde se alza la voz de un estadista de la talla de Eusebio Ayala para advertir, respecto a Bolivia, que “no es concebible que el Paraguay, país mediterráneo y dependiente de sus vecinos para mantener el intercambio con el mundo, proclame la Clausura de otro Estado, igualmente sin acceso al mar”.

Y finalmente, el Tratado de Paz y los acuerdos paraguayo-bolivianos firmados en la postguerra. Héroes de la guerra, como Estigarribia en Paraguay y Busch y Villanoel en Bolivia, trataron de abrir para sus respectivas patrias, nuevos caminos de cooperación que habrían podido llevar a la construcción de un oleoducto hasta el río Paraguay y una refinería de petróleo, como una empresa de economía mixta o de carácter binacional. Y de nuevo, los intereses antinacionales, movidos esta vez por una empresa petrolera de ingrata resonancia en la reciente historia paraguaya, se encargaron de hacer que tales convenios no fueran implementados, en abierto perjuicio de nuestras economías expoliadas por capitales extranjeros y sus cómplices cipayos.

Julia Velilla Laconich de Arréllaga es una historiadora de alma. Lleva en su sangre, que es la misma de Benjamín Velilla y Marco Antonio Laconich, la pasión por la investigación histórica y por la dilucidación de la verdad. La tuve como alumna en la Facultad de Filosofía de la Universidad Nacional. Conservo de ella, desde entonces, el recuerdo de su viva inteligencia y de su aguda perspicacia. Sus posteriores estudios de Geopolítica han venido a complementar sus conocimientos históricos y a proporcionarle una visión más amplia de los hechos, de los intereses que se mueven detrás de ellos y de sus consecuencias.

Y el Memorial de Pinedo le ha brindado una bella oportunidad para hacer a la historiografía paraguaya y latinoamericana, un aporte singular. No es solamente, la suya, la recreación de un pasado muerto. Es sobre todo, un desafío lanzado al presente y al futuro de nuestros pueblos.

“Necesita, Señor, de redención el Paraguay”, decía Pinedo hace más de doscientos años. Ese grito lejano y angustiado, hoy parece cobrar nueva resonancia para un pueblo que necesita más que nunca, la Redención que viene de lo Alto, pero también la que venga de gobernantes honestos y capaces que lo liberen de seculares ataduras y le inspiren ideales de libertad, de justicia y de solidaridad

Jerónimo Irala Burgos

El apasionado interés que despierta en nosotros todo lo relacionado a nuestro destino, en el contexto de la integración americana con la que siempre soñamos, seguramente se debe a las largas conversaciones que sobre los problemas internacionales y sus implicaciones históricas hemos escuchado desde nuestra infancia, a los Académicos Marco Antonio Laconich, hermano de mi madre, y Benjamín Velilla, hermano de mi padre. Muchas veces, acompañados de ilustres personalidades paraguayas, bolivianas, argentinas, brasileñas, y uruguayas, les hemos escuchado analizar nuestros problemas y soñar con la Patria grande.

Pero descubrimos los alcances —para nosotros novedosos— del informe de De Pinedo, con motivo de la elaboración de un estudio que realizamos, para las Jornadas que la Academia Paraguaya de la Historia, realizó en Villa Real de la Concepción, conmemorando los 200 años de su fundación y en homenaje a Fernando De Pinedo, su ilustre fundador.

Sentimos que nos hallábamos manejando temas actuales; y decidimos estudiar e investigar personalmente los antecedentes históricos y los alcances del famoso memorial del Gobernador, así como los temas específicos que hacen relación a este documento y a su vigencia. Meditando sobre el mismo, comprendimos que él encierra la clave —intuida hace doscientos años— de nuestro deshilo internacional.

Las grandes verdades expuestas por De Pinedo, parecían actuales. Julio César Chaves tuvo razón cuando dijo: “Es que pocos gobernantes calaron tan hondo en esta roja tierra, y pocos dijeron en voz más alta su diagnóstico y su profecía”.

En la investigación nos hemos atenido a normas conocidas, ubicando los hechos en el tiempo y en el espacio; buscando coherencia y procurando mantener la más honesta relación de nuestra interpretación con el testimonio histórico.

En el proceso heurístico, hemos buscado la mayor cantidad posible de documentos, aportes bibliográficos y testimonios; y todo este material hemos tratado de seleccionarlos mediante un análisis crítico.

Hemos podido contar con fuentes de investigación originales, que nos fueron proporcionadas por nuestros familiares y otros estudiosos, de larga experiencia en el manejo de los problemas económicos e internacionales. Nuestras fuentes son fidedignas, respaldadas en muchos casos por copias fotostáticas que cursan en nuestros archivos. La relación de algunos hechos sólo lo hemos consignado, después de obtener el testimonio, coincidentes, de dos o más personas. La investigación de algunos hechos pretéritos ha demostrado la insistente repetición de los mismos, y su persistencia contemporánea.

Debemos aclarar, con honestidad, que no hemos ingresado a la elaboración de esta obra con la mente completamente desprovista de juicios y prejuicios.

En este proceso, no hemos partido de un punto cero, el ideal para una investigación. Es posible que estos antecedentes hayan dado color —contra nuestra voluntad— a la interpretación de los hechos. Hemos tratado de superarlos; si lo hemos logrado, no habremos malgastado tiempo ni menoscabado el valor de la interpretación.

Estructuramos nuestro trabajo, tomando como pivot el famoso memorial del Gobernador De Pinedo.

A partir del análisis de la vigencia que, en el momento que lo escribió, tenía su magistral y meduloso memorial, verificamos los antecedentes que inspiraron a De Pinedo, las razones que frustraron esa política, y la trascendencia actual que su aplicación podría tener.

Comprobamos entonces cuales habían sido las ideas que precedieron esa política, que parecían señaladas por Dios en la geografía. Ya antes de la conquista, los pueblos de estas regiones habían tratado de ponerse en contacto, siempre impedidos por la barrera inexpugnable del gran desierto chaqueño. Y desde los inicios mismos de nuestra fundación como nación, nuestro destino y el “punto de mira” (como diría Domínguez), la obsesión y la meta de todos los conquistadores fue llegar al Potosí en el Alto Perú. Sus reiterados intentos se estrellaron siempre contra ese “dragón nunca dormido que custodiaba el vellocino de oro”; “vellocino” al que otros españoles más afortunados habían podido llegar por el Pacífico.

Los conquistadores enterraron, resignados, sus frustraciones en la acogedora Asunción y encerrados en el maravilloso “abanico hidrográfico” de la cuenca platina, iniciaron en estas tierras, pobres en minas, pero ricas en tantas otras posibilidades, una descollante obra colonizadora.

El eje, el motor, el centro de expansión, fue Asunción, que, exhausta en su esfuerzo fundacional, aún halló fuerzas para defender estas regiones de la codicia lusitana y del afán hegemónico del “Puerto”, que, “refundado” por ella, controlaba su salida al mar y su comunicación con el mundo. En vano trataron, desde la Audiencia de Charcas y desde el Paraguay, romper nuestro encierro por el lado del Perú, que llegaba al otro Océano. No solo el Chaco, que seguía siendo invencible sino hasta la miope política española, nos cerraba el paso, prohibiendo toda comunicación e intercambio comercial.

Cuando De Pinedo se hizo cargo del Gobierno de la Provincia del Paraguay, pesaban sobre ellas las duras sanciones impuestas por la Corona como consecuencia de la Revolución Comunera. País potencialmente rico, y que tantos méritos había acumulado, agonizaba sin embargo, en la miseria.

Su clara inteligencia, su honradez y su penetrante visión, le permitieron evaluar con propiedad su extraordinaria inserción geográfica y las causas de sus males y clamó al Rey por su “redemption”, pidiendo la supresión de la encomienda, la creación de una tropa a sueldo y la autorización para vincularlo comercialmente con el Alto Perú, a fin de alcanzar su progreso y felicidad. Pero España permaneció sorda a sus requerimientos. El tiempo, empero, siguió su curso y el Paraguay, como el resto de América, alcanzó pronto su independencia, a partir de la cual se pondría en la búsqueda de su propio destino.

El deseo de vincular estas regiones siguió vigente, pese a los problemas que las agobiaban. En numerosos documentos, los próceres y aun el Dr. Francia, constreñido a encerrarse en el más completo aislamiento, reconocieron la necesidad de esta vinculación.

Cuando el Paraguay pudo por fin, con los López, retomar el hilo de su destino, con visión de estadistas, éstos iniciaron una política de acercamiento al Alto Perú con planteamientos tan audaces y con miras tan lejanas como no ha vuelto a darse después.

El Alto Perú a su vez trató en vano de abrir una ruta que lo vinculara al Paraguay. Por ser menos conocidos estos intentos nos hemos extendido más en ellos, tratando de hacer un planteamiento paralelo de los motivos y obstáculos que se interpusieron en el camino de su realización frustrando la ansiada unión. De todo ello surge con nitidez, la permanente interferencia que las distorsionadoras influencias del Imperio y Buenos Aires ejercieron, impidiendo la vinculación de estos pueblos. Siempre aislados, sin posibilidad de cooperación, la guerra lo arrasó todo en 1870 y los ideales sucumbieron, como la patria, por la obra conjunta del Imperio y el mitrismo porteño.

Bolivia ya independiente, también sufrió mutilaciones traumáticas que la empujaron a seguir por el atajo que la condujo a la frustración de los sueños del Gobernador De Pinedo. El Alto Perú, en efecto, mal aconsejado e incitado por intereses extraños, olvidó los generosos ofrecimientos del Paraguay, e inició una política irredentista, basada en “reveses pasados”, disputando al hermano agobiado por el infortunio su legítima heredad.

Como por un despeñadero se deslizaron los acontecimientos que culminaron con una guerra innecesaria y sangrienta. Ciegos y arrogantes, los políticos y militares bolivianos, hicieron imposible todo entendimiento y precipitaron la lucha fratricida. Ese Chaco que, según De Pinedo, debía unirnos, por un juego político de siniestra inspiración, ¡nos separaba!

Pero de la lucha surgió una nueva fraternidad uncida por el dolor. Sin embargo, a pesar de tan cruel desgarramiento, nada pudo concretarse. Las presiones, que seguían vigentes; los resentimientos fomentados, anularon los mejores intentos y hoy, a cincuenta años de aquella tragedia, seguimos separados, arrastrando nuestras frustraciones.

Como De Pinedo, sentimos ahora la “angustia de patria” de que ya hablaban los romanos. Angustia que nos mueve a estudiar los planteamientos del Gobernador, para subrayar su vigencia y las posibilidades que ellos ofrecen, aún hoy, a doscientos años de distancia. Estudiamos exhaustivamente esas posibilidades, recogiendo cuanto material nos fue posible, para fundar nuestro planteamiento. Creemos firmemente que un destino geopolítico del Paraguay, como lo intuyera De Pinedo, se orienta hacia la vinculación con el viejo Alto Perú, al que debería sumarse el Uruguay. Con ello saldrían fortalecidos los tres países, para ser factor de unión, puente de amistad, equilibrio y soldadura en la Cuenca del Plata y en América del Sur.

El 29 de enero de 1977 se cumplieron doscientos años de la fecha en que este gran burgalés elevó su informe al Rey. Dos siglos de frustraciones le han dado, al informe de De Pinedo, el valor de un mandato histórico y geopolítico.

En el cincuentenario del inicio de las hostilidades en el Chaco -y en la misma fecha en que la oblación de sangre de nuestra familia pagara su tributo trágico con la muerte de Hernán Velilla- nuestras investigaciones y reflexiones sobre el mandato histórico y geopolítico planteado por De Pinedo, rescatan el olvidado memorial del Gobernador que, cansado de su sueño de dos siglos, rompe las gavetas que lo tenían aprisionado y arrinconado, para buscar la luz pública que decante lo que tiene de imposible y revalorice lo que de positivo plantea un problema que, ya en los umbrales del siglo XXI, no podemos dejar de mirar de frente.

Todas las esperanzas y expectativas parecieron concretarse en los últimos años con la creación de URUPABOL, hoy —una vez más— arrumbado como un viejo sueño frustrado, después de la denuncia del convenio por el Paraguay. Suponemos que razones valederas postergan nuevamente la solución de este noble y antiguo desafío, pero creemos que las conclusiones planteadas al final de este libro siguen vigentes como una opción, un destino geopolítico.

En esta historia, están escritas las claves de ese destino. Ese pasado que analizamos, —por encima de diferencias ulteriores— es un patrimonio común; y en su interpretación, inspirados en la ciencia política, como diría Toynbee: “Habremos hallado la respuesta justa a nuestro destino”.

Julia Velilla Laconich de Arréllaga Asunción, 28 de noviembre de 1982



CAPITULO II

LA SITUACION DE LA PROVINCIA Y EL INFORME DE DE PINEDO

 

“… más digna materia es para llorarla con lágrimas de sangre

que para ponerla ante el piadoso corazón de V.M”

 

1.      La Real Provisión de 1537

“...la nota de infiel y de rebelde que tiene esta Provincia...”

Sin duda, Carlos V no imaginó las derivaciones que tendría la Real Provisión del 12 de Septiembre de 1537 al disponer en ella que, si Don Pedro de Mendoza no había dejado lugarteniente, o hubiese muerto el nombrado por él, o si a la llegada del portador los pobladores no habían elegido ya gobernador “os mandamos que en tal caso, y no en otro alguno hagais juntar los dhos pobladores, y los que de nuevo fueren con vos. pa. que. haviendo primeramente jurado de elegir persona, que convenga a nro. servo, y bien de dha tierra, elijan por Govor. en ntro. Nombre, y Capitán Gral. de aquella Prova. la persona que según Dios, y sus conciencias pareciere mas suficiente, pa. el dho cargo, y la persona, que así eligieren todos en conformidad o la mayor parte de ellos, use y tenga el dho. cargo: al qual por la presente damos poder cumplido pa. que lo ejerza quanto nra. Merced y voluntad fuere”(1).

En aquellos lejanos días de noviembre de 1538, el Veedor Alonso Cabrera llegó con el notable documento que “modificó el destino social y político de la Provincia Gigante de las Indias” —afirma Marco Antonio Laconich— y agrega: “El derecho de elegir a sus gobernantes es el sentimiento más hondo del pueblo paraguayo. Con este aliento nacen, crecen y luchan los primeros hijos de la Asunción, los “mancebos de la tierra”, que doblegaron la soberbia de Felipe de Cáceres. Por ese mismo derecho cruzaron sus espadas, los primeros conquistadores españoles del Paraguay, unos para defenderlo y otros para desconocerlo”(2). Invocando la Real Cédula se efectuó la primera revolución, la que derrocó a Alvar Núñez Cabeza de Vaca, segundo Adelantado del Río de la Plata, quien el 8 de marzo de 1545 partía rumbo a España “deportado” en la nave “Comuneros”. “La distinción de ser el primer deportado correspondió pues, nada menos que a un Adelantado, la autoridad más alta, después de la Majestad del Rey en estas latitudes”, dice Laconich, y agrega: “Es un precursor que hará época...”(3).

A pesar de sus permanentes discordias iniciales, los conquistadores afirmaron la colonización en estas dilatadas regiones, pacificaron y fundaron ciudades. Ninguna rivalidad impidió que en los momentos decisivos, olvidando enconos, todos participaran en la grandiosa empresa. Este parece ser un sino, convertido en una constante a lo largo de nuestra historia: en los momentos de peligro, como movidos por el instinto de conservación, para salvar la integridad territorial, los paraguayos casi siempre se han unido, de-poniendo diferencias.

“Lejos de las manos del Rey, abandonados a su propia suerte en el corazón de un continente desconocido, obligados a sostenerse por propio esfuerzo, los conquistadores y pobladores de Asunción constituyeron insensiblemente una comunidad, con cierta conciencia de autonomía, estimulada por el privilegio de elegir democráticamente a sus Gobernantes en los casos autorizados por la Real Provisión del 12 de Setiembre de 1537”(4).

 

2. La Revolución Comunera

“Los fragosos y trágicos tiempos del Gobernador Don José de Antequera...”

A esta comunidad, que administró su libertad durante 130 años, llegaba desde el Chuquiago, hoy La Paz, su ciudad natal, el precursor de la insurgencia comunera, Fray Bernardino de Cárdenas, “...obispo y gobernador, pastor y caudillo, magistrado, paladín y mártir...”(5). El obispo Cárdenas llegó a conocer y por tanto a amar a los hijos de esta tierra colorada en la que su verbo dejó el germen que habría de florecer en la Revolución Comunera.

El paceño Cárdenas, José de Antequera y Castro y Fernando de Mómpox y Zayas, forman el insigne tríptico de la ideología comunera, sobre cuya base iba a constituirse la teoría de la emancipación.

El eco de estas heroicas jornadas —timbre de orgullo del pueblo paraguayo y cuya trascendencia aún no fue suficientemente destacada— recorrió América y sus principios eternos encendieron una tea que nadie pudo apagar.

El Gobernador de Buenos Aires, Bruno Mauricio de Zabala, después de vencer militarmente a los comuneros en Tabapy (Enero de 1735), pretendió en vano imponer a la provincia rebelde “perpetuo silencio”.

1. Las “terribles sanciones”

“...no puede darse cosa más opuesta a la piedad de V.M. que ver gemir a esta miserable gente bajo un yugo tan pesado...”

Las sanciones impuestas a los comuneros fueron no sólo rigurosas, sino crueles: varios de los revolucionarios murieron descuartisados y sus miembros se exhibieron en lugares públicos, los más fueron desterrados o confinados y muchos no regresaron jamás, protagonistas de una abrumadora odisea colectiva. “Se arrasaron sus casas y en sus tierras derramaron sal, se prohibieron todas las reuniones y hasta se les negó el derecho de recordar”, afirma Julio

César Cháves (6). En lo político: se abolió la Cédula Real de 1537, piedra angular de tantas jornadas. Y en lo económico, se impusieron severas sanciones que arruinaron la economía paraguaya.

La Revolución Comunera fue considerada por España como un delito de lesa majestad, una afrenta, una osadía inaudita, que la Madre Patria, sancionó con implacable crueldad.

Pero el grito de libertad lanzado por los comuneros a orillas del río epónimo, fue alarido de dilatado eco que retumbó en el Illimani, en el Illampu, en el Aconcagua, en el Pichincha y en el Chimborazo, inspirando esa gesta libertadora alzada hasta lo épico por José Gabriel Condorcanqui —Tupac Amaru—, por Murillo, por Espejo, por Juana Azurduy de Padilla, y por más de cien próceres y mártires de la independencia americana.

Durante 40 años la Provincia agonizó bajo el peso de estas sanciones, que la sumieron en un lamentable estado de decadencia social, económica, cultural y política. Las generaciones que se sucedieron, aún sin haber participado en la gesta, expiaron así el anhelo de bienestar, de superación y de independencia de sus mayores, y lo hicieron con soberbia altivez padeciendo, en silencio, su digna pobreza y llevando la pesada cruz que les astillaba los hombros, sin proferir un gemido.

En tal grado de postración, encontró Fernando De Pinedo a la que fuera Provincia Gigante de las Indias.

 

4. El informe al Rey

“... el mismo informe estaba meditando hazerlo quando recivi la referida Real Cédula, estimulado del conocimiento que me ha suministrado la experiencia...”

El mejor análisis de la situación en que yacía la Provincia, es el magistral informe que el Gobernador De Pinedo elevó al Rey en el año 1777. El profundo conocimiento que le había “suministrado la experiencia” de varios años de vida en América, y sus innegables dotes de estadista, hacen de este informe un documento de excepcional importancia.

De los informes que llegaban a España, mostrando la verdadera situación de los indios y la dramática realidad americana, la mayoría quedaba archivada en las carpetas de las autoridades subalpinas, encargadas de la relación con el Nuevo Mundo. Generalmente las autoridades españolas enviaban informes contrarios a la realidad, unas veces por colusión, y otras por temor a la venganza de los encomenderos. Por este modo contribuían —dice De Pinedo “al tiranicidio y esclavitud de los miserables indios y de los demás vecinos de esta Provincia”.

Las atrocidades en la que incurrieron las autoridades españolas, alarmaron a la Metrópoli. Por Real Cédula del 4 de Abril de 1777 el Rey de España, requirió del Gobernador un informe sobre la conveniencia de revertir a la Corona las Encomiendas de la Provincia, indemnizando a los encomenderos con fondos de las arcas leales.

Atormentado por el conocimiento de la postración, en la que se debatía la Provincia, el Gobernador De Pinedo —le dice al Rey— que estaba decidido, aún antes de recibir la Real Cédula, a elevarle un informe sobre la situación de la misma, así como de sus causas.

Seguiremos en este rápido análisis, por razones de método, el orden que estableció en su informe el mismo Gobernador De Pinedo, entrecomillando las citas de su informe.

 

5. Las Encomiendas

“... el lamentable estado en que tiene a esta Provincia una regalía y gracia concebida por V.M…”

La concesión de las encomiendas, había sido inspirada en conveniencias “temporales y espirituales para los indios” bajo la promesa de su libertad. Pero, por obra de los inescrupulosos encomenderos se había convertido a los indios del Paraguay en siervos, víctimas de la esclavitud.

En el régimen de encomiendas, vigente en el Paraguay, existían dos categorías de indios: los originarios y los mitarios.

Los “indios originarios”, eran en la práctica, esclavos con Hombre de encomendados. Recibían en pago de su trabajo solo “la escasa comida y pobre vestuario que le dan sus amos. Los más vivían casi desnudos, sufriendo las inclemencias de los opuestos extremos del tiempo, castigándolos sus amos, según la justicia de su antojo, tolerando la vejación, el dolor y a veces la causa de su muerte temerosos de no hallar amparo ni justicia...”.

De Pinedo, con encendido fervor, defiende a los indios, sumidos en tal estado de postración y abatimiento que “encontraban en la muerte un alivio a sus amarguras y sufrimientos, pues se hallaban persuadidos de que Dios los creó en una esfera y alma inferior a los demás hombres y para esclavos de ellos”.

Los indios, explotados desde su más tierna edad —muy pocos llegaban a la vejez—, debían trabajar más de lo que sus fuerzas les permitían rendir. No tenían bienes temporales ni consuelos espirituales. No todos los sacerdotes cumplían con celo el mandato de su fe. La práctica del catolicismo a veces solo en sus formas, era observada. Y muchos de sus misioneros, olvidando sus principios cristianos estaban más al servicio del encomendero que de Dios.

Los “indios mitarios”, vivían en pueblos. Sus necesidades, por lo menos en principio, las atendía la comunidad y de conformidad con las autoridades de gobierno, podían nombrar sus Cabildos y Justicias.

La diferencia que hay entre los indios originarios y mitarios es que los primeros, “de uno y otro sexo sin excepción ni privilegio alguno en la práctica, sirven a sus encomenderos como esclavos, desde que nacen hasta que mueren”. De acuerdo con las normas, los originarios varones debían servir —desde los dieciocho hasta los cincuenta años—, dos meses al año, pero como carecían de tierra y de vivienda, en la práctica estaban con sus familias sometidos a los encomenderos, los que, en la mayoría de los casos, los tenían en sus chacras y estancias situadas muy lejos de los centros poblados.

Los indios mitarios, vivían en sus pueblos diez meses al año, los dos restantes trabajaban al servicio del encomendero, en parajes inhóspitos y distantes. Padecían igual maltrato que los originarios, sufriendo las inclemencias del clima y la opresión del explotador, pero tenían el consuelo de evitar estas amarguras a la esposa, a la madre y a los hijos, que quedaban en sus pueblos, adonde el indio regresaba al cabo de sus servicios.

La verdad sobre los indios y las encomiendas, expuesta por De Pinedo en términos quemantes, lo sentenció a sufrir el odio y la persecución de los encomenderos y de sus cómplices: las autoridades y los malos sacerdotes, que en nombre del rey y de la cruz trajeron el martirio para nuestros indios.

Las promesas de libertad y “conveniencias temporales y espirituales” ofrecidas en nombre del Rey, por los primeros españoles llegados a estas tierras, facilitaron la conquista. Los indios del Paraguay, prestando obediencia al Monarca, abrazaron con devoción la religión católica.

El reparto de las encomiendas benefició, entonces, a los conquistadores más celosos de su devoción al Rey y a la religión. "Aquellos primeros encomenderos cumplieron con el encargo que se les hizo, movidos del celo de la religión y de los aumentos de la Corona de V.M. mirando como hijos a aquellos pobres indios…”,  pero los descendientes de estos encomenderos solamente preocupados de sus intereses privados, acapararon las tierras de los indios y destruyeron a los nativos, “la mayor riqueza de las indias”.

La encomienda era una delegación temporal pues se había establecido, que, “conforme vayan vacando debían agregarse a la Real Corona”. Esta disposición, como otras, jamás se cumplió. Los tributos de los españoles habían convertido “este arbitrio tan bueno y santo por codicia y ambición en pésimo inicuo y tirano”.

La avidez de poder y riqueza de los súbditos de España, perillo a la Corona. Convertidos en explotadores, los encomenderos fueron en realidad —con limitadas excepciones— los peores enemigos de la Madre Patria.

Los tributos que debían pagar los indios, —conforme a las disposiciones de la Corona—, tenían que ser moderados y abonados conforme a sus posibilidades, y en ningún caso superiores a los que pagaban “a sus Incas, Caciques o Cabezas”, pero no se cumplieron. "Todas estas benignas generales disposiciones, ni otras particulares, han tenido el debido efecto en esta Provincia, y se reconocen inobservadas y no con poco dolor, de los que miran a los miserables Indios, con la humanidad de que son acreedores”.

La Real Cédula del 15 de Octubre de 1696, mandó al Gobernador de la Provincia, Juan Rodríguez Cota “que no se proveyese más encomiendas y se incorporasen a la Real Corona conforme fuesen vacando".

Los encomenderos representados por Juan Méndez de Carvajal apelaron de dicha disposición ante el Procurador de la Ciudad y persuadieron al Gobernador para que dejase sin efecto la disposición Real, “con unas razones, todas fuera de la razón”. Elevando “supuestos falsos y mal dictados informes”, los “beneméritos” —como se hacían llamar a sí mismos los encomenderos— consiguieron impunidad para continuar con la inicua explotación.

 

6. El maltrato a los indios. El Chaco.

“Quien podría señor enumerar las almas, que ha perdido el cielo, y los dominios y basallos de que carece V.M. por las tiranías de los Encomenderos...”

Una de las consecuencias de la institución de la encomienda en nuestro país, fue el “pésimo ejemplo” que ella significó para reducir a los demás indios. Conociendo la situación de sus hermanos, los que aún se hallaban libres, decidieron no “dejarse pacificar”, y convirtieron las márgenes del Chaco —ese infierno verde cuyo interior era impenetrable— en un reducto inaccesible.

La obstinación de los indios payaguás y la aversión de los que vivían en las proximidades de la provincia, tenían —según De Pinedo— un solo origen: la inconducta de los conquistadores convertidos en depredadores.

“Muchas y variadas naciones idólatras que como testigos de vista observan la pesada esclavitud, en que tienen los encomenderos a los indios” se mantienen obstinados en su idolatría y se burlan de los encomendados “echándoles en cara su oprobio y sujeción a unos hombres tan dolosos como los españoles, que con apariencias de conveniencias temporales y de una religión cuyos preceptos no observan ellos mismos, quieren esclavizar a las demás naciones”.

Los indios de la inmensa llanura chaqueña, se hicieron irreductibles. Vencedores en todas las latitudes del Nuevo Mundo, los españoles que pretendieron cruzar el Chaco, en él hallaron su tumba, y para llegar a las riquezas del Potosí, al Alto Perú y al Pacífico, tuvieron que bordearlo por Chiquitos y Santa Cruz de la Sierra, abriendo así “la ruta de la conquista”.

“Quién podrá señor —grita De Pinedo— enumerar las almas, que ha perdido el cielo, y los dominios, y basallos de que carece V.M. por las tiranías de los Encomenderos, efectuadas en los Miserables indios que han tenido a su cargo”.

 

7, La defensa de la Provincia. Nepotismo, favoritismo político y prebendarismo burocrático.

“... Hallé sujeto con encomienda que no había hecho ni una guardia”.

Los contratos establecidos entre los primeros pobladores de la Provincia y los representantes de los Reyes, para obtener las encomiendas, los obligaban a asumir la defensa de la Provincia “a su propia costa”. Fue, justamente, en razón de esta obligación que se les otorgaron las concesiones. De Pinedo —deduce de estos contratos— que “de todos los vecinos de la Provincia, solo están obligados a la defensa de ella los que gozan de las encomiendas, pues sólo ellos disfrutan del premio que V.M., concede por este servicio”.

En la época de De Pinedo, el número de los vecinos alcanzaba 5.570, la mayoría ocupados en el beneficio de la yerba y en la navegación. Las encomiendas alcanzaban a 112 debiendo en consecuencia, los que las tenían, costear el servicio de los demás vecinos que no lograban favor alguno. En la práctica, ocurría todo lo contrario: los Encomenderos con diversos artificios fueron sustrayéndose al cumplimiento de esta obligación, y justamente los que no tenían encomiendas, hacían méritos en la defensa de la Provincia con la esperanza de conseguir algunas de las encomiendas que fueron vacando.

Los que detentaban el poder eran los únicos beneficiarios de las encomiendas. Los demás, españoles y nativos, sólo tenían la obligación de cumplir sus deberes, concurriendo a la defensa de la provincia, durante diez, quince o treinta años, sin la menor posibilidad de lograr “un premio a sus fatigas”.

Obligados a prestar ese servicio militar, sin participar en las utilidades que percibían los encomenderos, los vecinos aún tenían que soportar otra desigualdad odiosa: los hacendados conseguían sin ninguna dificultad ascensos a oficiales, sin prestar siquiera servicio en las milicias, ganando así supuestos méritos, que les permitían continuar acumulando las encomiendas que quedaban vacantes, exhibiendo “tantos títulos y papeles, que su mayor mérito consiste en cargar tanto volumen”.

Obtener la Encomienda era el objetivo inicial. Lograda la concesión, el segundo paso era desligarse de las obligaciones que la Encomienda les imponía, y para ello — entre muchos recursos — solicitaban títulos, funciones de Regidores, Cruzados o Caballeros de determinadas órdenes, lo que los eximía del servicio militar y de la defensa de la Provincia, sumando así, a la fortuna que deparaba la Encomienda, el privilegio.

Otros encomenderos que ocupaban funciones, alegando que las necesidades del servicio le imponían su presencia en la ciudad, eludían las “entradas al Chaco”, dispuesta por el Gobernador y lejos de costearlas -obligación emergente de la posesión de las encomiendas-obtenían Resoluciones de la Audiencia que los eximía de esa obligación. Así contribuían a la defensa, menos “que el más pobre vecino de la Provincia”.

Los indios disminuían permanentemente, mientras el número de los españoles aumentaba, por tanto, no “habían encomiendas para todos los años”. Las que quedaban libres, generalmente eran adjudicadas al grupo privilegiado o a aquellos que sobornando, podían obtener concesiones ilegales.

Eran tales los extremos a los que se había llegado, que hubieron encomenderos que ni siquiera eran descendientes de Conquistadores o pobladores y “lo que es más -dice De Pinedo— ni aún natural de esta Provincia”. Extranjeros y aventureros, sobornando a las Autoridades, habían conseguido encomiendas y granjerías y mantenían su influencia con estipendios permanentes, que beneficiaban a la burocracia, voraz e insensible.

Esa “nueva clase” también mantenía su influencia, gracias al nepotismo, al favoritismo y a la burocracia “como siempre dispuesta a vender la justicia, jugar con las influencias y aun con la heredad nacional, sin la menor responsabilidad. Desde los albores de la conquista, como lacras, se han prendido algunas dolencias en la vida americana..

 

8. El agobiante servicio militar

“... en los vecinos más pobres y miserables, que no gozan de ningún premio, recaía toda la fatiga”.

La Provincia, en constante estado de defensa, en porfiada lucha contra los portugueses en el Este y los indios en todas partes, no mantenía guarniciones contratadas y pagadas por los detentadores de las encomiendas, o por las Cajas Reales. El agobiante servicio militar recaía en los vecinos más pobres y miserables, los que “a su costa y misión” sostenían los 18 fuertes de la Provincia, a cuya defensa acudían —para cumplir su deber, recorriendo enormes distancias— “cada vez que sonaba el cañón anunciador del malón” (7)

La mayoría de los vecinos, perdían seis meses al año en servirlos, guardias, salidas, etc. para beneficio de 112 encomenderos. Con el producto de su trabajo —obtenido durante los otros seis meses que la defensa de la Provincia les dejaba libre— tenían que mantener a sus familias, los caballos, a más de costear armas, pólvora y municiones. Afirma De Pinedo, que, la sola mantención del servicio “les usurpa el producto de la mitad de los seis meses que trabajan, pues ningún vecino puede concurrir al servicio militar sin mantener lo menos cuatro caballos”.

La inseguridad creada por las continuas incursiones de los indios, que, desde su refugio del Chaco atacaban la ciudad cruzando el río, impedía a los vecinos —en el corto tiempo que les quedaba libre- atender sus trabajos agrícolas. Ocurría con frecuencia que se perdían las épocas de siembra o las cosechas no podían levantarse en tiempo oportuno, creando, estos hechos, una situación económica insostenible.

 

9. El doloroso éxodo.

“... infinitos han desertado, unos pasándose a las Provincias del Gobierno de Buenos Aires, y otros a las habitaciones de los infieles”.

Las obligaciones que imponía la defensa de la Provincia, las injusticias y la ruina económica que era su consecuencia, creaban en el paraguayo un estado de exasperación y desesperanza que provocó el éxodo colectivo: “Quien viere sin reflexión la conducta de esta gente, se persuadirá, que en ella reside una natural desidia, pero no lo es, sino desesperación de lograr el fruto de su trabajo” dice el Gobernador De Pinedo. Las principales actividades a las que se dedicaban los naturales era la navegación, la explotación de la yerba y su transporte, y los menos, se consagraban al cultivo de la tierra. La explotación de la yerba, tarea penosísima, y el transporte por los ríos, trabajo lleno de dificultades, les permitían obtener paga segura y mejorar —en cierta medida— sus condiciones de vida. Pero muchos paraguayos quedaban en Buenos Aires y en las provincias vecinas, dedicados al trabajo, con tal decisión, disciplina y sacrificio, que los españoles solían llamarlos “los gallegos del Nuevo Mundo”.

Sumidos en la miseria “viviendo siempre en una pobreza y sin alimentos, ánimos ni esperanzas de aspirar mejor fortuna en su patria...” encontraban su liberación en esa pavorosa diáspora que siempre desvitalizó al Paraguay.

La Provincia carecía de capitales y los exportaba, en forma de fortunas que emigraban en concepto de beneficios, utilidades o regalías que se llevaban a la Metrópoli. Necesitada de cerebros y de brazos, veía a sus hijos forjar la grandeza de otras Patrias.

La emigración ha sido, con otras razones, una de las causas de estancamiento del progreso del Paraguay, tanto en la Colonia como en la República.

La tiranía y la explotación inmisericorde, aniquilaron a la población y la deserción completó el trabajo de los encomenderos.

 

10. El Comercio.

“El comercio —que es el nervio de las Repúblicas— no se halla más ventajoso que el pobre vecindario de esta Provincia...”

Los productos tradicionales: yerba, tabaco, azúcar, miel, debían exportarse por el único puerto habilitado para tal tráfico. El “puerto preciso” de Santa Fe, situado a 650 Kms. al norte de Buenos Aires, sobre el río Paraná. Desde allí eran distribuidos en carretones o a lomo de mula a todo el Virreynato: a Buenos Aires, a Potosí, La Paz, Santa Cruz de la Sierra y también a Lima, y hasta Nueva Granada, pagando enormes impuestos que se iban acumulando en cada una de las numerosas aduanillas de las que estaba sembrado el recorrido.

Los productos importados, también pasaban por varios intermediarios, los que recargaban su valor. Refacturados en Buenos Aires, cuando llegaban a la Provincia, alcanzaban precios excesivos.

Al increíble sistema comercial —causa de las dificultades en las que se debatía la Provincia—, había que agregar la codicia de Buenos Aires y su afán de hegemonía pues la mayoría de los comerciantes de la Provincia, careciendo de capital propio, debían conseguir préstamos en la capital porteña, pagando por ello intereses usurarios. Si a todos estos obstáculos sumamos las trabas que soportaban los productos paraguayos en el puerto preciso de Santa Fe, comprenderemos por qué en esta Provincia se resistía y repudiaba la “irritante hipoteca” que pesó sobre ella durante la Colonia y cuya heredera sería otra vez Buenos Aires, en la República.

 

11. Quiebras y atrasos.

“. . . de modo que la quiebra, que causaba por necesidad el miserable peón desnudo de los yerbales del Paraguay va a resultar al primero que puso su caudal a giro en Cádiz, de donde dimanan los géneros que recibió y no pudo pagar...”

Las mercaderías importadas, eran entregadas a crédito en Asunción. Por ejemplo, un beneficiador de yerba, recibía un crédito en mercaderías y tenía que venderlas “a los miserables peones, a quienes la desnudez y suma desdicha obliga a ofrecer lo que no pueden pagar, en suma, ellos no tienen que comer ni instrumentos o herramientas con que trabajar en el beneficio de la yerba, y todo compran o alquilan al Beneficiador, para quien trabajan y éste les da a un precio exorbitante de que resulta que estos miserables no pueden pagar ni aún la mitad (mejor diré tercia parte) de aquello en que se empeñan, pues el fruto de su trabajo no les alcanza para pagar las deudas y se ven otra vez desnudos y empeñados y obligados de su miseria, se fugan o se empeñan con otros y otros”.

Este procedimiento es el mismo que los conquistadores usaban en las regiones mineras del Alto Perú, y que aún ahora están vigentes en los “siringales” del Acre. El crédito convierte al hombre en esclavo, hipoteca su trabajo y el de su familia. Los hijos nacen ya con deudas, impuestas por la pobreza de sus padres. El incumplimiento de las obligaciones crediticias, producía reacciones en cadena: el beneficiario del crédito no podía pagar al proveedor, éste, a su vez incumplía a los intermediarios, los que, a su turno, tenían que perjudicar a los exportadores de Cádiz, y detrás de los exportadores de la Metrópoli, estaban los “financistas”, gente vinculada al Gobierno, y que algunas veces, sufrían las consecuencias del régimen que ellos mismos habían instituido para las colonias.

 

12. El puerto preciso de Santa Fe

“...otro perjuicio que ha padecido la Provincia...”

A la absorción de Buenos Aires —ese “enclave” europeo que con tanta dificultad asimiló América y que a tan alto costo se integró en la auténtica Argentina— se sumó, en perjuicio del Paraguay, el privilegio acordado a Santa Fe, por Real Cédula de 18 de agosto de 1726. La sugerencia del “puerto preciso”, surgió de los encomenderos instalados en el Cabildo de la Asunción, quienes esgrimían como argumento la facilidad con que en una ciudad pequeña podían ser capturados los indios que desertaban de las tripulaciones de los barcos. Esta peregrina idea, fue acogida con beneplácito por el Virrey de Buenos Aires, quien la recomendó a S.M. porque con los ingresos que produciría el “puerto preciso”, se ahorrarían los importantes gastos que demandaba la defensa y que en adelante serían sufragados por la Provincia del Paraguay. Santa Fe, era permanentemente asediada “y perseguida por los infieles más vecinos”. El Rey, al declarar puerto preciso a Santa Fe, impuso derechos sobre los frutos que salían del Paraguay y sobre las mercancías que se importaban con destino a esta Provincia.

Los daños que causó esta determinación, los perjuicios y quiebras que ocasionó, obligaron al Procurador de la Asunción a presentirse ante la Audiencia de la Plata solicitando la abolición del puerto preciso de Santa Fe, y de los derechos que cobraban en perjuicio del Paraguay las autoridades de esa región.

No obstante el bloqueo económico a que estaba sometida, la economía paraguaya sobrevivió, aunque con muchas dificultades, gracias a sus grandes recursos naturales.

 

13. La Yerba

“su uso es común, entre ricos y pobres. Es el fruto más apetecido, de más estimación”.

El consumo de la yerba se había generalizado, entre ricos y pobres, no solamente en la Argentina, sino también en el Brasil, Chile, Perú y sobre todo en Potosí, una de las ciudades más importante en todo el Continente, durante la época colonial. El aumento del consumo había obligado a intensificar la producción. Desde Asunción se embarcaban 300 mil arrobas, y cuando las cosechas no eran debidamente atendidas, la exportación no bajaba de 200 mil arrobas.

La selva en la que se hallaban estos “árboles olorosos” distaba mucho de la ciudad —100 a 200 leguas— y su explotación era muy sacrificada, pero los precios obtenidos eran altamente remunerativos.

Mientras los yacimientos minerales se agotan, la yerba es un recurso renovable. “Los montes de esta Provincia no tienen término y si los habitantes no estuviesen agobiados por la pobreza originada en la encomienda, el servicio militar y la explotación, la capacidad de los montes daba para la producción de millones de arrobas”.

De Pinedo afirma que, de entre todas las riquezas que contienen “los vastos dominios de la América, no hay ninguna que proporcionalmente produzca igual interés a la Real Hacienda de V.M. que el que le cuide la yerba del Paraguay”.

En principio, los metales preciosos producían “el quinto en el nombre, y sólo el décimo en la realidad”. Refiriéndose a la yerba del Paraguay, en cuya explotación perdían la vida millares de indios, De Pinedo dice: “no dudo en afirmar produce a la Real Hacienda y a otros objetos dirigidos a la defensa y conservación de estos dominios diez veces más del principal valor que tienen dentro de esta Provincia”.

“Como los frutos caminan cerca de dos mil leguas desde el lugar de su Beneficio hasta el de su último consumo, y con tales aumentos de precio, según las respectivas distancias, que del valor de dos reales de plata en que se aprecia cada arroba en el lugar del beneficio, asciende su estimación en las Provincias más distantes donde se consume a veinte, veinte y cinco y treinta pesos, más o menos, según su abundancia o escasez, y regulándose la Alcavala, según el precio de la venta, siendo tan repetidas las que tiene, se infiere el crecidísimo caudal que produce a la Real Hacienda”.

La industria yerbatera, extraordinaria fuente de ingreso para las arcas reales, por la grave situación de la Provincia, también corría riesgo de extinguirse. De Pinedo afirma, que debiendo concederse anualmente los permisos de explotación, se presentaban antes 100 a 150 beneficiarios. En 1773 fueron 49 y sólo 19 en el año 1774, y los demás ya no fueron a trabajar sino a recoger la que se beneficiaba.

La decadencia, se hace aún más patente si se toma en cuenta que “en los años anteriores llegaba al remate del diezmo de la yerba a tres, quatro y a veces cinco mil arrobas; y en los tres últimos años, sólo ha llegado a mil quinientos...”

 

14. La ruina de la Provincia

“...estoy previendo no con poco dolor su próxima ruina...”

Por las razones que reiteradamente hemos anotado y por la falta de auxilios, dice De Pinedo: “Lo mismo que en la Yerba, ba a suceder en el Tavaco, Azúcar y Miel”.

Comenta, el Gobernador, que antiguamente florecían en el Paraguay, el comercio, la agricultura y la explotación de sus riquezas forestales. El Paraguay producía vino, trigo, carne, azúcar y abastecía hasta Santa Fe y Buenos Aires, y muchos de sus productos llegaban al Alto Perú; pero, la política impuesta a la provincia, destruyó su capacidad económica. Comerciantes que habían sufrido quebrantos en otras regiones, se resarcían —en épocas pasadas— después de una breve permanencia en la Provincia. Más tarde, la situación se modificó substancialmente, y dice el Gobernador: “ahora basta a cualquiera girar en esta Provincia para quedar en descubierto, de lo que le fían, y perder lo suyo propio...”

El esfuerzo de la Provincia, para fundar ciudades, defender las posesiones españolas, abastecer las Cajas Reales, había sido agotador. Creía el Gobernador que a no mediar racionales y previsoras enmiendas, la situación se tornaría aún más grave y decía: “esto es anunciar la total ruina, cuio riesgo juzgo muy inminente”. De Pinedo, no denunciaba vacíos legales, sino la falta de organización institucional, la ausencia de responsabilidad en los representantes de la Corona y la voracidad del Encomendero.

Y, aquí, creemos necesario dejar constancia de una salvedad. Cuando censuramos, con De Pinedo, la mentalidad, la conducta y la insensibilidad del encomendero, no estamos renegando de nuestra Madre Patria, de la que estamos tan orgullosos como de nuestra ascendencia india: Nada tiene que hacer la encina con el hongo venenoso que crece a su sombra. Condenamos la conducta, que en todas las épocas y en todas las latitudes, han asumido los súbditos de todos los imperios. Sólo hay diferencias de matices entre la conducta del encomendero —rapaz e insolente— y la de algunos de los empresarios o “ejecutivos” de las empresas multinacionales, de los imperios o subimperios contemporáneos, cuya conducta perjudica los intereses de su propia patria, tanto como la del Encomendero perjudicó la imagen de España.

Escuchemos al propio Gobernador: “No tienen número los males que han causado a esta Provincia, a su comercio y a su reputación los Encomenderos, y sus intereses siempre manejados a su arbitrio como los más poderosos de esta Provincia”. Y ante cuadro tan desolador agrega: “Más digna materia es para llorarla con lágrimas de sangre, que para ponerla ante el piadoso corazón de V.M.”

Entre la riqueza exportada de varias regiones americanas y la extrema pobreza de su pueblo, había un abismo, y gran parte de la población vivía por debajo del límite racional de subsistencia. Fernando De Pinedo sintió que este pueblo paraguayo, pese a estar postrado por la explotación, guardaba grandes posibilidades. De Pinedo percibió la extraordinaria inserción geográfica del Paraguay en el Plata, cuyas acciones —inducidas o propias— tendrían importancia definitiva en la historia de esta región del Nuevo Mundo; y, se hizo un deber la idea de redimir a la Provincia de “su lamentable y permanente miseria”.

Certera visión de estadista la del Gran Gobernador. El esbozó la política a seguir: pero, formular una política es una cosa, y otra, mucho más difícil, es tener las posibilidades y medios para ejecutarla.

De Pinedo, cumplió su tarea de gobernante con pasión y fe, tratando de poner remedio a los males que él conocía tan bien y cuya solución dependía de España. De esa España cuyos gobernantes no supieron actuar a tiempo, con imaginación y previsión, e hicieron “lo debido en el momento indebido”.


NOTAS

1. LACONICH, Marco Antonio: “‘Caudillos de la Conquista". , Ediciones Nizza. 1960. pág. 35.

2. LACONICH, Marco Antonio: Ob. cit., pág. 132.

3. LACONICH, Marco Antonio: Ob. cit., pág. 55.

4, LACONICH, Marco Antonio: Ob. cit., pág. 47.

5.- GUZMAN, Augusto: “El Kolb Mitrado”. 2da. Edición. Librería Editorial Juventud. La Paz. Bolivia, 1954.

6. CHAVES, Julio César: “Compendio de Historia Paraguaya” Talleres Gráficos Lumen Noceda y Cía. Buenos Aires. 1958. pág. 97.

7.- CHAVES, Julio César: Ob. Cit., pág. 101.



CAPITULO VIII

LOS INTERESES EXTRANJEROS EN EL PARAGUAY Y BOLIVIA

 

1. El Imperio y el Mitrismo en la guerra de la Triple Alianza.

La década 1870-1880 fue un periodo fatídico para el Paraguay, por la guerra de la Triple Alianza, y para Bolivia, por la guerra del Pacífico. Ambos acontecimientos infaustos, se inscriben entre los antecedentes de la guerra del Chaco. A riesgo de apartamos de nuestro tema específico, creemos necesario referirnos brevemente a las influencias políticas y económicas que señorearon en ambos países a partir de entonces.

Destacados historiadores han demostrado con abundantes pruebas el complot criminal de la Tríplice, que América y el mundo condenaron. Sabido es que la destrucción total del Paraguay, ya había sido planeada por el Imperio y alentada por la suicida política mitrista, antes de iniciadas las hostilidades.

Por el pacto genocida, el Imperio y el Mitrismo, se repartían el Paraguay antes de invadirlo. De haberse cumplido este acuerdo en todas sus cláusulas, la antigua Provincia Gigante de Indias, “la nación fundadora de la civilización en el Plata”, habría quedado reducida a un espectro geográfico.

Los propios actores del drama han levantado el telón sobre el oscuro origen del pacto, que al decir del propio José Mármol: “No proviene de abril del 65 sino de mayo del 64”. . . “desde la presencia del Almirante Tamandaré en las aguas del Plata y de los Generales Netto y Menna Barreto en las fronteras orientales, ambos gobiernos, brasilero y argentino, se aliaron en propósitos y medios, desde ese momento infausto y bajo la inspiración de una debilidad criminal y de una política cobarde. Ese es el verdadero momento histórico de la Alianza y de los dos gobiernos”. (1).

Lapidarias palabras de un protagonista, que valen tanto como una sentencia, si no existieran cien pruebas más de esos antecedentes, que por repetidos y conocidos, los omitimos.

El Imperio, reiteramos, cumplió con ello su viejo sueño de dominio e ingerencia en la Cuenca del Plata. Y como no había otra forma de reducir a López —objetivo aparente de la empresa— San Cristóbal acordó la destrucción del Paraguay.

Aunque sean dudosos los méritos, Itamaratí sigue siempre la vieja política del Imperio que ejecutada por sus hábiles diplomáticos, tantos beneficios le ha proporcionado. Las conquistas territoriales así obtenidas, han extendido el Imperio en más de un millón de kilómetros cuadrados, despojados a todos sus vecinos, sin excepción. La historia juzgará... y veremos si los años —que en la vida de las naciones no son sino minutos—confirman el acierto de esta política.

El Imperio resultó beneficiado con ella; pero, lo que resulta inconcebible e inexplicable es la conducta de Mitre y de su partido. Sin ideas claras sobre la realidad platina el mitrismo colaboró, alentó y sirvió al Imperio, perjudicando con ello los propios intereses argentinos.

La política unitaria, vieja política porteña, acunando sueños virreynales siempre reactualizados por ese espíritu de casta de los vencedores de Pavón reunidos en el partido de Mitre, cuyos hombres no tuvieron grandeza para olvidar sus rencores, ni capacidad para aprender las lecciones de la historia, precipitaron a la Argentina en la gran tragedia.

“Las pequeñas patrias del sur muestran en su cuerpo las señales de esa terrible política, encharcada en sangre de la misma estirpe —dice Luis Alberto de Herrera—, Todavía queman sus consecuencias...(2).

La política del mitrismo en la Banda Oriental, fue el primer paso del drama proyectado. Ellos alentaron al invasor brasileño, ellos avivaron la guerra civil apoyando sin disimulo al General Flores, y aplaudiendo desde su prensa la intervención carioca, al mismo tiempo que, con impudicia, hacían protesta de neutralidad. De igual forma procedieron con el Paraguay y con el Presidente López, a quien cubrieron de elogios en 1859 con motivo del Pacto de San José de Flores. Como bien lo prueba el gran uruguayo, Luis Alberto de Herrera, Mitre es así, el ejecutor de la más pavorosa de las tragedias americanas.

Estanislao Zeballos, gran talento y hombre múltiple, quien fuera varias veces canciller, director de “La Prensa” y secretario del propio Mitre en 1874, trata de explicar—no de justificar- la política de Mitre. Según este autor, el generalísimo estaba convencido de que el Brasil era un peligro gravísimo para la República Argentina, pero, atrapado por una realidad indiscutible: la falta de un ejército, de una escuadra, de dinero, y de crédito, “inició una política cuya base era ésta: vencer al Brasil en el campo de batalla o cortejarlo como se corteja a una mujer, como conquistan los enamorados con dádivas y con cariño” (3). Su debilidad militar, según Zeballos, lo obligó a realizar lo que él denomina “la diplomacia desarmada”, precipitándolo a una política débil y contemporizadora con el Brasil.

En un intelectual de la talla y la personalidad de Mitre, es imposible, sin embargo, atenuar con estas disculpas su falta de visión, teniendo en cuenta los largos años con que fríamente proyectó y organizó todo, llegamos a la conclusión de que sólo su ambición desmesurada, podría haberlo lanzado a semejante empresa y extravío. Jamás, podrá levantar los gravísimos cargos, que en su misma patria se formulan contra su “gran política” como él se atrevió a denominarla.

La Argentina, más tarde, maldecirá a los porteños agresores del Paraguay. La guerra del 70 es la derrota de ese país en la historia. La Triple Alianza, y la guerra del Chaco, que es su consecuencia, hicieron desaparecer un gran poder compensador, y han roto quien sabe si para siempre- en beneficio del Imperio, el equilibrio continental.

Según Zeballos, la misma Argentina fue la primera en cosechar sus funestas consecuencias: su economía quedó exhausta y acosada de deudas al terminar la guerra. El desconcierto cundió entre sus elementos militares. Miles de sus hijos, muertos en los esteros del Paraguay, por efecto de la guerra y del cólera, dejaron su secuela de luto y miseria. Formidables rebeliones internas y la lucha presidencial agitadísima mantuvieron al país siempre al borde de la guerra civil.

“La única influencia que podía moderar la acción del Brasil estaba quebrada, y el Imperio armado, rico, homogéneo, en perpetua paz, victorioso y altanero en el Plata, confirmaba su autoridad y su influencia decisivas en el continente. Las nacionalidades del Plata eran, sin excepción, sus satélites” (4).

Hábilmente los diplomáticos fluminenses aislaron a la Argentina adquiriendo decisiva influencia en el Perú y en Chile. La orgullosa Buenos Aires quedó sola e impotente. He ahí los frutos de la “gran política” de 1865!

Para confundir al pueblo argentino, se recurrió a la mentira, ocultando la declaración de guerra paraguaya y presentando el ataque a Corrientes como un “grave” y “gratuito” atentado en plena paz. Con cinismo Mitre lo proclamó ante el Congreso que, por aclamación y de pie, tuvo que votar la guerra al Paraguay, bajo el impacto emocional producido por esa impostura. Las piezas del macabro ajedrez se movían buscando el jaque mate que iba a alterar la geografía política de medio continente. “Una acción preparada por la presidencia de Mitre durante dos años, le era presentada a la República como una sorpresa” (5).

Así se inicia la gran tragedia. El Uruguay —mejor Flores— también fue arrastrado a esta guerra “por deber de conciencia y gratitud” hacia el Imperio.

Era tan resistida e impopular la guerra en la República Argentina, que sólo al amparo del patriotismo herido pudo imponerse En el torrente provocado por la indignación pública, pasó casi inadvertida, la odiada alianza con el Imperio.

La intriga —que luego se repitió en la guerra con Bolivia— arrojó al noble pueblo argentino, entre las mallas de una red que le aprisionó sin salida, provocando un drama que degeneró en tragedia internacional.

Pero después que se divulgó el tratado inicuo, el grito de reprobación fue unánime. “La guerra es imposible sin la popularidad —decía el Diputado Quintana en la Cámara Argentina en 1868 — porque en vano se decretan hombres y dinero: El país negará unos y otros”(6). El Congreso por unanimidad, en sesión secreta, votó la desaprobación a la política del General Mitre. Partidarios y opositores la repudiaron indignados, desaprobando su insensatez.

Elocuentes fueron las palabras de José Mármol, Manuel Quintana, Manuel Augusto Monte de Oca, Félix Frías, Martín Piñero, Adolfo Alsina, Martín Ruiz Moreno, Miguel Navarro Viola, Nicasio Oroño y tantos otros.

“Los grandes escritores, no vinculados al gobierno —como Guido Spano, Juan Carlos Gómez, etc. —corrieron a la liza como si hubiera sonado la histórica y silenciosa campana del Cabildo —dice Zeballos— pero el estado de sitio, la censura, la persecución, los pontones y el martirio, de forma de inquisición o de satrapía sudamericana, ahogaron los ecos de las cuatro quintas partes de la opinión pública argentina” (7).

Con valor temerario, denunció el inmortal Alberdi el crimen atroz que se cometía contra el Paraguay y contra los intereses argentinos, y el mitrismo se revolvió enfurecido acusándolo de traidor. José Hernández, el inmortal autor de “Martín Fierro”, no fue el último en decir su palabra de reprobación.

El instinto generoso del pueblo les hizo ver hondo en el drama que la inconciencia del mitrismo había provocado: “Los batallones movilizados se sublevaban antes de dejar el territorio nacional, produciéndose choques y fusilamientos en masa, que aumentaba los horrores de la crisis” (8).

A Mitre lo sucedió Sarmiento “que lloraba a su Dominguito caído en la derrota de Curupayty”(9). Pero, el país, ya estaba atado al carro del Imperio y la guerra continuó con verdadera saña persecutoria —“guerra casi zoológica”, la define bien un escritor- tratando de borrar de la faz de la tierra al Paraguay, aniquilando su pueblo.

El tratado estipulaba que la guerra sería “a muerte”. Sólo se dejarían las armas “de común acuerdo” y no se trataría con el enemigo “sin mediar perfecto acuerdo entre todos”. Por eso se rechazaron de plano las mediaciones ofrecidas por Inglaterra y Norteamérica, las interpuestas por las patrias del Pacífico; Chile, Perú, Bolivia y Ecuador y hasta las cordiales sugerencias del General Flores. Ni qué decir la paz que, decorosamente, propuso López en Yataity Cora y cuyas bases ni siquiera fueron consideradas, porque transigir hubiera importado renunciar a la conquista pactada.

El holocausto colectivo de la raza, y su insuperable heroísmo, desbarataron todos los planes, arrastrando la guerra por largos cinco años. “Su largo martirio vence a los mismos vencedores. Solo el emperador cierra el siniestro ciclo, los demás tienen que alejarse de la lid casi siempre reemplazados por sus adversarios. Entre inculpaciones que matan, ruedan las famas militares y se despeñan los estadistas —dice Herrera—sólo la piedad no puede con ellos: son inexorables” (10).

Inmolado el Mariscal, el país queda a merced de los vencedores y “los libertadores” -con desprecio absoluto del derecho— consumaron su latrocinio. Para el Imperio: la zona más rica y poblada al Norte del río Apa, donde jamás pusieron los pies ni sus más osados bandeirantes; y, para la Argentina: todo el Chaco, hasta Bahía Negra!.

Felizmente para nosotros, muchos años antes —ya en 1865— la Cancillería de San Cristóbal había resuelto retacearle su porción a la Argentina. Y violando los solemnes pactos firmados, Cotegipe acordó la paz con el Paraguay por separado(19 de marzo de 1872). Asegurada su parte —increíble ironía— el Imperio asumió el espléndido y sorprendente papel de defensor del inerme Paraguay.

Sin rubor, el canciller argentino Varela había proclamado que “la victoria no da derecho” para contener al Brasil. Antes, en respuesta a una interrogación de Paranhos, cuando éste le preguntó —por nota— en virtud de qué derecho había ordenado al Gral. Emilio Mitre la ocupación de la Villa Occidental, sin consultar la medida con su aliado. Varela le contestó: “Por el derecho que da la victoria”. Volvió el disco al revés, cuando tropezó con la obstinación del representante brasileño y dejó escrita la frase famosa, que -¡oh sarcasmo!- daría pie a la “doctrina Varela”, incorporada en 1948 (Bogotá) a la carta de la O.E.A. Paranhos le tomó, entonces, la palabra y proclamó en nombre del derecho — ¡tan pisoteado por ambos!- que el Paraguay tenía “el derecho de ser oído...”. “Inesperado cambio de disfraces, que haría sonreír -dice Herrera- si no estuviéramos en presencia de las más tenebrosas intrigas diplomáticas que conozca la historia de América”(l1).

En nada difieren los tres cancilleres argentinos que intervienen en el litigio: Mariano Varela, Tejedor e Irigoyen. Escudados en la letra muerta acuñada por Varela, pujaron hasta lo indecible por arrebatarle al Paraguay un territorio inmenso que jamás le había sido discutido. Largos años se arrastró la disputa y a través de tres gobiernos se persistió, en forma que hasta desconcierta, en esa voluntad expoliadora. Mitre intentó por todos los medios salvar su pacto maldito, sufriendo desplantes y humillaciones de parte de sus ex camaradas y hasta del débil gobierno paraguayo que, respaldado por el Brasil, se irguió tratando de salvar algo de la heredad mutilada.

El gran amigo del Brasil reclamó sin éxito el cumplimiento del pacto y la Argentina tuvo que resignarse a ceder lo que juntos —el Imperio y el Mitrismo— “concibieran, escribieran y firmaran” (12).

Sus pretensiones iniciales hasta Bahía Negra, la redujeron a la Villa Occidental. Se resignaron después a someterla a un arbitraje, de antemano perdido, ya que cuando convino a sus intereses, el Brasil le proporcionó a nuestra Cancillería nuestros títulos, que habían sido robados por las tropas aliadas luego de la batalla de Piribebuy junto con otros cincuenta mil documentos de nuestros archivos.

La región arbitrada nos fue devuelta por el fallo justiciero del Presidente Hayes en 1878. No perdimos pues, todo el Chaco. Pero aún así la Argentina se quedó con un territorio de inmenso valor: el Chaco Austral.

 

2. ¡Vae Victis!

La guerra de la Triple Alianza, significó el aniquilamiento casi total de la nación agredida. Antes de ella, “el Estado virtualmente monopolizaba el comercio exterior: la yerba y el tabaco abastecían el consuma del sur del continente; las maderas valiosas se exportaban a Eurepa. La balanza comercial arrojaba un gran superávit. Paraguay tenía una moneda fuerte y estable, y disponía de suficiente riqueza para realizar enormes inversiones públicas sin recurrir al capital extranjero. El país no debía ni un centavo al exterior, pese a lo cual estaba en condiciones de mantener el mejor ejército de América del Sur, y contratar técnicos ingleses que se ponían al servicio del país en lugar de poner al país a su servicio”(13).

Carlos Pastore, en su libro “La lucha por la tierra en el Paraguay” hace un magnífico estudio sobre lo que fue la post guerra- (14). De una población de más de un millón de almas, al iniciarse la guerra, el Paraguay quedó reducido a poco menos de doscientos mil famélicos grupos de niños y mujeres esparcidos por los campos y bosques.

Nombrando y deponiendo autoridades a su antojo, los aliados digitaron por largos años, en provecho propio, la política del país. El 22 de junio de 1876, las fuerzas imperiales evacuaron ¡por fin! Asunción. Fue un alivio y un triunfo para la Nación y para su gobierno. Pero no terminó la ingerencia del Imperio y del Puerto. Las constantes crisis políticas, las revoluciones y los golpes de estado que se sucedieron en el país se debieron, sobre todo, a la intervención alternativa del Brasil o de la Argentina.

Natalicio González, refiriéndose a esta guerra, dice: “Empresa militar emprendida para convertir la economía autónoma y autárquica del Paraguay, en una economía colonialmente explotada. López murió defendiendo el derecho de su raza, a disponer y explotar en beneficio de la Nación, las riquezas básicas del país. Triunfantes los aliados, organizaron en el país vencido un estado montado para servir, no los ideales de una nación, sino los intereses extranjeros que le dieron origen. La clase rural se vio desposeída de la tierra de sus mayores, el patrimonio territorial de la Nación pasó a ser propiedad de los banqueros londinenses, y la explotación de los medios de comunicación y de las riquezas básicas del país, quedó a cargo de empresas extranjeras”(15).

Y Eduardo Galeano agrega: “Desde 1870, Brasil y Argentina, que liberaron a Paraguay para comérselo a dos bocas, se alternan en el usufructo de los despojos del país derrotado, pero sufren, a su vez, el Imperialismo de la gran potencia de turno. Paraguay padece, al mismo tiempo, el Imperialismo y el Sub-Imperialismo”(16).

En efecto, su rico patrimonio, fue el blanco principal de los que anhelaban la pulverización económica del Paraguay.

Al finalizar el siglo XIX, el capital extranjero señoreaba en el Paraguay. Las cifras que maneja el Dr. Carlos Pastore, son elocuentes: “Más de 7.035 leguas cuadradas de praderas y bosques de quebracho del Chaco habían sido enajenadas a 79 personas o sociedades”. “Todos los yerbales naturales se encontraban ya bajo el dominio privado, quedando en poder del Estado solamente aquellos que por su mala ubicación o porque no eran conocidos, no habían sido solicitados en compra(17).

Según Carlos Pastore, en la región oriental, once compradores de más de 100.000 hectáreas de tierra adquirieron 5.548.448 hectáreas y 1.119 compradores 9.961.319 hectáreas, que dan un total de 15.519.767 hectáreas. Los agricultores quedaron sin tierras, los mejores bosques y praderas pasaron al dominio del capital extranjero.

De los 875 buques que hacían cabotaje por los ríos del país, 40 eran de bandera paraguaya con 11 mil toneladas, 315 argentinos, 49 brasileños y 33 uruguayos. El resto de bandera de otros países con un total de cien mil toneladas aproximadamente.

“La mayor parte del comercio de importación y de exportación del país quedó en manos de firmas de extranjeros que residían fuera del territorio nacional”(18). En igual situación se encontraban las empresas industriales. Nuestros mayores acreedores eran los ingleses, que también explotaban el Ferrocarril Central, nuestra única línea férrea.

Tal es, a grandes rasgos, la situación del Paraguay. En medio de las difíciles condiciones económicas y sociales creadas por la influencia extranjera, surgieron los dos grandes partidos políticos. Su formación inicial y las distorsionadoras presiones de los poderosos vecinos, explican las violentas luchas que los enfrentaron entre sí.

Las ingerencias de las dos grandes potencias —a su vez víctimas de otros intereses foráneos, ingleses y americanos— buscaban en primera instancia, mantener el dominio sobre la explotación de las principales fuentes de riquezas del país.

La lucha de los grandes intereses y la disputa que porteños y brasileños sostenían, por el predominio político y económico de esta región de vital importancia estratégica en América, marcaron la política internacional. A los intereses extranjeros no les interesaba, ni les convenía en absoluto el acercamiento del Paraguay con el Alto Perú. Sordos al mandato de la geografía y olvidando la historia, las cancillerías que están empeñadas en mantenernos separados, divididos, para explotarnos y satelizarnos, comenzaron, desde entonces, a envenenar el ambiente de nuestra política internacional.

 

3. Bolivia y la presión de sus vecinos

La política del Imperio y la de Buenos Aires, ya lo hemos dicho, determinaron una sucesión de presiones sobre la Banda Oriental, el Paraguay y Bolivia. Este último país tuvo que sufrir, además, las ingerencias —explicables por su ubicación geográfica—del Perú y de Chile. Trataremos de analizar brevemente esta situación.

Durante el siglo XVIII y parte del XIX, pese a la agitación política, la vieja Audiencia de Charcas había insistido en “abrir y afirmar las puertas de la tierra” hacia el río Paraguay. La larga guerra de Independencia detuvo esos empeños.

En aquel momento en que se fundaban las nacionalidades —dice Alberto Gutiérrez— “existía ya un concepto bien definido del equilibrio continental” (19). Afirmación evidente porque así consta en las actas de fundación de la República de Bolivia. Es admirable, decía, el presidente Bordaberry que “haya habido ya entonces una voz que se alzara fundando la necesidad de creación de la nueva República en una razón de equilibrio y de nexo entre los Estados de la América del Sur” (20).

“Buenos Aires, el Perú, Chile y el Brasil, no podían ver indiferentes el destino del Alto Perú, que anexado a uno de esos bloques, daría origen a una entidad nacional descollante, de gran poder económico” (21).

Tanto para el Brasil, como para la Argentina, el Perú o Chile, las riquezas bolivianas, eran pues necesarias, y el control de ese gran nudo geopolítico, una necesidad indispensable e imperiosa. Desde entonces, nació la idea de la polonización de Bolivia, para distribuirse las zonas de influencia.

Difícil fue en estas circunstancias, para la nueva República del Altiplano, afirmar su independencia. Las interferencias del Imperio, las presiones de Lima, la influencia de Buenos Aires, y las ambiciones de Chile, crearon a “la hija predilecta del Libertador”, situaciones de problemática solución.

Buenos Aires que había provocado resentimientos que hacían imposible la reintegración del Alto Perú a las Provincias Unidas, estaba dispuesta a desprenderse de las Provincias Altas siempre que no cayeran bajo la órbita de Lima. Tampoco podía tolerar que regiones tan importantes como Chiquitos, Santa Cruz y el Noroeste (el Beni y el Acre) fuesen absorbidas por el Imperio. Chile, a su vez, recelaba de una integración entre el Alto y el Bajo Perú, viejo anhelo de ilustres peruanos y bolivianos.

Razones de peso justificaban estos recelos. Citaremos sólo algunas.

1) Controlando al Oriente Boliviano, el Imperio adquiría un acceso directo al Alto Perú, vale decir, cumplía el viejo y permanente objetivo de llegar al Pacífico, aprovechando las riquezas del Potosí, las riquezas forestales del Beni y del Acre y sus grandes ríos que concurren al Amazonas.

2) Limitando la influencia argentina hacía imposible la vinculación de la cuenca del Plata con la del Amazonas.

3) El control del Oriente boliviano, bloqueaba, casi definitivamente la vinculación del Paraguay con el Alto Perú, y el probable acceso del Perú (en el supuesto de reconstruirse el Virreynato de Lima) al río Paraguay, vale decir al Atlántico.

En 1825 —dice en sus memorias Domingo de Oro— el gobierno argentino envió una delegación ante el general Bolívar, compuesta por dos Ministros: el general Alvear, el Dr. José Miguel Vélez y como Secretario el propio Domingo de Oro(22).

Misión tan importante, integrada por dos plenipotenciarios de tan elevada posición en Buenos Aires, tenía el motivo aparente de felicitar al general Bolívar, por sus éxitos militares, y por la fundación de la nueva República que llevaba su nombre. En Buenos Aires, la desconfianza sobre los planes futuros del Libertador Bolívar era, sin embargo, evidente. La Embajada tenía pues por misión, también, informarse e investigar sobre los planes exactos del Libertador en orden a la política continental, pero el principal objetivo era buscar el concurso militar de Bolívar y la alianza del Perú y la Gran Colombia, para la recuperación de la Banda Oriental, largo pleito que sostenían las provincias del Río de la Plata con el Brasil.

Bolívar y Sucre enfrentaban, entre tanto, otro serio problema: la invasión del Imperio a las provincias de Chiquitos, ocupada por fuerzas de Matto Grosso.

El comandante en Jefe de las fuerzas brasileñas Manuel José de Araoz, envió en fecha 26 de Abril, una intimación “de estilo grandilocuente y ramplón” al Jefe de las armas en Santa Cruz, enviando copia de ella al Mariscal Sucre. En dicha conminatoria, comunicaba la anexión de Chiquitos a Matto Grosso.

“Al poner estos hechos en conocimientos del Presidente de Santa Cruz, le advierto que se abstenga de pisar ni un solo palmo de tierra, hoy perteneciente al Emperador —decía— asegurándole mi certeza de que, faltando al buen orden, pasaré a desolar toda esa tropa de su comando e igualmente esas ciudades de Santa Cruz, que apenas dejaré de ella fragmento de lo que fue, para memoria de la posteridad...”(22).

Manuel José de Araoz, y las tropas brasileñas, tuvieron sin embargo que evacuar la provincia de Chiquitos, ante la enérgica reacción del Mariscal Sucre, plenamente respaldado por Bolívar.

El Perú, que a su vez buscaba rehacer el Virreynato de Lima, envió otra misión diplomática a Chuquisaca, con el propósito aparente de reconocer oficialmente la independencia de Bolivia. Lo que buscaba en verdad era pactar un tratado de confederación que correspondiese a la idea de predominio de Lima.

Las ideas autonomistas de Sucre, su propósito de defender la soberanía de Bolivia, no eran del agrado del gobierno del Perú, y su General José María Gamarra, invadió territorio boliviano, para “emancipar a la nueva república de influencias extranjeras”. Las “influencias extranjeras” eran la de Sucre y la de las tropas Gran- colombianas que habían derrotado a los españoles en Junín y Ayacucho, logrando la independencia de Bolivia. Bolivianos y Peruanos firmaron un documento conocido con el nombre de “El Ajuste de Piquiza” en el que se establecía el alejamiento de generales y jefes de nacionalidad extranjera.

El Mariscal Sucre, al despedirse de Bolivia en un mensaje a la República decía: “Aún pediré un solo premio a la nación y sus gobernantes y es el de preservar la obra de mi creación, la independencia de Bolivia”. El Mariscal Sucre, no vacila, en su correspondencia con Bolívar, en calificar de traidores a los generales y a los políticos bolivianos, que en términos tan deshonrosos pactaron con el Perú.

Además, las condiciones geográficas, colocaron tanto al Paraguay como a Bolivia en un estado de dependencia. Desde la colonia, para el Paraguay, fueron fatales las disposiciones sobre el “Puerto Preciso”. El dominio de Buenos Aires sobre la desembocadura de nuestro río Paraguay -convertido en Río de la Plata- impedía el libre acceso al Atlántico, y a los mercados del mundo. También Bolivia, aunque políticamente soberana, era dependiente, porque para su comunicación comercial, el principal puerto no era de su propia soberanía. Tal el caso del puerto peruano de Arica donde se le imponía al Alto Perú “la aduana común”, el “arrendamiento”, “la subvención fija”, los “derechos de tránsito”, y en fin, todos esos sistemas ensayados y probados para mantener a un país en permanente subordinación. Que, del campo económico trasciende al político.

 

4. La guerra del Pacífico

El descubrimiento del salitre y la explotación de las guaneras en territorio boliviano y peruano, incitaron la ambición chilena.

“El Presidente Manuel Bulnes, envió al Parlamento chileno un proyecto de Ley declarando “propiedad nacional las guaneras de Coquimbo, el desierto de Atacama e islas adyacentes”, y así el año 1844, Chile creó la Provincia de Atacama, con el evidente propósito de provocar confusión en las cancillerías americanas, porque ese país no tuvo antes, en su territorio, una región con ese nombre.

Ciudadanos chilenos ocupaban el territorio boliviano y explotaban el salitre. Esta penetración, culminó con la ocupación por parte del gobierno chileno de la bahía de Mejillones. La cancillería del Mapocho se encaminaba a “consolidar la ocupación fraudulenta del litoral boliviano y en 1873, reunido el Congreso boliviano en Oruro, dictó el 5 de junio una ley autorizando al ejecutivo a declarar la guerra a Chile”(24).

El representante chileno Aniceto Vergara Albano, firmó con el prisionero del gobierno de Bolivia, el tratado del 10 de agosto de 1866. Por este convenio, Bolivia pierde extensas regiones y se aviene a establecer “en Mejillones una aduana que sería la única oficina fiscal encargada de percibir los productos del guano y de la exportación de salitre y de los minerales bolivianos”. Determinaba este tratado, el retroceso, del “Paralelo 25° 31’ 30” límite tradicional de Bolivia, hasta el paralelo 24° con una pérdida de 6.000 Km2, y transformaba a Bolivia en una dependencia comercial de Chile mediante el Art. 4º de este convenio”.

Como vemos Bolivia, también tuvo que soportar “el Puerto Preciso” y la funesta influencia de Chile que controlaba la exportación del salitre boliviano.

El Palacio de la Moneda que buscaba mayor influencia política en Bolivia favoreció una invasión armada para colocar en el gobierno a políticos que le eran adictos. Del paquete “Los Vilos” y el Bergantín “María Luisa” desembarcaron en Antofagasta los legionarios al mando del General boliviano Quinín Quevedo. Estas fuerzas, al ser rechazadas por las tropas gubernamentales, se embarcaron en el buque de la armada chilena “Esmeralda” surto a propósito en aquel punto, para apoyar la acción sediciosa” (25).

Los procedimientos usados por los países que dominaron la economía boliviana y paraguaya, y que llegaron a interferir nuestra política internacional, son parecidos. En el Alto Perú también, hubieron “legionarios” que después de la guerra del Pacífico reaparecieron en Bolivia participando en la fundación de los principales partidos políticos.

Tras el fracaso de la expedición Quevedo, el gobierno del Perú, mediante nota de su canciller Riva Agüero, a la legación en Santiago (28 de agosto de 1872), hizo saber al gobierno de Chile que “no podía ser indiferente a la ocupación del territorio boliviano por fuerzas extrañas”(26).

Perú y Bolivia, ante la permanente amenaza de Chile, suscribieron el Tratado Secreto de Alianza Defensiva, el 6 de febrero de 1873. La adhesión de la República Argentina a esta alianza se frustró por inexplicables vacilaciones y fue conocida por el ministro chileno Blest Gana, mediante la “oficiosa colaboración” de su colega brasileño en Buenos Aires, Barón de Cotegipe quien obtuvo mediante soborno a un legislador argentino— copia del Tratado (27). Ningún diplomático de Itamaratí incurre en una “oficiosa colaboración”, y menos podía hacerlo el Barón de Cotegipe. Este juego diplomático del Imperio se repetirá en vísperas de la guerra del Chaco, en Asunción (28).

En febrero de 1879 fuerzas militares chilenas desembarcaron y ocuparon el puerto boliviano de Antofagasta, iniciando así la guerra contra Bolivia y el Perú. Más tarde Bolivia quedó fuera de acción abandonando a su aliado en la batalla del Alto de la Alianza.

Los ejércitos chilenos, avanzaron hasta ocupar Lima, imponiendo los términos del tratado de Ancón suscrito entre Chile y el Perú el 20 de octubre de 1883. Por ese tratado Chile obtenía del Perú el Departamento de Tarapacá, y dejaba, al litoral boliviano de Atacama, encerrado entre dos porciones de territorio chileno. El gobierno de Bolivia pretendió negociar un tratado, pero el de Chile se limitó a otorgar una tregua temporal, para “preparar el terreno para otro género de soluciones”.

Según acuerdo, Bolivia tenía que pagar a las “víctimas” chilenas —Chile había invadido, ocupado y desmembrado el territorio boliviano- indemnizaciones, y cubrir un empréstito que no había recibido.

El Paraguay igualmente, como se recordará, tuvo que incluir en el Tratado de 1872 un artículo por el que se obligaba al pago de una deuda para indemnizar a los “fazendeiros”, por los esclavos negros que mandaron para “liberamos”. Algunos autores brasileros sostienen que de cada 5 soldados, 4 eran esclavos.

La tregua temporal “que permitiera preparar el terreno para otro género de soluciones” era un peso ominoso. Bolivia insistió en llegar “a ese otro género de soluciones”, y las nuevas soluciones fueron las mismas establecidas en el pacto de tregua. Luis Barros Borgoño por Chile y Heriberto Gutiérrez por Bolivia, firmaron el tratado de Paz y Amistad del 18 de mayo de 1897 y fue ratificado por el Parlamento boliviano siete años más tarde (1904).

Este tratado de paz y amistad reconoce: “que Chile continuará ejerciendo dominio absoluto y perpetuo del territorio que ha gobernado hasta el presente conforme a las estipulaciones del pacto de tregua: “Chile se obliga al pago del empréstito de 1867” (empresito que no percibió Bolivia). Establece una modesta suma de indemnización a Bolivia por su litoral, la misma que fue utilizada para los gastos iniciales de los ferrocarriles que unirían las minas de propiedad chilena en el Altiplano Boliviano con los puertos chilenos, para ser transportados hasta Europa en barcos chilenos, y convertir esos minerales en metales, en las fundiciones europeas de propiedad de accionistas chilenos. El Art. 6o de este tratado señalaba: “Bolivia no podrá absolutamente explotar ni transferir yacimientos de salitre, sino después que se hallen agotados todos los existentes en el territorio transferido a la República de Chile”. Vale decir que Bolivia, dejó de utilizar estas riquezas, en beneficio de Chile, pues la competencia de producción habría determinado la caída de los precios, hecho que no convenía al capital internacional que estuvo detrás de la guerra del Pacífico.

De acuerdo a lo estipulado en el tratado de paz y amistad firmado por los dos países en 1897, Chile compró a Bolivia su territorio, y le pagó con las utilidades obtenidas por la explotación de las riquezas bolivianas. “El valor de las exportaciones realizadas por Chile del salitre boliviano, durante “la tregua” alcanzó, de 1879 a 1902 a la suma de 1.765.828.831 pesos de dieciocho peniques” (29), vale decir, mucho más que la suma que pagó Chile a Bolivia por su litoral.

La prosperidad de Chile, su democracia, sin duda se asentaron más tarde sobre la explotación del cobre (que la convirtió en el tercer país exportador del mundo) del salitre y del guano, extraídos de los territorios que pertenecieron a Bolivia y al Perú.

El capital chileno penetró además en los ricos yacimientos mineros de Catavi, Huanuni, Araca y Oploca, más tarde rescatados por Simón I. Patiño. Chilenos tomaron concesiones petrolíferas en el Chaco, y algunas se vendieron al padre de Spruille Braden. Este digno vástago de tal progenitor se sentaría, más tarde, en la mesa de la Conferencia de Paz de Buenos Aires, al lado de los representantes chilenos, argentinos y brasileños, en su triple carácter de Embajador de los EE.UU.; beneficiario de las concesiones petroleras otorgadas por Bolivia en territorio del Chaco y transferidas a la Standard Oil; y de explotador de las riquezas cupríferas más grande de América, ubicadas en territorios ahora chilenos, que le fueron cercenados a Bolivia y el Perú en la guerra del Pacífico.

 

5. Últimos intentos de comunicar el Alto Perú con el Paraguay

Pese a las presiones internacionales, Bolivia intentó reiteradamente establecer comunicación con el Paraguay.

Durante el gobierno del Presidente Santa Cruz se encomendó a Manuel Oliden la Primera Exploración (1832), que sólo llegó hasta un punto denominado La Florida.

Abandonando la “ruta de la conquista” Bolivia creyó más factible la vinculación con el Paraguay, por el Pilcomayo. El General Manuel Rodríguez Magariños se propuso recorrer este río, sin querer admitir que no era navegable. Esta expedición (1843) fundó las poblaciones de Caíza, Buena Esperanza y Puerto Magariños.

“Pero no por este fracaso -explica don Jaime Mendoza- se desalentó el Presidente Ballivian en sus conatos de dominar el Chaco y comunicarse con la Asunción por el Pilcomayo. En el año siguiente (1844) se organizó una nueva expedición. Es la que se conoce con el nombre de Van Nivel, aunque su verdadero jefe fue el sargento mayor Gabino Achá”(30).

Durante el gobierno del Presidente José María de Achá (1864) se insiste nuevamente en comunicar el Altiplano con la República del Paraguay por la vía del Pilcomayo. La Expedición del comandante Andrés Rivas, llegó sólo hasta Bella Esperanza, pequeña población que la convirtieron en Fuerte. Años más tarde (1875) en la población de Tarija, se funda una compañía para explorar el Pilcomayo. La empresa se denomina “El Porvenir del Oriente”. Emite acciones y recibe apreciable ayuda oficial. Pero, sus emisarios tampoco avanzan más allá del Fuerte de Bella Esperanza.

Había terquedad en el error de seguir la ruta más inadecuada. Vincular por el Pilcomayo Asunción con el Alto Perú era una empresa, para la época, destinada al fracaso, y que carecía de sentido.

Pretender cruzar el Chaco de Este a Oeste, o pretender vencerlo navegando el Pilcomayo era una empresa ya abandonada por los mismos conquistadores que recorrieron la región, con desigual suerte. Y esta no era ninguna novedad, los dirigentes bolivianos no tuvieron la precaución de detenerse a meditar en la verdad que surge de la historia y que ya la apuntaron reiteradamente los Oidores de Charcas, cuando decían: “No pueden acudir a ella con la comodidad que esta y ser aquella tierra tan calurosa y de dañosa temperatura para los que van de la sierra, que mueren la mayor parte de los que bajan a ella o enferman gravemente”(31).

Desde el Brasil, y recorriendo la provincia de Chiquitos y la de Santa Cruz de la Sierra, llegaron a Chuquisaca, los miembros de una misión francesa dirigida por el Conde de Castelnau. Sus informes eran sumamente importantes y recomendaban, para salir al Atlántico, la ruta de los guaraníes, la ruta de la conquista. Nuevamente fueron los científicos extranjeros los que estimaban, como lo más aconsejable, lo que De Pinedo había sugerido un siglo atrás, que fue, precisamente, lo que desdeñaron las autoridades bolivianas.

Ya hemos visto cuál fue la misión que cumplió el Dr. Aniceto Arce, quien también pretendió llegar a la sede de sus funciones navegando el río Bermejo. Perdiendo equipaje, credenciales y todos sus efectos personales en un naufragio, el Dr. Arce tuvo que usar otra vía para llegar a la capital del Paraguay.

En 1882 el sabio francés Creveaux exploró el Pilcomayo. Había llegado a Bolivia con intención de recorrer el Amazonas, pero convencido de la necesidad de dar curso a una vieja aspiración boliviana: su vinculación con Asunción, cambió de itinerario y objetivos. Según expresaba “sin más pensamiento que llegar a la Asunción del Paraguay o perecer en la travesía”, Creveaux, avanzó por el Pilcomayo hasta la región habitada por los indios Tobas. El asesinato de Creveaux levantó una ola de indignación en Bolivia. En Potosí se lanzaron petitorios al gobierno. Uno de los más destacados, por la calidad de los firmantes, tiene fecha 16 de junio de 1882 y dice así: “desean además que el supremo gobierno conozca la ardiente aspiración que tiene este pueblo, de que sin demora se lance una expedición armada al río Pilcomayo para que recoja los restos de Creveaux y de sus abnegados compañeros y para que rompa enérgicamente, una vez para siempre, las vallas que las tribus salvajes han opuesto hasta ahora a nuestra comunicación con el Paraguay por el Pilcomayo”(32).

Daniel Campos, probo magistrado potosino y destacado parlamentario, encabezó una nueva expedición (1883). Venciendo “los agobios y padecimientos de la tropa empavorecida, desconocedores del medio, aterrorizados por el bosque, acosados por las tribus salvajes, recorrieron en jornadas sin rumbo seguro y vencidos por la fatiga y la falta de alimentos, cruzaron con el batallón Tarija gran parte del Pilcomayo. Pero “después de cien días, acosados por la sed, en la tierra reseca en las que las carahuatas, y los árboles enseñaban sus hojas y troncos como una osamenta vegetal calcinada en el inmenso horno chaqueño“(33), y cuando ya se hallaban postrados, vencidos y sin esperanzas, fueron socorridos por un vecino del Chaco Paraguayo de apellido Gauna. Así hallaron la protección paraguaya.

El 12 entraban en la capital de la República. Con palabras efusivas describe Campos la primera entrevista que tuvo con el Jefe del Puerto y la inmediata audiencia concedídale por el Ministro de Relaciones Exteriores don José Segundo Decoud “Quien nos recibe con marcada deferencia y sin rigidez protocolar y nos presenta al Excelentísimo Señor Presidente de la Nación General Bernardino Caballero”. “El gobierno del Paraguay colaboró con el delegado Campos en su gestión para recoger a los expedicionarios y envió sin pérdida de tiempo a la cañonera Pirapó con todos los socorros necesarios”. Los expedicionarios fueron generosamente atendidos y cuando llegaron a Asunción desde el palco presidencial y al lado de Bernardino Caballero, Campos contempló el paso de los soldados bolivianos del Batallón Tarija, quienes vitoreando al Paraguay y al Primer Magistrado, desfilaron delante de la tribuna presidencial. “Fiestas y banquetes de agasajos de la sociedad asuncena, generosas actitudes del vecindario, fueron elocuentes pruebas del espíritu fraternal de los paraguayos, alborozados por el feliz resultado de la sensacional proeza” dice el escritor Alba recogiendo las impresiones de Campos.

La expedición de Campos, evidentemente, era una proeza. Pero era también una última lección, clara y evidente, de la historia: el Chaco Boreal seguía siendo insalvable y sólo dificultosamente podría ser vencido siguiendo el curso del Pilcomayo. La única vía posible, fácil y segura, para unir estos dos países era la más transitada por los guaraníes, la misma que después de Cerro Corá, hasta Santo Corazón siguió un resto del ejército paraguayo. Entrañaba, sin embargo, una advertencia más: fraternalmente, todo se podría lograr del Paraguay. Pero por la conquista, por el uso de la fuerza, por la negación del derecho, jamás se podría obtener el so-metimiento.

Pero. . . ¡cuán ciegos son los hombres! El camino que se iba a elegir iba a ser, lastimosamente, el que desoía esa advertencia.

Este largo análisis muestra algunos de los factores que han frustrado tan persistente aspiración: la comunicación del Paraguay con el Alto Perú.

El Tratado de 1867, por el que Bolivia cede al Brasil su acceso al río Paraguay; la guerra del Pacífico por el que Chile mutiló a Bolivia y la redujo a la mediterraneidad; la pérdida del Acre protocolizado en el Tratado de Petrópolis (1903), que excluye a Bolivia del acceso, fácil y cómodo, al Amazonas, son —entre otros— las principalísimas razones que movieron al Gobierno de Bolivia —en insensato propósito— a buscar su salida al Atlántico a costa de un vecino al que creyó más débil; y, al decir del Canciller Elio, “para recuperar psicológicamente a su pueblo en una guerra victoriosa”(34). Culmina así la larga frustración de anhelos, que viene desde las profundidades de la historia y a los cuales se refirió el gobernador De Pinedo, con penetrante y dramática visión.

 

NOTAS

1.- HERRERA, Luis Alberto de: “El drama del 65” Edición Homenaje. Buenos Aires, 1934. pág. 20 Carta a Juan Carlos Gómez de fecha diciembre 14 de 1869. Mármol era, entonces, Ministro Plenipotenciario

2.- Ibídem. pág. 38.

3.- ZEBALLOS, Estanislao: “Diplomacia Desarmada”. Editorial Universitaria de Buenos Aires. 1974. Sesión Secreta de la Cámara de Diputados de 19 de junio de 1914. Folio 169-170.

4.- Ibídem. pág. 74.

5.- Ibídem. pág. 194.

6.- Ibídem. Ibídem.

7.- Ibídem. pág. 231.

8.- Ibídem. Ibídem.

9.- HERRERA, Luis Alberto de: Ob. cit. pág. 63.

10.- Ibídem. pág. 55.

11.- Ibídem. pág. 82.

12.- Ibídem. pág. 99.

13.- GALEANO, Eduardo: “Las venas abiertas de América Latina”. Siglo XXI. Editores. Buenos Aires. 1975. pág. 296.

14.- PASTORE, Carlos: '“La lucha por la tierra en el Paraguay”. Editorial Antequera. Montevideo 1972.

15.- GONZALEZ, Natalicio: Citado por Luis J. González, en “Paraguay prisionero geopolítico”.

16.- GALEANO, Eduardo: Ob. cit. pág. 303.

17.- PASTORE, Carlos: Ob. cit. págs. 253 y 234.

18.- Ibídem. pág. 258.

19.- GUTIERREZ, Alberto: “Breve resumen de la historia diplomática”. Editorial Salesiana. La Paz. Bolivia. Pág. 464.

20.- BORDABERRY, José María: “El País” Montevideo. 27-VI-1975.

22.- DE ORO, Domingo: “Memorias”.

23.- VAZQUEZ MACHICADO, Humberto: "La invasión brasilera a Chiquitos y la diplomacia Argentina de 1825". Segundo Congreso Internacional de Historia de América. Buenos Aires. 1938. Publicación de la Academia Nacional de la Historia, pág. 376.

24.- Circular de la Cancillería Boliviana, a sus misiones diplomáticas, del 28 de noviembre de 1962, firmada por el Sub-Secretario de Relaciones Exteriores, Jorge Escobar Cusicanqui. (Fotocopia obra en mi archivo).

25.- Ibídem. pág. 12.

26.- Ibídem. Ibídem.

27.- Ibídem. Ibídem.

28.- GUACHALLA, Luis Fernando: “Misión en el Paraguay”. La Paz. Bolivia. 1971.

29.- Circular de la Cancillería Boliviana. Ob. cit.

30.- MENDOZA, Jaime: “La Tragedia del Chaco”.      Sucre, 1933. pág. 27.

31.- LEVELIER, Roberto: “La Audiencia de Charcas,”. Archivo de Indias. Madrid 1918. Archivo de Indias: 75-4-1 pág. 28. Carta a S. M. del Presidente de la Audiencia a Charcas, 6 de marzo de 1.600.

32.- ALBA, Armando: “Daniel Campos”. Editorial     Potosí. 1964. pág. 31 y 32.

33.- CAMPOS, Daniel: Informe elevado al Gobierno y publicado por la Cámara de Diputados de Bolivia, 1885. (Archivo personal).

34.- CANELAS, Amado: “Política y Petróleo”. Editorial Juventud. La Paz. Bolivia.




CONCLUSIONES

De acuerdo con nuestras investigaciones, el Informe del Gobernador De Pinedo, elevado al Rey hace doscientos años, no solamente es actual en sus conclusiones, sino que tuvo en su momento sentido premonitorio. No solo está vigente, sino que, además, parece ser la expresión más acabada del estudio de una realidad geopolítica contemporánea.

Estas apreciaciones, colocan al Gobernador De Pinedo en la prominente posición que le reconocen los historiadores: fue, entre los últimos gobernadores españoles, el que mejor penetró la realidad paraguaya.

De los tres medios —abolición de la encomienda, creación de tropa reglada y vinculación con el Alto Perú— por los que él clamó para “redimir” al Paraguay, solo el último, por supuesto, sigue sin cumplirse. En un periodo en que la política de la metrópoli fue fatal para las colonias y para España, se eleva la voz de este profeta sin seguidores.

Femando De Pinedo buscaba la asociación de dos Provincias, la del Paraguay y la del Alto Perú, a través de Santa Cruz de la Sierra. Hasta en ese orden muestra su clarividencia. El notable desarrollo económico de Santa Cruz, ciudad fundada por los conquistadores y los mancebos de la tierra que salieron de la Asunción, ha pasado a ser el meridiano económico del Alto Perú; y seguramente, alcanzará el desarrollo cultural y político que la convertirán en el vértice de ese “mágico” triángulo geopolítico formado por Cochabamba, Santa Cruz, Asunción; punto de convergencia de los países de la Cuenca del Plata.

De Pinedo fue el más lúcido expositor de un deseo de vinculación que subyace a lo largo de toda la historia anterior a su actuación en el gobierno de la Provincia. La necesidad de esta vinculación, nace de un imperativo de la geografía, cuyas leyes, así como las económicas que de ella derivan, no se pueden violar impunemente.

Así lo comprendió el Paraguay, desde el comienzo de su vida independiente; pero los factores de presión que ambos pueblos sufrieron desde sus orígenes: el Imperio y “el Puerto”, han impedido su realización.

Los López figuran entre los que mejor comprendieron la realidad geográfica, histórica y económica de nuestro país y los que tuvieron una certera concepción geopolítica con relación al Uruguay y a Bolivia... la larga frustración de esa política, comenzó con la hecatombe del 70 en el Paraguay y se acentuó con la mutilación del litoral que sufrió Bolivia en 1879.

La guerra del Chaco —con la que culmina esa frustración— se debió al desvío de la política boliviana, desorientada por intereses extraños, y estimulada por la ceguera de sus políticos y por la prepotencia de sus militares.

De Pinedo buscaba poner “atajo a los avances portugueses” y luchaba contra el afán hegemónico de Buenos Aires y contra los inconvenientes del “puerto preciso”. Doscientos años después, siguen todavía vigentes estos puntos, porque continuamos debatiéndonos entre los afanes de expansión del Imperio y los delirios Virreynales del Puerto. La Navegación, las comunicaciones, siguen siendo un problema tan coercionante, como en la época de De Pinedo. Las trabas del puerto preciso, en los tiempos actuales han sido reemplazadas por otras tan odiosas como aquéllas.

Así, pues, la unión preconizada por De Pinedo, continúa siendo, a la luz de esta tesis, una necesidad imperiosa; pero creemos que ahora es necesario darle las dimensiones geográficas y regionales, que el desarrollo, la tecnología, el progreso de las comunicaciones y las nuevas concepciones políticas imponen. América asiste al nacimiento de políticas con perfiles continentales integracionistas; y nosotros, sin grave perjuicio, no podemos marginarnos de este movimiento de carácter universal.

El reencuentro con el destino lo consideramos no solo posible —de acuerdo con los términos humildemente expuestos en este trabajo— sino que lo consideramos indispensable, si queremos “redimirnos”, y lograr la integración latinoamericana que debe ser nuestra meta común.

El entendimiento y la asociación entre estos dos países y el Uruguay, deberían ser estimuladas por la Argentina y el Brasil, en beneficio de todos los países hermanos del Continente.

La comunidad de destino sugerida por De Pinedo, el destino internacional que él tan acertadamente señalaba, resurge desde el fondo mismo de nuestra historia fortalecida ahora por un hecho alentador: las voces anónimas de algunos paraguayos y bolivianos empeñados en crear, por medios económicos y políticos, las condiciones psicológicas previas para alcanzar esos objetivos superiores, que ayer parecían clamores en el desierto; hoy, se están convirtiendo en un coro de poderosas voces y voluntades. La conciencia de esa comunidad de destino se ha ido vigorizando. Existe una solidaridad pasiva, horizontal, que es una gran fuerza, algo así como el potencial energético de un lago tranquilo. Hace falta, empero, una dimensión vertical —en el orden tecnológico, político y económico— para que ese potencial se convierta en energía capaz de desencadenar las fuerzas y posibilidades latentes, las mismas que el Gran Burgalés intuyó hace doscientos años.



INDICE

PRESENTACION 7

PROLOGO  13

INTRODUCCION  17

CAPITULO I  - 25

El Nuevo Mundo 25

1.-Antecedentes coloniales 25

2.- Las reformas de Carlos III 29

3.- Agustín Femando de Pinedo y la realidad del Río de la Plata 31

CAPITULO II - 35

La situación de la Provincia y el informe de De Pinedo 35

1.—La Real Provisión de 1537  35

2 — La Revolución Comunera 37

3.— Las “terribles sanciones” 37

4.— El informe al Rey 38

5.—Las Encomiendas   39

6 — El maltrato a los indios 42

7.— La defensa de la Provincia 43

8.— El agobiante servicio militar 45

9.— El doloroso éxodo  45

10 — El comercio 46

11.—Quiebras y atrasos 47

12.—El puerto preciso de Santa Fe 48

13.— La yerba 49

14 — La ruina de la Provincia 50

CAPITULO III - 55

Plan de De Pinedo y su obra de gobierno 55

1.— La extinción de las encomiendas 56

2 — El establecimiento de tropas a sueldo 58

3.— Los peligros extemos 58

4.— La expulsión de los portugueses 59

5.— El control del río Paraguay 60

6.— Fundación de Concepción 60

CAPITULO IV - 65

De Pinedo y la redención del Paraguay 65         

1.— Las dificultades que había que vencer 65   

2.— El pensamiento de De Pinedo en el informe al rey 69

3.— Las ventajas recíprocas de la vinculación de la Provincia del Paraguay con las del Alto Perú 71      

CAPITULO V - 83

Un anhelo que tiene larga historia 83

1.— Las rutas del oro 83       

2. — El Chaco invencible 86

3. — La obsesión de “la sierra” y los caminos de acceso 87

4. — Ñuflo de Chávez. Santa Cruz: un bello esfuerzo frustrado 93

5. — Renovados esfuerzos: la Audiencia de Charcas y el Adelantado Juan Ortiz de Zárate 95 6. — Los misioneros reemplazan a los conquistadores 100

7. — La Revolución Comunera y la vinculación con el Alto Perú 102    

CAPITULO VI - 109

La desintegración del Virreinato impide la vinculación paraguayo—altoperuana 109

1.— Antecedentes coloniales y formación de las nacionalidades 109

2.- Guaraníes y españoles 109

3.- Domingo Martínez de Irala 111          

4 .- Los “mancebos de la tierra” 111

5.— Aymaras, quechuas y españoles        113

6. Buenos Aires impide la constitución de las Provincias Unidas del Río de la Plata 115   

7.— El Alto Perú y los “Ejércitos Auxiliares” 120

8.— La presión lusitana 125

CAPITULO VII  - 131

Un ideal que se mantiene firme 131

1.— La Junta Superior Gubernativa 131

2.— El Dr. Francia y el intercambio comercial con el Alto Perú 133

3.— El Gobierno Consular y Carlos Antonio López 137

4— El Mariscal Francisco Solano López 141

CAPITULO VIII - 157

Los intereses extranjeros en el Paraguay y Bolivia 157

1.— El Imperio y el mitrismo en la guerra de la Triple Alianza 157

2.— Vae Victis! 163

3—Bolivia y la presión de sus vecinos 166

4.—La guerra del Pacífico 169

5.— Últimos intentos de comunicar el Alto Perú con el Paraguay 173

CAPITULO IX - 179

La larga frustración 179

1.— Los intereses argentinos y brasileros. Las pretensiones bolivianas 179

2.— Las desmembraciones del Pacífico y del Acre y sus consecuencias 188

3.—La guerra del Chaco se    hace inevitable 196

CAPITULO X - 205

La guerra del Chaco  205

CAPITULO XI - 211

La paz y la post-guerra 211

1.—El armisticio 211

2.— Las negociaciones de Bolivia con el Brasil y la Argentina y el Tratado de Paz 213

3.— Los acuerdos de post-guerra entre el Paraguay y Bolivia 217

CAPITULO XII - 227

La vigencia del pensamiento de De Pinedo 227

1.—La vigencia del pensamiento de De Pinedo 227

2—Comunidad de la energía y del hierro 229

3.— Los beneficios recíprocos del aprovechamiento de la riqueza agropecuaria 250

4.— La integración 252

5 — Geopolítica 255

6.— Política internacional. La Cuenca del Plata y Urupabol 258

Conclusiones -277

El Informe de De Pinedo (1777) 281

ILUSTRACIONES

Fotografía de HERMAN VELILLA 23

 

 

 

Mapa n° 1: Región del Alto Paraguay hasta nuestra antigua frontera del Jaurú

(“The Paraná. ..” de Thomas J. Hutchinson, Londres 1868) 81

 

 

Mapa n° 2: Litoral de Bolivia sobre el río Paraguay,

según los Tratados entre Brasil y Bolivia de 1867 y 1903  197

 

 

Mapan°3: Zona que comprende de Cuenca del Plata 259

 

 

Mapa n° 4: URUPABOL un poder compensador dentro de la Cuenca del Plata 271

 

 

 

 

 

 

 

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