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THOMAS L. WHIGHAM
  EN CELEBRACIÓN DE UN ÁRBOL DE PIMIENTA - Por THOMAS L. WHIGHAM - Domingo, 03 de Julio de 2022


EN CELEBRACIÓN DE UN ÁRBOL DE PIMIENTA - Por THOMAS L. WHIGHAM - Domingo, 03 de Julio de 2022

EN CELEBRACIÓN DE UN ÁRBOL DE PIMIENTA


Por THOMAS L. WHIGHAM

 

Profesor emérito de la Universidad de Georgia

Esta es la historia de un árbol que viajó desde el Perú hasta California pasando por las provincias de la Argentina colonial y que llegó a ser omnipresente en las películas clásicas de El Zorro con Douglas Fairbanks.

Mis lectores probablemente recordarán que en un artículo anterior expresé mi sincera admiración por un lapacho monumentalmente hermoso que hay en Asunción, cuyas flores amarillas adornaban mi viaje diario en autobús desde cerca del Archivo Nacional hasta mi casa en Ciudad Nueva. Debo haber dicho en alguna parte de ese artículo que los árboles pueden ser mágicos y que me impresionan mucho. No soy el único, por supuesto. Quizás la belleza –o el poder– de los árboles es lo que les atrajo el elogio de los druidas de la Inglaterra prehistórica, que llenaron cada nicho arbóreo con hadas y duendes y todo tipo de seres sobrenaturales. Los guaraníes de Paraguay hicieron exactamente lo mismo, y si consultamos las obras de León Cadogan, veremos que los árboles son depositarios de una verdad innata (ayvú rapytá) para los pueblos originarios y también del impulso creativo (1). Sostienen el universo. Los árboles se encuentran en el centro de las cosas. Están en la base de nuestro razonamiento y en la cima de nuestras emociones.

Tuve una prueba interesante de esto la semana pasada. En los últimos años, me he acostumbrado a jugar ocasionalmente con la función de mapas de Google de Internet para ver cómo las casas, negocios y edificios públicos de mi pequeña ciudad natal de Lemon Grove, California, han cambiado desde la última vez que viví allí, en la década de 1980. Con esa función, puedo conducir de una manzana a otra y recordar con nostalgia que tal o cual edificio que ahora es una licorería era una tienda de mascotas cuando yo era niño. Probablemente el más ilustrativo de estos descubrimientos fue que la estación de policía por la que solía pasar es ahora un salón de tatuajes.

En cualquier caso, «conduciendo» así la semana pasada llegué a la cima de una colina donde Washington Street cruza Golden Avenue. En tiempos pasados, lo más llamativo de este lugar era un magnífico árbol de pimienta, de color verde claro, de porte benévolo y tan hermoso a su manera como mi lapacho amarillo en Asunción. Probablemente tenía cien años. Para mí, siempre había estado ahí, como un centinela que vigilaba esa zona de mi ciudad natal. Pero, y aquí tragué saliva audiblemente cuando lo descubrí… ¡se había ido!

En su búsqueda de «modernizar» ese vecindario, los intereses comerciales de Lemon Grove evidentemente habían enviado hombres con motosierras para eliminarlo. Supongo que pensaron establecer un negocio en el lugar: un concesionario de automóviles o una oficina de bienes raíces o un restaurante de comida rápida. Para ellos, cortar el árbol era un paso necesario hacia el desarrollo urbano, hacia el «progreso». En lo que a mí respecta, habían masacrado a un dios venerable solo para que alguien pudiera ganar unos dólares más.

Ahora, déjenme explicarles algo sobre los árboles de pimienta, mi conexión con ellos en general y con este árbol en particular. Schinus molle es la clasificación latina del pimiento peruano que lo hizo inconfundible en mi estado durante tantos años. Siglos antes, los incas habían utilizado la parte exterior de la fruta madura del árbol para hacer una bebida medicinal. Y en todas partes, incluso en Santiago del Estero u otras provincias de la Argentina colonial, tuvo gran popularidad como árbol de sombra ornamental. A fines del siglo XIX, S. molle se trasplantó a las partes occidentales de Estados Unidos y fue conocido como el «pimiento de California».

Con sus hojas ligeras y plumosas y granos de pimienta roja, el árbol se asociaba románticamente a las misiones españolas del estado, y entre la década de 1870 y principios del siglo XX, como escribe el historiador de Los Ángeles Nathan Masters en un artículo dedicado a este árbol, «se había convertido en un tropo visual tan familiar como las sandalias y los bastones» de los viejos padres franciscanos (2), como Fray Junípero Serra. Fue omnipresente en las películas clásicas de El Zorro con Douglas Fairbanks (3). No solo era atractivo, sino también valorado por su sombra y su tolerancia a condiciones semiáridas, lo que significaba que su mantenimiento requería poco cuidado. Era perfecto para las nuevas avenidas en las ciudades del sur de California. En 1911, un editorial de Los Angeles Times celebró el árbol de pimienta:

«Una de las primeras características que atrapa al turista que visita este favorito lugar turístico de invierno es el maravilloso follaje plumoso y las hermosas bayas escarlata de este incomparable árbol de sombra, que presta un agradable aire de vacaciones y una gran cantidad de color tropical al paisaje californiano... Vaya, el árbol de pimienta se ha convertido en una parte integral de la vida en las soleadas tierras del sur» (4).

Esa estimación no duraría. S. molle cayó en desgracia como árbol callejero a principios del siglo XX, en parte porque albergaba la llamada «cochinilla de la tizne» (de nombre científico Saissetia oleae, conocida en inglés como «black scale»), un insecto, parásito del árbol de pimienta, que amenazaba las plantaciones de cítricos que eran un pilar de la economía en muchas áreas del sur de California (5). También tendía a empujar y romper las aceras con sus raíces, interfiriendo con los cables telefónicos y las tuberías del alcantarillado (6). Con tanto de la California «moderna» en desacuerdo con la antigua California de las misiones franciscanas, no fue sorprendente que S. molle finalmente tuviera que irse. La ciudad de Los Ángeles prohibió nuevas plantaciones en las calles en la década de 1930 y, hasta donde yo sé, no hay nuevos árboles de pimienta peruanos en ninguna parte de California.

Por tanto, mi árbol de pimienta en la esquina de Washington y Golden no solo era un centinela, era un superviviente. Y siempre me llamó la atención. Por su apariencia majestuosa y por las innumerables hileras de vainas rosadas que lo decoraban durante todo el año. Al aplastarlos entre mis dedos, desprendían un fuerte aroma a pimienta que recordaba un paseo vespertino en algún distrito de la Toscana. Cuando era niño, siempre me pregunté si eran comestibles, pero nunca me sentí tentado a morder una vaina (y creo recordar que mi padre me advirtió que no las comiera). Hoy algunas personas usan los granos de pimienta con moderación como una especia similar a los granos de pimienta de Sichuan en el centro de China. Pero estas vainas no son verdaderos granos de pimienta y nadie las comería como si fueran cacahuetes. Incluso hay personas que afirman que las semillas son venenosas.

Como señalé anteriormente, los árboles tienen un efecto emocional en nosotros. Y fue bajo este árbol, cuando tenía catorce años, que besé por primera vez a una chica. Su nombre era «Cookie» Crawford, una muchacha linda de cabello castaño con ojos luminosos que se había escapado de la cercana Iglesia Metodista para encontrarse conmigo debajo del árbol. Nos besamos durante unos minutos mientras sus padres no notaban que ella había desaparecido y, a decir verdad, creo que no la volví a ver después de ese otoño. El poder de este episodio no está solo en que aquella era la primera vez que besaba a una chica, está en que el árbol parecía disfrutar de nuestro beso. Perfumó el aire seco del verano y nos rodeó con sus brazos verdes con placer paternal. Luego dijo: «Sí, hijos míos, esto es lo que la naturaleza ha planeado para ustedes. Que sea fructífero. Disfruten la vida. Y sepan que siempre estaré con ustedes».

Si hubiese sido así… Cuando descubrí la semana pasada que el árbol se había ido, entré en una pequeña oleada de luto. Llamé por teléfono a mi viejo amigo Paul Copeland, que en su juventud pecosa vivía a unos metros del árbol, cerca de la colina, y que ahora vive como maestro jubilado en Fresno. Como era de esperarse, la noticia de la desaparición del árbol lo llenó de nostalgia por aquellos tiempos que nunca volverán. Lo conozco desde hace sesenta años, y sé exactamente lo que el árbol simbolizaba para nosotros.

En su caso, no se trataba tanto de besar como de sexo. Verán, como me contó, cuando tenía doce o trece años formaba parte de una pandilla inofensiva del vecindario que se reunía a la sombra de ese árbol para conversar de motocicletas y beber cerveza robada de las neveras de sus padres. Un día, el niño más rudo de la pandilla, Dennis Zalekis (el tipo que enseñó palabrotas a los niños de mi escuela primaria), apareció al lado del árbol con un libro de bolsillo en la mano. Era lo que solíamos llamar una «novela picante», llena de sexo explícito con ligueros. Dennis, que no era un gran lector, pidió a Paul que hiciera la lectura, y durante varios días seguidos mi amigo entretuvo a los cuates bajo el árbol con la «poesía» de ese texto subido de tono. Se mojaba los dedos para pasar las páginas y los chicos lo apuraban para que leyera.

Entonces, una vez más, el árbol se rió, abrazó a los chicos, dejó escapar su olor a pimienta y respaldó la hilaridad y la seriedad de crecer. «¡Vivir! ¡Vivir! ¡Vivir!», les gritó el árbol, tal como lo había hecho antes con sus padres y con sus abuelos.

En Brasil existe un pariente del árbol de pimienta que tiene como nombre científico el de Schinus terebinthifolia (7). No recuerdo haber visto un árbol así en Paraguay (o quizás no lo reconocí), pero sí noté uno en el Parque Urquiza, en la ciudad de Paraná, en Argentina. Estoy seguro de que el mensaje que esos árboles tienen para ofrecernos es el mismo: «¡Aquí está la vida, sumérgete en ella! Es hermoso». Los pora que viven dentro del árbol se harán eco de nuestros sentimientos más ruidosos: «¡Vivir! ¡Vivir! ¡Vivir!».

Ninguna motosierra podrá sofocar esa canción mientras nuestra memoria mantenga vivo el árbol de pimienta, y todos los demás árboles.

Notas

(1) León Cadogan: Ywyra ñe’ery. Fluye del arbol la palabra: Sugestiones para el estudio de la cultura guaraní. Asunción, Centro de Estudios Antropológicos, Universidad Católica Nuestra Señora de la Asunción, 1971.

(2) Escribe Nathan Masters en su artículo «Cuando los árboles de pimienta daban sombra al soleado sur»: «…in the 1870s, the pepper tree had become as familiar a visual trope as the padres’ sandals and staffs» («…en la década de 1870, el árbol de pimienta se había convertido en un tropo visual tan familiar como las sandalias y los bastones de los padres»). Nathan Masters: «When Pepper Trees Shaded the “Sunny Southland”», en: KCET, 13 de septiembre del 2013. Disponible en línea: https://www.kcet.org/shows/lost-la/when-pepper-trees-shaded-the-sunny-southland.

(3) The Mark of Zorro, Silent Film Review, 15 de abril del 2013.

(4) Citado por Nathan Masters en «When Pepper Trees Shaded the “Sunny Southland”», KCET, 13/09/2013 (en línea: https://www.kcet.org/shows/lost-la/when-pepper-trees-shaded-the-sunny-southland). También en Wikipedia: https://en.wikipedia.org/wiki/Schinus_molle.

(5) Ver: Nathan Masters, «When Pepper Trees Shaded the “Sunny Southland”», KCET (en línea: https://www.kcet.org/shows/lost-la/when-pepper-trees-shaded-the-sunny-southland).

(6) Nathan Masters, «When Pepper Trees…» (https://www.kcet.org/shows/lost-la/when-pepper-trees-shaded-the-sunny-southland).

(7) Nathan Masters, «When Pepper Trees…» (https://www.kcet.org/shows/lost-la/when-pepper-trees-shaded-the-sunny-southland).



Árboles de pimienta en Walnut Street, Riverside, California (Postal).



Árboles de pimienta frente a la Misión de San Gabriel, ca,1884

(California Historical Society).



Árboles de pimienta en Marengo Avénue, Pasadena.

(California Historical Society).


Fuente: Suplemento Cultural del diario ABC COLOR

Edición Impresa del Domingo, 03 de Julio de 2022

Páginas 2 y 3

www.abc.com.py




 

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