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ALFREDO VIOLA


  CEMENTERIOS DEL PARAGUAY (ALFREDO VIOLA) - Año 1990


CEMENTERIOS DEL PARAGUAY (ALFREDO VIOLA) - Año 1990

CEMENTERIOS DEL PARAGUAY

ALFREDO VIOLA

 

            Todas las sociedades honran a sus muertos, y es sabido que los cementerios contribuyen en los pueblos primitivos -mediante el culto a los muertos- a la estabilidad de las poblaciones, siendo así una de las motivaciones del sedentarismo.

 

ENTIERRO DE INDÍGENA

 

            Mediante escritos de historiadores y cronistas de la época colonial sabemos cómo ciertas tribus indígenas del Paraguay enterraban sus muertos, y como se hacían las inhumaciones en las Reducciones.

            Cita el padre José Sánchez Labrador la labor apostólica de los padres jesuitas Romero y Moranta en la misión o reducción de los Tres Reyes Magos de Yasocá, población de indios guaicurús o egiguayeguis. Refiriéndose a la Historia del Chaco cuenta que cuando quiso el padre Romero -hacia el año 1615- bautizar a una cautiva hechicera, "de los frentones o tobas" que estaba agonizante, le cercaron los guaicurús, oponiéndose a la administración de ese sacramento, pues siendo bautizada sería enterrada en la iglesia y todos estarían perdidos. Pretendían estos indígenas enterrarla muy lejos, de manera de sustraerse de la maldad de esta hechicera.

            Estaban convencidos que ésta una vez muerta, se convertiría en tigre, "y si está cerca acabará con todos nosotros". Sánchez Labrador, José. "El Paraguay Católico". Tomo III. Buenos Aires. Imprenta de Coni Hermanos, 1910 p.p. 71-72.

            El autor citado más arriba también relata cómo los indios guaicurús enterraban a sus muertos. Luego de llorar por la muerte del pariente o amigo se amortajaba al difunto. "Atavíanle con cuanto pueden si el médico les deja algo, sino lo buscan para este desempeño". Luego el cadáver es transportado a un lugar lejano que es el cementerio. Los varones eran enterrados con sus armas, y tanto los varones como las mujeres llevaban a su tumba sus joyas de plata. Los postes que sostenían su toldo eran clavados alrededor de su sepultura. Mataban algunos caballos -no las yeguas- que habían pertenecido al finado para que los pueda usar en su nueva vida. El cadáver era enterrado en una fosa no profunda, y sobre la tierra que lo cubría se ponían algunas esteritas y algunos cántaros. Los muertos eran visitados de tanto en tanto para renovar las esteras que cubrían sus sepulturas, "para que el sol y la lluvia no molesten a los que reposan". (Sánchez Labrador, José. Obra y tomo citados p.p. 46-47).

            En ocasiones los indios del Chaco disgustados o por otros diversos motivos abandonaban sus poblados. Tal ocurrió en el año 1768, cuando los indios abipones de la reducción de Nuestra Señora del Rosario del Timbó la abandonaron, posiblemente por haber sido expulsados los padres jesuitas, "volviendo a su modo de vida anterior, desenterrando los huesos de sus antepasados". A. N. A. Col. de Cops. de Docs. Vol. XIX p. 38 Comun. del Cabildo de Asunción al Virrey del Perú Don Manuel de Amat. 22-II-1768.

            El número de entierros en las Misiones Jesuíticas aumentaba extraordinariamente en los casos de epidemias o pestes, como entonces eran llamadas. El padre José Cardiel afrontó en su permanencia en las Misiones Jesuíticas dos epidemias, la primera, de sarampión y la segunda de viruela. Escribió que "morían cada día 9, a 10". Era pueblo de 900 familias -el pueblo de San Juan-. Enterraban con 2 entierros, uno de adultos en una; grande hoya, y otro de hacecitos de flores de párvulos, y los dos con música de bajones". (Cardiel, José. "Carta, Relación 1747". Buenos Aires. Edit. Librería del Plata 1935 p. 187).

            En épocas normales en las Misiones Jesuíticas con la misma sencillez que existían en la vida y en las costumbres se llevaban a cabo los funerales y entierros. "'Todo hombre o mujer era llevado a enterrar con rito cristiano, envuelto en un lienzo de algodón. Algo mayor era el ornato de los entierros de niños y niñas, y eran enterrados al son de bronce sagrado". (Peramás, José Manuel. "La República de Platón y los Jesuitas. "Buenos Aires". Edit. Emecé 1946 p. 199).

            El cementerio estaba ubicado a un costado de la iglesia. Se hallaba dividido en cuatro partes: los hombres eran enterrarlos separadamente de las mujeres, e igual método se seguía en el entierro de niños y niñas. Cada una de estas partes del cementerio se subdividía en parcelas con capacidad pura diez o doce cadáveres. Varias calles internas comunicaban con los cuatro puntos cardinales. Naranjos y nardos olorosos se hallaban cultivados. Más daba la impresión afirma el padre Peramás, de ser un jardín antes que un cementerio. No ofrecía ninguna señal de tristeza a la vista, ni mal olor al olfato. Al contrario, allí el aire tenía un suave aroma de naranjos y nardos. Refiriéndose a los huesos de los indios enterrados afirma el padre Cardiel: "Y lo mismo vemos en las calaveras de los demás. Son de tan poca consistencia que se pudren presto; y también los huesos de lo restante de su cuerpo, cuando vemos que los de los europeos duran tantos años". (Cardiel, José. Obra, citada p. 129).

            Félix de Azara corrobora lo arriba señalado al afirmar que por referencia dádale por un español que vivió largo tiempo entre los guaraníes cristianos, "que los huesos de estos indios se convertían en tierra mucho antes que los de los españoles". (Azara, Félix. "Viajes por la América Meridional". Tomo II. Madrid, Espasa Calpe S. A. 1941, p. 37). Este mismo autor señala que "Todos desean vivamente que lo entierren en sagrado, y los padres y amigos prestan este servicio a los difuntos. ("Azara, Félix. Libro y tomo citados, p. 188).

            Varios monarcas españoles habían establecidos que los Prelados de la colonia bendigan un campo, para allí enterrar los indios cristianos y esclavos, y otras personas pobres y miserables que hubieran muerto tan distantes de las iglesias que sería gravoso llevarlos a enterrar a ellas, porque los fieles no carezcan de sepulturas". (Recopilación de Leyes de los Reynos de las Indias. Libro I. Título VII. Ley iij. Madrid. Gráfica Ultra S. A. 1943, p. 88). En el Paraguay posiblemente no había necesidad de usar tales camposantos, pues la distancia entre "capilla y capilla" no era larga.

            En relación a esos camposantos escribió Félix de Azara: "Pero jamás omiten el enterrar los muertos en el cementerio, iglesia o sus alrededores. Para esto si la distancia no pasa de veinte leguas, visten al difunto, le ponen a caballo con estribos, etc. le aseguran atado a dos palos en aspa, y así le llevan a la parroquia". (Azara, Félix. "Descripción e Historia del Paraguay y del Río de la Plata. "Tomo I. Asunción, Librería y Edit. A. de Uribe y Cía. 1896, p. 373).

            Pero el ser enterrado en sagrado traía graves riesgos de epidemia. Fue costumbre enterrar los cadáveres en las iglesias o en sus alrededores. De ahí dimanaba en ciertos casos un olor nauseabundo en razón de que algunas iglesias carecían de piso, y en caso de tenerlo por las hendiduras de los ladrillos se filtraba el olor de los cuerpos en descomposición. En ocasiones, al excavar para efectuar un entierro se encontraban con un cadáver en el que todavía los huesos no estaban del todo descargados. Fue por eso que por real cédula del 15 de junio de 1804, dictada por Carlos IV se dispuso que se establezcan los cementerios fuera de los poblados. Las diligencias practicadas por Videla del Pino, obispo del Paraguay a fines de la colonia quedaron interrumpidas desde que el gobernador Lázaro de Ribera cesó en el gobierno de la Provincia. Por consiguiente, el clérigo Antonio Miguel de Arcos y Mata, entonces provisor o miembro del Cabildo Eclesiástico -año 1808- escribe al gobernador intendente Don Manuel Gutiérrez, solicitándole le envíe el expediente que se había formado sobre la creación de los cementerios, para así cumplir con la real cédula de Carlos IV (A.N.A. Sec. Hist. Vol. 207 Nº 7, 14, IX, 1808).

 

ÉPOCA INDEPENDIENTE

 

            No obstante las buenas intenciones de las autoridades eclesiásticas, no se pudo cumplir en los pocos años que quedaron del dominio español ni en las primeras décadas de la era independiente con la erección de cementerios ubicados fuera de las iglesias o en sus inmediaciones. Al respecto escribió el médico suizo Rengger, -quien estuvo en el Paraguay desde el año 1819 hasta 1825, es decir durante algunos años del gobierno del Dr. Francia- que la costumbre de enterrar los cadáveres en los templos hace que éstos sean insalubres. "Frecuentemente se ve enterrar muertos en lugares donde los cadáveres anteriormente sepultados no han terminado de descomponerse, huesos cubiertos de carne, hasta cadáveres anteriores medio descarnados se retiran de la tierra para dar lugar a un cadáver nuevo, y eso mientras se dice misa en los distintos altares". (Rengger, Juan R. En "Paraguay, imagen romántica, 1811-1853". Nagy, Arturo y Pérez Maricevich, Francisco. Asunción, Edit. del Centenario, 1969, p. 48). Y a continuación manifestó Rengger que personas de cierta cultura se daban cuenta de que esa costumbre era muy peligrosa para la salud, pero que se encontraban con la resistencia del pueblo y de ciertos sacerdotes que no estaban dispuestos a cambiar esa práctica (Ibídem). En efecto, además de querer enterrar a los muertos en las iglesias o en sus inmediaciones, se procuraba dentro de las posibilidades económicas, la realización solemnes funerales.

            Se establecieron capellanías desde la época colonial, mediante las cuales las personas de ciertos recursos se aseguraban después de muertas el oficio periódico de misas en sufragio de sus almas. Las comunidades religiosas contaban con sus propias bandas de músicos usados en las misas y en las exequias. La cuenta presentada por la orden de los mercedarios por los servicios prestados en los funerales de Don Ramón Martínez Varela, fue de 84$ 1/4 real corrientes, e incluyó un responso cantado. Además, la asistencia de la comunidad en el entierro, por los cantores y músicos el día del entierro. También el día de las honras. La saca y merma de la cera. Dos paños negros, los religiosos que ayudaron al cura a cantar el responso en la casa mortuoria después de las honras. Por gasto de los cirios no se cobró nada (A.N.A. Sec. N. E. Vol. N° 1841. 3 X 1822). El albacea Bernardino Arrúa apeló al Provisor por esta cuenta, pues la consideró elevada, -equivalía al precio de cuarenta y dos cabezas de ganado vacuno-adujo que por el mismo servicio el Superior del convento de los dominicos le había presentado una cuenta de veinticinco pesos plata.

            Pero sin lugar a dudas el entierro más solemne en la primera época independiente fue el del Dictador Francia. Sus restos fueron inhumados en la iglesia de la Encarnación. Luego se realizaron tres novenas, y una vez terminadas éstas, se llevaron a cabo las honras "con participación de autoridades políticas, clérigos y pueblo en general (...). En el día de las honras se sirvió a los asistentes bizcochuelos bañados y leche". En el libro de Caja Nº 43 del Ministerio de Hacienda en fecha 31 de octubre de 1840 figura el pago de 151$ 41/2 reales corrientes por "compra de fruta seca y otros artículos para las exequias y funerales del finado Excmo. Señor Dictador y para la misa de gracias. Viola, Blanca R. Romero de. En el prólogo de "Descripción de las honras fúnebres que se hicieron al Excmo. Señor Dr. José Gaspar Rodríguez de Francia". Publicada por primera vez por D. Blas Garay". (Reedición). Asunción. Clásicos Colorados. S/f/p.

            El Segundo Consulado, en el año 1841, dando cumplimiento a un mandato del Congreso realizado ese año, dispuso que de los sueldos no cobrados del finado Dictador se apartaran "cuatrocientos pesos para honras del aniversario -de la muerte- del relato Dictador Supremo en la forma que corresponde a esta elevada dignidad que obtuvo en la República" (Ibídem).

 

SE ESTABLECE EL CEMENTERIO GENERAL DE LA RECOLETA

 

            Los cónsules Carlos A. López y Mariano R. Alonso tomaron una medida trascendental en beneficio de la salud de la población de nuestra ciudad capital con la creación del cementerio de la Recoleta. En efecto, consideraron que por razones de salubridad y decencia de la capital era necesario crear un Cementerio General a una distancia conveniente. Para el efecto eligieron un área del suprimido convento de la Recolección de San Francisco. Señalaron que el cementerio debía construirse al oeste de la iglesia, con la dimensión de 100 varas a cada costado. Tenía que ser cercado con material firme, con una puerta ubicada al norte. Debían ser enterrados allí los cadáveres de los parroquianos de la Catedral, de la Encarnación, de San Roque y los de la Recoleta. Establecieron un servicio de carros fúnebres. Una vez concluido el cementerio se debía dar el reglamento correspondiente. (Decreto de los cónsules Carlos A. López y Mariano R. Alonso. "El Repertorio Nacional". Asunción, Imprenta de la República Nº 12, 30-V-1842. Idem. A.N.A. Sec. Hist. Vol. 252 N° 3, pero con fecha 20 X 1842).

            La creación del cementerio de la Recoleta fue aprobada por el Congreso General Extraordinario, en fecha 26 de noviembre de 1842, deseándose "que también se suprima el cementerio de párvulos del curato de la Encarnación". Díaz Pérez, Viriato. Transcripción de las Actas de las sesiones de los Congresos de la República desde el año 1811 hasta la terminación de la guerra. Asunción, Tipografía del Congreso 1908, p. 39).

            Este cementerio quedó librado al cumplimiento de su cometido desde el día 23 de octubre, previa bendición del obispo Diocesano. Desde la fecha señalada quedaba "absolutamente prohibido sepultar cadáveres en las iglesias de esta capital, ni aún en los corredores externos". Se permitió hasta otra nueva disposición que en el campo santo de la iglesia de la Encarnación se enterraran párvulos. Un tiempo después, los cónsules de la República en vista de varias denuncias recibidas de que los curas de la Encarnación "están haciendo entierros solemnes de párvulos muertos de viruela", y que para "adornar los cadáveres corrompidos los detienen -sus deudos- en las casas más tiempo del que está designado también por punto general para que sean conducidos inmediatamente al Cementerio según conviene a la salubridad pública". (A.N.A. Sec. Hist. Vol. 266 N° 2, 7-I-1844).

            Por este motivo los cónsules López y Alonso declararán suprimido el cementerio de párvulos del curato de la parroquia de la Encarnación, y por consiguiente establecieron que "todos los párvulos que fallecieren de cualquier enfermedad en las tres parroquias de esta ciudad se llevarán al Cementerio General, en la conformidad prevenida en el artículo sexto del citado decreto de erección.

            Se prohibía el día del entierro que comenzaran los oficios en las casas mortuorias. Se nombró encargado del cementerio general y para administrador de los carros externos al Juez Comisionado y Jefe de Urbanos de la Recoleta. Otra persona fue designada como encargada de los carros fúnebres de la capital. Se estableció el precio por el servicio de estos carros fúnebres, siendo gratuito para los pobres. Se prohibió velar los cadáveres en las casas estando en corrupción o si hubieran fallecido por enfermedad infecto contagiosa. En este caso debían ser trasladados inmediatamente después del deceso al cementerio. Cuando los deudos quisieran hacer los funerales de cuerpo presente debían pedir el carro fúnebre, señalando la iglesia, y la hora que terminarán los funerales. Por un reglamento separado se estableció el derecho de sepulturas, catacumbas o sepulcros perpetuos que eligieron los deudos. Se nombró un capellán interino. (Decreto de los cónsules Carlos A. López y Mariano R. Alonso que establece el cementerio de la Recoleta. "El Repertorio Nacional". Asunción Imprenta de la República N° 18. 20-X-1842).

 

REGLAMENTO PARA EL CUMPLIMIENTO DE SUS FINES DEL CEMENTERIO DE LA RECOLETA

 

            En la misma fecha de la apertura del Cementerio General de la Recoleta se estableció el reglamento de su funcionamiento. Este, de 39 artículos; dispuso en sus partes más importantes, la obligación del encargado de mantenerlo limpio y cuidado. También debía arreglar los lances para las sepulturas y cuidar la iluminación. Debía haber un sepulturero de guardia por lo que pudiera ocurrir de noche. Se destinaron unos lances para los pobres de solemnidad. Además se estableció la profundidad que debían tener las fosas. No debían enterrarse en cajón clavado sin previo reconocimiento, pues si se notaban "señales de golpes, heridas, sofocación no se darán sepultura sin previo conocimiento del juez más inmediato". (A.N.A. Sec. Hist. Vol. 252 N° 4. Reglamento de los cónsules Carlos A. López y Mariano R. Alonso 20-X-1842). Otros artículos establecían los precios por sepulturas de adultos, párvulos; por repiques, dobles, colocación de lápidas, alquiler de carros fúnebres. Para la conducción de los cadáveres de los pobres de solemnidad y su sepultura gratuita eran necesarias la certificación del cura párroco o del Juez más inmediato o de dos vecinos conocidos.

            Algunos años después, en vista del recargo del servicio en la conducción de cadáveres de insolventes al Cementerio General de la Recoleta, que era gravoso al Estado, de acuerdo a las cuentas de los encargados de ese ramo, manifestó Don Carlos A. López que antes del establecimiento del expresado cementerio, los muertos eran llevados y enterrados por sus dolientes, por lo tanto decretó que desde el 10 de junio de 1850 se debía abonar por el servicio del "carro de pobres" 10 reales, "con prevención de que en caso de llevar dos cuerpos se cobrará por cada uno el impuesto expresado" (A . N. A. Vol. 283 N° 8 5-VI-1850). Dispuso además por este decreto que se continuara dando sepultura gratuita para los pobres de solemnidad, debiendo sus parientes -"dolientes"-  abrir y cerrar los ataúdes. Esta excepción ya regía para los libertos de la República, quienes debían ser "bautizados gratuitamente y del mismo modo sepultados falleciendo en la edad de la tutoría" (Decreto de los cónsules Carlos A. López y Mariano R. Alonso. Sobre libertad de vientres de los esclavos. Repertorio Nacional. Asunción, Imprenta Nacional N° 24, 24-XI-1842). Por un decreto dictado años después el presidente Carlos A. López, prorrogó a contar desde el mes de enero de 1854, el pago por los indios de los veintiún pueblos de comunidad suprimidos, "la excepción de pagar sepulturas, quedando extinguidos por decreto del 2 de diciembre de 1848 los derechos parroquiales que eran vigentes al tiempo del precitado decreto del 7 de octubre de 1848" (A. N. A. Sec. Hist. Vol. 310 Nº 5, 8-II-1854). Trataba de esta manera y con la prórroga del pago de los diezmos de invierno y verano a favor de los indios, paliar en alguna forma el perjuicio que significó para ellos la supresión del régimen de comunidad.

            Por razones de profilaxis se hizo obligatoria la conducción de los cadáveres en los carros fúnebres del Estado. Los parientes de los que iban a ser enterrados, que" no cumplían con este artículo del reglamento debían abonar una multa equivalente al costo del alquiler del carro fúnebre. Otros artículos establecieron los sueldos del encargado del cementerio y de los otros personales que debían estar bajo su dependencia. Los peones y carreros debían vestir ropa negra. Además se estableció que la procesión de las ánimas debía hacerse el 2 de noviembre "con asistencia de todos los que quieran concurrir" (Ibídem).

 

INSTRUCCIONES PARA LOS ENCARGADOS

DE LOS COCHES FUNEBRES

 

            El encargado de los coches fúnebres debía ceñirse al decreto de la erección del Cementerio General de la Recoleta. Tenía bajo sus órdenes a dos carreros y un peón que cuidaba las mulas. Los carros debían marchar a paso moderado y una vez que llegaban al cementerio debían dejar los cadáveres en la portada, y desde allí los parientes o peones debían llevarlos al depósito. Los carreros debían usar "la ropa que se les mandó hacer, cuando se ocupen de tirar los carros solamente, hasta que según el ingreso del cementerio se pueda costear la competente para tales casos" (A.N.A. Sec. Hist. Vol. Nº 252, Nº 5, 20,-X-1842). Prestaron servicio como carreros en los últimos meses del año 1849 dos personas que percibieron por sus sueldos correspondientes a los meses de octubre, noviembre y diciembre, cada uno de ellos doce pesos corrientes, mitad en moneda y mitad en billetes. Igual suma cobró el cuidador de los animales. (A.N.A. Sec. N.E. N° 1450. Recibos Nº 53-54-55, 31-XII-1849). Pocos meses después se incorporaron varios esclavos del Estado, enviados de Tabapy para ese servicio, de acuerdo a la comunicación de José Berges, quien por orden del Presidente de la República le avisa al Juez Comisionado de Quyindy haber recibido "...los cuatro esclavos que ha mandado Ud. para el servicio de los carros de la Recoleta" (A. N. A. , Sec., Hist. 287, N° 7, 19-IV-1850). Estos carreros usaban unos sombreros negros, de acuerdo a un recibo otorgado por un tal Pantaleón Manzano, quien percibió 20 reales por su confección. (A. N. A. , Sec. N. E. , Vol. Nº 1403, 21-VI-1849). Los carros fúnebres estaban ornados en su interior con unos forros negros. (A. N. A. , Sec. N. E., Nº 1403, 30-VI-1849).

           

 

MEJORAS EN EL CEMENTERIO DE LA RECOLETA

 

            En un inventario llevado a cabo en el Cementerio de la Recoleta se observó que estaba bien aseado y con una calle que tenía en medio una cruz. Estaba adornada esta calle de plantas de flores. El cementerio estaba amurallado en tres costados de cien varas cada lado, -como había establecido el decreto de su creación- como así el cuarto costado que terminaba en la pared de la iglesia. (A.N.A., Sec. N.E. N° 1393, 17-X-1845). En los últimos meses de su gobierno Don Carlos A. López recibió una comunicación del Ministro Tesorero de Hacienda Mariano González, en donde éste le da cuenta haber entregado al ciudadano Don Romualdo Núñez, capitán del vapor nacional "Salto del Guaira", 187 1/2 onzas de oro sellados de los fondos del Cementerio General de la Recoleta, equivalentes a 3.000 pesos, que debían ser remitidos por disposición del Presidente al agente comercial del Paraguay en Buenos Aires D. Félix de Eguzquiza, "con destino al pago de los enrejados de fierro que se mandaron trabajar en la Europa para el mismo Cementerio". (A . N . A . , Sec. Hist., Vol. 353, N° 10, 13-VII-1862).

 

INHUMACIÓN Y COSTOS DE LOS SERVICIOS DEL

CEMENTERIO DE LA RECOLETA

 

            En lapso de tiempo comprendido desde el 19 de enero al 31 de marzo del año 1851, fueron enterrados en el cementerio de la Recoleta 127 cadáveres, de los cuales 28 fueron sepultados gratuitamente. "Por derechos de repiques, dobles y sepulturas tuvo un cargo -entrada- de 96,2 $ billetes 106,6 metálicos y la data -salida- fue de 21,4 $ billetes y 21,4 $ metálicos. La diferencia fue entregada en el depósito del cementerio por el presbítero Santiago León: 86 $ 2 reales corrientes metálicos y 73 $ 6 reales en billetes. Los gastos provenían del costo de las velas para el alumbrado del cementerio, sueldo del sobrestante y gasto diario de los esclavos. (A.N.A., Sec. N.E., Vol. N° 671, 31-III-1851). La diferencia entre los ingresos y egresos del Cementerio General de la Recoleta permitía la entrega de dinero a otras parroquias. Parte de estos fondos eran distribuidos a las iglesias parroquiales de Asunción y eran "...para gastos del culto divino" (A.N.A., Sec. N.E., Vol. N° 2766, años 1857-1858).

 

CREACIÓN DE CEMENTERIOS EN EL INTERIOR DEL PAIS

 

            En vista de la numerosa población existente en el partido de Luque, los cónsules López y Alonso decidieron que no era conveniente inhumar en el templo de esa población por razones de decencia e higiene. Por consiguiente, ordenaron al Comisario de ese partido que informe de un lugar conveniente para establecer un cementerio público.

            La medida debía ser de ciento veinte veras en cuadro, en una distancia regular que se expresará". A.N.A. Sec. N.E. Vol. N° 1018 29-I-1843). Se dispuso que los cuatro costados del cementerio midan cada uno treinta varas, y que la portada estuviera al norte con faroles. Unos días después disponen los Cónsules que se cerque de palmas la superficie destinada para cementerio. Estas palmas debían ser cortadas de las tierras fiscales del Salado o Tarumandy, y la tacuaras de Aregua. Este cercado estaría hasta que pudiera ser sustituido par una muralla de material más sólido. Otra disposición fue también que la iglesia y sus corredores "fueran enladrillados". Otro cementerio establecido en esos días fue el de Capiatá. Había una necesidad urgente por razones sanitarias no continuar con la práctica de entierros en la iglesia de esa localidad. Pues, por diversas denuncias al gobierno, éste se había informado "que el enterramiento de cadáveres en la iglesia de Capiatá ha causado una fetidez, contraria a la decencia del lugar, y a la salud de los que concurren a los sagrados oficios" (A.N.A. Sec. N.E. Vol. N° 1018, 28-I-1843). Para solucionar este grave problema pidieron los Cónsules informe el Comisionado del partido acerca de un lugar conveniente para establecer un cementerio de ciento veinte varas en cuadro, y si es verdad que el suelo de la iglesia carecía de piso de ladrillo. Como el lugar sugerido por el Comisionado estaba muy cerca de la Iglesia, los Cónsules lo rechazaron, y pidieron al Mayordomo de la fábrica de la iglesia que proceda a la erección de un cementerio en el lugar de la antigua iglesia "distante de la actual como cuatro cuerdas,". Ese cementerio tan pequeño para una feligresía tan grande muy pronto tuvo sus dificultades al estallar una epidemia en el país. En efecto, el Cura de Capiatá informó al Presidente que "es tanta la rigurosidad de la peste que en este partido que no falla diario ocho hasta quince muertos, de modo que se ha llenado el cementerio, pues no tengo más vacío que dos medios lances, el uno de los insolventes y el otro de los pagados; en vista esto he hecho registrar a mi vista los sepulcros que se han abierto ahora un año y más y he encontrado inusable, pues recién se van deshaciendo los cuerpos". (A.N.A. Sec. N.E. Vol. Nº 1018 13-V-1844). Don Carlos autorizó al cura José Joaquín Frasquerí extender el cementerio catorce varas de longitud con cerca provisional de madera. Ibídem.

            El volumen que estamos citando que es el N° 1018 de la sección Nueva Encuadernación del Archivo Nacional de Asunción contiene además la orden de creación y establecimiento de cementerios en Itapé, Atyrá, Cerro -en el Chaco-- en el año 1856, en Mbururú, jurisdicción de Arroyos y Esteros en el año 1852. En Barrero Grande, hoy Eusebio Ayala en 1844. En el mismo año en Carapeguá, San José de los Arroyos, Villa Franca, Valenzuela, Ybycuí. Otros volúmenes del Archivo Nacional de Asunción señalan la erección y bendición de cementerios en Ajos -hoy Coronel Oviedo- Yaguarón, Villeta... En número total catorce cementerios. A.N.A. Sec. N.E. Vol. Nº 1128 años 1843-1844. El volumen que lleva el número 1137 de la sección Nueva Encuadernación del citado Archivo también consigna la creación de varios cementerios más.

            Con el correr de los años, las diversas poblaciones fueron contando con sus respectivos cementerios, relativamente alejados del casco urbano.

 

MUERTE Y EXEQUIAS DE DON CARLOS ANTONIO LOPEZ

 

            Don Carlos A. López falleció en las primeras horas del 10 de setiembre de 1862. Recibió los auxilios espirituales de manos del padre Fidel Maíz. Este afirmó que Francisco S. López le "prefirió entre los demás sacerdotes para oficiar los solemnes funerales de su señor padre, ya que el obispo Don Juan Gregorio Urbieta se hallaba en aquella ocasión enfermo gravemente". (Maíz, Fidel. "Etapas de mi vida". Reimpresión. 3-XI-1970, p. 9). Después de unas horas el cadáver fue colocado en un ataúd con la participación del clero, fue llevado a la iglesia Catedral acompañado de parientes, funcionarios, clérigos y pueblo en general. Luego de un oficio religioso y después que varios clérigos hicieron el panegírico del finado Presidente, fue conducido en una carroza a Trinidad, en cuyo templo fue enterrado previo un responso, y una oración fúnebre del padre Manuel Antonio Palacios. Enterrado por su expresa voluntad en esa iglesia mandada construir por él mismo, violó el artículo 3º de un decreto que él había dictado conjuntamente con Mariano R. Alonso, por el que se establecía el cementerio de la Recoleta, con la obligación de que allí debían ser inhumanos los cadáveres quedando "absolutamente prohibido sepultar cadáveres en las iglesias de esta capital ni aún en los corredores externos". Decreto de los cónsules López y Alonso que establece el cementerio de la Recoleta. (El Repert. Nac. 20-X-1642).

 

CEMENTERIOS EN LOS GRANDES CUARTELES

 

            Algo que llama la atención en el ejército en los tiempos previos a la guerra contra la Triple Alianza es la cantidad elevada del número de enfermos y muertos. Sus causas serían la mala calidad del agua y de ciertos alimentos, o al contagio producido por la promiscuidad de los soldados. Sin poder formar un juicio certero, por no tener las cifras aunque sea aproximada del número de militares establecidos en Humaitá en el año 1855, creemos que fue elevado el número de enfermos. En una comunicación del comandante de Humaitá, Wenceslao Robles al Presidente de la República, le informa que "quedan todavía en el hospital ciento diez y ocho apestados en varios cuerpos (...) El número de enfermos del hospital queda este día, en doscientos cuarenta y cuatro individuos y cuatro oficiales". Fallecieron siete soldados en el hospital desde "el 1º hasta hoy -12 de octubre de 1855-". A.N.A. Sec. N.E. Vol. 792, 13-X-1855.

            Años después la situación no fue mejor en el Campamento de Cerro León. El ministro de Relaciones Exteriores José Berges escribió a Lorenzo Torres, comunicándole que en el campamento de Pirayú recibían instrucción 6.000 reclutas. (A.N.A. Sec. Vizc. de Río Branco N° 2567. En Paraguay (Minist. de Relac. Exter. Cop. de cartas confidenciales Vol. I, p. p. 109-110. 6-III-1864). Unos meses antes el Comandante de ese Campamento Wenceslao Robles, comunicó al Presidente de la República, que estaban internados en el hospital "los dos oficiales de siempre y mil ciento seis de tropa con diferentes enfermedades. La diarrea aunque tenaz en quienes la padecen ya no progresa tanto entre las tropas" (A.N.A., N.E. Vol. N° 748. Campamento de Cerro León 6-VII-1863).

            Continuó el reclutamiento que de acuerdo a una carta enviada por José Berges alcanzaba a 14.000, hombres en Cerro León. (A.N.A. Sec. Vizc. de Río Branco N° 2724. En Paraguay (Minist. de Relac. Exter. Cop. de Cartas Confidenciales. Vol. I, p. p. 162-1963. José Berges a Manuel Rojas, agente comercial del Paraguay en Corrientes. 21-V-1864).  En el mes de agosto del año 1864 recibió el Presidente Francisco S. López una comunicación por la que se le informaba haberse terminado la construcción del cementerio del Campamento de Cerro León. (A.N.A. Sec. Vizc. de Río Branco Nº 2931. Comun. del Cdte. del Camp. de Cerro León Brigadier de Ejército Wenceslao Robles al Pte. de la Rca. 7-VIII-1864). Este cementerio unos días después fue bendecido por el obispo Juan Gregorio Urbieta, de acuerdo a lo que éste comunicó al Presidente de la República. (A.N.A. Sec. Vizc. de Río .Branco N°2957 Comun. del obispo Juan G. Urbieta al Pdte. F. S. López, 22-VIII-1864). Muchos cadáveres fueron enterrados en dicho cementerio, no sólo antes de la guerra sino durante la primera parte de ella, pues se convirtió en hospital de sangre, sin desconocer, que muchos parientes retiraban a sus muertos, siempre y cuando la distancia de sus pueblos lo permitían.

 

INHUMACIÓN DE CADAVERES DE SUICIDAS

 

            Es sabido que la religión católica negaba el entierro en lugar sagrado a los suicidas. Depuesto y apresado Policarpo Patiño el 30 de setiembre de 1840, fue encerrado en el Cuartel del Colegio, en donde al día siguiente se suicidó. Garay, Blas, "Compendio Elemental de Historia del Paraguay". Buenos Aires. Edit. La Americana. 1906, p. 224.

            El emigrado Manuel Pedro de la Peña escribió en Buenos Aires una serie de cartas violentas contra Carlos A. López. De paso recuerda a Policarpo Patiño, cuyo cuerpo afirma, fue sepultado cerca de la iglesia Catedral, pero que esa misma noche su hija la desenterró para inhumarlo en una habitación de casa.

            En algunos casos de suicidio se originaban dudas si el suicida estaba en plena salud mental o no. De probarse su insania recibía sepultura religiosa.

            En efecto, el Juez Don Bernardo Jovellanos, recurrió al Juez Superior Don José Alvarenga y éste al Presidente de la República, Don Carlos A López en relación a la inhumación de cadáveres de suicidas, en vista de haber ocurrido dos casos de autoeliminación en el mes de julio de 1845. En el primer caso ante la presunción de demencia hizo lugar al entierro religioso, pero fue negado para el segundo caso, "por constar lo contrario en el respectivo expediente". Pero, como estas determinaciones "no pueden garantizarse en las leyes, porque las 24 tit. 1 y 1ª. tít. 27 de las Partidas 7º y 8º tít. 23 libro 8 Recop. únicas que en nuestro código conciernen a este propósito ni ordena clase alguna respecto a la clase de sepultura que debe darse al cadáver del suicida, ni tampoco disponen que el Juez Eclesiástico determine la que corresponda en casos dudosos, según enseña el jurisconsulto Dn. Eugenio Tapia en el novisimo Febrero Juic. Crim. verbo suicidio", siendo de inconvenientes la práctica de esta doctrina, como así también el mantener incorrupto el cadáver en nuestro clima caluroso durante el tiempo que corran las diligencias ante el Juez Eclesiástico y hasta que éste se expidan (A.N.A. Sec. 272, N° 11, 14-VII-1845). Se sumaba a este inconveniente de no sepultar el cadáver, lo prescripto por el artículo 12 del decreto de la erección del Cementerio General de la Recoleta que era el de no conservar por mucho tiempo insepulto los cadáveres. Respondió a esta consulta el Presidente López que el Juez conocedor de la causa, mediante información que deberá requerir, pasará la información al cura respectivo o al encargado del cementerio. En la campaña, asociado a "dos hombres buenos" dará resolución respectiva. En relación a cadáveres de personas desconocidas, y que se encontraren en descomposición que no permita su identificación, se enterrará en el mismo lugar que están, señalándose por medio de una cruz, para que de acuerdo a las diligencias que después se hicieran se puedan desenterrar los huesos para trasladarlos al cementerio, constando en el proceso esta gestión. Cualquier práctica contraria quedaba sin efecto (Ibídem). El Juez de Paz de San Estanislao informó al Presidente Carlos A. López que no permitió el entierro religioso de Mónica Prieto del "partidito" denominado Mojón, situado como a dos leguas del pueblo, la que era blanca de linaje, de estado soltera, que se degolló con una navaja de afeitar, sin más motivos que hallarse acometida de los accidentes del parto" (A.N.A. Sec. Hist., Vol. 309, N° 5, 30-XII-1843). Fue enterrada la suicida "en lugar profano por no anteceder demencia ni insania alguna para este horroroso crimen" (Ibídem).

 

CUERPOS ABANDONADOS O INSEPULTOS

 

            El aborto y el infanticidio eran prácticas comunes en algunas parcialidades indígenas, prácticas que se acentuaron en las últimas décadas de la colonia, que según Félix de Azara llevaría en pocas generaciones a la extinción de estas tribus (Azara, Félix. Descrip., p. p. 264-265). Pero esta costumbre no era exclusiva de los indígenas, también la practicaba la población paraguaya. Estos tiernos seres arrancados violentamente de la vida generalmente no eran sepultados dentro de los ritos paganos entre los aborígenes, ni tampoco recibían cristiana sepultura entre los blancos. El padre José Sánchez Labrador después de referir lo generalizado que estaba la costumbre del aborto entre los diversos grupos indígenas manifestó que entre los guaicurus casados "no andan con rodeos, o a las claras intentan ser sepulcros de los infantes vivos en sus entrañas (... ). Si alguna pare mellizos, aunque quisiera ella reservar uno, los dos sin remisión son condenados a capital pena. Se avergüenzan de su fecundidad". Estos mellizos eran presentados a uno de sus médicos, quien manifestaba ser de mal agüero un doble parto. Esta afirmación significaba, según Sánchez Labrador "...lo mismo que dar el fallo contra la inocencia de los niños que o son enterrados vivos en tinieblas, o los arrojan a las fieras de la selva" (Sánchez Labrador, José. Obra y volumen citados, p. 30).

            La población no indígena del Paraguay no quedaba atrás en el ejercicio de esta práctica tan inhumana. A manera de ejemplo citamos varios casos. En Capiatá se inició un proceso de averiguación sobre el hallazgo de una calaverita de un niño. El Juez y Comisionado de esa localidad Don Pablo José Vera y Aragón recibió una denuncia de un vecino de haber aparecido en un cuero, en el patio de su casa "una calaverita de criatura toda hecha pedazo como comida por un perro". Realizadas las indagaciones se supo por declaración de una mujer, que una tal María Juana Báez, que había estado embarazada fue vista venir de una chacra con la ropa ensangrentada. Esta compareció ante el Juez Comisionado y confesó haber dado a luz en el Salinar una criatura muerta, "y que por lo mismo y por temer a sus padres enterró la misma criatura en el mismo paraje en que fue encontrado el dicho cadáver" (A. N. A. Sec. Crim., Vol. N° 1449, N° 4, 29-I-1816). Es decir que la presión social en algunos casos, la deshumanización en otros, contribuían a que se cometieran estos actos. En efecto, en los primeros días del mes de febrero de 1816 el citado Comandante y Juez Comisionado, en presunción de un caso de aborto, depositó a la mujer en casa de sus padres y elevó al Alcalde de 1er. Voto Don Ignacio Samaniego el sumario que había efectuado, quien le ordenó que realice unas diligencias con la presunta filicida, y finalmente el Alcalde citado sentenció que María Juana Báez guarde reclusión en su casa paterna por seis meses, pudiendo ausentarse de su casa durante ese tiempo "únicamente para los autos religiosos con persona de respeto" (Ibídem). Casos como este se repiten a lo largo del tiempo.

            Un periódico, a principios de este siglo informó de otro caso parecido de infanticidio, en que el cadáver de una criatura lejos de recibir sepultura fue arrojado a un basural. Publicó "La Tarde" que los habitantes de la "Chacarita" y "Campanero" fueron sorprendidos por un hecho espantoso. En los bajos de la calle Antequera, ya camino a la playa -el lugar llamado Campanero- fue hallado el cadáver de un bebé al parecer de pocos días, "con los bracitos y partes de la cara comido por los perros o ratones, los que tanto abundan en aquel zanjón que sirve de depósito de desperdicios al populoso vecindario del citado paraje". Se investigó y se descubrió que el bebé había vivido dos días y que la madre confesó que careciendo de recursos había enterrado a su hijo, siendo este luego seguramente desenterrado por los perros (La Tarde, 7-IX-1904). Este mal, desgraciadamente no perdió vigencia y se práctica hasta nuestros días.

            De acuerdo a una denuncia de vecinos de la "Salamanca", se hallaron restos humanos en el basural situado en la calle Rojas Silva entre las calle 21 y 26 Proyectadas. Según ratificaron los "rebuscadores" es muy común encontrar restos de bebé entre los desperdicios". La opinión de esos rebuscadores era que esos fetos no eran traídos de los hospitales o sanatorios "sino, de esos sitios en donde se hacen abortos" (El Diario Noticias, 16-V-1990). De acuerdo a la misma fuente estos fetos son arrojados en ese muladar en proporción de 8 a 10 cada año. Además de ser esta una práctica funesta, estos cuerpos insepultos en estado de descomposición pueden constituir un foco de infección y de contaminación ambiental.

 

 

EL PARAGUAY DURANTE LA OCUPACIÓN ENEMIGA

 

            El Paraguay se convirtió en un osario durante la larga lucha sostenida contra la Triple Alianza. En esa guerra genocida en la que se trató de hacer desaparecer al Paraguay, la mayor parte de la población paraguaya pereció en el campo de batalla o por las penurias y necesidades creadas por la guerra y el bloqueo. Quien puede precisar cuántos cadáveres recibieron cristiana sepultura y cuántos quedaron insepultos. Sabido es que ocupada nuestra ciudad capital por el enemigo en el mes de enero de 1669, sufrió un horroroso saqueo. Dinero, muebles, joyas, ropas, etc., todo cuanto pudiera tener algún valor fueron tomados. No sólo fueron violados los locales de los consulados en donde existían valiosos bienes, sino, también profanaron las tumbas en busca de joyas u otros objetos de valor. "Se lanzaron sobre las tumbas que guardaban los restos queridos en los cementerios de la Encarnación y de la Recoleta y exhumaron los cadáveres, removieron y rasgaron los sudarios para despojarlos de las prendas de valor con que muchos deudos acostumbraban a enterrar a sus difuntos" (Decoud, Héctor F. "Sobre los escombros de la guerra. Una década de vida nacional. 1869 - 188. T. I. Asunción. 1925, p. 20).

            Tan grande era la miseria que pasaba la población paraguaya en Asunción, y los pocos recursos con que contaban sus autoridades que muchas personas fallecían de inanición y sus cadáveres eran enterrados en los patios de las casas o abandonados en las calles. Un tiempo después se normalizó esta grave situación cuando la Municipalidad contó con algunos fondos. En la memoria de esa Corporación se lee que: "Los cadáveres que diariamente se enterraban en los patios de las casas o estaban tirados en las orillas de los caminos hoy se entierran en lugar sagrado y según las prescripción de la higiene" (Nuestro trabajo. "Asunción bajo la dominación extranjera". En Anuario de Academia de la Historia. Asunción. Vol. XXV, 1988, p. p. 91-140). Esta medida fue complementada con la incorporación de un servicio de carros fúnebres (Ibídem).

            El presidente de la República Cirilo A. Rivarola reiteró el decreto de los cónsules López  y Alonso por el cual se prohibía el entierro de cadáveres en las iglesias. Esta determinación obedeció al hecho de que se volvía a inhumar en la iglesia de la Encarnación. El citado Presidente vedó qué allí se entierren "como en cualquier otro punto del distrito de la Capital que no sea el cementerio de la Recoleta" (Registro Oficial, 15-XII-1870). Es curioso que estando en vigencia este decreto, los restos del asesinado presidente de la República Juan Bautista Gill fuera enterrado en la iglesia de la Encarnación; dispuesto así por un decreto del vice presidente Higinió Uriarte (Registro Oficial, 12-IV-1877).

 

OTROS CEMENTERIOS ESTABLECIDOS EN ASUNCIÓN

 

            Ocupada nuestra ciudad capital por los brasileños unos días después de la Batalla de Itá Ibaté, los heridos de ese ejército también fueron traídos y corrieron diversa suerte. La mayoría se curó, otros fueron remitidos al Brasil, y otros fallecieron. Para éstos, como así también para aquellos que murieron por diversas causas se habilitó el cementerio del Mangrullo. Informó "El Orden", de acuerdo a una noticia extraída de un diario argentino, que el gobierno del Brasil había autorizado al jefe de las tropas brasileñas invertir cierta suma de dinero para la construcción de un cementerio "en el sitio donde desde 1869 se sepultan cadáveres de brasileños" (El Orden, 1°-I-1873). Apoya esta afirmación lo manifestado por el "Movimiento general del Hospital brasileño de Asunción en el mes de abril de 1869”.

            En dicho hospital:

 

            Existían - 734

            Entraron - 1.035

            Movimiento

            Se ausentaron - 7

            Murieron - 55

            Transferencia al Brasil - 126

            Curados - 917

                              _____

                             1.105

            Quedan - 664

 

            (Taunay Escragnolles, Alfredo. Diario do Ejército 1869-1870. 2º Edic. Sao Paulo. Edit. Melhoramento. 30-IV-1969, p. 31). La gran mayoría de estos muertos fue enterrada en dicho cementerio. Afirmamos esto en razón de que existieron algunas excepciones. El general Juan Manuel Mena Barreto, muerto en la batalla de Piribebuy a consecuencia de una herida en la vejiga, fue enterrado el día siguiente, es decir el 13 de agosto de 1869, "su cuerpo fue a descansar al lado derecho del altar mayor de la Iglesia de Piribebuy... " (Taunay Escragnolles, Alfredo. Diario... p. 131). Es de presumir que los restos mortales de algunos jefes del ejército invasor, pasado un tiempo, fueron llevados a sus respectivos países. A medida que las acciones militares se iban alejando de Asunción era más difícil enterrar los cadáveres de los militares brasileños en el Mangrullo por consiguiente serían inhumados cerca del campo de batalla.

            Con la evacuación de nuestro país por las tropas brasileñas en el mes de junio de 1876, cesaron los entierros de militares en la necrópolis del Mangrullo. Pero, aclaramos que allí también eran enterrados, no solamente los brasileños sino también los restos de personas de nuestra ciudad. En una publicación de esa época figura que fueron enterrados el 13 de abril de 1876, tres párvulos y una persona de 60 años de edad. ("La Reforma" 19-IV-1876).

 

SE CLAUSURA EL CEMENTERIO DEL MANGRULLO

 

            Antes de transcurrir 35 años de su habilitación se urgía su clausura. En la memoria de la Intendencia municipal correspondiente al año 1905, en la parte referente a cementerios, y en lo que relaciona con el Mangrullo, se manifiesta que "es urgente su clausura y que se libre al servicio público otro en paraje adecuado y con capacidad suficiente, en proporción a la población y al grado de mortalidad. (Municipalidad de la Capital Memoria de la Intendencia de Asunción. Correspondiente al año 1905. Asunc. Est. Tip. de Jordan y Villamail 1906). Años después se insiste en su clausura, y la razón esgrimida era reiterativa, que la población mucho había aumentado en esa zona, como así también el encontrarse el citado cementerio "a más no poder utilizarla ya por su recargo excesivo, a lo que se debe la clausura del mismo, decretada por V. H. antes de ahora. (Revista Municipal N° 101, 1º-VII-1915).

            Como consecuencia de la clausura del cementerio del Mangrullo se gestionó la compra de un terreno de 4 hectáreas en las inmediaciones de Tacumbú, "a fin de convertir el clausurado en un parque público". (Revista Municipal N° 101, 19-VII-1915). No obstante la clausura del dicho cementerio continuaron las inhumaciones (Revista, Municipal. N° 110, 15-XI-1915).

            Por el Decreto Municipal N° 818 del 31 de agosto de 1918 se estableció que desde la fecha que se habilite el cementerio del Sur, "quedará prohibida la inhumación en tierra en el cementerio del Mangrullo". Sí se podía depositar los ataúdes en los panteones existentes durante el término de un año, pasado este plazo, se daba un tiempo máximo de cinco años a los deudos de los cadáveres allí depositados para retirarlos. Se dispuso además que "Los terrenos desafectados del Mangrullo serán destinados a la creación de un parque municipal". (Revista Municipal, N° 145, 31-XII-1918). Por otro Decreto Municipal de la misma fecha se resolvió adquirir de la sucesión Uriarte un terreno ubicado en la prolongación de la calle Yegros, de una extensión aproximada de 7 hectáreas". (Revista Municipal. N° 145, 31-XII-1918). Así mismo por otro Decreto Municipal autorizó al D. Ejecutivo a gastar por la apertura del nuevo cementerio 47.630 $ (Revista Municipal N° 145, 10-IX-1918) . El cumplimiento de este decreto no se hizo esperar, pues el Departamento de Obras Públicas informó que se estaba procediendo al trabajo de cercado, desmonte y limpieza del predio adquirido para cementerio, y agregó que "El nuevo cementerio estará en condiciones de ser abierto en la 2ª. quincena de diciembre y 1ª. de enero del año próximo". (Revista Municipal N° 146, X-1918).

            Ya establecidos el Cementerio del Sur, pasaron años antes de que el ex cementerio del Mangrullo perdiera sus características. El periódico "El Diario", inició una campaña para convertir ese espacio en un lugar de esparcimiento. Con ese fin publicó varios artículos. Recordó que ya hacía una década se resolvió la clausura de dicha necrópolis. Pedía que se arranquen los panteones y cipreses y que sea convertido en un parque. (El Diario 1°-IX-1925). Luego, en otro artículo se sugiere que el Mangrullo se llame "Parque Colon". (El Diario 10-IX-1925). Unos días después insiste y sostiene que el viejo Mangrullo debe desaparecer y convertirse en un jardín público. "Los planos y hasta el presupuesto de las obras están en los archivos municipales reclamando su desempolvamiento". (El Diario 14-IX-1925). Cuando finalmente fueron cumplidos los deseos de "El Diario" y los de toda la población, ese parque se denominó Carlos Antonio López.

 

APLICACIÓN DEL REGLAMENTO DEL CEMENTERIO DE LA RECOLETA

 

            "La Libertad" informó que era elevada la cantidad de criaturas recién nacidas que morían y que se enterraban sin las formalidades de la ley y sin siquiera averiguar el origen de esas muertes. (La Libertad. 11-VI-1876). Era justo que este periódico se preocupara por tan grave problema social, que además no era legal, pues se violaban los artículos 69 y 79 del Reglamento del Cementerio General de la Recoleta, sancionado por la Junta Económica Administrativa el 22 de octubre de 1873. Los artículos citados establecían que los cajones fúnebres debían permanecer destapados en el momento del entierro, y que todo cadáver, de adulto o párvulo debía ser reconocido por el encargado del cementerio, y de encontrarse "señales de golpe, heridas, sofocación u otra causa semejante, no se le dará sepultura, sin previo reconocimiento del Juez más inmediato, y dos testigos que actúen en las diligencias, las que concluidas se dará sepultura al cadáver". (Digesto de ordenanzas, reglamentos, acuerdos, etc. de la Municipalidad de Asunción. Bibliotecario José Villagra Publ. Ofic. Imp. "El Paraguayo". 1887 p.p. 30-31). Eludiendo el cumplimiento de este Decreto se podría encubrir homicidios, o enfermedades infecto contagiosas, cuyo desconocimiento por las autoridades les impedían tomar medidas de profilaxis en beneficio de la sociedad.

            Varios lustros después se dictó en nuestra ciudad Capital una resolución municipal totalmente contraria a lo inmediatamente arriba señalado, por la cual se prohibió que sean conducidos a pulso los cadáveres a los cementerios. Debían ser llevados, en "carros u otros vehículos con los cajones fúnebres herméticamente cerrados". (La Prensa 29-IV-1898). Esta resolución no había tenido vigencia por mucho tiempo, en lo que respecta a la conducción de cadáveres en carros u en otro tipo de vehículo, por la falta de recursos económicos de ciertos grupos sociales. Hasta hoy se observa a cortejos de dolientes portando ataúdes a pie. Es cierto que existía un servicio fúnebre municipal, pero los exiguos recursos de esta Corporación muchas veces no le permitían proveer a los indigentes de carros fúnebres. Al efecto señala un periódico que una paciente del hospital, fallecida, permaneció "cuarenta y ocho horas insepulta por falta de carro". La Patria 6-VI-1902. Los trámites para efectuar las inhumaciones no eran expeditivos. Se perdía mucho tiempo y los parientes del fallecido se debían atener á un horario estricto de oficina. Habiendo fallecido una criatura se presentó una persona en la Municipalidad pidiendo una autorización para sepultarla, pero esta autorización no pudo ser concedida, pues no tenía la persona los comprobantes del fallecimiento otorgado por el facultativo o dos testigos. La persona mencionada fue en busca del certificado, cuando vuelve a la oficina, ésta ya había cerrado. Al día siguiente parte el cotejo hacia la Recoleta, allí se espera la autorización municipal que no se pudo conseguir. El mayordomo del cementerio no quiere autorizar la inhumación, pasan las horas, se hace un segundo velatorio, amanece y se va nuevamente en busca de la autorización, y "no sabemos, ni hasta la hora en que escribimos estas líneas si ha conseguido". (La Patria 2-I-1902).

            Esa falta de sensibilidad de los funcionarios municipales, especialmente hacia la gente de menos recursos económicos se hizo sentir durante el gobierno de varios Intendentes y Juntas Municipales. "El Paraguay" comentó que las Juntas Económicas y la misma Municipalidad se caracterizaban por su mucha pasividad. Se limita -la Municipalidad- prácticamente al cobro de los impuestos y al cumplimiento de ciertas exigencias, y que  además existe un abandono de plazas, recobas, cementerios etc. (El Paraguay 31-XII-1902).

            En ocasiones las epidemias de fiebre amarilla, bubónica, etc., hacían que algunos periódicos pidieran la suspensión de visitas a los cementerios en los días de mucha concurrencia, tales como los días de las animas y de todos los Santos. El Consejo de Higiene a su vez envió una nota al Jefe Político para que "evite la función de todos los Santos y de ánimas". (El País 30-X-1902).

            Algo curioso aparece en el Registro Oficial incluyendo los velatorios dentro del rubro de diversiones públicas. El presidente de la República Emilio Aceval decretó: Art. 14. "Queda ampliado como sigue el artículo 43 de la reglamentación de la ley de impuestos internos de la fecha 24 de setiembre de 1899. Entiéndase por diversiones públicas las funciones teatrales, y acrobáticas, las corridas de caballos y dé toros, los juegos de sortija, las riñas de gallo y los velorios. (Registro Oficial 16-II-1900 p. 68). Pretendió el presidente Aceval cobrar impuesto a los velatorios?

 

ABANDONO DE CEMENTERIOS

 

            Salvo excepciones, más son las veces que los cementerios municipales se encuentran descuidados y hasta abandonados de cuidado como es debido. Una veces por desidia y otras por falta de rubros para el pago de los empleados y peones. Los cementerios presentan un aspecto de dejadez e incuria. El diario “Patria" destacó que el cementerio del Sur se encontraba semi abandonado, y que parecía que en sus inmediaciones existían algunas personas que se dedicaban a la cría de cerdos, y que estos solían entrar en el cementerio y desenterraban los cadáveres, y "se entregan a descomunales banquetes de carné humana". (Patria 17-II-1925) . Y llamaba la atención al encargado dé dicha necrópolis para qué estos repugnantes hechos no ocurran más. El mismo periódico insiste en las malas condiciones de conservación de dicho cementerio, manifestando que es un inmenso y enmarañado yuyal, y que todo tipo de maleza cubre las tumbas... Sugiere que algunas cuadrillas de las muchas que dispone la municipalidad limpie dicho lugar. (Patria 17-II-1926). Algo tan macabro como lo ocurrido en el cementerio del Sur en relación a los cadáveres comidos por cerdos ocurrió en el cementerio de Lambaré. "El Diario" informó que en esa localidad el cementerio estaba prácticamente lleno, y que como allí abundan los perros, éstos escarbaban la tierra, destruían los ataúdes y se repartían los cadáveres más recientes. "No hace más de una semana -informa el citado periódico- que uno de esos perros se presentó en el local de la escuela con una cabeza humana colgado de los colmillos. Apariciones dantescas como éstas son cosas que en dulce Lambaré suceden a menudo". (El Diario 10-I-1930). El abandono y descuido en el cuidado de los cementerios no es sólo un mal de otras épocas. Hasta hoy tienen vigencia. Leyendo los diarios de nuestros días, a manera de ejemplo citamos un artículo que lleva por título: "Camposanto limpeño se halla en total estado de abandono". Se consigna en esa crónica que el cementerio de Limpio está cubierto por un yuyal, "ante el total estado de dejadez en que se halla sumido por parte de las autoridades municipales". (El Diario Noticias. 19-II-1990).

 

CONSTRUCCIÓN DE CEMENTERIOS PRIVADOS

 

            La imposibilidad por parte de los municipios de solucionar los problemas inherentes a las inhumaciones, o ya porque la construcción de panteones o columbarios o el establecimiento de cementerios privados constituyen negocios muy lucrativos hace que en localidades pequeñas existan dos o más cementerios, y todavía se pretende establecer otros más. Esta pretensión encuentra la oposición de los habitantes de esas comunidades quienes ven la posibilidad de que mayor sea el número de cementerios que de plazas, de tolerarse el afán crematístico de ciertos empresarios. Es cierto que en algunos casos se justifica el ensanche de algunas necrópolis, pero la solución podría ser que la municipalidad de cada pueblo mandara construir panteones o columbarios. Ya el diario "Patria" informó que numerosas personas pidieron a sus redactores para que insistan para que la Municipalidad construya panteones. Esas construcciones afirmó 'Patria' no será gravosa a la Municipalidad -se refería a la de Asunción, en este caso- y puede ser alquilada a los parientes de los muertos allí depositados. La ciudad necesita esta obra y es posible su realización. (Patria 28-III-1925). La construcción de columbarios puede tener un costo inicial alto, pero con tasa que se puede cobrar a los deudos de los muertos allí colocados, indudablemente redundará en mantener mayor espacio. Pasado un tiempo prudencial de varios lustros, los huesos pueden ser recogidos en urnas por sus deudos y ser depositados en lugares especiales creados para el efecto. Si no aparecen sus parientes en el término establecido se pueden enterrar los huesos en una fosa común. De esta manera habrá la posibilidad de que otros cadáveres vayan ocupando los nichos que se desocupen.

 

ENSANCHE PRIVADO DEL CEMENTERIO DE LA RECOLETA

EN NUESTROS DIAS

 

            Un grave problema se origina en el denso y residencial barrio de la Recoleta por el continuo ensanche de la necrópolis. Alarma, inquietud y preocupación causa en la comunidad de ese barrio la expansión dicha. Varias empresas privadas dedicadas a la venta de lotes de terreno adquieren propiedades inmuebles vecinas al cementerio, las lotean y comienza la construcción de panteones, encontrando como es de esperar la oposición de los vecinos. Otros empresarios intentaron construir panteones pero no contaron con la autorización de la Junta Municipal, y entonces recurrieron a la justicia la que intervino. Se buscaba entre los vecinos cortar la expansión llevada a cabo por una de las urbanizadoras, lo que permitiría posteriormente "regularizar los límites del cementerio erigiendo altas murallas" (Ultima. Hora, 16-XI-1988). El crecimiento irregular del cementerio, y el tener en el lote vecino, por parte de varias familias uno o varios panteones, aparte de la vista nada optimista que presenta, el riesgo de contraer graves enfermedades, está además señalar. Pasado más de un año continuaba vigente y continúa este grave problema social. La presidenta de la comisión de vecinos del barrio Recoleta, manifestó que por sobre las medidas racionales que debían adoptarse eran fuerte el afán de lucro y de las ganancias irregulares, motivos éstos por lo que, entonces no parasen esas obras (Ultima Hora. 14-XII-1989).

            Se suma a todo esto la supuesta construcción en plena calle de un panteón, por ese motivo un vecino afectado presentó una acción de amparo contra la Municipalidad. El argumento presentado fue "que la construcción de referencia, está cerrando una calle, afectando por lo tanto el uso y goce de todos los particulares: y no de uno solo" (El Diario Noticias. 17-II-1990).

            Estos son los problemas que afrontan los vecinos y munícipes de nuestra ciudad Capital. Los problemas de falta de espacio y expansión desordenada del cementerio de la Recoleta, nos hace reflexionar: pensaron alguna vez los cónsules López y Alonso que la necrópolis, "ubicada a una legua de la ciudad", quedaría alguna vez en pleno centro de Asunción y rodeada de barrios residenciales?.

 

Documento Fuente:

HISTORIA PARAGUAYA

ANUARIO DE LA ACADEMIA PARAGUAYA DE LA HISTORIA

Volumen XXVII - Asunción, 1990

Director: RAFAEL ELADIO VELÁZQUEZ

Administradora IDALIA FLORES DE ZARZA

Edición financiada por FUNDACIÓN LA PIEDAD

Asunción – Paraguay

1990 (292 páginas)

(Hacer click sobre la imagen)

 

 

 

 

 

 




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