EMILIA PIRIS GALEANO

Foto de EMILIA PIRIS GALEANO
Nacimiento:
29 de Abril de 1954

PASIONES IMPRESAS - Cuento de EMILIA PIRIS GALEANO (Primer premio ELENA AMMATUNA, 2008)

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PASIONES IMPRESAS - Cuento de EMILIA PIRIS GALEANO (Primer premio ELENA AMMATUNA, 2008)

PASIONES IMPRESAS (*)


Cuento de EMILIA PIRIS GALEANO


Después de un largo tiempo vacío, muy semejante a un siglo de soledad, volvió a aparecer el anonadamiento característico de un nuevo amor. Energía, optimismo, efusión. Iris ya conocía esta ebullición interna. Tres décadas de renovada adolescencia la hacían experta en detectar este estado, el mejor de cuantos su ánimo hubiera atravesado. La personalidad de Gabriel, francamente arrolladora, sacudió toda la inútil hojarasca que el pasado había impreso en su memoria femenina, tan permeable a historias de náufragos de la vida y a registros de crónicas de engaños desalmados.

Iris se convenció de que Gabo poseía las cualidades exactas para ella. Con él no podía aburrirse; su cercanía aseguraba goces deslumbrantes. Podía pensarse en una paradoja: lo sorprendente era rutina -o la rutina una constante sorpresa- desde que lo había conocido.

Aun en ausencia de su ángel anunciador como lo había bautizado, Iris vivía repitiéndose los diamantes pulidos que eran las frases de Gabriel, dichas del modo más normal, nada de otro mundo. Era un mago relatando historias insólitas, descarnadas, sensuales, inesperadas. Cada encuentro le resultaba a Iris una sesión mareante, como un vendaval cuyos remolinos la atrapaban y luego la devolvían a puertos plácidos contemplando barcos fantasmas, o a llanuras verdes con soplos de alas de mariposas. Aunque ella frecuentara otras compañías o prestara oído a otras voces, solo Gabriel conocía la fuente secreta de la cual fluían las palabras justas para aquellos relatos cautivantes, poblados de personajes misteriosos pero creíbles y muy vitales, provistos de una magia tan real, o al revés, de una realidad tan mágica; los sentía, los evocaba, casi podía conversar con ellos. Los consideraba amigos, y Gabriel era todos ellos juntos, por lo que había llegado a concluir que alejarse de él determinaría la suprema soledad, la infinita desolación.

Iris había ajustado su vida al ritmo de Gabriel, a su peculiar modo de visualizar el mundo y hasta se le había contagiado su vocabulario brillante, exacto y -según lo apreciaba ella- alegre, sonriente.

Pasada la euforia y calmadas las aguas, llegó la etapa del acostumbramiento. Eso no es malo, cuando se sabe que el amor, si se vuelve costumbre, es amor acostumbrado, pero siempre amor. Si fuera a disminuir, ese ya era otro caso, el cual no era el de Iris. Pero el destino es imprevisible y la naturaleza humana, inquieta. Por esos círculos, de los que se forman en todos los ámbitos donde el instinto gregario reúne a la gente, oyó hablar insistentemente de Jorge Luis. Y buscó la entrevista. Los obstáculos que se interpusieron -tiempo, una suerte de timidez para abordarlo y hasta el vil metal- acrecentaron la curiosidad de Iris.

Una ansiedad persistente fue socavando el carácter animoso en cuya afirmación tanto había contribuido Gabriel. Como era de sospechar, esta relación de sólida apariencia sufría una convulsión interna; Iris lo presintió y, aunque una fina tristeza fue rociando semillas en el vasto campo de su alma, prefirió acallar los vibratos de tono menor que pugnaban por sumirla en  el estado melancólico de un otoño patriarcal, tan propio de los finales sin gloria.

Tuvo que redefinirse. No era casquivana, pero necesitaba realizar un descubrimiento y se abocó por entero a ese objetivo. Debía conocer a Jorge Luis. Esto no revocaría la existencia de Gabriel, con quien ya no podría cortar lazos tan sólidos. Ella sabía que él siempre estaría allí, al alcance de su mano; no perdería su lugar. Lo más seguro eta que seguiría siendo el primero en su ranking. Así lo creyó, por lo menos.

Un día cualquiera en los que la esfera planetaria recorría su elipsis orbital -a estas alturas perdido en el universo como inexorablemente todo se perderá- sin presagios especiales, se produjo el encuentro. Fue en medio de una clásica librería del centro atiborrada de títulos atractivos. Iris salió acompañada de Jorge Luis.

Aquel día, pródigo en disquisiciones admirables, marcó seguro -como la brújula el Norte- el comienzo de una etapa fantástica, repleta de ficciones encantadas. Iris se declaró rendida como el rey a la inteligencia de Sheherezade. Se abandonó a la claridad pura de su alto magisterio y a la comprensiva calidez de su conversación cadenciosa. Como Virgilio al Dante, Jorge Luis guió a Iris hacia lo infinito.

Con Gabo, Iris mantiene algunas entrevistas gratas y amistosas, de tanto en tanto... ¡es tan bello haberlo conocido! Pero de Jorge Luis ya no puede despegarse: lo escucha largas horas, literalmente arrobada, aunque él le repita siempre los mismos temas. De su mano ha recorrido alguna galería de laberintos, logrado huir de la imagen en la luna del espejo; ha dialogado con su doble sentada a orillas de un lejano río norteño. Jorge Luis la ha emocionado tantas veces con aquella sentida elegía en la que confiesa que hubiera dado no sabía qué por haber sido uno de los que acompañaban a Sócrates en la tarde de la cicuta. Cuántas veces lloró las penas que él sabía sugerir en palabras tan diestramente medidas.

Iris pudo comprobar que había opiniones encontradas respecto de Jorge Luis. Algunos comentaban que no era sino un hombre añoso sarcástico y burlón, cuya erudición le permitía reírse de todos; entonces -pensaba Iris- ella había quedado ciega. Donde aquellos percibían esto, ella encontraba el motivo de la dicha. Iris había llegado como Ulises a su Ítaca, después de navegar tanta agua turbulenta y, si de algo está convencida es de no haber cometido el peor de los pecados, pues Jorge Luis la hacía plenamente feliz.

Pero esta satisfacción no le impidió buscar la compañía de Vladimir, de quien Jorge Luis evitaba hablar; parecía rehuir no sin cierta contrariedad cuando alguien nombraba a aquel. Esta llamativa actitud generó en Iris una vaga curiosidad, primero, que luego fue creciendo con moderación hasta que se intensificó al punto en que tuvo que recurrir a un amigo extranjero para que se lo presentara. Vladimir trajo consigo el mundo de mariposas exóticas que solía investigar con devoción y la exploración del universo humano del que decía -en un lenguaje que la enamoró instantáneamente- que los seres humanos no lograremos entender por más vueltas que le demos; desfilaban ante Iris una galería de nínfulas, extravagantes inmigrantes intelectuales, algunos seres entrañables, otros dignos de compasión, o crueles, pero todos en la búsqueda de sí mismos, con un toque paródico y dostoievskiano.

De los tres hombres vive pendiente Iris. Con ellos comparte un ámbito ideal.

Sus parientes, sus amigos hablan de la soledad de esta mujer cuya dicha es solo apariencia, según lo afirman. ¿Quién podría ser feliz en esas condiciones?, se preguntan. Sola, en una casa inmensa que no hace sino ampliar su soledad, reflejarla, ponerle eco, sin nadie con quien conversar o una mascota que le haga compañía, aunque más no sea... Y, últimamente, cuando se la   visita, parece querer deshacerse rápidamente de quienes van a verla, para volver a la biblioteca y enfrascarse en la lectura de sus autores favoritos que, según han podido notar, ni siquiera son muchos: solo tres...

(*) Cuento ganador del primer premio

"Elena Ammatuna de Cuentos Cortos" 2008.



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