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IGNACIO TELESCA

  EL CLERO (GUERRA DE LA TRIPLE ALIANZA), 2013 - Por IGNACIO TELESCA


EL CLERO (GUERRA DE LA TRIPLE ALIANZA), 2013 - Por IGNACIO TELESCA

EL CLERO (GUERRA DE LA TRIPLE ALIANZA)

Por IGNACIO TELESCA

Colección 150 AÑOS DE LA GUERRA GRANDE- N° 06

© El Lector (de esta edición)

Director Editorial: Pablo León Burián

Coordinador Editorial: Bernardo Neri Farina

Director de la Colección: Herib Caballero Campos

Diseño y Diagramación: Denis Condoretty

Corrección: Milcíades Gamarra

I.S.B.N.: 978-99953-1-430-9

Asunción – Paraguay

Esta edición consta de 15 mil ejemplares

Octubre, 2013

(94 páginas)



PRÓLOGO

Este libro sobre El Clero brinda información y análisis sumamente significativos que enriquecerán la perspectiva del lector sobre la Guerra contra la Triple Alianza.

El doctor Ignacio Telesca, uno de los más destacados investigadores contemporáneos sobre la historia paraguaya ha desplegado sus conocimientos y estudios sobre la Iglesia paraguaya en el siglo XIX para permitir a los lectores comprender la situación en la que se encontraban los eclesiásticos paraguayos antes, durante y después de tan tremendo conflicto.

El vínculo del Estado y la Iglesia heredado por el Gobierno paraguayo desde el período colonial es uno de los aspectos claves analizados por el autor para comprender en profundidad el protagonismo de los miembros de la Iglesia en el proceso de consolidación del estado paraguayo, principalmente durante el gobierno de Carlos Antonio López.

Posteriormente el libro va explicando el rol desempeñado por la Iglesia durante el gobierno de Francisco Solano López, analizando el polémico Catecismo de San Alberto que fue adoptado como texto de lectura obligatoria en las escuelas paraguayas, dicho texto fomentaba una obediencia al jefe de estado similar a la que se propugnaba en las monarquías.

Además de señalar los aspectos vinculados al protagonismo de los sacerdotes durante el conflicto el autor analiza el polémico caso del fusilamiento del obispo Manuel Antonio Palacios y el rol que le cupo desempeñar en dicho proceso sumarísimo al sacerdote Fidel Maíz.

Concluye el libro con una interesante comparación de la lista de sacerdotes, tanto los que fallecieron en el campo de batalla como los que sobrevivieron, permitiendo dimensionar como el conflicto afectó al clero secular paraguayo.

Cabe agradecer al autor por el trabajo de investigación realizado con el fin de destacar un aspecto pocas veces tenido en cuenta en las historias que se ocupan de la Guerra contra la Triple Alianza.

Setiembre de 2013

Herib Caballero Campos


 

INTRODUCCIÓN

Los acontecimientos que se refieren al Paraguay durante la Guerra contra la Triple Alianza no pueden escribirse si no es con un profundo respeto. Más de la mitad de la población perdió la vida durante esos años en una guerra que para el Paraguay fue total.

Una guerra total en cuanto a que toda la sociedad se vio involucrada en ella, no solo los varones adultos, sean libres o esclavos, sino también los niños y las mujeres. Nadie quedó al margen. Tampoco la Iglesia.

Cuando hablamos de la Iglesia nos estamos refiriendo a toda la comunidad creyente católica, la religión oficial en esos tiempos. No solo la Iglesia era el obispo o los curas, sino también, y especialmente, las más de cuatrocientos mil personas que vivían en el Paraguay.

Hacer la historia de la Iglesia no significa, sin embargo, hacer la historia del Paraguay, sino en cuanto el elemento religioso esté explícitamente presente. Es claro entonces que el obispo, los sacerdotes, las edificaciones eclesiásticas estén más que presentes en cualquier relato de historia de la Iglesia, pero nunca debemos perder de vista que solo lo están en tanto y cuanto existe una comunidad de creyentes.

Desde 1824 no había en Paraguay órdenes religiosas, ni masculinas ni mucho menos femeninas. Hubo un intento de parte de los jesuítas de establecerse, pero su experiencia duró apenas tres años, de 1843 a 1846. Es decir, institucionalmente la Iglesia paraguaya estaba compuesta por el obispo y los sacerdotes seculares o diocesanos que cumplían su servicio eclesial en las parroquias diseminadas por el país.

La bibliografía sobre la Guerra contra la Triple Alianza es abundantísima y la Guerra está muy presente en el imaginario de toda persona paraguaya. No solo empresas comerciales hacen uso de la misma guerra para sus campañas publicitarias, sino que nombres de personas y lugares relacionados con la guerra los vemos en la designación de las calles o en los nombres de empresas de ómnibus, entre otros espacios públicos.

Sin embargo, llama la atención que desde la monumental obra en 13 tomos de Efraím Cardozo, Hace 100 años, que recogía sus artículos periodísticos aparecidos en el diario asunceno La Tribuna entre 1964 y 1970 no haya aparecido en la prensa paraguaya un estudio de igual magnitud. Sí existen obras sobre aspectos puntuales, o de resumen y divulgación, siempre útiles por cierto, como las de César Cristaldo y Hugo Mendoza dentro de la colección "La gran historia del Paraguay".

Contamos también con los estudios de Francisco Doratioto, Maldita guerra. Nueva historia de la Guerra del Paraguay (original en portugués del 2002) y de Thomas Whigham, sus tres volúmenes de La Guerra de la Triple Alianza (publicado por Taurus entre el 2010 y 2012, el primer volumen apareció en inglés en el 2002, pero los restantes directamente en castellano).

Es importante en este punto insistir, sobre todo en un tema tan sensible como la guerra, que los historiadores trabajan sobre la documentación existente, la mayor cantidad, y sobre ella realizan sus interpretaciones. Lo que se le debe pedir a quien investigue es que no deje documento sin leer, cotejar, escudriñar; pero luego le corresponde a dicha persona la responsabilidad de brindar información de cómo interpreta la documentación.

Es decir, no existe una interpretación oficial, verdadera ni paraguaya de la Guerra contra la Triple Alianza. El historiador o historiadora, trabajando lo más seriamente posible con la documentación, brinda su interpretación a partir de su base ética, de los valores que crea más importante. Un libro de historia no es la suma de la transcripción de documentos, sino la interpretación de los mismos. Y así como quien escribe tiene su interpretación, quien lee también posee dicha capacidad.

Cierto es que para el Paraguay esta guerra no es un hecho más dentro de la historia universal como puede ser para nosotros la Guerra de Secesión en los Estados Unidos en esos mismos años (1861-1865). La Guerra contra la Triple Alianza, una determinada interpretación, ha sido utilizada para justificar ciertos y determinados discursos y políticas. La obra de Luc Capdevila, Una guerra total (original en francés del 2007) y diferentes textos de Liliana Brezzo nos han mostrado cómo ha sido escrita y reescrita esta historia.

Sobre la Iglesia durante los años previos y de la guerra existen importantes obras que nos permiten comprender mejor el rol de la misma.

En primer lugar contamos con el texto preparado por Fidel Maíz y Hermenegildo Roa Breve Reseña Histórica de la Iglesia de la Santísima Asunción del Paraguay, publicado en Asunción en 1906. Este libro fue escrito para que monseñor Juan Sinforiano Bogarín llevase a Roma, en su visita ad límina y su participación en el Concilio Plenario Latinoamericano de 1899. La intención era "llevar al conocimiento del Santo Padre la relación, si no la más exacta y acabada del estado de su diócesis, al menos la que más se acerque a la realidad de sus antecedentes históricos y de sus actuales circunstancias".

Fidel Maíz, como veremos a lo largo de este texto, fue una figura clave en el desarrollo de la vida eclesial de esos años, y por lo tanto un testigo más que importante. Este libro, por lo tanto se presenta como primordial, a la vez que pionero, para comprender la Iglesia durante el período que nos toca desarrollar.

El padre Maíz también nos legó un importante escrito sobre su vida, Etapas de mi vida, escrito en 1917 y publicado dos años después, respondiendo a las acusaciones que le hiciera Juan Silvano Godoy un año antes a través de la prensa y luego publicada en su obra Documentos históricos. El fusilamiento del Obispo Palacios y los Tribunales de sangre de San Fernando. Ambas obras, interesadas por cierto, nos permiten acceder a un acervo documental muy rico y a la visión, una vez más, de uno de los protagonistas del suceso. Carlos Heyn ha realizado un muy importante estudio documental sobre la obra de Fidel Maíz, que arroja mucha luz sobre el escrito.

Bartomeu Meliá trabajando con las fuentes del Archivo Secreto Vaticano ha escrito un artículo sobre la visión vaticana del fusilamiento del obispo Palacios. Este texto es clave para comprender qué se sabía desde Roma de la realidad paraguaya y quiénes eran sus informantes.

Margarita Durán nos ha brindado dos obras claves. La primera es sobre La Iglesia en Paraguay. Una historia mínima, que tras de la de Maíz y Roa es la única historia de la Iglesia con que se cuenta. También Margarita Durán ha editado la versión facsimilar del Catecismo de San Alberto que fue adoptado para las escuelas del Paraguay bajo el gobierno de Francisco Solano López. Sobre la relación entre la Iglesia y el Estado en el Paraguay de Carlos Antonio López, contamos con el acabado estudio de Carlos Heyn.

Sin lugar a dudas, el estudio más importante para nuestro período es el eximio trabajo de Silvio Gaona, El clero en la guerra del 70, a quien hemos seguido muy de cerca. Este libro, a partir de las biografías de los sacerdotes que estuvieron presentes en la contienda, nos introduce en el diario vivir de la Iglesia en el Paraguay de la guerra.

Para comprender la sociedad de la guerra es de mucho provecho, entre otras, la obra de Branislava Susnik, Una visión socio-antropológica del siglo XIX y la de Milda Rivarola, Vagos, pobres y soldados.

Hace dos años, en 2011, Michael Huner ha defendido su tesis doctoral en Estados Unidos cuyo título es más que significativo: "Causa sagrada, República divina: una historia de la nacionalidad, religión y guerra en el Paraguay del siglo diecinueve, 1850-1870". La hipótesis de su tesis es mostrar precisamente cómo el clero y las prácticas institucionales de la Iglesia ayudaron a articular expresiones de la nacionalidad. Este tema es muy importante, puesto que nos permite comprender el rol que le cupo a la Iglesia en la conformación de la nacionalidad y así entender el importante rol de la misma en la guerra.

Los capellanes no solo llevaban el consuelo a los combatientes sino que su presencia en el frente de batalla también dejaba de manifiesto que su guerra era por la patria y por la religión.

Hemos divido nuestro trabajo en dos partes: la primera, siguiendo las investigaciones de Huner y el trabajo de Heyn, reflexiona sobre la relación entre la Iglesia y el Estado durante el gobierno de Carlos Antonio López; y la segunda presenta el accionar de la Iglesia durante la guerra, haciendo uso extensivo del trabajo de Gaona. Esta segunda parte la hemos comenzado desde el gobierno de Francisco Solano López, puesto que este último apenas asumió el poder tomó decisiones que afectarán al desarrollo de la Iglesia paraguaya: la presentación de Manuel Antonio Palacios como obispo coadjutor y la prisión de Fidel Maíz.


 

 

 

CAPÍTULO II

LA IGLESIA DURANTE EL GOBIERNO DE FRANCISCO SOLANO LÓPEZ

Carlos Antonio López había sido reelegido como Presidente por sucesivos Congresos y su mandato debería fenecer en 1864, sin embargo fallece dos años antes, el 10 de setiembre de 1862. Fidel Maíz relata este momento en sus memorias.

"En setiembre del año 1862 falleció el presidente don Carlos Antonio López. Me cupo en suerte cerrarle los ojos, previa administración de los últimos sacramentos y demás auxilios espirituales".

Al mes siguiente se reúne el Congreso Nacional que nombrará como presidente a Francisco Solano López.

En una carta escrita por Maíz a Juan E. O'Leary en 1906, le comenta el sacerdote que Benigno le había contado que su padre lo había designado a él como su reemplazante hasta la convocatoria del Congreso, pero que Francisco Solano le había hecho cambiar a su padre tal determinación. Siendo el mismo Benigno quien refiere el hecho es muy difícil saber cuánto crédito se puede dar a la versión. Lo que sí Fidel Maíz fue testigo, afirma, "de aquel encargo que hiciera Carlos Antonio al general, próximo a expirar, de no querer solucionar las cuestiones que quedaban pendientes con la espada, sino con la pluma, principalmente con Brasil". Demasiado profética parece la advertencia como para dar un crédito total a los recuerdos del padre Maíz tras más de cuarenta años de los sucesos.

Para nuestros propósitos es importante mencionar que en los primeros meses de este año de 1862 arribó al Paraguay el Delegado Apostólico del Papa, Marino Marini. Este tenía su sede en Paraná (en la actual provincia argentina de Entre Ríos) que funcionaba en esos años como capital provisoria de la Confederación Argentina. Su delegación era no solo para la Confederación, sino también para Buenos Aires, Uruguay, Chile, Bolivia y Paraguay.

La importancia de su visita, además de ser la primera de un representante de Roma al Paraguay, era la de formarse una imagen de primera mano sobre la realidad política y eclesiástica del Paraguay. Máxime, cuando en Roma se tenía la versión dejada por el cura chileno José Ignacio Eyzaguirre. Había llegado al Paraguay para convencer al Gobierno que enviara seminaristas al que luego sería el Pontificio Colegio Pío Latino Americano. Carlos Antonio López estaba de acuerdo en la creación de tal Seminario, pero creía conveniente "que el colegio se estableciese en alguna de las repúblicas sudamericanas para que su enseñanza no se divorcie del espíritu de libertad democrática que en ellas se respira”. El testimonio es también de Fidel Maíz, quien estuvo presente en dicha entrevista.

Esta negativa hizo que las impresiones de Eyzaguirre sobre el Paraguay no fueran las más agradables, y esto lo dejó consignado en su obra Los intereses católicos en América.

La llegada del delegado apostólico Marini sirvió entonces para brindar otra visión sobre la República, diferente a la del sacerdote chileno. En su visita al presidente López dialogaron sobre varios aspectos relacionados con el cotidiano de la Iglesia y entre ellas sobre la necesidad de contar con un Obispo Auxiliar, puesto que Urbieta estaba mayor y la diócesis era bastante extendida.

El nombre de Manuel Antonio Palacios como Obispo Auxiliar fue propuesto por Carlos Antonio López (a solicitud de su hijo Francisco Solano, según testimonia Fidel Maíz). Fallecido Carlos Antonio, fue su hijo, ya presidente, quien encargó al obispo Urbieta que instruyese el proceso informativo y se enviara a Paraná. Las bulas de su nombramiento e expiden en Roma en marzo de 1863 y en agosto es ordenado por el obispo Urbieta.

Según testimonia Fidel Maíz, existía una animadversión de parte del nuevo presidente hacia su persona puesto que se había negado a bautizarle un hijo en su casa en vez de en la iglesia, sacramento que sin ningún escrúpulo realizó el aún cura Palacios. También señala Maíz que este último también lo controlaba y perseguía.

Como este es un tema que tendrá muchas consecuencias para la vida de la Iglesia durante los años de la guerra y después de ella, se debe reflexionar sobre la relación entre ambos sacerdotes. Palacios era mayor que Maíz por cuatro años y se ordenó de sacerdote cinco años antes. Fidel Maíz tenía en su haber el haber sido sobrino del obispo auxiliar y haberlo acompañado, siendo aún adolescente, en las visitas pastorales. Fidel dice que su tío lo iba instruyendo. Así habrá sido porque Carlos Antonio López lo nombre rector del nuevo Seminario Conciliar en 1859, con apenas seis años de sacerdocio y treinta y uno de edad.

No es impensable que Fidel Maíz aspirase al puesto de obispo auxiliar una vez fallecido Basilio López; sin embargo, las preferencias de Francisco Solano se decantaban por el luqueño Manuel Antonio Palacios. No carecía tampoco de luces, había recibido la medalla en la Academia Literaria por sus exitosos estudios en donde había sido condiscípulo con Francisco Solano. Es muy posible que ambos compitieran por los mismos objetivos.

Lo que sí es cierto es que al asumir como presidente Francisco Solano López, Fidel Maíz fue puesto preso el 4 de diciembre de 1862 y permanecerá por casi cuatro años.

Se le sigue un juicio político y otro eclesiástico. Por el primero se lo acusaba de difundir ideas subversivas, como de cambiar la Constitución del 44, por el segundo se le achacaba el leer libros de personas contrarias a la religión, como Rousseau, Voltaire y Víctor Hugo y el tener una imagen de Lutero.

En marzo del año siguiente, 1863, se lo destituye como rector del seminario por inculcar "bajo la sombra de virtud doctrinas bastardas y criminales". En su lugar es nombrado el presbítero ciudadano Eugenio Bogado.

Desde este lugar de prisión, y engrillado, Fidel Maíz será testigo de los agitados años por venir. Del nombramiento de Palacios como obispo auxiliar en agosto del 63, de la declaración de la guerra al Brasil en agosto de 1864, de la muerte del obispo Urbieta en enero de 1865 y la asunción de Palacios en su reemplazo en ese mismo mes.

A nivel eclesiástico, un dato importante es que desde Roma en marzo de 1865 se erige a la diócesis de Buenos Aires en metropolitana, es decir en arquidiócesis, siendo una de sus diócesis sufragáneas la de Asunción.

Mientras tanto, el obispo auxiliar Manuel Antonio Palacios mantenía en vigor el aparato eclesiástico. Siendo Orbita ya mayor, él se encargaba de las visitas pastorales, las confirmaciones y el mantener la relación constante con el presidente Francisco Solano López. Este también necesitaba de un obispo 'fiel' y vigoroso para mantener en marcha la estrecha unión entre el Estado y la Iglesia.

Las cartas pastorales seguían inculcando las ideas de obediencia, respeto y adhesión al Supremo Gobierno de la República y en los años venideros esa sumisión al Gobierno será capital.

Las fiestas continuaron cumpliendo su rol aglutinador y de vivencia de la nacionalidad, y a la del 25 de diciembre se le añadieron las del 24 de julio, onomástico del nuevo presidente, y la del 16 de octubre, fecha de la elección de Francisco Solano López como presidente.

Interesante es notar que la mayoría del clero paraguayo ya había sido formado en los nuevos modelos republicanos instaurados por Carlos Antonio López, como por ejemplo tanto el obispo Palacios como Fidel Maíz.

Es decir, si Basilio López significó el primer obispo paraguayo de la diócesis, Francisco Solano era visto como uno de su generación llegando a la primera magistratura de la República. Francisco Solano asume con 35 años cumplidos, uno más que Fidel Maíz, tres menos que Palacios. Pertenecían a la misma generación, al igual que la mayoría del clero en ejercicio.

Este impulso generacional no debe ser perdido de vista a la hora de comprender esta cada vez más estrecha relación entre el Presidente y el Obispo, el Estado y la Iglesia. Y esto se ve reflejado en las exhortaciones de los curas de las villas que Michael Huner rescata de El Semanario. Por ejemplo, en 1864 el padre Duarte de Santa Rosa exhortaba "la subordinación y la obediencia a las leyes del Supremo Líder de la Nación" o inculcaba "en los píos corazones de cada pueblo la Santa Doctrina de la Iglesia como así también las santas obligaciones que cada ciudadano ha contraído con la nación, incluyendo el respeto, obediencia y gratitud debida al Ilustrísimo Magistrado".

En este contexto debe comprenderse también la publicación en 1863 de la Instrucción sobre las obligaciones más principales de un verdadero ciudadano, que no era otra cosa que la reimpresión del Catecismo de San Alberto, publicado por el obispo de Córdoba fray José Antonio de San Alberto Campos, en 1784.

En el prefacio de la edición asuncena se explicita que este texto estaba destinado al "progreso moral y prosperidad política" de la República. Se ofrece para "formar el corazón de la juventud paraguaya" puesto que "la falta del conocimiento fundamental del respeto y obediencia debidos a las autoridades, y el orgullo individual y desenfrenado de los súbditos son sin duda los motivos de tantas revoluciones intestinas y guerras civiles que arruinaron y arruinan pueblos y naciones".

El texto está destinado tanto para el uso de los maestros en las escuelas como de los curas en sus prédicas y de esta manera "secundarán las benéficas miras del gobierno en favor del buen orden y tranquilidad de la República, y llenarán el deber que le imponen la nacionalidad, el patriotismo y la caridad".

El Catecismo de San Alberto estaba destinado a los vasallos del rey de España para que le rindiesen obediencia como se entendía dicha doctrina en la América colonial. Si bien en la advertencia del Catecismo de 1863 se señala que se debía reemplazar la palabra Rey por Supremo Gobierno u otra equivalente.



Sin embargo, si tomamos las preguntas de la Lección II, la distinción no queda tan clara.

P. ¿Qué cosa es el Magistrado Supremo?

R. Una potestad temporal y suprema, instituida por Dios para gobernar los pueblos con equidad, justicia y tranquilidad.

P. ¿Por cuántos modos puede un hombre llegar a ser Rey?

R. Por adopción, donación, compra, permuta y derecho de guerra.

P. Todos estos ¿a cuántos puede reducirse?

R. A dos: por elección y por sucesión hereditaria

P. ¿Cuál de estos dos es que admite y usa el Paraguay?

R. El de libre elección

P. ¿De quién tiene la potestad el que es Rey por sucesión hereditaria?

R. De Dios.

P. ¿Y el que llega a ser Magistrado Supremo por elección?

R. De Dios también.

P. ¿De dónde consta esto?

R. De la Escritura, que dice hablando de todos los reyes sin distinción: Dios es quien os ha dado vuestra potestad.

Sin embargo, cuando uno compara con el original publicado en 1784 puede apreciar que se realiza no sólo un cambio de nombres, sino sobre todo de sentidos. Veamos que decía el Catecismo original

P. ¿Qué cosa es el Rey?

R. Una potestad temporal y suprema, instituida por Dios para gobernar los pueblos con equidad, justicia y tranquilidad.

P. ¿Por cuántos modos puede un hombre llegar a ser Rey?

R. Por adopción, donación, compra, permuta y derecho de guerra.

P. Todos estos ¿a cuántos puede reducirse?

R. A dos: por elección y por sucesión hereditaria

P. ¿Cuál de los dos es el más antiguo?

R. El de elección

P. ¿Cuál de los dos es el más conveniente?

R. El de sucesión hereditaria por tres razones

P. ¿Cuál es la primera razón?

R. Porque es más natural a la perpetuidad del Reino

P. ¿Cuál es la segunda?

R. Porque es más interesante a su conservación

P. ¿Cuál es la tercera?

R. Porque la dignidad de la familia añade gloria y esplendor al Reino.

P. ¿De quién tiene la potestad el que es Rey por sucesión?

R. De Dios.

P. ¿Y el que el que lo es por elección o por conquista?

R. De Dios también.

P. ¿De dónde consta esto?

R. De la Escritura, que dice hablando de todos los reyes sin distinción: Dios es quien os ha dado vuestra potestad.

Se han puesto en cursiva las redacciones diferentes. Se ve que en el Catecismo de San Alberto se refieren al Rey, mientras que en la versión paraguaya se refieren al Rey y al Magistrado Supremo, léase Presidente. Es claro que para el obispo de San Alberto la potestad para ambas clases de reyes proviene de Dios, en cambio en la versión de 1863 se hace venir de Dios la potestad para el Presidente. En otras palabras, hay un movimiento doble, por un lado se cambia Rey por Magistrado Supremo, pero por el otro se le aplican al Magistrado Supremo los mismos atributos que al Rey. Un cambio que al final no es ningún cambio.

No se sabe quién fue el encargado de la edición (Fidel Maíz seguro que no fue). Solo aparece una breve exhortación de Juan Gregorio Urbieta precediendo el texto que dice:



El limo, y Rmo. Señor Obispo Diocesano de la República del Paraguay, a los Párrocos, Maestros de escuela, Padres de familia y demás Ciudadanos de su obispado.

Muy Señores míos: Dios que dirige sin cesar su vigilante mirada sobre el orden y tranquilidad de los pueblos redimidos con la sangre del Crucificado, y establecidos sobre las doctrinas salvadoras del Gólgota, ha inspirado, en su misericordia y en la providencia especial con que vela los destinos de nuestra Patria, al Supremo Gobierno el pensamiento de la reimpresión y publicación de este precioso Catecismo, para proporcionar a la República los medios más sólidos y esenciales para llegar a una prosperidad moral y política.

En él se ven explicados con tanta claridad, con tanta sencillez y unción los grandes y sagrados deberes de los ciudadanos para con sus soberanos, que sin dificultad se puede asegurar que con sólo él, puede instruirse oportunamente a los paraguayos sobre los medios de ser verdaderamente felices. La simple lectura hará ver que nada exagero.

Persuadido de que en ello se hace un importante servicio a la Instrucción pública, lo recomiendo a los padres de familia, a los Párrocos, a los Maestros, y muy particularmente a la juventud paraguaya, que está llamada a formar el porvenir dichoso de la Patria.

Juan Gregorio Obispo del Paraguay.

 

 

De la recomendación del Obispo se desprende que la iniciativa fue del Gobierno, pero quién se encargó de la edición del mismo. Que este catecismo fue muy utilizado en el país lo deja en constancia los diferentes informes que desde el interior le remitían al Gobierno cerciorando que los alumnos memorizaban el Catecismo de San Alberto. Margarita Durán también encontró un aviso comercial en El Semanario del 6 de febrero de 1864 en que se anunciaba que se podían comprar ejemplares del Catecismo de San Alberto en la Imprenta Nacional.

Este Catecismo nos permite comprender cómo una gran mayoría de la población veía por un lado la relación Religión-Estado, y por otro a la figura del presidente López. Es muy distinto ciertamente al Catecismo impreso por Carlos Antonio López una década antes, pero es la culminación, quizá, a donde llevaba la política implantada desde el Consulado en adelante.

Sin embargo, este relato se ve interrumpido por la guerra que se inicia a fines de 1864. No es esta política, por cierto, la causa de la Guerra contra la Triple Alianza ni siquiera la auto-comprensión de Francisco Solano López y su élite gobernante sobre el poder. Las causas de esta sangrienta guerra escapan a un solo país y a una sola persona. Seguramente se pudo haber evitado, o interrumpido o desarrollado de una manera diferente, pero no se dio, y para el Paraguay, en especial para el Paraguay, las consecuencias fueron catastróficas.

La relación que se fue forjando entre el Estado y la Iglesia durante estas décadas ayudó, sin lugar a dudas, a que la población se vea más inmersa en un espíritu nacional y a que sientan la guerra que se levantaba como una cruzada que debía ser luchada también por la religión. Como lo dejaba claro el periódico Cacique Lambaré, "quien moría por la patria iba al cielo, quien la traicionaba iba al infierno". Y en esas épocas, la salvación del alma era un tema de mucha importancia.



CAPÍTULO III

LA GUERRA Y EL CLERO

La guerra fue afectando cada vez más la vida de la sociedad paraguaya. Si hacia principios de 1865 la guerra se desarrollaba fuera de las fronteras, para mediados del año siguiente estaba completamente circunscripta al territorio paraguayo.

Desde el mismo obispo Palacios hasta numerosos sacerdotes acompañaron al ejército hasta el frente de batalla. Sus homilías, sus plegarias, sus acompañamientos estuvieron siempre presentes. El soporte ideológico también. La guerra era una causa sagrada. No solo se luchaba por el Paraguay, también por Dios.

La prensa también se convirtió en una herramienta en la que los sacerdotes pusieron todas sus capacidades. El Centinela, Cabichuí, Cacique Lambaré, La Estrella se convirtieron en vehículos por donde se expresaba la defensa de la causa paraguaya.

Al mismo tiempo, los que se habían quedado en las villas y pueblos tenían la misión de mantener el espíritu en la población e ir enviando conscriptos al frente de batalla.

El mismo obispo Palacios en su carta pastoral del 25 de febrero de 1866 llamaba a "salvar a la Patria o sucumbir con ella”, una actualización del "Independencia o Muerte" que decretara Carlos Antonio López como salutación patriótica el 28 de julio de 1845.

Es en este contexto que también ha de leerse y comprenderse la Nota de felicitación que el clero asunceno dirigió al Mariscal López el 24 de julio de 1865, con motivo de su natalicio:

"¡Viva la República del Paraguay!

Excmo. Señor

En este día solemne en que Vuestro Augusto Nombre electriza los corazones de todos los paraguayos. Cuando las voces de los fieles y Ministros del Altar suben de todos los templos de la República entre torbellinos de incienso ante el Trono del Altísimo a pedir larga y próspera vida para el Piadoso Patrono de la Iglesia Nacional, cuando los habitantes de nuestra Patria querida hacen en todos sus ámbitos resonar sus parabienes al ínclito defensor de su Independencia y Prerrogativas: el Vicario General y Clero de esta Capital, que participan en el más alto grado de ese mismo entusiasmo que agita toda la Nación, ya que no les es dado apersonarse ante V.E. llenan por escrito este deber de gratitud.

Recibir, Excmo. Señor, con vuestra acostumbrada benignidad las felicitaciones que os dirigimos en Vuestro Día Natalicio, y virtud muchos años a la grandeza y seguridad de la República, y al acendrado amor y veneración de vuestros súbditos.

Deseamos que el Cielo siempre propicio con la Patria de los Paraguayos conserve colmada de beneficios la preciosa vida de V.E. y que con verdes laureles de triunfo recogidos en el campo del honor vuelva V.E. a llenar nuestro constante anhelo por su simpática presencia.

Asunción, julio 24 de 1865

Justo Román, Gerónimo Becchis, José Teodoro Escobar, Mariano Aguiar, Nicolás Isasi, Sebastián Venegas, Elíseo Patiño, Francisco Maíz, José Gregorio Moreno, Santiago León, José Ramón González, Carlos Casco, Juan Bautista Céspedes, Domingo Candía, Vicente Benítez, Vicente A. Bazán, Justo Bueno, Carlos Vázquez, Angel Céspedes, Juan Bautista Villasboa, Ignacio Acosta, Rafael Ríos, Eleuterio Benítez, Juan Andrés Aranda, Gabriel N. Sánchez, Antonio Ortiz, José Félix González, Bernardino Sandoval, Alejandro Sosa, Roque A. Campos, Olegario Borja, Eustaquio Estigarribia, Del Pilar Giménez, Francisco Aguilera.

Al Excmo. Señor Mariscal presidente de la República y General en Jefe de sus Ejércitos, Ciudadano Francisco Solano López".

Leída a una distancia de ciento cincuenta años esta nota puede ser interpretada como muestra cabal de servilismo. Sin embargo, al margen que algo de eso haya existido, no se puede dejar de apreciar el contexto en el que fue redactada y el fin era, pareciera, mostrar esa identificación entre el clero y el Presidente, entre la Iglesia y el Estado. Un mensaje a la población de que en las circunstancias presentes 'todos tiran del mismo carro'.

Había sacerdotes en disidencia, y que Fidel Maíz estuviese preso era una muestra más que palmaria. Seguramente por esta razón es que el Mariscal López le da la libertad a Maíz.

Fidel Maíz se encontraba preso en Asunción y el 8 de setiembre de 1866 se lo envía a Paso Pucú donde tenía el Mariscal su cuartel general. Sin embargo, él y otros prisioneros políticos fueron colocados a campo raso, a la espera del combate de Curupayty. Su vida dependía del resultado de dicha batalla.

Curupayty significó la victoria más resonante de las tropas paraguayas y para Fidel Maíz y sus compañeros en suerte la libertad. No se materializó la misma inmediatamente sino que en el caso de Maíz recién se comprobó el 16 de octubre, en el aniversario de la ascensión de Francisco Solano López como presidente.

En esas semanas previas, Maíz relata en sus memorias, López le hizo llegar el Tratado Secreto de la Triple Alianza, lo que le ocasionó un cambio de perspectivas.

"Leí y releí aquel monstruoso documento; recién entonces quedé perfectamente enterado del carácter de la guerra, que veía y observaba en su desastrosa magnitud.

Cualesquiera que hayan sido los antecedentes y motivos que la hicieron estallar, ella importaba un ataque directo a la soberanía e integridad de la República; importaba una invasión en son de conquista, que imponía al país el deber supremo de resistir hasta la última extremidad.

Era, pues, el caso de tener que vencer o morir, lema jurado de la patria. Me impresionó profunda y sensiblemente el trágico y luctuoso desenlace que esperaba a mi tierra. De parte a parte se había dicho: ¡Alea jacta est...! Y la guerra venía siendo ya desastrosa, sin tregua ni cuartel, a sangre y fuego, de desolación, ruina y exterminio para el Paraguay.

¡Pobre Polonia de América...! Tal fue ciertamente la impresión que amargó mi alma al leer aquel inicuo pacto, por el cual los aliados, a semejanza de los crucifixores de Cristo, se anticiparon a echar a la suerte la repartición del suelo sagrado de la patria. Y reflexionaba: si se pudo evitar la guerra y no se hizo, el caso no era ya esquivarla sino enfrentarla; ¡era ya de batir al enemigo hasta vencer o morir!"

Esta nueva visión de la realidad le hizo olvidar de sus sufrimientos en la prisión y "con mi corazón de paraguayo, me sentí entusiasmado y fuertemente resuelto a seguirle, como a legítimo superior y director supremo de la guerra, en defensa de la patria. Desde ese entonces el lopizmo,..., se me perfiló en el horizonte del pasado y porvenir del Paraguay, como el símbolo del verdadero y más puro nacionalismo."

Cierto es que Maíz escribe estas líneas a cincuenta años de distancia y su recordación es más un ensayo a la luz de los acontecimientos de la década del 10 del siglo veinte que un relato preciso de lo acontecido en 1866. Sin embargo, no se puede dejar de considerar que ese sentimiento vivido por él haya sido compartido por una innumerable cantidad de personas.

Igualmente, el escrito de agradecimiento que pronuncia ante el Mariscal López el 27 de noviembre de 1866 es, en palabras de Carlos Heyn, “de los más abyectos que ha producido". Fidel titula su texto "Expresión de Gratitud" y ciertamente cumple a rajatabla con el objetivo, son páginas y páginas de loas al Mariscal López, de culparse por sus opiniones pasadas, y de insultos a los brasileños. Concluye su texto con "¡Ah! Francisco S. López es para mí más que para ningún otro paraguayo verdadero Padre y Salvador; y por lo mismo es también para mí muy especialmente el objeto único de las nuevas afecciones de mi corazón convertido. Que El se digne mirar siempre propicio a su hijo pródigo prosternado a sus pies".

En ese tiempo, Fidel Maíz también tiene una intervención central en Paso Pucú. En el diario La Tribuna Argentina apareció publicada la Bula papal donde se creaba el arzobispado de Buenos Aires y entre las diócesis sufragáneas estaba Asunción. La Bula era de 1865, pero recién se conocería en el Paraguay al año siguiente. Bartomeu Meliá trabajando con la documentación vaticana señala que el nombre de Paraguay fue añadido a último momento, y al margen de la carta escrita por Marino Marini.

No era el momento más propicio para esta Bula y Maíz fue el encargado de escribir un artículo, largo, sobre este particular que apareció en El Semanario a partir del 2 de febrero de 1867.

Si bien Maíz había obtenido la libertad de la prisión, necesitaba aún conseguir la rehabilitación canónica, de parte del obispo Palacios, lo que consigue en julio de 1867 gracias al Mariscal López.

Si nos detenemos en particular en Fidel Maíz es porque ha de tener un papel central en los acontecimientos posteriores, como fiscal en los procesos de San Fernando.

Mucha literatura se ha escrito sobre la conspiración de 1868. Testigos que bajo unas circunstancias afirman una cosa, y luego la opuesta. Los historiadores actuales no se ponen de acuerdo y mientras que Hugo Mendoza afirma enfáticamente la existencia de una conspiración, Thomas Whigham duda de la misma.

De igual manera, siempre queda en la nebulosa qué entender por 'conspiración' y qué entender en esos momentos en que las posiciones paraguayas eran cada día más endebles.

Según la documentación y testimonios existentes, pareciera que sí hubo conversaciones tendientes o a decidir qué hacer si el Mariscal cayera prisionero o muriese o para quitarlo del Gobierno. No queda claro, más bien muy poca fundamentación, que si avanzase más allá de las conversaciones.

La pregunta queda claro, una vez sabedor el Mariscal López que se conversaba sobre estos temas, ¿qué tendría que haber hecho? Las posibilidades son múltiples, desde dar un paso al costado y llamar a un Congreso hasta mandar fusilarlos. Claro que en el camino hay muchas instancias intermedias.

La conspiración entro en nuestro tema porque unos de los acusados y luego pasado por las armas no era que el mismísimo obispo Palacios y el fiscal del proceso no otro que Fidel Maíz. Lo más trágico es que seis años antes los papeles eran inversos: Maíz acusado y el obispo acusador.

Del largo Dictamen formulado por los presbíteros Fidel Maíz y Justo Román en el proceso instruido al Obispo diocesano del Paraguay, monseñor Manuel Antonio Palacios se pueden extraer las acusaciones más importantes:

"El Obispo Palacios se ha desviado de ese principio funda-mental del orden establecido para la salud y edificación de los pueblos, faltando a la vez al solemne juramento que ha prestado en aras de la Patria, de no atentar abierta ni indirectamente contra ella y el Jefe Supremo que la preside.

Sin fe, ni religiosa ni política, y arrastrado de interés y ambición se ha hecho doblemente prevaricador: como Obispo ha prostituido su ministerio y como ciudadano se ha rebelado contra su Gobierno.

El Obispo Palacios es opuesto al sistema fundamental de la República, como que no conviene el Gobierno de un solo hombre porque siempre tiende al absolutismo, atribuyendo de aquí esta calificación al Gobierno.

El Obispo Palacios se atrevió a vituperar las Leyes Patrias, desaprobó la forma de la Administración Nacional y olvidando que Dios prohíbe hablar mal del príncipe o Jefe Supremo de un pueblo...

El Obispo Palacios ha deplorado que los Sacerdotes hablasen en el púlpito en pro de la santa causa nacional, pues el Clero a causa de eso se desprestigiaba, no debiendo meterse en política.

Así nosotros, rechazando con doble indignación la negra in-culpación, que gratuita y malignamente ha hecho el Obispo Pa-lacios de que el Clero Nacional se desprestigia a causa de hablar en los púlpitos en pro de la causa pública, clamamos bien alto y decimos con orgullo: ¡somos ciudadanos paraguayos"

El Obispo Palacios atribuye a V.E. la causa de la duración de la guerra "por la tenacidad de sostenerse, haciendo, dice, matar a toda la gente antes de ceder nada, y también por lo mucho que se halla en el mando; el cual, agrega, debía dejar para evitar la completa ruina de la Patria".

¡No... El Mariscal López es el padre y la vida de la Patria, es el legítimo y Supremo Jefe de la Nación, es el Cristo del pueblo paraguayo!

Sólo a la Suprema atribución de V.E. toca proveer, a vista de todo, lo que más estime conveniente; pero en nuestro carácter de Jueces Fiscales de la causa, por lo que respecta la parte canónica, no podemos declinar del deber de pedir desde luego la deposición y perpetua privación del Obispo Palacios de la administración y gobierno de la diócesis.

Y en pos de esta pena que demandamos contra el Obispo Pa-lacios, nos hacemos también el deber de rogar a V.E. en nombre del Clero Nacional se digne volver los ojos sobre la situación de la Iglesia paraguaya, que se halla en la más imperiosa necesidad de un prelado, competentemente autorizado.

¡La Iglesia paraguaya está huérfana y viuda! ¡Triste y deplorable situación! Ella en tan penosa soledad sólo de V.E. espera su consuelo.

Campamento de Pikysyry, diciembre 1 de 1968

Justo Román       Fidel  Maíz"

El 21 de diciembre monseñor Palacios fue fusilado en Lomas Valentinas. Fidel Maíz siguió junto al Mariscal López hasta Cerro Corá en donde fue apresado por las fuerzas brasileñas.

El 12 de abril le escribe Fidel Maíz al Conde D'Eu para ser conducido a Río de Janeiro, temeroso seguramente de las represalias de sus compatriotas. Francisco Solano López ya no es más el "Cristo del pueblo paraguayo" sino "el déspota cruel, cuyo negro corazón jamás palpitara de sentimiento alguno de humanidad. ¡Maldición a su execrable memorial ¡Perezca para siempre su nombre funesto!"

Reconoce Maíz que vio en López "la patria personificada... imposible separar la idea de sostener a López y a sus caprichos. Decir lo contrario es una quimera en la práctica; y no distinguir los tiempos para juzgar de los hechos y personas es sobrado expuesto a errarse".

Si bien la sentencia final de Maíz es acertada, el tiempo que pasó entre el dictamen sobre Palacios y su carta al Conde D'Eu fue solo de un año y medio.

Otros sacerdotes no tuvieron la suerte de Maíz y fueron asesinados por las fuerzas brasileñas incluso después de terminada la guerra, el 4 de marzo, como ser los padres Román, Hermosilla y Yaharí.

Según los datos provistos por Silvio Gaona, existían en el Paraguay 120 sacerdotes ordenados. 17 murieron en el campo de batalla, 24 fueron ajusticiados, 46 desaparecieron durante la guerra y solo sobrevivieron 33 sacerdotes. Hemos elaborado las siguientes listas a partir de los datos provistos por Gaona. A la última le hemos agregado el clero de fines de la primera década posbélica para apreciar cómo cambió el clero, especialmente con la incorporación de sacerdotes extranjeros.


SACERDOTES MUERTOS EN EL CAMPO DE BATALLA

Nombre / Fecha / Lugar

Juan Manuel Idoyaga - 13/07/1867 - Corumbá

José del Carmen Moreno - 06/12/1868 - Ytororó

Bonifacio Moreno - 11/12/1868 - Avay

Francisco Hermógenes Flores 30/12/1868 - Angostura

Elías Aguiar - 12/08/1869 - Piribebuy

Francisco Ignacio Maíz - 12/08/1869 - Piribebuy

Juan Galiano - 12/08/1869 - Piribebuy

Eustaquio Estigarribia - 18/08/1869 - Isla Pucú

José Félix González - --/--/1870 - San Pedro de Ycuamandyyu

Francisco Solano Espinoza - 01/03/1870 - Cerro Corá

José del Rosario Medina - 01/03/1870 - Cerro Corá

Manuel Antonio Adorno - 01/03/1870 - Cerro Corá

José Ramón González - 01/03/1870 - Cerro Corá

Justo Carmelo Román - 04/03/1870 - Montes de Aquidabán

Francisco Hermosilla - 04/03/1870 - Montes dé Aquidabán

Ramón Yaharí - 04/03/1870 - Montes de Aquidabán

Juan de la Cruz Ortigoza  - 29/10/1867 - Tayí


SACERDOTES AJUSTICIADOS DURANTE LA GUERRA

Nombre - Fecha - Lugar

Miguel Antonio Palacios - 21/12/1868 - Lomas Valentinas

Eugenio Bogado - 21/12/1868 - Lomas Valentinas

Faustino Rodríguez - 22/08/1868 - San Fernando

Vicente Antonio Bazán - 26/08/1868 - San Fernando

Eliseo Patiño - --/--/1868        - Lomas Valentinas

Policarpo Valdovinos - 11/11/1868 - Lomas Valentinas

José Joaquín Talavera - 11/11/1868 - Lomas Valentinas

Juan Nepomuceno Arza - 11/11/1868 - Lomas Valentinas

Martín Serapio Servín - 27/09/1868 - Lomas Valentinas

Juan Evangelista Barrios - 27/09/1868 - Lomas Valentinas

Jaime Antonio Corvalán - 21/11/1868 - Lomas Valentinas

Santiago Esteban Narváez - 21/11/1868 - Lomas Valentinas

José León Gavilán -  --/08/1869 - Ascurra

Pedro León Caballero - --/08/1869 - Ascurra

Carlos Antonio Vázquez - 28/11/1869 - Echeverríakue

Juan de Mata Ortellado - --/12/1869 - ZanjaHû

José Ramón Ferriol - --/01/1869 - Ascurra

Basilio Landini - 23/08/1868 - San Fernando

Antonio Medina - --/--/1869 - Ascurra

Gaspar Jacquet - --/--/1869 - Ascurra

Pedro José Acosta -  --/--/1869 - Ascurra

Padre Benítez – sin datos

Ángel Maramico (italiano) - --/04/1869 - Ascurra

Juan Bautista Zalduondo - 21/11/1869 - Loma Valentinas


SACERDOTES DESAPARECIDOS DURANTE LA GUERRA

Nombre - Fecha última - Lugar

Olegario Borja - --/11/1869 - Arroyo Guazú

José María Velázquez - --/11/1869 - Arroyo Guazú

Justo David Bueno - 12/01/1868

Adonías Aurelio Urbieta - Post 07/1868

Rufino Insfrán - Post 11/1866

Domingo Tomás Candia - Post 07/1869

Ángel Torres - Post 05/1869

Ángel María Céspedes - Post 06/1868

Juan Bautista Villasboa - Post 1866

Roque Campos - --/06/1869 - Caacupé

Juan Bautista Céspedes - Post 07/1865

Blas Antonio Núñez - Post 01/1870

José Teodoro Escobar - Post 01/1866

Nicolás de Isasi - 11/11/1867 - Asunción

Felipe Santiago León - Post 07/1866

José Gaspar Téllez  - 07/01/1868 - Asunción

Juan Manuel Aquino - Post 09/1869

Pedro Nolasco Aquino - Post 1867

José Donato Avahay - Post 04/1867

Sebastián Ramón Benegas - Post 1865

José Inocencio Gauto - Fines 1868 - Yataity

José Domingo Guairaré - Post 1866

Hilario Haedo - 01/1870 - Curuguaty

Leonardo Molinas - Post 1865

Pedro Baltazar Ortigoza - Post 10/1867

Martín José Román - Post 1866

Fermín Valdovinos - Post 07/1869

Francisco del Rosario Chuchi - Post 1866

Juan Francisco Vázquez - Post 1864

Francisco Javier Velaztiquí - Post 1866

José Antonio Ortiz - Post 1865

José Gregorio Moreno - Post 1868

Santiago Cariay - Post 1866

Nazario de Jesús Sánchez - Post 1865

Juan Francisco Zayas - Post 1868

Rafael Ríos - Post 1867

Pedro Azuaga - Post 1866

Andrés Aranda - Post 1866

Gabriel Nazario Sánchez - Post 1865

Donato Gamarra, diácono - Post 1868

Luciano Rodas - Post 1863/64

Juan Bautista Talavera - Post 1863/64

Felipe Coronel - Post 1863/64

Pedro Pablo Alcántara - Post 1863/64 Rodríguez

José María Patiño - Post 1863/64

Juan Vicente Torres - Post 1863/64



LISTA DE SACERDOTES SOBREVIVIENTES EN PARAGUAY, 1870-1880


Manuel Vicente Moreno, Fidel Maíz, Claudio Arrúa, Dionisio Riveros, Pedro Juan Aponte, Blas Ignacio Duarte, Daniel Sosa, Mariano del Rosario Aguiar , Juan Carlos Casco, Tomás Antonio Castelvi, Bernardino Sandoval, Juan Facundo Gill, José Ignacio Acosta, Cecilio Román, José del Pilar Giménez, Pedro Pablo Benítez José del Carmen Arzamendia, Miguel de Dios Pintos, Pedro Félix Cazal, Elíseo Díaz Canteros, Policarpo Páez, Gerónimo Dolores Ortiz, Juan Isidro Insaurralde, Claudio Estigarrabia, Eleuterio Benítez, Francisco Pablo Aguilera,  Bartolomé Aguirre, Feliciano Elizeche, Rufino Jara, José María Núñez, Alejandro Sosa, Juan Antonio Corvalán, Jerónimo Becchis, José Tufari, Moisés Valentini, Luis Vivari, Gabriel Lentini, Jerónimo Ravioli, Gandulfo Valenza, Pedro de Netto, Vicente Buffardi, Leonardo Reghini, Pedro Antonio Cione, Lorenzo Mayorana, José Camardella, Genaro Cieri (o Cievi), Luis Massari,José Cosentino, Félix Matio, Victor A. Faraone, Vicente Conte (o Canti), David Cidrazo (o Cedraro), Andrés Selitti, Rafael Laurenzana, Lorenzo Bonifacio, Vicente Marchiano, Eusebio Frisoni, José Filpi, Telésforo Baquero, Federico Reyero, Juan de Dios Güemes, Agustino de los Santos



Hemos seguido la lista de Gaona y le hemos añadido quienes estuvieron presentes en la Convención de 1870. La segunda lista es la elaborada por Antonio Espinosa, enviado del Arzobispo de Buenos Aires, quien estuvo en el Paraguay en 1877. Espinosa menciona a 40 curas, de los cuales Insaurralde estaba en Río de Janeiro, pero no menciona ni a Maíz ni Cazal (que era secretario de Maíz) ni a Bechis que estaba exiliado; el número de curas entonces en Paraguay era de 41 más 2 que estaban exiliados (uno en Brasil y el otro en Argentina). La última lista fue elaborada por el delegado apostólico Luigi Matera en 1880.



 

 


CONCLUSIÓN

El rol que le cupo al clero durante la Guerra contra la Triple Alianza no puede ser entendido sin comprender la política llevada a cabo por Carlos Antonio López respecto a la Iglesia y a la religión.

Para los Cónsules y para el primer Presidente constitucional, la Iglesia debía constituirse, al igual que las escuelas y el ejército, en un vehículo para que el espíritu nacional se impregne en la población.

Para tal fin se preocuparon para que haya una autoridad eclesiástica legítima, lugares de formación del clero, edificios dignos para la celebración de la liturgia y curas pagados por el Estado para que cumplan su misión adecuadamente. Para tal fin restablecieron el diezmo, pero cobrado por el mismo Estado.

Por otro lado, insistieron en la simbiosis entre el presbítero y el ciudadano y el obispo como Obispo de la República. En cierta manera se puede apreciar una unidad entre el sacerdote dependiente del Obispo al tiempo que fungían como funcionarios del Estado, no en cuanto que realizaban funciones estatales sino que llevaban el espíritu de la República y de la Patria a todos los rincones del Paraguay, y en guaraní, la lengua de la gente.

En veinte años se logró formar un clero nacional, nacidos en el Paraguay e identificados con la nación, que a la hora de la batalla estaban prestos para defender al Paraguay como una causa sagrada identificando patriotismo como una tarea santa y la traición como un arma del diablo.

Con Francisco Solano López en la presidencia se dio un paso más en mostrar a la autoridad como elegida por Dios y la reedición del Catecismo de San Alberto es un punto culmen en dicho camino.

Los sacerdotes paraguayos nunca lo pusieron en duda y respecto al clero ajusticiado debe comprenderse no como un ataque a la Iglesia sino en el contexto de los últimos años de la guerra en que López se vio en la necesidad de no dejar ningún resquicio para pensar que la guerra no era a vencer o morir.

El clero colaboró desde el frente de batalla acompañando a las tropas como capellanes militares, comenzando desde el mismo obispo Palacios, desde las parroquias animando el espíritu colectivo nacional, desde la prensa escrita fortaleciendo el sentimiento patrio de la tropa y de la población y desde la oratoria sagrada, que era también patriota.

En una guerra que para el Paraguay se convirtió en 'total', el clero participó y colaboró como creía que tenía que hacerlo, al igual que el resto de la población. Se entregó en cuerpo y alma a la causa nacional.

Hay figuras que quedarán signadas por la controversia como el obispo Palacios y el padre Fidel Maíz. Pero estos casos no deben hacernos perder de vista que el 75% del clero pereció en la guerra junto con el resto de la población.

Tras la contienda el Paraguay quedó en penumbras, la Iglesia también; y de igual modo que las nuevas generaciones reconstruyeron el Paraguay, también las nuevas generaciones de sacerdotes volvieron a levantar la estructura eclesiástica con monseñor Bogarín como figura señera. Lo mismo ocurrió con la religiosidad de la población, que continuó vigente a pesar del dolor de la guerra.


 

 


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EL AUTOR

Ignacio Telesca, estudió historia en la Universidad de Oxford, donde obtuvo el Bachelor in Arts y el Master of Arts in Modern History. Se doctoró en Historia en la Universidad Torcuato di Telia, en Buenos Aires. Entre los años 2010 y 2012 fue Fellow de la Fundación Alexander von Humboldt en la Universidad de Colonia (Alemania).

Actualmente es Investigador Adjunto del Concejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONI- CET, Argentina), siendo su lugar de trabajo el Instituto de Investigaciones Geohistóricas (IIGHI) en Resistencia, Chaco (Argentina).

Es Profesor de Historia de América Colonial en la Universidad Nacional de Formosa y miembro de la Academia Paraguaya de la Historia.

Tiene numerosos artículos publicados tanto en revistas nacionales como internacionales y entre sus libros podemos destacar: Ligas Agrarias Cristianas, 1960-1980. Orígenes del movimiento campesino en Paraguay (Asunción: CEPAG, 2004); Pueblo, curas y Vaticano. La re-organización de la Iglesia en Paraguay después de la Guerra contra la Triple Alianza (Asunción: FONDEC, 2006); Los documentos jesuíticos del siglo XVIII en el Archivo Nacional de Asunción (Asunción: CE PAG, 2006); Tras los expulsos. Cambios demográficos y territoriales en el Paraguay después de la expulsión de los jesuítas (Asunción: CEADUC, 2009); La Provincia del Paraguay. Revolución y Transformación, 1680-1780 (Asunción: El Lector, 2010) y Josef Salinas (Asunción: El Lector).

Fue editor, conjuntamente con Silvia Mallo, de, "Negros de la patria". Los afrodescendientes en las luchas por la independencia en el antiguo Virreinato del Río de la Plata (Buenos Aires: SB, 2010); coordinador de, Historia del Paraguay (Asunción, Taurus, 2010, 4a edición de 2012); y últimamente, editor junto con Gabriel Insaurralde, de Meliá. Escritos de Homenaje (Asunción: CEPAG, 2012 y últimamente coordinador junto Herib Caballero y Liliana Brezzo de Paraguay, 1813 (Asunción: Taurus, 2013).



 

ARTÍCULOS PUBLICADOS EN EL DIARIO ABC COLOR SOBRE EL LIBRO


LA IGLESIA, VISTA COMO INSTRUMENTO POLÍTICO

El historiador Ignacio Telesca señala que en la concepción de Carlos Antonio López, la Iglesia debía ser parte del Estado. Esa idea es fundamental para entender la actuación de los sacerdotes en aquel tiempo y en la Guerra del 70. Este tema se analiza en el libro “El Clero”, que aparecerá el domingo 13 con el ejemplar de nuestro diario. Telesca explica parte de su contenido.

 

Carlos Antonio López, para quien la Iglesia debía formar parte del Estado,

según se indica en “El Clero”. / ABC Color

 

–¿Carlos Antonio López utilizó políticamente a la Iglesia?

–Visto desde nuestros ojos, de siglo XXI, diríamos que sí, pero si nos ubicamos en el contexto, López tenía una idea de Estado Nación clara, y la Iglesia tenía que formar parte de ese Estado. Era todo un conjunto de políticas. El Estado aún era el Patrono de la Iglesia y los curas al ordenarse o el obispo mismo tenían que jurar defender la Constitución y no atentar contra los gobernantes.

–Todo estaba muy unido…

–Así es; era un Iglesia para una Nación

–¿Y qué pasó con Francisco Solano López?

–Francisco Solano continuó la misma política de su padre, y apenas asumió propuso al Vaticano el nombre de Manuel Palacios como obispo auxiliar.

–Al que luego mandaría fusilar…

–Sí, pero eso ocurrió seis años después, guerra mediante. Ellos habían sido condiscípulos durante sus estudios y se conocían bastante. Y de hecho, como el obispo Urbieta estaba muy enfermo, Palacios era el que se ocupaba de la diócesis.

–¿Y el padre Maíz?

–Fidel Maíz era una de las personas más cultas de la época; entre sus libros había obras de Rousseau y otros pensadores franceses. Incluso tenía un retrato de Martín Lutero. Pero cayó prontamente en desgracia.

–¿Por qué?

–Según su testimonio, porque quería que se reformase la Constitución de 1844. Entonces López lo puso preso y el obispo le hizo un juicio canónico. Fue acusado civil y canónicamente. Así estuvo casi cuatro años preso.

–¿Cómo se liberó?

–Días antes de la batalla de Curupayty los mandó traer Francisco Solano a él y otros presos y los ubicó cerca del frente. Si se perdía la batalla, ellos morirían. Por suerte para Maíz se ganó. Al tiempo quedó libre y Maíz hizo un discurso con loas al Mariscal López agradeciendo la libertad.

–¿Y la muerte del obispo Palacios?

–Esa es una de las páginas más tristes de la historia de la guerra.

–¿Pero hubo una conspiración? ¿Estaba el obispo metido en ella?

–Unos historiadores dicen que sí, otros lo niegan. A mí, y viendo la documentación, me resulta evidente que hubiese gente de la élite, entre ellos los hermanos del Mariscal, ministros y el obispo, que no estaban de acuerdo con la guerra y querían un cambio en la política del Mariscal. Ahora, que hubiese un plan concreto de asesinarlo, lo dudo.

–Una vez que Francisco Solano tomara conciencia de dichos comentario, rumores, posicionamientos, ¿qué tendría que haber hecho?

–O daba un paso al costado o les hacía juicio.

–Pero no parece que haya sido un juicio justo.

–No, ciertamente no lo fue, no hubo defensores para los acusados y muchas de las declaraciones fueron conseguidas bajo tortura.

Publicada en fecha: 12 de Octubre de 2013

Fuente en Internet: www.abc.com.py


LOS SOLDADOS COMBATIENTES DE DIOS

El domingo 13, con el ejemplar de nuestro diario, aparecerá “El clero”, de Ignacio Telesca el sexto libro de la colección “A 150 años de la Guerra Grande”. El autor habla sobre su obra y la labor de los sacerdotes en aquel proceso trágico.

“Los sacerdotes tomaron parte activa en la Guerra contra la Triple Alianza. No combatían con las armas, pero sí con su palabra, con su gesto. No solo llevaron el consuelo espiritual, sino que les hacían sentir a los soldados que combatían también por Dios, por la religión”, señala el autor.

Telesca dice que a la Iglesia le cupo un rol muy importante en el plan de Carlos Antonio López de lograr que la ciudadanía se identificara con la nación: “Tenía la idea de crear un Estado que estuviese a la altura de lo que acontecía en el resto de las repúblicas, pero necesitaba que su población se sintiera paraguaya. Este sentimiento será vehiculizado no solo por el ejército, sino también por la escuela y la Iglesia”.

Carlos Antonio López y, previamente, los cónsules volvieron a relacionarse con el Vaticano y presentaron un candidato al obispado. Abrieron la Academia Literaria para que volviesen a formarse los candidatos al sacerdocio.

Como primer rector fue nombrado Marcos Antonio Maíz, quien luego sería el obispo auxiliar de Basilio López, hermano del presidente.

“En cierta medida, es raro que el hermano del presidente sea el obispo. Pero Carlos Antonio López necesitaba una jerarquía que caminara a una con el Gobierno, y no podía darse el lujo de probar con desconocidos. Así, reanudó el cobro de los diezmos, pero serían cobrados por el Estado, no por la Iglesia.

Con el dinero recaudado se pagaba a los curas y se edificaban iglesias ”, nos cuenta Telesca.

“Una iglesia es el lugar donde el poder se manifiesta, se pone en juego, u otros dirían, se teatraliza. No es gratuito que en los frontis de las nuevas iglesias levantadas apareciera el escudo nacional, como en la misma Catedral. Así, López dispuso celebrar la jura de la independencia el 25 de diciembre, fiesta de la Navidad. Máxime cuando la jura había sido un 25 de noviembre. Se une la celebración religiosa con la celebración civil. Un 25 de diciembre había nacido el Mesías, y también la nación paraguaya”, manifestó.

Publicada en fecha: 11 de Octubre de 2013

Fuente en Internet: www.abc.com.py


LOS SACERDOTES DIERON LA VIDA EN LA HECATOMBE

Varios sacerdotes murieron en los mismos campos de batalla, otros fueron ajusticiados por orden del Mariscal, otros desaparecieron durante la contienda, y unos cuantos sobrevivieron.

Según una estadística, el 75 por ciento del clero pereció en aquella guerra.

Todos los detalles sobre el proceso vivido por los hombres de la Iglesia durante la Guerra de 1864-1870 están insertos en un libro revelador: “El Clero”, de Ignacio Telesca, que aparecerá el domingo 13 con nuestro diario. Es el sexto volumen de la colección “A 150 años de la Guerra Grande”, de ABC Color y la editorial El Lector.

De acuerdo con los datos provistos en 1961 por el padre Silvio Gaona, al comienzo de la guerra existían en el Paraguay 120 sacerdotes ordenados, de los cuales 17 murieron en el campo de batalla, 24 fueron ajusticiados, 46 desaparecieron durante la guerra y solo sobrevivieron 33 sacerdotes.

El clero colaboró desde el frente de batalla acompañando a las tropas como capellanes militares, comenzando con el mismo obispo Manuel Antonio Palacios; desde las parroquias animando el espíritu colectivo nacional, desde la prensa fortaleciendo el sentimiento patrio de la tropa y de la población y desde la oratoria sagrada, que era también patriota.

De acuerdo con lo que consigna Telesca en su libro, en una guerra que para el Paraguay se convirtió en “total”, el clero participó y colaboró como creía que tenía que hacerlo, al igual que el resto de la población. “Se entregó en cuerpo y alma a la causa nacional”.

Hay figuras que quedarán signadas por la controversia –afirma también el autor– como el obispo Palacios (fusilado el 21 de diciembre de 1868 en Lomas Valentinas) y el padre Fidel Maíz, quien sobrevivió a la tragedia y se dedicó luego a defender algunas posiciones personales que solo se podían explicar en el contexto de un tiempo de horrores. “Pero estos casos no deben hacernos perder de vista que el 75% del clero pereció en la guerra junto con el resto de la población”.

El padre Gaona, en su célebre libro “El Clero en la Guerra del 70” describía certeramente la suerte de los sacerdotes al lado de los combatientes. “Con el crucifijo en la mano y el verbo encendido de la esperanza divina, iban cerrando los ojos de los moribundos. Cuando no despedían a los muertos como ministros de Dios, cumplían oficio de enfermeros, camilleros, y después de sepultureros. De esta manera, igualándose por completo a la miseria a que había sido reducido el ejército paraguayo, iban sucumbiendo poco a poco los sufridos capellanes, víctimas del fuego enemigo, de las enfermedades, del agotamiento, de la miseria, a veces de las intrigas y otras veces de las injusticias”.

El libro de Telesca recoge las vivencias de aquellos sacerdotes que estaban imbuidos de la relación entre el Estado y la Iglesia y con ese bagaje cultural enfrentaron las crueldades de la Guerra contra la Triple Alianza.

Publicada en fecha: 09 de Octubre de 2013

Fuente en Internet: www.abc.com.py


SACERDOTES EN LA GUERRA DE LA TRIPLE ALIANZA

Los sacerdotes cumplieron un papel preponderante en la contienda contra la Triple Alianza y eso se refleja en el libro “El Clero”, de Ignacio Telesca, volumen seis de la colección “A 150 años de la Guerra Grande”, de ABC Color y El Lector, que aparecerá el domingo 13 con el ejemplar del día.

A modo de conclusión de su texto, Telesca afirma que el rol que le cupo al clero durante la Guerra contra la Triple Alianza no puede ser entendido sin comprender la política llevada a cabo por Carlos Antonio López respecto a la Iglesia y la religión.

Tras la muerte de José Gaspar Rodríguez de Francia, para los cónsules Mariano Roque Alonso y Carlos Antonio López, y luego particularmente para este como primer presidente constitucional, la Iglesia debía constituirse, al igual que las escuelas y el ejército, en un vehículo para que el espíritu nacional se impregne en la población.

Para tal fin –afirma el autor– se preocuparon de que hubiera una autoridad eclesiástica legítima, lugares de formación del clero, edificios dignos para la celebración de la liturgia y curas pagados por el Estado para que cumplieran su misión adecuadamente. Para tal fin, por ejemplo, restablecieron el diezmo, pero cobrado por el mismo Estado. Telesca recuerda que el 24 de noviembre de 1842, los cónsules –Alonso y López– establecieron la ley de diezmos cuya recaudación sería destinada “exclusivamente al ramo de hacienda nacional para beneficio del culto de Dios y sostén de los empleados eclesiásticos”.

Si bien la Iglesia recibiría los frutos de esta colecta estatal del diezmo, era el Estado el que decidiría en qué invertir dicho dinero, dónde construir una iglesia o cómo hacerlo. El autor revela que no se sabe detalladamente si el Gobierno recaudó más de lo que gastó, “pero sí sabemos que la Iglesia se vio fortalecida, lo que implica una mayor difusión de la idea de nación y de República”.

Por otro lado, insistieron en la simbiosis entre el presbítero y el ciudadano y el obispo como Obispo de la República. En cierta manera –expresa Telesca– se puede apreciar una unidad entre el sacerdote dependiente del obispo, al tiempo que fungían como funcionarios del Estado, no en cuanto que realizaban funciones estatales, sino que llevaban el espíritu de la República y de la Patria a todos los rincones del Paraguay, y en guaraní, la lengua de la gente.

En veinte años se logró formar un clero nacional, con hombres nacidos en el Paraguay e identificados con la nación, que a la hora de la batalla estaban prestos para defender al Paraguay como una causa sagrada identificando patriotismo como una tarea santa y la traición como un arma del diablo. El padre Silvio Gaona, en su libro “El Clero en la Guerra del 70”, (1961) apuntaba que “los abnegados capellanes, a través de cinco años de sangrienta lucha, fueron los que en todo momento sostuvieron la fe y la esperanza de nuestros guerreros”.

Publicada en fecha: 08 de Octubre de 2013

Fuente en Internet: www.abc.com.py

 

 

 

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