JUGUETES Y OTROS OLVIDOS
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COMO SI NO ESTUVIERA |
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Cuando era chica |
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robé una muñeca de aquella estantería, |
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y de tanto quererla |
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pude acallar mi culpa. |
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Pero una tarde |
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al ver a mis amigas |
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con juguetes comprados |
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-la seguridad y la inocencia- |
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corrí a devolverla y ya era tarde. |
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No existía la casa ni la calle |
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ni aquel amor tan grande |
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que me impulsó a robarla. |
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Ahora sigue a mi lado. |
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Como si no estuviera. |
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DESTIEMPO |
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Llegué tarde a la fiesta. |
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Aun así aguardaba un globo, |
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una guirnalda ingenua |
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en la puerta de calle desolada. |
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El dueño de casa despedía |
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a los últimos huéspedes. |
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Usted ha llegado tarde, |
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quizás pueda regresar fuera del tiempo |
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cuando un día se distraiga |
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o se enloquezca un año. |
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Quizás haya otra fiesta en que ataviado |
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con todos los que fueron desencuentros, |
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se convierta en el único invitado. |
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DESENCUENTRO |
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Madre, |
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me compraste un juguete. Lo escondiste |
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y lo busco por la casa |
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que está desordenada como siempre. |
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No hay puertas ni hay ventanas, |
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no hay vereda ni enfrente, no hay vecinos. |
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Ya no me hablas del río, las barrancas. |
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Qué pasó con el pueblo y las amigas |
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y por qué este silencio y esta nada. |
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Lo escondiste |
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y no puedo hallarlo, madre |
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y esa verdad tendría el color del verano. |
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Si no me lo hubieras prometido |
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habría jugado con cajitas de fósforos, |
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con los viejos botones de tu cómoda, |
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con los collares que nunca te ponías, |
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con pétalos de flores. |
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Me hubiera entretenido imaginándolo. |
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Madre, atardece |
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y ya me cansa el juego. |
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ROMANCE A UN CONSCRIPTO DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO |
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(Buenos Aires, 1982)
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Marinero, marinero |
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hace muy poco bogabas |
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en barquitos de papel |
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sin cañones, ni mesanas |
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y sin nubes que cubrieran |
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el cielo de tu mañana. |
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Marinero de mi tierra |
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que navegabas el alba |
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y de golpe te pusieron |
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en el pecho una metralla. |
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¡Ah, cómo abrías los ojos |
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y no podías despertar, |
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cuando creías todavía |
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que llamaban a marchar! |
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Era a luchar que llamaban |
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y allá en el mundo del mar |
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te aguardó un columpio de algas, |
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un juego de arena y sal, |
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y una cuna de madrépora |
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para dormir sin cesar. |
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¡Ay pobre cuna de sombras! |
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¡Ay, sueño sin despertar |
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qué acantilado vacío |
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tu nombre recordará! |
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EL TIEMPO Y DEMÁS TRAICIONES
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TEATRO |
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No me va el papel de anciana |
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y la escena me aguarda, |
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me golpean la puerta |
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y el público impaciente se agiganta. |
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Debo salir, |
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me empujan los relojes, |
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el escenario clama, los focos me previenen |
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y no creo en la máscara que llevo. |
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No me va el papel de anciana |
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y yo sé que es la última vez que caerán los telones. |
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Debo dejar que mi cansancio y mis arrugas |
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se convenzan a sí mismos, |
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como un mediocre actor, de que es Edipo, |
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de mi preñez de lágrimas, |
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de noches que no acaban, |
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de las mínimas urnas |
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en las que paseo las cenizas del amor. |
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Pero entro vacilante, |
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miro a cada rostro despiadado |
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y la cortesanía de violines |
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le va dejando paso a las palabras. |
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No me va este papel ni lo he querido. |
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Y al fin todos aplauden |
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como se aplaude al triunfo. |
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RÍO |
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Hoy vuelvo a estar como antes, |
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como cuando era chica |
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y veía detenerse las barcas |
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pero nadie bajaba al muelle de mi pueblo. |
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Ni un rostro diferente, |
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sola, con la oscura tristeza de aquel río. |
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Después llegué hasta el mar |
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y no podía creer |
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en la rielante senda hacia la espuma |
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que me impelía, |
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desde la sordidez de camalotes; |
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y no podía creer |
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en la magia raigal de las madréporas. |
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Ahora, |
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las arenas de ausencia me devuelven |
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al limo de la costas, |
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a las aguas taimadas, |
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a las barcas en las que nadie llega. |
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SI EL TIEMPO NO TRANSCURRIERA |
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La vejez al acecho, sin moverse |
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como un pastor que cuida las haciendas. |
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De pronto, la mirada sin los ojos |
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descubrirá una estrella. |
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AL HERMANO QUE NO TUVE |
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Ahora me doy cuenta |
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de la falta que me haces. |
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De haber crecido juntos |
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hubiéramos repartido aquel paisaje |
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de sauces junto al río, |
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y hoy tendría en los ojos |
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la mitad de la pena. |
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PADRE NAVEGANTE |
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A Ramón Ayrolo
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No querías saber nada |
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de las fotografías de pájaros en vuelo. |
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No querías comprender la existencia necesaria |
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de los supermercados, las farmacias, |
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los quioscos de noticias. |
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Querías saber del mar |
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porque nunca pregunta... |
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Pero ayer te dejamos en un cuarto mezquino |
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y busqué por los rincones |
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para ver por dónde tu alma |
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podría salir al aire |
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de ese pueblito blanco |
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que también fue tu cuna, |
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y volver a los puertos |
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en los que anclaste con tu risa llana, |
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y a los pueblos que ahora busco en los mapas |
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y no existen. |
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Padre, duende, delfín, |
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qué hacer en esta jaula |
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con la herencia del vuelo. |
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Y sin tus alas. |
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VOS, EXILIADO |
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Existe el desterrado y existe la costumbre |
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que transforma el castigo en una espiga; |
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existe la costumbre de olvidarse |
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del nombre de la tierra |
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y formar otro nido, en otra orilla, |
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y vendarse la herida con restos de bandera. |
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Caen destronados los reyes de la infancia, |
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se buscan los paisajes |
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de la ciudad amada |
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y el hombre antiguo se desangra y calla. |
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Nace y muere cien veces una noche |
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por hallar la Cruz del Sur sobre su frente, |
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pero ve que la cruz está en su espalda |
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y en sus pies la simiente |
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que dejará sus frutos en una tierra extraña. |
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Del otro, del que era, ni acordarse. |
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Pero a vos, Buenos Aires te duele en el costado |
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y la llevás a cuestas por el mundo |
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como una escarapela del destierro. |
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Hubiera sido cómodo |
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dejarla en el estuario |
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y jugar a olvidarla poco a poco. |
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Pero elegiste fundarla adonde fueres, |
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como una medalla, lucirla en la solapa, |
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y celebrar con versos a tu tierra nativa |
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con la lealtad y el fuego |
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de una lágrima. |
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EL ACTOR |
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Soy dos hombres. |
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Después, ni yo ni Hamlet. |
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Tan sólo una pregunta |
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en el gran escenario |
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frente al salón vacío: |
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Quién soy. |
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En cuál de las dos cárceles |
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quedó encerrada el alma. |
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AGENDA |
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Cuando muera esta mano |
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que puede anotar fechas, |
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una libreta opaca |
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persistirá asombrada en mi escritorio. |
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Como un perro extraviado |
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sin el amo del tiempo, |
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como el inútil canto de victoria |
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desde un pueblo sitiado. |
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LA PELÍCULA ANTIGUA |
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El tema es una casa |
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a la que invaden los aniversarios |
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y también perseverantes filodendros. |
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En verdad la memoria es una cárcel |
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de la que no pueden escapar los procesados. |
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Las figuraciones de la vista |
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tienen más realidad |
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que la pluma y la página |
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que deja de ser blanca; |
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más que el escritorio que me soporta cada día |
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como si yo estuviera entera; |
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más que todo lo que conseguí |
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creyendo que lo estaba buscando. |
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Además creía en otras cosas, |
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en la sacra vitalidad del poema |
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que no vive en la casa de los aniversarios. |
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Observo el espectáculo de nuevo. |
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Esa mujer ha vuelto, parece que es feliz, |
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ama a sus hijos, reza, |
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festeja todos los aniversarios, |
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riega los minuciosos filodendros. |
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De tanto proyectarla en algún cine |
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se ve deteriorada. |
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Y silenciosa |
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como el escorzo |
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patético de un templo, |
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está la casa. |
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AMARRAS |
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Casa, |
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ni la muerte se atrevía |
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a la custodia ardiente de tus puertas. |
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Patio de los murmullos y los juegos, |
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de la salud en los ojos y en el gesto; |
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de las plantas abiertas al milagro |
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de florecer sin tregua. |
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Todavía te defiendo. |
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Las veces que fui feliz bajo tu amparo, |
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casa, la de mis hijos, mis raíces, mi tiempo. |
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El dolor verdadero fue el tenerlos enfermos. |
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Lo demás |
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fue el engaño de un verbo que inventaba el exceso. |
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Aunque todo termine, |
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aunque el Apocalipsis sea cierto, |
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con el verdor postrero subsistirá la casa |
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que yo habré preservado |
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con uñas y con dientes, |
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de la usura y la nada |
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de mi propio desierto. |
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PUEBLO |
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Desde entonces |
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cuánta semilla en el secano, |
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cuánto desperdiciado brote. |
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No ver cuándo amanece |
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es seguir en la noche. |
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Y me fui, |
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abandoné la tierra |
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y las siestas de hoguera. |
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Desde entonces |
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quiero saber quién es la desertora. |
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Quién soy, |
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que ahora nadie deletrea mi nombre. |
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Quién soy que la casa está cerrada |
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y ajenas, reticentes, las paredes. |
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Que el perro ya no sale a recibirme, |
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que al entrar en la escuela |
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ya no hay olor a tinta |
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y a sosegado otoño. |
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Que en el recreo, a las hamacas |
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las columpia el aire. |
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Que no quiero ser Tarzán ni Jean Harlow. |
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Apenas la que soy, pero saberlo, |
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y no dudar ante el recuerdo |
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de aquellos cementerios deslunados, |
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en los que yazgo, |
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unitaria y plural |
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como la vida. |
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OBJETO INÚTIL |
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Nada de lo que sirve, a mí me sirve. |
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Quiero lo que no sirve a nadie, |
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las cosas sin destino, cosas libres, |
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un saco que no cubra los andrajos, |
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un amor gratuito como el sol, |
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que no cueste arrojarlo a la vereda |
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y se pueda malherirlo sin escándalo. |
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Y yo |
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no quiero servir más, |
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me quitaré el tatuaje de la feria |
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y si alguien me encuentra |
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que no se llame a engaño: |
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soy un objeto inútil. |
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Que no me busquen dueño |
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y no pongan avisos en los diarios. |
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A UNA AMIGA DE LA INFANCIA |
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Quiero que me recuerdes cosas |
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que a mí se me olvidaron, |
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aquello en que deseaba convertirme, |
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el detenido enero, |
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el sol iridiscente junto al ceibal dormido. |
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Recuérdamelo amiga. |
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Investigo la prehistoria de mis manos |
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y no descubro nada. |
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Sé que tu voz, |
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una venda de estrellas quitará de mis ojos |
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y volverá aquel patio, nuestro fugaz reinado |
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donde hacíamos coronas con los sauces |
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en aquellas domesticables primaveras. |
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Convócame a aquel tiempo que se fue. |
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Si lo entendieras como yo |
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no cabrían en el mundo tu miedo y mi dolor. |
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Las cartas se extraviaron, |
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en todos los correos hay fogatas de letras, |
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los teléfonos se ahogan con sus propios cordones, |
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los libros permanecen en rancias bibliotecas |
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bautizados con ojos que ahora leen la tierra. |
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Los partidos de fútbol señalarán domingos |
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y una máquina sorda partirá en dos la siesta. |
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Entonces, esta culpa de haber nacido a medias, |
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de vivir olvidando tanta infancia de veras, |
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sabrá que ya no hay tiempo |
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bajo el cielo que espera. |
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|
EL GOL DEL DOMINGO EN EL POTRERO |
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Fue una caricia el sol. Es primavera. |
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No importa que mañana |
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repte otra vez el aire amenazado, |
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las órdenes y el gesto de cualquiera, |
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del padre que no sabe ni presiente. |
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Con la cara feliz, los ojos menos, |
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y zapatos que se niegan al regreso. |
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Pero allí está la casa con el rincón sabido, |
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con el olor a sombras, |
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|
con el ácido ruido de los días venideros. |
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|
No importa, |
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|
el otro sol, la pelota de fútbol, |
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|
pregonará su gol por siete días. |
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|
Y así se lo enseñaron en la escuela, |
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ni San Martín en Chile, |
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|
ni Belgrano allá en Salta, |
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ni Napoleón en Austerlitz |
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se gloriaron como él, aquel domingo. |
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|
Mañana habrá un reloj despertador |
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más allá de las proezas y los sueños. |
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AMA DE CASA |
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Sentada en la vereda del verano |
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|
nunca tuve la idea |
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|
de que hubiera otras calles |
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más allá de mi calle. |
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|
Pero ayer me distraje con el vuelo |
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|
de un pájaro. |
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|
Se me fueron los ojos por el aire |
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|
y se perdieron lejos. |
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|
Desde lo alto pude contemplarme: |
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|
parecía un barquito de papel, |
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|
como esos que fabrica nuestro hijo |
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|
y que a poco de andar |
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|
quedan varados |
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|
en un traidor escollo de hojas secas. |
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|
Mis ojos se quedaron allá arriba, |
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|
libres entre la luz de las estrellas. |
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|
Ahora, ciega, sentada en la vereda del verano, |
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veo pasar la vida de mi pueblo |
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|
con la mirada ajena. |
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|
A UN GATO |
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|
Quiero domesticarte y para eso |
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|
acerco tu comida a la ventana. |
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|
No te animas hasta que no me alejo. |
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Tiembla en tu lomo terso la sospecha |
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|
del ancestral engaño de la selva. |
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|
Te verberan los genes |
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|
y la especie te advierte en el oído. |
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|
Yo quiero demostrarte lo que siento |
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|
y te hablo, |
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|
que no me tengas miedo. |
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|
Podría trocar en nido la intemperie |
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|
y en calor el tejado. |
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|
Hay algo de temer en las palabras, |
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|
me miras a hurtadillas |
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|
y escapas a tu choza de lluvia y desamparo. |
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|
Sabes que soy un hombre |
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|
y tu mirada antigua |
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|
no me cree. |
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NIEVE SOBRE EL ÁRBOL SECO |
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(Vaduz, Liechtenstein 1980)
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|
|
Es un candelabro |
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|
|
en la fiesta fugaz de la montaña. |
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|
Me duele el blanco sobre el árbol muerto, |
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|
|
sus mentidos diamantes, |
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|
|
la ajena investidura del amor. |
|
||
|
|
La prestada belleza que mañana |
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|
|
será murmullo de agua, |
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|
|
corazón del torrente, |
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|
|
otra vez tronco herido |
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|
|
y apenas pura rama vulnerada. |
|
||
|
|
Mañana |
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|
|
sólo árbol crucificado |
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|
|
sobre el Gólgota inútil del paisaje. |
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|
|
Me duele tanto resplandor de nieve |
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|
|
y esta pobre limosna del instante. |
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|
NO TE HE LLORADO |
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|
A la memoria de Clelia Costa Lima |
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(Buenos Aires, junio de 1978)
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En tu rostro detenido |
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|
contemplé todas las máscaras |
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|
|
que alguna vez se detendrán conmigo. |
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|
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|
|
No te he llorado, amiga, |
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|
|
porque quiero alcanzar con silencios |
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||
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|
la hondura del no estás. |
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|
Quiero que alguien me ayude |
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|
a conversar tu ausencia |
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|
de café y librerías, |
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|
|
de música y poemas. |
|
||
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|
Dónde hay un Cireneo que me ayude |
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|
|
esta mañana sin tus buenos días. |
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|
|
Ya no me está gustando |
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|
|
resolver crucigramas |
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|
|
y acariciar los hábitos. |
|
||
|
|
Buenos Aires mira |
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|
|
desde alguna bandera desganada. |
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|
CUANDO DIJE ADIÓS |
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|
A Juan Cicco
|
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|
|
Sorprendí a las barrancas |
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|
|
en su primera cita con el río. |
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|
|
Vi los soles terribles que nunca se ponían. |
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|
|
Vi el rostro de la madre solitaria |
|||
|
|
a través de la fiebre. |
|
||
|
|
Y vi la tarde en que me despedía |
|||
|
|
de eso ambiguo y hadado |
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|
|
que flotaba en el aire. |
|||
|
|
Todo lo encontré |
|||
|
|
al oír una música de entonces. |
|
||
|
|
Todo lo encontré menos a ésta, |
|||
|
|
que está escribiendo sus memorias rotas. |
|||
|
EL ESPEJO |
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|
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||||||||||||||||
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||||||||||||||||
|
|
LA OTRA |
||||
|
La extravié, |
||||
|
y después el recuerdo enmarcó |
||||
|
con su madera carcomida |
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-ebria todavía de su bosque- |
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aquella imagen. |
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Y llevé sin agobio |
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el crimen de olvidarla. |
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Hoy la volví a encontrar |
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y le observé la carne y la mirada. |
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El aire, a su contacto, se volvía traslúcido |
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y cantaba, cantaba. |
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Le reclamé mi parte de pasado, |
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las perdidas señales |
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de haber nacido juntas, |
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y no me respondí. |
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Fui perfecta extranjera en el espejo. |
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La otra, la olvidada. |
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COLECCIONISTA DE MONEDAS |
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Porque es la cara y ceca de la vida |
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y porque tiene un rostro casi humano, |
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se me va de los dedos, desasida, |
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y retorna, doméstica, a mis manos. |
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Yo te retengo, mía, mercenaria, |
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me quedo con tu cifra y tu hidalguía, |
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cerceno tu carrera rutinaria |
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con mi cárcel de pana y lanería. |
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Yo colecciono tiempo enmudecido. |
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Yo doy a Dios lo que es de Dios, y al César |
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un museo de níquel y de olvido. |
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AUSENTES |
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Crecer es irse lejos, |
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crucificar a la rayuela, |
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sorprender a la galera |
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con un bigote adentro. |
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Matar como a una hormiga los recuerdos |
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de la infancia. |
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No sea que devoren los jardines |
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del nuevo continente. |
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Crecer |
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es acallar preguntas, |
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romper en dos la hoja de la vida |
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para escribir de nuevo. |
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EL QUE NO FUE |
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ÁRBOL DE LA CIUDAD |
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Buscabas un lugar para nacer. |
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Te equivocaste |
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y estás sobre la acera de una ciudad indigente, |
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fiesta de logaritmos y de pistas, |
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de ventanas selladas, |
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de cielos sojuzgados. |
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Tallo sediento que no sé cómo creces |
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de puro estar, nomás, |
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allí plantado. |
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DEL AMOR Y OTROS ESPEJISMOS
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CEGUERA |
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Corazón, |
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ya conoces la casa, |
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pero cambian los muebles de lugar |
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y tropiezas, lloras, te desangras; |
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caes. |
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Sé que nunca verás y me da pena. |
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No existen los paisajes |
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que buscas hacia adentro |
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ni tampoco los dioses que inventaste. |
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Sin embargo yo cubro los resquicios |
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por donde pueda entrar una luz salvadora. |
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Yo cuido tu ceguera |
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porque no sé, mi pobre corazón, |
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qué pasaría, |
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si alguna vez, por un milagro, |
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vieras. |
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SÍMBOLO |
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Cuando te nombro |
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enciendo una candela |
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en la noche del páramo. |
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Cuando puedas nombrarme |
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sabré cómo me llamo |
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y seré un crucigrama |
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resuelto por milagro. |
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LA DISTANCIA |
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Hoy descubro esta piel límite; |
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límite de tu cuerpo y del mío. |
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Muralla indeseable, |
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largo cerco de ausencias. |
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Hasta el aire me devuelve lejanías sitiadas |
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y el cielo me revela sus fronteras. |
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LA CÁBALA |
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No quieras descifrarme; |
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soy tuya porque el tiempo |
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detuvo a nuestro lado su rojo desenfreno, |
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para hundir sus raíces fugitivas |
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en un poco de piel y otro de suelo. |
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RAYOS LÁSER |
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Te busco como si estuvieras en la tierra, |
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rastreo un olor a pintura fresca, |
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a casa sin estrenar -y la casa es el alma-, |
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un perfume a jazmines -a un austral el ramo-, |
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un silencio de bar ahogado de suburbio, |
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algún boleto de ómnibus hecho tiempo |
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en un bolso distraído, |
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algún poema sin pie ni cabeza |
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que escribo o que me leen, |
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algún paisaje (la juventud es pavor), |
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alguna calle de pueblo |
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en la que resucita |
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el ladrido de un perro, |
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la plaza, que siempre espera una distracción |
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para florecerme adentro, |
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el recuerdo de mis rodillas nuevas, |
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bajo unas medias caladas |
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ya pasadas de moda, |
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mis primeros rubores |
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con sabor a malvado latrocinio. |
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El mundo se va confabulando |
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para hacerme creer |
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que a la vuelta de la esquina |
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me espera tu impaciencia. |
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Doblo el recodo. Estás, pero sigo caminando |
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y atravieso tu imagen. |
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¿Por qué si estás, no estás? |
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¿Cuál es el juego? |
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Siento con el aire de esta tarde de enero |
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la extraviada cantidad de tu piel |
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que no me germinó más que en palabras. |
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¡Tu palabra! |
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Dónde el tono y la voz, dónde el silencio. |
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Nadie sabe lo que es buscar a nadie, |
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obstinarse revolviendo las sombras |
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en un cuarto vacío |
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una y otra vez, sin convencerse |
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de que ya no hay milagros |
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más a mano |
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para robar alguno. |
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El aire desorientado |
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hace un ruido discreto |
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en mi ventana. |
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RÉQUIEM AL AMOR |
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DE DIOS Y OTRAS ESPERANZAS
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A UNA MARIPOSA EN LA CIUDAD |
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RIEGO DE VERANO |
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EL MILAGRO |
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A MI CUERPO |
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Miras la tierra empecinadamente, |
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miras y te detienes frente a un árbol |
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ajeno a toda explicación sensata. |
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Mi cuerpo, |
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hoy eres tuyo. |
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Mientras voy despidiéndome |
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aguardo aquí, en la puerta de la casa, |
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al que me prestó la túnica de tu piel y tus huesos, |
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y me arrendó tus ojos |
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para no ver las cosas |
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y enloquecer de tiempo. |
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Pronto vendrá por mí. |
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Viste de blanco |
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y es de montaña y llama |
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la verdad de su rostro. |
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LA CITA |
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Parecía tan lejano nuestro encuentro |
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pero me preparaba para el día |
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enjoyándome las manos; |
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me lavaba los ojos, las miopías, las nieblas. |
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Y al fin estoy aquí. El lugar de la cita. |
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Ya te veo llegar por la vereda. |
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Buenos Aires detiene su albedrío, |
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llueve en alguna parte |
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y el aire se atomiza. |
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Qué silencio es el vértigo, |
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qué lucidez desierta la locura. |
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Salimos juntos. |
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Cuando cierro la puerta |
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me distrae |
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el color |
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de tus sandalias. |
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POEMAS (1960-1992). OBRAS COMPLETAS
Obras ESTER DE IZAGUIRRE
Edición digital:
Alicante : Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2002
N. sobre edición original:
Edición digital basada en la de [Asunción (Paraguay)],
Editorial Don Bosco, [s.a.].
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