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JOSÉ VICENTE PEIRÓ BARCO


  UNA NARRADORA IMPACTANTE: OLGA DIOS - Crítica literaria de VICENTE PEIRO BARCO - Año 2014


UNA NARRADORA IMPACTANTE: OLGA DIOS - Crítica literaria de VICENTE PEIRO BARCO - Año 2014

UNA NARRADORA IMPACTANTE: OLGA DIOS

 

Crítica literaria de VICENTE PEIRO BARCO


Escribe Delfina Acosta: “Se lee de un tirón. Cuando digo ‘se lee de un tirón’, digo que el material es bueno, pues produce una inmediata reacción en la curiosidad del lector”. Lo escribe acerca del libro Cuando éramos guapas de Olga Dios, publicado en 2011 en segunda edición definitiva (la primera fue en 2007). Y lo po­demos decir también de Más guapas que cualquiera, la segunda obra de esta autora, también de 2011. Sin embargo, no nos creamos que son dos obras semejantes: ambas tienen sus diferencias.

Estamos ante dos libros escritos por una joven nacida en 1975, de una generación urbana, mejor formada que las anteriores, y que ha viajado al extranjero. Olga Dios Kostianovsky es consciente de ello, y se siente afortu­nada porque recoge el fruto del triunfo sobre las ad­versidades que vivieron su abuelo y su madre, célebres periodistas. Una escritora del siglo XXI, con su proble­mática diferenciada de sus generaciones anteriores. Una mujer plenamente independiente y capacitada, fruto de la evolución del Paraguay, sobre todo de su capital.

Olga Dios lleva la escritura en sus genes. Nadie lo puede negar. Pero también en su estilo personal: des­enfadado, atractivo, sugerente, expresivo pero con me­sura, irónico hasta lo humorístico, y persuasivo. Digo persuasivo porque atrapa al lector deteniéndolo en cada palabra hasta pensar en si este libro, teñido de muchos colores autobiográficos, es la propia experiencia de la autora o simplemente una conjunción de sus deseos con la realidad atravesadas por la invención. La de Dios es una fabulación pura, compuesta con mimo y recelo, y en la que ninguna palabra ni sobra ni falta. Estamos ante una escritura exquisita y limpia.

Ambas obras son dignas de valorar en su conjunto, por su parecida temática y estilo. Sin embargo, hay un aspecto que las diferencia: el humor está más presente en Cuando éramos guapas que en Más guapas que cual­quiera. Sin embargo, la experiencia más madura frente a la vida domina en la segunda obra. En todos los casos, las narradoras son mujeres seguras de sí mismas y dis­puestas a disfrutar de la vida como no pudieron hacer sus ancestros (exceptuando algún cuento aislado con narrador masculino). Son mujeres de lecturas, hasta la “bulimia literaria” (como expresa en el primer relato), que han fantaseado en el cine viendo Rocky, Fiebre del sábado noche, Dirty Dancing o Un tranvía llamado de­seo, que escuchan música de Bon Jovi y John Lennon, mitos modernos, y han vivido entre la guerra fría y el desarrollo posterior, han viajado a Ginebra, a Madrid o a Roma, que beben buen vino y son capaces de ir solas a cualquier sitio, incluso en Asunción, donde no está tan asimilada esta costumbre. Las protagonistas de los cuentos de Olga Dios suelen vivir con y en pleni­tud: pero eso no significa que desprecien a los hombres, sino más bien lo contrario. Pero defienden la libertad, la facultad de elegir sus propios caminos. No son unos cuentos feministas más que en su raíz, no en ideas pre­concebidas o asimiladas como estereotipos. Por esta ra­zón, cualquier lector se enamorará de los personajes, de esas mujeres, por su propio carácter robusto y su propia vitalidad ante la libertad.

La infancia está presente en algunos relatos. Como “El Marqués de Carabás”, creación que inicia Cuando éramos guapas. Desde el primer momento se observa la narradora inquieta y activa provista de energía para vivir. Se advierte la escritura que combina la ironía y la trascendencia, y que mira con optimismo el mundo. Sin embargo, es una narradora-protagonista que trata de reencontrarse consigo misma: no solo con su pasa­do sino también con su presente. Así se aprecia en “El panteón de los Gilleta”, donde la figura del padre es un anhelo de recuperación para reencontrar sus raíces, y lo busca hasta localizar el lugar donde reposan sus restos mortales, razón por la que, por así decirlo, a través de la figura paterna recupera la paz consigo misma. De esa misma manera, hay que buscar esos restos y con iro­nía resuelve así la situación planteada en “Un domingo de julio en Montevideo”, resuelta en el siguiente rela­to con buen humor negro (“Dormir con el muerto”), acentuando su suspense al dividirlo en seis partes bien diferenciadas. Recurre al recuerdo de Villa Morra y aquellos parricidas de la leyenda urbana de “Perro sin cabeza”, o la preadolescencia cuando a los trece años descubre la grandeza de ser independiente gracias a su amiga, desechando los grupitos juveniles, en “Flo”. Y evoca esas primeras fiestas, como la de “Miércoles de ceniza”, hasta que recuerda su estupidez en “El caballe­ro de la Mancha”, cuando acaba adoptando una actitud por una compañía simple y confiada.

Magistral es relato del recuerdo feliz, a pesar de los temores, del día del golpe del derrocamiento de Stroessner en “En la noche de San Blas”. Pero de repen­te, la autora cambia de escenario y convierte su escritura en más íntima con la evocación del “11 de septiembre”, para proseguir con el relato que da título al libro, tam­bién ubicado en los Estados Unidos, donde vuelve el buen humor, la ironía y la fortaleza del dinamismo na­rrativo, con un magnífico recuerdo de sus compañeras de estudios de máster. Y “Los viernes en La Tomate” abre el ciclo sobre encuentros y desencuentros en ba­res y lugares nocturnos de copas que tan bien explotará Dios en su siguiente libro, seguido por “Una noche en el Village” y el divertido cántico a la vida y a la aven­tura entre el pavor de las protagonistas “Perdidas en el metro”. Cuentos localizados en Estados Unidos, en la época de estudios de la autora, bien estructurados y con una magnífica gradación de los acontecimientos. Y para finalizar, otro cuento evocador, “Carta con olor a cebo­ llas fritas” donde el intimismo camina a raudales por una prosa encandiladora que envuelve al lector.

En Más guapas que cualquiera los espacios son los protagonistas junto a la voz narradora: unos espacios cerrados y de diversión, como los bares o pubs, además de los hogares. Y es que casi siempre Olga Dios pone su localización en esos sitios cerrados donde se puede encontrar la felicidad, aunque sea momentánea, o a un hombre con el que disfrutar una temporada, más bien corta que larga. Esta obra, mucho más extensa que la anterior, dibuja una escritora más consistente y más pre­cisa en su léxico. Aunque haya perdido parte de la in­genuidad del primer libro, Olga Dios sigue cautivando en éste con la envoltura de una prosa bien trabajaba y medida en todo momento. Atrás queda el recuerdo de la infancia y la juventud para dejar paso a una mujer (o varias) que proclaman su libre decisión como signo de vida. La autora manifiesta que en este libro “reclama el derecho a escribir, porque si dejo de escribir, dejo de ser yo misma”. Es, por tanto, una escritura personal, consciente, y, aunque no necesite exorcizar fantasmas interiores, como citó Vargas Llosa como motivo de su expresión, sí que busca atrapar lo que es de uno mismo para redescubrir un pasado que dibuje un presente.

Atrás queda el mundo infantil, como en “Tío Beto” y “Un entrepiso en Plainpalais”, pero sigue vivo y hay finales felices como los protagonizados en los cuentos de Andersen. Pero quizá la experiencia de los amantes o amigos sea lo más impactante de los relatos. Es como “Literal y figurado”, donde la narradora nos desconcier­ta cuando después de desear la llegada de su anhelado ser en tres párrafos de una línea lo rubrica con un cuar­to donde dice: “En sentido literal pero sobre todo en sentido figurado”. Deseo y miedo a la vez ante la vuelta de lo anhelado.

Aunque la mayor parte de relatos se sitúa en lugares europeos (destaca el universo de Ginebra), los hay con escenario paraguayo. Es el caso de “Caña con ruda”, un relato muy curioso donde la política es un elemen­to de ruptura de sentimientos. Pero siempre domina el mundo europeo, la experiencia de la autora. Original y curioso es “Ritornare a Roma”, donde la diversión se transforma en obsesión, para deleite del lector, y tam­bién “Quemar las naves”, puro testimonio de intencio­nes personales.

Títulos que resumen el contenido del relato, como se debe titular toda creación. Todo bajo la capa de una escritura de dietario, donde se expresa el moroso sen­tir del recuerdo. Dios ha construido con sus relatos un diario en el que cuenta experiencias y deseos. Por citar algunos ejemplos, esa prosa sentimental, morosa y ro­mántica tiene sus mejores expresiones en relatos como “Tigritis”. Otros están llenos de inquietud y nervios como “Primera cita”, entre la autenticidad de su ami­ga Mar en “No pienso llamarlo”, quien opta vivir su vida en lugar de atarse a un hombre. La experiencia de la convivencia con el hombre siempre estará presente (“El bol de elefante”). Sin embargo, “Ricitos de oro y los ositos cariñositos” y “Mint car” ofrecen como pro­tagonista a un hombre”, ese hombre dolido por su pro­pia experiencia y al que se mira con cierta ironía. Esa misma ironía, incluso sobre sí misma, de “Me enamoro muy fácil, me enamoro muy rápido”, donde no se debe olvidar que “el público jamás besa a Julieta”, porque la vida es para quien la disfruta plenamente de forma ac­tiva y no para quien es un simple espectador que recibe pacientemente los zarpazos que le prestan otros. Todo condimentado por una concepción de la escritura en “Escribir, acto que permite “dejar de pensar” porque el alma de la narradora, que es la autora como se adivina fácilmente, está llena de buenas intenciones. Y añadiría que también vitalidad.

Esos cuentos con bares de fondo, como “Que no me cierre el bar de la esquina”, donde siempre se espe­ra algo, aventura o diversión, son realmente exquisitos. En ellos, Olga Dios alcanza sus mejores momentos de este su segundo libro de cuentos. El humor del hincha portugués aficionado al Arsenal que se marcha enojado en “Séptimo día”, después de un reencuentro de la pro­tagonista con la iglesia, tiene su sentido sobre la trascen­dencia de lo intrascendente. Con ese fervor a Auster en “MI noche en la ciudad”, cuya narradora-protagonista finaliza en un affaire consigo misma. Y el maravilloso “Descaradamente guapo”, con dos discursos comple­mentarios para contar la historia de una atracción, en un disposición confrontada entre el discurso en redon­da y el impreso en cursiva. Lástima que Blanche Du­bois fuera interpretada por Vivian Leigh y no por Kim Novak, como dice en este cuento (aunque realmente en la imaginación de la autora sea Kim Novak la mejor intérprete que hubiera podido tener el personaje creado por Williams), que Hernán Cortez sea realmente Her­nán Cortés, y que algunas erratas manchen la magnífi­ca edición de ambos libros.

“Si tuviera un dólar por cada duda, sería Paris Hil­ton”. Pero eres Olga Dios y tus lectores seres que han disfrutado con tus relatos, lo cual es la finalidad de toda buena literatura. Porque casi siempre, los buenos libros importan por lo que cuentan, no por su desenlace. Eso se lo dejamos a los best-sellers.

 

 


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SEP DIGITAL - NÚMERO 4 - AÑO 1 - JUNIO 2014

SOCIEDAD DE ESCRITORES DEL PARAGUAY / PORTALGUARANI.COM

Asunción - Paraguay

 

 

 

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