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LISANDRO DÍAZ LEÓN
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LISANDRO DÍAZ LEÓN


Biografía

LISANDRO DÍAZ LEÓN, de prestancia dantoniana, era un político nato. Tribuno recio y elocuente, consagróse como tal en una hora densamente dramática. Eran los días caliginosos de 1921. Rota la armonía en el Partido Liberal gubernista, el sector opositor a la política del presidente de la República, dirigido por el senador Eduardo Schaerer, produjo un "coup d’état" que obligó al primer magistrado, Manuel Gondra, a enviar su dimisión al Parlamento. Fue entonces cuando, presente el ministro de guerra y marina, coronel Adolfo Chirife, en una sesión histórica y solemne, Lisandro Díaz León, en su carácter deleader de la representación "gondrista" de la Cámara joven, pronunció un discurso agresivo para aquel jefe militar y famoso por la brillantez de su expresión y por el valor cívico y personal que significaba. Poco tiempo después del aludido acto político, tres zonas militares rebeláronse contra la autoridad del presidente de la República. El jefe de la revolución era, precisamente, el coronel Adolfo Chirife. Un año duró la revuelta. Fue vencida en las calles de la Asunción, el 9 de julio de 1923:

Durante ese lapso, Lisandro Díaz León fue el jefe virtual de la juventud principista del liberalismo.

Terminada la lucha a que hicimos referencia, desempeñó funciones de presidente de la Cámara de Diputados, ministro de justicia, culto e instrucción pública, ministro del interior, ministro plenipotenciario ante los gobiernos de Montevideo y La Paz.

En 1927 fue designado presidente de la delegación paraguaya a la Sexta Conferencia Panamericana, reunida en La Habana. Luego tomó rumbo a Europa. Hallándose en París, le sorprendió la muerte. Contaba apenas treinta y nueve años de edad. El fogoso tribuno había nacido en Santísima Trinidad, en 1889; cursó estudios en el Colegio Nacional de la Asunción y obtuvo diploma de doctor en derecho y ciencias sociales en la Universidad Nacional.

Lisandro Díaz León, como el albatros, necesitaba del ímpetu de las tormentas para planear su vuelo.

Justo Pastor Benítez, amigo y compañero de ideales de Díaz León, ha esbozado la personalidad del elocuente parlamentario en un artículo intitulado  UN TRIBUNO DEL PUEBLO, trabajo dedicado a Enrique A. Sosa, Luis Chase Sosa, Rogelio Pavón, Adolfo Casco Miranda y al autor de este libro.

"En 1911 – dice Benítez – en los días tumultuosos del centenario de la independencia, cuando el pueblo y el estudiantado resistían a los ímpetus de un tirano, comenzó a perfilarse Lisandro Díaz León. Había sobresalido ya en las lides estudiantiles por la pujanza de su idealismo y la vibración de su palabra. Era un luchador. El apóstol es un iluminado, el doctrinario define y fija, pero corre el riesgo de quedar apegado a la fórmula si no la templa al calor del pueblo; el luchador abraza una causa, la defiende y enaltece con su sacrificio. Lisandro sabía que en política pocas veces triunfan los temperamentos combativos y generosos, porque su misión consiste en desbrozar, remover, agitar y sufrir, ajeno al cálculo de probabilidades del éxito personal. Por eso su foja de servicio estaba nimbada de romanticismo. Creció chocando; se hizo escuchar contradiciendo; tuvo el valor de acometer contra los convencionalismos y las fórmulas hechas, las ideas cristalizadas, en que se parapetan los conservadores. El joven adalid apareció en la arena con un caudal de ideas renovadoras, fermento de lucha. La palabra era su arma, palabra fluida, palpitante de emoción.

"Acostumbrado a actuar en punta, sus fuertes brazos hacían de señaleros. El luchador ha de ser valiente y decidido, porque la timidez y la cobardía no arrastran. Lisandro reunía los atributos del conductor. Su juventud estaba matizada de episodios. Su recia figura de 1,78 de alto, con el peinado al medio, la frente constelada de altiveces, la nariz aguileña, la amplia cabeza reposando sobre hercúleos hombros, daba la impresión de una fuerza de la naturaleza. Pero siendo fuerte no pecaba de duro; su alma era sencilla, blanca, de silvestre perfume como la azucena. Pisaba fuerte y hablaba claro; no tenía recámaras en su espíritu; era espontáneo y generoso hasta la imprevisión. Un dejo de bohemia completaba su perfil andariego.

"En los tipos como Díaz León es imposible separar la calidad del intelectual de su vivencia de luchador, porque todo en él es uno, como expresión; ama y vive sus ideas y éstas alientan y explican su existencia. Así su vida tuvo matices románticos, gallardía en las derrotas, días triunfales, variedad y colorido. Revolucionario fugitivo en 1911, tuvo que ganarse el sustento en Rosario de Santa Fe cargando cajones; viajó de segunda costeando el pasaje a base de "truco" y "pulseadas"; caudillo de arrastre en los comicios defraudados de agosto de 1911, volvió a actuar como artillero en la campaña de 1912. En el ataque a la capital (marzo de 1912) cuando la columna de Francisco Brizuela fue rechazada en Laguna Pytá y cundía la confusión, el Pum Pum de Lisandro siguió rugiendo desde un matorral, como último baluarte hasta que se rehicieron las filas. Fue la figura señera de la juventud radical en las jornadas de setiembre de 1921. La misma entereza demostró en el combate del 9 de julio de 1923, como  pivot de la resistencia ciudadana.

"En 1914 ejerció la presidencia del Centro de Derecho y fue electo concejal por Trinidad, por el voto de sus parroquianos, con los cuales había ido a las asambleas partidarias, a los comicios electorales, a las huelgas obreras y a las revoluciones. Representó a la juventud paraguaya en las jornadas de Montevideo, con motivo de los homenajes tributados a la memoria de Héctor Miranda.

"Cada generación ha de formular su mensaje, como manifestación de vitalidad renovadora, so pena de pasar como mero agregado. Lisandro fue un mensajero. En 1916 y en 1920 postuló la tendencia socializante y humanista para completar el liberalismo que corría el riesgo de cristalizar en los moldes superados del siglo XIX. Propugnó la intervención del Estado en las cuestiones sociales, las leyes obreras y la reforma agraria. Su audacia reformista culminó con el proyecto de ley de divorcio y la redacción de un Código Civil Nacional. Como ministro de instrucción pública, nacionalizó la Escuela de Comercio. Desempeñó la representación diplomática en el Uruguay y Bolivia y la presidencia de la delegación a la VI Conferencia Panamericana, celebrada en Cuba.

"Trabajó con la acción y el pensamiento en la consolidación de las instituciones democráticas; colaboró en periódicos; disertó en conferencias y comicios populares; recorrió el campo difundiendo doctrinas y alentando los espíritus; dio al Parlamento días memorables de debates. Su espíritu público, su dedicación ardorosa, le absorbían el tiempo; se quemaba por ambas puntas, pero iba plasmando su personalidad. Vivió en constante militancia durante 17 años, aprendiendo a destajo, captando savia en la raíz y luz en la copa, leyendo apresuradamente para exámenes y debates. Su talento le ayudaba a sortear riesgos; aprendía con facilidad y exponía con firmeza convincente. Su labor intelectual quedó en gran parte diluida en las columnas periodísticas, pero puede ser apreciada en sus discursos políticos y parlamentarios, en la tesis doctoral y en el proyecto de creación de la pequeña propiedad agropecuaria, sancionado en 1926. Parlamentario de actuación descollante, los anales del congreso guardan como reliquias del civismo algunas de sus macizas oraciones, como aquélla del5 de noviembre de 1921 con que salvó la dignidad de la democracia.

"Su escenario eran las asambleas populares; en ese ambiente como en las convenciones partidarias, se abría su espíritu en plenitud. Entonces surgía el orador, de dicción clara en el español manejado con destreza. En guaraní sí que alcanzaba la elocuencia contagiosa, en la ironía picante, la anécdota graciosa, las comparaciones vernáculas, que constituyen los resortes de la oratoria en el idioma nativo. Cuando ocupaba la tribuna, parecía que ésta perdiese la estática, su solidez inerte; comenzaba a agitarse, a oscilar, como si el timonel le comunicase el ritmo de las olas, el movimiento ondulatorio, a impulsos de su férvida elocuencia. El pueblo se reconocía en él y le aplaudía porque le hablaba su lenguaje interesándole en grandes y nobles empresas. No era un demagogo incitador de bajas pasiones, sino un tribuno de causas populares, de contenido doctrinario y orientación humanista.

"Su personalidad política culminó con la presidencia del Partido Liberal, a la que llegó en la plenitud de su prestigio, por el vigor de sus convicciones, y con las cicatrices y salpicaduras de los hombres que velan por sus deberes cívicos en todos los campos.

"Un enorme don de simpatía, la sal de la vida de los conductores, y un espléndido coraje, cubrían sus defectos. Tenía el valor de defender las causas sin asustarse del tamaño del adversario, desafiando riesgos, con un coraje que hacía de Lisandro un paradigma de ciudadanía. Era todo un hombre:  karia’y kakuaa, que había sublimado los atributos naturales del caudillo en la prestancia del tribuno, porque tenía convicción y doctrina. No era un faccioso intransigente, sino un abarcador del área de la lucha democrática. Su emblema partidario estaba irisado de reflejos de la bandera tricolor. Maduraba a pleno sol.

"De este pujante conductor iba surgiendo, por la experiencia y el estudio, el estadista que esperábamos, cuando le sorprendió la muerte en 1928, en París, adonde le habían llevado el afán de cultura y la supervivencia de los sueños de la adolescencia.

"Como todo auténtico conductor, su sola presencia provocaba un tumulto de esperanzas".

Fuente: HISTORIA DE LAS LETRAS PARAGUAYAS – TOMO III. Por CARLOS R. CENTURIÓN. ÉPOCA AUTONÓMICA. EDITORIAL AYACUCHO S.R.L.. BUENOS AIRES-ARGENTINA (1951), 500 pp. – Versión digital en: BIBLIOTECA VIRTUAL DEL PARAGUAY (BVP)

 



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