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NATHALIA MARÍA ECHAURI


  EL DISEÑADOR DE SUEÑOS - Cuento de NATALIA ECHAURI


EL DISEÑADOR DE SUEÑOS - Cuento de NATALIA ECHAURI

EL DISEÑADOR DE SUEÑOS

Cuento de NATALIA ECHAURI


Para Jazmín Arana


Lili se moría por contarme los detalles del accidente, por lo que preparó a toda velocidad el desayuno. Yo no estaba de ánimo para escucharla y mucho menos para afrontar la dolorosa realidad de la muerte del Diseña­dor.

–Murió lento –contó Lili mientras me servía el café–, como trabajó siempre. Lento.

–No quiero escuchar.

–No seas sensible. Esa noche se dice que discutió con ella.

–No me interesa.

Salí de la cocina sin desayunar y al pasar por la sala, la televisión de Victoria informaba a volumen alto la misma cosa, la inesperada muerte del Diseñador. Como si todas las muertes fuesen esperadas.

El Diseñador había sido mi amante. No quería que nadie lo supiera, porque tal vez me enfrentaría a proble­mas con la prensa, la policía, y todos los demás admira­dores del Diseñador.

Tus ojeras están más largas hoy –me avisó Miguel al cruzarse conmigo en la puerta–. Pobre el Diseñador –agregó como para iniciar la morbosa conversación de todos, pero yo no estaba para hablar de la muerte de nadie y menos de la persona a la que yo había asesinado.

¿Y ahora cómo vamos a soñar? Era el titular del diario más sensacionalista del lugar. Y los demás, conservado­res, izquierdistas y de ultra derecha decían algo seme­jante.

El Diseñador trabajaba noche y día en confeccionar los sueños de la gente. Yo lo ayudaba en el taller. Solo que le había hecho prometer que no se lo dijera a nadie, que terrible hubiera sido mi vida si la gente supiera que era su ayudante. Si lo supiera Lili, si lo supiera Victoria o tal vez Jazmín. No tendría tranquilidad.

El Diseñador era delgado y vivía en una especie de limbo, aunque era la persona más cuerda de todas las que había conocido. Sencillo, el más simple de los mor­tales, llevaba noches muy agitadas con el trabajo que era el más complejo, diseñar sueños para todas las personas del mundo.

Lo recuerdo bien, con su mirada altanera y seducto­ra, escrutándome mientras me pedía un lápiz de la repi­sa. Nunca tenía un lápiz. Le acerqué el lápiz y me besó. Esos segundos estuvo con los pies sobre la tierra, luego volvió a su limbo mientras me explicaba con tranquili­dad la idea que tenía para un sueño esa vez. Se sentaba casi dormido sobre la tumbona negra de madera de boj y luego escupía un largo rollo de papel donde estaban escritos los sueños de la gente. El papel salía limpio, largo, como si fuera una lengua blanca y escrita, y mi deber era cortarla y apilarla en los montones de cajas que él guardaba con cariño. Así por ejemplo, yo sabía qué soñaban Lili y Miguel y los atormentaba con eso. A Jazmín en cambio, con quien tenía una relación más estrecha le hacía preguntas referente al tema y debatía­mos su sueño. Un sueño que siempre se repetía cada primer lunes del mes donde ella era perseguida por un grupo de forajidos, y para escapar de ellos se escondía en un bosque donde un hombre con cabeza de perro se suicidaba ante sus ojos.

–No sé por qué lo hace pero me da miedo –me de­cía–. La cabeza de perro es de cerámica, y es tan falsa, tan mal pintada –me comentaba como si se tratara de algo de mal gusto.

–¿No es parte de su cuerpo?

–No, es como una máscara.

–Tal vez sea alguien falso, alguna persona mentirosa que esté rondando tu vida y a quien tú sin darte cuenta le estás haciendo daño o utilizándola. Necesita tu ayuda.

–Ya sé quién puede ser.

Y no volvíamos a tocar el tema hasta el siguiente pri­mer lunes del mes cuando volvía a soñar lo mismo y repetíamos la conversación.

Pero atormentar a Lili y Miguel era fantástico. Les decía alguna palabra o cosa que recordase a grandes rasgos de la pesadilla que tenían y palidecían hoscos, nerviosos y no me dirigían la palabra hasta unos días más. Victoria en cambio siempre soñaba flores desco­munales que dormían en el techo de su habitación y eran sus amigas.

–Yo no elijo sus sueños –me confesó el Diseñador–. Es cosa de ellos.

Y se acomodaba a escribir los sueños de los demás. Muchas veces sus ideas partían de objetos.

–Pásame ese cincel –me ordenó una vez, y deformó un pedazo de madera mientras anotaba para quien sería ese sueño.

Al día siguiente, cuando volvía a casa, la vendedora de frutos me confesó que tendría un hijo, porque soñó tazones de madera que significaban embarazo. No pasó una semana antes que muriera, nunca había sido muy buena intérprete de las señales.

Se lo comenté al Diseñador, pero el casi nunca me respondía, y a pesar de que me amaba (sí, me amaba, lo sé) sentía mucha vergüenza porque yo no podía so­ñar. Sólo una vez toqué el tema y estuvo al borde de las lágrimas «es cosa tuya» confesó, algo nervioso. No le creí, pero tampoco quise insistir, se sentía tan inseguro y derrotado cuando ordenábamos los archivos y en mi carpeta solo había hojas en blanco.

Pasar la noche entera en vela a su lado, abrazada a su espalda mientras él practicaba su onírico oficio, era mi única diversión. Lo amaba, pero no poder soñar se estaba volviendo un suplicio para mí, leer las surrealis­tas descripciones de los sueños ajenos me destruía y me generaba envidia.

–Estoy probando un invento para ti –me confesó una tarde mientras me pasaba una taza de chocolate–. Vas a soñar.

Y sonrió. Qué hermosa sonrisa, carajo. Sus ojos se le empequeñecían, sus dientes blancos asomaban tímidos y yo sentía que se volvía angelical por un segundo, o tal vez niño, o tal vez un ser de luz.

Nada resultó. Mezcló tés, me hizo dormir mientras escribía sentado a mi lado, cambió de papel y hasta di­bujó sobre cada centímetro de mi cuerpo, pero nada re­sultó. Nunca volvimos a intentarlo y tampoco a hablar sobre ello.

Un día vino el cartero y me vio. El Diseñador se puso tan nervioso que esa noche nadie soñó. Intenté calmar­lo con un té, un masaje, un abrazo, caricias en el pelo, pero no quería siquiera verme.

–Podrían buscarte –se alarmó más tarde–. Podrían conocer mi identidad.

–No me vio el rostro –mentí–. Tranquilo, nadie sabe cómo es el Diseñador.

Esa tarde, al volver a casa, Lili y Miguel no pudieron contener su emoción y fueron los primeros en darme la noticia de que el Diseñador tenía una ayudante, una novia, qué saben ellos, una mujer que lo acompaña y que eso era sensacional. Estaban hablando de mí sin saber que era yo. No importaba, mejor así, sería peor si supieran la identidad de la ayudante del Diseñador.

Por un tiempo, en los diarios no se habló de otra cosa. La Diseñadora fue tema de conversación para rato, pero como toda hojalata que brilla pero no es más que un pedazo de metal, se esfumó, y el Diseñador dejó de preocuparse.

Pasaron noches enteras y yo abrazada a su espalda ponía mi oído para escuchar el suave tuntún de su co­razón ansiando soñar, pero soñar con él, irnos lejos, dejar de escribir sueños. Cuando se lo dije estuvo en desacuerdo y casi entró en pánico. Sonrojado y algo al­borotado me reprendió alegando que diseñar sueños era su vida, lo que más amaba y no cambiaría eso por nada ni por nadie.

Esa noche regresé llorando casa. No lloré delante de él, eso sería estúpido, sin embargo caí en la cuenta de que yo no era imprescindible en su vida. No aparecí en el taller en varios días, y tampoco recibí una carta o una llamada para saber si quería que regresara o si me extrañaba. Cuando se lo comenté a Jazmín, disfrazando los detalles, solo atinó a decir:

–Necesita tiempo. Y espacio.

Sin embargo parecía suficiente el tiempo que le había dado. Y regresé al taller un par de días después de esa conversación con Jazmín. No debería haberlo hecho, consiguió una nueva ayudante. Fue incómodo estar del otro lado de la puerta, mientras ella me miraba con sus dulces ojos claros interrogándome y el Diseñador se acercaba lentamente sin una pizca de remordimiento para darme la sentencia mortal:

–Ella puede soñar.

No lo recuerdo. Tal vez retrocedí, o corrí, pero sí re­cuerdo que toda la rabia del mundo se concentró en algún lugar de mi pecho. Me había cambiado, me había cambiado por orgullo, por miedo, por la impotencia de no poder llevar a cabo conmigo su talento, su trabajo, paradoja de mierda que me había alejado de él. Y por primera vez en mi vida agradecí y me arrepentí, al mis­mo tiempo, de no soñar. Me tiré al césped, histérica, y lloré. Lloré y corrí al mismo tiempo. No hablen, no se muevan. Que el mundo pare, que todo se acabe, no valía la pena continuar respirando.

Me levanté.

la primera y última vez que un hombre me do­blaba las rodillas. Corrí a la casa y me encargué de ella primero. Un par de estocadas con el cincel del diseña­dor y una línea cruzándole el cuello no fueron suficien­tes para mi despecho. Así que la clavé, la clavé, la clavé tantas veces como pude, hasta que su cuerpo no fue más que un muñón sangrante estampado de agujeros con una mata rubia manchada de escarlata. No la enterré, no lo merecía. Arrojé sus restos a esa jauría hambrienta de perros callejeros. Y ahora, el Diseñador.

Me aguardaba sentado, el codo en el apoyabrazos de la tumbona de boj, el puño en el mentón, su taza de té de vainilla en la derecha, y los ojos tristes, más tristes del mundo. Los ojos más hermosos del mundo estaban tristes.

–Supongo que llevaban juntos mucho tiempo.

–Desde la tercera vez que Jazmín soñó al suicida. Iba a quedarse conmigo una vez que consiguiera hacerte soñar.

–Pero no pudiste.

–Pero te fuiste.

Hubo un silencio después que cerré la puerta.

–La amaba.

Sorbió un trago de té.

–Sé que me matarás.

–No quiero hacerte esperar.

Se entregó con facilidad, con una sonrisa de comi­sura levantada, sus ojos se tornaron distantes y provo­cadores y permitió que hiciéramos el amor primero, ya no sentía nada por mí, y cuando pensé esto último le clavé el cuchillo en el ángulo perfecto, en la izquierda del cuello, y se fue ahí mismo, dentro y debajo de mí.

–Vas a soñar.

Y el Diseñador murió en mis brazos.

Le di un sepulcro sacro. Lo envolví en mi camisa de seda, mi favorita, y lo enterré donde yacían sus sueños perdidos, cartas viejas, y bosquejos tontos, que guarda­ba para que yo nunca los leyera, no es que no confiara, pero también tenía sus secretos. Y ahí en medio de tan­to papel encontré un retrato mío. Lo recuerdo, me hizo sentar en su sofá. Lo había tirado.

Dejé la ropa de la mujer en la casa para que la evi­dencia apuntara hacia ella, soberbia puta, se había pa­seado por toda la ciudad predicando a bombo y platillo su puesto como ayudante del Diseñador. Y la tumba abierta, para que encontraran su delgado cuerpo. Un accidente, un pequeño descuido, algo podrían inventar.

–Es él –confesó Jazmín cuando llegué empapada de sudor–. Sé quién es y sé que fuiste vos. Quise actuar y prevenirte, pero me regaló un sueño hermoso suplican­do que no lo hiciera porque era un regalo para vos.

–No entiendo.

–El suicida de la máscara era el Diseñador.

Desde esa noche pude soñar. Todos los días el mismo sueño, la rubia, el cuchillo y los ojos más hermosos del mundo pidiendo perdón, desapareciendo, sacándose la fea cabeza de perro de encima y riéndose de mí, la única en el mundo que ahora podía soñar.

 

 

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SEP DIGITAL - NÚMERO 1 - AÑO 1 - MARZO 2014

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