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JORGE BÁEZ ROA


  PALABRA EN EL TIEMPO, 1996 - Por JORGE BÁEZ ROA


PALABRA EN EL TIEMPO, 1996 - Por JORGE BÁEZ ROA

PALABRA EN EL TIEMPO, 1996

Por JORGE BÁEZ ROA

Colección Literaria N° 35

Editorial EL LECTOR

Asunción – Paraguay 1996 (285 páginas)



PRÓLOGO


            "Palabra en el tiempo" y otros ensayos, autoría de Jorge Báez Roa es una respuesta veraz a los desequilibrios que perturban a las grandes mayorías.

            "La reflexión -dice el autor-, nos hará comprender la verdad de los hechos para asumir valores que dignifiquen nuestra vida".

            Si bien el hombre es una unidad psicosomática, su función social de convivencia le impone definirse con identidad moral. Es el gran desafío de todos los tiempos. Los anti valores de la codicia, del egoísmo, de la lujuria, del odio, despersonalizan y subalternizan el ser condicionándolo por el vicio y la ausencia de virtudes genuinas.

            La expresión de Jorge Báez Roa pensador profundo, crítico agudo, escritor elegante, nos propone un examen de ideas y valores para rectificar inconductas y salvar del naufragio al hombre de nuestros días.

            Hasta tanto el ochenta por ciento de la población mundial viva en la pobreza crítica y, el cuatro por ciento, monopolice los recursos económicos del planeta, el diagnóstico del desequilibrio anuncia días de terror y miseria.

            Con la virtud de los clásicos, el autor señala: "Si el siglo XIX creyó con ciega fe en una grandeza y plenitud hacia la que la humanidad se encaminaba por medio de la ciencia y el progreso de las ideas, nuestro siglo XX, que va ya también camino a su término fue testigo de dos guerras mundiales, del horror de las armas nucleares, de campos de concentración anti-semita, del crepúsculo del liberalismo económico, así como de la ascensión y caída de ideologías totalitarias".

            El mérito de la obra de Jorge Báez Roa es que expresa un análisis objetivo de la realidad de nuestro tiempo, las teorías perimidas, la vigencia de la deshonestidad y la esclavitud de las tres cuartas partes del mundo por una economía monopolizada y dirigida que impone la ignorancia manifiesta del cuarenta y cinco por ciento de la población mundial sin conocimiento del alfabeto, con la salud deteriorada por desnutrición y con el flagelo del alcoholismo y las drogas.

            Un cuerpo sin salud es una hipoteca irredimible. El cuerpo social está enfermo. La única medicina que podrá restituirle ese equilibrio es la recuperación moral del hombre. No se podrá jamás constituir un buen edificio con males materiales; tampoco una sociedad solidaria y justa con personas deshonestas, egoístas y sin sentido de cooperación para alcanzar el gran objetivo social: "El Bien Común".

            El autor, en una magnífica exposición observa los desajustes actuales con la reflexión siguiente: "Decididamente, el hombre de nuestro tiempo carece de una cosmovisión (Weltanschauung); una visión del mundo, de la vida, de la historia y una clara conciencia de su dignidad de persona. Y, por lo mismo, por mucho que nuestro tiempo se nos muestre racional, carece de espíritu. De ahí, ese síntoma generalizado de tedio, de melancolía y de absurdo de que habló Camus como expresiones de una cultura fragmentada".

            La cultura supone la asimilación de los principios éticos, el aprovechamiento de la ciencia, la creación artística y una racional distribución de la riqueza. Si no se dan esos hechos no podemos definir como cultura los arrebatos y las inconductas; estos indicadores de marginación social caracterizan a la subcultura.

            La obra de Jorge Báez Roa, consagrado escritor, culto exponente de la intelectualidad paraguaya contribuye una vez más, con la causa de la verdad como valor ponderado para alcanzar los dones de la libertad y la justicia.


            Asunción, 1 de abril de 1996.

            MIGUEL ANGEL PANGRAZIO





1ª. PARTE

PALABRA EN EL TIEMPO



PALABRA EN EL TIEMPO


            Con cierta frecuencia solemos pensar que, mientras veamos nuestra vida carente de significado, poco o nada podremos aportar a este mundo en que transcurre ella. Y nos ponemos a meditar en ese hecho según el cual, todos en alguna medida somos, o deberíamos ser, portadores de ese progreso espiritual y material que llamamos civilización.

            El caso es que, poco o nada puede hacerse en la vida sin entusiasmo y un sostenido empeño que suponen también una capacidad de reflexión que nos haga comprender la verdad de los hechos al tiempo que nos impulse a asumir valores que dignifiquen nuestra vida.

            Vemos, día a día que nuestra capacidad de reflexión se nos vuelve cada vez más extraña por mucho que impongamos rigor y disciplina a nuestras tareas. Y de este modo, constatamos que el tiempo de la reflexión se nos ha evadido.

            Tiempos son éstos, en que ha declinado toda concepción del universo. Y, sin embargo, nos resulta imposible vivir sin el convencimiento de que nuestras ideas, creencias y, en general cuanto realizamos, forman parte de un todo pleno de sentido.

            Esta carencia esencial de que hablamos, hace que nos sintamos como náufragos en un mundo vertiginoso y tornadizo. Es entonces, cuando volvemos nuestra mirada a nuestro mundo interior. Nos ensimismamos y nos ponemos a meditar con nuestra confianza puesta en ese instrumento tan propio del hombre al que denominamos: razón. Sí, tiempos son éstos de búsqueda, de escepticismo las más de las veces, en que paradójicamente sólo lo absurdo pareciera tener sentido tal como Kafka lo ejemplificó en sus obras.

            Si el siglo XIX creyó con ciega fe en una grandeza y plenitud hacia la que la humanidad se encaminaba por medio de la ciencia y el progreso de las ideas, nuestro siglo XX, que va ya también camino a su término fue testigo de dos guerras mundiales; del horror de las armas nucleares, de campos de concentración anti-semita, del crepúsculo del liberalismo económico, así como de la ascensión y caída de ideologías totalitarias.

            Curiosamente, esta enumeración de horrores y aberraciones contrasta con la presencia de grandes hombres en el mundo del pensamiento, de las ciencias, de las artes.

            Basta recordar nombres como los de Husserl, Max Scheler, Heidegger, Bergson, Maritain; Gabriel Marcel, Bertrand Russell en filosofía. Max Plank, Freud, Pavlov, Eistein, Eisenberg, por citar a unos pocos, en la ciencia.

            En arte se inaugura un mundo nuevo con la música de Stravinsky, la pintura de Picasso, de Changall, la literatura de Joyce, Faulkner, Huxley, Kafka.

            Pero, cuando volvemos la mirada a ese inquieto siglo XIX advertimos que hombres como Dostoievski, Kierkegaard, Nietzsche parecieran intuir futuros días trágicos.

            Fue lo que indujo a decir a Gabriel Marcel: "La muerte de Dios, en el exacto sentido que Nietzsche dio a esas palabras, ¿no sería el origen del hecho de que el hombre se haya convertido para sí mismo en una pregunta sin respuesta?.

            En el célebre texto de la "Gaya ciencia" de Nietzsche se lee: "Habéis oído hablar de ese loco que encendió una linterna en pleno día y se puso a correr en una plaza pública gritando sin cesar: ¡Busco a Dios; busco a Dios! Pero su grito sólo provocó risas. ¿Se ha perdido como un niño?, decía uno. ¿Se oculta? ¿Ha emigrado? Así gritaban y reían en confusión. El loco saltó en medio de él los y los atravesó con la mirada. ¿Dónde se ha ido Dios? exclamó. Voy a deciros. Lo hemos matado... ¡Vosotros y yo!

            Nosotros todos, todos somos asesinos. Pero, ¿cómo lo hicimos? ¿Cómo, pudimos desagotar el mar? ¿Quién nos ha dado toda una esponja para borrar el horizonte? ¿Qué hicimos al desatar la cadena que unía la tierra al sol? ¿Adónde va élla ahora? ¿Adónde vamos nosotros? ¿No vamos errantes por una nada infinita? ¿No hace más frío? ¿No vienen noches cada vez más noches? ¿No hay que encender las linternas desde la mañana?... ¡Dios ha muerto!

            Y nos recuerda Marcel que "El hombre a partir del momento en que trata de colocarse a sí mismo como un absoluto, prescindiendo de toda relación, de toda referencia al otro, no puede sino acabar, destruyéndose, al desembocar en una idolatría como la nación, la raza, y otra ideología siempre inferior a aquella de la cual creía liberarse".

            Decididamente, el hombre de nuestro tiempo carece de una cosmovisión ("Weltanschauung"); una visión del mundo, de la vida, de la historia y una clara conciencia de su dignidad de persona. Y, por lo mismo, por mucho que nuestro mundo se nos muestre racional, carece de espíritu.

            De ahí, ese síntoma generalizado de tedio, de melancolía y de absurdo de que habló Camus, como expresiones de una cultura fragmentada.

            Constituimos una sociedad dominada por el apremio de la producción y el consumo. Una sociedad regida por computadoras en donde el hombre acaba por convertirse en engranaje de una gigantesca maquinaria.

            Fue Marx el primero que emprendió el intento de una explicación antropológica de estas nuevas direcciones que asumía la sociedad industrial, en la que si algo se pone en juego es el hombre mismo asimilado a su capacidad de producir. En ninguna otra parte, sino en su trabajo - dice Marx -, encuentra el hombre el espejo que le muestra prácticamente cómo es él. "Lo que los hombres son, coinciden con aquello que producen, y, otro tanto, con el cómo lo producen." Para Marx, no hay una esencia que preceda a la existencia del hombre. El hombre es lo que él hace de sí. Es productor y producto de su trabajo. Por lo demás, las consecuencias a que llega Marx, a través del concepto dé "trabajo alienado", son bien conocidas.

            Pero, lo que Marx no previó fue que la producción llegaría a niveles increíbles, al punto de alienar al capitalista, asimilándolo a un mosaico de cosas.

            Nos hemos instalado en la "sociedad del tener", la sociedad el consumo y hemos ido olvidando que el tener debe ser un medio para el ser. Porque el hombre cultiva, acumula, pero, fundamentalmente, crea y su creación se justifica en la medida en que acrecienta su conciencia y dignidad. Esto es, en la medida en que se realiza como persona y no como individuo.

            Persona e individuo son polos de nuestra condición humana. Cuando vivimos atenidos a impulsos que responden a nuestra exclusiva subjetividad en actitud centrípeta, es el individuo que entroniza su imperio en nosotros. Y, por el contrario, cuando somos capaces de dar testimonio de la verdad al tiempo de propugnar la justicia, la libertad y la dignidad del hombre, es la persona la que impone su albedrío.

            Gastón Bachelard, eminente epistemólogo de nuestro tiempo nos dice: "Desde su origen más humilde, la vida biológica es voluntad de progreso. Pero esa voluntad sólo se afirma en la espiritualidad. Lo que queremos en lo más íntimo de nosotros es establecernos en el ser, crecer allí, y en esa vía de realización ascendente, superarnos, trascendernos sin cesar". Y nos recuerda también "esa extraña miseria del hombre que vive sin ninguna inquietud superior".

            Nuestro tiempo, saturado de eslóganes, propagandas alucinantes, proclamas y demagogias políticas. Pero, además, tiempo de cansancio de los ideales de progreso unidireccional, tecnológico, y de irrupción de las masas hace que a cada paso renunciemos a nuestro juicio crítico y a nuestras convicciones. De este modo no hacemos sino aceptar pasivamente todo cuanto se nos muestra como ejemplar y paradigmático.

            El hombre como ser dialógico comparte su existencia con la de los demás hombres. Pero esto no significa que tendremos que concluir en una homogenización en todo lo bajo y trivial. De ahí que, insertos como estamos en una civilización altamente tecnificada, necesitamos ejercitar nuestro juicio crítico de modo a cuestionar los fundamentos mismos de nuestras acciones y fines, como también de mucho de cuanto se nos presenta como obra de cultura, cuando en realidad se trata sólo de alguna banalidad regiamente arropada.

            Platón, nos recuerda que la vida buena está inspirada en el amor y guiada por el conocimiento. También la historia nos enseña que quienes supieron liberarse de los prejuicios, hábitos y miserias propias de su tiempo y ambiente, demostraron idéntico comportamiento en ese culto a la tolerancia, a la abnegación y al amor, unido en no menor grado a un constante espíritu crítico como fuerza liberadora.

            El desarrollo de la inteligencia, el de la sensibilidad y el del propio dominio, constituyen condiciones necesarias de la vida buena. Creemos que la faena de pensar no debiera ser menester exclusivo de unas pocas mentes lúcidas aun cuando en ellas alcancen profundidad y sistema. La educación para la libertad y la dignidad del hombre, no puede menos que dar prioridad al ejercicio del pensamiento. Un pensamiento cuestionador, afanoso de verdad.

            La filosofía nos recuerda que el hombre cuanto más hombre tiene afán de saber quién es, por qué existe, qué clase de mundo es éste en que vive, cuál es nuestro anhelo supremo, cuál es nuestro destino personal último.

            Y cuando a un hombre poco o nada le importan estas cuestiones, se explica que sólo le interese lo que su egoísmo le señala, buscando "ganar espacios", como hoy se dice, para su propio y exclusivo beneficio. De este modo, el problema de la realidad humana queda intacto en ese debate entre "medios" y "fines". O, si se quiere, mucho de lo que enaltece, acrecienta y dignifica la vida resulta reemplazado por prestigios espurios en desmedro de la dignidad del hombre.

            Por todo ello, junto al análisis y a la crítica de la realidad, se hacen necesarias la denuncia y la protesta no sólo ante las injusticias, sino además ante la puesta en órbita de los "prestigios digitados" en que naufragan la decencia, se desvirtúa la verdad y se pisotea la excelencia de los valores.

            Y, hablando específicamente de nuestro país, digamos que en todo tiempo el Paraguay ha producido hombres destacados en el campo de la cultura, de las artes, de las ciencias.

            A principios de siglo, vemos a importantes intelectuales asumir altas funciones en la vida ciudadana. Y lo hacen con un respetable bagaje de conocimientos, hecho que explica que nada fue más ajeno a ellos que los tanteos y las improvisaciones en el manejo de la cosa pública. Más que alentar apologías vacías de sentido, hicieron de la palabra siembra fecunda destinada a exaltar los valores morales de su pueblo así como, a poner en claro las ideas imprescindibles en la vida ciudadana.

            En más de una ocasión hemos recordado aquellas palabras estremecidas de patriotismo del doctor Blas Garay. Su tono muchas veces vehemente que daba acritud a su crítica, no era sino expresión de un genuino amor a su pueblo. Bien sabía que el hombre paraguayo, en especial aquel que iba irguiéndose sobre los escombros de la patria después de aquella guerra contra la triple alianza no necesitaba a su gloria del ditirambo. Ese hombre necesitaba sí, la visión de otros valores que proyectaran su espíritu a dimensiones siempre más altas.

            Y también hemos recordado repetidas veces aquellas frases llenas de sarcasmo del doctor Eligio Ayala que, más allá de la risa que suscita en nosotros, nos mueven a reflexión. Porque, ¿quién podría dudar de la nobleza de sus intenciones, siendo como fue su vida ciudadana, la mejor prédica que pudo ofrecer? Entré inquisidores de izquierda y de derecha, sus palabras y muchas de sus actitudes no tuvieron gratas resonancias.

            Así se explica esa soledad huraña en que vivió, aun en el ejercicio de la primera magistratura de la Nación, como un modo de aislarse de componendas y arribismos de quienes veían en la política el exitismo y un medio de satisfacer inconfesables pasiones.

            Y junto a estos nombres cómo olvidar tantos otros. Nos vienen a la memoria los de Manuel Franco, Ignacio A. Pane, Fulgencio R. Moreno, Cecilio Báez, Manuel Gondra, Antolín Irala, Juan E. O'Leary...

            Recordar a estos hombres es un deber de justicia así por el linaje espiritual que los caracterizara como por esa ardua faena que hizo posible que introdujeran innovaciones eh su tradición.

            El caso es que, a partir de los años cuarenta se da una declinación y hasta un marginamiento del intelectual en la vida política del país. Hecho que se traduce en una sustitución de méritos y talentos por una mediocridad asociativa en desmedro de las instituciones y no poca lesión a la ética que hizo que se desdibujaran paulatinamente tradicionales valores de la vida paraguaya.

            Al observar la realidad política de nuestros días, -la que ejercen los profesionales de ella-, y el modo de manifestarse de muchos ciudadanos, nos asiste la impresión de que para esos señores no existe un verdadero y genuino interés nacional, sino la codicia de grupos. Así lo atestiguan sus palabras en las que no asoma una conciencia histórica, ni la visión de un común destino como empresa de nación.

            Bien mirada, la ausencia de memoria histórica constituye un grave obstáculo a la afirmación de la personalidad de un hombre como a la de un pueblo por cuanto impide todo proyecto de futuro.

            Pero, ¿tiene la mayoría de nuestros políticos una filosofía de la historia? ¿Se han hecho, cuando menos, la pregunta acerca de qué es lo que mueve en su devenir histórico a las sociedades, a los pueblos? O ¿son sólo apetencias de momento, intereses de grupo los que predominan en su accionar, a despecho de algún ideario al que dicen responder pero al que han marginado? En todo lo observable en la vida política resulta difícil si no imposible, hallar el referente ideológico en el que se sustenta la praxis.

            La verdad es que, en materia de civilización, los pueblos no han marchado a la par. Y esto se aprecia en la diferencia que muestran en su organización y en sus instituciones. Muchos y largos períodos de nuestra historia cívica han carecido de opinión pública por obra del autoritarismo que impuso su voluntad irrestricta.

            Recordaba un ilustre español que para pasar de la monarquía electiva a la hereditaria, España necesitó tres siglos. Tiempo durante el cual el Estado español permaneció en elaboración. Y recordaba que en todo ese tiempo hubo confusión, desorden y anarquía en el país.

            Nosotros, de un autoritarismo de muchos años, caminamos hacia una democracia. No será corto el camino a recorrer. Reparamos al punto que nuestras instituciones necesitan de cambios fundamentales en sus estructuras todas ellas pobladas de desaciertos e injusticias y cuyos efectos se perciben en esa postergación económica, social y cultural de vastos sectores de nuestro pueblo, como el de los campesinos y el de los indígenas, sumidos en su mayoría en una desoladora pobreza.

            Bueno es tener presente en esta hora de nuestra vida de nación, que el espíritu de justicia no es obra exclusiva del Derecho Positivo, ni es creación de políticos, aun cuando éstos, en la última instancia, puedan postergar o favorecer su vigencia; es la sociedad la que ha de auto gestar este espíritu. Y en ese quehacer, la educación tiene un sentido promocional y liberador si se tiene en cuenta que el grado de civilización y progreso de las instituciones de un pueblo responden a la calidad espiritual de sus hombres.

            Y bien, amigo lector, en muchos momentos de este escrito hemos hablado del hombre, de su faena de pensar, de la filosofía, de la ética al tiempo que hemos hablado de política. ¿Pero, hay algún vínculo entre ética, filosofía y política? Es evidente que lo hay. La filosofía no es sólo una reflexión teórica, es también una reflexión práctica que supone vínculos interpersonales, relaciones con personas en que ponemos de manifiesto el don de la amistad, de la compañía, del amor. Y, por lo mismo, nos remite a la justicia, porque es ella la virtud política por excelencia. Recordemos aquel libro formidable de Platón al que denominó "La República", como también aquellos libros de Aristóteles que tienen como títulos "La Política" y la "Ética a Nicómaco".

            Desde Platón, los filósofos han desplegado una reflexión acerca de la política. Aristóteles como Tomás de Aquino al ocuparse de la justicia, la conciben como "distributiva". Lo que quiere significar que la sociedad distribuye bienes, pero que no todos los bienes son de carácter comercial o mercantil. Con otras palabras, no todos los bienes se pueden vender y comprar tal como ocurre por ejemplo con la creación intelectual y artística, así como con la salud y la educación entre otros.

            Nuestra condición de hombre y ciudadano nos impulsa al deber y a la obligación de mantener la dimensión ética y política en el horizonte de la reflexión ya que ahí se da el problema de la justicia como búsqueda y compromiso de una vida digna en el marco de instituciones justas.








II PARTE

TESTIMONIOS DE ESTE

TIEMPO AQUÍ VIVIDO


(La realidad paraguaya)



I


            Tal vez una de las reflexiones más pobres en nuestros días sea la que nos hacemos acerca del hombre, de su función social, de su misión en la cultura, de su rol en la política, de su destino en el mundo, como también de lo que pudiera alentar en él de trascendente y eterno. Mucha razón le asiste a Ernesto Sábato cuando nos dice que está muy lejos de creer que los hombres, y menos el corazón de los hombres, puedan ser catalogados como minerales o fósiles, al tiempo de afirmar que el corazón del hombre es vivo y contradictorio como la vida misma, de la que es su esencia. Pero esa contradicción de que nos habla Sábato no empaña la dignidad del pensamiento y, por lo mismo, el dicho socrático de: "Conócete a ti mismo", que se nos presenta como reiterada empresa.

            Cuando decimos que la razón es la inteligencia misma, en su faz cuestionadora y crítica, le estamos asignando la noble tarea de teorizar y por lo mismo de crear, entre otras, una imagen del mundo y de la vida. Pero cuando la razón como única fuerza que conoce sus límites resulta suplantada por la propaganda a que tienden el consumismo, los totalitarismos y en general las estructuras alienantes que imperan en una sociedad y en una época, la imagen del hombre resulta la de un ser cosificado por una alienación que le impide recuperarse en un acto de reflexión.

            Max Scheller, eminente filósofo de nuestro tiempo, ha dicho que como nunca el hombre conoce una suma de saberes sin precedentes que curiosamente coinciden con el impacto y las consecuencias de la última guerra mundial. El conocimiento acumulado y las experiencias múltiples de estos tiempos parecieran como que enriquecerían la mente y el espíritu, y he aquí que, paradójicamente, el hombre no sabe quién es. Es el gran desconocido que habita su propio yo, su conciencia desmantelada. Súmese a esto que el hombre de pensamiento tampoco ha sabido reaccionar proponiendo nuevos valores, columbrando horizontes de esperanzas. Hemos olvidado que educar no es determinar al hombre dentro de esquemas fijos, sino invitarlo a ese ejercicio que el viejo Sócrates planteaba a la juventud: saber dar respuestas nuevas a los desafíos que le plantean la sociedad y su tiempo. La educación, tal como la propugnara Sócrates, estaba muy lejos de ser una suma de conclusiones relativas y de respuestas prefabricadas. Por el contrario, era implacable ejercicio cuestionador en que la crítica propone fundamentos y definiciones. Es la inteligencia misma desplegada a la búsqueda de verdades. Pero los totalitarismos, en especial los que precedieron a la Segunda Guerra Mundial, nos acostumbraron a la renuncia del pensamiento. El hombre en función del Estado quedó a merced de las ideologías impuestas y, por lo mismo, sin la suficiente libertad que le permitiera el ejercicio de la crítica.

            En nuestro país, gran parte de su historia cívica ha estado signada por autoritarismos ejercidos por caudillos o por autócratas casi siempre reacios a la vida del pensamiento y de la cultura.

            Hoy, cuando nos inscribimos en la democracia, pareciera inconsistente la idea de lo que ella sea en esencia, al menos, como doctrina y vivencia. De todos modos, hay signos alentadores en su ejercicio desde el momento en que el pueblo de algún modo protagoniza su historia, ya que han terminado las persecuciones políticas, hecho que posibilita en gran medida el ejercicio de los derechos ciudadanos. Se dirá, en contraposición a esto, que la impunidad subsiste junto al latrocinio que se insinúa día a día en la Administración Pública, y que la corrupción pareciera haberse extendido a todos los estamentos sociales del país. Los vicios y las corruptelas de la vida paraguaya - esto nadie lo ignora- han asumido proporciones inusuales. Pero no es menos cierto que el libre ejercicio de la información hace posible conocerlos y denunciarlos. No faltan, además, los eternos caciques del politicismo que gustan arrear a obreros y a funcionarios públicos, haciéndolos partícipes de alguna que otra manifestación pública, en la que al tiempo de pisotear la dignidad del hombre reniegan de los principios democráticos que dicen sustentar. De todos modos, y frente a estos crónicos retardatarios de la vida cívica paraguaya, menudean las protestas y las acciones de las masas ciudadanas encaminadas a restablecer sus derechos lesionados.

            Y volviendo a lo ya dicho, no podemos menos que insistir en que una de las reflexiones más pobres en nuestros días es la que nos hacemos acerca del hombre. Y esto, evidentemente, a nivel planetario. Parecieran haber enmudecido para siempre voces como las de Bertrand Russell, Martín Heidegger, Gabriel Marcel, por citar a unos pocos grandes hombres en cuyas obras está palpitante la cuestión humana. Se habla de democracia, de libertad, pero las palabras más parecen un simple farfullar lanzado al desgaire, ya que nuestros intereses no sintonizan con esos ideales. Con penetrante lucidez, Erich Fromm nos ha dejado páginas de esta realidad del hombre de nuestros días. En una de ellas nos dice: "Nuestros principales intereses son cada vez más materiales y egoístas. Estamos convirtiéndonos en pequeños autómatas de la vasta maquinaria organizativa de la producción. Nuestros intereses se reducen a producir cosas y a consumirlas, y consumiéndolas, nosotros mismos nos convertimos en cosas. Fabricamos máquinas que funcionan como el hombre y nos convertimos en hombres que funcionan como máquinas".

            Cuando se soslaya la cuestión humana al punto de quedar ella referida a un tópico al uso, es la vida misma del hombre la que resulta empobrecida, con el consiguiente desplome de la ética y un empalidecer de la esperanza.



II


            Cuando observamos el transcurrir de la vida política paraguaya, hecha de estridencias, intolerancias y chabacanerías, solemos preguntarnos si todo ello no sería el resultado de esa ausencia de preocupaciones universales que nos caracteriza. Lo humano que entraña toda realidad en que se desenvuelve nuestra vida histórica pareciera subsumido en el individuo y, por lo mismo, categorizado en caudillos, secuaces o adversarios. Resulta así que, cuando algunos nos espeta la pregunta: "Y este Pérez, ¿qué tal es?, lo que nos quiere decir es: "¿Este señor por dónde anda, a qué bando apunta?". No le preocupa a nuestro interlocutor lo que pudiera pensar Pérez. Lo que es más, ni le interesa el hombre Pérez. Sólo le interesa si como elector contará con su voto en los comicios que se avecinan. De este modo queda patente que la dignidad humana es la más afectada en ese discurso en que se desenvuelve nuestra vida ciudadana.

            Cuando decimos que los paraguayos no sabemos dialogar, expresamos por lo general una dolorosa verdad. Y es que "la realidad del otro" -como dirían los filósofos- pareciera no existir en esa convivencia nacional, más allá del hecho de que fulano o zutano fuera nuestro amigo, nuestro adversario, o nos resulte indiferente. No nos interesa el hombre. La realidad del prójimo no se la experimenta tan siquiera. Y no se la experimenta porque ello supondría una conciencia ensimismada y, al mismo tiempo, capaz de proyectarse hacia un "tú" en que se nos revela lo humano de otros hombres. Suele ser frecuente esta miopía, esta insensibilidad entre nuestros profesionales de la política, en los "politicians"; algo muy distinto, por cierto, del verdadero político que vive y actúa en función del bien común y ansía permanentemente acrecentar los valores que dignifican al ciudadano. Para abundar un poco más en razones acerca de lo dicho, repárese en esta otra expresión frecuente entre esta gente del politicismo, cuando, como en el caso que comentábamos, nos dice a continuación: "Pero es una lástima que este Pérez, con el talento y la cultura que tiene, y que pudo llegar aquí a ser lo que quisiera en un cargo importante y colocar a sus amigos, se contenta con vivir entre libros, cátedras y otras bohemiadas".

            Y, curiosamente, la gente que así habla está muy convencida de tener un agudo "sentido de la realidad". Suele además mostrar un menosprecio hacia todo hombre de pensamiento, considerándolo un desubicado.

            A propósito de la política, leía en estos días un hermoso libro de Karl Jaspers que tiene como título: "Entre el destino y la voluntad". Es un libro autobiográfico. En sus páginas, palpitantes de vida, se nos revela una existencia plena de bellos aconteceres, y también de horas trágicas como las que les cupo vivir a millares de europeos en la última guerra mundial.

            En un capítulo denominado "Autorretrato", Jaspers se hace esta pregunta: "¿Qué papel desempeña la política en mi vida?". Y se responde: "Un doble papel: filosófico primero, y práctico después. El que se dedica a la filosofía, si lo hace en serio, no puede menos que preocuparse de todas las realidades, intentando conocerlas en su fundamento. De lo contrario, lo más que podrá conocer será tal vez los hermosos frutos del espíritu que los filósofos, partiendo de su propia experiencia, han hecho brotar en sus obras; pero a quien quiera llegar a producir tales frutos tiene que precederle su propia existencia. En mi juventud no pensé hacerme profesor de filosofía. Los cursos de filosofía no despertaban en mí interés alguno. Quería conocer realidades; al principio fueron las ciencias físicas y naturales y la medicina; después la historia; y, finalmente, la política y la teología. No hay nada que no ataña a la filosofía. Se nos considera necios sabelotodos que no saben nada, gente superficial. No digo que esto sea siempre, sin más, falso; pero en principio lo es. Porque lo importante no es saber mucho o saberlo todo, sino poner en claro, en todos los terrenos, los fundamentos del saber, los fundamentos de la realidad, y, al mismo tiempo, actualizarlos en un detalle...".

            "El segundo motivo -dice Jaspers- es de tipo práctico. La política determina nuestra existencia. Dependemos de ella. Lo comprendí por primera vez con el nacional-socialismo".

            Con lo dicho por el gran filósofo tenemos una visión interesante de lo que pudiéramos considerar "política". De más está decir que no es tarea fácil conocer las realidades en su fundamento, -por cuanto constituye el verdadero conocimiento.

            Cuando echamos una lectura a nuestra realidad nacional, al punto reparamos en una gran cantidad de personas que desconocen los idearios del partido político al que pertenecen. Ignoran las razones históricas que le dieron vida, como también desconocen si esos ideales pueden tener, tienen o no vigencia en tiempos diferentes a aquel en que nacieron a la vida de la nación. Por lo general, se trata del repetido y siempre actual caso de los logreros del politicismo.

            Pero, volvamos a Jaspers. El segundo motivo que apunta, se refiere a un envolvente de los problemas de una comunidad en la que se inserta la vida del hombre ciudadano, y nos presenta al hombre en el poder o frente a él. Se trata en todo caso de mantener siempre un espíritu crítico, reflexivo y de análisis. Lo opuesto sería convertirse en simple instrumento al servicio de la sinrazón y de cuanto deshumaniza al hombre.

            La experiencia del nacional-socialismo de que habla Jaspers estuvo constituida por campos de concentración, horno crematorio, la cámara de gas. No eran sino formas concretas de ese menosprecio de la vida humana que hacía eclosión tras un lento proceso de despersonalización de todo un pueblo, que acabó por idolatrar a su único caudillo, para muchos un iluminado, llamado a llevar a su pueblo a un gran destino.

            Ante esta visión degradante pudo decir Gabriel Marcel: "Los hombres se han rebelado contra lo humano".

            La rebelión contra lo humano no siempre ha tenido el patetismo que ofreció al mundo la última conflagración europea. Lo más frecuente ha sido y es, que se manifestara en una lenta pero corrosiva acción contra todo aquello que dignifica la existencia.

            De ahí que siempre será lamentable reducir la política a electores. A hacer de ella exclusiva ocupación de preparar elecciones y escalar puestos públicos y colocar a los amigos.

            Hace más de medio siglo, el Dr. Eligio Ayala, denostando contra este vicio de la vida paraguaya, decía que los países europeos deben su prosperidad al hecho de que cada cual ocupa su puesto en razón de su capacidad, lo contrario de lo que, salvando excepciones, acontece en nuestro país, en donde muchos parecen ocupar un puesto no para desempeñarlo, sino para cobrarlo y tener de paso el gusto de excluir a los más capaces.

            El sentido de la realidad de que hablan los "politicians" se resuelve en la antinomia: "ser o tener", aunque para esta gente sólo cuenta el "tener". De este modo se camina hacia los imponderables en que campean los anti-valores.

            Decididamente, el ejercicio de la política supone algo más que el simple activismo. Supone cultura, sensibilidad, predisposición a servir al bien común y a acrecentar los valores que dignifican al hombre.

            No estamos diciendo nada nuevo; sólo que de puro sabido olvidamos tantas cosas. Y ésta es una de esas realidades que conviene tener en cuenta.


            1992



III


            He visitado varios pueblos del interior del país. No he visto en ellos persecución política. No he visto actos de prepotencia de algún mandón de turno. He visto campos abandonados, niños desnutridos correteando por las cercanías de uno que otro rancho que se viene abajo. Y he podido observar la miseria que asuela gran parte de nuestra geografía. En algún momento, he llegado a dudar de mis impresiones de esta realidad nuestra, viendo como veo tanto esplendor y ostentación en la vida citadina. Pero mis dudas se disiparon cuando leí, hace pocos días en uno de nuestros diarios, la grave situación que hoy soporta el campesinado paraguayo, en especial los pequeños productores agrícolas. El diario a que aludo traía cuadros gráficos del censo agropecuario nacional del año 1991 que echa luces sobre la existencia de una gran concentración de tierras en manos de unos pocos, en tanto la mayoría de los campesinos productores viven con menos de cinco hectáreas, y muchos ni siquiera con un pedazo de tierra en que asentarse y menos cultivarla.

            El censo hace también referencia al caso de más de veinte mil familias que tienen cada una menos de una hectárea, mientras hay como nueve millones de hectáreas en fincas de más de diez mil hectáreas cada una, que pertenecen a sólo trescientas cincuenta familias que ni viven en el campo. Ante esta realidad me puse a pensar en nuestro presente, en nuestro futuro y, ¿por qué no?, en nuestro pasado. El problema social, el siempre actual problema que ya a principios del novecientos denunció con vehemencia y valentía Rafael Barrett. Y recordé también aquellas palabras marcadas a fuego del ilustre peruano Manuel González Prada cuando decía a su pueblo: "¿Qué tenemos? Manotadas inconscientes y remedos de movimientos libres; en el Poder Judicial, venalidades y prevaricatos; en el Congreso, riñas grotescas y discusiones banales sin chispas de elocuencia; en el pueblo, carencia de fe porque en ningún hombre se cree ya...". (Páginas libres, 1894).

            Leídas las líneas que anteceden, ¿podría uno decir que responden a una realidad del pasado exclusivamente y de un pueblo que no es el nuestro? Sin embargo, bien mirado, el texto de González Prada pareciera escrito hoy, y en nuestro país.

            Ahora bien, cuando contemplamos nuestra realidad nacional es frecuente hacerla desde algún prisma estrictamente ideológico. Hoy se habla de un neoliberalismo imperante entre nosotros. Pero no es menos cierto que, más aquí o más allá de esta ideología, hay otras muchas ideas poco o nada elaboradas y paradójicamente vigentes, a tal punto que condicionan el modo de pensar y actuar de grupos sociales en la vida del país. En esta lectura lo primero que uno observa es la declinación de la dignidad del hombre. Cosa grave si la hay. Es como si no fuéramos capaces de ver en el "otro" un portador incanjeable de valores humanos, sino un medio utilitario de aprovechamiento que se lo desecha tan pronto como deja de ser útil a los fines para los cuales se le asigna en el entramado de un sistema de máxima producción y máximo consumo.

            Más que un neoliberalismo a ultranza, yo veo la vigencia de lo que Max Horkheimer denomina "razón instrumental". Una razón que, desde luego, nada tiene que ver con la de los ilustrados, con la de los filósofos, ni con la de los hombres de ciencia en tanto tratan de comprender, explicar, demostrar el objeto de sus investigaciones y sus posibles planteamientos teóricos relacionados siempre con la realidad humana. Aquí se trata de la razón de los técnicos y el consiguiente gran relevo del hombre por la máquina. Y fácil resulta imaginarse en lo que ocurre cuando la técnica, que es un medio al servicio de fines tan diversos, se erige en sistema, como fácil es imaginarse el talante del hombre tecnológico: un hombre sin interioridad, sin cuestionamientos ni preguntas trascendentes. Un hombre identificado a objetos. Un hombre de sensaciones, en suma. Fue esta visión la que indujo a Octavio Paz a señalar con su habitual lucidez que la sociedad contemporánea es un conjunto de sistemas parciales aunque con apetencias de hegemonía. Media humanidad enfrenta a la otra media. Y de este modo cada conciencia vive escindida; dos medios hombres que pugnan en la creencia de ser totales, todo lo cual se resuelve en un vacío, ya que el "espíritu de sistema" no es otra cosa que una idolatría de la fracción. La mayoría de los hombres modernos -dice Octavio Paz- no tienen alma: tienen "psicología".

            Entre nosotros, más que ideología, campean ideas y prácticas inficionadas de inconfesables pasiones. Qué otra cosa si no es ese "inmediatismo" que apunta exclusivamente al éxito económico, al relumbrón pasajero.

            Cómo explicarse de otro modo un programa de gobierno huérfano de ideas progresistas capaces de hacer viable la democracia participativa y encaminada al bien común. La democracia y sus postulados de libertad y justicia se cimientan en una conciencia colectiva, social, pero adquiere fuerza ejecutiva a través de programas de gobierno en que esplenden lucidez y buenas intenciones en todo lo que al pueblo corresponde, lo cual supone, para su ejecución y vigencia, hombres probos con vocación de patria y de cultura.


            1995



IV


            Una de las palabras más llevadas y traídas en nuestro actual momento político es la palabra democracia. Su sentido no siempre resulta claro, y el populismo hoy en auge ha contribuido no poco a hacerlo aún más confuso, en especial en el seno de las masas. Instalado en el ánimo de ellas y, a modo de slogan, ha suscitado sin embargo, en no pocos momentos, justos reclamos y afanes reivindicatorios de carácter social. Acaso se haya prestado también a algún desborde, pero lo que resulta evidente es que ese fervor nacido del prestigio a que convoca la democracia no siempre ha estado acompañado por la dirigencia de los partidos. Las oligarquías imperantes en muchas de sus cúpulas la han impedido y se han opuesto sistemáticamente al protagonismo del pueblo en la vida cívica, subordinando sus acciones a intereses de grupo. A este fin, se ha recurrido invariablemente al discurso demagógico y al prebendarismo, y, se ha soslayado la educación como fuente de criterio, de opinión y diálogo.

            Es como si olvidáramos que la democracia no sólo es una forma de gobierno, sino fundamentalmente un orden social encaminado a realizar la personalidad del hombre. Es verdad que, -decimos y repetimos-, es el pueblo el titular de la soberanía y fuente originaria de poderes y, como tal, delega estos derechos en sus autoridades por un procedimiento de selección a través del sufragio. Pero, ¿cómo se da este sufragio? En la mayor parte de los casos no es expresión de una lúcida conciencia del ejercicio de un derecho, sino resultado de una manipulación. Las masas son asimiladas a un criterio de número y, por lo mismo, a electorería se reduce toda una instancia cívica que debió llevar la impronta de una activa participación del pueblo.

            Y uno se pregunta por las causas que han impedido este protagonismo del pueblo. Y al punto uno repara en ese verticalismo imperante en muchos aparatos partidarios. Un verticalismo que margina la educación en el seno de sus bases como medio de evitar diálogos y confrontaciones, porque los intereses oligárquicos no se compaginan con la libre discusión de las ideas. Más expeditivos resultan, a este fin, el reiterativo discurso demagógico y su consigna maniquea, cuya fórmula puede sintetizarse en estos términos: "nosotros somos los buenos; ellos son los malos. Con nosotros habrá paz y bienestar; con ellos habrá persecución y miseria".

            Hay que reconocer, sin embargo, que este discurso no ha dejado de tener su dosis de verdad por obra del revanchismo político siempre latente. El caso es que este procedimiento pareciera constituir el único vínculo existente entre ciertas cúpulas partidarias y su respectivo pueblo. De hecho, en su vértice autoritario, de antemano y sin consultas populares se digitan nombres y candidatos para cargos públicos, desechando méritos y jerarquías. Se trata, antes que un reconocimiento a la capacidad y al mérito, de un premio a la lealtad y servicios a los intereses del grupo dominante. Súmese a esto el tradicional nepotismo en la vida paraguaya desde los tiempos de Irala, en que los yernos, los cuñados, parientes y amigos llevan la delantera en los acomodos y canonjías.

            Ahora bien, si en una visión retrospectiva hiciéramos una comparación de calidades humanas vigentes en la vida política paraguaya a principios de siglo hasta la década de los años cincuenta y la que hoy observamos, resalta en el pasado la presencia del caudillo, cuyo prestigio residía en su carisma, que suscitaba espontáneas adhesiones de las masas. Pero no es menos cierto que a ese carisma unía cualidades valoradas por el pueblo. Así, su coraje era capaz de impulsarlo al sacrificio de la propia vida por la causa asumida. Sumábanse a esto su honradez y su constante atención al correligionario, en especial en sus momentos de necesidad, de desamparo. Como consecuencia de todo ello, se establecía una entrañable relación de masas y caudillos, y hasta podemos agregar aquello que del caudillo dice Octavio Paz, que el poder no le venía de la investidura, sino que él le daba a la investidura, poder.

            Al paso del tiempo, el caudillo resultó desplazado por el leader o por una oligarquía que hizo que se extinguieran altivas virtudes cívicas más allá de su tosquedad y emocionalidad manifiestas.

            Todo lo que de dación personal imprimió a la vida partidaria y aun a su comunidad el caudillo, los grupos oligárquicos lo trocaron en grotesco prebendarismo. Y en los estamentos de bases partidarias el pueblo, antes que ejercitar virtudes cívicas a través del diálogo -que no excluye el disenso-, sólo recibe consignas.

            Decididamente, el discurso demagógico no tiene como finalidad concientizar a las masas, sino buscar su adhesión y su voto, a cambio de promesas que no siempre se concretan.

            En el sustrato de esta disquisición queda latente una ausencia de preocupación verdaderamente patriótica, que es la de educar al pueblo para la democracia. Y es que la democracia, como decía un pensador, nos impone más obligaciones y deberes que nos confiere privilegios. Y el primer deber que la democracia impone es el de intervenir en la conducción de la vida pública.



V


            Hace poco tiempo, un publicista señalaba el hecho de encontrarnos en la vida nacional con un crecido número de individuos que hacen de la actividad partidaria un medio de escalar cargos, con vistas al logro económico. Señalaba, además, que el cargo se constituye, en muchos casos, en una especie de "mirador" desde el cual se ensaya un exhibicionismo de cháchara, en que se opina de todo con absoluta irresponsabilidad. La charlatanería oronda y hueca, sin argumento. Sobre el tema, y hace más de medio siglo, en su libro "Migraciones" escribió el Dr. Eligio Ayala: "En el Paraguay para brillar con reputaciones falsas basta ser diputado, senador o ministro. Luego, es lógico que la pasión dominante sea la de adquirir esos puestos y conservarlos, y para eso, en vez de estudiar, de prepararse, dignificarse, se adule, se intrigue o se implore servilmente. Esto explica que gran parte de los que ejercen elevados cargos públicos son los arribistas". Y páginas adelante agrega: "No se respeta el mérito, no se desprecia el vicio, nadie se indigna sinceramente contra la injusticia. Los culpables pierden la conciencia de sus faltas, los hombres virtuosos el pudor y los partidos su nobleza... En vez de partidos se forman círculos esporádicos y convulsivos de pequeños ambiciosos".

            La actualidad de las palabras del Dr. Eligio Ayala nos exime de todo comentario.

            Ahora bien, cuando escuchamos lo que dicen estos "profesionales" de la política que aparecen en la prensa y en otros medios de comunicación -algunos, desde hace décadas-, y emiten juicios sobre temas de interés nacional, al punto reparamos que muchos de cuanto dicen no pasa de una simple apreciación "impresionista", y, por lo mismo, ajena a fundamentos teóricos.

            El hecho, aparentemente baladí, nos remite de todos modos a algunos males crónicos de nuestra vida nacional: el historicismo y el politicismo con sus secuencias de un falso sentido de lo que sean tradición y cultura.

            Helmut Seiffert nos recuerda con palabras sencillas acerca del historicismo, y dice: "La filosofía historicista de los siglos XIX y XX suplantó la "verdad sistemática" por la "verdad histórica". La verdad sistemática -dice Seiffert- es la que yo como hombre que filosofo aquí y ahora, he de considerar como "verdadero", partiendo lealmente de mi conciencia actual. Según esta norma, lo que dice un filósofo histórico -aunque se llame Kant o Hegel- puede ser falso y, por tanto, estar necesitado de corrección. La "verdad histórica", en cambio, es la que yo, a base de una interpretación hermenéutica de un texto, descubro como lo dicho y pensado por el filósofo histórico, con independencia de que personalmente lo tenga o no por verdadera bajo el aspecto sistemático. Según esta norma, lo que dice el filósofo histórico nunca puede ser falso; lo único que cabe es que yo lo interprete falsamente".

            Digamos por nuestra parte que el historicismo se arrebuja en una atmósfera de devoción y respeto hacia el pasado, sin cuestionarlo a la búsqueda de nuevos horizontes.

            Es un hecho por demás sabido que el pasado gravita en el presente. Pero, ¿qué ocurre cuando nos quedamos en esa herencia sin aportar nada nuestro? Obviamente, se impone el mundo viejo y, por lo mismo, las generaciones actuantes incurren en el calco. El horizonte mental vivido y asumido por nuestros antepasados es servilmente continuado, aunque sin el fervor que suscita descubrir mundos nuevos, al tiempo de poblarlos de ideas y valores.

            Ortega ha señalado repetidas veces que "vivir es faena en dos direcciones, una de las cuales consiste en recibir lo vivido -ideas, valores, instituciones, etc.-, por lo antecedente, la otra, dejar fluir la propia espontaneidad por lo que su actitud no puede ser lo mismo ante lo propio que ante lo recibido... Toda generación conformará su espíritu de la ecuación de estos dos modos: o se entrega a lo recibido, o es fiel a su voz íntima, a su imperativo vital".

            Por otra parte, suele ser creencia generalizada que todos estamos plenamente instalados en el presente por el hecho de vivir en una misma época. Y ocurre con más frecuencia de lo imaginado que "muchos somos coetáneos, pero no contemporáneos", como alguien señaló en feliz frase. El imperativo de contemporaneidad no se compadece con el historicismo ni con el politicismo. De ahí que cuando el concepto de política adquiere un sentido distorsionado, al punto de asumir un papel dominante, es porque olvidamos que se trata de un quehacer de escaso valor cuando de vida histórica se trata. Quehacer que es consecuencia de las demás actividades. Con otras palabras, la política es siempre un envolvente de problemas nacionales y no tarea específica, como muchos la pretenden.

            En la mayor parte de los casos, ¿qué otra cosa suele ser nuestro ademán político que el accionar de un individualismo excluyente y agresivo, ante la ausencia de un repertorio de ideas y valores?.

            Pero, ¿qué hacer cuando este procedimiento se ha tornado costumbre y prejuicio?

            Ortega recordó a los españoles de su tiempo la histórica misión de la que no debían rehuir. Nuestra generación -decía Ortega-, sino quiere quedar a espaldas de su propio destino, tiene que orientarse en los caminos generales de la ciencia que hoy se hace, en vez de fijarse en la política del presente, que es toda ella anacrónica y mera resonancia de una sensibilidad fenecida".

            Entre nosotros, la ciencia vive encerrada en la ideología, sin que se la ejercite en su real dimensión y pureza. Y esto porque, más allá de la producción masiva de profesionales, nuestra Universidad no ha asumido su función rectora de la vida cultural del país, cuyo signo más palpable es la vida intelectual creadora. Y este espacio en que debió ejercer su magisterio e influencia, es usufructuado por camarillas de logreros y charlatanes en función del politicismo.

            La vida humana postula la razón. Es tiempo de que en nuestro país empecemos a valorar las jerarquías del talento, unidas, naturalmente, a la dedicación y al estudio.

            En un mundo preñado de mutaciones, la vida no ha de ser arbitraria y confusa. Y, por lo mismo, sólo la educación y la ciencia pueden llevarnos a asumir nuestro destino histórico.

           




PARTE III


DOCENCIA Y PERIODISMO


           

I


            Si hubo una constante en la vida y en el pensamiento del Dr. Laureano Pelayo García, fue su confianza en la capacidad del hombre para conocerse y orientar racionalmente su vida, de modo a hacerla plena y coherente, de acuerdo a los grandes ideales de saber, justicia, amor y libertad.

            Al recordarlo hoy en el primer aniversario de su fallecimiento, quisiera -a modo de sencillo homenaje- subrayar algunas de sus ideas, que, aunque expuestas profusamente en periódicos y revistas especializadas, no han sido reunidas en el libro aún.

            Constituyen esas páginas una lúcida interpretación de muchos problemas de nuestro tiempo, y en especial late en ellas la realidad paraguaya, asumida desde un pensamiento grávido de ideas en que esplenden la claridad y el rigor.

            Solía reiterar en sus escritos y exposiciones la expresión socrática según la cual "hay que educar a los hombres para hacerlos mejores", al tiempo que recordaba que este pensamiento determinó la principal corriente pedagógica de Occidente. Pero a continuación insistía en que no siempre el pensamiento científico se ha entendido de este modo, por lo que una y otra vez se ha hecho recaer el acento en la técnica, en la voluntad de poder y dominación, antes que en esa faena de profundizar en sí. De este modo, en palabras de nuestro pensador: "Se ha llegado a canjear la dignidad del pensamiento por su efectividad", como consecuencia de una endeble reflexión sobre el hombre y su función social, su papel en la política, su destino en el mundo, y aún su anhelo de eternidad.

            La conciencia de esta claudicación del pensamiento lo indujo a trazar escritos y a hacer exposiciones acerca de las tremendas aporías en que se halla la razón, así en la ciencia, la ideología, la política, la moral.

            Para empezar, siempre protestó en contra de esa arraigada creencia de ver al hombre dedicado a la filosofía como un ser desdeñoso, supuestamente superior al habitar un "mundo celeste" frente al común de los mortales, prisioneros en la caverna de que habla Platón.

            Así se explica ese reiterado empeño en hacer un pulcro distingo entre la filosofía como vocación y estudio y la que surge imprescindible en la vida del hombre. "De lo primero, el hombre puede dispensarse -repetía-, y de hecho no lo realiza la inmensa mayoría de los hombres. Pero todo hombre, precisamente por ser hombre, no puede menos que elegir constantemente entre varias posibilidades, ejecutar unos actos y abstenerse de otros, tomar decisiones, asumir actitudes y, por lo mismo, ir haciendo la propia vida".

            En estas palabras de Pelayo García apreciamos esa meditación apasionada que nos recuerda a Pascal cuando habla de esa extraña miseria de quienes viven sin ninguna inquietud superior. Pascal vivió convencido de que toda existencia auténtica necesariamente se ocupa del destino superior del hombre. Y nos recuerda también a Bacherlard, cuando subraya que desde su origen más humilde la vida biológica es voluntad de progreso. Pero esa voluntad sólo se afirma en la espiritualidad.

            Más que aprender filosofía, lo decisivo es aprender a filosofar, solía repetir nuestro pensador. Porque lo que la filosofía enseña es a vivir con autenticidad. Es una profesión que requiere un continuo aprendizaje, y en laque todos hemos de ser profesionales. "El filósofo es profesor en tanto invita a profesar la vida".

            En el "Sofista", Platón nos habla de la ciencia primera que en su concepto era la dialéctica del ser y el conocer. Y afirma Platón: "Es la ciencia de los hombres libres". Puede decirse entonces que, desde que hay filosofía, ningún hombre ha de rehuir la responsabilidad de asumir su propia vida.

            Y si nada obliga al hombre a pensar acerca de sí, tampoco nada se lo impide. La renuncia a la libertad es también un acto libre. Pelayo García nos recordará que "la verdad filosófica sólo se entrega al que está comprometido en ella, al que la busca para hacerla suya; porque si no la busca, nadie la podrá dar de otra manera".

            Lo expuesto no resulta de una simple oposición entra la vida práctica y la vida teórica, sino de una oposición más fundamental: la que surge de la vida y la conducta real del hombre en toda su dimensión humana, y de la vida de los que se manejan con enciclopedias y diccionarios.

            Decíamos que una de las principales faenas del quehacer filosófico de Laureano Pelayo García fue señalar las aporías y contradicciones en las que se encuentra el pensamiento de nuestros días. De ahí que repitiera una y otra vez que "en el mundo del pensamiento y de la práctica actual ha desaparecido el centinela de la razón, que es la duda, y toda verdad individual se torna eficacia, casi fanatismo". Esta falta de reflexión de que habla nuestro pensador nos ha llevado a la pérdida del ejercicio de cuestionarnos a nosotros mismos. Y nos ha hecho olvidar que la razón es inteligencia insumisa, por cuanto tiene el coraje de teorizar cuando todos buscan solamente la acción; de discutir cuando la fuerza de los poderes exige acatamiento; de buscar claridad cuando todo en torno de nosotros resulta obscuridad y caos. Y, paradójicamente, de inquietarnos y contradecirnos cuando en nuestra existencia se han instalado la modorra y la paz de los sepulcros.

            La deshumanización de la razón y la cosificación del hombre se patentizan en el pensamiento trivial, en lo que todo el mundo dice; en lo que se dice sin haber pensado. Allí donde la mera frase ocupa el lugar del pensamiento por lo que éste no aclara ni declara la verdadera realidad de la condición humana.

            A su vez, aquel que está comprometido en la investigación de la verdad, como nos lo recuerda Gabriel Marcel, participa de cierta comunidad ideal. Se convierte en miembro de una ciudad que no está edificada sobre piedra porque es el espíritu el que cimienta. Traiciona a esta ciudad aquel que reniega por interés o por temor de las conclusiones a que ha llegado quien sirve lealmente a la verdad. Aunque la idea de esta ciudad sólo indica una especie de alto o, si se quiere, de etapa en un arduo camino que debe conducirnos mucho más lejos.

            La ciudad ideal, tal como la vislumbra el filósofo, deriva de esta luz que es la verdad.

            Estas reflexiones hacían que Pelayo García insistiera una y otra vez en la necesidad de filosofar. Y bien sabía y lo decía que la filosofía no puede ser enseñada simplemente, porque antes requiere la vocación esencial de ser hombre que no se hereda ni se aprende, ni tampoco puede ungirse. En definitiva, es siempre una conquista.

            Mucho podríamos hablar de las inquietudes e ideas que perfilaron el magisterio del Dr. Laureano Pelayo García.

            Su hermoso libro "Filosofía y Cultura", si bien destinado a ser un texto para quienes se inician en las disciplinas del saber filosófico, es uno de esos libros que tienen el encanto de la palabra hablada. Antes que un libro, nos sitúa ante un hombre que nos habla y nos invita a caminar "en compañía de Platón y Aristóteles hacia el luminoso horizonte de la sabiduría".

            En este libro se nos retrata, como en muchos otros de sus escritos, su genio agudo y perspicaz. Su palabra fluida y vigorosa a un tiempo. Era Pelayo García expositor admirable y dueño de una sólida cultura, al tiempo de poseer un fino sentido de percepción para las artes.

            En ese libro podemos leer páginas luminosas que nos recuerdan a los grandes humanistas de todos los tiempos.

            Así, cuando nos dice que el hombre lleva una vida superior que es la del espíritu. Y que si esa vida no crece, irremediablemente muere. Y esto porque el espíritu sólo vive en permanente tensión. O cuando nos habla de que la libertad no consiste sólo en quitar las cadenas que caen, sino que es la recuperación de la posibilidad para lograr una plenitud de crecimiento como persona humana.

            Hay páginas en que nos habla de los valores culturales y en las que subraya que no cualquier creación del hombre alcanza esta categoría. "Cuando yo -nos dice su autor- reiteradamente miro el cuadro de la Gioconda o escucho la Quinta Sinfonía de Beethoven, una y otra vez admiro su plenitud y no termino de sacarles significados; digo: "Aquí hay esencia humana". La cultura, pues, no es divertimento ni creación caprichosa del hombre. Es una posición última ante la vida, es una concepción de la vida misma..."

            Hermoso libro es éste que Laureano Pelayo García deja como un legado de pensamiento y cultura a las jóvenes generaciones paraguayas.

            Vuelvo a leer lo escrito hasta aquí, y caigo en la cuenta de que he hablado casi exclusivamente del pensador, del profesor, del escritor que fue Pelayo García. Creo oportuno decir unas palabras acerca del hombre que supo regalarnos otros dones, como su amistad hecha de camaradería, de benevolencia, de alegría y sencillez. No lo sedujeron el poder, los honores ni el dinero, porque se sabía dueño de un señorío que da la cultura. Cultivó con acendrada pasión el saber, la amistad y el amor a la belleza. Como filósofo y artista conservó intacta su capacidad de asombro, y como ciudadano, su altivez sin dobleces, con un sentido intransigente de justicia.

            En este primer aniversario de su nacimiento real y definitivo lo recordamos con afecto y gratitud, al tiempo que contemplamos en su obra un legado permanente a la cultura paraguaya.


            1992





II


            De los muchos libros editados en nuestro país, creemos que son pocos los que resisten una segunda lectura. Al desaliño de la prosa y a la orfandad de ideas acompañan inevitablemente lo anecdótico contingente y caedizo. Uno de esos libros cuya lectura se repite con renovado interés y emoción es: "Paraguayos de otros tiempos" de Arturo Alsina.

            Desde hace años vive Don Arturo en fecunda y altiva soledad. Lejano ya los días esperanzosos de su mocedad, traza su obra con madejas de recuerdos. Poco o nada le inspiran estos tiempos prosaicos en que pareciera haberse evadido de nuestros corazones supremo anhelo de sobre vida. Recurre Don Arturo a sus recuerdos, a la búsqueda de una cierta época de vida colectiva cimentada en vigencias de pensamiento con pulcro sentido de los valores.

            Alsina quiere recordar no precisamente a hombres cuyos nombres han quedado en las páginas de nuestra historia por causas diversas, sin fundamentalmente, a aquellos que han influido de un modo decisivo en el desenvolvimiento espiritual de nuestro pueblo.

            Más allá de acaeceres políticos que encumbran en todo tiempo a medianías de efímera vigencia, el autor busca cualidades humanas que en las letras, las ciencias y las artes, patentizaron un saber auténtico y un estilo de vida presididos por el decoro y el señorío.

            Hombres dedicados a sus tareas con rigor y perspicacia y, por lo mismo rebeldes a la uniformidad y el estereotipo para alzarse hasta una vocación como apropiación personal de un oficio.

            Cuánta emoción nos deparan estas páginas dedicadas al recuerdo!

            Alsina traza con mano maestra el perfil de sus personajes dentro de una atmósfera de espiritualidad que dimana de sus propias vidas.

            Para dar mayor vigor a sus relatos, los salpica de anécdotas sorprendiéndolos en su espontaneidad más propia.

            En esas páginas, todo resulta ejemplar y cimero. Desde la prosa del autor; prosa conversacional con sus imágenes y ritmos y su tono intimista de quien siente la presencia próxima del lector. Hay en ellas por sobre todas las cosas, una lección de ética ciudadana. Una categoría de vida y pensamiento que ansía expandirse con la fuerza de una palingenesia que nos redima de vicios y mezquindades nacidos de un progreso mal entendido y peor utilizado. El progreso de una sociedad de consumo que vive alienada ante la ausencia de toda idea acerca de la finalidad del destino humano.

            En aquellos tiempos que evoca Alsina, innecesario hubiera sido decirlo lo que hoy es cosa rara: el diálogo a través de frecuentes y sostenidas tertulias. En ellas, -fácil es advertirlo-, el diálogo transparentaba a los espíritus y asumía caracteres de conducta ciudadana.

            Hoy por hoy, el achabacanamiento de quienes sólo responden al instinto gregario han sustituido aquéllas tertulias por meras reuniones. Y a diferencia de aquellas, no se perciben en estas, comunión de almas. Aquí, sin proponérselo explicitar teóricamente, el autor trata el problema: individuo-persona. Distingo que con su ejemplaridad de maestro y pensador lo hiciera en memorables trabajos Francisco Romero. Nos recordaba el filósofo argentino que el horizonte del individuo está dibujado por la serie de sus apetencias e intereses subjetivos, en tanto que el horizonte de la persona lo constituye un orden estable de instancias objetivas. "Individuo-persona", -nos dice Romero-, encarnan la ambigua condición humana. El individuo lo subordina todo a sus intereses; ve el mundo como un ámbito que ha de colonizar en su propio beneficio. La persona otorga dignidad a cada parcela del mundo; cada cosa le interesa por lo que ella es en sí, y reconoce los valores en cuanto instancias absolutas.

            Volviendo a nuestra realidad nacional, qué otra cosa sino un desaforado individualismo caracteriza la presente hora de la vida paraguaya con sus inequívocos síntomas de chabacanería.

            Sí, Alsina escribe desde su más entrañable intimidad y nos hace transmigrar a su propio mundo, porque cuanto lo que dice no es obra de un filósofo o de un ideólogo, sino de un poeta. Poeta de la prosa, una de las más bellas de nuestra literatura.

            Raúl Amaral en su espléndido prólogo al libro nos recuerda, entre otras cosas; "El autor anuda en páginas decreciente emotividad, el perfil de amigos entrañables a relatos de evidente matiz literario, pero en los cuales asoma, por sobre la fantasía, cierta intensión de realismo... Puede afirmarse que estas páginas sirven para ofrecer el testimonio de toda un época en obra y espíritu, pasión y conducta..."

            ¿Quienes son esos amigos entrañables que recuerda Alsina? Pintores como Samudio, Alborno, Holdenjara, Héctor Blas Ruíz y el dibujante Sorazábal. Maestros y autores de nuestro teatro como Roque Centurión Miranda y Julio Correa; el violinista y compositor Alfredo Kamprad; científicos como Pedro Bruno Guggiari, Gustavo Crovato, José Esculies y aquel espíritu pleno de "bondades evangélicas" que se dedicó a expandir desde su librería "La Mundial" un ideal superior de cultura, como lo fue José María Duarte.

            Únese a estos nombres una evocación de Villarrica y con ella algunos de sus hijos más ilustres. Comienza el libro con una reseña de la cultura paraguaya y concluye con una elegía postrera a "Mara", madre del autor.

            Hemos dicho que Arturo Alsina al evocar estos nombres nos ha dado sin proponérselo, una lección de ética ciudadana. Y es que, la literatura en sus más levantados momentos ha sido siempre, expresión de la sensibilidad de un pueblo. Cuando quien escribe no nos viene precisamente con las banalidades que escuchamos todos los días, sino por el contrario, tiene palabras de auténtica sustancia humana, nos recuerda de algún modo, nuestra dignidad de hombres, soterrada inevitablemente en las trivialidades de lo cotidiano, pero nunca acallada. Y esta capacidad de superar lo contingente para alzarse hasta una categoría pensamiento, es lo que suscita nuestro fervor hacia su obra. Poeta, hemos dicho de Alsina. Esto es, testigo de su tiempo. Un tiempo que es de ayer y de hoy. De ayer por la excelencia de sus caracteres; de hoy, por la ausencia y la nostalgia.

            Mientras leo estas páginas, gusto imaginarme a Don Arturo como un Platón guaraní a orillas de algún Cefiso rumoroso que da música a sus diálogos con las perennes sombras; con los hombres que han sido y serán siempre. Después de todo, ¿no enseñó Platón que todo conocimiento es "reminiscencia", recuerdo de un mundo en que viven las ideas eternas?

            Arturo Alsina traza su libro con madejas de recuerdos. La palabra parece fijarse en la escritura con vehemente voluntad de comunicación y por lo mismo, con ansias de henchir de plenitud, la vida.


            Asunción, 1984 - 21 de Enero







III


            He vuelto a leer en estos días periódicos de hace algunos años que los he guardado por el interés que suscitó en mí uno que otro escrito aparecido en sus páginas. Fue así como me encontré con un trabajo cuya autoría es de Eduardo Torreani Cuevas, distinguido intelectual paraguayo, de densa cultura filosófica adquirida en universidades de Alemania y cuya prematura muerte dejó trunca una obra en la que se perfila su talante de pensador. Obra en la que se conjugan erudición y fino espíritu crítico, al tiempo de percibirse en ella el asiduo trato con los pensadores griegos, los "racionalistas" del siglo XVII y la lectura una y otra vez hincada en el "criticismo" de Kant, a la que se aúna la propia experiencia proyectada a perspectivas siempre más amplias, a conceptos más densos, conforme la vida evoluciona; un Kant redimensionado, tal como en nuestros días nos depara la lección de Jaspers, Karl Popper, Bertrand Russell, Heidegger, entre otros.

            "Crítica y progreso social" denominó a este escrito Torreani Cuevas. Escrito que tiene como tema una visión de la realidad paraguaya, en la que predomina la ideología autoritaria, y a la que nuestro escritor somete a una crítica, no sin antes establecer el objeto y el valor de ésta.

            "El progreso material lo deseamos y lo necesitamos -dice Torreani Cuevas-; pero creo también que todos estamos de acuerdo en que éste debe estar acompañado de un progreso social paralelo. No queremos una sociedad altamente tecnificada; y, sin embargo, inhumana. Queremos una sociedad que ofrezca un mínimo de bienestar y mejores condiciones de sociabilidad y de convivencia para todos".

            Líneas adelante, tras presuponer que estamos de acuerdo con los fines del "progreso social"; cree llegado el momento de hacer la pregunta acerca de los medios para alcanzarlo. "Para mí -nos dice Torreani- hay sólo dos medios: diálogo y crítica". Y tras aludir a escritos suyos acerca de la necesidad del diálogo y su importancia en nuestro país, expone algunas consideraciones sobre la crítica. Transcribo algunos pasajes de su exposición, para luego comentarlos.

            "Podemos caracterizar a la crítica -dice Torreani Cuevas- de un modo negativo: sin crítica nada podemos mejorar, nada puede cambiar. Podemos decir lo mismo de un modo positivo: la crítica es el instrumento más eficaz para que se produzcan cambios. Aplicando la crítica allí donde las estructuras sociales se han anquilosado, la obligamos a moverse, y con el movimiento les devolvemos la vida".

            Torreani busca precisar aún más el concepto, y agrega: "Se suele decir: "Crítica sí, pero positiva, o constructiva". Eso es un disparate. Una tal afirmación traiciona la ignorancia -y las malas intenciones- de quienes la emiten. La crítica es por naturaleza negativa, destructiva. Consiste en la desarticulación de lo que se critica, pues ¿cómo sabremos lo que se esconde detrás del objeto criticado si no lo disecamos previamente? El anatomista no hace otra cosa, y lo mismo el químico y el sociólogo. Quienes hablan de crítica positiva o constructiva, en realidad lo que quieren es evitar la crítica. Le tienen miedo. Es más o menos como aquello de "libertad de prensa sí, pero dentro de ciertos límites" o "Democracia sí, pero según la entendemos nosotros".

            El fin de la crítica es buscar y poner al descubierto lo que se esconde detrás de las apariencias, y en esto se asimila a los propósitos y métodos de la ciencia".

            Torreani es consciente además de que no sólo se hace crítica en función de las ciencias o de las ideas, sino que es necesario extenderla a los hombres y a las instituciones, por mucho que ello pudiera originar malentendidos. "Yo creo que la crítica no debe detenerse ante nada", afirma nuestro escritor, pero hace un distingo en su ejercicio cuando se la va a ejercer, al menos, a las acciones que, de un modo u otro, repercuten en la sociedad.

            Nuestro escritor, como reverdeciendo laureles del "siglo de las luces", cuando la crítica tenía gran prestigio, otorga a ella plena vigencia y, por lo mismo, niega que existan ideas, personas, instituciones que están más allá del error y de la falsedad, y que no puedan ser objeto de la crítica. Por eso afirma: "Quienes se amparan y medran a la sombra de ciertas instituciones y partidos políticos, naturalmente van a responder: "El Partido oficialista no puede ser criticado" o "El Estado es sagrado" o "La Constitución es sacrosanta...".

            Torreani concluye: "Todos los hombres y todas las obras de los hombres deben ser objeto de crítica. Sólo así se puede garantizar que las instituciones mejoren y progresen en el sentido de "progreso" expuesto anteriormente: mejores relaciones humanas y mejor convivencia política.

            Tras esta exposición acerca de lo que se han de entender por crítica y su función, Torreani Cuevas hace un agudo análisis de algunas instituciones y su desenvolvimiento en la vida paraguaya.

            Hace una crítica por momentos áspera a algunas estructuras siempre intangibles de nuestra sociedad. Su gesto tiene mucho de Quijote por su nobleza y su intención de redimir a su pueblo de tabúes y prejuicios. Arremete contra una tradición autoritaria varias veces centenaria en la vida paraguaya. Porque, ¿qué otra cosa sino autoritarismo ha sido el ejercicio del poder en nuestro pueblo en muchos y grandes trechos de nuestra historia? Y nada ha sido más ajeno a su modo de producirse que aceptar "el libre examen de las ideas y de los hechos". Lo han impedido la intolerancia y la fuerza.

            Si fuéramos a preguntarnos por el modo como han procedido los autoritarismos en nuestro país, notaremos el afán de perpetuar procedimientos e instituciones de la época de la Colonia. Y para sostener este aparato arcaico se han esforzado sus gobiernos en darle una fachada de liberalismo y hasta de democracia. Otro de sus medios para la consolidación en el poder ha consistido en adular a las masas con discursos y eslóganes "nacionalistas", inspirados en gestas heroicas del pueblo paraguayo, cuya reivindicación del olvido, desde ese momento supuestamente, cobra vigencia. Y es que en el Paraguay siempre estamos empezándolo todo, con irresistible vocación adánica.

            Por lo general no nos vamos a ninguna parte al menos cuando se trata de reivindicaciones populares. Por eso, no nos deben extrañar esas apologías vacías de sentido aunque expuestas en ampulosas fraseologías.

            De un modo evidente no se busca la dignificación del ciudadano a través de las ideas. Sólo se quieren y exigen adhesiones nacidas del instinto, en constante regresión a módulos arcaicos de conducta ciudadana. Así se explica el rechazo a todo diálogo que pretenda ser diferente al discurso político entronizado. El caso es que la crítica presupone hombres libres, cuyo primer gesto se traduce en el respeto a la propia dignidad y a la ajena. La crítica nos remite a valores como la libertad, la norma, el derecho, y, por lo mismo, se afinca en el continuo ejercicio de la razón.

            A estas reflexiones me ha llevado la lectura del trabajo de Eduardo Torreani Cuevas. Y he pensado también en la necesidad de que alguna vez sean puestos en un libro sus muchos escritos dispersos en diarios y revistas culturales, así como sus conferencias sobre Lessing, Kant, Heidegger y otros filósofos paradigmáticos.

            Eduardo Torreani Cuevas vivió sus ideales de pensador, de hombre de cátedra, en esa siembra generosa de ideas y saberes en la mente y en el espíritu de quienes fueron sus discípulos y amigos.


            Sean estas líneas un recordatorio a su nombre y magisterio, hecho de saber, de lúcida conciencia crítica y de generosa entrega a ideales de cultura.


            1987



IV


            El cincuentenario de la muerte del Dr. Cecilio Báez, como todo aniversario de un hombre ilustre, nos convoca a hacer un examen de ideas y calidades de vida en que cimentó toda una generación -la del "novecientos"- la empresa de forjar una patria, después de aquella devastadora guerra contra la Triple Alianza.

            El Dr. Báez, desde la cátedra y la prensa -prensa que convirtió también en cátedra -, orientó a su pueblo en la práctica de un genuino civismo, de modo a hacer de la política la instancia que tienen los ciudadanos para discutir, analizar y hallar soluciones a los problemas que la sociedad, como realidad colectiva, experimenta en su devenir histórico.

            Abominando de seculares tiranías, propugnó por una palingenesia a través del estudio, la instrucción y el libre examen de las ideas.

            Polígrafo fecundísimo, su labor se expande a campos diversos del saber, como la historia, el derecho y la filosofía.

            Báez introduce el estudio de la sociología en nuestro país. Su pensamiento, siempre grávidos de ideas y doctrinas, tiene una coherencia, propia del pensador de estirpe por mucho que anclara en el positivismo de Comte, de Stuart Mill y de Spencer, con aditamentos del "Krausismo" español.

            Su admiración por Francisco Bacón le inspiró la tarea de desmontar "ídolos". Esto es, las falsas nociones que se han apoderado del entendimiento, arraigando con fuerza en los espíritus, por lo que se hace difícil el acceso a la verdad. Recordará con Bacón que el entendimiento humano no es luz pura, sino que padece la influencia de la voluntad y de los sentimientos "El entendimiento rechaza lo difícil, porque le falta paciencia para investigar". La tradición y las creencias necesitan a cada paso ser analizadas y cuestionadas. El entendimiento ha de ser expurgado de todo prejuicio.

            Consecuentemente con estos principios, Báez dirá: "La verdad debe decirse a toda costa, porque sólo la verdad es edificante".

            Sin embargo, no faltan los falsos patriotas que enseñan que no debemos decir la verdad contra el crédito del propio país".

            También: "¿Qué hay de malo en decir que el despotismo ha embrutecido al pueblo paraguayo, anulando su sentimiento político?".

            Una mirada atenta a nuestro pasado le lleva a decir: "Las historia Paraguaya es la historia de la tiranía... En 1870, el Paraguay, casi aniquilado, con doscientos cincuenta mil habitantes, se dio una Constitución liberal por la cual se rige.

            Más, como el pueblo es ineducado y no reconoce las prácticas y las costumbres democráticas, las instituciones libres no pueden progresar en el Paraguay. Los gobernantes se suceden, con poca diferencia, como los antiguos dictadores, por juros de heredad, no por la voluntad del pueblo" ("La tiranía en el Paraguay").

            Luego de una extensa exposición de estos problemas que atañen a nuestro civismo, explica el porqué de su prédica:

            "A despertar y entonar el espíritu público responden estos escritos; porque el espíritu público paraguayo es todavía preso del sueño letárgico del despotismo".

            En lo filosófico Báez se declara "spenceriano hasta la médula", por lo que podía afirmar que nada sabemos más allá de la experiencia, de la realidad en esa corriente de evolución que brota del mundo.

            Así se explica su fe en la ciencia y en su validez absoluta para explicar las estructuras de la realidad de un modo matemático y mecanicista. En un país sin tradición filosófica, Báez no fue una excepción en esa falta de una puesta al día en las ideas de su tiempo. Esto si se tiene en cuenta que en la década de los años treinta -los años postreros de Báez- muy otra era la filosofía vigente, alejada del positivismo, con figuras como Bergson, Husserl, Scheler, Brentano.

            Lector insaciable, Báez frecuentaba a los clásicos españoles como también a los franceses y de igual modo a pensadores ingleses y alemanes, a quienes los leía en sus respectivos idiomas.

            El Dr. Báez fue uno de esos hombres cuyo prestigio estuvo sustentado en el talento y la honorabilidad, puestos de manifiesto en su vida ciudadana y socialmente reconocidos. Nada fue más ajeno a él que la impostura hoy tan al uso, según la cual se dice una cosa y se hace otra, en una mascarada trágica en que naufraga la dignidad del hombre.

            A cincuenta años de su muerte, sus juicios históricos se nos aparecen excesivamente categóricos; por lo que resulta difícil compartirlos.

            Pero ¡qué ejemplo el suyo, en ese constante bregar por las ideas, en ese público y libre examen de las ideas y los hechos. El Dr. Báez fue uno de los últimos representantes en nuestro país del intelectual que actúa en el proceso nacional como portador de valores científicos y culturales, en un compromiso constante con la verdad y la causa del hombre.


            VI - 1991



V


            Es costumbre en nuestro país, escuchar y repetir anécdotas acerca de hombres ilustres, aunque poco o nada se conozca de sus vidas y de sus obras. Queda así reducido el hombre a simple comentario de cafetín o de tertulias amicales; comentarios en que casi siempre predomina lo caricaturesco que pudiera tener un personaje histórico. Pero, del hombre poco o nada nos interesa. Esto se hizo patente cuando el cincuentenario de la muerte del Dr. Cecilio Báez en 1991.

            Unas pocas líneas recordatorias, algún trabajo interesante como el de don Raúl Amaral -siempre preciso en datos, siempre ecuánime en sus juicios, todo ello avalado por su gran conocimiento de nuestra historia y de sus hombres-, contrastaron con parcos recordatorios para quien fuera Rector vitalicio de la Universidad Nacional y fundador de una de las asociaciones políticas de más ilustre tradición en nuestro país.

            En aquella ocasión, recordamos entre, otras, que el Dr. Báez desde la cátedra y la prensa -prensa que convirtió también en cátedra- orientó a su pueblo en la práctica de un genuino civismo, con miras a hacer de la política la instancia que tienen los ciudadanos para discutir, analizar y hallar soluciones a los problemas que la sociedad, como realidad colectiva, experimentan su devenir histórico.

            Abominando de seculares tiranías, propugnó por una palingenesia de su pueblo a través de la instrucción, el estudio y el libre examen de las ideas. Polígrafo fecundísimo, su labor se expandió a campos diversos del saber, como la historia, el derecho, la sociología y la filosofía. Báez inaugura en nuestro país el estudio de la sociología. Su pensamiento, siempre grávido de ideas, nos revela al intelectual de estirpe, por mucho que anclara en el "positivismo" de Spencer, en el "darwinismo social" y uno que otro aditamento de "Krausismo" español.

            La reciente reedición de su libro "La Tiranía en el Paraguay" (Ed.: Ñandutí Vive e Intercontinental) nos restituye uno de sus libros más polémicos, así por el tema como por la pasión puestas en él.

            Éste libro señala un momento diferente en la apreciación que hasta entonces el Dr. Báez tenía de la historia patria, al menos si fuéramos a compararla con aquella en que asume la defensa de la denominada "Causa Nacional" y en la que se discuten motivos y razones de la Guerra contra la Triple Alianza, en los que Paraguay no parece tener otra historia que la que "escribieron y contaron sus vencedores", al decir de Alberdi.

            Pero no, le pidamos al Dr. Báez que sacrifique la sinceridad a la consecuencia; su sentido ético y su probidad intelectual le llevaron siempre a buscar la verdad por sobre todas las cosas y explican esas contradicciones en su vida. Y en ellas también hemos de apreciar una ejemplar lección de civismo. Fiel a estos principios, Báez dirá: "La verdad debe decirse a toda costa, porque sólo la verdad es edificante. Sin embargo, no faltan los falsos patriotas que enseñan que no debemos decir la verdad contra el crédito del propio país". Y en otro párrafo enfatiza su convicción: "¿Qué hay de malo en decir que el despotismo ha embrutecido al pueblo paraguayo, anulando su sentimiento político? "Una mirada atenta a nuestro pasado le lleva a afirmar: "La historia del Paraguay es la historia de la tiranía..." "En 1870, el Paraguay casi aniquilado, con dos doscientos mil habitantes, sé dio una Constitución liberal por la cual se rige. Más, como el pueblo es ineducado y no reconoce las prácticas y costumbres democráticas, las instituciones libres no pueden progresar en el Paraguay. Los gobernantes se suceden, con poca diferencia, como los antiguos dictadores, por juros de heredad, no por voluntad del pueblo". ("La Tiranía en el Paraguay").

            Báez, al emprender esta campaña de "revisionismo histórico", arguye que si algo en verdad le impulsa a ello es el afán de "despertar y entona` el espíritu público, ya que el mismo es todavía preso del sueño letárgico del despotismo".

            Se ha dicho que el "positivismo" filosófico explica esa falta de fe y confianza del intelectual hacia las virtudes del pueblo. En este sentido suelen recordarse las posturas de un Alcaides Arguedas en Bolivia o un Francisco Encina en Chile.

            Es probable, sin embargo, que no se trate de un simple despectivismo ideológico, sino que tal convicción sea resultado de observar cómo los déspotas de nuestros pueblos han sido proclives a entronizar la ignorancia, la superstición y la injusticia. Bolívar, en su histórico discurso ante el Congreso de Angostura en 1819, decía entre otras cosas: "Por el engaño se nos ha dominado más que por la fuerza; y por el vicio se nos ha degradado más que por la superstición. Un pueblo ignorante es un instrumento ciego de su propia destrucción; la ambición y la intriga abusan de la credulidad y de la inexperiencia de hombres ajenos a todo conocimiento político, económico o civil; adoptan como realidades las que son puras ilusiones; toman la licencia por la libertad, la traición por el patriotismo, la venganza por la justicia ...".

            ¿No resuenan en los escritos de Báez estas mismas ideas? El libro que comentamos acaso tenga un valor relativo en cuanto a las figuras históricas que en él se discuten. Los juicios históricos del autor, a la distancia del tiempo, se nos aparecen excesivamente radicales, concluyentes. Pero, ¡qué ejemplo el suyo! en ese constante bregar por las ideas, en ese público y libre examen de las ideas y los hechos.

            Digamos -con deliberado afán de rebasar la anécdota- que el Dr. Báez fue uno de los últimos representantes en nuestro país del intelectual que actúa en el proceso nacional como portador de valores científicos y culturales, en un compromiso con la verdad y la causa del hombre.


            VII-1991






IV PARTE


LA PASIÓN DE PENSAR



I


            Asomarse a una página de Julián Marías es siempre una excitante aventura, por todo lo que nos ofrece en saberes y afanes, al tiempo de sentir en ella el latido esencial de un espíritu empeñado en arrancar a la realidad algún destello mediante ese instrumento propio del hombre que es la razón.

            Esas páginas en que se patentiza su vocación de filósofo, están por lo general sembradas de interrogantes. Pero, además, se percibe en ellas una rica sensibilidad transparentada en una prosa intensa y vital, capaz de hacernos transmigrar al alma de una poeta, así se llame Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Luis Rosales. Prosa alta y señera como para suscitar en el lector aquella "angustia de sobrevida" que atenazó la existencia toda de Miguel de Unamuno. Prosa rigurosa, ascética y sutil como para invitarnos a un diálogo sobre la "razón vital" de Ortega; diáfana siempre, en ese menester que ha sido y es afán permanente de Marías: la docencia.

            Desde su juventud Marías ha incursionado con admirable empeño en la docencia y en la publicación de libros fundamentales acerca de españoles ilustres. Su Historia de la Filosofía ha conocido sucesivas ediciones por su didactismo y su lúcida exposición de las principales corrientes del pensamiento filosófico, fruto de un estudio serio y sostenido en base, además, a una profusa bibliografía de autores de lenguas diversas, hecho que no constituye dato ocioso. Baste recordar en este respecto a Pedro Laín Entralgo y su interesantísimo estudio sobre el tema, en que nos dice que una lengua es mucho más que un instrumento para el intercambio de ideas, experiencias y deseos, porque es, ante todo, un hábito de la entera existencia del hombre, una sutil impronta que nutre y conforma la mente y la vida de quien como suya la habla. Marías ha leído a los grandes filósofos en sus respectivos idiomas, los ha repensado, los ha traducido.

            Creo oportuno, al memorar hoy sus ochenta años, insistir en aquellos años de su juventud en medio de un proceso de cambios de estructuras de convivencia en la vida española, en particular de convivencia intelectual. Hecho que se caracteriza por una crítica, no siempre en el sentido prístino del término -análisis, estudio-, sino más bien de mordacidad, de ataques, de sátiras y diatribas, localizables entre los primeros años del novecientos y finales del treinta. Al hecho no se sustraen representantes del pensamiento español. Ejemplo de ello es la desavenencia entre el entonces veinteañero Ortega y Gasset, por una parte, y, por la otra, Miguel de Unamuno.

            En el prólogo de su libro Mocedades Ortega escribe: "Al dar este tomo a la imprenta me ha parecido que me despedía de mi mocedad; toda mi juventud se ha adelantado turbulenta en mi memoria, como legionarios de Roma en el día de su licenciamiento". Y en otro párrafo dice: "Mi mocedad no ha sido mía ha sido de mi raza. Mi juventud se ha quemado entera como la retama mosaica, al borde del camino que España lleva por la historia..."

            Ortega en ese libro -y en otros posteriores- no puede menos que juzgar el problema español como cuestión de cultura. Frente a la vaguedad y al irracionalismo imperantes, propugna precisión y sistema. A la creencia en la espontaneidad opone el riguroso aprendizaje como exigen el saber y la cultura. En Mocedades reúne Ortega una serie de "ensayos" diferentes en temas, aunque congruentes en intenciones. En uno de ellos dice: "Chabacanería es la realidad española de la hora presente. Un síntoma extremo de achabacanamiento puede descubrirse en el afán de sinceridad que ahora sentimos todos, una moda a cuyo éxito no ha contribuido poco don Miguel de Unamuno, morabito máximo que entre las piedras reverberantes de Salamanca inicia a una tórrida juventud en el energumenismo. La sinceridad, según parece, consiste en el deber de decir lo que cada cual piense; en huir de todo convencionalismo, llámese lógica, ética, estética o buena crianza". Y líneas adelante expone: "Lo sincero, lo espontáneo en el hombre es, sin disputa, el gorila. Lo demás, lo que trasciende del gorila y le supera, es lo reflexivo. El romanticismo, el anarquismo, el energumenismo acaso no sean más que ensayos para justificar la debilidad del hombre en la pugna con su orangután interior".

            La cita un tanto extensa de este texto, hoy por hoy, poco   conocido de este primer libro de Ortega, nos da idea de la relación intelectual -como distinta a la personal- entre Unamuno y Ortega.

            Por entonces, Unamuno con sus cuarenta y cinco años tiene publicados libros espléndidos como: Vida de Don Quijote y Sancho, En torno al casticismo, Amor y pedagogía, Paz en la guerra.

            Unamuno es hombre de ideas y de los más fecundos en la España de su tiempo. Sin embargo, trata a las ideas más como estímulos, como excitantes, sin llegar sino en contadas ocasiones a unidades congruentes de pensamiento. Pero, cómo ignorar su fuego espiritual, capaz de contagiar a otros espíritus en esa "única cuestión" -el ansia de sobrevida- que fue substancia de su vida y pensamiento. Cuando hoy leemos a Unamuno, sorprende la perspicacia que tuvo para ver cosas y hechos fundamentales, entre otros, el problema de la muerte o de la "sobrevida" -como él lo llamaba-, tan soslayado por la vulgaridad imperante en aquellos hombres de estrecho positivismo que pululaban en su entorno. Unamuno pensó con hondura e intensidad problemas filosóficos, y lo hizo a través de géneros literarios como el "ensayo" la "novela", el "teatro", la "poesía". Y sintió a España con el "sentimiento trágico" de la vida, como sólo puede sentirlo un gran poeta y pensador.

            Estas dos actitudes intelectuales -la de Unamuno como la de Ortega -las apreció Marías como riqueza espiritual de su pueblo. Unamuno como fuerza incitante, orientadora y perturbadora a un tiempo, que a igual que un tábano -según la expresión socrática- estimulaba a decidir por cuenta propia, a chocar contra prejuicios, a rebelarse contra las imposiciones de una sociedad encallada en un marasmo espiritual.

            A su vez, Ortega propone la necesidad de un trabajo sistemático y riguroso en el estudió de las ideas, al tiempo de insistir en que la ciencia no puede explicarse sin el apoyo de la filosofía. De ahí su actitud Crítica, racional, a una sociedad asentada en la creencia de la espontaneidad y la intuición.

            Al contemplar aquel pasado y, ya con el sosiego que dar; los años como para apreciar con ecuanimidad los hechos, Marías, refiriéndose a estos dos grandes españoles a quienes dedicó espléndidos libros, dirá: "Quiera Dios que esta misma fuerza siga vinculando otros hombres a esta incipiente, arisca, disconforme, rebelde dinastía de teoría española, unida en la radical concordia de la autenticidad y la verdad".

            Al detenerme, acaso morosamente, en esos años de mocedad decisivos vocacionalmente y fecundos en realizaciones de Marías, lo he hecho convencido de que en ellos está columbrado todo cuanto luego habría de realizar señeramente nuestro filósofo y pensador.

            Su Introducción a la Filosofía es probablemente uno de los libros más notables de su producción. En él expone sistemáticamente temas fundamentales de filosofía a la luz de la "razón vital", hecho qué se explica si se tiene en cuenta que Marías ha desarrollado muchos temas sólo esbozados por Ortega en escritos dispersos. Esta obra tiene además el mérito de la originalidad, tanto en su enfoque como en el despliegue de un pensamiento que es el de Marías. En él podemos apreciar el modo como surgen los problemas filosóficos, al punto de llegar a imponerse como temas de meditación con todo el dramatismo que supone la vida humana en su situación preñada de problemas. Y unido a todo esto hay contribuciones personales, v.g. la denominada Estructura empírica de la vida humana, en que la filosofía se nos aparece como saber radical, sistemático y circunstancial.

            Julián Marías, nacido en Valladolid en 1914, ha escrito con ejemplaridad admirables textos y trabajos de filosofía. Pero ha escrito igualmente páginas dignas de antologías, en que estudia obras de poetas, pintores, novelistas. "La Literatura -nos dice Marías- es condición inexcusable de la imagen del mundo, de la posesión mental de éste, su ausencia conduce, por muchos conocimientos particulares o técnicos que se acumulen, a una forma de primitivismo". Dicho de otro modo, cree Marías que la especialización sólo es fecunda cuando se asienta sobre un amplio terreno de saberes y experiencias. Y ésta es la lección que ha venido dando desde años este español ilustre que hoy conmemora sus ochenta años.


            4-VI-1994



II


            A cuarenta años de la muerte de Ortega y Gasset apreciamos la vigencia de sus ideas, la lozanía de su obra, patentizadas en esa influencia que se ha ido expandiendo a pueblos de lengua castellana y de otras lenguas. Al recordarlo, hoy y aquí, no es nuestro propósito hablar, en rigor, acerca de su filosofía, ya que incurriríamos forzosamente en un esquematismo por demás repetido en manuales de historia de la filosofía al uso, si se tiene en cuenta la limitada extensión de este escrito. Empero, no hemos resistido a la tentación de ocuparnos de un tópico en el que acaso no se haya reparado suficientemente. Tal su labor docente, su interés por la juventud, aun antes de dar inicio a su magisterio de que hablan con elocuencia sus primeros escritos.

            Llevan ellos un signo, un afán de reforma de la inteligencia en la vida de su pueblo, aplicables a pueblos de lengua y cultura similares. Por lo general, cuando se habla de los años de juventud y formación de Ortega, se incurre en el lugar común de citar sus estudios de Marburgo bajo el magisterio de Hermann Cohen y la tradición de neokantismo imperante allí. El caso es que bien podríamos preguntarnos acerca de otras influencias que gravitaron en su espíritu. Y entre éstas, creemos perceptible la de Hegel cuando afirma el carácter dinámico, inconcluso, siempre despejado del espíritu del hombre de larga gravitación en el pensamiento occidental, traducido por el término "evolución", cuya esfera la sitúa Hegel en el espíritu y no en la naturaleza. "Las variaciones en la naturaleza -dice Hegel- muestran sólo un círculo que se repite siempre". Y más adelante agrega: "Sólo en las variaciones que se verifican en la esfera del espíritu, acontece, algo nuevo". De todo lo cual se puede inferir que el hombre está siempre en camino hacia una perfectibilidad.


            CULTURA Y NATURALEZA


            En uno de sus primeros libros: "Mocedades", Ortega ensaya una definición de lo que entiende por cultura, y lo hace contraponiéndola a la naturaleza. "Todo lo que no es natura, es cultura", afirma Ortega.

            Y explicitando este concepto insistirá en que la cultura es siempre negación de la naturaleza. De ahí que todo lo que v.g. en una sinfonía de Beethoven no sea tripa de cabra, ni madera, ni metal, ni aire inquieto, es cultura. Y, por lo mismo, las piedras que hallamos entre rompimientos de tierra son trozos de naturaleza, pero tan pronto como sean distribuidos y ordenados en un orden artístico, se constituyen en cultura. Cosa igual sucede con el hombre, en quien lo natural es lo "espontáneo" y su negación, lo "reflexivo", lo "convencional". Lo espontáneo en el hombre lo asimila Ortega al "orangután" que nos habita, por lo que cada acto que realizamos nos propone el dilema de: o seguir nuestro gusto, o ajustar nuestra voluntad a ley superior. En el concepto de Ortega, el romanticismo, el anarquismo, el energumenismo, son debilidades del hombre en su lucha con su orangután interior. De ahí que propugnara decididamente un "clasicismo" como exigencia, como deber, como lujo del hombre fuerte que se posee a sí mismo.


            ESPAÑA Y JUVENTUD


            Por lo que respecta a España, Ortega ve en aquellos años de su juventud sólo chabacanería por todas partes.

            En una carta a Miguel de Unamuno, que éste la publicara luego en su ensayo "Almas jóvenes" (1904); Ortega le dice, entre otras cosas: "Fuera de unos cuantos, los demás caballeros pensantes no tenemos ninguna idea seriamente elaborada; queremos fabricar tremendas ideologías tajantes, sin datos de la realidad de hoy o pasada... Acaso me diga usted que no hace falta saber para pensar, pero le he de confesar que ese misticismo español clásico, que en su ideario aparece de cuando en cuando, no me convence; me parece una cosa como musgo, que tapiza poco a poco las almas un poco solitarias como la de usted, excesivamente íntimas y preocupadas del bien y del alma del vicio intelectualista". Y párrafos adelante escribe: "Una de las cosas honradas que hay que hacer en España, donde falta todo cimiento, es desterrar, podar del alma colectiva la esperanza en el genio como una manifestación del espíritu de la lotería y alentar los pasos mesurados del talento...

            Corre por todos los ánimos de los intelectuales nuestros de hoy, un viento de personalismo corto de miras, estéril, que es lo más opuesto a nuestras necesidades. Un genio nos alzará un momento, y, muerto o roto, volveríamos a nuestro faquirismo, a esperar enfermos otros dos o tres siglos el nuevo genio que, por reparto "providencial", y sin esfuerzo nuestro, nos correspondiera".

            La carta extensa la reproducimos sólo en párrafos, acaso los más reveladores del estado de ánimo del joven Ortega.

            Pero, ¿por qué tan luego a Unamuno estas cartas? No debemos olvidar el magisterio de Don Miguel y su gran influencia en la juventud de aquellos años. El caso es que Ortega no poco del achabacanamiento que ve en España lo atribuye a Unamuno, al punto de calificarlo de "morabito máximo que entre las piedras reverberantes de Salamanca inicia a una tórrida juventud en el energumenismo".

            Tal vez no fue justo Ortega en esta apreciación. No se podía ignorar que Unamuno era una fuerza incitante, orientadora y perturbadora a un tiempo, que estimulaba a pensar por cuenta propia, a chocar contra prejuicios, a rebelarse contra las imposiciones de una sociedad espiritualmente apática.

            La forma de vida intelectual imperante en la España de 1900 se caracterizaba por un literatismo que es lo más opuesto al hecho literario, y, en menor medida, por una erudición musearia que nada cuestiona y se contenta con ser acumulación de datos. La incomunicación española con lo más vivaz del pensamiento europeo desde la segunda mitad del siglo XVII era una realidad que agudamente palpaba Ortega, con todas sus consecuencias. Ello conllevaba la pérdida del hábito del pensamiento teórico. Porque una cosa es la filosofía en que se está simplemente, y otra aquella a que se llega, que es en rigor la única digna de llamarse tal.


            A LA ALTURA DEL TIEMPO


            Ortega propone una "reforma del entendimiento", una disciplina intelectual que permita vivir a su pueblo a la altura de los tiempos. Propone la necesidad de un trabajo sistemático y riguroso en el estudio de las ideas, al tiempo de insistir en que la ciencia no puede explicarse sin el apoyo de la filosofía. De ahí esa actitud crítica, racional, vital, a una sociedad asentada en la creencia de la espontaneidad y la intuición.

            La juventud de Ortega y Gasset resulta aleccionadora, en especial para los jóvenes, en esa inquietud, en esa búsqueda de horizontes nuevos, en ese afán de vida noble. Ortega, quien desde sus primeras lecciones de filosofía recordaba, una y otra vez, lo inexplicable de esa actitud de quienes viven sordos a las postreras, dramáticas preguntas: ¿De dónde viene el mundo, adónde va? ¿Cuál es el sentido esencial de la vida?. Y que en su primer libro: "Mocedades", nos dice que "los hombres como los pueblos en decadencia pierden la sensibilidad que les ponía en contacto con las normas colectivas. La Administración Pública se convierte en merienda de negros, porque la norma de la honradez ha perdido su poder sugestivo. El ideario nacional se desentiende de las graves inquietudes humanas para reducirse a un canje de indiscreciones; se ha perdido la responsabilidad intelectual y está embotada la conciencia de las preocupaciones nobles..."

            No fue casualidad que Ortega desde sus años mozos levantara voz y bandera proclamando la "nobleza" como sinónimo de vida esforzada, dispuesta siempre a superarse a sí misma, a trascender de lo que ya se es, hacia lo que se propone como deber y exigencia. De este modo, la vida noble queda contrapuesta a la vida vulgar e inerte, que estáticamente se recluye en sí misma, condenada a perpetua inmanencia. Modo de vida que Ortega en su primera madurez llamará "masa", no tanto porque se trata de hombre multitudinario, cuanto porque es inerte. ("La rebelión de la masas").


            X-1995




III


            Entre comunicados de guerra, hemos tenido noticia de la muerte del escritor y filósofo español José Ferrater Mora.

            A su muerte, es probable que a más de uno le ocurriera lo que a mí. Encontrarse ante un hombre, un escritor a quien no se le ha conocido personalmente, pero con quien se ha tenido un largo trato intelectual desde la lectura de sus libros. Esta razón y otras me han llevado a escribir estas líneas recordatorias, sin más pretensiones que meditar sobre algunos tópicos que ocuparon la atención del ilustre pensador. Porque es un hecho cierto que en filosofía resulta difícil dar con algo que no esté ya dicho o al menos sugerido. Pero no es menos cierto que todo lo heredado puede vivirse con grados diferentes de intensidad. De ahí que cuando se habla de "avance" en filosofía se aluda, más que a un progreso de ideas, a los modos con que se ha vivido el problema filosófico.

            Ferrater Mora, en el transcurrir de su vida, se nos mostró como un hombre en compromiso con esa faena de pensar. Sin embargo, no desdeñó las intuiciones y emociones del arte de que dio pruebas como autor de numerosas obras de ficción. Y en esto nos recuerda a otro español ilustre: Miguel de Unamuno, para quien filosofía, poesía y novela constituían mundos idénticos, aunque explorados y expresados desde diferentes perspectivas. Para Don Miguel, en ellos se patentiza el anhelo de eternidad que tiene el hombre; el hombre, ser "bullente de contradicciones" que, tan pronto como afirma su realidad concreta, se pone a perseguir lo imposible, "la quimera redentora".

            Precisamente, uno de los primeros libros de Ferrater Mora está dedicado a Unamuno: "Unamuno, bosquejo de una filosofía". Libro de sus años mozos que suscitó comentarios y críticas consagratorias. Como ejemplo de lo dicho citemos unas líneas que Eugenio D'Ors le dedica en sus "Glosarios": "La probidad que tan rara se ha vuelto aquí en empresas de esta índole, resplandece y anima las páginas de este volumen. Me atreveré a decir que, ¿en alguna llega a contrastar, por su tono grave y su solidez sistemática, lo que fue genial y voluntario funambulismo en el autor estudiado...?"

            Al igual que Unamuno, Ferrater Mora sintió y pensó con no menos intensidad el problema de la muerte, que fue una obsesión en aquél.

            En su libro "El ser y la muerte" nuestro autor aborda el tema apoyándose en el pensamiento de filósofos de distintas épocas, al tiempo que formula sus propias reflexiones, no ajenas a intuiciones de artistas y poetas. Era de su preferencia aquel "morir la propia muerte" de que habló Rilke. Pero igualmente le fascinaba aquella visión de Neruda, en que nos habla de "un naufragio hacia dentro, un ahogarnos en el corazón, un irnos cayendo de la piel al alma, como la humedad de una hoja de violeta y su grave color de invierno exasperado".

            La afinidad con Unamuno en algunos modos de ver las cosas no implica que su concepción filosófica se identificara con la de aquél. Por el contrario, hubo muchas y decisivas diferencias.

            Apasionaron a nuestro escritor los problemas de nuestro tiempo. Un ejemplo de ello es su libro "El hombre y su medio". Allí están tratadas cuestiones referentes a la sociedad de consumo, el problema ecológico, temas de educación y otros varios.

            Hay un tema que pudiéramos considerar reiterativo en la obra de Ferrater Mora. Se trata del problema de la "despersonalización". Nuestro filósofo lo llamó "vicentismo", definiéndolo sumariamente como un hecho según el cual uno sigue a "los demás" en lo que se opina, se siente y se hace. Señala nuestro autor que no pocas veces son los productores y distribuidores de artículos de consumo quienes inician, con gran aparato de propaganda, los gustos y las preferencias de las mayorías, que hace que finalmente la gente transite por los mismos senderos como lo más natural del mundo. Se da así una claudicación de la conciencia, del espíritu crítico, y toda posible personalidad queda desdibujada bajo el denominador común: "la gente". Ocurre que el hombre es lo que él vive. Y por lo mismo, se hace decisiva la pregunta acerca de su relación con su obra. Porque, ¿qué es el hombre si el contenido de su obra no puede convertirse en vivencia suya? ¿En qué queda su responsabilidad, su libertad auténtica? Sería desde luego ocioso hablar de responsabilidad cuando los hechos no están asumidos por la persona, cuando no hay conciencia de su significado.

            Se ha dicho de Ferrater Mora que como filósofo asumió una postura "ecléctica". Tal encasillamiento supondría un desconocimiento o una mezquindad hacia lo que el pensador escribió y propugnó en sus muchos y notables libros.

            Precisamente en su trabajo "La filosofía actual", Ferrater Mora habló de lo que significa una actitud ecléctica en filosofía, señalando que, aunque pareciera generosa, tiene que pagar su munificencia con la aceptación de muchas doctrinas harto debatibles o con la adopción de una doctrina excesivamente desdibujada. De ahí que viera con buenos ojos la existencia o coexistencia de muchas y diversas doctrinas aun hostiles entre sí. Nuestro autor abogaba más bien por una "actitud dialéctica", que tiene una justificación en el afán de no quedar encerrado en un determinado modo de ver como consecuencia de un pensamiento siempre dispuesto a superarse a sí mismo.

            Ignoro si entre nosotros la obra de Ferrater Mora ha suscitado o no un genuino entusiasmo en ese compartir con el lector los problemas de nuestro tiempo a través de una visión aguda, alejada de trillados caminos. Creo que para muchos es sólo el autor del famoso "Diccionario de filosofía", cuya edición definitiva consta de cuatro volúmenes". Obra ciclópea si reparamos en las centenares y centenares de volúmenes que debieron ser consultados y las no pocas rectificaciones a ediciones anteriores cuando de autores contemporáneos se trata, conforme a la evolución de su pensamiento y obra.

            Cuando la aparición de esta obra, Julián Marías escribió: "Los españoles de hoy vuelven a andar por el mundo, como hace tres o cuatro siglos. Este libro ponderable no es una excepción insólita. Viene a agregarse a un pequeño grupo de otros libros españoles de diversas disciplinas -filología, arte, medicina, filosofía- que representan el mismo nivel: el de las exigencias reales del tiempo. Libros que pueden medirse con los análogos de otros pueblos; que en algunos casos no tienen con quién medirse..."

            No quisiera terminar estas líneas recordatorias del ilustre pensador español sin antes mencionar dos libros de su autoría, en que se transparentan su madurez intelectual en ese retorno de su visión a los temas supremos que ocupan a la filosofía. Tal su libro "Fundamentos de filosofía". El otro, "Nuevos modos de hacer filosofía", en que nos señala cómo, junto a la necesidad de pensar, está la decisiva cuestión de la empresa de ser hombre. Empresa que supone ser persona cabal y, por lo mismo, capaz de poseer racional y dignamente la propia libertad.


            III-1991




IV


            Para quien escribe en hojas volanderas resulta poco menos que un imperativo ocuparse de su realidad inmediata, la que vive, la que se encuentra en su entorno. En ella está la multiforme vida menuda y prosaica de que se nutre la historia. Ocurre, sin embargo, que tratándose de arte nos hallamos ante otra realidad que es creación personal, casi siempre más perdurable e intensa que aquella que la suscitó.

            Dos artistas pueden inspirarse en un mismo tema, pero sus obras siempre resultan diferentes. Sobre el caso fueron publicados unos "diálogos" entre Borges y Sábato, en que recuerdan que la Buenos Aires de Borges no es la de Roberto Arlt, porque son dos "yo" diferentes que la crean y la recrean. Y lo mismo acontece, recuerda Sábato- con el "Ángelus" de Millet y el de Van Gogh. Sábato afirma que Europa es una realidad más rica que la americana o africana, porque cada rincón ha sido enriquecido por miles de artistas a través de siglos. "No es un simple paisaje natural, sino el resultado de ese trabajo infinito y sutil de los creadores que han enriquecido ese paisaje, le han conferido los atributos de su alma", concluye Sábato.

            Leyendo esto, nos pusimos a pensar que también hay vidas que son poemas. Y recordamos a Albert Schweitzer en su 115° aniversario. Toda una gloriosa vida cuya laboriosidad y esplendidez en campos tan diversos del saber, como la filosofía, la música y la medicina, le dieron justa fama de "hombre universal". Schweitzer, cuyo espíritu inquieto e inquisitivo nos recuerda a Goethe por ese evangelio de la acción en que hombre y obra se identifican, como también por esa concepción según la cual el hombre avanza hacia una plenitud terrena en saber, dignidad y ventura. Nos recuerda a Goethe por ese trato frecuente con las ideas y los problemas supremos.

            Alsacia fue su tierra natal. La música y la filosofía polarizaron su espíritu. Muy joven alcanzó fama como organista e intérprete de Juan Sebastián Bach. Descendiente de una familia de teólogos fue también teólogo. Un día decide estudiar medicina "para aliviar el dolor del semejante". En una carta dirigida a un amigo, le dice; "...nos quedamos aquí sentados a estudiar, a reñir y a encendernos en soberbia. Escribimos libros llenos de erudición, soñamos con la fama y poco o nada nos importa el dolor del prójimo. Durante años he meditado sobre este problema y he llegado a la conclusión de que mi vida no puede estar orientada sólo al saber o al arte. Siento como un llamado impostergable poner mi vida al servicio de los que sufren. Así, me puse a estudiar medicina en mis horas libres y ahora me falta poco para graduarme. Las personas que al principio me tomaban por loco, ya no se burlan de mí. Soy feliz. Mi vida es dura pero hermosa".

            Concluido que hubo sus estudios de medicina, Schweitzer empezó a madurar su proyecto de ir al África. Al respecto le decía a otro amigo: "Le escribo durante el descanso del ensayo de la Misa en Si bemol de Bach, al lado de mi querido órgano. Acaricio el proyecto de fundar una obra que pueda situarse fuera del marco, cada vez más estrecho, de las nacionalidades. En el Congo me esperan los que sufren... El viaje pienso cubrirlo con lo recaudado en mis conciertos en esta gira europea. Y también con lo que me proporcione la venta de mis libros sobre Pablo, el apóstol que tanto viajó y que después de muchos siglos todavía contribuye a enviar misioneros allende los mares" (1908).

            Y surgió la obra. El Hospital Schweitzer en la selva del África, en Lambarené. Allí se patentizó hora a hora durante medio siglo, aquella idea según la cual el que ha tenido la gracia de no ser víctima del dolor, tiene el deber de aliviar a los que sufren. De todos es conocido -de nombre al menos- el escenario donde Schweitzer desarrolló su labor de misionero médico durante más de medio siglo: Lambarené. Desde allí llegó hasta nosotros la aureola de su fama; encendido eco de su legendaria vida. Y llegaron también libros escritos por "el gran doctor", como lo llamaban los nativos. Libros profusamente ilustrados con fotografías que nos sitúan ante un mundo edénico en su paisaje aunque desolador y atormentado en su cotidianeidad. El dolor y la enfermedad no son los únicos males. Allí también la codicia del hombre blanco, con su bandera colonizadora y su espíritu feudal, oprime al nativo sin importarle el hecho de ser portador de una supuesta cultura superior.

            En la selva del África, la eficacia y la fatiga conocieron la suma de los días por más de medio siglo. Cincuenta años de prédica evangélica con la voz más pura y convincente, como lo es la del ejemplo.

            En estos días, al recordar al gran hombre, hemos vuelto a leer algunos de sus libros: hemos escuchado algunas de sus grabaciones -hoy históricas- de música para órgano de Juan Sebastián Bach. Su fervor por la música del "Cantor de Santo Tomás" hizo que realizara trabajos de investigación, y de exégesis de sus obras, al tiempo de registrarlas en el disco. Como pocos, supo aprehender en la obra de Bach la honda poesía de su música. Desde el paisaje que se puebla de fiesta, la alegría del campo, el esplendor de la naturaleza, el diálogo amistoso y la ternura hacia los seres queridos, como también esa serena espera de la muerte, la inefable emoción de la paz suprema. Bach, que supo escribir con acentos conmovedores: "Ven, ¡oh dulce muerte!".

            Si como músico fue un artista muy dotado, como pensador Schweitzer ha abordado problemas de la filosofía de la cultura que considera de importancia capital para nuestra época. Sin embargo, la filosofía de la cultura no se circunscribe para él a una reflexión acerca del mundo cultural y de los valores, sino que es el instrumento teórico, por decirlo de algún modo, indispensable para alcanzar una finalidad de carácter ético: la afirmación de la vida y del mundo.

            Son la vida y el concepto de ella, los que se constituyen en eje de su reflexión sobre la cultura y, por lo mismo, los únicos que pueden dar sentido a un mundo hecho de valores culturales. "Decaimiento y restauración de la civilización" es su libro en que expone su filosofía de la cultura.

            En el año 1952 Albert Schweitzer obtuvo el Premio Nobel de la Paz.

            Vale la pena transcribir siquiera sea un fragmento de esta magnífica pieza: "...la convicción de que debemos conservarnos durante toda la vida capaces de luchar con la ayuda del pensamiento y el sentimiento tal como lo hemos hecho durante la juventud, ha sido para mí, a lo largo del camino, el más fiel de los consejeros. Instintivamente he tratado siempre de no llegar a ser lo que comúnmente se dice mediante la expresión: "un hombre maduro". La palabra "maduro", cuando se aplica a una persona, siempre me pareció un poco siniestra, y esta certeza mía se fue confirmando con el correr de los años. Me pareció oír en ella el eco de las palabras empobrecimiento, frustración, disminución de facultades, como disonancias implícitas. Nos hemos habituado a ver como madurez en un hombre, lo que no pasa de una resignada sensatez. Uno se va adaptando al modelo impuesto por los demás, al ir renunciando, poco a poco, a las ideas y las convicciones que les fueron más caras en la juventud. Uno creía en la victoria de la verdad, pero ya no cree en ella. Uno creía en el hombre, pero ya no cree en él. Uno creía en el bien, y ahora no cree. Uno luchaba por la justicia, y ha cesado de luchar por ella. Uno confiaba en el poder de la bondad y del espíritu pacífico, pero ya no confía en ello. Era capaz de entusiasmos, pero ya no lo es. Para poder navegar mejor ente los peligros y las tormentas de la vida, se ha visto obligado a aligerar su embarcación. Y ha arrojado por la borda una cantidad de bienes que no le parecían indispensables. Pero eran justamente sus provisiones y su reserva de agua las que arrojó por la borda. Ahora navega con aparente mayor agilidad, pero se muere de hambre y de sed...".

            Al recordar hoy a Albert Schweitzer, al filósofo, al músico, al misionero, pero sobre todo al hombre, no podemos menos que suscitar en nosotros algo de su espíritu glorioso que durante noventa años de vida adquirió contornos excepcionales por sobre su época, y que hoy sigue gravitando en nosotros con sus obras y el recuerdo de su vida ejemplar.

 

            I-1990




V


            Pareciera existir cierto parentesco entre la música y la filosofía, desde los tiempos de Pitágoras al menos. En el caso de Wittgenstein podríamos decir que provenía de una familia judía en cuyo hogar era afición generalizada la música y, por lo mismo, la frecuentaban artistas como Johannes Brahms. El pianista Wittgenstein, hermano del filósofo, era un virtuoso notable. Cuando la Primera Guerra Mundial perdió un brazo y Ravel le dedicó el concierto -hoy famoso- para la mano izquierda. Ludwig hacía espléndidas esculturas y diseños, al tiempo que ejecutaba el piano y el violín.

            En estos últimos años se han escrito biografías muy interesantes sobre el filósofo nacido en Viena en 1889 y considerado uno de los más notables de nuestro siglo. Bertrand Russell, sin ser precisamente su biógrafo, nos dejó una imagen sobria y concisa de Wittgenstein cuando Russell enseñaba en Cambridge (1900). Wittgenstein había querido ser ingeniero, y por lo mismo, su preparación exigía conocimientos en matemáticas. De este modo llegó a interesarse en los fundamentos de las matemáticas. Le recomendaron para que prosiguiera sus estudios con Russell en Cambridge. "Era original - dice Russell- y sus concepciones me parecieron raras. Durante el curso, no pude decidir si era un hombre de genio o simplemente un excéntrico. Al terminar su primer curso en Cambridge vino a mí y me dijo: "Por favor, ¿me quiere decir si soy un completo idiota o no lo soy?. Le contesté: "Mi querido muchacho, no lo sé; ¿por qué me lo pregunta?".

            - Porque si soy un idiota completo, me convertiré en aeronáutico; pero si no es así, seré filósofo.

            - ¿Por qué no escribe algo, durante las vacaciones, acerca del algún tema filosófico -le dije-, y después le responderé si es un completo idiota o si no lo es.

            "A comienzos del curso siguiente me trajo lo que le había sugerido. En cuanto leí la primera línea, le dije: "Usted no debe hacerse aeronáutico".

            "Sin embargo -prosigue Russell-, no era fácil el trato con él. Como residíamos en Cambridge, solía venir a mis habitaciones en horas de descanso y durante horas se paseaba de un lado para otro, como un tigre enjaulado. Por lo general, me anunciaba que cuando dejase mis habitaciones se iba a suicidar. Una noche de esas le dije: "Wittgenstein, ¿está pensando en la lógica o en sus culpas?. "En las dos cosas" contestó, y se sumió otra vez en un largo silencio. Pero no sólo nos veíamos por la noche. Solíamos dar largos paseos con él por los alrededores de Cambridge. Llegué a conocer mucho acerca de su vida y de sus ideas. Había heredado una gran fortuna de su padre pero la cedió, porque creía que el dinero sólo sirve de molestia a un filósofo. Para ganarse la vida se hizo maestro de un pueblo llamado Tratten.

            Wittgenstein poseía fuego, agudeza, calidad intelectual sencillamente extraordinarias. En la Primera Guerra Mundial combatió en el ejército y fue hecho prisionero por los italianos dos días después del armisticio. Recibí una carta suya desde Montecasino, en donde lo habían recluido. En la carta me decía que afortunadamente llevaba consigo un manuscrito cuando fue hecho prisionero.

            Aquel manuscrito redactado en el campo de lucha fue publicado y se hizo famoso.

            Su título: "Tractatus logico-philosophicus".

            No estaría por demás decir que Wittgenstein empezó como alumno de Bertrand Russell y terminó sustituyéndolo en la cátedra, tanto en Oxford como en Cambridge.

            Wittgenstein cultivó la filosofía con genuina vocación, al punto de realizarla de una forma nueva y paradigmática.

            Reacio a aceptar tradiciones y convencionalismo, se enorgullecía de haber leído escasamente temas filosóficos. No le sedujeron las academias ni los cenáculos intelectuales, pero grandes filósofos como Moore, Russell, Popper, entre otros, reconocieron su genio y admiraron sus ideas. Con riesgo de estropear un pensamiento tan rico en contenido, como profundo y amplio en proyecciones, podríamos decir que la aportación fundamental de Wittgenstein fue insistir en que "somos lenguaje". Toda nuestra relación con el mundo y con los otros se sitúa en un universo lingüístico que, por lo mismo, configura nuestro modo de conocer, vivir y actuar. Nuestro filósofo se afana por explicarnos, más que el modo de conocer las cosas, el hecho y la posibilidad de hablar de ellas. Y, por lo mismo, se cuestiona acerca de la probabilidad de que nos entendamos, a despecho de nuestras diferencias, en la certeza de que hablamos del mismo mundo, aun cuando nuestras visiones de él sean en cada caso distintas. Forzando aún más esta posibilidad de comunicación, queda por explicar el modo de hacer transmigrar a otros espíritus nuestras alegrías y tristezas, el amor o el odio que se aposentan en nuestro ánimo, para lo cual hemos de recurrir a un instrumento tan generalizado y mostrenco como lo es el lenguaje.

            Porque, queramos o no, debemos servirnos del lenguaje para formular preguntas, y de las más inquietantes y enigmáticas que se anudan en nuestro espíritu. En todo lo dicho está ínsita una tradición filosófica que nos recuerda nombres como los de S. Agustín, Leibniz, Spinoza, Kant, Kierkegaard, Schopenhauer... Pero Wittgenstein quiere "curar" a la filosofía de algunos afanes, como los de "totalidad" y "explicación última", que siempre fue empeño de todo discurso filosófico. Y esto porque para Wittgenstein no hay lenguaje ni discurso capaces de realizar tal cosa.

            Su preocupación por acendrar el lenguaje de todo lo que pudiera hacerlo impreciso y ambiguo discurre en su "Tractatus...".

            La posibilidad de comunicación humana fue inquietud suprema de nuestro filósofo.

            Pedro Laín Entralgo, en su espléndido y voluminoso estudio: "Teoría y realidad del otro", nos dice que Platón no conoció el menester intelectual que hoy llamamos "problema del otro". Para el griego -dice Laín Entralgo-, era convicción de que nadie entraba en el seno de sí mismo tan profundamente como el filósofo, porque "el pensamiento filosófico es un silencioso y secreto coloquio del alma consigo misma", como lo advierte Platón. Y este ensimismamiento llega a tal punto que ninguno de ellos sabe de su prójimo ni de su vecino. Y ni siquiera saben si son hombres u otros engendros cualesquiera. El griego era hombre de ágora y apenas hablaba del "yo". En su lugar, hablaba de "nosotros". Sólo con el cristianismo advendrá el problema del otro, el del prójimo y el concepto de persona.

            Sí, Wittgenstein vivió obsesionado por acceder a esa "realidad del otro", aun cuando su trato lo hacía difícil, por lo irritable y destemplado de su carácter. Ilustrativo resulta en este respecto su encuentro con Karl Popper, como esclarecedor en lo que atañe a la idea de Wittgenstein, para quien en filosofía no existen "problemas". Popper, invitado por Wittgenstein, asistió a una reunión realizada en el "Club de Ciencias Morales, de Cambridge", en 1946, a fin de presentar una ponencia sobre algún "jeroglífico filosófico". Predominaba en la reunión -nos dice Popper- la tesis de Wittgenstein según la cual "no existen problemas filosóficos". Popper adujo, en un momento de su exposición, que si no existieran problemas genuinamente filosóficos, él no sería filósofo. Wittgenstein lo interrumpió y habló sobre la no existencia de tales problemas. Ante esa situación, Popper leyó una lista de problemas filosóficos que tenía preparada, tales como: "¿Conocemos las cosas a través de los sentidos?"; "Obtenemos nuestro conocimientos por inducción?". Wittgenstein alegó que eran cuestiones de lógica antes que filosóficas. "Después mencioné -dice Popper- problemas morales y el problema de la validez de las reglas morales. Wittgenstein, que estaba sentado junto a una chimenea, jugueteando con el atizador, lo que utilizaba a ratos como batuta de director para recalcar sus asertos, me retó; "¡Déme un ejemplo de norma moral"; le contesté. "No amenazar a los conferenciantes invitados con el atizador". Wittgenstein hecho una furia, tiró el atizador al suelo y salió de la sala como un vendaval, dando un portazo". "Lo sentí muchísimo, -concluye Popper-, aunque admito que fui a Cambridge con la idea de incitar a Wittgenstein para que defendiera su postura según la cual no hay problemas filosóficos, y discutir este caso. No fue mi intención enfadarlo; y me sorprendió ver que era incapaz de aceptar una broma".

            Al paso de los años -el último Wittgenstein-, empezó a desconfiar del lenguaje como posible engendrador de supersticiones por exceso de ilusiones en cuanto a su falsa efectividad, al punto de suscitar los mal llamados "problemas filosóficos". "En filosofía, - dice "Wittgenstein- no hay "problemas", sino, "perplejidades". Los problemas se resuelven, pero no las "perplejidades". Preguntar qué hora es no causa perplejidad, pero preguntar acerca de la naturaleza del tiempo, confunde. Las perplejidades filosóficas no son problemas para los cuales pueda encontrarse una solución al dar con una realidad en que no se había reparado. Las cuestiones filosóficas nos muestran sus raíces en las embestidas de nuestra inteligencia contra los límites del lenguaje".

            Para Wittgenstein la filosofía fue empresa de toda una vida en ese aprendizaje a ver, "Aprender a ver", como dice en sus "Apuntes".

            Ignoro el interés por Wittgenstein, en Paraguay. El caso es que, en un terreno eminentemente emocional, mucha falta nos hace un aprendizaje de las ideas. El politicismo, a que somos tan afectos, con frecuencia deriva en un trogloditismo. Y en cuanto a las ideas y los afanes que dieron vida a las asociaciones políticas quedan relegados por apetencias personales.

            Wittgenstein ha sido un ejemplo altísimo del pensador empeñado en ese afán por "entender bien las cosas", al tiempo de haber vivido una vida digna de hombre.





V PARTE


GALERÍAS DE MÚSICOS EN EL PARAGUAY



I


            No suele ser un experimento muy feliz pretender explicar una obra musical recurriendo para ello a categorías estrictamente intelectuales o literarias. Sin embargo con frecuencia se acude a este procedimiento. Para ejemplificar lo dicho, voy a recordar algunas ideas que aparecen en un capítulo dedicado a la música en el libro "Búsqueda sin término", del filósofo alemán Karl Popper. Es un espléndido libro autobiográfico. Páginas de intensidad se suman a otras en que se aprecia un agudo y profundo análisis de los problemas filosóficos que fueron perfilando la obra de este pensador. Hay capítulos dedicados al arte de la música. Popper, además de filósofo, es músico por tradición de familia. Sus conocimientos de este arte revelan densidad y agudeza, así en aspectos historiográficos como en lo referente a la técnica de la composición.

            Al hablar de la música, nuestro autor hace un distingo entre lo que él denomina música objetiva, por una parte, y música subjetiva, por la otra. Para caracterizar a la primera recurre al ejemplo de Juan Sebastián Bach. A su vez, Beethoven ejemplificaría el otro tipo de música. Pero, ¿en qué consiste la objetividad de Bach? Popper nos lo dice: "Bach se olvida de sí en su obra. Sin duda no deja de imprimir su personalidad en ella. Después de todo, esto es inevitable; pero no era consciente, como lo era Beethoven, de que estaba en cada caso expresándose a sí mismo e incluso a sus humores. Por esta razón veía yo a cada uno de ellos como representantes de dos actitudes opuestas con respecto a la música". Páginas adelante, advierte Popper: "Tal relación no es lo único ni lo principal que hace significativo al arte, ya que hay muchos otros "problemas" que el compositor intenta resolver". Al explicitar esta idea, nuestro autor demuestra notable erudición sobre el tema. El caso es que en su caracterización hace distingos muy rotundos de un hecho complejo, en que resulta difícil separar al hombre de su obra.

            Aquí convendría recordar un prejuicio que persiste en torno a la obra de Bach, según el cual el maestro habría escrito, las más de las veces, obras de gran valor técnico pero ajenas a toda emoción genuinamente humana. Y precisamente fue en Alemania en donde se arraigó durante mucho tiempo esta creencia. Ver la honda poesía del gran Cantor hacerla comprender y amar, han sido tareas de grandes intérpretes y exegetas, entre los que ocupan un lugar sobresaliente: Albert Schweitzer, Pablo Casals y Leopoldo Stokowky.

            Qué bien pudo decir Casals al referirse a Bach: "Toda creación del espíritu es, hasta cierto punto, tributaria de su época; pero lo que caracteriza a las grandes creaciones es que se proyectan hacia el futuro, como un astro luminoso. Bach es el maestro que ha salido más perjudicado de verse relegado a tiempos remotos como un "antiguo". Cuando yo era joven, mucha gente hablaba de él con gran respeto, pero con una total incomprensión; incluso en nuestros días, algunos artistas creen que está muy alejado de nosotros, y al interpretarlo cometen el pecado de perseguir la "objetividad", la "impersonalidad". La obra de Bach es plenamente actual, como la de Shakespeare, Miguel Ángel, Cervantes. Y nosotros los músicos, no hemos de perder de vista su vitalidad y su irradiación actual".

            Bien mirada, la objetividad que asigna Popper a la obra de Bach es una rémora que sólo sirve para apuntalar un historicismo, en que incurriera tan luego uno de los filósofos que más ha roto lanzas en contra de ese cercenamiento de la historicidad del hombre.

            Bach es el "músico poeta", como lo llama Albert Schweitzer. Estaba en su naturaleza el afán de traducir en sonidos los sentimientos más nobles que se aposentan en el corazón del hombre. En la base de su música está el "coral" y obras de carácter religioso. Pero, no debe olvidarse que el "coral" tiene raíces populares y que, en trance de explicitar sus vivencias de hombre, Bach sabía potenciarlo, al punto de alcanzar cimas de belleza suprema.

            No fue casualidad que, ante la grandeza de Bach, expresara reverente Beethoven su admiración, al punto de decir: "Das ist nicht ein Bach ist ein Meer" (No es un arroyo, es un océano), aludiendo a su nombre y a su obra.

            La música subjetiva de que habla Popper y cuyo cabal representante, en su concepto, sería Beethoven, y a continuación probablemente los románticos con el consabido patetismo, es consecuencia de una idea no muy clara de lo que pudiera entenderse por "personalidad" de un artista, cuando de música se trata. De un modo evidente, lo que se acentúa en Beethoven es el carácter "dramático", como lo señalara Furtwaengler. A este fin, Beethoven utiliza medios más patentes. Sirva de ejemplo su tan difundida "5ª. Sinfonía". Pero, la personalidad de un artista creador no es fácil de ser encasillada conforme a un afán de entomólogo. Beethoven ha sido víctima de la "leyenda" que aureola su obra, con prescindencia de la alta calidad de ella. Poco o nada se suele hablar de sus conocimientos artesanales y de su profunda sensibilidad, que lo llevaron a expresar con insuperable elocuencia, v.g. en su obra pianística, una música tan nacida del instrumento. Afirmación que puede extenderse a su obra sinfónica y aun coral. Fueron su maestría suprema en la estructura de la composición y su sensibilidad para el timbre de los instrumentos, entre otras, las que hicieron el milagro de un cosmos, cuya grandeza reside en los valores musicales estrictamente y no en la "leyenda" del artista.

            De todos modos, pareciera haber una propensión -tal vez fruto de una orientación tradicionalista- a buscar un posible "mensaje" en la obra de arte. Debo confesar que, más de una vez, en algún momento mientras escuchaba la "Consagración de la Primavera", de Stravinsky, me detuve a pensar en el modo en que pudo haberle afectado al hombre y al artista la guerra de 1914, ya que resulta difícil hacerse a la idea de que tal tragedia lo dejara indiferente (debo aclarar que no conozco debidamente su "Historia del soldado").

            El caso es que en la obra no hay alusión alguna al acontecimiento. Debo concluir afirmando que el hecho de que pensara así, sólo es explicable por aquello de que todo artista es testigo de su tiempo, más aún en la medida en que su obra resulta paradigmática. Pero -y esto es importante recordar-, los acaeceres de su tiempo histórico no tienen por qué estar patentes de un modo directo, anecdótico, sino, las más de las veces, subsumidos en su obra. Se trata de una realidad implícita en que se nos revela más bien una forma superior de vida hacia la que evoluciona el hombre. Eso sí, un aspecto de la personalidad integral del compositor se halla siempre presente en sus obras y es el que ansía expresar. Por su parte, el oyente no cuenta con otros medios para entrar en sintonía con la obra, que, su sensibilidad, su imaginación y su cultura. Es un hecho evidente que en música no existe una cronología de acontecimientos como ocurre en la novela o en el drama, ni se da una secuencia lineal como en la danza. La música tiene algo del río de Heráclito en ese permanente fluir...

            El distingo de Popper podría tener implicancias fecundas en otras expresiones de la cultura, pero creemos que resulta poco feliz aplicado a la música.



II


            Juan Carlos Moreno González provenía de una familia patricia de la sociedad paraguaya. Su padre, el historiador don Fulgencio R. Moreno, era descendiente, por línea materna, del prócer Fulgencio Yegros. Una genuina vocación por la música y una vasta cultura humanística perfilaron su vida de hombre y artista. Compositor de subidos méritos y virtuoso del piano, ejerció la enseñanza de este instrumento durante años, al punto de constituirse en maestro de varias generaciones de músicos.

            Al cumplirse un lustro de su muerte, no resisto la tentación de acudir a mis recuerdos vivos para suscitar algo de su espíritu entre nosotros.

            Tendré que remontarme a los años cuando asistía a las clases de música en el Ateneo Paraguayo, que las presidía él como director de dicha institución. Un fervoroso discipulado lo rodeaba en aquellas aulas. Pude seguir de cerca muchas de sus clases y recuerdo cómo, más allá del dato artesanal, del principio escolástico que cimenta la técnica de un instrumento, gustaba analizar minuciosamente la obra que ejecutaba, para adentrarse en el espíritu de ella con lúcida conciencia de cuanto habría querido expresar el autor.

            Junto al artesano, que despliega la técnica como principio fundante, estaba el artista, que vivifica los signos aparentemente yertos del pentagrama.

            Gustaba cantar y repetir, acompañándose del piano, algún motivo rítmico o melódico, como subrayando la importancia del mismo en relación al todo de la obra. Y esto lo hacía con una insistencia que se grababa en la memoria de quienes lo tratábamos, desde la cátedra o el diálogo amistoso. Aunque fuerza es reconocer que Moreno González nunca creó distancias entre él y sus discípulos; su preeminencia dimanaba de su espíritu de un modo natural.

            Le caracterizaba, como músico, una objetividad que le permitía sopesar sus posibilidades y sus limitaciones, sin falsas poses. Era claro y sencillo como un niño. Y cuando de sus obras se trataba, se exaltaba al escucharlas, aunque rehusaba hablar de ellas las más de las veces. Nada era más ajeno a su pensamiento que ver en la música una manifestación de inmediatez subjetiva. Solía repetir que, si bien toda obra de arte necesariamente hace referencia a algún episodio, a algún momento de la vida de su creador, fundamentalmente se justifica por la racionalidad de su estructura.

            Cuando alguien decía que sólo los románticos habían sabido expresar sus emociones con acabada propiedad y, por el contrario, los clásicos nos presentaban sus obras de un modo impersonal aunque bien construidas, Moreno González nos recordaba que Bach había expresado tantas veces emociones tan diversas tales como la tristeza que suscitaba la despedida a un amigo, el afecto a su mujer Ana Magdalena, la esperanza del hombre religioso y su afán de auto trascendencia, o la suprema congoja ante la muerte. La cantata "¡Ven, oh dulce muerte!", ¿No había escrito Bach con acentos imperecederos? ¿Podía llamarse a esa música impersonal?

            Fue a finales de la década del sesenta cuando más lo traté. Moreno González ocupaba por entonces la Dirección del Conservatorio Municipal de Música. Recuerdo que en cierta ocasión me puse a leer algunos conceptos de Pablo Casals acerca de la música de Haydn, música que admiraba el célebre violoncellista, porque veía en ella una constante y seductora invención. Casals había dicho: "Cuántas obras admirables nos ha dado Haydn sirviéndose de la sintaxis y el vocabulario de su tiempo al igual que Bach, Haendel, Mozart, quienes muchas veces se convertían en copistas, e incluso en imitadores de obras de los maestros de sus respectivas épocas o de los que les habían precedido. Y, sin embargo, qué "originales" fueron por la fuerza de su genio". Moreno González contestó: "Muy bien visto. Se puede ser "romántico" y aun "moderno", sin sentirse incomodado por los moldes clásicos. Lo que cuenta es la solución que el compositor encuentra con su fuerza creadora a los problemas de la "forma".

            Moreno González experimentaba en la "composición" aquello que ha subrayado Aarón Copland: "La necesidad de autoexpresión, el impulso nunca satisfecho de ideas y sentimientos acerca de la vida y la consiguiente búsqueda de autoconocimiento".

            Nuestro músico vivía obsesionado por la creación. Todos los días hacía algunos apuntes que ya utilizaría en algunas de sus obras. Sentía casi de un modo continuo la alegría de la creación. Pero, además, era un intérprete de vital comunicación.

            Nunca olvidaré cuando juntos tocamos ante un grupo de amigos la sonata "Primavera" (op.24), de Beethoven. El se la sabía casi de memoria y la hizo con espontaneidad, con impulso juvenil, en especial el "rondó" final, al punto de suscitar una viva impresión en el auditorio.

            Juan Max Boettner trazó alguna vez la semblanza de nuestro músico. Nos dice ella: "Su niñez pasó en el ambiente diplomático a que pertenecía su padre. Tuvo una prolija educación dentro de un ámbito tan atractivo espiritualmente, aunque conoció también la escasez de otros momentos, llevados por sus padres con entera dignidad. Un día, cuando tenía once años, como niño travieso que era, quiso treparse a un vagón de ferrocarril cerca de la Plaza Once de Buenos Aires. Cayó y las ruedas le cortaron ambas piernas. En medio de su desgracia, surgió una intensa vida espiritual, se puso a escribir y a hacer serios estudios de armonía y composición".

            "Vivió algunos años en Brasil, donde hizo estudios superiores de música. Desde 1940 su actividad como compositor, concertista fue intensa, destacándose también como erudito y ameno conferencista".

            "Juan Carlos ha sabido guardar un tesoro inconmensurable: su niñez, su espíritu de niño grande".

            Sí, la desgracia no abatió el ánimo de nuestro artista. Siempre hubo en él un niño, con sus alegrías y sus travesuras.

            Hace cinco años que, tras una penosa enfermedad, Juan Carlos Moreno González, rendía su último aliento. En el acto de sepelio dije algunas palabras, que en parte las reproduzco aquí: "Juan Carlos Moreno González representó en la vida paraguaya, durante muchos años, toda una categoría humana, por sus vastos conocimientos en diversas disciplinas humanísticas, pero fundamentalmente como artista de la música. Virtuoso del piano, su profundo saber en este arte lo volcó a la enseñanza creando un discipulado que sigue hoy dando sazonados frutos de belleza. También en el escenario de conciertos puso la impronta de su calidad de virtuoso, llegando a su auditorio a través de las obras más representativas de ese instrumento.

            "Pero fue la composición musical la que atrajo con persistencia vocacional su interés, su devoción. Un mundo de belleza a través del arte de los sonidos supo crear a lo largo de su vida".

            "Como compositor no circunscribió su labor a obras para su instrumento preferido -el piano-, sino que incursionó con maestría en las creaciones sinfónicas, manteniéndose siempre fiel a una temática surgida de las visiones de su tierra y de su rico mundo interior en que, bajo una aparente gravedad, vivía un niño con sus alegrías y sus travesuras de que nos hablan sus "scherzos".

            "La zarzuela paraguaya" lo tiene como a uno de sus cultores, justamente con Manuel Frutos Pane. Trascendiendo lo pictórico y decorativo de escenas de la vida nacional, nos introduce en la sicología del hombre de nuestra tierra con todos sus atributos y admirables virtudes de un pueblo que ha sabido sufrir penurias inmensas, pero en cuyo espíritu no se ha apagado la alegría de la vida. La creación musical, como toda expresión del espíritu y la mente del hombre, es hasta cierto punto tributaria de su época. Pero lo que caracteriza a las creaciones auténticas es que se proyectan hacia un futuro con renovada fuerza. Estas virtualidades, en nuestro concepto, cimientan la obra de este gran artista".

            Juan Carlos Moreno González se unió en matrimonio con doña Marina González. Este matrimonio constituyó una familia numerosa. Su mujer e hijos supieron prodigarle afecto, devoción y estímulo para el desenvolvimiento de su vocación de artista. El, siempre así los recordaba en conversaciones, con el cariño y la gratitud de padre y hombre de hogar.

            "Miramos ahora su formidable legado espiritual a la tierra que lo vio nacer y a la que dedicó su talento y sus mejores afanes. Sentimos una profunda admiración por él, al tiempo que rememoramos su lección de hombre y maestro".


            II-1988



III


            El nombre de Sofía Mendoza suscita en nosotros el recuerdo de una vida hecha de amor y vocación a la música. Su voz privilegiada tenía el sortilegio de convocar auditorios en famosos escenarios europeos y americanos.

            Nacida en lejanas tierras de labrantíos (Pilar), vino a Asunción en los años de su adolescencia para dar exámenes de música en el "Instituto Paraguayo". Por entonces estudiaba piano y solfeo con la Prof. Sara de Ashwell. En el "Instituto" le escuchó el laureado violinista paraguayo Fernando Centurión, y más elogió en ella la calidad de su voz, insinuándola a que se dedicara al estudio del canto.

            Obtuvo una beca para realizar estudios en Buenos Aires. Sus afanes de arte la llevaron luego a Italia, con una subvención que le asignó el Gobierno paraguayo. Ingresó en el Conservatorio "Giuseppe Verdi", en Turín, bajo la dirección de Franco Alfano. Fueron años de dedicación, entusiasmo y fervor por la conquista de una técnica y la asimilación de una estética que le permitieran solvencia y maestría en su arte. Como premio a sus estudios exitosamente realizados, el Conservatorio le organizó una gira de conciertos por ciudades como Génova, San Remo, Ventimiglia y otras. Regresaba al Paraguay cuando llegó a Montevideo por unos días. Allí, la colectividad paraguaya le organizo un ciclo de conciertos a beneficio de la Cruz Roja Paraguaya. Eran los años de contienda bélica entre nuestro país y Bolivia. Su actuación despertó interés en círculos de arte y obtuvo contratos para recitales en el SODRE de Montevideo. Pasó luego a Buenos Aires, en donde participó en un concurso que le permitió integrar el elenco estable del Teatro Colón. Sofía Mendoza actuó durante once años en ese afamado teatro, lo que constituyó una consagración a su carrera de artista.

            En 1944 regresó al Paraguay y se hizo escuchar en conciertos y audiciones radiales. En ese mismo año; y. por una resolución del Ministerio de Educación, se creó la Escuela Nacional de Canto, bajo la dirección de Sofía Mendoza.

            Iniciaba así su labor docente. Pedagogía que fue a un tiempo ciencia y, en mayor medida, amor y sacrificio. Gracias a su magisterio, jóvenes generaciones participaron de una legítima tradición de arte. Al cabo de algunos años se patentizaron los primeros frutos de su labor. Conciertos y audiciones radiales se engalanaban con la presencia de jóvenes que mostraban en su arte apreciable técnica y algún oficio.

            Entre los primeros egresados de la Escuela Nacional de Canto deben ser citados: Josefina Bordas, Aurora Espínola, Judith Ocampo, Aura Mendoza de Daumas, Ana María de Lacognata, Eladio Pérez González, Ricardo Aigner, Johnny Torales. A una promoción posterior pertenecen Rosa González, Lidia Lezcano, Isaac Ortiz, Oscar Barreto, Arnaldo del Puerto, Elena Corrales...

            La dedicación de estos jóvenes hizo posible llevar a escena algunas óperas en nuestro ambiente, lleno siempre de precariedades cuando de cultura se trata. Recordamos: "Cavalleria Rusticana", "Madame Butterfly", "Rigoletto", "Sor Angélica", "Molinos de viento".

            Sofía Mendoza ocupó además la dirección de la Escuela Municipal de Canto. Tal, en apretadas líneas, la semblanza de esta artista que durante más de treinta años consagró su vida a la docencia. A comienzos de la década del setenta, una cruel enfermedad se ensañó en ella. Abandonó sus actividades y viajó a Buenos Aires con la esperanza de hallar curación a su dolencia. Algunos parientes y amigos le prometieron allá ayuda y compañía. En julio de 1976 supimos de su muerte. Y más tarde -lo que más aún hubimos de lamentar- supimos de la soledad y el abandono que la amortajaron antes que la misma muerte. Porque Sofía Mendoza murió en un hospital sin parientes ni amigos que le acompañaran en aquellos días de su existencia.

            Se quiso luego reparar de algún modo aquella injusticia. Un grupo de amigos y ex alumnos se propusieron cumplir con su deseo que en vida Sofía había manifestado repetidas veces: el de reposar definitivamente en su tierra, junto a sus padres. Después de innúmeras y dilatadas gestiones, el pasado año fueron repatriados sus restos, que hoy descansan en la tierra a la que tanto amó y enalteció con su arte y magisterio.

            Muchas amistades supo cultivar esta artista y maestra. Merece ser destacada de entre ellas la de don Pablo Monges Urbieta, quien puso su mayor empeño en cumplir aquel postrer anhelo de la artista. La generosidad de este paraguayo de bien no se ha detenido ahí. Ahora le dedica un libro, en cuyo prólogo nos dice que se trata de "una compilación de escritos publicados en revistas y periódicos de nuestro país, y algunos del extranjero, que dicen relación con nuestra compatriota; escritos de personas de reconocida capacidad cultural, quienes bien la conocieron". Y líneas adelante nos dice: "Servirá este trabajo para refrescar la memoria de cuantos admiraron la pureza de su arte musical, que era su pasión, al igual que su excelente vocación de "maestra-madre".

            Digamos, por nuestra parte, que el libro tiene el mérito de hacer revivir en el lector momentos estelares de la vida de esta gran artista, al tiempo de ser todo un testimonio de su labor docente y de su aporte a nuestra cultura. Escritos, notas y fotografías conforman una importante colección de documentos de gran interés para los amantes del arte y estudiosos de la cultura paraguaya. Un libro, en suma, destinado a perpetuar la memoria de esta artista que se llamó Sofía Mendoza.


            13-I-1990



IV


            Hay veces que la muerte no es sólo asunto personal de quien se muere sino que afecta a una comunidad por la influencia bienhechora que ha ejercido en ella la persona fallecida. Decimos entonces que deja un hueco no fácil de llenar. Porque no se trata de la simple vacancia de un cargo o empleo, sino de una calidad de vida que se patentizó en uno o más quehaceres de un modo ejemplar. Tal el caso de Kurt Lewinson.

            Kurt Lewinson era músico, pero fundamentalmente un hombre a quien le interesaba cuanta gente llegaba hasta él o conocía. Su personalidad se patentizaba en esa dación generosa que hacía de sus conocimientos de la música y de los varios idiomas que poseía. Vivió sus ideales de artista en comunión con el prójimo y, en ocasiones, hasta en pugna y acerada crítica, que es también un modo de convivencia y amor cuando no se sabe ser hipócrita. Pero tras esa crítica siempre hubo respeto a la dignidad del hombre.

            El caso es que dicha crítica también la ejercía en su propia labor. Y esta honestidad en su tarea le llevaba a asumir una postura humilde que se traducía en una absoluta ausencia de vanidad.

            A Lewinson lo identificamos como el pianista "acompañante" de conciertos, o como director de orquesta. Al menos, eran los aspectos más visibles de su personalidad de artista. Porque Lewinson era músico de sólidos conocimientos en el arte de la "armonía". Además "instrumentaba" con buen gusto y conocía "formas musicales" en ese sostenido y asiduo trato con las grandes obras de la literatura musical. Le caracterizaba sobre todo, la pasión de vivir un ideal de arte y de cultura. Su cultura le venía de una tradición de siglos si se tienen en cuenta su origen judío y la esmerada educación que recibió en un hogar en qué se hacía culto a la música. Alguna vez, en animada confidencia, Lewinson rompió el hermetismo acerca de su persona para decir en tono que no dejaba de tener su dosis de causticidad que había nacido en Alemania y sobre todo en Koenigsberg y lo primero que había escuchado en la escuela fue que en esa ciudad había nacido el filósofo Emmanuel Kant, lo que constituía todo un compromiso. Por lo demás, Lewinson, si bien se familiarizó con la literatura alemana, -en especial la de los siglos XIX y XX-, nunca hizo de ese conocimiento algo preeminente. El hecho de poseer idiomas como el inglés, el francés, le permitió conocer a sus grandes creadores y apreciar el genio de esos pueblos.

            Creo que Lewinson nunca hizo exhibición de sus lecturas, pero en el curso de alguna conversación cuando ésta despertaba en él un vivo entusiasmo, para subrayar alguna afirmación que creía necesaria, citaba pensamientos felices de autores ingleses o alemanes a quienes admiraba. Y también recurría a algún pensamiento egregio para contradecir a su interlocutor. Porque Lewinson no siempre admitía cuanto uno le decía, aun tratándose de una inocente afirmación en apariencia. De ahí que, en ocasiones, asumiera el tono áspero de la disensión. Yo me preguntaba a veces por los posibles motivos de tal reacción, al menos si se reparaba en su carácter por lo general apacible. No era sin embargo difícil hallar la respuesta. Poseía un sentido de las jerarquías con respecto de las cuales era intransigente.

            De ahí su menosprecio por la banalidad aun arropada regiamente. Detestaba la farolería y el coturno, el exhibicionismo vacío y lo que él llamaba "la gloria barata". Y detestaba también al hombre que desertaba de un ideal de cultura cuando poseía talento.

            En una época en que no se hace sino incrementar y difundir comodidades convirtiendo lo superfluo en necesidad, al punto que la gente se reconoce en su automóvil, en la fastuosidad de su vivienda, en la multitud de cosas que posee con olvido de su propia esencia, renegar de un ideal de arte cuando se tiene condiciones y talento, le parecía abominable.

            Conviene, sin embargo, aclarar que no propugnaba un profesionalismo nada fácil de realizar en un ambiente como el nuestro. Era muy lúcido para creer que el talento podía realizarse a la intemperie de toda formación académica. Bien sabía que una carrera artística, y en especial, la música, presupone múltiples factores que van desde un buen maestro, una dedicación sostenida, la obtención continua de mayores conocimientos, el cotejo de experiencias y, sobre todo, la posibilidad de vivir decorosamente de ese oficio.

            Insisto en que no se trataba de eso. Se trataba del cultivo de una vocación, aun en condiciones precarias, como medio de humanizar al hombre que cada uno lleva en sí, y al mismo tiempo, de superar prejuicios de una sociedad que no valora ni estimula esos esfuerzos y sólo los concibe como pasatiempo o excentricidad.

            Solía ir a Israel cada año, y visitaba luego algunos países de Europa para ver a viejos amigos. Había entre ellos médicos, abogados, ingenieros, quienes seguían cultivando la música en tertulias amicales, amén de una cotidiana práctica al margen de sus tareas profesionales. Y esto lo hacían con el mismo fervor, con el mismo entusiasmo que tenían en aquellos años de adolescencia y juventud. Para nada se sentían ridículos ni excéntricos. Por el contrario, eran hombres de lúcida inteligencia, de agudo sentido crítico, en cuyas vidas se asentaba la conciencia de una civilización. Cuando el irracionalismo se abatió sobre Europa en una guerra de proporciones mundiales, fueron precisamente hombres de esta talla quienes restauraron en ella el sentido de sus valores. Tal calidad de hombres era la que él quería para esta su segunda patria. Porque de hecho los había, aunque en proporciones muy menores a la que hay en países con tradición de cultura y arte. Y ver que esos pocos desertaran de tan noble misión contristaba el ánimo de nuestro amigo.

            Para apreciar hasta qué punto veía Lewinson el arte en relación al valor del hombre, me permito relatar aquí una anécdota. En cierta ocasión le había prestado un libro sobre Pablo Casals. Eran unas "memorias" del célebre artista. Cuando me lo devolvió, si bien admiró muchas páginas del libro, subrayó muy especialmente una. Allí dice Casals: "En un mundo en que la brutalidad se ha generalizado, en que muchas buenas voluntades se han adormecido, el artista no puede ser un hombre indiferente para con sus semejantes. Yo no soy lo que se llama comúnmente un político, soy única y exclusivamente un artista. La cuestión está en si el arte tiene que ser un pasatiempo, un juguete al margen de la vida de los hombres, o si debe conservar una significación profundamente humana. Las funciones políticas no son de la incumbencia del artista, pero para mí éste tiene la obligación de manifestarse categóricamente cuando se trata de la dignidad humana amenazada. Y cuando más destacado es el valor de una personalidad, tanto más aumenta la responsabilidad de sus actos y decisiones".

            Este ideal del gran hombre armonizaba con el espíritu de nuestro amigo.

            Lewinson llegó a Paraguay -según propio testimonio- en la década de los años treinta. Se dedicó a diversos menesteres, aunque preferentemente a la música. Tocaba el saxofón en un conjunto del Bolsi. Era pianista en orquestas de cámara, entre ellas la que dirigía el violinista Alfredo Kamprad. Desde entonces, y durante muchos años, Lewinson fue el pianista acompañante de cuanto solista llegaba a nuestro país. Poseía una admirable lectura rápida a "primera vista", como se dice en música. Sin embargo, no siempre hubo improvisación en esto. Conocía todas las sonatas de Mozart, Beethoven, Brahms para violín y piano. Le eran familiares los maestros del barroco italiano. Y si admiraba profundamente a Bach, a Brahms y a Schumann, también admiraba a Verdi y a Puccini.

            Entre las celebridades a quienes acompañó recordaba al violinista español Enrique Iniesta, que conocía todas las obras de Sarasate y cuya simpatía y sencillez cautivaron a Lewinson amén de sus soberbias ejecuciones que le habían conquistado la fama. Digamos de paso que Iniesta fue concertino de la Filarmónica de Chile durante muchos años y hasta su muerte, acaecida en 1970.

            A otro artista a quien recordaba por su bella voz y por su trato afable era el tenor mexicano Ortiz Tirado, a quien acompañó en el Belverede y en el Sajonia por los años cuarenta.

            El caso es que Lewinson no sólo fue un acompañante del piano de artistas paraguayos y extranjeros. Fue también un hombre que ejerció la docencia. Dirigió durante mucho tiempo un conjunto de música integrado por niños alumnos del colegio de Goethe. Lewinson es autor de la música del Himno del Colegio de Goethe. Enseñó en el Ateneo Paraguayo, en la Asociación de Músicos del Paraguay y en su estudio particular.

            Al escribir estas líneas recordatorias del amigo y maestro Kurt Lewinson, no ha sido mi intención trazar una semblanza biográfica de este artista. He intentado tan sólo aprisionar algunos rasgos relevantes de su perfil de hombre y de artista, como homenaje de recuerdo y gratitud a quien supo despertar vocaciones, y ayudó a muchos a mantener viva la llama del ideal.


            1984




V


            "Flores lleva tu apellido y flores tu corazón" cantó un poeta hermano. Y de flores se llenó la tarde aquella del 16 de mayo de 1972, cuando en Buenos Aires fallecía el maestro José Asunción, víctima del mal de chagas, a la edad de sesenta y ocho años. Esa tarde nos llegó la noticia desde la sala de redacción del Diario ABC Color, en donde Francisco Pérez-Maricevich trabajaba. Nuestro amigo, al tiempo de comunicar tan dolorosa noticia, solicitaba a artistas e intelectuales alguna opinión sobre la vida y la obra del maestro, de modo a publicarla.

            Han transcurrido casi veinte años de la muerte de Flores, y si bien su nombre vive en la memoria colectiva de su pueblo, se hace esperar el homenaje definitivo para quien vivió tantos años en el destierro: repatriar sus restos y erigirle un monumento. Esto sin olvidar la importancia de conocer cada vez mejor el sentido y la calidad de su música desde aquellas primeras páginas de "Jejuí", "Arribeño resay" a "India", "Ñasaindype" y "Mburicaó", hasta sus poemas sinfónicos "Pyjharé Pyté, "María de la Paz"... Porque la obra de Flores no ha permanecido ajena a apreciaciones arbitrarias, atribuibles al desconocimiento del arte de la música, como también a la mezquindad de algunos detractores.

            Sí, su obra no ha estado ajena a apreciaciones arbitrarias, en muchas de las cuales se hace patente lo reacio que somos en admitir jerarquías nacidas del talento.

            Es fama que cuando Flores creó una nueva música que era el canto mismo de nuestra tierra, no faltaron quienes se prodigaron en burlas hacia su nombre y su obra. Tampoco faltaron, es verdad, voces señeras que saludaron aquella música entrañable y auroral. Tal las del poeta Facundo Recalde y las de Víctor Montórfano. El caso es que en diversas épocas de su vida hubo gente que se empeñó en menoscabar su límpida trayectoria de artista.

            Corría el año 1970 cuando recrudeció una campaña difamatoria en contra de Flores, con la que se pretendía negársele la paternidad de la guarania para atribuírsela a Ortiz Guerrero. La razón del hecho residía en que Flores -hacía ya años de esto- había rehusado aceptar una condecoración oficial que por lo general poco o nada suele honrar a quien la recibe, desde el momento que su obra y el alto sentido que ella entraña resultan negados en los hechos oficiales, en un doble discurso que caracteriza esa arraigada contradicción de la vida paraguaya.

            Ante esta sañuda campaña, don Mauricio Cardozo Ocampo hizo una valiente réplica, al tiempo que invitaba a artistas e intelectuales a pronunciarse sobre el caso.

            Tuvo la amabilidad de escribirme una emotiva carta, en la que dilucidaba la obra de Flores al tiempo que deploraba tan aberrante falacia. Mi contestación a su carta la reprodujo en su libro "Memorias de un pychái".

            En ese libro aparece una reseña histórica del nacimiento de la guarania, que había adjuntado a la carta de referencia. Recuerda Cardozo Ocampo, situándonos en el meridiano de los años veinte, que la mejor organización musical que había en Asunción era la Banda de Músicos de la Policía tanto en competencia como en disciplina. Era su director Nicolini Pellegrini, maestro italiano que llegó a Paraguay como integrante de una compañía lírica y que terminó afincándose definitivamente en esta tierra.

            Recuerda también las "retretas" en la Plaza Uruguaya y en la Plaza Italia, dos veces a la semana y a las primeras horas de la noche, con un repertorio constituido por obras de grandes maestros italianos y alemanes, pero cuyo "broche de oro" era siempre una polca o una galopa.

            Flores, quien era integrante de esa agrupación, sobresalía como excelente ejecutante del trombón. Por entonces comenzó a incursionar en la composición. "Un día tomó el tema de Rogelio Recalde "Maerapa reicua'ase" y lo instrumentó para la Banda de Policía -nos cuenta Cardozo Ocampo-, melodía nativa muy conocida que siempre era ejecutada en tiempo "allegro" y ahora aparecía en tiempo "andantino", en un ritmo ternario de 6x8 con nueva armonización. Después de este exitoso experimento, Flores se decidió a crear su primera composición, a la que bautizó con el nombre de un hermoso río del Paraguay. "Jejuí".

            Quedaba, sin embargo, un problema por resolver. La música carecía de nombre genérico. Los versos de Molinas Rolón "Y fue también Guarania la región prometida como tierra de ensueño, e ilusión y de vida"... tuvieron resonancias en su espíritu y optó por la palabra "guarania". A "Jejuí", obra escrita para trío de cuerdas (piano, violín y cello) siguieron "Arribeño resay" y "Ka'aty", ambos con letras de Rigoberto Fontao Meza. Vendría luego "India", también con letra de Fontao Meza. En ese punto aclara Cardozo Ocampo: "En una serenata que Flores llevó a Ortiz Guerrero, el poeta quedó prendado de la melodía y formuló una nueva letra, que es la que se canta en la actualidad".

            Conocida es aquella entrañable amistad del poeta y el músico, que dio vida a bellas páginas como "Panambí verá", "Nde rendape ayú", "Ñasaindype"...

            La ilustrativa reseña de la guarania que hace Cardozo Ocampo ubica al músico y al poeta y sus alados versos con el debido distingo de la poesía que viene a unirse al canto.

            ¿Por qué los versos de Molinas Rolón sugirieron a Flores nominar a su música "guarania"?

            Aniceto Vera Ibarrola, violinista de subidos méritos y compositor de bellas páginas musicales, fue amigo y compañero de Flores en serenatas y tertulias amicales. Flores, al igual que Vera, estudió el violín con Fernando Centurión. Vera recordaba que, si bien el nombre de "guarania" lo había adoptado Flores de aquellos versos de Molinas Rolón, estaba también en su espíritu el recuerdo de aquellos antepasados nuestros. Veía Flores en el indio, en la pureza de su vida limpia y resignada, los valores de un pueblo que no podía morir. De hecho sobrevivía en su lengua y en su canto en un tiempo que ya no era el suyo. Flores solía visitar tolderías indígenas, en especial las de los Maka, a quienes escuchaba durante horas, al tiempo que tomaba apuntes de aquella música y sus curiosos ritmos.

            De joven sintió Flores un irresistible interés por la música paraguaya, a la que encontraba desprovista de un nombre genérico que la identificara con los valores de su tierra y su historia. Una música libre de tradicionales moldes como la polca o la galopa. De ahí que Flores al crear la guarania desarrollara en ella una variedad de ritmos y acentos autóctonos, a los que unió una melodía de gran belleza y riqueza armónica. Cómo no recordar "Gallito cantor", "Cholí", "Ñasaindype", "Nde rendape ayú"...

            De todos modos, creo oportuno, una vez más, explicitar el fenómeno "música" ante esa arraigada creencia entre nosotros, según la cual para crear una obra de arte basta la inspiración. La inspiración es siempre un premio a la dedicación. Y esto porque en la base del artista está el artesano en perpetua faena por dominar su oficio. Ilustrativa resulta a este respecto aquella anécdota según la cual Beethoven, en cierta ocasión, recibió una esquela de su hermano Hann en que se presentaba como "Propietario de terrenos", a la que contestó el compositor; "Propietario de un cerebro".

            Es obvio que sin inspiración no hay arte, pero en la médula de toda obra artística están sus elementos estructurales. En música se requiere un buen conocimiento de la teoría, de la armonía, las "formas musicales", el contrapunto y la instrumentación, por citar las materias fundamentales de la composición. Cuando Cardozo Ocampo nos cuenta de aquellos esquicios, de aquellos borradores de Flores para los cuales tomó como base la obra de Rogelio Recalde "Maerapa reicua'asé", alude al uso de estos instrumentales. Lo mismo puede decirse de todo cuanto narra Vera Ibarrola acerca de aquellos apuntes de ritmos y melodías de los indios Maká que hizo Flores. Una obra de arte supone siempre una vasta integración de elementos y vivencias.

            Flores es un ejemplo del artista estudioso y de admirable talento. Reacio a repetir el pasado, se identificó con el alma de su pueblo, y desde composiciones sencillas y populares supo elevarse hacia creaciones de acentos universales.

            Quienes tuvieron la dicha de conocerlo y tratarlo lo recuerdan como hombre sencillo, noble, generoso. En más de una ocasión se le escuchó decir: "la guarania es de mi pueblo. Allí están los sollozos de su pasión y los gritos de su rebeldía". Y agregaba: "Nació conmigo, pero sobrevivirá mientras el hombre paraguayo sea capaz de cantar una canción".


            II-1990




VI


            El 7 de agosto de 1944 fallecía, en la ciudad de San Salvador, Agustín Pío Barrios "Mangoré", artista universal de la música, así por su notable virtuosismo en el arte de la guitarra como por sus composiciones, que a su gran belleza unen aportes decisivos a la técnica instrumental.

            Con la muerte de Barrios desaparecía un paraguayo universal. Un intérprete pionero en ese fatigar de caminos por geografías de nuestra América y algunos países de Europa. Artista que había deslumbrado a sus coetáneos por su rara habilidad de pulsar la guitarra, su enjundiosa técnica que parecía no tener límites, al punto de que lo llamaran el "Paganini de la guitarra".

            Y si grande fue como artista, como hombre ejemplificó patricias virtudes de su pueblo hechas de nobleza altiva, de austeridad, de generosidad, de respeto a la propia dignidad y a la ajena.

            Si fuéramos a aprisionar en una visión retrospectiva algunos momentos biográficos de Barrios desde su niñez en su pueblo natal de San Juan Bautista de las Misiones, sus posteriores estudios de música en el Instituto Paraguayo, bajo la orientación de Gustavo Sosa Escalada, se nos aparece patente su vocación de arte.

            En el año 1910 viaja a Corrientes para dar algunos conciertos. No se propone dar sino dos o más conciertos en el transcurso de una semana y retornar al país. El caso es que esa semana hubo de convertirse en diez años de constante trajinar por geografías de nuestro continente. Actúa en escenarios de prestigio internacional. Su nombre cobra fama. Hacia 1918 es dable apreciar su doble carácter de intérprete y compositor. Bajo el cielo de Juan Sebastián Bach germinan sus propias creaciones: La Catedral, Estudio de Concierto, Las Abejas, Madrigal, Danza Paraguaya...

            En el año 1922 retorna al país. Vuelve Barrios a su tierra. Su nombre tiene resonancias de leyenda. Se presenta en un concierto en el Teatro Granados. En la ocasión, a modo de saludo y bienvenida, pronuncia un discurso el Dr. Manuel Domínguez, infatigable animador de la cultura paraguaya. Los músicos y cultores de la guitarra quedan fascinados por su arte interpretativo como por la calidad de sus creaciones.

            A este concierto le suceden otros en centros culturales y sociales de Asunción. También se hace escuchar en ciudades y pueblos del interior del país. El pueblo ha captado las excelencias de su arte. De sus obras, la más próxima a su sensibilidad es la Danza Paraguaya. Por aquellos días escribe Jha che valle, de atrayente melodía y dejo virtuosístico.

            Ha ido pasando el tiempo. Llegaba a su fin el año 1924. El deseo de Barrios era abrir una Academia de Guitarra para formar alumnos, transmitir sus conocimientos y experiencias de una técnica que él ha ido elaborando en pacientes estudios y que lleva la impronta de geniales hallazgos. Expone estas inquietudes al presidente Dr. Eligio Ayala. Algo le promete el ilustre estadista, pero no de un modo inmediato. A Barrios le gana la impaciencia, la fuerza de una vocación que no puede vivir supeditada a eventuales promesas. Ansía un horizonte más amplio para su espíritu y para su arte. Pero antes, quiere ofrecer un concierto de despedida al pueblo. Escoge como escenario la Plaza Uruguaya. Una impresionante multitud se da allí cita para escucharlo. Se improvisa una pequeña tarima y Barrios inicia su concierto. De pronto, y haciendo un alarde de virtuosismo, ubica la guitarra de tal modo a pulsarla como si lo hiciera en un piano. Todos quieren ver cómo lo hace. Todos pugnan por acercarse para observar mejor aquello. Arrecian pisoteos y empujones hasta que una gresca de proporciones pone punto final al concierto. Al término de la velada quedaba patente el poco valor que nuestra sociedad suele otorgar a un verdadero músico. Barrios suscitó la admiración de unos pocos hombres cultos de su época intelectuales y amigos. Los demás estaban muy ocupados -como hoy lo están- en lo que para el paraguayo es pasión primordial: la política, aunque tal actividad diste de ser, en la mayor parte de los casos, una actividad consciente y cargada de razón. Y fue una vez más el pueblo, esa masa de jóvenes estudiantes y trabajadores, hombres y mujeres que en la humilde y dura faena de los días labran la grandeza patria, fueron ellos quienes intuyeron y admiraron al genio, al milagro de su tierra.

            Transpuesto el año 1924 se encontraba Barrios en intensa actividad de conciertos, con recitales en el Teatro Solís de Montevideo y en ciudades del Uruguay y la Argentina. Visita el Brasil. Vuelve a grabar discos tal como lo hiciera en 1912. Es el primer guitarrista que lleva al disco composiciones de su propia creación y páginas de autores universales. Cada pueblo de América que conoce le inspira una composición. Argentina su Aire de Zamba; Brasil su Choro de Saudade; Chile una Zamacueca; los pueblos del Pacífico su Suite Andina.

            Hacia 1930 Barrios trueca el frac de concertista por el atuendo del indio con una vincha atada a la cabeza, el torso desnudo y un arco en la mano. Mangoré da origen a una leyenda. Era el indio a quien el dios Tupã había revelado el secreto de un gran arte. Mangoré fue un pseudónimo, una figura y también un símbolo. Responde a una conciencia que tenía Barrios, al igual que aquellos creadores del gran arte de América y que nos recuerdan nombres como los de Rubén Darío, Alfonso Reyes, César Vallejo, Rómulo Gallegos, José Martí, Henríquez Ureña, y, en la plástica, a aquellos formidables muralistas mejicanos. Son años en que emprende su gira más triunfal y cuyo itinerario va de la Argentina a países de Centroamérica y México. Precisamente en México un ataque cardíaco lo sustrae de su gira. En el Salvador el presidente de ese país, Gral. Maximiliano Martínez, le ofrece una cátedra en el Conservatorio Nacional y una pensión vitalicia. En esa cátedra Barrios formó alumnos, muchos de los cuales alcanzaron prestigio en el arte de la guitarra. Allí enseñó durante cinco años hasta aquella mañana de su muerte, en agosto de 1944. Su partida de defunción en la parte final dice "...no deja bienes". Paradójicamente, en ausencia de bienes materiales nos ha legado bienes de inmarcesible belleza con los que ha enriquecido la cultura paraguaya y el arte universal.

            A cincuenta años de su muerte, el Paraguay lo recuerda como a uno de sus hijos dilectos. Sus restos descansan lejos de la tierra que lo vio nacer, pero su obra y su recuerdo viven en el alma de su pueblo.


            7-VII-1994



VII


            A treinta años de la muerte de Alfredo Kamprad, su recuerdo nos convoca a suscitar entre nosotros algo de ese espíritu radiante de poesía y música que desde las cuerdas de un violín regalaba a todo un pueblo un pedazo de cielo.

            Durante muchos años, Alfredo Kamprad fue figura señera del arte musical de nuestro país. Oriundo de Alemania, llegó al Paraguay en el año 1923. Se dedicó a la docencia, a dar conciertos y a actuar en café-concerts y en lo que hoy denominamos "cine mudo". Fue profesor de violín en el Instituto Paraguayo, entidad decana de la cultura nacional y de decidida gravitación en el resurgimiento espiritual del país tras la Guerra de 1864-70. Allí enseñaron el violín ilustres maestros como Fernando Centurión de Zayas, Nicolino Pellegrini y Vicente Macarone.

            En 1928 se conmemoraba el centenario de Schubert en todo el mundo musical. A iniciativa de Remberto Giménez, se formó la Orquesta Sinfónica para conmemorar tan glorioso aniversario. La formación de una orquesta de esta naturaleza constituía, desde luego, un proyecto ambicioso, si se tiene en cuenta que en aquella época no se contaba con ejecutantes del oboe, el fagot y otros instrumentos imprescindibles en una orquesta sinfónica.

            Con los elementos disponibles se superaron estos obstáculos y se realizó el homenaje en nuestro país. Alfredo Kamprad actuó como primer violín de la Orquesta.

            En 1929, a iniciativa también del Prof. Remberto Giménez, se organizó el "Cuarteto Asunción". Eran sus integrantes, a más de Giménez, Enrique Marsal, Alfredo Kamprad y Erik Pezunka. Esta agrupación hizo numerosas presentaciones en conciertos matinales en el Teatro Municipal -Teatro Nacional entonces- y en veladas organizadas por el Instituto Paraguayo.

            Kamprad vivió hasta poco antes de su muerte en una casa de la calle México y Azara de nuestra capital. Allí tenía su estudio de música. Allí acudía diariamente un nutrido grupo de niños y adolescentes, muchos de ellos descendientes de alemanes, a recibir lecciones de violín y también de piano.

            El decoro, la pulcritud y la nobleza que presidían su trato y su persona, parecían extenderse a toda aquella pieza de estudios, donde estantes con pilones de partituras musicales y diversos instrumentos configuraban los elementos del oficio. Oficio de artesano y artista, pero, por sobre todas las cosas, oficio y apostolado de maestro que encauzaba vocaciones y, en mayor medida, amor y comprensión hacia ese universo sonoro donde se dan a un tiempo la voz de Bach, de Mozart y Beethoven, sus maestros preferidos.

            Si algo fundamental podemos recordar del músico Kamprad, quienes fuimos sus discípulos, es que nunca concibió la música de un modo mecánico, como un mero compromiso de hacer notas. Ante una obra por modesta que fuese, siempre ponía un absoluto interés por aprehender su carácter y contenido, y transmitirlos en lo posible, con la mayor fidelidad, conforme a su vivencia.

            Sus ejecuciones, desde un punto de vista técnico, pudieron muchas veces acusar aristas imperfectas, pero el contenido y el carácter de la obra siempre estaban presentes. La música en sus manos no era mera configuración de notas, sino un todo vivo y unificado que llegaba al oyente porque "decía" algo.

            Aborrecía Kamprad lo que él llamaba la "música idiota". Esto es, la música huérfana de carácter, de vida y estilo, en manos de un intérprete cuya única y exclusiva preocupación fuese la de hacer notas, por perfectas que fueren.

            No se cansaba además de insistir en que si bien había que cuidar los detalles y la proporción de conjunto de una obra, ello no debía matar la espontaneidad de la ejecución, la frescura del sentimiento.

            Y si estas exigencias le caracterizaban como artista, como hombre era dueño de una dignidad ejemplar. Nunca se le escuchó negar a otros cualidades que él no poseyera. La envidia no echó raíces en su espíritu altivo y humilde a un tiempo. Pero que haya sido hombre de gran nobleza y circunspección no significa que no esgrimiera, en ocasiones, alguna aguda crítica. Criticaba, y a veces con una mordacidad que suscitaba la risa en quienes le escuchaban.

            Recuerdo cómo, en ocasión en que un alumno que practicaba música de conjunto empezó a arrastrar la voz de una nota a otra, de un modo tan fuera de estilo, Kamprad le espetó: "¿Quieres tocar un tango? Esto es Bach y no una gitanada. Es tiempo de que te enteres".

            Otras veces imitaba en el violín aumentando el defecto que señalaba. Aquello era como mirarse en un espejo y sentirse sencillamente "cursi". Pero en lo fundamental Kamprad era pródigo en estimular esfuerzos y afanes allí donde veía algo positivo. Y esto lo hacía no con meras frases de cumplido, sino con esa palabra en cuyo tono se advertía la convicción de la franqueza. Palabra que orientaba y clarificaba a un tiempo.

            Me perdonará el lector que, al evocar etapas de la vida de este artista y maestro, tenga que acudir a mis recuerdos vivos. Es que quisiera suscitar algo de ese espíritu que paseó por nuestra patria su peregrino canto, su esperanza invicta.

            Aún recuerdo aquella mañana en que lo conocí. Era yo un niño que, llevado por mi madre, iba a tomar lecciones de música en el Ateneo Paraguayo. Mi primer profesor había sido Enrique Marsal. A él lo sucedió Kamprad. En esa vieja casona lo vi por vez primera. Próximo a la cincuentena, cuanto más, ahí estaba rubicundo, calvo, algo obeso y de mediana estatura. Llevaba gruesos lentes y vestía con gran pulcritud. Su andar era enérgico, aunque sin prisa, y en sus gestos y ademanes había algo de ceremonioso, como cuidando la dignidad y nobleza de su oficio, o, acaso mejor, su apostolado de artista.

            Lo que aquella mañana no pasó de mera relación de discípulo y maestro hubo de convertirse, con los años, en acendrada amistad, una de las más nobles y genuinas que he conocido.

            Recuerdo ahora otro momento de significación en su vida de músico. Se aproximaba el segundo centenario de la muerte de Juan Sebastián Bach. El mundo musical se aprestaba a evocar el recuerdo del Cantor de Santo Tomás. Entre los homenajes que en nuestro país se iban a realizar estaba el que Kamprad había preparado para la ocasión.

            El programa constaba del "Concierto en Re menor" para dos violines, el "Aria para la cuerda de Sol" y el "Concierto Brandenburgués Nº 3".

            Kamprad había distribuido las partes entre sus discípulos más aventajados, a los que se sumarían luego músicos profesionales, de modo a completar la dimensión de la orquesta.

            Su principal preocupación fue crear en nosotros un fervor acorde al acontecimiento que íbamos a vivir. Después de que cada uno hubo estudiado pacientemente su parte, se sentaba el maestro al piano y nos hacía escuchar los acordes que sostenían la melodía en diversos pasajes de la obra. La música nos hablaba a ratos de grandeza, de alegría y también de humildad, y hasta de travesura.

            Vinieron luego los ensayos en conjunto. Había que estar allí con suficiente anticipación, porque antes de afinar el instrumento Kamprad era exigente en las buenas maneras. Todos debíamos estrecharnos las manos cordialmente. Y cuando alguien lo hacía con el rostro serio o con la ligereza de un mero cumplido, al punto preguntaba, entre serio e irónico, si había algún motivo de preocupación o tristeza. Esto de por sí disipaba toda tensión y ayudaba a mantener el fervor por la música.

            Ya batuta en mano, se esforzaba por lograr con la mayor fidelidad posible el debido "tiempo" y las acentuaciones del fraseo. Interrumpía a trechos y exponía repetidas veces sus puntos de vista en tal o cual pasaje. Todo esto lo hacía con un mínimo de ademanes, apenas una que otra mímica. Eso sí, miraba fijamente, sin otro comentario, con una mirada de reproche a quien cometía algún error craso.

            Llegó al fin el día del concierto. El salón de actos del Colegio Goethe ofrecía un aspecto solemne y festivo a un tiempo.

            Se inició el acto con el "Concierto en Re menor" para dos violines de Bach, interpretado por Jorge Moench y Alfredo Kamprad, y en el clave, Elsa Nélida Camerano. Al apagarse las últimas notas del "Concierto Brandenburgués N° 3, el público se puso de pie a aplaudir. Kamprad había bajado del atril la batuta, y aplaudía también a los músicos. Era el homenaje al Cantor de Eisenach, cuyo espíritu esa noche estaba de alguna manera presente entre nosotros. Era su música, el timbre de su alma que había vibrado en nuestros corazones, como acaso vibró en el suyo cuando se hizo notas en el pentagrama y sonido en la alborada.

            Otra de las actividades de Kamprad era tocar en un conjunto de cuerdas que llevaba su nombre. Como compositor escribió algunas piezas breves. Sobresalen de entre ellas sus "Aires lenguas", inspirados en la música de los indios Lenguas, a quienes visitó en más de una ocasión. Hombre curioso, deseaba conocer la vida de los naturales de nuestro país, sus costumbres y todo lo que de una u otra forma constituye nuestra raíz histórica. Kamprad había estudiado en Berlín con Hans Sit y con Boicut, y había actuado en orquestas prestigiosas de Alemania.

            La guerra (1914) creó en él una decepción que lo indujo a buscar otras tierras, a conocer mundos y a olvidar aquella tragedia en la que había participado. Después de aquel homenaje a Bach habrían de sucederse otros conciertos, todos con idéntico entusiasmo y el ansia de un ideal hecho de elevación y de esperanzas. Y llegó aquel año de 1961. Una terrible enfermedad arrasó con él. Diariamente una romería de amigos llegaba hasta su lecho de enfermo. Su abnegada compañera, doña Gertrudis de Kamprad, le prodigó hasta el último trance todo el afecto, el desvelo y la devoción que los unían.

            Una mañana de abril, una lluviosa mañana, acompañamos al maestro hasta su última morada.

            Ha ido pasando el tiempo. Es probable que a Kamprad ya pocos lo recuerden. Es curioso cómo en nuestro pueblo pareciera no sedimentar una memoria histórica cuando de cultura se trata. Inmersos en la vorágine del politicismo, siempre refractario a las jerarquías del talento, sólo la mediocridad y el oportunismo persisten en un agitarse estéril y grotesco. Sin embargo, hemos de empeñarnos en hacer justicia a la obra y al recuerdo de estos hombres que han venido forjando la cultura paraguaya.


            13-IV-1991



VIII


            Las nuevas generaciones que comienzan a actuar en la vida pública de nuestro país, no permanecen indiferentes a la tradición cultural de que son herederas. No son pocos los jóvenes que a la sinceridad de propósitos unen solvencia intelectual. Así, en empujes de alborada, se ha comenzado a hurgar, analizar, y juzgar nuestro pasado y también el presente que comienza a convertirse en pasado.

            Se ha puesto en esta labor la avidez del método y alguna pericia en el uso el instrumental disponible. La tarea tiene desde luego, a más de sus méritos, sus posibles deficiencias, donde la imprevisión no es la menor de ellas. Se advierte sí una decidida voluntad de no caer en el mero anecdotismo, en la historiografía huera a que somos propensos.

            Analizar, juzgar y valorar son quehaceres necesarios cuando se aspira a una labor de cultura, cuando se quiere hacer historia, cuando se quiere en suma, legar un alma a la memoria de los hombres.

            Y esta labor la vemos tanto más necesaria en épocas como la nuestra donde la preponderancia del saber informativo nos sitúa cada vez más en un presente huidizo. Esto acaso explique el desconocimiento y la incuria en que yacen nombres ilustres que forjaron la cultura paraguaya. Y explique además, esa ausencia de jerarquía en el concepto ciudadano, donde la calidad personal resulta muchas veces cosa ínfima cuando no se ve acompañada del éxito. No nos sorprende por eso, constataren hechos repetidos, que el protagonista de historia y de cultura resulta marginado, y su sitial, el que debió corresponderle por derecho propio, queda a manos de algún valor de dudoso cuño.

            Bien está pues, recoger en cuenco de recuerdo toda mansa vena de tradición que, nos habla de paraguayidad auténtica. Recogerla y elevarla a la categoría que le asigna su esencia.

            Si alguna razón pues, pudiera justificar el presente trabajo sería el afán de rescatar del olvido a un maestro, a un hombre de cátedra y por sobre todas las cosas a un eximio artista del violín que honró a nuestra patria con las luces de su talento. Tal Fernando Centurión de Zayas. Artista que en el trasiego de los días alza su canto, porque su vida fue eso, canto apasionado que desde las cuerdas de un violín, hiere la memoria de nuestros corazones.

            En mi propósito de hablar del maestro Centurión tuve que superar dos obstáculos que creo oportuno comentarlos. El primero fue que no lo conocí en vida. Cuanto de él supe hasta no hace mucho, no pasaban de anécdotas, de comentarios contradictorios acerca de su vida de artista, y de su labor de pedagogo.

            El segundo obstáculo, era el tema en sí: un intérprete de música, a quién nunca había escuchado, ni siquiera a través del disco.

            En el campo de la composición, Centurión dejó algunas obras, pero su labor fue esporádica, o cuando más resultó trunca, por causas que menciono más adelante. Conviene sin embargo recordar, que fue el primer paraguayo, -hasta la fecha creo que es el único- que tuvo el privilegio de presentar en carácter de estreno, una obra suya, en el Salón de conciertos de la Unión Panamericana en Washington y que suscitó elogios de parte de la crítica especializada.

            El caso es que Centurión realizó preferentemente una labor de intérprete del violín y paralelamente a ella, ejerció la docencia en ese arte. Y hablar de un intérprete no es cosa fácil. Suele escucharse, alguna que otra redonda afirmación, según la cual fulano es un "genio", y zutano una "maravilla". Tal valoración, responde casi siempre a la fama de que gozan esos intérpretes. Se trata generalmente de artistas que se imponen a públicos de todas partes. Su arte, no está supeditado a su presencia física, porque el disco y la radio hasta en la intimidad de nuestro hogar nos hacen llegar las excelencias de su talento. La reproducción mecánica tan perfeccionada en nuestros días, nos depara toda la belleza de una interpretación musical y nos permite valorar la capacidad de un intérprete. No nos queda por desgracia ningún disco de Centurión que nos permita formarnos, cuando menos, un aproximado concepto de lo que fue su arte.

            He tratado de compensar estas limitaciones que me ofrecía el tema con todo lo que de él pude averiguar, y muy especialmente gracias a un álbum de recortes, que como preciada reliquia conserva su viuda. Este álbum contiene una colección de artículos aparecidos en diarios nacionales y extranjeros y hacen referencia a la labor artística de Centurión; desde los años de su adolescencia, cuando inició su carrera de músico, su posterior triunfo con el Gran Premio de Conservatorio de Lieja, de resonancia europea, hasta los últimos años de su vida. Todo está ahí puesto, en orden cronológico casi, y lleva además, notas marginales de puño y letra del artista. De este modo el álbum de referencia, constituye todo un documento biográfico, pues a más de crónicas de conciertos, están ahí consignados artículos de tono polémico, en contestación a sus detractores, y no faltan además uno que otro, de carácter tendencioso, dirigidos a su persona. Constituyen estas notas, documentos reveladores del drama íntimo que vivió en un ambiente y una época que no supo valorar la dignidad de su carácter, ni comprendió la grandeza de un arte, que en el son de un violín expresaba las esencias más nobles de una civilización.

            Fernando Centurión de Zayas pertenece a aquel grupo de jóvenes que a principios del novecientos, manifiesta en veladas de arte, exposiciones y certámenes literarios, una legítima vocación estética. Algunos consiguen becas del gobierno y van a Europa a madurar sus conocimientos. Junto al nombre de Centurión, recordamos los de Juan Anselmo Samudio, Pablo Alborno, Carlos Colombo.

            Centurión realizó sus primeros estudios en Asunción. Su ilustre padre, el coronel Juan Crisóstomo Centurión fue guía y mentor en aquellos años de su niñez y adolescencia. El coronel Centurión se había unido en matrimonio con doña Concepción de Zayas, de nacionalidad cubana. Hijo de este matrimonio fue Fernando.

            Una esmerada educación presidió los años de su niñez en aquel hogar donde la música, la pintura y las letras completaban la presencia de los seres queridos. Nació Centurión de Zayas en Asunción en el año 1886. Comenzó a estudiar el violín a los once años de edad bajo la dirección de un reputado maestro alemán Don Carlos Aschermann. Habiéndose ausentado del país su profesor, continuó sus estudios, después de una breve interrupción, con el maestro italiano Nicolino Pellegrini. A los dieciséis años dio su primer concierto en el Teatro Nacional de Asunción. Este concierto tuvo carácter de homenaje a los miembros del Congreso, al Cuerpo Diplomático Extranjero y al Instituto Paraguayo. La presentación del joven violinista suscitó elogiosos comentarios en la prensa.

            Después de ésta su primera presentación de importancia en su carrera de artista, viajó a Buenos Aires donde permaneció algunos meses. En ese tiempo tomó lecciones de violín en la cátedra de un virtuoso y notable pedagogo del Conservatorio Argentino de nombre Ferruccio Cattelani. Viajó luego a Cuba donde prosiguió sus estudios. En el año 1905 retornó al país. De nuevo tomó parte en conciertos y actos culturales. El diario "El Cívico" en su edición del 4 de setiembre de ese año, inserta un artículo consagratorio para Centurión y lleva la firma de Rafael Barrett. Dice el artículo: "Con la turbación natural a la juventud extrema, a la exhibición pública, y hasta a la misma conciencia del éxito forzosamente feliz, turbación sólo apreciable en la delgadez de sonido con que fue ejecutada la "Cavatina" de Raff, comenzó el señor Centurión su concierto del sábado. Pero bien pronto recobró el arco toda su plenitud, y se echó de ver en el "Concierto" de Beriot, en la "Rapsodia" de Hausser y en los célebres "Aires" de Sarasate sobre todo, lo que es hoy y lo que será mañana el simpático artista.

            "El mecanismo resulta discreto y seguro, lo que parece extraordinario, si se considera, cuántos obstáculos ha debido vencer Centurión para salirse con la suya. Más saliente todavía, aparece el buen gusto y la clara inteligencia del violinista. Basta observar la proporción de los efectos, la sobriedad del claroscuro y la corrección de la perspectiva musical para descubrir que Centurión comprende lo que toca, y esto no es frecuente aun entre los mismos virtuosos. Únase a esto la figura agradable y en primer término la voluntad poderosa del brillante paraguayo, y se estimará la calidad excelente de su probable carrera artística. Nada tan oportuno y tan justo como la beca otorgada a este joven lleno de promesas".

            Esto escribía Barrett en 1905 con toda la perspicacia de que era capaz su lúcida conciencia de artista. A nuestro juicio, constituye un acabado retrato del joven violinista, Barrett no sólo era un escritor magnifico, un ensayista de tono polémico, era además un fino intérprete del piano. De ahí que conociera esa silenciosa lucha del intérprete en su afán de dominar el instrumento. Horas ignoradas en que una voluntad se encrespa en la aridez de una artesanía.

            Obtuvo pues, Centurión una beca del gobierno para proseguir estudios superiores en París. Sin embargo no le fue fácil realizar el viaje dada la precariedad de medios en que se desenvolvía. Se propuso tocar un concierto a su beneficio, y para ello recurrió a Sociedades y Centros de cultura para que éstas patrocinaran su presentación en público. El silencio fue la respuesta. En ninguna parte encontró acogida y tuvo que arreglárselas solo, en medio de aquella inmensa indiferencia.

            Triste resulta consignar este recuerdo ingrato. Es toda una lección de historia, de miseria humana. Está visto que nadie hace de Quijote cuando no le asiste la convicción del éxito. Es probable que el hecho se haya repetido. Cuántas veces el temor al ridículo nos hace aparecer graves y formales en lo externo, y sin embargo por dentro, una íntima endeblez configura el clima de nuestro espíritu. Pero, es tarea de cultura, incentivar inquietudes de arte de modo a superar esa etapa de tanteos donde naufragan entusiasmos y se derrumban vocaciones.

            Hay una responsabilidad que a todos nos incumbe, la de no permanecer indiferentes al proceso cultural de nuestro país. Deplorable resulta esa actitud tan nuestra de mera expectativa, distante de una sana crítica como del estímulo sincero. Se diría que esa pasividad ha creado en nosotros la malicia que todo lo degrada. Es como si en la balanza de nuestro espíritu pesara más lo negativo de nuestro semejante y no lo bueno que pudiera haber en él. Unida a la malicia va el sarcasmo, ese sarcasmo lapidario que no es sino la otra cara de una misma medalla: el temor al ridículo.

            Esto que digo a más de uno le parecerá fuera de tono y de ocasión. El caso es que al ocuparme de un artista como lo fue Centurión, no podía silenciar tantas cosas que por desgracia han vuelto a repetirse entre nosotros.

            Pudo al fin realizar Centurión su viaje. En París tomó lecciones del eminente violinista cubano White. Pasó luego a Bélgica, cuya afamada escuela de violín es aún hoy una cumbre en el arte de la enseñanza del difícil instrumento. Allí estudió con el famoso César Thompson y con Oscar Dousin. Después de cinco años y cuando ya expiraba su beca se presentó a un concurso de notables violinistas el 4 de julio de 1910. Obtuvo el primer premio en la difícil prueba. Los diarios de Bélgica comentaron este triunfo del artista paraguayo. El Journal de Lieja decía entre otras cosas:... "Tiene un arco que produce admirables efectos". Otro diario comentaba:... "El jury consideró en este ejecutante, su corrección en las obras de Bach, la destreza de su mecanismo en los Caprichos 9 y 13 de Paganni, así como la prontitud de la lectura a la vista".

            Los diarios de Asunción, se hicieron eco de este triunfo. Por razones de espacio no reproduzco aquí, un magnífico ensayo que le dedicara Don Juan E. O’Leary, al artista laureado. No faltaron comentarios que señalaban entre otras cosas: "el talento y laboriosidad de Centurión"... la bella realidad que deparaba a la patria la sabia ley de becas".

            Esto de "sabia ley de becas" es una verdad que no admite vuelta de hoja. Lamentablemente no se la considera con la seriedad que merece el tema. Pocas veces se tiene en cuenta los beneficios que representa el hecho de capacitar a jóvenes artistas que dan prueba de talento y dedicación, premiándolos con una beca. Un artista que va al extranjero a madurar sus conocimientos, es una inversión para el país, que tiene luego sus innegables beneficios. En esas academias de arte, encuentra el estudioso, toda una tradición de siglos que se le ofrece a cambio de su empeño y dedicación. Quien hoy va como discípulo a una de esas academias, resulta mañana el maestro que ha de plasmar nuevas generaciones integrándolas a una tradición de arte. El saber por él adquirido no queda recluido en su individualidad, sino que pasa a germinar en otras mentes.

            Se ha dicho muchas veces, y repetirlo una vez más no deja de ser oportuno: el crecimiento espiritual de un pueblo está en manos de sus educadores y artistas. En esta elección del maestro, no debe uno moverse a engaño. A los falsos, se los conoce porque no tienen tradición, porque no es posible encontrar en ellos la trama de una vida que desde los días de su niñez, de su juventud, nos hable de un destino.

            Cuentan que una vez, una admiradora del famoso violinista y compositor vienés Fritz Kreisler, cuando éste terminaba de dar un concierto, fue a felicitarle y turbada aún por la emoción que había suscitado en ella el arte del violinista, le dijo: "Maestro, daría la vida por tocar como usted". Y cuentan que Kreisler le respondió secamente con estas palabras: "Yo la he dado señora".

            La educación artística no es algo que se da de un modo espontáneo. Implica una elaboración paulatina, donde el maestro modela como en barro, el contorno de una vocación que se realiza.

            Una idea que hay que desterrar de nuestra patria, es esa según la cual cualquiera puede ser artista. Lo que cualquiera puede hacer en alguna medida es disfrutar del arte, y ensanchar de ese modo su mundo íntimo. Pero que cualquiera pueda llegar a artista de la noche a la mañana, es sencillamente un provincianismo que puede acarrear trastornos en la evolución cultural de un pueblo. Nadie puede negarle al dilettante el disfrute de un arte. En esa afición es dable encontrar aptitudes que mueven a simpatía. Lo malo es cuando se pierde la mesura y con el nombre de arte, se entroniza la audacia. El mal no es mínimo. A la audacia suele acompañar una agresiva irreverencia que trastorna toda tabla de valores. La cultura resulta entonces un carnaval tragicómico donde la mentira se ha disfrazado de verdad, y ésta resulta desplazada como algo de poco o ningún valor.

            Luego de su triunfo consagratorio retornó Centurión al Paraguay. Volvía acompañado de una dama belga, Doña Felicia Cornet con quien se había unido en matrimonio.

            El Paraguay iniciaba a su vez una nueva etapa de su vida. Empezaba a escribir sus primeras páginas de arte y pensamiento. Estaba de regreso además, aquel grupo de pintores y escultores a cuya iniciativa se abrían nuevas academias de arte. Intelectuales y artistas jóvenes se agrupaban en torno a alguna revista de cultura, que era como blasón de juveniles ansias.

            Merece destacarse la presentación de Centurión en su primer concierto en Asunción después de su triunfo en Bélgica. Acontecimiento que produjo expectativa en la sociedad asuncena y que culminó con una ovación impresionante según atestiguan los periódicos de la época.

            Se dedicó además Centurión a la enseñanza de la música. Todo niño o joven que deseaba estudiar el violín tenía a su disposición un maestro tan apto en su menester que bien pudo decirse de aquella cátedra, que era un milagro de arte en nuestra patria.       Allí presidía el decoro, la nobleza y el señorío que eran como una prolongación del hombre que estaba al frente de ella. Era Centurión, hombre de gran bondad, de una bondad altiva que nunca se avino con la adulación ni el servilismo.

            Incursionó además por aquellos años en el campo de la composición. Contaba para ello con una sólida preparación académica. Centurión y Barrios constituyen en aquella época dos ejemplos estupendos de compositores con seriedad de oficio y fina sensibilidad.

            Centurión se inspiró preferentemente en motivos y leyendas paraguayas. Su rica cultura musical la puso al servicio de una telúrica vivencia. Empero, su labor de compositor fue sólo prolongación de su arte de intérprete del violín, o cuando más resultó trunca si se tiene en cuenta que este músico murió a la edad de cincuenta y dos años. Edad en que muchos compositores comienzan a dar sus frutos maduros, sus obras de plenitud.

            En la aparente quietud de su vida, Centurión vivió el drama de la indiferencia hacia su obra, y hasta de la perversidad de algunos que usufructuando una posición de relumbre transitorio en la vida pública, no respetan méritos ni valoran virtudes.

            En los últimos años de su vida, Centurión se dedicó a la enseñanza del francés en colegios de nuestra capital. Era hombre de cátedra y amaba las aulas estudiantiles.

            Acaso allí pudo escapar al menos de la envidia y maldad de sus detractores.

            Centurión a la fecha de su muerte llevaba seis años -nos cuenta su viuda- de total inactividad en el campo de la música. Tal era su decepción al paso de los años que aquello que fue en su juventud clarinada de triunfo, se convirtió luego en amargo tránsito, sin esperanzas.

            Para terminar, hago mías aquí, las palabras de mi padre, cuando el acto del sepelio del eximio violinista, que pronunció en representación del Ateneo Paraguayo:

            "Otra vez llegamos a esta ribera silenciosa para recibir el despojo mortal que la implacable hoz del Segador arroja ante nosotros. Y este cuerpo robusto que al desplomarse consterna a la ciudad toda, con el estrépito de su caída, no era por cierto el árbol que no daba frutos, ni cuyas flores no exhalaban perfumes. Este cuerpo inerme que en peso pasa en medio de nosotros, cortejado por discípulos, maestros, y amigos, no era tampoco el de un catedrático de idioma extranjero, solamente, no; eso le sería muy poca cosa, cuando no el brillo de la inteligencia o del talento es el que prevalece a las condiciones subalternas para proveerse las cátedras en la docencia nacional".

            "El profesor de francés sólo era un caso accidental, si no, paradójico en la vida de Fernando Centurión, porque ante todo, y sobre todo, él era un artista, un insigne maestro del violín, en cuya frente se iluminó alguna vez el beso de la gloria".


            1969




IX


            Fue a mediados de la década de los años 70 cuando al sintonizar un día Radio Cáritas, escuché una audición de música clásica que la dirigía el padre Clemente McNaspy. Se trataba de un periodista que manejaba el tema con amplitud y precisión. Su voz, de timbre más bien grave, delataba un acento americano, en tanto, sus comentarios se caracterizaban por su amenidad, su erudición y sencillez. Un día lo llamé para expresarle la alegría que sentía al escuchar una audición tan bien presentada en materia de música. Además, en una de estas audiciones había mencionado al compositor y pianista inglés Donald Tovey, poco o nada escuchado en nuestro ambiente musical.

            Tovey fue uno de los maestros de composición y de análisis musical del padre McNaspy, en Oxford (Inglaterra). Le causó gran curiosidad que supiera algo de Tovey. Le dije que había leído acerca de este maestro en un libro de Mary Grierson y, muy especialmente todo un capítulo que le dedicaba en sus "Memorias" Pablo Casals. Recuerdo que escuché desde el otro extremo del teléfono un: "¡Oh, oh!" que luego me sería muy familiar en sus conversaciones y que daban a su persona un aura de nobleza infantil, de gesto admirativo hacia tantos hechos de la vida. Me preguntó si disponía de esos libros y si se los podía prestar. Le respondí afirmativamente. Pocos días después llegó a mi casa el padre McNaspy. Alto, delgado, llevaba gruesas gafas tras las cuales una brillante y cordial mirada animaba su rostro. Así empezó una amistad fundada en el culto a la música y en lo que ella representa como expresión ennoblecedora de vida.

            Pronto pude notar que estaba ante un hombre de intereses amplios por todo lo humano. Unía a ello gran caudal de ideas y sentimientos. Cuando trataba un determinado tema, así en una charla, en un coloquio amistoso, en un panel, uno podía apreciar el modo cómo empezaba su exposición desde ciertos ejes conceptuales y cómo al rato, el tema cobraba amplitud y profundidad. Sin embargo, nunca caía en dogmatismos. Cuando ya parecía concluir su exposición encontraba posibilidades nuevas a su horizonte temático, hecho que confería un aroma socrático a sus conversaciones.

            Creo oportuno decir algunas palabras sobre uno de los principales maestros de McNaspy, el notable pianista y compositor inglés Donald Tovey, hoy poco menos que olvidado, aunque estoy seguro de que los pianistas paraguayos en su mayoría tendrán las "Ediciones Tovey" del "Clave bien temperado" de Bach, así como de Sonatas de Beethoven y Brahms. Tovey fue un prodigioso pianista. Su asombrosa técnica y su no menos impresionante memoria lo llevaban a abarcar poco menos que toda la obra de Bach, Haydn, Mozart, Beethoven, Shubert, Schuman... Recuerda Casals en sus "Memorias", que, "cuando se lo escuchaba quedaba uno asombrado, pasmado. Las "Variaciones Golber" tocadas por él daban la impresión de una obra nueva, desconocida. Enfrentaba las obras más imponentes escritas para el piano, con una ciencia y con una maestría que dejaban perplejo". Y agrega Casals: "Sus análisis y sus comentarios -muchos de ellos registrados en la Enciclopedia Británica- eran profundos dentro de su misma concisión y constituyen un modelo insuperado en su género".

            Recordemos que en Edimburgo (Inglaterra) hay un Museo Tovey del que con admirativo afecto se ocupan quienes fueron sus discípulos y amigos. Tovey conforma la tradición de compositores británicos que nos recuerdan nombres como los de Elgar, Vaugham Williams, Benjamín Britten.

            Tovey fue el gran maestro del padre Clemente McNaspy. McNaspy ejerció la docencia. También la crítica musical en diarios asuncenos. Su quehacer en este respecto se caracterizó por su objetividad en el análisis del hecho estético así se tratare de la labor de un intérprete o de la obra de un compositor. Su objetividad, empero, revelaba una tendencia a hacer resaltar lo positivo del hecho comentado, al tiempo de señalar con mesura, aristas que pudieran ser, corregidas o mejoradas. Esto no quiere decir que no censurara -y en ocasiones, con energía increíble- cuando ciertos descuidos o ligerezas llevaban a desdibujar aspectos de una obra. Aun así, nunca incurrió en el despectismo, en el tono acre, en la mordacidad. Hubo siempre en él un señorío que emergía de su propia dignidad.

            Los músicos se acercaban a él con toda confianza, porque sabían que era un hombre que hablaba siempre sin tapujos, aunque siempre con respeto. Nunca se le escuchó murmurar a espaldas del prójimo. Tenía carisma para tratar con gente así sea humilde o encumbrada.

            Escribió libros en colaboración con el padre Blanch sobre las Reducciones Jesuíticas en el Paraguay. Roque González de Santa Cruz le inspiró un libro: "Conquistador sin espada".

            Mostró gran empeño en la presentación mundial que se hizo de la "Misa" de Zípoli con Luis Szarán y el apoyo decidido de Gisella von Thuemen. Esta obra de Zípoli que fuera grabada en casettes va precedida de un interesantísimo comentario histórico-crítico de la misma y de su autor a cargo de McNaspy.

            Qué mucho podríamos hablar de este gran hombre que si consagró su vida Dios, como sacerdote, también compartió generosamente sus dones con el prójimo, en ese pan de la amistad, y en permanente solidaridad con el necesitado.

            Hacia 1987 McNaspy retornó a los Estados Unidos en donde había nacido. Poco o nada supimos de él desde entonces. Hace pocos días una breve información, vía fax, anunciaba su fallecimiento en Nueva Orleans a la edad de setenta y nueve años. En realidad la noticia nos anunciaba de su real y definitivo nacimiento. Y nos pusimos a rememorar algunos momentos vividos en su encantadora y siempre ilustrativa compañía, que aquí la consignamos.


            12-II-1995



X


            En un panel sobre música popular paraguaya, realizado en Radio Nacional del Paraguay y del que tomaron parte Cayo Sila Godoy, Oscar Safuán, Víctor Barrios y quien escribe estas líneas, se suscitó el tema de la escasa presencia de creadores en comparación a otras épocas y, al mismo tiempo, el poco o ningún interés de nuestra juventud hacia esta música.

            En la ocasión, surgieron varios interrogantes: ¿Qué ha pasado con esa música que en otros tiempos suscitaba el fervor ciudadano? ¿Se han agotado sus fuentes? Música espontánea, intuitiva, inspirada en leyendas, tradiciones del terruño, gestas heroicas de nuestra historia, e inspiradas también en altivas virtudes de la mujer paraguaya, hasta constituirse en muchos momentos en serenatas y madrigales.

            Pero, la polca ya no luce su gracia en los salones de la sociedad asuncena. Apenas se la escucha entre el aluvión de ritmos vertiginosos y estentóreos que vomitan los bafles, porque la tecnología mal aplicada ha hecho que nuestras orquestas tradicionales fueran sustituidas por aparatos electrónicos.

            Los jóvenes cuyas edades oscilan entre los veinte y treinta años muestran hacia ella una pasmosa indiferencia. Para muchos es simplemente la "música de sus abuelos".

            La "guarania", creación de Flores y que tuvo y tiene continuadores de innegable talento, suscitó no sólo cuando su aparición, sino en distintas épocas, una que otra polémica entre intelectuales, periodistas, músicos, poetas. Hoy ese fervor se ha apagado.

            De todo lo dicho en la ocasión, quedaba en pie una verdad: el arte, como la vida, evoluciona. Tradición e innovación son polos dialécticos siempre presentes en una obra de arte. El creador que repite lo que hicieron sus mayores, termina siempre por volverse acartonado, prosaico, anacrónico. La tradición necesita de innovaciones que la vigoricen, de valores estéticos que la renueven y enriquezcan. Toda generación verdaderamente actuante introduce innovaciones en su tradición. Recuerdo ahora aquellas palabras de Raymond Aron cuando dice: "A cada instante debemos recrear nuestro yo vinculando el pasado y el presente. Así se reúnen en una dialéctica sin cesar renovada, el conocimiento retrospectivo y la elección; la aceptación de lo dado y el esfuerzo de superación".

            Este año, en que conmemoramos el cincuentenario de la muerte de "Mangoré", el notable guitarrista y compositor Agustín Pío Barrios, podemos apreciar, más allá de lo anecdótico -en que morosamente parecen detenerse algunos expositores de su vida-, una ejemplar lección de arte: la de conjugar las visiones de la tierra, las vivencias múltiples de una vida azarosa como fue la suya, con lo más genuino de lo universal. Su Danza paraguaya es un ejemplo notable del modo de asimilar una tradición y lograr una síntesis más alta. Barrios rompe el esquema estructural de nuestras polcas, todas ellas con dos "temas" (bitemáticas), e introduce en su danza un tercer "tema", al modo de un "minué". Altera algunos valores rítmicos y confiere a su obra una estupenda riqueza armónica, no exenta de un apreciable virtuosismo instrumental. Y lo mismo podemos decir de otras creaciones suyas inspiradas en paisajes y visiones de la vida paraguaya, tales como: Jha che valle, Las abejas, Sueño de la floresta. Un poco más acá en el tiempo, hacia la década de los años veinte y treinta. José Asunción Flores anhelaba crear una música que expresara con rasgos inconfundibles el alma de su pueblo. Puso en este empeño imaginación y conocimientos. En el germen de su inmortal "guarania" están aquellos apuntes de ritmos de los indios Maká, y también varios "borradores" de la música de Rogelio Recalde: "Maerapa reicuasé", a la que dio un tratamiento formal y rítmico diferente, incluyendo el "tempo". El hallazgo de Flores no fue un hecho casual. A su imaginación poética, a su vena de músico, unía vastos conocimientos de "armonía", "formas musicales", sus experiencias de músico ejecutante del trombón y del violín. Su escritura musical trasunta una rica vivencia de las grandes creaciones del genio universal, en especial de aquella música italiana del Romanticismo que constituía el repertorio preferido de la Banda de Música de la Policía de la Capital, en cuya institución Flores recibió su formación básica, así de instrumentista como de compositor.

            Una línea que hasta hoy ha tenido poca o ninguna relevancia en el interés de nuestros artistas creadores es la señalada por los ritmos y las melodías de las etnias que conforman nuestro país. Se ha dicho que somos un pueblo pluriétnico y plurilingüístico. Podríamos hablar también de una pluralidad de nuestras manifestaciones estéticas si miráramos detenidamente nuestras raíces autóctonas. Casos ilustrativos en este respecto constituyen los Aires Lenguas, de Alfredo Kamprad, destacado violinista, compositor y pedagogo, quien fue nervio y motor durante muchos años de nuestra Orquesta Sinfónica. Los cantos y las danzas de los indios Lenguas le inspiraron páginas de subidos méritos y de notable belleza. Igual juicio puede formularse con respecto a la Suite Guaraní, de Juan Max Boettner, inspirada en elementos autóctonos.

            La evolución en el arte no es una ruptura con la tradición. Es asimilación de ella y, al mismo tiempo, un desenvolvimiento hacia horizontes sólo columbrados, aunque más plenos, en que la sensibilidad y la inteligencia se sustentan en la cultura, en el conocimiento artesanal, en la técnica y la consiguiente pericia en el manejo de los elementos propios del arte.

            La creación musical en nuestro país, aun en sus formas populares, no puede quedar ajena al tiempo convivido. De algún modo tendrá que comenzara transitar por experiencias múltiples y universales que vivifiquen su hontanar, hoy aparentemente agotado.


            10-VII-1994



XI


            Bien puede hablarse de una tradición violinística en nuestro país, surgida a fines del siglo pasado y que nos recuerdan los nombres de Alfredo Ackerman, Nicolino Pellegrini, Vicente Macarone, y que tiene en Fernando Centurión de Zayas, la culminación de esa etapa no por razones cronológicas, sino fundamentalmente por sus cualidades de violinista de talla internacional al obtener el Primer Gran Premio de violín en el Conservatorio de Bélgica.

            Después de Centurión, surgen: Remberto Giménez, Enrique Marsal, Sara Moreno González de Recalde, Aniceto Vera Ibarrola, Alberto Franco. A los que se suman maestros llegados de otras latitudes como el caso de Alfredo Kamprad. Recordando a este maestro podemos hacer un cotejo -entre la música y otras artes- de una realidad que podría considerarse una "constante" dentro de la cultura paraguaya. En efecto, en cada una de ellas es natural la nómina de extranjeros que si bien no formaron grupos o "élites", lograron una notable adecuación al medio, contándoseles entre representantes genuinos según dieron forma y contenido al espíritu del arte que cultivaron. Un ejemplo de esto que decimos lo constituye el gran maestro polaco Erwin Brinicky quien acaba de fallecer después de cuarenta años de permanencia entre nosotros.

            Núcleo de estas inquietudes culturales fueron el Ateneo Paraguayo, la "Sociedad del Cuarteto" que, desaparecidas dieron paso al Instituto Paraguayo, entidad señera de nuestra cultura, de cuyas aulas salieron pintores como Juan A. Samudio, Pablo Alborno, Carlos Colombo, quienes prosiguieron estudios en Europa. También en música nos recuerda los nombres de Agustín Barrios, Fernando Centurión. Remberto Giménez hizo sus primeros estudios de violín es esa institución luego en el Conservatorio Williams de Buenos Aires del que egresó con máximas distinciones.

            Posteriores estudios en Europa -Francia y Alemania - permiten a Giménez ampliar sus horizontes tanto en el conocimiento de la música instrumental, como en la composición y dirección orquesta. De regreso al Paraguay se entrega a una febril actividad en que alterna su labor e intérprete, con la docencia.

            Funda en 1928 el "Cuarteto Asunción" con Enrique Marsal, Alfredo Kamprad, Erik Piezunka. En ese mismo año y para conmemorar el centenario de la muerte de Schubert, crea la Orquesta Sinfónica que en medio de innúmeras muertes y resurrecciones ha llegado hasta nuestros días. Empresa para la cual Giménez supo unir voluntades, transmitir entusiasmo y llegar a su auditorio trascendiendo el marco de obras nacionales para dar a conocer a nuestro público composiciones del repertorio universal.

            Como compositor, su musa inspiradora fueron las gestas heroicas de nuestro pueblo. Así lo expresa entre otras su "Rapsodia Paraguaya". El también vivió las vicisitudes de la contienda chaqueña. Allá estuvo con un conjunto musical que nos recuerda a aquella "Banda para-í" creada por el General José E. Díaz, y que alegraba los corazones en los ratos de descanso de la tropa, o hacía vibrar el alma henchida de emociones después de alguna triunfal batalla en medio del tronar de los cañones que saludaban la heroica gesta del soldado paraguayo.

            Y junta a esta musa épica, su obra también nos ofrece la visión de nuestras campiñas, el paisaje agreste, el reposado rumor de nuestros bosques y arroyos en donde duermen leyendas de siglos o historias trágicas de un pueblo en cuyos ojos nunca se apagó la alegría de la vida. Y hay también en ella las alegrías sencillas de la vida pueblerina, endechas de amores juveniles.

            "Chiricote"; "Conscripto"; "Cuarajhy oiqué yavé"; "Campamento Cerro León"; "Marcha del Mariscal López"; "Himno de la Juventud" son algunas de sus obras.

            Desde 1928 Remberto Giménez se alza como hombre de gran actividad tan pronto como docente, concertista, director de orquesta y compositor.

            Asume la presidencia del Instituto Paraguayo. También integra al plantel de profesores del Colegio Nacional de la Capital del Colegio nacional de Niñas, del Colegio Militar "Francisco Solano López". Generaciones de jóvenes paraguayos que concurrieron a las aulas de estas instituciones conocieron su palabra señera, y participaron en esa común tarea del estudio de la música como expresión noble del espíritu.

            Y es que Giménez tenía el don innato del maestro, su entusiasmo no conocía límites en ese quehacer.

            En 1940 funda la Escuela Normal de Música, y allí abre una cátedra de violín que será un semillero de jóvenes cultores de este arte.

            Es digno recordar entre sus gestiones la exhaustiva revisión de todos los antecedentes, del Himno Nacional Paraguayo, de su letra y de su música. Para esta última hizo una transcripción que fue adoptada por Decreto del Gobierno Nacional en 1934.

            Fundamentalmente, fue Giménez, un violinista de alta escuela. Su cultura académica era vasta, y en memorables conciertos dio a conocer a nuestro público las obras más notables del repertorio violinístico, que las abarcaba con solvencia y maestría.

            Fue un maestro en el sentido cabal del término. Lo fue por la fuerza de su espíritu, por la amplitud de sus conocimientos, por su don para el arte de la música.

            Hoy, cuando el artista llega a las puertas definitivas de su transitar terreno nos queda el recuerdo de un hombre que trazó los contornos de su permanencia entre nosotros a conciencia y con fervor en la difícil tarea de vivir en dignidad y altura.


            1977




XII


            Una larga vida en la que esplendieron genuinas virtudes patricias ha sido la de doña Mercedes Milleres de Salcedo. Distinguida dama de nuestra sociedad cuya vida durante más de medio siglo estuvo dedicada al arte de la música y la docencia. Su reciente desaparición evoca toda una época de la vida artística-músical de nuestro país.

            Pianista de subidos méritos, su biografía artística nos remite a principios de nuestro siglo desde aquella casa de la cultura nacional que fue el Instituto Paraguayo.

            Muchos fueron los valores en el campo del arte que salieron de sus aulas. Mercedes Milleres perteneció al alumnado del Instituto. Fue alumna del recordado maestro Miguel Morosoli y amplió su bagaje técnico con los pianistas Ludovico Tesada, y Mauricio Lefrank.

            El destacado compositor y musicólogo paraguayo Juan Max Boettner en su libro "Música y músicos del Paraguay" consigna algunos conciertos del instituto Paraguayo y recuerda, entre otros, un notable concierto realizado a fines de 1919 en el que tomaron parte las pianistas Mercedes Milleres, Irene Dávalos, Juana Bordenave acompañadas por la orquesta del Instituto bajo la dirección del maestro Nicolino Pellegrini. Empero, la nota más resaltante de aquellos años es la que consigna el Primer Concurso Nacional de Piano, auspiciado por el Instituto Paraguayo en agosto de 1912. En dicho concurso correspondió el Gran Premio a la Prof. Mercedes Milleres. El jurado lo integraron, entre otras personalidades, Fernando Centurión de Zayas y Nicolino Pellegrini. Digamos que, por esa época, los conciertos se realizaban preferentemente en el Teatro nacional, en el Teatro Granados y en el Instituto Paraguayo. Eran también frecuentes las tertulias hogareñas con cierta atmósfera "rococó" "bajo las arañas de luces con cuentas de cristal, y entre sillerías de damasco algo comidas por el sol", como lo consigna un ilustre historiador paraguayo.

            En esas veladas y, en más de una ocasión, Mercedes Milleres dio pruebas de su notable talento y su no menos apreciable técnica a juzgar por las obras que ejecutara y que transcendieron a las páginas de periódicos. Acompañó en recitales al ilustre violinista paraguayo Fernando Centurión de Zayas, artista que obtuvo en Bélgica el "Gran Prix de Violín", en el concurso de Lieja de 1910. De este intérprete eran recordadas sus interpretaciones de la "Chacona" de Bach, así como sus versiones de las sonatas de Beethoven y de César Franck.

            Mercedes Milleres de Salcedo se dedicó con igual fervor a la docencia musical. Hacia la década de los años cincuenta la vemos integrando el cuerpo de profesores de música del Ateneo Paraguayo juntamente con Juan Carlos Moreno González, Enrique Marsal, Elisa Aponte, Mangacha Sánchez Palacio, Otakar Platil, Alfredo Kamprad.

            En la vieja casona del Ateneo Paraguayo la conocimos y tratamos. Fue nuestra profesora de teoría y solfeo, aunque su especialidad era la enseñanza del piano.

            Menuda de estatura, de mirada luminosa, voz reposada y de un andar vivo y enérgico, su trato era de una exquisita urbanidad que se expandía a todo aquel recinto de música y arte. Sabía establecer una rápida comunicación con sus discípulos a través de preguntas y diálogos que le permitían captar las peculiaridades del niño o adolescente que venía a recibir sus enseñanzas. De este modo supo alentar vocaciones, afinar gustos, mostrar un camino. Hoy por hoy, no son pocos sus discípulos que prosiguen el noble apostolado de la docencia musical y que nos recuerdan la ejemplaridad de su muestra. A su vez, Balbina Salcedo Milleres, notable pianista paraguaya, se proyecta siempre fiel a los ideales de su señora madre. Igual concepto puede aplicarse a la talentosa pianista Gloria Cresta, nieta de doña Mercedes.

            En 1991, habíamos saludado con una pequeña nota los 100 años de esta artista. Hoy, su partida definitiva nos lleva a evocar algunos tramos significativos de su vida que nos hablan de su fidelidad a una vocación de arte y de su invalorable aporte a la cultura de nuestro país.


            1995








INDICE


Prólogo


I Parte

Palabra en el tiempo


II Parte

Testimonios de este tiempo aquí vividos

I, II,  III,  IV, V,  VI,  VII,  VIII,  IX,  X,  XI,  XII, XIII,  XIV, XV, XVI,  XVII, XVIII, XIX,  XX,  XXI.


III Parte

Docencia y Periodismo

I, II,  III, IV, V,  VI,  VII,  VIII,  IX,  X,  XI,  XII,  XIII,  XIV,  XV, XVI,  XVII, XVIII, XIX,  XX.  


IV Parte

La pasión de pensar 

I,  II,  III,  IV,  V,  VI,  VII, VIII,  IX,  X,  XI,  XII.


V Parte

Galerías de músicos en el Paraguay

I, II,  III,  IV,  V, VI, VII,  VIII, IX,  X,  XI,  XII.

 

 

 

 

 

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