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JUSTO PASTOR BENÍTEZ


  ESTIGARRIBIA - EL SOLDADO DEL CHACO, 1958 - Por JUAN PASTOR BENÍTEZ


ESTIGARRIBIA - EL SOLDADO DEL CHACO, 1958 - Por JUAN PASTOR BENÍTEZ

ESTIGARRIBIA

EL SOLDADO DEL CHACO

JUAN PASTOR BENÍTEZ

2ª Edición

Ediciones NIZZA

Buenos Aires – Asunción,

1958 (140 páginas)

 

 

INDICE

I.- EL ESCENARIO

II. TIERRA COLORADA

III. LLAMAMIENTO AL DESTINO HISTÓRICO

IV. MASAMAKLAY

V. EL PRIMER EJÉRCITO – BOQUERÓN

VI. EL RANCHO DEL COMANDO

VII. CAMPO VÍA

VIII. CORONELES CON TRES ESTRELLAS DE GLORIA

IX. LA NACIÓN MOVILIZADA: EL GOBIERNO

X. CESA EL FUEGO

XI. IDENTIFICACIÓN DE UN HÉROE

XII. PERFIL DEL HÉROE

 

 

EL ESCENARIO

 

Puesto de Comando, en Casanillo, a 145 kilómetros de la costa del río, sobre el ferrocarril de Puerto Casado. A fines de julio de 1932, en vísperas de la guerra y después de los incidentes ocurridos entre los fortines avanzados de ambos países. Estigarribia se halla sentado en su mesa de trabajo frente a un mapa, viste uniforme de brin color verde olivo, calza polainas de cuero, usa gorra de campaña. A las 10 recibe la visita del capitán Avalos Sánchez, oficial de enlace del Estado Mayor, llegado de la capital. Este saluda y pasa un sobre, que lleva escrito: "Absolutamente secreto".

El comandante lee el oficio, y luego con voz pausada, le dice: "Ya he informado que los acontecimientos se precipitan; las columnas bolivianas marchan hacia nuestras posiciones. En vez de replegarse de Isla Poí hasta la Vía Férrea y presentar lo que llaman batalla de retardamiento, es necesario sostenerse y apresurar los preparativos, para adelantarse a destruir la IV División boliviana antes de terminar su movilización. Es indispensable que me manden dos Regimientos más y la artillería. Se nota confusión en las órdenes del Alto Comando".

El capitán escucha atentamente, como si anotara en la memoria las sugestiones del comandante que se aferraba a sus propias concepciones, en lugar de obedecer pasivamente.

Estigarribia continúa: "Después del malentendido de Pitiantuta, me crean otro, con las instrucciones contradictorias de reclutar gente y de licenciar conscriptos; me ordenan observar la marcha de los bolivianos por un lado y, por otro, que me repliegue, abandonando la región de los mennonitas donde el enemigo podrá proveerse. Es una orden que no se puede cumplir".

Su actitud serena mostraba su profunda convicción; allí no había nervios sino reflexión. El dactilógrafo le pasa una carta que firma, coloca en un sobre y entrega al oficial de enlace.

La nota traducía las preocupaciones del comandante de la D.I.l, colocado al frente de las responsabilidades, contando con escasas fuerzas y, aún más con alguna opinión adversa a su propósito de ofensiva. Estigarribia se sintió en su puesto, tendió el arco y disparó la flecha. Hacía años que esa idea anidaba en su espíritu.

P.C. Julio 30-1932. Al Comando en Jefe. Asunción., "Las nuevas agresiones bolivianas a nuestras posiciones "de Corrales y Toledo han de llevar por fin al Gobierno "Nacional la convicción de la existencia del estado de "guerra con Bolivia. Hay que arrojar a este sector toda "la población válida del país, para salvar a la Nación, y "hay que hacerlo en el perentorio plazo de veinte días "para poder vencer al Ejército boliviano.

"Si no se resuelve accionar así, habremos perdido la "única ventaja decisiva que podemos obtener sobre el "enemigo en la campaña que se inicia y la suerte de "nuestras armas correrá el riesgo más grave que se pueda imaginar, si es que no se le ha herido. Decisiones graves, enérgicas y rápidas, son las que deben tomarse en estos momentos sin contemplaciones de ninguna clase. La extrema gravedad de la hora así lo aconseja".

 

ESTIGARRIBIA, COMANDANTE DE LA PRIMERA DIVISIÓN

 

Días después, el jefe de etapa de Puerto Casado, le telefoneaba que había llegado de Asunción el jefe de Estado Mayor, y pedía vehículo para ir a conferenciar con él. Estigarribia tranquilo pero firme le dice: "dígale que regrese a la Capital o apresure la movilización y que me mande un mapa del Chaco. Nada tengo que conversar con él. Estoy muy ocupado".

Así inició la campaña del Chaco, con una contradicción que constituía la afirmación de sus concepciones estratégicas, con un enunciado de su pensamiento al cual permanecía leal por encima de las formas. El hombre estaba en su puesto; se sentía jefe y con responsabilidad; con la confianza que le caracterizó en toda la campaña. Su fuerza anímica era la confianza en sí, en el resultado de sus meditaciones, de los atisbos de su intuición. Nunca vaciló.

El horizonte chaqueño se había oscurecido; las nubes se agruparon al impulso del ventarrón; factores de diverso orden precipitaban a dos pueblos, uno contra otro, en un incontenible afán de matarse. La guerra llenaba esos ámbitos onnubilando los espíritus que ya no conciben otra solución que la violencia. La ametralladora tiene la palabra.

Estigarribia se reduce a anotar el siguiente comentario: "Al no seguir las instrucciones recibidas, yo, aparentemente, cometía un acto de desobediencia, que no "es tal, sin embargo, cuando se examinan las circunstancias del momento. El Alto Comando no apreciaba serenamente la situación y cabe para el subordinado separarse de las órdenes recibidas, cuando le asiste el convencimiento de que la superioridad no está al corriente de la realidad. Proceder de acuerdo con los hechos, aunque para ello haya uno de alejarse de la línea de conducta señalada por el superior jerárquico, no es desobediencia sino una de las manifestaciones de la capacidad de la iniciativa y de amor a la responsabilidad. "El subordinado puede anticipar que el superior, de haber apreciado correctamente la situación, tampoco procedería como había ordenado en un principio y que "aprobará, en consecuencia una modificación adecuada". (The Epic of Chaco. Pablo M. Ynsfrán, Memorias del General Estigarribia, cap. II, Universidad de Texas, E.U.A.)

La iniciativa es otra de las características de su personalidad. Forzar antes que someterse al empleo de, un instrumento inadecuado; aprovechamiento de las lecciones de la realidad en torno para dominarla; la voluntad consciente antes que la obediencia pasiva.

 

LA CHISPA EN EL PAJONAL

 

El 15 de junio, un destacamento boliviano de 300 hombres, al mando del mayor Oscar Moscoso ocupó el puesto paraguayo denominado "Carlos Antonio López", situado a orillas de la laguna Pitiantuta.

Era la repetición de otros actos de penetración con el propósito de acceder a la ambicionada costa del río Paraguay. El comandante de la 1a División, despachó una patrulla de 50 hombres a las órdenes del Tte. Scarone, que se aproximó a Pitiantuta el día 29, libró una escaramuza y tuvo que replegarse. El gobierno impartió instrucciones para detener la agresión. El destacamento de 300 hombres, con morteros y ametralladoras, al mando del capitán Abdón Palacios, marchó con la consigna. La noticia, filtrada a pesar de las precauciones del gobierno, causó una intensa expectación. Sería el primer choque serio entre ambos ejércitos, pues, los pequeños encuentros de patrullas nunca habían tenido transcendencia. El capitán Palacios marchó, durante una semana, 150 kilómetros, a través de enmarañados bosques, abriendo picadas y llevando municiones a lomo de mula. El 15 de julio atacó y desalojó a los bolivianos, después de una acción de algunas horas.

La cancillería paraguaya denunció la agresión a la Liga de las Naciones y a la Comisión de Neutrales de Washington.

Bolivia alegando represalia, ocupó los fortines para-guayos "Corrales" (26 de julio) "Toledo" (28 de julio) y "Boquerón" (31 de julio) y más tarde "Falcón" y "Florida". A la agresión, la opinión pública paraguaya opuso una altiva firmeza. Al recibirse la noticia de la retoma de Pitiantuta, el pueblo salió a la calle con la bandera en alto. El episodio repercutió en el alma nacional; galvanizó la voluntad de resistir; Pitiantuta fué un factor moral de la resistencia. Se marchaba hacia la solución violenta de un litigio que duraba más de medio siglo y que la diplomacia no había podido zanjar, a pesar de las diversas gestiones y conferencias con participación de países americanos.

Estigarribia organizó el campamento de Isla Poí al toque de esa diana. En vista de la actitud de Bolivia, de su negativa de desocupar los fortines asaltados, para el comienzo de las negociaciones, el presidente Dr. José P. Guggiari, decretó la movilización que, autorizada por el Congreso, se realizó con entusiasmo y orden.

La visión de la guerra produce un fuerte "shock"; el estremecimiento de todas las fibras humanas. Estamos frente a la posibilidad de la muerte, de la devastación, de la ruina. El incidente de Vanguardia en 1928 había provocado una desordenada explosión de patriotismo; más de 30.000 ciudadanos habían acudido a la capital, pero la guerra fué detenida. Esta vez, el asunto era más serio. Los conscriptos comenzaron a afluir al llamamiento. El genio de la raza se recogía, se concentraba, en resolución de lucha, como en los mejores días de su historia. Por segunda vez en el curso de 70 años, el país iba a defender su heredad. Esta vez, el ejército de "cubertura", tenía al frente un comandante joven, de formación profesional cuya capacidad se perfeccionaría al resplandor de las batallas. El soldado tenía un conductor, sin el cual los ejércitos no pasan de ser masas inarticuladas. Para afrontar una guerra se necesitan dos factores: un jefe capaz y un pueblo que se decida a combatir. Ambos factores se conjugaban, en junio de 1932. Se planteaba el problema de la defensa del Chaco en el terreno de los hechos. Estigarribia lo había meditado, planeado y rumiado a través de varios años, como lo consigna en sus "Memorias".

Propugnaba una defensa activa, lejos de la costa del río. La defensa de la costa ofrecía la ventaja de la facilidad de aprovisionamiento por el río, los ferrocarriles de Casado, Guaraní y Sastre, al paso que Bolivia tendría que atravesar el desierto. Pero en cambio dejaba la iniciativa en manos del enemigo, en un frente de 1.000 kilómetros, irrumpible a voluntad y elección del agresor.

Eran dos concepciones distintas en pugna, dos escuelas y dos temperamentos; atacar o reducirse a la defensa. La doctrina de Estigarribia era clara: "De este des-conocimiento del terreno, probablemente derivaba la teoría, dice, tan tenazmente sustentada por varios jefes, de que había que Organizar la defensa del Chaco sobre la costa del Río Paraguay, o en otras palabras, que había que defender el Chaco después de haberlo entregado al enemigo.

"Mi discrepancia con tan palmaria contradicción era el origen de las vicisitudes de mi carrera a mi regreso de Europa, que resumí en las páginas precedentes. Colocábame la guerra que se desencadenaba, en una situación dramática frente a dificultades que nunca había confrontado Comandante alguno. Un poderoso ejército enemigo se movía en ejecución de su plan, y para oponerle yo no disponía en un principio de más de 500 hombres, dispersos en centenares de kilómetros sobre la línea paraguaya de ocupación; a lo cual se sumaba la disparidad que me separaba de las autoridades militares de Asunción, disparidad que influiría necesariamente en ellas para que no se me prestara el apoyo requerido por la ejecución de un plan cuyo éxito dependería entera-mente, sin embargo, de la rapidez de la acción.

"Según aquella escuela, el único procedimiento adecuado para detener la avalancha boliviana, era organizar la defensa sobre el Río Paraguay; en vista de la extrema precariedad de elementos disponibles para la defensa, y sobre todo, teniendo en cuenta la falta de preparación del país para la guerra. Esta concepción de la defensa empezaba por desentenderse de las posibilidades que ofrecían las imperfecciones del ambicioso plan enemigo recién esbozado, entre otras, su estructura por demás simplista, que lo basaba todo excesivamente en la sor-presa, al extremo de no contar casi para nada con la voluntad paraguaya. El plan de la defensa sobre la costa se atenía, ciertamente, a la realidad de nuestra in-defensión (como no lo podía dejar de hacer) pero le faltaba el resorte de alguna confianza mejor cimentada, y renunciaba anticipadamente, con notorio espíritu derrotista, a los frutos posibles de alguna audacia. Por mi parte, yo me apoyaba en el conocimiento de nuestro pueblo, y en lo que é1 era capaz de dar en estos casos, así como también en principios técnicos a cuya fructuosa aplicación se prestaba ampliamente el presuntuoso plan boliviano; y sostenía que, lejos de permitir que el enemigo llegara impunemente sobre la ribera del Río Paraguay, facilitándole así la marcha por el desierto, la defensa debería ir a su encuentro, a la mayor distancia posible del río, de modo que ese desierto fuese nuestro aliado en el esfuerzo de trabar su avance.

"En la defensa sobre la costa, los paraguayos estaríamos obligados a diseminar nuestras pocas tropas a lo largo de más de 1.000 kilómetros desde el Fortín Galpón hasta el Río Pilcomayo, como se había intentado en 1928, con motivo del incidente del "Vanguardia"; es decir, nos declararíamos vencidos de antemano en todas partes, porque, mientras nosotros nos encontrásemos esparcidos en débiles fracciones, el enemigo, con todas sus tropas reunidas, podría accionar libremente sobre cualquier punto elegido por él. Y la aparición en fuerza del enemigo sobre un punto cualquiera del Río Paraguay, ya implicaba también la posibilidad de que el ejército enemigo viviera de nuestros propios recursos, y la pérdida para nosotros, desde el comienzo de las hostilidades, de una vasta zona del país, donde están instalados grandes establecimientos fabriles y donde hay ganado vacuno en abundancia.

"Lo esencial, pues, para la defensa paraguaya, era precisamente lo contrario: no permitir la reunión de las columnas enemigas que en un amplio despliegue marcharían hacia su objetivo; sino tratar de romper los dientes de cada tenaza antes de que se cerrasen. Y esto sólo podía hacerse lejos del Río Paraguay". (Memorias del General Estigarribia, cap.1)

Era el momento de afirmarse en esa convicción, de impulsar la ofensiva rápida, antes que en la defensa costera. No era hombre de improvisaciones y sí de procedimientos sistemáticos; de cerebración a veces lenta, pero certera; para endurecerse tenía que calentarse al rojo, pero la exaltación no lo arrastraba, porque eran poderosos los resortes de su voluntad. Había recorrido el Chaco varias veces, desde el río Pilcomayo hasta Bahía Negra, puerto codiciado por Bolivia. Como preparación complementaria, había escuchado de don Manuel Gondra, disertaciones sobre el pleito chaqueño, durante dos años, los domingos, en que acudía a la casa del esclarecido ciudadano. Conocía, pues, el problema en sus antecedentes, en el mapa y en el terreno. Lo tenía en la mente y sus pies habían pisado esa greda gris, grasosa, ornada de palmeras, de quebracho, de guamí-piré, reseca.

En el gobierno se consideraban los factores indispensables de la defensa: movilización, recursos y jefatura del ejército. Para afrontar la cruenta jornada se requería un comando. Se señalaban tres candidaturas: la del Gral. Schenoni, de gran prestigio, la del coronel José Julián Sánchez, enérgico conductor de tropa y la de Estigarribia. La guerra exige un general; sin el cerebro rector no se va a ningún lado. Se trata del choque de fuerzas, pero también de una lucha de Estados Mayores; la victoria la alcanzan los buenos soldados cuando tienen buen comando. Tal es la dura realidad histórica, equiparable en magnitud a los preparativos y equipos materiales. El comandante Estigarribia no despertaba la admiración del público, pero tenía cultura, tradición de combate, y estrella. Su designación como comandante de la 11 D. I., en 1931 obedeció a razones sopesadas por el Gabinete. No fué obra del acaso. El presidente Ayala llegado a la Presidencia tuvo el acierto de confirmarlo en su puesto, de rodearlo de garantías y de darle independencia de acción.

 

 

TIERRA COLORADA

 

El Paraguay es una sociedad hispano-guaraní formada bajo el trópico de Capricornio; sangre ibera mezclada con guaraní. Su espíritu y su sangre funden ambas fuentes y refleja el medio geográfico con intensidad. Asunción fué en su primera etapa un centro de expansión civilizadora y aún le restan vestigios de ese impulso de prodigarse, de derramarse, en lugar de concentrar sus fuerzas para su propio progreso. Ese núcleo generó el Paraguay actual; en sus genes se hallan impresas algunas de sus características. En su ethos se notan esos rasgos de los pueblos sustantivos. La selva le da el fondo y el río la perspectiva.

Clima suave en invierno, cálido pero soportable en verano; llanos de pasto abundante, cordilleras discretas, terminan hacia el N. y N.E. en las selvas del Jejuí, del Caaguazú y el alto Paraná. Tierra colorada y fértil, así es la región oriental, diferente del Chaco hostil, pero habitable. En esa mesopotamia se ha cimentado una civilización que cuenta ya cuatro siglos, resistiendo invasiones y contratiempos, con una economía rudimentaria, que se inició con la elaboración de la yerba mate y prosigue con la explotación de maderas duras y el cultivo del tabaco, del algodón, del maíz y de la mandioca. Su producción se halla integrada por una ganadería tradicional. La población escasa, las dificultades del transporte, las trabas aduaneras, no estimularon su prosperidad; el aislamiento de medio siglo terminó por hacer habitual la pobreza. Esa vida austera, esa especie de orgullo de la pobreza, es un inconveniente para el progreso material. Sus habitantes parecen hidalgos alimentados de tradición, pero escasos de comodidades; ignoran el aspecto agradable y sensual de la vida, aunque la profundizan espiritualmente. El paraguayo no ha dominado del todo la exuberante naturaleza; se disuelve en el paisaje, frecuenta el contacto con la tierra, se baña en el arroyo, sabe dormir a la intemperie, se levanta con el lucero de la madrugada, hace la siesta, gusta de la hamaca y saluda los lánguidos crepúsculos con un largo grito que parece una oración a Pan. No es musculoso, pero sí ágil y resistente; perspicaz aunque poco inventivo; sus valores sociales son casi todos heroicos y sentimentales; es sufrido. La selva se explora, el campo se recorre, el río conduce, sólo el mar da a los pueblos el espíritu de aventura. La situación mediterránea y selvática se refleja sobre su personalidad, le da estilo, pero limita su horizonte; le vuelve tímido y desconfiado. Es un hombre de tierra adentro.

Sus caminos están llenos de tradición. En cuatro siglos no ha construido una sola ciudad populosa, pero ha hecho historia. Gilberto Freyre, la encontró hidalga y llena de color, viviendo bajo la sugestión de tres fantasmas del pasado: el Dr. Francia y los dos López. Sus fiestas populares son de cepa española; tiene un rico folklore musical y poético.

A sus playas han llegado tenuemente las vibraciones del dinamismo constructivo moderno que levantó en tierras de América, esos grandes centros que se llaman Buenos Aires, San Pablo, Río de Janeiro, Montevideo, Santiago.

El conquistador español dió su sangre y su escudo, mas no dejó monumentos ni caminos; el guaraní era agricultor y guerrero, pero tampoco dejó vestigios monumentales como las civilizaciones incásicas y azteca;, entre sus leyendas figuraba la evocación de una ciudad maravillosa "mbaéverá guazú" de la cual hasta hoy no se han encontrado vestigios. El paraíso de la tribu erran-te y guerrera es la "tierra sin males", "Mbaé vaerá Ybá".

El clima no incita a defenderse de los rigores del tiempo; basta a veces un poco de sombra. El paisaje in-vita a la contemplación con su horizonte colorido. Los bosques verdes salpicados de rojo y gualda por los lapachos en flor. Al paraguayo le faltan fijeza, afán constructivo, ansia de edificación. Se contenta con muy poco. Es necesario estimular sus fuerzas creadoras, las potencias anímicas, para que emplee en la paz el heroísmo de la guerra.

Una transfusión de sangre europea aumentaría su capacidad de progreso, su "capilaridad", el nativo es tronco que reclama el injerto. Esta verdad, no gusta a los nacionalistas, que sueñan con la vuelta a la plácida vida sin preocupaciones de las tribus errantes y desnudas. La tierra colorada necesita también que se le cabe hondo, y pide semilla de selección. Incorpora fácilmente el elemento foráneo, de manera que no corre el riesgo de deformarse en colonia; paraguayiza por el guaraní, las costumbres y una misteriosa fuerza telúrica. Es una alquimia.

Tan poderosa y absorbente es esta tierra que asimila con celeridad al europeo; la primera generación se siente identificada; la segunda se integra a la nacionalidad con vicios y virtudes. La iniciación se realiza por el idioma guaraní, vehículo de identificación nacional. Tierra colorada que no conoce convulsiones cósmicas, ni terremotos, ni volcanes, pero sí sacudimientos sociales. Tiene una intensidad dramática que estira los nervios, agita la vida y hace inestables sus instituciones. Desde 1870 el provisoriato ha sido su régimen habitual. Salvo el período fijador, aunque esterilizante de las actividades intelectuales, de la larga dictadura del siglo XIX aquél régimen dió bases de sustentación pero amenguó el civismo. Son dos estadios diferentes no excluyentes. La mejor interpretación histórica es la de Gondra que recomendaba, "aceptar el pasado íntegro". Después de acontecimientos aleccionadores, de la experiencia que enseña la inutilidad de las dictaduras y del coste de la anarquía, hoy la necesidad social es la paz; pero, ¿quién la conserva en esta tierra agitada? La tolerancia, la comprensión, la amnistía moral y la cooperación.

La paz viene por la comprensión, el equilibrio y la prosperidad; pero, la tolerancia no es la virtud habitual de los paraguayos y las posibilidades económicas son exiguas. El atraso es causa y efecto de la anarquía. La estabilidad será alcanzada con el desarrollo de la cultura y de la riqueza y cuando el patriotismo supere los factores disociantes.

Su vitalidad supera a los tropiezos; es superior a su destino. La experiencia decisiva fué la guerra del Chaco; ningún paraguayo de verdad faltó a la cita; el ciudadano salió de su rancho de paja, donde dejaba la morena abnegada y a los niños descalzos, para ir a la guerra; se alistó con fervor; peleó con bravura. El Paraguay no es un pueblo enfermo; es atrasado en lo material; pero, es sano y vigoroso. Lleva el cuño de Domingo Martínez de Irala; el doctor Francia le estimuló el espíritu nacional a pesar de su despotismo, coordenando factores pre-existentes; Carlos A. López organizó el Estado.

Pueblo sufriente, pero indomado, celoso de su independencia alcanzada contra factores geográficos y políticos; es una creación de la voluntad, una expresión social, la forma exterior de la tierra colorada y ardiente, refrescada por el viento de la selva y los grandes ríos. En sesenta años ha conocido los rigores de dos guerras internacionales, ha luchado para crear sus instituciones, tiene que someter su trabajo a los rigores de la geografía adversa. Su población escasa, es preponderantemente agricultora y ganadera, habla dos idiomas, se halla rodeado de vecinos poderosos, pero ha sabido configurar una individualidad y conservar las riquezas de su espíritu. Es una de las naciones definidas de América; una reserva de pasiones fuertes, un pueblo homogéneo. La historia de la civilización del Río de la Plata no se concibe sin su colaboración. Un escritor quiso señalarle el derrotero con las etapas del arado, pluma y espada; mejor sería que sus afanes se concentraran en las tres actividades al mismo tiempo, en coordinación armónica. La civilización paraguaya tiene que ser integral: trabajo, cultura y fuerza.

Su capital social se llama el hombre paraguayo, individualidad plena, sin hipertrofia de soberbia ni cobardía renunciante. Es dominador de la selva, de donde ha venido saliendo para imprimir su cuño. Siempre ha tenido paladines desde Domingo de Irala. Ese arquetipo culminó en José Félix Estigarribia que supo conducir a su pueblo a la victoria. Estigarribia no fué sino el más hábil de los paraguayos de su tiempo; culminación de las cualidades de su raza, valiente como sus soldados, abnegado como sus oficiales. Resumía. Era una emanación social y, al mismo tiempo, racial. Pudo triunfar, porque era suficientemente duro para mandar.

 

TIERRA DRAMÁTICA

 

En nuestra historia se puede anotar una cierta periodicidad generacional según lo sugiere Pablo M. Ynsfrán. Proclamó la independencia en 1811. El ciclo de 1811-1932 comprende dos estadios: 1811-1870 y 1870-1932; el primero que puede ser caracterizado como la etapa de formación de la República, abarca dos períodos de 30 años cada uno: de 1811 a 1840 la dictadura del Dr. Francia; y la de 1841 a 1870 la de los López. En el primer período se consolida la independencia, que con el aislamiento vigilante, se imprimirá duraderamente en la psicología nacional; en el segundo, se organiza el Estado, principalmente por Carlos Antonio López, pues, su sucesor y heredero, Francisco Solano López, gobernó sólo dos años antes de entrar en el trágico escenario de la guerra de la Triple Alianza, que señala la terminación de la edad heroica. Esta etapa se proyecta en el futuro como una tradición. El Paraguay es un país con historia, de psicología retraída, desconfiado y celoso de su independencia; contempla su pasado como una grandeza trunca. Tres figuras dominan ese panorama: El Dr. Francia, Carlos A. López y Francisco S. López. El drama se hace patético en la conspiración de 1819, aplacada por el déspota con la sangre de próceres, en las mazmorras donde sufrió la ciudadanía. Yegros, Cavallero, Iturbe, De la Mora, Molas, Montiel, pagan con la vida su participación en la vida pública. Pedro Juan Cavallero le pone la rúbrica con su suicidio.

Este primer estadio es de gobiernos paternalistas, de concentración de poderes; la independencia es la preocupación absorbente; el país es un campamento y un páramo de ideas libres. El Dr. Francia impuso el aislamiento; se comercia con el Brasil por Itapúa y en los primeros años por la Villa del Pilar; se clausuran los astilleros de Asunción y Villeta, de donde habían salido durante tres siglos embarcaciones para la navegación del Río de la Plata. La economía rudimentaria se hace a base del trueque, pues, restan pocas monedas españolas, como el "Carlos IV"; se usa la "macuquina" para el cambio; la producción reposa sobre el beneficiamiento de la yerba mate, la madera y el cuero; la población se vuelve homogénea, por el cruzamiento y falta de inmigración. Los hombres ilustrados de la brillante generación de Mayo fueron: el Dr. Francia, Fernando de la Mora y Mariano Antonio Molas y luego Marco Antonio Maíz, Carlos Antonio López. Fuera de Molas, ninguno escribió un libro. La inteligencia fue aherrojada por la Dictadura. El Dr. Francia es el silencio dramático; los hombres, como asustados, se refugian en los sótanos.

Carlos Antonio López, en el segundo estadio, (1842-1862) emplea sus esfuerzos en hacer reconocer la independencia y en el desarrollo económico; echó las bases de la cultura popular con algunas escuelas primarias, el Colegio y el envío de estudiantes a Europa. Su régimen fue despótico; sofocó en sangre toda tentativa de libertad política como ocurrió con los jóvenes Decoud.

Francisco Solano López continúa las líneas generales de su política, pero le imprime el cuño castrense. Comienza por encarcelar al Padre Maíz, Rector del Seminario, al diputado Varela y a todo al que se opone a su elección. El Padre Maíz reaparecerá, más tarde, en el trágico escenario, como Juez. Francisco Solano, llevado por su temperamento sin control, se vió envuelto en las tramas de la política del Plata. El drama adquiere, entonces, proporciones de tragedia no sólo por la lucha contra el invasor, sino por la dura mano del gobernante, que no vacila en aplicar la pena capital al ministro Berges, a sus cuñados Bedoya y Barrios, al Obispo Palacios, a su hermano Benigno y a cientos más. La dramaticidad de la tierra llega a su clímax en este lustro. El país vibra y sangra.

En dicho período, el comercio tomó impulso, aumentaron los cultivos; se exportaba yerba, madera y cuero; se incorporó la técnica a la navegación. Se construyen el ferrocarril hasta Paraguarí y el telégrafo; se inaugura una fundición de hierro en "Ybycuí". Aparecen los primeros periódicos como el Paraguayo Independiente y luego el Semanario, aunque como mera expresión oficialista.

La sociedad readquiere su tono señorial del período hispánico, en los bailes del club Nacional y de la estación del Ferrocarril. La cultura vuelve por sus fueros; los hombres ilustrados de la época son Andrés Gelly, Francisco Solano y Benigno López, padre Fidel Maíz, José Berges, José Falcón, Gumersindo Benítez, Mateo Collar y el poeta Natalicio Talavera. Se formaron en esa misma época en el extranjero, Juan Silvano Godoy, Crisóstomo Centurión, Gregorio Benítez, Cayo Miltos, José A. Jara, José A. Maciel, José A. Ortiz y, en el país, Agustín Cañete y José del Rosario Miranda. Los militares más ilustrados del período de la guerra fueron: Paulino Alén, Elizardo Aquino, José Basilio Benítez, Juan Crisóstomo Centurión, Andrés Herreros, José Antonio Ortiz, Romualdo Núñez, Angel Fernández y Pedro Gill, marinos. La cultura humanista se refugia con preferencia en el clero. Se usa como texto escolar el catecismo de "San Alberto", de subido sabor absolutista.

La guerra devoró la flor de la nacionalidad, y en sus pliegues siniestros a los más esclarecidos civiles y militares, ejecutados desde Berges hasta Gumersindo Benítez, Robles, General Barrios, General Bruguez, Coroneles Paulino Alén y Mongelós. La élite social desaparece en San Fernando.

Hacia 1860 el país contaba con base social y económica. Las obras quedaron truncas, entre ellas las de ornato, mandadas construir por López, como el palacio de Gobierno, el Oratorio y el Teatro; quedaron en pie sin embargo para contemplar el resurgimiento de la nacionalidad, azotada por el vendaval. La iglesia de Humaitá, derruída a cañonazos, es el símbolo del drama a orillas del río Padre.

La diplomacia de los gobiernos dictatoriales fué impotente para resolver las cuestiones relativas a la de-marcación territorial. Primero se abandonó el territorio de la ribera izquierda del Paraná y luego, se perdió en la guerra un tercio del total. La economía dejó de tener el monopolio de la yerba mate y el dominio del Río Paraguay desde Bahía Negra hasta Bermejo. Su población quedó reducida a un tercio; una pesada deuda gravitó sobre el crédito. (Argentina y Brasil condonaron dicha deuda; Uruguay devolvió los trofeos en 1886, Argentina lo hizo en 1954)

Pero resurgió por propio esfuerzo, el mismo que empleó en la conquista y en el coloniaje, como centinela de la colonización española. Pueblo expansivo, quedó reducido a su mínima expresión, con la capuera, el rancho, el fogón, para luego reconstruirse. Su drama será siempre la lejanía del mar. El Paraguay es inconfundible; tiene el sello de las nacionalidades duraderas; timbre de perennidad. "Es inconquistable" decía Carlos A. López, desde las columnas del Paraguayo Independiente.

En el estadio de 1870-1932 se consolida la organización democrática. Se vive bajo el signo de la constitución de 1870; la nacionalidad se reconstruye lentamente. La inestabilidad política obstaculiza el desarrollo económico; la familia se reorganiza; se multiplica la propiedad privada; llegan reducidas inmigraciones de italianos, españoles y alemanes. El Estado es fundamentalmente político; se abren los primeros Bancos; el capital extranjero explota algunas riquezas y servicios públicos. En medio de la exigüidad de sus recursos, que reposan en la ganadería y en la agricultura, el taníno; el cuero y la madera, logra contar con las instituciones de un pueblo civilizado como la Universidad, prensa, clase intelectual, asistencia social, voto secreto, servicio militar obligatorio, escuelas, libertad civil, en un estadio superior al dictatorial de 1811-1870. Se crean Facultades Universitarias y el Banco de la República. Se eleva a Arzobispado la sede episcopal, creada en 1547; se incorporan a la economía el algodón, el petit-grain, la industria de la carne conservada; nacen algunas industrias complementarias. La cultura se generaliza; la mujer se incorpora a las actividades intelectuales y administrativas; se cuenta con escritores, juristas, médicos e ingenieros y artistas. Pero la consolidación de la democracia exige un tributo de sangre: 1904, 1908, 1909, 1911/12, 1922/23. Se vive el drama de la inestabilidad, del provisoriato. Los comienzos son tumultuosos; se suceden desde 1870 a 1880 revoluciones y golpes de estado; el ex-Presidente Cirilo Antonio Rivarola, cae bajo el puñal asesino. El presidente Juan B. Gill muere en un atentado; su hermano el general Emilio Gill, educado en Saint Cyr, es otra víctima; el general Serrano es fusilado, Julián Godoy, lo es en Misiones; A. Miltos recibe la muerte en la puerta de su casa; el ilustre Facundo Machaín, el temerario José Dolores Molas y otros son victimados en la cárcel. El drama adquiere tintes románticos con el asalto a los cuarteles, el 18 de octubre de 1891 llevado a cabo por Eduardo Vera. El general Caballero representa el orden; Genes el héroe ciclópeo muere en la tristeza, envenenado.

Excesos de pasión política, falta de educación cívica, ausencia de normas de tolerancia conducen al vaivén de la dialéctica: de la anarquía a la dictadura. El orden se impone en 1878; en 1912 y en 1923 y surgen períodos fértiles que no pasan de un decenio. En el primer estadio el ciudadano es más disciplinado que culto; en el segundo es más libre que rico. La reconstrucción padece por la insuficiencia de su base económica; los problemas se complican por la pobreza. Asunción es una ciudad culta recostada en la ribera del Río Paraguay con aire colonial. Por sus calles mal empedradas v casi coloniales, ha cruzado varias veces la historia. En 60 años el país ha resurgido, pero todavía en 1932 no había podido finiquitar el proceso de delimitación territorial. Con la guerra 1864-70 fueron liquidadas las cuestiones de límites con Argentina y Brasil. Después apareció el problema del Chaco, que no pudo ser resuelto pacíficamente, a pesar de cuatro proyectos de tratados. A dicha cuestión , se entregaron esclarecidos ciudadanos como José Falcón, Benjamín Aceval, José Segundo Decoud, Gregorio Benítez, Alejandro Audibert, Manuel Domínguez, Fulgencio R. Moreno, Manuel Gondra, Eusebio Ayala, Gerónimo Zubizarreta, Francisco C. Chaves, Enrique Borde-nave, Elías Ayala y Efraím Cardozo.

La cuestión del Chaco obstruyó por largo período el progreso, impidió por la intranquilidad que creaba, la contratación de empréstitos para obras constructivas, así como la colaboración de países amigos que tenían que mostrarse neutrales, detuvo la incorporación de capitales para la industria. La inteligencia paraguaya fué también consumida durante más de 30 años por dicho tema. Domínguez, Moreno, Gondra y jóvenes escritores, abandonan los temas desinteresados para consagrarse al Cedulario Real. Un polvoriento documento colonial o la vigencia de statu-quo tenían preeminencia sobre problemas sociales. Aquel orden del día resultó inhibitorio.

Los vientos del N. y O. traían alarmantes versiones. Hacia 1920 comenzó a precipitarse el eco de los preparativos militares. La cuestión jurídica se convirtió en cuestión política y, más tarde, en problema militar. Los límites han sido trazados por la espada, con la sangre de dos de sus mejores generaciones. El territorio está contorneado de rojo. De la Provincia Gigante de las Indias, quedó un fragmento, amparado por dos grandes ríos y defendido durante cuatro siglos, por un puñado de criollos. El Paraguay es una prueba de que la independencia de los pueblos reposa en la voluntad de vivir. Es una afirmación que neutraliza factores geográficos y políticos adversos. El poliedro que lo configura se ha estrechado varias veces; y su subsistencia se debe a la fortaleza de la clase criolla que le da fisonomía, y a su contenido espiritual. Desde los guaraníes antecesores e integrados, la nacionalidad ha vivido en constante lucha; se parece un poco a las primitivas tribus germánicas de signo guerrero.

Para afrontar a un enemigo numeroso, más rico y mejor armado, se necesitaban una política de amplio vuelo, la consolidación de la paz interna, el desarrollo de la economía y la organización del ejército. Estos factores de defensa fueron en gran parte obstruidos por la anarquía que amagaba periódicamente. Los preparativos iniciados por el coronel Manuel J. Duarte, bajo el gobierno "cívico", se quemaron en las llamaradas del motín cuartelero del 2 de julio de 1908 y su secuela anárquica de 1911-12. La guerra europea de 1914 interrumpió otro pro-grama de organización del Ejército y de adquisición de material bélico. Se había contratado a la sazón una misión militar alemana, dirigida por el Mayor Von Leinez, que murió como general de su país en el frente de los Cárpatos.

Nuevos esfuerzos, como la creación de la escuela militar, la ley orgánica militar, el envío de oficiales a las academias extranjeras y la paz interna, base de toda preparación, sufrieron crisis con el golpe de estado del 29 de octubre de 1920 y su consecuencia, el levantamiento militar de 1922. En los vericuetos de la aventura se perdieron vidas jóvenes, capacidades profesionales y pertrechos. El peligro exterior no obró el milagro de detener las ambiciones de la política criolla. Manuel Gondra fue derrocado, pero dejó como testamento la tesis de la intangibilidad del litoral, dando así forma a la doctrina paraguaya sobre el Chaco.

En 1923, surge de las entrañas dolorosas de la anarquía el hombre llamado a preparar la defensa: Eligio Ayala. Sin el período de estabilidad social, que él supo crear, no hubieran podido asentarse las bases para enfrentar la guerra. El lapso de paz de 1924-1932 condicionó la defensa.( Angel F. Ríos, La Defensa del Chaco.)

Pero luego se llega al otro extremo de las oscilaciones históricas, "corsi e recorsi". Las pasiones, otra concepción político-social, priman en la opinión, pero no puede negarse que a las generaciones de 1874 a 1932 se debe la reconstrucción de la Patria, al amparo del régimen constitucional.

No hubo necesidad de apelar a la dictadura. Las agitaciones políticas, a veces sangrientas, no lograron amenguar el patriotismo. El soldado del Chaco se reveló digno descendiente del guerrero de 1864. Pero los acontecimientos, los designios inescrutables que tejen la trama de la historia, colocaron al final del primer estadio a "Cerro Corá", y como coronamiento al final del segundo, Campo Vía.

Del tumultuoso escenario surge como exponente de su pueblo, como paladín del esfuerzo colectivo, la figura de José Félix Estigarribia. La tierra dramática, la selva solemne, el río paterno han producido una individualidad conductora en el preciso momento.

 

 

CAMPO VIA

 

A fines de agosto de 1933, el presidente había realizado una de sus habituales visitas al cuartel general de Isla Poí. Hacía frío; soplaba viento Sur; ráfagas cortantes caían sobre los ranchos de Comanchaco, en ese invierno caprichoso que a veces castiga el Chaco, hiela el agua en las caramañolas y cubre los charcos con una capa blanca. Hasta el trópico llegan corrientes del pampero para atenuar el calor permanente y extinguir los bichos que lo hacen poco habitable, sin una defensa adecuada, como la casa, mosquiteros y árboles. El Chaco es sano pero duro de habitar; en esos días de invierno la carne sufre rudo flagelo, pero descansa de la laxitud del calor y de la banda de mosquitos insaciables, del "polvorín" insignificante y de la "viudita" chupadora. Como toda región desértica, será vencida y dominada por la obra del hombre, que debe transformarla con aguadas, pozos, caminos, ferrocarril, vía y pomares. En esa penetración más profunda la vanguardia tiene que ser la ganadería, para lo cual hay un buen pasto y se halla libre de plagas como la garrapata; el pozo australiano, el molino de viento. En esa marcha, la agricultura irá consolidando la obra civilizadora. En vísperas de la guerra existían grandes estancias de ganado vacuno, en Casado, Pinasco, George Lohman, las riberas del Pilcomayo, zona de Nanawa, Guaraní, Olimpo, y no penetraban hacia el interior por la situación planteada por la penetración boliviana. Tampoco antes de la conquista hispana, la región oriental tenía naranjos, ni mangos, ni pozos de agua.

En esa ocasión Estigarribia expuso su plan y pidió el envío de quinientos camiones para realizarlo. Entre las paredes del rancho quedaron sus argumentos. Al final de la exposición, acompañó al presidente hasta el campo de aviación insistiendo, convencido de la bondad de su plan... Se oyeron frases entrecortadas "La batalla durará más o menos cuarenta días" ... "desbordamiento por el lado de Aliguatá y ruptura en el frente de Gondra..."

En otra visita realizada el 3 de octubre, el presidente dió su aprobación al plan de operaciones.

Después de la rectificación de la línea del kilómetro 7, frente a Saavedra, el ejército paraguayo había pasado a la defensiva, para lo cual se establecieron tres principales núcleos en Nanawa, Francia y Toledo. Así se pudo resistir los martillazos de Kundt. A las luchas en esos reductos, siguió un constante batallar de ocho meses, con episodios obscuros, a veces, en que ambos ejércitos, como dos víboras enormes, procuraban estrangularse.

"Con toda rapidez, dice en sus "Memorias", se construyeron obras defensivas en Corrales, Herrera, Zenteno, Kilómetro 7 de Saavedra y frente a Samaklay, como puntos defensivos adelantados y de cubertura de los núcleos principales. Mediante esfuerzos inauditos realizábamos nuestros transportes en plena estación lluviosa, instruíamos a la tropa y abríamos trincheras en todas partes. En todos los frentes y en la retaguardia, desde el primer jefe hasta el último soldado vibraban al unísono con la inquebrantable voluntad de detener y destruir al enemigo"

Durante ese tiempo el ejército se reorganiza. Ya no será la milicia de Boquerón que llegará a punta de bayoneta a Platanillos y a la Cañada de Saavedra. Los regimientos son encuadrados con oficiales profesionales y de reserva que se va forjando. Llegada la hora de retomar la ofensiva se la inicia con dos acciones locales bajo el inmediato comando de Estigarribia: las de Pampa Grande y Pozo Favorito. En Pozo Favorito, fué rodeado y tuvo que rendirse, bajo una lluvia de acero, el Comandante González Quint con cuarenta oficiales y 2.500 soldados. El mismo día 15 de setiembre, dos horas después, caían en el "corralito" de Pampa Grande los regimientos, bolivianos "Loa" y "Ballivián", con 18 jefes y oficiales y 600 soldados. Estigarribia fué promovido a General de Brigada. Había trasladado, para esas actividades, su P.C. al Fortín "Doctor Francia".

Ya se podía realizar la maniobra proyectada para destruir el ejército de Kundt, atacándolo en sus posiciones, que se extendían desde Aliguatá hasta Nanawa.

Ultimáronse los preparativos y se impartieron las instrucciones a los comandos de Nanawa y Gondra y al primer cuerpo de Ejército reforzado (coronel Juan B.

Ayala) a cuyo cargo quedaba la maniobra de desborda-miento, para proyectarse sobre el camino a Saavedra y buscar el contacto de la primera división de infantería encargada de la ruptura del frente boliviano, en el sector Gondra, (Tte. coronel R. Franco), al paso que la otra fracción de III cuerpo (Coronel Luis Irrazábal) presionaría sobre el ala derecha boliviana Nanawa-Samaklay. La división de reserva (Tte. coronel Torreani Viera) quedaba a disposición del comando.

La acción se inició el 23 de octubre, en un frente de setenta kilómetros que iba desde Nanawa hasta Charata. Estigarribia empleaba en esa ocasión todos sus recursos y la totalidad de sus fuerzas, superiores numéricamente a las que empleó el Mariscal López en la batalla del 24 de Mayo de 1866, contra el Ejército de la Triple Alianza. Cerca de 25.000 hombres.

En el Chaco se libraba una guerra del desierto; las operaciones tenían que ser lentas, pues se disponía de escasos medios de movilidad; la aviación era exigüa; difícil el transporte de agua y municiones. La infantería hizo prodigios. Bajo esta designación habrá que comprender a la caballería, que marchaba también a pie, haciendo de punta de lanza y la artillería, que transportaba sus piezas a pulso o con mulas. Una pugna con la naturaleza, antes de enfrentar al enemigo. Espinas crueles, arenales calcinantes, senderos abiertos a golpes de machete, soldados provistos en las mejores ocasiones, con 250 gramos de agua diarios por cabeza; marchaba la tropa, con su impedimenta deslizándose hacia Aliguatá-Charata, en busca de la extrema izquierda boliviana para desbordarla, mientras se combatía en Nanawa, Gondra, Zenteno. Una minúscula ración de carne conservada, algunas galletas duras, mate cocido algunas veces, tereré

Hubo en esta batalla mayor acción humana que efi-ciencia de máquinas. En eso se diferenció de la guerra del Africa librada por ejércitos mecanizados, con tanques, aviones y miles de autovehículos, mientras en la batalla de Aliguatá-Gondra tenía que proveerse de agua a muchos kilómetros. De la muñeca del chofer, cubierto de polvo y de fatiga por el incesante rodar, dependían el agua, la comida, las municiones, el refuerzo. Constituían éstos los nervios de la batalla.

Estigarribia manejó sus huestes con la sencillez de un ajedrecista; golpeando por etapas; sufriendo retardos; obligando al enemigo a sucesivos repliegues hasta establecerse en líneas fijas que permitiera la acción fundamental. Vigiló la trepidante lucha con visión del con-junto. El 3 de diciembre asumió el comando directo de la batalla.

Críticos militares de países vecinos llegaron a manifestar que la ofensiva había sido detenida. Estigarribia siguió impertérrito, sin suministrar detalles ni informaciones. Se afirmaba en su decisión de destruir el principal núcleo boliviano. Kundt no apreció en toda su magnitud los propósitos del comando paraguayo; cuando se dió cuenta, tampoco quiso escuchar la sugestión del presidente Salamanca para replegarse a Saavedra; percibió tarde el cierre de la pinza sobre las IV y IX Divisiones y dejó en libertad de obrar a comandos encerrados.

El 4 de diciembre, se inició la fase final: maniobra de envolvimiento a cargo del 1er. cuerpo (ala izquierda boliviana) y ataque vigoroso de las tropas del sector Gondra para romper la línea enemiga e interceptar el camino de Zenteno a Saavedra y tomar enlace con el primer cuerpo. El 6, el 1er. cuerpo interceptaba ese camino principal; el 7, en magnífico asalto se rompía el frente de Gondra. La tenaza apretaba hasta ahogar. El 10, Estigarribia, después de anunciar el cerco, dictó a sus comandos subordinados las condiciones de rendición. El 11, se produjo el colapso boliviano: a las 12 se rendían las divisiones IV y IX, con todo su material, 250 jefes y oficiales y 8.000 soldados prisioneros; 24 piezas de artillería; 60 morteros; 1.000 ametralladoras pesadas y livianas; 11.000 fusiles; 80 camiones y algunos millones de cartuchos de infantería, fueron sus pérdidas.

Kundt fué separado del alto comando boliviano y reemplazado por el general Enrique Peñaranda.

El 11 de diciembre, llegó al campo de batalla el presidente de la República. En uso de sus facultades constitucionales ascendió a Estigarribia a General de División y dirigió al Ejército en campaña, la siguiente proclama:

"Francia, 11 de diciembre de 1933. Al Ejército del Chaco:

Tengo la dicha singular de estar entre los combatientes en este día que marca una etapa decisiva en la campaña contra el invasor del territorio nacional.

Desde el Puesto de Combate del General Estigarribia envío a los jefes, oficiales y tropas combatientes y de todos los servicios el agradecimiento del Gobierno de la República y de la Nación entera.

El éxito alcanzado no es fruto del azar, sino el resultado lógico de un plan concebido con inteligencia y ejecutado con alto espíritu de abnegación y firme voluntad de vencer.

El Pueblo paraguayo, revive en estas horas su pasado de gloria, está demostrando al mundo que su tradición de honra, de bravura y patriotismo es mantenida.

El nombre del Paraguay se dibuja de nuevo en la historia con fulgores de heroísmo. En nuestros corazones de ciudadanos late con fuerza la fe en la Patria inmortal.

P. C. del General en Jefe:

Eusebio Ayala"

 

EL CARMEN - IRENDAGÜÉ

 

En setiembre de 1934, el ejército paraguayo contaba con un efectivo de 21.000 hombres; el boliviano podría calcularse en 80.000, extendido en un arco del Pilcomayo a Roboré.

Después de haberse frustrado la maniobra de Mayo a cargo del primer cuerpo, en "Cañada Esperanza", y la del mes de julio, a cargo del II° Cuerpo, Estigarribia buscó recuperar la iniciativa.

La marcha hacia Carandayty, tenía el propósito de atraer el núcleo enemigo; mientras frente a Ballivián amarraba otro núcleo, con el propósito de asestar el golpe en el centro del extenso arco. Era cuestión de adelantarse a golpear antes que se cerrara la tenaza. Las marchas hacia Carandayty y Parapití se vieron enervadas por la escasez de los medios de locomoción y la falta de agua. Frente a esta tentativa frustrada, el comando, concibió un nuevo plan que sometió al presidente Ayala, quien por su parte le urgía la toma de Ballivián. Había que amarrar al mismo tiempo en Ingavi a la columna boliviana que venía del Norte hacia Pitiantuta. El 8 de Setiembre el enemigo logró cortar la retirada del II° Cuerpo que tuvo que romper el cerco a punta de bayoneta.

El plan de Estigarribia era precipitado por los acontecimientos; la situación se volvía difícil; sólo una maniobra audaz podía salvarle.

Así lo dice en el Capítulo XV de sus "Memorias": "Después que nuestro destacamento de Carandayty se escurrió del primer cerco, notóse entre nuestros hombres de primera línea poca adaptación a la nueva clase de maniobra impuesta por la misión que se le confiaba. En la guerra, como se sabe, una maniobra en retirada es siempre de las más difíciles. Por primera vez, en dos años de pujantes acciones ofensivas, nuestras tropas debían retroceder en condiciones penosas, y esto deprimió por igual a oficiales y soldados. No faltaban razones, sin embargo. El retroceso se llevaba a cabo en un vasto desierto completamente desprovisto de agua. Cada hombre apenas recibía 250 gramos de agua por cabeza y por día, desde mediados de Agosto. Entre tanto, había que marchar, maniobrar y combatir durante semanas enteras, incesantemente, sin reemplazos contra un enemigo muy superior en número que se mostraba en aquel período particularmente emprendedor. Yo me daba perfecta cuenta de la tragedia, pero me mostraba duro con mis subordinados porque la retirada se realizaba con una rapidez mayor que la calculada para que hubiere tiempo de preparar la acción decisiva que de acuerdo con mi plan, se dirigía contra "El Carmen". (Memorias del General Estigarribia, cap. XV)

El cuerpo de caballería al mando del Cnel. David Toro compuesto de las divisiones de caballería I y II y de la 7 división de infantería, con un total de 15.000 hombres, inició en octubre del 34 la ofensiva contra el 119 cuerpo que maniobraba en retirada hacia Picuiba. Tanto el gobierno como el comando boliviano confiaban en el éxito de la operación de mayor envergadura que hasta la fecha habían proyectado.

Paralelamente el enemigo acumulaba tropa, material y víveres en Cañada "El Carmen", bajo el comando del Tte. Cnel. Murillo y en Rabelo, a las órdenes de los generales Lanza y Mariaca Pando.

Desde la atalaya internacional se intensificaron algunas gestiones de paz, dando como argumento la imposibilidad de contener el empuje boliviano. Se ejercería una presión sobre nuestro gobierno y se sugirió, por primera vez, la reunión de cancilleres de las naciones beligerantes, en Río de Janeiro, para estudiar las bases de la paz. Al mismo tiempo se gestaba entre las cancillerías argentinas y chilenas, la idea de la formación de un grupo de neutrales. Los más activos gestores de esa nueva comisión de Neutrales eran Podestá Costa, argentino y Nieto del Río, chileno, con una fina actividad diplomática, en misión de sus respectivos gobiernos.

Algunas fracciones del II° cuerpo necesitaban refuerzos, para sostenerse, y para romper los "bolsones" en que habían caído por tres veces y de los cuales salieron bajo la dirección del Tte. Cnel. Paulino Antola, defensor de Herrera. Pero Estigarribia en lugar de acudir allí se puso a contramaniobrar, apeló a la audacia, sacó de ese sector la 8a división para llevarla al 1er. cuerpo.

Frente a la "Cañada El Carmen" el 15 de abril, estaban el primer cuerpo integrado por las divisiones: 1a al mando del Tte. Cnel. Juan B. Barrios; la 2a al mando del Tte. Cnel. Arístides Rivas Ortellado y la 7a, a la del Cnel. Carlos Fernández, la "punta de lanza" que Estigarribia empleaba en los momentos supremos, y a quien dría aplicarse el calificativo dado a Blücher : el General Avance.

Concebido el plan con celeridad inteligente, elegido el blanco, Estigarribia lanzó a Fernández como una saeta. A ese efecto agregó la octava división al mando del Tte. Cnel. Eugenio A. Garay, a quien confió la tarea del "Martillo pilón".

La 7a división se proyectó buscando interceptar el camino. La 1a amarró frontalmente a la 10a división boliviana a las órdenes del Tte. Cnel. Murillo. La maniobra quedó a cargo de las divisiones 2a y 7a las cuales tuvieron que realizar cada una la marcha de 40 kilómetros en medio de la selva, abriendo picadas y con una dotación mínima de agua. Los soldados marchaban en fila india con el fusil a la espalda y el machete en la mano, en un silencio sólo interrumpido por el corte de las ramas abatidas, el famoso pique habitual del campesino paraguayo. La 8a división maniobra por el Norte y la 2a por el Sur, para cerrar la tenaza en torno de "El Carmen"; era un bolsón intentado por 4.500 hombres contra 6.000 acampados y preparados para atacar al 1er. Cuerpo; el clásico "corralito".

La 8ª división partió el 9 de noviembre a la madrugada; la 2ª, el 11 a las 4 de la mañana.

Después de una marcha penosa, el 13 a las 18, la 2ª división salió sobre el camino "Zalec", a la espalda de los bolivianos. La sed amenazaba esterilizar el esfuerzo. Pero el regimiento "2 de Mayo" encontró una aguada que resultó ser la continuación de la aguada de "El Carmen", oasis del desierto central, base de operaciones, re curso supremo, ya que para combatir había que asegurar el agua.

El comando divisionario ordenó el desprendimiento de un batallón del "Corrales", hacia zona enemiga, que fué a salir en el propio P. C. del Tte. Cnel. Murillo. Se logró cerrar el camino al fortín Oruro, momentáneamente, pero no se pudo persistir, circunstancia que dió lugar a que Murillo recibiera el refuerzo de la IX división, al mando del Cnel. Walter Méndez, "el tigre rubio", combatiente de fama.

El 15, el regimiento "Corrales", se colocó nuevamente a caballo sobre dicho camino. Lo cerró y resistió a los furiosos embates para romper el cerco de adentro y de afuera.

Entretanto, la 8ª división había aparecido casi simultáneamente sobre el Camino, después de haber combatido sin cesar desde el día 9, con un empuje digno de las mejores jornadas chaqueñas. La tenaza estaba cerrada. Se combatía con saña dentro de un círculo de fuego, que iba apretándose.

El 16, a la madrugada cesó el fuego en un sector. A las 9, un sargento boliviano trajo la noticia de la rendición total. Cayeron prisioneros los comandantes Murillo y Walter Méndez, este último herido, así como los regimentarios, después de haber hecho un esfuerzo desesperado para romper el cerco. Dos divisiones bolivianas, con un total de 10.000 hombres habían sido destruidas; 7.000 prisioneros, con sus armas y bagajes; víveres correspondientes a 17 días, fueron sus pérdidas.

"El Carmen", fué una batalla concebida con elegancia y ejecutada con admirable coraje. (Datos proporcionados por el Cnel. Fernández y el Dr. Francisco Centurión.)

 

Fueron condecorados con la Cruz del Chaco el Cnel. Carlos J. Fernández y los Cmtes. Eugenio A. Garay, Arístides Rivas Ortellado y Juan N. Barrios.

 

El Presidente de la República dirigió al Comando en Jefe la siguiente felicitación:

 

"Al General Estigarribia:

"El heroico esfuerzo de nuestras tropas, acaba de obtener el precio de una magnífica victoria. La audaz maniobra concebida por Ud. y ejecutada por jefes, oficiales, clases y soldados con vigor y tenacidad, venciendo tremendos obstáculos culminó hoy con la derrota aplastante del invasor. A los defensores de la Patria envío en este día de júbilo nacional las felicitaciones del Gobierno de la República como una expresión del amor de nuestro pueblo a su Ejército y del legítimo orgullo que siente por su gloria.

Eusebio Ayala"

 

Ballivián cayó el 17 de noviembre, al empuje del III Cuerpo y como primera consecuencia de la acción de "El Carmen". El ler. Cuerpo llegó en lugares conocidos por Celina y Carosi. La persecución no pudo ser continuada por falta de camiones, como en Campo Vía y Boquerón. Pero la operación planeada no había terminado. El IV cuerpo, después de grandes repliegues, se establecía en las cercanías de Laguna Lafaye para resistir al avance de Toro. El 23, Estigarribia explicaba al Comando del II° cuerpo y al de la 8ª división el propósito de apoderarse de Irendagüe, principal aguada de donde se proveía la división de Toro. Era una maniobra temeraria.

 

 

IDENTIFICACIÓN DE UN HEROE

 

A pesar de su estrella, de su carrera brillante, de su matrimonio dichoso, sería una impropiedad afirmar que fuese feliz. Los héroes, los poetas, los luchadores, no pueden ser felices en el sentido de la apacible dicha, de la vida placentera, porque en su alma repercuten dolores colectivos. Superarse ya significa sacrificio, dolor de transformación. Ni en la naturaleza ni en la existencia humana priman la línea recta. La vida de un hombre conspicuo se parece a la espiral ascendente o al curso sinuoso del río. Vive un poco para los otros, o plenamente, si es apostólico; a veces hasta su egoísmo aparente está en función de la obra. Estigarribia tuvo altibajos, accidentes, decepciones, pero los superó con entereza. Esos episodios pudieron dejarle un rasguño, una cicatriz, pero no pudieron desviarle ni abatirle. Por el áspero sendero de los campos de Montiel le salieron malandrines y follones, discutiéronle escépticos; procuraron ofenderlo los despechados, le negaron sus enemigos; intentaron disminuirle sus adversarios; tropezó e insistió. Mantuvo el escudo en alto. La vida debe responder a un sistema de moral. Cada uno elabora su filosofía. ¿Qué queremos? ¿cuál es nuestra vocación? Elegido ese Norte es menester permanecer leal, a pesar de las contradicciones adjetivas y de las transacciones que impone la vida, social.

Estigarribia aprovechaba hasta las caídas, como le ocurrió con la prisión. En su libreta de anotaciones aparece varias veces la frase "Compromiso con el destino".

El 22 de agosto de 1935 entraba en Asunción al frente de sus tropas, después de tres años de campaña. Fué promovido a general de ejército; el congreso le votó una pensión de 1.500 pesos oro mensuales. Asumió el comando en jefe de las fuerzas armadas. Seis meses después, era arrastrado por los acontecimientos que no previó y no supo evitar.

Al estallar el movimiento del 17 de febrero, Estigarribia que estaba en jira de inspección en el Chaco, intentó detener la avalancha, pero no encontró apoyo; convencido de esa imposibilidad se dirigió a la capital y se entregó preso. Un hombre como él no podía pensar en la escapada sigilosa o en rehuir responsabilidades. Llegó a Campo Grande; de ahí fué conducido a una celda donde permaneció cerca de seis meses. Su hija Graciela le llevaba la comida y la ropa limpia. Su casa fué asaltada por cuatro jóvenes revolucionarios. Su esposa tuvo que refugiarse en una legación extranjera y Graciela salvó parte de sus papeles.

Obtuvo la libertad y marchó al exilio. Llegó a Buenos Aires en los primeros días de septiembre de 1936. El pueblo argentino al solo anuncio de su arribo se congregó en la dársena. Cuando el "Washington" trayendo a bordo al héroe y al presidente de la Victoria se acercó a los muelles, una ovación calurosa saludo- a los artífices del triunfo. Estigarribia fué prácticamente arrancado por un centenar de brazos de la planchada, y conducido en andas a las voces de ¡Boquerón!, ¡Boquerón! ¡Boquerón!

En Asunción siguió por un tiempo la campaña infamante, por las condecoraciones no otorgadas, la pensión asignádale por el Congreso, y su negativa a intervenir en la política. Era el reverso de la gloria, el paso del túnel en la marcha. Su figura sería incompleta, sin el condimento de la ingratitud. El exilio tiene un sabor agridulce. Se siente nostalgia; el terruño estira. Es una pena cruel para los que quieren vivir en su patria; se evoca el pasado; se acaricia la perspectiva de días mejores. Los griegos lo crearon para abatir eminencias, apartar peligros y sancionar a los que habían incurrido en faltas para el voluble espíritu político. Es menos dura que la cárcel, pero más penetrante. Es siempre un poco de orfandad, contra la cual se reacciona de acuerdo con el temperamento; hay quienes viven soñando con el regreso; los románticos sufren un aura depresiva; hace sufrir, pero es escuela; en muchos sedimenta el rencor; y, como toda pena, es irreparable.

Estigarribia permaneció en el ostracismo un año y medio. Buenos Aires lo acogió con cariño. Encumbradas figuras de la sociedad argentina, en lo intelectual, militar y social, habían suscrito anteriormente una petición de libertad dirigida al Gobierno paraguayo. Prefirió residir en Montevideo. El gobierno del presidente Gabriel Terra le dió una cátedra en la Escuela Superior de Guerra cuyo ejercicio le permitió vivir con decoro.

Sobrellevó el destierro con dignidad; nunca formuló una declaración política; se dedicó al estudio. Vivió en el Uruguay con la holgura espiritual y la consideración que merecía en su propia Patria.

Visitó el Brasil como huésped de honor y recibió la acogida que se dispensa a los hombres de mérito.

 

BOCETO

 

Al estallar la guerra se preguntaba a quién se le conferirá el Comando. La gente gusta de los entorchados, de los uniformes vistosos, de la jerarquía galoneada; no se fija en la realidad substancial u olvida que la guerra forja sus adalides. La guerra contra la Triple Alianza comenzó con los comandos de Wenceslao Robles, Antonio de la Cruz Estigarribia y Pedro Ignacio Meza, tres lamentables fracasos. De la fragua ardiente salió José Díaz.

Al iniciarse las operaciones, José Félix Estigarribia, era teniente coronel. ¿No era una aventura confiar la dirección de las operaciones a jefe de tan escasa graduación? Y que otra cosa es una guerra sino una aventura? Francia prefirió confiar su destino en 1939 a la forma académica de los entorchados, a soldados conservadores, antes que ensayar nuevos valores, capaces de comprender los cambios de métodos.

Los hombres decisivos se manifiestan tanto en la producción de los acontecimientos, como en su conducción. Unos precipitan las transformaciones sociales con su pensamiento o su acción; son intuitivos; adivinan e indican la ruta. En América fueron preparadores de acontecimientos: Francisco de Miranda, José de Antequera y Castro, Mariano Moreno; otros se incorporaron al movimiento emancipador y lo condujeron como José de San Martín. Bolívar interpretó la corriente histórica y la iluminó con su genio; el Dr. Francia y Fernando de la Mora dan contenido a la revolución paraguaya; Pedro Juan Cavallero la hace triunfar. Algunos encarnan la voluntad de ser libre de su pueblo y lo arrastran a sacrificios como Artigas y José Martí. José Bonifacio y el general Santander consolidaron la independencia del Brasil y de Colombia respectivamente.

Estigarribia se incorpora a la guerra; no le corresponde sino en un sector de comandante divisionario; pero se había preparado para afrontarla. Esperaba el momento. Surgió como el general Díaz en el fragor de las batallas. No subyugó por su prestancia; creció con sus hazañas como un destino que tuviera lógica.

Tuvo rivales y émulos, pero se impuso por su corrección y su equilibrio; ganó el comando como una jerarquía moral; en sus galones reverberaban resplandores de batallas. Era un poliedro regular; un guerrero humano, de gesto medido, de firmeza sencilla, de exterior modesto. Se inicia en Boquerón en una carpa de campaña, sin que nada logre perturbarle. Irá lejos porque abriga altas ambiciones, voluntad, imaginación, dureza para la ejecución. Acepta los hechos y los conduce forzando las normas rutinarias; sabe aprovechar los materiales. No tiene premuras, sabe que la guerra tiene que ser larga; comienza con poco, pero va trabajando planes, hombres y materiales, para arrancarles máximo rendimiento. Al comienzo es un oficial de Estado Mayor atento, calculador; en el curso de la campaña crece cuando se presentan los obstáculos; apela a las potencias recónditas de su alma y los vence en inesperados golpes. Maduraba en su estación como la naranja. En la Isla Poí en 1932 era jefe divisionario; tres años después atraviesa de nuevo esos lugares de regreso como Reconquistador.

Al terminar la guerra se muestra ajeno a la actividad política, desconoce las maniobras, los caminos sinuosos, las transacciones obligadas de la política; pero años después, la vida le enseña; ha subido la Montaña de la Purificación de que habla el Dante. Ha aprovechado el espectáculo de pueblos libres y progresistas. Llegado al poder muestra la capacidad de un gobernante moderno.

En el gobierno trabaja por la pacificación y el progreso, crea nuevas esperanzas, como si su misión fuera siempre la de conducir a sus conciudadanos por el sendero de la gloria y de la paz.

Al llegar al poder despierta la misma expectativa que le rodeó en Isla Poí en 1932; se le estima pero aún no se le reputa hombre de gobierno. Un año después la opinión cambia al contacto de los hechos; su buen éxito en la política internacional, la labor administrativa, los planes constructivos como la ejemplarizadora ruta a Coronel Oviedo, iniciativas privadas de trabajo, el desahogo espiritual del país desafían y desarman a los escépticos, le ganan simpatía.

Su personalidad tiene facetas regulares. El hombre de la reconstrucción es el mismo conductor. El destino le había señalado para servir como guión entre ambas etapas al suscribir el tratado de paz. Constituye una unidad histórica; puede tener de lo bueno y de lo malo; pero, no puede ser parcelada. No es posible elogiar al combatiente del Chaco y censurar al gobernante; son dos fases de una misma personalidad, dos comportamientos de un mismo patriota. Es de una pieza.

Era cuidadoso de su persona y de su conducta; fué frío por necesidad y se mostró insensible cuando el deber le exigía. Tuvo errores que le hacen más humano; su buena fe le indujo a veces al descuido. En ocasiones de-jaba de tomar medidas precaucionales, de proveer por exceso de confianza, es así como no sentó las bases firmes para consolidar la obra de pacificación iniciada, dejándolas al albur de gente sin responsabilidad.

Nunca se prodigó en camaraderías. A pesar de la intensidad de su vida, de su carácter introvertido, en su alma no había quebradas. No deslumbra; pero, tampoco ensombrece; es regular; no aturde ni confunde. No vivió la tragedia ni es un atormentado; tenía un rostro amable de guerrero, contradicción que sólo se explica por su estoicismo. En tres años de guerra no ordenó un solo fusilamiento.

Soldado estoico, gobernante sin soberbia, cruzó el mundo con aire sencillo. Fué el más sereno de los héroes paraguayos, de este pueblo enamorado de los gestos trágicos, de los sacrificios extremos. Sus proclamas lo revelan.

 

LO QUE EL AMOR UNIÓ, DIOS BENDIJO Y LA MUERTE MISMA HA RESPETADO

 

Aquella fría noche del 19 de agosto la casa del General parecía un barco en marcha. Se festejaba el onomástico de su esposa. El presidente, como siempre fino con su mujer, le ofreció una fiesta con variados números de música. Remberto Giménez con su orquesta ejecutó algunos trozos de la predilección del presidente y estrenó "Cuarajhy-Reiqué", compuesta en 1926, cuando ambos estudiaban en París.

Una orquesta folklórica ejecutó después, algunas de las polkas evocadoras del Chaco. Doña Julia se sentía feliz. El general, vestido de frac, recibía con amabilidad a sus invitados, que eran los ministros, algunos jefes militares y jefes de administración con sus respectivas esposas. Fué una fiesta íntima que resultó ser su despedida.

Entre los ramos de flores recibidos, aparecía en el centro uno de fragantes rosas, con una tarjeta anticuada que tenía impresa: "Teniente José Félix Estigarribia" y en manuscrito la leyenda: "A Julia". El tiempo no había .amenguado su romántico amor.

Julia Miranda Cueto y José Félix Estigarribia mu-rieron abrazados en el avión. Hay en la unión de dos vidas identificadas un significado. La vida del héroe hubiera sido incompleta sin ese amor que la embelleció, la alentó y la cierra con un abrazo en el desesperado esfuerzo de no separarse ni por designio de la muerte.

Contrajeron matrimonio en plena juventud; aquella mujer mansa vivió la vida del marido, como un corazón isócrono, colocado en otro organismo. Amor grande que llenó de perfumada unción y que fué su fuerza animadora; que explica la placidez del combatiente por el amparo y la influencia sedante de la compañera, que peina con sus dedos mágicos la cabellera agitada. Fueron dos ojos más que otearon su camino y dos bellas manos que se unieron para rogar a Dios por él, en su carrera de soldado; consuelo de las horas tristes, firmeza en la incertidumbre. Estrella guiadora, Julia ejercía sobre el marido una influencia grande, cuanto menos visible. Era una suma de vida que embellecía y calmaba.

Le acompañó con la misma nobleza en su calidad de teniente, como en el esplendor de la gloria. Le amó como si su misión en la tierra consistiera sólo en cuidarlo y exaltarlo. Tenía la abnegación necesaria para acompañar a un grande hombre. Era una morena clara, de rostro plácido y grandes ojos castaños; respiraba natural gentileza; en su rostro ovalado brillaba siempre una sonrisa.

  

 

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