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JUSTO PASTOR BENÍTEZ

  FORMACIÓN SOCIAL DEL PUEBLO PARAGUAYO - Por JUSTO PASTOR BENÍTEZ


FORMACIÓN SOCIAL DEL PUEBLO PARAGUAYO - Por JUSTO PASTOR BENÍTEZ

FORMACIÓN SOCIAL DEL PUEBLO PARAGUAYO

Por JUSTO PASTOR BENÍTEZ

 

© Herederos de Justo Pastor Benítez

Editorial EL LECTOR

Colección Ciencias Sociales, 5

Tapa: Luis Alberto Boh

Asunción – Paraguay

1996 (220 páginas)

 

 

 

JUSTO PASTOR BENÍTEZ:

PERFIL DE UN HOMBRE CONTEMPORANEO

 

Hacia comienzos de los años sesenta, tuve mi primer encuentro con Justo Pastor Benítez. Para quien había pasado casi una década de su vida en los avatares del movimiento universitario, principal escenario de resistencia interna al régimen dictatorial, como era mi caso, conocer a este político y escritor fue una experiencia excepcional e inolvidable. De mi parte, había asumido nuevas responsabilidades de orden político en el Directorio del partido del que este singular dirigente e intelectual fuera una relevante figura, y cuya presidencia en ejercicio ocupaba un hijo suyo, Justo P. Benítez (h). Dada esa circunstancia, podíamos contar con su presencia casi diaria, y por consiguiente, con la posibilidad, no sólo de escuchar y compartir sus sugerentes confidencias, inquietudes e ideas, sino también seguir el fascinante diálogo que mantenía con Don Alejandro Arce, otro excepcional protagonista de la vida política paraguaya, y cuyo domicilio privado servía entonces como Secretaría General.

Este imprevisto relacionamiento me dio la oportunidad de mantener con él largos coloquios, como también adentrarme en la enmarañada madeja de la historia política y social del Paraguay, con la fascinante compañía de quien había sido uno de sus más preclaros protagonistas. Benítez representaba una época histórica del país, en el que la principal obsesión de su élite dirigente fue la búsqueda y construcción de un nuevo proyecto nacional. Descendiente de una generación que todavía sintió el agobio de la devastación de la Guerra Grande, perteneció a una cohorte que tuvo que afrontar la difícil misión de generar un nuevo derrotero para el país.

Como actor decisivo del gobierno liberal o como solitario peregrino en el exilio, Justo Pastor Benítez tuvo la fortaleza de mantener este indeleble compromiso ciudadano, que lo llevó a convertirse en ardiente protagonista de las luchas políticas y la confrontación intelectual. De esa manera, los errores que sus contrincantes le adjudicaron como las exaltaciones de quienes se alinearon en sus ideas y batallas, no hacen sino indicar la firmeza de esta figura pública que experimentó como pocos la pasión por la política y la convicción de considerarla como el único camino para forjar una patria con más grandeza de la que recibiera su generación.

Hacía muy poco tiempo que había soportado un desgarrador drama familiar con la muerte de Arístides, uno de sus hijos, brillante abogado, a quien una fugaz e implacable enfermedad lo abatió en Río de Janeiro, muriendo prácticamente en sus brazos. Fue dicha circunstancia la que me dio efectivamente la ocasión de calibrar la dimensión y el temple de este connotado ciudadano. Además, me brindó la oportunidad de comprender el vigor inextinguible de ese hálito que sostenía su enhiesta figura y que le permitió afrontar durante su vida los duros y riesgosos avatares de la difícil vida política paraguaya. En muy pocas oportunidades dejó traslucir, durante las largas horas compartidas con él, esa inmensa pena que anidaría para siempre en su alma y, aun cuando me permitió descubrir parte de esa dolorosa intimidad, lo hizo con la dignidad y prestancia que le impregnaba su permanente exaltación de la vida y su ilimitada confianza en el futuro. Su misma ubicuidad, expuesta por muchos como una faceta reprochable de su práctica política, fue más bien uno de los signos más elocuentes de su obsesión por avanzar, por proyectarse hacia ese futuro que consideraba siempre distante en el andar de su país. Sin duda, sin perder la conciencia de sus raíces, tal como el lector puede constatar en la presente obra, fue esencialmente un hombre, un incansable combatiente del futuro.

Justo Pastor Benítez se deleitaba conversando en guaraní con los  campesinos que llegaban hasta esa secretaría y, no pocas veces, recordaba a caudillos, dirigentes o simples ciudadanos de las comarcas de donde los mismos procedían. Los animaba y les transmitía la fortaleza y orgullo necesarios para encarar ese difícil y, las más de las veces, desesperanzador trajinar por los escenarios cambiantes e impredecibles de la política paraguaya. Transmitía certidumbre y fe a quienes conversaban con él. Era un faro en un tiempo de extrema confusión, rigidez y desconcierto. Con el correr del tiempo, y con todo lo que ocurrió después, pareciera ser que su expectativa política careció de realismo y suficiencia analítica, sin embargo, hoy día es posible comprender y valorar en toda su dimensión, la autenticidad y fortaleza del impulso que intentó transmitirnos casi en el ocaso de su vida. Sobre todo, nos enseñó que la política es el escenario fundamental donde se construye una ciudadanía y se templa el espíritu de una nación.

El comienzo de su primer retorno, en los primeros años de los sesenta, correspondió a una etapa en la que, en especial su partido, el histórico Partido Liberal, inició el lento y difícil proceso de reinstalar en el país, con plena potestad, la sede del Directorio, supremo órgano de conducción partidaria. Como es sabido, la proscripción, las persecuciones y sobre todo, el esfuerzo de una parte importante de la dirigencia de dicho partido para revertir el curso Histórico de la política paraguaya por la vía revolucionaria, había fragmentado profundamente los estamentos de dirección partidaria. Justo Pastor Benítez alentó la línea de retorno al país y puso su más paciente empeño, en conferirle viabilidad y vigor. De manera insistente reiteraba el advenimiento de un tiempo político que, aun cuando por razones entonces imponderables quedó postergada por más de una década, los hechos mostraron, una vez más, su clara intuición del nuevo sentido por el que discurriría en un futuro próximo el proceso político, social y cultural del país.

Su instrumento primordial fue la palabra. Fue un orador excepcional, que dotó al debate político y social el embrujo y la incisividad de un insuperable artífice intelectual. Sin duda, contaba con la más plena seguridad de que la palabra constituía uno de los instrumentos centrales de la construcción política y esa convicción afianzada por su talento y creatividad le permitió orientar y avanzar en las más borrascosas encrucijadas.

Un escrito suyo que nos permitió reproducir en una revista del movimiento universitario, concluía con este párrafo: «Las montañas culminan en picos y los pueblos en hombres». Asumiendo esta metáfora, Justo Pastor Benítez, como otras figuras de su tiempo, con sus errores y aciertos, se constituyeron un largo período histórico cuya vigencia – de  hecho – del  Chaco. Constituyó parte de una generación que concertó su esfuerzo en dos grandes tareas: una, la consolidación de la República y otra, la defensa de la heredad chaqueña. En torno a estos ideales, quedó enlazada tanto la vocación por la política como la confianza en el papel central de la inteligencia.

Por ello, ese tiempo de hogueras y estrecheces no hizo sino agudizar y ensanchar su inteligencia y los límites de su quehacer político. Al nombrar, sólo a unos pocos, Blas Garay, Eligio y Eusebio Ayala, Carlos Pastore, Justo Pastor Benítez, Osvaldo Chávez, Efraím Cardozo, etc., se aprecia la envergadura y sustantividad de una generación que el Paraguay no ha podido suplantar hasta el presente. Vivimos hasta hoy en el vacío que dejó esta brillante pléyade de talentos y de patriotas. La desaparición de cada uno de ellos fue debilitando esa poderosa llama sin que hasta hoy se pueda restituir el resplandor de antaño. Conducida por esas manos, la nación afrontó tormentas, desasosiegos y vicisitudes sin término, sin que su destino corriera peligro alguno. La fórmula de esta fortaleza no fue otra que la inteligencia, la integridad de la conducta pública y la vocación por los valores que sustentaron la República desde la independencia. En una coyuntura como la actual, tan incierta e impregnada de pequeñeces, se impone abrevar de nuevo en estas fuentes en la búsqueda de un auténtico renacimiento.

La figura de Justo Pastor Benítez, y la obra que se reedita, La formación social del pueblo paraguayo, constituye un cabal reflejo de esta generación que aún no ha sido sustituida en el devenir histórico contemporáneo del país. Más que nada, nos resalta uno de sus rasgos más sobresalientes y que tuvo a Justo Pastor Benítez como una de sus figuras más fulgurantes: la de sentir y vivir la política como una función de servicio público.

Este libro nos transmite dos enseñanzas imperecederas, una, que es la República el actor central de la historia y que los políticos representan sólo servidores de ese destino. Además, nos ofrece una consigna ética insoslayable: que nuestro destino y responsabilidad como políticos o como intelectuales, o simples ciudadanos, es el de afirmar la solidaridad y la libertad como pilares; esenciales de la convivencia y del ordenamiento social.

Julio de 1996

DOMINGO M. RIVAROLA

 

 

 

 

CAPÍTULO I

EL PARAGUAYO

 

El sujeto de nuestra oración es el hombre paraguayo. Medio, clima, cultura, son atributos. Este hombre se ha puesto a transitar por la historia. De dónde ha surgido, cuáles son sus características somáticas y espirituales y su ethos, el proceso de su formación que ha dado por resultado una nación de la cual es hijo y padre, son los temas de este ensayo. No se trata de un libro de sociología, sino de un esfuerzo de interpretación. El paisaje le es inherente, substancial porque está todavía en un estadio agropecuario. No hablo del paraguayo descollante, rico o elevado por la cultura o el grado, sino del tipo paraguayo genérico. No se lo explicaría en otro medio, pues, se disolvería su individualidad. Es un mediterráneo, o mejor un mesopotámico, cuyos canales de comunicación durante casi cuatro siglos son sus dos grandes ríos, uno de ellos fluida espina dorsal de su civilización. Por algo le ha dado su nombre. Es fruto de la hibridación, sin perjuicio de la preponderancia de la progenie indígena en algunos y de la europea en otros. Pero todos fuertemente impregnados del genius loci o del «poder de la tierra».

Es un hombre que habla dos idiomas; toma mate; sus bases alimentarias principales son la carne., el maíz, frijoles, mandioca y naranja. En esta dietética ya se percibe la simbiosis hispano-guaraní, pues no se alimenta de pura producción autóctona. El carro correspondía a la civilización del maíz, pero el español ha traído el ganado, la naranja y la caña de azúcar. Usa sombrero pirí, poncho, monta a caballo, conduce la carreta, sus comentarios son «la talla», el ñeé-cuaá; juega a los naipes truco y monte; riña de gallos; carrerapé; toca la guitarra, violín y arpa; baila la polka, importados pero impregnados del medio, de su psique, de su capacidad moldeadora: ha paraguayizado tanto lo indigenal como el maíz, del mbeyú pasa al chipá, a la sopa, como lo europeo, en el Kyrey y el puchero peninsular. Es decir, ha impreso su marca. No copia. Transforma. Ha creado el poncho sesenta listas irisado de rayas brillantes; y sus mujeres usan anillos de ramales, clavel sevillano o Kyguá-verá-peineta.

Este hombre forjado en una lucha de tres siglos, desde la fundación asuncena, para consolidar y defenderlos dominios hispánicos y dominar tribus bárbaras, que ha peleado en el Plata, en el Guairá, en el Alto Paraguay y en los contrafuertes andinos y resistido a dos guerras internacionales, ha logrado con el concurso de muchos factores modelar una nación. Porque nación es el Paraguay que fue bautizada al son de las campanas en la noche del 14 de mayo de 1811. Ahora bien, ¿cuáles son las constantes de su historia, tiene ella marcada alguna periodicidad, cuál es su sentido? ¿Cómo es el acontecer histórico de este mestizo americano silencioso pero presuntuoso a la vez, que ha logrado superar enormes dificultades y reincorporarse sobre las cenizas? Los elementos personales domésticos característicos del hombre paraguayo son el rancho de paja, la hamaca, el machete, el poncho, el sombrero-pirí, la guitarra, el arpa, la carreta, el caballo, el burro, el perro, la hondita, el lazo, el cántaro de barro, la cantimplora, el porongo, el mate, el tereré, el gallo; y su paisaje la selva majestuosa, sus ríos de oro, sus arroyos frescos, la llanura y el naranjal, la chacra y la estancia. Como paisaje cultural la Asunción celeste, los pueblos en que sobresale señorialmente la iglesita, signo de cristiandad; pocas fábricas, algunas industrias y el ferrocarril y los navíos fluviales. No aparece la piedra sino como hitos. Tiene pocas construcciones monumentales, fuera de algunos edificios capitalinos y la fortaleza de Humaitá que se hundió en la eternidad. Este hombre tiene dos epopeyas: 1864-70 y 1932-1935 y su poema popular es el «Campamento Cerro-León». Sus símbolos podrían ser la yerba mate y el pájaro campana, ambos del corazón de la selva; expresiones telúricas. No se le puede dedicar un canto apolíneo ni una descripción meramente racionalista porque no responde a los estremecimientos de su vida, a su ethos, al perfil dionisíaco de su historia y por su fondo emocional. Cuando se le impresiona responde en guaraní. El resto es vestido. Para explicar su historia no bastan ni las doctrinas mecanicistas u organicistas, ni la interpretación marxista; escapa al esquema rígido. El paisaje cabe en un cuadro pero no puede ser apreciado cuantitativamente. Moreno le intuyó el sentido asunceno por la capitalidad; Domínguez encontró la explicación en el alma de la raza. Pero los que mejor lo interpretan son los músicos, los poetas y los guerreros, en una tensión anímica que les eleva y exprime en acentos de autenticidad.

La interpretación racionalista, la pura cronología de los acontecimientos, la explicación política ha fragmentado la historia. Estudia la conquista, prescindiendo de los guaraníes, uno de los términos de la ecuación; menciona a regañadientes el período hispánico, época de fermentación social; saluda el 14 de mayo y echa un velo sobre el período de 1814-1864, que es el de la homogeneización del pueblo, de la consolidación del espíritu nacional, de Inaptitud defensiva, de retracción, en que termina de forjarse el hombre paraguayo; se detiene admonitorio ante la guerra de la Triple Alianza para condenar al caudillo de la resistencia, olvidando que es una epopeya, que es el ingreso llameante del Paraguay a la historia universal. El país no nace, renace en 1870 y viene la experiencia democrática que es otro estadio; que debe ser enjuiciado bajo otro prisma, aunque el sujeto de la oración siga siendo el hombre paraguayo, en su plenitud humana. Ha surgido otra organización constitucional pero no otro individuo, que sigue siendo agricultor y guerrero, de familia cristiana, dentro de una sociedad de fuerte impregnación maternalista. La misma madre que enseñó el guaraní, y hoy enseña en las escuelas, ha reconstruido la patria. Porque no se puede hacer historia de la totalidad nacional sin mencionar a la mujer paraguaya. Y dentro del marco las actividades sociales, económicas, culturales, usos y costumbres, fiestas y diversiones, creaciones artísticas, folklore, y el factor político con sus canales de dinamización que constituyen los partidos tradicionales.

En 1936 se cierra un ciclo de nuestro acontecer. Y dentro de esa totalidad, dentro del fenómeno paraguayo del marco territorial, ha de ser estudiado en todas sus facetas substancia y forma, espíritu y somática, el sujeto de la oración, el obrero de su historia, el hombre paraguayo. Y comprendido en su intimidad, en sus virtudes y vicios, fallas e impulsos, como el tema por excelencia de nuestro tiempo.

Materialmente no ha progresado como otros; pero existe; está forcejando, contra la geografía, la historia y otros factores adversos, para conservar su individualidad y terminar de plasmar su estilo. Tiene destino heroico y no de arcadia mediocre y satisfecha.

 

EL ESCENARIO. EL HOMBRE Y EL MEDIO GEOGRÁFICO.

Dos regiones de diverso paisaje integran el Paraguay: la Oriental y el Chaco. Su actividad social se desenvuelve principalmente en la Oriental durante los tres primeros siglos, por la alianza con los guaraníes y la dedicación a la agricultura. El Chaco terminó por incorporarse a la actividad económica, primero como campo de pastoreo, hasta ocupar un lugar importante en la industria ganadera y en la extractiva.

El territorio está cruzado por el río que le dio su nombre y que lo divide en regiones bien diferenciadas,

«Excepción hecha de las llanuras chaqueñas, pocos países presentan un medio tan llano, es decir, libre de desigualdades que accidenten o entorpezcan el ritmo regular de vida y expansión; con un relieve suficientemente pronunciado en la parte Oriental para el buen régimen de las aguas, para la diversificación y amplitud de los paisajes y la suavidad del ambiente climatológico, con un buen régimen hidrológico y amplio sistema hidrográfico, sin accidentes geográficos, abruptos, con una unidad racial y sus propias tendencias naturales, nada traba el libre curso de su evolución, ningún problema grave plantea su vida intrínseca y las perspectivas de su futuro» (Bertoni).

«Las cordilleras de Mbaracayú y Amambay lo limitan al NE. Otras sierras que dan relieve al territorio son las de Altos, que termina en Emboscada; la cordillera de Ybytyrusú o de Villarrica, que se dirige hacia el Alto Paraná y constituye un «divortium aquarum», tiene las serranías más altas, que alcanzan hasta 800 mts. de altura. Las cordilleras centrales forman un sistema complejo de cerros: se incluyen en ella la Central, la Cordillera, Paraguarí y Misiones. Mientras las de Ibytimí y Paraguarí-Yaguarón presentan el carácter de repliegues o desplazamientos intrínsecos de capas antiguas, en los cerros de Emboscada y Asunción afloran rocas ígneas en forma intrusiva, y en los cerros de Caapucú y San Miguel el mineral de hierro, y varios otros de las formaciones arcaicas en el cerro Porteño y en el Cristo Redentor, los pizarros y al lado mismo de los cerros de Paraguarí formado por rocas exógenas (conglomerados de sílice y cuarzo y areniscos)».

La Región Oriental tiene tierras altas, con abundantes accidentes geográficos e hidrográficos, que, hacen amable el paisaje, le dan colorido y le predisponen a la ocupación humana. Montes, cerros, corrientes fluviales, abras amplias, llanos verdes, le dan una variedad proporcionada. En la Región Oriental predomina en gran parte la tierra colorada, llegando al norte hasta el Aquibadán al sur hasta el Tebicuary. Es predominantemente boscosa.

La Región Occidental o Chaco Boreal, es pobrísima en elevaciones pétreas. Es una llanura que muere en las estribaciones andinas. Los cerros pueden ser contados con los dedos.  Sus ríos son poco caudalosos y desaparecen en ciertos períodos de seca, dejando anchos madrejones. Es una tierra poblada de palmeras y quebrachos, palo-santo, etc., con pequeñas abras y amplios chircales de «guaimí-piré», samuhús ventrudos, cactáceos y arbustos espinosos que ofrecen exigua sombra y se retuercen en largas secas. Sufre la alternativa de secas e inundaciones que dificultan las labores agrícolas, salvo en las riberas de los pequeños ríos. La ganadería es allá la vanguardia de la penetración, puesto que la industria taninera se ha ubicado sobre el litoral. El Chaco ha tenido menos paisaje cultural por obra del hombre. En su parte ocupada revela también fertilidad.

Dos ríos caudalosos, el Paraná y el Paraguay, reciben las vertientes regionales. El sistema hidrográfico de la Región Oriental parece un ñandutí, Los principales afluentes del río Paraguay en la Región Occidental son de poco caudal. Entre ellos, el Pilcomayo y el Negro anegan extensas regiones en la creciente. El primero nace en Bolivia; el Negro, que nace en la Cordillera de Chochis, señala el marco sur de la bahía Negra. Los ríos de la sección paraguaya del Chaco se caracterizan por verter sus aguas en el Plata, al paso que el Parapití corre hacia la cuenca amazónica.

Los afluentes del Paraná son grandes arroyos, como el Capiibary, Pirapó, Pirayú-í, Tambey y el Jacu-í-guazú; más abajo desembocan los ríos Acaray, Monday, Ñacunday, que se caracterizan por saltos. Un tercer sector recibe las aguas del Paratí y de los arroyos Igurey, Pozuelos, Itamiby y Limoy.

El sistema lacustre cuenta con las lagunas de Ipacaraí e Ipoá. Esta última se extiende en bañados de gran área. Existen también los esteros, tembladerales, como el de Ñeembucú, Bellaco, Piripucú, Yetyty, etc.

La región misionera, que recuerda en algo a las cuchillas riograndesas o uruguayas, se caracteriza por los campos de buen pasto, lo mismo que Concepción y el Ñeembucú.

El Chaco es propicio a la cría del ganado. Como manchas verdes abundan campos de pastoreo en diversas regiones de riego natural.

La selva es mareante en el paisaje. Según los cálculos del STICA, en la Región Oriental existen 8.000.000 de hectáreas cubiertas de bosques y cuya riqueza maderera se estima en 280.000.000 metros cúbicos. Debe agregarse la selva chaqueña, rica en quebracho, palo-santo, cedro, timbó, petereby, tataré, curupay, ybyraró, incienso, tayí, quebracho colorado, quebracho blanco, urundey, guayacán, algarrobo, palo rosa, ybyrá-pytá, urunde-i pará, tatayibá, caranday, ñandubay, caaveretí, ingá, palmas, que sirven para las construcciones navales y civiles, ebanistería, mueblería, obras interiores, carrocerías, envases y otras diversas aplicaciones, y que son tradicionalmente aceptadas en el mercado.

Entre las riquezas minerales se pueden mencionar: hierro, cobre, mármol, calcáreas, azufre, caolín, sal; y el petróleo en el Chaco.

Sostiene Herder que la voluntad del hombre es movida no sólo por la influencia de los agentes físicos, sino también por la fuerza de la tradición, de la costumbre, a lo que debe agregarse la conclusión de la sociología de la influencia de los factores culturales. Buckle, que primó durante mucho tiempo en el pensamiento sudamericano, anota entre los agentes naturales de la historia, el clima, la alimentación, el suelo y el aspecto geográfico. Condenó a los países tropicales a un atraso permanente. Esos factores son considerados hoy como condiciones y no como causas determinantes.

Bertoni en su geografía física divide al país en tres zonas: Chaco, Río Paraguay, el meridiano 56° y el Paraná o Caaguazú, que se caracteriza por diversos factores: Chaco, llano, palma negra y blanca, etc.; parte Central, la más habitada y cuyo símbolo es el mboyacá, y las selvas de Caaguazú, virgen, de tierras más altas y boscosas, yerbales, pindó, etc.

Verificadas las condiciones geográficas y climatéricas del país, se puede sostener que cuenta con condiciones propicias para su desenvolvimiento. Su actividad debe ser encuadrada dentro de los 406.752 Km2 en que se ha fijado su soberanía, confrontarla con el medio físico como base de estudio y elemento de apreciación. Dentro de esa área se desarrolla la actividad nacional en el doble sentido de dominio de la naturaleza, de interacción y cooperación. Es necesario dominar la naturaleza exuberante; adaptarse al clima y vencer, algunas plagas y endemias que obstaculizan el desenvolvimiento socioeconómico aunque sin los rigores de las zonas tropicales, como la hoya amazónica, los desiertos del norte de Chile o la región tórrida del centro de África, Siam, Malasia, etc., en algunas de las cuales no hay invierno ni heladas, con períodos larguísimos de lluvias o sin ellas. En el Paraguay las estaciones se equilibran, y no hace más calor que en Texas, Alabama, etc.

El medio natural no ahoga al individuo. Es un escenario propicio al trabajo, al cultivo de las facultades intelectuales, a la convivencia agradable. Su variedad facilita el cultivo de múltiples vegetales. La región templada del Alto Paraná da trigo; el arroz cuenta con tierras bajas; muchas frutas y los cereales europeos no degeneran; es amplia la lista de los productos autóctonos. El subsuelo contiene minerales variados. El europeo se adapta perfectamente al clima. Pero esa misma facilidad de vida no estimula al espíritu de empresa, al revés de las regiones ingratas, que han acicateado el ingenio humano.

Con las aportaciones de dos procedencias, una española y americana la otra, que chocan, se suman y sincretizan, a la vera de la selva tropical y a orilla de los grandes ríos que integran el sistema platense, nace una sociedad que, por esfuerzo secular, superando acontecimientos históricos y explotando la naturaleza, configura la actual República del Paraguay. En ese escenario, con la complejidad propia de los fenómenos sociales, se desarrolla el núcleo que logra adquirir los atributos de una nación. Cómo nace el paraguayo, cuál es su comportamiento, qué rastros deja en la historia, cómo se afirma y qué esperanzas ofrece, tales son los objetivos de este estudio, que titulamos «paraguairetá», patria de los paraguayos, y no guaranía, por comprender que ha sido el fruto de la fusión, de la asimilación de dos vertientes humanas.

La cultura supone una modificación y el aprovechamiento del medio geográfico; es un esfuerzo colectivo impregnado del ambiente en que se desarrolla.

El Paraguay está situado en el centro de la América del Sur entre los paralelos 19° 18’ y 27° 36’ de latitud sur y los meridianos 54° 19’ y 62° 38’ Oeste de Greenwich. Linda con Bolivia, Brasil y Argentina. Su extensión territorial es de 406.752 kilómetros cuadrados.

El escenario histórico no ha ocupado siempre la misma área. Comenzó siendo una vasta provincia, en el período colonial, y fue reduciéndose hasta su actual superficie. En lugar de crecer perdió buena parte de su territorio originario. Las principales desmembraciones fueron la ocurrida en 1617, por la división administrativa sugerida por Hernando Arias de Saavedra, y falseado por la Corona en detrimento de la provincia; la segunda pérdida se produjo a raíz de la guerra de 1864-70 (156.000 Km2). El proceso de su delimitación terminó por el tratado del 9 de julio de 1938, que finiquitó la guerra del Chaco.

 

 

EL SUELO.

Sobre la influencia del suelo escribe el profesor Carlos Gatti: «El suelo paraguayo; su influencia sobre la raza». El río Paraguay separaba no solamente dos pueblos tan diferentes, como pampeanos y brasilio-guaraníes, sino que separa categóricamente dos suelos muy distintos.

«En la Región Oriental, habitada por los guaraníes, el suelo es areno-arcillo-ferruginoso, pobre en calcio, ondulado y permeable (hace excepción el ángulo Apa-Paraguay, rico en calcio, pero poco habitado). Las lluvias torrenciales de la región determinan violentas corrientes de agua, tanto horizontales como verticales, que lavan el suelo, privándolo de elementos minerales fijo-solubles.

«La Región Occidental, o Chaco, es una llanura uniforme horizontal, con un declive apenas perceptible, de tierra arcillosa impenetrable, también pobre en calcio. Las lluvias forman aquí, por falta de declive, grandes bañados, en los que el agua corre lentamente hacia el río Paraguay, evaporándose casi toda por lo general antes de llegar a éste. El lavado del suelo es despreciable, ya que la corriente horizontal es débil y no existen, por la impermeabilidad de la capa arcillosa, corrientes verticales. Además, como gran parte del agua llovida se evapora «in situ», deja ahí las sales minerales fijas que podía haber disuelto.

«La Región Oriental tiene, pues, un suelo permeable, ondulado, lavado, pobre en calcio y carente de sales minerales solubles, como el yodo, el flúor, etc. Además, el hierro abundante que contiene se encuentra en forma rocosa, no asimilable por el hombre. El Chaco, en cambio, tiene un suelo impermeable llano como una mesa de billar, poco o nada lavado por las lluvias y también pobre en calcio, pero rico en otras sales minerales.

«La masa de la población paraguaya vive en la Región Oriental y sufre, por consiguiente, de carencia mineral: carencia de calcio, hierro, yodo y flúor, principalmente. Hacen excepción a esta carencia solamente las poblaciones urbanas, donde se consume normalmente todo el año gran cantidad de alimentos importados del exterior, y generalmente de zonas ricas en estos elementos minerales.

«En la zona chaqueña la carencia mineral es menos notoria. Como consecuencia de esta carencia mineral, la población sufre de una serie de trastornos: caries dentarias masivas, a veces pérdida total de la dentadura a temprana edad; bocio endémico y cierto grado de cretinismo; falta de suficiente hierro asimilable hace que la uncinariasis sea una afección casi universal con su consecuencia la anemia y la consiguiente disminución de la capacidad de trabajo.

«El conjunto de las carencias que afectan a una mayoría grande de la población imprime al conjunto del pueblo paraguayo ciertas características somáticas y psíquicas por lo demás comunes a todos los pueblos que sufren de carencia mineral.

«Entre las características somáticas cabe mencionar la tendencia a disminuir de estatura y de peso, dientes que se destruyen precozmente y en masa, piel de color mortecino, sin brillo, de aspecto enfermizo, palidez general de la población, niños de vientre abultado y caras abotagadas, pubertad, para el clima, tardía.

«Entre las características psíquicas se puede citar la falta de expresión colectiva de los estados de ánimo: los paraguayos, rara vez protestan, cantan o ríen colectivamente».

 

 

 

CLIMA.

El Paraguay tiene un clima tropical continental. La región del Chaco es seca; las precipitaciones son deficientes en todo el año, en tanto que en la región adyacente al río Paraguay las deficiencias de las precipitaciones sólo se hacen sentir en el invierno. La Región Oriental, y especialmente en el centro, este, sur y sureste, las precipitaciones son adecuadas en todo el nulo. En el sureste-región de Encarnación-se insinúa un clima templado húmedo.

 

HELIOFANÍA NORMAL

(Anual y mensual). Intensidad de lluvia Asunción

Duración solar posible más corta: 10 hs. 35 m., de 20 a 26 de junio. Íd. más larga: 13 hs. 43 m., de 22 a 26 de diciembre.

 

 

 

INFLUENCIAS MESOLÓGICAS.

La influencia geográfica y climática ha sido objeto de amplio debate. Esa influencia es notoria pero el problema radica en saber si ella es decisiva o sólo constituye una condición del desenvolvimiento social. Una opinión estereotipada es la de que la civilización florece con preferencia en las zonas templadas y que el frío es un estimulante de la actividad humana, al paso que el calor enerva el espíritu de empresa.

Ellsworth Huntington1 dio nuevas formas a la tesis de la influencia decisiva del clima: «La temperatura, la lluvia y otras condiciones climáticas, producen un efecto definitivo sobre las condiciones sociales y sobre el cuerpo humano. Citando un solo ejemplo, un clima cálido, especialmente si es húmedo, hace que el individuo sienta aversión al trabajo. Esto fomenta el que los inteligentes se ganen el sustento con el menor esfuerzo posible. Su ejemplo estimula el desenvolvimiento de un sistema social en el que se considera plebeyo trabajar duramente.

«Desde el punto de vista físico, la posición geográfica no es el todo en un país; también influye la altitud, la calidad de la tierra, la hidrografía, la humedad del aire y su electrificación, las corrientes isotérmicas y otros fenómenos meteorológicos, como las tormentas. Estos factores desempeñan un papel en el desenvolvimiento humano, que por otro lado sólo puede subsistir dentro de ciertos límites de calor o de frío».

Varias civilizaciones han aparecido fuera de la zona templada: como la de la India, la de los sumerios y la de los egipcios. Ya no rige la opinión de la imposibilidad de una cultura floreciente en el trópico, con el ejemplo del Brasil y otros países, ni se acepta que al Sur del Ecuador no puedan aparecer centros dinámicos, después de la lección de San Paulo, Buenos Aires y Sidney, para no citar otras ciudades industriosas subecuatoriales. La civilización es obra del hombre, con el aprovechamiento de los factores físicos; la historia es una manifestación humana y la cultura una creación. La geografía condiciona, la historia es acción, voluntad, conciencia, sin desconocer con eso los factores de diversa índole que en ella influyen.

El Paraguay ha sido calumniado por mucho tiempo, al atribuirse su fracaso a factores climáticos y a la raza mestiza, en lugar de señalar otros, como la mediterraneidad, la exigüidad de población, las trabas comerciales y las dos guerras, que consumieron gran parte de sus energías.

En una comunidad influyen, además del ambiente físico, la herencia biológica, el régimen alimenticio y los elementos culturales. Los efectos del clima pueden ser atenuados, aunque no suprimidos por la adaptación y por la técnica. En la defensa contra el calor se cuenta con el agua, el arbolado, el horario de trabajo, el vestido leve, etc.

El mismo sociólogo norteamericano reconoce que «la agricultura de la América del Sur aparentemente surgió en las tierras bajas al pie de los declives situados al este de los Andes, en la región central, donde Argentina, Paraguay y Brasil se acercan mucho a los 20° ó 25° al sur del Ecuador. Los emigrantes, a paso lento, en el transcurso de generaciones, posiblemente la llevaron hacia el Ecuador y más al norte2». Dicha opinión coincide con las de Mangelsdorf y Reeves, que dan al maíz como originario de la región del Alto Paraguay. Es un grano americano.

Huntington reconoce el vigor físico como uno de los factores principales del desenvolvimiento de la civilización. El problema constituiría, pues, en verificar si el clima del país y la base alimentaria son propicios al vigorizamiento de sus habitantes.

Deben agregarse como factores estimulantes las tormentas que ozonizan el aire, la electricidad ambiente y la luminosidad. Magnetismo, agregaba Domínguez, elogiando nuestro clima, para explicar la vivacidad intelectual del paraguayo, que comprende rápidamente las cosas, aunque falle muchas veces en la realización, es decir, en la voluntad.

«La acción del clima sobre el hombre, dice Josué de Castro, se deja sentir de dos modos: acción directa, resultante de la actuación permanente de las características meteorológicas, y la acción indirecta, la cual se efectúa a través del medio vivo, de los cuadros ecológicos locales, formados de plantas y animales, cuya vida es condicionada por el clima.

Con la técnica el hombre reduce los rigores del clima, pero siempre sujeto al imperio de la naturaleza, en razón inversa a su capacidad creadora o su adopción de elementos culturales foráneos. Las plantas modifican su estructura, plegándose a las leyes del ambiente; el hombre lucha activamente contra el medio; se abriga o se calienta; se viste, usa pieles, lana o algodón; se defiende del sol, con el techo o con el sombrero; aprovecha el agua, cuece la comida, ara la tierra, domestica animales y plantas, beneficia metales, se cura, crea la cultura en función de su espíritu. La hormiga repite, el hombre crea. El hombre también se inmuniza; recibe la herencia de generaciones a través del tiempo y del contacto, inventa y se relaciona. Por sobre todas las cosas, la esencia de su vida es la historia, escrita o no, desde el punto de vista sociológico y no pura biología.

Va descubriendo y canalizando las fuerzas naturales; es hijo, pero también padre de la cultura. «Si en la planta la adaptación se efectúa por la alteración del organismo en función del medio, en el hombre predomina la adaptación del medio a las posibilidades». Su primer recurso es el vegetal, del que ha de obtener, directa o indirectamente, su alimento. El hombre civilizado crea el panorama cultural; las tribus primitivas se disuelven en el paisaje.

El medio geográfico no es, pues, el todo. Los hechos modernos demuestran que es posible modificarlo para aprovecharlo. Hoy se construyen ciudades y se cultivan tierras en antiguos desiertos y pantanos, como en Dakota y en las lagunas Pontinas, que se consideraban inhabitables. Esa modificación del medio caracteriza a los pueblos enérgicos. Es verdad que la tierra se venga con un terremoto o una inundación.

Después del dilema del hombre y el medio físico, apareció la teoría del clima, en cuyo nombre se condenó al trópico a un eterno atraso. La zona tórrida fue reputada impropia para la civilización (vide Buckle). El Paraíso terrenal sólo podía ubicarse en la zona templada. Es verdad que en la zona tórrida baja el metabolismo basal y se presentan factores adversos a la actividad creadora. Se llegó a hablar de enfermedades tropicales.

Una observación más atenta ha demostrado que el calor no enerva, ni el trópico genera enfermedades características3, ni que la vida tenga que ser más corta fatalmente, ni menor la inteligencia. La cuna de grandes civilizaciones, como la de los sumerios, los egipcios y los caldeos, se halla en zona tórrida. Muchos vegetales comenzaron a ser domesticados en esas regiones. Egipto, cálido, produce trigo, como la Ucrania fría y la Argentina templada. El calor no es un obstáculo insuperable. Las zonas palúdicas se sanean; el trópico exige adaptación para corregir sus rigores.

Tal es el caso del Paraguay, en que la lucha contra la naturaleza exige la presencia de una raza activa que trabaje el medio, cuide el bosque, canalice las aguas, edifique habitaciones adecuadas, se alimente apropiadamente. Bastaría recordar el cambio de paisaje chaqueño en la zona ocupada por las fábricas y por los mennonitas. La región Oriental tampoco tenía pozos ni pomares antes de la llegada de los españoles.

A esa adaptación corresponde también la dietética. En nuestros días el país figura en el mapa de los sub-alimentados por causas sociales y no por pobreza del suelo. Esa dietética tiene que corresponder al clima. En la época de los López la alimentación del pueblo era más completa. La habitación ha de responder a las exigencias climáticas y no a patrones copiados. La azotea es un desafío al sol en la campaña, donde por razones de intensidad de la luz solar debieron preponderar la «culata», los aleros y la teja y la paja sobre el techo de zinc.

Las endemias prosperan en los organismos mal defendidos y en los países sub-alimentados, de deficiente servicio de salud, como lo prueban la anquilostomiasis, la tuberculosis y la malaria. El bocio es frecuente por falta de yodo en el agua. La base alimentaria, en base exclusiva de maíz, poroto y mandioca, es insuficiente; requiere ser completada con proteínas de origen animal, además de albúminas y grasas. El trópico es benigno, pero necesita ser ocupado con inteligencia. Ya no podemos reducirnos a hacer la apología de tierras cuya composición se desconoce y de alimentos incompletos, como la mandioca.

 

(1)E. HUNTINGTON. Las fuentes de la civilización. Traduc. de S. Cosío Villegas. México 1949

(2)E. HUNTINGTON, ah. cit., pág. 413. -América indígena, vol. XIII. México, junio 195.1.

(3)AFRANIO PEIXOTO, Clima e saude. Rio de Janeiro, 1938.

 

 

CAPÍTULO IV

EL PERÍODO HISPÁNICO

FORMACIÓN COLONIAL.

 

Un signo bélico preside la formación de esa sociedad. Durante tres siglos hubo de vivir con el arma al brazo para combatir tribus rebeldes y detener a los bandeirantes. No bastaba haber fundado la civilización sobre las riberas del río. Había que defenderla y propagarla. Asunción, esa modesta capital de hoy, se proyectaba aquella época a los cuatro vientos cardinales.

Es un estadio que el sociólogo de pura formación europea no suele comprender en todo su alcance, porque está acostumbrado a juzgarlo como similar a la dominación europea en Asia y África, en base a la eliminación de los nativos o de su sometimiento en masa. Difiere, así mismo, de la formación estadounidense y de la del Canadá, proyecciones puramente europeas con la práctica eliminatoria del autóctono por obra de protestantes anglosajones. Aquí se trata de una fusión. La guerra con otras tribus importa un factor aglutinante del mestizaje y de la igualación social, porque elevaba la categoría de los combatientes. Así fueron imponiéndose el criollo y el mestizo por el imperio de los hechos, a pesar de las disposiciones legales y de prejuicios sociales. Abundaban disposiciones excluyentes para los mestizos, pero por acción social fueron penetrando en las capas superiores; se abre la puerta de par en par; llega a ser caraí, término que al principio sólo designaba al blanco cristiano y luego fue adquiriendo sentido social.

La población se clasificaba en blanco peninsular, blanco criollo, hijo de europeo; mestizo, hijo de blanco e india; negros, esclavos y libres; mulato, hijo de blanco y negra, y zambo o cuarterones. Según el P. Sánchez Labrador, el, blanco terminaba por predominar en la cuarta generación; según Humboldl, en la quinta. El número de negros fue siempre escaso y predominaban los de condición libre. Azara calcula que había 100 esclavos por cada 174 negros libres. Las disposiciones legales eran excluyentes para el negro, y aun para el mulato, pero el proceso de cruzamiento les abrió camino. Con 1/8 de sangre negra, el hombre era considerado blanco y se admitían dispensas de sangre. La casta, el status social en base al color de la piel, subsistía en las averiguaciones de «sangre limpia» y de «cristiano viejo», que duró hasta la dictadura de Francia, quien las suprimió. Se trataba más de un prejuicio que de una realidad.

Lo que aquí llamamos «criollo» corresponde al tipo generalizado del Río de la Plata, pero no al «creolo» brasilero, que tiene sangre africana. Es el descendiente de europeo. En el Plata es el hijo de español, con dosis de sangre autóctona a veces. Usa poncho, sombrero con barbijo, calza espuelas, es jinete, hombre de campo y se perfila en el tipo de gaucho estudiado por Zum Felde, y cuyo similar se encuentra en Río Grande del, Sur y en las sábanas de Venezuela. Necesita llanura, hacienda vacuna y caballo como condiciones de su aparición. El paraguayo era también una especie de gaucho, principalmente en el sur, pero hablaba guaraní y los factores políticos y sociales le alejaron de esa vida seminómade propicia a la libertad y a la expansión. En el primer estadio de su vida independiente (1811-1870) no conoció las patriadas, las convulsiones políticas, la aparición del caudillo ni practicó costumbres bárbaras como el degüello. Pero lo que ganó en orden perdió en civismo. No tuvo la ruda escuela de la libertad. El oleaje de las agitaciones democráticas le llegó después de 1870 y aún no ha salido de él; de ahí ciertas depresiones colectivas, peyorativamente juzgadas por sociólogos como Báez, en lugar de buscar sus antecedentes y significados. Pocas veces el pueblo en masa ha tenido las expresiones radiantes que suele tener en los conflictos guerreros; entonces se pone de pie; o de lo contrario se coloca al margen. No se lo hace protagonista de la historia sino como recluta o como pagador de impuesto, en lugar de abrirle un ancho cauce por la escuela, la educación económica y el ejercicio de sus derechos. No hay que olvidar que el sentido de la historia del Paraguay es el de la totalidad y no el fragmentario de oligarquías.

 

 

CAMBIO DEL PAISAJE CULTURAL.

A la luz del lucero matinal, el indio escuchaba el canto de los pájaros y se dirigía a la caza o a la pesca, integraba el panorama cultural con pequeños brochazos de su reducida chacra. El paraguayo tiene otro paisaje: se levanta temprano en su rancho, prende fuego, toma mate. Su reloj mañanero es el gallo, cuyo canto parece un clarín de trabajo; oye el mugir de las vacas; marcha después a la capuera, con la azada al hombro; tiene bueyes y carreta; usa sombrero pirí y poncho; comienza a imponerse en el trópico, en lugar de ser mero aprovechador colectivo. Es una afirmación: tiene nombre y apellido. Hará historia y no etnografía. Resistente planta humana. Mira derecho.

El español fue el factor dinamizador de esta comunidad, su germen cultural para la formación de la sociedad hispano-guaraní.

La cualidad propicia del guaraní consistió en su plasticidad, en su capacidad para colaborar con el conquistador, mezclarse y adoptar formas superiores de convivencia, costumbres y hábitos, superando el estadio rudimentario de su cultura, e incorporarse a una nación que le tiene en su sustrato y no como resabio inasimilable.

En línea general, se puede decir que se trata de una formación rural, de agricultores y pastores. La ciudad hace de cabeza, de núcleo de civilización, pero el vivero humano y de subsistencia es el campo. Tiene cuño agropecuario. Este ambiente socio-económico era propicio a la formación de una democracia y al desarrollo de una cultura humanista. La falta de diferencias sociales estratificadas (castas) o de riquezas (plutocracia), permitirían el desarrollo armónico, la expansión y la organización de gobiernos populares. Agréguese el temperamento igualitario y se tendrá la base posible de una democracia estructural.

«No son ricos, decía Aguirre, pero tampoco existe la verdadera pobreza» (pág. 391, op. cit.).

«La cooperación indígena, dice Moreno, en el sentido indicado, que no sólo fue económica, sino personal y cuya importancia no se ha hecho destacar aún suficientemente, respondía a la alianza pactada con los españoles, y a ella obedeció así mismo el régimen de servidumbre a que quedaron sometidas las indias para las faenas agrícolas principalmente. Las mujeres indias fueron entregadas por sus padres y parientes a los conquistadores con el carácter de compañeras en el hogar y agentes de producción». La fundación responde, pues, al principio de cooperación, de subsistencia, de exigencias sexuales y de defensa.

Las indias favoritas solían permanecer en la ciudad, mientras las otras vivían en las chácaras. «Estas chácaras, dice Moreno, o rozas, en cuyos intervalos pululaban los «capiaes» guaraníes, constituían pequeños centros de población indígena y mestiza, donde las indias, consortes y siervas del conquistador, cuidaban sus sembrados, hilaban el algodón, tejían toscos lienzos y amamantaban a sus hijos. Protegidos por espesos bosques, dentro de sus cercos de ybyrá-memby, los sembrados extendían sus verdes retazos de variados matices hasta cerca del albergue rústico, que conservó su nombre indígena de «teyupá», donde la pequeña colonia se cobijaba para dormir o descansar las siestas estivales. y allí residía también, con frecuencia, el viejo feudatario, dueño de la propiedad, señor de menguada hacienda, gran mujerío y larga prole, que se solazaba a sus anchas, en la voluptuosa placidez de su retiro de los agravios inferidos a su orgullo o de las largas jornadas infructuosas tras unas conquistas, de riquezas jamás halladas». Este es el tipo del colonizador.

Durante tres siglos la Provincia vegetó en la penuria económica, defendiéndose con el tabaco, la yerba y la madera. Vive lejos de los centros virreinales, pero esos mismos factores contribuyeron a darle características regionales. El criollo dirige la sociedad; el peninsular ejerce el mando y el guaraní colabora.

Todo se ha transformado por el uso, el estímulo y la necesidad. No será «guaranía» sino Paraguay-retá, la patria de los Paraguayos.

No escapa a la crítica el atraso en que se encontraban las tribus autóctonas y sus vicios. Los cronistas coetáneos, señalan algunos defectos y vicios como la haraganería y el alcoholismo. Que el indio era amigo de la bebida alcohólica lo testimonian viajeros y cronistas. El cauy y la chicha eran de uso generalizado. En cuanto al trabajo, más exacto sería decir que no había llegado a un período de organización. Se trabajaba cuando era indispensable. No existía el incentivo del lucro, motor del comercio. No trabajaban disciplinadamente como los aimarás y quechuas. El mburuvichá era jefe guerrero y no un curaca. Los cultivos a que se dedicaban pueden ser calificados como livianos. Las chacras debieron ser pequeñas.

Esa indisciplina sufre un cambio con la aparición del español; el indio es sometido al trabajo de las encomiendas; tiene que pagar tributo; el yanacona es un corvée, un siervo medieval, y en las Misiones el jesuita le ha impuesto horario. De la espontaneidad desorganizada ha pasado a la servidumbre. Este fenómeno debe haberle producido un choque psicológico. A propósito de la encomienda, dice Bertoni: «El sistema de la encomienda nació como un medio para poner algún orden en el abuso, reglamentándolo. Sólo diremos que con todos sus defectos, fue preferible a la acción individual desordenada, así como a la acción militar cruenta y aleatoria, pues estas dos últimas maneras, más que el aprovechamiento de los indios, hubiera llevado a su rápida exterminación. No fue una esclavitud verdadera, como muchos la llamaron; tuvo disfraces hasta de protección, pero fue cuando menos un «servaje» muy pesado, que neutralizaba en gran parte el efecto de las ordenanzas protectoras de los reyes y llevaba poco a poco al pueblo indígena a la ruina»2.

En los comienzos predominaron los cultivos autóctonos, pero muy pronto se agregó aportación europea. Con Garay llegó de Lima el primer preparador de azúcar; la caña también llegó por vía del Perú. El caballo fue traído al Río de la Plata en la expedición de Mendoza, y hacia 1542 por Alvar Núñez. En época de Irala se introdujo el ganado porcino, que sirvió de alimentación en la primera época. Juan de Salazar trajo de San Vicente siete vacas y un toro.

Las primeras ovejas fueron traídas por Ñuflo de Chávez, por vía Santa Cruz, y la hacienda vacuna en mayor proporción por Felipe de Cáceres, por encargo del adelantado Ortiz de Zárate y es la que sirvió de plantel a la ganadería del Plata.

Al finalizar el siglo XVI, dice Cervera, existían en los alrededores de Asunción, 158 alquerías y granjas, número que se elevó a 399 siete años después, según pudo comprobar Hernandarias. Se introdujo el asno, que resultó utilísimo como transporte. El ganado condiciona una nueva forma de trabajo; contribuye a cambiar el paisaje cultural, por la labranza, el pastoreo, el viaje a caballo y en carreta; carne, leche, cuero; etc.

En vista de la falta de monedas para el comercio, en las horas iniciales de la fundación asuncena comenzaron a usarse unas promesas de pago llamadas «conocimientos», especies de pagarés que circulaban entre los buscadores de riquezas. El oro espejeaba en el remoto horizonte.

El creador de las primeras monedas fue Irala, quien de acuerdo con los oficiales reales, estableció la siguiente escala de valores en 1541:

 

un anzuelo de rescate ................ 5   maravedíes

un escoplo ............................... 16         ”

un cuchillo de rescate ............. 25           ”

una cuña de marca ................. 50             ”

una cuña del yunque ............. 100          ”

 

Pero en verdad la moneda corriente se redujo a la cuña de hierro, el metal forjador de la empresa.

En vista de la escasez del hierro, se optó como medida de valores por el lienzo de fabricación doméstica. Se estableció una equivalencia de la vara de lienzo en relación a las cuñas. Así, por ejemplo, en el testamento de Irala se hace el inventario en base a la vara de lienzo. Ortiz de Zárate en 1575 estableció los valores en relación a la onza de plata, traída del Perú, así como a la de oro, en 4 varas, y cada ducado de oro en 5 varas, y la vara de lienzo en dos reales. La moneda de «reales» reemplazó a la cuña de hierro hacia 1599. Debe calcularse las dificultades del comercio en función de la falta de moneda.

¿Cómo se acumularía la riqueza o se facilitaría el cambio? Sólo en especie, hasta que comenzaron a circular las monedas vigentes en España y en el Perú3.

Durante el período colonial se cultivaba trigo y se hacía vino, aunque en modesta escala, pues pronto la Corona prohibió en América la plantación de vid para evitar la competencia. La ganadería constituía la base de la alimentación y el cuero recibía múltiples aplicaciones. El uso de la yerba mate fue generalizándose al sur del continente y llegó hasta Chile y Perú. El tabaco fue otro renglón de la economía, pero tropezaba con dificultades que llegaron a detener su incremento.

Durante el gobierno de Saint-Just se notó una reacción, con el concurso de peritos tabacaleros contratados, en el Brasil y el cultivo del tabaco negro de Bahía. Las primeras remesas fueron bien colocadas en España. Según Moreno, la primera fábrica fue establecida en San Lorenzo. Este impulso fue detenido con la implantación del estanco y más tarde con la limitación del cultivo hasta 8.000 arrobas anuales. El 15 de mayo de 1811 los paraguayos aún reclamaban contra el estanco.

«El Cabildo del Paraguay, dice el Deán Funes, no pudiendo ver con apatía el aniquilamiento de su provincia bajo el peso de 23 presidios levantados y sostenidos a costa de sus vecinos y de la guerra continua contra cinco naciones enemigas, hizo entender en 1750 la voz de la verdad en los tribunales regios y pidió así la rebaja de los derechos, como el libre ejercicio de la navegación. Oído el Cabildo de Santa Fe, que se opuso apoyado en decisiones de la Corte, parece que fue mirada esta causa con una piedad desdeñosa por el virrey del Perú».

A los factores de orden fiscal debe agregarse la competencia ruinosa que hacían a la Provincia las laboriosas doctrinas de las Misiones. La voz del Cabildo hízose sentir en un memorial por el P. Amancio González y Escobar, fundador de Melodía, catequista elocuente, y por el P. Vargas y Machuca, criollo representativo, vocero de la comunidad hispano-guaraní.

Azara dice que la exportación alcanzó en el quinquenio de 1792 a 1796 a 395.1081/2pesos, volumen insignificante para dar vida a la economía de una provincia de 97.480 habitantes, distribuidos en una ciudad, tres villas y seis parroquias de indios y dos de mulatos y negros libres, con renglones de valía como el algodón, tabaco, yerba mate, cera y textiles.

Desde el punto de vista de la ayuda fiscal, el Paraguay fue la cenicienta de los dominios españoles; no quedó en él un sólo monumento duradero, fuera de las Iglesias de Yaguarón y Capiatá y de los fuertes de San Carlos y Borbón construidos de piedra. Sirvió de casa de los gobernadores el antiguo colegio jesuítico.

Es necesario encuadrar esa situación dentro del panorama de los dominios hispánicos y en relación al Plata. La opresión impositiva que enumera Moreno no provenía propiamente de Buenos Aires, pues, respondía al régimen peninsular. La expansión española tuvo como centro de atracción al Perú, en el primer período. Todo el esfuerzo convergía hacia la tierra incásica. El Río de Solís fue explorado como vía de penetración. El comercio fue centralizado en Lima adonde llegaban las mercancías vía Portobello. El sur tenía que comerciar con la ciudad de los Reyes, por vías terrestres, al través de centenares de leguas. Aparecieron entonces las aduanas secas. Entretanto, había que defender los dominios del sur, tanto de la expansión portuguesa, como de las tentativas de los piratas. Para costear esa defensa, domeñar las tribus bárbaras y mantener el control de ambas márgenes del Plata, se exigía contribución en sangre y dinero a las provincias del interior. He ahí porqué el Paraguay tenía que pasar sisas y arbitrios a Santa Fe: era parte del mismo imperio. El interior se hallaba subordinado al puerto. Razones estratégicas y políticas determinaron a Carlos III a crear el virreinato del Río de la Plata, en el cual fueron integrados el Paraguay, la Banda Oriental y Charcas (1776). El nuevo virreinato apenas pudo cubrir sus gastos de instalación. Como en ocasiones anteriores, los déficits corrieron a cargo de Lima, así como los situados, los subsidios, etc., que llegaron a alcanzar a 700.000 pesos anuales.

La creación del virreinato marca el comienzo de la expansión económica de Buenos Aires, que anteriormente se surtía en gran parte del contrabando, del comercio clandestino con lusitanos e ingleses, por vía marítima, o por la Colonia del Sacramento.

La expansión portuguesa había cobrado aliento con la unificación de las coronas de Portugal y España, bajo Felipe II, confusión que aprovecharon los luso-brasileros para adquirir y consolidar posiciones en toda el área atlántica, desde el Amazonas hasta el Chuí y principalmente en la provincia de San Pedro de Río Grande. Como fruto del esfuerzo de Alexandre de Guzmão, el negociador portugués, y la hábil política lusitana en las negociaciones con el ministro español Carbaial y las intrigas de la corte, los pueblos de la ribera izquierda del Uruguay pasaron a formar parte del Brasil. El fuerte de Santa Tecla fue borrado del mapa, a pesar de los esfuerzos de Pedro de Cevallos, el defensor de la cuenca platense. A fines de 1700 Buenos Aires quedó libertada de la coyunda comercial limeña; pudo recibir directamente barcos de Cádiz y obtuvo permiso para comprar esclavos a 500 pesos de los bucaneros ingleses que se dedicaban a este comercio en el Atlántico sur. Como puerto, como entre-puesto, como salida natural de una cuenca que abarca más de 2.000.000  kms. cuadrados, se expandió vigorosamente y comenzó a exportar cueros, sebo, trigo y a distribuir géneros. Esa expansión comercial porteña no favoreció a la economía paraguaya, que siguió bajo las exacciones que mencionan las representaciones capitulares; el producto del estanco del tabaco se siguió destinando a la defensa del Plata; Santa Fe persistió como etapa obligada. La habilitación de nuevos puertos peninsulares para el comercio y el viaje directo a Buenos Aires, decretada en 1778, tampoco fue un alivio para el productor paraguayo, que tenía que vender en Buenos Aires, dejando el beneficio a los intermediarios porteños.

La lucha por la independencia, en ese sentido, tuvo un significado de liberación económica, pero dicho factor no es suficiente para explicarla en su totalidad. Los provincianos se hallaban fatigados de ir a servir fuera de su tierra como soldados y como constructores; esa carga fue convirtiéndose en resentimiento.

Gabelas, alcabalas, almojarifazgos, tributos, sisas, arbitrios, servicio militar pesaban sobre toda América. En esa dimensión se explicaría el pronunciamiento contra la Madre Patria, pero no el esfuerzo del desprendimiento de la sede virreinal, pues para ello contribuyeron otros factores, como el regionalismo, transformado en nacionalismo, el carácter de los paraguayos y los atributos que crearon el espíritu nacional. Integrándose en el antiguo virreinato, cuya reconstitución pretendió Buenos Aires, hubieraobtenido posiblemente ventajas comerciales y no se le hubiera cerrado la navegación del Paraná, como lo hizo Rosas. Al afirmarse en su voluntad  autonómica se expuso a represalias económicas, a exacciones y a limitaciones que gravitaron sobre su economía. En el proceso de la independencia obran otros factores concomitantes, además del económico, fundamentado por Moreno. La estructura económica puede condicionar los acontecimientos, pero son los pueblos, como totalidad, los que hacen historia. El determinismo económico peca de unilateralidad, así como el geográfico y el racial, para explicar la complejidad del todo social, el desenvolvimiento en que actúan de consuno otros factores culturales. En la historia no se puede prescindir de la voluntad, de la conciencia como motor.

Como alzada, en materia civil y penal, actuaban las Audiencias. El Paraguay dependió judicialmente, en un comienzo, de la Audiencia de Charcas, y luego de la de Buenos Aires. Cabían también recursos ante el Consejo de Indias o ante el rey, pero resultaban muy costosos.

Ofrecen interés el estatuto familiar y el régimen de la propiedad. La Nueva Capitulación trasladaba a América el régimen, familiar español, católico, de vínculo matrimonial indisoluble y el mayorazgo para la herencia. Dichas disposiciones plasman el hogar de procedencia hispánica y criolla, pero a su margen pululan los hijos naturales. La encomienda y las chácaras son fermentarios. La población iba creciendo casi al margen de la ley escrita. El trópico  es exuberante y no se somete fácilmente a los padrones legales.

 

 

LA PROPIEDAD RAÍZ.

¿Cómo se funda la propiedad raíz en las vastas regiones del Nuevo Mundo? La tierra era patrimonio del rey, pero no se trata propiamente del régimen quiritario. La otorga el rey y la recupera cuando es baldía. El nuevo título es una merced real. Primero, los repartimientos y las reducciones indígenas, y por fin aparece la propiedad privada. La propiedad en Indias no da derecho a abusar de ella; reconoce una función social; se exige que sea trabajada por el titular, que no puede residir fuera de la provincia. Se transmite por mayorazgo. El rey dispone que se respeten las tierras ocupadas por los aborígenes, deben existir campos comunales de pastoreo; se reservan a la comunidad los montes, prados, frutales y las aguas5. La nuda propiedad radicaba en la Corona, aunque se facilitaba la obtención de solares de tierras labrantías y la cría de hacienda, y se concede el derecho de explotar las minas.

A riesgo de fatigar al lector, vamos a citar algunas disposiciones contenidas en la Recopilación de las Leyes de Indias6. Desde 1530 a 1560: que los indios sean libres y no sujetos a servidumbre, dispone Carlos V; que a los caciques y principales no tengan por esclavos a sus sujetos; que se procure castigar a los que de villa de San Paulo (Brasil) van a cautivar a los indios del Paraguay; que en Tucumán y Río de la Plata no se vendan ni se compren los indios llamados de rescate (Felipe III), que los indios de las chacras no deben ser yanaconas.

Sobre repartimentos y encomiendas: en 1509: que estando la tierra pacífica, el gobernador repartía a los indios. Felipe II dispuso que las encomiendas se otorguen a los beneméritos o descendientes de descubridores y pacificadores, pero no a los virreyes, Presidentes, Oidores, Oficiales Reales, ni a mujeres e hijos de Ministros ni a los ausentes. No se pueden alquilar ni dar indios en prenda.

La primera repartición de indios se hizo en 1556 por el gobernador Irala, contra su voluntad, por orden externa y presión interna. Repartió 20.000 indios a 320 conquistadores.

En 1633 Felipe III dispone que las encomiendas del Paraguay se incorporen a la Corona. Los encomenderos estaban obligados a amparar a sus indios en su persona y hacienda, a tener armas y caballos para la defensa de la Provincia y a construir casas de piedra. Los negros no deben tener comunicación con los indios. No deben tener obrajes ni estancias en el término de sus encomiendas, vale decir, que eran esencialmente agrícolas. No deben impedir casamiento entre los indios encomendados.

Sobre el buen tratamiento (Título 10), puede leerse el testamento de Isabel la Católica. El encomendero es sucedido por el primogénito, o por los otros, en grados sucesivos. Se prohíbe el casamiento de negros con indias; los mulatos y zambos no deben portar armas, así como, los negros libres. Que las negras y mulatas horras no traigan oro, seda, mantas ni perlas (Felipe II, 1571). Se prohibía la entrada de extranjeros sin permiso, pero en la prohibición se excluía a los artesanos (Felipe III, 1621).

En cuanto al régimen económico, existía al comienzo la aduana terrestre de Córdoba del Tucumán. El almojarifazgo «alcanzaba en cargazones para Indias, pagadero en Sevilla el 5% y 10% en la aduana de Indias. Se dispuso muy pronto la prohibición de plantar vid y olivo». «Que en el Paraguay no haya molinos de mano y se permita a los indios los pilones de moler la mandioca...» (Ley 7, Tít. 26).

Un comentarista del régimen jurídico colonial, dice al respecto: «La cuestión en la esfera estrictamente legal fue resuelta desde el primer momento en sentido ampliamente favorable para los mestizos y criollos. La capacidad jurídica de unos y otros se declaró ser exactamente la misma que la de los españoles peninsulares. Sólo a los mestizos que no fuesen nacidos de matrimonio legítimo se les puso algunas tachas para determinados cargos públicos, eclesiásticos, seculares, más por su condición de ilegítimos que por el mestizaje. Pero a pesar de esta doctrina legal tan equitativa y niveladora, la realidad de la vida social fue muy otra. Mestizos y criollos vivieron siempre en la situación de inferioridad y fueron constantemente postergados en la provisión de cargos públicos».

«Reflexionando sobre el conjunto de los preceptos legales que regulaban en las Indias, el dominio y el aprovechamiento privado de la tierra del realengo, parece evidente la conclusión de que toda la doctrina jurídica promulgada por el Estado español a este respecto, estuvo inspirada por el principio de que la propiedad privada de la tierra de Indias había de cumplir en su ejercicio una función social», agrega el mismo autor.

Las encomiendas fueron suprimidas por Cédula Real del 17 de mayo de 1803, en víspera de la independencia.

Las ocupaciones principales en este estadio son la ganadería, en forma de pastoreo (la estancia surgió más tarde),  la agricultura y el derribo de montes. La madera tuvo mercado en el Plata. El paraguayo es un obrajero resistente a los ardores del clima por adaptación orgánica. Entre las aportaciones, además del tabaco y del azúcar, deben anotarse la leña y la madera, que durante más de tres siglos sirvió para las construcciones civiles, iglesias y barcos en el Plata. Los paraguayos hicieron de la navegación un arte, siendo los principales del Río de la Plata, como puede verificarse en el diario de Aguirre: viajaban en chalanas, chatas y jangadas. El río marca su destino. Los carpinteros de ribera eran los obreros más apreciados de Asunción.

Como queda dicho, los indios fueron dados en repartimientos y se crearon las encomiendas; los había mitayos y yanaconas9. Los mitayos estaban obligados a trabajar dos meses al año, sin salario. La obligación pesaba sobre los varones de 18 a 50 años. Mita, en quechua, quiere decir turno, tanda, alteración en algún servicio personal. El yanacona es el fruto de las expediciones, los prisioneros convertidos en siervos y adscriticios a la tierra. Gran repartidos a los encomenderos para hacerlos trabajar como adscriticios a la propiedad raíz, como en el mir ruso o en el pechero medieval. No se dispone de la persona; cuando huía lo buscaban, lo volvían a su amo y lo azotaban. Sólo recibía comida y vestido. Una especie de corvée medieval10. Como yanacona se tenía a los payaguáes, guaicurúes, chamacocos, etc., capturados en la guerra, pero no a los guaraníes, los «amigos y aliados cargos» como rezan los documentos de la época. No se permitió marcar a los cargos en la frente o en la espalda, como señal de esclavitud. Pero la servidumbre fue dura en los yerbales del Mbaracayú, en la región guaireña, la explotación extensiva, que tiene similitudes con el mismo régimen empleado en las plantaciones de caña de azúcar, algodón, tabaco, en otras regiones americanas, que requirieron la introducción del esclavo africano. En América la esclavitud tuvo por base las grandes explotaciones mineras y agrícolas. Esa fue su infraestructura.

«En realidad, lo que por la encomienda venía a autorizarse era sólo el aprovechamiento de los servicios y trabajo del indio, obligándosele a satisfacer su tributo en especie o dinero»11, dice Federico Enjuto. Veamos ahora el aspecto jurídico de la vida colonial. En este ensayo no interesa la exégesis de las disposiciones reales, sino su aplicación. La base de la fundación fue la capitulación de Don Pedro de Mendoza, suscrita el 21 de marzo de 1534, para conquistar y poblar las tierras del Río de Solís y buscar un camino al Perú, en reemplazo del extenso recorrido de la ruta del Caribe y Panamá. Regían las disposiciones dictadas por la Corona de España para las Indias Occidentales.

Un espíritu humanitario anima a esa legislación. De ella se colige que para la Corona de Castilla la empresa no se reducía a la mera expansión económica, sino que tenía por objetivo la propagación del catolicismo. Fue una expansión social. Las disposiciones están impregnadas de catolicidad. Desde Isabel hasta Felipe II velan por el indio, obstan a su esclavización, defienden sus tierras y aconsejan el buen tratamiento.

El sistema comercial español centralizaba las operaciones en la Casa de Contratación de Sevilla y para la región platina en Lima, con la cual había que traficar en gran parte por tierra, a través del desierto y de los Andes.

Este doble centralismo fue atenuado por la creación del Virreinato del Río de la Plata, siquiera no significara un desahogo para la provincia guaireña. Se le negaba hasta el permiso para exportar a España vía Buenos Aires, como ocurrió en 1621, según un documento del Archivo Nacional del Paraguay, citado por Moreno. A la aduana terrestre de Córdoba reemplazó el puerto preciso de Santa Fe. Los gravámenes fiscales consistían en el tributo que pagaban los indios encomendados; la alcabala, el papel sellado, la media anata, el almojarifazgo y las sisas. Se vendían empleos como los consejiles. Después se creó el estanco del tabaco, que duró hasta 1 811.

Por Cédula Real del 26 de febrero de 1680 se creó el puerto preciso de Santa Fe, donde debían ser desembarcados los productos paraguayos, para ser conducidos por tierra a Buenos Aires, pagando los siguientes impuestos: «arbitrio»: 2 reales por cada tercio de yerba; 2 reales por salida, no siendo por Buenos Aires; 2 reales por arroba de tabaco o azúcar; 1 1/2 por cualquier carga. El producto se destinaba a costear la defensa de Santa Fe. Para las fortificaciones de Buenos Aires y Montevideo los mismos productos pagaban las siguientes «sisas»: 6 reales por cada tercio de yerba; 6 reales por salida; 4 reales por arroba de tabaco; total: 60 % ad valorem.

 

 

 

EL MARCO GUAIREÑO Y LA APORTACIÓN LUSO-BRASILERA.

A pesar de la extensión de las fronteras con el Brasil, que con el tiempo se extendió del Jaurú al norte al Pequirí al sur, no se verificó esa transculturación luso-castellana que se nota en la frontera brasilera-uruguaya y en las Misiones. Siempre hubo resistencia al expansionismo bandeirante. Varias disposiciones reales prohibieron la entrada a los portugueses; no obstante, muchos de ellos llegaron clandestinamente y se establecieron en la Provincia. La Corona dispuso la expulsión, pero no llegó a cumplirse por la resistencia de los vecinos. Todos ellos habían fundado familia y vivían de su trabajo12. De esa procedencia, seguramente, son los apellidos como Silvera, Paiva, Miño, Santos, Da Silva, Mosqueira, Vieira, Fariña, etc. Entre los portugueses vinculados a esa hora inicial se puede mencionar al P. Ortega, iniciador de la catequización en el Guairá y numerosos pilotos de las embarcaciones que navegaban el Río de la Plata.

La aportación luso-brasilera tuvo mayor alcance en algunas industrias como la fabricación de azúcar y el fomento tabacalero. En el lenguaje popular todavía se designa el azúcar refinado como «azúcar pernambucano». El gobernador Saint-Just contrató peritos tabacaleros, que se establecieron en Yaguarón.

Del lado brasilero, por vía del Plata, llegaron negros horros, que vivían con preferencia en los barrios de San Francisco y la Merced. Eran principalmente carpinteros y albañiles, oficio en que superaban a los indígenas. A pesar de la prohibición legal, no tardaron en mezclarse con los nativos y en crear el tipo del mulato o del zambo. La influencia luso-brasileña continuó durante el aislamiento francista, con la habilitación del puerto de Itapúa, que nunca fue clausurado y por donde se introducían tejidos, sombreros, zapatos, cuchillería e instrumentos de trabajo. En dicha población se establecieron numerosos comerciantes brasileros.

Españoles y portugueses chocaron en su expansión en el altiplano paranaense. Los bandeirantes pugnaban por cazar indios y ocupar la región de clima templado. Las once doctrinas jesuíticas que llegaban al Paranapanema y al actual Estado brasilero de Paraná (Curyty), tuvieron que trasladarse al SO y establecerse en las riberas de los ríos Paraná y Uruguay.

Para apreciar la magnitud del esfuerzo hispano bastaría recordar la nómina de villas y pueblos de indios desalojados por los bandeirantes: Jerez, Ciudad Real y Villa Rica del Espíritu Santo; Terecañy, Pirapirayá, Mbaracayú, Candelaria, Ipané, Guarambaré y otras doctrinas. Los jesuitas llegaron a organizar once reducciones, con millares de indios de diversas tribus, gualachos, tayaobas, etc.

En los documentos iniciales se habla de las Provincias del Paraná y jurisdicciones, pero terminó dándose a la región la denominación de Guairá, proveniente de un poderoso cacique guaraní. Las tribus autóctonas estaban dirigidas por pujantes mburuvichás como Guairá, Canendiyú, Zurubá, Maendy, Piracuatiá, Antonio Pindobiyú, Cohé, Nicolás Tayaoba y el payé Güirá-Verá, injustamente engrandecido por algunos historiadores, cuando no pasó de ser un demoníaco comedor de carne humana, abá-porú, inferior en sus servicios a la raza que Tayaoba y otros conductores. ¿Cómo darle el título de San Pablo guaraní a este feroz converso y luego renegarlo, a pesar de su rebeldía montaraz, cuando se opuso a la cristianización de su tribu, es decir, a la convivencia pacífica en lugar de vivir en perpetua guerra con las tribus vecinas? Irala y su yerno Gonzalo de Mendoza realizaron expediciones hacia el Alto Paraná para asentar el dominio. Una de las figuras de esa empresa fue el capitán Rui Díaz de Melgarejo, fundador de Villarrica.

«La caza del indio» era una ocupación productiva para los mamelucos, que incursionaban repetidas veces por el Guairá. Las poblaciones altoparanaenses entre el Pepiry y el Tieté, el Paranapanema, el Iguatimí, etc., fueron abandonadas. De las cenizas escapó Villarrica, que vino a parar a las fértiles campiñas del Ybytyruzú, cerca del Tebicuary. Hacia 1676 el gobernador Juan Díaz de Andino realizó una expedición defensiva: otra, en 1685, el Gobernador Yegros, y por fin el Capitán de Guerra de Curuguaty, Alonso Benítez de Portugal para defenderse de las incursiones paulistas.

El Paraguay perdió dicha parte de esa zona guaireña a raíz de la guerra de 1864-70, pues siempre había mantenido la convicción de sus derechos hasta el Igurey y el Ivinlheima, al oeste, y el río Blanco, al norte en la región Oriental, así como tuvo que avenirse al marco de la Bahía Negra, en el norte chaqueño. Una vez consolidada la ocupación portuguesa Lázaro de Rivera atacó Coimbra en 1802, infructuosamente. Los incidentes fronterizos entre los ríos Apa y Blanco fueron frecuentes. En una de ellos, en 1802, cayó prisionero de los portugueses el teniente Fulgencio Yegros.

El Dr. Francia sostuvo la tesis de que los límites paraguayos terminaban en el Jaurú, al norte, y en el Pequirí, al sur. La Provincia fue el muro de contención de la expansión portuguesa en ese sector del continente, se convirtió en el baluarte defensivo de los dominios hispanos papel que siguió desempeñando en el período de la independencia. La lucha en la región guaireña no sólo es un choque de dos corrientes expansivas, sino que obedece a un determinismo geográfico, a la lucha por la posesión de grandes valles fluviales, el Paraná, el Paraguay, el Uruguay, que integran el sistema platense.

 

LA CULTURA INTELECTUAL EN EL PERÍODO HISPÁNICO.

La inteligencia paraguaya no contó con las instituciones de que gozaron otras capitales coloniales. La primera escuela primaria fue habilitada en Asunción por Domingo Martínez de Irala, en 1539, Se tiene además noticia de otra fundada por Hernandarias en 1607. Funcionaba ya en esa época una escuela de niñas, la «Casa de Recogidas y Huérfanas», dirigida por la Hermana Francisca Pérez de Bocanegra. De esa formación escolar son Rui Díaz de Guzmán y Hernando de Trejo y Sanabria. En 1610 aparecieron los jesuitas. En 1783 se fundó en la Asunción el Colegio Seminario Conciliar de San Carlos, cuya dirección cupo al paraguayo Dr. Alonso Báez. Aguirre ponderaba el afán de la juventud en concurrir a las clases conventuales. Los que más influencia ejercieron fueron indudablemente los franciscanos, cuyo carácter se imprimió en el paraguayo.

Otras órdenes religiosas, como las de los dominicos, mercedarios y franciscanos contaban con sus respectivas escuelas. El Cabildo asunceño desplegó un constante esfuerzo para la alfabetización de la Provincia, sosteniendo pequeñas escuelas y vigilando su funcionamiento. El pueblo mostró siempre disposición para aprender. En lo que se notaba deficiencia era en la instrucción superior. Los franciscanos tenían colegios de varones y niñas en Villarrica. En Asunción existían tres conventos franciscanos con escuelas.

En ese período la Iglesia desempeñó la misma misión cultural que en el medioevo europeo, guardadas las proporciones. Hay que escudriñar bastante para encontrar fuera de la clerecía inteligencias cultivadas. El clamor de la provincia oprimida en el siglo XVI será articulado por dos sacerdotes paraguayos: Vargas y Machuca y Amancio González y Escobar, oradores fervorosos. Se mencionan, como excepción, los ejemplos de Pedro Vicente Cañete y de Talavera, que actuaron fuera de la Provincia, más hispanos que paraguayos.

En aquella época la espina dorsal de la enseñanza tenía que ser como lo es hoy, la enseñanza del español. «Pocos son los paraguayos que no saben leer y escribir», decía Azará, fenómeno también verificado hacia 1864. Los que querían seguir estudios superiores tenían que marchar a Charcas o a Córdoba. En el Colegio de San Carlos se formaron hombres significados por su actuación histórica, como Mariano Antonio Molas, Vicente Iturbe, José Gabriel Benítez, los Qüin de Valdovinos, Martínez Sáens, Carlos Antonio López y Marco Antonio Maíz, los Montiel, Domecq, Juan Valeriano Zeballos, español paraguayizado por su actuación patriótica, Jazinto Ruiz, etc. De las cátedras del Colegio Carolino surgieron los dos primeros gobernantes del Paraguay independiente: el Dr. Francia y C. A. López. La literatura de los primeros siglos es un simple reflejo de la peninsular. La tierra aún no ha impregnado la mente del conquistador. España habla en Asunción en los romances de Juan de Salazar y Espinosa y en las cartas de Isabel de Guevara. Las letras profanas son endebles. La catequización religiosa exige más esfuerzo, así como la traducción de los preceptos cristianos al guaraní. El manantial más importante del período constituyen los estudios históricos y descriptivos de la Provincia y de las Misiones Jesuíticas, que incorporaron al Paraguay a la literatura universal. Entre las obras que podrían considerarse clásicas en lo regional, se pueden citar, las de Rui Díaz de Guzmán, asunceno; Alvar Núñez, español; Ulrich Schmidl, alemán; Antonio Ruiz de Montoya, limeño; Nicolás del Techo de Lille; Pedro Lozano, Francisco Javier de Charlevoix, de San Quintín; Nicolás Yapuguay (el verídico), cacique y músico, autor de sermones y ejemplos; José Guevara, toledano; Simón Bandini, veneciano; Diego de Boroa, trujillano; Martín Dobrizófer, de Estiria; Pablo Restivo, de Mazarino; el P. José Sánchez Labrador; el P. Antonio Zepp, Pedro Montenegro, etc. El conjunto forma un fondo de cultura histórica. A ese caudal hay que agregar los estudios de Félix de Azara y el «Diario», de Aguirre, como fuentes de información. El paraguayo amó siempre la escuela, siquiera faltara a su inteligencia medios y circunstancias de expresión para obras de más aliento. El Colegio Carolino, y otras instituciones del sur del continente, como Córdoba y Charcas, fueron el almácigo para la generación que proclamó la independencia, dándole formación cultural y base para sus patrióticas inspiraciones. La imprenta fue fabricada en las reducciones, por los jesuitas, con madera del país y algunos metales. Admirable espíritu de creación que a comienzos de 1700, no necesitó importar el invento de Guttenberg. Respondía al propósito de verter los textos cristianos al idioma vernáculo, para la catequesis.

Además de las aulas de Artes, Filosofía y Teología que dictaban los jesuitas en su colegio, se tiene noticia de otras, tanto de formación religiosa como de ilustración general, que funcionaban, además de las escuelas, en los conventos de los franciscanos, dominicos y mercedarios. Después de la expulsión de los jesuitas cobraron mayor vuelo las enseñanzas de los franciscanos, la secta más compenetrada en la Provincia desde Luis de Bolaños, y donde actuaron varios sacerdotes de activa participación en los congresos patriotas del período revolucionario, como Fernando Caballero, Robledo, Otazú, Santomé, etc. El primer obispo paraguayo fue un franciscano, Basilio López. Las principales fundaciones franciscanos se hallaban en San José de Caazapá, San Isidro de Itapé, San Blas de Itá y la Natividad de Yuty.

Independientemente de esas facultades, dice el P. Guillermo Furlong, los franciscanos tenían en su convento seis cátedras de estudios superiores13. La enseñanza consistía, principalmente, en la escolástica, en los estudios filosófico-teológicos de la escuela tomista, sin perjuicio de los doctores españoles, como Suárez, tan acatado.

Esa orientación da tono a toda la cultura colonial, sin negar que en los colegios carolinos y universidades pontificias se impartían también conocimientos de ciencias naturales y matemáticas.

La juventud paraguaya de la clase criolla, de las familias distinguidas, tenía que optar por la carrera eclesiástica o por la militar para su formación, pues el ambiente económico y político ofrecía pocas perspectivas. No obstante en los prolegómenos de la Revolución y en los acontecimientos revolucionarios, vemos aparecer al lado de los religiosos como Bogarín, Robledo, etc., y de oficiales como Yegros, Cavallero y los Montiel, de tradición castrense, los Iturbe, Rivarola, Troche, Echagüe (Francisco y Narciso), un núcleo civil de fuerte vocación libertaria contra las opresiones coloniales del comercio y de las pretericiones estatales, como el Dr. Francia, el Dr. Báez, Manuel Granze, los Qüin de Valdovinos, los Acosta, Mariano Antonio Molas, Fernando de la Mora, Francisco Javier Bogarín, formados fuera de la Provincia. El primero fue amigo de revolucionarios eminentes como Fray Cayetano Rodríguez y Juan José Castelli. La revolución paraguaya es obra de una minoría directiva, fruto en parte de las enseñanzas españolas, pero impregnada de las corrientes liberales que clandestinamente entraban por el Río de la Plata, como de la Revolución Francesa y de la norteamericana, de la filosofía de la ilustración, de la Economía Liberal de A. Smith; pero lo que los atenaceaba era la preterición local. Fue un impulso generacional, la graduación del criollo, de los hijos del país, blancos o mestizos que asumen las funciones retenidas por peninsulares o conservadores. Ascención social y ambición de mando, desde el punto de vista psico-sociológico.

 

 

 

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INDICE

JUSTO PASTOR BENITEZ: PERFIL DE UN HOMBRE CONTEMPORÁNEO

CAPITULO I: EL PARAGUAYO

CAPITULO II: LAS DOS VERTIENTES HUMANAS

CAPITULO III: COMPOSICIÓN SOCIAL. EL MEZTIZAJE

CAPITULO IV: EL PERIODO HISPÁNICO

CAPITULO V: EL PARAGUAY MODERNO

CAPITULO VI: EN PLENO SIGLO XX

APENDICE: LA SOCIOLOGÍA NACIONAL

BERTONI Y LA CIVILIZACIÓN GUARANI

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