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ELOY FARIÑA NÚÑEZ


  MATER DOLOROSA, 1922 - Poesía de ELOY FARIÑA NÚÑEZ


MATER DOLOROSA, 1922 - Poesía de ELOY FARIÑA NÚÑEZ

MATER DOLOROSA

Poesía de ELOY FARIÑA NÚÑEZ

 

 

 

MATER DOLOROSA


Dame, Tupá, tu poderoso aliento,
dame, Tupá, tu fuerza gigantesca,
para cantar en inspirado cántico,
al son de un arpa de armonía nueva,
toda la gloria dolorosa y santa
de la santa mujer de nuestra tierra.
Dame, Tupá, la majestad del trueno
con que clama tu voz en la tormenta,
para elevar mi acento con el tono
con que vibra el clarín de la epopeya,
y entonar mi plegaria como un himno
o una marcha triunfal de notas épicas.


 
¡Oh, Madre Dolorosa, tú sufriste
el dolor más cruel de la tragedia,
cuando los ríos se pusieron rojos
y las aves callaron en las selvas!
Desfilan por mi mente las visiones,
los grandes cuadros vivos de la guerra.
Oigo la voz materna que nos narra
velada por recóndita tristeza,
entre gratos recuerdos de su infancia,
su largo agonizar de residenta.
Era entonces mi madre, adolescente,
una rubia doncella misionera,
cuando al grito de alarma del vigía,
turbóse la quietud de la villeta
y, enloquecidos de pavor, huyeron
a los montes poblados de leyendas.
¡Pías florestas del nativo suelo,
por lo que fuisteis en la dura prueba,
en nombre de Tupá, sed bendecidas
por las progenies paraguayas nuevas!
En las umbrías del boscaje denso,
entre las alimañas y las fieras,
vivieron horas de mortal zozobra,
casi al término ya de la contienda,
aquellos pobres seres perseguidos
por la devastación de la tormenta.
¡Oh, las horas amargas transcurridas
en el lóbrego seno de las selvas!
¡Me estremece de espanto todavía
el hondo drama de la voz materna!
Sufrieron hambre, desnudez, martirio,
vertieron llanto de dolor y afrenta,
y luego vino el éxodo doliente
a través de las ruinas y praderas.
La peregrinación de la derrota
sobre la tumba de la patria abierta!
Pero, por dicha, tú sobreviviste
y con las manos ágiles y expertas
de walkirias, cual tú, reconstruyóse
en breve tiempo la nación entera.
¡Qué constancia viril en el trabajo!
¡Cuánta tenacidad en la tarea!
¡Con qué bríos domabas los obstáculos,
sin conocer desmayo ni flaqueza!
Era tu voluntad potente espada,
no obstante tu figura tan pequeña.
Era tu aliento, varonil y sano,
a pesar de tu carne, tan enferma.
Trabajaste y sufriste como todas,
¡oh, madre mía, por doliente,
nuestra imagen de la raza moribunda,
efigie de la patria resurrecta!
Y, al fin, todos tus hijos te dejamos,
en la declinación de tu existencia,
abriendo las heridas de tu cuerpo,
renovando tus llagas y tus penas,
con el dolor de vernos esparcidos,
separados de ti por larga ausencia.
Duermes ahora, madre desolada,
errante, dolorosa residenta,
lejos del patrio suelo misionero,
en el misterio de la luz eterna,
en medio de los verdes cocoteros
del blanco cementerio de la aldea.
¡Bien merecido tienes el reposo
en el regazo de la paz suprema!
Nosotros, herederos de tu nombre
y herederos también de la tragedia,
concebidos en horas sin ventura,
después de la catástrofe sangrienta,
vamos con nuestra herencia de dolores,
penosamente, por la misma senda.
¡La patria venidera se construye
sobre el dolor de las progenies muertas!


 
¡Oh, Madre Dolorosa, tú llevaste
la dura cruz de la labor a cuestas,
en los años terribles que siguieron
al ocaso sin alba del 70!
Te veo resignada, taciturna,
humilde, silenciosa, mansa, buena,
al varonil esfuerzo consagrada
sobre el vientre fecundo de la tierra,
no más fecunda que tu propia entraña,
ni más vital que tu callada fuerza!
Te diviso en el agro gentilicio,
manejando el arado con firmeza
o arrojando en el surco la semilla,
tostada por el sol tu piel morena.
Tú sabes que la gracia femenina
no excluye la sonriente fortaleza,
tú sabes que el encanto de tu forma
embellece el hechizo de tu fuerza.
Eres lirio y lapacho florecidos,
y a la par amazona y azucena.
Exhalas el perfume de la rosa
y tienes el vigor de la tormenta.
Tu grácil cuerpo, al parecer, de nardo,
vibra con la esbeltez de la palmera.
Con una mano curas las heridas,
con otra enano, diligente, siembras.
Bello es tu cuerpo en las nativas danzas,
fuerte es tu cuerpo en las labores recias,
dulce es tu boca cual la miel del monte,
largo tu aliento en la pujante empresa.
Eres mitad jaguar, mitad paloma,
eres mitad timbó, mitad diamela.
Te columbro también en el trabajo
de cargadora infatigable y presta
de doradas naranjas en los puertos.
Con qué seguridad, con qué destreza
conducen- las canastas rebosantes,
cual si cántaros rojos de agua fueran!
Divísote también, pobre, descalza,
en raído rebozo negro envuelta,
tristemente montada en un burrito,
con mandioca y zapallo en la maleta,
rumbo al mercado de la rica villa,
sobre la carretera polvorienta.
¡Oh, qué duro deber el del trabajo!
Desfilan en teoría pintoresca,
las vendedoras de natales frutos,
las clásicas y típicas placeras,
las heroínas del esfuerzo humilde.
¡Y qué vida infeliz la de las viejas
que pasan cabalgando en sus borricos,
-pobres bestias de carga también ellas-
como la Virgen con el Niño en brazos
en su fuga a través de la Judea!
Te entreveo asimismo atareada
en tu paciente oficio de alfarera,
en tu industria estelar de tejedora
y en tu santa misión de madre buena.
Si amante, cariñosa cual ninguna.
Si esposa, resignada compañera.
Si madre, torre, base y fundamento
de nuestra nueva casa solariega.
Cómo transformas el hogar escaso
en tibio centro de ventura plena!
¡Cuánta casta dulzura en tus caricias
y qué resignación en tus tristezas!
¡Cuánta ternura pones en las cosas,
en las almas, las horas y las penas!
El chipá por tus manos preparado,
tiene el aroma de la patria vieja.
¡Cómo recuerdo los caseros dulces
hechos por la materna diligencia!
Eres la raza florecida en rosa
y transformada en pródiga potencia.
¿Dónde están las valientes espartanas?
¿Dónde están las mujeres más excelsas?
¡Desde la lejanía de la historia,
del polvo surjan y a la vida vuelvan!
¡Aquí está nuestra Madre Dolorosa!
Todo el pesar de nuestra historia lleva.
¿Qué mujer en el mundo pudo acaso
sobrellevar, sin sucumbir, tu pena?
Y sobre tu congoja se levanta,
levadura inmortal, la patria nueva.
¡Oh, Madre de los trágicos dolores,
vertiste nuevas lágrimas acerbas
por tus hijos caídos en los campos
de la civil contienda!
¿No bastaron acaso tus angustias
en el largo calvario de la guerra?
¿Era preciso acaso que apurases
todo el cáliz amargo de la prueba?
¡Con qué crueldad clavamos en tu pecho
el puñal de la cólera violenta!
Contémplote doliente, en lenta marcha
detrás de los ejércitos, por sendas
que llevan a pedazos de tu carne
a morir con honor por una idea.
Contémplote, camino de la muerte,
en medio del fragor de la pelea,
entregada al sagrado sacerdocio
de vendar al herido en la contienda,
de calmar el dolor del moribundo
y de cerrar con tu piedad inmensa
los ojos de los bravos que cayeron
en el combate, al pie de su bandera.
¡Cuántas veces, herida en la batalla,
derramaste tu sangre como ofrenda
de redención del odio fratricida,
como Jesús la suya por la tierra!
¡Cuántas veces, cual víctima inocente
del cruento furor caíste muerta
en la zona de fuego de la lucha,
como un soldado heroico en la trinchera!
¿No basta tu pasado sacrificio?
¿No es suficiente tanta ruda prueba
para calmar el ansia de exterminio
del Dios sangriento que tu prole diezma?
Es hora de que cesen tus congojas,
es tiempo de que cálmese tu pena.
Ya están tus ojos de llorar cansados
los infortunios de la patria nuestra.
¡Malvados sean los malvados hijos
que te cubran de luto y de vergüenza!


 
Del seno del dolor de tus entrañas,
yo veo resurgir la patria nueva,
corno del caos del informe bloque
surge la estatua castamente bella.
¿Qué raza nacerá de la simiente
de tus virtudes de titán y estrella?
¿Qué progenie saldrá de tu entresijo,
amamantada con tu leche excelsa?
La visión esplendente del mañana
que a lo lejos distingo y centellea,
hace caer la lira de mis manos,
la lira de la lúgubre tragedia,
para lanzar, extático, este grito
sobre el rumor sereno de las selvas:
¡Oh, Madre siete veces dolorosa,
siete veces heroica y gigantesca,
en nombre de la patria del futuro,
santificada y bendecida seas!

Julio de 1922.

 

Fuente: Sinforiano Buzó Gómez. ÍNDICE DE LA POESÍA PARAGUAYA, Editorial Indoamericana. Argentina, Asunción, 1952.


 

 

 

 

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