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ROQUE VALLEJOS


  ÉTICA Y MORAL - Selección e introducción de ROQUE VALLEJOS


ÉTICA Y MORAL  - Selección e introducción de ROQUE VALLEJOS

ÉTICA Y MORAL

SELECCIÓN E INTRODUCCIÓN

ROQUE VALLEJOS

 

COLECCIÓN: HACIA UN PAÍS DE LECTORES 6

Director Editorial: Pablo León Burián

Asesor Editorial: Roque Vallejos

De esta edición 2002,

Editorial El Lector

Composición y Armado de página: César W. Peralta G.

Diseño e ilustración de tapa: Juan Moreno

Corrección: Néstor Ramos

Hecho el depósito que marca la Ley 1328/98

Reservados todos los derechos

Impreso en el Paraguay - Printed in Paraguay

I.S.B.N.99925-60-16-9

Asunción – Paraguay

2002 (131 páginas)





IDEAS ÉTICAS Y MORALES EN NUESTRO PAÍS

ROQUE VALLEJOS (*)

 

            La presente publicación no es una suerte de antología de pensadores dedicados a la axiología o teoría de los valores y que por tanto han tenido que incursionar en la moral o la filosofía moral o de las costumbres como muchos denominan a la ética. Acaso el fin primordial de esta obra es desmitificar la creencia de que la moral o la ética constituyen un instinto en el sentido de una tendencia específica e irreflexiva orientada a un fin. Es cierto que en latín mos y en grieto ethos significan costumbre. Empero, nosotros consideramos que deviene individual y colectivamente del aprendizaje racional. Son más bien como piensa S.E. Toulmin "usos de razón". En el prólogo a la edición española de "El puesto de la razón de la ética", del axiólogo ya citado, dice José Luis Aranguren "La moral, piensa Toulmin, sólo es inteligible en el contexto de la vida en comunidad. Es en consideración a los otros y a la convivencia con ellos como nos imponemos de esas restricciones de nuestro comportamiento espontáneo que se llaman ‘deberes’. Es más: sin deberes no sería posible la comunidad". No hay aquí un orden analítico o jerárquico sino -como diría Piaget- un orden vital. Sus autores son próximos a nuestras urgencias existenciales, a nuestras necesidades de solaz, a nuestras necesidades coloquiales con quienes han dejado en nuestro espíritu orientaciones para encontrar lo que "la voluntad de sentido" de la vida, de la eternidad, de Dios.

            Hemos decidido por ello ordenar a sus autores alfabéticamente. Se hallarán aquí valores morales, estéticos, políticos, religiosos, etc. Cuando se lea al apóstol Rafael Barrett cruzar la cara de algunos doctores paraguayos que se creían pontífices del pueblo, jamás habrá mente que deje de estremecerse; "Si habitáis en casas de ladrillo y de piedra, con vidrios en las ventanas y puertas que ajustan, no digáis que están contentos los pobres en sus escondrijos de barro, porque no lo están...", "Si coméis pan blando, carne bien guisada, y bebéis vino perfumado, no entonéis himnos de alabanza al inmundo locro de los ranchos, porque mentís... No, hermanos escribas. Acaso entendáis de finanzas. Acaso el presupuesto no tenga misterios para vosotros. Pero no entendéis de pueblos. No mintáis de pueblos. No mintáis de lo que no entendéis. No mintáis". Si se quiere recurrir a una fuente de sinceridad paradojalmente humilde, pero orgullosa, basta leer lo escrito por el doctor Eligio Ayala: "Que otros escriban para enseñar, yo escribo para aprender". Si se busca un código para definirse con modestia no exenta de la altivez del Karaí leamos a Justo P. Benítez quien se autorretrata -genio y figura- del siguiente modo: "Aspiro a ser un ensayista y no un expositor, no un historiador, ni menos un orador. Me falta talento, paciencia y método para ello. Amo la claridad y la sencillez, por educación, por temperamento y porque no sintiéndome un personaje histórico, vivo mis ideas con la convicción de continuar la línea de mi casa, porque, como Ud. sabe soy descendiente de soldados anónimos, sin tumba y sin epitafio, pero paraguayo de ley, ansioso de confundirme con mi tierra. Si mi mente no ha logrado iluminarla, mis huesos la habrán de fecundar".

            La infamia quiso hacer aparecer al Dr. Eusebio Ayala como el "cainita" del patriotismo paraguayo. Mas para apóstrofe de sus detractores concibió una frase que resultó una profecía en el mismo día que asumió la primera magistratura (15 de agosto de 1932) y la dirección de la contienda chaqueña que dice: "El alma está templada a todos los rigores y la patria mañana será más grande y bella que hoy". Al terminar los fuegos el 14 de junio de 1935, el Paraguay había desalojado a Bolivia de casi todo el Chaco aunque luego el imperialismo colonialista le obligaría a ceder 31.500 kilómetros cuadrados. Esto nos recuerda el dilema ético subrayado por Fernando Savater en su obra "Ética a Amador". "A veces las circunstancias nos imponen elegir entre dos opciones que no hemos elegido: vamos, que hay ocasiones en que elegimos aunque preferiríamos no tener que elegir". Estigarribia, lejos de todo triunfalismo petulante en su proclama hizo uso de una sobriedad espartana expresando a sus soldados: "Habéis vencido en jornadas inolvidables a un enemigo tenaz y a una naturaleza hostil. La Nación no olvidará a quienes combatieron y sufrieron para salvarla de la mutilación y la deshonra. Si un pueblo debe ser grande por la inteligencia, el valor y el sacrificio de sus hijos, digo que el nuestro está llamado a los más altos y nobles destinos".

            La honda reflexividad sobre los orígenes del Estado paraguayo ha tenido un enunciador brillante en el filósofo Adriano Irala Burgos en su libro "La Ideología Política del Doctor Francia" (1988) donde afirma: "José Gaspar de Francia blandió como ariete su idea clara de que el Paraguay, formando parte de una comunidad americana, poseía idiosincrasia propia. Que existiese ésta antes de 1811, poco valor tenía para el pensamiento francista, porque sin contrato político y social toda comunidad de conciencia equivale a cero, ya que no ha alcanzado la conciencia de comunidad, categoría que es la de los pueblos civilizados y el momento para comenzar a construir una nación, de donde emergiera el ciudadano que la pueble. Nación sin Estado es comunidad sin voluntad de poder y de autoafirmación frente a los demás. Destinada estaría así a vegetar sin futuro y a ser blanco del desprecio de la sociedad política internacional".

            Urgen también dilucidar entuertos conceptuales. En nuestro medio, cuando se quiere descalificar a alguien de conducta aberrante, se lo trata de AMORAL. Al rastrear semánticamente esta palabra -en diversos diccionarios filosóficos- se relata que para muchos pensadores la AMORALIDAD vendría a ser algo que no extrema lo inmoral, sino constituye una neutralidad axiológica. Más significativa y valedera nos parece la ideación del eximio sacerdote hispano-paraguayo Isidro Salgado, para quien sólo la persona humana puede merecer la calificación de MORAL o INMORAL justo por el hecho de ser persona- por lo que AMORAL está reservado a objetos, cosas, animales, etcétera.

            El maestro Raúl Amaral -acaso el mayor humanista vivo hoy entre nosotros- al historiar el porqué el pensamiento filosófico tuvo un despertar dificultoso y tardío, manifiesta cuanto sigue: "Cortada la posibilidad de un humanismo terrígena por ausencia de institutos superiores (la Universidad tardó 291 años en efectivizarse) y el hecho de que pocos hombres de calidad intelectual tuvieran que ocuparse de muchas cosas -entre ellas apaciguar o encender a las euménides del quehacer político- incluidas las limitaciones surgidas de la primera posguerra, el desplazamiento en el plano cultural se observa está dirigido hacia otras disciplinas, particularmente las ciencias sociales y la etnografía".

            Sin embargo, el paso inquietante y gravemente veloz de Juan Santiago Dávalos hizo tambalear el horóscopo histórico que cada vocación traía al parecer consigo, permitiendo el advenimiento cognitivo asaz crítico que desde entonces no dejaría de crecer. Lorenzo Livieres Banks, crítico y pensador severo y hondo, Juan Andrés Cardozo pugnaz, Jorge Báez Roa, amplio pero escrupuloso, etcétera.

            Surgido desde su propia raíz aparece Benjamín Arditti, claro, profundo, erudito. También Mario Ramos Reyes, abre, a su vez, desde el exterior, un camino hecho de rigor y sapiencia.

            Muchos han buscado con estilo raso pero incisivo la identidad del hombre paraguayo, uniendo la experiencia a la teoría, como el Prof. Dr. Miguel Ángel Pangrazio, paladión de la justicia y la sana crítica en nuestros inciertos días.

            El espacio nos compele a terminar abruptamente. No desmerecemos a nadie dado que estos fragmentos son tal vez apenas señuelos para despertar la dormida atracción que nuestros compatriotas muestran hacia la lectura y la seducción de los pensadores intranquilizadores que al espolear la conciencia, descascararán la hipocresía como subraya Antonio Carmona en su iracunda dialéctica antitiranosauria.


(*) Presidente de la Academia Paraguaya de la Lengua Española.



EL MATERIALISMO HISTÓRICO EN EL PARAGUAY

RAÚL AMARAL

           

            Al Dr. Carlos Pastore, pensador paraguayo,

            hermano espiritual y maestro



            I. ANTICIPOS


            Las vicisitudes de la filosofía en el Paraguay no por silenciadas han dejado de serlo. Ellas marchan unidas a los vaivenes de la vida institucional del país o a los capítulos bien que agitados de su propia historia. Sin embargo, y a pesar de todo, puede hallársela desde tiempos remotos a partir de las ideas abstractas contenidas en la lengua nativa y por consiguiente en uno de los sectores del mundo guaranítico y de su misma cultura que, no obstante los recordados inconvenientes, ha logrado sobrevivir hasta nuestros días. Así lo vieron con claridad, aunque no con la difusión merecida, don Manuel Gondra en 1897 (1), Natalicio González en 1958 (2) y Efraím Cardozo en 1959 (3).

            Cortada la posibilidad de un humanismo terrígena por ausencia de institutos superiores (la Universidad tardó 291 años en efectivizarse) (4) y el hecho de que pocos hombres de calidad intelectual tuvieran que ocuparse de muchas cosas -entre ellas la de apaciguar o encender a las euménides del quehacer político- incluidas las limitaciones surgidas de la primera posguerra, el desplazamiento que en el plano cultural se observa está dirigido hacia otras disciplinas, particularmente las ciencias sociales y la etnografía.

            Pero no todo hubo de permanecer en esa "noche oscura del alma", sumando frustraciones, que fueron copiosas, aunque no determinantes. Y así, a medida que entre escombros y tropiezos avanzaba la existencia material, comenzaron a despertar intramuros y hasta in pectore los anuncios de una nueva inquietud filosófica.

            Traspuesta la etapa fundacional a que se ha aludido (la de los guaraníes), cubiertos los períodos pre-independiente (mal llamado "colonial"), de la independencia propiamente dicha y de su afirmación posterior y comenzada la primera modernidad después de 1840 con la actuación de don Carlos Antonio López, el Dr. Juan Andrés Gelly y el maestro Juan Pedro Escalada, las propensiones filosóficas quedaron reducidas a la frecuentación de escasos cultores.

            Un indudable impulso, si no renovador por lo menos orgánico, se verificó con la presencia de los profesores españoles - en mayoría krausistas- que habrían de fecundar la segunda modernidad (1870-1900) en las aulas secundarias primero, en las universitarias más tarde y también en el ámbito público. Entre ese conjunto de valiosos docentes sobresalió la prédica, en lo que a la filosofía respecta, de los doctores Ramón Zubizarreta y Carlos López Sánchez, a los que se agregarán por otros andariveles, el médico Manuel Fernández Sánchez y los juristas Ramón de Olascoaga y Federico Jordán.

            Empieza entonces una suerte de conocimiento sistematizado que llevará a la comprobación de que, sin saberlo o quizás intuyéndolo, han ido creciendo, si bien no ensanchándose, no pocas y subterráneas corrientes que permiten exhumar asomos de cartesianismo, erasmismo, escolástica (que para los apenas entornados claustros de las comunidades religiosas no significarían rareza alguna), el cauteloso imperio del espiritualismo -incluido el ecléctico- hasta deslizarse hacia la imantación producida por la aleación krausista y recibir el advenimiento del positivismo, que por toda una década (1900-1911) impondrá su predominio, derivado por igual a la sociología y la pedagogía.               Puede afirmarse, por consecuencia, que ya para esa época han de fulgurar los nombres de Kant, Hegel y Fichte, entre los alemanes; de Bergson entre los franceses y de William James entre los anglosajones, sin que la sacralidad adosada al ideario de Comte y Spencer desapareciera del todo.

            Queda instalada con la presencia de los novecentistas - que cumplen el tránsito de una verdadera generación- desde el 900 y por espacio de treinta años, la tercera modernidad cultural, que contó a su vez con el magisterio de dos pensadores nacionales formados durante el ciclo anterior: los doctores Cecilio Báez y Emeterio González, sucesor éste del doctor Zubizarreta en la cátedra de filosofía.

            Mas, el doctor González ("un hombre relevante", como con justicia lo calificó Arsenio López Decoud, uno de sus discípulos), solicitado por menesteres jurídicos, no persistió en la docencia más allá de los inicios del siglo. Por tal causa no pudo presidir -sin que por ello declinara su magisterio ético, semejante al del Dr. Zubizarreta y al posterior de don Delfín Chamorro, ciudadano libertario y gramático insigne- el arribo de otras orientaciones, a las que en mucho contribuyeron dos novecentistas hispánicos de sólida formación cultural y filosófica: Rafael Barrett y Viriato Díaz Pérez, legatarios de aquellos heroicos precursores del 70, paisanos de ambos.

            Nada extraño será, pues, que ya en 1912 se insinúen las luces augurales del materialismo histórico, anticipado por el interés con que Fulgencio R. Moreno acogiera en 1901 las nada cálidas construcciones del "materialismo vulgar" por vía de sus -por aquellos entonces- dioses mayores: Büchner, Vogt y Moleschott. En ese orden no se debe estimar como gratuita la inclusión de Moreno al canalizarse la evolución de la concepción materialista, más con el ánimo de aclarar cuál había sido su posición y manifestar por qué no es posible, ya que no existen pruebas concluyentes, adjudicarle alguna propensión hacia la historiografía de matices marxistas, siendo que su cercanía más inmediata fue la liberal, con abstracción de su doctrinarismo republicano, que en modo alguno se repelía con aquélla. (Es preciso advertir que desde el punto de vista histórico no fue Moreno ni revisionista ni nacionalista, como se lo quiere hacer figurar sin haberlo leído).

            El caso de Ramón V. Caballero es distinto porque en su breve alusión adopta una actitud definida. Se dirá que lo hacía lejos del país, en Europa, pero es de conveniencia no olvidar que las bases de su pensamiento se habían originado en el Paraguay. No importa que en la madurez tales entusiasmos cambiaran de senda hasta confinar en la zona escasamente turbulenta del historicismo diltheyano.

            En cuanto a la aportación de Eligio Ayala hay que afirmar que ella se define por sí sola y que como en Caballero y luego en Ritter, la sedimentación de la cultura europea le fue favorable en gran medida, tanto como la frecuentación directa de los autores que motivan su consulta. Es el único que logra condensar en un volumen serio y meditado sus opiniones sobre el tema.

            La mención de Manuel Domínguez es rauda, sin privarse de ser elocuente. Ya por aquellos andares (1922) había abandonado su positivismo con marca evolucionista -según indicara acertadamente Barrett- y estaba ya en las vísperas de liberarse del asedio, o tal vez encantamiento, de Renan, al que entregara, corpore et anima, los fervores de su mocedad. Más adelante será seducido por Boutroux y en sus tramos postreros por Maeterlinck y su "visión de lo invisible".

            Esa requisitoria suya, dispuesta hacia la adopción del materialismo histórico (en su flanco agudamente economicista) tiene su raíz en la agitación ambiental que habrá de desembocar en la guerra -inexplicablemente denominada civil- desatada al mes siguiente de la última de sus disertaciones. Domínguez creía y quería que por medio de la terapéutica inventada por Marx y levemente elegida por Ferri (se ignoran los motivos que tuvo para unirlos) pudieran los males nativos, que no se priva de enumerar, tener la adecuada y urgente curación.

            Tal vez haya sido también ése el propósito de Caballero, expuesto cuando el país se encontraba atrapado por el sacudimiento revolucionario de 1912, fecha de su escrito y cuyo trasfondo trágico sería la oscura muerte de Adolfo Riquelme, de la que nadie quiso responsabilizarse a pesar del merodeo de notorios responsables. Acudir al materialismo histórico, en su aspecto económico, para remediar descalabros locales, implicaba excitar al mismo tiempo una ilusión idéntica a la que alimentaron los novecentistas y sus maestros al esperarlo todo -a lo mejor por la varita mágica del milagro- de sus inclaudicables deidades: el progreso y la ciencia, inscriptas en la andanza del recién iniciado positivismo en su versión secular.

            Ritter y Báez, por su lado, proporcionan el antecedente profesoral y con ello la experiencia de cátedra, libre en el uno, oficial en el otro. Más cerca el primero de la órbita economicista en la que se ubicaron Caballero y Domínguez, con la fugacidad que se ha señalado; más cerca el segundo de las consideraciones sociológicas y filosóficas que incitaron a Eligio Ayala.

            Este marco se clausura en 1936. El segmento temporal de tres lustros (desde 1912), que aquí se exhibe, sitúa a mentores y discípulos actuantes dentro de una modalidad de cultura que, pese a diferenciaciones individuales, les es afín. No se duda que más allá de la posguerra del Chaco se ha producido la aparición de aportaciones novedosas sobre dicho tema, pero para la intención que ha motivado estas líneas basta con lo expuesto. Aunque debe aclararse que si no acusa robustez plena o completa originalidad por lo menos quiere mostrar el estado de inquietud de un núcleo de paraguayos pensantes (Ritter lo fue, por vida y obra, por más de cuarenta años), de cuya herencia intelectual todavía se sigue viviendo, no obstante el medio siglo transcurrido largamente desde que comenzó para la mayoría de ellos -fallecidos antes o después- el asedio de la posteridad, por instantes mezquina, casi siempre difícil (5).



NOTAS


(1) GONDRA, Manuel: "La filología y las ideas abstractas en guaraní"; en: El Pueblo, Asunción, 1° de mayo de 1897 Cfr. del mismo autor: Hombres y letrados de América. Asunción, Guarania, 1942, p. 53-58.

(2) GONZÁLEZ, Natalicio: Ideología guaraní. México, Instituto Indigenista Interamericano, 1958, p. 11-32.

(3) CARDOZO, Efraím: Historiografía paraguaya. 2° ed. México, Instituto Panamericano de Geografía e Historia, 1979, p. 79-84 (1ª. ed. México, 1959).

(4) CARDOZO, Efraím: Breve historia del Paraguay y Buenos Aires, Eudeba, 1965, p.39-44.

(5) Podrían incluirse otras referencias, entre ellas: RAFAEL BARRETT: "La cuestión social" (Folletín 1-7, Yabebyry, diciembre de 1909 / San Bernardino, marzo de 1910, en: El Nacional, Asunción, 13 a 21 de marzo de 1910. Trata de la polémica





EL CONCEPTO DE "CRISIS"

BENJAMÍN ARDITTI


            1. DOS NOCIONES DE ‘CRISIS’


            En el sentido común de las ciencias sociales y el pensamiento político latinoamericano, el significado del concepto de crisis ha estado profundamente ligado a una dimensión negativo-disruptiva que tiende a reducirlo al binomio anomalía-restauración o a la pareja colapso-superación. Ambas modalidades de pensar situaciones de crisis están marcadas, de una forma u otra, por diversas variantes de los paradigmas liberal y marxista.

            El liberalismo tiende a pensar la idea de crisis en términos de una anormalidad o disfunción que surge en un sistema naturalmente armónico como resultado de factores externos. La situación de ‘normalidad’ coincidiría con la imagen del equilibrio homeostático o autorregulado propugnado por Adam Smith, a saber, una ‘mano invisible’ y endógena que vela por el buen funcionamiento de la economía de mercado. Y a la inversa, las situaciones anómalas por las cuales un sistema cualquiera entra en crisis obedecerían a una perturbación exógena de su equilibrio (1).

            La resolución de una crisis no implica, pues, la revisión o recomposición de modelos ya existentes; antes bien, implica restaurar el equilibrio sistémico precedente mediante la neutralización de los factores de perturbación, sea con la aplicación de políticas correctivas de corto plazo o simplemente esperando que mecanismos autocorrectivos del sistema mismo exorcisen los desequilibrios.

            Los gobiernos autoritarios latinoamericanos asumían explícitamente algunos postulados de esta perspectiva, sea para validar proyectos excluyentes y antipopulares o justificar desaciertos políticos y económicos. Por ejemplo, responsabilizando a la ‘agitación orquestada por el comunismo internacional’ o la intromisión de otros Estados en asuntos internos por su incapacidad de generar consenso político en torno a la gestión del Estado o erradicar las movilizaciones opositoras. También cuando invocaban la recesión en países industrializados, las elevadas tasas de interés de la banca internacional o los fenómenos climáticos adversos para explicar la persistencia de la crisis económica doméstica.

            Por su parte, un pensamiento como el de la III Internacional también consideraba a la crisis como negatividad y disrupción, pero en vez de apreciarla como elemento de origen externo, le asignaba el valor de rasgo distintivo endógeno de sistemas económico-productivos de tipo capitalista. Para esta perspectiva, la gramática de la crisis surge y se desarrolla a partir de contradicciones inmanentes, sobre todo consignadas a la esfera económica, para luego desparramar sus efectos en los ámbitos político, social y cultural. La crisis exacerbaría las contradicciones propias del capitalismo, lo cual tendería necesaria e irreversiblemente a generar la desintegración global del sistema societal o, en el mejor de los casos, al colapso de algunos de sus subsistemas. Toda ‘resolución’ de una crisis sería pensable sólo sobre la base de la superación del sistema luego de su inevitable colapso o catástrofe".

            Salvando las distancias, algunos análisis políticos de la izquierda latinoamericana de los años '70 y '80 compartían dos supuestos de este enfoque. Por una parte, el economicismo, que  establecía un nexo causal directo entre economía y transformaciones sociopolíticas a partir de indicadores tales como la caída del Producto Interno Bruto, el incremento de la desocupación y del subempleo urbano, la pérdida de poder adquisitivo de las capas asalariadas y sectores medios, el deterioro de los términos del intercambio debido a la inserción desigual de las economías latinoamericanas en el mercado mundial o el deterioro de las condiciones de vida de pequeños productores agrícolas. Por otra parte, el catastrofismo, que vislumbraba el derrumbe inevitable de los regímenes autoritarios a partir de contradicciones económicas inherentes al capitalismo que se verificaban, en la experiencia empírica vivida, a través de los ya mencionados indicadores económicos negativos o las movilizaciones sociales de resistencia que eran vistas como efecto de la crisis económica y la respuesta a ella.

            Si bien es cierto que el concepto de crisis puede connotar significados de anomalía, disrupción e inclusive colapso, sería ilegítimo reducirlo a ellos. El capitalismo -ya lo han dicho innumerables comentaristas- goza de buena salud a pesar de que ha estado en crisis prácticamente desde su nacimiento como sistema económico-productivo y social. Hasta ahora, sus detractores no han logrado verificar la existencia de un vínculo causal necesario entre crisis económica y colapso sistémico. Pero sus defensores neoliberales tampoco han podido expulsar los elementos de disrupción -supuestamente externos-que permitirían hablar de la armonía del mercado autorregulado presupuesto en las formulaciones clásicas del pensamiento económico liberal.




NOTAS


(1) Massimo Cacciari. "Transformación del estado y proyecto político (1978), en varios autores, Teoría marxista de la política, Cuadernos de Pasado y Presente, Nº 89, México, 1981, p. 234.

(2) Ibíd. p. 235.



CONOCIMIENTO Y POLÍTICA

JUAN ANDRÉS CARDOZO


            La ciencia está obligada a pensar lo social y a influir sobre el proceso histórico, pues el conocimiento es necesario para comprender la realidad, pero también para modificarla.


            En los países subdesarrollados como el nuestro prácticamente no hay conocimiento científico. El dominio de la teoría y de la metodología de la ciencia, incluyendo las que operan bajo la denominación de las ciencias humanas, se limita a poquísimos investigadores y estudiosos. Y entre éstos predominan además los empíricos.

            Esta situación incide para que las élite políticas no tengan el contrapeso de actores científicos e intelectuales que les conminen a reconocer el papel relevante de la ciencia y del pensamiento crítico. Pero así mismo es causal de la casi nula producción científica investigativa y analítica.

            El problema, sin embargo, no se limita a la ausencia de una práctica teórica y del conocimiento científico mismo, ya que la existencia del dominio de la teoría y de la metodología de la investigación científica se traduce en una cultura acrítica y reaccionaria de la sociedad toda. Cultura que a su vez es culpable de la aceptación sin más del sistema político y de la conducción pública. Esto es: de que la política sirva a intereses sectarios y esté completamente divorciada de sus fundamentos filosóficos y principios éticos.

            A raíz de esta incidentalidad natativa para el desarrollo de la ciencia, de la cultura y de la política, el pensamiento científico contemporáneo asume el deber de producir un análisis lógico de la realidad social. Y al mismo  tiempo, el compromiso de desplegar una racionalidad crítica capaz de modificar la conciencia social.

            En principio el pensamiento científico consideraba que su exclusiva responsabilidad se limitaba a la producción científica misma, a fin de instituir el conocimiento científico y la práctica teórica en un proceso histórico refractario a su recíproco desarrollo. Pero ahora comprende que esta fundamental y fundacional tarea no es posible en el marco de una sociedad donde la política ni siquiera tiene conocimiento de sus propios fines.

            La ciencia, y específicamente la ciencia social, está obligada a pensar lo político. Todavía más: tiene la responsabilidad de ejercer una influencia sobre la política. Hasta el momento ésta, la política, viene obstaculizando agobiantemente su libertad de pensar y de investigar, pero sobre todo la institución de la práctica científica. La política en verdad se convierte en un instrumento coactivo y fáctico que conspira contra el desarrollo de la ciencia. Esa realidad hay que invertirla. Contrariamente, es el conocimiento científico el que debe influir sobre la política, para su modernización y humanización. En especial para irradiarla de racionalidad y procurar que sea idónea para corresponder al conjunto de valores que la civilización ha creado para su justificación.

            En consecuencia, el pensamiento científico supera su pretensión de inclusividad y ensimismamiento para proyectarse hacia acciones abiertas y heterónomas, tal como desde luego enseña la experiencia histórica de aquellas naciones en las que su presencia y protagonismo -en la educación y en la cultura, no en la universidad y en la inteligencia- transformaron la política y el Estado, pero así también la conciencia de la sociedad civil.

            Los ejemplos de este trasvasamiento de la ciencia hacia el mundo social son múltiples y paradigmáticos. Y no se limitan a la sociología, el derecho, la economía o la antropología. También los cambios se observan en la biología, la ingeniería, la matemática y últimamente en la física, cuyas revoluciones teóricas -para usar una categoría de Thomas Kuhn- modificaron la concepción del mundo de la política y su propia estructuración.

            Al reafirmar esta responsabilidad sociopolítica del pensa-miento científico, queda en claro otro problema que imputa a la inteligencia de nuestros países. Ésta, por lo general, no es solamente acrítica por su conservadurismo sino por desenvolverse en una práctica acientífica. Su diletantismo es el principal déficit intelectual que le impide asumir el compromiso de pensar lo político y de bajar los conceptos necesarios para reconstruir lo social.

            De modo que hay que hacer ciencia en estricto sentido, y con esa rigurosidad metodológica y crítica como la que caracteriza a Touraine, pero también a Rawls, Apel, Bourdieu, Luhmann y Habernas, para intervenir en el curso de una racionalidad en lo histórico-social. Pues el conocimiento en esa instancia previa, dinámica y lúcida del proceso de emancipación humana.



EL PACTO POLÍTICO Y SUS CONSECUENCIAS

ADRIANO IRALA BURGOS


            La importancia de un esquema político, cuyo centro es el Estado paraguayo integrado en un proyecto histórico viable, se destaca marcadamente en la teoría y la praxis política del doctor José Gaspar de Francia.

            El Estado constituye, en la concepción francista, la matriz del hombre paraguayo, la fuente originaria que da sentido a su existencia de individuo social. No hay otra manera posible de ser paraguayo que la de vivir esta condición histórica en la solidaridad esencial con los otros, también paraguayos y con la naturaleza. Hay una copresencia esencial del yo-naturaleza-nosotros en la esencia misma del hombre individuo social, el ciudadano paraguayo del esquema político francista.

            Nada más extraño a esta línea de pensamiento que el recurrir entonces a un supuesto mandato de la raza, en el que nos refugiamos con tanta facilidad hoy en el Paraguay para ocultar la debilidad de las ideas, la ausencia de crítica y la poca o ninguna correspondencia que las palabras, llenas de adjetivos floridos, tienen con la praxis cotidiana.

            En nuestros días se lleva a la nación paraguaya a perderse en un pasado remoto desde el cual viene solamente hasta nosotros la obscuridad del sentido significante atribuido a la palabra que lo trae a la presencia. Se echa el acento en sentencias estereotipadas, de contenido tan general que se diluyen la claridad y la distinción de los conceptos, permitiendo así el pronunciar un discurso de términos vacíos y ubicuos que pretende mentar un contenido nacionalista. Para Francia, lector asiduo de la ilustración, esto habría sido el polo opuesto de su filosofía política. Lo hubiese tomado como confusión erigida en sistema, como ambigüedad que destruye lo que pretende defender.

            José Gaspar de Francia tiene ideas claras y distintas - claras en cuanto a la delimitación de las mismas, distintas en cuanto a la comprehensión de sus notas- del Estado nacional, consecuencia del esquema político viable que pretende para el Paraguay. Según estas ideas del dictador, como hombre civilizado no existía el paraguayo antes de entrar en la matriz del Estado francista. Claro que para tal tesis -es su limitación ideológica- nuestro pasado no contaba sino como historia de esclavitud y vasallaje.

            La revolución de 1811, siguiendo esta línea de pensamiento, nos permitió emerger, por ruptura violenta de tal estado de cosas, como pueblo que al recuperar sus derechos naturales e inalienables se constituyó en sociedad política, gracias al pacto o convenio que determina primeramente nuestra existencia de república para fijar, después, su forma de gobierno.

            El Estado modela a la nación, partiendo del caos; más aún, la hace existir como conciencia de comunidad. Por ello es preferible hablar de matriz del hombre paraguayo, cuando se intenta delimitar el Estado francista, y no de crisol porque no se combina nada: se engendra algo nuevo, en realidad se crea el hombre paraguayo y no se ordena lo que preexiste.

            El Estado (como sociedad política) precede a la nación (como comunidad), la que tiene entonces sentido (y previamente existencia) gracias al pacto político, en el pensamiento francista. Sin la sociedad política hay una reunión amorfa de individuos, listos para ser explotados como pueblo de Tapes -que dice Francia-, indios que todavía no han traspasado el umbral de la civilización, de acuerdo con las estructuras ideológicas del Supremo Dictador. No hay que olvidar que también aquí se parte de presupuestos ideológicos, mediante los cuales irrumpe una filosofía política en un proyecto a realizarse. La capacidad contractual implica entonces para un pueblo su salto a la civilización; significa tener destino responsable cuando se asume mediante el Estado un esquema político dentro de un proyecto histórico viable.

            Francia sigue siendo para nosotros, hoy, un personaje profundamente excitante y misterioso por las contradicciones que descubrimos en él y por aquéllas en que el Supremo nos hace caer sin que acertemos con la puerta de salida. Todo esquema interpretativo, aplicado a la vida y a la obra de este gobernante, bien pronto se muestra insuficiente. No hay que escarbar mucho para encontrarse con dilemas. De ningún personaje de nuestra historia se ha dicho y se ha escrito tanto -en todo sentido- que no resista al primer análisis científico o filosófico. Se ha hablado de que clausuró la frontera del país, reduciendo al Paraguay a un enclaustramiento, mas el comercio por Encarnación, por Pilar y la navegación por las aguas del Alto Paraguay nos inducen a matizar mucho aquella primera afirmación. Se ha acusado al Dictador de haber hecho enmudecer la guitarra, mas en el Archivo de Asunción existen documentos en abundancia que prueban el interés que tenía por las bandas de música y las importaciones que se hacían de artículos musicales. En cuanto a la persecución que desencadenó contra la Iglesia, los documentos nos dicen que no hubo decretos anticanónicos durante la larga dictadura, por lo menos en lo que se refiere a la continuidad jerárquica en la Iglesia paraguaya, aspecto que ya ha aclarado muy bien Alberto Nogués. Además Francia se nos presenta como un ideólogo que modela a su propia comunidad con sentido realista y sin embargo con una visión muy parcializada de lo que fue la historia del Paraguay y de lo que eran las élites incipientes cuando él empezó su ascenso hacia el mando sin control. La base rusoniana de su Estado -liberal por lo tanto en el origen- se transforma en una férrea dictadura que sólo conocerá su límite el día de la muerte del jefe supremo. No olvidemos también que en el Dictador coexisten el racionalismo de la Filosofía de las Luces con una aproximación a la gente humilde de la ciudad y el campo, frente a la cual, sin embargo, mantiene la distancia.

            Francia conoce profundamente la situación geopolítica del Paraguay. Su Estado no se contenta simplemente con aceptarla. Partiendo de ella, la sociedad política hace su espacio en la historia: lo ensancha, creando su propio horizonte sobre la base de una apreciación real de la situación histórica concreta. No va, entonces, a la zaga de los acontecimientos un Estado que busca así imponerse en la historia. El Paraguay francista se siente sujeto activo de ésta y, por lo tanto, con derecho y capacidad de modelarla. De la historia se parte porque es el horizonte del quehacer político, pero también el Estado hace el horizonte cuando asume su dignidad de idea ética en invención y desarrollo. Hay aquí un proceso de retroalimentación, donde nación, Estado y hombre paraguayo se realizan el uno por el otro.

            La gestión francista se nos aparece como grandiosamente desesperada cuando la vemos zarpar de condiciones mínimas, en este remoto corazón de la selva americana, sin mar ni minerales, en amor y pelea con la geografía y su historia. Cuando se quiebra la política colonial, en 1811, Francia comienza la tarea de transformar la estructura socioeconómica del Paraguay: era una empresa ciclópea, ante la cual el mismo Dictador dio claros signos, muchas veces, de sentirse desilusionado y cansado, sin jamás traicionar la misión que se había impuesto.

            No maneja el Doctor Francia los esquemas científicos que hoy se nos ofrecen en las ciencias sociales, mas no importa la determinación de los nombres, sino el contenido de los mismos. La geopolítica pretende ser ciencia moderna cuyo contenido se ha ido delimitando en el siglo XIX. Francia intuyó claramente lo que todavía sigue siendo una gran verdad para el Paraguay: no podemos transformar nuestras estructuras sociales por la vía de calcos más o menos felices de otros esquemas políticos y tampoco nos cabe la ingenuidad de ceder la autonomía de nuestras decisiones, la buena o mala voluntad de los vecinos cuando ellos, lejos de compartir soberanía, la acumulan. Ni ánimo de copia, ni paradigmas que se nos impongan. El Paraguay es para el Paraguay su propia causa ejemplar y vale por la especie como el único individuo, dentro de la trama de intereses del Río de la Plata.

            Las opciones internacionales, durante el régimen francista, tenían otro fundamento que el de cimentarse en la imaginación. El Estado paraguayo, tan macizo y sólido, imponía su propia moralidad, la que partía de una base inconmovible: el Paraguay es una República independiente que crea su propia estructura socioeconómica. La idea política francista se centra en la constitución del Estado por la vía del pacto político y social. Esta voluntad general que se expresa en el convenio asegura y ensancha la base de la soberanía política por el camino de la transformación de la vieja estructura socioeconómica, permitiendo a los paraguayos ser más dueños de sus propias opciones políticas. Aquí tenemos un rasgo de modernidad que hasta nuestros días nos llama a la meditación, máxime hoy cuando nuestro proyecto nacional va a recibir el impacto de las grandes represas hidroeléctricas que están en curso de realización. Dentro del esquema político francista indudablemente no todo tipo de desarrollo se compaginaría con la independencia nacional.

            La República del Paraguay tiene, desde los albores de la independencia, características especiales, lo que el doctor Francia acepta como verdad inconmovible, pero no hay aquí nación sino en potencia por los años de 1811, según la tesis política francista: antes de 1811 constituíamos una comunidad de conciencias; el Estado asume después del 14 de mayo, su rol principal que es entonces el de hacernos pasar a una conciencia de comunidad, la etapa nacional a través de la etapa política, ambas ya en acto y no en pura potencia.

            Juzgando nosotros, ya con perspectiva suficiente aquella época de la independencia, podemos afirmar que los paraguayos nos liberamos en primer lugar de Buenos Aires, la que secularmente nos absorbía.

            Santa Fe y los pueblos del Paraguay tampoco estaban en buenas relaciones, ya que los puertos del Plata controlaban nuestro comercio con impuestos que se pagaban, amarraran allá o no nuestros barcos.

            La escisión paraguaya es entonces independencia frente al Río de la Plata y en segundo lugar, frente a España. Nuestro rey estaba muy lejos y además los últimos años de gobierno colonial fueron de regímenes, en general, más progresistas y justos que los de la época anterior al advenimiento de los Borbones. En 1811 había aquí una existencia no muelle, pero sí decorosa. El gobernador Velasco cumplió un papel digno de gobernante probo hasta los prolegómenos de la independencia, cuando los acontecimientos ya lo habían desbordado totalmente.

            Callada o abiertamente subía a la superficie, en el río de la Plata el secreto deseo de dominación y esta idea siguió trabajando su curso en toda la historia de nuestras relaciones con Buenos Aires, la que siempre aspiró a establecer entre Asunción y ella un nexo de dependencia con dominación, la misma que hoy el Brasil y los Estados Unidos pretenden para nosotros.

            La independencia siempre los paraguayos la tuvimos que defender. Si conservamos Villa Hayes no es porque la victoria no da derechos, sino porque entonces se pudo jugar en una brecha abierta, dentro de la competencia del Brasil con la Argentina por el predominio en la política internacional del Río de la Plata. Buenos Aires reclamó hasta Bahía Negra y poco a poco fue recortando sus pretensiones. Sobrevivía el Paraguay a la tragedia de Cerro Corá. Ni la Argentina ni el Brasil consideraron funcional el liquidarlo.

            Nuestra historia, desde sus más remotos orígenes, es una lucha constante frente a la naturaleza, a los vecinos, a los hombres. En el siglo XVII, por ejemplo, las limitaciones que soportábamos eran increíblemente grandes y la zona poblada se reducía principalmente al eje que se extiende de Asunción a Villarrica: especialmente los valles del Piribebuy y del Pirayú. El indio hostil, la naturaleza tropical, los lusitanos y el olvido casi permanente de la Corona se confundían para desafiar nuestra voluntad de existir. La llegada de los Borbones al trono de España mejoró la efectividad de los gobiernos españoles. Era natural porque parecía que España entraba, por fin, en la modernidad con Carlos III, tras la decadencia que se había acentuado con la paz de Westfalia. El norte del Jejuí se salvó a duras penas de caer bajo dominio portugués y la fundación de Concepción ayudó mucho a estabilizar en esas regiones la soberanía de Asunción. Francia conocía estos antecedentes para respaldar, durante su larga dictadura, los ingentes esfuerzos que realizó por rodear de límites seguros a su patria. Se construyeron, cuando su gobierno, fortalezas y fortines. Las milicias de frontera fueron armadas y los jefes de las mismas, tenían suficientes medios como para hacer efectiva la defensa del país, de acuerdo con las órdenes estrictas emanadas del mismo dictador, quien las explicitaba hasta los últimos detalles y exigía, así también, minuciosa rendición de cuentas e informes.

            El ejército, cuando Francia, constituía un instrumento al servicio de los fines del Estado. Estaba sometido al poder civil. La superioridad del poder político sobre el militar, sin confundirse los dos, era indiscutible. Los tenientes y soldados debían obedecer porque cumplían el rol de brazo de la patria, nacida del Estado como idea ética en la historia; el ejército formado por el esquema político y social, tenía que asegurar la autonomía del espacio geopolítico donde la República del Paraguay conformaba su propia estructura socioeconómica.

            Por otro lado, funcionaba también un servicio político de control muy efectivo, del cual se hablará más tarde, el que alcanzaba tanto a militares como a civiles, a laicos como a sacerdotes y a habitantes de la ciudad como a campesinos. La cohesión del sistema estaba asegurada dentro y fuera del país por una red de "pyragüés" y de denunciadores que no eran retribuidos en metálico y jamás lo fueron en prebendas. El mismo régimen fomentaba la delación como el primer deber de lealtad para con la patria, lo cual de hecho creó una autocensura que traspasó los lindes de lo imaginable para convertirse como en una segunda naturaleza del paraguayo de la época. No había fronteras para "los ojos y los oídos del Rey" conocemos hoy que llegaban hasta Santa Fe y Buenos Aires, donde recogían información muy útil para el Dictador.

            José Gaspar de Francia blandió como ariete su idea clara de que el Paraguay, formando parte de una comunidad americana, poseía idiosincrasia propia. Que existiese ésta antes de 1811, poco valor tenía para el pensamiento francista, porque sin contrato político y social toda comunidad de conciencias equivale a cero, ya que no ha alcanzado la conciencia de comunidad, categoría que es la de los pueblos civilizados y el momento para comenzar a construir una nación, de donde emergerá el ciudadano que la pueble.

            Nación sin Estado es comunidad sin voluntad de poder y de autoafirmación frente a los demás. Destinada estaría así a vegetar sin futuro y a ser blanco del desprecio de la sociedad política internacional.



POLÍTICA Y OBREROS

IGNACIO A. PANE


            Alcance de esta disertación.- Mi posición: obrerista sin ser obrero.- Los partidos y la cuestión obrera, cuestión biológica de la población futura.- La cuestión y el Partido Nacional Republicano.- Los obreros deben hacer política activa.- La nueva teoría de la reunión con permiso.- El "no meterse en política".- Se hace política ejercitando los derechos políticos.- La limitación del derecho de reunión.- Insuficiencia de la huelga, los partidos, los gremios y los campesinos.- Nuestro socialismo.


            SEÑORES: Como he visto anunciarse por allí esta disertación con el nombre de conferencia, debo, en primer término, desvanecer la prevención que tal anuncio ha podido suscitar.

            Aunque el tema se preste, no he creído de estas circunstancias penetrar en disquisiciones filosóficas ni conveniente la pesada erudición que podría acumularse sobre el punto.

            Lo que vais a oír es nada más que una ligera conversación basada en el buen sentido por toda filosofía, y en dos o tres referencias de autores por todo bagaje doctrinal.

            Toda mi preocupación se concentra en la aplicación rigurosa y sencilla de los conceptos fundamentales del derecho y demás ciencias sociales y en la interpretación racional de nuestra Constitución, con el propósito principal de combatir algunos graves errores que he visto levantarse en el país contra la sana actividad política en general, y en particular contra el derecho de reunión, especialmente en lo que se refiere a los obreros, a quienes también especialmente me dirijo en este momento.

            Ante todo debo recordaros que no soy un neófito de la causa socialista. Soy un viejo camarada de luchas y de ideales, aunque algunos de vosotros me desconozcáis.

            Y, lo más importante como advertencia previa en esta época de desconfianzas tan múltiples como legítimas, no vengo a pediros nada, ¡ni siquiera vuestros votos!

            Por el contrario, vengo a ofreceros algo de mi pensamiento, de mis trabajos mentales. ¡Ojalá aproveche en algo, aunque sea infinitesimal!

            Naturalmente, al tratar de la causa obrera ante la política, o, en otra forma de la política obrera, no olvidaré que pertenezco a una gran asociación política del país, el Partido Nacional Republicano. Pero espero que esto no se tome a mal, del mismo modo que en un congreso internacional no me tomarían a mal que me acordase de mi carácter de paraguayo, o que hablando de animales, recuerde mi calidad de hombre.

            Creo que para referirme a la cuestión obrera no se me exigirá que sea obrero albañil, carpintero o cosa parecida. Y hasta si me lo exigen, creo que puedo ofrecer un título equivalente. No soy capitalista. Nacido y formado en el yunque del trabajo, conozco como el que más los dolores físicos y las penurias morales en la conquista del puchero cotidiano.

            Nadie me puede despojar de este diploma honroso ganado en la lucha por la vida. Por lo demás, para abordar un asunto de tamaño interés social como la cuestión obrera, no hace falta ser obrero. Hasta conviene no serlo en ciertos aspectos. Para muchas cosas útiles se ven mejor los toros desde la barrera.

            Es así como he podido fijar y armonizar mis diversos ideales sociales.

            He dicho que soy viejo camarada, porque he actuado más de una vez al lado de gremios obreros, y porque tengo a mucha honra haber sido, con el doctor Antolín Irala y don Ricardo Brugada, uno de los primeros legisladores paraguayos que han puesto por primera vez a la orden del día del Congreso Nacional el primer proyecto de ley de carácter netamente socialista: el de la jornada de ocho horas. Y esto, ¿por qué?

            Sencillamente, por la razón fundamental de que ya antes de eso había estudiado y comprendido y sostenido la causa de todos los débiles en la cuestión social. Mucho antes, en la última prueba para obtener el instrumento de trabajo del diploma académico, en 1901, quince años atrás, me declaré feminista. He aquí una linda lección al que quiera exigirme que sea obrero gremial para hablar de asuntos obreros, por cuanto nos enseña que se puede ser obrerista sin ser obrero, como feminista sin ser mujer.

            Nada más explicable. En la vida humana el desarrollo y hasta la misma conservación de la vida en todas sus fases no son obra exclusiva del ser individual. Nacemos y crecemos, no gracias al esfuerzo propio o a la acción del egoísmo, sino merced al amor, al cuidado maternal, a la protección paternal.

            Por eso se explica que sea lo más corriente ser más papista que el Papa. Y para ser papista no es menester ser Papa.

            No se trata más que de un fenómeno elemental de la vida social. De ahí que se manifieste no solamente en la sociedad internacional. Si para defender la causa de los débiles fuera preciso ser débil, ¡lucidas estarían Bélgica, Serbia y las pequeñas naciones en general!

            Con la mera indicación de estas sencillas reflexiones, queda demostrada ya una de las primeras tesis que me he propuesto sostener aquí: o sea, que aunque no lo creáis o queráis, los partidos políticos, lo mismo que cualquier individuo patriota o previsor, pueden y deben ocuparse de la cuestión obrera.

            Y si los partidos políticos no se ocupan de vuestros asuntos, ¡peor para ellos!

            Esto no es más que un corolario del mismo derecho y de la misma obligación por los cuales los obreros pueden y deben ocuparse en la cuestión del capital, capitalista y capitalismo.

            La cuestión obrera no es meramente económica en el sentido de los economistas petulantes, es decir, mero problema de producción de la riqueza. Los obreros no sois bestias, ni, mucho menos, máquinas.

            Esta cuestión es vasta e indefinidamente social. Abarca no solamente toda la faz económica de la vida social, sino también toda la faz social de los débiles, mujeres, niños, inválidos.

            Ni es cosa de ayer o de hoy, sino principalmente de mañana. Afecta directamente a la población. La afecta en su aspecto más trascendental, en el de sus energías reservables para el porvenir. Por eso, para mí, la mejor prueba del talento de Roosevelt, el ex presidente norteamericano, está en haber reconocido y proclamado la naturaleza biológica o vital de este problema. Y no hay que olvidar que Norte América no se halla detrás de ningún país del mundo en cuanto al mejoramiento de las condiciones económicas del obrero, con la sola excepción, tal vez, de Australia y Nueva Zelanda.

            No hay necesidad de mucha perspicacia para observar, en efecto, de buenas a primeras, la influencia que puede ejercer en la prosperidad o decadencia de la población futura todo el conjunto de circunstancias materiales que rodean a la procreación actual. Solamente a los ciegos pueden escaparse las funestas consecuencias de la poca o mala alimentación, de la falta de higiene, de la escasez de cultura, etcétera, de los obreros presentes.

            Y eso no atañe únicamente a la demografía general, o sólo al Estado, o sólo a la moral. Atañe, principalmente, a la faz económica de la sociedad futura. A medida que se desenvuelva la actividad industrial en los pueblos actuales, se irá acentuando la superioridad de la calidad sobre la cantidad en el operario. Y eso no será posible con el empeoramiento o el simple estancamiento en las condiciones materiales del obrero de hoy.

            Agreguemos a esto otro cariz notorio de la misma cuestión. No habría cuestión obrera o del salario si no hubiera cuestión del capital.

            En otros términos, la cuestión obrera es, asimismo también, necesariamente, cuestión del capital o del capitalismo. Así resultan el estudio y solución siquiera parcial de esta cuestión un deber elemental en los políticos de todos los partidos, es decir, en los que pretenden ser estadistas o algo más que partidistas.

            Así lo hemos entendido algunos miembros de la Asociación Nacional Republicana, al incorporar la cuestión a nuestro programa de actuación política.

            Con ello seguimos el ejemplo de las naciones más adelantadas del mundo, especialmente de Francia y de Norte América, donde los políticos de uno y de otro bando son socialistas.

            Es justo, pues, no negar al Partido Nacional Republicano el mérito de haberse adelantado en este punto.

            Debemos rendirnos a la evidencia de los hechos.

            No puede decirse que el problema obrero figura en nuestra plataforma política como simple réclame, señuelo o engañabobos. No nos hemos limitado a las palabras, a las lindas promesas. Hemos llevado a la práctica nuestras ideas socialistas.

            Tenemos en nuestro haber una prueba irrefutable: el proyecto de la jornada de ocho horas.

            Entretanto, no son los colorados los que tienen en su débito el resolver la cuestión de huelgas y paros con operaciones de peluquería, o sea rapando la cabeza a los huelguistas.

            Y con esto, señores, no hago oposición, al menos no hago oposicionismo sistemático. No censuro al gobierno.

            Mi objeto es señalar simplemente la sinceridad o seriedad de la actuación política de mi partido desde su reorganización en 1908, respecto a la cuestión obrera, frente a la indiferencia de las cabezas o grandes políticos de los otros partidos.

            Mi objeto es, simplemente, comprobar con hechos, señalar con el índice la realidad de lo que sostengo, o sea la superioridad de mi partido en cuanto a aptitud e inclinaciones hacia la causa obrera.

            Esto mismo se verá mejor tocando otra de las conclusiones que me he propuesto formular aquí.

            El triunfo de la causa obrera no es posible sin hacer política.

            En primer lugar, es necesario, es INDISPENSABLE QUE LOS OBREROS HAGAN POLÍTICA O VIDA POLÍTICA ACTIVA...

            Claro está que si entendemos por política la conspiración o la revolución permanente, la mala administración crónica, la violencia, el abuso, el despilfarro, el latrocinio como normas de gobierno, el oposicionismo convertido en chantaje y tantos otros males que han llovido sobre el Paraguay, habría que huir de la política como de la peste.

            Pero es necesario darse cuenta alguna vez de que ésa no es la política, sino la mala política.

            Prefiero que un rayo me parta en este momento, a pensar un solo instante en recomendaron la mala política que se ha venido desencadenando sobre este desgraciado país.

            La política a que me refiero es otra cosa muy diferente. Es el ejercicio de las libertades proclamadas por nuestra Constitución Nacional y la implantación de las instituciones creadas por ella, en el sentido republicano democrático que tuvieran en vista los constituyentes de 1870.

            Desde luego, hay algunas libertades constitucionales que se llaman políticas propiamente; pero se las entiende muy impropiamente.

            Ellas son la libertad de asociación, la del pensamiento (especialmente de la prensa) y la de reunión, entre otras.

            No son políticas en el sentido de atributivas o exclusivas del ciudadano.

            No. De ellas gozan todos los habitantes de la república.

            Es más: son un deber más que un derecho.

            Su ejercicio es tan indispensable para el imperio de la Constitución Nacional como el aire a los pulmones.

            Sin ellas nos ahogaríamos en la más sombría dictadura, por lo que son políticas en la más alta significación del calificativo.

            Sin ellas, la libertad religiosa, el culto, la locomoción, la propiedad, la justicia, serían palabras vanas.

            Sin ellas no es posible la huelga misma.

            A las pruebas me remito.

            Hace poco, en este mismo año, en esta capital, se ofreció el bochornoso espectáculo de un lamentable abuso de la autoridad, por el cual los obreros iban al fracaso de una huelga a consecuencia de su ignorancia o su renuncia del derecho de reunión.

            Yo no sé a qué constitucionalista hay que atribuir el triste honor de la paternidad de una nueva teoría que hoy corre sobre la libertad de reunión. Lo que sé es que ese constitucionalista no figura entre mis correligionarios.

            Y lo cierto es que puede llamarse nueva, novísima, a esa teoría en todo sentido. Tan peregrina es, que no se le ocurrió ni al que asó la manteca.

            Según ella, tenemos libertad de reunirnos, ¡si la autoridad lo permite!

            Con semejante condición, claro está que todo es libre. Me parece que se puede hacer cuanto venga en gana si la autoridad lo permite. Hasta robar, matar, suicidarse.

            Ni más ni menos, la libertad de imprenta que se acostumbraba en la vieja Turquía. Decía un gran visir a un periodista: "podéis hablar de todo, del sol, de la luna, de los vientos, de lo que os guste, con tal que no os ocupéis en el sultán y su gobierno".


            Así también, con tal teoría, un jefe, político puede decir: "tenéis libertad de reunión, siempre que no alteréis mi orden, el orden que me interesa.

            ¿Me pedís permiso para reuniros? Pues bien, ¡os niego mi permiso!

            ¿Por qué? Pues ¡por eso! Porque me lo pedís.

            El que pide permiso, debe prepararse a que no se le conceda. Si tengo facultad de dar permiso, debo tenerla de negarlo. Si no tengo la facultad de negarlo y me lo pedís, lo que hacéis es burlaros de mí...".

            Y todo esto proviene de que el pueblo no quiere meterse en política. Eso de pedir permiso para reunirse será, en todo caso, cortesía, pero no política democrática, porque hay casos en que lo cortés quita lo valiente.

            Son los casos de la nueva teoría de la libertad con permiso, en que el permiso se niega.

            Claro está que semejantes enseñanzas mal disfrazadas del despotismo o la tiranía no pueden exponerse, difundirse, aceptarse y aplicarse más que en países como el nuestro y la vieja Turquía, en que todo lo dejamos al gobierno, hasta el ejercicio de la libertad individual. Nuestros únicos desahogos cívicos, nuestra única actividad política general suele consistir en promover o dar un golpe de cuartel o en tomar un fusil para una revolución.

            Hasta es explicable. ¿Para qué la Constitución si no queremos usarla, ni estudiarla, ni leerla siquiera?

            ¿Para qué pensar, si otros piensan por nosotros? ¿Para qué examinar y juzgar los actos de legislación y justicia de los gobernantes, cuando eso lo dejamos a los partidos, o más exactamente, a cualquier salteador del poder público?



INTRODUCCIÓN

JUSTO JOSÉ PRIETO


            Desde aquella Cédula Real de 1537 que otorgó a los vecinos de la Asunción la facultad de suplir popularmente las vacancias del cargo del Gobernador hasta el actual Código Electoral, ha transcurrido un largo espacio de esfuerzos por perfeccionar la voluntad popular en cuanto a la designación de autoridades.

            Un niño "que no tuviera malicia" introducía su mano inocente en un cántaro y de allí extraía las papeletas con los nombres de los candidatos a gobernar, para dar cumplimiento a la mencionada Cédula Real. Posteriormente, los atrios de las iglesias son testigos del voto cantado con el cual los vecinos calificados escogían a quienes debían representarlos en los congresos generales. Así surge la primera Junta Gubernativa del 21 de junio de 1811; más adelante se estructura el Consulado con el Reglamento de 1813. Poco después en 1814 y 1816, sendos congresos designan dictador al Dr. Francia, bajo cuya larga tiranía enmudecería la voluntad y la opinión del pueblo, con la supresión de los congresos y traslación de la soberanía a la persona de El Supremo.

            Cuando Francia muere, el pueblo, al grito de "...¡congreso, congreso!..." demuestra que su decisión de participar no había sido enervada. Surge así el segundo consulado y, luego, la Constitución de 1844.

            A partir de esa fecha hasta la Guerra de la Triple Alianza la normatividad electoral se acomoda a las decisiones del Presidente de la República, para vializar sin obstáculos su voluntad política: se disminuye el número de diputados en 1856 y se exige, tanto para ser elector o elegible, la calidad de propietario y "una capacidad regular". En la tercera reforma constitucional de ese año, se modifican las condiciones para el acceso a la Presidencia de la República, de tal modo que puede llegar a ella el futuro mariscal López.

            La tragedia de la Triple Alianza quiebra la historia del país y termina con el sistema autocrático. Será el comienzo de la participación popular y la sustitución del súbdito obediente por la de los ciudadanos hacedores y condóminos del destino. Fueron instrumentos formidables de esa gran revolución cívica, el Estatuto Provisorio de Elecciones del 1 de abril de 1870, la Constitución de ese año y la ley de Elecciones del 15 de diciembre.

            Resulta increíble la adopción de una ley como el Estatuto Provisorio de Elecciones, pues carecíase de todo antecedente histórico. A dicho documento debemos el haberse adoptado el sistema de secciones electorales y el Registro Cívico, la previa inscripción en Juntas Inscriptoras; la fijación de la edad del elector en los diecisiete años, el comprobante de inscripción, las multas por los delitos electorales, las tachas y reclamos en juicio verbal, las mesas receptoras y escrutadoras con miembros insaculados y con naturaleza de "Juez Supremo" y único de este acto, así como su facultad coercitiva, el escrutinio público, etcétera.

            La Constitución de 1870 condensa el espíritu electoral con un celo lamentablemente despreciado en las Cartas Políticas que le sucedieron.

            A esta Constitución se le debe el principio de la inviolabilidad electoral y el de la prescindencia de la autoridad en las elecciones. Dice el artículo 27: "Es inviolable la ley electoral del Ciudadano, y prohíbe al Presidente y a sus ministros toda injerencia directa o indirecta en las elecciones populares. Cualquier autoridad de la Ciudad o Campaña que por sí, u obedeciendo órdenes superiores ejerza coacción directa o indirectamente en uno o más Ciudadanos, comete atentado contra la libertad electoral y es responsable individualmente ante la ley".

            A la Constitución de 1870 se le debe asimismo: la elección indirecta del Presidente y Vice-Presidente de la República; las elecciones independientes para los miembros del Congreso, así como la renovación alternativa cada dos años; la elección inmediata por vacancia de senadores; la prohibición a los ministros del Poder Ejecutivo y a los parlamentarios de integrar la Convención Nacional Constituyente.

            El mencionado Estatuto Provisorio de Elecciones comenzó a regir en ocasión de la elección de Convencionales Constituyentes en 1870. Las libertades permitieron en dicha época el ejercicio de los derechos de expresión, reunión y asociación, aun cuando dichos derechos no se hallaban suficientemente garantizados. Un alto y espontáneo sentido democrático excitaba el espíritu cívico de los flamantes ciudadanos. Éstos, superando rencillas, se unieron para fundar la República, en una constructiva y ejemplar amalgama de legionarios y lopiztas, de espaldas al odio, en pos del futuro.

            De ese modo, el Club del Pueblo, el Gran Club del Pueblo, los dos primeros partidos de la historia paraguaya, se reparten las bancas de la Convención. Cada uno de sus integrantes representaban a una región del país, representación distrital que continuaría siendo efectiva hasta que las nuevas constituciones asumieran la postura centralizadora del distrito electoral único, característica de la normación totalitaria.

            Durante la vigencia de la Constitución Liberal de 1870, la democracia en su faz electoral fue el principio general de comportamiento cívico. Hasta 1936, se sucedieron las contiendas electorales, casi sin interrupción. Muchas de ellas fueron violentas, con protagonistas aguerridos y a veces intolerantes: el instinto que aún primaba en esa época de formación, la ineficiencia de los electores y candidatos jóvenes, todo ello no siempre constituyó un cuadro modelo. Pero fue formativo. Nadie intentó usurpar un cargo. Se intuía que debía jugárselo en una elección. La prensa libre, aunque agresiva, apoyaba a ambas partes. Se sacudían las opiniones, se cotejaban las personalidades. Había desaparecido el silencio cívico que tantas veces se confunde con orden o con paz. Cuatro elecciones anuales en todo el país, como promedio durante la vigencia de la Constitución de 1870, son unos hechos increíbles con los que puede desmoronarse a la afirmación de que en el Paraguay nunca hubo democracia. Los primeros partidos políticos vieron la luz gracias a las disposiciones de la Constitución y de aquellos documentos electorales.

            Con afán de adaptarse a las nuevas concepciones en materia electoral, otras leyes se sucedieron para abrir paso a las instituciones que permitieran la emisión de la voluntad electoral.

            La ley de 1916 establece la representación obligatoria de la minoría, al estipularse la lista incompleta. La ley 323 de 1918 instituye el voto secreto. La ley 702 de 1924 establece el voto obligatorio, con multa en caso de infracción. La ley 878 de 1927 crea la candidatura parlamentaria y 100 para las municipales.

            Las tendencias antiliberales y antiparlamentarias que se iniciaron en la Europa de la década del 20, incidieron en las concepciones electorales del Paraguay. Nuestro pequeño país no pudo soportar los embates totalitarios que como tromba arrasante llegaron a las playas latinoamericanas hacia comienzos de los años treinta. El estado fascista de Mussolini, el corporativo de Oliveira Zalazar, la bota nazi de Adolfo Hitler, la ola socialista del bolcheviquismo y más cercana aún la vibrante falange de Primo de Rivera. Todas estas ideologías tenían un denominador común: acabar con la democracia liberal y con sus principales instrumentos: la consulta popular y el Parlamento.

            El primer síntoma en el Paraguay fue la derogación de la vieja Constitución de 1870, columna vertebral de todas las instituciones democráticas. En 1936, cede su rectoría a movimientos instintivos, nacionalistas a ultranza, exacerbados nacionalmente por la excitación social que provocó la Guerra del Chaco.

            El decreto 152 que invoca las transformaciones totalitarias de la Europa contemporánea, aún cuando fuera una simple declaración, es una sugestiva expresión de una aspiración nacional en busca de nuevos objetivos, pero también de nuevos procedimientos. Una confirmación de ello es que la restauración liberal en agosto de 1937, con la vuelta a la Constitución de 1870, no fueron sino los mil días de un vano intento de revivir la democracia. En 1940, la Constitución que creó la República y a quienes el país debe sus únicos momentos de democracia, caería para no volver a elegir ni siquiera parcialmente a través de sus sucesoras. Con ella desaparece el predominio cívico y, por consiguiente la participación electoral del pueblo.

            La Constitución de 1940, -para algunos Carta Política aún cuando no nos entusiasme esta denominación que confesamos haber usado alguna vez- es la condensación estructurada de aquella concepción antielectoral. Conviene reproducir aquellos párrafos que en torno a las elecciones, se hallan en la Exposición de Motivos que precede al texto oficial de las mismas. "El Parlamento -se lee- debe ser un colaborador (sic) legislativo...". Consecuentemente, en materia electoral señala: "Uno de los puntos esenciales en la organización de la democracia es el sufragio. Una dura expresión afirmaba que el pueblo votaba, pero no elegía. Necesitamos vincular más estrechamente al representante con sus representados, pero no agitar constantemente la República con jornadas electorales permanentes, que azuzen los ánimos por cuestiones de política partidaria. Las elecciones se sucedían con demasiada frecuencia en nuestro país. No pasaba año sin que se agitara a toda la República en un colegio único de votantes, lo cual contribuía a la disgregación y hasta la anarquía. Es preferible tener menor número de elecciones, pero que estén mejor garantizadas y que se realicen con mayor pureza.

            La frecuencia excesiva de elecciones da nacimiento a una clase especial de políticos profesionales, que no son precisamente los estadistas que necesita un país, consagrados de lleno a la vida de la nación y del Estado, sino caudillos que hacen valer su influencia en razón directa de la masa de electores que pueden mover. Por la nueva Constitución, cada quinquenio deben realizarse elecciones generales, que constituirán verdaderos plebiscitos, para la designación de las altas autoridades de la nación y para facilitar la formación de gobiernos apoyados en una fuerte mayoría".

            En el propio texto del 40 queda suprimido aquel artículo 27 de la Constitución del 70: "Es inviolable la ley electoral del ciudadano, y se prohíbe al Presidente y a sus Ministros toda injerencia directa o indirecta en las elecciones populares". Como consecuencia histórica, el dictador Morínigo mantiene la tregua política dictada por el general Estigarribia, disuelve el Partido Liberal en 1942, cuando convoca a votaciones para poder continuar en el cargo, impone el artículo 10 en el Decreto Ley 16447, que dice: "Queda terminantemente prohibido agitar a la opinión pública o dividir a los ciudadanos, en ocasión de los actos convocados, con prédicas sectarias o partidistas".




INTERPRETACIÓN DEL PARAGUAY

JUSTO P. PRIETO


            La geografía, la raza y la historia constituyen el triple índice para la interpretación de la vida, desenvolvimiento y destino de los grupos humanos. La economía y la cultura son los productos fundamentales de aquellos factores, y con sus derivados forman la estructura social de la comunidad.

            Si la vida de la nación puede dividirse en ciclos vitales, como la del hombre, cabe decir que históricamente el Paraguay llegó a su mayoría de edad en 1811.

            Aparentemente, tuvo fin, entonces, la vida colonial, pero en realidad la nación quedó aún fuertemente ligada a su pasado. El nuevo régimen mantuvo siempre el sistema feudal, que en América se denominó colonial.

            En efecto, el aprovechamiento abusivo de los recursos naturales y del hombre apareció, no ya como sistema organizado, pero sí en las manifestaciones prácticas de las instituciones, aún después de la vigencia de la Constitución democrática y liberal de 1870. Económicamente, la irracional explotación de esos recursos disminuía el potencial de la nación y, políticamente, el hombre era explotado en su aptitud cívica.

            Desde entonces a hoy, sus gobernantes fueron exponentes de su época respectiva, de las fuerzas de avance o retroceso que los han solicitado en direcciones antagónicas, y entretanto han realizado lo que las circunstancias personales, sociales o culturales les han permitido.

            La guerra de la Triple Alianza reveló al ciudadano la noción de sus problemas, pero él no adquirió con ello la capacidad de darles solución. El país se encuentra hoy en el punto crítico de la entrada a la madurez, que le impone adoptar una orientación definitiva para realizar sus destinos y asumir el papel que le corresponde en la armonía continental.

            Es evidente que el Paraguay es el país de mayor experiencia histórica en la América Hispana, como resultado de sus azarosos acontecimientos, de su misión realizada y de su influencia ejercida desde la época en que fue "amparo y reparo de la Conquista". Esa experiencia debe traducirse en la conservación y el ejercicio de su personalidad, de suerte que la frustración de la hegemonía política que la Provincia Gigante ejerció tempranamente, se compense con una suma de bienes obtenidos por nuevos planteamientos.

            Un breve examen de conjunto de los elementos de la estructura nacional nos mostrará que las miras del Paraguay, mientras un reajuste de fronteras no lo saque de su mediterraneidad, no pueden ser las de una potencia marítima o las de un país de dilatada superficie. Su posición mediterránea, no obstante, le señala un destino excepcional.

            Cada país: Inglaterra, Estados Unidos, Suiza, México, el Brasil, la Argentina, Francia, o cualquier otro, forjan su destino de acuerdo con sus elementos nacionales: población, territorio, tradición. El Paraguay debe forjar el propio, previo un inventario de los suyos, considerados cuantitativa y cualitativamente. Querer forzar un destino o una aptitud, es tan falaz y absurdo en los hombres como en las naciones. No ver el camino que se extiende hacia adelante y perder las oportunidades, son ceguera e irresponsabilidad.

           

            El Padre Fidel Maíz, al referirse al Tratado de la Triple Alianza que concertaba la repartición de dos terceras partes del territorio entre dos de los vencedores, denominó al Paraguay la Polonia sudamericana. El ilustre sacerdote había vivido intensamente tres períodos de la vida nacional: el de organización, el de la destrucción y el de medio siglo de anarquía y reconstrucción.

            Posteriormente, en las ardientes polémicas entre Paraguay y Bolivia, en que ambas naciones anticipaban la guerra con batallas de Cédulas reales, la propaganda de este último país sostenía que polonizar al Paraguay era un imperativo sudamericano.

            Estas voces deben despertar a la nación de su letargo culpable y hacerle volver los ojos hacia sus elementos sociológicos, en busca de una orientación firme y definitiva para el futuro.

            La existencia de un país se manifiesta en la política interna y en la externa, como la del individuo en su vida personal y en la de relación. El Paraguay debe, pues, ser analizado en su soberanía política y en su personalidad internacional.

            Los dos atributos están inexorablemente condicionados por los países que le rodean.

            El Paraguay está flanqueado por tres países de más territorio y de mayor población que él: la Argentina, Bolivia y el Brasil. En un momento dado, un país grande y fuerte puede desarrollar influencia y preponderancia que hagan peligrar la suerte de los países pequeños -como lo ha hecho Alemania en Europa-, máxime cuando al revés de lo que ocurre con esa potencia, no existen en la proximidad de los países poderosos, fuerzas más eficaces que puedan vigilar el efecto de sus determinaciones. Además, el Paraguay no es dueño de su vía de comunicación principal y natural con el exterior: el río. La apertura de rutas aéreas no solucionará este déficit geográfico, por cuanto el recurso de la aviación estará en relación directa con todo el potencial nacional. Entretanto, desde la independencia hasta ahora, el Paraguay es un campo de batalla diplomática en que los grandes países vecinos procuran obtener privanza y preeminencia, con resultados que están en razón inversa a la mayor o menor responsabilidad de los gobiernos paraguayos.

            Un país así bloqueado, fuerza es confesarlo, es teóricamente soberano, sólo teóricamente (1).

            Sin embargo, esto no debe constituir un motivo de desesperación. La soberanía no se adquiere ni defiende solamente con las armas, con préstamos y arriendos, ni con exégesis de la Constitución, de la Historia o de las Cédulas reales. Lo más importante, por lo demás, es no jugarla en los entreveros americanos, con la posibilidad de perderla.

            Tampoco ella reside solamente en el territorio inerte en aras del cual se sacrifican las otras fuentes de la soberanía: la población y las tradiciones. Cuando el concepto de patria sea menos bárbaro y más humano, se encontrará su más profunda expresión (más que en la tierra y en los hombres armados que la invocan) en el maestro, en el estudiante, en el agricultor, en el proletario, en los que por querer mejorar sus condiciones espirituales, son arrojados al exilio -en una palabra- en el hombre común, supremo titular y directo responsable de la salvaguarda de todos los derechos y privilegios inherentes a la civilización.

            En el mundo actual hay un hecho que se pretende elevar a teoría política, y es el nacionalismo desnaturalizado. El hecho está tan lejos de la doctrina como una moneda falsa lo está de la verdadera. Nada tiene que ver con la exaltación de los nobles atributos de la comunidad, siendo por el contrario un programa de explotación de los sentimientos primitivos de las masas en provecho de particulares ambiciones de mando y de riqueza. Ese falso nacionalismo es tan pernicioso cuando se inicia dentro de la nación como cuando nace a su rededor. En todos los casos los argumentos habituales son las armas, y la catástrofe es inevitable.

            Sólo las fuerzas morales serían capaces de evitarla si no fueran enervadas, fatalmente, por las circunstancias que erigen en principio la obediencia ciega al Estado, y olvidan que las condiciones de la democracia existen únicamente en la interdependencia entre el gobernante y el pueblo.

            Si se piensa en las causas provocadoras de la guerra contra la Triple Alianza no se las encontrará en el equilibrio del Río de la Plata, sino en la agresividad del nacionalismo de uno y otro bando.

            Por eso, frente a esta modalidad de los tiempos, que subsiste a pesar de que la guerra mundial la ha declarado prácticamente en bancarrota, se levanta el americanismo, que es una norma más permanente de convivencia internacional compatible con el verdadero nacionalismo, reconocido como virtud indispensable que contribuye a unir a todas las naciones en un sentimiento de solidaridad.

            La historia-propaganda que sirve de base a las minorías intelectuales para tentar influencias en la política, no sirve como criterio de orientación. El lopizmo no satisface al pueblo por su ausencia de doctrinas y porque los sobrevivientes de la guerra recuerdan aún los horrores de la tiranía; el antilopizmo tampoco, porque recuerda el "porteñismo" y el "legionarismo". La historia patria como criterio de vida cívica debe estimarse según la fórmula de Manuel Gondra: su aceptación total con todos sus aciertos y con todos sus errores.

            El orgullo nacional debe fincar, como un imperativo paraguayo, en lo interno: menos en las glorias militares, que en la verdad democrática y en la cultura moral y científica; y en el orden internacional: menos en pensamientos de hegemonía, que en la idea continental y en el estímulo de los sentimientos e intereses universales.

            Este dilema corresponde al que queremos plantear como destino y función para un país que por su pequeñez territorial, por su posición geográfica, por su raza bien caracterizada y por su tensión histórica, ocupa y está obligado a ser, realmente, el corazón de América: o el Paraguay se expone a ser lo que dijo el Padre Maíz -Polonia- o será una comunidad respetada, necesaria e indispensable: la Suiza americana.



(1) Esta situación ha sido expuesta con la solución de la neutralidad perpetua en una conferencia pronunciada en el Instituto Popular de La Prensa, el 11 de octubre de 1946, con el título de El problema del Paraguay Mediterráneo.






IDEOLOGÍAS Y REALIDAD HISTÓRICA

MARIO RAMOS REYES


            El pensador alemán Max Scheler decía que era imposible que existiera un ser humano sin alguna ideología como una visión, una interpretación -real o mítica- del mundo y de las cosas. Era imposible vivir sin ciertas convicciones sobre la realidad que nos rodea. Sobre los hombres, los valores y, en fin, sobre todas las manifestaciones culturales que hacen a nuestra vida. Era imposible la neutralidad humana; siempre cargamos con nuestra formación educativa. O deformación, en el más triste de los casos.

            Por eso, toda sociedad es portadora de convicciones fruto de un tiempo y de una realidad geográfica o de un nivel económico que condiciona -aunque no determina- la manera de ver y valorar las cosas. Además, una sociedad es muchas veces garante de ideas que han tenido vigencia a lo largo del tiempo y que pretenden seguir teniéndolas más allá del mismo.

            Quiere decir que dichas convicciones ideológicas buscan mantenerse más allá del momento histórico en que nacieron. Hacemos esta reflexión previa porque, a pesar de su aparente abstracción inútil y fastidiosa, resulta sorprendentemente valiosa para analizar algunos aspectos que hacen a un posible futuro debate ideológico de cara a la Constituyente. Decimos posible, porque puede ocurrir que el mismo sea ahogado por las manipulaciones partidarias e inmediatistas, tan a tono con la limitada lucidez intelectual de algunos políticos.


            LA NO CRISTALIZACIÓN DE LAS IDEOLOGÍAS    


            Toda ideología nace -desde su conciencia, tal como en el siglo XVII- como respuesta a una cuestión social. Y aunque el objetivo social tiene varios significados, lo cierto es que lo más común es su referencia a las relaciones que se dan en el intercambio de bienes económicos, en la realidad de los agentes en el mercado de las clases estructuradas en relación a la producción y la distribución de bienes.

            Por ello, decir social es decir cuestión humana de relacionamiento con las cosas. Rousseau lo entendió muy bien al denominar Contrato Social al texto básico de origen de la sociedad política. Y como toda cuestión social, está inserta en el tiempo; no es la misma relación de producción entre feudales y burgueses en época absolutista que el régimen de tenencia de la tierra en la época de la revolución industrial, por ejemplo.

            Asimismo, la cuestión social varía de una región geográfica a otra, de un continente o nación a otros. Es una realidad con un rico dinamismo, la cuestión social del siglo XVIII en Francia es distinta que en la Inglaterra del siglo XIX, y la cuestión social en el Paraguay colonial es diferente que la del Paraguay contemporáneo. El tiempo da unas notas distintivas que impulsan a "repensar", a pensar de nuevo desde otras coordenadas históricas, los principios de la solución de cada ideología para la cuestión social.

            Pero adviértase bien, la toma de posición histórica respecto a una cuestión social de una ideología en particular, no quiere decir manipulación de sus principios, sino "aggiornam ento" de los mismos, ponerlos al día ante la aparición de una problemática más compleja y actual.


            DINAMISMO DE LAS IDEOLOGÍAS


            Las ideologías, fruto de la comprensión del hombre de la realidad, "caminan y viven" con él y, sin fraccionar sus intuiciones fundamentales, van creciendo y profundizando sus principios en base a las experiencias históricas. Es que el hombre no es -al decir de Ortega- un perro que nace y muere con sus mismas manchas, sino que va creciendo interior y exteriormente asumiendo su destino con inteligencia y apertura hacia la realidad.

            Recuérdense sobre esto último solamente dos encíclicas que, sin ser portadoras de ninguna ideología en particular, sino de enseñanzas del magisterio ordinario de la Iglesia, respecto de cuestiones sociales, enfocan situaciones distintas encarnando en ellas sus principios permanentes: en 1891, León XIII enfrenta la cuestión social, que era entonces la situación obrera, y en 1988, Juan Pablo II con la "Sollicitudo Rei Socialis" se enfrenta a la actual situación financiera internacional; ambas realidades, el menosprecio de los derechos obreros a fines del siglo pasado como la situación de injusticia por la actual problemática financiera -la deuda externa, por ejemplo- resaltan dos tiempos de menosprecio a la dignidad humana por parte de las estructuras de poder.

            Dentro de esta línea de pensamiento creemos que las ideologías no deben encerrarse dogmáticamente en sus principios, sino tratar de encarnarlos en la realidad del tiempo presente. No se pueden defender principios ideológicos liberales, como la propiedad privada, por ejemplo, e interpretarlos sola y exclusivamente desde una única perspectiva, la del que tiene la propiedad de la cosa.

            Derecho a la propiedad privada también significa -y lo vemos hoy con experiencia histórica- el derecho de poseer algo que aún no se tiene efectivamente. Dar un solo sentido rígido a ciertos principios que son válidos, desde luego, pero sin matizarlos y conciliarlos con la realidad histórica, es ser miope ante la realidad.

            La larga experiencia de Occidente utilizó la analogía como una manera de interpretar la realidad sin rigorismos: se es socialista, pero no de una sola manera rígida, lo que sería algo unívoco y dogmático, sino de varias maneras, hay varios socialismos y no uno sólo. Asimismo, sería muy arbitrario sostener que existe un solo liberalismo y no varios, aunque todos provengan de ideas matrices comunes.

            Todo sería muy útil de tener en cuenta para llegar a un consenso constructivo en el debate ideológico de la próxima Constituyente. Para que la misma no sea un campo de batalla de dogmatismos ideológicos o partidarios cerrados, en donde se diriman las cuestiones vitales para nuestra patria a través del voto político o la aplanadora partidaria. De cualquier signo que ésta fuere.

            No se puede entrar a la Constituyente dejando la propia ideología a la entrada del recinto -sería absurdo-, pero tampoco se debe asistir con obsesión y rigidez a un enfrentamiento estéril, sino tratar de encontrar acuerdos que, sin menospreciar los grandes valores cívicos y morales, hagan posible la convivencia democrática para los próximos años.




FILOSOFÍA Y EDUCACIÓN

MANUEL RIQUELME


            No existe ninguna concepción educativa que no se base fundamentalmente en la formación del hombre, ni filosofía alguna que no haya sido planteada en el hombre o frente al hombre. He aquí dos problemas, el filosófico y el educativo, en íntima conexión.

            La pedagogía, que es la tecnología, diremos, de este problema educativo, tendrá que ser, de igual modo, filosófica. En este mismo proceso, la educación plantea sus problemas con dos factores, uno real que es el ser y otro ideal que el debers ser; el uno es sujeto de educación, el otro el objeto que se persigue al educar al ser.

            En la solución de estos problemas antitéticos se presentan dos posiciones: la tesis, cuanto más se gira sobre el ser, el problema se vuelve más psicológico, más íntimamente biológico y, por lo tanto, metodológico; la antítesis, cuanto más central es el deber ser el problema asume carácter ético y teleológico.

            Hay una relación forzosa entre ambos problemas pedagógico y filosófico, y a medida que las ideas filosóficas ofrezcan nuevos puntos de vista sobre la concepción del hombre y del mundo, más se estructura la educación en la filosofía.


            ANTECEDENTES


            Pero la relación de ambas disciplinas no es nueva. Ya en los primeros ensayos de sistematización pedagógica en la antigüedad, encontramos aspectos bien definidos de tal vinculación.

            De esta estrecha relación pedagógico-filosófica habla Natorp (1), al afirmar que ya en los antiguos sofistas, a quienes corresponde la gloria de haber elevado la educación, por vez primera, en el mundo cultural del occidente, a problema de una investigación propia, se reconoce la tendencia interna a mantener esta relación, aún cuando sus propósitos se dirigían a acomodar la filosofía más a las necesidades de la práctica que ésta a los postulados de la filosofía.

            Ya Pitágoras había sostenido la identidad de sus ideas filosóficas con la concepción práctica de su pedagogía. El alma es para él una emanación del principio universal. La virtud, la justicia, la amistad, son los más elevados sentimientos de la personalidad que vinculan al hombre con Dios, principio de su teoría numérica y fin de toda educación moral.

            Pero es a Platón a quien debemos atribuir la constitución total y verdadera de la educación a base de la vida social del hombre, que no es sino la filosofía aplicada a la práctica. La tendencia general de la filosofía griega fue, desde luego, la construcción de sistemas metafísicos, con derivación de una serie de reglas morales prácticas para regir la conducta humana. No se reducía al campo de la pura abstracción, sin llegar a una fórmula que concretase un principio o un resultado. Así Platón formuló su doctrina pedagógica dando por base los siguientes puntos, que no fueron extraños a su propia filosofía: la naturaleza de las cosas, la naturaleza humana, la de la virtud y la del Estado. El hombre debe llegar a ser la fuerza suprema, "la tendencia a la verdad". Esta fuerza debe penetrar a través de toda la vida humana. En moral y en política el individuo es sacrificado totalmente al Estado (2).

            Sócrates, por su parte, indicaba además de una finalidad ética en la educación del hombre, una posición lógica para esta finalidad. El método socrático no es sino una dialéctica del pensamiento. Su moral, una dialéctica de la acción. Todo conocimiento, aun el teórico, es a la vez auto-conocimiento, instrucción de sí mismo e instrucción recíproca. De aquí que el propio conocimiento necesite de la mayéutica para nacer. Filosofía, en Sócrates como en Platón, significaba no sólo espontaneidad y comunidad, sino también diálogo.

            Aristóteles concibe igualmente la pedagogía dentro de su teoría del Estado (3). La moral está estrechamente unida a su concepción política, pero ambas muy separadas de su sistema filosófico, razón porque "su pedagogía representa tan sólo un complemento muy modesto de aquel sistema". Esto no quiere decir que la relación no exista; por el contrario, desde entonces, la pedagogía "nunca ha podido romper este enlace con la filosofía".

            La historia de la educación nos muestra que cuanto más profundamente se ha despertado el interés por los problemas filosóficos, la pedagogía se ha inspirado más íntimamente en ellos. La doctrina pedagógica de Comenius ha sido tachada como carente de fundamentos filosóficos. No obstante concibió su pedagogía en la teoría aristotélica de la cual era tributaria toda la disciplina intelectual de la época.

            Locke no fue tradicionalista en filosofía como lo fue Comenius, pero su espíritu filosófico no logró penetrar sistemáticamente en su pedagogía, a pesar de su capacidad para construir todo un sistema original y propio.

            Rousseau buscó, de un modo más definido, el engarce de su teoría educativa en su filosofía social. Su concepto religioso y ético es el mismo que informa el sentimiento en la educación del "Emilio".

            Pestalozzi dio fundamentación social a la vida real y a la actividad humana, mostrando de inmediato una tendencia a la unificación de la pedagogía con la moral. Su pedagogía fue estimada como paralela a la filosofía kantiana, porque en ambas hay el espíritu de un verdadero idealismo. Pestalozzi, más intuitivo que filosófico, pudo penetrar profundamente los más elevados problemas de la naturaleza humana, pero no tuvo capacidad de crear una base científica a su teoría de la educación. No obstante, en él concurren todas las direcciones y de él nacen todas las tendencias (4).

            Herbart fue el primero que dio a la pedagogía una fundamentación profundamente filosófica. No la concibió, como Locke, en un aspecto o complemento de su filosofía; la unificó substancialmente con ella, considerándola parte integrante de su sistema constructivo. No obstante, su fundamento no fue, dentro de la concepción kantiana, totalmente filosófico, pues sólo consideró la ética y la psicología. La lógica y la estética rebasaron la relación pedagógico-filosófica de su doctrina (5).

            Es el pedagogo moderno por excelencia, pues nadie como él estructuró la pedagogía con más firme e inseparable fundamentación filosófica. Su sistema se impuso a todos los educadores, en su época, y, a pesar de su período de decadencia, aún sigue ejerciendo cierta determinada influencia en los educadores filosóficos.



(1) P. Natorp: "Filosofía y Pedagogía".

(2) Platón: "La República".

(3) Aristóteles: "La Política".

(4) L. Luzuriaga: "Las nuevas tendencias de la pedagogía alemana".

(5) Herbart: "Pedagogía General".





CÉSAR GARAY (Homenaje)

JOSÉ MARÍA RIVAROLA


            DOCTOR CÉSAR GARAY

            "A su pedido, ha dejado de formar parte de la Corte Suprema de Justicia el doctor César Garay.

            Esta revista ha publicado numerosos fallos que contienen su voto, siempre erudito y fundado, en numerosas cuestiones judiciales, la mayoría de ellas, de amplia trascendencia en el campo institucional.

            Su voto, a veces compartido por sus colegas, y otras veces aislado, representó siempre una opinión independiente, de alto contenido ético, fundado en la ley, en los principios generales del derecho y en las garantías que consagra la Constitución Nacional.

            Ningún profesional puso en duda, jamás, su probidad. Nunca su nombre apareció mezclado en soluciones extrajudiciales. Su presencia en la Corte fue garantía de honestidad y amparo del patrimonio moral y material de los paraguayos y extranjeros que habitan el territorio nacional.

            El doctor Garay ha honrado a la magistratura. La dirección de esta revista interpreta la opinión de los abogados del foro y de toda la opinión pública cuando destaca la labor cumplida en la alta Corte de Justica por el brillante jurista y profesor de Derecho Constitucional, espera y desea que sus páginas se honren con las colaboraciones que le han sido solicitadas. Estima que en esta otra etapa de su vida, desde la tribuna de "La Ley", podrá continuar aportando las luces de su inteligencia y su saber a la causa de la administración de la justicia paraguaya, y a lograr que la Corte Suprema asuma el rol de poder político, que le asigna el moderno Derecho Constitucional, que la constituye en celoso guardia y centinela del cumplimiento de la Constitución Nacional".


REVISTA LA LEY

 

            Cartas al Director

            "Hoy que deja la Corte Suprema de Justicia, puedo rendir, sin sonrojos ni sospechas de interés, mi público mensaje al Dr. César Garay".

            "Hace tiempo que venía observando con admiración el valor moral y conceptuoso de este juez que no se dejaba arrastrar por ninguna mayoría, sino que escribía sus sentencias derivándolas de la ley la apreciaron honrada de la prueba".

            "Algunas veces sus colegas se adherían a sus juicios; otras formaban mayoría en su contra, o lo dejaban solo, sin alterar por eso la substantiva autoridad y fuerza de sus votos que se manifestaban en rotundas disidencias. Si alguna vez se desea conocer una docta y libre elaboración jurisprudencial de este período, habrán de compilarse y dar a luz estos minuciosos votos tantas veces solitarios".

            "Cualquier profesional tenía acceso a su despacho para pedirle la atención de un asunto dentro del más estricto respeto por su independencia de criterio. Como su laboriosidad era incansable y no le torcían la vacilación, el temor o el compromiso, al poco tiempo se sabía que sus elaboraciones iníciales se habían pasado a la consideración de sus colegas".

            "Me atrevo a decir que nadie osó pedirle un favor retribuido. Las murmuraciones verdaderas o falsas que llenaban los pasillos tribunalicios, nunca lo incluían a él. Pasaba caminando atildado, orgulloso, erguido y limpio sobre las miserias y bajezas".

            "Tal vez haya sufrido la presión política de abrumadora injerencia en el medio; pero no se sabe que a ella hubiese sucumbido; no traicionó la palabra, ni el sentido de la ley, ni arrumbó expedientes para negar justicia. Acumuló el respeto que deriva del capital moral, el único patrimonio excelente para un juez, el que le concede autoridad casi demiúrgica de apreciar y decidir no sólo sobre el patrimonio de los hombres, sino sobre su familia, su intimidad, su honor y honestidad".

            "Una vez, queriendo descubrir una constante de su conducta, le dije: ‘Usted está respaldado y comprometido por la memoria de su padre’. Rinde sagrado culto al recuerdo de su progenitor, Eugenio Alejandrino Garay, el mitológico anciano de los bosques sangrientos y sitibundas arenas muertas de la guerra del Chaco. Quedó caviloso; tal vez no quiso mencionar su costo en celos, renuncias y simulados olvidos".

            "Le expreso mi homenaje en este tiempo de quiebra moral, así como ya una vez, en las herméticas páginas de un expediente que debía ser conocido por sus pares, tomé el verso de un vate universal para decirle a este juez: Luces en la noche como un brillante en la oreja de un etíope."


            Dr. José María Rivarola Matto




ORÍGENES DE LA VIOLENCIA

JOSÉ MARÍA RIVAROLA MATTO


            Si rastreamos en la historia y aun en la protohistoria, nos encontramos con que siempre hubo violencia. Luchas individuales, colectivas, guerras, paz transitoria y ciclos que se reiteran una y otra vez, a pesar del cambio de forma de las contiendas y las armas.

            Si encontramos una suerte de regularidad en las confrontaciones de todos los tiempos, es atinado buscar una causa que precipita los conflictos, o una serie mayor de ellos.

            El presente ensayo se enfrenta con una serie de causas que evidentemente originan las contiendas y tratándolas fácilmente se llega a la conclusión de que todas ellas, de un modo o de otro, son eficientes para desencadenarlas, pero que ninguna de tales causas, por sí solas no las explican todas, o la mayor parte de ellas.

            Hablamos de la agresividad como particularidad de las especies vivas, buscamos motivos irracionales, racionalizamos los hechos después de sucedidos; necesitamos descargar energía, analizamos las causas de las guerras, entre los primitivos, los animales, los insectos. Acudimos a factores psicológicos, demográficos, económicos, etcétera. Repetimos: todos son causas de algunos hechos, pero no de todos, ni siquiera de una mayoría.

            Nuestros variados análisis nos han llevado por las sendas más dispares. Hemos meditado sobre la naturaleza de la violencia y las pulsiones que la provocan. Como aquí no se puede abarcarlas todas, hemos buscado una síntesis que si no explica todo el panorama, nos abre una senda para pensar. Es el convite más tentador que puedo hacer al pueblo paraguayo.

            Para nuestro atrevido juicio, debemos pensar en nuestros orígenes biológicos para encontrar una pista que se pueda generalizar. A partir de la primitiva bacteria -3 000 millones de años atrás- estos microscópicos seres vivos nacían, crecían, se reproducían y morían. La evolución de las especies fue desarrollando y haciendo mejores a los insectos y animales que lograban sobrevivir, en el mar, las costas de las mareas o las tierras. Mas el crecimiento de estos minúsculos y posteriormente más grandes seres en un planeta ya ocupado, se realizaba a costa de los que ya les habían precedido, es decir, el insecto más fuerte, a costa del espacio del más débil, y éste empujando al de más allá, en procura de alimentos o de simple lugar.

            Todas las especies crecen a costa del espacio ya habido por otros, sean estos gaseosos, líquidos o sólidos. El espacio completamente vacío parece que no existe en el Universo. Por lo menos hay un átomo en cada decímetro cúbico del mismo, sin considerar las partículas y aún fotones que los cruzan en todos los sentidos a velocidades de la luz.

            Si crecemos como energía biológica o física a costa de espacio ya ocupado, es creíble que los mínimos corpúsculos se empujen y aparten.

            Tal es el origen de la agresividad, principio de la violencia. El natural aumento de la agresividad para vivir, termina en la violencia irracional.



COMUNICADO No 633

Dr. Víctor Rojas - Ministro de Guerra y Marina


            A las doce horas ha cesado el fuego en el frente de operaciones. La guerra victoriosa ha terminado. El Pueblo que supo ganarla puede continuar seguro su ruta de progreso, mientras las instituciones armadas que han sabido cumplir con la patria y su deber, arman pabellones sobre la grandiosidad de sus triunfos y sublimes sacrificios.


            Asunción, 14 de junio de 1935.



MODELAR LA VIDA

JOSÉ ISIDRO SALGADO


            Todos hablamos de modelos: modelo de educación, modelo de democracia, modelo económico, empresas modelo y hasta escuela de modelos. Los hechos de cada día dan para todos los gustos de modelaje.

            La verdad es que a todos nos preocupa el modelo de persona que hay en el trasfondo de estos modelos y desde luego el modelo de vida que cada uno adopta.

            Algunos han roto el molde y otros estilos de vida son francamente sin molde. ¿Será que la vida puede modelarse? ¿Y quién es capaz de modelar la vida de cada uno?

            A la hora de modelar, unos piensan que hay que poner muchos elementos, muchos colores y muchos matices, una tarea casi de pintores con sus luces y sombras; otros piensan, más bien, en eliminar aquello que sobra del modelo que tiene en mente el escultor.

            Nosotros queremos poner en este rincón unos pensamientos que ayuden a modelar la vida. El pensamiento como instrumento, como medio y como fin.

            El pensamiento universal, de hombres de distintas nacionalidades, clases sociales, culturas, pueblos, en esas dosis pequeñas que son frases y dichos, proverbios y aforismos que cada uno pueda usar como mejor le convenga, hasta para pensar lo contrario o tirarlo a la basura.

            Otros se encargan de "moldearnos" y "masajearnos" a su gusto y a veces a nosotros nos satisface, nos distrae o simplemente nos entretiene. Las armas que emplean para esta tarea pueden ser de cualquier calibre y todo vale en el juego.

            Nosotros queremos apuntar pensamientos, hasta desordenados, para que esa realidad de muchas caras encuentre en los espejos de cada cual, la imagen que quiera de sí mismo.

           

            "La vida es un trabajo que es necesario hacer de pie".

            Alain.


            PERSONAJES O PERSONAS


            En el gran teatro del mundo, cada uno tenemos nuestro papel y cada quien lo representa a su modo. Hasta hace poco existían verdaderos personajes cristalizados por un sistema político, al igual que hoy pueden existir otros acuñados en el nuevo sistema.

            Nos referimos a ese estilo tan impersonal que a veces tiene un policía o un soldado, un líder político o un trepador, un nuevo rico o la señora de moral distraída, el burócrata o el contrabandista.

            Pareciera que ciertos trabajos o profesiones proveen de una máscara y con ella se vive y se actúa. A pesar de que la palabra persona proviene de una griega que significa justamente la careta que se usaba erg el teatro para distinguir a los personajes.

            Nacemos individuos, nos tenemos que hacer personas cada uno y por el camino nos quedamos en personajes, a veces de novela, sin llegar a desarrollar nuestra personalidad propia y exclusiva.

            La función de aquella careta era distinguir al personaje por sus facciones y servir de megáfono para prolongar la emisión de la voz. Por ahí, podemos captar lo que será una persona, cuando entramos en un proceso de identificación propia, que a la vez nos distingue de los demás, donde nuestra palabra juega una tarea principal. El personaje es un estereotipo repetido por imitación, con una buena carga de vacío propio.

            Frente a tanto personaje nefasto, la hora de la personalización pasa por hacernos conscientes de lo que somos, de nuestras capacidades, dignidad, de la armonía, del conjunto de elementos que nos constituyen. Ser persona es afirmar con hechos y dichos que somos únicos e irrepetibles, inabarcables, llenos de posibilidades, que no somos un número ni objeto de cuantificación. No podemos negarnos a ser lo que realmente somos.


            "De un hombre se puede hacer un policía, un soldado. ¿Por qué no se podría hacer un hombre?"

            Pintada en La Sorbona, mayo, 1968.


            UN HOMBRE PELIGROSO


            Hace unos años, la revista neoyorquina "Time" declaró hombre del año a un robot. Si nosotros tuviéramos que declarar hombre del año, es muy posible que no nos inclinemos por un dirigente sindical, sino más bien por un ejecutivo, un político; no por un campesino sin tierra, sino por un banquero; no por una mujer sencilla del campo, sino por una modelo.

            Aquí hay algo realmente peligroso y sorprendente; se trata de definir al hombre desde su propio invento y desde su propia experiencia. Aquello de anteponer la existencia a la esencia. Ahora resulta que un ejecutivo, un político, un banquero o una modelo, por el hecho de ser tales, pueden ser el hombre del año, casi como el robot.

            En esta nuestra era de la computación no han faltado comparaciones entre el hombre y el computador, y quizás en la mente de muchos reformadores sociales, desde la educación hasta la economía, lo que está en juego es un computador más o menos sofisticado.

            Hay una especie de jerga ilustrada que estamos dejando de lado en nuestro discurso; el hombre como sujeto, libertad, historia, inteligencia que siente, ser para el encuentro, ser-con-los-demás; parecen antiguos modos de hablar sobre un hombre que ya no existe, ni en el diccionario.

            Hablar de identidad, razones para la esperanza, posibilidades de entendimiento o hambre y sed de justicia, son preguntas sin sentido, ya que sin sentido son las cuestiones que no se pueden responder.

            Nos estamos quedando con un nuevo hombre, ahí en el fondo de nuestras perspectivas, que es una inteligencia sin historia y sin moral, sin recuerdos y sin culpabilidad y esto es lo peligroso.

            La computadora no necesita recordar, ya que no olvida nada, tiene determinada memoria, pero no tiene recuerdos. Este hombre peligroso sólo recuerda el éxito, no los fracasos. Lo que humaniza es lo que la máquina no puede recordar. Necesitamos recuperar buenos trozos de nuestros recuerdos para no repetir historias pasadas. Perdonar sí, pero no olvidar.

            Que nuestro hombre no sea solamente el de nuestros experimentos, sino el de nuestros recuerdos y nuestras auténticas esencias.


            "Yo prefiero comparar al hombre con un computador (...) Dudo que se le ocurra a nadie la idea de que un computador posea un alma inmortal".


            S. W. Hawking




ÍNDICE


PRÓLOGO

EL MATERIALISMO HISTÓRICO EN EL PARAGUAY

EL CONCEPTO DE "CRISIS"

ADVERTENCIA

EN LA TRANSMISIÓN DEL MANDO

NO MINTÁIS*

RESPUESTA A AURELIO DEL HEBRÓN*

HOMBRES Y LETRADOS DE AMÉRICA

PROCLAMA DEL MAYOR ARTURO BRAY

A TALES LACAYOS, TAL DICTADORZUELO

CONOCIMIENTO Y POLÍTICA

RAFAEL BARRETT

LA EPOPEYA DEL CHACO

EL GUARANÍ Y LAS IDEAS ABSTRACTAS

LA MENTIRA DE LOS NIÑOS

CONTESTACIÓN AL DISCURSO DEL DR. ZUBIZARRETA, HECHA POR EL GRADUADO SEÑOR CECILIO BÁEZ

EL PACTO POLÍTICO Y SUS CONSECUENCIAS

CECILIO BÁEZ

PROLUSIÓN (*)

EL HOMBRE Y LA LIBERTAD

POLITICA Y OBREROS

LA IDENTIDAD NACIONAL

INTRODUCCIÓN

INTERPRETACIÓN DEL PARAGUAY

IDEOLOGÍAS Y REALIDAD HISTÓRICA

CÉSAR GARAY (HOMENAJE)

ORÍGENES DE LA VIOLENCIA

COMUNICADO N° 633

MODELAR LA VIDA

 

 

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