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MARGARITA DURÁN ESTRAGÓ

  PRESENCIA FRANCISCANA EN EL PARAGUAY (1538-1824), 2005 - Por MARGARITA DURÁN ESTRAGÓ


PRESENCIA FRANCISCANA EN EL PARAGUAY (1538-1824), 2005 - Por MARGARITA DURÁN ESTRAGÓ

PRESENCIA FRANCISCANA EN EL PARAGUAY (1538-1824)

Por MARGARITA DURÁN ESTRAGÓ

Composición y diagramación: GILBERTO RIVEROS ARCE

Diseño de tapa: ANÍBAL RIVEROS ARCE

Impreso en EDICIONES Y ARTE S.R.L.

Asunción – Paraguay

2005 (318 páginas)

 

 

 

ÍNDICE

 

Prólogo a la primera edición

Prólogo a esta edición

Presentación

PRIMERA PARTE - FUNDACIONES

l.          La Orden Franciscana: Su origen y expansión

2.         Llegada de los primeros franciscanos al Paraguay

3.         Primer convento franciscano de Asunción

4.         Vocaciones franciscanas nativas: Noviciado y estudios

5.         Convento Grande de Asunción: Su traslado y fábrica

6.         Iglesia conventual de San Francisco

7.         Convento Grande transformado en Cuartel de San Francisco        

8.         Convento de Santa Bárbara de Villarrica

9.         Iglesia conventual de Villarrica

10.       Devoción de los villarriqueños a la Pura Limpia Concepción

11.       Convento de la Recolección de Jesús María

12.       Supresión de la Recoleta franciscana

13.       Otros conventos

14.       Hospicio franciscano de San Isidro de Curuguaty

SEGUNDA PARTE

I. REDUCCIONES FUNDADAS POR FRANCISCANOS

1.         Los guaraníes a la llegada de fray Luis Bolaños

a)         Organización guaranítica antes de la llegada de los españoles        

b)         Consecuencias de la "alianza" hispano-guaraní

c)         Chamanes guaraníes

2.         Primeros contactos de Bolaños y Buenaventura con los guaraníes

3.         Altos

4.         Ypané y Guarambaré

5.         Atyrá, Tobatí, Perico Guazú, Ybyrapariyara, Terecañy, Mbaracayú y Candelaria

6.          Pacuyú y Curumiai

7.         Itá

a)         Orígenes

b)         Fray Tomás de Aquino: Apóstol de Itá

c)         Franciscanos al servicio de los naturales de Itá

d)        Templo franciscano de Itá

8.         Yaguarón

9.         Caazapá

a)         Orígenes

b)         Defensa franciscana en favor del indígena

c)         Iglesia de Caazapá

d)        El pueblo y su administración

e)         Festividades religiosas

f)         Presencia franciscana en Caazapá

10.       Yaguará Camygtá (San Ignacio Guazú)

11.       Yuty

a)         Orígenes

b)         Iglesia franciscana de Yuty

c)         El pueblo

d)        Doctrineros franciscanos de Yuty

12.       Itapé

13.       Nuestra Señora del Pilar

14.       Cangó-Bobí (General Artigas)

15.       Eguilechigó

16.       Ethelenoes

17.       Layarlas

18.       San Francisco Solano de Remolinos (Villa Franca)

19.       San Antonio de los Tobas

20.       Naranjay

21.       Tacuatí

22.       Aguaray (Lima)

23.       San Juan Nepomuceno

II. EX REDUCCIONES JESUÍTICAS ENCOMENDADAS A LOS FRANCISCANOS DEL PARAGUAY

1.         Introducción

2.         Santa Rosa

3.         Jesús

4.         Itapúa

5.         Belén

6.         San Cosme y Damián

7.         San Joaquín

TERCERA PARTE

I. MISIONEROS DEL PARAGUAY

1.         Fray Bernardo de Armenta y Fray Alonso Lebrón

2.         Fray Alonso de San Buenaventura

3.         Fray Luis Bolaños

4.         Fray Gabriel de la Anunciación

5.         Fray Juan Bernardo

6.         Fray Juan de Gamarra

7.         Fray Pedro de Villasanti

8.         Fray Alonso Velázquez

9.         Fray Juan de Córdoba

10.       Fray Gregorio de Ozuna

11.       Fray Antonio de Arredondo

12.       Fray Miguel Méndez Jofré

13.       Fray Antonio Bogarín

14.       Fray Pedro de Bartolomé

15.       Fray Tomás de Aquino

16.       Fray José Mariano Agüero

17.       Fray Justo Cecilio Fleitas

18.       Fray Matías Godoy

19.       Fray Fernando Caballero

20.       Fray Cipriano Cañete

II. OBISPOS FRANCISCANOS DEL PARAGUAY

1.         Fray Juan de los Barrios y Toledo

2.         Fray Pedro Fernández de la Torre

3.         Fray Juan del Campo

4.         Fray Hernando de Trejo y Sanabria

5.         Fray Martín Ignacio de Loyola

6.         Fray Bernardino de Cárdenas

7.         Fray Gabriel de Guilléstegui

8.         Fray José de Palos

9.         Fray José Cayetano Paravicino

10.       Fray Luis de Velasco y Maeda

11.       Fray Pedro Antonio García de Panés

12.       Fray Basilio Antonio López

13.       Conclusión

MAPAS

BIBLIOGRAFÍA

 

 

 

PRÓLOGO A LA PRIMERA EDICIÓN

 

            Hace dos años, o poco más, tan sólo era un sueño. Ahora es bella realidad. Ahí lo tienes en tus manos. Se trata nada menos que del libro "Presencia Franciscana en el Paraguay". La historia que encierra en sus páginas el ingente esfuerzo civilizador y evangelizador de los hijos de San Francisco en el Paraguay.

            Cuando me propuse explorar la disponibilidad de Margarita Durán Estragó para hacerse cargo de esta labor de tamaña envergadura, me movían encontrados sentimientos y variados deseos que, a la postre, hallaron plena satisfacción en esta obra.

            Era, por una parte, el enorme vacío de historia con que nos topamos los franciscanos. Sin acceso, digamos, a la vida de ilustres apóstoles y a su evangelización. Sumidos en un gran desconocimiento y olvido de sus gestas misioneras. Una ignorancia supina a la hora de querer inspirarnos en sus métodos de misionar, o en su manera de estar insertos en una cultura extraña y del lado del indio, del pobre y marginado. En definitiva, un grave vacío de historia.

            Además, estaba de por medio la pregunta lógica sobre la procedencia de tantas tradiciones religiosas, costumbres, templos, imágenes, ritos, rezos... con evidentes visos de su origen franciscano, de ser pro ductos de su espiritualidad. Y que, no obstante, ocultan sus raíces en el incógnito, soterrados en el pasado. Ahora se entiende mejor que muchas de esas expresiones provengan de la sencilla catequesis de los doctrineros franciscanos.

            Cuando uno recorre la campaña paraguaya, no es raro encontrarse con hombres y mujeres de una fe simple, pero apasionada; con hombres y mujeres humildes en su aporte, pero muy comprometidos con su entorno y muy fraternos entre sí. Si uno trata de hurgar sobre los cimientos en que se sustenta su religiosidad y su austera moral, sin duda recibirá por toda respuesta y de labios de más de quince mil laicos: somos "san franciscanos". Así de simple. Son los frutos maduros, testimonios vivos de aquella evangelización franciscana.

            En definitiva, esta obra es el recuerdo de ilustres franciscanos, de sus acertadas intuiciones apostólicas, de la vivencia de su apasionada fe, de su inculturación tan desarrollada, de la promoción del laicado, del servicio a la Iglesia en la jerarquía... Es lo que encontrarás en esta HISTORIA.

            En su elaboración y su presentación han actuado, por una parte, Margarita Durán Estragó, con su talante investigador. Por otra, la Universidad Católica, por su Departamento de Biblioteca de Estudios Paraguayos, quien asume su publicación. Y, naturalmente, los Franciscanos de la Custodia del Paraguay.

            Ojalá que tan rico pasado reflorezca en un más rico presente franciscano para aportar, también hoy, a la Iglesia paraguaya, las virtualidades de su carisma, a fin de afrontar juntos los desafíos de los años 2000.

 

            Fray José Luis Salas o.f.m.

 

 

PRÓLOGO A ESTA EDICIÓN

 

            El año 1987 marcó para la obra de la evangelización franciscana del Paraguay un "después" auspicioso de ingreso y presencia en la historiografía del Paraguay. Y este nuevo tiempo vino en la fecha seña lada al culminar la historiadora Margarita Durán Estragó el trabajo de hurgar en los archivos y en otras fuentes bajo el respaldo de la Orden Franciscana que la impulsó y alentó. Fruto de ello es que reunió de aquí y de allí, ya del Archivo Nacional de Asunción, o bien del convento franciscano de Buenos Aires, o de otras procedencias, las ocultas y soterradas fuentes de archivo, de las actuaciones de los misioneros, de las obras realizadas por los franciscanos, de los aportes en pro de la Iglesia a lo largo de tres siglos, y logró sacar a luz, con todo ello el libro: "Presencia Franciscana en el Paraguay".

            Fue como la salida de túnel de un "tren" por largo tiempo demorado, por siglos esperado. Esta publicación era aguardada por la Iglesia y sus obispos, por los cultores de la historia, por los pueblos y reducciones originados por los Bolaños, Alonso, Gabriel, por la religiosidad tan extendida por la siembra franciscana... Con ello, podemos decir, que terminó el "antes" de lamentos, de ignorancias, de ausencias, de vacíos, de no tener "nada"; estado de un inconcebible desconocimiento de la obra franciscana. Hace 18 años ocurrió el suceso de su salida a la luz, año 1987. Son los 18 años en los que la memoria franciscana se lanzó a la palestra pública en "Presencia Franciscana en el Paraguay".

            La novedad del libro fue ampliamente elogiada. Su lanzamiento se hizo sentir en muchos ámbitos y ayudó a alejar interrogantes y no pocas oscuridades y dudas; sus páginas y temas abrieron nuevos horizontes, sus contenidos descubrieron la otra cara de los sucesos; y mostraron la apostólica obra de los misioneros hijos de San Francisco en la evangelización.

            No es que esté dicha aún la última palabra, pero que "Presencia Franciscana" abrió una puerta para que se puedan conocer muchas fuentes y se tenga al descubierto la panorámica de los hechos francisca nos más notables, al menos en lo fundamental, y que ahora se sepa adónde recurrir para hacerse una idea más clara y tener documentos a mano para fundamentar un estudio y proseguirlos con nuevos sobre lo que los franciscanos sembraron, es indiscutible realidad.

            No vamos a ser tan negativos, que pretendamos decir que anteriormente no hubiera nada, o no se hablara de los franciscanos, e incluso elogiosamente. También antes de 1987 se magnificaba y se hablaba de que los franciscanos habían aportado las primeras reducciones, que el primer escrito guaraní era el catecismo de Bolaños, que si la religiosidad paraguaya provenía de los franciscanos. Pero hay que admitir que eran afirmaciones más bien hechas con poco respaldo documental, sin fuentes que lo sostuvieran, sin consistencia de argumentos; pues nada de esto estaba hilvanado, eran como retazos sueltos de un tejido sin trabazón y desarticulados. No había una explicación coordinada, documentos que lo fundamentaran. Faltaba en todo caso un libro que los recopilara en un haz y los contuviera. Esta publicación de "Presencia Franciscana" es la que ha reunido y ensamblado las tantas aristas e hilachas sueltas y les ha dado una primera consistencia articulada. Es su gran mérito.

            Puedo afirmar, por la parte de responsabilidad que me ha cabido en su publicación por franciscano, que la panorámica que ofrece "Presencia Franciscana" es bastante acabada, la más completa hasta hoy. Incluso, acostumbro elogiarle a Margarita Durán, expresándole que es su mejor libro, aunque lo haya complementado con otros: como el de su tesis doctoral en Historia, San José de Caazapá. Un modelo de Reducción Franciscana; o Aporte franciscano a la primera evangelización del Paraguay y Río de la Plata; o El hechicero de Dios, fray Luis Bolaños, y otros escritos más.

            Siguiendo las páginas de este libro en esta su segunda edición, al igual que en su primera ya agotada, podemos leer y saber la historia de los varios conventos que edificaron los franciscanos en Paraguay a partir de 1585, en Asunción, en Itá, Caazapá,Yuty Villarrica, Curuguaty… en los cuales vivieron los frailes y desde los cuales evangelizaron; las Reducciones y pueblos que fundaron con las diversas etnias de naturales adoctrinándolos y cristianizándolos, tales como Altos, Itá, Yaguarón, Caazapá y Yuty, y muchos más; los nombres y las actuaciones de los misioneros franciscanos más insignes que se comprometieron en esa labor ciclópea con el carisma del Pobrecillo de Asís; más los once obispos que fundaron, organizaron y gobernaron la Iglesia paraguaya a lo largo de tres siglos. Es la síntesis de los contenidos de este libro. Son los tres grandes capítulos de que se compone.

            La primera edición fue publicada gracias a la Biblioteca de Estudios Paraguayos de la Universidad Católica. Al agotarse la edición, hemos tomado -los propios franciscanos- la iniciativa de su segunda impresión por la trascendencia y la responsabilidad que nos proyecta la amplia labor franciscana de nuestros antecesores y sentirnos impulsados a darla a publicidad para hacerla conocer.

            Cuando se nombra a los franciscanos y se habla de la participación que les cupo en la labor evangelizadora de toda la América, además de darse la estadística numérica de que su aporte en personal supone el 56 por ciento de todas las órdenes y Congregaciones del período llamado de la Conquista, hay que afirmar también que, al menos en la región del Paraguay y Río de la Plata, sobre todo el siglo XVI, ha sido el siglo por excelencia de la actuación franciscana, pues será el siglo de tres obispos franciscanos fundadores y organizadores de la marcha de la diócesis; será el de la llegada en 1538 de Bernardo de Armenta y Lebrón, siendo primeros evangelizadores; el del momento cumbre franciscano con Bolaños y Alonso de San Buenaventura; el del aporte de los primeros hijos de la tierra Juan Bernardo y Gabriel de la Anunciación, de las primeras reducciones de Altos, Itá y Yaguarón erigidas por los franciscanos; el del Catecismo Guaraní de Bolaños que será aprobado el año 1603, y el de la celebración del mismo Sínodo como culminación. Es el siglo de las matrices de la evangelización paraguaya que sembraron los seguidores de San Francisco durante ese siglo.

            No queremos decir que fueran los únicos los franciscanos, pues que están los Jesuitas tan renombrados, y los Dominicos, y los Mercedarios y los Sacerdotes del Clero nativo... Pero, entre ellos, como las dos instituciones religiosas que más incidieron y trabajaron con mayor ahínco se los señala a los de la Compañía y a los hijos de San Francisco, que complementaron con carismas diversos la misma labor por el Reino. Por lo que alguien los calificó como "los dos proyectos apostólicos de fuste (de sustancia) llevados a cabo en Paraguay". Tan solo que el aporte traído por este libro de Presencia Franciscana ha hecho que, a partir de él, se tenga una nueva visión, no sólo se oiga la única voz jesuítica, sino que se acople la voz franciscana que muestra la otra faz, la complementaria para Gloria de Dios y Bien de la Iglesia.

            Advertimos que la reedición no representa cambios de consideración en el escrito original, tan sólo ha realizado algunas pocas correcciones la misma autora, Margarita Durán. Hemos juzgado, por practicidad -tanto ella como los franciscanos- la supresión de los ANEXOS. Juzgando que para los historiadores interesados queda el recurso a la primera edición, y que además se han trasladado ya partes importantes a otros libros. En nombre de la familia franciscana reitero un agradecimiento cordial y sincero a nuestra ya "franciscana" Margarita.

            Por otra parte, hemos agregado a la Bibliografía los libros y escritos más sobresalientes que han salido a luz a partir de esa fecha de la primera edición de 1987.

 

            Fray José Luis Salas OFM

            Trinidad, 8 de febrero de 2005

 

 

PRESENTACIÓN

 

            Tanto se ha hablado de las reducciones jesuíticas del Paraguay que para muchos subsiste la creencia histórica de que la gran novedad misionera fueron las REDUCCIONES fundadas por los hijos de San Ignacio en el siglo XVII. Sin pretender restar mérito a la labor desplegada por los jesuitas en el Paraguay, se debe afirmar, en honor a la verdad histórica, que los franciscanos se adelantaron a aquéllos en 30 años.

            Este trabajo es un intento por rescatar del olvido la obra misionera de los franciscanos Alonso de San Buenaventura y Luis Bolaños, fundadores de las reducciones guaraníticas e iniciadores del adoctrinamiento del indígena guaraní, de una manera regular y sistemática.

            También se propone rendir un homenaje a tantos misioneros franciscanos, fundadores de pueblos que dieron sus mejores años en favor de los indígenas del Paraguay y Río de la Plata. A los terciarios franciscanos del Paraguay, que supieron conservar y transmitir la llama de la fe y de la solidaridad recibidas de sus mayores y a los Padres Franciscanos que hoy trabajan en el campo y la ciudad, para que, conociendo la abnegación y la entrega de sus hermanos de ayer, se lancen con más entusiasmo a continuar aquella obra que silenciosamente realizaron en el Paraguay los hijos del pobre de Asís.

            Este estudio fue posible gracias a las investigaciones hechas en el Archivo de la Curia Metropolitana y muy especialmente en el Archivo Nacional de Asunción, el más antiguo y rico de todo el Río de la Plata.

            También han sido de gran utilidad algunos documentos provenientes de los franciscanos que, aunque muy escasos, son de mucho valor, como la "Crónica" de Córdova y Salinas, escrita en 1651 y el "Diario" de Visitas del Padre Pedro José de Parras, de 1749-1753. De gran valor fue el "Diario" de Juan Francisco Aguirre, escrito a fines del siglo XVIII. Se consultaron obras de autores franciscanos como las de Antonio de Córdoba, Buenaventura Oro, Benito Honorato Pistoia y otros. Se leyó la bibliografía jesuítica, pero lastimosamente de los franciscanos se ocuparon lo menos posible.

            Fue fundamental la obra de Louis Nécker: "Indios Guaraníes y Chamanes Franciscanos (1580-1800) ", publicada en Asunción en 1975, con ella se pudo enriquecer lo relativo a las primeras reducciones franciscanas.

            Esto que se presenta como parte de la obra misionera de los franciscanos en el Paraguay, pretendió responder en su momento a la inquietud del Provincial de la Orden de San Francisco, fray José Luis Salas, quien nos encomendó la investigación y elaboración del mismo y nos alentó en todo momento hasta la realización de su anhelado proyecto.

            Se agradece a todas las personas e instituciones que colaboraron en la preparación y publicación de esta obra, en especial a monseñor Agustín Blujaki, quien muy gentilmente nos cedió las fotografías que ilustran este trabajo y que forman parte del Archivo de la Comisión de Defensa de Arte Sacro, de la que es presidente. Al arquitecto Jorge Vera, a cuyo cargo corrió la elaboración de los mapas de las reducciones franciscanas y al arqueólogo e historiador José Antonio Gómez Perasso, a quien debemos, además de algunos documentos importantes, la pintura franciscana que aparece en la tapa de este libro.

 

            Margarita Durán Estragó

            Año 1987

 

 

 

I. MISIONEROS FRANCISCANOS DEL PARAGUAY

 

            1. FRAY BERNARDO DE ARMENTA Y FRAY ALONSO LEBRÓN

 

            Al conocerse en España la muerte del adelantado don Pedro de Mendoza, el Rey envió como veedor a Alonso Cabrera que partió de España a comienzos de 1538 trayendo consigo cinco franciscanos para la conversión de los indios. Tras infructuosos intentos por entrar en el Río de la Plata a causa de la fuerza de los vientos (1), la nao Marañona tuvo que refugiarse en el Puerto de los Patos, en tierra firme, frente a la isla Santa Catalina.

            Sólo se conocen los nombres de dos de los cinco franciscanos que desembarcaron: Fray Bernardo de Armenta, natural de Córdoba (España), superior de la misión y fray Alonso Lebrón, natural de las islas Canarias.

            Al bajar a tierra, Armenta fundó la Custodia Franciscana del Nombre de Jesús en 1538 (2).

            Durante su estancia en las costas brasileñas, los frailes aprovecharon la presencia de tres cristianos, que hacían de intérpretes, para iniciar su labor misionera. Hicieron muchas leguas de camino buscando a los indios, a quienes los bautizaban y casaban "en breve tiempo". "Aunque no somos más que cinco -decía Armenta en su carta a Juan Bernal de Lugo, Oidor del Consejo de Indias- hemos conquistado ya, por la protección del cielo, toda esta vasta provincia, sin emplear más armas que las de la palabra divina, y aun habremos prolongado de más de ochenta leguas el teatro de nuestras conquistas, cuando recibáis esta carta..." (3).

            Tal fue el entusiasmo de Armenta en su trabajo apostólico que desoyó las órdenes de Cabrera y decidió quedarse en la isla junto con su compañero Lebrón. Durante tres años estos religiosos adoctrinaron a los nativos del lugar, aprendieron su lengua y sus costumbres e incluso solicitaron al Consejo de Indias "labradores y artesanos de toda clase" (4) para ensayar con ellos una vida sedentaria, base necesaria para un futuro poblamiento.

            Cuando el adelantado Alvar Núñez Cabeza de Vaca arribó a la isla Santa Catalina en marzo de 1541, encontró a los religiosos Armenta y Lebrón, quienes le informaron acerca de los cristianos del Río de la Plata a quienes venía a socorrer. Enterado Alvar Núñez del despoblamiento de Buenos Aires, decidió dirigirse por tierra al Paraguay llevando consigo a los dos religiosos. "Determiné -dice Armenta en su carta al Rey en 1544- hacer la jornada por servir a Dios y a Vuestra Majestad, aunque con muy gran dificultad por dejar una cosa principiada como la tenía, habiendo bautizado muchos de ellos y otros muchos que estaban enseñados en las cosas de nuestra santa fe católica, y por les haber prometido que siempre estaría con ellos..." (5).

            Durante la travesía, desde las costas del mar hasta Asunción, tuvieron que abrirse camino en la selva, cruzar torrentosos ríos y salvar las "cataratas del Yguazú" que según Alvar Núñez en sus Comentarios "da el agua en lo bajo de la tierra tan grande golpe, que de muy lejos se oye; y la espuma del agua, como cae con tanta fuerza, sube en alto dos lanzas y más, por manera que fue necesario salir de las canoas y sacarlas del agua y llevarlas por tierra hasta pasar el salto..." (6). Así pues, los franciscanos Armenta y Lebrón son copartícipes con Alvar Núñez Cabeza de Vaca del descubrimiento de las cataratas del Yguazú.

            En el trayecto y aun después de llegar al Paraguay, se produjeron serias desavenencias entre el Adelantado y los religiosos y una vez en Asunción, donde llegaron el 11 de marzo de 1542, los capitanes y oficiales reales se opusieron al "absolutismo" de Alvar Núñez, formando dos bandos en los que se embanderaron los religiosos y clérigos. Entre los antialvaristas figuraban Armenta y Lebrón, los clérigos Andrada y Lezcano y el gerónimo fray Luis de Herrezuelo. Apoyaban al gobernador fray Juan de Salazar, mercedario, Miranda Villafañe, y otros (7).

            Tanto los Comentarios de Alvar Núñez como la carta que Armenta escribió al Rey en 1544 reflejan el interés personal que cada uno tenía en su defensa. Por ser más conocida la de Alvar Núñez, nos ocuparemos de las declaraciones de Armenta: "Llegado que fue a este pueblo del Paraguay, llamado la Asunción, donde estaban y moraban los cristianos que en esta provincia había, andaban todos muy pacíficos y con mucho mantenimiento hecho por su trabajo e industria, y los indios del y su comarca buenos y de paz y servían muy bien a los cristianos en nombre de Vuestra Majestad, y donde hallé que los indios recibían bien las cosas de nuestra santa fe católica, viniendo continuamente a la doctrina y misa; lo cual se resfrió con la venida de Alvar Núñez Cabeza de Vaca, porque públicamente decía que donde no había oro ni plata no había necesidad de bautismo, y defendía con tanta instancia esto, que yo empecé a hacer una casa de doctrina y no permitió que los indios de la tierra me ayudasen...; y por no hacerla en el pueblo de los cristianos, tuve necesidad de hacerla a dos leguas del pueblo entre los indios. Y asimismo, por la mala orden y tratamiento que hizo a los indios, se inquietó la tierra en tal manera, que hubo necesidad de hacerles guerra para apaciguarlos, de donde, redundó daño en los indios y muerte de algunos cristianos" (8).

            Ante tal persecución, Armenta trató de justificar su conducta en una carta al Rey, diciéndole que se volvería con su compañero a Santa Catalina para seguir la obra allí iniciada, ya que en Asunción no podía ser útil por los motivos expuestos. Prepararon en secreto su regreso a Santa Catalina, de donde partiría fray Alonso Lebrón a España llevando información de lo ocurrido. Fueron descubiertos durante la partida, y se los acusó de intentar llevar al Brasil 35 indias sin consentimiento de sus padres (9), desarraigándolas de sus tierras. Los religiosos no pudieron defenderse porque el gobernador no les recibió: "No nos quiso ver ni oír, antes nos mandó con su capitán que no saliésemos de nuestra posada, poniéndonos muchos centinelas" (10).

            Luego del apresamiento de Alvar Núñez, Armenta preparó su deseado retorno a Santa Catalina; pero antes escribió su Informe al Rey, donde pidió un obispo para Asunción y justicia para los indios vendidos como esclavos: "Lo que he podido comprender de las cosas que tiene necesidad esta tierra, ha sido que en ella principalmente se provea de prelado, tal cual conviene a tierra que tiene tanta necesidad de reformas, por el mucho desorden, disolución y mala vida que en ella hay... También entre los cristianos de esta provincia se ha usado y usa que después de haber habido las indias que más pueden de los indios de la tierra para su servicio, las tales indias las tornan luego a vender y contratar por muy excesivos precios unos cristianos entre otros, como si fueran esclavas, siendo vasallas de vuestra Majestad, de lo cual los indios padres y deudos de las tales indias, lo sienten mucho y están muy desabridos" (11). Pedía al Rey que mandara remediar ese mal en beneficio de los indios y quietud de la Provincia.

            A pesar de todas las acusaciones que Alvar Núñez hace contra estos religiosos, su labor misionera no puede ser empañada ni sufrir mella; al contrario, la persecución sufrida en todo tiempo, incluso en el ámbito religioso, al tener que afrontar un proceso contra el gerónimo fray Luis de Herrezuelo, que se consideraba juez y conservador de la Orden Franciscana en el Paraguay (12), demostró su entereza y firmeza ante la adversidad e hizo que sus nombres perduraran en las páginas de la historia como adalides de la fe cristiana.

            Los padres Armenta y Lebrón regresaron a Santa Catalina a proseguir sus trabajos apostólicos en 1544. Dos años después murió en ese mismo lugar fray Bernardo de Armenta en plena actividad misionera. Fray Alonso Lebrón cayó en manos de piratas mientras viajaba a España (13) y no se tuvo más noticias de él.

 

            2. FRAY ALONSO DE SAN BUENAVENTURA

 

            Hablar de fray Alonso de San Buenaventura, es hablar del inicio de las reducciones en el Paraguay. Junto con su gran amigo y discípulo fray Luis Bolaños, este misionero ensayó el adoctrinamiento en lengua nativa y redujo para el efecto a los indios nómadas, a quienes los organizó para mejor "predicar y doctrinar" (14) venciendo de esta forma los dos grandes obstáculos que suponían la transmisión del mensaje cristiano: su lengua y su vida nómada.

            Fray Alonso tomó el hábito franciscano en el convento de Nuestra Señora de Loreto, en la Provincia de Andalucía; allí permaneció hasta la conclusión de sus estudios y su ordenación sacerdotal, teniendo como compañero y amigo a Francisco Solano (15).

            En 1572 se embarcó rumbo al Paraguay junto con otros doce frailes de su Orden, entre ellos fray Luis Bolaños, en la expedición de Juan Ortiz de Zárate. Llegó en 1575 a su destino, luego de haber distribuido a los religiosos entre los conventos y misiones de Tucumán y del litoral argentino (16).

            El día 8 de febrero de 1575, fray Alonso de San Buenaventura y fray Luis Bolaños llegaron a Asunción; como en la ciudad no había convento franciscano, a pesar de haber habido presencia de los hijos de Francisco desde los inicios de la conquista, tuvieron que alojarse en una de las ermitas (17), para desde ahí ocuparse de la conversión de los indios del distrito.

            Diez años de continua labor misionera en el Paraguay -1575-1585, año en que fray Alonso volvió a España en busca de más religiosos para las nacientes reducciones- fueron suficientes para que redujera "copiosísimo número de gentiles al gremio de la Santa Iglesia, erigiendo más de cuarenta iglesias" (18) y dejando en el recuerdo de los naturales un entrañable cariño y una gran admiración. Así lo atestiguó el jesuita Juan Romero, al decir: "Estando yo en tierra de la Asunción que es la metrópoli del Paraguay con otros de mi Orden en misión, me decían los indios: aquí nos enseñaba el padre fray Alonso, aquí sobre esta peña se ponía a orar; porque tenían y tienen tanta estima de su santidad los indios que notaban todo cuanto hacía como acciones de santo..."

            Sus sandalias franciscanas recorrieron las serranías de los Altos, los montes del Pitum y la legendaria provincia del Guairá. Volvió a Asunción junto con Bolaños y sus dos primeros frutos nativos: Gabriel de la Anunciación y Juan Bernardo, y luego de cooperar en la fundación del primer convento franciscano y asistir a la ordenación sacerdotal de fray Luis Bolaños en 1585, dio inicio junto con éste y los novicios guaireños, a las reducciones de Itá y Yaguarón.

            Como ya lo señalábamos, fray Buenaventura fue a España en busca de misioneros, volviendo con 25 franciscanos, de los cuales sólo tres o cuatro fueron destinados al Paraguay. De su viaje pudo haber llegado entre 1588-89, más no permaneció aquí mucho tiempo. Tres años después regresó por más religiosos y en este tercer viaje trajo 20 frailes, entre ellos a fray Martín Ignacio de Loyola, nombrado poco después obispo del Paraguay.

            A su vuelta de España vino por el Perú y de allí a Chile, donde se enfermó y murió en San Francisco del Monte hacia el año 1596 sin haber podido regresar al Paraguay. Antes de morir, fray Buenaventura entregó a fray Juan de Córdoba, uno de los religiosos que trajo en ese viaje, y que estaba destinado para el Paraguay, una estampita, la única que tenía, para que se le entregase a fray Bolaños, diciéndole: de "a mi Ángel, el padre fray Luis Bolaños cuando llegue al Paraguay" (20).

            Fray Alonso de San Buenaventura tuvo el mérito de haber dado al Río de la Plata más de 60 misioneros traídos de España y haber acompañado a fray Luis Bolaños, en sus primeros años de misión entre los naturales.

            Su vida penitente le dio fama de santidad después de muerto obrando muchos milagros. "Diversas veces se averiguó que en un mismo tiempo predicaba en partes muy distantes a los indios" (21).

 

            3. FRAY LUIS BOLAÑOS

 

            Figura cumbre de las misiones franciscanas e indiscutido apóstol del Paraguay, fray Luis Bolaños nació en Marchena Andalucía en 1549 ó 1550. Muy joven aún ingresó en la Orden Franciscana y vistió el hábito religioso en el convento de Santa Eulalia, cerca de su pueblo natal. Allí hizo profesión religiosa y cursó los estudios eclesiásticos hasta ordenarse de diácono (22).

            Se alistó como misionero voluntario; junto con otros 11 franciscanos vino en la expedición de Juan Ortiz de Zárate; llegó al Paraguay en compañía de fray Alonso de San Buenaventura en 1575 (23). Su labor misionera se inició en la comarca asuncena, para luego adentrarse junto con su maestro y compañero fray Buenaventura, en los montes del Jejuí, donde los indios "se habían rebelado" (24), bajo el mando del cacique Overá. A su vuelta fundó la primera reducción estable en el paraje de los Altos y una vez organizada y encaminada dicha doctrina volvió con su compañero, fray Buenaventura, río arriba, hacia el Pitum, donde fundó las reducciones de Ypané, Guarambaré, Atyrá, Tobatí y otras.

            Expuso su vida entre los tupíes antropófagos al penetrar los bosques ribereños al río Iñeay, Provincia de los Tayoabás. Siempre en compañía de su maestro, llegó hasta el Tieté, donde Azara encontró "los vestigios de la cruz de Bolaños" (25).

            Si no fuera porque Melgarejo, fundador de la Villa Rica del Espíritu Santo, los expulsara de su territorio por defender a los indios que trabajaban como esclavos en las minas de hierro que fundía en la citada villa, Bolaños y Buenaventura hubieran permanecido por más tiempo en el Guairá, donde atendía a los españoles e indígenas en sus necesidades espirituales y materiales.

            En el Guairá se unen a Bolaños y Buenaventura dos jóvenes dispuestos a ingresar en la Orden Franciscana y con ellos, actuando como lenguaraces, fundan a su vuelta las reducciones de Itá y Yaguarón en 1585. Un hecho importante en la vida de Luis Bolaños constituyó la llegada del obispo fray Alonso Guerra en 1585, quien lo ordenó de sacerdote después de 10 años de estancia en el Paraguay (26).

            Con ayuda de fray Gabriel de la Anunciación, Bolaños tradujo al guaraní el catecismo limense aprobado en 1583; desde entonces su autor fue considerado como gran conocedor de la lengua por haber sido el primero "que la ha reducido a arte y vocabulario, y traducido en ella la doctrina, confesionario y sermones..." (27). El Sínodo de Asunción celebrado en 1603 lo reconoció como catecismo único y recomendó que fuese recitado con frecuencia en el hogar durante las ocupaciones cotidianas, durante el camino, en las faenas del campo, etc. (28). El catecismo de Bolaños modeló la fe cristiana en las reducciones franciscanas y jesuíticas del Paraguay a lo largo de los siglos XVII y XVIII.

            Supo conciliar su labor misionera con los deberes propios del cargo de Guardián del Convento de Asunción y posteriormente con el de Definidor o Consejero de la Custodia del Paraguay y Río de la Plata.

            Dos grandes aliados tuvo Bolaños para la fundación de reducciones: Juan de Garay en los indios de su labor misionera y luego el gobernador criollo Hernandarias, que trabajó codo a codo con Bolaños, sus compañeros y el obispo fray Martín Ignacio de Loyola, hasta declarar obligatoria la reducción de los indios, en el Sínodo celebrado en Asunción en 1603 (29). Con su protección, el sistema de reducciones iniciado por Bolaños en 1580, llega a su plenitud en el Paraguay con el aporte jesuítico. La reducción de Yaguaracamycta -San Ignacio Guazú- primera doctrina jesuítica en el Paraguay, se estableció sobre una reducción fundada por Bolaños y la pujanza de ésta, como la de todas aquellas que integraron el "Imperio jesuítico del Paraguay", tuvo su origen en el ideario y en la experiencia que fray Luis Bolaños transmitiera al padre Lorenzana, uno de los primeros misioneros jesuitas del Paraguay.

            Las reducciones que más renombre dieron a Bolaños en el Paraguay fueron las de Caazapá y Yuty, principales centros de expansión misionera durante siglos y claros exponentes de la fe cristiana que Bolaños y sus seguidores sembraron en ellas. El espíritu franciscano y la fraternidad cristiana se siguen palpando en Caazapá como frutos valiosísimos de aquella semilla que su fundador la hiciera germinar hace casi cuatro siglos.

            Uno de los distintivos de pobreza que Bolaños exhibió con humildad fue su hábito descolorido y remendado por el uso que según algunos autores, "no lo mudó durante años...". Por la forma de la capucha, los indios vieron en Bolaños a un saltamontes y con la habilidad propia de los naturales, le pusieron el "marcante" de Pa'í tucú, padre saltamontes. Recordemos que el tucú es un animal mítico en la tradición religiosa de los guaraníes.

            Muchas leyendas se tejieron en torno a la figura de Bolaños, leyendas que son como el aroma que la historia fue dejando a su paso, como queriendo rescatar ciertos acontecimientos no registrados pero sí vividos en su momento: La inundación de la laguna Tapaycua (lago Ypacaraí), la Inmaculada Concepción venerada en Caacupé, el Ycuá Bolaños de Caazapá y muchas otras leyendas, están íntimamente ligadas al incansable misionero franciscano (30).

            Aunque casi siempre vivió en la selva con los naturales, no descuidó la lectura y organizó un archivo conventual en Asunción. Fue toda una autoridad en su tiempo: Hernandarias le consultaba sobre problemas indígenas (31) y los misioneros sobre temas doctrinales, como el espinoso caso del matrimonio de los indios (32). Certificó el martirio de fray Juan de San Bernardo en 1624 (33) y el de Roque González de Santa Cruz en 1629, pocos días antes de su muerte (34).

            Cargado de años, después de fundar reducciones en el sur, como Itatí, Baradero y otras, se retiró en el Convento de San Francisco de Buenos Aires, donde casi ciego, pero con la mente clara, vivió sus últimos años rodeado de sus hermanos de hábito. Murió el 11 de octubre de 1629 y sus restos descansan en el mismo convento donde acabó sus días. En 1979 parte de sus reliquias se trajeron al Paraguay y hoy reposan en una urna de mármol junto a las del mártir paraguayo fray Juan Bernardo, en la iglesia de los Padres Franciscanos de Asunción (35).

            De esta forma Bolaños volvió al Paraguay, a la tierra a la que dedicó medio siglo de su vida al servicio del indio guaraní; al conservar su lengua traduciendo el catecismo a la vernácula; al cultivar los valores nativos guardados en las reducciones por él fundadas y al modelar la fe cristiana de los nativos. Su nombre, sus pueblos, sus leyendas, sus discípulos y sus reliquias, constituyen para el Paraguay uno de los valores más preciados, símbolos de gratitud al apóstol del Paraguay, fray Luis Bolaños.

 

            4. FRAY GABRIEL DE LA ANUNCIACIÓN

 

            Este ilustre hijo de la tierra fue el primer sacerdote franciscano, fruto del celo misionero de fray Buenaventura y Luis Bolaños. Se sabe que nació en el Guairá en 1569, según sus propias declaraciones en un informe escrito al Rey en 1605, es descendiente de conquistadores, gobernadores y pobladores de ciudades y pueblos: "Mis padres, según la estimación mundana, fueron nobles y bien nacidos; mi padre se llamaba Alonso Riquelme de Guzmán, natural y vecino de Jerez de la Frontera, fue uno de los conquistadores principales y primeros de ella, en la cual siempre sirvió a V. Majestad... gobernando en Vuestro Real Nombre en algunas ciudades y provincias como Capitán prudente diferentes veces, sufriendo muchos trabajos y privaciones de algunos tiranos que ha habido. Mi abuelo, padre de mi madre, sirvió a Vuestra Majestad siendo también de los primeros pobladores y descubridores que en esta tierra entraron, y después fue vuestro Gobernador en ella y tal que hasta ahora es llorado de todos, por su grande prudencia, cristiandad y gobierno" (36).

            Gabriel de Guzmán ingresó en la Orden Franciscana junto con su amigo de infancia Juan Bernardo y ambos tomaron el hábito en 1585 de manos de fray Buenaventura, que entonces misionaba en el Guairá junto con su compañero fray Bolaños (37).

            Conocedor del idioma guaraní y de otros hablados en el Guairá, Gabriel actuó como lenguaraz y enseñó a los religiosos sus conocimientos, tanto que Bolaños, con su ayuda llegó a traducir el Catecismo Limense (38), aprobado por el Sínodo de Asunción de 1603 (39).

            Después de venir del Guairá, fray Gabriel ayudó a los religiosos a organizar las reducciones de Itá y Yaguarón y en 1598 fue ordenado sacerdote por el obispo fray Hernando de Trejo y Sanabria (40), ocupándose desde entonces del cuidado de las citadas doctrinas junto con fray Juan Bernardo.

            Como descendiente de conquistadores, fray Gabriel demostró su espíritu al participar como capellán en la fantástica aventura a la Ciudad de los Césares, en compañía del gobernador Hernandarias en 1604/1605. La expedición partió de Buenos Aires llevando entre "soldados e indios amigos y de servicio... ochocientas personas más o menos" (41) y luego de recorrer unas 250 leguas salvando toda clase de obstáculos, llegaron a la conclusión de que el País de los Césares no era más que fantasía, una leyenda dorada y después de tres meses y 18 días de expedición, regresaron a Buenos Aires en febrero de 1605.

            Nuevamente lo encontramos entre los nativos del Pitum o Jejuí cuando la rebelión de éstos, luego de haber sido entregadas las reducciones de Ypané y Guarambaré a manos de clérigos. Los indios se volvieron a los montes y ante el requerimiento de fray Gabriel de la Anunciación que los persuadió en su propia lengua, volvieron a reducirse como antes a pesar de no tener ya como doctrineros a los franciscanos (42).

            Después de ocupar por muchos años el cargo de guardián del Convento de San Francisco en Buenos Aires, fue electo Guardián del Convento Grande de Asunción por el trienio 1623/26 (43).

            Uno de sus grandes deseos fue hallar la tumba de su amigo y compañero de infancia, el mártir fray Juan Bernardo; con ese fin encomendó su búsqueda al cura de Caazapá fray Gregorio de Osuna en 1623/1624, quien lo encontró después de una afanosa búsqueda.

            En el Capítulo Provincial celebrado en Córdoba en julio de 1626 lo nombraron Definidor (44) y con ese cargo figuró como testigo en la Información escrita sobre el martirio de fray Juan Bernardo, en 1627 (45).

            Cuando el martirio de Roque González y sus compañeros, fray Gabriel se trasladó a Caazapá en 1628 en calidad de Definidor, para asistir a la llegada de "las santas reliquias asadas" (46) de los mártires del Caaró. Le cupo en la oportunidad hacer el sermón de circunstancia, mientras fray Gregorio de Osuna, cura de la reducción de Caazapá, religiosos allí congregados y pueblo en general, recibieron aquellos restos con el Te Deum Laudamus, repiques de campanas y sones de tambores.

            A partir de entonces nada se conoce acerca de la vida de este ilustre discípulo de Buenaventura y Bolaños y primer sacerdote franciscano nativo del Paraguay.

 

            5. FRAY JUAN BERNARDO

 

            Oriundo del Guairá, al igual que su compañero, fray Gabriel de la Anunciación, Juan Bernardo, conocido en religión como fray Juan Bernardo, fue el primer mártir paraguayo del que se tiene pruebas documentadas, además de haber sido junto con Gabriel de la Anunciación, los dos primeros jóvenes nativos que vistieron el hábito de San Francisco en la región del Guairá.

            Ambos jóvenes eran amigos de infancia, así consta en la declaración jurada que fray Gabriel prestó en 1627 en la información sobre su martirio, en la que expresó: "Que conoció al dicho fray Juan Bernardo desde su niñez, porque se criaron juntos y juntamente fueron novicios en las provincias de Guairá, siendo a la sazón Guardián de las dichas Provincias el padre fray Alonso de San Buenaventura y su compañero el padre fray Luis de Bolaños, y juntos hicieron profesión en la dicha Orden" (47)

            En 1585 ambos tomaron el hábito religioso de manos de fray Buenaventura, antes que éste volviera a España en busca de más frailes para las misiones. Quedaron en compañía de fray Bolaños, al que ayudaron como lenguaraces en los repoblamientos de Itá y Yaguarón (48), reducciones fundadas entre los años 1585/1587. Después de ordenado sacerdote fray Gabriel de la Anunciación fue asignado para la reducción de San Blas de Itá en compañía de fray Juan Bernardo, religioso lego que le ayudó en la evangelización y administración de la nueva reducción. Allí los vemos en 1594 cuando fray Juan Bernardo recibió una carta del padre Bolaños, que entonces se desempeñaba como Guardián del Convento de Asunción. El mensaje era éste: que se fuese hasta los indios del Paraná a fin de persuadirles a que entregaran al fraile lego dominico que con cartas y papeles de mucha importancia había sido cautivado por los mismos cuando de Corrientes se dirigía a Asunción.

            Bolaños pensó en él porque "era muy gran lengua, y sin preparación en comenzando a hablar se le ofrecía tanta copia de cosas, que antes se cansaba que le faltase qué decir, todo muy dicho y muy congruo y elegantemente, y era muy pobre, mucho antes que fuese (al martirio) andaba él, ya con grandes deseos de ir a esa provincia a predicar a los naturales de ella..." (49).

            Cuenta Bolaños que el Gobernador y otras personas le pidieron que enviase a fray Juan Bernardo "para que él, con su buena doctrina y ejemplo pudiese llegar donde el otro hermano estaba y librarle y traerle a él y a sus papeles; yo no le enviara si él no tuviera tan gran deseo y ganas de ir" (50).

            Cuando llegó fray Juan Bernardo a lo que hoy es Caazapá, ya los paranaenses habían dado muerte al dominico; además, hacía tiempo que no acudían a servir a sus encomenderos como acostumbraban hacerlo y estaban alborotados y temerosos. Bolaños le advirtió, recomendándole que antes enviase "algunos indios viejos emparentados (allá) que los había, para avisar a los indios de cómo yo le enviaba, y a lo que iba; y que fuese por otro camino, por indios que ya tenían más noticias de nosotros. No lo hizo, por parecerle que no era necesario porque Dios lo tenía así ordenado" (51).

            Salió el fraile de Itá, llevando por compañeros dos indios del lugar y otros dos de Yaguarón. Llegó al sitio donde Bolaños fundaría más tarde la reducción de San José de Caazapá; allí vivía el cacique Cababayú y cuando lo vio él y los demás indios "parecióles que debía ser espía de los españoles, para después ir a hacerle guerra". Algunos indios le dijeron que se volviese, al comienzo se resistió y siguió adelante, cuando vio que era necesario dar la media vuelta -declaró Bolaños según le informaron los indios más tarde- "ya le habían quitado el caballo, y viniéndose a pie, vinieron tras él y le volvieron, quitándole el hábito, maniataron y llevaron por otros pueblos hasta Yaguaperé. Los cuatro indios que fueron con él dijeron esto, a los cuales él les dijo se volviesen, y por los montes con harto temor se volvieron" (52).

            Fray Juan Bernardo fue llevado de una parte a otra, "azotándole y apaleándole". El hechicero convocó a una gran junta a la que asistieron numerosos caciques; en medio de una fiesta en la que corrían brebajes fuertes, el hechicero manifestó la necesidad de quitar la vida al fraile, moción aprobada por todos los caciques.

            El joven religioso, de aproximadamente 25 años de edad, fue conducido unas dos leguas hasta la Junta, arrastrado con una soga al cuello. Le ofrecieron de aquel brebaje, al que se negó, no dejando de predicarles y llamarles al arrepentimiento. El cacique principal lo mandó ahorcar, orden que se cumplió al instante. Desde la horca y durante tres días siguió predicando y exhortando a los indios a que no arriesgasen su alma porque mucho costó a Jesucristo ganarlas. Enfurecido el cacique por la predicación, le mandó descolgar y abriéndole el pecho, le extrajo el corazón, lo mordió en presencia de muchos indios y lo arrojó a una hoguera que tenía preparada. Al caer el corazón al fuego, saltó de él y como lo volvieron a echar repetidas veces y otras tantas salió de él, "cansados lo enterraron".

            Algunos indios dieron sepultura al cadáver y arrepentidos contaron luego a los otros religiosos. Corría el año de 1594.

            Bolaños, que estaba en Asunción, permaneció en oración hasta que lo ahorcaron, "y luego se levantó muy alegre, y llorando de gozo de saber la muerte tan gloriosa de nuestro hermano".

            Unos treinta años estuvieron el cuerpo y el corazón del joven mártir enterrados en el bosque, en las inmediaciones del pueblo de Caazapá. Por orden del padre guardián del Convento de Asunción, fray Gabriel de la Anunciación, el cura de Caazapá fray Gregorio de Osuna emprendió en 1623-1626, la tarea de búsqueda del cuerpo y corazón del mártir paraguayo. Después de mucho andar, halló el cadáver y cerca del lugar, una flor de singular aroma, quiso cortarla y no pudo, para no romperla cavó a su alrededor y, sorprendido, vio el corazón junto a la raíz de aquella plantita, la que se marchitó luego de cumplir con su objetivo.

            Las venerables reliquias fueron llevadas a la reducción de Yuty y parte quedó en Caazapá. En 1724 el obispo del Paraguay fray José de Palos hizo su visita pastoral a Yuty y en esa ocasión abrió la caja que contenía los huesos de Juan Bernardo, guardados en la sacristía del templo y "no sin gran ternura percibimos -dice la información del obispo Palos- una suave fragancia, que de sí despiden, muy distinta de los olores y perfumes de la tierra..." (53)

            En 1778 el relicario se volvió a abrir en presencia de tres franciscanos y un escribiente "y hallamos existir sin decadencia de los tiempos el mismo olor, fragancia y suavidad no terrenos que expone su Ilustrísima en el Auto antelado..." (54).

            La tenacidad con que los naturales conservaban sus tradiciones hizo que estos jamás olvidaran la muerte que Cababayú y los suyos dieron a Juan Bernardo. Todavía quedaba un descendiente de aquel cacique principal cuando el padre Parras visitó la reducción de Caazapá en 1752. El mismo narra admirado de cuánto amor y veneración tenían al dicho mártir que después de casi dos siglos todavía discriminaban a los herederos de aquéllos, evitando, en el caso señalado, que fuese elegido para algún cargo o se sentara entre los demás caciques del pueblo. Al ser interrogados por el cura doctrinero sobre la actitud y el desprecio que manifestaban hacia él, uno de ellos contestó: "Cuando años pasados vinieron los religiosos tus hermanos a sacarnos de las tinieblas de la infidelidad, vino entre ellos un religioso lego, a quien... llamaban fray Luis (Juan) de San Bernardo, y habiéndonos hecho la buena obra de predicar la verdad, y cuando estaban los más de los indios para abrazar su doctrina, los ascendientes de éste que queréis hacer alcalde, que eran los caciques más poderosos de la nación, quitaron la vida con inaudita crueldad a dicho religioso, a quien estando vivo, le sacaron el corazón, y con él en la mano, nos predicó tres días; y aunque esto pareciera bien por entonces a todos los indios, más luego después convertidos a la santa fe que profesamos, nos pareció tan malo lo ejecutado por los dichos ascendientes de este cacique, que desde entonces habemos mirado a toda esa generación por infame y maldita, y así padre, no nos preciséis a darle oficio de alguna honra" (55).

            Al escribir el padre Parras el Diario y Derrotero de sus viajes, se lamenta de no haber guardado el nombre de aquel cacique, que lo "enterneció" al sentirse culpable e indigno de la menor honra y "que todo lo que los indios decían de sus ascendientes era verdad" (56).

            Cuentan los cronistas de la Orden que las reliquias del primer mártir paraguayo han obrado muchos milagros al ser aplicadas a los enfermos, invocando su protección. Los franciscanos no se preocuparon hasta ahora, de hacer conocer y difundir las virtudes y los méritos de fray Juan Bernardo y poco de los del apóstol del Paraguay fray Luis Bolaños.

            Cuando en 1979 trajeron los restos de Bolaños al Paraguay, se aprovechó la oportunidad para trasladar desde Caazapá parte de las reliquias de Juan Bernardo, que junto con las de Bolaños, descansan en urnas de mármol en la iglesia de los Padres Franciscanos en Asunción (57). La otra parte sigue guardada en la Capilla de San Roque de Caazapá, como patrimonio muy querido de los caazapenos.

 

            6. FRAY JUAN DE GAMARRA

 

            Misionero franciscano. Son muy escasos los datos que se tienen acerca de sus orígenes, se cree que nació en 1587 en el hogar del capitán Pedro López Gamarra y María de Sepúlveda (58).

            Según estudios realizados por José Luis Salas o.f.m., fray Juan de Gamarra perteneció al clero secular antes de su ingreso en la Orden Franciscana. Así lo certifica un informe escrito el 16 de agosto de 1611, en que consta, que el clérigo Juan López de Gamarra, recibió de manos de fray Luis Bolaños los manuscritos de su Catecismo Guaraní. Cuando algunas décadas más tarde, los jesuitas solicitaron y obtuvieron el reconocimiento de aquel catecismo, señalaron que el mismo fue "autorizado por el padre fray Juan López de Gamarra, que entonces era secretario del Cabildo Eclesiástico" (59). Este dato confirma que López de Gamarra fue clérigo y luego fraile; su proximidad con Bolaños lleva a Salas a creer de que se trata de la misma persona.

            Fray Juan de Gamarra desarrolló su labor misionera en la reducción de Itatí, doctrina fundada por fray Luis Bolaños y fray Luis Gámez, en 1615. Allí enseñó a los indígenas no solo a leer, escribir y contar, sino también formó maestros nativos que lo ayudaron en la tarea educativa (60).

            Durante su permanencia en Itatí, dejó constancia de los prodigios obrados por la Virgen del lugar; se conservan dos testimonios refrendados con su firma: uno de 1624 y otro de 1635, los que hablan de su larga presencia en dicha reducción. Tanto se identificó con Itatí, que la gente la reconocía como "la reducción del padre Gamarra" (61).

            El obispo de Buenos Aires, fray Pedro de Carranza, encomendó a Gamarra la elaboración del informe de la muerte de Roque González de Santa Cruz y compañeros mártires (1628); una vez más se lo ve actuando de notario, lo que prueba su capacidad y prestigio; en ese tiempo, fray Juan de Gamarra se desempeñaba como "Vicario del convento de la Limpia Concepción de Itatí, Comisario de la Santa Cruzada y Vicario Juez Eclesiástico de la ciudad de San Juan de Vera de las siete Corrientes" (62).

 

            7. FRAY PEDRO DE VILLASANTI

 

            Misionero y lingüista. Nació en Asunción hacia 1609; ingresó en la Orden Franciscana, aparentemente en el convento de Buenos Aires, hacia 1625, donde se hallaba fray Luis Bolaños, retirado de la actividad misionera. Estuvo presente cuando su muerte, en octubre de 1629.

            Sus conocimientos y experiencia en la lengua guaraní lo llevaron a integrar la Junta de teólogos y peritos en dicho idioma "para indagar sobre el sentido genuino y propiedad de las discutidas palabras" del Catecismo, juzgadas como heréticas por el obispo fray Bernardino de Cárdenas. En dicha Junta, fray Pedro de Villasanti ocupó el cuarto lugar y a la hora de presentar las conclusiones, las dieron el licenciado Gabriel de Peralta y el guardián fray Pedro de Villasanti quienes emitieron su parecer por escrito y en forma separada, opiniones que el resto de la defensa debió dar su conformidad. En él expresaron dos conclusiones esenciales: que el catecismo utilizado por los jesuitas no era otro que el del padre Bolaños y que las cuatro palabras consideradas como heréticas por Cárdenas, "según y cómo están en el catecismo, están libres de dicha censura". Con estas definiciones aportadas por Villasanti, el Catecismo guaraní de fray Luis Bolaños pudo salvar su credibilidad y dignidad y se siguió enseñando en todas las reducciones del Paraguay y Río de la Plata.

            Trabajó como misionero en la reducción de Yuty, allí lo encontró el gobernador eclesiástico de la diócesis, Adrián Cornejo, en 1659. Dice así en su informe: "En la reducción de Yuty tienen de cura a fray Pedro de Villasanti, de hasta cincuenta años, natural de esta ciudad (Asunción), ha sido Guardián de los conventos de Córdoba del Tucumán y Definidor de esta Provincia. Esta reducción de Yuty es de 1.800 personas, su iglesia muy lindamente adornada, tiene capilla de música y terno de chirimías"

            Después de muchos años de labor misionera en Yuty, fray Pedro de Villasanti se trasladó al convento de Santa Fe, donde murió el 22 de noviembre de 1670 (63).

 

            8. FRAY ALONSO VELÁZQUEZ

 

            Junto con fray Ignacio de Loyola, futuro obispo del Paraguay, fray Juan de Córdoba y otros misioneros franciscanos, fray Alonso Velázquez vino de España en el segundo viaje que fray Buenaventura realizara a la metrópoli en busca de religiosos para las doctrinas. De los 25 franciscanos que salieron de España en ese viaje, sólo cinco llegaron al Paraguay, vía Chile, donde murió fray Buenaventura hacia 1596 (64). En el Perú y luego en Chile, quedaron la mayoría de los frailes, mientras que Velázquez continuó su viaje hacia el Río de la Plata junto con los arriba citados llegando a destino hacia 1596 (65).

            Desde que llegó al Paraguay, fray Alonso Velázquez colaboró con Bolaños y demás doctrineros en el adoctrinamiento de los indios. Lo vemos reemplazando a Bolaños en la reducción de Yuty desde su salida de ésta rumbo al sur en 1615 (66), allí permaneció ocupado en la administración y doctrina de los naturales hasta 1621, año en que pasó a la reducción de Caazapá en reemplazo del Padre Ozuna (67).

            Su gran amor por los indios hizo que compartiera sus obligaciones de cura doctrinero de Yuty y luego de Caazapá, con la asistencia y periódicas visitas a la antigua ex reducción franciscana de Yaguarón, donde los naturales del lugar clamaban por la presencia de los franciscanos desde la salida de ella de fray Luis Bolaños hacia 1596 (68) y la entrega de la reducción en manos de clérigos.

            Un acta del Cabildo de Yaguarón labrada en 1622 así lo recuerda: "El dicho señor obispo posiblemente nos quiere quitar el religioso que tenemos que es el dicho fray Alonso Velázquez religioso viejo y antiguo que nos ha doctrinado y, doctrina con mucho ejemplo, muy bien la lengua y a más de veinte y ocho años de que ocupa entre nosotros en el dicho ministerio sin interés alguno de estipendio ni de otra cosa que hayan recibido de nosotros ni de nuestros encomenderos ni de la Real Casa sino movidos del cielo del servicio de dicho Nuestro Señor y del grande amor que nos tiene..." (69).

            Aunque no se conocen más datos acerca de este misionero, sus méritos no son menores por eso; es probable que haya terminado sus días entre los naturales de algún pueblo franciscano.

 

            9. FRAY JUAN DE CÓRDOBA

 

            Medio siglo al servicio de los guaraníes hizo que fray Juan de Córdoba se convirtiera en uno de los más grandes misioneros franciscanos del Paraguay. Nació en Andalucía, España, en 1559 y vino con fray Alonso de San Buenaventura en el segundo viaje que este realizó a su patria en busca de religiosos para las doctrinas del Río de la Plata. Con destino al Paraguay venía fray Juan de Córdoba, junto con fray Alonso Velázquez y fray Ignacio de Loyola, quienes llegaron hacia 1596 (70) luego de haber pasado por Chile, donde fray Buenaventura cayó enfermo y antes de morir entregó a Juan de Córdoba un recado para el padre Bolaños, "su ángel" (71), que misionaba en el Paraguay desde hacía dos décadas.

            Gran amigo y colaborador de Bolaños, fray Juan de Córdoba se distinguió por su sencillez, su amor a la pobreza y su espíritu de entrega a los más indefensos. Cuando a Bolaños le preguntaron acerca de él, respondió: "Si Dios me hiciera tanto favor, que mereciera poner la boca donde el padre fray Juan pone los pies, me reconocería favorecido de su divina Majestad" (72). Tal elogio de labios de Bolaños suponía un religioso ejemplar y un misionero sin tacha.

            Durante medio siglo adoctrinó a los nativos del Paraguay. En la reducción de Itá trabajó durante 30 años sin haber ido a Asunción durante todo ese tiempo a pesar de la corta distancia que las separaba (73). En 1617 ya se lo ve como cura doctrinero de Itá, donde atendía unos 400 indios (74). El padre Lorenzana dijo de él "ser buen lengua y gran siervo de Dios" (75).

            Jamás estuvo ocioso, a pesar de sus ochenta y más años seguía entre los naturales de Itá hasta que por orden de sus superiores integró la comunidad de Asunción donde murió a la edad de 84 años. Fue sepultado en la iglesia conventual de los Padres Franciscanos de esa ciudad y cinco años después, 1648, el padre Visitador fray Diego de Mendoza y Madrid, ordenó que se abriera su sepultura, a pedido de la ciudad de Asunción; en ella se encontraron parte de sus restos "disueltos en una especie de licor fragante, como en el caso del santo padre fray Luis Bolaños" (76). El resto de las reliquias fueron repartidas entre los fieles devotos del siervo de Dios, que las pidieron exteriorizando de esa forma su veneración y devoción hacia fray Juan de Córdoba.

 

            10. FRAY GREGORIO DE OSUNA

 

            Hijo de la tierra. Nació en Santa Fe hacia 1584, descendiente de españoles conquistadores (77). Profesó en la Orden Franciscana en 1600 ante fray Luis Bolaños cuando éste visitó aquella provincia siendo Custodio del Paraguay (78). A su regreso, Bolaños lo trajo consigo y aprendió a su lado la tarea de adoctrinar a los indígenas.

            Cuando Bolaños se alejó de las reducciones del Paraguay para proseguir su labor misionera en las provincias del Plata, confió a fray Gregorio de Osuna la reducción de Caazapá en 1615. Permaneció en ella casi todo el resto de su vida, salvo unos pocos años que sirvió como doctrinero en la reducción de Yuty, donde lo encontró el padre Lorenzana en 1621 (79).

            Le cupo el honor de haber hallado la tumba del mártir fray Juan Bernardo, en Caazapá, búsqueda que practicara a pedido del padre guardián del Convento Grande de Asunción, fray Gabriel de la Anunciación, hacia los años 1623-1626. En esa ocasión, escribió al padre Bolaños pidiendo datos del joven mártir. Se conserva el informe del martirio de Juan Bernardo y la declaración jurada del padre Osuna en 1627, elaborada en base al testimonio que Bolaños diera en la carta que a ruego de Osuna escribiera sobre el particular, desde el convento de Buenos Aires (80).

            Gran amigo de los jesuitas, fray Osuna envió desde su doctrina de Caazapá en 1628 unos 200 indios para socorrer a los misioneros de Candelaria a raíz del martirio del padre Roque González y sus compañeros. Cuando llegaron a Caazapá los restos de los citados mártires, fray Gregorio de Osuna salió a recibirlos junto con el padre Definidor fray Gabriel de la Anunciación y su secretario, además de un dominico y el padre Antonio Arredondo, cura de Yuty, que allí estaban. "Ayer viernes llegaron los hijos con las santas reliquias asadas de mis hermanos -escribió Osuna al padre Boroa, rector de la Compañía de Jesús- y este hermano revestido de capa y con hartas lágrimas... acompañó con un Te Deum Laudamus a canto de órgano y con repiques de campanas y a tambores en procesión..." (81).

            Tanta era la estima y veneración que los indios tenían a fray Osuna, que jamás pudo ningún superior transferirlo a otra doctrina; cuenta Córdoba, que después de haber servido muchos años en Caazapá, el padre provincial decidió trasladarlo a Itatí, pero cuando los indios se enteraron le hicieron frente al superior amenazándole con volverse a los montes o irse con el padre Osuna en caso que lo llevara de la reducción (82). El padre Osuna siguió en Caazapá hasta su muerte, donde vivió 40 años adoctrinando a los indios del lugar. Murió en 1641 (83) en la misma reducción donde se había iniciado, dejando un claro testimonio de ofrenda generosa a los más indefensos.

 

            11. FRAY ANTONIO DE ARREDONDO

 

            Contemporáneo de Bolaños, Gabriel de la Anunciación, Velázquez y Osuna, fray Antonio de Arredondo misionó en Yuty por muchos años. No se tienen datos de su procedencia, ni sabríamos nada de él si no fuera por un documento escrito por el obispo fray José de Palos en 1724 cuando su visita pastoral a Yuty (84). Ese testimonio póstumo nos da una idea de la veneración que los indios de la reducción de Yuty profesaban hacia fray Arredondo, veneración y cariño que la tradición guardó celosamente entre los mártires del lugar.

            Cuenta fray Gregorio de Osuna, que cuando llegaron a Caazapá en 1628 los restos de los mártires del Caaró, salió a recibirlos junto con el padre definidor fray Gabriel de la Anunciación, un dominico y el padre Antonio (85). Es más que probable que se refiera al cura de Yuty y que ese fuera fray Antonio de Arredondo, que de hecho misionó entre los indios de Yuty, reducción cercana a la de Caazapá.

            El padre Francisco Frías, doctrinero de Yuty cuando la visita del obispo Palos en 1724, pidió al prelado en nombre del pueblo, que le permitiera exhumar el cuerpo del venerable fray Arredondo que desde hacía 51 años yacía en una sepultura de "tierra virgen" en el presbítero de la iglesia de Nuestra Señora de la Natividad de Yuty. La tumba estaba señalada con una tabla "al lado de la Epístola" y el Cabildo y pueblo querían colocar sus cenizas en una urna para ser depositadas en lugar decente.

            En el documento aludido, el obispo Palos señala los motivos que llevaron a los del pueblo a suplicar tal petición. "... El venerable fray Antonio Arredondo, varón apostólico, compañero del venerable fray Luis Bolaños, quien, por tradición de los indios, dicen haber muerto, habiéndose despedido de ellos exhortándolos a mantener la fe en que les había instruido, y que sería la última exhortación, porque le llamaba el Señor, y que de facto acompañándole todos con lágrimas a la celda, se tendió en el suelo a vista de todos y cruzando los brazos expiró" (86).

            Fray Antonio de Arredondo murió el día de la Virgen de la Asunción de 1668 (87), rodeado de los indígenas de la reducción.

            Al cavar la sepultura -declara el obispo Palos- "se encontraron frescas las huellas de las sandalias, con un pedazo de sayal, con los cabellos del cerquillo y algunos huesos relucientes con puntas de diamante... todo lo cual mandamos sacar y colocar en un cajoncito decente de madera" (88). La urna fue depositada debajo del altar mayor, no sin antes encargar el obispo al cura de la reducción, que avisara si algún prodigio o maravilla hiciera el Señor por intercesión de fray Arredondo o de fray Juan Bernardo, cuyas reliquias también se guardaban en un cajoncito en la sacristía de la misma iglesia (89).

            Pasó el tiempo, hasta que el Sábado Santo de 1778 se volvieron a abrir las urnas de ambos siervos de Dios. La apertura se realizó en presencia del doctrinero de Yuty, fray Antonio Ferreira, del padre predicador Lorenzo Seniquel y del escribiente fray Francisco de San Bernardino "y hallamos existir sin decadencia de los tiempos el mismo olor, fragancia y suavidad no terrenos que expone Su Ilustrísima en el Auto antelado" (90). Luego de tomar una pequeña porción de las reliquias para persuadir a los fieles a su veneración, entregaron las mismas al corregidor del pueblo que las depositó en su sitio, "dejando el ámbito de la celda donde se abrieron difundido de la suavidad de su fragancia... y sin poder extinguir de las manos el olor... asimismo quedó el paño que puse encima de la mesa... que en término de ocho días mantuvo aquella fragancia..." (91)

            La tradición guardada por los mayores, sumada a la apertura del sepulcro y posterior inspección de las reliquias y su sobrenatural fragancia, hicieron que la veneración y recuerdo de fray Antonio de Arredondo continuaran vivos en el corazón de cada uno de los indígenas de la reducción de Yuty.

 

            12. FRAY MIGUEL MÉNDEZ JOFRE

 

            Aunque se desconozcan sus inicios como misionero, desde que lo hallamos en Belén luego de la expulsión de los jesuitas, hasta su muerte en 1776, fray Miguel Méndez Jofré dio pruebas claras de lo que pudo haber sido su labor apostólica durante los años que para nosotros pasó en el anonimato.

            Misionero de los mbayáes y fundador de pueblos en el Norte del Paraguay actual, fray Méndez Jofré es recordado por todos los historiadores e investigadores que se ocupan de los orígenes de Concepción. Fue a propuesta suya que el gobernador Fernando de Pinedo fundó la Villa Real de Concepción en 1773 (92). Con visión geopolítica, el franciscano advirtió reiteradas veces al Cabildo de Asunción, la amenaza que significaba la presencia portuguesa y la necesidad de fundar villas de españoles cerca de su reducción de Itapucú Guazú, en el paralelo del río Apa (93). Si la fundación de la Villa Real se hubiera hecho en el lugar propuesto por fray Méndez Jofré y no mucho más al sur, cerca de Belén, donde efectivamente fue asentada, el Cabildo y el gobernador Pinedo hubieran ganado muchas más tierras para el Paraguay.

            Pero antes que visionario y fundador de pueblos, fray Méndez Jofré se destacó por su valor y arrojo al ponerse al servicio de los mbayáes, indios belicosos y asaltantes de pueblos, como Jérez, Santa María de Fe, Ypané, Guarambaré y otros (94).

            Cuando los jesuitas fueron expulsados en 1767, el pueblo de Belén quedó a su cargo desde entonces y hasta su muerte, lo vemos, como dijera él mismo "arrojado todo en la divina providencia" (95), catequizando a los mbayáes, primero en Belén y luego, a orillas del arroyo Eguileghigó en el paralelo del río Apa, donde en 1769 fundó un pueblo al que lo llamó "Nuestra Señora del Refugio" (96). Para 1771 ya tenía construida una pequeña iglesia y una choza en su reducción y a pesar de la "mucha crueldad bárbara y libertinaje" de los mbayáes amaba tanto a los suyos y a aquellas tierras, que llegó a considerar ese "pedazo de mundo" tan hermoso y ameno, que ignoraba "haya otros mejores en la América con haberla andado y corrido toda ella" (97).

            Muchas correspondencias mantuvo con el Deán y Cabildo Eclesiástico en su calidad de superior de las doctrinas franciscanas del Norte. También escribió al Cabildo Secular acerca de la marcha de los tres pueblos que en la región poseían los frailes de su Orden. En todas ellas primaba el interés por la buena marcha y conservación de los pueblos y el deseo de salvar al Paraguay de la invasión de los portugueses.

            El pueblo fundado por fray Méndez Jofré quedó abandonado cuando éste bajó enfermo a Asunción, donde murió en el Convento de la Recolección el 7 de marzo de 1776 (98). Así acabó sus días el doctrinero de los mbayáes y su nombre quedó grabado entre los insignes misioneros franciscanos del Paraguay.

 

            13. FRAY ANTONIO BOGARÍN

 

            Hijo de la tierra, fray Antonio Bogarín nació en 1747 y, siendo muy joven aún, ingresó en la Orden Franciscana, donde profesó en 1765 (99). Su vocación por la obra misionera lo llevó a adoctrinar a los guanás, donde en compañía de fray Miguel Méndez Jofré y otros religiosos se internó entre las naciones bárbaras del Norte, llevando a sus asentamientos la luz del cristianismo.

            La parcialidad Ethelenoé, una de las más numerosas entre los guanás, se redujo hacia 1769 bajo la dirección y guía de fray Antonio Bogarín y su compañero fray Pablo Casado (100). Muchas necesidades pasaron en aquellos lejanos montes, tantas, que el superior de las doctrinas fray Méndez Jofré se vio obligado a pedir auxilio al Deán y Cabildo Eclesiástico de Asunción, para que arbitraran medios para conservar las reducciones ya existentes y sus misioneros, conforme a las "Cristianísimas leyes de Altar y Campana" (101)

            Las reducciones del Norte no pudieron prosperar a causa de la escasez de religiosos y los pocos que quedaron a la muerte del padre superior en 1776 se vieron obligados a dejarlas (102).

            Grande habrá sido la decepción del joven misionero al abandonar a los Ethelenoés después de tantos esfuerzos por misionarlos. Obediente a las decisiones de sus superiores, fray Antonio Bogarín bajó a Asunción en espera de un nuevo destino.

            Ante el pedido de reducción de los Tobas, enemigos acérrimos de la Provincia, el gobernador Melo de Portugal pidió a los franciscanos que se encargaran de adoctrinarlos y allá fue el misionero de los Guanás para ponerse al servicio de aquellos. En 1782 se fundó la reducción de San Antonio de los Tobas en la banda occidental del río Paraguay (Chaco) y le cupo a fray Bogarín organizarla desde sus comienzos. Durante diez largos años se dedicó a la tarea de atraer a los indios del Chaco hacia la vida sedentaria y cristiana. Además de esta reducción, atendió la de Naranjay, fundada también en el Chaco hacia el mismo año (103). La inconstancia de los Tobas hizo que la abandonaran por un tiempo para luego regresar aunque por breves años.

            También se lo vio a fray Bogarín como compañero de fray Cipriano Cañete en la reducción de Santa Rosa (Misiones) en 1787 (104). Su presencia en ella habrá sido temporaria ya que permaneció entre los Tobas de Naranjay hasta 1796, año en que fue nombrado teniente cura de la reducción de Caazapá (105).

            Participó además como capellán en una expedición a Itapucú en 1792 (106), ocasión que aprovechó para visitar a sus amigos Guaná, que quedaron en su recuerdo como los primeros discípulos de su larga trayectoria misionera.

            Corto tiempo permaneció en Caazapá como teniente Cura. Una vez más tuvo el mérito de iniciar reducción, esta vez, con los Chavaranás, parcialidad Guaná del Alto Paraguay, a quienes el gobernador Lázaro de Ribera, de común acuerdo con los franciscanos de Caazapá, cedió el potrero San Francisco perteneciente a dicha doctrina (107). Allí se organizó la reducción de San Juan Nepomuceno en 1797, de la que fray Antonio Bogarín fue su primer cura doctrinero, en compañía de fray Mariano Bordón (108). Juntos lucharon por la defensa de los naturales ante el afán de los españoles que quisieron conchavarlos como peones de sus estancias.

            Un año y medio estuvo fray Bogarín entre los Charavanás de San Juan Nepomuceno, desde entonces, nada se supo de él (109).

            En la tabla capitular de 1806 no figura su nombre en ningún convento ni doctrina de la Provincia Franciscana del Paraguay (110), es probable que para esa fecha, el incansable misionero, fundador de pueblos, haya muerto entre los indígenas de algunas de las misiones franciscanas.

 

            14. FRAY PEDRO DE BARTOLOMÉ

 

            Nació en España en 1731 y vistió el hábito franciscano a la edad de 26 años (111). Ilustre doctrinero de los Guanás y Cainguás, su ininterrumpida labor de misionero por espacio de más de cuatro décadas hizo que su nombre quedara unido a las reducciones por él fundadas y conservadas hasta nuestros días, como las de Lima y Tacuatí, en el departamento de San Pedro.

            A Pedro de Bartolomé se lo encuentra como doctrinero a partir de 1769-1770, cuando en compañía de fray Francisco Sotelo logró convencer a los Layanas, parcialidad Guaná, a que transmigraran a esta banda para fundar con ellos un pueblo en las riberas del río Apa. Ambos religiosos se internaron en "los montes y lagos de su antigua habitación" y con grandes fatigas dieron inicio a una reducción, que para 1773 contaba con más de 3.000 indígenas (112).

            Como esta doctrina no pudo prosperar por falta de medios para alimentar a tanta gente por haber sido corta y esporádica la ayuda de Asunción, los Layanas se dispersaron y muchos volvieron a su antiguo hábitat.

            Con un grupo de indios de la misma parcialidad Layana, fray Pedro de Bartolomé fundó la reducción de Tacuatí en 1788 (113) Serias dificultades tuvo que afrontar fray Bartolomé ante la presión de los indios infieles que hacían "mofa y escarnio del hombre cristiano" (114) Los Mbayáes, desde muy antiguo, sometieron a los Guanás que le servían y cultivaban sus tierras sin ningún salario (115), este acatamiento, aunque voluntario, frenó desde sus inicios la marcha de la reducción de Tacuatí. Aun así, fray Bartolomé sabía que no era imposible evangelizar a los Layanas, aunque para ello, necesitaba aislarlos de sus antiguos amos mbayáes.

            En 1793 la reducción de Tacuatí quedó abandonada al trasladarse fray Bartolomé al paraje de Lima, donde fundó con los Layanas la doctrina de San Francisco de Aguaray. También aquí tuvo tropiezos el itinerante misionero y a pesar de la oposición de ciertos terratenientes de que ocuparan el lugar escogido para la reducción, en setiembre de 1792 ya habían llegado de Tacuatí seis caciques con su gente (116).

            La reducción de Tacuatí fundada por fray Pedro de Bartolomé volvió a reorganizarse en 1799 bajo la dirección de los religiosos mercedarios. Para entonces fray Bartolomé ya había llegado hasta los Cainguá o monteses y los redujo en la doctrina de San Francisco de Aguaray, en el paraje de Lima. En 1798 todavía iban llegando grupos de monteses a la reducción y los que no venían era "por la falta total de ropa con que vestirlos, pues están enteramente desnudos" (117).

            La última noticia que se tiene de fray Bartolomé como doctrinero de los Cainguás data de 1810 (118); en adelante nada se supo ya de su sacrificada vida de misionero.

            Para entonces contaba con 80 años. Murió en su reducción de Lima y su tumba se conserva hasta hoy, a unos metros del río Aguaray-Guazú.

            Quedaron como testimonio patente de su fecunda obra, San Pedro de Ycuamandyyú del que fue cofundador y primer capellán y las reducciones de Tacuatí y Lima, que en época de don Carlos Antonio López todavía conservaban sus iglesias franciscanas del siglo XVIII (119.

 

            15. FRAY TOMÁS DE AQUINO

 

            El apóstol de Itá, fray Tomás de Aquino, fue uno de los tantos hijos de la tierra, que la provincia dio a la Orden Franciscana del Paraguay. Nació hacia 1723 y a la edad de 26 años profesó como religioso en la mencionada Orden (120) a la que sirvió como misionero hasta su muerte en 1800 (121).

            Una vez ordenado sacerdote, fray Aquino fue nombrado como doctrinero y administrador de la reducción de San Blas de Itá en 1575 (122). Desde un comienzo se dedicó por entero al adoctrinamiento de los naturales, emulando a los fundadores de la misma, fray Luis Bolaños y fray Alonso Buenaventura. Tuvo a su cargo la escuela de primeras letras y la dirección de los talleres artesanales de carpintería, platería y otros, que tanto prestigio dieron a Itá y que hicieron posible su resurgimiento en la segunda mitad del siglo XVIII.

            Alentó la construcción de un hospital levantado junto a las oficinas del convento y fomentó las industrias típicas de Itá como la alfarería y carpintería, encargándose personalmente de la promoción y venta de las mismas en Asunción y provincias del Plata. Así se lo ve en 1792 cuando en uno de sus viajes al Convento Grande de Asunción, se percató de que las "chinas" no habían traído las vasijas de barro que debían enviarse a los fortines y presidios de río arriba y escribió a la reducción para que enviaran sin demora "doce tinajas, doce cambuchí, doce fuentes y veinte y cuatro jarras" (123), advirtiendo que trajeran más de lo indicado por si se rompieran en el camino.

            Las numerosas correspondencias que envió fray Aquino a las autoridades y personas que contrataban algún servicio artesanal de los indios, demuestran su espíritu emprendedor y dinámico, por un lado, y el afán de proteger a los indios en sus derechos, por otro.

            Cargado de años, fray Tomás de Aquino escribió al gobernador Lázaro de Ribera, su última carta en 1800, en la que le decía: "Cuarenta y tres años hacen me hallo sirviendo al Curato, y Administración de este Pueblo en cuya larga distancia he conocido las voluntades, e inclinaciones de estos naturales, y hallándome en el día en avanzada edad, y en los umbrales de la muerte, no puedo menos que... encomendar a Vuestra Señoría este pueblo..." (124). Terminó la carta pidiéndole a Ribera que a su muerte lo reemplazara su compañero fray Pedro Rodríguez Cosio que desde hacía cuatro años lo ayudaba en lo "espiritual y temporal".

            En enero de 1800 murió en la reducción de San Blas de Itá fray Tomás de Aquino. Sus despojos quedaron para siempre en ella, se confundieron con la tierra que le sirvió de patria por casi medio siglo. Aun que hoy nadie lo recuerda por ser el gran desconocido, fray Tomás de Aquino fue el apóstol de Itá y su nombre deberá rescatarse del olvido y ocupar un sitio de honor en el corazón de todos los iteños.

 

            16. FRAY JOSÉ MARIANO AGÜERO

 

            Hijo de la provincia franciscana del Paraguay, fray José Mariano Agüero se dedicó a los Mbocovíes del Chaco, en la reducción misionera de San Francisco Solano de Remolinos. Fue el primer doctrinero de ella y como tal le correspondió organizar y recibir a los diferentes grupos indígenas que del Chaco central iban llegando durante los primeros meses de fundación, allá por los años 1778-79 (125)

            Reducir a los Mbocovíes del Chaco no era tarea fácil: su cacique Elodín no guardaba subordinación a nadie; su gente se internaba en el Chaco, con riesgo de que a su vuelta trajera la guerra a la reducción, además pasaba a la otra banda donde se dedicaba a robar "ganado de la estancia del Rey" (126). Fray Agüero se sintió impotente ante la indisciplina y rebeldía de los Mbocovíes y no le quedó otra alternativa que la de informar al gobernador Joaquín Alós en 1788. A partir de entonces, la reducción contó con un Fuerte, custodiado por 50 hombres al mando de oficiales, a fin de resistir a cualquier desorden o "irrupción" (127).

            A pesar de los obstáculos, fray Agüero llevó adelante su labor misionera y educadora en Remolinos. Creó una escuela de primeras letras donde hacía de maestro y actuó como capellán de la Villa Nuestra Señora del Rosario de Remolinos, en la banda oriental del río Paraguay. Doce años vivió con los Mbocovíes fray José Mariano Agüero, hasta que en 1790 fue designado para acompañar a fray Tomás de Aquino en la reducción de San Blas de Itá (128).

            Grande habrá sido el cambio de una reducción a otra. La vida ordenada y laboriosa de los indios de Itá le sirvió con seguridad de un merecido descanso después de lidiar por tanto tiempo con los Mbocovíes del Chaco. En 1796 le reemplazó fray Pedro Rodríguez Cosio (129); desde entonces, nada se supo de él.

            La reducción de Remolinos y la Villa del Rosario de Remolinos, hoy Villa Franca, en el departamento de Ñembucú, tienen en fray José Mariano Agüero, su primer cura doctrinero y su incansable organizador y educador.

 

            17. FRAY JUSTO CECILIO FLEITAS

 

            Otro de los insignes misioneros de los Mbocovíes del Chaco fue fray Justo Cecilio Fleitas. Nació en la provincia del Paraguay en 1753 y profesó en la Orden de San Francisco a la edad de 20 años (130). Sus primeras experiencias misioneras las adquirió como ayudante de fray Tomás de Aquino en la reducción de Itá; aparece como tal en la nómina de religiosos de la provincia del Paraguay, en 1787 (131). Allí permaneció hasta 1790, año en que lo reemplazó fray Mariano Agüero (132).

            Para 1798, fray Justo Fleitas ya estaba entre los Mbocovíes y al año siguiente acompañó al Cnel. José de Espínola y Peña al Chaco, en calidad de capellán de la expedición (133).

            La inconstancia y la indisciplina de los Mbocovíes frenaron la marcha de la reducción de San Francisco Solano de Remolinos. Después de varios años de intento por evangelizarlos, fray Justo Fleitas tuvo que reconocer que los únicos indios cristianos de su reducción eran algunos niños. A pesar de todo, su lucha por atraerlos a la vida cristiana continuó. No le detuvieron la miseria ni la incomodidad de vivir en un cuarto viejo y destruido, "casi inhabitado de goteras" (134), ni lo inhóspito de su suelo y clima y mucho menos la insubordinación de los Mbocovíes. Si dejó la reducción después de más de 20 años, fue porque los pocos religiosos que quedaban durante la dictadura del doctor Francia tuvieron que reunirse en el Convento de la Recolección, abandonando sus reducciones.

            En 1821 fue electo Guardián de los franciscanos de Asunción (135) y al extinguirse las órdenes religiosas en 1824 por disposición expresa de Francia, el padre Justo Cecilio Fleitas pasó a desempeñarse como primer cura párroco de la Recoleta, la que fue creada por Francia en 1829 (136).

            Cuatro años después le reemplazó otro ex franciscano (137), y a partir de entonces no se tuvo noticias de él.

 

            18. FRAY MATÍAS GODOY

 

            Nació en 1757 en la provincia del Paraguay; desde niño sintió vocación misionera y antes de los 18 años profesó como religioso en la Orden Franciscana (138)

            No se conocen sus primeras experiencias como doctrinero; recién en 1787 aparece asignado a San Cosme y San Damián, ex reducción jesuítica (139).Allí actuó como ayudante del cura propietario fray Baltasar Acosta hasta 1790, año en que se trasladó a San Joaquín en compañía de fray Fernando Caballero. Aunque delicado de salud, se ocupó de la doctrina y educación de la niñez al hacerse cargo de la escuela de primeras letras, fundada allí por fray Caballero (140).

            Cuando los franciscanos entregaron el pueblo de San Joaquín a su cura propietario padre Juan Tomás Maciel, fray Matías Godoy volvió a San Cosme y San Damián, donde permaneció por espacio de diez años (141).

            En 1812 ocupó el cargo de maestro de novicios de Villarrica, oficio éste que lo alejó del campo misionero (142).

            Cuando los pocos franciscanos que quedaban durante la dictadura de Francia se vieron obligados a reunirse en el Convento de la Recoleta y en el de Villarrica, fray Matías Godoy fue electo Guardián del Convento de Santa Bárbara, Villarrica, en 1821 (143).

            Una vez suprimidas las órdenes religiosas en 1824, el ex guardián de Santa Bárbara, Matías Godoy, fue nombrado párroco de la iglesia de la Concepción, parroquia creada por Francia en 1825 en la iglesia que fuera de los franciscanos de Villarrica (144). Allí murió cargado de años y de méritos el ex doctrinero de San Joaquín y de San Cosme y San Damián, que vio truncado su anhelo de misionar entre los indígenas, cuando sus superiores le señalaron un destino diferente.

 

            19. FRAY FERNANDO CABALLERO

 

            Catedrático de Córdoba y tío del doctor Francia, fray Fernando Caballero nació en Tobatí en 1750 (145). Aunque preparado para la docencia superior, su espíritu misionero lo llevó a la ex reducción jesuítica de San Joaquín, donde se hizo cargo de la administración y del curato de la misma (146).

            Después de nueve días de camino, llegó a San Joaquín el 25 de enero de 1791 (147). Con visión crítica, fray Caballero detectó a poco tiempo de su llegada los motivos que condujeron a la reducción a un lamentable estado religioso y cultural. La causa principal fue "haber dado la razón de fin a lo temporal y degradado lo espiritual a la razón de medio" (148). Así lo manifestó a Alós en una de sus numerosas cartas que desde San Joaquín escribió al citado gobernador.

            Fray Caballero redobló su esfuerzo y tiempo destinados a la enseñanza de la catequesis y dio a entender al gobernador que los religiosos debían antes que nada dedicarse a la enseñanza de la doctrina cristiana, pues de otra forma no se justificaba la presencia de los mismos en los pueblos de naturales.

            Mandó construir una pequeña escuela compuesta de dos lances cubiertos, donde su compañero fray Matías Godoy enseñaba las primeras letras. Como la iglesia vieja y pajiza necesitaba de una urgente reparación ya que la construcción de la nueva se hallaba en estado "embrionario", ordenó que se hicieran hornos y galpones para fabricar los materiales cocidos y guardar bajo techo las maderas cortadas para la iglesia (149).

            Durante la estancia de fray Caballero en San Joaquín, llegó hasta ella Félix de Azara, con quien el doctrinero mantuvo interesantes y prolongadas charlas sobre los más variados temas, de tal manera que para ellos las horas transcurrían sin darse por enterados (150).

            En 1792 se hizo cargo de San Joaquín el cura propietario de la misma, el padre Juan Tomás Maciel, con lo que la suplencia de fray Caballero llegó a su término (151).

            A fines del siglo XVIII desempeñó el cargo de Visitador de la Orden; en ese oficio se lo encontró en marzo de 1799 en Villarrica y luego en el Convento de la Recolección (152).

            La presencia de Francia en el cuartel de la Ribera en 1811, se debió a la intervención de fray Fernando Caballero (153), aunque una vez en el gobierno, la voz autorizada de su tío dejó de tener influencias sobre el mismo.

            Llegó a ser superior de las doctrinas del Paraguay allá por 1815-1820 (154), y cuando la supresión de las órdenes religiosas en 1824 (155), fray Fernando Caballero posiblemente era conventual de Santa Bárbara de Villarrica.

 

            20. FRAY CIPRIANO CAÑETE

 

            Hijo de la tierra, fray Cipriano Cañete nació en 1756 y a la edad de 19 años profesó en la Orden Franciscana (156). Una vez ordenado sacerdote, se dedicó a misionar a los naturales de la ex reducción jesuítica de Santa Rosa donde permaneció por más de 30 años al servicio de aquellos.

            Importantes reformas llevó a cabo Cañete en Santa Rosa: para la buena marcha de la reducción y mejor control de los indios que vivían en sus "tapyi", lejos del pueblo, hizo que los mismos residieran en él. Modificó los horarios de oración y doctrina para no entorpecer las labores del campo. Aseguró la presencia de los indios en las misas dominicales con un doble control de asistencia. Cubrió la vacancia de maestro de primeras letras, aunque por corto tiempo, por resultarle incompatible con el ministerio sacerdotal (157).

            Varios religiosos lo acompañaron durante su prolongada estancia en Santa Rosa y permaneció en ella hasta poco más de la supresión de las órdenes religiosas en 1824 (158).

            El padre Cipriano Cañete "insigne orador y antiguo misionero de la Doctrina de Santa Rosa" (159) cayó preso por orden de Francia y en 1825 fue desterrado del Paraguay.

 

 

NOTAS

 

(1) Córdoba. "La Orden Franciscana en las Repúblicas del Plata". Op. cit., pág. 25 y siguientes.

(2) Cano. "Las órdenes religiosas en los Treinta Pueblos Guaraníes...". Op. cit., pág. 123.

(3) Millé. Op. cit., pág. 96.

(4) Cano. Op. cit., pág. 123.

(5) Córdoba. Op. cit., pág. 29 y sgte.

(6) Cabeza de Vaca, Alvar Núñez."Naufragios y Comentarios". 5º Edición. Espasa-Calpes, 1971, pág. 117.

(7) Blujaki, Agustín. "Los primeros Sacerdotes y el primer Obispo electo de la Asunción del Paraguay". Separata del Anuario de la Academia Paraguaya de la Historia. Vol. XVI, Asunción, 1978, pág. 63.

(8) Córdoba. "Los Franciscanos en el Paraguay". Op. cit., pág. 14 y sgte.

(9) Cabeza de Vaca. "Comentarios...". Op. cit., pág. 161.

(10) Bruno, Cayetano. S.D.B. "Historia de la Iglesia en la Argentina". Editorial Don Bosco, Buenos Aires, 1966, pág. 182.

(11) Córdoba. "Los Franciscanos en el Paraguay". Op. cit., pág. 16 y sgte.

(12) A.N.A. Copia de Documentos. Tomo 3, f. 6.

(13) Bruno. Op. cit., pág. 166.

(14) Millé. Op. cit., pág. 405.

(15) Cano, Luis. O.F.M. "Franciscanos en Argentina, Paraguay y Uruguay", trabajo publicado en Franciscan Presence in the Americas. Essays on the Activities of Franciscan Frians in The Americas, 1492-1900. Academy of American Franciscan History, Potomac, Mariland, 1983, pág. 110.

(16) Cano. Op. cit., pág. 111.

(17) Gandía, Enrique de. "Orígenes del Franciscanismo en el Paraguay y Río de la Plata", Revista del Instituto de Ciencias Genealógicas, Año 5, N° 6 y 7, Buenos Aires, 1946-1947,pág. 77.

(18) Lozano. Op. cit., Tomo III, Cap. 13.

(19) Oro. Op. cit., pág. 143

(20) Córdoba. Op. cit., pág. 78.

(21) Córdoba. Op. cit., pág. 79.

(22) Córdoba. Op. cit., pág. 80 y sgte.

(23) Cano. "Franciscan presence in the Americas". Op. cit., pág. 112.

(24) Millé. Op. cit., pág. 399.

(25) Oro. Op. cit., pág. 31.

(26) Bruno. Op. cit., pág. 277.

(27) Pastells, Pablo. "Historias de la Compañía de Jesús en la Provincia del Paraguay". Vol. I, pág. 178.

(28) Ortiz, Diego. "Los catecismos y la evangelización". Traducción y condensación de la obra de Bartolomé Meliá S.J., contenida en "La evangelización en el Paraguay". Op. cit., pág. 73.

(29) Nécker. Op. cit., pág. 118 y sgte.

(30) González, Gustavo. "El ciclo legendario de fray Luis de Bolaños, la Virgen de Ka'akupé y el Lago Ypakaraí". Asunción, 1964, pág. 5 y sgte.

(31) A.N.A. Copia de Documentos. Carpeta 13. f. 67.

(32) Oro. Op. cit., pág. 81.

(33) Córdoba. Op. cit., pág. 90.

(34) Oro. Op. cit., pág. 125.

(35) Diario "Última Hora" del 28 de marzo de 1979. Diario "HOY" del 29 de marzo de 1979.

(36) Córdoba. Op. cit., pág. 95 y sgte.

(37) Oro. Op. cit,, pág. 20.

(38) Centurión, Carlos R. "Historia de la Cultura Paraguaya". T I, Asunción, 1961, pág. 77.

(39) Ortiz, Diego. "Los catecismos y la evangelización". Contenido en "La evangelización en el Paraguay". Op. cit., pág. 66.

(40) Velázquez, Rafael Eladio. "Iglesia y Educación en el Paraguay Colonial". Historia Paraguaya, Anuario de la Academia Paraguaya de la Historia, Vol. XV, Asunción, 1976, pág. 101.

(41) Córdoba. Op. cit., pág. 97.

(42) Oro. Op. cit., pág. 49. Carta de Hernandarias al Rey en 1616.

(43) A.N.A. Copia de Actas Capitulares N° 4, pág. 4.

(44) A.N.A. Copia de Actas Capitulares N° 4, pág. 30.

(45) Córdoba. Op. cit., pág. 101.

(46) Córdoba. Op. cit,, pág. 117.

(47) Córdoba. Op. cit., pág. 89.

(48) Oro. Op. cit., pág. 42.

(49) Córdoba. Op. cit., pág. 90.

(50-52) Información sobre el martirio de fray Juan Bernardo hecha en 1627 en Caazapá, por el bachiller don Mateo de Espinosa, Canónigo, Gobernador y Provisor del Obispado de Asunción. El Padre Antonio de Córdoba logró obtener una copia de ese documento cuyo original se guardaba en el Archivo de la Curia de Asunción. Después de una minuciosa búsqueda en el citado Archivo, se puede afirmar que tan importante información existe en forma, por tanto nos valimos de la copia que afortunadamente transcribió en su obra "Los franciscanos en el Paraguay", el mencionado P. Córdoba.

(53) Córdoba. Op. cit., pág. 122 y sgte.

(54) Ibídem.

(55) Parras. Op. cit., pág. 194 y sgte.

(56) Parras. Op. cit., pág. 197.

(57) Diario "última Hora" del 28 de marzo de 1979. Diario "HOY" del 29 de marzo de 1979.

(58) Salas, José Luis of.m. "La Evangelización Franciscana de los Guaraníes. Su apóstol fray Luis Bolaños", Asunción, 2000, p. 288.

(59) Salas. Op. cit., p. 292.

(60) Molina, Raúl. "La Obra Franciscana en el Paraguay y Río de la Plata." Missionalia Hispánica. Año XI, 1954, pp. 46 y ss. Cfr. Salas. Op. cit., p. 289.

(61) Salas. Op. cit, p. 290.

(62) Blanco, José María. "Historia documentada de la vida y gloriosa muerte de Roque González de Santa Cruz... ". Buenos Aires, 1966, apéndice 16. Cfr. Salas. Op. cit., p. 292.

(63) Salas. Op. cit., pág. 296.

(64) Córdoba. Op. cit., pág. 78.

(65) Millé. Op. cit., pág. 215.

(66) Oro. Op. cit., pág. 147.

(67) Córdoba. Op. cit., pág. 41.

(68) Lozano. Op. cit., T 1, pág. 91.

(69) A.N.A. Vol. 63 S.N.E. f. 21 y sgte.

(70) Millé. Op. cit., pág. 215.

(71) Córdoba. Op. cit., pág. 112.

(72) Córdoba. Op. cit., pág. 113.

(73) Ibídem.

(74) Oro. Op. cit., pág. 147.

(75) Córdoba. Op. cit., pág. 41. Carta del Padre Lorenzana al Rey en 1621.

(76) Córdoba. Op. cit., pág. 114.

(77) Córdoba. Op. cit., pág. 115.

(78) Córdoba Santa Clara, Antonio. "La Orden Franciscana en las Repúblicas del Plata". Buenos Aires, 1934, pág. 125.

(79) Córdoba. Op. cit., pág. 41.

(80) Oro. Op. cit., pág. 154 y sgtes.

(81) Córdoba. Op. cit., pág. 117.

(82) Córdoba. Op. cit., pág. 118.

(83) Córdoba. Op. cit., pág. 215.

(84) Córdoba. Op. cit., pág. 121 y sgtes.

(85) Córdoba. Op. cit., pág. 117.

(86) Córdoba. Op. cit., pág. 122.

(87) Córdoba. Op. cit., pág. 215.

(88) Córdoba. Op. cit., pág. 123.

(89) El informe del Obispo Palos fue escrito el 11 de setiembre de 1624 en el Pueblo de Yuty, por fray José Garzón de Medina, prosecretario del citado obispo. Dicho documento se halla trunco en el Archivo de la Curia de Asunción.

(90) Copia del citado documento se hallaba en el archivo del convento franciscano de Buenos Aires de donde Córdoba lo tomó. Cuando quisimos estudiarlo ya no existía, se quemó, posiblemente cuando Peró mandó incendiar las iglesias en la Argentina, en 1955.

(91) Córdoba. Op. cit., pág. 124.

(92) Gutiérrez. Op. cit., pág. 364.

(93) Ferrer de Arréllaga. Op. cit., pág. 22.

(94) Azara. Op. cit., pág. 218 y sgtes.

(95) A.N.A. Copia de Actas Capitulares. T. 26, pág. 246 y sgte.

(96) Algunos, como Gutiérrez, llaman a este pueblo. "Ntra. Sra. del Rosario de Eguileghigó".

(97) Ver cita N° 4.

(98) Córdoba. Op. cit., pág. 218.

(99) A.N.A. Vol. 151 S.H. N° 3.

(100) A.N.A. Copia de Actas Capitulares. T. 26, pág. 246 y sgte.

(101) Ibídem.

(102) Gutiérrez. Op. cit., pág. 351.

(103) Aceval. Op. cit., pág. 137.

(104) A.N.A. Vol. 151 N° 3.

(105) A.N.A. Vol. 3.383 S.N.E.

(106) A.N.A. Vol. 3.377 S.N.E.

(107) Gutiérrez. Op. cit., pág. 404.

(108) A.N.A. Vol. 3.383 S.N.E.

(109) Gutiérrez. Op. cit., pág. 404.

(110) A.N.A. Vol. 391 S.N.E. f. 20.

(111) A.N.A. Vol. 151 S.H. - 1787.

(112) A.N.A. Copia de Actas Capitulares. T. 26, pág. 246 y sgtes.

(113) Ferrer de Arréllaga. Op. cit., pág. 102.

(114) A.N.A. Vol. 482 S.N.E. f. 40.

(115) Azara. Op. cit., pág. 217.

(116) A.N.A. Vol. 359 S.H.

(117) Ibídem.

(118) A.N.A. Vol. 3.406 S.N.E. 2-I-1810.

(119) A.N.A. Vol. 1.345 S.N.E.

(120) A.N.A. Vol. 151 S.H. N° 3.

(121) A.N.A. Vol. 800 S.N.E. f. 6 y sgte.

(122) Ibídem.

(123) A.N.A. Vol. 613 S.N.E.

(124) A.N.A. Vol. 800 S.N.E. f. 6.

(125) A.N.A. Copia de Actas Capitulares. T. 27, del 2 de julio de 1779.

(126) A.N.A. Copia de Actas Capitulares. T. 30, del 27 de febrero de 1788.

(127) Ibídem.

(128) A.N.A. Vol. 524 S.N.E. f. 120.

(129) A.N.A. Vol. 800 f. 6.

(130) A.N.A. Vol. 151 S.H. N° 3.

(131) Ibídem.

(132) A.N.A. Vol. 524 S.N.E. f. 120.

(133) A.N.A. Vol. 3.394 S.N.E.

(134) A.N.A. Vol. 205 S.H.

(135) A.N.A. Vol. 235 S.H.

(136) A.N.A. Vol. 240 S.H.

(137) Archivo de la Curia de Asunción. Libro de Bautismo de la Parroquia de la Recoleta. 1829-1852. Vol. 1.

(138) A.N.A. Vol. 151 S.H. N° 3.

(139) Ibídem.

(140) A.N.A. Vol. 800 S.N.E. f. 100 y sgte.

(141) A.N.A. Vol. 391 S.H. f. 20.

(142) A.N.A. Vol. 219 S.H. f. 115.

(143) A.N.A. Vol. 235 S.H.

(144) A.N.A. Vol. 237 S.H. f. 184.

(145) Cardozo, Efraín. "Historia Cultural del Paraguay". II Época Independiente. Imprenta Modelo S.A., 1963, pág. 214.

(146) A.N.A. Vol. 613 S.N.E. f. 11.

(147) A.N.A. Vol. 600 S.N.E. f. 92.

(148) A.N.A. Vol. 600 S.N.E. f. 67 y sgte.

(149) A.N.A. Vol. 800 S.N.E. f. 100 y sgte.

(150) A.N.A. Vol. 600 S.N.E. f. 70 y sgte.

(151) A.N.A. Vol. 600 S.N.E. f. 75.

(152) A.N.A. Vol. 131 S.N.E. f. 8 y sgte.

(153) Centurión. Op. cit., pág. 80.

(154) A.N.A. Vol. 524 S.N.E. f. 120.

(155) A.N.A. Vol. 3.102 S.N.E. - 1824.

(156) A.N.A. Vol. 151. S.H. N° 3.

(157) A.N.A. Vol. 376 S.N.E. f. 158.

(158) A.N.A. Vol. 3411 S.N.E.

(159) Córdoba. Op. cit., pág. 204.

 

 

 

 

 

II. OBISPOS FRANCISCOS DEL PARAGUAY

 

            Hechos de singular relevancia en la vida de la Iglesia en el Paraguay fueron protagonizados por obispos de la Orden de San Francisco. La erección de la Catedral de Asunción fue hecha por fray Juan de los Barrios en 1548, el Cabildo Eclesiástico de Asunción lo fundó fray Pedro Fernández de la Torre en 1572, casi a finales de su episcopado por no haber contado antes con suficiente número de sacerdotes para organizarlo.

            El Sínodo de 1603, celebrado en Asunción, tuvo como principal exponente a fray Martín Ignacio de Loyola, obispo franciscano que introdujo grandes y significativas reformas en la iglesia de su tiempo. Fray Bernardino de Cárdenas incidió no sólo en la vida religiosa sino también en la política del Paraguay al ser electo en Cabildo Abierto, gobernador de la Provincia en 1649; fray Gabriel de Guillestegui, fue un profundo conocedor de la realidad indígena del Río de la Plata, por haber misionado en estas tierras antes de su nombramiento como obispo del Paraguay; fray José de Palos se vio envuelto en la Revolución Comunera desde su llegada en 1724 hasta finales de la misma en 1735, año en que el obispo de Buenos Aires, fray Juan de Arregui, también franciscano, y amigo de los comuneros, fue electo por el Cabildo de Asunción, gobernador de la Provincia del Paraguay, siendo el segundo y último gobernador eclesiástico que tuvo este país. El obispo Palos murió en Asunción en 1738.

            Uno de los grandes obispos misioneros que recorrió todas las reducciones franciscanas y jesuíticas, además de los pueblos de indios a cargo de clérigos, fue fray José Cayetano Paravicino, que realizó giras pastorales en 1743, 1744 y 1747.

            Otro insigne franciscano, el noveno en la lista de obispos de la Orden Seráfica, fue fray Luis de Velazco y Maeda. Fray Pedro García de Panes vivió los últimos años de la colonia, el inicio de la era independiente y casi toda la dictadura de Francia, fue el obispo que más tiempo permaneció en su diócesis, aunque sumido en el más lamentable ostracismo.

            El primer obispo paraguayo de la época independiente fue fray Basilio Antonio López, que aunque secularizado en 1824 por orden de Francia, el Papa Gregorio XVI quiso conservarlo como religioso, expidiendo la bula pontificia a nombre de fray Basilio Antonio López, de la Orden del Seráfico Padre San Francisco.

 

            1. FRAY JUAN DE LOS BARRIOS

 

            Fueron muchas las peticiones formuladas al Rey por religiosos y conquistadores pidiendo un obispo para el Río de la Plata. Pedro Dorantes clamó por el envío de un eclesiástico que hiciera de "procurador de los indios y de nuestras almas... y nos haga recoger de nuestros vicios" (1). La carta de Dorantes, escrita en 1543, fue seguida por la de fray Bernardo de Armenta, en octubre de 1544, en la que pedía al Rey un obispo para Asunción a fin de que lo remediará todo "y sea protector que ampare y defienda a los indios de los muchos agravios que les son hechos y se les hacen" (2). En 1545 Dorantes volvió a reiterar el pedido a la Corte; también el conquistador Domingo de Peralta hizo la misma súplica para que el obispo que viniera "dé orden a los eclesiásticos que acá están y reforme las conciencias de los cristianos que aquí estamos" (3). Felipe de Cáceres se sumó a los peticionantes al solicitar en 1545 "un juez protector en lo espiritual" (4). En el informe que el gobernador Domingo Martínez de Irala envió al Rey en 1545 iba el pedido explícito de un obispo para el Paraguay: "Y porque las del cuerpo no son nada sin las del alma, Vuestra Majestad debe proveer de un pastor para la Iglesia, así para clérigos como para legos, y que sea tal que a su vida, castigo y ejemplo tengamos todos temor y vergüenza, y la real conciencia de Vuestra Majestad quede descargada..." (5).

            Es de suponer que aquellos clamores fueron los que motivaron al Rey Carlos V a ordenar a Diego de Mendoza, su embajador en Roma, que hiciera las gestiones necesarias para la creación e institución de un obispado en el Río de la Plata proponiendo el nombre de fray Juan de los Barrios, para primer obispo.

            El Rey señaló al Papa Paulo III las cualidades de dicho fraile: "... persona docta y benemérita, y cual conviene para la salvación de las almas de los indios naturales de aquella provincia, según sus méritos, vida y doctrina" (6).

            La creación del obispado del Paraguay fue hecha por el Papa Paulo III en virtud de la bula "Super Specula Militantis Eclesiae" del 1 de julio de 1547. La Diócesis del Río de la Plata tuvo su sede en Asunción y fue sufragánea del Arzobispado de Lima (7). Al crearse la diócesis, en el mismo consistorio secreto se designó el primer obispo, recayendo la elección en la persona de fray Juan de los Barrios. Nació éste en la Villa de Pedroche, antiguo reino de Córdoba, a fines del siglo XV. Joven aún ingresó en la Orden Franciscana donde se ordenó sacerdote hacia 1521, según declaraciones hechas por el mismo obispo en 1561: "Ha cuarenta años que predico el Evangelio" (8).

            Luego de ser nombrado primer obispo del Paraguay, fray Juan de los Barrios erigió la Catedral de Asunción el 10 de enero de 1548 y el documento fue firmado en Aranda de Duero, España.

            Por cédula real del 26 de enero de 1548 el obispo Barrios recibió la designación de Protector de los Indios y se le autorizó para nombrar pesquisidores sobre los malos tratos a los indígenas a fin de castigar los abusos y desmanes cometidos contra los mismos; por cédula real de igual fecha, se pidió al provincial de los franciscanos el envío de misioneros que debían acompañar al nuevo obispo (9).

            Juan de Sanabria, con quien debía embarcarse para América, murió mientras preparaba la expedición; tampoco pudo venir con su hijo Diego de Sanabria, nombrado gobernador del Río de la Plata en 1549. El obispo y los ocho franciscanos que le acompañarían todavía esperaban el día de la partida en 1551, hasta que después de un fracasado viaje con Alanía de Paz, el prelado resolvió desistir de su intento de llegar al Paraguay. Mario Germán Romero, uno de los biógrafos de fray Juan de los Barrios, cita el Memorial del padre Arsenio que dice: "Caminando para ella (Asunción) se desbarató la flota en que iba, y vuelto a España, renunció al obispado, y visto el Rey y su Consejo que no quería volver allá, le dio el obispado de Santa María" (10). Fue el cuarto obispo de ella y el primer arzobispo de Santa Fe de Bogotá. Sobre su desempeño en la Diócesis de Santa Fe, dice monseñor Blujaki: "Si el obispo Barrios hubiera llegado a realizar en Asunción la labor pastoral que desarrolló en su diócesis santafesina, ciertamente que la historia eclesiástica en el Paraguay hubiera tenido un arranque distinto..." (11).

            El nombre de fray Juan de los Barrios quedó ligado a la historia de la Iglesia en el Paraguay a pesar de no haber llegado a destino. La erección de la Iglesia Catedral de la Diócesis del Río de la Plata con sede en Asunción, decretada por él en 1548, hizo que su recuerdo perdurara a través de los siglos.

 

            2. FRAY PEDRO FERNÁNDEZ DE LA TORRE

 

            Casi una década transcurrió desde la creación y erección de la diócesis, hasta la llegada del nuevo obispo nombrado en reemplazo de fray Juan de los Barrios. La elección recayó en el guardián del convento de San Francisco de Granada, fray Pedro Fernández de la Torre, español, jaenzano de Ubeda, hombre virtuoso y de mucha ciencia (12), aunque de espíritu inquieto y dominador (13).

            Según Lozano, se consagró a finales de 1554 y luego de recibir del emperador "una ayuda de costa para los gastos de su viaje, y más de otros cuatro mil ducados para ornamentos, pontifical, campanas, libros y otras cosas para el culto divino" (14), aprestó su viaje y se embarcó en los navíos de Martín de Orué, llegando a su sede en vísperas del Domingo de Ramos de 1556 (15). Grande y emotivo fue el recibimiento que los vecinos de Asunción le ofrecieron al primer obispo que pisaba estas tierras. El clérigo Martín González, testigo presencial de aquel acontecimiento, dice: "Llegado a este puerto, los clérigos salimos de la iglesia mayor con la cruz, y lo recibimos con el himno Veni Creator y toda la ciudad, y le llevamos a la iglesia y, hecha oración en ella con el Te Deum Laudamus, fuese (a) aposentar a las casas de Domingo de Irala, ya gobernador" (16).

            Este agasajó al obispo con una ofrenda muy singular: en prueba de estima le regaló una mula (17).

            El obispo Fernández de la Torre tomó posesión de la Iglesia Mayor de la Encarnación, habilitándola como Catedral de Asunción; la misma estaba ubicada "encima de la barranca del río, donde antiguamente es tuvo cierta fortaleza, y donde los capellanes, puestos por los oficiales reales, administraban los santos sacramentos, y servían al culto divino" (18). Mandó construir la primera Catedral de Asunción, la que subsistió con sus continuas refacciones en el mismo lugar, hasta que la acción de los raudales derrumbó la barranca y obligó a edificar otra, más al sur, la que se habilitó en 1692 (19).

            Debido al escaso número de sacerdotes no pudo organizar el Cabildo Eclesiástico sino después de unos años. Para 1572 ya estaba constituido, aunque con prebendados recargados de trabajos (20).

            A la muerte de Irala, el obispo Fernández de la Torre se mostró partidario de Francisco Ortiz de Vergara, nombrado gobernador por el Cabildo de Asunción, como éste necesitó que la Audiencia de Charcas lo confirmara en el cargo, el obispo lo acompañó al Alto Perú a través del Chaco en 1564, ausencia que se prolongó por unos cuatro años. A su vuelta, se suscitaron serias desavenencias entre el citado obispo y el gobernador interino Felipe de Cáceres. Aquel respaldó el derrocamiento de éste con "impresionante artificio de argucias de la doctrina" (21) y severas acusaciones por apresamiento masivo de indios: "Lo tenemos muy bien probado cómo Felipe de Cáceres teniente de gobernador que se decía ser por Juan Ortiz de Zárate... salió de esta ciudad en el año pasado de setenta y dos... diciendo que iba a descubrir el camino de Tucumán... antes hizo el contrario... pues desde que salió... procuró hacer guerra a todas las más naciones de este río... saliéndoles de paz y de ellos mató e prendió muchos hombres, mujeres, niños y niñas y les quemó sus casas y bastimentos..."

            El obispo lo tachó de luterano y con un "Viva la Fe de Jesucristo" lo apresó en la iglesia Catedral, "inmovilizando a guardias y partidarios" (23) y se empeñó en conducirlo personalmente preso a España. El obispo murió por el camino, luego de 17 años de labor episcopal, contando los cuatro años que vivió en el Alto Perú, de donde trajo para su diócesis algunos religiosos franciscanos.

            A pesar de las intrigas y conflictos que en nada favorecieron la acción pastoral del obispo Fernández de la Torre, la Iglesia paraguaya le debe la organización del Cabildo Eclesiástico, que aunque erigido en 1548 por fray Juan de los Barrios, recién pudo funcionar canónicamente desde 1572.

 

            3. FRAY JUAN DEL CAMPO

 

            El tercer obispo nombrado para el Río de la Plata también fue franciscano, religioso de la Provincia de Castilla. Ocupó cargos importantes en la Orden, tanto en España como en el Perú. En 1575, el rey Felipe II le nombró obispo del Paraguay y el 11 de febrero del mismo año lo presentó ante la Santa Sede para obtener la aprobación papal.

            Aunque Lozano y muchos otros historiadores sostienen que fray Juan del Campo no llegó a su sede por haber fallecido antes de recibir las bulas, Córdoba y Salinas dice que al enterarse de su nombramiento, lo renunció. Tal afirmación la fundamentó en una carta del entonces Provincial de los Menores de San Francisco, fray Juan del Campo, escrita al rey desde Los Reyes, el 30 de noviembre de 1576, en la que dicho religioso se "excusa de aceptar el Obispado del Río de la Plata" (24). Según el cronista Córdova y Salinas, fray Del Campo murió en el Convento de San Francisco de Lima en 1584.

            Con la muerte del obispo fray Pedro Fernández de la Torre y la renuncia de fray Juan del Campo en 1576, la Iglesia del Paraguay quedó sin obispo durante 12 largos años, hasta que en 1585 llegó a su sede fray Alonso Guerra, religioso dominico, el mismo que ordenó sacerdote a fray Luis Bolaños, que desde hacía 10 años esperaba la venida de un obispo que le diera las órdenes mayores.

 

            4. FRAY HERNANDO DE TREJO Y SANABRIA

 

            Primer Obispo paraguayo de la época colonial. Nació en San Francisco -isla de Santa Catalina en la costa atlántica, cuando todo aquel territorio pertenecía a la Provincia Gigante de las Indias.

            Fueron sus padres el capitán Hernando de Trejo, fundador del Puerto de San Francisco en 1553 y María de Sanabria, hija de doña Mencia Calderón, esposa del Adelantado Juan de Sanabria. Es probable que Hernando haya nacido en San Francisco en 1554 ya que sus padres se casaron en dicho puerto, siendo testigo de aquel sacramento, fray Bartolomé, religioso franciscano, integrante de la expedición de doña Mencia (25).

            Ese mismo año, el capitán Trejo ordenó abandonar San Francisco debido a las múltiples necesidades que soportaba la gente, en especial las mujeres que integraban la expedición. Hernando fue con su familia a vivir en Asunción y pronto quedó huérfano de padre y doña Mencia contrajo nuevas nupcias con el gobernador Martín Suárez de Toledo, de cuya unión nació Hernando Arias de Saavedra, más conocido como Hernandarias.

            Viajó a Lima a los catorce años de edad para ingresar en la Orden de San Francisco. Su profesión religiosa la otorgó el entonces Provincial del convento, fray Juan del Campo en 1569. Es conveniente resaltar que dicho superior fue nombrado Obispo del Paraguay en 1575 sin que haya podido llegar a su diócesis.

            Se ordena sacerdote en Lima en 1576 y una década después aparece como confesor y predicador del convento. Fue el primer Provincial Franciscano criollo elegido en 1589. Con él, la provincia de los Doce Apóstoles del Perú, de la que dependían los franciscanos del Paraguay, se independizaba de España para contar con vida propia (26).

            Fue electo Obispo de Tucumán el 9 de noviembre de 1592. Se consagró en Quito el 16 de mayo de 1595 y al llegar a su diócesis la encontró pobre y desorganizada. La visitó repetidas veces a pesar de su inmensa extensión y celebró en ella tres sínodos. Fundó dos colegios seminarios y la Universidad de Córdoba.

            Defendió la libertad de los indígenas al reclamar la abolición del servicio personal. Algunos biógrafos de Trejo, como José María Liqueño, lo comparan a éste con las Casas al expresar: "Fray Bartolomé de las Casas es el legista doctrinario con sus famosas Leyes de Indias y fray Sanabria el juez ejecutante de los postulados jurídicos de la época" (27).

            Un hecho importante en la historia del Paraguay lo constituye la visita que realizaran a Asunción el Obispo paraguayo fray Trejo y Sanabria y su hermano Hernandarias. Dos fueron los motivos principales del viaje del Obispo, visitar a su madre doña María de Sanabria y al mismo tiempo realizar una gira pastoral ya que en esa época la diócesis del Paraguay se hallaba acéfala. Llegaron a Asunción el 19 de julio de 1598. Trejo y Sanabria regresó a su patria después de casi treinta años de ausencia y las autoridades locales y el pueblo en general lo recibieron con grandes honores.

            Ordenó a veintitrés sacerdotes, entre ellos a Roque González de Santa Cruz, clérigo secular que más tarde ingresó en la Compañía de Jesús.

            El obispo Trejo no pudo ver realizado su gran sueño, la creación de la Universidad de Córdoba, pues falleció a fines de 1614. No obstante, su petición y su desvelo por la futura casa de estudios dieron sus frutos en 1622 cuando el papa Gregorio XV facultó a los jesuitas que en sus colegios pudieran los estudiantes obtener grados académicos.

            Fray Hernando de Trejo murió el 24 de diciembre de 1614 y su entierro corrió por cuenta de los jesuitas y de las cofradías "porque quedó pobre y necesitado, que nada tenía por haberlo dado en vida y cuando tenía salud" (28). Todos sus bienes los había donado para la fundación de la Universidad de Córdoba y otros colegios de su diócesis.

           

            5. FRAY MARTÍN IGNACIO DE LOYOLA

 

            Desde la salida de fray Alonso Guerra en 1586, la sede de Asunción quedó vacante por espacio de 18 años, en cuyo lapso fueron presentados dos prelados que no llegaron a destino. Esa larga orfandad se vio interrumpida con la visita que el obispo paraguayo del Tucumán, fray Hernando de Trejo y Sanabria, hermano del entonces gobernador del Paraguay, Hernando Arias de Saavedra, practicó a la diócesis en 1598 (29). En esa oportunidad ordenó a 23 sacerdotes paraguayos, entre ellos a Roque González de Santa Cruz (30). Con la remesa de noveles sacerdotes paraguayos ordenados por el obispo Trejo, además de los misioneros de las distintas órdenes religiosas que trabajaban en el Paraguay, el adoctrinamiento del indígena cobró gran impulso. La Iglesia se vio favorecida con la llegada del obispo fray Martín Ignacio de Loyola, a comienzos de 1603. Era éste el tercero que gobernaba la diócesis, a pesar de haber ocupado el octavo lugar entre los obispos nombrados para el Paraguay. Según Lozano, fray Martín Ignacio de Loyola era "nobilísimo guipuzcoano, sobrino del patriarca San Ignacio, de quien imitó el celo apostólico y sed insaciable de la salvación de las almas" (31).

            Tomó el hábito religioso de San Francisco en el Convento de Alaejos de Valladolid y al ordenarse sacerdote, ocupó la cátedra de Teología en el Convento de Segovia (32). Su vocación de misionero lo llevó a Filipinas y a la China y al regresar a España, después de muchos años de misión en el Oriente, se encontró con fray Alonso de Buenaventura, que preparaba una nueva expedición de misioneros para las reducciones del Paraguay y Río de la Plata. Junto con otros 20 franciscanos vino a América a fines de 1596 en compañía de Buenaventura a quien le sorprendió la muerte en Chile (33); Loyola continuó su viaje al Río de la Plata con otros cuatro frailes, entre los que se encontraban fray Juan de Escobar y Alonso Velázquez, continuadores de la obra de Bolaños en las reducciones de Caazapá, Yuty y otras.

            Mientras el doctrinero fray Martín Ignacio de Loyola vivía ocupado en la tarea de reducir a los indígenas a la fe cristiana, moría en Santa Fe en 1598 el obispo electo para el Río de la Plata, el doctor Tomás Vázquez de Liaño, sin haber llegado a su sede (34). Los vecinos de Santa Fe pidieron al Rey que nombrara en su reemplazo a fray Martín Ignacio de Loyola o a fray Baltasar de Navarro, también franciscano, ambos virtuosos y de muchas letras. El rey Felipe III mandó llamar a Loyola a pedido de sus parientes que pretendían alejarlo de las reducciones indígenas. Aprovechó la oportunidad para presentar al Rey un informe sobre la Provincia del Río de la Plata, en su calidad de Custodio, comunicándole que la Orden contaba ahí con "veinte religiosos descalzos, algunos de ellos muy buenos lenguas de la tierra..." (35). Pidió a su vez el envío de 12 religiosos franciscanos, para proseguir la obra iniciada con los indios.

            El Rey, después de escuchar su informe le comunicó el motivo por el que fue llamado a la Corte: favorecerle con un obispado a su elección. Ante la imposibilidad de rechazarlo, Loyola prefirió el del Río de la Plata, "por el amor que profesaba a los indios y su deseo de emplearse en el servicio y arreglo de la Iglesia de estas provincias" (36).

            La presentación de fray Martín Ignacio de Loyola para la diócesis del Río de la Plata, la hizo el Rey el 9 de octubre de 1601 y el Papa no tardó en nombrarlo, despachando sin tardanza la bula correspondiente. Luego de consagrarse en Valladolid, emprendió el viaje de regreso, "sin mucho aparato, sin costosos preparativos" (37) llegando a su sede el 2 de enero de 1603 (38).

            Es de suponer que una diócesis de más de medio siglo de existencia, de la que casi cuatro décadas vivió sin obispo residente, debió afrontar serios problemas a la llegada de fray Martín Ignacio de Loyola. Éste trató de hallar soluciones aunando esfuerzos a fin de encauzar la acción pastoral y no encontró mejor medio que la convocación de un Sínodo Diocesano en Asunción. A pocos meses de su llegada, por auto del 4 de octubre de 1603 (39), citó a los clérigos, religiosos y laicos más destacados del Paraguay y Río de la Plata para participar de tan trascendental encuentro diocesano.

            Tres importantes temas se trataron en ese histórico encuentro. En la primera parte, la doctrina y modo con que debía enseñarse a los indios.

            Se aprobó como catecismo único el del Concilio Limense, traducido al guaraní por fray Luis Bolaños. "Todos los que se nombrasen por curas de indios sepan por lo menos la lengua guaraní, con suficiencia, para poder administrar los sacramentos, y tengan la Doctrina y Catecismo que hizo el padre fray Luis de Bolaños... el cual sepan de memoria, para que todos los domingos y fiestas lo digan y enseñen a los indios por sí mismos... " (40) . La segunda parte trata de todo lo tocante a Sacramentos y a la buena administración de los mismos y la tercera, "de cosas diferentes para la reformación de las costumbres" (41).

            Con la ayuda de Hernandarias y su esposa doña Jerónima de Contreras, Loyola abrió la "casa de doncellas huérfanas y recogidas", bajo la regencia de Francisca Jesusa Pérez de Bocanegra y en 1604, siempre con la colaboración de Hernandarias, se dio inicio a una "escuela y estudio para la gente moza", dirigida por el licenciado Francisco de Zaldívar "primer centro educativo de nivel superior a la escuela de primeras letras" (42).

            Realizó varias giras pastorales recorriendo gran parte de su dilatada diócesis. En una de ellas cayó enfermo y murió en Buenos Aires, el 9 de octubre de 1606 (43). Luego de las exequias fue sepultado en el Convento de San Francisco de esa ciudad, ocasión en que fray Juan de Escobar, ex Custodio de la Provincia del Paraguay, pronunció la oración fúnebre de circunstancia.

            Fray Martín Ignacio de Loyola -dice Córdova- "fue un eminente obispo: caritativo, sabio, muy virtuoso, apostólico y de gran actividad... amadísimo de cuantos le conocieron y trataron".

 

            6. FRAY BERNARDINO DE CÁRDENAS

 

            El quinto obispo franciscano electo para la diócesis del Río de la Plata nació en Chiquiabo, Alto Perú (hoy Bolivia) en 1579 (44). Sus padres: Celestino Félix de Cárdenas y María Teresa Ponce pertenecían a una de las principales familias de la ciudad de La Paz "a quien con otro nombre llaman Chuquiabo" (45). Luego de pasar su infancia en la ciudad natal, viajó con su padre a Lima y a la edad de 15 años ingresó en la Orden Seráfica, en el Convento de San Francisco de Jesús de Lima y allí cambió su nombre de Cristóbal por el de Bernardino.

            Una vez ordenado sacerdote se dedicó a misionar entre los indios del Alto y Bajo Perú, convirtiéndose en el predicador más popular de los nativos: "No se sabe haya habido otro ministro en ellos, de quien se haya logrado mayor, ni a quien los indios mostrasen tanto amor, y reverencia..." (46).

            Después de más de veinte años de labor apostólica entre los aymarás y quéchuas, ejerció los cargos de "Definidor, Vicario Provincial y Visitador en la Provincia de Charcas". El Concilio Provincial de 1629 celebrado en Chuquisaca (47), lo nombró "Predicador y Misionero Apostólico para la conversión de los indios". Con ese cargo volvió a transitar por la senda del misionero, llevando la palabra de Dios a lugares aún desconocidos:

            "En esta ocupación obró cosas de grande admiración, llevando el Evangelio apartes donde hasta entonces no había llegado la palabra de Dios, extirpando idolatrías y ritos gentílicos, predicando casi todos los días dos y tres sermones a españoles y a los indios, en las dos lenguas generales del Perú..." (48).

            En premio a su labor misionera, el rey Felipe IV lo presentó en 1638 ante el papa Urbano VIII para ocupar la sede vacante de Asunción del Paraguay. Las bulas a favor de fray Bernardino de Cárdenas se expidieron el 18 de agosto de 1640 (49).

            A pesar de la tardanza de las mismas, los documentos que llegaban de España y Roma suponían a Cárdenas en su sede, prueba de que las bulas se habían despachado.

            Con toda la documentación posible -muestra evidente de que las bulas habían llegado a Potosí- Cárdenas se trasladó a Santiago del Estero para que el obispo fray Melchor Maldonado de Saavedra le diera la consagración episcopal.

            Entre tanto, el Cabildo Eclesiástico de Asunción rogaba al obispo Cárdenas que tomara posesión de la diócesis. Recordemos que la sede se hallaba vacante desde 1635 cuando el obispo fray Cristóbal de Aresti se trasladó a la de Buenos Aires (50).

            En la Catedral de Santiago del Estero, fray Bernardino de Cárdenas recibió la consagración de manos del obispo Maldonado, el 14 de octubre de 1641. Sin más tardanza se dirigió a su diócesis donde fue recibido por el gobernador Gregorio de Hinestrosa, los dos cabildos secular y eclesiástico, el clero regular y secular y el pueblo en general.

            En marzo de 1642 llegaron al fin las bulas de su institución, las que fueron leídas al pueblo en la Iglesia Catedral para tranquilidad y contento de todos.

            Nadie dudó de la validez de su consagración hasta el día en que el obispo Cárdenas -misionero y defensor de los indios- quiso visitar las reducciones jesuíticas de su diócesis. Allí nacieron los graves males y escándalos en el seno de la Iglesia del Paraguay.

            Lo que comenzó siendo un conflicto entre el poder jesuítico y el obispo Cárdenas por querer éste visitar las doctrinas y curatos de su jurisdicción, se extendió luego al poder civil. El gobernador Hinestrosa ordenó el secuestro y expulsión de fray Pedro de Cárdenas y Mendoza, religioso franciscano, a lo que el obispo respondió con la excomunión, "por haber puesto manos violentas en un sacerdote..." (51).

            Aunque la lucha aparente seguía siendo entre el obispo y el gobernador, allí se enfrentaban dos poderes: el pueblo amparado por el obispo Cárdenas, y los jesuitas encabezados por Hinestrosa. Cárdenas tenía el respaldo del Cabildo y el pueblo de Asunción, Hinestrosa se apoyaba en el poderío jesuítico.

            Luego de desconocer la autoridad del obispo aduciendo la nulidad de su consagración, Hinestrosa desterró a Cárdenas y éste desde el exilio acudió a la Real Audiencia de la Plata y al juez Metropolitano. Estos tribunales condenaron la conducta del gobernador y ordenaron al obispo que volviera a su diócesis.

            El pueblo recibió a su obispo con aplausos y algarabía y a la muerte del gobernador Diego de Escobar Osorio, sucesor de Hinestrosa, el Cabildo lo nombró gobernador el 4 de marzo de 1649 (52). Durante su corto interinato, Cárdenas, el caudillo indiscutible del "común" desterró del Paraguay a los jesuitas (53).

            La elección del obispo como gobernador del Paraguay fue desautorizada por la Audiencia y el Virrey. En setiembre de ese mismo año se alzó un ejército de indios de las reducciones jesuíticas al mando de Sebastián de León, nuevo gobernador del Paraguay. La entrada en la ciudad fue de muerte, robo y saqueo.

            Cabe destacar que los jesuitas, juntamente con algunos prebendados rebeldes a la autoridad del obispo, erigieron una catedral cismática en el Colegio de la Compañía. Entre tanto, mantenían preso al obispo en la Catedral de Asunción: "Para estrechar más el cerco, puso el Gobernador en cada una de las tres puertas de la Catedral 50 soldados de guarda, con pena de la vida, que no le dejasen hablar con alguna persona, ni le entrasen comida, y se clavaron los cerrojos de las puertas por de fuera" (54).

            Una vez terminada la revuelta con la victoria de las fuerzas indígenas, los rebeldes trasladaron a Cárdenas a la casa de Alonso de Aranda, aliado de los jesuitas; allí permaneció en un calabozo por espacio de once días y luego lo desterraron en una "balsa maltratada" rumbo a Santa Fe (55).

            La Real Audiencia de la Plata anuló el fallo del juez conservador fray Pedro de Nolasco (56), ordenando que el obispo "fuese restituido a su iglesia" (57). Entre tanto, Cárdenas afrontaba un largo y penoso viaje rumbo a Charcas para luego establecerse en la ciudad de Potosí.

            Años más tarde, 1655, el Cabildo de Asunción envió una carta a su obispo fray Bernardino de Cárdenas, rogándole que bendijera la ciudad, ya que desde su expulsión la misma sufría terribles males: "... las haciendas están consumidas, los vecinos reducidos a un lamentable estado de miseria falto de todo lo que la vida humana y conservación de una República es preciso... han sido los años tan continuamente faltos de agua que ya los manantiales de esta Ciudad... se han secado, las lagunas han faltado con tan nuevo asombro y la laguna de Areguá cuyo distrito... era de cinco leguas por un tercio tiene abiertos carriles lo que jamás se ha visto... los pocos ganados se han perdido por alejarse..." (58).

            Tanta era la desgracia del pueblo que las causas de esos males las atribuían a las maldiciones que el obispo impartió al alejarse del mismo: "... todos los trabajos, azotes y castigos que esta ciudad padece tienen sus principios en las justísimas maldiciones a que le sentenció... según el uso de nuestra santa madre Iglesia..." (59).

            El derrumbe de las barrancas también atribuyeron a los dos destierros que sufrió Cárdenas: "... muchas personas celosas han notado que los dos puertos por donde tantas inauditas violencias fue expelido Vuestra Señoría Ilustrísima, no pudiendo sufrir el peso de tan grandes pecados se han hundido, e ido a fondo las barrancas con ser altas que pisaron las injuriadas de Vuestra Ilustrísima quedando todo lo demás de la ribera del río en el mismo ser que antes..." (60).

            El pueblo, compungido y asombrado por "las maravillas raras" (61), que ocurrían desde la última expulsión del obispo, imploró a éste para que tuviera piedad y compasión, levantando la maldición que pesaba sobre el mismo: "... estamos seguros que no ha de desampararnos... hasta habernos dado remedio a tantas desdichas, trayendo a su consideración el sentimiento con que esta ciudad ha estado a su obediencia y jurisdicción... deseando volver al estado en que se hallaba antes de las maldiciones con que se ve hoy castigada esta ciudad. A Vuestra Señoría Ilustrísima pide y suplica... alce su consagrada mano para echarnos su bendición y alzar las maldiciones cuyos efectos sentimos, que con esto quedamos seguros alcanzar esta ciudad de la divina clemencia el reparo de tantos males..." (62).

            Aunque no haya quedado constancia de la respuesta del obispo al angustioso pedido del Cabildo y pueblo del Paraguay, es de suponer que Cárdenas no pudo quedar indiferente al clamor de los cabildantes y que presto levantó su mano para bendecir y perdonar las ofensas recibidas.

            Mientras seguía misionando entre los indios del Alto Perú, Cárdenas nombró a fray Juan Diego Villalón como procurador general y comisionado para defender su causa en las cortes de Roma y Madrid. En los poderes que el obispo dio a Villalón iba incluida la renuncia al obispado del Paraguay, pedido que Cárdenas en una carta-poder dirigió al citado fraile desde Chuquito, en fecha 8 de julio de 1658 (63).

            Dos años después, el Rey mandó al obispo Cárdenas que olvide las acciones pasadas y vuelva a su sede del Paraguay: "... He tenido por bien de resolver que volváis a residir en vuestra Iglesia, y así os ruego y encargo, que luego que recibáis este despacho... ejecutéis vuestro viaje a la dicha Iglesia Catedral del Paraguay a ejercer vuestro oficio pastoral, y llegado que seáis a ella procederéis como Padre piadoso, olvidando todas las ocasiones pasadas y admitiendo a vuestra gracia con amistad y amor paternal a los que en alguna manera se apartaron de ella mediante las dichas inquietudes..." (64).

            El obispo Cárdenas, ya octogenario, no quiso volver a su diócesis. Entre tanto, fue nombrado obispo de Santa Cruz. Murió en Arani el 20 de octubre de 1668 (65).

            Fray Bernardino de Cárdenas fue un prelado austero, virtuoso y penitente. Aunque la, historiografía jesuítica lo ve diferente, los que estudiaron su vida y obra sin apasionamiento lo consideran como un misionero apostólico y un religioso ejemplar. "Hay quienes le atribuyen los dones de profecía y de milagros, como puede constatarse en varios casos de su azarosa vida" (66).

            Escribió algunas obras como: "Manual y relaciones de las cosas del Perú". "Memorial", presentado al Rey de España para la "Defensa de Don Bernardino de Cárdenas contra los jesuitas". "Historia Indiarum et Indigenarum" (67) y otras.

 

            7. FRAY GABRIEL DE GUILLÉSTEGUI

 

            Ante la renuncia y toma de posesión del obispo Cárdenas de la diócesis de Santa Cruz (68), la sede de Asunción quedó vacante en 1664, siendo regida por un gobernador eclesiástico en tanto recibía su consagración el nuevo obispo, fray Gabriel de Guilléstegui. De la orden de San Francisco como el anterior, fue el 17° de los obispos nombrados para el Río de la Plata y el sexto entre los franciscanos al servicio del mismo. Al igual que el obispo fray Martín Ignacio de Loyola, Guilléstegui provenía de la provincia de Guipúzcoa -España- donde nació a principios del Siglo XVII. Muy joven aún ingresó en la Orden Franciscana en la Provincia de Cantabria y una vez ordenado sacerdote se dedicó al magisterio. Obtuvo por concurso la cátedra de Filosofía y enseñó Metafísica y Sagrada Teología, con buen rendimiento de sus alumnos. Publicó en Bilbao en 1643 una obra erudita titulada: "Apología en Defensa de la Orden de Penitencia de San Francisco" (68).

            Su vocación misionera lo condujo a la provincia franciscana del Río de la Plata, donde fue nombrado Visitador General de la Provincia, cargo que le dio la oportunidad de conocer todos los conventos y reducciones franciscanas de su dilatada diócesis. En 1652 actuó como presidente del capítulo provincial celebrado en Córdoba, en el que fue electo ministro Provincial fray Juan de Garay y Saavedra, nieto del fundador de ciudades, Juan de Garay (70).

            Destinado al Perú, se desempeñó allí como Comisario General de la Orden durante el trienio de 1659-1662. También trabajó en el cargo de Calificador del Santo Oficio y en todos sobresalió por su competencia y virtudes. El Rey lo presentó en 1664 como candidato a obispo del Río de la Plata (71). En el Consistorio del Quirinal, del 15 de diciembre de 1666, fue proveído para dicha iglesia y luego de recibir las bulas de la institución, se consagró en el Perú en 1668 (72).

            La noticia del viaje de Guilléstegui al Paraguay trajo alivio al pueblo; hacía veinte años que estaba sin pastor. El Cabildo designó a varios regidores para que lo recibieran a la entrada de la ciudad y mandó a veinticuatro indios remeros "bogando las balsas" (73) que transportarían al nuevo obispo hasta Asunción (74).

            Las autoridades y vecinos de la ciudad prepararon enramadas para celebrar la llegada de fray Gabriel de Guilléstegui: "Que se hagan dos ramadas que se repartan entre los vecinos para este recibimiento y otra por cuenta de la ciudad. En el puerto se haga otra ramada de Tobatí" (75).

            Ningún detalle dejó pasar por alto el Cabildo: hasta dispuso la compra de ingredientes necesarios para ofrecer al obispo un reconfortable refresco: "Que se compren a costa de los propios doce aromas de azúcar de quien lo tuviere para que se haga fruta de refresco para dicho señor Obispo" (76).

            Entró en la diócesis en 1669, donde halló, como era de esperar, gran escasez de clero y el Cabildo Eclesiástico desintegrado. Recorrió unas 250 leguas durante su gira pastoral y confirmó en la fe a 30.000 cristianos (77). De su visita a Villa Rica trajo consigo cuatro "ordenantes", entre ellos a Aurelio Ortiz Melgarejo, a quien ordenó sacerdote por haberle parecido "hábil y suficiente" (78).

            Guilléstegui no pudo hacer mucho en favor de su diócesis, ya que fue trasladado a La Paz, adonde viajó en 1671. La Cédula Real de su promoción al citado obispado, le sorprendió mientras realizaba una visita pastoral por el interior de su diócesis. Murió en 1675 en La Paz "lleno de años y merecimientos" (79).

 

            8. FRAY JOSÉ DE PALOS

 

            Nació en Villa de Morella, Valencia (España), donde vistió el hábito franciscano y poco después de ordenarse sacerdote optó por las misiones, viajando a la Provincia de los Doce Apóstoles del Perú, donde la obediencia le asignó cargos importantes como el de profesor de Teología y Filosofía, guardián del Convento Grande de Lima, custodio de la Provincia y ministro provincial del Perú. También fue visitador general en Chile y actuó en España como mediador en el conflicto suscitado entre el obispo de Campeche (México) y los franciscanos de esa diócesis. Sus acertadas gestiones le dieron prestigio y renombre: "Su Majestad, por especial cédula, se dignó darle las gracias, como también lo hizo el prelado de la Orden" (80).

            Luego de cumplir con todos los cargos conventuales que le habían impuesto, pudo al fin hacerse misionero de una reducción de indios a cargo de los franciscanos del Perú, llamado Cerro de la Sal. Mientras se entregaba por entero al servicio de los naturales, el Rey le nombró obispo titular de Talito en Mauritania y coadjutor de Asunción del Paraguay, con futura sucesión en la diócesis (81).

            El Arzobispo Virrey Diego Morcillo lo consagró en Lima el 24 de enero de 1724, poniéndose luego en camino a su diócesis. En marzo de ese mismo año el Cabildo de Asunción nombró a don Antonio de Arellano como encargado de la "función de toros que está acordada en obsequio del obispo Palos" (82). Tras visitar las reducciones franciscanas del sur (83), llegó a su sede "por caminos fragosísimos" el 9 de octubre de 1724.

            Halló su obispado en miserable estado a causa de la Revolución Comunera y desde un principio se mostró contario al Común y a su caudillo, el doctor José de Antequera y Castro (84). A la muerte del obispo Pedro Durana en 1725, gobernó en calidad de obispo titular del Paraguay. (85).

            Años por demás difíciles le cupo afrontar al obispo Palos. A pedido del Cabildo invitó al obispo fray Juan de Arregui para que viniera a consagrarse en Asunción y con su presencia se pudieran apaciguar las ánimos y fomentar la paz de los habitantes, "malgastada por odios recíprocos" (86).

            La presencia de Arregui en Asunción y su consagración de manos del obispo Palos, lejos de traer conciliación, produjo nuevos y graves conflictos en el castigado pueblo paraguayo. La simpatía que el obispo Arregui manifestó desde el púlpito a favor del Común, hizo que éstos lo eligieran gobernador del Paraguay, como lo fue el obispo Cárdenas en 1649 (87).

            En abril de 1734 el obispo Palos se vio obligado a buscar refugio en Buenos Aires, hasta que con la llegada del gobernador Bruno Mauricio Zabala, y la derrota de los Comuneros, pudo volver a su sede en mayo de 1735 (88).

            A pesar de los dolorosos momentos vividos por aquella larga revuelta, el obispo Palos se mantuvo virtuoso y austero.

            Vivió al servicio de sus feligreses: "No habiendo miseria que no, atendiese o necesidad que no aliviase: socorría a los religiosos en sus claustros; a las viudas en su retiro; a los pupilos en el desamparo; a los reos en sus desgracias, y en todo, a todo género de pobres tras quienes parece se le iba el corazón..." (89).

            El mayor testimonio de su austeridad franciscana es la cláusula de su testamento, dictada poco antes de morir en presencia del gobernador, del Cabildo secular y regular y del deán de la Iglesia Catedral: "No tengo, señores, otros bienes que la pobreza religiosa. Este catre y cortinas de lienzo es de la Santa Recolección. Aquella caja en que tengo mis Pontificales es del Señor Don Alonso Delgadillo..." (90). "No hay en mi casa otros espolios que los que hará la muerte en el saco de mi cuerpo, porque las alhajas que están a la vista no son mías sino prestadas" (91).

            Lozano también admiró su pobreza al decir: "A la pobreza... profesó siendo ya Obispo, el mayor afecto, de suerte que con ser príncipe de la Iglesia, no parecía en el traje sino un religioso de los más pobres" (92).

            Murió en Asunción, el Viernes Santo, 4 de abril de 1738 y sus restos fueron sepultados en la Catedral Metropolitana.

 

            9. FRAY JOSÉ CAYETANO PARAVICINO

 

            Natural de Arequipa -Perú- ingresó en la Orden de San Francisco siendo muy joven aún y en ella se distinguió por su talento y virtudes. Además de teólogo de renombre, fue calificador del Santo Oficio, predicador general, definidor de la Provincia de Charcas y procurador general de Indias en España (93).

            En uno de sus viajes a la Península, el Rey lo designó para la Diócesis del Paraguay, luego de la muerte del obispo fray José de Palos. Su elección se produjo el 16 de noviembre de 1739 y con licencia real fue consagrado en España, al parecer, dos años después (94).

            Dejó el puerto de Cádiz el 13 de marzo de 1742 para encaminarse a su diócesis. A comienzos de noviembre de ese mismo año participó al Cabildo su próximo arribo (95) y el 28 del mismo mes tomó posesión de la sede de Asunción (96).

            A pocos meses de su llegada inició una gira pastoral por todos los pueblos y reducciones, tanto de franciscanos como de jesuitas, ocupándose personalmente de la marcha de los mismos y protegiendo a los indígenas contra los posibles abusos de los doctrineros (97).

            La importante labor misionera del obispo Paravicino, de la que se conocen tres visitas a su diócesis (1743-1744 y 1747) (98), fue motivo de un informe que el Cabildo Eclesiástico de la Iglesia Catedral envió al Rey en setiembre de 1747: "Es tan vigilante en el cumplimiento de su obligación y tan celoso del bien de las almas, que sale siempre a visitar su obispado sin perdonar lo más remoto de él, por unos caminos tan ásperos y peligrosos de enemigos y fieras con gran edificación de sus feligreses, viendo el desinterés y pobreza con que se porta, sin querer admitir más que un corto equipaje para sí y su pobre familia, y el Arcediano que siempre le acompaña, testigo ocular de todo..." (99).

            Con tan honroso informe, el Rey lo promovió a la diócesis de Trujillo -Perú- su patria natal. El obispo Paravicino realizaba entonces la tercera gira pastoral por su dilatada diócesis.

            Durante los meses que permanecía en Asunción, ya que casi todo el tiempo se pasaba viajando de pueblo en pueblo, vivía en la casa del canónigo Agustín de los Reyes Balmaceda, a quien al despedirse en el Puerto de Villeta, rumbo a su nueva diócesis, le obsequió algo de dinero. Luego de encargarle las pocas cabezas de ganado que tenía en la estancia Mandi'ó, de propiedad del citado canónigo, le rogó que las entregara en limosna a la Iglesia Catedral, junto con unos 600 pesos "para ropa blanca" de la misma iglesia (100). Así salió del Paraguay el obispo Paravicino, pobre como había entrado, tomando posesión de su nuevo obispado, el 28 de julio de 1749.

            Falleció poco después de un año de haber llegado a Trujillo, el 2 de octubre de 1750. "Su cuerpo fue sepultado en la iglesia de San Francisco, en el presbiterio, al lado del Evangelio, y su corazón fue depositado en la Catedral" (101).

            El obispo misionero fray José Cayetano Paravicino, fue el 23° de los nombrados para el Río de la Plata y el octavo entre los franciscanos al servicio de la Iglesia en el Paraguay (102).

 

            10. FRAY LUIS DE VELASCO Y MAEDA

 

            Al igual que el obispo Guilléstegui, fray Luis de Velasco y Maeda es hijo de la Provincia de Cantabria; ocupa el 28° lugar entre los electos para la sede de Asunción y el 9° de los franciscanos que han recibido dicho obispado.

            Fue nombrado obispo del Paraguay en 1779 en reemplazo del dominico fray José de Priego y Caro a quien se lo esperó en vano durante muchos años, ya que nunca llegó al Paraguay (103). Según Aguirre, Velasco y Maeda tomó posesión de su diócesis en 1784 y a comienzos del año siguiente inició una extensa gira pastoral, tan necesaria a la diócesis, luego de 21 años de haberse trasladado el último obispo residente en el Paraguay (104). Después de conocer personalmente la situación de su obispado, organizó las parroquias rurales y estableció las vicarías foráneas (105), facilitando en gran medida la tarea sacerdotal de los pocos clérigos encargados de las mismas.

            El nombre del obispo Velasco y Maeda está unido a la historia de la Iglesia Catedral de Asunción, ya que desde su llegada se preocupó por reconstruirla debido a su estado ruinoso. Mandó examinarla por los mejores "peritos del país" y decidió, junto con el Cabildo Eclesiástico, demolerla y ocupar como Catedral el templo que era de los jesuitas (106). Una larga polémica se suscitó entre el obispo y el gobernador intendente Pedro Melo de Portugal, al oponerse éste a la demolición y traslado de la Catedral. La iglesia matriz volvió a retecharse y Ramón de César proyectó un nuevo frontis. Se trajeron imágenes y retablos del ex templo jesuítico y la Catedral quedó terminada y bendecida por el obispo Velasco y Maeda, el 30 de noviembre de 1791 (107).

            Los templos de las ex reducciones jesuíticas fueron protegidos por el obispo Velasco y Maeda al ordenar a los doctrineros de las mismas un minucioso inventario de sus valiosos bienes (108).

            Reglamentó la administración del bautismo, prohibiendo que se hicieran fuera de los templos, salvo caso de extrema necesidad. Ordenó a los párrocos y a sus tenientes que nombraran personas capaces, "bien instruidas en la forma, materia y modo de este Sacramento, para que en tales casos apurados, lo administren" (109).

            Tras 18 años de ministerio activo, fray Luis de Velazco y Maeda falleció en Asunción el 16 de junio de 1792 (110).

 

            11. FRAY PEDRO IGNACIO GARCÍA DE PANES

 

            Español, hijo del corregidor de la Villa de Jarandilla -Granada- Manuel García Panés y Josefa Muñóz. Recibió el bautismo en la parroquia de Santa María de la Torre de la citada villa, el 30 de enero de 1758. Fue confirmado en la fe por el obispo Pedro Gómez de la Torre, el 18 de junio del mismo año (111). Religioso de la Orden Franciscana, se desempeñó como lector jubilado en Sagrada Teología y en 1803 era conventual de San Luis el Real de Málaga (112)

            Unos años después, en 1807, el Rey lo presentó para el obispado del Paraguay, en reemplazo de don Nicolás Videla del Pino, trasladado a la diócesis de Salta del Tucumán (113). A pedido del monarca, García de Panés viajó a Asunción aun antes de recibir las bulas, evitando de esa forma el desconsuelo de los feligreses: "A fin de que la precisa dilación que haya hasta la expedición de las Bulas, no ocasione daño ni desconsuelo a las almas de los feligreses de ella y su diócesis por faltarle su prelado, os ruego y encargo que luego que recibáis este despacho os encaminéis a la expresada Iglesia, y presentéis en el Cabildo de ella, la carta adjunta, en que igualmente le encargo: os dé poder, para que gobernéis aquel obispado ínterin llegan las enunciadas Bulas..." (114).

            Se hizo cargo de la diócesis, el 8 de diciembre de 1807, luego de ser consagrado en Buenos Aires cuando de España viajaba al Paraguay.

            Fray Pedro Ignacio García de Panes, a pesar de su dignidad episcopal, solicitó su incorporación a la Provincia Franciscana de la Asunción, por sentirse parte integrante de dicha orden.

            "Conservando indeleble el amor a nuestra Religión Católica, suplicamos a Vuestra Paternidad muy Reverendísima se dignen incorporarnos en esta Santa Provincia de la Asunción, haciéndonos acreedores y participantes de los sufragios y bienes espirituales, que en semejantes casos suele dispensar esta Santa Provincia, como lo verificó, según estamos informados, con tanto crédito suyo y edificación del público, cuando dispensó igual gracia al Ilustrísimo San Alberto, Arzobispo de Charcas, siendo Obispo de Córdoba: Y nos comunicarán por el medio y modo que a bien tengan Vuestra Paternidad y Reverendísima el fallecimiento de los religiosos de esta Provincia, para concurrir por nuestra parte con el auxilio de misas y otros sufragios, que sean de costumbre, o tengan Vuestra Paternidad por conveniente prevenirnos..." (115)

            El Definitorio, en sesión celebrada en Buenos Aires, el 18 de mayo de 1810, aceptó gustoso la petición del Obispo del Paraguay y lo admitió a la hermandad e incorporación "quoad suffragia" (116).

            Panés, el último obispo español del Paraguay, gobernó la diócesis con celo apostólico y fidelidad al Rey de España. Aún así, cuando la Revolución de 1881, colaboró con la causa de los patriotas mostrando un espíritu abierto al cambio. Alberto Nogués atribuye su posterior alejamiento y abstención del gobierno de la diócesis, a una crisis de conciencia producida por el choque de dos fidelidades. Sea como fuere, el regalismo de la época franciscana mucho tuvo que ver con el "ostracismo" al que se vio sometido García de Panés desde 1816 a 1838, año de su muerte.

            Recordemos el duro golpe que sufrió la Iglesia con la ruptura e incomunicación de las comunidades religiosas con relación a las autoridades extranjeras, en 1815. Fue el año siguiente que García de Panés nombró a Roque Antonio Céspedes entusiasta partidario de Francia, como provisor y vicario general de la diócesis (117).

            En 1819, Francia declaró "demente" al Obispo y clausuró el Seminario de San Carlos, desde entonces, ya nadie pudo ser ordenado sacerdote en el Paraguay (118) y en 1824 extinguió las órdenes religiosas por innecesarias al bien de la República (119). Todo esto, sumado a la supresión del Cabildo Eclesiástico en 1828, significó dolor y lágrimas para el relegado obispo García de Panés.

            Durante 19 años vivió encerrado en la casa que Francia le tenía alquilada para su vivienda. La misma pertenecía a María Úrsula Idalgo y se componía de cuatro piezas repartidas en "él oratorio, la sala, el aposento y una despensa, y para su sobrino, el presbítero Pedro de la Rosa, un cuarto inmediato al del obispo" (120). Actuaba como apoderado del obispo Alejandro García, y a su muerte en 1837 le suplió su hijo Miguel Francisco García, quien recibía del ministro tesorero 10 pesos fuertes mensuales para alimentos del obispo (121).

            Tres meses antes de su muerte, en julio de 1838, el Dictador le mandó decir que declararía la sede vacante si no ejercía su ministerio (122).

            "El obispo -dice el P. Argarañaz- sorprendido con tan inesperado mensaje, penetrado de temor por un lado y de gozo por otro, reasumió su autoridad; pero apenas pudo administrar el Sacramento de la Confirmación a algunos fieles".

            "Había llegado el señor Panés a la decrepitud bajo la sombra del encierro, en absoluta inacción durante 19 años. Al salir de aquel sepulcro vivo, no podía ya soportar el medio ambiente de una actividad en aire libre y plena luz" (123).

            El 13 de octubre de 1838 murió el obispo Pedro Ignacio García de Panés a los 80 años de edad. Fue el 16° de los obispos que llegó a ocupar la sede de Asunción y el 10° de los prelados franciscanos del Paraguay. Nadie como él permaneció por tanto tiempo en la diócesis, aunque de los 31 años de gobierno espiritual, la mayor parte del tiempo vivió sumido en el más triste ostracismo.

 

            12. FRAY BASILIO ANTONIO LÓPEZ

 

            Es el primer obispo paraguayo que ocupó la sede episcopal de su patria y el undécimo y último entre los franciscanos. Nació en Asunción, en el barrio Manorá (Recoleta) en 1781 (124). Muy joven aún ingresó en la Orden Franciscana donde cursó sus estudios eclesiásticos recibiendo la ordenación sacerdotal de manos del obispo Nicolás Videla del Pino. Ya en 1806 regenteaba la cátedra de Arte en el Convento Grande de Asunción (125) y cuando en tiempos de la independencia los más altos cargos conventuales quedaron en manos de "los beneméritos hijos del país que estaban postergados" (126), a fray Basilio López le correspondió la cátedra de Moral "por su virtud, notoria literatura, y estudio" (127). También se destacó como orador sagrado por su brillante elocuencia en el púlpito (128).

            La extinción de las órdenes religiosas en 1824 le sorprendió siendo conventual de Santa Bárbara de Villarrica. Obligado a secularizarse "juxta bayoneta" (129), ocupó el curato de Pirayú hasta que en 1842 fue presentado al papa Gregorio XVI como obispo diocesano del Paraguay.

            "... Aplicándose al bien de la Patria las casas regulares con todas sus propiedades, acciones, y derechos. Y para el cumplimiento de aquella orden tan estraña, mandó al Vicario General que nos despojase de nuestros hábitos, y nos incorporase al Clero Secular, sin que el Obispo supiese nada, el cual se hallaba postrado en un lecho gravemente enfermo, privado de todas sus funciones pastorales, y aún maniático en opinión del Dictador su enemigo capital, por lo que ninguno se atrevía hablarle y ni aún alargarle una corta limosna, por no incurrir en algún crimen de lesa patria. Así secularizados fuimos destinados a los curatos de la campaña, como yo al de Pirayú..." (130).

            Al tener el Papa conocimiento del caso, le conservó su estado religioso a pesar de haberle presentado su hermano presidente, don Carlos Antonio López, como sacerdote "secular". La bula de institución dice expresamente: "A fray Basilio Antonio López, de la Orden del Seráfico Padre San Francisco" (131)

            Lo consagró obispo monseñor José Antonio de los Reyes, en Cuyabá (Brasil), el 31 de agosto de 1845, a la edad de 64 años (132). Tomó posesión oficial de su diócesis el 30 de octubre del mismo año (133).

            Aunque limitado en el gobierno de su iglesia a causa del severo regalismo practicado por el presidente López, su hermano menor, el obispo Basilio Antonio López fomentó las vocaciones sacerdotales y visitó las más lejanas parroquias de su diócesis, junto con su obispo auxiliar, Marco Antonio Maíz (134).

            Después de gobernar su sede durante catorce años y haber sido una protesta viva contra las intromisiones del Estado en la vida de la Iglesia, fray Basilio Antonio López murió el 16 de enero de 1859. Sus restos mortales fueron conducidos a la Catedral "en los hombros de ocho sacerdotes y numeroso séquito, se le enterró a los pies del retablo principal de la iglesia, a la derecha del altar mayor" (135).

            Cuando la restauración de la Catedral en 1972, se procedió a la excavación de su tumba por recomendación del arquitecto Ramón Oviedo y con la debida licencia de la autoridad eclesiástica: "Se hizo una fosa de 1.50 de profundidad, encontrándose restos de huesos, madera y telas putrefactas, así como adornos del ataúd e innumerables pedazos de una basija o cántaro de barro cocido" (138)

            El obispo Basilio Antonio López fue el primero entre sus pares, enterrados en la entonces nueva Iglesia Catedral de Asunción (139).

 

 

            13. CONCLUSIÓN

 

            Desde los religiosos Armenta y Lebrón hasta los exclaustrados por orden de Francia en 1824 y a lo largo de los casi 300 años de presencia franciscana en el Paraguay, hemos visto a los hijos del pobre de Asís en permanente labor misionera entre los indígenas, sin descuidar el adoctrinamiento de los españoles, criollos y mestizos, en ciudades, villas, pueblos y reducciones.

            Desde el púlpito y la cátedra, contribuyeron a robustecer la fe y la cultura del pueblo, en especial de los jóvenes, futuros protagonistas de la gesta emancipadora de mayo.

            Más que ninguna otra orden religiosa, la franciscana contribuyó poderosamente en la formación de la unidad social y política que hoy caracteriza al pueblo paraguayo. La religiosidad popular es de origen franciscano y en momentos críticos de su historia, fueron precisamente los terciarios franciscanos los que conservaron la fe del pueblo en la postguerra, a pesar de la ausencia de sacerdotes en las parroquias de campaña.

            Obispos franciscanos como Martín Ignacio de Loyola, Bernardino de Cárdenas, Gabriel de Guilléstegui, José de Palos, y otros, dejaron las reducciones donde trabajaban como doctrineros para ocupar la sede episcopal, experiencia que supieron aprovecharla en el gobierno de su Iglesia.

            Alguien dijo que los franciscanos son pobres hasta para escribir; lo prueba la escasa bibliografía existente y el poco conocimiento que aun ellos mismos tienen de la obra franciscana en el Paraguay. Es de justicia, pues, que se la ponga de manifiesto y ocupe el lugar que le corresponde dentro de la historiografía paraguaya.

 

 

 

NOTAS

 

(1) Bruno. Op. cit., pág. 190. Blujaki. Op. cit., pág. 77.

(2) Cano. Op. cit., pág. 12.

(3) Gandia, Enrique de, "Indios y Conquistadores en el Paraguay". Edit. García Santos, Buenos Aires, 1934, pág. 53. Blujaki. Op. cit., pág. 78.

(4) Blujaki. Op. cit., pág. 78.

(5) Gandia. Op. cit., pág. 125.

(6) Bruno. Op. cit., pág. 192. Blujaki. Op. cit., pág. 79.

(7) Blujaki: Op. cit., pág. 79. La llamó diócesis del Río de la Plata hasta 1620 en que Buenos Aires fue elevado a la categoría de diócesis.

(8) Romero, Mario Germán. "Fray Juan de los Barrios y la Evangelización del Nuevo Reino de Granada". Academia Colombiana de la Historia, Bogotá, 1960, pág. 26.

(9) Romero. Op. cit., pág. 27.

(10) Romero. Op. cit., pág. 28.

(11) Blujaki. Op. cit., pág. 92.

(12) Córdoba. Op. cit., pág. 134.

(13) Velázquez. "Clero secular...". Op. cit., pág. 103.

(14) Lozano. Op. cit., T. III, pág. 27.

(15) Córdoba. Op. cit., pág. 135.

(16) Bruno. Op. cit., pág. 185 y siguientes.

(17) Moreno, Fulgencio R. "La ciudad de Asunción", Buenos Aires, 1926, pág. 132 y sgtes.

(18) Bruno. Op. cit., pág. 208 y siguientes.

(19) Velázquez. "Iglesia y Educación... ". Op. cit., pág. 99.

(20) Velázquez, Rafael Eladio. "El Cabildo de la Catedral de Asunción". Universidad Católica, 1985, Documenta paraguaya, pág. 13.

(21) Cardozo, Efraím. "El Paraguay Colonial". Edic. Nizza, Asunción, 1959, pág. 117.

(22) A.N.A. Copia de Documentos, T. 8, f. 188, año 1573.

(23) Cardozo. Op. cit., pág. 117 y siguientes.

(24) Córdoba. Op. cit., pág. 140.

(25) Galvez, Lucía. "Mujeres de la Conquista". Planeta, Buenos Aires, 1990. 101. Cfr. Salas, José Luis. "La Evangelización Franciscana de los guaraníes. Su apóstol fray Luis Bolaños. Asunción, 2000, pág. 263.

(26) Liqueno, José María. "Fray Hernando de Trejo y Sanabria", Córdoba, 1916, pág. 32. Cfr. Salas. Op. cit., pág. 265.

(27) Liqueno. Op. cit., págs. 159-188.

(28) Liqueno. Op. cit., pág. 102. Nota 21. Cfr. Salas. Op. cit., pág. 268.

(29) A.N.A. Copia de Actas Capitulares, T. I, f. 192.

(30) Velázquez. "Iglesia y Educación..:. Op. cit., pág. 101.

(31) Lozana. Op. cit., pág. 498.

(32) Córdoba. Op. cit., pág. 141.

(33) Millé. Op. cit., pág. 208.

(34) A.N.A. Vol. 142 S.H. Nómina de Obispos del Paraguay.

(35) Córdoba. Op. cit., pág. 148.

(36) Córdoba. Op. cit., pág. 148.

(37) Córdoba. Op. cit., pág. 149.

(38) Velázquez. "Clero Secular...". Op. cit., pág. 108.

(39) Velázquez. "Iglesia y Educación...". Op. cit., pág. 105.

(40) Ortiz. "Los Catecismos y la Evangelización". Op. cit., pág. 68.

(41) Mateos, Francisco. "El primer Concilio del Río de la Plata en Asunción. 1603". Missionalia Hispánica, Madrid, 1969, pág. 59 y siguientes.

(42) Velázquez. "El Clero Secular...". Op. cit., pág. 108 y siguientes.

(43) Córdoba. Op. cit., pág. 156.

(44) Guzmán. Op. cit., pág. 7.

(45) Carrillo, Alonso. "Resoluciones de su Santidad y S.M. Católica en los Negocios de D. Fr. Bernardino de Cárdenas". Madrid, 1768, pág. 10.

(46) Carrillo. Op. cit., pág. 11.

(47) Carrillo. Op. cit., cita (6), pág. 11. Córdoba. Op. cit., pág. 159 y siguientes.

(48) Carrillo. Op. cit., pág. 11.

(49) Guzmán. Op. cit., pág. 26.

(50) A.N.A. Vol. 142 S.H. Nómina de Obispos del Paraguay. 22 de julio de 1777.

(51) Guzmán. Op. cit., pág. 29. Fr. Pedro de Cárdenas y Mendoza era al parecer pariente y fiel compañero del Obispo.

(52) A.N.A. Copia de Actas Capitulares N° 8-4 de marzo de 1649, pág. 9.

(53) Velázquez. "Iglesia y Educación... Op. cit., pág. 113. Cárdenas pretendía entregar a los sacerdotes recién ordenados -buenos lenguas- los pueblos de indios que se encontraban en poder de los jesuitas.

(54) Carrillo. Op. cit., pág. 40.

(55) Córdoba. Op. cit., pág. 164.

(56) Religioso Mercedario nombrado por los jesuitas como juez conservador.

(57) Córdoba. Op. cit., pág. 164.

(58) A.N.A. T. 9. Copia de Actas Capitulares. 12 de abril de 1655.

(59) Ibídem.

(60) Ibídem.

(61) Ibídem.

(62) Ibídem.

(63) Ibídem.

(64) Córdoba. Op. cit., pág. 165.

(65) Córdoba. Op. cit., pág. 165. Sus restos descansan en el mausoleo de San Francisco de Cochabamba. Su epitafio reza así: "Fr. Bernardino de Cárdenas, OFM. Obispo del Paraguay y de Santa Cruz de la Sierra: 1579-1668".

(66) Guzmán. Op. cit., pág. 167. Según Córdoba, Cárdenas murió en 1670, creemos más fundada la fecha dada por su biógrafo Augusto Guzmán, de ser cierta, murió a los 89 años de vida.

(67) Córdoba. Op. cit., pág. 166 y siguientes.

(68) Cárdenas aceptó la diócesis de Santa Cruz, pero debido a su avanzada edad la dejó al arcediano Álvarez como obispo coadjutor.

(69) Córdoba. Op. cit., pág. 167.

(70) Córdoba. Op. cit., pág. 167.

(71) Velázquez. "Iglesia y Educación... ". Op. cit., pág. 114.

(72) Córdoba. Op. cit., pág. 168.

(73) A.N.A. Copia de Actas Capitulares N° 10, 27 de agosto de 1668, pág. 25.

(74) A cada indio se pagó 6 varas de lienzo por el viaje de ida y vuelta, también llevaron 20 vacas para el sustento de los mismos, a más de 25 arrobas de yerba y 6 de tabaco. (75) A.N.A. Copia de Actas Capitulares. N° 10, pág. 25.

(76) Ibídem.

(77) Velázquez. Op. cit., pág. 114.

(78) Ibídem.

(79) Córdoba. Op. cit., pág. 169.

(80) Lozano. Op. cit., T III, pág. 532.

(81) Lozano. Op. cit., T III, pág. 533.

(82) A.N.A. Copia de Actas Capitulares. N° 21, 24-III-1724, pág. 1.

(83) A.N.A. Copia de Actas Capitulares. N° 21, 16-IX-1724, pág. 10. El Obispo Palos anuncia al Cabildo su llegada a Asunción y lo hace desde la reducción franciscana de Yuty.

(84) "Cartas del Señor doctor D. Joseph de Antequera y Castro, escritas al Ilmo. Sr. Maestro don fray Joseph de Palos", Madrid 1768. Editado por Colección "Fundamentos y testimonios". Serie Comuneros N° 1, dirigida por Francisco Pérez Maricevich, Editorial El Foro, Asunción, 1963.

(85) A.N.A. Vol. 142 S.H. Nómina de Obispos del Río de la Plata. Durana no vino al Paraguay, sólo se recibió su Poder en 1703.

(86) A.N.A. Copia de Documentos. T V N° 13, 12-V-1732.

(87) A.N.A. Vol. 26 S.N.E. f. 93. Fray Juan de Arregui otorga libertad a la persona y bienes del síndico de los franciscanos, Sargento Mayor Andrés Benítez, el 17 de octubre de 1733, siendo aquel Obispo y Gobernador del Paraguay. Velázquez. "Formas especiales de sustitución...". Op. cit., pág. 64 y siguientes.

(88) Córdoba. Op. cit., pág. 171 y siguientes.

(89) Lozano. Op. cit., T III, pág. 539.

(90) A.N.A. Vol. 250 S.N.E. Autos referentes a la muerte del Obispo Palos. 14-VIII-1738.

(91) A.N.A. Vol. 249 S.N.E. Muerte del Obispo Palos.

(92) Lozano. Op. cit., T III, pág. 537.

(93) Córdoba. Op. cit., pág. 175.

(94) Ibídem.

(95) A.N.A. Copia de Actas Capitulares, N° 23. Noviembre, 3 de 1742.

(96) Córdoba. Op. cit., pág. 175.

(97) A.N.A. Vol. 48 S.N.E. Visita de Paravicino al Obispado del Paraguay - 1743, f. 1 y siguientes.

(98) A.N.A. Vol. 192 S.N.E. Visita de Paravicino al Obispado del Paraguay - 1747, f. 34 y siguientes.

(99) Documento citado por Córdova, cuya copia obraba en el archivo conventual de Buenos Aires hasta 1955, año en que Perón mandó incendiar la iglesia de dicho convento, destruyendo gran parte de ese importante archivo franciscano.

(100) A.N.A. Vol. 34 S.N.E. Junio, 7 de 1748, f. 175 y siguientes.

(101) Córdoba. Op. cit., pág. 177.

(102) A.N.A. Vol. 142 S.H., 29-VII-1777.

(103) Priego y Caro promovió la creación del Seminario de San Carlos y de Concepción, a pesar de no haber venido al Paraguay.

(104) Su antecesor fue Manuel Antonio de la Torre, quien fue promovido para Buenos Aires en 1763.

(105) Velázquez. "Iglesia y Educación...". Op. cit., pág. 133.

(106) A.N.A. Vol. 474 S.H. f. 40.

(107) A.N.A. Vol. 449 S.N.E. f. 135.

(108) A.N.A. Vol. 3.375 S.N.E. Octubre, 7 de 1790.

(109) Córdoba. Op. cit., pág. 179.

(110) Córdoba. Op. cit., pág. 180.

(111) A.N.A. Vol. 61 S.H. Partida de Bautismo del Obispo Panés expedida el 2 de noviembre de 1775, f. 123. A.N.A. Vol. 142 S.H. Obispos del Paraguay f. 155 y siguientes.

(112) A.N.A. Vol. 48 S.H. f. 202.

(113) A.N.A. Vol. 74 S.H. Designación del obispo Panés para la Diócesis de Asunción, 251-1807, f. 80.

(114) Ibídem.

(115) Libro de Actas del Definitorio citado por Córdoba. Op. cit., pág. 182.

(116) Ibídem.

(117) Es ingenuo pensar que el Obispo García de Panés obró libremente en la elección de Céspedes, siendo éste partidario de Francia.

(118) A.N.A. Copia de Actas Capitulares, T. 23, f. 119. Estado de demencia e inacción del Obispo declarado por Francia.

(119) A.N.A. Vol. 3.107 S.N.E. Extinción de las órdenes religiosas, 20 de setiembre de 1824.

(120) A.N.A. Vol. 3.114 S.N.E. Alojamiento del obispo Panés. El Estado abonaba 15 pesos corrientes mensuales por el mismo. Agosto, 20 de 1829.

(121) Ibídem.

(122)   Roa-Maíz. "Breve Reseña Histórica de la Iglesia de la Santísima Asunción del Paraguay", Asunción, 1906, pág. 28.

(123) Córdoba. Op. cit., pág. 184.

(124) Si para 1842 tenía 61 años, es de suponer que nació en 1781.

(125) A.N.A. Vol. 391 S.N.E. f. 20. Tabla Capitular del 29-XI-1806.

(126) Visita a los Conventos y Doctrinas del Paraguay - 1812. Archivo de la Curia de Asunción.

(127) Visita a los Conventos y Doctrinas del Paraguay - 1812. Archivo de la Curia de Asunción.

(128) A.N.A. Copia de Documentos. T 24, Panegíricos a cargo de fray Basilio López, 1817-1819.

(129) Roa-Maíz. Op. cit., pág. 29.

(130) Heyn S. Carlos Antonio. "Iglesia y Estado en el Paraguay durante el gobierno de Carlos Antonio López. 1841-1862". Biblioteca de Estudios Paraguayos, Asunción, 1982, pág. 165 y siguientes.

(131) Roa-Maíz. Op. cit., pág. 29.

(132) Acta de Consagración del Obispo López, copia cedida gentilmente por Monseñor Agustín Blujaki.

(133) Córdoba. Op. cit., pág. 185.

(134) A.N.A. Vol. 272 S.H. - Vol. 280 S.H. El Presidente López ordena al Obispo y a su auxiliar Marco A. Maíz a proseguir la gira pastoral. 6-IX-1847.

(135) Pérez Acosta. Op. cit., pág. 543.

(136) Acta labrada en la Catedral por la profesora Estela Rodríguez Cubero, el 12 de mayo de 1972. Copia del mismo se halla en poder de Monseñor Agustín Blujaki, Cura Rector de la Catedral y presidente de la Comisión de Arte Sacro, dependiente de la CEP

(137) La Catedral de Asunción fue bendecida el 27 de octubre de 1845.

 

 

MAPAS

 

PROVINCIAS Y DIVISIONES GUARANÍES - SIGLO XVI

 

 

 

ZONA DE ACCIÓN FRANCISCANA ENTRE LOS GUARANÍES.

FINES DEL SIGLO XVI  Y COMIENZOS DEL XVII

 

 

 

ANTIGUA PROVINCIA DEL GUAIRA

 

 

 

REDUCCIONES FUNDADAS POR LOS FRANCISCANOS EN PARAGUAY

 

 

 

EX REDUCCIONES JESUÍTAS ENCOMENDADAS A

LOS FRANCISCANOS DEL PARAGUAY

 

 

 

 

 

 

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FUENTES RECIENTES SOBRE

LA OBRA FRANCISCANA EN EL PARAGUAY

 

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- Presencia Franciscana en el Paraguay 1824-1988, Biblioteca de Estudios Paraguayos, Universidad Católica, XXIV, Asunción, 1988.

- Aporte franciscano a la primera Evangelización del Paraguay y Río de la Plata, Editorial Don Bosco, Asunción, 1992.

- El Hechicero de Dios fray Luis Bolaños, Editorial Don Bosco, Asunción, 1995.

- Margarita DURÁN ESTRAGO y José Luis SALAS, Testimonio Indígena, 1594-1627. Martirio del hermano Juan Bernardo en ritual antropofágico guaraní, Asunción, 1994.

- José Luis SALAS. Fray Hernando de Dejo y Sanabria. Un paraguayo eminente olvidado en la historia. Anuario de la Academia de la Historia, Asunción, 1998.

- La Evangelización Franciscana de los Guaraníes. Su apóstol Fray Luis Bolaños, Asunción, 2000.

- El Catecismo Guaraní de fray Luis Bolaños, Archivo Ibero-Americano, LX (2000), págs. 87-106.

- Fray Martín Ignacio de Loyola. Cuarto Centenario del Sínodo de Asunción, Asunción, 2003.

- Villarrica y los Franciscanos. Memoria de cuatro siglos caminando juntos, Asunción, 2003.

- José Luis SALAS y Julián MALDONADO (guaraní), Fray Juan Bernardo, paraguayo, franciscano y Mártir, Asunción, 2001.

- Wolfgang PRIEWASSER, El Ilmo. Don Bernardino de Cárdenas, Introducción de fray José Luis Salas. Academia Paraguaya de la Historia, Asunción, 2000.

- CEHILA - Boletín N° 38 y 39, Junio de 1989, SIMPOSIO. "Las Reducciones Franciscanas y Jesuíticas: Dos formas de misión en el Paraguay Colonial".

- MÁS ALLÁ DEL MONTE (Caazapá) Memoria viva y Testimonios de pueblos franciscanos del Paraguay. Centro Cultural Español "Juan de Salazar", Asunción, 17 al 31 de octubre de 1995.

- CAAZAPÁ, Las Reducciones Franciscanas y los Guaraníes del Paraguay, Catálogo de la Exposición llevada a cabo en Granada y Sevilla, 14 de mayo a 26 de julio de 1998.

- El primer Sínodo del Paraguay y Río de la Plata en Asunción en el año 1603, Edición facsimilar de las sinodales preparado por Bartomeu Meliá, Asunción, 2003.

- CONFERENCIAS de la Conmemoración del 4°ANIVERSARIO del Primer Sínodo de Asunción, 1603-2003, 16 de octubre, Arzobispado de la Santísima Asunción.

- Paraguay Franciscano, publicación del Centro Franciscano, octubre de 1997.

- Cuaderno de historia popular, Los Franciscanos en el Paraguay, Asunción, 1999.

 

 

 

 

 

 

 

 

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