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PRINCESA AQUINO AUGSTEN


  EL ECOLOGÍSTA - Cuento de PRINCESA AQUINO AUGSTEN


EL ECOLOGÍSTA - Cuento de PRINCESA AQUINO AUGSTEN

EL ECOLOGÍSTA

 

Cuento de PRINCESA AQUINA AUGSTEN 



¿Como despojarse de tantos prejuicios que se tienen en la mente? ¿Como evitar generalizar?¿Como no equivocarse? Estas preguntas me hago hoy, para auto educarme, para obligarme a ser más reflexiva.

Según supe luego, no era extraño verle sobresaltarse en las noches por terribles pesadillas, o tener accesos de vómitos tras pasar por cualquiera de los asadores que pululan en la calle Florida.

Tampoco me sorprendió saber luego, que era vegetariano y maniaco, al punto de consumir sólo lo que él mismo sembraba en ese atípico invernadero instalado en el último piso del edificio “La Pax" del barrio de la Recoleta, ocupado por gigantescos gomeros de la india, y rodeados de centros culturales y museos.

Muchos al igual que yo se preguntaban que hacia un químico yanqui viviendo en Buenos Aires, acosado por manías depresivas y persecutorias, poblado de temores a ser contaminado a través de los alimentos. ¿Porque tanta locura?, ¿Porque tanta obsesión?.

Nos conocimos en la manifestación hecha contra las semillas tóxicas y transgénicas con gen terminator cuya alteración genética impide que las mismas vuelvan a germinar, obligando así a los productores a comprar año tras año semillas para el cultivo a las empresas extranjeras que se encargan de proveerlas.

Nos volvimos a encontrar en la llamada "Marcha por el espíritu de las leyes ecológicas", que solicitaba a los magistrados la aplicación de esas leyes que no dejaban de ser letra muerta, respetando el sentido en el que fueron formuladas y evitando, por lo tanto sus arbitrarias interpretaciones.

Pese a la fascinación que me causaba su gran conocimiento sobre esos temas, su personalidad en exceso complicada me producía un rechazo.

Tras varios encuentros casuales en los que habíamos intercambiado opiniones, me invitó a comer. Acordamos encontrarnos en el restaurante La Biela.

Allí empezaron las contradicciones, los actos inexplicables, la fuente perpetua de mis preguntas sin  respuestas. Llegamos puntuales a la cita, elegí la mesa que daba a la ventana, el mozo al reconocerlo me acerco el menú solo a mí.

-Si desea le comento la especialidad del día -me dijo -y a Ud. le traigo su agua mineral -agregó dirigiéndose a mi acompañante.

-Sí por favor -respondió el.

Yo tome la carta que me ofrecía, algo extrañada, no entendía bien que pasaba, pase las páginas de las entradas y fui directamente al plato principal, de entre las propuestas elegí "lomo a la pimienta con guarnición". En ese momento note que Thomas comenzaba a inquietarse. También que había traído consigo una bandeja que deposito en la mesa. Deduje por los comentarios del camarero que había previamente pedido autorización al encargado del restaurante.

¿Porque me había invitado a comer, y el solo tomaría agua mineral sin gas?.

Tras una breve conversación acerca de las exposiciones que se inauguraban en la semana, se distendió, su charla se volvió amena y entusiasta, pero cuando llego mi pedido, vi con sorpresa su reacción. Su cara se encogió como si hubiera recibido una puñalada en el estómago, dejo la servilleta que tenía en el regazo, arrugada sobre la mesa, y corrió en dirección a los sanitarios. 

Esperé bastante tiempo, como no regresaba, me dirigí al baño de caballeros, golpeé la puerta y pregunte:

-¿Estás bien Thomas? Sentí que una voz jadeante y forzada me respondía.

-Zsi, coume trandquila, ya woy.

Comencé lentamente y como se demoraba acerqué la bandeja que había depositado en la mesa para ver que contenía. Eran verduras y frutas enteras sin cortar, sin condimentar. Lo más extravagante que había visto en mi vida. Cierto que a lo largo de la misma conocí gente con hábitos alimenticios diferentes al mío, pero ningún caso tan singular como este.

Nadie consumía únicamente lo que producía bajo normas extremas en un invernadero en medio de la ciudad. Y tampoco ninguno reaccionaba así ante la sola presencia de un plato de carne sea cual sea su preparación.

Cuando terminaba de comer, mi acompañante llegó con rostro convulsionado. Se sentó a ingerir sin hablar una palabra, ni explicar nada. Yo no pregunté, no me pareció oportuno. Mientras él se alimentaba, pensaba en lo mucho que me gustaría beber un café, pero ¿y si eso le provocaba la misma reacción? Contuve mis ganas, ya lo tomaría luego de separarnos en la primera cafetería que encontrara.

Volvimos a hablar de  ecología, arte, de cine, de nuestras preferencias y en eso tampoco coincidíamos mucho, el adoraba al 007 James Bond, a Cocodrillo Dandee, a Indiana Jones, mientras que yo prefería Cyrano de Bergerac, el último Emperador, La Misión, El nombre de la rosa, etc... Su opinión sobre estas películas era opuesta a la mía. Mi interés por una reunión posterior había decaído tanto que solo pensaba "pese a que me gustan sus comentarios sobre ecología, somos tan incompatibles que no podemos volver a salir, estaríamos polemizando sobre todos los temas". -Me decía a mi misma y suponía que él coincidiría.

Cuál fue mi sorpresa cuando al despedirnos el me espetó:

-¿Cuandou nous vemous outra vez?

Creí que era una broma, pero Thomas insistió.

-¿Que te paurece si vamous juntous al reunión de Comité de ONU, se entregauran los doucumentous soubre dañous causadous por semillas tóuxicas.?

-No sé. Creo que tenemos ideas distintas sobre casi todo.

-Perou nou sobre toudo, nou negaras que a los dous nos preocupan la countaminación de alimentous que ingeurimous. ¿O nou?.

Solo en eso coincidimos creo yo.

-Bastante para comienzou. ¿El viernes?  

-Bueno a las siete de la mañana en la puerta del Congreso.

Thomas pasó casi dos años con nosotros, al final nos acostumbramos a sus espasmos, a sus manías, a sus fobias. Los chicos no escatimaban bromas sobre él.

Era extremo en todo, aún en sus rutinas, se imponía a sí mismo una disciplina casi ridícula. No había motivo que le impidiera pasar a buscarme por casa a las ocho todas las mañanas, no importaba si llovía, si yo estaba enferma, si el enfermo era él, aún así el pasaba por mí a la misma hora.

¡Cuanto aprendí de él! ¡Cuanto mejoró su español, que al conocernos era absolutamente deficiente! No se cansaba de aprender no se conformaba jamás, eso nos unía.

Armamos un laboratorio experimental donde analizábamos tanto alimentos, como animales, enfermedades, etc... Habíamos encontrado un punto de convergencia y a medida que pasaban los meses el desarrollo de dicho proyectos ocuparon todo nuestro tiempo, ya no teníamos necesidad de encontrar temas afines para los demás quedaban las reuniones con los amigos.

El laboratorio había crecido rápidamente y sobre todo había adquirido prestigio, credibilidad en sus informes. Muchas organizaciones no gubernamentales y entidades venían a solicitarnos estudios.

Fue la mañana del jueves dos de agosto, él no llegaba, habían pasado bastante de las ocho y él no llegaba. Llamé por teléfono a su departamento y solo respondió el contestador con su habitual mensaje.

Llamé al laboratorio, a casa de sus amigos, lo busqué en los hospitales preguntando en emergencias, fui a la Embajada de su país por si sabían algo, al Consulado y nada. Al Aeropuerto a preguntar si en las listas de pasajeros había alguien con su nombre. Nadie tenía respuestas. Lo último fue la morgue de la Ciudad y los cementerios.

No deje de buscarlo, con el tiempo recorrí una y otra vez todos los lugares, quería saber que había pasado con él, hasta que al cabo de unos días mi búsqueda dio resultado, alguien me informó sobre un hombre cuya fisonomía se parecía bastante a la descripción de Thomas. Fui a la dirección que me habían dado, era un hospital Psiquiátrico, me llevaron a verlo para que lo reconociera, ellos no tenían datos de su identidad me dijeron.

En una celda de alta protección, tirado en el piso con los ojos ausentes, estaba Thomas. Nada indicaba que estuviese vivo. Estaba inmóvil. Me dejaron acercarme a él, no me reconoció, inicié las gestiones para hacerme cargo de él, mientras espera la respuesta de las autoridades del nosocomio, intentaría ubicar a alguno de sus familiares para comunicarles el hecho.

Antes de ir a casa, pase por el laboratorio, llevaba días sin ir, todo estaba revuelto, como si alguien hubiese buscado algo, pero Thomas solía guardar sus trabajos especiales bajo la falsa pantalla de la computadora, a mí siempre me pareció una más de sus excentricidades, sacada de alguna de sus películas favoritas, me dirigí al sitio, estaba intacto. Lo abrí y encontré un archivo escrito a mano por Thomas, abajo a manera de firma decía   Misión cumplida. , el sobre tenía la dirección de una ONG extranjera. Era un dossier referente a la aftosa. La crudeza de los datos me erizaba la piel, había nombres de países, provincias, cifras de ganado infectado, mapas y anotaciones al margen. Fechas en que dichos animales fueron inoculados con la enfermedad y fechas en que los síntomas aparecerían. Todo hasta los mínimos detalles, como si se tratara de una simple estadística. También los nombres de los laboratorios que proveerían las vacunas contra el mal, monto de las ganancias por países y el tiempo durante el que se percibirían dichas cifras. Estaba claro que al ser declarados países LIBRE de aftosa sin vacunación, estas empresas dejaban de percibir grandes sumas de dinero, cuyos montos multimillonarios equivalían a cientos de millones de dólares.

Cualquiera que supiese que este dossier existía trataría de eliminarlo y con él a cuantos supieran del mismo. ¿Ese era el caso de Thomas? Desde luego que sí. ¿Podría alguien sospechar de mí? ¿Pudo alguien seguirme sin que yo lo notara? Claro que sí, además yo estaba diariamente a su lado. El miedo ya no me permitía pensar con lógica.

Volví a hojearlo. ¡Era espantoso! Una nueva demostración de falta de escrúpulos y humanidad de quienes tienen el poder de realizarlo. Cierto es que la aftosa no mata a los seres humanos directamente, pero indirectamente sí, enviando a miles de ellos a los bolsones de pobreza extrema por falta de trabajo en los campos y en las industrias relacionadas con el rubro y en otras en que se invierte lo producido por estas. Creando dependencia y endeudando a los países implicados.

No dude mas si a Thomas lo habían dejado así yo podría sufrir la misma suerte. Después de todas las cifras de los afectados por la enfermedad y los estragos económicos y sociales que estaba produciendo se podían leer en todos los periódicos. Debía destruir el dossier. Aunque conociéndolo a Thomas sabía que en algún lugar habría una copia. Pensé una vez más en llevarlo a los medios de prensa y a los tribunales. Pero resolví que ante tanto dinero jamás habría justicia, los intereses eran tantos que los datos podrían ser tergiversados. Como tantas veces los jueces y fiscales serían comprados, cuando no asesinados.

Y allí mismo lo destruí.


FIN



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CUENTOS PERVERSOS, DE SUICIDAS Y SEXO

Por AQUINO AUGSTEN

Arandurã Editorial. Diciembre 2004 (85 páginas)

 

 

 

 

 

 

 

 

 




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