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POLICARPO ARTAZA


  QUE HIZO EL PARTIDO LIBERAL EN LA OPOSICIÓN Y EN EL GOBIERNO - Por POLICARPO ARTAZA


QUE HIZO EL PARTIDO LIBERAL EN LA OPOSICIÓN Y EN EL GOBIERNO - Por POLICARPO ARTAZA

QUE HIZO EL PARTIDO LIBERAL EN LA OPOSICIÓN Y EN EL GOBIERNO

Por POLICARPO ARTAZA

ARCHIVO DEL LIBERALISMO

AÑO III – N° 18 – NOVIEMBRE-DICIEMBRE 1990

Asunción – Paraguay



PRESENTACIÓN

Igual que otros dirigentes políticos, el doctor Policarpo Artaza debió publicar gran parte de sus escritos fuera, del país. Así sucedió con su ya clásica letra en guaraní para la polca 18 de Octubre, y así con la presente muestra de su celo por reivindicar el liberalismo proscripto por mandones sin freno.

La defensa propia, una de las más preciadas conquistas de la civilización, se había vuelto ilícita, pese a que las imputaciones caían en alud sobré el Partido Liberal. Fue una de las épocas más desdichadas para la libre emisión del pensamiento. Solamente la verdad oficial era admitida. A los opositores se los confinaba a las catacumbas. El mimeógrafo ilegal, el periódico que corría subrepticiamente, los números de Heraldo editados en playas lejanas y furtivamente devorados hasta por los oficialistas, eran los faros que alumbraban el incierto camino del liberalismo.

La propaganda gubernista difundía a discreción improperios y calumnias contra los liberales amordazados. Los gobernantes habían abdicado la nobleza de batirse en igualdad de condiciones. El juego limpio ya no existía. El vencedor imponía su ley. El latiguillo “quien no está con nosotros está contra nosotros”, amenazadoramente esgrimido durante la revolución de 1947, adquirió dantesca vigencia. Quienes habían apoyado el alzamiento sufrían toda suerte de vejámenes, y aún la eliminación física. El arzobispo Bogarín dio testimonio de la barbarie desatada. El correlato de la persecución fue el enmudecimiento de la opinión independiente.

El Partido Liberal fue acusado de todas las calamidades que, desde su aparición en la escena pública, ensombrecieron la historia del Paraguay. Según los personeros del régimen, durante la era liberal el progreso fue nulo. Nada se hizo en el orden edilicio, ni en el educativo, ni en el económico, ni en cuanto a la defensa del Chaco, al decir de la monocorde propaganda oficial. Además, bajo el gobierno de los odiados liberales se perseguía, confinaba y desterraba a los opositores. La democracia implantada en 1904 era una farsa. Los estudiantes pagaban con la vida, frente al propio palacio presidencial, el delito de pedir la defensa del patrimonio nacional. La guerra fue ganada por el pueblo desarmado, a pesar de un gobierno de traidores. Para colmo de males, la dictadura liberal cedió graciosamente, en el tratado de paz, buena parte de la heredad ganada a sangre y fuego por nuestros soldados.

Los dueños antiliberales de la prensa lo eran también de la verdad. Una sola campana se oía. Los reos de lesa patria no podían responder sino desde el refugio que les concedían países hostiles. Así sucedió con esta pequeña obra, “Qué hizo el Partido Liberal en el gobierno y en la oposición”.

Es toda una cartilla para liberales, pero también para no liberales, en que se hace un minucioso inventario de lo que ese partido aportó al progreso espiritual y material del Paraguay. Se verá en sus páginas que el liberalismo no incurrió en negligencia para dotar a la Nación de los elementos que hacían a su cultura y su bienestar. Sobre todo, surgirá nítida diferencia entro lo indigente que era nuestro país en 1904 y lo adelantado que, dentro de lo que permitían sus precarios recursos, llegó a ser en 1936, año en que se inició una subversión institucional aún no superada.

El Archivo del Liberalismo, en un proyecto conjunto con la Fundación Friedrich Naumann, publicó en tres volúmenes la serie “El estado general de la Nación durante los gobiernos liberales”, donde 32 presidentes detallan la labor constructiva emprendida bajo sus mandatos. La obra pone de manifiesto las conquistas democráticas logradas en el treintenio del predominio liberal, como la ley del voto secreto, la ley electoral elaborada por el partido opositor, la tolerancia política, la excepcionalidad del estado de sitio, el ejército institucional sin bandera partidaria, la sujeción del poder ejecutivo a los dictados de la ley y otros rasgos, no menos ilustrativos, del estado de derecho que entonces regía.

Pero “El estado general de la Nación” es una descripción global de la labor cumplida por los gobiernos liberales, mientras que el opúsculo de Artaza abarca temas específicos y trata de los adelantos logrados en la esfera de lo material. Es una obra de corte didáctico; que se constituye en armadura para la autodefensa y, por qué no, en argumento de contraataque para obligar al detractor gratuito a meter violín en bolsa.

El Archivo del Liberalismo, reeditor de los mencionados mensajes presidenciales, se complace hoy en sacar a luz “Qué hizo el Partido Liberal en el gobierno y en la oposición”, ensayo con que el doctor Artaza se erige en uno de los campeones de la reivindicación partidaria

Junto con los libros de los doctores Ángel F. Ríos y Gustavo Riart sobre los esfuerzos del liberalismo por dotar al ejército de los medios materiales que hicieran posible la recuperación del Chaco, y con “Las Verdades del Barquero”, de F. Arturo Bordón, cuya reedición se impone, el escrito que hoy publicamos representa una decisiva contribución al intento de destejer la maraña de falsedades que adjudican al Partido Liberal, no sólo sus errores efectivamente cometidos, sino también faltas imaginarias. Es una manera de tergiversar la historia para llevar agua al molino propio; en otras palabras, de agredir a la verdad.

Asunción, Diciembre de 1990



PRÓLOGO

En 1946, a pedido de jóvenes estudiantes de Asunción, escribí un libro, “Ayala, Estigarríbia y el Partido Liberal, para refutar los denuestos de que éramos objeto los liberales, por parte de nuestros adversarios, en distintas publicaciones.

En 1948, por iniciativa de los comités constituidos en Buenos Aires por nuestra entidad partidaria, diserté haciendo una síntesis de toda la historia del Partido Liberal desde 1887 hasta 1948, o sea de su acción en el gobierno y en la oposición. Hoy, a pedido de los mismos comités, doy a publicidad aquella disertación con algunas, ampliaciones.

La presente publicación constituye en cierto modo un complemento de mi citado libro, que se ocupaba esencialmente del período de la guerra del Chaco. En ella se destacan los datos relativos a la fundación de nuestro Partido y a las resoluciones más importantes de su directorio en el lapso 1887-1894. A continuación se hace referencia a las primeras luchas electorales, al levantamiento popular del 18 de octubre de 1891, a la revolución de 1904, a la anarquía subsiguiente, a la acción del Partido en el gobierno hasta la terminación de la lucha con Bolivia y luego el período de la posguerra, hasta la revolución de Concepción y el afianzamiento de la tiranía de Morínigo. Se transcriben los párrafos esenciales de los mensajes de los liberales que ejercieron la presidencia de la República, relativos a los problemas más importantes del país. Con su lectura se comprobará que la opinión de nuestros gobernantes, sus principios doctrinarios, su orientación política, social y económica, en nada desmerecen frente al pensamiento de los más distinguidos estadistas americanos actuales.

Las referencias contenidas en esta síntesis de nuestra historia partidaria, que estimo completa a pesar de su brevedad, pueden enorgullecemos como paraguayos y como liberales.

Como un apéndice de este folleto, doy también a publicidad el discurso pronunciado en el Cementerio de la Recoleta de Buenos Aires, ante la tumba del doctor Eusebio Ayala, con motivo del vigésimo aniversario de la paz del Chaco, cuatro días antes del bombardeo de la casa del gobierno argentino, prenuncio del estallido de la Revolución Libertadora, o sea en momentos en que los exilados paraguayos no teníamos el pleno derecho de exponer nuestro pensamiento político.

POLICARPO ARTAZA.

Ex vicepresidente del Partido Liberal

Buenos Aires, marzo de 1961.



PRINCIPIOS LIBERALES

Para conocimiento de la juventud, voy a ocuparme de los principios del liberalismo, y de la actuación de nuestro Partido, primero en la oposición y luego en el gobierno. Para el efecto, no dictaré una cátedra sobre filosofía política. Me limitaré a referir, luego de esbozar aquellos principios, los hechos que atestiguan su cabal aplicación por parte de nuestros dirigentes y gobernantes.

Es necesario que conozcamos el pasado, para que, en el seno de nuestra entidad de hombres libres, exista unidad de pensamiento y de acción, de modo que marchemos sin vacilaciones hacia el logro de nuestros propósitos, que se sintetizan en el bien de la Patria.

Los principios liberales se reducen esencialmente a la proclamación del valor absoluto de la personalidad humana. Y esos principios no han pasado ni pasarán de actualidad. Estamos viendo que la opinión universal retorna al liberalismo, ante la declinación del socialismo en Europa, y ante el auge alcanzado por el despotismo soviético, después de la derrota del nazifascismo, doctrinas, todas éstas, que propugnan la preeminencia del estado sobre el individuo.

En resumen, todas las teorías o doctrinas políticas corresponden a una de estas dos tendencias: la exaltación del estado o la exaltación de la personalidad humana.

La exaltación del estado es el objeto del socialismo en sus diversos matices, desde los totalitarismos de derecha o de izquierda —que en el fondo son análogos— hasta los socialismos moderados.

La segunda corriente, o sea la que aspira a la exaltación de la personalidad humana, está representada por el liberalismo.

El liberalismo no es anarquía, ni equivale tampoco al individualismo absoluto, ni al leseferismo. El liberalismo da su valor a la personalidad humana, sin desconocer el papel que corresponde a la sociedad, porque considera que los individuos no viven aisladamente, sino que forman parte de la comunidad.

El liberalismo sostiene que la sociedad —que en último término es el estado, el cual está a su vez representado por el gobierno— constituye un medio para realizar la felicidad del hombre.

El socialismo cree que el individuo es el medio y que el estado —entidad abstracta— es el fin.

Hace treinta y cinco años o más, algunos liberales de nuestro país, deficientes conocedores de doctrinas y malos observadores de los hechos, quisieron “socializar el Partido Liberal”, lo cual hubiera equivalido a pretender que un régimen de libertad se volviera totalitario.

Lo que entusiasmó a esos liberales fue la intensa propaganda realizada por los nacientes partidos socialistas de América —sobre todo el argentino— en defensa del obrero, de sus condiciones de trabajo y de su nivel de vida, como no dejaron de entusiasmarse otros, más tarde, con las corrientes totalitarias del fascismo y del nazismo.

Este es un error que conviene disipar. El liberalismo tiende a que el hombre se manifieste en una personalidad soberana, consciente y responsable. El ciudadano es un sujeto de derecho que busca su liberación. El liberalismo es un sistema completo de filosofía de vida; en el orden público y en el privado; puede hacer y está obligado a realizar la liberación del ciudadano. Para conseguir este propósito, no es necesario que el liberal se haga socialista. Dentro de su doctrina cabe la defensa, del obrero que al final de cuentas es un ciudadano, y en definitiva un hombre. Lograda la felicidad del hombre, se logra la felicidad de todos, es decir de la sociedad.

El socialismo reclama el derecho de trabajar y exige que el trabajo sea proporcionado por el estado. Para el efecto, el socialismo propende a la estatización y municipalización de todos los medios de trabajo. De allí que el socialismo transforma al estado en propietario de los medios de producción y, consiguientemente, en patrono de los trabajadores.

También el liberalismo sostiene que el derecho al trabajo es esencial. Por eso, una vieja demanda liberal establecía: “en tanto el hombre no encuentre medios de vida, las teorías relativas a la libertad son meras ficciones”. Pero el liberalismo difiere del socialismo en cuanto éste sostiene que el trabajo debe ser proporcionado por el estado, mientras el liberalismo asigna al estado la única misión de asegurar las condiciones dentro de las cuales es posible la organización del trabajo. El liberalismo niega al estado el monopolio de los elementos de trabajo y el de sus frutos —como niega también la legitimidad de los monopolios privados. El estado-patrón o estado monopolizador, lleva a la dictadura. El estado, de acuerdo con la doctrina liberal, debe limitarse a ser un regulador y un juez entre los patronos y los obreros. Allí donde la iniciativa privada es débil, el estado debe concurrir en su ayuda. Pero no debe reemplazar a la iniciativa privada donde ello no sea necesario para el bien de la comunidad.

Recapitulando: el socialismo sostiene la doctrina de la preeminencia del estado, mientras que el liberalismo defiende la soberanía del pueblo y la supremacía de la ley, en tanto esa ley sea formulada por los delegados o representantes del pueblo y someta a su imperio tanto a los gobernantes como a los gobernados.

Aristóteles, padre del individualismo, expresa que “el estado se constituyó para hacer posible la vida y subsiste, para hacerla buena”. El hombre no es solitario, tiene una personalidad individual y otra colectiva. La Revolución Francesa y el movimiento general del espíritu humano, al cual sirvió de expresión, nos han legado la tarea de armonizar la libertad del individuo con la organización social. El liberalismo no es un dogma absoluto. Se modifica en sus formas y contenido con el progreso humano. Lo que no cambia es su alma y su esencia: la libertad y la expansión de la personalidad. Todo lo que se oponga a esta libertad y a la personalidad humana está en abierta contradicción con el liberalismo.

EL LIBERALISMO DE LOS PROCERES DE MAYO

Volvamos los ojos a nuestro país.

Los principios liberales fueron adoptados por los próceres de nuestra Independencia. El miembro de la Primera Junta Gubernativa doctor Femando de la Mora expresó en su famoso decálogo:

“I. Las escuelas son el taller en que se forman los grandes prelados y magistrados: civiles y militares.

"II. Todo pende en el hombre de la información: poder, Valor, heroísmo y cuanto puede elevarlo en esta vida sobre el común de los demás mortales.

“III. Nunca deben emplear los sabios sus discursos y talentos, con más ventajas que cuando reinan las dudas, se atropellan las opiniones o forman partidos.

“IV. El bien público es el centro de toda ley y de todo gobierno.

"V. Cualquiera podrá con entera libertad y seguridad acercarse a nosotros, de palabra o por escrito, que será lo más acertado, sobre los objetos que contribuyan a la prosperidad y aumento del país.

"VI. Alargaremos las manos a las recompensas, aliviaremos a los miserables, como ya lo hemos verificado declarando exentos de tributos a los indios.

“VII. No reinará la opresión: las gracias y mercedes se repartirán en orden.

‘VIII. Será infaltable y puntual el despacho de los negocios públicos.

“IX. Os preguntaríamos como Samuel a los Israelitas: «Decid, decid delante de Dios si hemos abusado de nuestra autoridad, o recibido regalos o dones de algunos de vosotros.»

“X. El resorte secreto de que se ha valido nuestra provincia ha sido el amor a la patria: amor tan natural como el de nosotros mismos, el de nuestros padres, que nace con nosotros por instinto y que después confirma la razón.”

Este es el decálogo liberal de nuestros próceres, que honraría a cualquier gobierno de esta época. Los liberales tenemos, pues, en el propio origen de la Patria, la fuerza de nuestros principios.

El doctor Francia, después de haber aniquilado a los próceres de Mayo, se erigió en dictador perpetuo, sumiendo al país en una nefasta tiranía que duró un cuarto de siglo, y cuyas consecuencias, tras reflejarse en los gobiernos de los López y en los regímenes paternalistas que siguieron a la guerra del 70, continuamos sufriendo hasta el presente a causa de un extremado nacionalismo, que persiste en ensalzar aquellos gobiernos absolutistas, aún en sus más graves errores.

Pero los principios expuestos por la Primera Junta constituida por los próceres de la Independencia, no fueron olvidados. La juventud intelectual de la posguerra del 70 volvió a darles vida, reaccionando contra los gobiernos que no supieron aplicar y cumplir los nobles postulados de la Constitución Nacional.




ETAPAS INICIALES DEL PARTIDO LIBERAL

LAS PRIMERAS LUCHAS ELECTORALES

Voy a referir los prolegómenos de la fundación del Partido Liberal, no bien conocidos por la juventud actual, y que podrán servirle de estímulo para su afirmación partidaria. Muchos de estos datos los he extractado de publicaciones de los doctores Gomes Freire Esteves, Arturo F. Bordón, Carlos Centurión e Higinio Albo, así como de las actas de sesiones del directorio del Partido Liberal.

El 12 de junio de 1887, el gobierno convocó al departamento de Villarrica para la elección de un senador y un diputado, después de haber fracasado otra convocatoria para el mismo efecto, en febrero del mismo año, por “inasistencia del Juez de Paz” que debía presidir el acto electoral.

Don Esteban Gorostiaga y don Antonio Taboada fueron los candidatos de la oposición. El general Bernardino Caballero y don Claudio Gorostiaga lo fueron de los gubernamentales.

Dos fuerzas iban a enfrentarse: el oficialismo, ligado a los gobiernos autoritarios desde el año 1869, por una parte, y por otra una juventud que alentaba ansias de renovación, de libertad, y que se decidía a desafiar a los mandones, en romántico gesto. Bien sabían los opositores que la lucha sería desigual. El gobierno había montado la máquina del fraude y de la persecución.

El día de la elección, Villarrica presentaba más el aspecto de una ciudad lista para una batalla que para las definiciones incruentas de una lucha electoral. Las fuerzas gubernamentales fueron distribuidas estratégicamente, de tal modo que dominaban desde los cantones los locales en que funcionarían las mesas receptoras de votos. A pesar de todo, don Esteban Gorostiaga y sus amigos se presentaron a cumplir con su deber y a defender mis ideales.

Frente a la Iglesia, se alinearon los votantes de uno y otro sector. Los oficialistas adoptaron como distintivo cintas coloradas; los opositores, cintas azules. Estos serían los colores que simbolizarían en el futuro, y hasta en el presente, dos mentalidades, dos sistemas políticos.

A medida que el acto comicial se desarrollaba, los oficialistas presentían, con creciente certeza, la derrota. Y para evitar el triunfo inminente de los opositores, las fuerzas policiales hicieron fuego sobre ellos, con el pretexto de una provocación, y les obligaron a dispersarse. En esa ocasión cayeron las primeras víctimas del futuro Partido Liberal. Y sobre sus cadáveres fueron ungidos como senador el general Bernardino Caballero, y como diputado el señor Claudio Gorostiaga.

El candidato opositor don Esteban Gorostiaga y sus compañeros Marcelino Rodas, Bernardino Bordón, José A. Lataza, Francisco Medina, Patricio Echauri, Antonio y Evaristo Fernández, Rómulo Decamilli, Marcelino Arias y otros, fueron apresados y remitidos a la capital, haciendo el camino a pie hasta Paraguarí, y de aquí en ferrocarril hasta Asunción.

Una gran manifestación popular organizada por damas de todos los núcleos ciudadanos esperó en la estación ferroviaria la llegada de los presos, a quienes recibió con una lluvia de flores.

Este acontecimiento selló la decisión de constituir un partido político cuya misión fuera encauzar la corriente opositora que surgía en toda la República.

 

FUNDACIÓN DEL PARTIDO LIBERAL

El 26 de junio de 1887, se reunió un grupo de ciudadanos en la casa N° 50 de la calle Villarrica, de la capital (actualmente calle Presidente M. Franco), y acordó fundar un centro político "con el objeto de propagar, por todos los medios, los derechos que asisten a los hombres, defender lo que nuestras leyes nos acuerdan y luchar en la medida de nuestras fuerzas por el triunfo de todas las causas justas del pueblo.” Para el efecto se resolvió celebrar una asamblea general el día 2 de julio, siendo los invitantes los señores Antonio Taboada, Juan A. Aponte, Bernardo Dávalos, Fabio Queirolo y José Ayala.

 

LA ASAMBLEA

La asamblea se llevó a cabo en la casa N9 1 de la calle Asunción, en la fecha indicada, labrándose la siguiente acta:

“En la ciudad de la Asunción, a los dos días de Julio de mil ochocientos ochenta y siete, reunidos en el local de la casa calle «Asunción» número uno, por expresa invitación de la Comisión iniciadora de la formación de un centro político, los señores Cirilo Solalinde, Antonio Taboada, Ildefonso Benegas, Juan A. Aponte, José Irala, Bernardo Dávalos, José María Fretes, Emilio Cabañas, Rafael García, Antonio Zayas, Ignacio Ibarra, Daniel Candía, Adolfo R. Soler, Manuel Mora, Salvador Echanique, Vicente Espínola, Juan C. Mendoza, Felipe Torrents, Constantino Arrúa, Lino Vergara, Antonio Fernández, Avelino Garcete, Luis Caminos, Dr. José Zacarías Caminos, Guillermo González, Genaro Pérez, José A. Alfaro, Pedro P. Caballero, Francisco Milleres, Sinforiano Cano, Juan Martínez, Rómulo Decamilli, Pastor Ydoyaga, José M. Ortellado, Francisco Fernández, Martín Úrdapilleta, Fabio Queirolo, José Ayala y con asistencia de los señores Florencio Quintana, Manuel Avila y Manuel Paradeda componiendo un total de cuarenta y un asistentes, y previas las explicaciones dadas por los miembros informantes de la Comisión de iniciación de las razones y motivos que se han tenido en vista para la convocatoria, a fin de uniformar las ideas, en la conformidad de la formación de una asociación que responde a las grandes necesidades sentidas para la propaganda de los principios de buen gobierno y defensa de los comunes derechos y de las leyes de la. República. Conformes todos los presentes sobre la bondad y justicia de la idea en el sentido indicado, se firmó por unánime voluntad un acta, provisoria, declarando la asociación política bajo la denominación de «Centro Democrático». En consecuencia se formó una Comisión Directiva provisoria, recayendo la designación de la asamblea en los señores: Cirilo Solalinde, presidente; Antonio Taboada, vicepresidente; vocales: Dr. Zacarías Caminos, Juan A. Aponte, Emilio Cabañas, José Irala, Ignacio Ibarra, José M. Fretes, Bernardo Dávalos, tesorero; José Ayala, secretario; Fabio Queirolo, prosecretario; suplentes: Pedro P. Caballero, Rómulo Decamilli y Luis Caminos. Seguidamente la asamblea designó a tres de sus miembros para que en comisión formulasen el acta fundamental definitiva de la asociación y los estatutos reglamentarios del mismo, siendo los señores Dr. Zacarías Caminos, Pedro P. Caballero y José Ayala los encargados de estos trabajos, debiendo ser, una vez terminados, sometidos a la consideración de la asamblea. Después de tomadas estas resoluciones, la asamblea dio por terminadas sus deliberaciones y se levantó la sesión. Incontinenti, la nueva Comisión Directiva resolvió tener sesiones ordinarias los días miércoles y sábado de cada semana a las 7 y media p. m. con lo que se levantó la sesión. C. Solalinde.”

 

ACTA DEFINITIVA DEL CENTRO DEMOCRÁTICO

El 10 de julio de 1887 fueron presentados dos proyectos para el Acta de Constitución del Centro Democrático, uno filmado por los señores Dr. José Zacarías Caminos y Pedro P. Caballero y otro por el señor José Ayala (Alón). Se adoptó el de los dos primeros, por el voto de la mayoría de los asistentes u la asamblea. Su texto es el siguiente:

“En la ciudad de la Asunción, a los 10 días de Julio de 1887, por cuanto el pueblo paraguayo en su Constitución ha acordado a los ciudadanos, entre otros derechos como el de la libertad da la prensa y de la palabra, el de la reunión, y declarando asimismo inviolable la ley electoral, a fin de que por estos medios que se consideran los más eficaces pueda establecerse para los actos de los gobiernos, no solamente una barrera a sus avances posibles, sino también un medio de ilustrar a los mismos en el examen y resolución de las cuestiones de su competencia que afecten los intereses de la comunidad e intervenir espontánea y libremente en la formación de los poderes del Estado que deban encargarse de los destinos de la República. Y considerando que en el derecho de la reunión está comprendido el de la formación de asociaciones políticas para hacer más eficaz el uso de esos mismos derechos, por cuanto la unidad de acción lleva consigo mayor cooperación de inteligencia en el ánimo de los gobernantes, encaminándoles de este modo por el sendero que les señala la verdadera voluntad del pueblo. Y teniendo presente la necesidad sentida de un tiempo a esta parte, de una agrupación semejante, nos los abajo firmados nos hemos reunido espontáneamente y constituimos por resolución unánime una sociedad política que la denominamos “Centro Democrático” para hacer uso de los derechos que nos acuerdan la Constitución Nacional y las leyes de la República en la forma que se determinará en los estatutos respectivos. — C. Solalinde.”

Tal fue el nacimiento del Partido Liberal, que adoptó como principios esenciales la defensa de la constitución y de los derechos políticos fundamentales: libertad de prensa, libertad de reunión, libertad de palabra, libertad electoral y, por lo tanto, la libertad de intervenir en la formación de los poderes del estado, como medio de contener los posibles abusos del poder; y como propósito el de ilustrar a los gobiernos en el examen y resolución de las cuestiones que afectaran los intereses de la comunidad.

Entre estas cuestiones debe destacarse la venta de las tierras públicas realizada por los gobiernos de la posguerra, tanto a fuertes compañías extranjeras a las que se enajenaron los yerbales, como a particulares, también extranjeros, que así se posesionaron hasta de tierras particulares, aprovechándose de la destrucción de los registros públicos ocurrida durante la guerra. Muchos de los gobernantes se hicieron de este modo de valiosas tierras, a bajo costo, para formar sus estancias, sus quintas y sus chacras, desposeyendo al pueblo de la base esencial de su progreso económico. De allí que la clase media y los campesinos desheredados se incorporaran al Partido Liberal, amparándose en sus principios políticos y sociales, que despertaban grandes esperanzas.

 

ELECCIONES EN LA CAPITAL

El 23 de diciembre de 1887, la capital de la República fue convocada a elección de dos diputados y dos senadores.

El Centro Democrático se dispuso a concurrir, por primera vez desde su constitución, para disputar la victoria a los oficialistas, embanderados ya en el Partido Colorado, que se fundó, un mes después que el Partido Liberal, bajo la dirección del general Bernardino Caballero y de don José Segundo Decoud.

Candidatos liberales fueron los señores doctor Benjamín Aceval, Avelino Garcete, doctor Zacarías Caminos y Pedro P. Caballero. Los opositores, aleccionados por lo ocurrido en las elecciones de Villarrica, se prepararon para no ser sorprendidos por los atropellos de las huestes adversarias.

En la parroquia de la Encarnación, los votos fueron dando mayoría a los opositores. Y, previendo la derrota, los colorados, capitaneados por el cabecilla Rolón Troche, iniciaron la agresión contra los liberales. Entablóse una sangrienta lucha. Los agresores fueron repelidos, pero más tarde volvieron al ataqué, apoyados por fuerzas del ejército, y consiguieron imponerse a balazos. Un grupo liberal, encabezado por don Antonio Taboada, que resistió el ataque y pudo abrirse paso, llegó, resolver en mano, hasta el departamento de policía, donde increpo duramente al jefe, comandante Zacarías Jara. Desbandados los liberales, fueron perseguidos a tiros por todas las calles de la capital. Como resultado de la contienda, hubo dos muertos y treinta y nueve heridos. Fueron apresados, después, Antonio Taboada, Fabio Queirolo, Gregorio Viveros y otros sesenta y cinco liberales.

Volvían a imponerse los oficialistas. Pero fue tal el escándalo producido en la capital, y tal el repudio provocado por la acción de los colorados, que uno de los candidatos oficialistas, el coronel Manuel A. Maciel, en son de protesta, retiró su candidatura.

 

TERCERA ELECCIÓN

En el mes de febrero de 1891, el pueblo fue convocado nuevamente a elección de representantes al congreso.

Fueron candidatos liberales los señores Antonio Taboada, Pedro P. Caballero, Fabio Queirolo, Avelino Garcete y José de la Cruz Ayala (Alón).

El gobierno, como en las anteriores ocasiones, recurrió a todos los medios para ahogar la oposición.

En Ybycuí, especialmente, culminaron los excesos del terror. El candidato liberal en ese departamento era José de la Cruz Ayala. Tropas del ejército y gente reclutada en los bajos fondos fueron enviadas por el gobierno, con la orden de desbaratar los trabajos electorales de Alón. Este llevó consigo, para enfrentar a los adversarios, un núcleo de caudillos liberales de los más afamados por su coraje, encabezados por don Nicolás Vargas.

Cuarenta hombres que respondían al Partido Colorado, montados a caballo, asaltaron, en Isla Paú, el rancho en que se hospedaba Vargas, creyendo que con éste se encontraba Alón, y le prendieron fuego. Pero Vargas y sus amigos consiguieron rechazarlos y dispersarlos. Quedaron varios muertos como consecuencia de la refriega. El resultado de las elecciones, con todos estos accidentes, fue el triunfo de los colorados.

Alón ya no pudo desde entonces vivir en el Paraguay. Perseguido tenazmente y amenazado de muerte, se vio obligado a huir a la Argentina, donde, al cabo de dos años, dejó de existir a los 28 años de edad, en Paraná (Entre Ríos).

 

LA GESTA DEL 18 DE OCTUBRE DE 1891

Los opositores, seguros de que el gobierno/colorado seguiría negándoles el ejercicio de sus derechos ciudadanos, organizaron un movimiento subversivo, destinado a derrocar el gobierno. Fue designado jefe civil de la revolución don Antonio Taboada, y jefe militar el mayor Eduardo Vera. El 18 de octubre de 1891 estalló la rebelión.

Un grupo estaba directamente comandado por el mayor Eduardo Vera, héroe de Corrales, Tuyutí, Acayuasá, Timbó, Isla Poí, Ytororó y Abaí y del abordaje de los acorazados brasileños en la guerra del 65. Llegó al cuartel de la escolta presidencial y se apoderó de la guardia. El jefe del cuerpo, Santos Miño, perdió la vida de un balazo al corazón. El triunfo parecía un hecho. Pero, en el interior del cuartel, las fuerzas gubernamentales reaccionaron con el concurso del ministro de la guerra, general Juan B. Egusquiza, y lograron a su vez herir de muerte al mayor Vera. Don Antonio Taboada lo reemplazó intentando proseguir la lucha.

Otro grupo revolucionario, comandado por don Pedro P. Caballero, llegó con cierto retraso por el lado de la barranca del río, detrás del viejo cabildo, con el fin de tomar el cuartel de infantería. Este ya se había puesto sobre las armas. En las primeras escaramuzas, el comandante del cuartel cayó fulminado de un balazo en el ojo. Después de tres horas de denodada lucha, se impusieron los gubernamentales.

Al siguiente día, fueron detenidos más de 140 liberales, a quienes, por disposición expresa del presidente González, se los trató con toda consideración. Pero en la campaña, las autoridades cometieron inauditas vejaciones en las familias liberales.

El Partido Liberal quedaba en esa forma derrotado por las armas, y sus dirigentes fueron presos u obligados a huir al extranjero. Pero el triunfo moral fue de los opositores, a tal punto que el episodio ocasionó una escisión en el partido del gobierno, formándose dos grupos, el caballerista y el egusquicista.

 

PROCLAMA PARTIDARIA DEL DR. AUDIBERT

El doctor Alejandro Audibert fue uno de los jóvenes intelectuales que, a comienzos de la etapa constitucional, abrazaron la causa del Partido Liberal. Educado en el Colegio Nacional de Buenos Aires y egresado, con el título de doctor en jurisprudencia, de la Universidad de la misma ciudad, regresó al Paraguay para actuar en las lides democráticas. Le cupo participar en la insurrección del 18 de octubre de 1891 y, a consecuencia de la derrota de los sublevados, se vio compelido a abandonar el país. En septiembre de 1892, al saber que los liberales estaban empeñados en reorganizar el Partido, les envió su adhesión en una hermosa carta, que constituye todo un programa partidario y patriótico. Vamos a reproducir algunos de sus párrafos.

Respecto a la acción del 18 de octubre, decía:

“La revolución es una necesidad de primer orden para la prosperidad y la grandeza nacional, porque es el único recurso que queda al pueblo para restablecer la paz y la justicia.

“Ninguna tiranía ha caído por su propia virtud, y un pueblo que no sabe levantarse contra sus opresores, para reconquistar la libertad y la justicia, vive perpetuamente subyugado, pobre y miserable.

“La experiencia enseña que la prosperidad, generalmente, crece y vive sólo con la acción fecunda de la libertad, que es derecho, y bajo la protección del gobierno de la ley, que es justicia. Ninguna de estas palancas del progreso y de la civilización de un pueblo existe con el régimen de la oprobiosa dictadura que impera. Por consiguiente, para aliviar y curar nuestros males, es preciso conquistar primeramente la libertad y la justicia con el sacrificio del patriotismo y la unidad de acción, que hace la fuerza incontrastable de un pueblo.”

Enjuiciando al congreso colorado, expresa lo siguiente:

“En el augusto recinto de la soberanía nacional, donde se dictan las leyes y en el cual, en último resorte, se encuentra la garantía de ellas, se ha implantado el sistema de hacer elecciones que corresponden a los comicios, en las propias cámaras legislativas, o el de rechazar a los electos de los pueblos, con prematuras e ilegales declaraciones de nulidad, como ocurrió en febrero del año pasado.

“En un congreso de esclavos y lacayos, como el nuestro, cuando se denuncian las prevaricaciones escandalosas de los miembros del superior tribunal de justicia o de los del poder ejecutivo, los odiosos atentados contra, la libertad de los pueblos o contra los derechos individuales, los muy entendidos diputados guardan silencio, y si se pronuncian, es para declarar que no hay lugar a formación de causa. De esta manera, el abuso y la impunidad se erigen en sistema general de gobierno, pues el ejemplo viene desde el lugar mismo donde se forman las leyes y en el cual está en ultimo grado la garantía de ellas.” Habla después sobre los otros poderes del estado. Dice así: “En cuanto al poder judicial, sus miembros, designados por usurpadores del poder, llevan el vicio de sus generadores. Su acción es negativa y peligrosa. No se ocupan de aplicar las leyes ni los eternos principios del derecho, sino que se consagran en complacer a los que mandan.

“El poder ejecutivo está desempeñado por un hombre ungido presidente por la decisión de los generales Caballero y Escobar, con la promesa de subordinación incondicional. Lo que significa que es un gobierno de pasiones e intereses personales, que actúa al margen de la ley.”

No cabría reproducir el texto íntegro de la carta del doctor Audibert, en la que se formula un proceso completo de la situación imperante y se estimula al pueblo liberal a alzarse en armas.

Termina el documento con esta frase, propia de un eminente repúblico:

“No hay que desesperar de la salud de la patria. A los grandes crímenes oponed las más grandes virtudes, a los mayores peligros el mayor coraje. La república podrá perderse, pero el consuelo de un buen ciudadano al sepultarse bajo sus ruinas, es no haber omitido medio alguno para salvarla.”

 

REANUDACIÓN DE LAS SESIONES DEL CENTRO

En el primer semestre de 1892, siguieron las persecuciones a los liberales, sobre todo en los pueblos cercanos a la capital. La comisión directiva del Centro Democrático emitió un manifiesto, el 31 de agosto de ese año, protestando por “los hechos vandálicos y sangrientos, cometidos contra las personas y las propiedades de nuestros amigos políticos”. Añadía la protesta que muchos liberales “han sido maltratados de hecho y otros han sido muertos, quedando abandonados sus cadáveres en los caminos y los montes”, y que “las autoridades superiores se mantienen en un mutismo e inacción culpables, a pesar del grito de condenación de tales excesos que la opinión general y la prensa independiente han lanzado en desagravio de la justicia y de los fueros de la humanidad violados tan a mansalva y con alevosía”. “Que esos abusos violatorios de los derechos humanos, indignos de los pueblos civilizados, no pueden ser silenciados por la comisión directiva del Centro Democrático, sin faltar a los deberes que le son impuestos por la representación que inviste, por su propio decoro y por la dignidad del Gran Partido Liberal a cuya cabeza se encuentra.”

En el primer aniversario del frustrado golpe del 18 de octubre, se intentó celebrar funerales por los caídos en la lucha, pero la policía lo impidió. La comisión directiva del Centro no pudo reunirse, por prohibición del gobierno.    

 

PREPARATIVOS PARA LA ELECCION PRESIDENCIAL

El Partido Liberal crecía constantemente. Las autoridades del interior ejercían presión violenta contra los liberales, para obligarles a afiliarse al Partido-Nacional Republicano, pero aquéllos, a pesar de todo, enviaban su adhesión al Partido Liberal, según consta en las actas del 27 de enero y del 13 de marzo de 1893.

En la sesión del 27 de mayo de 1893 se levantó la abstención electoral y el Partido se preparó para sostener sus propios candidatos a la presidencia y a la vicepresidencia de la República.

Los principales dirigentes del Partido Colorado buscaron el voto de los liberales para sus respectivas candidaturas. Así, don José Segundo Decoud expresó al presidente del Centro, don Antonio Taboada, que tenía buena disposición para con el Partido Liberal, y que en caso de que su candidatura a la presidencia de la República fuera proclamada, solicitaría, el concurso de los liberales. Esto consta en el acta del 30 de septiembre de 1893. Por su parte, los generales Caballero y Egusguiza, candidato el primero por el Partido Nacional Republicano, y el segundo por los disidentes colorados, buscaron también el apoyo de los liberales. Pero el Centro dispuso que los correligionarios no debían decidirse a favor de uno u otro, "ni directa ni indirectamente”, según resolución del 24 de noviembre de 1893.

En la sesión del 28 de diciembre, el presidente del Centro, señor Manuel I. Frutos, informó que el general Egusquiza les había invitado al doctor Cecilio Báez, a don Antonio Taboada y a él, para proponerles un acuerdo entre los egusquicistas y liberales. Análogas gestiones realizaron el general Escobar y don Agustín Cañete a favor de los caballeristas. Las conversaciones prosiguieron hasta que el 22 de enero de 1894, a moción del señor Antonio Taboada, se resolvió suspender todo posible acuerdo con cualquiera de las fracciones coloradas. Finalmente, en sesión del 6 de julio de 1894, se ratificó la resolución de no aceptar el acuerdo planteado.

En la sesión del 17 de septiembre de 1894, se verificó la fecha de la fundación del Partido Liberal y así se estableció en el art. 1° de los nuevos estatutos: “El Partido Liberal, fundado definitivamente el 10 de junio de 1887..

 

PRESIDENCIA DEL GENERAL EGUSQUIZA

La cuestión presidencial quedó por fin resuelta entre los sectores del Partido Nacional Republicano (colorado) y fueron electos el general Juan B. Egusquiza para la presidencia y el doctor Facundo Ynsfrán para la vicepresidencia. Los nombrados asumieron sus cargos el 25 de noviembre de 1894.

El nuevo presidente se rodeó de los primeros colorados egresados de la facultad de derecho y de otras prominentes personalidades, entre éstas algunos liberales que se constituyeron en un sector disidente que fue denominado “Partido Liberal Democrático”, al que se llama “cívico” porque un diario de este nombre sostenía sus principios y propósitos. El otro sector liberal, que se negó a todo entendimiento con los colorados, fue denominado “Partido Liberal Radical”.

En el siguiente período, 1898-1902, el egusquicismo llevó a la presidencia de la República a don Emilio Aceval. El señor Héctor Carvallo, del grupo caballerista, fue elegido vicepresidente. En esta época, se hizo más categórica la división de los colorados.

El 2 de enero de 1902, el general Caballero dio un golpe de cuartel por intermedio del coronel Juan A. Escurra, ministro de guerra. En la sesión del congreso en que se consideró la renuncia del señor Aceval, los representantes de ambos bandos se tomaron a balazos. El resultado de la refriega fue varios heridos y la muerte del senador doctor Facundo Ynsfrán. El vicepresidente, señor Carvallo, se hizo cargo del poder ejecutivo y completó el período del señor Aceval. Le sucedió el coronel Juan A. Escurra.

Los egusquicistas quedaron, prácticamente, al margen de los puestos clave del gobierno. El caballerismo asumió nuevamente el poder sin cortapisas y la vida institucional del país hizo crisis.

En el mismo año de 1902, los liberales radicales llevaron a cabo su convención bajo la presidencia del doctor Cecilio Báez. En ella se planteó 1a. unión de ambos sectores liberales —cívicos y radicales— con el propósito de realizar la revolución, ya que el camino de los atrios les quedaba vedado. Los egusquicistas colorados se unieron a los liberales para dicho efecto.



ALTERNATIVAS POLITICAS DE LA ERA LIBERAL

LA REVOLUCIÓN DE 1904

A instancias de los egusquicistas, el gobierno adquirió el vapor “Sajonia”, con el propósito de crear la marina mercante nacional. Pero dicho barco fue tripulado por los conspiradores, y artillado por los capitanes de navío Manuel J. Duarte y Elías Ayala, quienes se hallaban incorporados a la marina de guerra argentina. El “Sajonia” partió del puerto de La Plata y remontó el río Paraná. El gobierno colorado hizo gestiones ante el gobierno argentino, para que el mencionado barco fuera capturado como pirata. Pero éste eludió a. la prefectura de Corrientes y entró en aguas del río Paraguay. La revolución había estallado.

El general doctor Benigno Ferreira fue designado comandante en jefe de las fuerzas revolucionarias. Se incorporaron a ellas los militares y marinos egresados de las respectivas escuelas de la Argentina y Chile. La juventud cívica, dirigida por los hermanos Higinio y Eliodoro Arbo, Carlos L. Isasi, Adolfo Soler y Manuel Benítez, y la juventud radical, dirigida por Manuel Gondra, Eduardo Schaerer, Manuel Franco, Gualberto Cardús Huerta y José P. Montero, aportaron un buen caudal ciudadano. El doctor Manuel Domínguez, vicepresidente de la República y colorado egusquicista, se incorporó a la revolución, previo un manifiesto condenatorio del régimen. Otro tanto hizo Arsenio López Decoud, quien llegó a comandar un batallón. También lo hicieron senadores y diputados colorados. Se alzaron, pues, contra el gobierno, no sólo los liberales, sino también espectables miembros del partido colorado que no comulgaban con los caudillos posesionados del poder. Es que la revolución de 1904 fue un despertar nacional, un movimiento de mejor cultura, en que participó la juventud intelectual, juntamente con campesinos, obreros y pequeños comerciantes, que buscaban el afianzamiento del orden, de la libertad y de la justicia.

Los revolucionarios establecieron su cuartel general en Villeta. En sus proximidades ocurrió el abordaje del vapor gubernista artillado “Villa Rica”, comandado por don Eduardo Fleitas. Con posterioridad, los colorados fueron igualmente batidos en tierra, en el combate de Ytororó.

Durante el desarrollo de las operaciones, fue constituida en Buenos Aires una comisión "Pro-Pace”, integrada por distinguidas personalidades argentinas y presidida por el obispo de Jasso, doctor Gregorio Ignacio Romeo, e integrada por Rafael Obligado y Gabriel Carrasco. Su objeto fue mediar entre los contendientes para lograr la paz. Las gestiones fueron fructíferas, y así se firmó el “Pacto de Pilcomayo”, por el que se dio fin a las hostilidades, en diciembre de 1904.

 

LOS DOS PARTIDOS TRADICIONALES

Con el triunfo de la revolución, los liberales se hicieron cargo del gobierno, aumentadas sus filas con la incorporación de muchos colorados de jerarquía. La juventud intelectual había ingresado al liberalismo. Los cuatro primeros egresados de la Facultad de Derecho, Cecilio Báez, Emeterio González, Benigno Riquelme y J. Gaspar Villamayor, eran liberales. Hijos de colorados eminentes, como los del general Patricio Escobar, se afiliaron al Partido Liberal. El teniente Albino Jara, educado en Chile, y cuyo padre era jefe de la zona militar de Concepción en la época colorada, también se hizo liberal.

El Partido Colorado quedó en la oposición; no obstante, muchos de sus integrantes ocuparon importantes cargos públicos, durante toda la era liberal, en el poder judicial, en la diplomacia, en la enseñanza pública, y, durante ciertos períodos, en el poder legislativo. Nombremos entre ellos a Francisco Chaves, Pedro Peña, Federico Codas, Ignacio Pane, Ricardo Odriozola, Antonio Sosa, Fulgencio R. Moreno, Juan E. O’Leary, Tomás Salomoni, Eduardo López Moreira, Eleuterio Fernández, Isidro Ramírez, Federico Chaves y Guillermo Enciso Velloso. No citamos a quienes actuaron en el congreso en representación del Partido Colorado.

Los viejos patriarcas del coloradismo no mostraron mayor empeño en organizar su partido con bases institucionales, y así dejaron en poder de los menos aptos la dirección inmediata de sus correligionarios. A la larga fueron suplantados por los más audaces y menos meritorios, quienes se encargaron de conmover las fibras partidarias con espejismos patrioteros, cantando loas a las tiranías del pasado o prometiendo el paraíso del poder y del mando, sin preocuparse de llevar al espíritu de sus partidarios nuevas doctrinas de mejoramiento ciudadano. De este modo surgieron los caudillos de menor cuantía, cuando los viejos colorados, como Egusquiza, Carvallo, Escobar y otros, ya habían desaparecido, y cuando los que podían haberles sucedido en la dirección del partido con mejores aptitudes, como los Francisco Chaves, Fulgencio Moreno, Antonio Sosa, Arsenio López Decoud y otros, eran desplazados o dejados al margen. Así se explica que no hubiera revolución o conspiración en que los colorados no actuaran, fueran quienes fuesen sus dirigentes, y cualesquiera fuesen los objetivos perseguidos. Acompañaron a Jara en 1908, a Benigno Ferreira en 1909, a los Freire Esteves en 1915, al coronel Chirife en 1922, al coronel Franco en 1936, a Morínigo en 1946, todo esto sin contar otros movimientos de menor importancia.

 

INICIACIÓN DEL GOBIERNO LIBERAL

Terminada la revolución el 19 de diciembre de 1904, fue designado presidente de la República don Juan B. Gaona. Durante su gobierno comenzó a perfilarse nuevamente el desacuerdo de los sectores “cívico” y “radical”. El ministro de guerra, general doctor Benigno Ferreira —del grupo “cívico”—, presionó para provocar la renuncia del nuevo mandatario. Renunciante el señor Gaona, fue designado para reemplazarle el doctor Cecilio Báez, en diciembre de 1905. Llamado el pueblo a elecciones, resultaron electos presidente el general Ferreira y vicepresidente don Emiliano González Navero, quienes asumieron sus cargos el 25 de noviembre de 1906.

El general Ferreira, en su juventud —tenía 18 años—, formó parte de la “Legión Paraguaya”, que combatió en las filas del ejército aliado en la guerra, del 65-70, si bien se retiró de ella al poco tiempo, para incorporarse al ejército argentino. Al término de la guerra, integró los primeros gobiernos constitucionales. Pero en 1874 fue obligado a alejarse del país, por influencia del ejército brasileño de ocupación, el que no veía con buenos ojos la insobornable defensa de la soberanía patria que, sobre todo en la cuestión del Chaco, ejercía Ferreira, quien, por otra parte, no admitía ciertas imposiciones de los gobiernos de las dos principales potencias triunfantes. Tampoco fue ajena a este hecho la rivalidad de Ferreira con el general Caballero, quien gozaba de las simpatías y el apoyo brasileños, y a quien aquél derrotó en varias intentonas revolucionarias.

Radicado en Buenos Aires, Ferreira cursó estudios universitarios y añadió de este modo a su grado militar el título de doctor en derecho. Vuelto al país al cabo de 21 años, o sea en 1895, después de fundado el Partido Liberal, se afilió a éste y llegó con el tiempo a presidirlo. Por eso es verdad aquello de que, entre los fundadores de nuestro Partido, no aparece ningún legionario.

 

EL LEGIONARISMO

Durante el período presidencial de Ferreira, cuyo gabinete estuvo constituido por sobresalientes ciudadanos, una de las preocupaciones principales del gobierno fue la defensa del Chaco. No sólo se adquirió armamento para fortalecer el ejército, cuya organización técnica había comenzado en la época de la presidencia de Gaona, sino que también la acción diplomática tuvo resonante éxito, al anular el gobierno los convenios anteriormente concertados con Bolivia por los colorados, en virtud de los cuales el Paraguay renunciaba a gran parte de la extensión del Chaco. El convenio Pinilla-Soler fue el comienzo de la recuperación de dicho territorio.

Desgraciadamente, las desavenencias de “cívicos” y “radicales” se fueron agudizando. No eran ajenos a estos acontecimientos los colorados, quienes por su parte contribuían al malestar general participando en las conspiraciones. Unos y otros aprovecharon los antecedentes de Ferreira, para aplicarle el mote de “legionario”, con el fin de desacreditarlo ante la opinión pública. Años después, este mote fue extendido por los colorados a todos los liberales, con evidente injusticia.

Cabe dejar constancia de que, si algún partido político puede ser tildado de legionario, este es el Partido Colorado, en cuya acta de fundación figuran veinte y tres legionarios, tres de los cuales, los señores Salvador Jovellanos, Juan G. González y Juan B. Egusquiza, fueron exaltados a la presidencia de la República por ese Partido. Además, fueron los legionarios quienes dictaron la ley del 13 de julio de 1871 cuyo art. 1º establecía.: “El desnaturalizado paraguayo Francisco Solano López, queda fuera de la ley y arrojado para siempre del suelo paraguayo como asesino de su patria y enemigo del género humano.” Esta ley quedó en vigencia durante los treinta años que duró el régimen colorado. En cambio, después de asumir el gobierno el Partido Liberal, don Manuel Gondra, en un memorable discurso, dijo: “No envenenemos nuestras cuestiones políticas, nuestro ambiente de civismo, ni el estandarte inmaculado de la libertad; aceptemos el pasado íntegro de la patria, con sus errores, con sus glorias, con sus sufrimientos y con sus martirios. No busquemos raíces a los partidos actúales, no busquemos faltas ni errores en la tradición y respetemos todo el pasado; respetemos hasta nuestra tiranía, ya que nuestro tirano ha sido el único de los tiranos de América que supo morir teniendo en sus labios el nombre de la patria.”

Siguiendo las sugestiones del señor Gondra, las cámaras legislativas de la era liberal dejaron sin efecto la mencionada ley condenatoria del mariscal López.

 

EL GOLPE DEL 2 DE JULIO DE 1908

El mayor Albino Jara, militar ambicioso y díscolo, fue dado de baja en el ejército. Los radicales y los colorados aprovecharon la oportunidad para impulsarlo a, dar un golpe de cuartel. Jara, acompañado por los colorados Marcos Quaranta y Marcos Caballero Codas, hijo del general Caballero, sorprendió a la guardia de uno de los cuarteles y la acción estalló el 2 de julio de 1908. La policía y el batallón de seguridad, a cargo de don Elías García, y el cuerpo de bomberos, comandado por el mayor David Centurión, bien disciplinados y equipados, resistieron heroicamente a las fuerzas sublevadas. El movimiento corría el riesgo de fracasar. Una unidad del ejército adicta al gobierno, que se hallaba en Paraguarí, marchó sobre Asunción. La juventud radical se lanzó a la lucha bajo la dirección de Adolfo Riquelme y contribuyó decisivamente para el triunfo. Dueños de la situación resultaron los radicales. Asumió el poder el vicepresidente de la República, don Emiliano González Navero, y el mayor Jara, ascendido a coronel, ocupó la cartera de guerra.

 

LA REVOLUCION DE LAURELES

Los colorados siguieron conspirando. Su ambición de recuperar el poder por cualquier medio los llevó a concertar un acuerdo con el grupo "cívico”, dirigido por el “legionario” Ferreira, derrocado el 2 de julio.

Los revolucionarios consiguieron el apoyo del gobierno colorado de la provincia de Corrientes, dirigido por el doctor Juan R. Vidal, y así pudieron ejercitarse abiertamente en los aledaños de la capital correntina, en la quinta Rezoagli. Pero el acuerdo entre colorados y cívicos quedó sin efecto por desavenencias insalvables. No obstante, los colorados dirigidos por José Gill y Juan Vicente Ramírez se lanzaron a la lucha, y cruzaron el río Paraná. Las fuerzas radicales los vencieron en Laureles (sur del Paraguay). En el norte, otro contingente colorado, venido del Brasil, comandado por el doctor Eduardo López Moreira, llegó hasta, las proximidades de Concepción, donde los radicales, dirigidos por Manuel Gondra, lo batieron y dispersaron.

 

LA REVOLUCION DE RIQUELME

Llamado el pueblo a elecciones, asumió la presidencia de la República don Manuel Gondra, el 25 de noviembre de 1910. El coronel Jara continuó ocupando la cartera de guerra. Pocos meses después, en los comienzos del año 1911, los militares, dirigidos por Jara, obligaron al presidente Gondra a renunciar. Los radicales se alzaron en armas a las órdenes de Adolfo Riquelme, que había ocupado la cartera del interior en el gabinete del presidente derrocado. En el sur, el contingente radical, comandado por el entonces capitán Francisco Brizuela, fue vencido en Caí Puente. Y en el norte, el comandado directamente por Adolfo Riquelme y el teniente coronel Alfredo Aponte fue derrotado en Paso Ñandeyara —cercanías de Asunción— y en Estero Bonete, lugar situado en las inmediaciones de Villa del Rosario. Riquelme, tomado prisionero, fue muerto alevosamente.

Los radicales no cesaron en su empeño de deponer a Jara, quien, presionado por una intensa campaña política, se vio obligado por sus propios amigos, miembros del ejército, a renunciar a la presidencia y ausentarse a Buenos Aires, el 5 de julio do 1911. Las cámaras legislativas designaron presidente provisional a Liberato Rojas, que pertenecía al grupo jarista.

 

LA REVOLUCION DE 1912

En 1912, los radicales consiguieron organizarse, equipar un importante contingente y adquirir dos barcos de altamar, que fueron poderosamente artillados. Bajo la dirección de Manuel Gondra, Eduardo Schaerer, Manuel Franco, Emiliano González Navero y José P. Montero, con el concurso de distinguidos jefes y oficiales retirados del ejército que formaban el “Círculo Militar” y no embanderados en la política, se lanzaron a la lucha para restablecer la vida institucional del país.

El presidente Rojas, ante el estallido de la revolución, pidió la colaboración de los colorados para sostenerse. Les otorgó ministerios, entre éstos, el de guerra, que fue ocupado por el entonces mayor Eugenio Garay. Poco después, los colorados desalojaron a Rojas y obligaron a las cámaras a designar presidente provisional al doctor Pedro Peña, colorado, quien asumió el cargo el 27 de febrero de 1912.

Los jaristas, por su parte, recurrieron nuevamente al coronel Jara, quien fue llamado del exilio para hacerse cargo de la guarnición militar de Encarnación, cuyos oficiales le eran adictos. De esta manera, ocurrió un caso sin precedentes: tres fuerzas distintas se disputaban el poder; cada una dominaba una región del país: los colorados, Asunción y ciudades vecinas; Jara, Encarnación y alrededores; los radicales, Pilar y Humaitá. Jara realizó una audaz marcha a Pilar, donde sorprendió a las fuerzas radicales, las que se Rieron obligadas a remontar el río en sus barcos, hasta Villa Franca, donde establecieron su cuartel general. De allí se internaron en las Misiones para marchar posteriormente sobre la capital. Uno de los barcos revolucionarios siguió viaje al norte, hasta Concepción, después de forzar el paso de Asunción, donde se le reunió otro ejército.

Unidas las fuerzas radicales del norte y del sur, atacaron a los colorados en Asunción y los vencieron. Un buque de guerra brasileño, que con otros varios de igual nacionalidad estaba apostado en la bahía durante la revolución, recogió con todas sus armas un batallón colorado comandado por el mayor Eugenio Garay, y lo transportó a Corrientes, de donde ese grupo intentó volver a territorio paraguayo.

Dominada la capital por los radicales, fue designado presidente provisional don Emiliano González Navero. Seguidamente, el ejército radical marchó a Paraguarí para enfrentar al de Jara. Este atacó la población el 11 de mayo de 1912 y fue derrotado. El coronel Jara, gravemente herido, murió días después.

 

GOBIERNO DE LOS RADICALES

Convocado el pueblo a elecciones, triunfó la fórmula Eduardo Schaerer-doctor Pedro Bobadilla, que asumió el poder en 1912 el 15 de agosto, nueva fecha establecida para la iniciación de los períodos presidenciales.

Con la instauración de este gobierno, la anarquía fue dominada. Y así se pudo reanudar el progreso institucional, económico y cultural del país, de que damos cuenta más adelante.

Con las reformas electorales y el servicio militar obligatorio, la paz fue consolidada. Desde principios de siglo fue Schaerer el primer presidente que cumplió íntegramente su período. Numerosos miembros del Partido Colorado desempeñaron importantes funciones públicas, especialmente en el Poder Judicial, la diplomacia y la enseñanza secundaria y superior.

A pesar de todo, los rescoldos de la pasión política se avivaron nuevamente y, el lº de enero de 1915, un grupo de ciudadanos dirigido por los hermanos Freire Esteves (cívicos) y el colorado Bernardino Caballero (nieto del general del mismo nombre) inició un levantamiento, con la toma de un cuartel y la detención del presidente Schaerer, que fue sofocado después de una lucha que no tuvo mayor intensidad.

El doctor Manuel Franco inició el siguiente período, el 15 de agosto 1916, pero falleció en 1919, y fue reemplazado por el doctor José P. Montero, que ejercía la vicepresidencia.

Para el periodo 1921-24 fueron electos don Manuel Gondra y el doctor Félix Paiva, como presidente y vicepresidente de la República.

En la iniciación del gobierno del señor Gondra, se agudizó una lucha interna en el Partido Radical. Gondra fue obligado a renunciar y delegar el mando en el doctor Félix Paiva, el 29 de octubre de 1922. Paiva no pudo restablecer la convivencia de los sectores en pugna. Luego fue designado presidente el doctor Eusebio Ayala, por decisión de las cámaras, integradas por ambos bandos y también por representantes colorados. Pero a pesar de ello, tampoco el doctor Ayala logró evitar el rompimiento entre los núcleos radicales, y así estalló la revolución.

 

LA REVOLUCION DE CHIRIFE

El ejército, a las órdenes del coronel Adolfo Chirife, se levantó en armas. El movimiento contó con el apoyo del sector radical-schaerista, si bien el señor Schaerer no participó en su conducción.

El sector liberal “cívico” se diluyó con la revolución. Algunos de sus miembros acompañaron al coronel Chirife y otros al gobierno. Los jaristas, casi todos militares, se plegaron a los revolucionarios. Otro tanto hicieron los colorados. Así, acompañaron a Chirife el coronel Eugenio Garay, don José Gill y don Medardo Palacios, y sus respectivos amigos.

Al cabo de una lucha que duró un año, las fuerzas del gobierno dominaron la insurrección. Desde entonces los liberales quedaron divididos en sólo dos sectores: los liberales del gobierno y los liberales de la oposición.

El doctor Eusebio Ayala renunció a la presidencia provisional por haber sido lanzada su candidatura a la presidencia efectiva. Pero la convención partidaria eligió al doctor Eligió Ayala para ese cargo. Desempeñó el poder ejecutivo el doctor Luis A. Riart, hasta que el presidente electo asumió su cargo. El doctor Eligió Ayala fue otro presidente que terminó normalmente su mandato. Para el siguiente período fue electo el doctor José P. Guggiari, quien triunfó frente al señor Eduardo Fleitas, candidato sostenido por el Partido Colorado.

El doctor Guggiari también terminó su período presidencial, no obstante el motín que culminó el 23 de octubre de 1931 frente al palacio de gobierno, del que resultaron víctimas jóvenes estudiantes. En este motín estuvieron mezclados, como siempre, los colorados, dirigidos por J. Natalicio González y el doctor Silvio Losfrucio, entre otros. El presidente Guggiari, acusado por la oposición, delegó el ejercicio del poder ejecutivo en el vicepresidente, don Emilio González Navero, y pidió a las cámaras legislativas su propio juicio político. El congreso estaba integrado por un sector colorado, pero éste se retiró del parlamento, con el propósito de provocar un levantamiento del ejército, el cual no se produjo. La mayoría parlamentaria, previo estudio del caso, no dio lugar a la formación de causa al presidente, y éste reasumió su cargo.

Lo sustituyó en la presidencia de la República, en el siguiente período, el doctor Eusebio Ayala, a quien acompañó como vicepresidente el doctor Raúl Casal Ribeiro.

En los comienzos del gobierno del doctor Eusebio Ayala, ya estallada la guerra del Chaco, los dos sectores en que se hallaba dividido el Partido celebraron su unión, bajo la común divisa de “Partido Liberal”, facilitando de esta manera la conducción de la guerra y el triunfo de las armas paraguayas, lo que constituye el más glorioso galardón de nuestra entidad política.



QUE HIZO EL PARTIDO LIBERAL EN 30 AÑOS DE GOBIERNO

EL PARAGUAY DE 1904

¿Qué hizo el Partido Liberal en treinta años de gobierno? Esta es la cantinela de los adversarios políticos. Y muchos liberales, sobre todo los jóvenes, no saben contestar, porque no han tenido a mano una documentación organizada y porque, prácticamente, en todo el período de anarquía reinante desde la terminación de la guerra del Chaco, la prensa liberal estuvo silenciada y el partido no pudo defenderse.

Puede decirse que, en 1904, el Paraguay apenas había restañado sus heridas de la guerra del 70. Después de la hecatombe, el país quedó despoblado, y su economía y sus finanzas arrasadas.

Los gobernantes colorados de la posguerra obtuvieron en Inglaterra un empréstito, que no fue aplicado en su totalidad a satisfacer las necesidades del país ni a promover la producción, pues gran parte de las libras esterlinas fue a parar a los bolsillos de los que mandaban. Por eso el estado no pudo, durante muchos años, ni siquiera pagar los intereses y las amortizaciones respectivas, con lo cual el Paraguay perdió su crédito internacional. Aun durante la época de los gobiernos liberales, esa tremenda carga siguió pesando, aumentada con los gastos que demandaron los preparativos para la defensa del Chaco.

En 1904, repito, todo estaba por hacerse: organizar la ad ministración, formar el personal administrativo, propender a la producción de la riqueza, encauzar el comercio, resolver los graves problemas monetarios, dar instrucción al pueblo, formar maestros, atender la salud pública, forjar un ejército...; en pocas palabras, cumplir todos los fines del estado.

Es difícil valorar de primera intención toda esta tarea gigantesca, la labor invisible, tanto o más ardua que las obras materiales. Por eso los tiranos se han limitado siempre a levantar grandes edificios o realizar obras públicas monumentales, absteniéndose de desarrollar otras labores menos aparentes pero tanto o más necesarias para la vida de los pueblos.

La juventud actual, que ha visto una Asunción con tranvías y luz eléctrica, con ómnibus y automóviles, con calles pavimentadas; una Asunción donde nacen carreteras excelentes que llegan a regiones apartadas; una Asunción que es cabeza de una vía férrea que se prolonga hasta Encarnación, y por donde se llega a Buenos Aires; una Asunción con servicios telefónicos y radiotelegráficos, con un puerto magnífico, con hospitales modernos, con una edificación que se va extendiendo hacia los pueblos circunvecinos; esa juventud que ha visto la capital dotada de tantos adelantos, no tiene una idea de la Asunción de 1904.

En aquella época, la ciudad sólo era algo más que una aldea, y sus calles profundos arenales, intransitables durante las horas del apogeo del sol. De noche, estaba apenas alumbrada por mortecinos faroles a kerosene. El servicio de tranvías era de tracción a sangre. Los coches avanzaban penosamente, arrastrados por escuálidas mulitas. La calle Cerro Corrá, desde Paraguarí hacia la de Brasil, era un largo y profundo zanjón arenoso. El Belvedere (España y Brasil), un lejano lugar de las afueras. Qué no diremos de Recoleta y Villa Morra. La esquina de las calles Humaitá y Chile, que actualmente es un lugar céntrico, no pasaba de ser un suburbio. Allí tenía su casaquinta el general Egusquiza. El parque Caballero, que fue la quinta del general del mismo nombre, quedaba también en las afueras de la capital.

El colegio San José, fundado en 1904, ocupó la vieja casaquinta del ex presidente Juan G. González. Sus alrededores, desde la calle España hasta Colombia por un lado, y hasta Perú por el otro, formaban un tupido bosque. En todo ese amplio terreno de varias manzanas no había una sola casa. Era gloria para nosotros, los alumnos, tener semejante patio de recreo.

El ferrocarril, apenas si llegaba en aquella época hasta Villarrica.

Al hacerse cargo del gobierno el Partido Liberal, en 1904, comenzó el progreso. La ciudad fue iluminada a gas. Ocho años después, durante el gobierno del señor Schaerer, ya teníamos fuerza, luz y tranvías eléctricos. Nuestra población infantil, no acostumbrada a esos modernos medios de locomoción, se divertía arrojando piedras contra los coches, con el consiguiente peligro para los viajeros. Los focos de la luz eléctrica eran blanco atractivo para las honditas de los chicos. Sólo de a poco fuimos encauzando a la nación para hacerle comprender y aceptar el progreso al que fueron reacios los colorados.

La vía férrea llegó a Encarnación. Las calles fueron pavimentadas. En 1906, el presidente Báez decía, en su mensaje al congreso, que estaban pavimentadas 16 cuadras céntricas. Al terminar la era liberal, lo estaban más de mil cuadras. Y todo esto sin apelar a empréstitos extranjeros.

En lo que concierne a la salud pública, no existían los grandes hospitales civiles y militares de la capital, ni los regionales del interior. El mismo mensaje, de 1906, decía: “La asistencia pública cuenta ya con una sala, de maternidad y una farmacia, y en breve contará con una sala de primeros auxilios.” Es decir que el estado paraguayo disponía en 1906 de no más de lo que en 1932 tenía cualquier obraje particular de la República.

Respecto a otra oficina pública, agregaba el documento: "A pesar del celo desplegado por el director general del registro civil de las personas para ponerlo en buen pie, lo impide la insuficiente instrucción de los jueces de paz encargados de llevarlo en la campaña.” Varios de éstos no sabían redactar un acta de defunción ni una partida de nacimiento.

Tal era el estado desolador del país al iniciar sus funciones el gobierno liberal. No había recursos que permitieran llevar a cabo toda la inmensa obra que el país requería; no había población suficiente; no teníamos el número indispensable de hombres preparados para desempeñar las funciones públicas. Todo había que crearlo, reformarlo o mejorarlo. Y que así se hizo, lo iremos viendo.

 

ORIENTACIÓN POLÍTICA

En la función pública, los miembros del Partido liberal pusieron en práctica el principio sustentado en el llano, de que el mando debe ser ejercido con el consenso de los gobernados respetando las libertades esenciales de la personalidad humana.

Los mensajes que los distintos presidentes de la República presentaron a las cámaras legislativas, contienen vigorosas expresiones doctrinarias, así como una detallada información sobre las realizaciones llevadas a cabo en bien del país. Trataré de reproducir los párrafos esenciales de dichos mensajes.

El doctor Cecilio Báez, uno de los maestros del liberalismo, expresaba en 1906, en oportunidad de inaugurar las sesiones de la legislatura, en su carácter de presidente provisional de la República:

“Normalizada la situación política después de la última contienda civil y restablecido el funcionamiento regular de las instituciones, se ha abierto para el país un horizonte nuevo: con el renacimiento de la confianza en las garantías acordadas por nuestras leyes a todos los intereses legítimos, nuevos capitales extranjeros han venido a sumarse a los ya existentes, mejorando sensiblemente su condición financiera, económica y social.”

Continuaba el mensaje diciendo: “Como la prensa política no puede vivir sino dentro del régimen de la libertad, el número de periódicos se ha multiplicado a porfía, hecho que demuestra que las garantías constitucionales son reales y efectivas. El progreso político se hace visible, además, en la organización de las entidades obreras con el fin de reclamar de sus patrones una más justa remuneración del trabajo. Sólo es de desear que estas manifestaciones de la vida libre se encuadren en los lindes de la justicia social, la cual ampara todos los intereses legítimos cuando las reivindicaciones se deducen dentro de las fórmulas tutelares del derecho.”

Ya entonces el gobierno se preocupaba de la situación de los sectores obreros, amparándolos en sus demandas de justa remuneración, sin que el Estado se inclinara al paternalismo, atentara contra los derechos del hombre y del ciudadano, ni se convirtiera en un ente todopoderoso; por lo contrario, esa defensa del trabajador mantenía intactos los caracteres y requisitos del estado liberal de derecho.

El presidente general doctor Benigno Ferreira en 1907 confirmaba, en su primer mensaje, la acción del gobierno anterior. Decía el general Ferreira: “El orden público está completamente asegurado, por la adhesión que el pueblo otorga a la justicia y a la corrección de procederes de mi gobierno. Esto no quiere decir que haya unanimidad para cada acto que realice el poder ejecutivo. Ningún gobernante puede obtener los sufragios de la universalidad de los ciudadanos, en países regidos por instituciones democráticas. El debate público, la crítica y aun la censura son convenientes y a veces necesarios, para coadyuvar al gobierno, contribuyendo a expurgar la verdad y la verdadera convivencia.”

Siempre vemos en los mensajes presidenciales la enunciación de los principios políticos liberales que condensaban los anhelos de la comunidad: juego recalar de las instituciones democráticas y seguridad para el ejercicio de la libertad.

 

REFORMAS DEL IDEARIO DEL PARTIDO LIBERAL

Los estatutos del Partido Liberal adoptados en el Acta 1887, fueron reformados y ampliados el 14 de mayo de 1902 a proposición del doctor Cecilio Báez. Sus puntos esenciales aseguran la tolerancia en política, la defensa del individuo contra la arbitrariedad del estado y al propio tiempo la defensa de los .intereses sociales.

En 1908, don Manuel Gondra pronunció uno de sus famosos discursos, en ocasión de ausentarse del país para ejercer la representación diplomática del Paraguay ante el gobierno del Brasil. Decía el maestro:

“Tengo fe en los destinos políticos del país, porque los estadistas que lo dirigen le darán lo que él anhela, esto es su pacificación definitiva, que no consistirá en el mero mantenimiento del orden público, sino en esa paz íntima y profunda del espíritu del pueblo, que se consigue cuando cada ciudadano sabe que puede ejercer libremente sus derechos, sin temer que el espionaje lo aceche ni la arbitrariedad lo detenga. Sé que estos anhelos de la nación son también la aspiración de sus hombres de gobierno, y para conseguirlos, debemos coadyuvar todos, comenzando por dar pruebas de tolerancia en nuestras luchas cívicas, principalmente los que componen las clases dirigentes del país.”

Los principios proclamados en este discurso fueron incluidos treinta y tres años después, en la carta del Atlántico.

En 1916, el Partido Liberal reformaba su ideario político. En lo relativo a la política agraria, se empeñaba en propender, por todos los medios aconsejables, a la multiplicidad y estabilidad de la pequeña propiedad; en estudiar y ejecutar un plan gradual de población y colonización, sobre la base de la distribución de las tierras fiscales y la expropiación de las particulares que no eran utilizadas; en fomentar la población en el Chaco mediante colonias militares; en organizar la defensa legal de los intereses del agricultor en lo que se refiere a la posesión u ocupación de la pequeña propiedad.

Respecto a la política social, el nuevo ideario determinaba la adopción de medidas encaminadas a mejorar los servicios necesarios para combatir las causas de defunción o degeneración social, especialmente el alcoholismo, el juego, la anquilostomiasis, el tétano infantil y otras lacras morales y físicas. Recomendaba leyes que reglamentaran el trabajo con mira a defender a los obreros, especialmente a los de los obrajes y yerbales, en su salud, en su salario, en la estabilidad de sus contratos y en sus demás intereses legítimos. Propugnaba la adopción de una ley sobre accidentes de trabajo, la reglamentación del arbitraje para dirimir cuestiones entre patrones y obreros y la creación de un tribunal permanente para el efecto.

Recomendaba, igualmente, el ideario de 1916, la propagación de ideas y sistemas de cooperación y mutualismo, y la protección de las asociaciones que se formaran con estos fines. También invitaba a fomentar la construcción de casas económicas para obreros, y a difundir entre ellos las prácticas higiénicas y los deportes. Propendía igualmente a facilitar la educación e ilustración del obrero, y a arbitrar otros medios para el mejoramiento de sus condiciones materiales y espirituales.

En 1924 fueron modificados los estatutos del Partido.

En el último ideario del Partido, presentado a la convención celebrada en el exilio, por el Dr. Justo Prieto, y aprobado por ella, se esboza la estructura de una nueva constitución nacional, estableciendo que el régimen político-social de cualquier país debe tener base liberal (el respeto de los atributos de la persona humana), pero no desdeñar la incorporación de conceptos y disposiciones por el solo hecho de haberse originado en campo adversario, toda vez que no desvirtúen los principios fundamentales y auténticos del liberalismo, esto es, el gobierno por el consentimiento de los gobernados y el respeto de la persona humana.

Por su parte, el presidente Schaerer expresaba en 1913 en su primer mensaje al congreso: “Era un deber primordial sanear el ambiente en que se exterioriza la opinión pública, estimulando por todos los medios la tolerancia y la concordia entre los ciudadanos, a fin de que sus ideas y actividades, siquiera encontradas, sean un factor de vitalidad institucional y democrática. La tarea de estimular las energías nacionales requiere esfuerzos perseverantes. El programa de mejoras y reformas exigido por el estado general del país, es muy superior al poder de un determinado gobierno y demanda el abnegado empeño de generaciones enteras consagradas sin desmayo a realizar los magnos ideales que están escritos en nuestra carta política. Lo que del pasado queda no es cimiento para futuras obras sino un caudal de experiencias tanto más valiosas cuanto más representan recuerdos de vanos conatos y estériles pugnas. Valgan ellas como lecciones provechosas para orientar a los ciudadanos hacia rumbos que marcan el camino de la civilización y de la cultura.”

En su discurso ante la convención del Partido Liberal, el 20 de enero de 1935, el presidente doctor Eusebio Ayala definía la acción que corresponde al gobierno y a los partidos políticos:

“...Nuestro sistema constitucional está basado esencialmente sobre el principio de la rotación de los hombres. Esta rotación introduce un factor de inestabilidad en los negocios públicos, que si no se compensara en la práctica por el carácter permanente de los partidos, aparejaría la anarquía. Los partidos, como organismos vivientes y estables, son los verdaderos mantenedores de los principios y de las instituciones. De aquí que bajo el régimen de nuestra carta política constituya una  verdadera necesidad institucional la formación de partidos fuertes y permanentes...”

“…La condición de subsistencia y de progreso de los partidos, consiste en su identificación cada vez más perfecta con las aspiraciones nacionales. La fórmula es: partido para gobierno, no gobierno para partido.”

 

POLÍTICA AGRARIA, TIERRAS PÚBLICAS

El presidente Schaerer decía en su mensaje de 1915:

“Considerando que convertir en propietarios al poblador nacional y al inmigrante, es el medio más efectivo para hacer de ellos agentes de progreso, se ha creído conveniente apresurar la división en lotes, de las tierras fiscales ocupadas por connacionales y colonos extranjeros. En el año transcurrido, se ha terminado la subdivisión de las colonias Nueva Italia, 14 de Mayo, Trinacria, Agagigó, San Pedro, Potrero Cosme y Yaguarón. La tramitación para la escrituración de los lotes formados, se hace hoy de oficio, a fin de evitar gastos y molestias a los interesados.”

Refiriéndose al resultado de esta política agraria, decía el mismo mandatario en su mensaje de 1916: “De este modo, el curso de los dos últimos años, se han mensurado y subdividido en lotes un poco más de cien mil hectáreas de tierras de labor de distintos puntos del país, habiéndose formado 2.586 lotes que se hallan ocupados en casi su totalidad por pobladores agricultores, bajo el régimen de colonización establecido en la ley vigente. Durante el año transcurrido se recibieron 653 solicitudes1 de escrituración definitiva de lotes.”

En 1920, durante la presidencia del doctor José P. Montero, se intensificó el loteamiento de terrenos fiscales para tareas agrícolas. Se subdividió la colonia Monte Sociedad, habiéndose deslindado 97 lotes, en Mbubebo (Colonia Independencia) 216, lotes, y en San Juan Nepomuceno 129 lotes. Asimismo, se mensuró y subdividió 3.750 hectáreas en Yhacanguazú, 600 hectáreas en Maciel, 4.000 en San Estanislao, y 3.500 hectáreas en Igatimí.

El presidente provisional, doctor Eusebio Ayala, tildado de "reaccionario capitalista”, decía en su mensaje de 1921 al parlamento: “La actual repartición de la tierra no es el resultado de un plan económico ni político. El estado, a fines del siglo pasado, se despojó de la mayor parte de su rico patrimonio para obtener recursos: para vivir sacrificó su capital. Dejando de lado esos errores, tenemos que considerar la situación presente. En un país nuevo como el nuestro, la posesión de vastas tierras incultas impone al propietario una obligación, y es la de hacerlas valer. Sería odioso admitir que los grandes terratenientes se beneficien sin pena del esfuerzo colectivo y que lucren con una plusvalía en cuya formación no han tenido una participación congruente. No es tolerable que un interés privado mal entendido se atraviese como mole inerte en la vida del desenvolvimiento nacional. El latifundio puede ser una etapa de la evolución de la propiedad raíz, pero ha de aceptar y facilitar su propia transformación en cuanto las circunstancias sean propicias. Valorizar las tierras desiertas mediante una explotación inteligente, prepararlas para habitación y teatro de la labor de los hombres, colonizarlas, en fin, constituyen un programa a la vez de lucro particular y de cooperación social.”

Ratificando lo que antecede, el presidente Dr. Eligió Ayala, en uno de sus mensajes, historiaba la situación de las tierras públicas. He aquí algunos de los párrafos de su interesante estudio:

“Las leyes conocidas de venta de tierras públicas, fueron p dictadas con la precipitación propia de la imprevisión. Y las mejores tierras del Paraguay fueron enajenadas a precios irrisorios (por los gobiernos colorados de la posguerra)...” “Las tierras pasaron de la propiedad del estado a la de algunos capitalistas extranjeros. Un monopolio sucedió a otro monopolio. A la inmovilidad de las tierras fiscales sucedió, no la actividad de la producción sino la acción venenosa de la especulación.. .” “Las tierras no fueron explotadas, ni cultivadas. Algunos pocos extranjeros monopolizaron y esperaban tranquilamente su valorización espontánea, sin preocuparse de explotarlas. Los agricultores paraguayos no recibieron ni un milímetro de esas fértiles tierras, arrojadas pródigamente por el estado a las manos de unos pocos especuladores.”

 

LA CUESTIÓN SOCIAL

El presidente doctor Manuel Franco se ocupa en su mensaje de 1918, de la acción política y social.

“Nuestro deber es anticiparnos a satisfacer la parte de las reivindicaciones en que el obrero tiene razón y procurar desviar su criterio impresionable, de las peligrosas utopías a que se muestra tan aficionado. Lo primero en que cabe darle la razón es en sus críticas contra la carestía de la vida. La pura verdad es que el costo de la vida aumenta en mayor proporción que los salarios y el desequilibrio resultante se traduce en estrechez o miserias para las clases que viven de sueldos, salarios, pequeñas industrias, etc.; en una palabra, para la mayoría de la nación. La más perentoria obligación del gobierno es por lo tanto, valorizar su moneda, como medio de valorizar el trabajo humano, fuente de vida para la generalidad. Los demás factores de una política económica favorable a las clases pobres son conocidos;' economía en el gobierno' y en la sociedad, no más emisiones, sistema de impuestos basados en la capacidad de los contribuyentes y no en sus consumos.

“La cuestión social es complejísima y abarca problemas económicos, políticos y morales, sobre los cuales no puedo extenderme. Diré sí que, con el voto secreto y el servicio militar obligatorio, hemos realizado dos reformas democráticas de las más importantes. Si las cumplimos sinceramente, en su letra y en su espíritu, disminuiremos la violencia de las luchas sociales en lo futuro, porque formaremos ciudadanos que se sentirán en el deber y en el sacrificio, solidarios en el amor a una patria común y dueños de sus propios destinos. Las escuelas deben ayudar a formar esta concepción de la convivencia social, y confesamos que las nuestras están bien encaminadas para ello.

“Hay una porción considerable del proletariado que no acostumbra quejarse, pero cuya situación es bien penosa y digna del mayor interés. Aludo al proletariado de los campos. Hay que acudir en su ayuda por todos los medios espirituales y materiales de que podamos disponer: mejorar su cultura, combatir las enfermedades que minan su organismo, proporcionarle tierras y enseñarle a cultivarlas.

“En cuanto a las luchas meramente políticas, se encauzarán más y más, dentro de la legalidad, a medida que progresen la cultura general y las fuerzas económicas de la nación.”

Confirmando las opiniones del doctor Manuel Franco, el presidente doctor Eusebio Ayala expresaba en su ya mencionado discurso pronunciado ante la convención del Partido Liberal el 20 de enero de 1935:

"... El obrero rural y el obrero de los centros urbanos necesitan una protección eficaz. El estado tiene la obligación dé, vigilar que se observen condiciones adecuadas de trabajo. También por medios discretos y apropiados debe ejercer el control sobre la distribución de las riquezas. Hay un mínimum de compensación que tiene que ser asegurado a cada trabajador. Ese mínimum está determinado por el monto de los recursos que necesita el individuo para vivir normal y razonablemente en la comunidad a que pertenece.”

“...Los obreros se asocian y contratan con los patrones. Poseen así mayores medios para vigilar sus intereses colectivos. Los agricultores en cambio, carentes de toda organización, a menudo son víctimas de inicuas explotaciones de los que lucran con su labor. Es por eso que hacia el campesino debe dirigirse, ante todo, nuestra mirada. El porvenir de nuestra nacionalidad está en el campo.”

“.. .La libertad social, política, religiosa no bastan. En nuestro tiempo, la opresión viene sobre todo de dos grandes y terribles causas: la pobreza y la ignorancia. En verdad, son dos fases de una misma indigencia. He aquí el problema de los problemas de orden social. La emancipación del hombre no se consigue con declaraciones ni con leyes; tiene que ser resultado de un largo y penoso esfuerzo de parte de los que pueden más en favor de los que pueden menos, para que éstos adquieran las nociones de la vida y del trabajo de que carecen.”

 

DEFENSA DEL EMPLEADO PÚBLICO

En 1921, el presidente Gondra se refería, en su mensaje anual al parlamento, al estatuto legal del funcionario. Decía lo siguiente: “Los ministros consideran debidamente este asunto, con el criterio de que debe mejorarse la condición del empleado público, dentro de una regla que no rompa el equilibrio de la jerarquía, creando desigualdades injustas entre personal administrativo del mismo valor.”

Para terminar la consideración de la política social, cabe consignar que las leyes propugnadas en la Argentina por el Partido Socialista en defensa del obrero, tales como las referentes a la jornada de ocho horas y al sábado inglés, fueron aplicadas en el Paraguay antes que en este país.

En resumen, el Partido Liberal, desde su nacimiento, tuvo por norte los principios liberales, dentro de los cuales caben todas las iniciativas que tienden al mejoramiento de los sectores populares más necesitados. No existe, en efecto, en toda la trayectoria cumplida por el partido en el gobierno, ley alguna que signifique indiferencia acerca del progreso y bienestar de todos los ciudadanos sin excepción.

El Partido Liberal, partido moderno, se empeñó siempre en hacer frente a nuestras necesidades locales en conexión con nuestra posición en la comunidad internacional, de acuerdo con nuestra realidad geográfica y con nuestro índice demográfico, y teniendo en cuenta cada momento de la evolución humana y el grado de cultura alcanzado por el país.

 

LEYES ELECTORALES

La primera ley electoral fue-sancionada en el año 1870 juntamente con la Constitución nacional. El voto era cantado y se resolvían las elecciones por simple mayoría de votos.

Treinta y un años después, en la era liberal, en 1911, se dictó la primera reforma con la ley Paiva. Por ella se creó el padrón cívico y la junta receptora de las penalidades para los fraudes.

En el último año de la presidencia del señor Schaerer, se inició en las cámaras el estudio del proyecto de la nueva ley electoral, en el que se adoptaba la lista incompleta y el voto secreto; se organizaron las juntas inscriptoras. Esta ley fue puesta en vigencia por el presidente doctor Manuel Franco, en 1917.

En 1918 se creó el registro cívico permanente. En 1924 se estableció el voto obligatorio, y la intervención de los candidatos y representantes de partidos para el escrutinio. En 1926 y 1927 se dictaron nuevas reformas de la ley electoral con el concurso del Partido Colorado, que actuaba en la oposición. Se formó el padrón electoral de extranjeros. En 1928 se perfeccionó el sistema electoral municipal.

Si en lo militar el servicio obligatorio fue decisivo para la formación del ejército, en lo civil el voto secreto y obligatorio lo fue para la educación cívica de nuestro pueblo y para la normal constitución de los poderes del estado.

Las personalidades que llegaron a la presidencia de la República expusieron, en sus mensajes al congreso, el concepto que les merecía el ejercicio del sufragio ciudadano. Transcribimos sucintamente algunos párrafos de esos mensajes, para destacar la profunda versación política de nuestros dirigentes y la línea de conducta mantenida por los gobiernos liberales en distintas etapas de su actuación.

El presidente doctor José P. Montero, en 1920, decía en su mensaje a las cámaras, refiriéndose a la implantación de la nueva ley electoral y creación del registro cívico, que el porcentaje de inscriptos nacionales y extranjeros era exiguo. “Es un dato revelador de la indiferencia del electorado por el ejercicio del derecho cívico por excelencia, debido tal vez a la novedad de la ley, o a su relativa complicación, o a la carencia de instrucción cívica, o a la falta de hábito o interés, ya que no podrían alegarse las deficiencias de aquélla, que ampara el derecho y la libertad de todos, ni las intromisiones indebidas de autoridades y funcionarios encargados de velar por su ejercicio, que han dado ejemplo de ecuanimidad, de contracción a sus deberes, y de respeto a los derechos ciudadanos.”

Para instruir al pueblo en el ejercicio del derecho del voto, el presidente Montero sugería que “los partidos políticos y la prensa nacional, que contribuyeron a encarecer y exaltar el cambio de sistema electoral, alentando y aplaudiendo los progresistas designios que presidieron la sanción de las leyes a que me refiero, tendrían una hermosa y patriótica tarea que desarrollar, induciendo los primeros a sus afiliados y la segunda al pueblo en general, a concurrir a prestigiarlas con el ejercicio de los derechos que les reconocen y el cumplimiento de los deberes que les imponen, afirmando y robusteciendo, así, el imperio de la voluntad y la soberanía populares”.

Refiriéndose a la reducida inscripción de ciudadanos en el registro cívico, el presidente Gondra, que sucedió al doctor Montero, la atribuyó a dos motivos esenciales: la falta de una penalidad expresa, que obligue a inscribirse a todos los ciudadanos que se encuentren en las condiciones legales de hacerlo, y la adopción que se viene practicando del registro cívico nacional como base para el sorteo de los ciudadanos de 18 a 19 años que deben llenar el servicio militar obligatorio y funciones policiales”.

El presidente provisional doctor Eusebio Ayala expresaba en 1922: “La ley electoral que poseemos ha realizado un adelanto sensible en nuestro desenvolvimiento político, aun cuando no pueda decirse que esté exenta de objeciones doctrinarias y empíricas. Algunas deficiencias observadas en la práctica pueden ser corregidas sin alterar su estructura fundamental. La gran reforma con que ahora cabe completar esta conquista cívica, será la que nos permita adaptar nuestros hábitos de pensar y de obrar. Ninguna ley es capaz de asegurar la pureza del sufragio cuando los partidos se empeñan en falsearlo.

“Teniendo en cuenta nuestras tradiciones en la materia, el gobierno tiene que ser muy estricto en mantener la neutralidad de los funcionarios, como tales, en presencia de las luchas políticas. Con esto y con garantizar el acatamiento a la voluntad popular, cualquiera que ella sea, habremos realizado el afianzamiento definitivo de las instituciones republicanas.”

Por su parte, el presidente doctor Eligió Ayala decía en uno de sus mensajes:

“El respeto a la decisión de la mayoría, dentro de las normas legales, es una necesidad y un deber. La obediencia a las leyes es la condición de la vida social, es la garantía de las libertades del ciudadano. Pedir su desobediencia y consentir en su menosprecio es abrir cauce a la relajación de la vida civil, a la disolución social. Abolida la ley, la suerte de la sociedad quedaría librada a los instintos: estaría sometida a la voluntad discrecional del más fuerte, o se desintegraría en el sectarismo. En toda convivencia social es ineludible que cierto ritmo se imprima en las actividades sociales, no para trabarlas o inmovilizarlas, sino para que converjan hacia el bienestar personal y colectivo. El gobierno republicano es de opinión, y, en consecuencia de libre deliberación. Por esa razón, es igualmente incompatible con el despotismo y la demagogia.”

Añadía el presidente doctor Eligió Ayala:

“El sufragio existe en nuestro país, sin trabas ni coerciones. Nuestras instituciones políticas fundamentales estriban en el sufragio. Él está realizando el principio representativo y encauzando la evolución política tranquila. Por el sufragio libre se ha incorporado el gobierno al tronco social. Ha desaparecido el antagonismo entre el poder y los ciudadanos, entre los que lo ejercen y sus adversarios, y por consiguiente ya no hay necesidad de conspirar contra el gobierno para obtener la libertad, ni de cohibir la libertad para conservarse en el gobierno, Conforme con las nuevas leyes electorales, se efectuaron las elecciones municipales y las presidenciales. Los partidos de oposición concurrieron a los comicios: todos los partidos ejercitaron y podrán ejercitar mañana sus derechos cívicos, libre y pacíficamente. Se ha visto que no hubo injurias recíprocas ni obstrucciones violentas, ni ninguno de aquellos abusos que antes desalentaban a los ciudadanos mejores y los alejaban de la vida pública como un lamedal peligroso y despreciable. La transformación ha sido asombrosa, y de ella puede enorgullecerse legítimamente el pueblo paraguayo.”        /

Y agregaba el doctor Eligió Ayala:

“Es oportuno decir aquí lo que entendemos por oposición. En una organización como la nuestra, asentada sobre la presencia en el parlamento de sólo dos grandes partidos, uno de mayoría y otro de minoría, la función de ésta no debe ser de negación sistemática a todas las iniciativas de la mayoría. Si la mayoría adoptase para sus decisiones un criterio de negación, tendría en sus manos la forma de guillotinar por votaciones precipitadas e inconsultas toda tentativa de contralor de la minoría. Una acción extrema de una y otra parte tendería a reducir necesariamente a la nada la acción directiva que a ambos corresponde por mutua y recíproca compenetración que cabe esperar del permanente comercio de ideas. Examen sereno, ecuánime, desapasionado, honrado, de todas las cuestiones.

“La vida parlamentaria es una gran escuela de hombres públicos. No debemos perder de vista la necesidad de ir formando hombres de estado, la clase dirigente de nuestro país, una élite que por su preparación tenga la virtud de inspirar a su respecto confianza, no sólo en el seno de cada partido, sino de partido a partido, y también a todo el país.

“Cuando hayamos realizado este ideal de cultura política, yo creo que los partidos no suscitarán los recelos que hoy despiertan, y entonces nos será dado alimentar la esperanza de que los partidos se turnen en el gobierno, sin desazones para nadie.”

En 1928, el doctor José P. Guggiari fue ungido presidente de la República, al triunfar en los comicios sobre el candidato del Partido Colorado, don Eduardo Fleitas. Decía el doctor Guggiari en su primer mensaje a las cámaras:

"Hemos asistido a las últimas elecciones de diputados v senadores y miembros de las juntas electorales. Ellas nos han llenado, una vez más, de íntimas satisfacciones, porque no es poco ver lograda, si bien a expensas de sacrificios cruentos y de empeños tenaces como perseverantes, de largos años, una cultura cívica completa. 

“El ciudadano puede ir hoy tranquilo a ejercer el sufragio, seguro de que su opinión va a ser no sólo respetada, sino que va a ser útil a la vida institucional del país en cuanto concurre, por el ministerio de la ley, a dar a los poderes públicos la vida real y palpitante que su funcionamiento presupone.”

Con la obligatoriedad de la inscripción ciudadana en los registros cívicos, y con el voto secreto y obligatorio, el pueble se decidió a votar. Ya no se acudió a los registros cívicos para sortear a los ciudadanos en edad militar, sino que se creó para éstos el empadronamiento militar obligatorio.

Cabe dejar constancia de que nuestra ley electoral no define el triunfo por simple mayoría como se establece en la ley argentina llamada ley Sáenz Peña, sino en forma proporcional entre las dos primeras mayorías.

 

POLÍTICA ECONÓMICA Y FINANCIERA

Los gobiernos liberales comprendieron que, sin una política económica y financiera adecuada, no era posible propender al bienestar del pueblo y al progreso del país.

Dicho está que el crédito internacional paraguayo era nulo. No se pudo contar con el apoyo extranjero, porque el país estaba desacreditado desde la época del empréstito inglés dilapidado poco después de terminada la guerra de la triple alianza.

La orientación preconizada por los gobernantes liberales en materia económica y financiera, siempre estuvo de acuerdo con los cánones modernos. Y en la aplicación de los recursos del estado los gobiernos liberales dieron prueba de una acrisolada honradez.

Ya en 1910 el presidente Gondra decía:

“El reajuste del nuevo orden en el mundo se está operando sobre la base de que el factor humano debe ser el que prime en la consideración de los gobiernos, de manera que en los sistemas impositivos se busca, si es posible, el desgravamiento de lodo lo que pesa sobre la vida misma del individuo, y esto es un medio no sólo de hacerle menos onerosa la existencia material, sino también de aumentar su capacidad de trabajo y, por tanto, de producción

Con lo dicho se prueba que los gobernantes, en vez de alentar un mero afán fiscalista, tenían en cuenta al hombre, al ciudadano, al pueblo.

En 1914, el presidente Schaerer expresaba en su mensaje a las cámaras:

“El impuesto progresivo sobre la tierra, que nivela las cargas de acuerdo con la distinta situación de los contribuyentes y que estimula el esfuerzo del capital y del trabajo en cuanto no grava sus resultados, no puede ser perjudicial a la economía pública, porque, si afecta algunos intereses particulares, lo hace a cambio del bienestar de la colectividad,”

Siempre la mira puesta en el pueblo, en la colectividad, antes que en el estado mismo.

La valorización de la moneda, como medio de valorizar el trabajo humano, fue el sostenido propósito de los gobiernos liberales. Se comenzó en 1916, bajo la presidencia del señor Eduardo Schaerer, por organizar la oficina de cambios, y al propio tiempo se fue formando el fondo de conversión, para asegurar la estabilidad monetaria. Al doctor Gerónimo Zubizarreta se le encomendó la faena. Estos trabajos sirvieron para que, en tiempos del doctor Eligió Ayala, se lograra la estabilización de la moneda, o sea el tipo fijo de cambio, que se mantuvo aproximadamente hasta la terminación de 1a. guerra del Chaco.

Todo esto se consiguió con una insospechable honradez administrativa, manteniendo esforzadamente los presupuestos nacionales equilibrados, y con las sabias leyes económicas y financieras adoptadas. ¡Qué no hubiéramos hecho si hubiésemos contado con los millones de dólares, los millones de cruceiros, los millones de pesos argentinos que los gobiernos colorados recibieron como aporte de los países americanos después del triunfo del Chaco!

Como resultado de esta sana política económica y financiera, el costo de la vida llegó a ser muy favorable para toda la población, incluso la de recursos más modestos. ¿Quién no recuerda la baratura que en la época liberal tenían los artículos de primera necesidad? No se vivía en el lujo, pero se obtenía con facilidad lo necesario para la subsistencia. Es que los gobiernos liberales, lejos de recurrir a la dirección oprimente de la vida económica, como lo propugnan los teóricos del socialismo, y lejos de enlodarse con los vergonzosos asaltos a los dineros del pueblo, se rigieron por los inconmovibles principios del liberalismo económico y por las normas de la austeridad gubernativa.

En 1916, el presidente Franco exponía los siguientes principios sobre economía y hacienda:

“No me parece que el remedio del mal esté en aumentar los recursos sin disminuir los gastos, porque la pobreza del país determinaría el agotamiento prematuro de las fuentes impositivas. No me parece tampoco que esté en el uso del crédito, procedimiento que entre nosotros se presta a fáciles abusos. El remedio debemos buscarlo en la reducción enérgica de los gastos, y en la limitación para el futuro del otorgamiento de erogaciones que no sean indispensables.” Y agregaba: “En cuanto a la orientación en general de nuestro sistema impositivo, orco debe ser la de detener en lo posible la creación o aumento de los impuestos indirectos que puedan recaer con preferencia sobre la clase pobre y propender a la ampliación de los impuestos directos. El norte de nuestra conducta debe ser la justicia social, que prescribe que cada cual contribuya de acuerdo a su capacidad al abaratamiento de la vida.” Y terminaba sobre el tema: “El progreso del Paraguay y el porvenir de todos los proyectos de reforma dependen del aumento de su potencialidad productora y del mejoramiento de sus finanzas.”

Ya le preocupaba al presidente Franco “la justicia social”. Y así, insiste en otros párrafos de sus mensajes:

“A mi juicio, la legislación social que dictemos debe tender a elevar el nivel moral e intelectual del obrero, a defender su salud y su vida, a mejorar las condiciones económicas de su existencia, a vincularlo a la Patria para que no se convierta en rebelde

El presidente doctor Eligió Ayala expresaba en uno de sus mensajes:

“El trabajo que anhelamos para nuestro país, es él trabajó libre y organizado. Somos liberales en economía, en la acepción moderna y rectificada de esta palabra. Repudiamos el paternalismo económico; no quisiéramos retroceder al régimen dispendioso y estéril del añejo cameralismo. Creemos que la actividad económica debe ser ejercitada antes por la Nación misma que por el gobierno

Ratificaba en otro de sus documentos gubernativos lo que sigue:

“Nuestra política económica es liberal, de libre concurrencia: excluye el paternalismo, el tutelaje de la iniciativa y de la actividad privada. Se reduce a fomentar y reglamentar la actividad económica.

“La financiera, por el contrario, es coercitiva y normativa.

Fundamentalmente coerce para obtener recursos, y limita y distribuye la inversión de éstos. Con la aplicación del moderno principio de la unidad financiera, ella extiende su función a todos los órganos de la administración pública.

"Esta diferencia entre ambas ha inducido a la afirmación Se que hacemos política financiera con exclusión de la económica. Se ha dicho que, mientras la política económica se atrofia, la financiera se expande con exuberancia. Y este juicio es erróneo; surge de la incompleta estimación de la naturaleza de cada una.

“Desde luego, es inconcebible una acertada política financiera que esté en pugna con una buena política económica, o una política económica limitada por la financiera. La actividad financiera es una de las más superficiales de las actividades sociales. Ella es en cierto modo una proyección de la económica. Un régimen financiero que oprimiese la productividad económica sería la negación de la hacienda pública. No pueden ser, pues, contradictorias o antagónicas.

“Y por esta razón hemos prestado siempre a la economía nacional una solicitud realista e inmediata. En interés de promover la expansión económica nacional, se ha estabilizado el cambio monetario, se ha regulado la distribución agraria, se ha atraído la inmigración, se ha proyectado la fundación del Banco Central, se ha buscado una política racional del crédito. En interés de ella se ha desplegado los esfuerzos perseverantes para cimentar la paz. Ella ha determinado la fundación de las escuelas profesionales, que preparan el trabajo económico más rentable y productivo, la construcción de puentes y caminos y la creación de las direcciones de agricultura e industrias, la de ganadería, la de campos, bosques y yerbales, la del departamento de tierras y de vialidad pública.

“Muchas de las determinaciones meramente financieras han sido motivadas por el interés económico general, futuro y legítimo. El equilibrio financiero, por ejemplo, cuya consecución cuesta tantos esfuerzos, es necesario, sobre todo, para no estor bar el desarrollo económico, y ponerlo al abrigo de las desastrosas repercusiones del estado contrario: los déficits, las inflaciones, los impuestos agobiantes, los empréstitos leoninos.

“Estas consideraciones ya bastan para autorizar la sentencia de que no puede haber buenas finanzas sin una buena economía. Todos los conocimientos financieros se asientan en los económicos. Por consiguiente, muy mal financista debe ser el que no es más que financista.”

 

POLÍTICA EDUCACIONAL

En materia de instrucción pública, los gobernantes liberales tuvieron siempre una orientación moderna y progresista.

En 1910, el presidente Gondra ya encaraba la posibilidad de establecer la autonomía universitaria, mucho antes de que estos principios se plantearan en la Argentina. Así decía en su, mensaje de aquel año.

“En la instrucción pública, fomentaremos la primaria, caracterizada por un fuerte espíritu nacional y educativo, y propenderemos en la superior a vigorizar métodos que afiancen su índole desinteresada y científica. Acaso convendría ensayar también un régimen que se acerque a la autonomía universitaria

En 1914, el presidente Schaerer expresaba estas ideas:

“El secreto de la educación no está en recargar la memoria del niño con informaciones inacabables planeadas en extensos programas analíticos que responden gradualmente a otras tantas asignaturas, y que aparecen ante la vista inexperta del niño como un laberinto cuyas conexiones desconoce, aún después de finalizar el ciclo correspondiente de la enseñanza sino, como alguien dijo, “en excitar una curiosidad amplia y variada, dar al niño el saber seguro y bien fundado, del cual nacerá un día una voluntad firme y decidida”.

En los hechos, aquellos principios se llevaron a efecto. La instrucción primaria fue intensificada, a tal punto que el Paraguay llegó a ocupar el tercer lugar entre los países americanos  más avanzados en materia de instrucción pública. La enseñanza secundaria cobró auge con la fundación de colegios nacionales en el interior, así como escuelas normales y profesionales. Fueron creadas las facultades de medicina y ramas anexas. Se contrató a eminencias médicas europeas y americanas. Fueron enfados al exterior numerosos becados.

En cuanto a la enseñanza superior, se adoptó en 1926 la llamada reforma universitaria, que admite tres estados universitarios con injerencia en la constitución y gobierno de la universidad: profesores, estudiantes y graduados. Se adoptaron modernos procedimientos de seminario y de extensión universitaria.

 

LA LEGISLACIÓN. ALGUNAS DE LAS INSTITUCIONES FUNDADAS

Al propio tiempo que organizar los poderes del estado de acuerdo con la Constitución, los gobiernos liberales dictaron las leyes reglamentarias que aseguraron un régimen de libertad y de justicia. Nuestra anticuada legislación fue totalmente renovada. Se adoptaron nuevos códigos de fondo y de forma. Se promulgó la ley de organización administrativa y financiera; el estatuto del funcionario; la ley del hogar, llamada del homestead; la ley de creación, fomento y conservación de la pequeña propiedad agropecuaria; la de colonización; el estatuto agrario, tribunal de cuentas; inspección de hacienda, etc.

Se construyó el barrio obrero de la capital, con 250 casas, distribuyéndose 1.130 lotes para el efecto.

Fueron organizadas las aduanas; técnicos norteamericanos ajustaron sus tarifas. Se crearon las direcciones de rentas, de impuestos internos y de impuesto inmobiliario. Se fundó la oficina de cambios, que dio base al Banco de la República, actual Banco Central.

En materia de salud pública, durante la presidencial del señor Schaerer, se nacionalizó el hospital de caridad, que era apenas una enfermería. Se construyeron grandes pabellones, se les dotó de todo el material moderno. Durante la presidencia del doctor Montero fue contratada la Fundación Rockefell para las campañas contra la anquilostomiasis, la malaria y fiebre amarilla. Nuestro pueblo fue reacio a aceptar, en los primeros momentos, la intervención de los guardas sanitarios, a tal punto que, muchas veces, éstos eran rechazados a palos cuando inspeccionaban el agua de los aljibes y cántaros, y hasta en ocasiones repelidos a tiros.

No bastaba, pues, con dictar leyes y fundar organismos para conseguir que se realizaran los propósitos de progreso. Era necesario, al propio tiempo, ir educando a nuestro pueblo. Esta obra civilizadora la fue realizando el Partido Liberal, con paciente perseverancia, a través de golpes de estado y sublevaciones, y sobreponiéndose a la anarquía propia de todo país que inicia su aprendizaje democrático y cuenta con escasos recursos económicos.

 

LA DEFENSA DEL CHACO Y LA POLÍTICA DIPLOMÁTICA

Una de las preocupaciones fundamentales de todos los gobiernos liberales fue la defensa del Chaco.

Desde la oposición, los liberales habían puesto su empeño en anular los sucesivos tratados de límites con Bolivia, firmados por los gobernantes colorados, y en virtud de los cuales nuestro país renunciaba a grandes extensiones de la zona chaqueña. Durante el gobierno liberal de 1907, se logró un nuevo acuerdo, mucho más favorable para el Paraguay. Pero aun así el pueblo liberal no se sintió conforme. Don Manuel Gondra fue el campeón tío de la defensa integral del Chaco, como lo fue otro liberal, don Alejandro Audibert, en las postrimerías del siglo pasado.

Continuaron después, en los sucesivos gobiernos las prolongadas discusiones jurídico-diplomáticas con Bolivia, con la intervención de los primeros expertos en la materia: Gondra, Domínguez, Moreno, Eusebio Ayala, Gerónimo Zubizzarreta, Luis A. Riart, Francisco Chaves. Los alegatos paraguayos cobraban cada vez mayor firmeza.

 

EL SERVICIO MILITAR OBLIGATORIO

Fue dictada la ley del servicio militar obligatorio, institución de cuya importancia la juventud actual no tiene exacta idea porque le falta el término de comparación, es decir el conocimiento de cómo se formaba el ejército en el pasado.

Baste decir que antes se cubrían las filas con el reclutamiento arbitrario. Eran víctimas de ese procedimiento, preferentemente la gente humilde, campesinos y obreros, y también bandoleros y rufianes. Con aquéllos se formaba el ejército de línea; con éstos las guardias pretorianas, los famosos batallones guarará, dignos precursores de los pynandí de Morínigo, que fueron el azote de la República.

El reclutamiento era también el medio de que se valía el gobierno para castigar a los opositores. Recuérdese que José de la Cruz Ayala (Alón) fue reclutado y enviado al Chaco, en represalia de los artículos periodísticos que publicaba este brillante paladín liberal contra los abusos del oficialismo.

Si implantar el registro civil de las personas fue tarea ímproba, júzguese lo que sería formar los registros militares y llevar al espíritu público la idea de que era necesario someterse al cumplimiento del servicio de sangre a la Patria. La gente acomodada no se resignaba a enviar al cuartel a sus hijos. Poco a poco se hizo normal el cumplimiento de este deber. Los ciudadanos de todas las condiciones acudieron después de buen grado cuando llegaba la hora, porque comprendían que todos eran iguales ante la ley. Debemos repetir, que la obra gubernativa del Partido Liberal no sólo abarcó las obras materiales, sino que significó además una lenta y penosa obra encaminada a transformar la mentalidad ciudadana, un esforzado trabajo de educación popular.

Con la implantación del servicio militar, fue posible la formación moderna del ejército. Los gobiernos dictaron leyes para el efecto, entre otras la ley orgánica militar. Fue fundada la escuela militar, durante la presidencia del señor Schaerer. Se constituyó el ejército nacional, al margen de toda bandería política.

Fueron enviados jefes y oficiales al extranjero, para que perfeccionaran sus estudios, siguiéndose así una buena iniciativa de los últimos gobiernos colorados. Se creó la marina y la aviación nacionales, los arsenales de guerra con la escuela de especialidades de la armada y del ejército, la escuela de radiooperadores, la escuela de automovilistas, la escuela de aviación naval. Fue reorganizada la intendencia de guerra, con mayor amplitud y más elementos. Al iniciarse la guerra, la Intendencia Militar producía diariamente el vestuario completo para mil plazas. En quince días, inmediatamente después de la orden de movilización, se pudo equipar a más de quince mil soldados.

Fueron contratadas misiones militares de Alemania, de Francia, de la Argentina. Creáronse la escuela superior de guerra, la escuela de oficiales de reserva, la escuela de suboficiales, la escuela de aviación.

La sanidad militar fue organizada debidamente, con médicos que estudiaron en Europa. Se iniciaron las construcciones militares en Paraguarí, Encarnación, Concepción y Villa Hayes y se levantaron los edificios de la escuela militar, además de los cuarteles de km. 9.

Al estallar la contienda del Chaco, el ejército contaba con una organización adecuada, dentro de nuestras posibilidades.

Para refutar la acusación de que el gobierno liberal llevó al pueblo a la guerra poco menos que inerme, basta el libro “La defensa del Chaco”, de que es autor el doctor Ángel F. Ríos. En sus páginas están las pruebas irrecusables de todo lo que los gobernantes liberales hicieron para preparar la defensa.

Los gastos realizados con este propósito alcanzaron a seiscientos sesenta y cinco millones novecientos veintiséis mil pesos de curso legal. El desarrollo de la guerra costó dos mil ciento ochenta y un millones setecientos sesenta mil pesos de curso legal. Es decir que en total se gastó, expresada la suma en pesos oro sellado, la cantidad de setenta y seis millones doscientos dieciocho mil ochocientos sesenta y cinco.

El total de las adquisiciones realizadas durante la guerra, costó once millones cincuenta y un mil pesos oro sellado.

La guerra pudo enfrentarse porque el pueblo tuvo fe en sus conductores. Y esto fue a su vez el resultado del libre y limpio juego democrático. La paz política así obtenida fructificó en la victoria y en la recuperación del Chaco paraguayo. Con toda razón pudo decir el doctor Justo Prieto, refiriéndose a la dirección entonces impresa al país por el presidente de la victoria: “Cuando descendió del alto mando, entregó a la nación, bajo la custodia y la responsabilidad del ejército, un territorio mucho más extenso que el que había recibido al ser ungido presidente. En toda la existencia paraguaya, colonial o nacional, no hay otro gobernante de quien pueda decirse lo mismo.”

El triunfo de la guerra del Chaco constituye el más justo motivo de orgullo del gobierno liberal entre los muchos méritos conquistados en su acción gubernativa.


CONVULSIONES POLITICAS DE LA POSGUERRA

EL GOLPE DEL 17 DE FEBRERO DE 1936

No obstante el triunfo en la heroica guerra con Bolivia, un movimiento de cuartel estalló el 17 de febrero de 1936, apoyado por adversarios políticos de los liberales. No faltó tampoco entonces la intervención de colorados, como el doctor Felipe Molas López, Bernardino Caballero y otros. Fue designado presidente de la República el coronel Rafael Franco, el que fue derrocado el 13 de agosto de 1937 por el ejército. Los colorados que lo acompañaron durante su gobierno volvieron a su partido, no obstante haber integrado la nueva entidad denominada "Concentración Revolucionaria Febrerista”.

El ejército entregó el gobierno a profesores de la universidad, entre éstos el doctor Félix Paiva, quien fue designado presidente provisional. Ocuparon su gabinete dos liberales, varios apolíticos y jefes militares. El pueblo fue llamado a elecciones para integrar las cámaras legislativas. Los colorados, inicialmente, se decidieron a participar en ellas, perorante el temor de su derrota posible, prefirieron renunciar a su propósito, en la esperanza de aprovechar una sublevación militar, pues en el ejército seguían actuando muchos antiliberales.

Posteriormente, se llamó a elecciones presidenciales. Fueron electos por el Partido Liberal el general José Félix Estigarribia y el doctor Luis A. Riart como presidente y vicepresidente, respectivamente. Los nuevos magistrados asumieron sus cargos el 15 de agosto de 1939.

Seis meses después, el 18 de febrero de 1940, ante la anarquía del ejército, que no había podido ser dominada, el general Estigarribia creyó oportuno asumir plenos poderes. El Partido Liberal dejó de apoyarlo oficialmente, si bien muchos de sus miembros hicieron causa común con el presidente. Con tal motivo, fue modificado su gabinete, siendo designados los colorados, doctor Tomás Salomoni y doctor Ricardo Odriozola en sustitución de los ministros liberales que habían renunciado. El vicepresidente, doctor Luis A. Riart, también dejó su cargo.

 

INICIACIÓN DE LA TIRANIA DE MORÍNIGO

El general Estigarribia pereció en un accidente de aviación, el 7 de septiembre de 1940. Encargóse al general Higinio Morínigo el ejercicio de la presidencia, por el término de dos meses, al solo efecto de llamar a elecciones presidenciales. Pero Morínigo no cumplió con la regla constitucional y, por sí y ante sí, prorrogó el término de su mandato por todo el período que hubiera correspondido al general Estigarribia, al final del cual se hizo reelegir mediante elecciones "sui generis”, en las que no fueron admitidos, por decreto-ley, los partidos políticos. Los liberales fueron tenazmente perseguidos. El éxodo a la Argentina y el Brasil fue impresionante.

En 1946, la oficialidad joven del ejército quiso promover la vuelta a la normalidad institucional, y Morínigo estuvo a punto de ser derrocado. En esta situación, llamó al Partido Colorado y al Partido Febrerista, para constituir un gobierno de coalición bajo su presidencia. Ambos aceptaron, hasta que, poco después, los colorados desalojaron a los febreristas y quedaron solos con Morínigo. Ante este hecho, los militares jóvenes, desahuciados en sus nobles propósitos, se levantaron en armas el 8 de marzo de 1947, e iniciaron la revolución de Concepción. Se constituyó un gobierno militar revolucionario, el cual invitó a luchar contra la tiranía a todos los partidos políticos. A pesar de triunfos parciales de los revolucionarios, éstos fueron finalmente derrotados en la entrada de Asunción, merced al decidido apoyo que en armas y municiones prestó al gobierno colorado el tirano argentino Perón.



EL PARAGUAY DE LAS DICTADURAS

Ya hemos visto, siquiera someramente, qué hizo el Partido Liberal en treinta años de gobierno. Veamos el reverso de la medalla. Cabe preguntar ahora: ¿Qué hicieron sucesivamente todos los partidos y núcleos políticos adversarios del Partido Liberal, que actuaron en toda esta época de tiranía y de anarquía?

 

DESTRUYERON LAS INSTITUCIONES POLÍTICAS Y JURÍDICAS

Ningún partido que hiciera oposición a esos gobiernos pudo realizar desde entonces actividad pública alguna. El Partido Liberal fue declarado fuera de la ley por decreto. Así el pueblo nunca fue convocado a elecciones libres. Sólo podían y pueden presentarse a las urnas los partidarios del despotismo. Los países vecinos se han poblado con centenares de miles de desterrados políticos paraguayos.

En toda esa larga época, no pudo editarse un solo diario político de la oposición, excepto en los pocos meses de la tregua de 1946. Todos los diarios liberales fueron clausurados u ocupados por el gobierno, sin abonárseles un centavo a sus propietarios.

La justicia quedó sometida al poder ejecutivo.

 

DESTRUYERON EL EJÉRCITO

¿Qué resta del glorioso ejército del Chaco, formado por los gobiernos liberales? Mil quinientos jefes y oficiales fueron obligados a refugiarse en el extranjero. En la era de las tiranías, la misión de las fuerzas armadas nacionales fue esencialmente sostener a los gobiernos arbitrarios y no defender las instituciones ni el ordenamiento jurídico.

 

DESTRUYERON LA UNIVERSIDAD

La autonomía universitaria fue aniquilada. El más calificado cuerpo de profesores de todas las facultades fue aventado. Más de cien de los mejores médicos fueron exilados durante la dictadura de Morínigo. Centenares de abogados y preceptores de derecho, ingenieros, profesores normales, maestros, contadores, agrónomos, también fueron desterrados. Altos exponentes de la intelectualidad paraguaya se ausentaron del país, igual que millares de obreros, artesanos, estudiantes y agricultores, que también viven en el exilio, muchos de ellos con sus familias, a causa de la persecución de que han sido objeto o debido a la repulsión que sienten hacia el régimen de fuerza.

 

DESTRUYERON LAS FINANZAS Y LA ECONOMÍA

Vaciaron las cajas del Banco de la República. Nuestra moneda se fue desvalorizando cada vez más. Y esto a pesar de que los gobiernos dictatoriales tuvieron la suerte de recoger los resultados de la victoria del Chaco, es decir el apoyo financiero prometido por los países de la conferencia de paz.

Así, de Estados Unidos se obtuvo un primer empréstito de tres millones de dólares. El segundo fue de dos millones. El Servicio Cooperativo Interamericano de Salud Pública donó un millón de dólares. El Servicio Técnico Interamericano de Cooperación Agrícola donó seiscientos mil dólares. Por préstamos y arriendos se obtuvieron cuatro millones de dólares, equivalentes a treinta y tres millones quinientos mil guaraníes cuando el guaraní tenía un valor muy superior al actual.

Del Brasil se obtuvo un préstamo, de cien mil contos, que equivalían a diez y seis millones de guaraníes.

De la Argentina, se obtuvieron diez millones de pesos argentinos, equivalentes entonces a siete millones setecientos mil guaraníes.

Es decir que el total de la ayuda extranjera ascendió a sesenta y siete millones de guaraníes, o sea tanto como se gastó durante la guerra del Chaco. ¿Y todo para qué? Más que nada para enriquecer a los tiranos y a sus satélites. Toda esta enorme suma pesará sobre las generaciones presentes y futuras. Y conste que, en esta enumeración, omitimos otros préstamos y diversos tipos de ayuda suministrados al Paraguay con posterioridad, cuyos montos desconocemos porque el régimen tiránico no se toma la molestia de informar al pueblo acerca de su gestión gubernativa.

La notable obra “La Defensa del Chaco” del doctor Ángel F. Ríos desarrolla documentadamente estos tópicos.

Nos hallamos, pues, en muchos aspectos peor que en 1904. Entonces todo estaba por hacerse. Ahora, todo lo hecho en treinta años de gobierno del Partido Liberal está prácticamente destruido, en especial el progreso cívico y el concepto de la moralidad pública, lo que ha significado el mayor daño ocasionado al país, porque esas son las verdaderas fuentes del progreso.

Sólo el Partido Liberal no ha podido ser aniquilado. Per-seguidos en sus personas y en sus bienes, los liberales mantienen en alto su fervor partidario y patriótico.

El Partido Liberal sigue firme en sus principios esenciales. Repitiendo las palabras del ilustre político español don Salvador de Madariaga, diré que nosotros, los liberales, continuaremos empeñados "en lograr que los gobiernos se formen con el consentimiento de los gobernados y que se afirme el respeto a la persona humana, porque queremos que todos los hombres sean libres, pero a todos los hombres les negamos la libertad de matar la libertad”.

Buenos Aires, 1948.



APÉNDICE

DISCURSO PRONUNCIADO EN EL CEMENTERIO DE LA RECOLETA EN EL VIGESIMO ANIVERSARIO DE LA PAZ DEL CHACO

Señoras, señores:

El Comité Liberal en el exilio, me ha designado para hacer uso de la palabra en conmemoración del 20º aniversario de la terminación de la guerra del Chaco, ante la tumba del que fue presidente de la victoria, doctor Eusebio Ayala.

Año tras año, los liberales arrojados a las playas argentinas por la vorágine de los acontecimientos políticos del Paraguay, hemos venido a rendir nuestro homenaje a los heroicos mártires de la guerra, en cada aniversario del advenimiento de, la paz del Chaco y en cada aniversario de la desaparición del preclaro ciudadano, fechas de gloria y de pena, de angustia y de esperanza, que casi coinciden en el mes de junio. En dichas oportunidades, destacados personajes políticos y militares, intelectuales de nota, profesores y alumnos, así como la abnegada mujer, madre, esposa, hija, novia del combatiente de la libertad arrojado al destierro, sin faltar el modesto obrero y el agricultor que formaron en las filas durante la lucha con Bolivia, trajeron su palabra llena de unción, para evocar los triunfos conquistados con tanto sacrificio por el pueblo en armas, y trazaron los rasgos sobresalientes de quienes fueron sus geniales conductores: el presidente Ayala y el mariscal Estigarribia.

Podríamos, en esta ocasión, repetir o quizá ampliar lo que escribimos en la prensa y en el libro, sobre la epopeya del Chaco y sobre quienes organizaron y condujeron al triunfo las huestes de la defensa nacional. Pero éste es un capítulo de historia que nos llevaría mucho tiempo desarrollar. Juzgamos que, al cumplirse el vigésimo aniversario de la paz y el décimo tercero del fallecimiento del doctor Ayala, es bueno hacer un examen de conciencia sobre la labor cumplida por la colectividad en el curso de estos veinte años, para comprobar si sus resultados justifican las esperanzas despertadas a raíz del triunfo.

Nos referiremos, pues, a la posguerra. Y nuevamente el recuerdo del prócer dominará el escenario, porque también le cupo iniciar desde el gobierno este período.

El doctor Ayala fue un hombre de paz. Tenía todos los atributos de un gran estadista capaz de presidir gobiernos como los de Inglaterra, Francia o Estados Unidos, al decir del señor S. Braden, miembro de la Comisión de Neutrales. Pero los acontecimientos le obligaron a conducir a la nación por los atajos de la guerra, que no pudo evitar a pesar de su profundo espíritu pacifista y americanista. Y salvó al país de la catástrofe, con el pueblo unido en torno de la enseña patria.

Concertado el armisticio, se dio a la tarea de preparar los planes de la reconstrucción nacional y de trazar los rumbos dé su progreso, exponiendo sus fundamentos con la lucidez de un catedrático —que lo era, y de alto vuelo—, a fin de que sus conciudadanos adoptaran sus indicaciones y las cumplieran con la convicción de que constituían las normas más eficaces para alcanzar el fin determinado. Allí están sus mensajes al congreso; sus proyectos de ley, que abarcan todos los órdenes de la vida de la comunidad; sus conferencias a la juventud, a los obreros y a los partidos políticos; todos rebosantes de optimismo, verdaderos estímulos para la acción, plenos de ese mismo fervor con que organizó la defensa patria. Y todo lo hizo con premura —sin detrimento de la brillantez—, con la premura que consideraba necesaria a fin de encauzar el país por la senda de su felicidad. “Tenemos que obrar y obrar enseguida —proclamaba—. El retraimiento sería criminal y la tardanza en la acción sería interminable y sobre todo irreparable Es menester —añadía— hacer un reajuste de valores y dignificar las energías que nos hacen y nos harán vivir, progresar y alcanzar un puesto honorable entre las naciones civilizadas ”

Y tenía fe en su pueblo. Tanto que, en una de sus conferencias ante las asambleas de su partido, concretó un pronóstico de lo que sería el Paraguay, una visión de su porvenir al cabo de diez años, “si ponemos la voluntad necesaria y el orgullo de paraguayos y de hombres, en hacer de la patria no sólo una tierra de heroísmo, sino también una tierra en que se vive libre, tranquilo y feliz”. “Voy a parodiar a Wells - dijo - y a hacer una anticipación.” Y pintó el Paraguay del futuro, con su población acrecentada, su comercio en auge, sus vías de comunicación multiplicadas, el costo de la vida reducido, sus finanzas florecientes, su ejército organizado como institución nacional, la instrucción superior extendida y brillante, y el país entero en marcha segura hacia un futuro mejor.

Tal el augurio del gran presidente, que fue fiel intérprete de las esperanzas de su pueblo en aquella encrucijada de su existencia. Con estos antecedentes, hagamos, pues, nuestro examen de conciencia ante la tumba del prócer.

Comencemos por decir que, meses después de la cesación de las hostilidades, antes del término del período presidencial, y cuando todavía el tratado de paz no había sido concluido, un golpe de cuartel dio en tierra con su gobierno ejemplo no impidió que lográramos todos los frutos de la victoria. Fueron a la cárcel el gran presidente y el comandante en jefe del ejército del Chaco, junto con muchos de sus colaboradores. Después, el exilio como corolario.. . Se había consumado una demanda injusticia.

Cabe ahora preguntar: ¿Fueron sustituidos estos grandes hombres, en cargos de tanta responsabilidad, con personajes nuevos que despertaran mayor confianza en el pueblo y estuvieran mejor dotados para la realización de las aspiraciones nacionales? Para juzgarlos analizaremos el carácter positivo o negativo de las obras que les cupo llevar a cabo, y que expondremos con objetividad, para ilustración de las nuevas generaciones.

Doloroso es decir que, en estos veinte años, sólo se ha fomentado —salvo un corto período de respiro— una pavorosa anarquía, cuyo término no se vislumbra. Se han sucedido en el poder, después de la caída del Partido Liberal, todos los demás grupos políticos, incluso el otro Partido tradicional, que se deshizo en múltiples sectores antagónicos, sin haber podido organizar un gobierno responsable ni admitir la menor actividad de la oposición, a la que condenaron sistemáticamente al ostracismo o impidieron actuar en el país libremente, olvidando que, como también dijo el doctor Ayala, "gubernistas y opositores están unidos, mal que les pese, en el mismo culto de la majestad de la Patria, una e inmortal”.

La economía y las finanzas nacionales se hallan en bancarrota, a pesar de la generosa pero mal aprovechada ayuda de los países amigos, ayuda que significó millones de dólares, millones de cruzeiros, millones de pesos argentinos, que fueron malbaratados y más que nada sirvieron para sostener las sucesivas tiranías y acrecentar la deuda que el pueblo, sin mayor beneficio, debe pagar. El gobierno liberal, con Ayala a la cabeza, afrontó los tres años de guerra sin el auxilio extranjero, salvo el que al final de la contienda se obtuvo para adquirir los últimos centenares de balas de cañón necesarias para rubricar el triunfo. Pero, empobrecido por la sangría de la guerra, el pueblo, sin embargo, salió de ella con la moral en alto, lo que le permitió dedicarse al trabajo fecundo, iniciar la reconstrucción y rehacer el capital gastado en la lucha, lo que se tradujo, pocos meses después, en una sensible revalorización de la moneda.

La producción, en estos veinte años, fue declinando progresivamente, tanto que las estadísticas de las Naciones Unidas consignan que el Paraguay es el único país del continente quo se ha estancado en su desarrollo económico. El costo do la vida es cada vez más elevado. La miseria cunde, hasta el punto que ha despertado la compasión de países hermanos, como el argentino, que han acudido en apoyo del Paraguay, sin poder, desde luego, cubrir sus enormes necesidades, porque lo que requiere el pueblo paraguayo es paz, tranquilidad, libertad —lo repetimos—, o sea un ambiente propicio para labrar su felicidad por el propio esfuerzo, lo que significa un bien imponderable, que ningún auxilio extraño podrá suplir.

En las filas del ejército, sólo son admitidos los miembros de un determinado partido político, con exclusión de los demás ciudadanos. Los grandes jefes y oficiales que se batieron heroicamente en los campos de batalla, soportan con dignidad su pobreza, dentro y fuera del país, borrados del escalafón militar hasta para cobrar sus míseras pensiones, porque no quisieron ser políticos en desmedro de sus principios profesionales.

El número de habitantes del Paraguay no sólo no ha aumentado con el flujo migratorio de los sobrepoblados países europeos, como vaticinaba el doctor Ayala, sino que ha decrecido en forma impresionante, porque miles de compatriotas se han visto obligados a abandonar su tierra por las persecuciones políticas o por la falta de trabajo, tanto que podemos decir que el Paraguay es el único país del mundo que ha perdido en tiempos de paz una cuarta parte de su población. Hasta el presidente de la victoria murió en el exilio. Y no serán llevados sus restos mortales a la Patria —por designio de su recién fallecida esposa y de su hijo— hasta que el Paraguay vuelva a ser la tierra de todos los paraguayos.

Tal es a grandes rasgos nuestra realidad presente.

Quizá podrá tachársenos por exponer la dolorosa situación paraguaya en tierra extraña. Pero no pudiéndolo hacer en el terruño, venimos ante una tumba amada a confesarnos. Y así, en este glorioso aniversario, con las palabras del doctor Eusebio Ayala, “saludemos la sombra de nuestros heroicos muertos y honremos su memoria, con la promesa de no arriar jamás la bandera que defendieron al precio de sus vidas” y de no ceder —añadimos— en el propósito de nuestro Partido, de hacer del país una tierra de paz, de tranquilidad, de libertad para todos los ciudadanos y para todos los extranjeros que deseen cooperar en la realización de la grandeza nacional.

Buenos Aires junio 12 de 1955.



INDICE

PRÓLOGO 7

PRINCIPIOS LIBERALES

El liberalismo de los próceres de mayo 12

ETAPAS INICIALES DEL PARTIDO LIBERAL

Las primeras luchas electorales 14

Fundación del Partido Liberal 15

La asamblea 16

Acta definitiva del Centro Democrático  17

Elecciones en la capital  19

Tercera elección  20

La gesta del 18 de octubre de 1891 21

Proclama partidaria del Dr. Audibert  22

Reanudación de las sesiones del Centro  24

Preparativos para la elección presidencial  25

Presidencia del General Egusquiza  26

ALTERNATIVAS POLITICAS DE LA ERA LIBERAL

La revolución de 1904  28

Los dos partidos tradicionales  29

Iniciación del gobierno liberal  31

El legionarismo 32

El golpe del 2 de julio de 1908  33

La revolución de Laureles  33

La revolución de Riquelme 34

La revolución de 1912  35

Gobierno de los radicales 36

La revolución de Chirife 37

QUE HIZO EL PARTIDO LIBERAL EN 30 AÑOS DE GOBIERNO

El Paraguay de 1904 39

Orientación política 42

Reformas del ideario del Partido Liberal  43

Política agraria. Tierras públicas  47

La cuestión social 49

Defensa del empleado público 51

Leyes electorales  51

Política económica y financiera 56

Política educacional 61

La legislación. Algunas de las instituciones  fundadas 62

La defensa del Chaco y la política diplomática 63

El servicio militar obligatorio  64

CONVULSIONES POLITICAS DE LA POSGUERRA

El golpe del 17 de febrero de 1936  67

Iniciación de la tiranía de Morínigo  68

EL PARAGUAY DE LAS DICTADURAS

Destruyeron las instituciones políticas y jurídicas 70

Destruyeron el ejército 70

Destruyeron la universidad  71

Destruyeron las finanzas y la economía 71

APENDICE

Discurso pronunciado en el Cementerio de la Recoleta en el vigésimo aniversario de la paz del Chaco 73

 

 

 

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